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miércoles, 22 de junio de 2016

TEATRO. MÚSICA. SHAKESPEARE. "Tempestades de música". Javier Montes

   En "revistamercurio":


Tempestades de música

JAVIER MONTES  |  MERCURIO 179 · TEMAS - MARZO 2016

El ambiguo final de la última de las obras de Shakespeare remata la larga relación del autor con la música, con un emblema: la mascarada que concibe Próspero, su melancólico ‘alter ego’
© Óscar Astromujoff
© ÓSCAR ASTROMUJOFF
ELa tempestad, la obra final de Shakespeare y la más melódica (en todos los sentidos), Ariel, espíritu del aire, encarna la música pura. Que sin embargo puede usarse para fines impuros. Cuando canta la célebre “Full Fathom Five”, lo hacer para engañar a Fernando y convencerlo de la muerte de su padre en el naufragio que desencadena la trama.
A cinco brazas yace tu padre, / coral se tornaron sus huesos. / Mira las perlas que fueron sus ojos: / nada suyo se desvanece, / cambia bajo el mar y se convierte / en tesoro de riqueza extraña…
En su brillante ensayo sobre la obra, El mar y el espejo, Auden dijo que el efecto de la canción era “directo, positivo y mágico”. La música de Ariel no sólo ilustraba un estado de ánimo previo; lo transformaba: “Gracias a la música Fernando es capaz de aceptar el pasado, simbolizado por su padre, como pasado”. Todos estos efectos dependerán del talento de Ariel como cantante,porque mediante su voz expresa que es más que un humano, más que un personaje y que un músico: Ariel es la música.
Pero la canción miente: Alonso no ha muerto, y todo es parte —como bien sabe el público— de los tejemanejes de Próspero para casar a Fernando con su hija Miranda. Esto hará reflexionar al espectador, dividido entre la belleza de la música (y la tentación de dejarse arrastrar por ella, como el propio Fernando) y la incómoda conciencia de ser víctima de una manipulación. La condición ambigua y peligrosa de la música para Shakespeare queda establecida ya en la propia letra.
A su vez, el final de la obra remata la larga relación de Shakespeare con la música, con un emblema: la mascarada que concibe Próspero, su melancólico alter ego, para consagrar los esponsales de Fernando y Miranda. Es su acto supremo de magia. Y está construida para progresar hacia un clímax musical que es también el de la pieza. Pero el apogeo de danzas y cantos fantasmales se disuelve, frustrante, antes de ser consumado (“en extraño estruendo confuso”). Próspero nos recuerda que los intérpretes de la mascarada “eran espíritus / y se disolvieron en el aire”. Y compara su “mascarada insustancial” (y consecuentemente la mascarada mayor que es la pieza misma y que contiene a su vez el breve momento de teatro dentro del teatro) con “el gran globo mismo, que se disolverá un día”. Es un recuerdo de las limitaciones de su magia —su música— y conciencia de su inutilidad final.
En el discurso de despedida de Próspero, que se enfrenta a su futuro lejos de la isla, muchos críticos han visto al propio dramaturgo ‘poseyendo’ a su personaje y usándolo para decir adiós: adiós a Ariel, y con él a la música, y a la magiaY resulta justo que Where the Bee Sucks, la última canción de Ariel —la última de la última obra de Shakespeare— abunde en ese sentido y señale su despedida.
Donde liba la abeja, allí libaré. / En el cáliz de la prímula dormiré, / allá tendido cuando ululen los búhos. / Volaré sobre el murciélago / alegre en pos del verano. / Alegre, alegre he de vivir / bajo las ramas floridas.
En justicia, Ariel se despide antes de tiempo: aún no ha cumplido su última misión para su amo, todavía no ha terminado la pieza, ni acabado Próspero con sus enemigos. Durante el positivista siglo XIX, los montajes de La tempestad desplazaron esta canción para situarla al final, como postizo remate optimista. Pero justo lo interesante es que sólo entonces, liberado por Próspero, Ariel deja de cantar para algo: ya no usa la música para modificar conductas o emociones. Por primera vez, en su última canción Ariel canta sobre sí mismo.
El final de La tempestad es ambiguo: no todos los malvados se arrepienten, Próspero se enfrenta melancólico a su futuro lejos de la isla mágica. Y separado de Ariel, que recupera su libertad y hace mutis con una indiferencia y casi un exceso de alegría muy elocuentes como respuesta a la bendición de despedida de Próspero —un discurso en el que muchos críticos han visto al propio dramaturgo poseyendo a su personaje y usándolo para decir adiós: adiós a Ariel, y con él a la música, y a la magia.
Y ahora, valiente espíritu / para ti siglos de audacia y música…
Javier Montes ha publicado el ensayo Shakespeare y la música (Glossa/Círculo de Lectores) y las traducciones de Coriolano (Alba), El rey Lear y Cimbelino (Gredos). Las versiones incluidas en el texto son suyas.

lunes, 6 de junio de 2016

POESÍA. MÚSICA. "Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías". FEDERICO GARCÍA LORCA. ENRIQUE MORENTE



"La cogida y la muerte", por Enrique Morente


LA COGIDA Y LA MUERTE
 
A las cinco de la tarde.
 
Eran las cinco en punto de la tarde.
 
Un niño trajo la blanca sábana
a las cinco de la tarde.
 
Una espuerta de cal ya prevenida
a las cinco de la tarde.
 
Lo demás era muerte y sólo muerte
a las cinco de la tarde.
 
El viento se llevó los algodones
a las cinco de la tarde.
 
Y el óxido sembró cristal y níquel
a las cinco de la tarde.
 
Ya luchan la paloma y el leopardo
a las cinco de la tarde.
 
Y un muslo con un asta desolada
a las cinco de la tarde.
 
Comenzaron los sones del bordón
a las cinco de la tarde.
 
Las campanas de arsénico y el humo
a las cinco de la tarde.
 
En las esquinas grupos de silencio
a las cinco de la tarde.
 
¡Y el toro, solo corazón arriba!
a las cinco de la tarde.
 
Cuando el sudor de nieve fue llegando
a las cinco de la tarde,
 
cuando la plaza se cubrió de yodo
a las cinco de la tarde,
 
la muerte puso huevos en la herida
a las cinco de la tarde.
 
A las cinco de la tarde.
 
A las cinco en punto de la tarde.
 
Un ataúd con ruedas es la cama
a las cinco de la tarde.
 
Huesos y flautas suenan en su oído
a las cinco de la tarde.
 
El toro ya mugía por su frente
a las cinco de la tarde.
 
El cuarto se irisaba de agonía
a las cinco de la tarde.
 
A lo lejos ya viene la gangrena
a las cinco de la tarde.
 
Trompa de lirio por las verdes ingles
a las cinco de la tarde.
 
Las heridas quemaban como soles
a las cinco de la tarde,
 
y el gentío rompía las ventanas
a las cinco de la tarde.
 
A las cinco de la tarde.
 
 
¡Ay qué terribles cinco de la tarde!
¡Eran las cinco en todos los relojes!
¡Eran las cinco en sombra de la tarde!
 
*
 
LA SANGRE DERRAMADA
 
¡Que no quiero verla!
 
Dile a la luna que venga,
que no quiero ver la sangre
de Ignacio sobre la arena.
 
¡Que no quiero verla!
 
La luna de par en par,
caballo de nubes quietas,
y la plaza gris del sueño
con sauces en las barreras
 
¡Que no quiero verla!
 
Que mi recuerdo se quema.
¡Avisad a los jazmines
con su blancura pequeña!
 
¡Que no quiero verla!
 
La vaca del viejo mundo
pasaba su triste lengua
sobre un hocico de sangres
derramadas en la arena,
y los toros de Guisando,
casi muerte y casi piedra,
mugieron como dos siglos
hartos de pisar la tierra.
 
No.
 
¡Que no quiero verla!
 
Por las gradas sube Ignacio
con toda su muerte a cuestas.
Buscaba el amanecer,
y el amanecer no era.
Busca su perfil seguro,
y el sueño lo desorienta.
Buscaba su hermoso cuerpo
y encontró su sangre abierta.
¡No me digáis que la vea!
No quiero sentir el chorro
cada vez con menos fuerza;
ese chorro que ilumina
los tendidos y se vuelca
sobre la pana y el cuero
de muchedumbre sedienta.
¡Quién me grita que me asome!
¡No me digáis que la vea!
No se cerraron sus ojos
cuando vio los cuernos cerca,
pero las madres terribles
levantaron la cabeza.
Y a través de las ganaderías,
hubo un aire de voces secretas
que gritaban a toros celestes,
mayorales de pálida niebla.
No hubo príncipe en Sevilla
que comparársele pueda,
ni espada como su espada,
ni corazón tan de veras.
Como un río de leones
su maravillosa fuerza,
y como un torso de mármol
su dibujada prudencia.
Aire de Roma andaluza
le doraba la cabeza
donde su risa era un nardo
de sal y de inteligencia.
¡Qué gran torero en la plaza!
¡Qué gran serrano en la sierra!
¡Qué blando con las espigas!
¡Qué duro con las espuelas!
¡Qué tierno con el rocío!
¡Qué deslumbrante en la feria!
¡Qué tremendo con las últimas
banderillas de tiniebla!
Pero ya duerme sin fin.
Ya los musgos y la hierba
abren con dedos seguros
la flor de su calavera.
Y su sangre ya viene cantando:
cantando por marismas y praderas,
resbalando por cuernos ateridos
vacilando sin alma por la niebla,
tropezando con miles de pezuñas
como una larga, oscura, triste lengua,
para formar un charco de agonía
junto al Guadalquivir de las estrellas.
¡Oh blanco muro de España!
¡Oh negro toro de pena!
¡Oh sangre dura de Ignacio!
¡Oh ruiseñor de sus venas!
No.
 
¡Que no quiero verla!
 
Que no hay cáliz que la contenga,
que no hay golondrinas que se la beban,
no hay escarcha de luz que la enfríe,
no hay canto ni diluvio de azucenas,
no hay cristal que la cubra de plata.
No.
 
¡Yo no quiero verla!
 
*
 
 
CUERPO PRESENTE
 
La piedra es una frente donde los sueños gimen
sin tener agua curva ni cipreses helados.
La piedra es una espalda para llevar al tiempo
con árboles de lágrimas y cintas y planetas.
 
Yo he visto lluvias grises correr hacia las olas
levantando sus tiernos brazos acribillados,
para no ser cazadas por la piedra tendida
que desata sus miembros sin empapar la sangre.
 
Porque la piedra coge simientes y nublados,
esqueletos de alondras y lobos de penumbra;
pero no da sonidos, ni cristales, ni fuego,
sino plazas y plazas y otras plazas sin muros.
 
Ya está sobre la piedra Ignacio el bien nacido.
Ya se acabó; ¿qué pasa? Contemplad su figura:
la muerte le ha cubierto de pálidos azufres
y le ha puesto cabeza de oscuro minotauro.
 
Ya se acabó. La lluvia penetra por su boca.
El aire como loco deja su pecho hundido,
y el Amor, empapado con lágrimas de nieve
se calienta en la cumbre de las ganaderías.
 
¿Qué dicen? Un silencio con hedores reposa.
Estamos con un cuerpo presente que se esfuma,
con una forma clara que tuvo ruiseñores
y la vemos llenarse de agujeros sin fondo.
 
¿Quién arruga el sudario? ¡No es verdad lo que dice!
Aquí no canta nadie, ni llora en el rincón,
ni pica las espuelas, ni espanta la serpiente:
aquí no quiero más que los ojos redondos
para ver ese cuerpo sin posible descanso.
 
Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura.
Los que doman caballos y dominan los ríos;
los hombres que les suena el esqueleto y cantan
con una boca llena de sol y pedernales.
 
Aquí quiero yo verlos. Delante de la piedra.
Delante de este cuerpo con las riendas quebradas.
Yo quiero que me enseñen dónde está la salida
para este capitán atado por la muerte.
 
Yo quiero que me enseñen un llanto como un río
que tenga dulces nieblas y profundas orillas,
para llevar el cuerpo de Ignacio y que se pierda
sin escuchar el doble resuello de los toros.
 
Que se pierda en la plaza redonda de la luna
que finge cuando niña doliente res inmóvil;
que se pierda en la noche sin canto de los peces
y en la maleza blanca del humo congelado.
 
No quiero que le tapen la cara con pañuelos
para que se acostumbre con la muerte que lleva.
Vete, Ignacio: No sientas el caliente bramido.
Duerme, vuela, reposa: ¡También se muere el mar!

 
*
 
 
ALMA AUSENTE
 
No te conoce el toro ni la higuera,
ni caballos ni hormigas de tu casa.
No te conoce el niño ni la tarde
porque te has muerto para siempre.
 
No te conoce el lomo de la piedra,
ni el raso negro donde te destrozas.
No te conoce tu recuerdo mudo
porque te has muerto para siempre.
 
El otoño vendrá con caracolas,
uva de niebla y monjes agrupados,
pero nadie querrá mirar tus ojos
porque te has muerto para siempre.
 
Porque te has muerto para siempre,
como todos los muertos de la Tierra,
como todos los muertos que se olvidan
en un montón de perros apagados.
 
No te conoce nadie. No. Pero yo te canto.
Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.
La madurez insigne de tu conocimiento.
Tu apetencia de muerte y el gusto de tu boca.
La tristeza que tuvo tu valiente alegría.
Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,
un andaluz tan claro, tan rico de aventura.
Yo canto su elegancia con palabras que gimen

y recuerdo una brisa triste por los olivos.

domingo, 5 de junio de 2016

POESÍA. MÚSICA. "La leyenda del tiempo": García Lorca, Camarón

  


 Hoy, 5 de junio, se cumplen 118 años del nacimiento de Federico García Lorca.

ARLEQUÍN.

El Sueño va sobre el Tiempo
flotando como un velero.
Nadie puede abrir semillas
en el corazón del Sueño.

(Se pone una careta de alegrísima expresión.)

¡Ay, cómo canta el alba! ¡Cómo canta!
¡Qué témpanos de hielo azul levanta!

(Se quita la careta.)

El Tiempo va sobre el Sueño
hundido hasta los cabellos.
Ayer y mañana comen
oscuras flores de duelo.

(Se pone una careta de expresión dormida.)

¡Ay, cómo canta la noche! ¡Cómo canta!
¡Qué espesura de anémonas levanta!

(Se la quita.)

Sobre la misma columna,
abrazados Sueño y Tiempo,
cruza el gemido del niño,
la lengua rota del viejo.

(Con una careta.)

¡Ay cómo canta el alba! ¡Cómo canta!

(Con la otra careta.)

¡Qué espesura de anémonas levanta!

Y si el Sueño finge muros
en la llanura del Tiempo,
el Tiempo le hace creer
que nace en aquel momento.

¡Ay, cómo canta la noche! ¡Cómo canta!
¡Qué témpanos de hielo azul levanta!


   La leyenda del tiempo, de la obra teatral Así que pasen cinco años (de F. G. L.), por Camarón.

lunes, 13 de abril de 2015

PRENSA CULTURAL. Entrevista a la pianista Maria Joao Pires

   En "El País Semanal":

Maria João Pires : “Me he convertido en mucho más tolerante”

Maria João Pires es reconocida como una de las mejores pianistas vivas. Se ha convertido en una de las pocas artistas capaces de alzar la música clásica a las listas de superventas.

Una portuguesa de cuna que últimamente vive en Bélgica, alejada de un país con el que cortó “por lo sano”. Siempre se ha considerado a sí misma una rebelde, una ‘outsider’.


JORDI SOCÍAS


Unas diminutas manos de fuego explican el misterio de Maria João Pires. El físico no ha sido ­nunca un impedimento para que se alzara al piano y lo dominara desde que tenía tres años.
Al contrario, la escasa fuerza que podía despedir un cuerpo que no llega al metro sesenta le obligó a desarrollar técnicas propias con que dar razón a lo que su colega Daniel Barenboim sostiene: que el piano no se toca con las manos, sino con la cabeza.
Esta feroz y delicada intérprete portuguesa ha aprendido a ser feliz una vez cumplidos los 70 años. Antes se ha considerado siempre una outsider. Excluida en todo. El sentimiento de ir a la contra se le ha ido alargando desde que lo experimentara en los territorios de su infancia y ­continuara después hasta la frustración que le produjo no poder culminar su proyecto ­pedagógico en Belgais, cerca de Castelo Branco (Portugal). Aquella falta de apoyos oficiales le hizo tirar la toalla y autoexiliarse, primero en Brasil y ahora en Bélgica, donde enseña y sigue estudiando los significados enigmáticos de la música que hace suya, centrada sobre todo en el clasicismo y el romanticismo.
Elegante, luchadora, dulce, inquieta, rebelde, Maria João Pires ha recuperado plenas facultades –como demostró recientemente en su gira española y junto a la Orquesta Nacional, de la mano del nuevo e ilusionante director, David Afkham– para afrontar el territorio final de su carrera. Un camino que ha decidido emprender renunciando a la discográfica Deutsche Grammophon, junto a la que ha cosechado éxitos superventas de sus versiones de Schubert, Chopin, Beethoven o Mozart. Incómoda con el exhibicionismo top model que impone una industria necesitada de volver a recuperar el pulso de las ventas, prefiere taparse y observar el mundo desde otras latitudes.
Ahora que ha transcurrido un tiempo, ¿qué ocurrió con su proyecto educativo de Belgais para que no siguiera adelante? Es difícil de explicar lo que pasó. Fueron muchas cosas al tiempo. Creo que surgieron celos alrededor de lo que hacíamos. Empezamos a experimentar en enseñanza primaria con los niños de la zona, con buenos resultados, y aquello ponía en evidencia los programas oficiales. Se lo tomaron mal. En vez de dialogar u observar si con ello se emprendían caminos alternativos, se negaban en redondo. Trataba de sacar adelante programas en apariencia sencillos en pueblos pequeños, pero me di cuenta de que me pasaba la vida peleando, por ejemplo, por aplicar una educación bilingüe. Me decían que no se podía, y otra vez que no, así hasta que todo quedaba bloqueado. Cuestiones de transporte, la adecuación de la música a los esquemas, nada, no se podía conjugar. Muy mal, muy mal. Triste, acabé asqueada.
Yo la recuerdo furiosa por la falta de apoyos. Nada diplomática. Hay cuestiones éticas y morales que no debes pasar por alto.
Hasta el punto de que la dejó con la salud trastocada. Sí, fatal. Pero de aquello ya han pasado más de 10 años. Me siento recuperada. Aunque la experiencia me llevó a cortar por lo sano con Portugal.

De niña, comprendía mejor el mundo de la música que el real”
¿En serio? Ahora vivo en Bélgica. Me instalé una temporada en Brasil, pero era duro para la familia. Demasiado lejos. Fue en tiempos de Lula y me sentía muy feliz al vivirlo. Pero también me afectaban las diferencias sociales. No lo aguanté bien, y eso que uno de mis hijos adoptados es de allí. Toqué y trabajé en las favelas. Jamás regresé a vivir a Portugal. Lo visito dos veces al año. Ya no me quedan los niños allí [tiene cinco hijos], voy a ver a mis hermanos.
¿Los niños? Serán mayores… Bueno, sí. Pero viven fuera.
¿No regresar a Portugal es cuestión de principios entonces? Sí, en parte. Pero que no me guste uno u otro Gobierno no es suficiente para cortar con mi país, existen cuestiones más profundas.
¿Cuáles? La gente, en general, me decepcionó cuando más apoyo necesitaba. Eso desanima. Te sientes débil de espíritu, y la música es un lenguaje espiritual, no me lo puedo permitir.
También lo es corporal. El cuerpo forma también parte del instrumento. Para exprimir la música, esta debe pasar por tu cuerpo, no hay otra solución. Cuando la enseñas a niños con problemas psíquicos graves, no puedes comenzar sin mostrarles cómo respirar, cómo dependen de la presencia de su físico.
Cuando niña, ¿fue bien enseñada también en ese sentido?Lo aprendí por mí misma. Yo era muy pequeñita y deseaba tanto tocar que debí adaptarme con mis propios trucos. Necesitaba sacar el máximo partido de mis manos diminutas y creo que desarrollé técnicas mías que me hicieron percibir el sonido que yo quería escuchar.
¿Cómo lo hizo? Poco a poco. Tenía tres años.
¿Con piano en casa? Sí. Mi madre lo tocaba, pero lo dejó al morir mi padre. Él falleció antes de que yo naciera. Mis dos primeros años fueron duros porque mi madre estaba muy deprimida. Mi hermana mayor insistió en que debíamos volver a comprar un piano, porque ella, al mudarse de Oporto, lo había dejado allí. En fin, el piano andaba por allí cuando yo nací. Pero lo usaba mi hermana, que mostraba mucho talento para la música y la danza. No se centró en una cosa, sino en varias, quizá por eso no prosperó como sus posibilidades apuntaban. El caso es que mientras ella atendía lecciones, yo andaba por allí. Cuando el profesor se iba, yo me ponía al piano. Lo había captado. Quería siempre producir el sonido que a mí me gustaba oír.
O sea, que usted, desde niña, en vez de con la técnica, ya comenzaba a obsesionarse con el sonido, algo que más bien queda reservado para los muy desarrollados. Sí, quería hacer brotar un sonido que no fuera como el del piano. No me gustaba.
¿Cuál era? Uno más vivo, más adaptado a la naturaleza de la música.
O el de la naturaleza misma. Porque si uno escucha susNocturnos de Chopin, percibe cómo caen gotas de agua.Bueno, la naturaleza, para mí, era una quimera. Yo deseaba vivir en el campo y no en Lisboa.
Al crecer sin padre, ¿cómo lo imaginaba? Eso era muy difícil. Mis hermanos mayores hablaban sobre él todo el tiempo.
¿Y qué imagen desprendían? ¿Algo que le inspirara reconstruir al piano? Podría ser. Pero no siempre me resultaba cómodo. Yo me mostraba a menudo resentida con su recuerdo. Creí que me había abandonado. No entendía muy bien la muerte.
¿Cómo murió? De enfermedad. Cáncer. En dos meses, muy rápido. Nadie me lo explicó como para que yo sacara mis propias conclusiones. Solo escuchaba cosas agradables sobre él. En casa lo considerábamos artista.
¿A qué se dedicaba? Al diseño, pero también pintaba y cantaba. Siempre me lo pintaban como alguien muy creativo. Pero yo me sentía excluida del grupo por el mero hecho de que ellos lo conocieron y yo no. La hermana anterior a mí me saca 10 años.


La pianista Maria João Pires. / JORDI SOCÍAS
Su madre debió quedar destrozada… Muy sola y deprimida. En cuanto a mí…
¿Se sentía una outsider? ¡Sí! Creo que así comenzó mi historia como rebelde, como outsider, sí: eso he sido siempre.
¿Cómo se recuerda de niña? Rebelde. Siempre negándome a lo que no me parecía bien, y eso se daba la mayoría de las veces. No me gusta juzgar lo que me ocurría en aquellos tiempos.
No juzguemos, sencillamente recordemos. Para mí, la música representaba un mundo en sí mismo. Un mundo que comprendía mejor que el real, que el humano.
¿No es humana la música? Lo es, una conexión, pero no solo humana, es algo más.
¿Abstracto? Abstracto o que tiene sencillamente más que ver con el mundo espiritual. Lo que creas o no, no importa.
El problema de la música, entonces, ¿aparece cuando se debe concretar en una imagen? Por ejemplo, el agua al que me refería de sus Nocturnos. Siempre busco crearlas, pero no de manera muy concreta, sino sugerida. Enciendo luces, ilumino, conecto.
¿Cómo se convence aquella niña de que debe convertirse en artista? Nunca lo decidí. La música nunca ha sido una profesión para mí.
¿Ni siquiera hoy? No, y me cuesta comprender a algunos jóvenes que se niegan a entrar en el mundo de lo que no consideran profesional.
Pero usted colabora con muchos jóvenes músicos. Sí, y enseño.
¿Toca mucho con ellos porque le da ­miedo quedarse sola en el escenario? No. Estoy convencida de que si no ­establecemos conexiones fuertes con otras generaciones, te secas. Debes conocer lo que se hacía antes de ti y lo que viene detrás. Hablo de transmisiones espirituales, de esa herencia. ¿Qué me legaron mis abuelos, mis padres, mis maestros, y qué recibieron ellos de mí a su vez? Ellos dan muchísimo.
¿Conocido o desconocido? No me refiero a las escuelas. Sino a su propia experiencia. Al cortar esa transmisión, te cargas lo esencial. Me encantaría tocar hoy con muchos que han muerto.
Entiendo. ¿Quién? No ha muerto. Pero con Alfred Brendel, por ejemplo, que se ha retirado ya.
Para dedicarse a la escritura y a la poesía… Y de manera brillante, como todo lo que ha hecho siempre.
¿Podríamos decir que existe una conexión entre él y usted para afrontar lo complejo de manera sencilla? Aprendí muchísimo de él, aunque no compartiéramos nunca escenario. Pero también aprendí de otros a los que jamás conocí. La primera vez que recuerdo haber decidido estudiar piano fue al escuchar en vivo a Ginette Neveu, la violinista francesa. Yo era una niña afortunada. Mi madre me llevaba a conciertos en los años cuarenta. Y a la ópera. Antes de cumplir los 10 años, ya había escuchado montones. Ella tocó aquella noche en Lisboa, con su hermano, Jean Neveu. Fuimos todos. Resultó tan tremendo que todavía hoy lo recuerdo. La misma sensación. Mi cuerpo vibró. Nunca olvidaré ese sonido, lo he intentado reproducir al piano, pero me es imposible. Me fui a dormir y a la mañana siguiente me despertó una de mis hermanas gritando: “¡Ha muerto Ginette Neveu!”. Habían salido para América, hicieron escala en las Azores y se estrellaron. Todo un shock. Un trauma. Aquello marcó mi vida.

Maria João Pires

Lisboa, 1944. Es considerada una de las mejores pianistas vivas. Entre el clasicismo y el repertorio romántico, Pires ha desarrollado una carrera brillante y ejemplar, en la que jamás ha abandonado su vinculación de compromiso pedagógico y colaboración con los pianistas más jóvenes, sobre todo en su centro portugués de Belgais, ya cerrado. Madre de cinco hijos, ganó el concurso Beethoven en 1970. Había debutado con siete años en Oporto. Perteneciente a una familia de amplia sensibilidad artística, Pires siempre se ha mostrado como una intérprete pura, y aunque en los buenos tiempos para la industria dio salida a cientos de miles de copias e incluso se colocó entre los más vendidos del ámbito pop con interpretaciones de Chopin –sus ­Nocturnos– y Schubert –sus Impromptus en Le voyage magnifique–, recientemente ha roto su contrato con Deutsche Grammophon.
¿Y se hizo pianista? Antes quise estudiar medicina. Cuando acabé el instituto estaba convencida de ello. Además, mi entorno me empujaba más a eso. No mi madre, ella siempre me dio completa libertad para hacer de mi vida lo que quisiera. No era tampoco blanda, al contrario, era una mujer muy dura y exigente, pero en lo que se refería a las decisiones individuales, dejaba completa libertad. Nunca me presionó para dedicarme a la música. Puso las herramientas, pero no se mostraba como esas madres orgullosas de sus hijos prodigio. Más bien al contrario, no le gustaba que me quisieran explotar como tal. Se negaba a todas las ofertas que le llegaban para que diera conciertos o saliera de gira. Actué con frecuencia, pero eran ocasiones especiales.
En la conciencia de los prodigios debe incidir bastante, más que la fuerza y el convencimiento interior de sus capacidades, el éxito ante los demás. Cierto exhibicionismo. En usted eso fue vedado. ¿Cómo llegó a ser consciente de su calidad desde niña? Me desarrollaba naturalmente en ese mundo. Muchos amigos insistían en que debía estudiar música. Cuando me encontré en la encrucijada de dedicarme a la música o a la medicina, a quienes me aconsejaban lo primero les dije que necesitaba una ayuda, una beca para ello. Y aquello me cayó encima cuando menos lo esperaba. Una beca de la Fundación Guggenheim que me permitió seguir mis estudios en Alemania, en Múnich, para seguir con Rosl Schmid.
¿Qué encontró allí? Dificultades, eran tiempos muy duros. Años sesenta, sin haberse recuperado de los traumas que les dejó la guerra. Los alemanes no eran como hoy. Se mostraban muy distintos. Difíciles de trato, mucho más que en la actualidad. Se han convertido en un pueblo mucho más abierto a los extranjeros, a la diferencia. Hoy, si voy a Alemania, me siento bien. Claro que influye que ahora hable alemán. Entonces no hablaba una palabra, y eso me excluía. Una chica del Sur.
Portuguesa… No importaba de dónde. Me consideraban del Sur…
¿Y no sigue existiendo esa ­brecha mental entre Norte y Sur? Culturalmente me encontraba muy cercana a su cultura. Muy influenciada por su literatura, por su música, su filosofía. También por su manera de trabajar, de afrontar las cosas, por sus métodos. Eso me proporcionó finalmente la capacidad de vivir allí sin sentirme extranjera. Me ocurre ahora también, residiendo en Bruselas.
Vivimos un mundo muy distinto a aquel. En ese sentido es positiva la progresiva globalización que nos ha transformado. Sin fronteras. Nos entendemos, nos comprendemos mejor, más cuando la mayor parte de mi vida me he sentido una outsider.
Uff, eso debe de cansar muchísimo. Pues sí, pero no se puede evitar. No te conviertes en alguien excluido por propia voluntad, sino porque los demás te rechazan a la hora de formar parte de su círculo. En mi caso era eso: un sentimiento constante de rechazo. En el colegio, en mi país.
¿Hoy ya no se siente así? A eso me refiero, estoy mejor. Me siento bien.
Gran cambio en su vida. Sentirse bien… Soy feliz.
¿De verdad? ¿Objetivamente feliz? Sí, un gran cambio, ¿no?
¿Y cómo lo lleva? Bien…
¿Nunca antes de este nuevo periodo tuvo la sensación de ser feliz? No.
¿Desde cuándo se siente así? Desde hace unos dos años… O más. Es algo que he aprendido con el tiempo. Fue lento. Tiene también que ver con que me he convertido en alguien mucho más tolerante. Me pongo más en el lugar de la gente. Ya no creo que las cosas deban ser como a mí me parece. Antes tenía un carácter mucho más dogmático. Y deseaba que todo cambiara para bien, para la gente, para el medio ambiente, los niños, más justicia. Lo quería así e inmediatamente. Eso me despojaba de tolerancia hacia lo que me parecía mal. No lo podía soportar.
O sea, que esa felicidad suya, ¿implica que se ha rendido?De alguna manera sí, probablemente. He trabajado mucho interiormente en ese sentido. En no tratar de imponer las cosas de la manera que crees que deben imponerse.

Los jóvenes músicos andan perdidos por culpa de las compañías”
¿De quién ha aprendido más esa nueva tolerancia? De la vida, de gente sabia. Siempre me atrajo mucho la sabiduría. Mi abuelo, por ejemplo, me lo inculcó. Él estudiaba las religiones, la filosofía. Con la influencia de gente como él he llegado a hacer las paces con el mundo.
¿Y cómo lo ve ahora? El mundo, me refiero… ¡Muy mal!
¿Entonces me ha estado tomando el pelo? Es que solo una parte de mi ser se ha rendido, la otra no.
¿Doctor Jekyll y Mr. Hyde? Más o menos, así que no se fíe de mí del todo.
Ya intuía que había gato encerrado. Pero el caso es que si me guío por su música, me inclino a creerle, porque me proporciona mucha serenidad. Lo entiendo. Esa es la conexión que trato de establecer con la música. No pertenece a este mundo, no lo creo. Todo contacto con el arte, lo que nos saca de dentro, no tiene nada que ver con nuestra conexión con el mundo. Así que son esferas completamente distintas.
Demasiado ajenos como para encontrarse. Nuestra misión es mostrar el de la música, no mezclarlos.
A veces ocurre. Que la pureza se desvirtúa. No siempre se logra. Cuando yo era joven, mis maestros me inculcaron esa obligación de emprender una misión, como la que tienen los médicos o los maestros, un artista, como un actor, un filósofo: mejorar el mundo.
No solo a uno mismo… No haces música para ti, la haces para los demás. Es un instrumento de transformación. El abuso de compositores e intérpretes que se da por parte de la industria, de las discográficas, desde un lado exclusivamente comercial, provoca un desconcierto en los jóvenes. Andan perdidos, pero no por su culpa. Si quieren vivir de esto, quienes están por encima les alientan no a propagar esa misión transformadora de la música, sino a hacer carrera, a convertirse en famosos, y ser los números uno, a ganar dinero. Muchas veces te comentan que no saben qué hacer y les ves en medio de esa presión. Tienes que tranquilizarles, decirles que se olviden de ganar concursos, que la música posee otra finalidad más allá de la competencia. La culpa es de las compañías de discos y de los mánagers. Los pierden, se pierden, y en dos años nadie recuerda quiénes son ni qué lograron.
¿Han sido los tiempos de desesperación para el negocio de la música los que han propiciado eso o se trata de algo que viene de antes? Usted, que ha convertido en superventas a Schubert o a Chopin con cientos de miles de copias, lo sabrá. Lo que sé es que he roto mi relación con Deutsche Grammophon. Fue al ver la portada de un disco en la que aparecía una de sus artistas en una actitud completamente ajena a lo que debe ser un intérprete. Escribí una carta al presidente de la compañía renunciando a colaborar con ellos. Repito, no es culpa de los artistas. Es lo que se les obliga a hacer.