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viernes, 24 de abril de 2015

PRENSA CULTURAL. Entrevista a Eduardo Mendoza sobre "La verdad sobre el caso Savolta"

   En "elcultural.com":

Seix Barral publica una edición conmemorativa de la ya legendaria primera novela de Eduardo Mendoza, La verdad sobre el caso Savolta

LAURA FERNÁNDEZ | 21/04/2015 


Eduardo Mendoza. Foto: Antonio Moreno
Eduardo Mendoza tenía 26 años cuando publicó el libro que, en sus propias palabras, le cambió la vida. Por entonces había estado haciendo "un poco de todo", era esa época en la vida de un escritor en la que tiene que alternar sus noches ante la máquina de escribir, o el cuaderno, como era el caso de Mendoza, con un trabajo. El suyo era un trabajo en un banco. "Estaba estudiando Derecho", recuerda. Luego se fue a Nueva York. Pero antes de eso publicó el libro en cuestión, que, en un primer intento, fue interceptado por la censura, a la que no le pareció en absoluto bien el título que había elegido (Los soldados de Cataluña), y que además, lo consideró "un novelón estúpido y confuso, escrito sin pies ni cabeza". He aquí La verdad sobre el caso Savolta. "Nunca he sido bueno para los títulos, ni entonces ni ahora. Pere me ayudó", recuerda Mendoza. Pere es Pere Gimferrer, que está a su lado y asiente. "Estoy convencido que con este otro título", dice, y señala el ejemplar de la edición conmemorativa de la novela que hay sobre la mesa, "la novela habría tenido una vida muy distinta", añade.

De hecho, dice, la novela es hoy "muy distinta" de como era entonces. "Yo también lo soy. No sólo cambia el mundo, también cambiamos nosotros, y cambian las novelas, la forma en que las percibimos. Por ejemplo, entonces Cataluña no significaba nada. Era una parte del mapa del colegio. Hoy es algo muy distinto", expone el escritor, que jamás olvidará cómo, a su regreso de Nueva York, un año después de que el libro se hubiera publicado, y sin ser consciente aún de su repercusión ("la vida del libro entonces era muy larga, la primera crítica salió un año y media después de que se hubiera publicado, porque era lo normal", recuerda), se fue directo al banco, pensando que, con lo que le hubiera ingresado la editorial por los derechos, podría invitar a una cena a sus amigos. "Al llegar allí le pedí al cajero que me diera lo que tuviera en la cuenta y él me miró extrañado: ‘¿Todo?', preguntó. Resulta que había un millón de pesetas", explica. La historia de Javier Miranda y Savolta, el industrial catalán que se dedicaba a vender armas a los aliados, estaba lista para dar la vuelta al mundo. Y eso fue lo que hizo.

"El éxito era algo insólito en aquel momento para un escritor. Un éxito así era impensable. Que no sólo se vendiera si no que estuviera bien considerada, que me dieran, como ocurrió, el Premio de la Crítica, que hoy no es tan importante, pero entonces lo era, y mucho, hizo que, de repente, verdaderas divinidades del mundo literario quisieran charlar conmigo, y yo estaba muerto de miedo", asegura el autor de La ciudad de los prodigios.

"Lo peor vino después. Porque de la timidez pasé a la angustia y el agobio,¿cómo iba a ser capaz de escribir algo que no defraudara a toda esa gente? Fue por eso que cambié de estilo. Estuve mucho tiempo dándole vueltas a cómo continuar, y entonces fue cuando empecé con las novelas de humor", recuerda Mendoza, que pensaba "que todo aquello era un malentendido, que no podía haberme hecho tan famoso con una novela, y que no podía ser tan buena".

De hecho, aún hoy, 40 años después, le parece "sorprendente" que se hable de ella. Seix Barral ha preparado una edición especial que conmemora las cuatro décadas y en la que, además de la novela, por primera vez llegará a librerías con el título original (aquel Los soldados de Cataluña que no le pareció en absoluto apropiado al censor), se incluyen los informes de la censura y artículos de Juan García Hortelano, Manuel Vázquez Montalbán, Félix de Azúa y el propio Mendoza.

"Ahora hay otra generación leyéndolo. Para mí, hoy ya es como si fuera algo que no es mío. Porque, ya lo he dicho, yo tampoco soy aquel chico de 26 años. Lo de recuperar el título y la portada es un pequeño homenaje pero en ningún caso quiero que se recuerde con este título. Las cosas son como son y han de pertencer a su momento. Y La verdad sobre el caso Savolta ya tuvo su momento", dice. Un momento al que, cada vez que se abre un ejemplar del mismo, se regresa, como si el libro fuera una máquina del tiempo.
 

domingo, 19 de abril de 2015

PRENSA CULTURAL. Sobre "La verdad sobre el caso Savolta", de Eduardo Mendoza. Javier Marías

   En "Babelia":
40 AÑOS DE 'LA VERDAD DEL CASO SAVOLTA'

El triunfo del prófugo

'La verdad sobre el caso Savolta' supuso una novedad sobresaliente, y por eso se dice que fue lo que en literatura marcó el inicio de la democracia y la defunción del franquismo

No se hace fácil recordar, incluso resulta difícil pensar en aquellos tiempos, como si ahora se aparecieran envueltos en brumas, las de los antiguos flash-backs cinematográficos. En 1967 Juan Benet publicó Volverás a Regiónuna novela extraordinaria, densa y difícil, que sin embargo para muchos escritores jóvenes se convirtió en una bandera. Los años duraban mucho más de lo que lo hacen ahora, y sólo cuatro después (pero parecían diez o doce) yo saqué mi primera novela con diecinueve, Los dominios del lobo, llena de personajes americanos y sumamente alejada tanto de Benet como de sus predecesores, que a él le reventaban en su mayoría. En 1973, con veintiuno, saqué la segunda, Travesía del horizonte, esta vez repleta de personajes ingleses y con ecos de James, Conrad y Conan Doyle. Algunos críticos (Gimferrer al frente) dieron la bienvenida a esas dos parodias juveniles, pero el gran resto alzó las cejas y en el mejor de los casos tuvo una actitud perdonavidas, en atención a mi tierna edad más que nada. ¿Qué hace este jovenzuelo, que no habla de su país, ni de su época, que no es realista ni experimentalista (esta última era la moda efímera que a duras penas se abría paso)? En conjunto se me despachó como a un frívolo extranjerizante.
Y fue entonces, en 1975, cuando apareció La verdad sobre el caso Savolta, de un autor nuevo y todavía joven (31 años), Eduardo Mendoza. Tampoco esa novela era realista ni experimentalista, y ni siquiera era “benetiana”, como en realidad no ha podido serlo ninguna porque Benet era tan personal que cualquier seguimiento se convertía al instante en mala copia. Savolta podía haber sido despachada por los críticos en términos semejantes a los que empleó el primero que tuvo, el censor de turno, cuyo brevísimo informe puede leerse en la entrevista de Juan Cruz adjunta: "Novelón estúpido y confuso, escrito sin pies ni cabeza …", así empezaba; y terminaba todavía peor: "… y todo lo típico de las novelas pésimas escritas por escritores que no saben escribir". No, no se crean que demasiados reseñistas de entonces eran más perspicaces que aquel mal señor. Y sin embargo no fue así. Al contrario, Savolta pasó a ser un hito, una revelación, un gran éxito, supuso una novedad sobresaliente, y por eso se dice que fue lo que en literatura marcó el inicio de la democracia y la defunción del franquismo. Un no-crítico inteligente y agudo, Juan García Hortelano, que había cultivado el realismo social transgrediéndolo, fue uno de los que dieron el aviso, en este diario, ya en 1976: "Prepárense ustedes porque pueden volver a la ficción".

Mendoza enseñó a la mayoría de los novelistas que vinieron después qué era escribir con libertad, sin verse obligado a complacer ni a los colegas ni a los críticos ni tan siquiera al público
Savolta era sólo a medias ficción. Incluso se reproducían en ella extractos de informes tomados de documentos antiguos reales, a los que el autor había tenido acceso. Pero esas son historias de bastidores. Savolta se leía como ficción y además como ficción no anticuada, sino todo lo contrario, innovadora. Pese a que Mendoza se hubiera empapado de novelas de aventuras y policiacas, de Balzac y Stendhal y de autores ingleses con los que desde el primer momento compartió el humor, aquella obra suya inaugural aprovechó todas las técnicas aprendidas pero en modo alguno se pudo leer como algo arcaizante ni rancio ni "típico", como decía el audaz censor. Aquello sonaba a nuevo, y sobre todo sonaba a libre. ¿Libre? Sí, eso fue lo principal. En la mencionada entrevista él mismo lo reconoce: "Puedo hacer lo que yo quiera porque no tengo que complacer a nadie", ese era el pensamiento que lo dominaba durante la escritura. Hoy resulta imposible imaginar lo coaccionado y amenazado que se sentía un novelista debutante: el que no escribía novela social ni (un poco más adelante, y durante un corto periodo) experimentalista, estaba condenado a ser invisible, a no existir. La literatura española —como el resto de la vida española— siempre ha sido muy dada a poner grilletes, y a hacer caso omiso de los díscolos y prófugos cuando no podía apresarlos o se le escapaban de verdad. Mendoza fraguó lo que se le antojó: sostuvo una historia apasionante, creó personajes magníficos y una estructura original, se trasladó a la Barcelona de 1917, se saltó cuantas veces quiso la linealidad narrativa, escribió una novela a la vez política, de gangsters y de gran humor. No se dice lo bastante, pero fue él quien enseñó a la mayoría de los novelistas que vinieron después qué era escribir con libertad, sin verse obligado a complacer ni a los colegas ni a los críticos ni tan siquiera al público lector. A partir de ahí fue posible que cada uno se creara sus propios lectores. Eso que hoy es tan frecuente y que hace cuarenta años —tan sólo cuarenta— parecía un sueño irrealizable.
Dice Mendoza al final de su conversación con Cruz que "tener una novela que sigue siendo todavía la más importante de cuantas he escrito, a veces me da una rabia tremenda …" Puede que La verdad sobre el caso Savolta sea la más importante en términos históricos, porque se publicó el mismo año de la muerte física de Franco, porque fue un deslumbramiento, porque fue una liberación. Pero Mendoza puede estar tranquilo: lo histórico no forma nunca parte de la cotidianidad, sólo reaparece en los aniversarios señalados y luego se vuelve a olvidar. Sus novelas posteriores, su presencia beneficiosa en nuestro "paisaje", la excelencia literaria de La ciudad de los prodigios y otras, eso sí que nos reconforta, día a día, y que sea por innumerables más.

sábado, 28 de febrero de 2015

PRENSA CULTURAL. "La verdad sobre el 'caso Mendoza'"

   En "Babelia":

La verdad sobre el ‘caso Mendoza’

Eduardo Mendoza rememora 40 años después las condiciones en que escribió ‘La verdad sobre el caso Savolta’, que la censura consideró "un novelón estúpido y confuso"


Eduardo Mendoza, en Barcelona. / GIANLUCA BATTISTA
La primera crítica que publicó EL PAÍS apareció el 5 de mayo de 1976 (al día siguiente de nacer el periódico), era de Juan García Hortelano, versaba sobre La verdad sobre el caso Savolta, y se titulaba Una opinión sobre el caso MendozaEra la primera novela de Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943), había sido publicada en abril del año anterior, 1975, por Seix Barral y antes de publicar Hortelano su opinión sobre "el caso Mendoza" había sido premiada por el jurado de la Crítica. Hoy el escritor sigue con bigote —ya no tan oscuro como aquel que luce en la foto de contraportada de la primera edición de ese libro— y sigue publicando obras con éxito, aunque a veces diga que la novela está muerta. Aquel espaldarazo de Hortelano fue muy importante para él. Cuatro décadas después se enfrenta de nuevo a aquella opinión y dialoga a partir de lo que dice Hortelano. El autor de El gran momento de Mary Tribune murió en 1992; su crítica en aquel momento era la expresión de un entusiasmo literario y la reivindicación de la ficción en la novela tal como la entendían ambos. De eso va esta entrevista.
La verdad sobre el caso Savolta es la historia de una corrupción; su lectura hoy remite a lo que sucedió en Barcelona (y en España) con la mezcla de los negocios y la política en la primera posguerra europea del siglo XX, narra el auge y la destrucción de una empresa de venta de armas, se sirve de todos los géneros narrativos posibles (desde la novela negra a Madame Bovary, pasando por la complejidad estructural de Conversación en La Catedral). Hortelano la llama "fastuosa cirugía de nuestra comunidad…".
PREGUNTA. Tenía 31 años. Esta crítica debió ayudarle mucho.
RESPUESTA. Tuve varias ayudas valiosísimas. Una fue este artículo. Se juntaba la curiosidad que despertaba EL PAÍS con el elogio más generoso de Hortelano. Fue un espaldarazo importantísimo. Otro fue el de Carmen Rico Godoy, en Cambio 16. Pero fíjate en lo que dice Hortelano, en ese momento en que está a punto de cambiar todo…
P. Dice: “(…) A los muy sensatamente monopolizados por la estadística, la normativa constitucional, la sociología, la flora, la fauna y el politicismo les sería provechoso dedicar unas horas a la novela de Eduardo Mendoza, donde mucho se puede aquilatar la historia de este país en el que, no obstante, vivimos”.

Tardó en publicarse. Primero, porque no la querían, y luego, porque no era una novela al uso
R. Eso es, ¡déjense de tonterías y lean este libro! ¡Qué curioso que eso lo diga Hortelano en ese momento!

P. Él hablaba de lo que era la novela, en medio de la discusión sobre si debía experimentar, o si debería ser como las suyas y la que usted publicaba. ¡Le acoge en su seno! ¡Para quitárselo a Benet, quizá!
R. ¡Ja, ja! Eran tan amigos. Los conocí algo después; iban haciendo aquella especie de número de payaso listo, y payaso tonto, intercambiándose papeles. Y eran dos polos opuestos. Yo, que tenía una admiración y un cariño muy grande por Benet, estaba alineado con Hortelano. Ya había empezado la renovación de la narración, con Hortelano, con Marsé, con Vázquez Montalbán. Ese cambio estaba hecho, y Hortelano era grande ya.
P. Él pone énfasis en su edad…
R. La escribí a los 26, pero tardó en publicarse. Primero, porque no la querían, y luego, porque no era una novela al uso. Ya cuando finalmente Pere Gimferrer se la queda, tarda dos años en salir. O sea que sale cuando yo tengo 31 años.
P. Dice que "circunstancias engorrosas interrumpieron su publicación"…
R. Yo no creo que las hubiera. Desde luego, cuando ya fue comprada por Seix Barral hubo que enviarla a censura, pero eso pasaba con todas. La titulé Los soldados de Cataluña. Era irónico. Quería decir que los soldados de Cataluña son los estafadores. ¡Pero la censura pensó que era un llamamiento a las armas independentistas! Ese tema ni se toca en la novela. Entonces nos reunimos Gimferrer y yo (y fue el principio de una tradición) y después de darle muchas vueltas salió ese título, La verdad sobre el caso Savolta.
P. ¿Qué dijo el informe de censura?
R. Muy escueto: folletón confuso y estúpido. [Esto dice, exactamente, lo que escribió el funcionario el 14 de septiembre de 1973: "Novelón estúpido y confuso, escrito sin pies ni cabeza. La acción pasa en Barcelona en 1917, y el tema son los enredos de una empresa comercial, todo mezclado con historias internas de los miembros de la sociedad, casamientos, cuernos, asesinatos y todo lo típico de las novelas pésimas escritas por escritores que no saben escribir"].

No hay interés por nuestra literatura; ni por la nuestra ni por ninguna. A nadie le preocupa
P. En 1973 Barral lanza la narrativa española más experimental. ¿Qué le hace estar más con Flaubert que con Joyce?
R. Es que esa del grupo de Barral era mi literatura, y sus autores eran mis amigos… Si no hubiera sido mi mundo quizá no me hubiera dado por enterado pero, claro, yo vivía sumergido en esa literatura y pensé: “Yo aquí me asfixio, quiero salir de eso”. Sabía que iba a contracorriente, pero lo que no pensaba es que eso formara parte de la evolución literaria. Y lo que hice se parece a lo que proclamó Savater luego: la infancia recuperada. Recuperar la narración, la aventura.
P. Se recuperaba también la sintaxis.
R. La sintaxis, el placer de la narración… Ante eso yo reaccionaba de una manera muy primaria. Luego, cuando he racionalizado y me preguntan por la novela de la Transición, ¡claro que yo no sabía que estaba escribiendo novela de la Transición! Entre otras cosas ¡porque no sabía que iba a haber una Transición! Eso en 1971 no estaba ni en los sueños.
P. Ahora que ha habido cambio de guardia en la Monarquía se cita su novela como la que marcó aquel parteaguas.
R. Hay la idea de que todo ha de ser como en una novela: que empezó el Rey, y hubo nudo y desenlace. Las cosas no son así. La Historia no es literaria.
P. Tenía 26 años. España es la que usted describe, un burro en torno a una noria. Pero ¿qué literatura hay en usted entonces?
R. La mía, en comparación con la que leen mis compañeros de tiempo, es reaccionaria, es arcaica. Primero, porque estoy formado por la literatura juvenil (Salgari, Verne, Haggard), que es la que me marca cuando empiezo a escribir. Y luego encuentro en las memorias de Baroja un pasaje que dice que cuando se formó como escritor era un niño y leía novelas de aventuras, y siguió escribiendo esas novelas aunque escribe de otros temas. Esto de Baroja me marcó definitivamente. Yo me formé leyendo eso.

La felicidad que me produjo lo que escribió Hortelano ya nunca más la he vuelto a tener
P. Y sigue en ello, como Baroja…
R. A mí lo que me gustaba era eso: novelas de aventuras, de misterio, negra, películas de gánsteres, películas en general. Soy de una generación más formada en el cine que en los libros. El western y el cine negro son influencias muy fuertes. Y yo pienso: "¿Por qué cuando me pongo a escribir tengo que renunciar a esto, que es lo que me da alegría de vivir, para ponerme a hacer un experimento lingüístico que no me interesa nada?".
P. Juan García Hortelano dice que en aquel momento la gente se está pasando al ensayo y usted irrumpe con una novela que no tiene nada que ver con lo experimental, que está de moda…
R. La novela experimental creo que era un callejón sin salida necesario. Creo que hizo mucho bien para los que empezábamos a escribir: haber pasado por el calvario de leer novelas experimentales, novela francesa, incluso haber pasado por el esfuerzo que nos obligó a hacer Benet, que nos hacía leer unas cosas duras, pero que aceptábamos. Y las aceptábamos primero por su personalidad y luego porque nos dábamos cuenta de que aquello era muy bueno. Y lo que hizo fue realmente poner el idioma español en el siglo XX, y liberarnos de todo el lastre decimonónico. Él odiaba a Galdós, injustamente…
P. Pero era amigo de Baroja…
R. Y en muchas cosas era muy galdosiano. Pero a él le parecía que ese lenguaje del siglo XIX, que todavía se arrastraba en el siglo XX, era gastado, retórico, epistolero. Él impuso un lenguaje mucho más roto, más moderno, que a nosotros nos permitió recuperar la narración con un motor de coche actual, no de tartana. Esa conjunción del deseo de recuperar y, al tiempo, la dura lección de los experimentales que leíamos, no Benet, que era estupendo, pero aquellos experimentales…
P. Benet quedó.
R. La verdad es que Juan Benet impuso un rigor que nos fue muy bien para los que escribíamos entonces. Yo pensaba, escribiendo: “Qué pensará, qué dirá Juan Benet…”. Recuerdo que cuando publiqué La ciudad de los prodigios Benet publicó un artículo en la revista Leer. Primero tuve una cena con él en Madrid. Me dijo: "Eso es una tontería; parece mentira, tendría que darte vergüenza haber publicado eso". Y yo me pasé toda la noche sin dormir. El resto del mundo me daba igual, pero lo que decía Benet… Y luego resultó que todo era una broma porque publicó ese artículo: "Esta novela me gusta mucho, me hubiera gustado escribirla a mí". Y era una novela de pistolas, de aventuras, de tiros, de persecuciones. Bueno, ahí influía la amistad, pero eso fue lo que escribió.
P. Respecto a usted, Hortelano fue el adelantado.
R. Sí. Hortelano, Carmen Rico Godoy. Y Rafael Conte, que también apostó desde EL PAÍS y dijo: "Esto es lo que viene, la moda es esta". Y él era una autoridad.
P. ¿Cómo era su relación de lector con Hortelano?
R. Yo era un devoto lector de Juan García Hortelano. Gente deMadrid, por ejemplo, me parece una de las cosas más importantes e interesantes que se han escrito en España. En aquel momento, a mí Mary Tribune me pareció una gran novela, muy americana, en la onda de las de Updike. De un análisis profundo de la soledad. Ahora que ha muerto también Ana María Matute: qué poco homenaje se ha hecho a esa generación, Ana María Matute, Zunzunegui, Aldecoa, Hortelano… Todos los que nos enseñaron a escribir.
P. ¿Por qué ha ocurrido eso?
R. En parte porque no hay interés por nuestra literatura; ni por la nuestra ni por ninguna. Por la nuestra no lo hay en absoluto. A nadie le preocupa. Por ejemplo, ha habido una recuperación de la literatura falangista, bueno, algo es; pero ha habido poco interés en ver en conjunto lo que fue aquello.

La novela experimental creo que era un callejón sin salida necesario
P. Decía Hortelano que La verdad sobre el caso Savoltaiba a reconciliar la novela con la ficción. ¿Tuvo razón en la predicción?
R. Por supuesto, el mérito no es mío, aunque yo formo parte de esa revolución o renovación, o como quieras llamarla, que sigue hasta el día de hoy. La narrativa española sigue siendo una de las más importantes del mundo para los editores extranjeros, que siempre están pendientes de ver lo que pasa, porque tiene esa vitalidad que arrancó entonces y que sigue hasta el día de hoy. Fenómenos como Ruiz Zafón o como Ildefonso Falcones, traducidos y best sellers en todos los idiomas del mundo. Fue una recuperación de la ficción que en otros países no se llegó a hacer. Mientras, sorprendentemente, la literatura francesa e italiana no salen de una especie de marasmo localista, la literatura española continúa ocupando todos los puestos: Javier Marías, Enrique Vila-Matas, Antonio Muñoz Molina
P. Dice Hortelano que la novela no era el fruto de la improvisación. ¿Cómo surge?
R. El azar me lleva a trabajar en el caso de la Barcelona Traction, que es famoso internacionalmente; tiene que ver con las fuerzas eléctricas que entran en Cataluña y que hacen la revolución industrial a principios del XIX. En los años sesenta se convierte en un caso que se ve en el Tribunal de La Haya. Para ello hay que revisar el historial de estas compañías multinacionales. Trabajo ahí porque soy abogado, y porque tengo el francés y el inglés bien sabidos. Y entonces tengo que entrar en los archivos de esta compañía. Así que tengo acceso a una historia del submundo de los negocios, de los trapicheos y el politiqueo de los primeros años del siglo XX en Cataluña; y eso pasa por la Primera Guerra Mundial, por el espionaje. Eso me enseña que ahí hay una historia que contar y yo tengo la exclusiva en mis manos. Y descubro también que el documento en sí es más interesante que cualquier estilo literario que se me pueda dar.
P. Y decía Hortelano que usted tiene la cortesía de contar todo eso todo lo bien que se puede. Un elogio.
R. ¡Un gran elogio! Imagina lo que es para mí, un novato que ha publicado una novela, lleno de vergüenza y de miedo, que Hortelano diga una cosa así. La felicidad que me produjo lo que escribió ya nunca más la he vuelto a tener. No hay premio ni reconocimiento que supere ese momento. Es verdad que me he esforzado por no dejar nunca una frase que no pudiera ser un poquito mejor pero no, como dice Hortelano, por cortesía, sino porque si no no podría irme a dormir tranquilo.
P. Él habla de la historia repetitiva de este país "en el que no obstante vivimos…". No se acaba el mundo y viene otro, advierte.
R. Él tenía esa visión, luego hemos visto que la tenían otros: estábamos viviendo un momento de eclosión, pero era un paréntesis; íbamos a vivir en el país de siempre, como se sigue demostrando. Yo creo que el gran mérito de El caso Savolta es haber dado ocasión al artículo de Hortelano, ¡mucho más interesante que todo el libro! Tener una novela que sigue siendo la más importante de las que he escrito, a veces me da una rabia tremenda, pero nada de eso supera el cariño y la gratitud que le tengo por haberme dado tanto como me sigue dando.

viernes, 15 de junio de 2012

PRENSA CULTURAL. AVANCE LITERARIO. "Eduardo Mendoza. La ironía de la tradición", del libro "La imaginación histórica"

Eduardo Mendoza

AVANCE LITERARIO: La imaginación histórica


   En "blogs.elpais":

EDUARDO MENDOZA
LA IRONÍA DE LA TRADICIÓN
                                                    FUERA DE LUGAR

     Cataluña tiene fama de ser un país serio, un país en el que sus gentes suelen adoptar poses
circunspectas, graves, las propias de personas atrafegades, apremiadas por obligaciones
impostergables y por el trabajo. Es un tópico sempiterno que a los propios nativos les gusta
cultivar. Tal vez porque tradicionalmente les ha dado un aire de modernidad en la España de la
siesta y la indolencia, de los toros y el primitivismo, una imagen también estereotipada. Dice
Javier Marías que cuando Eduardo Mendoza y él mismo fueron invitados a Apostrophes, el
programa televisivo que dirigía Bernard Pivot, tuvieron la ocurrencia de acudir al plató con
aspecto de españoles decimonónicos: con patillas de hacha y con una faca, arma dispuesta
para ser ensartada en la mesa del estudio. ¿Con qué fin? El propósito era el de reforzar la
España del tópico, confundir a nuestros vecinos con imágenes redundantes y previsibles sobre
nuestra violencia salvaje. Hablamos de 1992, fecha de emisión del programa televisivo.
Finalmente se comportaron: evitaron la sobreactuación histriónica presentándose como un
catalán y un madrileño sensatos y modernos. 
     ¿Podemos tomar a Eduardo Mendoza como guía o introductor de la Cataluña real en la España
presente? Su literatura es exagerada y caricaturesca, con resabios expresamente anacrónicos:
es un riesgo, pues, servirnos de una escritura extremada y deliberadamente arcaizante para
hacernos una idea cabal de la sociedad de hoy. Sin embargo, en ocasiones, los disparates
literarios más elaborados podemos verlos como documentos muy fieles del mundo material. En
el Diccionario de autoridades de 1732, sin ir más lejos, la voz documento se definía del
siguiente modo: «doctrina o enseñanza con que se procura instruir a alguno en cualquiera
materia, y principalmente se toma por el aviso u consejo que se le da, para que no incurra en
algún yerro o defecto». La literatura de Eduardo Mendoza podría tomarse, sí, como doctrina y
enseñanza con que el autor procura instruirnos para que no incurramos en algunos yerros o
defectos. Eduardo Mendoza es un letraherido. Tanto en el sentido del que tiene mucha afición a
la literatura, como en el de quien usa la escritura para dolerse. Pero Mendoza se duele
satirizando.
     Eso lo ha sabido ver muy bien Llàtzer Moix en el libro que le dedica. Se titula Mundo Mendoza
(2006). Su autor es redactor jefe de Cultura en La Vanguardia y, por lo que parece, se ha
especializado en escritores excéntricos. Hay que estar atentos: si vemos en los expositores de
novedades un volumen de Moix, no hay que perdérselo. Es garantía de una exquisita
elaboración: por su prosa ajustada, precisa, y por el cariño con el que aborda su objeto. Trate
de lo que trate, Moix siempre confirma lo que es, un riguroso periodista cultural que sabe de
qué modo hay que presentar las cosas sin impostarlas: con cuidado, con algo de guasa y con
erudición contenida. Hace un tiempo, por ejemplo, leí su Wilt soy yo. Conversaciones con Tom
Sharpe (2002). No era fácil convencer a los lectores, sobre todo para quienes habían sido
seguidores fieles de Sharpe, cuyo humor está algo decaído. Pues bien, Moix conseguía
persuadir reanimando al autor de Wilt, vitaminizándolo con preguntas inteligentes, con
acotaciones exactas, expresadas con todo respeto. Años después, al leer Mundo Mendoza,
volvemos a disfrutar. La Cataluña de Eduardo Mendoza que compendia Moix parece más
auténtica que la que nos transmiten los medios de comunicación: es un mundo plural, menos
homogéneo y menos envarado de lo que los políticos locales nos presentan. 
     Por supuesto, las novelas de Mendoza no aspiran a ser un calco o reflejo de la Cataluña
histórica: se escriben con el propósito evidente de escarnecer unos vicios en un contexto
concreto que es, básicamente, la Barcelona natal del autor. Es decir, son documentos en el
sentido moral del término. Hay admoniciones y severas reprensiones: muy serias y a la vez
muy burlescas. Sobre esa meta, estas ficciones exageran el lado cínico y aprovechado de los
poderosos y el lado pendenciero y menesteroso de las clases populares. Como en los folletines
de antaño, en las radioteatros de posguerra o en las comedias de enredo. Pero sobre todo sus
novelas suelen mostrar de manera satírica el lado gamberro y descacharrante que hay y aflora
en aquel país, en esa Cataluña circunspecta. A pesar del porte reservado de sus habitantes,
que les sirve de máscara o de defensa, los catalanes serían gente cómica o involuntariamente
cómica, incluso desquiciada: eso parece inferirse de sus ficciones. En sus páginas siempre hay
locos o excéntricos que con torpeza, ingenio e impudor malviven o sobreviven en una tierra
aparentemente discreta, grave y severísima. Esos individuos son tipos que no han sabido
gobernarse, que están fuera de lugar, gentes con existencias desastrosas y risibles: incapacesde acomodarse a la norma común, a ese estadio general de una civilización hipócrita. 
     Entre las figuras de esta calaña más célebres está el chiflado que protagoniza El misterio de la
cripta embrujada (1979), El laberinto de las aceitunas (1982) y La aventura del tocador de
señoras (2001). Es un orate, un tipo que entra y sale de un manicomio. Se encuentra allí bajo la
tutela del doctor Sugrañes, un tipo huraño y probablemente con migrañas, como su propio
apellido nos induce a creer. De cuando en cuando, el trastornado es convocado por la policía.
Se le franquea el paso con el fin de resolver casos difíciles, aparentemente ilógicos o
simplemente locos que los investigadores no consiguen solucionar, concretamente el comisario
Flores. Los polis aplican la racionalidad y el buen sentido. Más o menos. Por su parte, el
lunático aplica… lo que buenamente puede. El individuo tiene mucho de personaje infausto, de
pícaro desgraciado al que la vida da muchos trompicones: su psiquismo está averiado de tanto
golpe, seguro, y su hermana es una prostituta a la que no puede redimir.

jueves, 5 de abril de 2012

PRENSA CULTURAL. AVANCE EDITORIAL. "El enredo de la bolsa y la vida", de Eduardo Mendoza. Primeras páginas


   En "blogs.elpais.com":

AVANCE LITERARIO
Humor dinamitero para una Europa en quiebra

Amelia Castilla 04/04/2012

   Aficionado a la Pepsi-Cola, fue confidente de la policía, pasó media vida en un manicomio y sigue usando las cabinas de teléfono. El detective creado por Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943), en obras memorables como El laberinto de las aceitunas, y al que algunos quisieron llamar Ceferino, vuelve a la actualidad con El enredo de la bolsa y la vida (Seix Barral), una historia en la que el terrorismo y los propios servicios de seguridad del estado quedarán en cuestión. Vivimos en tiempos de crisis y nuestro detective, que regenta una peluquería de señoras sin más clientes que los empleados del banco que acuden a cobrar el préstamo hipotecario, se ve inmerso en una nueva investigación en la Barcelona de ahora mismo. Años después de dejar el sanatorio de salud mental, nuestro hombre coincide en paños menores con su antiguo amigo Rómulo, 'El guapo'. Siguen siendo dos perdedores, aunque Rómulo mantiene su apostura, en el mejor estilo de Tony Curtis. Nuestro protagonista se niega a participar en el golpe que le propone y a partir de ahí arranca el enredo. Para encontrar a Rómulo se apoya de un inefable equipo: la adolescente Quesito, un timador profesional, una acordeonista callejera, un repartidor de pizza y el dueño del restaurante Se vende perro.
   En la literatura de Mendoza siempre se encuentran destellos humorísticos, pero su detective loco supera todos los registros. Algunos de sus lectores e incluso una parte de la crítica sonríe de medio lado ante estos títulos, como si se tratara de obras menores, pero en las páginas de El misterio de la cripta embrujada (1979) o las de El tocador de señoras (2001) posiblemente se encuentre el mejor Mendoza. Elaborada en el estilo de una novela policiaca, el autor enfrenta la locura y la cordura para criticar la sociedad. El enredo de la bolsa y la vida, editado por Seix Barral, se publica el 10 de abril y constituye la cuarta entrega de las aventuras de su sorprendente detective. Y hoy te adelantamos, en primicia, las primeras páginas. Que las disfruten.

   Primer capítulo de El enredo de la bolsa y la vida.

domingo, 21 de noviembre de 2010

PRENSA CULTURAL. Crítica de "Riña de gatos", de Eduardo Mendoza, ganadora del 'Premio Planeta 2010'. Por José-Carlos Mainer

En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Un cuadro de Goya (Eduardo Mendoza, 1936)

JOSÉ-CARLOS MAINER 20/11/2010

Un historiador del arte busca afanosamente un cuadro perdido en la convulsa España de 1936. Riña de gatos, novela ganadora del último Premio Planeta, pinta un panorama histórico con el énfasis de la inteligencia, los perfiles del escepticismo y el ritmo enloquecido de cierto tipo de vodevil. Arte y vida, perros y gatos, obras de Velázquez y truculencia política, en una gran novela

No creo que, a la hora de escribir Riña de gatos, Mendoza haya tenido en cuenta que en 1942 Wenceslao Fernández Flórez nos dio su agria y sectaria visión de la Guerra Civil en una narración, La novela número 13, donde un detective inglés, estólido y egoísta, busca inútilmente un caballo de carreras perdido en la retaguardia de la España republicana. También aquí un británico, Anthony Whitelands, que es historiador del arte español, pasea su despiste, su inmadurez y su tendencia a beber demasiado por un país al borde de la catástrofe, siempre en busca de un cuadro que acaba por arder en un incendio. Pero la visión que Mendoza nos proporciona del país en marzo y abril de 1936 tiene mucho más que ver con aquella otra pesimista y compasiva, irritada y exigente, que aparece en los mejores testimonios de Pío Baroja, un escritor al que el autor tiene siempre muy en cuenta. El título de la novela, Riña de gatos. Madrid 1936, dice mucho de su propósito. "Gatos" se llama a los madrileños desde la Edad Media y "pelea de gatos" es indicio de rebatiña ruidosa y repentina, más llena de aspavientos y arterías que otra cosa; José Antonio Primo de Rivera, uno de los personajes del relato, dice que la de los generales que conspiran para derribar a la República es una "pelea de perros", y el teniente coronel Marranón, al hablar de los tiroteos entre los falangistas y sus enemigos, le dice a Anthony que "los señoritos son como los gatos. Los tiras de la azotea y no hay manera". "Gatos" son, en suma, aquellos seres empeñados en perjudicarse mutuamente, llevados de una ventolera de violencia, y el título resultante ha venido a ser el de un cartón para tapiz goyesco, incluso con su dramático señalamiento espacial y temporal: Riña de gatos. Madrid 1936.
Tenemos, por tanto, un título que nos evoca un cuadro; otro misterioso cuadro imaginario que vemos y no vemos del todo, y que quizá sea un desnudo femenino de la mano de Velázquez, y otro lienzo (que es copia de un Tiziano que atesora la National Gallery), que también tiene mucho de resumen de la trama: La muerte de Acteón. Sorprendida por la mirada de Acteón mientras se bañaba, la diosa Diana transformó al curioso en un venado, lo asaeteó e hizo que lo devoraran sus propios perros. No solamente el perplejo Whitelands sino todos los personajes de la obra son cazadores cazados, víctimas de su curiosidad o de su empecinamiento, a punto de caer bajo las dentelladas de sus jaurías... Pero más que Tiziano, Velázquez es la referencia artística de esta novela en la que su protagonista intuye el desamparo del pueblo español al contemplar los retratos de los bufones llamados El Niño de Vallecas y El Primo, y en la que (ya en el epílogo) entiende Las meninas como una escena cotidiana y trivial donde los reyes, el poder, están fuera del cuadro "pero lo ven todo, lo controlan todo y son ellos los que dan al cuadro su razón de ser". De ese modo, las representaciones de la vida mediante el arte y la pugna permanente de los menudos contra los poderosos (los gatos contra los perros) se convierten en las líneas secretas que vertebran esta preciosa fábula moral. Una trepidante fantasía que lleva dentro un buen ensayo sobre la personalidad de Diego Velázquez (tributario del espléndido de Ortega, por supuesto), un excelente retrato de Manuel Azaña ("intelectual antes que político, siempre ha alcanzado las cimas del poder por las rápidas e imprevisibles corrientes de la historia y no por su empeño"), una penetrante disección de las personalidades de Mola, Franco y Queipo de Llano, y otra más demorada silueta de José Antonio Primo de Rivera, tan cautivador como botarate, eterno aprendiz de brujo en una revolución de tontos fanatizados, y al fin y la postre, representante de aquella irresponsabilidad de la aristocracia nacional que "con abnegación ha de sacrificar sus mejores cualidades en el altar de la irracionalidad, el inmovilismo y la incuria".
Tal es la poderosa melodía intelectual que recorre de punta a cabo esta novela en cuya superficie se confrontan, sin embargo, la habitual brillantez estilística de Mendoza (una mezcla de aparente sencillez y refinamiento prosódico) y su vieja querencia por lo bufo y lo paródico. Dos rasgos muy suyos presiden la zarabanda de acontecimientos, casualidades y truculencias ingeniosas: por un lado, la tendencia al vodevil escénico (visible en las persecuciones y escondites, o las entradas y salidas de personajes, propias de un espectáculo de variedades) y la apelación a los recursos del folletín narrativo en lo que toca al curso de la acción (lo que se apreciará en la deliberada artificiosidad de las transiciones y cambios de escenarios). A medio camino entre la tragedia de la historia y el desgarro chusco del sainete, los personajes ingieren copiosos cocidos, lentejas con chorizo, churros grasientos o abusan del alcohol, pero también peroran sobre cuadros y política, o profieren expresiones castizas y pesimistas. Algunos de ellos son tan inolvidables como las aristócratas hermanas Paquita y Lily del Valle, tan redomadamente coquetas como inteligentes e imprevisibles, aunque no son más atractivas que la prostituta adolescente Toñita, en el lado opuesto del orden social. O como el estoico teniente coronel Marranón y su espolique, el renqueante capitán Cosculluela, y el siempre sorprendente y sentencioso Higinio Zamora Zamorano.
Riña de gatos pertenece, en fin, a esa línea narrativa de Eduardo Mendoza que ha buscado fijar panorámicas de la vida histórica española, recorridas siempre con inteligencia, compasión y escepticismo, y pobladas, de añadidura, por una revuelta barahúnda de bendecidos por la fortuna y de marcados por la adversidad, entre los que -a título de hilo conductor- sobrevive como puede un protagonista aturdido que nunca sabrá muy bien qué ocurre a su alrededor. La línea comenzó en La verdad sobre el caso Savolta, cuando Mendoza fijó su mirada en la Barcelona de los años veinte, y siguió con la ambiciosa La ciudad de los prodigios, que amplió el marco cronológico de la anterior. Luego vino el acercamiento a la posguerra en El año del diluvio, que abordó el mundo rural, y la más amplia y lograda Una comedia ligera, que hizo lo propio en la sociedad urbana. No hace mucho, Mauricio o las elecciones primarias narró con reflexiva acidez y personal desasosiego la crisis moral colectiva en los primeros años ochenta. Y algo parecido hay en el espíritu de esta nueva novela sobre los orígenes de la Guerra Civil, en la que -al margen de una tendencia dominante- ha prescindido de cualquier complacencia emocional, a favor de la penetración intelectual y de la virtualidad reveladora del sarcasmo. Alguna vez, el pesimista discreto que es Eduardo Mendoza ha hablado del eclipse de la gran novela decimonónica, del agotamiento del modelo de relato experimental y del inminente deterioro del pacto de los narradores con la novela comercial de éxito. También Baroja vio la narrativa de su tiempo en términos de una parecida entropía, a pesar de lo cual siguió escribiendo con desengañado heroísmo, al lado siempre de sus lectores. Esperemos que Mendoza siga su ejemplo con la probidad y la madurez que revelan sus últimos títulos y ahora esta preciosa Riña de gatos que lleva en su cubierta la mención Premio Planeta 2010. No es más que una feliz coincidencia.

Riña de gatos. Madrid 1936
Eduardo Mendoza
Planeta. Barcelona, 2010
432 páginas. 21,50 euros

domingo, 7 de noviembre de 2010

PRENSA (1). 7 noviembre 2010

En "El País":

1. "Yo a palo seco soy insoportable". Entrevista al escritor Eduardo Mendoza. Por Karmentxu Marín.

2. Macacos. Columna de Manuel Vicent.

3. Asalto al presidente Azaña. Reportaje de Tereixa Constenla. Una exposición revive la censura y el acoso que sufrió tras su muerte en 1940.

4. Aprenda inglés con Brad Pitt y Angelina Jolie. Reportaje de Francesco Manetto. Profesionales de la educación invitan a revisar la versión original en cine y televisión - Pero, ¿menos doblaje significa aprender mejor idiomas? Oído menos acostumbrado. Análisis de Fernando Galván, catedrático de Filología Inglesa y rector de la Universidad de Alcalá. La realidad y la libertad del espectador. Análisis de Luis Moser-Rothschild, director del 'Máster en doblaje, traducción y subtitulación' de la Universidad Europea de Madrid.

5. María Rosa Lida o las luces de la filología. Artículo de Francisco Rico, miembro de la Real Academia Española.

6. Avatares de la marihuana. Artículo de Mario Vargas Llosa. Se equivocaron los californianos al votar en contra de su legalización. El Estado debería tratar las drogas igual que el alcohol y el tabaco: dando libertad al individuo y sancionando el daño a terceros.

7. Los bebés del Tea Party. Por Moisés Naím.

domingo, 17 de octubre de 2010

PRENSA (1). 17 octubre 2010

En "El País":

1. Un actor. Columna de Manuel Vicent sobre el actor Manuel Alexandre.

2. "La Guerra Civil ha de ir ya al trastero". Entrevista a Eduardo Mendoza, ganador del premio Planeta 2010. Por Carles Geli.

3. CÓMIC. El seductor gato ibérico que conquistó a Francia. Reportaje de Álvaro Pons. La saga 'Blacksad' desarrolla historias detectivescas de los años cincuenta.

4. Papá, no apagues la luz, por favor. Reportaje de Lola Galán. Lo que los niños escuchan y ven está cada vez más controlado, pero el miedo a la oscuridad y sus monstruos, a los animales o al agua se perpetúan a través de las generaciones.

5. Los que predican la lapidación. Por F. Balsells y Alejandra S. Inzunza. El desorden en el islam español lleva a algunos púlpitos a imanes extremistas y sin formación - Las comunidades islámicas temen que una minoría aliente la exclusión.

6. La izquierda y Vargas Llosa. Artículo de Javier Cercas.

7. Frankenstein: el origen de la Neuroética. Artículo de Adela Cortina, catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia. Su última obra es Justicia cordial.

8. La rebelión de las élites. Artículo de la periodista y escritora Irene Lozano. El sustrato reaccionario que anima al Tea Party se está arraigando en Estados Unidos. En Europa hay algunos líderes que hacen sus pinitos. Destaca Silvio Berlusconi por su xenofobia y machismo.

9. ¿Qué es una sanción "inteligente"? Por Moisés Naím.

sábado, 16 de octubre de 2010

PRENSA. 16 octubre 2010

En "El País":

1. Baile de odaliscas en la Alhambra. Por Ángeles García. Granada reconstruye el viaje que Matisse realizó por España hace un siglo.

2. Madrid, la ciudad de los prodigios. Por Carles Geli. Eduardo Mendoza logra el Premio Planeta con una novela de "intriga, misterio y aventura" ambientada en la capital los meses previos a la guerra. Escritor y caballero. Por José María Guelbenzu.

3. No se filtra nada o se filtra demasiado. Reportaje de María R. Sahuquillo y Javier Martín. Los programas que restringen el uso de Internet, bajo sospecha de arbitrariedad - Ordenadores públicos están del todo abiertos, otros muy limitados - La ley obliga a proteger al menor, no al adulto.

4. Adiós a la verdad. Por Vicente Verdú.

5. La actualidad de Schopenhauer. Artículo de Rüdiger Safranski, ensayista y biógrafo alemán; es autor, entre otros títulos, de Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía (2008) y Romanticismo. Una odisea del espíritu alemán (2009), ambas obras publicadas por Tusquets Editores. Traducción de Raúl Gabás Pallás, © Raúl Gabás Pallás, 2010. Las teorías del pensador alemán sobre el mundo como voluntad y representación produjeron un giro biológico en la filosofía. Entonces fueron una provocación; ahora, nos vienen como anillo al dedo.

domingo, 9 de mayo de 2010

LECTURA. NOVELA ESPAÑOLA. "La ciudad de los prodigios" (2), de Eduardo Mendoza

En las primeras páginas, podemos conocer un poco de la historia de Cataluña y de Barcelona:

La Ciudadela, cuyo recuerdo vergonzoso aún perdura, cuyo nombre es sinónimo todavía de opresión, surgió y desapareció del modo siguiente:
En 1701 Cataluña, celosa de sus libertades, que veía amenazadas, abrazó la causa del archiduque de Austria en la Guerra de Sucesión. Derrotado este bando y entronizada en España la casa de Borbón, Cataluña fue castigada severamente. La guerra había sido larga y encarnizada, pero sus secuelas fueron peores aún. Los ejércitos borbónicos saquearon Cataluña; contaban con la connivencia de los mandos y no escatimaron la inquina. Luego vino la represión oficial: los catalanes fueron ejecutados a centenares; para escarnio y lección sus cabezas fueron ensartadas en picas y expuestas en los puntos más concurridos del Principado. Millares de prisioneros fueron destinados a trabajos forzosos en lugares remotos de la península e incluso en América; todos ellos murieron con los grilletes puestos, sin haber vuelto a ver su patria querida. Las mujeres jóvenes fueron usadas para solaz de la tropa; esto provocó una carestía de mujeres casaderas que aún perdura en Cataluña.
Muchos campos de cultivo fueron arrasados y sembrados de sal para volver la tierra estéril; los frutales fueron arrancados de raíz. Se intentó exterminar el ganado y en especial la vaca pirenaica, tan apreciada; este exterminio no pudo llevarse a término porque algunas reses huyeron a las montañas donde sobrevivieron en estado salvaje hasta bien entrado el siglo XIX; sólo así lograron salvarse de las cargas feroces de la caballería, de las descargas de la artillería y de las bayonetas de la infantería. Los castillos fueron derruidos y sus sillares utilizados para cercar de murallas algunas poblaciones: de este modo las convertían virtualmente en presidios. Los monumentos y estatuas que adornaban los paseos y las plazas fueron triturados, reducidos a polvo. Los muros de los palacios y edificios públicos fueron recubiertos de cal y sobre este revestimiento fueron pintadas figuras obscenas y fueron grabadas frases procaces u ofensivas. Las escuelas fueron convertidas en establos y viceversa; la Universidad de Barcelona, donde se habían educado y donde habían enseñado figuras preclaras, fue clausurada; el edificio que la albergaba fue desmontado piedra a piedra; con estas piedras fueron cegados los acueductos, los canales y las acequias que abastecían de agua la ciudad y los huertos colindantes. El puerto de Barcelona fue sembrado de escollos; fueron arrojados al mar tiburones traídos especialmente de las Antillas en cisternas para que infestaran las aguas del Mediterráneo. Por fortuna este medio les fue adverso: los que no murieron por causa del clima o de la ingestión de moluscos emigraron a otras latitudes por el estrecho de Gibraltar, a la sazón ya en poder de los ingleses. De todas estas medidas dieron cuenta al rey. Tal vez, dijo éste, a los catalanes no les baste este escarmiento. Felipe V, duque de Anjou, era un monarca ilustrado. Un escritor francés lo ha calificado de "roi fou, brave et dévot". Se casó con una italiana, Isabel de Farnesio, y murió demente. No era sanguinario, pero consejeros malintencionados le habían hablado pestes de los catalanes, al igual que de los sicilianos y napolitanos, de los criollos de ultramar, de los canarios, de los filipinos y de los indochinos, todos ellos súbditos de la Corona de España. Por ello hizo construir en Barcelona una fortificación gigantesca, donde albergó un ejército de ocupación presto a salir a sofocar cualquier levantamiento. A esta fortificación se la llamó desde el principio "la Ciudadela". En ella vivía el gobernador, aislado por completo de la población: en todo había sido imitado el sistema colonial más rígido. En la explanada de la Ciudadela eran ahorcados los reos de sedición; allí los cuerpos sin vida de los patriotas ejecutados eran dejados para pasto de los buitres. A la sombra de los bastiones los barceloneses llevaban una vida servil, lloraban de nostalgia y de rabia. Una o dos veces trataron de tomar la fortificación por asalto, pero fueron rechazados sin dificultad; tuvieron que abandonar el campo, que quedó sembrado de bajas. Los defensores se burlaban de los asaltantes: asomados a las troneras orinaban sobre los muertos y los heridos. A cambio de este placer inicuo no podían abandonar el recinto ni mezclarse con la población civil, que los odiaba; toda diversión les estaba vedada: eran prisioneros de la situación. Los soldados, privados de la compañía de las mujeres, se daban a la sodomía y descuidaban la higiene personal: la Ciudadela se convirtió en un foco de enfermedades de todo tipo. Unos y otros mirando las cosas con serenidad pedían a los sucesivos monarcas que pusieran fin a aquel símbolo de hostilidad e infamia. Sólo algunos fanáticos defendían la necesidad de su permanencia. Los reyes decían a todo que sí, pero luego daban largas al asunto; así suelen proceder los que ostentan el poder absoluto. A mediados del siglo XIX la Ciudadela había perdido gran parte de su eficacia; los adelantos bélicos habían hecho inútil su función: ya no tenía razón de ser. En 1848, con motivo de un alzamiento popular, el general Espartero había estimado más expeditivo bombardear Barcelona desde la colina de Montjuich.
Por fin, al cabo de un siglo y medio de existencia, fueron demolidos los murallones de la Ciudadela. El terreno que ocupaba y los edificios que había allí fueron donados a la ciudad, como para borrar tanto dolor acumulado. Algunos de aquellos edificios fueron arrasados justificadamente; otros permanecen aún en pie. Del recinto se decidió hacer un parque público, para solaz de todos. Era un contraste conmovedor ver cómo ahora arraigaban los árboles y brotaban las flores en aquella explanada donde se habían cometido tantas atrocidades, donde poco antes se había levantado el cadalso. También fue construido allí un lago y una fuente colosal que llevaba por nombre "la Cascada". A este parque se llamó y aún se sigue llamando "el parque de la Ciudadela".

domingo, 2 de mayo de 2010

LECTURA. NOVELA. Eduardo Mendoza: "La ciudad de los prodigios"

Así comienza La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza:

El año en que Onofre Bouvila llegó a Barcelona la ciudad estaba en plena fiebre de renovación. Esta ciudad está situada en el valle que dejan las montañas de la cadena costera al retirarse un poco hacia el interior, entre Malgrat y Garraf, que de este modo forman una especie de anfiteatro. Allí el clima es templado y sin altibajos: los cielos suelen ser claros y luminosos; las nubes, pocas, y aun éstas blancas; la presión atmosférica es estable; la lluvia, escasa, pero traicionera y torrencial a veces. Aunque es discutida por unos y otros, la opinión dominante atribuye la fundación primera y segunda de Barcelona a los fenicios. Al menos sabemos que entra en la Historia como colonia de Cartago, a su vez aliada de Sidón y Tiro. Está probado que los elefantes de Aníbal se detuvieron a beber y triscar en las riberas del Besós o del Llobregat camino de los Alpes, donde el frío y el terreno accidentado los diezmarían. Los primeros barceloneses quedaron maravillados a la vista de aquellos animales. Hay que ver qué colmillos, qué orejas, qué trompa o proboscis, se decían. Este asombro compartido y los comentarios ulteriores, que duraron muchos años, hicieron germinar la identidad de Barcelona como núcleo urbano; extraviada luego, los barceloneses del siglo XIX se afanarían por recobrar esa identidad. A los fenicios siguieron los griegos y los layetanos. Los primeros dejaron de su paso residuos artesanales; a los segundos debemos dos rasgos distintivos de la raza, según los etnólogos: la tendencia de los catalanes a ladear la cabeza hacia la izquierda cuando hacen como que escuchan y la propensión de los hombres a criar pelos largos en los orificios nasales. Los layetanos, de los que sabemos poco, se alimentaban principalmente de un derivado lácteo que unas veces aparece mencionado como "suero" y otras como "limonada" y que no difería mucho del "yogur" actual. Con todo, son los romanos quienes imprimen a Barcelona su carácter de ciudad, los que la estructuran de modo definitivo; este modo, que sería ocioso pormenorizar, marcará su evolución posterior. Todo indica, sin embargo, que los romanos sentían un desdén altivo por Barcelona. No parecía interesarles ni por razones estratégicas ni por afinidades de otro tipo. En el año 63 a. de J.C. un tal Mucio Alejandrino, pretor, escribe a su suegro y valedor en Roma lamentándose de haber sido destinado a Barcelona: él había solicitado plaza en la fastuosa Bilbilis Augusta, la actual Calatayud. Ataúlfo es el reyezuelo godo que la conquista y permanece goda hasta que los sarracenos la toman sin lucha el año 717 de nuestra era. De acuerdo con sus hábitos, los moros se limitan a convertir la catedral (no la que admiramos hoy, sino otra más antigua, levantada en otro sitio, escenario de muchas conversiones y martirios) en mezquita y no hacen más. Los franceses la recuperan para la fe el 785 y dos siglos justos más tarde, el 985, de nuevo para el Islam Almanzor o Al–Mansur, el Piadoso, el Despiadado, el Que Sólo Tiene Tres Dientes. Conquistas y reconquistas influyen en el grosor y complejidad de sus murallas. Encorsetada entre baluartes y fortificaciones concéntricas, sus calles se vuelven cada vez más sinuosas; esto atrae a los hebreos cabalistas de Gerona, que fundan sucursales de su secta allí y cavan pasadizos que conducen a sanedrines secretos y a piscinas probáticas descubiertas en el siglo XX al hacer el metro. En los dinteles de piedra del barrio viejo se pueden leer aún garabatos que son contraseñas para los iniciados, fórmulas para lograr lo impensable, etcétera. Luego la ciudad conoce años de esplendor y siglos opacos.