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domingo, 12 de abril de 2015

PRENSA CULTURAL. LENGUA. "El gusto por lo corto". Luis Magrinyà

   En "El País":

El gusto por lo corto

Hoy: el estilo no está en las preposiciones (tercera y última parte)

Hay una serie de preposiciones que, no sabemos por qué, aunque seguro que no es por el principio de economía, solemos evitar en la lengua diaria, decantándonos por locuciones de significado equivalente pero con mayor número de sílabas. Normalmente, cuando hablamos, no decimos trasbajo ni ante a no ser en usos fijos o específicos, sino otras fórmulas compuestas de tres o más sílabas (detrás de; después de, al cabo de, dentro de; debajo de; delante de) que, no nos pregunten tampoco por qué, suelen incluir la preposición de, sin duda una de nuestras favoritas.
Cuando decimos lengua diaria no nos estamos refiriendo realmente a la lengua coloquial. Éste es un nivel que establece oposición efectiva con el nivel formal, culto o literario: si coloquialmente decimos “p’alante”, o nos olvidamos el “de” cuando “nos damos cuenta que” o el “en” cuando “nos fijamos que”, o llamamos a nuestro interlocutor cada dos por tres “tío” o “tía”, o no terminamos las frases, o nos liamos “mogollón”, del mismo modo evitamos este tipo de abandonos cuando nos ponemos a escribir o a hablar en público o en situaciones formales. No es el caso de las locuciones preposicionales mencionadas en el párrafo de arriba: no hay en ellas nada que nos reprima de utilizarlas en contextos no familiares. Podemos perfectamente decir debajo de y ni siquiera pensar que estamos salvando el honor. Y, sin embargo, algo se activa en nuestra conciencia y de pronto nos ponemos a decir bajo.
No nos referimos, evidentemente, a casos en los que no sea posible la variación: “bajo cero”, “bajo seudónimo”, “bajo amenaza”, “bajo el efecto” etc. son siempre bajo, y no debajo de, en casa o fuera de ella. La elección se presenta cuando tenemos que referirnos literalmente a un espacio situado a nivel inferior que otro. Es entonces cuando nos acecha ominosamente ese bajo, más corto y al mismo tiempo tan seductor. Por supuesto no es incorrecto utilizarlo, pero a veces parece que la corrección puede crear extrañas distorsiones estilísticas. El efecto es tanto más acusado cuanto más casera sea la realidad a la que nos referimos en el enunciado:

Con ‘bajo’, la elección se presenta cuando tenemos que referirnos a un espacio situado a nivel inferior que otro
“… el periodista recogió los documentos, miró a su alrededor y, levantándose con presteza, fue a meterlos bajo el sofá” (Arturo Pérez Reverte, El maestro de esgrima (1988), Alfaguara, Madrid, 1995, p. 200).
“Said ha depositado bajo la silla una palangana llena de carbones encendidos e incienso” (Alejandro Jodorowsky, La danza de la realidad, Siruela, Madrid, 2001, p. 330).
“Los fogones: No deben estar bajo la ventana ni cerca de los grifos” (Mariano Bueno, El libro práctico de la casa sana, RBA, Barcelona, 2004, p. 84).
“Tengo que poner las zapatillas bajo la cama, comprobar que las persianas cierran, que la ducha tiene un chorro decente” (Margaret Mazzantini, La palabra más hermosa, Lumen, Barcelona, 2010, trad. de Roberto Falcó Miramontes, Google Libros).
En un pequeño universo de muebles y enseres domésticos, ¿quién dice que pone una cosa bajo el sofá, bajo la silla, bajo la ventana? ¿Pone alguien las zapatillas bajo la cama? Nos tememos que no. Solemos poner todas esas cosas debajo de. El efecto suena incluso más violento, independientemente ahora de la realidad designada, cuando la preposición se inscribe en un contexto (ahora sí) claramente coloquial:

¿Quién dice que pone una cosa ‘bajo el sofá, bajo la silla, bajo la ventana’? Solemos poner esas cosas ‘debajo de’
“Pues a ti te toca resolver la papela, que yo voy a esconderme bajo el piano” (Miguel Romero Esteo, El vodevil de la pálida, pálida, pálida, pálida rosa, Fundamentos, Madrid, 1979, p. 100).
“Después ya nada me importará y si el casero me pone la maleta en la calle iré a dormir bajo un puente, si llega el caso” (Francisco Miranda de Rojas, Amarillo limón, Huerga y Fierro, Madrid, 2002, p. 79).
“El Gobierno acusa al PP y a CiU de ‘hacer manitas bajo la mesa’” (titular, Diario de Mallorca21/IX/09).
O hablamos coloquialmente, o no lo hacemos. Estas mezcolanzas resultan algo sospechosas: ¿por un lado resolvemos “la papela” pero por otro nos escondemos “bajo el piano”? ¿Todo en la misma frase? Y… ¡las manitas se hacen (por) debajo de la mesa!
Otra preposición, más breve aún, que es víctima del mismo proceso, es tras. Nuevamente debemos decir que no nos referimos a usos obligados como “día tras día” o “tras la pista”, sino a aquellos en los que se permite variación, es decir, a aquellos en que podemos elegirdespués de o al cabo de cuando encabeza un complemento circunstancial de tiempo, o detrás de cuando el complemento es de lugar.

Otra preposición, que es víctima del mismo proceso, es‘tras’.  Y no nos referimos a usos como “día ‘tras’ día”
Tiempo:
 “Corta el calabacín en rodajas y, tras pasarlas por harina, fríelas en abundante aceite” (Karlos Arguiñano, 1069 recetas, Asegarce/Debate, Barcelona, 1996, p 221): después de.
“Ahí se inmutó un poco, pero tras un segundo contestó con naturalidad” (Alicia Giménez Barlett, Serpientes en el Paraíso, Planeta, Barcelona, 2002, p. 69): al cabo de.
“… me acosté tras escribir la última línea y he dormido como ninguna de las noches pasadas” (Gregorio Salvador Caja, El eje del compás, Planeta, Barcelona, 2002, p. 342): después de.
“Felicítate tras cada esfuerzo, tras cada logro importante, anímate a ti mismo” (Bernabé Tierno, Vivir en familia. El oficio de ser padres, San Pablo, Madrid, 2004, p. 128): después de.
“España es tras Japón el país más ruidoso del mundo” (Mariano Bueno, El libro práctico de la casa sana, RBA, Barcelona, 2004, p. 126): ¡después de, detrás de, por el amor de Dios!
Y ahora lugar (detrás de):
“… y tras la ropa apareció el cuerpo de ella, desnudo y con mil heridas” (Ramón Ayerra, La lucha inútil, Debate, Madrid, 1984, p. 81).
“Andamos por caminos de tierra y a los costados, tras las alambradas, los campos se suceden altos y bajos” (Yuyu Germán, El país de las estancias, Emecé, Buenos Aires, 1999, p. 135).
“Si bien la fachada no era del todo visible tras la vegetación, las puertas y ventanas parecían estar siempre cerradas” (César Aira,Varamo, Anagrama, Barcelona, 2002, p. 84).
“Escondida tras unos helechos vio la silueta de la doctora en la tenue luz de la luna” (Isabel Allende, La Ciudad de las Bestias, Montena, Barcelona, 2002, p. 270).

Sorprende la cantidad de ‘tras’ que pueden aparecer en un escrito una vez le ha picado a uno el gusanillo
Así, aisladamente, no parece que haya demasiado que reprochar a la mayoría de estos ejemplos literarios. Pero sorprende la cantidad detras que pueden llegar a aparecer en el curso de un escrito una vez le ha picado a uno el gusanillo. Si ya no es frecuente decir tras en la lengua diaria, leerlo repetidamente a lo largo de un texto crea un efecto general de pretenciosa violencia, pues uno vuelve a preguntarse por qué querrá marcar el autor las distancias −es decir, marcar su estilo− sirviéndose precisamente de una preposición.
Ya que estamos con tras, no queremos dejar pasar la oportunidad de invocar una de nuestras redundancias favoritas, que no puede faltar en ninguna novela que se precie:
“Julio cerró la puerta tras de sí y dejó sobre la mesa el original de Orlando Azcárate” (Juan José Millas, El desorden de tu nombre(1988), Alfaguara, Madrid, 1994, p. 65).
“Cerró la puerta tras de sí y se quedó de pie con la luz apagada sin saber qué hacer” (Rosa Regás, Azul, 1994, Destino, Barcelona, p. 190).
“Hola, Cristina −dice, y besa a su suegra en la mejilla, tras cerrar la puerta tras de sí” (Jaime Bayly, La mujer de mi hermano, Planeta, Barcelona, 2002, p. 70).
Bueno, ya oímos la voz de los partidarios del “matiz”. Es que es posible cerrar la puerta ante sí, dirán. ¿De veras? Bueno es saberlo.

Vamos finalmente con ‘ante’. Es ésta una preposición que se ha especializado en los usos menos literales
Vamos finalmente con ante. Es ésta, curiosamente, una preposición que creemos que se ha especializado en los usos menos literales, es decir, cuando no significa físicamente delante de y no puede cambiarse por dicha locución. Los ejemplos siguientes nos parecen completamente normales:
“… sus víctimas viven tan apegadas a su mal que no pueden prescindir de él y, ante el peligro de sentir su carencia, lo acrecientan” (Anna Maria Moix, Vals negro, Lumen, Barcelona, 1994, p. 196).
“No retroceden ante nada, son valientes” (Isabel Allende, La Ciudad de las Bestias, ed. cit., p. 87).
“España dice que su posición ante la entrada de una Escocia independiente en la UE dependería de Londres” (titular, Europa Press, 16/XII/13).
En cambio, estos que vienen ahora suenan totalmente anormales:
“Nadie se detuvo ante la casa” (Juan Benet, Saúl ante Samuel (1980), Cátedra, Madrid, 1994, p. 243).
“Me esperaba ante una mesa del café-terraza en compañía de su ayudante” (José Revueltas, Dios en la tierra, Era, México D. F., 1981, p. 20).
“Biralbo se puso ante él y lo obligó a detenerse” (Antonio Muñoz Molina, El invierno en Lisboa (1987), Seix Barral, Barcelona, 1995, p. 146).
“… erró dando vueltas por la ciudad y hasta permaneció bastante rato ante la puerta del cine” (Luis Melero, La desbandá, Roca, Barcelona, 2005, Google Libros).
“Rochelle estaba ante el ordenador” (John Grisham, Los litigantes, Plaza & Janés, Barcelona, 2013, trad. de Fernando Gari Puig, Google Libros).

Uno de los comunes errores del estilista es crear oposiciones allí donde no las hay
¿Realmente alguien “permanece” ante, y no delante de, la puerta del cine? (Bueno, la verdad es que si “permanece”, podemos esperarnos cualquier cosa.) ¿Se detiene ante, y no delante de, la casa? ¿Estáante, y no delante de, el ordenador? Frente a también podría haber valido en alguno de estos casos: los autores tenían realmente dónde elegir. Pero una pulsión irresistible los ha arrastrado al ante.
¿Es posible que en nuestra conciencia delante de, después de, debajo de, detrás de, que tanto se oyen en la vida diaria, se hayan ganado una infame reputación de coloquialismos? Uno de los comunes errores del estilista es crear oposiciones allí donde no las hay. Que una palabra sea de uso frecuente y ordinario no significa que sea un coloquialismo ni mucho menos una vulgaridad. Ni “agua” ni “dormir” ni “bueno” ni “ayer” son coloquialismos por mucho que formen parte del vocabulario de todos los días; tampoco nos cortamos de decir esas palabras cuando la situación exige formalidad… o literatura. Son neutras y polivalentes, nunca nos hacen quedar mal. Pero quizá ese concepto de neutralidad sea el que más les cueste entender a los estilistas: ellos siempre parecen preguntarse para qué va uno a tener estilo si no se va a notar.

domingo, 8 de marzo de 2015

PRENSA CULTURAL. IDIOMA. "Siete palabras que debemos erradicar del castellano en 2015"

   En "El País":

Siete palabras que debemos erradicar del castellano en 2015

Si para el año que entra nos libramos de granos lingüísticos como 'petarlo', 'bizarro', 'gentrificación', ya iremos mejor que en 2014

Además de ser el año del caballo, según el horóscopo chino, 2014 también ha sido el del culo –verbigracia de Kim Kardashian e Iggy Azalea- y el del amor/odio a las listas. Luego no hay mejor ni más coherente forma de rendirle homenaje que con un inventario.
En este caso, uno de palabras que merecen el mismo destino que el año saliente: su extinción irreversible. Montar un Change.org para exigir su eliminación del diccionario de la Real Academia de la Lengua resultaría un tanto exagerado (y agotador), pero, al menos, su uso y abuso merece cierta reflexión en estas semanas de balance vital:

Lo auténticamente terrible es oír a miembros de la generación EGB pronunciar estos palabros con impostada despreocupación, como si la hubiesen escrito mil veces en sus cuadernillos Rubio
Gentrificación. Sin duda una de las palabra cuya utilización se ha extendido cual gripe aviar durante 2013 y 2014. Asevera la Wikipedia que se trata de un término originario del inglés gentrification, y define el proceso de transformación por el que la población original de un barrio deteriorado es progresivamente desplazada por otra de un mayor nivel adquisitivo a la vez que se renueva. Ya saben, el barrio madrileño de Chueca se gentrificó cuando aún no habíamos oído hablar de esa palabra. Williamsburg, en Brooklyn, convirtió el concepto en algo cool (a por ese terminejo también deberíamos ir pronto), y como buen producto hípster (ídem) pasó a ser lo peor en el mismo momento en el que el gran público lo asumió como algo deseable. Decir que tu distrito se está gentrificando equivale a decir que tiene una plaga de chinches (a veces, como en el madrileño Lavapiés, pueden pasar las dos cosas a la vez). Pero lo auténticamente terrible es oír a miembros de la generación EGB pronunciar este palabro con impostada despreocupación, como si la hubiesen escrito mil veces en sus cuadernillos Rubio, y buscar cualquier excusa para colarla en una conversación. Lo sentimos: aunque digas tres veces gentrificación delante de un espejo no volverás a la veintena ni te convertirás en el dueño de un panadería artesanal en Estocolmo. Esto no va así. Pero entendemos que no existe, de momento, ninguna palabra para sustituirla.
Bizarro. Desde la críticas de música más pretenciosas hasta las conversaciones que comienzan en la barra de bares pseudomodernos y pretenden terminar en camas flanqueadas por pilas de libros a modo de mesilla de noche, el término bizarro ha sido mal empleado desde hace un lustro. Según la RAE es "algo o alguien valiente" o, en su segunda acepción, "generoso, lúcido o espléndido". Algo bizarro no es algo raro. Ese es su significado en inglés, no en castellano. “Tío, dice que le gusta Víctor Manuel, qué bizarro”. Desde luego confesarlo lo es, pero en su primera acepción. Hay personas que sostienen que da igual, que valiente es sinónimo de raro. Ellos sí que lo son.

Existen preciosas palabras en castellano para sustituirlas: fecha límite, formulario y en cuanto puedas
Deadlinecall sheetasap (deas soon as possible). John Waters dijo, “si vas a casa de alguien y no tiene libros, no te lo folles”. Bien, pues si recibes un correo de alguien en el que se utilicen alguno o todos estos términos (y es muy probable que suceda si trabajas en el mundo de la publicidad, el márketing, la moda o la economía), tampoco lo hagas. Existen preciosas palabras en castellano para sustituirlas: fecha límite, formulario y tan pronto como puedas, respectivamente.
Empoderación. El diccionario panhispático de dudas habla de este concepto. Explica que es un calco del inglés to empower y que ya existía en español como variante desusada de apoderar. Como con los pantalones a cintura alta y los petos, algunos sienten que hay cosas que nunca deberían volver a ponerse de moda. Sí, es cierto, que conceptos como “la empoderación de la mujer” resultan mucho más largos de expresar con otras palabras (La ganancia de poder por parte de las mujeres), pero en esta vida la funcionalidad no lo es todo. Si no vestiríamos todos sacos o monos y utilizaríamos el lenguaje binario.
Emprendurismo, emprendedurismo y emprendeduría. Antes decíamos montar un negocio, pero hoy sucede lo mismo que con la palabra empresario: el concepto está cargado de connotaciones negativas. En el subconsciente colectivo, el empresario es un explotador laboral y avaricioso que vive en una casa enorme, mientras que al emprendedor se le presupone cierto grado de creatividad, buenas intenciones y, si es hombre, una barba bien espesa. Si pones en marcha una empresa de lanas eres un empresario; si la lana es orgánica y, además, dedicas parte de tu capacidad fabril a elaborar abrigos para bebés foca entonces eres un emprendedor. Sea como fuere la palabra adecuada para referirse a tu actividad es emprendimiento. Ya lo dice la Fundación del español urgente, Fundéu, son traducciones inadecuadas de la palabra inglesa entrepreneurship, por lo que se recomienda emplear emprendimiento, que ya figura en el avance de la vigésima tercera edición del Diccionario de la lengua española, de la Real Academia Española, con los significados de "acción y efecto de emprender (acometer una obra)" y "cualidad de emprendedor".

Nadie puede negar que petar se trata de un verbo muy versátil dentro del lenguaje coloquial, con usos que van desde el campo semántico del éxito al sexual
Petar. Nadie puede negar que se trata de un verbo muy versátil dentro del lenguaje coloquial, con usos que van desde el campo semántico del éxito al sexual. De hecho, se ha utilizado tan profusamente y con tan variados significados, que está a punto de no significar nada. Según la RAE, es sinónimo de agradar y golpear el suelo. Quizá haya llegado el momento de guardarla en el mismo cajón lingüístico que chachi y guay.
Reu y presu. Los Zipi y Zape de la jerga laboral. El director de la RAE, José Manuel Blecua, reconoció en la presentación de la última edición del diccionario que los académicos debatieron “hasta el final” la incorporación de finde, como sinónimo, obviamente, de fin de semana. No pudo ser y, quizá, sea mejor así. Porque la aceptación de un diminutivo como equivalente a la palabra completa puede abrir una puerta inquietante. Si usted trabaja en una empresa, estará harto de oír hablar de reus y presus. Términos que algunos osan plasmar en correos electrónicos oficiales ¿De verdad hay alguien que ande tan falto de tiempo y saliva que el ahorro de cuatro y seis letras respectivamente (reunión, presupuesto) le suponga un avance? Si no parece profesional ni maduro pedirse prime para elegir los turnos de vacaciones, tampoco lo es pasar un presu.
Y un añadido: Tener sexo. Sí, sabemos que no es una palabras, sino dos. Un concepto que tiene otros tantos problemas. Primero, todos tenemos sexo (femenino o masculino. Los hay que incluso tienen ambos). Segundo: Es cierto que en inglés se dice to have sex (literalmente, tener sexo), pero no es una expresión empleada de forma tan usual en Estados Unidos como nos quieren convencer las sitcom y sus horribles, horribles doblajes al español. En los países hispanohablantes tenemos nuestras propias expresiones para referirnos al acto sexual: practicar sexo, practicar el coito y todo un catálogo de verbos que se acerca en volumen al de palabras que manejan los esquimales para referirse a la nieve. Con tan vasto y rico vocabulario ¿por qué importar un concepto impreciso? ¿Nos parece menos escabroso, menos descriptivo? ¿Qué se supone que implica tener sexo? Dejemos de hablar como en las series y empecemos a hablar como en la vida real. Si alguien te dice que quiere "tener sexo contigo" di no. Por militancia y porque no sabes exactamente qué te está ofreciendo.

sábado, 28 de febrero de 2015

PRENSA CULTURAL. LENGUA. "Sonido y ruido". Luis Magrinyà

   En "El País":

Sonido y ruido

Hoy: distinciones, confusiones y al final, como siempre, el estilo

José Antonio Pascual, en su libro No es lo mismo ostentoso que ostentóreo (Espasa, Madrid, 2013), ha quitado hierro, con cierto escándalo para algunos, a la confusión tantas veces recriminada entre los verbos oír y escuchar. Después de documentar lo muy antigua que es en español esta confusión y lo mucho que abunda entre los escritores de hoy, concluye que “no debemos asustarnos” si vemos que “la distinción de estos verbos acaba reduciéndose a combinaciones estereotipadas”. Aquí hay que entender “estereotipadas” por idiomáticamente fijadas y convencionales (no como uno de esos penosos rasgos de estilo que venimos detectando en esta sección): es decir, que probablemente oír y escuchar acaben conservando sus “genuinas” diferencias de significado únicamente en ciertos contextos. Dice Pascual: “si nos empeñáramos en no apearnos de la lógica [o sea, en condenar cualquier uso de escuchar que no signifique ‘oír con atención’], parecería que prestamos más atención escuchando detrás de una puerta que la que habríamos de poner oyendo misa” (p. 54).
Sobre las “combinaciones estereotipadas” de la lengua (sobre lo que nos lleva a decir siempre “oír misa” y nunca “escuchar misa”) volveremos más adelante, pero esta neutralización, esta identidad final de significados más o menos distintos que aquí se observa entreoír y escuchar creemos que se está dando también, sin salirnos del ámbito acústico, entre sonido y ruido. Con una diferencia: creemos que ruido va ganando y va dejando sonido para uso de los más dubitativos, o, lo que tantas veces viene a ser lo mismo, los más finos.
Sonido es, digámoslo así, el gran hiperónimo: incluye todo lo que suena, y, visto de este modo, desde un trueno hasta un susurro pueden ser un sonido. También es el que expresa el fenómeno en abstracto, como bien se ve en locuciones como barrera del sonido o técnico (incluso el anglicado ingenierode sonido. El DRAE lo define así: “Sensación producida en el órgano del oído por el movimiento vibratorio de los cuerpos, transmitido por un medio elástico, como el aire”; y aún tiene una acepción más específica, que incluye lo mecánico: “Vibración mecánica transmitida por un medio elástico”. En cambio, ruido es: “Sonido inarticulado, por lo general desagradable”.

Probablemente ‘oír’ y ‘escuchar’ conserven sus diferencias de significado sólo en ciertos contextos
Como veremos a continuación, las cosas no están tan claras, pero sí podemos decir que hay casos en que los dos términos no son intercambiables. Cuando algo “hace ruido”, decimos que hace en efecto ruido, y nunca que “hace sonido”. Por otro lado, aparte de las acepciones físicas que ya hemos mencionado, hay cosas que no parecen estar ligadas al ruido, solo al sonido: la voz humana, por ejemplo, o los instrumentos musicales en manos de un instrumentista decente; también la tecnología (sobre todo ligada a la música):
“Cambió, sobre todo, el sonido del grupo. Desaparecieron los teclados y las cajas de ritmos. La batería adquirió una relevancia que antes no tenía” (José Andrés Rojo, Hotel Madrid, FCE, Madrid, 1988, p. 132).
“Me pareció escuchar, a lo lejos, el sonido de una campana” (Eduardo Mendicutti, El palomo cojo (1991), Tusquets, Barcelona, 1995, p. 70).
“… subió el sonido del televisor de un modo desconsiderado” (Adolfo Marsillach, Se vende ático, Espasa, Madrid, 1995, p. 25).
“… alerta a cualquier variación en el sonido de su voz, en sus gruñidas expresiones de amor” (Santiago Esmeralda, El sueño de América, Mondadori, Barcelona, 1996, p. 132).
“Sandra se levanta y se acerca al equipo de sonido. La voz de Caetano Veloso inunda de pronto el aire” (Mario Mendoza, Satanás, Seix Barral, Barcelona, 2002, p. 215).
De acuerdo en que el sonido de un grupo musical y el de la locución equipo de sonido suenan un poco a inglés. De acuerdo también en que el sonido de una campana bien habría podido ser el “tañido” o el “son”, y el de la voz el “timbre” o el “tono” (o, como veremos más adelante, nada) y en que igualmente habríamos podido subir el “volumen” del televisor en vez de el sonido. Parece, en fin, que la mayoría de las veces hay buenas y más específicas palabras para no decir sonido, lo que no deja de ser curioso. Pero, en cualquier caso, lo que tienen en común estos ejemplos es que, incluso cuando no son usos obligatorios en su contexto o están normalizados, en ningún caso pueden sustituirse por ruido.
Ahora bien, ¿tiene que ser un ruido necesariamente “inarticulado”, o “por lo general, desagradable”? Estamos tan tranquilos en nuestro cuarto y de repente oímos algo en la cocina: da igual si se ha caído un mueble o un trapo, ¿qué es lo que hemos oído? ¿Un sonido o un ruido? Dudamos mucho de que digamos: “He oído un sonido en la cocina”. ¿Tal vez entonces, para decir ruido, la clave no esté en lo inarticulado o desagradable, sino en lo indefinible o desconocido, o bien en lo inesperado?

Estamos tranquilos y oímos algo en la cocina: da igual si se ha caído un mueble o un trapo, ¿qué hemos oído?
Ha llegado el momento de enfrentarnos a unas parejas de ejemplos:
1) “A las cinco y media el sonido del teléfono me sobresaltó” (Jorge Martínez Reverte, Demasiado para Gálvez (1979), Anagrama, Barcelona, 1989, p. 101).
“Me desperté sudando y agobiado. Sobresaltado por el ruido del teléfono” (Cristina Peri Rossi, María la noche, Lumen, Barcelona, 1985, p. 84).
2) “Súbitamente, el sonido de un motor les sorprendió a sus espaldas: era una avioneta que, volando muy baja, seguía la misma dirección del canal” (José María Merino, La orilla oscura, (1985), Alfaguara, Madrid, 1995, pp. 170-171).
“A veces la sorprendía el ruido de los aviones” (Gabriel García Márquez, El amor en los tiempos del cólera (1985), Mondadori, Barcelona, 1987, p. 397).
3) “Eva oyó un ruido sordo, desconocido −¿podría ser el sonido de un trueno?−…” (José María Latorre, Miércoles de ceniza, Montesinos, Barcelona, 1985, p. 190).
“El ruido de un trueno le hizo levantar la cabeza” (Osvaldo Soriano,A sus plantas rendido un león (1986), Mondadori, Madrid, 1987, p. 117).
4) “… ya sola entre las sábanas, escuchaba el sonido de la ducha en el cuarto de baño” (Soledad Puértolas, Queda la noche (1989), Planeta, Barcelona, 1993, p. 17).
“Oigo el ruido de la ducha en la habitación de al lado” (Manuel Vicent, Balada de Caín (1987), Destino, Barcelona, 1993, p. 46).
5) “… y no bajaba a desayunar hasta que escuchaba el sonido de la puerta de la calle” (Almudena Grandes, Los aires difíciles, Tusquets, Barcelona, 2002, p. 520).
“… y no le sorprendió escuchar el ruido de la puerta, cerrándose a su espalda” (Grandes, Los aires difíciles, ed. cit., p. 585).
6) “Cesó el sonido de la aspiradora” (Rosamunde Pilcher, Los buscadores de conchas, Plaza & Janés, Barcelona, 2004, trad. de Sofía Noguera Mendía, Google Libros).
“Más tarde, el ruido de la aspiradora perturbó la tranquilidad” (Rosamunde Pilcher, Alcoba azul y otras historias, DeBolsillo, Barcelona, 2002, trad. de Carmen Camps, Google Libros).

Las cualidades de inarticulado, desagradable o desconocido no pueden aplicarse a muchos ‘ruidos’
En estos ejemplos tenemos pruebas de sobra de que las cualidades de inarticulado, desagradable, repentino, inesperado y hasta indefinible o desconocido no pueden aplicarse a la mayoría de los ruidos: todos ellos se hallan adjetivados (son ruidos inconfundibles: el del teléfono, el de un avión, el del trueno, el de la ducha…), y por tanto identificados; es tan cierto que a veces sobresaltan como que en la misma situación lo que sobresaltan son los sonidos; y, en materia de intensidad y de la fuente de donde proceden, está claro que los sonidos pueden ser igual de estrepitosos (el trueno, la aspiradora) que los ruidos.
La neutralización de significados no ha impedido, sin embargo, que quede un recuerdo −digamos− raro de esa cualidad de “desagradable” que señala el DRAE. Por eso creemos que tenemos algunos escrúpulos con ruido, porque, aunque es obvio que su significado se ha generalizado y que el término es muchísimo más usual que sonido, a veces no parece que estemos seguros de que algo que no suena especialmente bien sea realmente un ruido. Dudamos en utilizar en estos casos la palabra, y entonces es cuando asoma el sonido.
Pero hay, además, otra cosa que debemos considerar: fijémonos en algunos de los ejemplos anteriores en frases con los verbos oír yescuchar, y fijémonos también en los siguientes:
“… y únicamente oyó mientras cruzaba un vago jardín el ruido de sus pasos sobre la grava” (Antonio Muñoz Molina, El invierno en Lisboa (1987), Seix Barral, Barcelona, 1995, p. 155).
“… al pasar ante la ventana del salón de una casa elegante, escuchamos el sonido de un piano y nos quedamos un rato allí, quietas y pegadas a la reja” (Rafael Chirbes, La buena letra (1992), Debate, Madrid, 1995, p. 78).
“Cerró los ojos esperando que el sonido del susurro de las oraciones de su abuela la adormeciera” (Graciela Limón, El día de la Luna, Arte Público Press, Houston, 1996, trad. de Mª de los Ángeles Nevárez, p. 167).
“Con un grito que rivalizó incluso con el sonido del estruendo del relámpago, Nomen se colocó al lado de las fuerzas enemigas” (Óscar Arévalo, Sueños de tormenta, Entrelíneas, Madrid, 2005, p. 270).
“Casi nunca escuchamos el sonido del ladrido de un perro, el llanto de un niño o la risa de un hombre que pasa” (J. Krishnamurti, Meditaciones, Edaf, Madrid, 2004, trad. de Javier Gómez Rodríguez, p. 31).
“Desde un lugar no muy lejano, a Guillam le llegó el sonido del murmullo de la voz de Phil Porteous” (John Le Carré, El topo, DeBolsillo, Barcelona, 2004, trad. de Marcelo Covián Fasce, Google Libros).
“Armando siempre oía el sonido del chapoteo del agua de un lado y los pasos de los peatones sobre la acera en el otro” (Anabella Schloesser de Paiz, Donde los perros se vuelven lobos, Alpha Decay, Barcelona, 2006, p. 38).
“… el sonido de los aplausos de un público numeroso había llegado a sus oídos” (Henry James, Las bostonianas, Mondadori, Barcelona, 2006, trad. de Sergio Pitol, Google Libros).

La aspiración a ser exactos nos lleva a creer que hay palabras que definen “exactamente” una realidad
Y ahora probemos a quitar sonido o ruido de las frases precedentes. ¿Qué pasaría? Pues sencillamente nada. Los nombres que complementan a todos esos sonidos o ruidos tienen ya en su significado un componente sonoro (pasos, un piano, voz, aplausos), cuando no son, colmo de la insistencia, formas específicas de sonido ruido (susurro, ¡estruendo!, ladrido, chapoteo). En algunos casos, además, el componente sonoro se halla también en el verbo (oír, escuchar, llegar a sus oídos). ¿Qué diferencia hay entre “Cerró los ojos esperando que el sonido del susurro de las oraciones de su abuela la adormeciera” y “Cerró los ojos esperando que el susurro de las oraciones de su abuela la adormeciera”? ¿O entre “oyó mientras cruzaba un vago jardín el ruido de sus pasos sobre la grava” y “oyó mientras cruzaba un vago jardín sus pasos sobre la grava”? En el plano del significado, ninguna. En el plano de la lengua, ninguna. Solo puede haber, nos lo temíamos, una diferencia estilística.
La aspiración a ser matizados, precisos, exactos, o bien intensos, vehementes, nos lleva a creer que hay palabras o expresiones que definen “exactamente” una realidad, cuando en la lengua la única relación exacta que puede haber es entre palabras y palabras, entre convenciones y convenciones. Recordamos ahora las palabras de Pascual citadas al principio sobre las “combinaciones estereotipadas”. Pues sí: eso es lo que abunda en la lengua, y eso al final es lo que la hace más exacta. No es más “exacto” decir “oyó el ruido de sus pasos” que “oyó sus pasos”; de hecho, en la primera de estas formulaciones, la exactitud lingüística se pierde, convirtiéndose en redundancia, pues “ruido” está incluido en “oyó” y, reforzado por el “oyó”, también en “pasos”. Y tampoco es más “exacto” decir “el sonido de un motor” porque nos parezca que hace menos ruido que “el ruido de un motor”; lo único que es, igual que si hubiera dicho ruido, es más enfático. La convención, la “combinación estereotipada”, fijada por el uso y seguramente hasta por la tradición, en este caso es “el ruido de un motor”: querer escapar de estas convenciones distinguiendo entre sonido y ruido no tiene nada que ver con el deseo de ser “exactos”, aunque nos lo creamos. Si tiene que ver con el deseo de ser “intensos”, ah, pues bien… ya sabemos lo intensos que les gusta ser a algunos estilistas. Pero aún aventuraríamos que la querencia del inglés por anteponer the sound of a cualquier tipo de cosa que suene tiene algo que ver (inconscientemente las más de las veces) con esta redundancia. La idea de que el énfasis aporta expresividad está muy extendida, pero uno siempre acaba preguntándose si la expresividad consiste realmente en eso.
(Una nota final nada sonora, pero sobre un caso de idénticas características que nos sugiere otra gran redundancia, aquí ya claramente derivada del inglés: contenido. Un solo ejemplo entre los mil que podríamos encontrar:
“El contenido de las llamadas de auxilio que realizaron los miembros de la escuela Sandy Hook a la policía de Newtown […] revelan una mezcla de angustia, miedo, ansiedad” (“Una mezcla de temor y de calma…”, El País4/XII/2013).
Habría bastado con “las llamadas”. Y fijémonos en si habría bastado que hasta la redactora de la noticia hace concordar el verbo (“revelan”) no con el singular “contenido” sino con el plural “las llamadas”.)

domingo, 15 de febrero de 2015

PRENSA CULTURAL. LENGUA. "Léxico criminal". Luis Magrinyà

   En "El País":

Léxico criminal

Hoy: crimen y castigo

La incorporación a la lengua común de vocabulario especializado es un fenómeno corriente que no alarma las conciencias y que constituye uno de los procesos de cambio semántico más elocuentes. Hoy cualquiera puede sufrir un “trauma”, tener o no tener “poder adquisitivo”, vivir una experiencia “kafkiana” o “dantesca” e incluso dar un “salto cuántico” sin necesidad de ser psicoanalista, economista, crítico literario o físico, y desde luego sin sentirse coartado por el hecho de que esos creativos ámbitos técnicos sean el origen del término que de una forma ya tan “natural” dice y disfruta. Este tipo de vocabulario sumamente culto, sin embargo, no revela necesariamente cierta cultura, o ciertas lecturas, sino pura receptividad a la transmisión “de oídas”: del mismo modo que para decir que uno es “honesto” en vez de “honrado” o “sincero” no hace falta saber inglés (honest), para sufrir un “trauma” no hace falta tener ni la más remota idea de quién era Freud.
Desde el punto de vista estilístico, parece conveniente, sin embargo, que uno sepa cuándo está aplicando un tecnicismo, más que nada para no crear connotaciones indebidas. Hay que ver si realmente el tecnicismo está vulgarizado (en el sentido objetivo del término) y, por tanto, encaja bien o no en el nivel lingüístico que hayamos elegido. Recuerdo que una vez recibí una traducción de un libro de finales del XIX en la que se había traducido por “una preadolescente” la expresión inglesa a girl in her first teens. Le pedí a la traductora que por favor no convirtiera al autor, lego en esas lides, en un psicólogo y descartara ese tecnicismo abrumador que, por lo demás, resultaba anacrónico en un texto del XIX. Y otra vez le pedí a otro traductor de una novela del mismo siglo que no tradujera por favor engross the attention por “monopolizar la atención” como proponía, sino por “llamar”, “atraer”, “ganarse” o incluso “cautivar”, verbos libres de asociaciones económicas al igual que el verbo inglés original.
Si, en este último caso, no se hubiera tratado de un texto del XIX es muy posible que “monopolizar la atención” hubiese funcionado perfectamente, porque hoy, en una combinación como ésa, el uso continuado ha borrado ya de nuestro pensamiento el significado y el carácter técnico de la expresión. De estos procesos de neutralización quisiéramos hablar un poco hoy.

Parece conveniente que uno sepa cuándo está aplicando un tecnicismo, para no crear connotaciones indebidas
Pues un caso flagrante de olvido de los orígenes es el vocabulario penal, ejemplo fehaciente de que ciertos ámbitos siniestros están muy activos en nuestra conciencia y, a la vez, de que la lengua es capaz de neutralizar hasta lo más terrible. “So pena de descomunión” decía Alfonso X en su Primera partida (1256-1263) (Hispanic Seminary of Medieval Studies, Madison, 1995, fol. 43R); “so pena de quinientos maravedís”, proclamaban las Ordenanzas del Concejo de Gran Canaria de 1531-1555 (Cabildo Insular de Gran Canaria, 1974, p. 98). Y hoy Lluís Llongueras dice tranquilamente:
“… era imposible parar [el coche], so pena de quedarse atascado” (Llongueras tal cual, Planeta, Barcelona, 2001, p. 248).
Con los siglos han variado las penas, y sin inmutarnos hemos ido rebajándolas, alejándonos benéficamente de ellas. Hasta el punto, a veces, de volvernos insensibles a su mismo significado, porque ya me dirán ustedes qué significa so pena de aquí:
“Añadió que no se le ocurriera subir esas escaleras, jamás:
–Jamás, so pena de que vengas a decirme que eres médico. Y yo no bajaré mientras tú estés abajo y sigas siendo un contable de pacotilla” (Dulce Chacón, La voz dormida, Alfaguara, Madrid, 2002, p. 90).
¿Es posible que la autora se haya hecho un lío con “a menos que”?
Las acepciones “duras” y “blandas” del vocabulario penal suelen coexistir pacíficamente, sin que su polisemia ocasione dramáticas escisiones en la psique del hablante. Hoy ya no es frecuente ver la palabra reo en sentido figurado, como en esta sentencia tremenda de Juan de Valdés: “… el que come, i bebe indignamente, es reo de lo que come, i de lo que bebe” (Comentario o declaración familiar y compendiosa sobre la primera epístola de san Pablo… (1557), S. E., Madrid, 1856, p. 212). Ni siquiera lo es en versión diluida, como cuando Miguel Asín Palacios, en La escatología musulmana en la Divina Comedia (1919), acusaba a alguien de “reo de negligencia en la investigación” (Instituto Hispano Árabe de Cultura, Madrid, 1961, p. 275). En cambio, el tipo que está preso en la cárcel y el que es preso de alguna pasión o turbulencia conviven perfectamente en nuestra lengua, sin que uno nos recuerde al otro.

La historia del preso figurado es antigua en español: hay ya un “preso de amor” en el Bursario (1425-1450) de Juan Rodríguez del Padrón (Universidad Complutense, Madrid, 1984, p. 127), un “preso de espanto” en el Cancionero de Estúñiga (1407-1463) (Alhambra, Madrid, 1987, p. 111) y un “preso de hiebre [fiebre]” en Arboleda de los enfermos (1455-1460) de Teresa de Cartagena (Real Academia Española, Madrid, 1967, p. 72). Hoy seguimos presos de múltiples contingencias, y ya no todas ellas malas:
preso de un nuevo regocijo” (Álvaro Pombo, El metro de platino iridiado (1990), Anagrama, Barcelona, 1993, p. 35).
preso de un placer indescriptible” (José Luis Najenson, Memorias de un erotómano y otros cuentos, Monte Ávila, Caracas, 1991, p. 34).
“… embriagado de amor, impaciente soñador por ser preso de tu calor” (Juan Ubago López, Cartas de amor, Entrelíneas, Madrid, 2005, p. 17).
Preso convive también y hasta se confunde con presa, aunque su origen sea un accidente gramatical distinto: presa viene de prensa, la forma neutra plural del participio de prendere (preso viene de la forma masculina singular, prensus) y su sentido literal es ‘acción de prender’ o ‘cosa prendida’ (“o robada”, añade el DRAE). Se ve muy bien en este pasaje de la Gran crónica de España, III (1376-a1391), de Juan Fernández de Heredia:

‘Preso’ convive también y hasta se confunde con ‘presa’, aunque su origen sea un accidente gramatical distinto
“… et entro en tierra de moros et corrieron muyto, et sacaron grant presa de uacas, de yeguas, de ouellas, de moros et moras catiuas” (Universidad de Zaragoza, 2003, fol. 263V).
Esta forma de botín no tarda mucho en volverse inmaterial. Ya en La Celestina (c1499-1502) hay “presa de amor” (Crítica, Barcelona, 2002, p. 315), y “presa de la amorosa fuerça” en Las sergas del virtuoso caballero Esplandián (a1504) de Garci Rodríguez de Montalvo (Universidad de Zaragoza, 2004, fol. 107R): ser presa de este sentimiento fue un tópico literario en los siglos XVI y XVII. Las otras pasiones están ya documentadas en las Poesías (1585-a1643) de Juan de Salinas: “presa de cruda rabia” (Castalia, 1987, p. 220).
Hoy seguimos siendo presa (“presas”, dicen algunos, como si el sustantivo fuera contable) de ansiedades varias, siempre intensas y en su mayoría desagradables, pero no solo:
“Sonia se tocaba las partes en donde él la besó presa de pasión” (Jordi Sierra i Fabra, Manicomio, ATE, Barcelona, 1977, p. 218).
presa de un entusiasmo infantil” (Damián Alou, Una modesta aportación a la historia del crimen, Anagrama, Barcelona, 1991, p. 141).
presa de su insaciable curiosidad” (Augusto Roa Bastos, Vigilia del Almirante, 1992, Alfaguara, Madrid, p. 22).
Un verbo interesante asociado desde antiguo a todo tipo de crímenes es cometer: “cometió crimen por el qual fue sentençiado a muerte” (Castigos e documentos para bien vivir ordenados por el rey Sancho (1293), IV, Indiana University Publications, Indiana, 1952, p. 40). No solo, por supuesto, se cometen crímenes de sangre, sino también errores, pecados, disparates, tonterías y –¡me encanta!–, en los antiguos tratados de retórica, figuras literarias. Sobre la figura retórica llamada expolitio o expolición, decía Juan de Herrera en sus Comentarios a Garcilaso (1580):

Un verbo interesante asociado desde antiguo a todo tipo de crímenes es ‘cometer’
“Esta figura se comete cuando variamos en un mismo lugar la sentencia misma con unas y otras palabras, o cuando le atribuimos muchas palabras de casi una misma significación” (Gredos, Madrid, 1972, p. 484).
Estos octosílabos de sor Juana Inés de la Cruz, pertenecientes a sus Villancicos (1676-1692), nos resultan sumamente incitantes:
“Como Reina, es bien [que la Virgen] acete [acepte]
la antonomasia sagrada
que como a tal le compete;
y hoy, al Cielo trasladada,
la metáfora comete.”(FCE, México-Buenos Aires, 1952, p. 14.)
Pero este uso tan curioso por el que de algún modo se vinculan las metáforas a los delitos es sin duda muy especializado y ya casi nadie –lástima– se acuerda de él. El uso común está tan ligado al léxico penal que, cuando no aparece cometer, suplantado vulgarmente por el omnipresente realizar, nos sentimos autorizados a reclamar su presencia:
“… medios para derrocar a líderes políticos extranjeros, incluida la capacidad para realizar asesinatos” (“La CIA”, Excelsior, 13/IX/96).
“Las dos mujeres […] realizaron el robo el pasado día 14” (“Detenidas dos mujeres por robar un cheque en blanco en un geriátrico”, El Mundo Baleares28/IV/09)
“… las milicias cristiano falangistas realizaron violaciones, degüellos y ejecuciones en grupo” (Ussama Jandali, “Vals con Bashir”, En Luchamayo 2009).
“… el desfalco que realizaron el ex presidente del Palau, Fèlix Millet, y su mano derecha, Jordi Montull, rebasa los 30 millones de euros” (“El desfalco del Palau de la Música supera ya los 30 millones de euros”, El País26/II/10).
Lo dejamos aquí por hoy. En una próxima entrega, seguiremos explorando nuestra familiaridad con el mundo del hampa y sus castigos, y nos veremos involucrados en otros crímenes perpetrados, con cierto número de interfectos.

sábado, 31 de enero de 2015

PRENSA CULTURAL. LENGUA. Colección de latiguillos

   En "El País":

No importa nada

Hoy: colección de latiguillos



Querríamos hoy dar cuenta de tres fórmulas importadas de un modo u otro del inglés, que alrededor del verbo importar y de los sustantivos problema y diferencia, se han instalado muy cómodamente en el español de hoy con el propósito, comúnmente cortés, de expresar despreocupación, indiferencia, exculpación o atenuación ante ciertas circunstancias que de otro modo podrían parecer graves. Oímos y leemos a todas horas cosas como no importa, no hay problema, o no supone ninguna diferencia, expresiones que han triunfado tanto en el nivel culto-literario-formal como en el coloquial. Por una vez, en fin, no vamos a degustar en L&L solo manjares finos. De hecho, nos tememos que algunas de las locuciones que aquí trataremos, como no hay problema o sin problema, aspiran tumultuosamente al honor de lo vulgar.
Empecemos por no importa. ¿Quién no dice no importa? Desde luego, en 1516, Pedro de Covarrubias ya lo decía:
“Las preguntas van mezcladas, muchas vezes puestas en una parte algunas de las que se havían de poner en otra […]. Y tampoco esto no importa, en tal que en una parte o en otra se diga lo necessario” (Memorial de pecados y aviso de la vida cristiana, CILUS, Salamanca, fol. 2V).
Estos primeros no importa significaban “no es importante” y aún hoy conservamos perfectamente ese sentido, tanto en fórmulas de cortesía como fuera de ellas. La acepción correspondiente del DRAE define el verbo así: “Convenir, interesar, hacer al caso, ser de mucha entidad o consecuencia”, y, más o menos, aunque a veces sea con calzador, la mayoría de los usos modernos responden a ese significado. Nuestras objeciones no son semánticas, sino más bien de tipo creativo. Hemos observado que la frasecita se ha especializado en la traducción de It doesn’t matter y Never mind, fórmulas para las que, si lo pensamos un poco, tenemos en español suficientes alternativas. Pero una de las características de una victoria es lamentablemente que suele arrasar con los competidores. Notamos en el español de hoy cierta tendencia a aferrarse ciegamente al no importa en detrimento de opciones como las que aquí proponemos (algunas son intercambiables) al final de los ejemplos siguientes:

Una de las características de una victoria es que suele arrasar con los competidores
“No importa que no tenga dinero, que suba al primer taxi y yo la esperaré en la puerta para pagarlo” (Esther Tusquets, El mismo mar de todos los veranos (1978), Anagrama, Barcelona, 1990, p. 145): da igual, da lo mismo; no te preocupes por.
“Pero, si no importa el argumento, ¿cuál es el valor de la novela?” (Juan Ramón Zaragoza, Concerto grosso, Destino, Barcelona, 1981, p. 221): bueno, pues sí… no es importante, no tiene importancia.
No importa que el culpable seas tú, no importa que yo tenga la razón; gustoso me convierto en el dispensador de todas las oportunidades, de todos los perdones” (Rafael Castillo Zapata, Fenomenología del bolero (1990), Monte Ávila Latinoamericana, Caracas, 1993, p. 101): lo mismo da, lo de menos es.
 “Sí, de Miami a San Francisco. Sí, no importa que tengan que parar para cambiar de chóferes, lo hemos contemplado” (Boris Izaguirre,1965, Espasa, Madrid, 2002, p. 194): no pasa(rá) nada por tener que…
“Nunca sé dónde voy a dormir, aunque supongo cómo: borracha perdida. Puedo salir de cualquier casa y entrar en cualquier otra; no importa, si tengo la jarra en la mano importa poco qué pueda suceder” (Chavela Vargas, Y si quieres saber de mi pasado, Aguilar, Madrid, 2002, p. 189): qué más da.
“Salgo de allí, voy a casa, miro la carita de mi hijo y ya no meimporta nada más” (“Es una amargada”, web Vea On Line, San Juan de Puerto Rico, 11-17/V/03): interesa, preocupa; pienso en.
“Cuando a requerimientos de una distinguida dama le declaré la otra tarde que yo escribía ensayos […], ella lo tomó como una confesión o una disculpa, y con un gesto de inteligencia, bajando la voz, me dijo con simpatía: no importa, no importa” (Augusto Monterroso, Literatura y vida, Alfaguara, 2004, p. 10): no pasa nada, no se preocupe (¿incluso pierda cuidado?).
“¿Qué haces… te vas a dormir otra vez o vas a servir ese té? −Lilian puso un plato delante de Tony y se sentó frente a él−. No importa, ya lo haré yo” (Ken Follett, Papel moneda (1977), DeBolsillo, Barcelona, 2004, trad. de Montserrat Solanas, Google Libros): no te molestes.
Ninguna de las opciones que acabamos de proponer tiene nada de raro; de hecho, las entendemos; de hecho, las decimos habitualmente. ¿Vamos a dejar que un no importa cualquiera nos las pise? Más extraño y pesado aún es el uso de no importa en ciertos incisos, donde prácticamente adquiere valor de adverbio o hasta de conjunción, una estructura calcada del inglés no matter:

Hay muchas opciones que no tienen nada de raro;  las entendemos y las decimos habitualmente
“‘Europalia ha sido organizada no importa cómo’, afirma Javier Tusell” (“Europalia, o la política del menor riesgo”, El País, 1/X/85): ¿de cualquier manera? ¿A toda costa?
“Si el tronco perece, no importa cómo, las ramas se secan y caen” (José Antonio Gabriel y Galán, El bobo ilustrado, Tusquets, Barcelona, 1986, p. 144): por una razón u otra, de un modo u otro.
“… la firmísima resolución de defenderla [la monarquía], no importaa qué precio hasta con las armas en la mano, si un país, cualquiera que fuese, pretendiera violarla” (Luis María Anson, Don Juan (1994), Plaza & Janés, Barcelona, 1996, p. 210): a toda costa, a cualquier precio.
“El problema era que un burócrata, no importa que esté en el exilio, no sabe distinguir un autor de su personaje” (“El viaje secreto de Salvador Presel”, Espéculo, Universidad Complutense de Madrid, 2002): aunque, ¿no?
“Utilice un bolígrafo o un rotulador (no importa el color)” (M. Bergren, J. Cox y J. Detmar, Diga, ¡sí, puedo!, Robinbook, Barcelona, 2008, p. 196, no consta traductor): de cualquier color, del color que sea.
Que la fórmula no importa que tiende a lexicalizarse, es decir, a convertirse en una unidad léxica invariable (y con valor, en efecto, de conjunción), se ve bien en el siguiente ejemplo, donde, por la secuencia de tiempos verbales, el no importa tendría que haber ido en pasado (no importaba) como los demás verbos y, sin embargo, lo encontramos “petrificado” en el presente:
“Luego hizo exclamaciones mientras exaltaba determinados relojes recordados, no importa que fueran de mujer o de hombre, con la ambición posesiva de los coleccionistas” (Fernando Delgado, La mirada del otro (1995), Planeta, Barcelona, 1996, p. 100).
A veces, consciente −suponemos− de esa caída en lo adverbial, la fórmula adopta la forma sin importar:
“La literatura ha sido una de las disciplinas artísticas que ha abierto los brazos a las mujeres, sin importar si eran bonitas o feas” (Alicia Giménez Barlett, La deuda de Eva, Lumen, Barcelona, 2002, p. 124): independientemente/al margen de; fueran bonitas o feas.
“Para ello se ha diseñado un neumático en el que los tacos presentan una alineación destinada principalmente a obtener una buena motricidad, sin importar en qué tipo de terreno se rueda” (“Neumáticos”, El Mundo, supl. Motor, 3/I/03):independientemente/al margen del tipo de terreno en que…; ya sea en un tipo de terreno u otro; en cualquier tipo de terreno.
“… pueden consumir [stevia] niños, mujeres embarazadas y cualquier persona, sin importar sexo o edad” (Tomás Martínez Pérez, La diabetes y su control con Stevia, Librosenred, Montevideo, 2004, p. 111): independientemente/al margen de su; sea cual sea sude cualquier sexo o edad.

Algo equivalente ha llegado a producirse con la adaptación, galopante, del inglés ‘no problem’
Si no importa tiene su peso en el español de hoy como fórmula de cortesía, algo equivalente ha llegado a producirse con la adaptación, ciertamente galopante, del inglés no problem. ¿Que llegamos tarde a una cita? Pues avisamos y ningún problema. ¿Que el perro ha hecho sus necesidades en el portal? Pues nos disculpamos, recogemos y sin problema. ¿Que un príncipe holandés se casa con la hija de un ministro de Videla? Pues no invitamos al padre a la boda y no hay problema. Las letras hispánicas dan profusamente cuenta de este éxito:
“Si quieres, lo probamos. Vivir los cuatro juntos, quiero decir; por míno hay problema” (Luis Goytisolo, Estela del fuego que se aleja, Anagrama, Barcelona, 1984, p. 59): por mí adelante; por mí de acuerdo; yo no pondré pegas.
“Y si uno no ve, no hay problema: en Inglaterra fue ideado un dispositivo que permite recibir los SMS y leerlos a los ciegos” (“Tendencias: En otros países”, El Clarín, 9/IX/04): no pasa nada, lo mismo da; todo tiene remedio
“No ha habido ningún problema para nombrar ocho mujeres capaces como ministras” (“Por goleada, 60-13”, La Razón, 22/IV/04): no ha costado nada, no ha sido difícil, nada ha impedido…
“Aun cuando fue muy fatigoso cantar tres días seguidos, todo discurrió sin problema alguno digno de mención” (José Carreras, Autobiografía. Cantar con el alma, Ediciones B, Barcelona, 1989, p. 177): sin contratiempo.
“Me faltarán algunas cosas pero lo importante es adaptarme y creo que lo haré sin problema” (“Sisi cree que se puede adaptar ‘sin problema’ al puesto de lateral derecho”, El Mundo24/IV/12): sin dificultad, perfectamente.
La predilección por la palabra no se limita, ni mucho menos, a esas locuciones coloquiales. Tenemos tendencia a ver un problema en infinidad de sitios donde buenamente podríamos ver otras cosas. Por ejemplo:

Tenemos tendencia a ver un ‘problema’ en infinidad de sitios donde buenamente podríamos ver otras cosas
“Pero existe un cuarto punto sobre el cual me veré obligado […] a pronunciarme, por más que me esfuerce en evitarlo: es el problemade las casas encantadas” (Roger de Lafforest, Casas que matan, Martínez Roca, Barcelona, 1976, trad. de Juan Giner, p. 158): enigma, misteriocasofenómeno.
“… ‘Es una niña muy irrazonable’, ‘Es un problema para todo el mundo’” (Judy Dunn, Relaciones entre hermanos, Morata, Madrid, 1986, p. 50, no consta traductor): incordio, engorro.
“Para ti no es nada, para mi municipio puede ser un problema de vida o muerte” (Héctor Aguilar Camín, Morir en el Golfo, Océano, México D. F., 1986, p. 112): una cuestión.
“Quizá para una persona creativa esto no será un problema, pero para otros podrá resultar muy difícil” (David Halberstam, El próximo siglo, Siglo XXI, Madrid, 1991, trad. de Adriana Sandoval, p. 133): inconveniente, impedimento.
“Kierkegaard se encuentra ante el problema de gozar de la existencia estéticamente o de experimentar moralmente” (Ernesto Feria Jaldón, Estudios sobre Kafka, Renacimiento, Sevilla, 2000, p. 104): dilema.
“Tenía un problema mental que yo no sé cómo etiquetaron los psiquiatras” (Luis Jiménez de Diego, Memorias de un médico de urgencias, La Esfera de los Libros, Madrid, 2002, p. 150): trastorno
“La acidez de estómago es una sensación que indica la presencia de algún problema gástrico, sobre todo gastritis” (Francisco Javier Lavilla Royo, Familia y salud, Everest, León, 2002, p. 178):trastorno.
“… dado que en ese país [Brasil] no hay apenas problemas raciales por el cruce de razas que allí existe” (Enrique Miret Magdalena, ¿Qué nos falta para ser felices?, Espasa, Madrid, 2002, p. 176): conflictos.
“… es bueno tener sentido del humor y no armar un problema por una respuesta impaciente” (Mary Pipher, Cómo ayudar a su hija adolescente, Amat, Barcelona, 2006, trad de Gonzalo Mallarino, p. 297): escándalo; follón.
“Por lo que él sabía, la rata podría estar carcomiendo un cable vital o el panel de control del avión. El piloto estaba en un problema muy grave” (John Hagee, Convierta sus retos en oportunidades, Casa Creación, Lake Mary, Florida, 2009, trad. de Belmonte Traductores, p. 47): en un buen aprieto, en un buen brete (quitando el muy grave, claro).
“¿Cuál era el problema de morir después de una vida de longevidad tan descabellada?” (Amélie Nothomb, Biografía del hambre, Anagrama, Barcelona, 2010, trad. de Sergi Pàmies, Google Libros): inconveniente.
“Me has metido en un problema de cojones” (Trevor Shane, Hijos del miedo, Debolsillo, Barcelona, 2012, trad. de Roberto Falcó Miramontes, Google Libros): lío (o marrón, aquí el registro lo permite).

Hay otras fórmula que va ganando terreno. Nos referimos a la adaptación de ‘makes no difference’
La tercera y última fórmula de la que hoy querríamos dejar constancia no es siempre de cortesía ni se oye ni se lee tanto como las precedentes, aunque va ganando terreno. Nos referimos a la adaptación de makes no difference o, en un nivel menos coloquial, marks no difference, que aquí venimos “traduciendo” de las siguientes maneras:
“… morir por una cosa o por otra no señala ninguna diferencia con respecto al resultado final” (Dardo S. Dorronzoro, La nave encabritada, Emecé, Buenos Aires, 1964, p. 42).
“La naturaleza de la meta no establece ninguna diferencia” (Og Mandino, La universidad del éxito, DeBolsillo, Barcelona, 2006, trad. de Alberto Coscarelli, Google Libros).
“Y, además, tu esfuerzo individual no marca ninguna diferencia en el total de la empresa” (Jordi Assens, Huevos con tocino, Norma, Bogotá, 2008, p. 80).
“−Eso no supone ninguna diferencia, Roy −respondió Murray sin inmutarse […]−. Adelante: mátame, que yo te mataré a ti...” (Félix J. Palma, El mapa del cielo, Plaza & Janés, Barcelona, 2012, Google Libros).
“−Es que no entiendo por qué lo que yo piense supone la menor diferencia −insistió Rosemont” (Barth Anderson, El mago y el loco, La Factoría de Ideas, Madrid, 2012, trad. de Juan José Llanos Collado, Google Libros).

“¿No hace ninguna diferencia si tus padres son homosexuales?” (titular, web Sociologianow!, 14/X/12).
“No es relevante”, “No es importante”, “No cambia nada”, “No pasa nada”… son, con las pertinentes variaciones, algunas de las alternativas, entre las tantas que puede haber, que se nos ocurren para estos casos. Insistimos una vez más: en cuestiones de estilo, la escritura automática deberíamos dejarla para los surrealistas.
PD: Carmen Francí y Francisco J. Uriz nos llaman la atención sobre un olvido en los artículos (aquí y aquí) dedicados al rebajamiento de significado del vocabulario penal: la palabra complicidad y sus parientes. ¡Cuánta razón! ¡Cómo se nos pudo pasar! ¡Con lo que nos gusta la cursilería! En homenaje al trayecto singular de esta familia, de lo criminal a lo más sensible y halagüeño, ahí van tres ejemplos, todos de la revista Hola:
“Los Príncipes de Asturias, cómplices y sonrientes en su cita con el periodismo español” (titular, 14/II/14).
“La mirada cómplice de los duques de Cambridge en el desfile de la orden de la Jarretera” (titular, 17/VI/14).
“Tamara Falcó y Enrique Solís, pura complicidad en Barcelona” (titular, 9/X/14).