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sábado, 6 de diciembre de 2014

PRENSA CULTURAL. "En el mar de las palabras". José María Merino

   En la revista "Mercurio":

En el mar de las palabras

JOSÉ MARÍA MERINO  |  FIRMA INVITADA · MERCURIO 164 - OCTUBRE 2014

Letras
© ASTROMUJOFF
Lo primero que descubre un narrador cuando llega a la RAE es que, en 1713, los académicos fundadores impusieron una dinámica laboriosa que nunca se ha perdido, pues no solo sirvió de motor para que, entre 1726 y 1739, la joven RAE publicase los seis volúmenes del conocido comoDiccionario de Autoridades, sino que el fructífero modelo de trabajo que los 24 académicos iniciales establecieron se ha mantenido durante estos tres siglos: próximamente va a aparecer la vigésima tercera edición del Diccionario —la Academia Francesa está preparando la novena del suyo— sucediendo a muchísimos otros textos de muy diversa naturaleza lingüística y literaria: en 1741 se publicó la primera Ortografía, a la que hasta hoy han sucedido más de quince ediciones, y en 1771 la primera Gramática,que en 2011 ha conocido su cuadragésima edición…
Para mí, los mejores momentos académicos están, precisamente, en la labor dentro de las comisiones delegadas para el Diccionario: allí he podido constatar cómo las palabras modifican a lo largo del tiempo su sentido y su significado, y es fascinante para un narrador descubrir esas peculiares mutaciones. Como la próxima edición del Diccionario saldrá pronto, ahora, en lugar de trabajar con las palabras agrupándolas según la especialización de cada comisión —ciencias sociales; vocabulario científico y técnico; ciencias humanas; cultura…— estamos haciendo un recorrido puramente alfabético, para señalar los aspectos que en la siguiente edición deberían mejorarse, y esa especie de “vuelo rasante” nos depara descubrimientos insólitos, vocablos que se han quedado agazapados, localismos privilegiados, acepciones que requieren un enfoque diferente…
Cada comisión está apoyada por una persona experta en lexicografía, que tiene a su inmediata disposición innumerables registros lingüísticos y literarios, y en la mesa de trabajo utilizamos numerosos diccionarios, incluidos los redactados en lenguas diferentes de la española. Y discutir sobre una acepción es sumergirnos en el mar de las palabras, sentirlas vivas y palpitantes, lo que nos mantiene absortos y entusiasmados.
Otros momentos insustituibles para un narrador son aquellos en los que, en un pleno académico, los miembros de la corporación proponemos la incorporación de nuevos vocablos o la modificación de alguno ya existente, y se produce un improvisado debate. La literatura ha fijado el del “sabio” entre sus innumerables arquetipos; pues bien, allí podemos ver y oír a esos sabios expresarse con toda naturalidad, en una demostración de conocimientos que puede remontar el origen de una palabra al sánscrito y hacerla recorrer un asombroso itinerario cultural y territorial. En esos momentos fulgura la sabiduría sin que haya mediado preparación formal alguna, y sentimos que las palabras tienen cuidadores muy atentos.
En mi caso, además, se da la circunstancia de que, por ser tesorero de ASALE —la Asociación de las Academias de la Lengua Española que comenzaron a nacer en el siglo XIX, creada en México en 1951, y que integra 22, incluidas la Española, la Filipina y la Norteamericana— tengo una relación especial con ella, pues la sede de su secretaría está en la propia RAE, y me siento muy cercano a esa singular fraternidad lingüística mundial, que representa quinientos millones de hablantes de español.
Nunca pude imaginar hasta qué punto la palabra, el elemento fundamental de mi trabajo de escritor, acabaría conformando mi experiencia cotidiana.
José María Merino es vicesecretario de la Real Academia Española.

viernes, 22 de junio de 2012

PRENSA CULTURAL. Entrevista a José María Merino, sobre el cuento

El escritor José María Merino / CLAUDIO ÁLVAREZ ("EL PAÍS")

   En "El País":

“El cuento es una iluminación: o lo ves, o no lo ves”

'La Realidad quebradiza' recoge una selección de cuentos y minicuentos fantásticos del Académico José María Merino

 Madrid 8 JUN 2012

A simple vista, el universo de José María Merino discurre entre los mismos elementos y con los mismos actores que cualquiera puede ver y palpar a diario. Solo que estos no interactúan según las reglas físicas establecidas: espacio y tiempo se desdoblan, los seres sufren metamorfosis y lo material adopta nuevas apariencias. Los hombres conviven subyugados a sus dobles, y la literatura se desarrolla dentro de la literatura. Los personajes saltan a través de las páginas para desaparecer y reaparecer en nuevos episodios y, entre todos, conforman La realidad quebradiza (Páginas de Espuma), una antología que reúne algunos de esos viajes por las parcelas recónditas del subconsciente, presentados en forma de cuentos y minicuentos, géneros que, en pocas palabras, el Académico de la lengua ha sabido engrandecer.
“El mundo es muy raro, y los momentos que vivimos ahora lo demuestran: estoy fascinado con la historia fantástica de Bankia, en la que cada día hay una vuelta de tuerca. Parece que los seres humanos no tenemos nada que ver con Bankia, en donde lo que ocurre es un hecho mágico, en el que no hay responsabilidades”, dice Merino en su casa madrileña. “Yo intento encontrar lo raro desde esa perspectiva de la imaginación fantástica. No soy metafísico, pero sí veo las cosas extrañas de la vida, de los comportamientos”. Con más de un centenar de relatos cortos en su currículo –a los que hay que añadir novelas para adultos, jóvenes y niños, varias novelas cortas, ensayos, poemarios y un par de memorias- esta compilación, realizada por el editor, se revela “significativa” de su obra, según asegura el autor (La Coruña, 1941). “No sé si yo sería capaz de hacer una antología. ¿Cómo elegir?”.
Al igual que no se ve con voluntad de seleccionar entre su producción, tampoco se decide por ninguno de los géneros. “La literatura proporciona una forma de ver y descifrar el mundo a la que llegas por muchas vías”, reflexiona. “Pero la literatura es una”. De su fértil talento para engendrar relatos, asegura que estos son “iluminaciones”. “O lo ves, o no lo ves. No tiene por qué venir de los sublime, también puede venir de lo más deleznable. En cambio, una novela es un proyecto de exploración. No sabes cómo, pero el cuento se enciende: no se puede alargar para convertirlo en una novela, sino que tiene una peculiaridad, que es donde reside su encanto, y es que lo descubres como un poema”.
-¿Y que hay de los microrrelatos?
-Hay gente que los desdeña, pero es como si un pintor desdeñase el soporte de óleo o el soporte de madera. En ellos puede haber cosas estupendas o cosas deleznables, exactamente igual que en la novela. Para mí, como escritor, lo que aporta es que puedes decir cosas que no podrías decir de otra manera.
-¿Son estos capaces de satisfacer el hambre literaria?
-Sería absurdo comparar un minicuento con Ana Karénina, pero son sabores que pueden resultar más intensos, pueden dar un matiz diferente. El problema es que no puedes leer demasiados minicuentos seguidos, porque te empachan. Pero pueden despertar ideas interesantes y divertirte mucho.
-¿Por ejemplo?
-En cinco o diez líneas puedo imaginar que nuestro universo es un café que alguien se va a tomar. El minicuento ha ido acortando las distancias para sintetizar de un modo expresivo lo que sigue siendo una idea narrativa.
Entre gallego y leonés, el prolífico imaginario de Merino quizá se asentara en su infancia, bajo el efluvio de leyendas de meigas y almas en pena. “Escuché historias así en Galicia y en León. Recuerdo de niño cómo en algunos sitios se dejaban las chimeneas encendidas en la noche de ánimas para que vinieran a calentarse los muertos. Puede que eso haya influido, aunque desde luego mi gusto por lo fantástico ha sido literario: de niño fui lector de Hoffmann, de Poe, de Bécquer... Siempre me ha gustado ver la realidad a través de ese prisma tan literario que es lo fantástico”.
En su rutina semanal de escritura y lectura –“me gusta estar al tanto de las novedades”, dice señalando entre la montaña de libros que puebla su despacho las últimas publicaciones de Clara Sánchez y Fernando Aramburu-, Merino dedica fielmente cada jueves, día en que se reúnen los Académicos de la lengua, al estudio del léxico. “Lo que hacemos es ver cómo pasa el tiempo y las palabras ya no significan lo mismo. Las palabras se mueven, tienen vida propia”. Y la conclusión de sus observaciones es que el español, a pesar de las distancias geográficas que lo separan de sí mismo, continúa siendo eso: el español. “Tiene una unidad envidiable”, asegura. En el lado negativo, los tiempos que corren ponen en peligro la pervivencia del vocabulario. “Los jóvenes piensan que lo bueno es tener un código lingüístico reducido, que si puedes decir mucho con pocas palabras, mejor. Y eso no es ir por el buen camino. Ahora usan los mismos términos con significados múltiples, y eso les hace más indefensos”.

sábado, 10 de septiembre de 2011

PRENSA CULTURAL. "Mi primera vez. UNA POZA EN EL ATARDECER", por José María Merino

José María Merino

   En "El País":
FRAGMENTO LITERARIO: Ficciones 'Mi primera vez'
Una poza en el atardecer

27/07/2011

   Solo cuando los años hacen cristalizar la memoria, adquiere su verdadera perspectiva la primera ocasión de cualquier experiencia: el encuentro con la muerte, una rareza cenicienta en el rostro del abuelo inmóvil; los tocamientos excitantes de aquella niña vecina, en un desván lleno de libros viejos; la traición del supuesto amigo, que cuenta, para burla de todos, un secreto que le has confiado; aquel beso amoroso que ha favorecido, en algún festejo, la noche primaveral.
   Puesto a escoger, hay una imagen que tuvo también para mí la dimensión de las revelaciones, y es la del mundo acuático, al descubrirlo desvelando su impenetrable nitidez. Había empezado a nadar muy pronto, y las aguas de ciertas playas del Cantábrico, o las de algunos ríos montañeses, fueron mis lugares natatorios infantiles. Nadaba siempre con los ojos abiertos, intentando desentrañar el borroso perfil de lo que se extendía bajo la superficie del agua. Aprendí instintivamente a zambullirme, y los espacios difusos, desfigurados, que mis ojos advertían, estaban llenos de brillos movedizos, de formas sinuosas, de inusitados contrastes de color.
   Debió de ser en la primavera de mis 11 años cuando, en una de aquellas armerías en cuyos escaparates se ordenaban escopetas de caza y de aire comprimido, cartuchos, cuchillos y machetes de cazador, reteles, cebos para la pesca que simulaban moscas exóticas, encontré las primeras gafas submarinas. No sabía lo que era aquella pequeña máscara roja, con sendos cristales triangulares encastrados en los contiguos alveolos y una tira de goma uniendo los extremos laterales, pero dentro de mí se había despertado una curiosidad llena de esperanzada certeza.
   Acaso aquella fue también la primera vez en que me atreví a entrar en una de las tiendas que no frecuentaba un público continuo y popular, pero recuerdo que el dependiente me dijo que eran unas gafas de buceo, y que costaban -estoy casi seguro- 25 pesetas. Conseguí reunir aquella fortuna y en las vacaciones era dueño de las gafas, que apretando mucho la goma quedaban ajustadas a mi rostro.
   Aquel verano nacería mi hermana, e íbamos a pasar la temporada en un pueblo cercano a la capital, junto al río Torío. La misma tarde del día en que llegamos me acerqué a la poza, que tenía una orilla cubierta de cantos rodados y la otra ceñida por un borde abrupto sobre el que se multiplicaban las mimbreras. Me coloqué las gafas, entré en el agua.
   La poza, un tramo de acaso 15 metros de largo, tendría unos ocho de ancho y tres o cuatro de hondo. Y pude descifrarlo todo con asombrada claridad: los cantos ya no formaban manchas confusas sino un empedrado opalino, algunas plantas largas culebreaban en la corriente, contra la suave oscuridad de la otra orilla brillaban los cuerpos pardos de las truchas. Fue la primera vez en que, sumergido en ese mundo del agua, pude identificar los ámbitos de un tiempo sin forma ni medida, y aquella poza bajo el sol de la tarde permanece fulgurando aquí dentro.

viernes, 19 de agosto de 2011

PRENSA CULTURAL. "Límites de la historia y de la ficción", por José María Merino

José María Merino

   En la revista "Mercurio" (febrero 2010):
LÍMITES DE LA HISTORIA Y DE LA FICCIÓN

"La novela histórica puede ser torpe, lo malo es cuando manipula el pasado".

JOSÉ MARÍA MERINO

   Vivimos en un momento en que la ficción está muy desacreditada. Es más, hay muchos libros donde se mezclan la novela, la historia, el libro de ensayos, las memorias, el libro de viajes, y no sabemos exactamente cuáles son los límites. Desde hace muchos años, la historia es prestigiosa y la ficción está desprestigiada. En El Quijote, Cervantes recoge aquella aproximación aristotélica para distinguir lo que era la literatura y lo que era la historia: “...uno es escribir como poeta y otro como historiador. El poeta puede contar o cantar las cosas no como fueron, sino como debían ser. Y el historiador las ha de escribir no como debían ser, sino como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna”. Otro argumento es el de los clásicos del Siglo de Oro, esa discusión entre verdad y verosimilitud. Recuerdo haber leído el discurso de algún eclesiástico (ahora no podría decir exactamente de quién se trata), atacando a la verosimilitud como elemento traidor a la verdad. Lo verosímil es peligroso, las cosas tienen que ser verdad, y todo lo que es verosímil atañe profundamente a lo que es verdad. Ha habido una desconfianza religiosa importante hacia la ficción e incluso es sorprendente que nuestro libro más emblemático, El Quijote, sea un libro contra la lectura de novelas de ficciones, contra los libros de caballerías, porque las ficciones nos pueden confundir, hacernos soñar cosas imposibles e incluso perdernos en nuestra relación con la realidad.
   Por lo tanto, con los años se ha ido acreditando una especie de dicotomía: ¿qué es la verdad histórica, por un lado, y qué es la verdad poética, por otro? Yo creo que la ficción, por lo menos a partir de la modernidad, no es verdad ni mentira. A veces dice Vargas Llosa que la ficción es mentira. No; la ficción es un tercer género. No es verdad ni mentira. La realidad puede ser contada de una manera verdadera o falsa. La ficción siempre es una tercera vía.

PUNTO DE ENCUENTRO
   Voy a poner como ejemplo de esa verdad poética, que se implanta a través de la modernidad, la gran novela del XIX. Porque el siglo XIX se puede estudiar desde la historia, pero para entenderlo hay que acudir a la literatura. Cuando severos historiadores me demuestran que no han leído a Tolstoi, a Balzac, a Stendhal, o a Galdós, me pregunto cómo pueden comprender el siglo XIX. Porque, a mi juicio, para entender ese siglo son necesarias sus novelas, que nos dan las claves más misteriosas de los comportamientos, las conductas y los sentimientos de nuestros antecesores de aquellos tiempos. Y es que la verdad poética desentraña la realidad a través de unos caminos que no son exactamente los de la historia. Entonces, ¿qué es la verdad histórica? Desde la seriedad científica de la historia, se suele mirar con menosprecio la literatura, y no digamos la leyenda, pero ni la narrativa de ficción ni la leyenda pretenden mentir, no engañan sino al que quiere ser engañado, como el Ingenioso Hidalgo. Sin embargo, la historia miente a menudo, tergiversa la realidad, cambia la verdad de los intereses particulares y hasta de los sucesos sociales. Creo que un posible campo de conciliación entre ficción e historia es la novela histórica. Es algo así como un punto de encuentro. Se sabe del extraordinario auge de la novela histórica en la actualidad, incluso parece que es un género contemporáneo, pero eso no se ajusta a la realidad. Es un género muy antiguo que, según Luckács, nace, tal como lo conocemos, con la caída del imperio napoleónico. Y hay una serie de nombres importantísimos como los de Scott, Dumas, Stevenson, Flaubert, Dickens, Larra, Galdós,...por citar nombres extranjeros y españoles. Es decir, que la novela histórica es (no me atrevo a llamarlo género) como una línea de invención que está siempre presente y que es recurrente. Por otra parte, en el Siglo de Oro trabajaron con materia histórica Shakespeare, Lope de Vega, Calderón: con el lenguaje indoeuropeo, con los cantares de gesta, con la tradición popular. Utilizar la historia como materia de ficción es seguramente tan viejo como el ser humano, como el ser que narra o como el ser que escribe e inventa ficciónes escritas.
   Ahora bien, quiero recordar dos referencias sobre la desconfianza hacia la novela histórica. En Ideas sobre la novela, Ortega dice que la novela histórica lleva aneja una imposibilidad: “la vacilación continua del lector. Tenemos que cambiar constantemente de actitud, no se deja al lector soñar tranquilo la novela ni pensar rigorosamente (sic) la historia”. Vemos por esta afirmación que hay una desconfianza instintiva en Ortega, porque una cosa es “soñar” la novela y otra “pensar rigorosamente” la novela. La historia pertenece al pensamiento riguroso, al pensamiento fuerte; la novela pertenece, más bien, al pensamiento débil, al sueño. Existen en estos momentos esos best seller que están basados, teóricamente, en reconstrucciones históricas o de informaciones históricas, bastante poco de fiar, sobre lo que pudieron o no haber sido los antecedentes de determinados elementos del cristianismo, del Santo Grial, de los Santos Lugares, en fin, hay un imaginario que piadosamente puede llamarse oportunista gravitando sobre todo esto.

EL DESCRÉDITO DE LA REALIDAD
   Pero en la novela histórica hay un elemento común a la novela y a la historia. Las fuentes de la novela y las fuentes de la historia son el innumerable y caótico cúmulo de los sucesos de la realidad. Tanto la novela como la historia quieren ordenar la realidad. Y en ese sentido, la mirada del historiador y la del narrador se parecen. Seguramente, ambos deberán contemplar elementos que sean significativos y rechazar la ganga de lo superfluo, además de buscar aspectos que sean indispensables para que la trama funcione. Creo, incluso, que el historiador trabaja igual que el novelista o que el narrador. Esto es, se basa en tres leyes: la ley del movimiento, la ley del interés y la ley de verosimilitud, que son los tres principios de la narrativa que yo defiendo. Por un lado, la historia tiene que moverse, exactamente igual que la novela. En segundo lugar, la historia tiene que interesar mediante la búsqueda de esos momentos que pueden llamar más la atención. Por último, la historia tiene que ser verdad, mientras que la narración tiene que parecerlo. Trabajando con el tema de la novela histórica, recuerdo la clasificación que hizo Umberto Eco, al establecer tres tipos de novelas históricas: el romance –que era una novela que transcurría con cierto telón de fondo histórico, es decir en la que la época era un pretexto para colocar la historia; la novela de capa y espada –que tendría más formalidad y exactitud, por ejemplo Los tres mosqueteros, una novela que parece que tiene una cierta fidelidad a una época, salen personajes reales pero no es rigurosa; y luego lo que él llamaba la novela histórica genuina –que trataría el tema con todo el rigor posible desde la investigación y las fuentes auténticas. Yo añadiría a esto la novela de tipo reflexivo, alegórica, filosófica (Las Memorias de Adriano, Narciso y Goldmundo de Herman Hesse), las novelas de tipo lúdico de Dumas o Pérez-Reverte, la historia como pretexto estético-político (Espartaco de Howard Fast o Faraón de Bolesvav Prus). Pero ahora habría que añadir otro género que falsifica la realidad histórica, la convierte en ficción y, a partir de ahí, escribe la pretendida novela histórica-ficticia. Sería el caso de El código da Vinci. La cuestión es que en este mundo de la novela histórica es donde podemos encontrar ese punto fronterizo entre ficción e historia. Sobre cuáles sean los límites de la novela histórica, creo que el problema es ese límite de la verdad. La novela histórica puede ser torpe, puede equivocarse o puede no tener información. Lo malo es cuando empieza a surgir como una expresa manipulación del pasado, porque el problema que estamos sufriendo es el de la propia formación de los lectores. Seguramente, el lector del siglo XIX, cuando se enfrentaba a la novela de capa y espada, sabía que estaba leyendo novelas. Yo no sé si el lector de hoy, que tiene profundas lagunas en su formación como lector y como conocedor de la historia, no queda mucho más inerme frente a las manipulaciones de la novela histórica, como queda inerme frente a las manipulaciones de la transmisión de las verdades de la realidad. En este enfrentamiento o fricción entre lo que es historia y lo que es ficción, a lo que hemos llegado no es a un descrédito de la ficción, sino que estamos viviendo un descrédito de la realidad.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "El doble magisterio de Miguel Delibes", por José María Merino

José María Merino

En Babelia, suplemento cultural de "El País":
El doble magisterio de Miguel Delibes

JOSÉ MARÍA MERINO 27/11/2010 

   En la muerte de Miguel Delibes hubo un sorprendente eco de consternación popular. La multitud que asistió a su despedida no parecía lamentar solamente la muerte de un escritor, sino la de alguien ejemplar, que había reflejado virtudes que estaban más allá de su condición de hombre de letras. Tal respuesta de simpatía pública ya había tenido lugar en otras ocasiones, por ejemplo con motivo de la aparición de El hereje, un libro que antes de ser analizado por los críticos fue masivamente adquirido por personas ajenas incluso a la costumbre de la lectura, que tal vez encontraban en él una especie de talismán. A su muerte, la valoración de su extensa obra -más de 60 libros- se centró de modo especial, no sin cierta visión reductora, en la herencia de determinada riqueza léxica y en los ámbitos de la región y del mundo rural que supo reflejar y contrastar. Sin embargo, lo que a mi entender hizo de Miguel Delibes un personaje singular dentro de nuestro panorama literario fue consecuencia de un doble magisterio: la sencillez que mantuvo en su afirmación como ser humano, y la naturalidad que ofreció en su perspectiva de creador. Seguro que la aflicción popular mostrada ante su muerte tenía mucho que ver con el primero de los aspectos, su presencia de vecino sin ínfulas, en una relación con la realidad urbana y con la realidad campesina que nunca pretendió hacer excepcional ni privilegiada, porque el mundo personal de Delibes careció de artificio y presunción, y el fulgor de su reconocimiento literario nunca lo cegó con la vanidad, fenómeno bastante habitual en el ámbito artístico. Lejos de transformarse en un personaje-espectáculo, como en ocasiones les sucede a algunos escritores, Delibes practicó desde el éxito esa difícil sencillez. Pero lo que lo convierte en uno de los escritores mayores de la lengua española es la peculiar naturalidad en su forma de expresión, a través de una obra que, adscrita al realismo y sin perder nunca la llaneza, ha conseguido presentar con extraordinaria perspicacia muchos ejemplos de la conducta humana, para cumplir la misión que solo puede llevar a cabo la verdadera literatura, que es la de desvelarnos lo profundo de nuestras actuaciones y comportamientos, la de ir relatando la historia de nuestro corazón. El propio Miguel Delibes ha señalado, en un lejano prólogo al primer tomo de sus Obras Completas (1963), deliciosamente autocrítico, que: "El artista que lo es de verdad dispone de un mundo personal e insobornable". En su caso, lo insobornable estuvo también en la manera como fue evolucionando, desde sus obras iniciales, hacia una mayor conciencia social, sin dejar de ofrecer nunca, con esa naturalidad que, insisto, era la esencia de su modo de expresarse, personajes complejos, pertenecientes a todo el abanico colectivo y sin preferencia de géneros ni de clases, alejados del tópico, y sin embargo perfectamente reconocibles en lo cotidiano. La importancia de Miguel Delibes no está en haber construido su obra iluminando los entresijos de determinado mundo provinciano y rural, sino en que, precisamente en la cercanía de la capital provinciana y de las aldeas perdidas, fue capaz de encontrar una imagen común, verosímil, generalizable, del ser humano: consiguió representar lo universal sin perder la visión de lo local, con una forma de escribir ausente de toda afectación, que con el paso de los años no solo lo enlaza con los más grandes escritores de la tradición narrativa en lengua española, sino que, también por esa implacable depuración que va realizando el tiempo, nos lo muestra como acuñador indiscutible de un estilo.

   Miguel Delibes (Valladolid, 1920-2010) será recordado en diversos actos durante la 'Feria Internacional del Libro de Guadalajara' (FIL): La realidad narrada: el compromiso ético y social de Miguel Delibes; La realidad recreada: espacios y territorio en Miguel Delibes: Charla Miguel Delibes. Las tres actividades se celebrarán el próximo martes, 30 de noviembre. José María Merino (A Coruña, 1941) participará el 1 de diciembre en la FIL en la mesa redonda Voces de aquí y de allá: la narrativa mexicana y la de Castilla y León junto con Juan Pedro Aparicio, Hernán Lara Zabala y Angélica Tanarro. Ha publicado recientemente los libros Historias del otro lugar (Alfaguara, 2010. 680 páginas. 22 euros), que reúne sus cuentos de 1982 a 2004 y Las antiparras del poeta burlón (Siruela, 2010. 128 páginas. 16,95 euros).
Miguel Delibes

lunes, 20 de abril de 2009

PRENSA. 20 abril 2009

En "El País":

1. Marsé y la perlas de un escritor "anómalo". El último premio Cervantes celebra un encuentro con la ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, ante decenas de periodistas.

2. Un 'imaginador' en la Academia. José María Merino ingresa en la RAE con un discurso sobre el poder de la ficción. Reportaje.

3. Historia e impostura, una fraternidad. Artículo de Félix de Azúa sobre historia, verdad y mentira.