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jueves, 12 de marzo de 2015

PRENSA. EDUCACIÓN. "Los alumnos que empiezan secundaria no distinguen qué informaciones son relevantes en internet"

   En "El País":
EDUCACIÓN

Los alumnos que empiezan secundaria no distinguen qué informaciones son relevantes en Internet

Un estudio internacional analiza las competencias digitales de los alumnos de 13 años en 21 países



  • Varios jóvenes con sus ordenadores portátiles. / EFE

    Aunque un niño cuya lengua materna sea el español viva en Alemania, no va a hablar alemán como los nativos, a no ser que se promueva que lo haga. Lo mismo pasa con el aprendizaje de la tecnología: una cosa es que los niños actuales hayan nacido ya en la era tecnológica (los llamados nativos digitales) y otra muy distinta es que –a pesar de que se manejen muy intuitivamente ante una tableta- sepan desenvolverse de forma adecuada en la escuela y el mundo laboral de esta era.
    Este es el razonamiento que hace el jefe de la Unidad de Investigación y Análisis de la Asociación Internacional para la Evaluación del Rendimiento Educativo (IEA), Andrés Sandoval-Hernández para explicar el resultado de un estudio que analiza el uso hacen los estudiantes de la tecnología, realizado en 18 países del mundo más dos regiones de Argentina y Canadá entre 60.000 estudiantes de 13 años (los que empiezan la ESO o los estudios equivalentes en otras naciones), y cuyas conclusiones son extrapolables a todo el mundo desarrollado. Sandoval presentó ayer este informe en la XXIX Semana de la Educación de la Fundación Santillana, en la que también participaron el director de Políticas Públicas y Relaciones Institucionales de Google España y Portugal, Francisco Ruiz Antón, y César Molinas, experto de la consultora Multa Paucis.

    Una cosa es que un niño sepa usar un soporte digital para jugar o meterse en Internet y otra muy distinta que tenga las competencias digitales", resalta Sandoval
    Son pocos los estudiantes que a los 13 años se quedan en un primer nivel básico de competencias tecnológicas, el 17%. Se trata de los que únicamente saben hacer cosas básicas, como abrir un link, o, por ejemplo, identificar qué otras personas están recibiendo el mismo correo que ellos. Otro 23% se encuentran entre los que van un paso más allá, los que están familiarizados con las herramientas tecnológicas  -saben, por ejemplo, usar los programas de búsqueda con palabras clave o insertar la información que encuentren en una hoja de cálculo- , y un 38% más llegan a un tercer nivel de habilidades en el que saben además encontrar todo lo que quieren, aunque no lo vean mencionado explícitamente. Pero solo alrededor del 2% de los alumnos del mundo desarrollado llegan a saber seleccionar en Internet las informaciones relevantes de las que no lo son. Es decir, son los que demuestran tener pensamiento crítico. El país que tiene más alumnos en el nivel más alto es Corea del Sur (el 5%), seguido de Australia (4%) y la República Checa (3%). España participará en el próximo estudio de este organismo, anuncia Sandoval.
    La IEA está integrada por 70 países, cada uno representado por una agencia de evaluación educativa y su objetivo es generar información que ayude a realizar políticas que ayuden a mejorar la calidad de la educación en los países. Estos miembros “han demandado a la asociación más estudios sobre lo que está pasando en el uso de las tecnologías por los estudiantes y si estos están siendo formados para desenvolverse de una manera efectiva en la sociedad del futuro”, explica Sandoval. De ahí este primer estudio presentado ayer sobre la competencia digital de los estudiantes y el contexto, escolar y familiar en el que la adquieren.

    El 75% de los alumnos que usa el ordenador en casa lo hace para meterse en redes sociales y el 52% para mandar mensajes
    “Una cosa es que un niño sepa usar un soporte digital para jugar o meterse en Internet y otra muy distinta que tenga las competencias digitales necesarias para tanto manejarse debidamente como para sacarle partido a todo lo que le ofrece la tecnología”, prosigue este experto.
    La radiografía que hace el informe de la situación revela que en el mundo hay, de media, en los colegios un ordenador para cada 18 niños. Pero mientras que en Noruega hay uno para cada dos alumnos, en Turquía hay un ordenador para cada 80 estudiantes. Respecto a la frecuencia en la que usan los ordenadores, el 54% de los niños de 13 años lo hacen en la escuela al menos una vez al mes y el 87% en casa al menos una vez a la semana. De estos, el 75% lo utilizan para meterse en redes sociales y el 52% para mandar mensajes. En la escuela, básicamente lo usan (el 45%) para escribir con un procesador de textos, como el Word, así como para hacer presentaciones con programas como el PowerPoint (44%).

    El país que tiene más alumnos en el nivel más alto de competencias digitales es Corea del Sur (el 5%), seguido de Australia (4%) y la República Checa (3%)
    “Uno de los resultados más importantes que hemos visto es precisamente que los profesores utilizan mucho más Word y PowerPoint en la clase que software especializado para la enseñanza de las asignaturas, a pesar de que hay algunos muy buenos disponible en el mercado. Y dicen que no las usan porque no se sienten cómodos haciéndolo”.
    La conclusión principal es, según este experto, que “ahora sabemos para qué se están usando los ordenadores y no es para lo que creemos que se tendrían que utilizar si queremos que los estudiantes desarrollen el tipo de competencia que les van a servir en un futuro para desenvolverse adecuadamente en el colegio, el mundo laboral y la sociedad. Es necesario, además, diseñar políticas enfocadas a la capacitación de los maestros para que utilicen más estas herramientas, porque los niños no van a aprender solitos, tenemos que guiarlos”.

    martes, 24 de febrero de 2015

    PRENSA. "Siete razones por las que se debe encender el móvil en clase"

       En "El País":

    Siete razones por las que se debe encender el móvil en clase

    La tecnología ya ha llegado a las aulas, pero a menudo la pedagogía que se usa aún le da la espalda. Todos los soportes valen para dar a esta herramienta el mejor uso educativo



  • Alumnos de primaria de la escuela Sant Jordi de Vilassar de Dalt (Barcelona) utilizan una pizarra digital. / JOAN SÁNCHEZ

    “Encended los teléfonos móviles”. Cuando esta sea la primera frase que el profesor diga a sus alumnos al entrar en la clase, en lugar de que los apaguen, el cambio será real. En el mundo actual plenamente digitalizado, la entrada de esta en la educación ya no tiene vuelta atrás. Muchos recordarán que lo mismo pasó hace décadas con las calculadoras. De estar prohibidas en clase, pasaron a utilizarse para aprender. Una vez que el niño ya sabe sumar, su utilidad para resolver problemas más complejos es evidente. Pues lo mismo pasa con la tecnología que existe hoy en día. Todos los soportes (móviles, tabletas, portátiles…) son útiles para aprender. Y no solo en el aula. El aprendizaje se ha vuelto ubicuo y la clase ha perdido su protagonismo. Esta es una de las tesis de expertos internacionales que estará sobre la mesa durante la XXIX Semana Monográfica de la Educación de la Fundación Santillana, que arranca mañana en Madrid con el título Mejorar la educación: ¿qué puede aportar la tecnología? Para calentar motores, exponemos las principales razones que están llevando en todo el mundo a usar todo tipo de soportes en clase:

    El uso de apps educativas como complemento de los temarios empieza a ser una realidad. El sector calcula que en la actualidad existen más de 80.000 apps educativas
    - El alumno lleva toda la información encima. La mueve, la intercambia, la comparte en red, fuera y dentro de clase. De esta forma, aprende de forma intuitiva, incluso sin ser consciente de ello. El móvil es clave para los estudiantes. “Llegará un día en el que el profesor diga a los alumnos al inicio de la clase: ‘Encended los móviles’, en lugar de decirles que los apaguen”, expone de una forma muy gráfica el director de Educación de la Fundación Santillana, Mariano Jabonero. Hace tiempo ya se decía que el ratón del ordenador se había convertido en la prolongación del brazo de las nuevas generaciones de niños y jóvenes. Pero ahora lo es aún más su móvil.
    - La clase ya no es el único lugar donde se aprende. El uso de apps educativas como complemento de los temarios empieza a ser una realidad. Y las iniciativas de emprendedores para crearlas son cada vez más numerosas. El sector calcula que en la actualidad existen más de 80.000 apps educativas. Son gratuitas y ayudan a que aumente la motivación del alumno. Muchas docentes y expertos insisten en su utilidad en el aula. Los contenidos vienen de fuera del aula y entran por la tecnología a través de los móviles o de otros soportes.
    - El profesor sabe usar la tecnología como el alumno. "El tópico de que los alumnos usan más la tecnología y están más familiarizados con ella que los profesores se ha roto”, recuerda Jabonero. Esta premisa que se repetía hasta la saciedad hace años ya no es cierta. Todo el mundo usa la tecnología en su vida cotidiana y profesional, sea para mandar correos, navegar, jugar, oír música o, sí, algunos incluso para enseñar. Y ya sin mencionar que muchos de los profesores que ejercen ahora en la educación no universitaria pertenecen ya a generaciones que nacieron en la era tecnológica.

    El tópico de que “los alumnos usan más la tecnología y están más familiarizados con ella que los profesores” se ha roto
    - La transformación de la educación con la tecnología tiene tres patas: los recursos digitales con los que se dota al aula y a los alumnos (desde las pizarras digitales a los ordenadores), el seguimiento del profesorado y un currículo digitalizado. Y los recursos ya no son la asignatura pendiente, resaltan los expertos. De hecho, el 85% de los centros de secundaria de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) ya en 2012 estaba dotado de ordenadores de mesa; el 41%, de portátiles, y el 11%, de tabletas, según datos de esta organización. Los siguientes pasos a dar son extender el currículo digitalizado, así como el seguimiento y apoyo del profesorado en la enseñanza con esos materiales.
    - Los profesores ya no van a cursillos para que les enseñen a usar la tecnología. No son la solución. Está más que comprobado. Hoy en día el seguimiento del docente ya se hace por expertos en tecnología en los propios centros, explica Jabonero. Se les da apoyo sobre el terreno en el uso de todas las herramientas que integran el currículo digitalizado (que tiene múltiples recursos, como ilustraciones animadas, vídeos, visitas virtuales, foros…). Muchos expertos ponen como ejemplo de la importancia de este apoyo el caso de Uruguay. Informatizó todos los centros, pero no dotó a los docentes de herramientas para usar estos nuevos recursos. La conclusión fue que bajaron los resultados de los alumnos, según se vio en los resultados que obtuvieron en la evaluación internacional del programa Pisa, de la OCDE.

    El 85% de los centros de secundaria de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) ya en 2012 estaban dotadas de ordenadores de mesa; el 41%; de portátiles y el 11% de tabletas
    - El gasto público en tecnología crece en los países más avanzados, a pesar de que baja el gasto en educación. Países como Estados Unidos o Inglaterra han seguido esta línea en plena crisis. Pero no siempre la inversión en tecnología para la educación se ha traducido en una mejora de los resultados de los estudiantes. De hecho, algunos de los países que menos invierten en ella (como Finlandia, Japón o Corea del Sur) salen en los primeros puestos de las pruebas Pisa de la OCDE, al igual que otros que, por el contrario, invierten mucho en ella (como Singapur, los Países Bajos o Estonia).
    - En los últimos años, se ha creado la figura del “Coordinador Tec” en los centros. Precisamente por la razón anterior. Para facilitar su buena utilización con el fin de que se traduzca en un mejor y más eficaz sistema de aprendizaje para los alumnos. Numerosos centros españoles ya cuentan con ellos. El “Coordinador Tec” es el responsable y supervisor de uso de la tecnología en las aulas. Hace un seguimiento del profesorado y de la adaptación del currículo del centro a ella.

    Un cambio lento

    Aquella visión del profesor repartiendo a sus alumnos bolis bic mientras éstos no paraban de bostezar porque en realidad se manejaban perfectamente ante un teclado ha pasado a la historia, recalcan los expertos. Obviamente salvo en excepciones muy concretas, como es el caso de poblaciones en situación muy desfavorecida o de tendencias pedagógicos que se inclinan por no usar la tecnología.
    Pero si el proceso de digitalización del trabajo y de los trabajadores ha sido harto complicado en numerosos sectores y empresas, en la educación, sobre todo en la no universitaria, la complejidad se eleva al cubo. No se trata de cambiar el proceso de producción de algo y de formar a los trabajadores en esa nueva forma de trabajar, sino de enseñar a las generaciones futuras de una forma completamente distinta todo lo que van a necesitar saber para formarse como individuos. Por eso, la Fundación Santillana se ha propuesto en su nueva Semana de la Educación analizar la situación. Una decena de expertos internacionales hablarán desde mañana hasta el jueves del impacto de las TIC, de cómo lo viven los estudiantes, de la situación en España o de cuáles son los soportes y contenidos en los que hay que centrarse. El cambio está siendo muy lento y el punto de mira está no solo en cómo usar debidamente la tecnología para enseñar sino en cómo sacarle además partido para mejorar la calidad de la educación.

    PRENSA. "La tecnología y la transformación de la escuela". Francesc Pedró

    Francesc Pedró

       En "El País":

    La tecnología y la transformación de la escuela

    El objetivo es un modelo pedagógico en el que los alumnos aprendan más y mejor



    El sector de la tecnología educativa no ha parado de crecer en los últimos años, las patentes se han disparado y las expectativas económicas son muy halagüeñas, como lo demuestra el hecho de que muchos fondos de inversión están apostando por las startups de este sector. De hecho, las cifras de negocio no cesan de crecer e incluso en lugares donde se han recortado los presupuestos públicos en educación, como en Estados Unidos o en Reino Unido, el gasto público en tecnología educativa ha seguido creciendo. Esto se podría tomar como un claro indicio de una progresiva transformación de la educación gracias a la combinación de costes más bajos de los equipamientos, la multiplicidad de contenidos digitales y la incesante creación de aplicaciones que, junto a una población ya versada en su uso, se comportan como los ingredientes para una tormenta perfecta. Algunas iniciativas recientes como los MOOC (acrónimo de Massive Online Open Courses, la nueva generación de cursos abiertos y a distancia ofrecidos por grandes universidades) testimonian que la tecnología disponible, en el sentido más amplio del término, permite hacer las cosas de otra forma: enseñar y aprender de modo mucho más eficiente a la par que consonante con las expectativas y demandas de la sociedad y la economía del conocimiento.
    En el caso específico de la escuela, tanto en Europa como en buena parte de América Latina existen innovaciones educativas que solo han sido posibles gracias a los últimos desarrollos de las industrias tecnológicas, pero, por regla general, se trata de casos particulares. Sin embargo, la inevitable pregunta de en qué países los sistemas escolares han conseguido maximizar las oportunidades que ofrece la tecnología, es decir, a dónde habría que ir para apreciar en toda su riqueza y complejidad una innovación educativa sistémica gracias a la tecnología, no tiene una respuesta fácil. Una ojeada a los resultados del último estudio PISA muestra que los primeros lugares están ocupados indistintamente por países con un uso comparativamente bajo de la tecnología en la escuela (Finlandia, Corea del Sur o Japón) junto con otros donde las cifras acreditan un uso muy elevado (Singapur, Países Bajos o Estonia). La conclusión que cabe extraer de esta ambivalencia es, sencillamente, que la calidad de los resultados en educación no tiene que ver tanto con la presencia o ausencia de tecnología como con la pedagogía adoptada y las condiciones en que se aplica en el aula. En este sentido, las competencias profesionales de los profesores, y las facilidades e incentivos para su desarrollo continuo, son la clave. Así, cuando esas competencias son óptimas, el recurso a la tecnología permite mejorar la calidad de los procesos de aprendizaje y, al mismo tiempo, expandir el horizonte de lo que se puede aprender; algo muy evidente, por ejemplo, en el caso de las ciencias experimentales y sociales. Cuando estas condiciones no se dan, la irrupción de más tecnología en las escuelas se traduce, generalmente, en nuevos problemas.

    Las competencias profesionales de los profesores, y las facilidades e incentivos para su desarrollo continuo, son la clave
    Cuando se desciende al nivel del centro escolar o del aula los claroscuros de la contribución de la tecnología a la transformación de la educación se difuminan. Existe una verdadera transformación de la escuela, pero se está dando, para empezar, entre bambalinas. Es silenciosa, casi imperceptible, pero real. En efecto, los datos acreditan que en los países europeos una abrumadora mayoría de profesores son usuarios habituales de la tecnología en su vida privada, pero lo más sorprendente es que también son ahora mayoría quienes emplean soluciones tecnológicas para la preparación de sus clases. Los usos administrativos escolares se prodigan igualmente, incluyendo el creciente uso de plataformas que facilitan la comunicación con alumnos y familias fuera del horario escolar. Los alumnos, por su parte, no necesitan que nadie les explique cómo aprovechar la tecnología para dar salida a las tareas escolares, aunque no lo hagan siempre de la manera deseable faltos, como acostumbran a estar, de apoyo educativo en este ámbito. En el trabajo docente en el aula la tecnología ha hecho fortuna como herramienta de presentación, pero todavía no para la personalización del aprendizaje y aún menos para la tan deseable transformación de los procesos. Sin embargo, poco a poco, el círculo se va estrechando, lenta y calladamente.
    Hay que aprovechar esta ventana de oportunidad. Dar un impulso a esta transformación pedagógica significa, una vez más, empezar por acercarse más a los profesionales de la educación y analizar, con ellos, sus necesidades y partir de ellas para sugerir soluciones pedagógicas que, en muchos casos aunque no siempre, incorporarán componentes tecnológicos. Esto explica por qué las iniciativas tecnológicas que triunfan en educación son, fundamentalmente, las que ofrecen servicios relevantes y eficientes a los profesores o a los alumnos que les resuelven problemas o necesidades reales. En definitiva, el objetivo no es tener más tecnología sino algo mucho más importante: que los alumnos aprendan más y mejor.
    Francesc Pedró es jefe de la división de Políticas Sectoriales, TIC y Educación de la Unesco.

    domingo, 23 de febrero de 2014

    PRENSA. "Aprender a programar como se aprende a leer". Reportaje

    Desde los seis años se puede aprender a programar. / JAMIE GRILL (GETTY IMAGES) ("El país")

       En "El País":

    Aprender a programar como se aprende a leer

    Un número creciente de países enseña a los alumnos a escribir código

    El objetivo es formar a creadores y no solo a meros consumidores

    Potencia la creatividad y la mente lógica

     7 MAR 2013 

    “¡Hola chicos! Olvidaos de ser doctores, estrellas del fútbol o raperos. Aunque os vacilen y llamen frikis en el colegio, el futuro está en los ordenadores”, alerta en un vídeo Bill Gates. El fundador de Microsoft comparte pantalla con el de Facebook, Mark Zuckerberg, que apostilla: “Aprender a programar no significa querer conocer todo de la ciencia de la computación o ser un maestro”. Ambos apoyan a la fundación Code.org, que pretende introducir la programación en las escuelas de Estados Unidos. Tan solo en una de cada diez se aprenden los códigos. A Code.org le resulta insuficiente, pero el porcentaje está a años luz de España, donde los niños navegan sin parar por la Red sin saber desarrollar sus propias aplicaciones.
    “No sirve de nada que te enseñen unas herramientas como Word que habrán desaparecido o habrán cambiado mucho cuando terminen sus estudios. Cualquier aplicación, si está bien diseñada, no se tarda en aprender”, sostiene Luis de Marcos, profesor de Informática en la Universidad de Alcalá de Henares. “Hay que usar el ordenador como herramienta para resolver problemas. Lo que los anglosajones llaman el computational thinking. Porque el debate es: ¿somos creadores digitales o consumidores de contenidos?, ¿queremos que los chavales agoten en 15 minutos la tarifa de datos del móvil o que desarrollen algo y compartirlo?”, prosigue.
    A Juan Corzo, analista de tecnología con GPS, sin embargo, no le entusiasma la idea de que su hija Tala, hoy de dos años, aprenda a programar con seis. “Que estructure su cabeza como quiera. Encuentro más útil que a esa edad le enseñen con el método Ábaco a sumar o multiplicar números largos. Para el día a día no hace falta programar. Ayuda a ordenar las ideas, pero debería aprenderse como pasatiempo. Así empezaron los grandes genios. Es como escribir. Tienes una idea, piensas en los personajes, en la estructura y en cómo los introduces en la historia”.

    ¿Podría incluirse entre los contenidos escolares en España? El panorama no es muy halagüeño
    “Está bien que los niños aprendan las bases de la programación, pero también deben de conocer las herramientas. Aunque el mundo cambie, no todo es tecnología. Aprendiendo el Word o PowerPoint uno no sólo adquiere competencias informáticas, también lingüísticas, sociales y ciudadanas”, media Inés Andrés, coordinadora de TICS deI neverycrea, una plataforma que asesora a los profesores en la integración de las tecnologías. Sostiene que sobre todo hay que aprender a trabajar en Red. “La ven como algo lúdico y no saben moverse por ella. Es curioso, no les dejamos solos en casa, pero no nos preocupamos de la Red. Mis alumnos en Burgos contactaron con un aula de Palencia. Se establecieron vínculos por carta, videoconferencia...”.
    Conscientes de los beneficios de este aprendizaje, el Ministerio de Educación británico ha pedido ayuda a la industria para crear un nuevo contenido para las clases de informática. Finlandia e Israel ya han incorporado la programación a sus currículos escolares. La palabra “programación” asusta, pero los monitores no se cansan de repetir que resulta tan fácil de controlar como la lectura o la escritura.
    ¿Podría incluirse entre los contenidos escolares en España? El panorama no es muy halagüeño.
    “Es verdad que los profesores son reticentes a la informática, pero tampoco se les pone fácil. No hay suficientes ordenadores y nadie se ocupa del mantenimiento, así que la mitad no funcionan”, asegura Ángeles Araguz, profesora técnica de FP y tutora del Centro de Formación de formadores de la Comunidad de Madrid. “Para impartir clase de programación tendría que existir un proyecto común de los profesores y que se enseñase en Física o Matemáticas. No hay tiempo para idearlo, como en Finlandia, y cuando se cierra la puerta del aula es el reino del docente”, prosigue esta profesora de un instituto de Vallecas.
    Aunque en los centros haya medios, el personal docente no está preparado para acometer la tarea. “Un profesor con conocimientos básicos de informática en dos o tres meses aprende lo que tiene luego que enseñar”, cuantifica De Marcos. Comparte opinión Inés Andrés, profesora de Lengua: “Se están haciendo cosas interesantes, pero es algo nuevo y descoloca. Por eso, yo como consultora resuelvo dudas metodológicas. Aprender de forma autodidacta lleva mucho tiempo”.
    En la sala 102 de la Facultad de Informática de la Universidad de Valladolid hay un oasis. Dan las cinco de la tarde y por tercer lunes consecutivo se llena con 18 niños de entre ocho y 13 años que quieren aprender scratch, una aplicación destinada a la creación de juegos para la web mediante una sencilla interfaz gráfica. Muchos no llegan al perchero y los monitores les ayudan a colgar el anorak. Cargan con un portátil desde casa, a veces tan pesado que les hace trastabillar. Todo normal y corriente hasta que abren la boca, mostrando una curiosidad inmensa y envidiable por todo lo que les rodea. Aquí adquirirán conocimientos que podrían servirles para crear los nuevos Google, Twitter o Zynga.

    Es verdad que los profesores son reticentes a la informática, pero tampoco se les pone fácil
    Los 18 pequeños se sientan en unas mesas hexagonales y despliegan sus ordenadores. “Son niños y necesitan por lo menos un metro de espacio. Mucho más que un adulto, porque no se sientan bien”, explica con media sonrisa Belén Palop, la coordinadora de este curso de scratch, el sistema de programación infantil ideado por el 'Massachusetts Institute of Technology' (MIT). Efectivamente, están desparramados y ansiosos por empezar. Viven pensando en el lunes, el día que se entienden con niños que hablan el mismo lenguaje que ellos. Cada vez en más ciudades españolas se convocan masivos encuentros de estos locos por el scratch.
    Lo primero es tener claro qué tipo de programa se quiere crear: narrativo o videojuego. Casi la totalidad se decanta por este último. “Quizá a las chicas —sólo hay tres— les gusten más las historias, pero a la hora de manejar el scratch no hay diferencias”, diferencia Palop. Seguidamente hay que plasmar en un papel A3 la idea a desarrollar en el ordenador. Se establece entonces un “compromiso” que los niños, dispersos como todos en la infancia, intentan saltarse. Por eso los dos monitores y Palop les remiten todo el tiempo a su planteamiento original que suele titularse Super Mario. Ansiosos dibujan y entran en scratch, que es en español y gratuito. Su lema se repite hasta la saciedad: “Imagina, programa y comparte historias, música, juegos y arte”.
    Dibujan en la Red sus personajes y, añadiendo órdenes muy sencillas, estos monigotes empiezan a tener autonomía y movilidad. “Cuando consiguen pintar un simple punto o hacer que el gato maúlle, se emocionan”, dice Palop. Scratch se puede usar desde los seis o siete años, pero en este taller no admiten a estos menores porque necesitan la atención constante de un adulto. Casi todos son hijos de informáticos o hijos de padres sensibles a sus enormes ganas de aprender. “Mi hijo quería aprender a programar desde hace dos años. Yo, que soy informática, le enseñé a hacer páginas web, pero él quería también animaciones. Es muy curioso a sus 10 años. De mayor quiere ser ingeniero de montañas rusas y las diseña con un programa”, sostiene orgullosa Alicia Novo, madre de Daniel.

    Ministerio de Educación británico ha pedido ayuda a la industria para crear un nuevo contenido
    “No es solo que aprendan a programar, sino que desarrollan una mente lógica que les va a venir bien para cualquier faceta de la vida”, subraya Palop. A María Vegas, madre de Sabino, y a la de Daniel las convence que sus hijos trabajen en un proyecto en equipo, algo poco usual en las aulas, que convivan con chicos de otras edades sin complejos y, sobre todo, que durante unas horas se sientan entre iguales. “Me encanta que mi hijo no entre en Internet por las redes sociales, sino para mirar en YouTube un vídeo sobre parques de atracciones o seguir tutoriales”, explica Novo. Con el proyecto concluido, escriben un cuento con el proceso y, orgullosos, lo exponen a sus compañeros que no pierden el hilo. “Es increíble su desparpajo. No les cuesta hacerlo, cuando hay alumnos míos que lo primero que cuentan en público es su proyecto de fin de carrera”. También se asombra Pablo Espeso, uno de los monitores: “Entienden algoritmos que nosotros en primero de Informática desconocíamos. Matemática pura que ellos aplican naturalmente porque es más sencilla de lo que parece”. No cree que los niños lleguen a aburrirse: “Las posibilidades son infinitas. En informática hay pocas cosas que dominen del todo”.
    Espeso pone a David Martín, de 13 años, como ejemplo de precocidad. Tímido, le cuesta reconocer que tiene ciertos conocimientos de Java. “Me interesé por Internet y sigo viendo tutoriales”. A su lado, Sabino Codesal, de 12 años, se acerca al micro de su portátil para grabar la banda sonora de su videojuego. Pide silencio a la concurrencia y tararea una melodía que recuerda a la Indiana Jones. Se comporta como el niño que es, por eso sorprende saber que en sus ratos libres estudia Alice, un sistema para hacer animaciones y escenarios en 3D.
    Si el scratch deja con la boca abierta, ¿qué decir del mundo de la robótica que suena ya a ciencia ficción en manos de mini-hombrecitos? A ello se dedica el ingeniero en Telecomunicaciones Toni Ferraté, quien aburrido de programar para empresas en 2007 fundó Ro-botica, una tienda online y con sede física en Barcelona. “No se trata de aprender robótica, sino de aprender con robótica. Trasteando con el ordenador aprenden de los errores y de los aciertos de los demás compañeros y se reduce el fracaso escolar. El profesor adquiere un rol más de facilitador, guía, inspirador”, precisa. De esta forma, estos niños hipermotivados descubren la programación al controlar dispositivos reales de entrada y salida, física (energías, fuerza y velocidad) y conceptos matemáticos (trigonometría, geometría). “Si en el aula te dan una clase magistral llena de fórmulas ni entiendes ni recuerdas lo que te han contado. Sin embargo, con el robot entiendes la aceleración o la inercia. Nosotros hacemos materiales que expliquen los fenómenos físicos”, remarca Ferraté. Incluso, asegura, “coges un episodio histórico, lo recreas virtualmente y luego lo pasas al mundo real con los robots”.

    Es indiscutible que al sector informático no ha afectado tanto el paro en España
    Ferraté organiza talleres para profesores de infantil a la Universidad, asesora en el aula y monta competiciones de robótica. “Paradójicamente, cuando más se necesitan informáticos menos vocaciones hay. Antes éramos 200 en clase. Ahora son 20”. La comunidad universitaria es menor, pero es evidente que ha decrecido el interés en todo el Mundo. La fundación Code.org reclama la formación de más ingenieros de software. Sólo, cuantifican, lo son el 2,4% de los graduados hoy en su país —un porcentaje más bajo que hace una década— y tienen el doble de posibilidades de encontrar trabajo que la media universitaria.
    Es indiscutible que al sector informático no ha afectado tanto el paro en España. “Tengo amigos que han perdido el trabajo y en pocos días les sale algo nuevo. Las empresas cierran pero enseguida hay alguien que les llama. Desde hace cinco años vivimos rodeados de programas. En los indicadores del coche, Instagram en el móvil, contenidos interactivos en la TDT...”, opina Juan Corzo, que vive en Valladolid.
    “Cada vez más profesiones obligan a tener conocimientos de programación: la biogenética, las artes gráficas, el mundo empresarial… Así que la Informática se debería incluir en secundaria, en especial para los de ciencia y arte”, propone de Marcos. Por eso el pequeño Sabino, a quien nada ni nadie le retiene, lo tiene claro: “Cuando sea mayor quiero dedicarme a la biorobótica. Necesito aprender programación para hacer nanorobots y trabajar con células madre”.
    Se integre o no la programación en clase, nadie pone en duda estas palabras del pensador chino Confucio (551-478 a. C.): “Me lo contaron y lo olvidé; lo vi y lo entendí; lo hice y lo aprendí”.
     Programas y robots
    Scratch. Desarrollado por el MIT, permite contar historias, música o arte con un lenguaje muy fácil.
    Small Basic. De Microsoft. Enseña a programar mediante código simplificado.
    Alice. De la Universidad Carnegie Mellon. Es un sistema de programación 3D para crear animaciones.
    Kodu. Un software de creación de videojuegos para niños adaptado al PC.
    Bee-Bot. Para enseñar lenguaje direccional, a contar historias y programación desde los tres años.
    Lego WeDo. Ideal para contar historias y cuentos construyendo modelos con sensores simples y un motor.
    Ollo. Nuevo sistema para construir robots con muñecos y radiocontroles.
    Arduino para robots. Placas para construir máquinas con sistemas y programarlas.
    Fischertechnik.Un sistema de robótica integral y progresivo que puede empezar a utilizarse a los siete años.

    jueves, 28 de noviembre de 2013

    PRENSA. "La escuela, en el laberinto tecnológico"

    GIANFRANCO TRIPODO. ("El país")

       En "El País":

    La escuela, en el laberinto tecnológico

    La revolución del aprendizaje que dibujaba Isaac Asimov se queda pequeña. Las nuevas tecnologías ofrecen herramientas, una gran oportunidad para los malos estudiantes y un reto para profesores y padres. Cada alumno aprende a su ritmo y en el lugar que quiera.

     27 NOV 2013

    El profesor Jordi Adell va abriendo puertas con su tarjeta electrónica. Sale del edificio del Centro de Educación y Nuevas Tecnologías, que dirige, y enseña al visitante un viernes de octubre el campus de la Jaume I de Castellón, una universidad pequeña que nació en 1991 ya con una fuerte vocación tecnológica. Entre los edificios, de camino hacia la Facultad de Ciencias Humanas y Sociales, Adell habla de una cierta “sobredosis de innovación tecnológica”, de los peligros de las modas, pero también de increíbles avances. En su centro los estudian, los prueban, producen conocimiento, forman a profesores y también los ponen en marcha en su propia universidad.
    Ya en una clase, Adell pasa la tarjeta electrónica por un sensor colocado en un lateral de la mesa del profesor y acto seguido se encienden las luces del aula, el proyector y el ordenador. En el centro de la mesa se abre un compartimento en el que está el teclado y un pequeño micrófono que puede colgarse alrededor del cuello. “Por ejemplo, un profesor de matemáticas, Pablo Gregori, va dibujando las explicaciones en la pantalla táctil, estas se ven en la pantalla de la clase y luego, grabadas junto con su imagen y voz, las cuelga en el aula virtual. Los alumnos lo consultan muchísimo cuando se acercan los exámenes”.
    Cuando el escritor Isaac Asimov hablaba en la televisión en 1988 sobre la revolución educativa que significaría que todo el mundo estuviera conectado en su casa, desde sus ordenadores personales, a unas bibliotecas infinitas, el entrevistador parecía perplejo al intentar vislumbrar lo que hoy es una realidad cotidiana. Algo parecido nos puede ocurrir ahora al intentar asomarnos a lo que las tecnologías acabarán haciendo con el mundo de la educación en 10, 20, 30 años…

    El ‘e-learning’ mueve más de 66.400 millones de euros al año. “Si no nos andamos con cuidado, las empresas tecnológicas dictarán la pedagogía”, dice un profesor
    Los expertos se asoman a futuros de enseñanza personalizada, donde cada alumno aprende a su ritmo, en cualquier parte, en vez de tener que adaptarse a la media de una clase; donde sus necesidades pasan a ser el centro y el profesor acompaña el aprendizaje, a veces individual, a veces en colaboración con el resto; con una tecnología casi invisible, sin cables; donde las posibilidades de formación y de acceso al conocimiento se multiplican, se democratizan y pueden llegar hasta los rincones más desfavorecidos gracias a revoluciones como los cursos abiertos masivos en línea (MOOC, sus siglas en inglés).
    También ven peligros, claro, y Adell menciona la presión de una industria emergente para extender este o aquel avance y habla del “lado oscuro de las tecnologías educativas”, de aquellas dirigidas al control de alumnos y profesores. “Si no nos andamos con cuidado, quien dictará la pedagogía serán las empresas de tecnología y las editoriales”, asegura.
    Los aparatos y las aplicaciones se multiplican a velocidad de vértigo, de la mano de la investigación y de ese floreciente negocio: la industria del e-learning (contenidos, plataformas, portales de aprendizaje) movió en 2012 más de 66.400 millones de euros en todo el mundo, y la expectativa de crecimiento es del 23% hasta 2017, según un estudio del pasado enero del banco de inversión IBIS Capital. Hay todo tipo de iniciativas, y organismos internacionales e instituciones lanzan programas, aunque a veces van y vienen a merced del interés político y los presupuestos. La Comisión Europea presentó el pasado septiembre la iniciativa Opening Up Education, que usará parte de los presupuestos europeos para educación y los fondos estructurales para garantizar equipamientos, creación de contenidos abiertos o formación de profesores.
    Cada vez resulta más evidente que al modelo tradicional de educación se le están saltando las costuras, que las formas de enseñar y aprender ya no caben en planteamientos cerrados en el espacio (las aulas), en el tiempo (tantos cursos, igual a tal título) y en los objetivos (un papel que asegura que su portador sabe lo básico para desenvolverse en la vida, otro que dice que eres un experto en economía…). Pero las décadas pasan –hace ya 25 años de aquella entrevista de Asimov– y los avances para muchos son frustrantes o muy insuficientes.
    “Si estás buscando una escuela en la que se hayan implantado las tecnologías y haya sido un completo éxito, me temo que lo vas a tener muy difícil”, responde Fernando Trujillo, profesor de la Universidad de Granada experto en la introducción de las tecnología de información y la comunicación (TIC) en las aulas. “Los cambios en educación son lentos, y me temo que con los ordenadores le hemos pedido a la escuela que haga magia. Pero hay miles de profesores haciendo cosas increíbles, con proyectos de realidad aumentada [combinación de imágenes de elementos reales y virtuales], de robótica, de transmedia [poemarios colectivos grabados entre varios centros como el de Poesía eres tú]…”. Destaca iniciativas de docentes, a veces sin apoyo institucional, como EABE en Andalucía, Aulablog en Madrid, Novadors en Valencia o Espiral en Cataluña, y habla de centros que lo están haciendo muy bien en contextos muy difíciles, como el instituto público Antonio Domínguez Ortiz, de Sevilla.


    Alumnos del Instituto madrileño Santamarca. / G. P.
    Patricia Giménez es la directora de este centro. En el barrio se ha corrido la voz de que el PCPI de Informática está muy bien y las solicitudes se han multiplicado con el curso ya en marcha. Un PCPI es un programa alternativo a la ESO para chavales con muy pocas posibilidades de sacarse el título obligatorio y en él siguen avanzando en lengua o matemáticas mientras aprenden lo básico de un oficio; en este caso, de auxiliar de informática. El barrio es el Polígono Sur de Sevilla, conocido popularmente como las Tres Mil Viviendas, una zona muy humilde, especialmente castigada por la pobreza, las desigualdades y la droga.
    En el PCPI se han embarcado este curso en un proyecto con el que los alumnos crearán su propia microempresa de mantenimiento de ordenadores; ya han empezado a reciclar piezas viejas para construirlos y repararlos. La iniciativa, Joven Empresa Europea, gira en torno a la web; de ella tendrán que sacar las bases, las instrucciones, mandar las solicitudes, colgar los avances…
    A pesar de las dificultades –una conexión a Internet muchas veces extremadamente lenta, algunos ordenadores portátiles que se entregan a los chavales y jamás vuelven a pasar por las aulas–, en el instituto están muy volcados con las tecnologías. Han repartido entre los cursos y las asignaturas lo que deberían aprender los alumnos para adquirir eso que en la Unión Europea han llamado la competencia digital. Por ejemplo, en primero de la ESO tienen que “mejorar el uso responsable de las redes sociales” o “familiarizarse con las herramientas de Office” como el Excel o el Word; en cuarto, aprender a crear blogs o a usar los avances para su orientación académica y profesional…
    Cuando se habla de tecnologías en la educación hay que distinguir dos objetivos: enseñar a los estudiantes a manejar bien unas herramientas imprescindibles para desenvolverse en la vida y el uso de las tecnologías para mejorar la educación, es decir, que los profesores enseñen mejor y los alumnos aprendan más.
    Sobre el primero, casi nadie discute, pues está superada la idea de que “los nativos digitales” poco tienen que aprender de los adultos. El reciente estudio Siete mitos sobre niños y tecnología, de Lydia Plowman, de la Universidad de Edimburgo, y Joanna McPake, de la de Strathclyde, en Glasgow, tras observar durante un año a niños de tres y cuatro, concluye: “Mientras que la facilidad de algunos con la tecnología puede ser sorprendente, muchos otros no son nativos digitales. Pueden sentirse un poco abrumados, al menos inicialmente. Esto es evidente con los ordenadores, diseñados como tecnología para adultos en el lugar de trabajo”.
    Por otro lado, puede parecer claro que las TIC ayudan a personalizar el aprendizaje; que parece mejor enseñar anatomía con imágenes en movimiento, reales y en tres dimensiones, que con una fotografía. Pero lo cierto, coinciden el profesor de la Universidade Aberta de Portugal Antonio Teixeira y el director del eLearn Center de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) Albert Sangrà, es que resulta muy difícil medir la mejora y no hay estudios concluyentes al respecto. Sangrà cita una escuela holandesa donde ya solo se usan tabletas, pero el método es el mismo que hace 100 años, el Montessori. “Donde había regletas hoy hay tabletas, ¿quiere decir que el método es hoy mejor? Creo que no, simplemente han adaptado las herramientas. Y haciendo lo mismo, normalmente consigues lo mismo. La tecnología está retando a los profesores a cambiar sus métodos y ahí es donde puede traer el gran beneficio”.

    Las formas de enseñar y aprender ya no caben en modelos cerrados en el espacio, el tiempo y los objetivos. Al modelo tradicional de educación se le saltan las costuras
    Desde el Media Lab del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), la investigadora Jen Groff añade que no solo hay que cambiar el cómo se enseña, sino también el qué. Groff es cofundadora del Centro para el Rediseño Curricular, asociado con la OCDE y el informe PISA y Gobiernos como el de Finlandia y Singapur. “Hay que repensar los contenidos por muchas razones, no solo porque hoy vivimos en un mundo digital. Cualquier defensor de la tecnología educativa le dirá: determine usted qué experiencias de aprendizaje desea proporcionar y, a continuación, busque las herramientas que le ayudarán a activarlas”.
    El siguiente paso, dice Trujillo, es ir de las iniciativas de profesores a una “visión de centro, en conjunto”, porque no se trata de llevar la tecnología a la clase y que cada uno intente aprovecharla como pueda, sino de que los profesores y los equipos directivos busquen juntos las herramientas más adecuadas. “Que un día puede ser una salida al campo; otro, traer un pescador a clase para que hable de su oficio, y otro, una videoconferencia con niños de un colegio de Wisconsin”.
    La directora del instituto de las Tres Mil Viviendas y el profesor encargado de las tecnologías, Antonio Estrada, comentan que muchos de sus alumnos no tienen Internet en casa y que se les puede ver por las tardes (a ellos y otras gentes del barrio) pegados a la valla para engancharse al wifi del instituto. “Aquí todo se descontextualiza, a veces parece que te dicen: ‘Yo te doy los ordenadores y tú verás…”.
    Las pizarras digitales, coinciden Giménez y Estrada, son quizá uno de los mejores avances: los profesores ya se han adaptado y las usan con naturalidad: las proyecciones, los libros digitales, todo un mundo de recursos en Internet… “Es llamativo, ágil y rápido”, resumen. El problema es que se interrumpió el proyecto de digitalización de las aulas en segundo de la ESO y ahora van terminando de completar como pueden las instalaciones con los ahorros del centro y el premio que recibieron recientemente de la Fundación SM por su lucha contra el abandono escolar.


    El profesor de matemáticas Pablo Gregori. / G. P.
    El contexto de crisis económica y recortes (más de 6.400 millones de euros desde 2010) ayuda poco al proceso de cambio, no solo por la falta de recursos, sino porque también crea un clima de hartazgo y confrontación. A ello se suma un proyecto de ley, la LOMCE, que nace con gran parte de la comunidad educativa en contra. Recoge, no obstante, el impulso a las nuevas tecnologías. El ministro José Ignacio Wert confesó en una reciente entrevista que le hubiera gustado ir más lejos en este apartado. Sobre la falta de recursos, respondió: “Ahora mismo, la tendencia que en EE UU se está imponiendo en cuanto al uso de las TIC es el bring your own device [trae tu propio cacharro]”. Esa tendencia existe, pero quizá es un tema peliagudo si se plantea en el Antonio Domínguez Ortiz de Sevilla o si se piensa, como dice Trujillo, “que la conectividad [a Internet] sigue siendo un problema”.
    Un problema que ha sufrido, junto al aumento de alumnos por clase “hasta 33” en el Santamarca, un instituto público de una zona de clase media de Madrid, en su iniciativa de introducción de las tabletas en las aulas. El proyecto IDEA, de la Fundación Albéniz, está en 12 centros de cinco comunidades autónomas; en el Santamarca empezaron el año pasado en una clase y hoy está en cuatro aulas de la ESO. Las familias han de comprar las tabletas, e IDEA pone el soporte tecnológico donde las editoriales vuelcan sus productos (los padres también tienen que pagarlos, pero cuestan menos que en papel), con acceso a un banco de contenidos y en el que se centralizan todo tipo de herramientas de comunicación entre alumnos, docentes y familias, y de gestión (de asistencia, control de notas, etcétera).
    El proyecto va bien, dicen la tutora de una de las clases, Mar Merino, y la directora, Ana Rodríguez. Pero señalan dificultades, y no solo de infraestructura. Por ejemplo, una alumna imprimió en papel todos los contenidos de la tableta porque su madre le dijo que si no, no se lo iba a aprender. Hay que enseñar a los chavales, dice Merino, técnicas de estudio aplicadas a los nuevos métodos, pero también hay que explicar los cambios a las familias.
    Porque cuando un adulto piensa en la escuela, tiende a recordar cómo le enseñaron a él. “Se da la paradoja de padres que a lo mejor dirigen empresas punteras y están diciendo que la tecnología lo tiene que cambiar todo, después exigen al maestro que dé clase a su hijo de la misma manera que le enseñaron a él”, dice Albert Sangrà. Por eso, añade Teixeira, es tan importante que en la formación de los docentes estos usen las nuevas herramientas.
    “Aquí estamos hablando de la tecnología como plataforma de pruebas”, dice el profesor de la Politécnica de Cataluña (UPC) Eduard Alarcón. Él fue uno de los encargados de repensar la titulación de Ingeniería de Telecomunicaciones. Cuando vieron que sus titulados quizá flojeaban en competencias más genéricas, como el diseño, se incorporaron a una iniciativa internacional, nacida en el MIT y en tres universidades suecas, llamada CDIO. “Está basado en la resolución de problemas en sistemas complejos y en la interdisciplinaridad”, explica. Así, tal vez en un proceso parecido al de aquel chaval de Sevilla que veía a través de unas fotos que las “matemáticas son más que números en una pizarra”, los alumnos de teleco conectan y aplican desde el primer año en distintos proyectos las fórmulas, las estructuras, los circuitos…

    En Villaverde, un barrio humilde de Madrid, los chicos aprenden a programar aplicaciones para Android con un método de aprendizaje del MIT
    En tercero, el proyecto se lleva a cabo en equipos de 18 alumnos. Uno de ellos está construyendo un nanosatélite en el NanoSat Lab de la UPC, un moderno laboratorio. “El primer día les dices que van a hacer un satélite y no les cuentas mucho más. Luego, en 10 horas les ofreces el marco general, y después se les da autonomía”, explica Alarcón.
    De Barcelona a Madrid. Unos chavales juegan al fútbol en una pista de un parque de Villaverde. Uno de ellos se dirige a un tipo con perilla de treinta y tantos: “Señor, señor, ¿puede poner unas bulerías?”. “Bueno, pero dime un título”. “No sé”. “¿Camarón?”. “Vale”. El hombre pulsa las teclas de su teléfono móvil y empieza a sonar Volando voy en unos altavoces colgados en una farola. El señor del móvil se llama Carlos Flores y trabaja en la Asociación Semilla, que pelea por la integración social de los muchos jóvenes que corren serio riesgo de exclusión en el humilde barrio.
    Flores es un ingeniero informático que se encarga de dos proyectos de educación no formal a través de las tecnologías. La idea es aprender de forma colaborativa, jugando, tocando y haciendo y conectando disciplinas, de una forma parecida a la que proponen en la Politécnica de Cataluña. Uno de los talleres es para chicos y chicas de 6 a 16 años con problemas en la escuela –porque van retrasados o, simplemente, porque no van–, y el otro, a jóvenes de 16 a 25 que ya han abandonado.
    Han adaptado el método de aprendizaje e investigación del Living Lab, nacido en el MIT y vinculado al Media Lab. Con él, los chicos aprenden a programar aplicaciones para Android (el sistema operativo de muchos móviles) en una primera fase; en la segunda profundizan en el desarrollo de software, y en la tercera diseñan y ejecutan un proyecto. Por ejemplo, el año pasado hicieron el Boombox: un dispositivo compuesto con un microordenador, una antena de wifi y unos altavoces colgados en una farola de un parque de Villaverde. El sistema está conectado con el programa de música online Spotify, y, durante el día, quien pase por allí puede conectarse y elegir canciones con el teléfono móvil.


    Alumnos de un instituto de las Tres Mil Viviendas (Sevilla). / G. P.
    Utilizan software libre, sistemas abiertos, Moodle, guías y videoguías, un mundo de conocimiento, de sistemas y de aplicaciones que hoy se pueden encontrar fácilmente por Internet, de conocimientos que la gente y las instituciones –muchas universidades– comparten. Flores cuenta que hay quien se sorprende por las cosas que consiguen chavales que fracasaron en la educación formal, pero él cree “en el poder de las tecnologías para el cambio social” y “en que cualquiera puede ser innovador si se le dan las condiciones”. Cuenta además que convencieron a IBM para que algunas de sus delegaciones dejaran que los chavales formados en sus talleres pudieran participar en los procesos de selección para trabajar en sus filiales, abiertas normalmente solo a ingenieros. Algunos han conseguido entrar.
    “Las instituciones de educación superior deben estar nerviosas por el día en que tú puedas hacer una serie de MOOC [cursos masivos en línea] y otros tipos de experiencias de aprendizaje y luego acreditar lo que has aprendido. Eso sí que realmente pondrá en duda el valor de un título universitario”, dice Jen Groff, del Media Lab.
    La irrupción hace unos años de los MOOC ha provocado negros presagios sobre el fin de las universidades. Consisten en colgar materiales en Internet –clases grabadas, bibliografía, podcast, etcétera– que el alumno puede seguir desde cualquier parte del mundo e interactuar y aprender con los compañeros. Algunos requieren registrarse y en la mayor parte de los casos solo hay que pagar algo si se quiere obtener un certificado de asistencia (que no un título o diploma).
    “Muchos hablaron de que llegaba un tsunami, pero yo creo que se trata de un glaciar que irá creciendo y cambiando todo, pero no hasta destruirlo”, opina Alastair Creelman, profesor de la Universidad de Linnaeus, en Suecia. Así, tanto él como Sangrà y Teixeira creen que los MOOC serán una herramienta más en un mundo híbrido, pero eminentemente digital. “Las universidades tradicionales tendrán más alumnos en línea que presenciales. Pero será híbrido también en el sentido de que los estudiantes cursarán unas asignaturas presenciales y otras a distancia”. Pero claro, añade Sangrà, cuando uno se asoma al futuro utilizando parámetros actuales, corre un gravísimo riesgo de equivocarse. ¿Qué diría Asimov de todo esto?