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viernes, 27 de noviembre de 2015

PRENSA CULTURAL. CINE. "De héroes, niños y utopías"

   En "jotdown":

De héroes, niños y utopías

Publicado por 
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En busca del arca perdida (1981). Imagen: Paramount Pictures / Lucasfilm
Ah, las corrientes de opinión… a veces se convierten en maremotos que arrasan con el criterio, la razón o la opinión individual. Y, a veces, acaban fijando en esa especie de memoria colectiva popular ideas que damos por ciertas, clavadas en nuestra cabeza como la espada atrapada en la roca. Lo hemos visto recientemente con la última adaptación a cine de los Cuatro Fantásticos, universalmente aclamada como una de las peores películas de la historia del género superheroico, como si viviéramos en un mundo que no ha tenido que sufrir a un Batman con pezones. Y es que basta un visionado sin prejuicios de la película de Josh Trank para darse cuenta de que, entre sus muchos defectos y algún despropósito, asoman virtudes que, si no la convierten en una gran obra (spoiler: no lo hacen) sí la sitúan por encima de mucha, mucha morralla como Elektra, Batman & Robin, Catwoman o las propias e infames primeras adaptaciones de los 4F. Es tan corto el amor y tan presto el olvido: claro, hoy es fácil pensar en la serie de Netflix y olvidar que tuvimos aquel mediocre Daredevil con la cara de Ben Affleck y una mirada perdida que no se debía a la ceguera.
Pasado el tifón del estreno, los Cuatro Fantásticos no quedará para la posteridad como una gran película (ese tercer acto que lo arruina todo…), pero sin duda tampoco es Josh Trank la reencarnación de Ed Wood que algunos han querido ver. Pero claro, con el ejemplo reciente surge la duda: ¿cuántas veces hemos hecho algo similar, crucificando a una película que no lo merecía? ¿Con qué obras hemos sido injustos, condenándolas a un olvido o desprecio que no se corresponde con la realidad? ¿O quizá, por el contrario, hemos encumbrado como dios de la cinematografía a algún triste hombrecillo que movía los hilos tras la cortina de la Ciudad Esmeralda? Igual es hora de reevaluar algunas ideas preconcebidas…
Star Wars. Episodio I: La amenaza fantasma
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Star Wars: Episodio I – La amenaza fantasma (1999). Imagen: Lucasfilm
Quizá con Jar-Jar Binks empezó la gran moda de la lapidación colectiva de películas icónicas. Y ojo: no seré yo quien defienda al bicho, que es sin duda lo peor de la cinta (junto con un par de chistes de cacas y pedos dignos de alguna serie televisiva española). Pero ya hubo que hacer un esfuerzo en El retorno del Jedi para que los ewoks no nos impidieran ver el bosque de Endor, y en esta sucede algo parecido: dejando aparte algunas concesiones a la infantilización, y obviando las comparaciones con la trilogía original, La amenaza fantasma sigue siendo una gran película de aventuras espaciales por sus propios méritos. Con un derroche de inventiva que no se veía desde las novelas pulp de Edgar Rice Burroughs (o desde las épocas doradas de la Marvel, en todo caso). Un villano y un duelo de esgrima que habría firmado encantado Michael Curtiz. Una carrera digna de William Wyler. Y una banda sonora como ya no se hacen. En suma, y aun con gungans y midiclorianos, La amenaza fantasma fue (y sigue siendo, vista hoy) más imaginativa, audaz y emocionante que cualquier otra superproducción estrenada en 1999. No en vano el fallecido Ángel Fernández-Santos la calificó en El País como «cine de riada, porque se sale mejor persona después de bañarse en él». No es poco, y no es fácil hoy en día encontrar películas así.
Y es que, os pongáis como os pongáis, La amenaza fantasma le da mil vueltas a
Matrix
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Matrix (1999) . Imagen: Warner Sogefilms
Que por mucho que en su día fuera recibida como la segunda venida de Philip K. Dick, esta discretita película de ciencia ficción se ha desinflado con el paso del tiempo como un soufflé mal cocinado. Vale, no es un espanto, y se deja ver como entretenimiento si no ponen nada mejor en la tele. Pero no deja de ser una sarta de tópicos (¿«sigue al conejo blanco»? ¿En serio? ¿A estas alturas de vida?) y malas interpretaciones (Keanu Reeves hace que Ben Affleck parezca Konstantin Stanislavski), personajes planos, pensamientos filosóficos de cuenta de Twitter e ideas recicladas de filmes mejores. Todo ello, claro, envuelto en unos efectos especiales que, en su momento, disimulaban bastante bien las mil carencias de la película. Agotado ya el efecto sorpresa, qué quieren que les diga: me quedo con Dark City y Nivel 13.
Por no hablar de unas secuelas que ríete tú del supuesto declive de Lucas y Spielberg: los Wachowski apenas tardaron cuatro años en alcanzar las más profundas simas de la ridiculez. Hablando de lo cual…
El reino de la calavera de cristal
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Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (2008). Imagen: Paramount Pictures / Lucasfilm
No, Spielberg no había perdido su toque. No, los aliens no son más inverosímiles que «la ira de Dios». Y no, lo de la nevera no es lo más tonto que ha pasado en una película de Indiana Jones. Pero vayamos por partes…
Lo cierto es que servidor aún se queda perplejo ante el torrente de furia vertido contra Steven Spielberg por Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal. El bueno de Steve sufrió en sus carnes las iras desatadas unos años antes por La amenaza fantasma, y por idénticos motivos: sobre todo, la incapacidad de competir con películas que solo existen en nuestra memoria. «Ah, pero yo he vuelto a ver las antiguas y…». Ya, pero cada vez que vemos En busca del arca perdida, en realidad estamos proyectando la película que vimos de niños. No me entiendan mal: creo que es una cinta maravillosa, y otro tanto puede decirse de Indiana Jones y la última cruzada. Pero son aventuras tan inverosímiles como ver a James Bond volar con una mochila propulsora, y ahí radica su encanto. Nos hemos creído el poder del arca porque lo hemos interiorizado, lo hemos hecho nuestro y ahora nos parece que siempre ha estado ahí. Unos hombrecillos verdes del espacio interdimensional no pueden competir con eso. Además, no podemos pasar por alto una de las grandes virtudes del film: si las tres primeras entregas eran un tributo a los seriales de aventuras de los años cuarenta, la cuarta, introducida ya de lleno en la era atómica, homenajea a los seriales de ciencia ficción de los cincuenta, llenos de hombrecillos verdes y platillos volantes. ¿O es que preferíamos una tercera demostración del poder de Dios?
Por otro lado, El reino de la calavera de cristal es una coda impecable para La última cruzada: el spielbergiano tema del padre ausente se invierte de manera magistral, e Indy, hijo desatendido de Sean Connery, se ha convertido no solo en el abuelo entrañable que era aquel (pantalones a la altura de la sobaquera incluidos), sino en un espejo de su desastrosa labor paternal. Todo un ejemplo de autocrítica, madurez y melancolía por parte de un Spielberg que, como su Peter Banning, acabó creciendo a la vuelta de Nunca Jamás.
Y si en esta defensa de la indianidad notan ustedes una ausencia, eso es porque…
… El templo maldito…
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Indiana Jones y el templo maldito (1984). Imagen: Paramount Pictures / Lucasfilm
… nunca fue tan buena como las demás. Ya, ya, yo también me he quedado un poco así al escribirlo. Pero es verdad. Imaginen mi sorpresa cuando descubrí que mis mejores recuerdos de Indiana Jones y el templo maldito eran en realidad de El secreto de la pirámide. Que era la misma película, pero mejor hecha. Y es que vale, el comienzo en el club Obi-Wan es brillante (all pun intended), y hay momentos impagables aquí y allá. Y, qué demonios, es Indy, así que mola y punto. Pero de nuevo son los anteojos color de rosa de la infancia… ¿Cómo, si no, podemos criticar la escena de la nevera y dar por buena la del bote salvavidas? ¿Un crío chino de metro y medio haciendo artes marciales contra guerreros gigantes? ¿Indiana Jones frenando un vagón con los pies cual Pedro Picapiedra sin acabar con un muñón a la altura de la rodilla? Súmenle a todo ello a la peor «chica Jones» de la serie (una Willie insoportablemente gritona) y a un protagonista egocéntrico y nada heroico, mucho menos atractivo que el Indy que discutía de igual a igual con Marion Ravenwood… y tenemos la película más descompensada de la, hasta ahora, tetralogía. Tampoco es válido el argumento tan repetido de «pero es la más oscura de las cuatro» como si eso fuera un valor per se. ¿Qué hay de bueno en una película oscura de Indiana Jones? Precisamente el tono que hizo grande al personaje ensalza todo lo contrario: aventuras old-style, no sufrimiento y desolación.
En todo este fenómeno de las opiniones colectivas, es obligado mencionar una curiosa manía que se ha instaurado entre los espectadores del siglo XXI de manera generalizada: el odio visceral e irracional a cualquier personaje infantil o juvenil que se atreva a manchar los recuerdos que atesoramos de nuestras propias sagas de la niñez. Donde antes aceptábamos a Tapón, ahora rechazamos a Mutt o al pequeño Anakin. Escudándonos en unas supuestas carencias interpretativas que no son tales, o en una pretendida construcción deficiente de sus personajes. Y es que podrá decirse lo que se quiera de Hayden Christensen, pero Jake Lloyd o Shia LaBeouf defienden sus personajes con una solvencia que ya hubiéramos querido ver en Ke Huy Quan o Sean Astin. La otra excusa suele ser que «no era necesario meter a un niño». Uno acaba teniendo la sensación de que son celos, pura y llanamente: que somos incapaces de aceptar que otro crío ocupe el protagonismo en esas nuevas historias: un lugar que aún sentimos que pertenece por derecho al niño que fuimos.
Inteligencia artificial
Inteligencia artificial
Inteligencia Artificial (2001). Imagen: Warner Bros. Pictures
Además, ¿quiénes somos nosotros para dar lecciones sobre la infancia a Steven Spielberg? Si el mismo Stanley Kubrick entendió que no había nadie mejor que el director de Hook para hacerse cargo de la historia del pequeño David en Inteligencia artificial… Y aquí topamos con una opinión generalizada que es, además, radical e históricamente falsa (atención, vienen spoilers: si no has visto Inteligencia artificial, te espero unas líneas más abajo, entrados ya en materia de superhéroes). Cuando se estrenó la película, muchos medios la presentaron como la obra semipóstuma de Stanley Kubrick, finalizada por Spielberg tras la muerte de aquel y según sus propios antojos. En realidad, y aunque el proyecto fue impulsado inicialmente por Kubrick, este decidió muy pronto que la adaptación del relato Los superjuguetes duran todo el verano, de Brian Aldiss, necesitaba a un director con unas sensibilidades distintas a las suyas, y rápidamente se lo propuso a Steven. Juntos fueron desarrollando el guion, pero siempre con la idea de que lo dirigiera este último. En cualquier caso, todo ello llevó a la idea errónea de que el epílogo, en el que David despierta después de miles de años para encontrar a los últimos seres (mecánicos) que sobreviven en el planeta, era una concesión de Spielberg al happy ending. La conclusión facilona, superficial y, en definitiva, errónea, era que Kubrick, mucho más frío y cerebral, habría acabado la película con David sumergido bajo el agua, esperando, por toda la eternidad.
Lo cual solo demuestra que a los seres humanos nos gusta más un golpe de efecto barato que la lógica y la coherencia. Porque ese supuesto final kubrickiano, qué duda cabe, nos habría hecho salir del cine impactados. Y luego, al llegar a casa y repasar mentalmente la película, nos habríamos dado cuenta de que faltaba algo. Que no podía acabar ahí. ¿Qué significaba el modo en que el film representaba a los humanos? ¿Cuál era la moraleja de este Pinocho futurista? ¿Qué nos querían decir con la escena (esta sí, salvajemente kubrickiana) del «mercado de la carne»? Todo ello quedaba en suspenso, y muchos de los hilos argumentales que se habían ido tendiendo a lo largo del metraje se truncaban de golpe al llegar esa escena, ese no-final, para resolverse de golpe en el epílogo. Lo mismo ocurría con la historia del propio David. Acabar ahí, por suerte, nunca fue una opción para ninguno de los dos directores. El desenlace de Inteligencia artificial necesitaba un final para el viaje de David, pero los dos cineastas no contaron con que los espectadores nos estamos volviendo cínicos y descreídos, y la ciencia ficción ya no es terreno para soñadores, sino para distopías. No queremos niños en nuestras pantallas, y si por un casual los hay, qué coño… que sufran. Vivimos en la era de las relecturas oscuras de la fantasía, y no se libran ni los géneros más luminosos, como ya demostrara…
Watchmen
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Watchmen (2009). Imagen: Warner Bros / Paramount Pictures / Legendary Pictures / Lawrence Gordon Productions / DC Comics
Claro, tarde o temprano había que dar una vuelta de tuerca al género superheroico, y allá por los años ochenta, en pleno reinado tenebroso de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, gente como Alan Moore o Frank Miller redefinió el cómic tirando por la borda la esperanza. El mundo estaba jodido (lo sigue estando), y eso siempre da como resultado un buen puñado de obras maestras en cualquier disciplina. Watchmen, el cómic de Moore y Dave Gibbons, hizo lo que nadie había hecho hasta entonces. Entre otras cosas, porque presentaba a los superhéroes como imperfectos, llenos de defectos y vicios, y en definitiva humanos. Pero Watchmen era mucho más que una historia oscura: era una exploración de los límites del cómic como medio artístico. Por eso, cuando Zack Snyder lo adaptó a cine creyendo ser absolutamente fiel, adaptó coma por coma la letra, sí, pero se olvidó de la música. Llena de juegos de espejos y simetrías, de simbolismos, de capas superpuestas de argumentos y temas que se retroalimentaban, la obra de Moore era sobre todo experimentación narrativa. Los ritmos y engranajes del cómic no estaban en la película, y daba la impresión de que el cineasta ni siquiera había sido consciente de esos elementos. Watchmen, el film, no es un desastre, y puede que sea lo más decente que ha hecho Snyder en toda su carrera, pero está muy lejos de ser una adaptación digna del Quijote de los cómics. Por supuesto, buena parte de los aficionados la recibieron como una obra maestra, porque era oscura, era despiadada y era (engañosamente) fiel. Toda una reacción contra aquella encarnación de la verdad y la justicia que una vez fueran los héroes del tebeo como Superman. Oh, a propósito, ¿recuerdan aquella gran película llamada…
Superman Returns
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Superman Returns (2006). Imagen: Warner Bros / Legendary Pictures / Peters Entertainment / Bad Hat Harry Productions / DC Comics
… que tan injustamente recibida fue? Aún resuenan en alguna parte los gritos enfebrecidos de los fans, quejándose de que no había suficiente acción, que Superman no peleaba, que todo era demasiado cursi y bienintencionado. No querían ver un relato de fuerte carga metafórica (toda la película es un remake de la Pasión de Cristo, como por otra parte ya lo eran E. T. o Matrix) sobre el sacrificio, la inspiración y la esperanza. Ni una continuación de aquellas superproducciones maravillosas con las que creímos por primera vez, Christopher Reeve mediante, que un hombre podía volar. La marcha de John Williams ya no funcionaba, y el público clamaba por un héroe nuevo para un mundo nuevo. Un mundo peor, de colores desvaídos, donde el rojo, el azul y el amarillo resultan ya demasiado ingenuos, demasiado naífs. Tuvo que venir…
El hombre de acero
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El hombre de acero (2013). Imagen: Warner Bros.
… de nuevo dirigida por Zack Snyder, para hacernos ver que la oscuridad no es un valor por sí misma. Por un lado, porque la tortura existencial que le sienta como un guante de neopreno a Batman no encaja con las coloridas mallas del kriptoniano. Por otro, porque Snyder nunca entendió que lo cool, sin unos personajes que impulsen adelante la historia, apenas da para hacer pósteres molones y fondos de escritorio de Windows (un poco lo que le pasaba a La vida de Pi, solo que sin provocar tanta vergüenza ajena. Pero no voy a entrar ahí). Si algo nos enseñó Joss Whedon en Los Vengadores (qué demonios: ya en Buffy, cazavampiros, muchos años antes) es que una escena de acción no es una pausa en la historia: una escena de acción es la historia. Por eso sus protagonistas no dejan de hablar, sufrir, reflexionar y, en definitiva, evolucionar mientras se pegan entre sí. Cuarenta minutos de hostias como panes a palo seco no son cine, Zack. Caray, ni siquiera son pressing catch.
Y súbele el contraste a la tele, anda.
Podría uno seguir eternamente, porque infinita es la injusticia del ser humano (o quizá porque aquí un servidor es fundamentalmente puñetero y le gusta llevar la contraria). Podría argumentar que en el Spiderman 3 de Sam Raimi, la infame escena del baile y el Peter Parker «emo» no consiguen arruinar una obra coral en la que todos los personajes están unidos por el tema común de la redención y la búsqueda del perdón. O que Los Goonies tiene problemas de ritmo que la sitúan muy por debajo de otras obras míticas de su quinta, como La princesa prometida o Dentro del laberinto. Que en el Dune de David Lynch hay más cine que en toda la filmografía de Michael Bay. Pero en definitiva, la lista sería interminable y tampoco es la intención de este texto sentar una cátedra alternativa a ese extraño pensamiento único que criticábamos.
Lo que quizá sí merece la pena es preguntarse por qué condenamos algunas obras por las mismas razones que antes aplaudíamos otras. Si no será, quizá, que ahora juzgamos las historias de manera sumarísima e implacable porque hemos crecido y, como el adolescente que juega a ser mayor fumando a escondidas, despreciamos los divertimentos infantiles y renunciamos al sentido de lo lúdico creyendo estar, a estas alturas de la vida, por encima de algo tan pueril. Quizá hoy, adultos resabiados, no estamos dispuestos a dejarnos llevar por el disfrute sin buscar detrás de cada rincón dónde está la trampa, el error, el truco que revele que todo es mentira… Queremos historias sombrías, secas, con finales tristes, resignados y convencidos de que la vida, al final, era eso. Pero a fin de cuentas, si la fantasía ha de servir para algo, es para recordarle al niño que fuimos que la aventura y la emoción aún se esconden tras la segunda estrella a la derecha. Nos están esperando.

viernes, 13 de julio de 2012

PRENSA. CINE. CÓMIC. "Los héroes nunca mueren", reportaje.

Chris Evans, protagonista de Capitán América. El primer vengador. ("El País")

   En "El País":
Los héroes nunca mueren

   Cuando la crisis marca la realidad, la ficción recurre a los viejos relatos de titanes - El estreno de 'Capitán América' confirma la buena salud del género.

ROCÍO AYUSO / J. R. MARCOS - Los Ángeles / Madrid - 05/08/2011
  
   Justo ahora que la prima de riesgo cabalga desbocada hacia nuevos e insospechados límites y que esa entelequia llamada 'Los Mercados' se comporta con la tenacidad maléfica de un supervillano embarcado en la dominación mundial, quizá todo esto solo sea capaz de arreglarlo un superhombre. En un entorno en crisis general, el género de los titanes parece el único en disfrutar, convenientemente empaquetado desde Hollywood, un reverdecer económico. Y creativo. El viejo Capitán América vuelve renovado a los cines en una cinta, sorprendentemente bien acogida por la crítica y subtitulada El primer vengador. Hasta lograr el veredicto del público español, ya aspira al título de mejor película del lote de filmes de superhéroes en un verano cargado de ellos: durante los tres últimos meses se han estrenado otros tres grandes titanes: Thor, X-Men y Linterna verde. Salvo esta última cinta, considerada un fracaso pese a los cerca de 80 millones de euros que lleva en la taquilla estadounidense en menos de un mes, el resto figura entre los títulos más lucrativos del año.
   ¿Será que en tiempos tan malos como estos acudimos el cine en busca de la clase de salvación que solo aguarda en la ficción? "En una época gris de seres repetidos en la que la gente tiende a la uniformidad y en la que el individuo no tiene ningún papel ni en la guerra ni en la economía, el héroe es la compensación, la imagen de un individuo glorioso", admite Carlos García Gual, catedrático de griego de la Universidad Complutense y autor de Diccionario de mitos (Siglo XXI). Un volumen en el que junto a Hércules y Odín, incluye a Superman. "Pero el esplendor de personajes como el Batman o Spiderman tiene que ver sobre todo con la cultura popular, que siempre necesita relatos con héroes, y para nosotros ese papel lo juegan los del cómic y el cine. La eterna tendencia popular a buscar héroes -la mayoría tomados del esplendor del tebeo en los años cincuenta- marca más su actual renacimiento que el vivir en crisis".
   No hay duda de que tanto en el terreno de la aritmética como en el de las noticias, los datos son tozudos. El primer vengador llega a nuestras pantallas avalado por un inesperado éxito en taquilla. Y solo ayer tuvimos buenas nuevas de viejos conocidos. El mundo (y sobre todo esa parte tan ávida del mundo llamada fans) descubrió la imagen que gastará Henry Cavill (Los Tudor) en la próxima versión de Superman (para 2013, de la mano del realizador Zack Snyder), así como el aspecto del próximo Batman, versión Caballero Oscuro (dirige Christopher Nolan y protagoniza Christian Bale).
   ¿Por qué entonces se da cíclicamente por muerto al género? "Solo necesitas una película que pinche para que vengan los de siempre a hablar del cansancio de los superhéroes. Pero no es así. Mientras las películas sean buenas, el público no se cansará", asegura el productor Kevin Feige. Habla como parte muy interesada. Presta su rostro al sello Marvel. Solo esta editorial, ahora uno de los estudios más punteros en Hollywood, cuenta con miles de superhéroes que convertir en la próxima franquicia con éxito. Y a juzgar por la cartelera que nos viene, están dispuestos a cumplir la amenaza.
   En el extremo opuesto del cuadrilátero, los estudios Warner no piensan quedarse a esperar y encajar los golpes. Pese a las críticas recibidas por su Linterna verde, la segunda entrega es toda una realidad que probablemente adquiera el mismo tono esmeralda, aunque un poco más oscuro. Además, piensan explorar el universo de los cómics de DC (Warner creó 'DC Entertainment' con ese objeto en 2009). Esto es, las historias de superdotados como Wonder Woman o Flash Gordon.
   Queda preguntarse hasta cuándo subirá la fiebre por las historias titánicas. "Uno siempre se preocupa, claro", continúa Feige. "¿Hasta cuándo funcionará el invento? Llevo una década preocupándome y seguimos adelante, así que, así sea". "El cine es el ámbito natural para ese resurgir porque en la gran literatura -para entendernos, la novela- el héroe ya no existe", interviene García Gual. "Solo hay que pensar en la novela policiaca: sus protagonistas son casi siempre fracasados, antihéroes. Nuestra visión del héroe es irónica, de papel, algo muy distinto del lugar que tenían en Grecia, donde eran representantes de la colectividad".
   Algo alejado de estas sutilezas intelectuales, el mortal de 30 años que da vida al nuevo Capitán América, el actor Chris Evans, mostraba en un reciente encuentro con la prensa un aspecto más bien cansado. Acaso fuera porque entre la saga del titán estadounidense y la de Los Vengadores (en la que también participará) le esperan 10 años de interpretar a tipos con superpoderes. O a lo mejor es porque su personaje se enfrenta a Cráneo Rojo, némesis más célebre de Capitán América y un supervillano aliado con las huestes del Tercer Reich. La mismísima encarnación del Gran Mal.

sábado, 3 de septiembre de 2011

CÓMIC. PORTADAS SUPERHÉROES (y 2)

Michael Lark

Mike Mignola


Paolo Rivera


Patrick Zircher


Rags Morales


Ryan Sook


Stephane Perger


Stuart Immonen


Yannick Paquette

viernes, 2 de septiembre de 2011

CÓMIC. PORTADAS SUPERHÉROES (1)

   ¿Están reñidos los cómics de superhéroes con el arte? 
  Portadas que aparecerán durante el mes de septiembre.
Alex Maalev


Dave Johnson


David Aja


David Aja


Eric Powell


Francesco Francavilla


Jae Lee


JG Jones


Kyle Baker


Marcos Martín

jueves, 16 de abril de 2009

PRENSA. 16 abril 2009. "Necesitamos a los superhéroes": reportaje de Guillermo Altares



En "El País":

Interesante reportaje sobre los superhéroes (sus "orígenes", cómic, cine)



En realidad, todas las historias arrancan de una historia, todos los libros nacen de un libro, bueno, de dos, en uno se relata una gran batalla entre Oriente y Occidente por el amor de una mujer y en otro se habla de un hombre que se pierde al regresar a casa. "Canta, oh diosa, la cólera de Aquiles", comienza la Iliada. "Cuéntame musa las aventuras de aquel varón de tan variado ingenio", arranca la Odisea. Los dos tienen un punto en común: el héroe, esa figura dotada de superpoderes que a lo largo de los siglos ha llegado hasta nosotros con diferentes formas y colores, pero con un mismo fondo. Como dice la vieja canción de David Bowie, "podemos ser héroes, sólo por un día". Desde Homero hasta los Watchmen, desde Ulises hasta El caballero oscuro, ya sea en forma de tebeos, películas o series de televisión, los superhéroes son una inagotable fuente de fascinación y un negocio global más que rentable.
En el siglo XXI, la fascinación por los superhéroes ha resurgido con taquillas millonarias. Cine, televisión, quioscos y librerías viven una renovada fiebre en torno a personajes concebidos en otra época, la de los totalitarismos y la II Guerra Mundial. ¿Por qué vuelve a actuar el imán de estos hombres extraordinarios?
"Es una atracción por los individuos que se salen de lo corriente porque siempre, desde la antigua Grecia hasta ahora, se han buscado personajes ejemplares", explica Carlos García Gual, catedrático de filología griega de la Universidad Complutense y uno de los grandes expertos españoles en el mundo clásico. "También tienen algo de culebrón, te enganchan, como te engancha Perdidos. Algunas series se prolongan desde hace décadas", señala David López, que desde Zaragoza dibuja superhéroes para DC Comics y Marvel (las dos grandes compañías del sector). "Tiene mucho que ver con los dioses griegos y romanos. La cultura occidental está llena de superhéroes, que funcionan con los mismos arquetipos, con los mismos modelos", prosigue este dibujante de 33 años. "Los superhéroes ya existían en la Iliada. En vez de dioses, creamos superhéroes, pero también forman una especie de panteón divino", señala Salvador Larroca, valenciano de 44 años y dibujante estrella de la Marvel, sobre todo de X Men y la Patrulla X.Los antihéroes de las novelas gráficas, como Corto Maltés, se equivocan, dudan y se enamoran siempre de una chica que los deja plantados. Los superhéroes, en cambio, son irresistibles, siempre saben qué hacer, siempre toman la decisión adecuada, no envejecen y van de hazaña en hazaña, enfrentados a villanos casi tan potentes como ellos. Son héroes épicos que, a diferencia de los héroes de las comedias, no cambian, no maduran, no sufren, no dudan, son perfectos. Bueno, por lo menos al principio, cuando fueron creados, porque a partir de los años setenta se fueron humanizando, comenzaron a sufrir, a dudar, a envejecer, aunque seguían sin equivocarse.
A mediados de marzo se vendió en una subasta en Nueva York un ejemplar del primer cómic de Superman por 317.000 dólares. Costaba 10 céntimos cuando salió a la calle, en junio de 1938, y sólo quedan 100 copias en circulación. Con este tebeo escrito por Jerry Siegel y dibujado por Joe Shuster, que contaba la historia de Kal-El, el hijo de Jor-El y Lara, que acaba salvando a los habitantes de la tierra de todo tipo de malvados y catástrofes, nació el mercado y el mundo de los superhéroes contemporáneos. Ahora Marvel y DC Comics venden cientos de miles de ejemplares al año en España de series y subseries con precios que van desde 1,95 euros por un tebeo grapado de 24 páginas. En Estados Unidos, una de las compañías ha subido el precio hasta los 3,99 dólares mientras que Marvel lo hará en junio. En cualquier caso, se trata de un entretenimiento popular y masivo.
El caballero oscuro, la cuarta entrega cinematográfica de Batman, fue la película más taquillera del mundo en 2008 (en España recaudó 11 millones de euros), mientras que Watchmen, la película basada en la novela gráfica de Alan Moore que cambió la historia del cómic y de los superhéroes, ha sido uno de los estrenos más comentados de los últimos años. La última película de superhéroes, Lobezno, los orígenes, fue pirateada un mes antes de su estreno y colocada a principios de abril en Internet cuando todavía no estaba terminada ("Es como un Ferrari al que le falta una capa de pintura", dijo su protagonista, Hugh Jackman). En sólo unas horas, más de un millón de personas la habían descargado.
Pero el concepto es mucho más antiguo que este boom en la era del consumo de masas, más viejo que la cultura pop. Los dioses de griegos y romanos tenían superpoderes y los héroes clásicos, sin ellos, vencían todo tipo de obstáculos con su inventiva, fuerza e ingenio. "Son sin duda un precedente", señala Francisco García Jurado, profesor de filología latina de la Universidad Complutense de Madrid. "Todos necesitamos tener héroes aunque son los griegos y los romanos los que le ponen el nombre. Los romanos tenían dos grandes héroes, Eneas y Hércules. De hecho, en el Museo Arqueológico Nacional hay un mosaico de los trabajos de Hércules, en el que ya aparecen viñetas", agrega este experto en literatura comparada. "Lo importante de ese mosaico es que demuestra que no puede haber héroes sino hay una representación colectiva", prosigue. "A Stan Lee, uno de los grandes creadores, le han llegado a llamar el Homero de los cómics", puntualiza Alejandro Martínez Viturbia, director editorial de Panini Cómics, la empresa española que distribuye Marvel.
"En el fondo, los superhéroes son la personificación de los sueños del ser humano, de perfección inmediata, en cierto sentido hasta los santos de la tradición cristiana son superhéroes", señala el escritor Rafael Martín, novelista, guionista de cómics y autor de varios ensayos sobre estos seres extraordinarios, el último de ellos W de Watchmen. Este especialista también considera que el origen del mito se remonta a los clásicos, pero se pregunta si antes de la aparición de Superman, en los albores de la II Guerra Mundial, cuando los totalitarismos eran un peligro claro e inminente, ya existían a través de personajes como Popeye, de 1939, o El hombre enmascarado, de 1936.
"Dos jóvenes consiguen crear un personaje que encarna todo lo que Estados Unidos quería ser después de la Gran Depresión. Es un personaje que representa también una esperanza exógena, justo antes de la II Guerra Mundial", explica Álvaro Pons, crítico de tebeos y autor del blog La cárcel de papel (www.lacarceldepapel.com), sobre el nacimiento de Superman, un personaje con el que se inicia lo que se ha llamado la Edad de Oro de los cómics, que se prolonga desde los años cuarenta hasta los años cincuenta. Fue entonces cuando nacieron Batman y Robin, Superwoman o The Flash, cuando los quioscos se llenaron de entretenimiento barato en forma de tiras, sobre todo por la compañía DC, mientras que Timely Comics (precedente de la Marvel) puso en circulación a personajes como Capitán América. También en aquellos años, Will Esneir, que luego revolucionaría la novela gráfica, creó The Spirit.
Con los sesenta, llegaron nuevos tiempos y también nuevos superhéroes mucho más humanos, más complejos. Personajes como Spiderman, X Men, Hulk, la Patrulla X, detrás de los que se encuentran nombres fundamentales en la historia del cómic como Stan Lee o Jack Kirby, se mueven en un mundo más realista, con problemas más pedestres (superpoderes aparte). Algunos son superhéroes por desgraciados accidentes, héroes a su pesar, encarcelados por su propia fuerza.
La última vuelta de tuerca al realismo se produce con Watchmen, para muchos el mejor cómic de superhéroes (aunque sólo aparezca un personaje con superpoderes), que Alan Moore y Dave Gibbons comenzaron a publicar en 1986. "Es muy importante porque reflexiona sobre las cosas que aceptamos en el mundo de los superhéroes, pero que en la vida real darían mucho miedo, porque es gente que te salva quieras o no", explica el historiador de los cómics Rafael Martín. ¿Qué ocurre cuando el Ejército de EE UU cuenta con un superhéroe en sus filas durante la guerra de Vietnam? Pues que la gana y la historia será diferente. Como dijo Alan Moore, la idea era arrancar con la muerte de un superhéroe para demostrar que las cosas no son lo que parecen.
Hay series, Superman sin ir más lejos, que llevan siete décadas en el mercado y siguen encontrando millones de compradores. Es una auténtica industria, que emplea a centenares de dibujantes, guionistas, coloristas, y que mes a mes coloca sus productos en los quioscos y en las tiendas. "Una de las cosas que mejor funcionan es el aspecto culebronero", explica el dibujante David García. "A Batman le salió un hijo hace unos años. Enganchan porque son historias épicas que se prologan durante años, pero también son familiares. Nos gustan porque los personajes se relacionan los unos con los otros. En algunos casos, al ser personajes que sigues desde pequeño, te llegan a importar realmente. Al construir ficciones, convertimos a los personajes en personas", agrega. "El género de superhéroes es un cajón de sastre en el cabe desde la novela negra hasta las aventuras o las historias de amor", señala Alejandro Martínez Viturbia.
Para otros expertos, la continuidad es una de las claves: al igual que con las series de televisión, una vez que te enganchas, te conviertes en un espectador/ comprador sempiterno. En realidad, el origen también es anterior: la continuidad seriada es el principio con el que se crearon los folletines a través de los que autores como Alejandro Dumas forjaron la novela contemporánea. "El gran hallazgo fue hacer que enganchasen como las tragedias griegas", afirma Rafael Martín.
Eso sí, el enganche y la duración tiene una contrapartida, que para algunos explica la caída de lectores en la última década (además de la mayor presencia de estos personajes en pantalla). Series muy largas, como Friends, no eran fácil de agarrar a medias. Pero hay tebeos que llevan en el mercado desde los años cuarenta complicándose y complicándose y no es fácil subirse en marcha. "Cada vez hay más lo que se llama crossover, las relaciones de unos tebeos con otros", explica Álvaro Pons. Para alguien que no haya bebido de esta cultura desde pequeño, puede llegar a ser un lío monumental o directamente un culebrón absurdo.
Para un neófito en el mundo de los superhéroes, navegar por las páginas web de DC Comics (www.dccomics.com) o de Marvel (www.marvel.com) es un encuentro en la tercera fase. Si uno se mete en la sección de personajes de Marvel, se encuentra con centenares de nombres, cada uno con su enlace, con su dibujo y con su historia, incluso el aficionado se puede descargar e instalar un buscador especial del Universo Marvel. Lo mismo ocurre con DC Comics. El problema está en que, incluso antes de los cruces entre las diferentes series, resulta un lío monumental para los que no estén acostumbrados a este universo infinito, que se prolonga y ramifica como un relato de Borges. Tal vez no todo el mundo esté contado en dos historias, haya leyendas más allá de los guerreros que luchan por una mujer y el hombre que vuelve a casa, aunque en todas las demás aparecen tipos con capas y superpoderes.

viernes, 20 de febrero de 2009

CINE. CÓMIC. SUPERHÉROES. "Watchmen"




Dicen los entendidos que Watchmen es el mejor cómic de superhéroes jamás escrito y dibujado. ¿Nos gusta este tipo de cómics? Nunca se puede decir nunca jamás; antes de decir no, conviene haberlo probado. De hecho, la película está ya casi a la vuelta de la esquina: se estrena el 6 de marzo.

Más información, aquí.




Aquí, información sobre la película, con vídeos del rodaje.


SI QUIERES LEER ALGUNAS PÁGINAS DE ESTA NOVELA GRÁFICA, ve a lecturayactividades, donde aparece otra subpágina dedicada al cómic.