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lunes, 15 de junio de 2015

PRENSA CULTURAL. William Ospina y su novela "El año del verano que nunca llegó"

   En "El País":

“La noche en que nacieron ‘Frankenstein’ y ‘El vampiro’ surgió una nueva belleza”

William Ospina reconstruye los caminos que llevaron a la noche del 16 de junio de 1816 cuando nacieron dos de los mitos más perturbadores del mundo moderno


William Ospina, esta semana en Madrid. / BERNARDO PÉREZ

En una noche fría de tres días nacida el 16 de junio de 1816 llegaron hasta Villa Diodati, en Ginebra, dos mujeres y tres hombres jóvenes que, sin conocerse todos entre sí, fraguaron alrededor de la chimenea dos de los mitos más perturbadores de la modernidad, Frankenstein y El vampiro; a la vez que se confirmó como gran mito del Romanticismo a Lord Byron, que ejercía aquellos días de anfitrión y se convertía en padrino de esos monstruos, sin sospechar que a su alrededor habría de nacer el sueño de la vida y la inteligencia artificial, mientras algo de su sangre crearía a los monstruos digitales de hoy.
199 años después de aquel mítico encuentro, las llamas de la chimenea de aquella casa se avivan ahora con la voz de William Ospina en El año del verano que nunca llegó (Literatura Random House). Una novela que alumbra nuevos rincones sobre aquellos días en que Europa se enfrió debido a la oscuridad de la nube de ceniza peregrina emitida por un volcán de Indonesia meses atrás.

Lo que se veía nacer no era solo la Revolución Francesa o Industrial, sino algunas de las preguntas más angustiosas de la modernidad”.
Eran los años en que el mundo nacía una vez más. Cuando, recuerda Ospina (Tolima, Colombia, 1954), surgieron varias de las preguntas que aún siguen sin resolver. “Después de dos siglos estos personajes siguen vigentes y conservan un carácter explosivo por sus actitudes hacia el amor, las libertades, la política, la imaginación, el deseo, el arte, la religión y la ciencia. Lo que se veía nacer no era solo la Revolución Francesa o Industrial, sino algunas de las preguntas más angustiosas de la modernidad”.
Surgieron en aquella villa donde quedaron recluidos, por el mal tiempo, dos hermanastras, Claire Clairmont (amante de Byron) y Mary Wollstonecraft (luego Mary Shelley), y tres nuevos amigos, Byron, su médico John Polidori y el poeta Percy Shelley. Un cruce de caminos de la historia y de desencuentros sentimentales. Byron había dejado a su esposa y abandonado Londres como un ángel caído para ir con Polidori, que algo sentía por él, a la casa recién alquilada a orillas del lago donde se había citado con su amante Claire. Pero esta no llegó sola, lo hizo con su hermanastra Mary y su amante, el poeta Shelley, de quien Claire estuvo enamorada.

La noche del futuro

Aquel domingo, el lord anfitrión, en un juego acorde a su bella perversidad, propuso ahuyentar el miedo con más miedo: leer en voz alta los relatos dePhantasmagoriana. La oscuridad y el terror de fuera se hospedaron dentro de ellos y acabó en un grito. Byron propuso a cada uno escribir un cuento de terror. Los dos genios y poetas no estuvieron a su altura. En cambio, dos desconocidos hallaron la gloria: Mary encadenó sus miedos infantiles con una historia que había oído en casa sobre un médico alemán para dar vida a Frankenstein (editado en 1818) y Polidori mezcló un relato de su amo con su secreta pasión por él al transmutarla en El vampiro (1819), que reencarnaría en el Drácula, de Bram Stoker.
Como siempre, todo empezó empezó antes, mucho antes de que los propios invitados a aquel inaudito verano lo supieran. Es la telaraña del misterio, el reino del azar, de la casualidad o de las Moiras donde entra William Ospina para rastrear, desandar o destejer la vida de esas cinco personas y cómo fueron a dar a Villa Diodati. Un viaje a la gestación de unos mitos que responden a rebeliones de su tiempo, hasta crear un fresco cultural, social, literario, político e intelectual de la época con claves del Romanticismo y sus ecos.
Es una mañana de junio de 2015. Madrid se ha oscurecido al precipitarse una tormenta que agrieta de luces el cielo. Ospina sigue recogiendo los pasos de su travesía contada en este libro que es novela, ensayo, diario de viajes, memorias, apuntes, historia y crónica como digno hijo de su tiempo. Un rompecabezas: “No dejé de sentir que la historia era también una suerte de Frankenstein con un montón de trozos inanimados y dispersos a los que había que amalgamar, unir y dar vida. Un hecho que se modifica un poco dependiendo de la perspectiva elegida”.

El año del verano que nunca llegó es un viaje a la gestación de unos mitos que responden a rebeliones de su tiempo, hasta crear un fresco cultural, social, literario, político e intelectual de la época con claves del Romanticismo y sus ecos
El tema lo buscó a él, lo asedió y se le cruzó varias veces. Hasta que no tuvo otra opción que seguir su rastro. Y, por primera, vez el narrador, poeta y ensayista y autor de la premiada trilogía del Descubrimiento y la Conquista, no enmascara su voz y deja hablar a la suya, la del contador oral de historias heredero de antepasados que contaban cosas al son de grillos y luciérnagas.
¿Fue el azar o el destino lo que condujo a esas personas y a Ospina hasta Villa Diodati? “Hago lo posible por no creer en el destino, pero el destino se empeña en que yo crea en él. Este tejido de casualidades me llevó a plantearme si eran tales o si hay hilos secretos gobernando los hechos. Es una pregunta que nos hacemos, si nuestra vida está escrita o la inventamos a medida que vivimos. Es bueno vivir en esa incertidumbre. El resultado aquí es comprobar que todo está conectado”.
Y en El año del verano que nunca llegó el lector desanda el camino al mismo tiempo que el autor-narrador descubre los hechos. Eso lo convierte en testigo, también, de la concepción, investigación, dudas y creación de la obra y de conocer parte del alma atormentada de los  personajes.

Encrucijada de los tiempos

Byron, Claire, Mary, Percy y Polidori huyen de algo y de sí mismos; buscan algo de otros y de sí mismos. Algunos de los autores románticos, reflexiona Ospina, "logran mantener vivo todo el carácter sulfúrico de sus obras y pasiones. Si uno se acerca a Baudelaire siente que todavía las cosas que escribió no se pueden decir ahora. Cada uno de aquellos cinco personajes encarnaba una rebelión particular. Ahora no es fácil que se vivan esas aventuras libertarias tan extremas. Es llamativo que las rebeliones de unos adolescentes de hace dos siglos sigan vivas”.

Cada uno de aquellos cinco personajes encarnaba una rebelión particular. Ahora no es fácil que se vivan esas aventuras libertarias tan extremas. Es llamativo que las rebeliones de unos adolescentes de hace dos siglos sigan vivas”.
 El tiempo parece detenido. Lo que plantean los mitos de Frankenstein y El vampiro, dice Ospina, “tiene que ver con la vida artificial y las relaciones amorosas y sus consecuencias. Por ejemplo, si vamos a renunciar al agradable método tradicional de reproducción cuando esté controlada la reproducción o nos decantaremos por los afectos sinceros, libres de prejuicios y tradiciones”.
Entonces, Ospina evoca unas palabras de Bertrand Russel al dejar escrito que "el momento más alto del Romanticismo europeo no había sido un poema ni un lienzo ni una sinfonía, sino la muerte de Byron linchado por la libertad de Grecia. Intentaba transmitir que el Romanticismo fue mucho más que un movimiento artístico, literario o ético. Fue una actitud vital, una manera de estar en el mundo".
El Romanticismo como amortiguador de la razón palpita: “Si algo surgió en aquella triple noche cuando nacieron Frankenstein y El vampiro fue una idea nueva de la belleza, de la pasión y de la libertad. Todo el arte moderno deriva de esa rebelión que encontró belleza donde decían que no había”. Es la fascinación por el abismo, el hechizo de lo monstruoso refulgiendo de atracción: “Es la tensión de la que nace toda la fuerza del arte moderno”.

En este momento se tiene que estar forjado algún mito. Hay temas como la naturaleza, la supervivencia de la libertad. La humanidad espiada por el ojo electrónico. La humanidad atrofiada por el exceso de consumo
Frankenstein con sus preguntas sobre la existencia y la ciencia y el alma, y El vampiro con su metáfora de amor y muerte, de posesión y liberación en el secuestro, inauguran un nuevo reino. La mayor necesidad de la especie humana “es la creación de mitos que organicen nuestra relación con la imaginación. No son fruto de la voluntad de nadie. En este momento se tiene que estar forjado alguno. Hay temas como la naturaleza, la supervivencia de la libertad. La humanidad espiada por el ojo electrónico. La humanidad atrofiada por el exceso de consumo. Se crearán mitos nuevos pero es impredecible saber cómo serán. El secreto consiste en no saberlo”.
No deja de llover en Marid. Las aceras se han salpicado de paraguas de colores. Una de las sorpresas de esta travesía para Ospina fue descubrir que Byron no solo apadrinó a dos mitos, sino que una de sus hijas sería, en parte, pionera del mundo digital que crea nuevos monstruos: “Byron llegó a ser el hombre que en una encrucijada de los tiempos concibió los lenguajes del futuro de la estética, la política, casi del pensamiento y añadió una figura: la del artista convertido a sí mismo en obra de arte”.
Pocos años después de aquella noche de 72 horas, murieron los tres hombres que habían jugado a dioses y demonios en la misma villa donde dos siglos antes John Milton había engendrado su magistral y rebelde ángel caído de El paraíso perdido para quien es "Mejor reinar en el infierno que servir en el cielo". Mary Shelley murió mayor. A ellos sobrevivió Claire, la mujer que los conectó y que guardó sus cartas en un cofre dentro de su oscuridad sin fin.

lunes, 17 de octubre de 2011

PRENSA CULTURAL. CINE. "El padre de Frankenstein" (sobre el director James Whale)

Fotograma del Frankenstein de James Whale

   En "El Día de Córdoba":
El padre de Frankenstein

   Juan Pedrero Santos publica en la editorial Calamar un libro dedicado a James Whale, un acercamiento a la vida y obra del cineasta que dio vida al famoso icono del género del terror.

José Abad
13.10.2011

   Aunque su filmografía incluye comedias, musicales y dramas de vario color, James Whale ha pasado a la posteridad -injusta, no arbitrariamente- como El padre de Frankenstein. Éste fue el título que recibió en España la novela de Christopher Bram inspirada en los últimos días del cineasta y, también, el subtítulo del acercamiento biográfico-crítico firmado por Juan Andrés Pedrero Santos, feble pero fiable, redimido por una muy cuidada edición, según es su costumbre, del sello Calamar. A James Whale, así es, lo invocamos exclusivamente por un par de películas: El doctor Frankenstein y La novia de Frankenstein. Fueron sus mayores éxitos comerciales, además de sus principales logros artísticos, y su sombra aplastó de manera inmisericorde el resto de su obra, una veintena de largometrajes realizados a lo largo de una docena de años. En una de esas típicas poses que suelen realzar el objeto despreciado, Whale confesaba no tenerle demasiada estima a este díptico. Sin él, sin embargo, no habría entrado en la historia del cine.
   James Whale nació el 22 de julio de 1889, en Dudley (Inglaterra), en el seno de una familia trabajadora; fue uno de los diez hijos que trajo al mundo su madre, de los cuales sólo siete llegaron a adultos. Desde pequeño mostró firmes inquietudes artísticas que lo condujeron, en primer lugar, lejos de su ciudad natal, y a continuación, hacia el teatro. En los años 20 estaba instalado en Londres y dedicado al diseño y construcción de decorados teatrales, haciendo algún ocasional pinito como actor, y acercándose a la dirección a través de diversas tareas de asistencia. Lo que son las cosas, Whale debutó con el montaje de sendas obras de... ¡los hermanos Álvarez Quintero! El inesperado éxito de Journey's End lo catapultó hasta Nueva York, corría el año 1929, en un momento en el cual el cine estaba reinventándose. La implantación del sonoro había obligado a la industria a recurrir a profesionales provenientes del teatro y, aunque el séptimo arte no parece haber despertado ningún fervor anteriormente en Whale, de la noche a la mañana se encontró trabajando para la gran maquinaria hollywoodiense.
   Nuestro protagonista fue requerido en calidad de director de diálogos: "La tarea de Whale consistía en ensayar los diálogos con los actores previamente al rodaje de los diversos planos, aplicando técnicas teatrales que mejoraran el trabajo de los intérpretes", explica diligentemente Pedrero Santos. Su carrera fue, como se verá, meteórica. En 1930 se ocupó de la adaptación a la pantalla de Journey's End, una historia que volvió a darle suerte. La película tuvo una buena taquilla y, al poco, Whale entraba en nómina de 'Universal Pictures', en cuyo seno llevaría a cabo la mayor parte de su carrera. Tras el éxito de El puente de Waterloo (1931), la productora le dio a elegir su siguiente trabajo entre una treintena de proyectos. No se sabe bien por qué, aunque se haya especulado a propósito, Whale se decantó por una producción ya en manos de otro director, Robert Florey. Ni cortos ni perezosos, los mandamases de 'Universal' retiraron a Florey del plató donde rodaba El doctor Frankenstein y le encargaron la realización de Doble asesinato en la calle Morgue (1932) -"como premio de consolación", apunta Pedrero Santos-, mientras Whale se hacía con las riendas de una película llamada a dar forma a uno de los grandes iconos del género de terror.
   Aunque se cuenten por docenas las versiones de Frankenstein, ninguna caracterización de la criatura ha logrado hacer sombra a la de Boris Karloff. El libro de Pedrero Santos se recrea en el proceso de creación del monstruo: "[Karloff] Tenía que levantarse todos los días a las 4:30 de la madrugada para estar sentado en la silla de maquillaje a las 6:00, donde un esteticista preparaba la piel del actor mientras este aprovechaba para desayunar. Luego, cinco horas de maquillaje de 7:00 a 12:00 de la mañana. [...] De 14:00 a 19:00 rodaba y luego se tardaba una hora más en retirar el maquillaje. Así, a las 20:00 Boris estaba dispuesto para tomar una ducha fría y largarse a casa; y al día siguiente, vuelta a empezar. Debajo del vestuario, además, llevaba elementos de acero en espalda, brazos y piernas, que hacían que sus movimientos fueran más envarados, por no hablar de la incomodidad de las pesadas botas de asfaltador que calzaba, con un peso de seis kilos cada una y a las que habían incorporados unas alzas. [Una vez] disfrazado alcanzaba una altura de dos metros y diez centímetros y pesaba unos 25 kilos más de lo que era su peso natural".
   Mereció la pena el sacrificio. El doctor Frankenstein (1931) fue un éxito gracias, sobre todo, al reclamo que suponía el monstruo. Estos son los datos manejados por Pedrero Santos: "La producción había costado unos 291.000 dólares, se proyectó en algunos cines durante todo el día -sin cesar- y no tardó en alcanzar una espectacular recaudación de cinco millones de dólares". La secuela estaba cantada; no obstante, tardó en ponerse en pie y, entre tanto, Whale se responsabilizó de un par de apreciables aportaciones al género fantástico: El caserón de las sombras (1932) y El hombre invisible (1933), pasto de cierta "cinefilia con acné" con tendencia a la ofuscación. Parece ser que a Whale no le apetecía lo más mínimo retomar la historia de Frankenstein ni trabajar de nuevo con Boris Karloff. Aceptó la oferta sólo cuando le dieron carta blanca; lo cual no suponía hacer cuanto le viniera en gana -Whale no era un rebelde- sino hacer a su manera lo que pedían que hiciera. En La novia de Frankenstein (1935) hallamos, potenciadas, las bondades del primer Frankenstein y casi ninguno de sus defectos. El guión está mejor desarrollado y la realización de Whale, libre del vacuo formulismo del anterior, consigue realmente apasionarse en lo que cuenta.
   Cuando Carl Laemmle Jr. abandonó 'Universal Pictures', el cineasta se quedó sin su principal valedor. Whale -un tipo discreto y reservado, según quienes lo conocieron- podía ser un inconveniente para sí mismo en aquel mundillo voraz. Ningún retrato mejora el de Guillermo del Toro, incluido en el prólogo: "La figura de Whale, un homosexual que ya no se escondía de serlo en aquellos años 30 y en los Estados Unidos [...], es la de un hombre que siempre quiso ser lo más libre que las circunstancias le permitieron, y cuya mayor directriz vital fue siempre mantener el máximo control sobre su obra y sobre su propia existencia. Tan libre incluso como para decidir por sí mismo cuál era el momento adecuado y la forma en que su vida debía colgar el cartel de The End". Antes de retirarse, aún se embarcaría en alguna producción de envergadura -Magnolia (1936), The Road Back (1938)-, pero su estrella se apagaba con la misma celeridad con que se había encendido. En 1941 abandonó el ajetreo diario de los estudios para dedicarse a la pintura, los viajes y el teatro, quizás su auténtica pasión. Después de dos derrames cerebrales que le hicieron temer una vejez postrado en cualquier cama de hospital, el 29 de mayo de 1957 se suicidó arrojándose a la piscina de casa. Un detalle: nunca aprendió a nadar.
   A pesar de la prosa de Juan Andrés Pedrero Santos -proclive al fárrago típico de esa cinefilia que acusaba líneas atrás-, el libro es magnífico. La edición invita a cogerlo y hojearlo sólo por el placer de degustar el extraordinario material gráfico que lo surte, sostiene y, en definitiva, justifica.

jueves, 21 de octubre de 2010

PRENSA. "Frankenstein: el origen de la Neuroética", por Adela Cortina

Adela Cortina
En "El País":
Frankenstein: el origen de la Neuroética

ADELA CORTINA 17/10/2010

En 2002 nace un nuevo saber, la Neuroética, en un congreso organizado por la Fundación Dana, interesada por las neurociencias. El congreso se celebra en San Francisco, con la asistencia de un buen número de especialistas, dispuestos a presentar en sociedad a la recién nacida, que tendrá por delante una apasionante tarea: no solo se ocupará de evaluar éticamente las investigaciones y las aplicaciones en neurociencias, sino también de tratar problemas fundamentales de la vida humana en los que está implicado el cerebro, como la libertad, la conciencia, el yo, la relación mente-cuerpo o las bases cerebrales de la moral.
Desde el congreso fundacional han aumentado exponencialmente las instituciones y publicaciones dedicadas al tema, llegando en ocasiones a la convicción de que la Neuroética es al siglo XXI lo que la Genética fue al XX, el gran reto que las ciencias plantean a la ética, ahora gracias al avance de las neurociencias.
El abanico de aplicaciones que abre el nuevo saber es inmenso, pero de entre ellas una se ha convertido en el asunto estrella: el enhancement, la posible mejora de las capacidades humanas interviniendo en el cerebro, el perfeccionamiento de facultades normales, y no solo la curación de patologías. La perfectibilidad del hombre, el gran reto del siglo XXI, las virtualidades y los límites de conseguir hombres y mujeres mejores interviniendo en el cerebro.
¿No desearía usted que le insertaran un chip para hablar inglés sin necesidad de academias? ¿No querría recuperar aquella fabulosa memoria de la juventud? Si la nueva Genética preparaba el Mundo feliz que diseñó Aldous Huxley, las neurociencias permitirían encarnar por fin el sueño del doctor Frankenstein.
Porque según cuenta uno de los fundadores de la Neuroética, William Safire, el nuevo saber nació en realidad en 1816 con el Frankenstein de Mary Shelley. ¿Lugar? Villa Diodati, en los alrededores de Ginebra. Allí se han reunido Lord Byron, Shelley, Polidori y Mary, que más tarde llevaría el nombre de Mary Shelley. El mal tiempo les obliga a permanecer en la villa y deciden hacer la apuesta de escribir cada uno un relato de terror. Al finalizar la estancia solo Mary ha sido capaz de terminar ese relato Frankenstein: el Prometeo moderno, con el que, al parecer, y sin ella saberlo, nació la Neuroética.
Claro que contar de este modo la prehistoria del nuevo saber puede parecer disuasorio, que es un intento de prevenir contra las posibles consecuencias nefastas de la tarea prometeica de intentar crear hombres más perfectos, porque puede llevar a producir monstruos. Como ella misma confiesa, Mary había leído los trabajos de Erasmus Darwin, el abuelo de Charles Darwin, sobre la creación de la vida artificial, y los toma como base para su obra. Por eso, aunque empieza escribiendo una historia de terror, va pasando poco a poco a contar un relato sobre la perfectibilidad del hombre y acaba descubriendo que el presunto hombre más perfecto no es más que un monstruo. Se trataría a fin de cuentas de una novela educativa más, con una moraleja que convendría recordar en el siglo XXI, cuando las técnicas de neuroimagen permiten conocer más a fondo el cerebro y se hacen posibles intervenciones de mejora. Agitar el espantajo del monstruo de Frankenstein sería la forma de prevenir frente a esta nueva tarea prometeica.
Pero no es este el mensaje que encontrará en la novela de Shelley quien no solo lea el comienzo, sino que llegue hasta el final. Sin duda la criatura de Frankenstein es un hombre distinto de los conocidos, más perfecto en algunas de sus capacidades, pero, precisamente por eso, no puede encontrar a ningún semejante, nadie puede reconocerle como un igual en humanidad. Y el hilo conductor de la novela es la búsqueda desesperada de un igual en quien poder reconocerse, a quien poder estimar y de quien recibir estima. Al final del relato el monstruo maldice a su creador por haberle creado con un gran anhelo de felicidad y sin los medios para satisfacerlo: le ha dado grandes capacidades, pero no la posibilidad de encontrar a un igual con el que compartir vida y destino, no hay derecho a crear a un ser sin ofrecerle a la vez los medios para ser feliz.
Ese era en realidad el mensaje de Mary Shelley: que los miembros y los órganos de un ser humano, incluido el cerebro, pueden ser muy perfectos, pluscuamperfectos, pero nada garantiza que su vida sea una vida buena si no puede contar con otros entre los que saberse reconocido y estimado. "El ángel rebelde -dirá el monstruo de Frankenstein- se convirtió en un monstruo diablo, pero hasta ese enemigo de Dios y de los hombres cuenta en su desolación, con amigos y compañeros. Yo estoy solo".
Tal vez este debiera ser el mensaje de una Neuroética pensada en serio, prometedora en tan gran cantidad de posibilidades, cuidadosa de esa dimensión del reconocimiento mutuo sin la que la felicidad flaquea. Tal vez sea ese el modo de superar el fracaso de Frankenstein en un proyecto de vida, no tanto más perfeccionada, como buena.

Adela Cortina es catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia. Su última obra es Justicia cordial.

sábado, 26 de junio de 2010

FRANKENSTEIN. IMÁGENES.

Por Kevin Nowlan


Por Lou Romano








Dibujo de Bernie Wrightson




Por Dave Hithcock


Por Jean-Léon Huens

Para ver muchas más imágenes y acceder a gran cantidad de información sobre el personaje, aquí.

jueves, 25 de marzo de 2010

AUDIOLIBRO. LECTURA. "Frankenstein", de Mary W. Shelley

Fotograma de la película de James Whale (1931)

"Frankenstein o el moderno Prometeo", de Mary W. Shelley, publicado en 1818, está considerado como el primer libro de ciencia ficción; trata temas tan importantes como el poder del ser humano para crear vida.
Podemos escucharlo aquí, en este audiolibro cuyo enlace nos ha enviado Selene Urbano, alumna de 2º de ESO de nuestro instituto.
Además, aquí podemos leer sus primeras páginas:

CARTA 1


A la señora SAVILLE, Inglaterra

                                     San Petersburgo, 11 de diciembre de 17...

Te alegrarás de saber que ningún percance ha acompañado el comienzo de la empresa que tú contemplabas con tan malos presagios. Llegué aquí ayer, y mi primera obligación es tranquilizar a mi querida hermana sobre mi bienestar y comunicarle mi creciente confianza en el éxito de mi empresa.
Me encuentro ya muy al norte de Londres, y andando por las calles de Petersburgo noto en las mejillas una fría brisa norteña que azuza mis nervios y me llena de alegría. ¿Entiendes este sentimiento? Esta brisa, que viene de aquellas regiones hacia las que yo me dirijo, me anticipa sus climas helados. Animado por este viento prometedor, mis esperanzas se hacen más fervientes y reales. Intento en vano convencerme de que el Polo es la morada del hielo y la desolación. Sigo imaginándomelo como la región de la hermosura y el deleite. Allí, Margaret, se ve siempre el sol, su amplio círculo rozando justo el horizonte y difundiendo un perpetuo resplandor. Allí pues, con tu permiso, hermana mía, concederé un margen de confíanza a anteriores navegantes; allí no existen ni la nieve ni el hielo y navegando por un mar sereno se puede arribar a una tierra que supera, en maravillas y hermosura, cualquier región descubierta hasta el momento en el mundo habitado. Puede que sus productos y paisaje no tengan precedente, como sin duda sucede con los fenómenos de los cuerpos celestes de esas soledades inexploradas. ¿Hay algo que pueda sorprender en un país donde la luz es eterna? Puede que allí encuentre la maravillosa fuerza que mueve la brújula; podría incluso llegar a comprobar mil observaciones celestes que requieren sólo este viaje para deshacer para siempre sus aparentes contradicciones. Saciaré mi ardiente curiosidad viendo una parte del mundo jamás hasta ahora visitada y pisaré una tierra donde nunca antes ha dejado su huella el hombre. Estos son mis señuelos, y son suficientes para vencer todo temor al peligro o a la muerte e inducirme a emprender este laborioso viaje con el placer que siente un niño cuando se embarca en un bote con sus compañeros de vacaciones para explorar su río natal. Pero, suponiendo que todas estas conjeturas fueran falsas, no puedes negar el inestimable bien que podré transmitir a toda la humanidad, hasta su última generación, al descubrir, cerca del Polo, una ruta hacia aquellos países a los que actualmente se tarda muchos meses en llegar; o al desvelar el secreto del imán, para lo cual, caso de que esto sea posible, sólo se necesita de una empresa como la mía.
Estos pensamientos han disipado la agitación con la que empecé mi carta y siento arder mi corazón con un entusiasmo que me transporta; nada hay que tranquilice tanto la mente como un propósito claro, una meta en la cual el alma pueda fiar su aliento intelectual. Esta expedición ha sido el sueño predilecto de mis años jóvenes. Apasionadamente he leído los relatos de los diversos viajes que se han hecho con el propósito de llegar al Océano Pacífico Norte a través de los mares que rodean el Polo. Quizá recuerdes que la totalidad de la biblioteca de nuestro buen tío Thomas se reducía a una historia de todos los viajes realizados con fines exploradores. Mi educación estuvo un poco descuidada, pero fui un lector empedernido. Estudiaba estos volúmenes día y noche y, al familiarizarme con ellos, aumentaba el pesar que sentí cuando, de niño, supe que la última voluntad de mi padre en su lecho de muerte prohibía a mi tío que me permitiera seguir la vida de marino.
Aquellas visiones se desvanecieron cuando entré en contacto por primera vez con aquellos poetas cuyos versos llenaron mi alma y la elevaron al cielo. Me convertí en poeta también y viví durante un año en un paraíso de mi propia creación; me imaginé que yo también podría obtener un lugar allí donde se veneran los nombres de Homero y Shakespeare. Tú estás bien al corriente de mi fracaso y de cuán amargo fue para mí este desengaño. Pero justo entonces heredé la fortuna de mi primo, y mis pensamientos retornaron a su antiguo cauce.
Han pasado seis años desde que decidí llevar a cabo la presente empresa. Incluso ahora puedo recordar el momento preciso en el que decidí dedicarme a esta gran labor. Empecé por acostumbrar mi cuerpo a la privación. Acompañé a los balleneros en varias expediciones al mar del Norte y voluntariamente sufrí frío, hambre, sed y sueño. A menudo trabajé más durante el día que cualquier marinero, mientras dedicaba las noches al estudio de las matemáticas, la teoría de la Medicina y aquellas ramas de las ciencias físicas que pensé serían de mayor utilidad práctica para un aventurero del mar. En dos ocasiones me enrolé como segundo de a bordo en un ballenero de Groenlandia y en ambas salí con éxito. Debo reconocer que me sentí orgulloso cuando el capitán me ofreció el puesto de piloto en el barco y me pidió reiteradamente que me quedara ya que tanto apreciaba mis servicios.
Y ahora, querida Margaret, ¿no merezco llevar a cabo alguna gran empresa? Podía haber pasado mi vida rodeado de lujo y comodidad, pero he preferido la gloria a cualquiera de los placeres que me pudiera proporcionar la riqueza. ¡Si tan sólo una voz alentadora me respondiera afirmativamen­te! Mi valor y mi resolución son firmes, pero mis esperanzas fluctúan y mi ánimo se deprime con frecuencia. Estoy a punto de emprender un largo y difícil viaje, cuyas vicisitudes exigirán de mí todo mi valor. Se me pide no sólo que levante el ánimo de otros, sino que conserve mi entereza cuando ellos flaqueen.
Esta es la época más favorable para viajar por Rusia. Vuelan sobre la nieve en sus trineos; el movimiento es agradable y, a mi modo de ver, mucho más cómodo que el de los coches de caballos ingleses. El frío no es extremado, si vas envuelto en pieles, atuendo que yo ya he adoptado. Hay una gran diferencia entre andar por la cubierta y permanecer sentado, inmóvil durante horas, sin hacer el ejercicio que impediría que la sangre se te hiele materialmente en las venas. ¡No tengo la intención de perder la vida en la ruta entre San Petersburgo y Arkángel.
Partiré hacia esta última ciudad dentro de dos o tres semanas, y pienso fletar allí un barco, cosa que me será fácil si le pago el seguro al dueño; también contrataré a cuantos marineros considere precisos de entre los que están acostumbrados a ir en balleneros. No pienso navegar hasta el mes de junio; y en cuanto a mi regreso, querida hermana, ¿cómo responder a esta pregunta? Si tengo éxito, pasarán muchos, muchos meses, incluso años, antes de que tú y yo nos volvamos a encontrar. Si fracaso, me verás o muy pronto, o nunca.
Hasta la vista, mi querida y excelente Margaret. Que el cielo te envíe todas las bendiciones y a mí me proteja para que pueda atestiguarte una y otra vez mi gratitud por todo tu amor y tu bondad.
Tu afectuoso hermano,
                                       ROBERT WALTON.