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domingo, 29 de mayo de 2011

PRENSA CULTURAL. "Un hombre apasionado", de Braulio Ortiz (sobre una biografía de Tolstói)

   En "El Día de Córdoba":
Un hombre apasionado

   Acantilado publica 'Vida de Tolstói', una semblanza del autor ruso escrita por el francés Romain Rolland que indaga en el alma conflictiva de un escritor irrepetible.

Braulio Ortiz
Actualizado 06.01.2011

   Entre las publicaciones que ha impulsado el centenario de la muerte de León Tolstói hay que celebrar la recuperación por parte de Acantilado de la semblanza que Romain Rolland realizó del novelista ruso, no sólo por la belleza del texto, un prodigio de concisión y delicadeza, sino por devolver a las librerías a un maestro de hondas inquietudes morales, Rolland, que tuvo entre sus discípulos a Stefan Zweig -quien escribiría un libro sobre él y siempre reconocería su influencia- y que fue reconocido con el Nobel, en 1915, por el idealismo de su producción literaria y el amor a la verdad de sus personajes. La edición de Vida de Tolstói coincide, además, con otro sentido retrato del autor de Guerra y paz de reciente aparición: El viejo León, de Mauricio Wiesenthal. La distorsión con la que habitualmente se conmemoran los centenarios, y que suele ofrecer visiones reduccionistas de los homenajeados, no ha podido esta vez con la riqueza de matices y la fuerza arrolladora de Tolstói.
   Rolland, a quien no le interesaba la disección cronológica, la descripción detallada de los hechos, se muestra más preocupado por reflejar en su vasta dimensión el alma arrebatada del escritor, su ansia de espiritualidad y esa sensibilidad punzante que le empujaba tanto al éxtasis como al abismo. "En cuanto hombre apasionado, tendía a pensar, cuando amaba o cuando creía, que amaba o que creía por primera vez, y decretaba que ese día daba comienzo su vida. ¿Cuántas veces la misma crisis, cuántas veces las mismas luchas en su alma?", se pregunta el creador francés al comienzo de su biografía.
   Porque Tolstói fue un espíritu inquieto en busca de un ideal que justificara el recorrido emprendido. Ya en la adolescencia, apunta Rolland, su cerebro se encuentra "en un estado de agitación perpetua", y en un corto intervalo tantea diferentes sistemas filosóficos. "Estoico, se inflige torturas físicas. Epicúreo, se da a una vida de desenfreno. Más tarde, cree en la metempsicosis. Acaba por caer en un nihilismo demente: le parece que, si se gira lo suficientemente rápido, podrá verse cara a cara con la nada". A su carácter voluble le acompaña un físico por el que el joven Tolstói se contempla con complejo: "En aquel entonces era feo como un simio: tenía una cara tosca, larga y pesada; un pelo corto que le nacía casi en la frente; unos ojos pequeños que, hundidos en unas oscuras cavidades, miraban fijamente y con dureza; una nariz ancha, unos labios gruesos y abultados y unas orejas grandes".
   La publicación de Infancia le dará la celebridad en toda Europa, pero en esa obra hay "una sentimentalidad dulce, tierna" de la que Tolstói renegará más tarde. Será tras la experiencia de la guerra con Turquía, en su paso por Sebastopol, unos cuantos libros después, cuando el escritor deje atrás ese sentimentalismo, y asome su talento para la observación de los comportamientos humanos. En el segundo de los relatos de Sebastopol, la perspectiva de Tolstói se adentra "en lo más profundo de los corazones de sus compañeros" y, "en ellos, como en él mismo, ve el orgullo, el miedo, la farsa de la sociedad que, aun en el umbral de la muerte, sigue representándose".
   Se identifica con sus camaradas en la trinchera, pero no con sus colegas en el mundo de las letras. Rolland indaga en la difícil relación con otros escritores, por los que siente "asco y desprecio". Su amistad con Turguéniev, quien le expresa su admiración, es imposible. "Los dos hombres no podían entenderse. Ambos veían el mundo con idéntica claridad, pero añadían a su visión el filtro de sus almas enemigas: una, irónica y apasionada, enamorada y desencantada, devota de la belleza; la otra, violenta, orgullosa, atormentada con ideas morales, henchida de un Dios oculto".
   A Tolstói, en realidad, le repugna que los escritores se crean "una casta elegida, la vanguardia de la humanidad", porque la bondad del autor le empuja hasta el pueblo. Abre escuelas, pero lo hace sin una idea precisa de cuál debe ser la orientación, y fomenta un trabajo más humano en la explotación de sus tierras. Aunque su complejidad de ánimo le impide que sus expectativas se colmen. "Seguía siendo presa de pasiones enfrentadas. Pese a ello, amaba el mundo, lo seguía amando, y lo necesitaba. La búsqueda del placer se apoderaba de él por épocas; en otras era el amor por la acción la que prevalecía", señala Rolland sobre una agitada etapa en la que Tolstói arriesgaba su vida en cacerías de osos y apostaba grandes sumas en el juego, excesos que luego le generaban el remordimiento. La muerte de su hermano Nikolái le sumirá en la oscuridad, y entonces dará la espalda a la literatura. "El arte es una mentira, y yo ya no puedo amar una bella mentira", sentencia desesperado en una carta.
   Pero la irrupción del amor salvaría a Tolstói. Su matrimonio con Sofía le proporcionó "una paz y una seguridad que llevaba mucho tiempo sin conocer". La llegada de su mujer a su vida fue determinante para su obra: ella "aportó a ese genio la riqueza del alma femenina, que él aún no conocía", y en la estabilidad que le otorgó, "bajo el ala del amor", pudo crear dos narraciones capitales en la historia de la literatura, Guerra y paz y Anna Karenina. En la primera se advierte que el novelista creó "con un ardor y una alegría que se transmiten al lector"; la segunda, sostiene el biógrafo, es "una obra más redonda", pero Rolland echa en falta "esa llama de juventud, ese frescor del entusiasmo".
   La sensibilidad de Tolstói volvía a pasear, involuntariamente, por las tinieblas. "La verdad era que la vida es un despropósito. Había llegado al borde del abismo y veía claramente que delante de mí no había nada, sólo la muerte", expondría en Confesión. El autor sabía que la existencia sólo tenía sentido "mientras se está ebrio de vida; en cuanto se pasa la embriaguez , es imposible no ver que todo no es más que un engaño". La verdad estará en consagrarse al trabajo, junto al pueblo, y recobrar la fe. "Recordé que únicamente vivía cuando creía en Dios (...) Y cuando tuve ese pensamiento, de nuevo se agitaron en mí unas alegres olas de vida".
   Tolstói elegirá la fe como la opción para salvarse a sí mismo -"su revolución", dice Rolland, "tiene una envergadura bien distinta de la de los revolucionarios: es la de un creyente místico de la Edad Media que espera que pronto llegue el reino del Espíritu Santo"-, pero su redención le exigirá pagar un alto precio. Dividido entre el afecto a su familia, que no comparte su religiosidad, y el amor a Dios, el escritor emprenderá una huida por los caminos en la que le sobrevendrá la muerte. Dejaba atrás 82 años de una "trágica y gloriosa pelea" en la que participaron "todas las fuerzas de la vida, todos los vicios y todas las virtudes. Todos los vicios, salvo uno, la mentira, que Tolstói persiguió sin cesar y arrinconó en lo más profundo de su corazón".

lunes, 22 de noviembre de 2010

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "Un novelista sin fe en la ficción", de Juan Gabriel Vásquez. Sobre Lev Tolstói (1828- 20 noviembre 1910)

Tolstói
Un novelista sin fe en la ficción
 
JUAN GABRIEL VÁSQUEZ 20/11/2010
 
Los clásicos rusos vuelven con algunos inéditos y nuevas traducciones directas. Dostoievski, Chéjov, Pasternak o Aksiónov invitan a ser leídos otra vez. Y hoy se conmemora el centenario de la muerte de Tolstói, quien se debatió entre el arte y la moral, sobre todo cuando escribió Hadjí Murat. Además, el próximo 2011 se celebrará el Año de Rusia y España.
 
"La escritura, en particular la literaria, es francamente nociva para mí desde un punto de vista moral", escribe Tolstói en su (alarmante) diario de vejez. En la misma entrada confiesa haber sucumbido a un deseo de gloria mientras escribía Amo y criado; por suerte, añade enseguida, ya ha "comenzado a despertar moralmente". Era el 18 de marzo de 1895. A Tolstói le quedaban quince largos años de vida durante los cuales siguió despertando moralmente, lo cual equivalía a escribir menos ficción y a despreciarla -y despreciarse- cada vez que la escribía. Tiene que ser una de las grandes paradojas del arte que en esos años de descreimiento artístico, de total escepticismo sobre el poder de la ficción, saliera de su pluma una de las grandes ficciones de todos los tiempos: Hadjí Murat.
El origen de la novela consta en otra entrada del diario, la del 19 de julio de 1896. Tolstói caminaba por un campo de tierra negra en Pirogovo, más bien lejos de su residencia de Yásnaia Poliana, cuando se topó con una mata de cardo con tres retoños. En la traducción de Selma Ancira: "Uno estaba roto y de él colgaba una sucia flor de color blanco; otro también estaba roto y salpicado de barro, negro, el tallo partido y sucio; el tercer retoño brotaba transversalmente, también estaba negro de polvo, pero todavía vivía, y hacia la mitad tenía un color rojizo. Me hizo pensar en Hadjí Murat. Me gustaría escribir al respecto. Defiende su vida hasta el final y, solo, en medio del vasto campo, como puede, logra defenderla victoriosamente".
El adverbio me parece un exceso: es difícil decir de alguien que defendió su vida victoriosamente cuando su cabeza degollada acabó recorriendo todos los pueblos del Cáucaso como ejemplo para otros guerrilleros, o más bien como disuasión. Pero es cierto que Hadjí Murat -aquel rebelde musulmán que fue uno de los más temidos resistentes al afán expansionista de Nicolás I- murió con heroísmo, y sobre todo es cierto que el final de su vida, en 1852, sirvió de materia prima a una maravilla literaria. "El mejor relato del mundo", exageró famosamente Harold Bloom. Yo acabo de volver a leerlo, y lo he hecho con tanta fascinación (y mucho más entendimiento) como la primera vez, hace once años, cuando el estallido de la segunda guerra de Chechenia convirtió esta novela de un siglo de edad en un documento más actual que cualquier diario.
Hadjí Murat, esa extraordinaria metáfora de la resistencia, fue el último relato de envergadura que escribió Tolstói. Sus ciento cincuenta páginas le tomaron ocho años; supongo que es lícito preguntarse por qué un hombre capaz de escribir las mil páginas de Guerra y Paz en seis años necesita dos más para escribir ochocientas cincuenta menos. La respuesta es: si ser novelista es difícil, es más difícil ser santo. Y eso era Tolstói, un santo en la Tierra, una iglesia de un solo hombre. Como toda iglesia, había llegado a detestar el sexo, que le parecía un obstáculo para el amor; como toda iglesia, había llegado a la conclusión de que no hay vida posible fuera de la fe ("sin la conciencia de Dios", escribe en su diario, "no puede haber una concepción razonable del mundo"); como toda iglesia, había llegado a considerar la desgracia personal como una bendición. Las páginas que siguen a la muerte de su hijo Vaniéchka son espeluznantes: "Enterramos a Vaniéchka. Terrible. No, terrible no, un gran acontecimiento espiritual. Te doy las gracias, padre. Te doy las gracias". Finalmente: como toda iglesia, había llegado a desconfiar de la literatura de ficción.
Así que los lectores de Hadjí Murat tenemos que lidiar antes que nada con esta contradicción molesta: aquella puesta en escena de la lucha del hombre contra las fuerzas colectivas, sin duda uno de los más altos elogios del individuo jamás escritos, fue escrita por un hombre que había dejado de creer en el individuo y, correlato necesario, en esa emanación de la individualidad que es el arte. Durante sus últimos años Tolstói llegó a despotricar contra Beethoven, culpándolo de la decadencia de la música contemporánea, y llegó a escribir un pequeño volumen demostrando que Shakespeare era un elaborado fraude, y todos los que durante siglos lo habían admirado, meros ingenuos; todo eso, claro, al mismo tiempo que creaba uno de los únicos personajes genuinamente shakespeareanos de la literatura no inglesa. ¿Cómo es eso posible? Respuesta: en Tolstói, como en Shakespeare, el ego del moralista nunca suprimió el instinto del artista. O mejor: el artista resistió a cada embate del moralista. Quizás es esto lo que queremos decir cuando decimos que las mejores novelas son siempre más inteligentes que sus autores. El asesinato de la vieja usurera por Raskolnikov nos horroriza a todos, pero ningún lector de Crimen y castigo ha dejado de sentir por un breve instante que entiende al estudiante, que sabe por qué la ha matado. Así todas las grandes ficciones. Así, por supuesto, las grandes ficciones de Tolstói. Así Hadjí Murat.
Pasear por su diario de esos años, los años de la escritura de Hadjí Murat, es asistir a un pulso librado entre el artista y el moralista, una especie de combate cuerpo a cuerpo donde sólo uno de los dos puede quedar de pie. Tomemos el año de 1896, cuando Tolstói comienza a escribir la novela. El 23 de enero anota: "Una verdadera obra de arte -la que transmite- sólo es posible cuando el artista busca, intenta". Ésta es la moral del novelista genuino, para quien la novela es un instrumento de inquisición, de averiguación. Pero un mes después, con la moral del líder-del-rebaño, con la moral del puritano o del predicador, escribe: "Sólo existe un arte y consiste en aumentar las alegrías inocentes de todos, accesibles a todos, el bienestar del hombre. Un edificio bello, un cuadro festivo, un canto, un cuento brindan una felicidad menor; la incitación a un sentimiento religioso de amor por el bien que produce un drama, un cuadro, un canto, brinda una felicidad mayor".
Sigamos. El 17 de mayo Tolstói escribe: "El objetivo principal del arte, si existe el arte y si tiene un objetivo, es manifestar, expresar la verdad sobre el alma humana, expresar aquellos secretos que la palabra sencilla no puede expresar". Pero el 30 de julio parece otro el que escribe: "El placer estético es un placer de orden inferior. Y por esto aun el mayor placer estético nos deja insatisfechos. E incluso, mientras mayor sea el placer estético, mayor es la insatisfacción que nos deja. Solo el bienestar moral puede producir una satisfacción plena".
Las entradas de esos días están plagadas de referencias a la obligación de accesibilidad del arte: es arte lo que es comprensible a todos, dice Tolstói, y no es arte lo que no queda inmediatamente claro. Pero yo los reto a ustedes a encontrar en Hadjí Murat una conclusión nítida y precisa sobre cualquier cosa. No la hay: a Tolstói, como quería Flaubert, se le siente en todas partes pero no se le ve en ninguna. En algún momento comparó sus intenciones con un invento inglés que acababa de descubrir: el peep-show, una lente por donde pasan distintas imágenes parciales de un mismo objeto. Lo mismo quería hacer con Hadjí Murat: presentarlo como marido, como fanático, como guerrero. El hombre que tiene esas miras, que actúa con neutralidad cervantina frente a su criatura, no puede ser el mismo que condena las obras de arte como mero divertimento para gente acomodada, o que escribe a comienzos de 1897: "El daño que hace el arte, el daño principal, es que ocupa el tiempo e impide a los hombres ver su ociosidad".
Se trata de una verdadera esquizofrenia literaria. Al mismo tiempo que Tolstói compone Hadjí Murat, quejándose de que no encuentra el tono, imaginando las posibilidades de su criatura, desprecia la actividad de la creación y elogia a la clase trabajadora por no haber caído en el engaño de la creación estética. El 14 de octubre de 1897 anota, con paciencia de artesano, algunos detalles que se le han ocurrido para Hadjí Murat: la sombra de un águila que corre por el flanco de una montaña, las huellas sobre la arena de fieras, caballos y hombres, el resoplido de los caballos al entrar en el bosque, un macho cabrío que aparece de un salto desde detrás de una mata de aliaderna. Son los detalles que traen la historia a la vida, y dan fe de que el talento de Tolstói para la evocación de un mundo físico vívido y potente no había desaparecido. ¿Cómo reconciliar a este hombre con el que escribe que Boccaccio es el comienzo del arte inmoral, o que lee La dama del perrito, el cuento de Chéjov que hoy nos parece una de las cimas del género, y despotrica contra él porque considera que no ha elaborado una concepción del mundo "capaz de distinguir el bien del mal"?
Sea como sea, el resultado está ahí: la historia de Hadjí Murat sobrevivió, ha seguido sobreviviendo. Tolstói la terminó sin entusiasmo mientras escribía, con entrega total, otras cosas: su pequeño tratado sobre el arte, su Confesión -un verdadero ajuste de cuentas con la Iglesia rusa ortodoxa, que lo excomulgó después y hasta el día de hoy no lo ha recibido de nuevo en su seno-, y también la novela Resurrección, que es una gran obra literaria pero que no le llega a los tobillos a la historia del rebelde musulmán. Mientras tanto seguía dividido: por un lado, agobiado por ideas fijas sobre la religión y su papel en ella, sobre los defectos de la mujer (la culpaba de todos los desastres del mundo contemporáneo), sobre la cultura (que sólo florece, decía, cuando no hay moral); por el otro, lleno de dudas. Pues bien: la duda es la provincia del novelista. El 19 de diciembre de 1900 Tolstói escribe: "El artista, para poder influir en los demás, debe buscar; su obra ha de ser una búsqueda. Si ya lo ha encontrado todo, si lo sabe todo y adoctrina o se divierte deliberadamente, no ejerce ninguna influencia. Sólo si busca, el espectador, el oyente, el lector se unirán a él en su búsqueda".
Tenía razón. Aquí estamos nosotros, más de cien años después, buscando con Tolstói. Algunas cosas hemos encontrado, muchas felicidades nos ha dado el hecho mismo de buscar. Y cuando nos sentimos confundidos, desorientados, sacamos Guerra y paz, sacamos Ana Karenina, sacamos La muerte de Iván Ilych, sacamos Hadjí Murat, y esas ficciones son lo más cerca que estamos, o que estoy yo, del sentimiento que otros llaman religioso, porque siguen enriqueciendo mi noción de la humanidad y mi respeto por esta vida inmensamente varia que nos ha tocado en suerte, esta vida tan múltiple y compleja que no la podríamos entender sin la ayuda de quienes la han contado.
 
Tolstói con mano propia y ajena
 
Hadjí Murat
León Tolstói. Traducción de Irene y Laura Andresco Kuraitis. La otra orilla. Barcelona, 2010. 240 páginas. 15 euros.
 
Anna Karénina
Traducción de Víctor Gallego.
Alba. Barcelona, 2010. 1.008 páginas. 44 euros.
 
Guerra y paz
Traducción de Lydia Kúper. El Aleph / Del Taller de Mario Muchnik. Barcelona, 2010 1.900 páginas. 39,90 euros.
 
Para ver más obras, pulsar en el enlace.

viernes, 27 de agosto de 2010

CUENTO. "Francisca" (y II), de Lev Tolstói (1828-1910)

Lev Tolstói
Francisca (y II)
                                        II
Se instalaron en la gran sala de la taberna. Cada cual eligió una amiga; no se separaría de ella en toda la noche: tal era la costumbre del establecimiento. Juntaron tres mesas. Ante todo, bebieron en compañía de las mujeres; y luego subieron con ellas al piso de arriba. Abajo se oyeron durante un rato las pisadas de las fuertes botas de aquellos pies que subían la escalera de madera y entraban por la estrecha puerta, para dispersarse por los dormitorios. Habían bajado varias veces a beber y habían vuelto a subir.
La orgía estaba en todo su apogeo. Los sueldos de medio año se gastaron en las cuatro horas de juerga. Hacia las once de la noche, todos los marineros estaban borrachos. Con los ojos inyectados en sangre, vociferaban incoherentemente. Cada cual tenía a su amiga sentada en las rodillas. Unos cantaban, otros gritaban; algunos daban puñetazos en la mesa o se echaban vino al gaznate. Celestino se hallaba entre sus compañeros. En una de sus rodillas estaba sentada, a horcajadas, una moza gruesa y coloradota. Celestino había bebido lo mismo que los demás, pero aún no estaba borracho. Por su cabeza cruzaban algunos pensamientos. Pero las ideas que le acudían se disipaban en seguida; y no lograba retenerlas, no las podía recordar ni expresar.
-Así pues…; así pues… ¿Hace mucho que estás aquí? -preguntó, echándose a reír.
-Seis meses -contestó la moza.
Duclos movió la cabeza, como si lo aprobara.
-¿Y te va bien?
-Me he acostumbrado -dijo la muchacha, después de reflexionar un ratito-. Una tiene que hacer algo. Esto es mejor que ser criada o lavandera.
-¿No eres de aquí? -preguntó Duclos, que había vuelto a mover la cabeza, como si también aprobara esto último.
La moza hizo un movimiento negativo.
-¿Eres de muy lejos?
-Sí.
-¿De dónde?
-De Perpiñan -contestó, después de haber pensado, como si tratara de recordar.
-Ya, ya -pronunció Celestino Duclos; y guardó silencio.
-Y tú, ¿eres marinero? -preguntó ella, a su vez.
-Sí, somos marineros.
-¿Habéis estado lejos?
-Bastante. Hemos visto de todo.
-¿A lo mejor habéis dado la vuelta al mundo?
-Ya lo creo; casi dos veces.
La moza se quedó pensativa. Parecía recordar algo.
-Me figuro que os habréis encontrado con otros barcos -dijo al fin.
-Claro.
-¿Habéis visto a La Virgen de los Vientos? Es un barco que se llama así.
Celestino Duclos se asombró de que nombrara aquella embarcación; y se le ocurrió gastarle una broma.
-Sí; nos encontramos con él la semana pasada.
-¿De veras? –exclamó la moza, palideciendo.
-Sí.
-¿No mientes?
-Te lo juro.
-¿Has visto en ese barco a Celestino Duclos?
-¿A Celestino Duclos? -repitió el marinero, sorprendido e incluso asustado. ¿De dónde podía saber su nombre?- ¿Lo conoces?
La moza reflejó también una expresión de susto.
-No; yo, no. Lo conoce una mujer de aquí.
-¿Quién es? ¿Están en esta casa?
-No; aquí no; pero cerca.
-¿Dónde?
-Muy cerca.
-¿Quién es?
-Una mujer, una mujer como yo.
-¿Por qué se interesa por él?
-No sé. Tal vez sea una paisana suya.
Se escudriñaron, mirándose fijamente a los ojos.
-Quisiera ver a esa mujer -dijo Duclos.
-¿Para qué? ¿Tienes que decirle algo?
-Tengo que decirle…
-¿Qué?
-Que he visto a Celestino.
-¿Lo has visto? ¿Está sano y salvo?
-Sí. ¿Por qué?
La moza guardó silencio, sumiéndose en reflexiones; y luego preguntó, en voz baja:
-¿Adónde se dirige La Virgen de los Vientos?
-A Marsella.
-¿De veras?
-Sí.
-¿Y tú conoces a Duclos?
-Ya te he dicho que sí.
La moza meditó un rato.
-Bueno, bueno, está bien -dijo, al fin, en voz baja.
-¿Por qué te interesas por él?
-Si lo ves, dile…; pero no, no hace falta.
-¿Qué quieres que le diga?
-Nada, nada.
Celestino Duclos miraba a la moza, sintiéndose cada vez más inquieto.
-¿Lo conoces? –preguntó.
-No.
-Entonces ¿por qué te interesas por él?
Sin contestar, la moza se puso en pie de un salto, y corrió hacia el mostrador, tras del que estaba sentada la dueña. Cogió un limón y después de exprimir el zumo en un vaso, echó agua y se lo llevó a Celestino.
-Toma. Bébete esto -le dijo, sentándose en su rodilla, lo mismo que antes.
-¿Para qué? -preguntó Duclos, tomando el vaso.
-Para que se te pase la borrachera. Luego te diré algo. Bebe.
Celestino apuró el contenido del vaso y se limpió los labios con la manga.
-Bueno, habla. Te escucho.
-Prométeme que no le dirás que me has visto ni quién te ha contado lo que te voy a decir.
-Bueno. No se lo diré.
-Júramelo.
-Te lo juro.
-Le dirás que su padre y su madre han muerto. Y su hermano también. Tuvieron unas fiebres y murieron los tres en el mismo mes.
Duclos sintió que la sangre se le agolpaba en el corazón. Durante unos minutos permaneció callado, sin saber qué decir.
-¿Lo sabes con toda seguridad?- preguntó al fin.
-Sí.
-¿Quién te lo ha dicho?
La moza puso una mano en el hombro de Duclos; y lo miró directamente a los ojos.
-Júrame que no se lo contarás.
-Ya te lo he jurado. Bueno; te lo juro otra vez.
-Soy su hermana.
-¡Francisca! -exclamó Celestino.
La moza lo miró fijamente.
-¿Eres tú Celestino? -dijo, moviendo apenas los labios, casi sin pronunciar las palabras.
Ambos quedaron petrificados, mirándose a los ojos. En torno a ellos, los marineros borrachos vociferaban. Se entremezclaban las canciones con el ruido de los vasos, las palmadas, el taconeo y los gritos penetrantes de las mujeres.
-¿Cómo es posible…? -pronunció Celestino, en un tono de voz tan bajo que apenas se le oyó.
Súbitamente, los ojos de Francisca se llenaron de lágrimas.
-Murieron de pronto, en el intervalo de un mes. ¿Qué iba a hacer? Me quedé sola. Tuve que vender todo para pagar los gastos de la botica, al médico y los entierros de los tres… y me quedé con lo puesto. Me coloqué de criada en casa del señor Cachot…, de aquel cojo ¿lo recuerdas? Acababa de cumplir los quince años. Aún no tenía catorce cuando te fuiste. Tuve un desliz con él… Ya sabes lo tontas que somos las mujeres. Después estuve de niñera en casa de un notario y con él pasó lo mismo. Al principio, me mantuvo y me pagó un piso; pero eso duró poco. Terminó abandonándome. Pasé tres días sin comer y sin poder encontrar una colocación hasta que, finalmente, vine aquí, lo mismo que hacen otras.
Mientras hablaba, caían de sus ojos raudales de lágrimas, que se deslizaban por las mejillas y se le introducían en la boca.
-¡Qué hemos hecho! -exclamó Celestino Duclos.
-Creí que tú también habías muerto. ¿Acaso es por mí? -susurró la moza, a través de las lágrimas.
-Pero ¿cómo no me has reconocido? -replicó Duclos, también en voz baja.
-No sé; no tengo la culpa -dijo Francisca, llorando con más desesperación-. ¿Cómo hubiera podido reconocerte? ¿Acaso eras así cuando me fui? Lo que me extraña es que no te dieras cuenta de que era yo.
-¡Ay! ¡Veo a tantos hombres, que todos me parecen iguales! -exclamó Francisca, haciendo un gesto de desesperación con la mano.
Celestino Duclos sintió que se le atenazaba el corazón, tan dolorosamente, que tuvo deseos de gritar, de llorar como un niño pequeño cuando le pegan. Apartó a su hermana; y, poniéndose en pie, le cogió la cabeza entre sus manazas de marinero y le examinó la cara. Poco a poco reconoció a aquella chiquilla delgadita y alegre que dejara en su casa, con sus padres y hermanos, a quienes ella había tenido que cerrar los ojos.
-¡Sí, eres tú, Francisca, hermana mía! -exclamó, y repentinamente le apretaron la garganta unos sollozos terribles, varoniles, semejantes al hipo de un borracho.
Inclinó la cabeza y lanzó un grito salvaje, al tiempo que daba un puñetazo tan fuerte en la mesa, que salieron despedidos los vasos, haciéndose añicos.
Sus compañeros se fijaron en él.
-¡Mirad cómo se ha emborrachado! -exclamó uno de ellos.
-¡Basta ya, no grites! -dijo otro.
-Duclos, ¿por qué vociferas? Vámonos arriba -intervino un tercero, tirando de él con una mano, mientras abrazaba con la otra a su amiga, una mujer de rostro encendido y de ojos negros y brillantes, que llevaba un vestido escotado de color rosa y reía a carcajadas.
De pronto, Duclos se quedó callado y, conteniendo la respiración, miró a sus compañeros. Después, adoptando la expresión extraña y decidida que le era propia cuando intervenía en una riña, se acercó vacilando al marinero que abrazaba a su amiga y los separó de un golpe.
-¡Apártate! ¿Acaso no ves que es tu hermana? Todas son hermanas de alguien. Como Francisca, que es la mía. ¡Ja, ja, ja! -sollozó; y sus sollozos parecían carcajadas.
Al decir estas palabras, se tambaleó y, levantando los brazos, cayó de bruces. Empezó a revolcarse por el suelo dando golpes con los pies y las manos, mientras emitía un estertor semejante al de un moribundo.
-Hay que acostarlo. No vaya a ser que lo detengan por la calle -dijo uno de los marineros.
Cogiendo en brazos a Celestino, lo llevaron arriba, a la habitación de Francisca, donde lo acostaron.

PRENSA. "La lección de Tolstói", por Eduardo Lago

En "El País":
La lección de Tolstói

Si se tratara de recomendar una lectura para el verano, la propuesta sería un libro que nos arrastra desde el principio: 'Anna Karénina'. Nabokov dijo que se trata de "la mejor novela de amor de todos los tiempos"

EDUARDO LAGO 15/08/2010

Hace unos días, durante la presentación de una novela mía recientemente traducida al serbio en la librería 'Dereta' de Belgrado, una periodista me preguntó si creía que los best sellers acabarían con la literatura. "No", respondí inmediatamente, "los best sellers no son literatura, de modo que no puede haber sustitución". En la fracción de segundo que medió entre el no y su justificación, me bailó en la imaginación la figura de Tolstói, de quien acababa de releer Anna Karénina.
La raíz del temor expresado por la periodista serbia me aclaró inopinadamente un concepto acuñado originariamente en los medios editoriales norteamericanos que siempre se me había escapado, el de novela literaria (¿qué diablos, me preguntaba, será una novela no literaria?). De repente todo encajó: los best sellers podrán ser novelas, pero no son literatura. Los americanos, una vez más, tienen las cosas clarísimas en ese sentido. Un ejemplo: la distinción tan útil como sutil de que se sirve el suplemento de libros que publica The New York Times los domingos para desgajar de entre los títulos más vendidos una categoría aparte que aparece directamente bajo la rúbrica de Ficción para el mercado de masas.
Unos días después de la presentación, en el avión que hacía el trayecto Belgrado-Sarajevo, la azafata me dio una publicación en inglés en la que había un artículo en el que se recomendaban lecturas para el periodo de vacaciones. Hojeé la lista: todos best sellers internacionales. Y por segunda vez en unos días me volvió a la cabeza la imagen de Tolstói. Cerré la revista con malestar. ¿Podía tener razón la periodista?
Pensé en las claves que explican el éxito de los best sellers. Una de ellas es que su función es meramente entretener. Nada de inquietar al probo ciudadano, que bastante mal lo ha pasado a lo largo del año, especialmente en época de crisis. Pensar, lo menos posible, por favor. Se trata de proporcionar productos ligeros, de fácil consumo, que dejan muy poca huella, si es que dejan alguna. Por eso son efímeros: tras el ruido ensordecedor que hacen durante una temporada, o se saca al mercado rápidamente una secuela, o el producto cae irremisiblemente en el olvido. Que un título se mantenga vigente dos o más temporadas sucede muy pocas veces.
El vuelo entre Belgrado y Sarajevo dura 50 minutos. Al alcanzar la altura de crucero, decidí dejar de pensar en los procesos de estultificación colectiva que consisten en aturdir al personal con best sellers para centrarme en el significado de la aparición de Tolstói. Ya en el terreno de la literatura de verdad: ¿a qué obedece el hecho de que haya libros que siguen siendo capaces de llegar al lector no al cabo de dos o tres temporadas, sino cien años después de su publicación original, como ocurre con las obras de Tolstói?
Empecé a fraguar mentalmente un artículo de réplica al que aparecía en la revista que me había dado la azafata. A quienes se sintieran necesitados de consejo acerca de qué leer en lo que queda de verano, les propondría que se hicieran inmediatamente con una novela digna del nombre. Y si se me pidiera que singularizara un título, me pronunciaría inmediatamente a favor de Anna Karénina. Argüiría varias razones: que 2010 es el centenario de la muerte de Tolstói, que con ese motivo la editorial Alba ha publicado una nueva traducción de la novela, y para redondear invocaría el dictum de Vladímir Nabokov: Anna Karénina es la mejor novela de amor de todos los tiempos.
Verdaderamente envidio a quien jamás se haya asomado a la novela: le esperan unas horas que les costará mucho tiempo olvidar. Y el placer se reduplica en el caso de quien se decida a releerla por segunda o tercera vez: mejora con cada lectura. Yendo más allá de Nabokov: Anna Karénina es, sencillamente, una de las mejores novelas jamás escritas. En el artículo que urdí mentalmente a bordo del avión de hélice que me transportaba a Sarajevo me dirigía con particular énfasis a las víctimas del marketing que, sin saber muy bien por qué, tenían en sus manos cualquiera de los best sellers de turno. Arrójenlo a la papelera más cercana, les diría, y cambien unas horas de entretenimiento estúpido por una experiencia estética verdadera. La profundidad de emociones, el conocimiento del alma humana, la exquisita disección de las pasiones que son el centro de nuestras vidas...
Todo eso y mucho más se nos ofrece en las mil páginas de Anna Karénina. Se trata, además, y ahí estriba el milagro, de una lectura portentosamente amena, que nos arrastra de inmediato. Al leer acerca de las vidas de los protagonistas se produce un intenso fenómeno de reconocimiento e identificación: todos hemos pasado por las situaciones que se nos describen en la novela. Esa es, precisamente, la función de la verdadera literatura: indagar acerca del sentido más profundo de la existencia: de nuestra existencia, en toda su complejidad. El efecto que causa la lectura de una obra como Anna Karénina es el opuesto al que provoca el best seller. Nos hace pensar y sentir. Al cerrar la última página de esta historia, trágica y bellísima, y de una autenticidad a la que no estamos acostumbrados, algo importante ha cambiado en nosotros. Lo dejé ahí: habíamos aterrizado.
Tolstói no es más que una posibilidad, por supuesto. Su obra forma parte de un contexto formidable: la edad de oro de la novela realista. Aunque ello no basta para explicar la grandeza de una obra como Anna Karénina. Cuando Dostoievski, que en nada le iba a la zaga, terminó la lectura de la novela se echó a la calle proclamando a gritos que Tolstói era Dios. Años después, cuando alguien le dio al autor de Guerra y paz la noticia de que Dostoievski había muerto, el gigantón barbado vestido con túnica de campesino que era Tólstoi rompió a llorar con el desgarro de un niño: el gran escritor no era consciente de la profundidad del amor que sentía por el maestro de Petersburgo.
Estas anécdotas ilustran un fenómeno que siempre me ha llamado la atención: el hecho de que en ciertos momentos clave de la historia del espíritu recaiga no sobre una, sino sobre dos figuras de talla colosal la responsabilidad de cambiar el curso de las cosas. Ocurrió en el momento culminante de nuestro Siglo de Oro, con la irrupción simultánea de Góngora y Quevedo, al igual que había ocurrido unos años antes, en el contexto mayor de la literatura europea, con la aparición de Shakespeare y Cervantes, los dos insuperados hasta hoy. (Los ejemplos se pueden multiplicar: Platón y Aristóteles, determinando la trayectoria de toda la filosofía; Newton y Leibniz con el descubrimiento del cálculo infinitesimal; Wittgenstein y Heidegger levantando acta de las ruinas del pensamiento occidental...).
Ninguna novela de cierta extensión (la novela corta es otro cantar) es perfecta, pero hay un número considerable de títulos en la historia de la literatura universal que rozan la perfección. Anna Karénina es uno de los ejemplos más preclaros. La monumental Guerra y paz otro, como lo es Hadji Murat, también de Tolstói, que Harold Bloom calificó como la mejor novela corta de todos los tiempos. Como lo son las grandes obras de su contemporáneo, Dostoievski.
La novela discurriría después por otros derroteros y produciría cumbres de altura inigualable (Proust, Kafka, Joyce), pero hay algo irrenunciable en la edad de oro del género, en la que surgieron autores como Dickens, Flaubert, Melville o Galdós... La lectura de cualquiera de ellos sirve además (también había pensado poner esto en el artículo) de antídoto contra el tapujo de los best sellers. ¿Dónde creen que aprenden sus trucos sus autores? Leer best sellers es una enfermedad, pero tiene fácil cura. Empieza por la lectura de obras como Anna Karénina.

Eduardo Lago es escritor y director del Instituto Cervantes de Nueva York.

jueves, 26 de agosto de 2010

CUENTO. "Francisca" (I), de Lev Tolstói (1828-1910)

Lev Tolstói
Francisca (I)
                                      I
El 3 de mayo de 1882 salió de El Havre La Virgen de los Vientos, un barco de tres palos, con dirección a los mares de China. Dejó allí el cargamento que llevaba; y cargó nuevas mercancías, con destino a Buenos Aires, donde recogió otras para el Brasil. Navegó por espacio de cuatro años por mares extraños, porque, además de los viajes, había tenido una serie de incidentes, averías, reparaciones, desgracias, y porque a veces la calma duraba varios meses; y otras, los vientos lo desviaban de su rumbo. Regresó a Marsella el 8 de mayo de 1886, con un cargamento de latas de conservas americanas.
Cuando salió de El Havre su tripulación constaba del capitán, del segundo y de catorce marineros. Durante el viaje uno murió y cuatro desaparecieron, en diversos accidentes, regresando a Francia tan sólo nueve. En sustitución de los marineros desaparecidos, habían contratado a dos americanos, a un negro y a un sueco que encontraron en una taberna en Singapur.
Recogieron las velas y arreglaron los aparejos. Llegó un remolcador y, resoplando, remolcó al barco a la fila de embarcaciones. El mar estaba en calma; apenas había un ligero oleaje en la orilla. La Virgen de los Vientos llegó al muelle, a lo largo del cual se hallaban en fila buques de todos los países del mundo, de distintos tamaños y formas. Se colocó entre un bergantín italiano y una goleta inglesa, que se apartaron para dejar sitio al nuevo compañero.
En cuanto el capitán hubo terminado las formalidades con los funcionarios del puerto y de la aduana, dio permiso a la mitad de la tripulación para pasar la noche en tierra.
Era una cálida noche de verano. Marsella estaba iluminada. En las calles olía a comida y oíanse por doquier conversaciones, gritos alegres y rodar de coches.
Los marineros de La Virgen de los Vientos no habían estado en tierra desde hacía cuatro meses. Avanzaban por las calles tímidamente, de dos en dos, como unos forasteros, como unos hombres que habían perdido la costumbre de transitar por una urbe. Observaban las callejuelas más cercanas al puerto, como si buscasen algo. Hacía cuatro meses que no habían visto mujeres; y los atormentaba el deseo. A la cabeza de los demás, iba Celestino Duclos, un muchacho fuerte y hábil. Era el que guiaba a todos, siempre que estaban en un puerto. Sabía encontrar buenos lugares adonde ir y arreglar las cosas de manera que no surgieran riñas, cosa que les ocurre tan a menudo a los marineros cuando están en tierra. Pero, si llegaba el caso, no abandonaba a sus compañeros y también sabía defenderse.
Deambularon largo rato por las oscuras calles -impregnadas de un olor denso, que salía de las bodegas y de las cuevas- que, como unos desagües, bajaban hacia el mar. Finalmente, Celestino se internó por una callejuela angosta en la que se veían farolitos encendidos por encima de las puertas. Los marineros le siguieron, canturreando y gastándose bromas. En los cristales mate de los faroles, había unos enormes números pintados. Se veían algunas mujeres, con delantal, sentadas en sillas de anea, en los portales de bajo techo. Al fijarse en los marineros, salían corriendo, para interceptarles el paso; y cada cual trataba de atraérselos a su antro.
De cuando en cuando, se abría alguna puerta en el fondo de un zaguán; y aparecía una muchacha a medio vestir, con pantalones de percal basto, muy ceñidos, faldita corta y jubón negro de terciopelo, con galones dorados. “Muchachos, entrad”, exclamaba, llamándolos desde lejos. A veces, incluso salía y, abrazando a algún marinero, trataba de arrastrarlo hacia dentro, con todas sus fuerzas. Se agarraba a él, como una araña que lleva una mosca más fuerte que ella. La resistencia del marinero era débil, a causa de su deseo. Sus compañeros se detenían para ver en qué acababa la cosa; pero Celestino gritaba: "No entres, no es aquí. Vamos más adelante". El marinero obedecía, desprendiéndose de la muchacha, a viva fuerza. El grupo proseguía adelante, acompañado de las invectivas de la moza enojada. Al oír alboroto, otras mozas salían a lo largo del callejón y, abalanzándose sobre los marineros, ofrecían su mercancía, elogiándola con sus voces roncas. Así siguieron adelante. De cuando en cuando se encontraban con algunos soldados, con algún burgués o algún dependiente, que se deslizaban hacia un lugar conocido. En otros callejones también se veían faroles; pero los marineros pasaban de largo, pisando las aguas malolientes que salían de las casas, llenas de cuerpos de mujeres. De pronto, Duclos se detuvo ante una casa, cuyo aspecto era algo mejor que el de las demás; y entró en ella con los marineros.

viernes, 20 de agosto de 2010

CUENTO. "Demasiado caro", de Lev Tolstói (1828-1910)

Lev Tolstói
Demasiado caro
(RELATO VERÍDICO INSPIRADO EN MAUPASSANT)

Existe un reino pequeñito, minúsculo, a orillas del Mediterráneo, entre Francia e Italia. Se llama Mónaco y cuenta con siete mil habitantes, menos que un pueblo grande. La superficie del reino es tan pequeña que ni siquiera tocan a una hectárea de tierra por persona. Pero, en cambio, tienen un auténtico reyecillo, con su palacio, sus cortesanos, sus ministros, su obispo y su ejército.
Este es poco numeroso, en total unos sesenta hombres; pero no deja de ser un ejército. El reyecillo tiene pocas rentas. Como por doquier, en ese reino hay impuestos para el tabaco, el vino y el alcohol y existe la decapitación. Aunque se bebe y se fuma, el reyecillo no tendría medios de mantener a sus cortesanos y a sus funcionarios ni podría mantenerse él, a no ser por un recurso especial. Ese recurso se debe a una casa de juego, a una ruleta que hay en el reino. La gente juega y gana o pierde; pero el propietario siempre obtiene beneficios. Y paga buenas cantidades al reyecillo. Las paga, porque no queda ya en toda Europa una sola casa de juego de este tipo. Antes las hubo en los pequeños principados alemanes; pero hace cosa de diez años, las prohibieron porque traían muchas desgracias. Llegaba un jugador, se ponía a jugar, se entusiasmaba, perdía todo su dinero y, a veces, incluso el de los demás. Y luego, en su desesperación, se arrojaba al agua o se pegaba un tiro. Los alemanes prohibieron a sus príncipes que tuvieran casas de juego; pero no hay quien pueda prohibir esto al reyecillo de Mónaco: por eso sólo allí queda una ruleta.
Desde entonces, todos los aficionados al juego van a Mónaco, pierden su dinero y el beneficio es para el rey. Por medio de un trabajo honrado no puede uno construirse palacios. El reyecillo de Mónaco sabe que eso no está bien, pero ¿qué hacer? Es necesario vivir. No es mejor mantenerse de los impuestos sobre el alcohol o el tabaco. Así es como vive ese reyecillo. Reina, amasa dinero y gobierna, desde su palacio, lo mismo que los grandes reyes. Lo mismo que ellos, se corona, organiza desfiles y paradas, concede recompensas, ajusticia, indulta, celebra consejos, decreta y juzga. Gobierna como los auténticos reyes. La única diferencia es que en Mónaco todo es pequeño.
Una vez, hace cosa de cinco años, hubo un crimen en el reino. El pueblo de Mónaco es pacífico; y nunca había allí sucedido tal cosa. Se reunieron los jueces para juzgar al asesino. En el tribunal había jueces, fiscales, abogados y jurados. Después de juzgarlo, lo condenaron, según la ley, a la última pena, a la decapitación. Presentaron la sentencia al rey. Este la confirmó. No había más remedio que ajusticiar al criminal. La única desgracia es que no hubiese en el reino guillotina ni verdugo. Después de pensarlo mucho, los ministros decidieron escribir al Gobierno francés, preguntándole si podía mandarles la máquina y el verdugo para cortar la cabeza al criminal. Al mismo tiempo, pidieron que los informase, a ser posible, de los gastos que esto supondría. Al cabo de una semana recibieron la contestación: podían enviar la máquina y el verdugo: los gastos ascendían a dieciséis mil francos. Se lo comunicaron al reyecillo. Este meditó largo rato. ¡Dieciséis mil francos! "¡Ese bribón no vale tanto dinero! ¿No se podría arreglar el asunto más económicamente? Para obtener esa cantidad, todos los habitantes del reino tendrían que pagar dos francos de impuesto. Les parecería mucho. Podrían sublevarse", dijo. Celebraron consejo. ¿Cómo solucionar el problema? Se les ocurrió preguntar lo mismo al rey de Italia. Francia es una República, no respeta a los reyes; en cambio, como en Italia hay un rey, tal vez cobraría menos. Escribieron. No tardaron en recibir contestación. El gobierno italiano les decía que con mucho gusto mandaría la máquina y el verdugo. El total de los gastos, con el viaje incluido, ascendería a doce mil francos. Era más barato; pero no dejaba de ser una cantidad elevada. Aquel canalla no valía tanto dinero. Cada habitante tendría que pagar casi dos francos de impuesto. Volvió a reunirse el Consejo. Pensaron en la manera de arreglar esto de una manera más económica. Quizá algún soldado quisiera cortar la cabeza al criminal, de un modo rudimentario. Llamaron al general. "¿No habrá algún soldado que quiera decapitar al asesino? Sea como sea, cuando van a la guerra matan; y eso es lo que se les enseña". El general habló con sus soldados. ¿Quería alguno cortar la cabeza al criminal? Todos se negaron. "No, no sabemos hacer esto; no lo hemos aprendido", dijeron.
¿Qué hacer? Meditaron mucho, nombraron un comité, una Comisión y una Subcomisión. Por fin hallaron el medio de arreglar el asunto. Había que conmutar la pena de muerte por la de cadena perpetua. De este modo, el rey demostraría su misericordia y al mismo tiempo habría menos gasto. El reyecillo se mostró de acuerdo; y resolvieron adoptar esa solución. La única desgracia era que no hubiese una prisión especial donde encerrar al criminal para toda la vida. Había pequeños calabozos en los que se encerraba temporalmente a los culpables; pero se carecía de una buena prisión. Finalmente, encontraron un lugar. Encerraron al criminal y le pusieron un guardián.
Este vigilaba al delincuente y le traía la comida de la cocina de palacio. Así transcurrieron doce meses. A fin de año, el reyecillo hizo el balance de los gastos y de los ingresos. Y se dio cuenta de que el criminal constituía un gasto bastante considerable. En un año había ascendido a seiscientos francos su comida y el sueldo del guardián. El criminal era joven y sano; tal vez viviera aún cincuenta años. No era posible seguir así. El reyecillo llamó a sus ministros: "Buscad el medio de que este canalla nos cueste menos dinero. Así nos resulta demasiado caro", les dijo. Los ministros se reunieron en Consejo y meditaron largo rato. Uno de ellos dijo: "Señores, creo que hay que suprimir el guardián". "El criminal se escaparía", replicó otro. "Si se escapa, ¡al diablo!". Informaron al rey. Este se mostró de acuerdo. Suprimieron al guardián y esperaron a ver qué pasaría.
Al llegar la hora de comer el criminal buscó al guardián; y, al no encontrarlo, se dirigió en persona a la cocina de palacio en solicitud de la comida. Cogió lo que le dieron, volvió a la prisión y cerró la puerta tras de sí. Buscaba la comida; pero no se escapaba. ¿Qué hacer? Pensaron que debían decirle que no se le necesitaba para nada, que podía irse. El ministro de Justicia lo llamó. "¿Por qué no se va usted? Nadie lo vigila, puede marcharse libremente: al rey no le parecerá mal". "Pero yo no tengo adónde ir. ¿Dónde quiere que vaya? Me han cubierto de oprobio con la sentencia; ahora nadie querrá tratarme. Me he apartado de todo. Ustedes proceden injustamente conmigo. Eso no se puede hacer. En primer lugar, si me han condenado a muerte, tenían que haberme matado. Aunque no lo han hecho, no he protestado. En segundo lugar, me condenaron a cadena perpetua y me pusieron un guardián para que me trajera la comida; pero no han tardado en quitármelo. Tampoco he protestado. He ido a buscarme la comida personalmente. Ahora me dicen que me vaya; pero esta vez, arréglenselas como quieran; no pienso irme", replicó el criminal.
De nuevo celebraron Consejo. ¿Qué hacer? ¿Qué solución tomar? El criminal no se iba. Después de pensarlo mucho, decidieron asignarle una pensión. Era la única manera de librarse de él. Informaron al reyecillo. "¡Qué le vamos a hacer! Hay que terminar como sea", dijo éste. Asignaron al criminal una pensión de seiscientos francos y así se lo comunicaron. "Bueno; si me pagan puntualmente, me iré".
Así se decidió la cosa. Entregaron al criminal la tercera parte de la pensión por adelantado. Este se despidió de todos y abandonó el dominio del reyecillo. Viajó sólo un cuarto de hora por ferrocarril. Se instaló cerca del reino, compró una parcela de tierra, puso una huerta y un jardín y vive muy feliz.
En fechas determinadas, va a Mónaco a percibir su pensión. Después de cobrar, entra en la casa de juego y pone dos o tres francos. Algunas veces gana; otras pierde y vuelve a su casa. Vive apaciblemente.
Menos mal que no delinquió en un lugar donde no se repara en gastos para decapitar a un hombre ni para mantenerlo en la cárcel toda la vida.

domingo, 18 de julio de 2010

NOVELA CORTA. "La muerte de Iván Ilich" (y 9), de Lev Tolstói (1828-1910)

Lev Tolstói
La muerte de Iván Ilich (y 9)
                                                                                    XI
Así pasaron otros quince días, durante los cuales sucedió algo que Iván Ilich y su mujer venían deseando: Petrischev hizo una petición de mano en debida forma. Ello ocurrió ya entrada una noche. Al día siguiente, Praskovya Fyodorovna fue a ver a su marido, pensando en cuál sería el mejor modo de hacérselo saber, pero esa misma noche había habido otro cambio, un empeoramiento en el estado de éste. Praskovya Fyodorovna le halló en el sofá, pero en postura diferente. Yacía de espaldas, gimiendo y mirando fijamente delante de sí.
Praskovya Fyodorovna empezó a hablarle de las medicinas, pero él volvió los ojos hacia ella y esa mirada -dirigida exclusivamente a ella- expresaba un rencor tan profundo que Praskovya Fyodorovna no acabó de decirle lo que a decirle había venido.
-¡Por los clavos de Cristo, déjame morir en paz! -dijo él.
Ella se dispuso a salir, pero en ese momento entró la hija y se acercó a dar los buenos días. Él miró a la hija igual que había mirado a la madre, y a las preguntas de aquélla por su salud contestó secamente que pronto quedarían libres de él. Las dos mujeres callaron, estuvieron sentadas un ratito y se fueron.
-¿Tenemos nosotras la culpa? -preguntó Liza a su madre-. ¡Es como si nos la echara! Lo siento por papá, pero ¿por qué nos atormenta así?
Llegó el médico a la hora de costumbre. Iván Ilich contestaba "sí" y "no" sin apartar de él los ojos cargados de inquina, y al final dijo:
-Bien sabe usted que no puede hacer nada por mí; conque déjeme en paz.
-Podemos calmarle el dolor -respondió el médico.
-Ni siquiera eso. Déjeme.
El médico salió a la sala y explicó a Praskovya Fyodorovna que la cosa iba mal y que el único recurso era el opio para disminuir los dolores, que debían de ser terribles.
Era cierto lo que decía el médico, que los dolores de Iván Ilich debían de ser atroces; pero más atroces que los físicos eran los dolores morales, que eran su mayor tormento.
Esos dolores morales resultaban de que esa noche, contemplando el rostro soñoliento y bonachón de Gerasim, de pómulos salientes, se le ocurrió de pronto: "¿Y si toda mi vida, mi vida consciente, ha sido de hecho lo que no debía ser?".
Se le ocurrió ahora que lo que antes le parecía de todo punto imposible, a saber, que no había vivido su vida como la debía haber vivido, podía en fin de cuentas ser verdad. Se le ocurrió que sus tentativas casi imperceptibles de bregar contra lo que la gente de alta posición social consideraba bueno -tentativas casi imperceptibles que había rechazado inmediatamente- hubieran podido ser genuinas y las otras falsas, y que su carrera oficial, junto con su estilo de vida, su familia, sus intereses sociales y oficiales... todo eso podía haber sido fraudulento. Trataba de defender todo ello ante su conciencia. Y de pronto se dio cuenta de la debilidad de lo que defendía. No había nada que defender.
"Pero si es así -se dijo-, si salgo de la vida con la conciencia de haber destruido todo lo que me fue dado, y es imposible rectificarlo, ¿entonces qué?". Se volvió de espaldas y empezó de nuevo a pasar revista a toda su vida. Por la mañana, cuando había visto primero a su criado, luego a su mujer, más tarde a su hija y por último al médico, cada una de las palabras de ellos, cada uno de sus movimientos le confirmaron la horrible verdad que se le había revelado durante la noche. En esas palabras y esos movimientos se vio a sí mismo, vio todo aquello para lo que había vivido, y vio claramente que no debía haber sido así, que todo ello había sido una enorme y horrible superchería que le había ocultado la vida y la muerte. La conciencia de ello multiplicó por diez sus dolores físicos. Gemía y se agitaba, y tiraba de su ropa, que parecía sofocarle y oprimirle. Y por eso los odiaba a todos.
Le dieron una dosis grande de opio y perdió el conocimiento, pero a la hora de la comida los dolores comenzaron de nuevo. Expulsó a todos de allí y se volvía continuamente de un lado para otro...
Su mujer se acercó a él y le dijo:
-Jean, cariño, hazlo por mí (¿por mí?). No puede perjudicarte y con frecuencia sirve de ayuda. ¡Si no es nada! Hasta la gente que está bien de salud lo hace a menudo...
Él abrió los ojos de par en par.
-¿Qué? ¿Comulgar? ¿Para qué? ¡No es necesario! Pero por otra parte...
Ella rompió a llorar.
-Sí, hazlo, querido. Mandaré por nuestro sacerdote. Es un hombre tan bueno...
-Muy bien. Estupendo -contestó él.
Cuando llegó el sacerdote y le confesó, Iván Ilich se calmó y le pareció sentir que se le aligeraban las dudas y con ello sus dolores, y durante un momento tuvo una punta de esperanza. Volvió a pensar en el apéndice y en la posibilidad de corregirlo, y comulgó con lágrimas en los ojos.
Cuando volvieron a acostarle después de la comunión tuvo un instante de alivio y de nuevo brotó la esperanza de vivir. Empezó a pensar en la operación que le habían propuesto. "Vivir, quiero vivir" -se dijo. Su mujer vino a felicitarle por la comunión con las palabras habituales y agregó:
-¿Verdad que estás mejor?
Él, sin mirarla, dijo "sí".
El vestido de ella, su talle, la expresión de su cara, el timbre de su voz... todo ello le revelaba lo mismo: "Esto no está como debiera. Todo lo que has vivido y sigues viviendo es mentira, engaño, ocultando de ti la vida y la muerte". Y tan pronto como pensó de ese modo se dispararon de nuevo su rencor y sus dolores físicos, y con ellos la conciencia del fin próximo e ineludible, y a ello vino a agregarse algo nuevo: un dolor punzante, agudísimo, y una sensación de ahogo.
La expresión de su rostro cuando pronunció ese "sí" era horrible. Después de pronunciarlo, miró a su mujer fijamente, se volvió boca abajo con energía inusitada en su débil condición, y gritó:
-¡Vete de aquí, vete! ¡Déjame en paz!

                                                       XII
A partir de ese momento empezó un aullido que no se interrumpió durante tres días, un aullido tan atroz que no era posible oírlo sin espanto a través de dos puertas. En el momento en que contestó a su mujer, Iván Ilich comprendió que estaba perdido, que no había retorno posible, que había llegado el fin, el fin de todo, y que sus dudas estaban sin resolver, seguían siendo dudas.
-¡Oh, oh, oh! -gritaba en varios tonos. Había empezado por gritar "¡No quiero!" y había continuado gritando con la letra O.
Esos tres días, durante los cuales el tiempo no existía para él, estuvo resistiendo en ese saco negro hacia el interior del cual le empujaba una fuerza invisible e irresistible. Resistía como resiste un condenado a muerte en manos del verdugo, sabiendo que no puede salvarse; y con cada minuto que pasaba sentía que, a despecho de todos sus esfuerzos, se acercaba cada vez más a lo que tanto le aterraba. Tenía la sensación de que su tormento se debía a que le empujaban hacia ese agujero negro y, aún más, a que no podía entrar sin esfuerzo en él. La causa de no poder entrar de ese modo era el convencimiento de que su vida había sido buena. Esa justificación de su vida le retenía, no le dejaba pasar adelante, y era el mayor tormento de todos.
De pronto sintió que algo le golpeaba en el pecho y el costado, haciéndole aún más difícil respirar; fue cayendo por el agujero y allá, en el fondo, había una luz. Lo que le ocurría era lo que suele ocurrir en un vagón de ferrocarril cuando piensa uno que va hacia atrás y en realidad va hacia delante, y de pronto se da cuenta de la verdadera dirección.
"Sí, no fue todo como debía ser -se dijo-, pero no importa. Puede serlo. ¿Pero cómo debía ser?" -se preguntó y de improviso se calmó.
Esto sucedía al final del tercer día, un par de horas antes de su muerte. En ese momento su hijo, el colegial, había entrado calladamente y se había acercado a su padre. El moribundo seguía gritando desesperadamente y agitando los brazos. Su mano cayó sobre la cabeza del muchacho. Éste la cogió, la apretó contra su pecho y rompió a llorar.
En ese mismo momento Iván Ilich se hundió, vio la luz y se le reveló que, aunque su vida no había sido como debiera haber sido, se podría corregir aún. Se preguntó: "¿Cómo debe ser?" y calló, oído atento. Entonces notó que alguien le besaba la mano. Abrió los ojos y miró a su hijo. Tuvo lástima de él. Su mujer se le acercó. Le miraba con los ojos abiertos, con huellas de lágrimas en la nariz y las mejillas y un gesto de desesperación en el rostro. Tuvo lástima de ella también.
"Sí, los estoy atormentando a todos -pensó-. Les tengo lástima, pero será mejor para ellos cuando me muera". Quería decirles eso, pero no tenía fuerza bastante para articular las palabras. "Pero, en fin de cuentas, ¿para qué hablar? Lo que debo es hacer" -pensó. Con una mirada a su mujer apuntó a su hijo y dijo:
-Llévatelo... me da lástima... de ti también... -Quiso decir así mismo "perdóname", pero dijo "perdido", y sin fuerzas ya para corregirlo hizo un gesto de desdén con la mano, sabiendo que Aquél cuya comprensión era necesaria lo comprendería.
Y de pronto vio claro que lo que le había estado sujetando y no le soltaba le dejaba escapar sin más por ambos lados, por diez lados, por todos los lados. Les tenía lástima a todos, era menester hacer algo para no hacerles daño: liberarlos y liberarse de esos sufrimientos. "¡Qué hermoso y qué sencillo! -pensó-. ¿Y el dolor? -se preguntó-. ¿A dónde se ha ido? A ver, dolor, ¿dónde estás?".
Y prestó atención.
"Sí, aquí está. Bueno, ¿y qué? Que siga ahí. Y la muerte... ¿dónde está?".
Buscaba su anterior y habitual temor a la muerte y no lo encontraba. "¿Dónde está? ¿Qué muerte?". No había temor alguno porque tampoco había muerte.
En lugar de la muerte había luz.
-¡Conque es eso! -dijo de pronto en voz alta-. ¡Qué alegría!
Para él todo esto ocurrió en un solo instante, y el significado de ese instante no se alteró. Para los presentes la agonía continuó durante dos horas más. Algo borbollaba en su pecho, su cuerpo extenuado se crispó bruscamente, luego el borbolleo y el estertor se hicieron menos frecuentes.
-¡Es el fin! -dijo alguien a su lado.
Él oyó estas palabras y las repitió en su alma. "Éste es el fin de la muerte" -se dijo-. "La muerte ya no existe". Tomó un sorbo de aire, se detuvo en medio de un suspiro, dio un estirón y murió.

sábado, 17 de julio de 2010

NOVELA CORTA. "La muerte de Iván Ilich" (8), de Lev Tolstói (1828-1910)

Lev Tolstói
La muerte de Iván Ilich (8)

                                                                                 IX
Su mujer volvió cuando iba muy avanzada la noche. Entró de puntillas, pero él la oyó, abrió los ojos y al momento los cerró. Ella quería que Gerasim se fuera para quedarse allí sola con su marido, pero éste abrió los ojos y dijo:
-No. Vete.
-¿Te duele mucho?
-No importa.
-Toma opio.
Él consintió y tomó un poco. Ella se fue. Hasta eso de las tres de la mañana su estado fue de torturante estupor. Le parecía que a él y a su dolor los metían a la fuerza en un saco estrecho, negro y profundo, pero por mucho que empujaban no podían hacerlos llegar hasta el fondo, y esta circunstancia, terrible ya en sí, iba acompañada de padecimiento físico. Él estaba espantado, quería meterse más dentro en el saco y se esforzaba por hacerlo, al par que ayudaba a que lo metieran. Y he aquí que de pronto desgarró el saco, cayó y volvió en sí. Gerasim estaba sentado a los pies de la cama, dormitando tranquila y pacientemente, con las piernas flacas de su amo, enfundadas en calcetines, apoyadas en los hombros. Allí estaba la misma bujía con su pantalla y allí estaba también el mismo incesante dolor.
-Vete, Gerasim -murmuró.
-No se preocupe, señor. Estaré un ratito más.
-No. Vete.
Retiró las piernas de los hombros de Gerasim, se volvió de lado sobre un brazo y sintió lástima de sí mismo. Sólo esperó a que Gerasim pasase a la habitación contigua y entonces, sin poder ya contenerse, rompió a llorar como un niño. Lloraba a causa de su impotencia, de su terrible soledad, de la crueldad de la gente, de la crueldad de Dios, de la ausencia de Dios.
"¿Por qué has hecho Tú esto? ¿Por qué me has traído aquí? ¿Por qué, dime, por qué me atormentas tan atrozmente?".
Aunque no esperaba respuesta lloraba porque no la había ni podía haberla. El dolor volvió a agudizarse, pero él no se movió ni llamó a nadie. Se dijo: "¡Hala, sigue! ¡Dame otro golpe! ¿Pero con qué fin? ¿Yo qué te he hecho? ¿De qué sirve esto?".
Luego se calmó y no sólo cesó de llorar, sino que retuvo el aliento y todo él se puso a escuchar; pero era como si escuchara, no el sonido de una voz real, sino la voz de su alma, el curso de sus pensamientos que fluía dentro de sí.
-¿Qué es lo que quieres? -fue el primer concepto claro que oyó, el primero capaz de traducirse en palabras-. ¿Qué es lo que quieres? ¿Qué es lo que quieres? -se repitió a sí mismo-. ¿Qué quiero? Quiero no sufrir. Vivir -se contestó.
Y volvió a escuchar con atención tan reconcentrada que ni siquiera el dolor le distrajo.
-¿Vivir? ¿Cómo vivir? -preguntó la voz del alma.
-Sí, vivir como vivía antes: bien y agradablemente.
-¿Como vivías antes? ¿Bien y agradablemente? -preguntó la voz. Y él empezó a repasar en su cabeza los mejores momentos de su vida agradable. Pero, cosa rara, ninguno de esos mejores momentos de su vida agradable le parecían ahora lo que le habían parecido entonces; ninguno de ellos, salvo los primeros recuerdos de su infancia. Allí, en su infancia, había habido algo realmente agradable, algo con lo que sería posible vivir si pudiese volver. Pero el niño que había conocido ese agrado ya no existía; era como un recuerdo de otra persona.
Tan pronto como empezó la época que había resultado en el Iván Ilich actual, todo lo que entonces había parecido alborozo se derretía ahora ante sus ojos y se trocaba en algo trivial y a menudo mezquino.
Y cuanto más se alejaba de la infancia y más se acercaba al presente, más triviales y dudosos eran esos alborozos. Aquello empezó con la Facultad de Derecho, donde aún había algo verdaderamente bueno: había alegría, amistad, esperanza. Pero en las clases avanzadas ya eran raros esos buenos momentos. Más tarde, cuando en el primer período de su carrera estaba al servicio del gobernador, también hubo momentos agradables: eran los recuerdos del amor por una mujer. Luego todo eso se tornó confuso y hubo menos de lo bueno, menos más adelante, y cuanto más adelante menos todavía.
Su casamiento... un suceso imprevisto y un desengaño, el mal olor de boca de su mujer, la sensualidad y la hipocresía. Y ese cargo mortífero y esas preocupaciones por el dinero... y así un año, y otro, y diez, y veinte, y siempre lo mismo. Y cuanto más duraba aquello, más mortífero era. "Era como si bajase una cuesta a paso regular mientras pensaba que la subía. Y así fue, en realidad. Iba subiendo en la opinión de los demás, mientras que la vida se me escapaba bajo los pies... Y ahora todo ha terminado, ¡Y a morir! Y eso qué quiere decir? ¿A qué viene todo ello? No puede ser. No puede ser que la vida sea tan absurda y mezquina. Porque si efectivamente es tan absurda y mezquina, ¿por qué habré de morir, y morir con tanto sufrimiento? Hay algo que no está bien. Quizá haya vivido como no debía -se le ocurrió de pronto-. ¿Pero cómo es posible, cuando lo hacía todo como era menester?", se contestó a sí mismo, y al momento apartó de sí, como algo totalmente imposible, esta única explicación de todos los enigmas de la vida y la muerte.
"Entonces ¿qué quieres ahora? ¿Vivir? ¿Vivir cómo? ¿Vivir como vivías en los tribunales cuando el ujier del juzgado anunciaba: '¡Llega el juez!'. Llega el juez, llega el juez? -se repetía a sí mismo-. Aquí está ya. ¡Pero si no soy culpable! -exclamó enojado-. ¿Por qué?". Y dejó de llorar, pero volviéndose de cara a la pared siguió haciéndose la misma y única pregunta: ¿Por qué, a qué viene todo este horror?
Pero por mucho que preguntaba no daba con la respuesta. Y cuando surgió en su mente, como a menudo acontecía, la noción de que todo eso le pasaba por no haber vivido como debiera, recordaba la rectitud de su vida y rechazaba esa peregrina idea.
                                                   
                                                     X
Pasaron otros quince días. Iván Ilich ya no se levantaba del sofá. No quería acostarse en la cama, sino en el sofá, con la cara vuelta casi siempre hacia la pared, sufriendo los mismos dolores incesantes y rumiando siempre, en su soledad, la misma cuestión irresoluble: "¿Qué es esto? ¿De veras que es la muerte?". Y la voz interior le respondía: "Sí, es verdad". "¿Por qué estos padecimientos?". Y la voz respondía: "Pues porque sí". Y más allá de esto, y salvo esto, no había otra cosa.
Desde el comienzo mismo de la enfermedad, desde que Iván Ilich fue al médico por primera vez, su vida se había dividido en dos estados de ánimo contrarios y alternos: uno era la desesperación y la expectativa de la muerte espantosa e incomprensible; el otro era la esperanza y la observación agudamente interesada del funcionamiento de su cuerpo. Una de dos: ante sus ojos había sólo un riñón o un intestino que de momento se negaban a cumplir con su deber, o bien se presentaba la muerte horrenda e incomprensible de la que era imposible escapar.
Estos dos estados de ánimo habían alternado desde el comienzo mismo de la enfermedad; pero a medida que ésta avanzaba se hacía más dudosa y fantástica la noción de que el riñón era la causa, y más real la de una muerte inminente.
Le bastaba recordar lo que había sido tres meses antes y lo que era ahora; le bastaba recordar la regularidad con que había estado bajando la cuesta para que se desvaneciera cualquier esperanza.
Últimamente, durante la soledad en que se hallaba, con la cara vuelta hacia el respaldo del sofá, esa soledad en medio de una ciudad populosa y de sus numerosos conocidos y familiares -soledad que no hubiera podido ser más completa en ninguna parte, ni en el fondo del mar ni en la tierra-, durante esa terrible soledad Iván Ilich había vivido sólo en sus recuerdos del pasado. Uno tras otro, aparecían en su mente cuadros de su pasado. Comenzaban siempre con lo más cercano en el tiempo y luego se remontaban a lo más lejano, a su infancia, y allí se detenían. Si se acordaba de las ciruelas pasas que le habían ofrecido ese día, su memoria le devolvía la imagen de la ciruela francesa de su niñez, cruda y acorchada, de su sabor peculiar y de la copiosa saliva cuando chupaba el hueso; y junto con el recuerdo de ese sabor surgían en serie otros recuerdos de ese tiempo: la niñera, el hermano, los juguetes. "No debo pensar en eso... Es demasiado penoso" -se decía Iván Ilich; y de nuevo se desplazaba al presente: al botón en el respaldo del sofá y a las arrugas en el cuero de éste. "Este cuero es caro y se echa a perder pronto. Hubo una disputa acerca de él. Pero hubo otro cuero y otra disputa cuando rompimos la cartera de mi padre y nos castigaron, y mamá nos trajo unos pasteles". Y una vez más sus recuerdos se afincaban en la infancia, y una vez más aquello era penoso e Iván Ilich procuraba alejarlo de sí y pensar en otra cosa.
Y de nuevo, junto con ese rosario de recuerdos, brotaba otra serie en su mente que se refería a cómo su enfermedad había progresado y empeorado. También en ello cuanto más lejos miraba hacia atrás, más vida había habido. Más vida y más de lo mejor que la vida ofrece, y una y otra cosa se fundían. "Al par que mis dolores iban empeorando, también iba empeorando mi vida" -pensaba. Sólo un punto brillante había allí atrás, al comienzo de su vida, pero luego todo fue ennegreciéndose y acelerándose cada vez más. "En razón inversa al cuadrado de la distancia de la muerte" -se decía. Y el ejemplo de una piedra que caía con velocidad creciente apareció en su conciencia. La vida, serie de crecientes sufrimientos, vuela cada vez más velozmente hacia su fin, que es el sufrimiento más horrible. "Estoy volando...". Se estremeció, cambió de postura, quiso resistir, pero sabía que la resistencia era imposible; y otra vez, con ojos cansados de mirar, pero incapaces de no mirar lo que estaba delante de él, miró fijamente el respaldo del sofá y esperó -esperó esa caída espantosa, el choque y la destrucción. "La resistencia es imposible -se dijo-. ¡Pero si pudiera comprender por qué! Pero eso, también, es imposible. Se podría explicar si pudiera decir que no he vivido como debía. Pero es imposible decirlo" -se declaró a sí mismo, recordando la licitud, corrección y decoro de toda su vida-. "Eso es absolutamente imposible de admitir -pensó, con una sonrisa irónica en los labios como si alguien pudiera verla y engañarse-. ¡No hay explicación! Sufrimiento, muerte... ¿Por qué?".

viernes, 16 de julio de 2010

NOVELA CORTA. "La muerte de Iván Ilich" (7), de Lev Tolstói (1828-1910)

Lev Tolstói
La muerte de Iván Ilich (7)

                                                                               VIII
Era por la mañana. Sabía que era por la mañana sólo porque Gerasim se había ido y el lacayo Pyotr había entrado, apagado las bujías, descorrido una de las cortinas y empezado a poner orden en la habitación sin hacer ruido. Nada importaba que fuera mañana o tarde, viernes o domingo, ya que era siempre igual: el dolor acerado, torturante, que no cesaba un momento; la conciencia de una vida que se escapaba inexorablemente, pero que no se extinguía; la proximidad de esa horrible y odiosa muerte, única realidad; y siempre esa mentira. ¿Qué significaban días, semanas, horas, en tales circunstancias?
-¿Tomará té el señor? "Necesita que todo se haga debidamente y quiere que los señores tomen su té por la mañana" -pensó Iván Ilich y sólo dijo:
-No.
-¿No desea el señor pasar al sofá? "Necesita arreglar la habitación y le estoy estorbando. Yo soy la suciedad y el desorden" -pensaba, y sólo dijo:
-No. Déjame.
El criado siguió removiendo cosas. Iván Ilich alargó la mano. Pyotr se acercó servicialmente.
-¿Qué desea el señor?
-Mi reloj.
Pyotr cogió el reloj, que estaba al alcance de la mano, y se lo dio a su amo.
-Las ocho y media. ¿No se han levantado todavía?
-No, señor, salvo Vasili Ivanovich (el hijo), que ya se ha ido a clase. Praskovya Fyodorovna me ha mandado despertarla si el señor preguntaba por ella. ¿Quiere que lo haga?
-No. No hace falta. -"Quizá debiera tomar té", se dijo-. Sí, tráeme té.
Pyotr se dirigió a la puerta, pero a Iván Ilich le aterraba quedarse solo. "¿Cómo retenerle aquí? Sí, con la medicina".
-Pyotr, dame la medicina. -"Quizá la medicina me ayude todavía". Tomó una cucharada y la sorbió. "No, no me ayuda. Todo esto no es más que una bobada, una superchería -decidió cuando se dio cuenta del conocido, empalagoso e irremediable sabor. No, ahora ya no puedo creer en ello. Pero el dolor, ¿por qué este dolor? ¡Si al menos cesase un momento!".
Y lanzó un gemido. Pyotr se volvió para mirarle.
-No. Anda y tráeme el té.
Salió Pyotr. Al quedarse solo, Iván Ilich empezó a gemir, no tanto por el dolor físico, a pesar de lo atroz que era, como por la congoja mental que sentía. "Siempre lo mismo, siempre estos días y estas noches interminables. iSi viniera más de prisa! ¿Si viniera qué más de prisa? ¿La muerte, la tiniebla? ¡No, no! ¡Cualquier cosa es mejor que la muerte!".
Cuando Pyotr volvió con el té en una bandeja, Iván Ilich le estuvo mirando perplejo un rato, sin comprender quién o qué era. A Pyotr le turbó esa mirada y esa turbación volvió a Iván Ilich en su acuerdo.
-Sí -dijo-, el té... Bien, ponlo ahí. Pero ayúdame a lavarme y ponerme una camisa limpia.
E Iván Ilich empezó a lavarse. Descansando de vez en cuando se lavó las manos, la cara, se limpió los dientes, se peinó y se miró en el espejo. Le horrorizó lo que vio. Le horrorizó sobre todo ver cómo el pelo se le pegaba, lacio, a la frente pálida.
Cuando le cambiaban de camisa se dio cuenta de que sería mayor su horror si veía su cuerpo, por lo que no lo miró. Por fin acabó aquello. Se puso la bata, se arropó en una manta y se sentó en el sillón para tomar el té. Durante un momento se sintió más fresco, pero tan pronto como empezó a sorber el té volvió el mismo mal sabor y el mismo dolor. Concluyó con dificultad de beberse el té, se acostó estirando las piernas y despidió a Pyotr.
Siempre lo mismo. De pronto brilla una chispa de esperanza, luego se encrespa furioso un mar de desesperación, y siempre dolor, siempre dolor, siempre congoja y siempre lo mismo. Cuando se quedaba solo y horriblemente angustiado sentía el deseo de llamar a alguien, pero sabía de antemano que delante de otros sería peor. "Otra dosis de morfina -y perder el conocimiento-. Le diré al médico que piense en otra cosa. Es imposible, imposible, seguir así".
De ese modo pasaba una hora, luego otra. Pero entonces sonaba la campanilla de la puerta. Quizá sea el médico. En efecto, es el médico, fresco, animoso, rollizo, alegre, y con ese aspecto que parece decir: "¡Vaya, hombre, está usted asustado de algo, pero vamos a remediarlo sobre la marcha!". El médico sabe que ese su aspecto no sirve de nada aquí, pero se ha revestido de él de una vez por todas y no puede desprenderse de él, como hombre que se ha puesto el frac por la mañana para hacer visitas.
El médico se lava las manos vigorosamente y con aire tranquilizante.
-¡Huy, qué frío! La helada es formidable. Deje que entre un poco en calor -dice, como si bastara sólo esperar a que se calentase un poco para arreglarlo todo-. Bueno, ¿cómo va eso?
Iván Ilich tiene la impresión de que lo que el médico quiere decir es "¿cómo va el negocio?", pero que se da cuenta de que no se puede hablar así, y en vez de eso dice: "¿Cómo ha pasado la noche?".
Iván Ilich le mira como preguntando: "¿Pero es que usted no se avergüenza nunca de mentir?". El médico, sin embargo, no quiere comprender la pregunta, e Iván Ilich dice:
-Tan atrozmente como siempre. El dolor no se me quita ni se me calma. Si hubiera algo...
-Sí, ustedes los enfermos son siempre lo mismo. Bien, ya me parece que he entrado en calor. Incluso Praskovya Fyodorovna, que es siempre tan escrupulosa, no tendría nada que objetar a mi temperatura. Bueno, ahora puedo saludarle -y el médico estrecha la mano del enfermo.
Y abandonando la actitud festiva de antes, el médico empieza con semblante serio a reconocer al enfermo, a tomarle el pulso y la temperatura, y luego a palparle y auscultarle.
Iván Ilich sabe plena y firmemente que todo eso es tontería y pura falsedad, pero cuando el médico, arrodillándose, se inclina sobre él, aplicando el oído primero más arriba, luego más abajo, y con gesto significativo hace por encima de él varios movimientos gimnásticos, el enfermo se somete a ello como antes solía someterse a los discursos de los abogados, aun sabiendo perfectamente que todos ellos mentían y por qué mentían.
De rodillas en el sofá, el médico está auscultando cuando se nota en la puerta el frufrú del vestido de seda de Praskovya Fyodorovna y se oye cómo regaña a Pyotr porque éste no le ha anunciado la llegada del médico.
Entra en la habitación, besa al marido y al instante se dispone a mostrar que lleva ya largo rato levantada y sólo por incomprensión no estaba allí cuando llegó el médico.
Iván Ilich la mira, la examina de pies a cabeza, echándole mentalmente en cara lo blanco, limpio y rollizo de sus brazos y su cuello, lo lustroso de sus cabellos y lo brillante de sus ojos llenos de vida. La detesta con toda el alma y el arrebato de odio que siente por ella le hace sufrir cuando ella le toca.
Su actitud respecto a él y su enfermedad sigue siendo la misma. Al igual que el médico, que adoptaba frente a su enfermo cierto modo de proceder del que no podía despojarse, ella también había adoptado su propio modo de proceder, a saber, que su marido no hacía lo que debía, que él mismo tenía la culpa de lo que le pasaba y que ella se lo reprochaba amorosamente. Y tampoco podía desprenderse de esa actitud.
-Ya ve usted que no me escucha y no toma la medicina a su debido tiempo. Y, sobre todo, se acuesta en una postura que de seguro no le conviene. Con las piernas en alto.
Y ella contó cómo él hacía que Gerasim le tuviera las piernas levantadas.
El médico se sonrió con sonrisa mitad afable mitad despectiva:
-¡Qué se le va a hacer! Estos enfermos se figuran a veces niñerías como ésas, pero hay que perdonarles.
Cuando el médico terminó el reconocimiento, miró su reloj, y entonces Praskovya Fyodorovna anunció a Iván Ilich que, por supuesto, se haría lo que él quisiera, pero que ella había mandado hoy por un médico célebre que vendría a reconocerle y a tener consulta con Mihail Danilovich (que era el médico de cabecera).
-Por favor, no digas que no. Lo hago también por mí misma -dijo ella con ironía, dando a entender que ella lo hacía todo por él y sólo decía eso para no darle motivo de negárselo. Él calló y frunció el ceño. Tenía la sensación de que la red de mentiras que le rodeaba era ya tan tupida que era imposible sacar nada en limpio.
Todo cuanto ella hacía por él sólo lo hacía por sí misma, y le decía que hacía por sí misma lo que en realidad hacía por sí misma, como si ello fuese tan increíble que él tendría que entenderlo al revés.
En efecto, el célebre galeno llegó a las once y media. Una vez más empezó la auscultación y, bien ante el enfermo o en otra habitación, comenzaron las conversaciones significativas acerca del riñón y el apéndice y las preguntas y respuestas, con tal aire de suficiencia que, de nuevo, en vez de la pregunta real sobre la vida y la muerte, que era la única con la que Iván Ilich ahora se enfrentaba, de lo que hablaban era de que el riñón y el apéndice no funcionaban correctamente y que ahora Mihail Danilovich y el médico famoso los obligarían a comportarse como era debido.
El médico célebre se despidió con cara seria, pero no exenta de esperanza, y a la tímida pregunta que le hizo Iván Ilich levantando hacia él ojos brillantes de pavor y esperanza, contestó que había posibilidad de restablecimiento, aunque no podía asegurarlo. La mirada de esperanza con la que Iván Ilich acompañó al médico en su salida fue tan conmovedora que, al verla, Praskovya Fyodorovna hasta rompió a llorar cuando salió de la habitación con el médico para entregarle sus honorarios.
El destello de esperanza provocado por el comentario estimulante del médico no duró mucho. El mismo aposento, los mismos cuadros, las cortinas, el papel de las paredes, los frascos de medicina... todo ello seguía allí, junto con su cuerpo sufriente y doliente. Iván Ilich empezó a gemir. Le pusieron una inyección y se sumió en el olvido.
Anochecía ya cuando volvió en sí. Le trajeron la comida. Con dificultad tomó un poco de caldo, y otra vez lo mismo, y llegaba la noche.
Después de comer, a las siete, entró en la habitación Praskovya Fyodorovna en vestido de noche, con el seno realzado por el corsé y huellas de polvos en la cara. Ya esa mañana había recordado a su marido que iban al teatro. Había llegado a la ciudad Sarah Bernhardt y la familia tenía un palco que él había insistido en que tomasen. Iván Ilich se había olvidado de eso y la indumentaria de ella le ofendió, pero disimuló su irritación cuando cayó en la cuenta de que él mismo había insistido en que tomasen el palco y asistiesen a la función porque sería un placer educativo y estético para los niños.
Entró Praskovya Fyodorovna, satisfecha de sí misma pero con un punto de culpabilidad. Se sentó y le preguntó cómo estaba, pero él vio que preguntaba sólo por preguntar y no para enterarse, sabiendo que no había nada nuevo de qué enterarse, y entonces empezó a hablar de lo que realmente quería: que por nada del mundo iría al teatro, pero que habían tomado un palco e iban su hija y Hélène, así como también Petrischev (juez de instrucción, novio de la hija), y que de ningún modo podían éstos ir solos; pero que ella preferiría con mucho quedarse con él un rato. Y que él debía seguir las instrucciones del médico mientras ella estaba fuera.
-¡Ah, sí! Y Fyodor Petrovich (el novio) quisiera entrar. ¿Puede hacerlo? ¿Y Liza?
-Que entren.
Entró la hija, también en vestido de noche, con el cuerpo juvenil bastante en evidencia, ese cuerpo que en el caso de él tanto sufrimiento le causaba. Y ella bien que lo exhibía. Fuerte, sana, evidentemente enamorada e irritada contra la enfermedad, el sufrimiento y la muerte, porque estorbaban su felicidad.
Entró también Fyodor Petrovich vestido de frac, con el pelo rizado a la Capou, un cuello duro que oprimía el largo pescuezo fibroso, enorme pechera blanca y con los fuertes muslos embutidos en unos pantalones negros muy ajustados. Tenía puesto un guante blanco y llevaba la chistera en la mano.
Tras él, y casi sin ser notado, entró el colegial en uniforme nuevo y con guantes, pobre chico. Tenía enormes ojeras, cuyo significado Iván Ilich conocía bien.
Su hijo siempre le había parecido lamentable, y ahora era penoso ver el aspecto timorato y condolido del muchacho. Aparte de Gerasim, Iván Ilich creía que sólo Vasya le comprendía y compadecía.
Todos se sentaron y volvieron a preguntarle cómo se sentía. Hubo un silencio. Liza preguntó a su madre dónde estaban los gemelos y se produjo un altercado entre madre e hija sobre dónde los habían puesto. Aquello fue desagradable.
Fyodor Petrovich preguntó a Iván Ilich si había visto alguna vez a Sarah Bernhardt. Iván Ilich no entendió al principio lo que se le preguntaba, pero luego contestó:
-No. ¿Usted la ha visto ya?
-Sí, en Adrienne Lecouvreur.
Praskovya Fyodorovna agregó que había estado especialmente bien en ese papel. La hija dijo que no. Iniciose una conversación acerca de la elegancia y el realismo del trabajo de la actriz -una conversación que es siempre la misma.
En medio de la conversación, Fyodor Petrovich miró a Iván Ilich y quedó callado. Los otros le miraron a su vez y también guardaron silencio. Iván Ilich miraba delante de sí con ojos brillantes, evidentemente indignado con los visitantes. Era preciso rectificar aquello, pero imposible hacerlo. Había que romper ese silencio de algún modo, pero nadie se atrevía a intentarlo. Les aterraba que de pronto se esfumase la mentira convencional y quedase claro lo que ocurría de verdad. Liza fue la primera en decidirse y rompió el silencio, pero al querer disimular lo que todos sentían se fue de la lengua.
-Pues bien, si vamos a ir ya es hora de que lo hagamos -dijo mirando su reloj, regalo de su padre, y con una tenue y significativa sonrisa al joven Fyodor Petrovich, acerca de algo que sólo ambos sabían, se levantó haciendo crujir la tela de su vestido.
Todos se levantaron, se despidieron y se fueron. Cuando hubieron salido le pareció a Iván Ilich que se sentía mejor: ya no había mentira porque se había ido con ellos, pero se quedaba el dolor: el mismo dolor y el mismo terror de siempre, ni más ni menos penoso que antes. Todo era peor.
Una vez más los minutos se sucedían uno tras otro, las horas una tras otra. Todo seguía lo mismo, todo sin cesar, y lo más terrible de todo era el fin inevitable.
-Sí, dile a Gerasim que venga -respondió a la pregunta de Pyotr.