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miércoles, 24 de febrero de 2016

LITERATURA Y MAFIA. "El libro en el escondite de El Chapo". Roberto Saviano

   En "El País":

El libro en el escondite de El Chapo

Lidiar con la mafia no significa cubrirse de sellos antimafia, sino entender cómo actúa


Las proclamas gubernamentales y las declaraciones victoriosas que siguen a las detenciones de criminales ilustres siempre me han hecho reflexionar. Nací y crecí en el sur de Italia, el país que cuenta con las organizaciones criminales más poderosas y peligrosas del mundo y sé bien que cuando uno de sus jefes es detenido, eso no significa que el Estado haya obtenido una victoria. Cuando un jefe es arrestado es porque se ha vuelto débil, es porque otros le han vendido, es para salvarse de una posible ejecución, es porque ha decidido colaborar con la justicia, incapaz de soportar ya la clandestinidad. Cuando un jefe es detenido, los que menos deberían alegrarse por ello son los políticos, para no quedar como simples marionetas o, peor aún, como chacales, para no ser objeto de mofa y escarnio. Todavía recuerdo cómo, durante un programa televisivo mío de 2010, tras haber explicado la infiltración de la 'Ndrangheta en el norte de Italia, el entonces ministro del Interior, Roberto Maroni, de la Liga Norte, exigió intervenir en directo en la transmisión para leer la lista de superfugitivos arrestados por su Gobierno. Mientras Maroni leía, a mí me costaba contener la risa ante la idea de que todos aquellos capos había sido detenidos por causas muy alejadas de los posibles méritos del ministro o de los de su Gobierno, aparte de haber sido reemplazados antes incluso de ser detenidos.

Cuando un jefe es arrestado es porque se ha vuelto débil, es porque otros le han vendido

Lidiar con la mafia no significa cubrirse de sellos antimafia, sino entender cómo esta actúa y sobre todo admitir que ya no es posible analizar el segmento militar divorciado del económico, que ya no es posible considerar las mafias al mismo nivel que organizaciones dirigidas por personas violentas y sin escrúpulos armadas hasta los dientes, sin cultura alguna ni conocimiento acerca de cómo funciona el mundo civilizado. Tratando de esta forma a la mafia y a los mafiosos hemos llegado a la situación actual, en la que convivimos con ellos sin ser capaces de reconocerlos, de lo mucho que se parecen a nosotros.


Cuando El Chapo Guzmán fue detenido el pasado mes de enero, por tercera vez (después de haberse fugado espectacularmente dos veces), el presidente de México, Enrique Peña Nieto, se regocijó públicamente en Twitter demostrando que no entiende en absoluto cómo funciona el cártel de Sinaloa, uno de los cárteles criminales más poderosos y sanguinarios del mundo. Demostrando que no entiende por qué El Chapo ha podido ser detenido esta vez así como las dos anteriores, ni cómo es que se las apañó para evadirse.
Sin embargo, alguien como yo, que estudia la dinámica de la mafia, pero no forma parte de ninguna organización criminal, alguien como yo, que no puede trabajar como infiltrado, pero puede recopilar fragmentos y tratar de recomponer el conjunto en un marco coherente, sabe que la epopeya de El Chapo Guzmán deber leerse a través de cada gesto, de cada palabra, de cada señal. A través de los colores chillones de las camisas que lleva, a través de las mujeres que trata, a través de una ficción que es más real que la realidad.

Un jefe que siga siendo poderoso se mantiene alejado de todo, de los medios de comunicación y del cotilleo

Empecemos por decir que a un jefe de verdad no le gusta estar en el candelero. Un jefe de verdad que siga siendo poderoso se mantiene alejado de todo, de los medios de comunicación y del cotilleo. A un jefe de verdad le hace falta, al principio de su carrera, ganar crédito entre su gente, pero mantenerse invisible para el resto del mundo. Por el contrario, la atención de los medios se vuelve necesaria cuando su poder real va menguando. Cuando tiene necesidad de una legitimidad externa al mundo del crimen, cuando apela al mito y a la leyenda, cuando se le hace imprescindible, como al último de los showman, ver su carota en los quioscos para revitalizar su propia imagen criminal. La entrevista concedida por El Chapo a Sean Penn supone su mayor declaración de debilidad, no un pecado de vanidad. Su intención de trabajar en una película que contara su propia historia respondía a una necesidad empresarial y criminal y no a un deseo de ver glorificadas sus acciones por pura vanagloria. A El Chapo le hacía falta una nueva visibilidad para reiterar un sencillo concepto: sigo siendo el que manda.
Y el control debe ser integral: nada puede escapar a esta estrategia de comunicación. Por eso, cuando me llamaron en plena noche para decirme que había un video, difundido por el diario mexicano El Universalen el que se veía mi libro CeroCeroCero en la guarida de El Chapo en Las Piedrosas, en Sierra Madre Occidental, el estupor me duró un momento. El tiempo de darme cuenta de que siempre ha sido así: mientras la sociedad civil considera a los criminales unos bestias incultos, ellos, en la sombra, demuestran un maniático interés por todo lo que les concierne. Ellos, que se mantienen informados sin ser vistos. Ellos, que nos observan y nos estudian sin ser observados y que sólo salen a la luz cuando son animales agonizantes, haciéndonos sentir omnipotentes por el mero hecho de ser capaces de tocarles la cola y olfatear su pista.

Lo que ha sorprendido a todos fue la constatación de que un jefe criminal puede leer
El perfil de los jefes criminales se asemeja al de los consejeros delegados

Con Gomorra, mi primer libro, ocurrió lo mismo. Sus páginas fueron durante mucho tiempo las más leídas en las cárceles del sur de Italia. Gomorraestaba en la guarida de dos jefes del clan de los Casaleses, en la de Michele Zararia (la vieja guardia) y en la de Francesco Barbato (la nueva guardia). Todos, absolutamente todos, querían saber lo que ese joven escritor napolitano había escrito sobre ellos. Como si los estuviera presentando ante Italia y el mundo; el capo de los Casaleses Antonio Iovine, ahora colaborador con la justicia, dijo, literalmente, y con cierta complacencia: "Saviano, con Gomorra, nos ha llevado a los Estados Unidos". Ocurre a menudo que haya periodistas abordados por la Camorra para invitarles a escribir sobre ellos, pero sin falsedades, y por falsedades entienden conjeturas sobre alianzas y traiciones. Hace 30 años, un joven periodista napolitano, Giancarlo Siani, fue asesinado a causa de un artículo en el que aventuraba una alianza y una traición que no debían ser reveladas. Sus escritos no aparecían en primera página, no era una de las firmas estrella del periódico, y sin embargo los sicarios leían sus artículos.
Y por esa razón, ver CeroCeroCero en la cama de El Chapo, en un edificio en ruinas en medio de la nada, entre camisas de absurdos colores y rollos de papel higiénico, no resulta extraño en absoluto. El video fue grabado el 6 de octubre,cuatro días después de la entrevista con Sean Penn. A la izquierda, colgando de un soporte, estaba aún la camisa que llevaba El Chapo en la fotografía que dio la vuelta al mundo, esa en la que le estrechaba la mano. Una camisa de marca: nada se deja al azar, y menos aún la iconografía. En los días posteriores a la difusión del vídeo empezaron a ocurrirme cosas peculiares. Para empezar, me pararon en la aduana de los Estados Unidos, dado que, al parecer, según algunas indiscreciones, el ejemplar de CeroCeroCero hallado en la guarida de El Chapo llevaba una dedicatoria mía, dedicatoria que por supuesto yo nunca le había puesto. Además parecía que había un juez que quería aclarar conmigo algunos aspectos de la historia. Por ahora siguen poniéndose en contacto conmigo para todo tipo de suposiciones. Algunos se han referido a mi intervención en la televisión mexicana después de la captura de El Chapo en febrero de 2014, intervención que parece ser que le intrigó. En aquella ocasión, yo reiteré la necesidad y la urgencia de conceder su extradición a Estados Unidos, dado que la extradición es tal vez la única medida que realmente asusta a los jefes de los cárteles sudamericanos, incapaces de ejercer cualquier forma de control en las prisiones estadounidenses. Según otros, quien le facilitó el libro fue su abogado, presumiblemente para obtener más información sobre mí y sobre lo que había escrito. Otros aventuran que estaba preocupado por la serie de televisión basada en CeroCeroCero en la que estoy trabajando. Para otros, quien estaba leyendo el libro era su hijo, que me había visto en el canal CNN de México.

Las FARC están llevando a cabo negociaciones de paz con el Gobierno porque los cárteles mexicanos han hecho tierra quemada a su alrededor

Sin embargo, más allá de las conjeturas, lo que de verdad ha sorprendido a todos, pero lo que se dice a todo el mundo, fue la constatación de que un jefe criminal puede leer. ¿De verdad creía el mundo que los jefes de las organizaciones criminales eran meras bestias interesadas exclusivamente en sus sangrientos manejos? Pues se trata de una lectura superficial, muy alejada de la complejidad de la vida real. El perfil de los jefes de las principales organizaciones criminales se asemeja mucho más de lo que pensamos al de los consejeros delegados de cualquier respetada empresa internacional. La diferencia estriba a menudo sólo en el recurso a la violencia, pero la lógica de sus inversiones, las estrategias de "ataque" contra sus rivales y los métodos de adquisición de consensos, son casi idénticos. Una de las razones por las que las series y las películas sobre criminales obtienen tanto éxito entre el público no estriba en la fascinación por el mal, sino en el hecho de que las personas perciben de algún modo su afinidad con los capos y reconocen en las despiadadas reglas de la violencia, en la obsesión por el crecimiento económico, en la jerarquía de valores y en sus estrategias, mecanismos que son típicos de las relaciones sociales al desnudo, es decir, leídas sin fingimientos. En el cine de criminales, el espectador ve de alguna manera su propia vida sin mediación alguna; falta el filtro de la ley, dado que las mafias se rigen por sus propias normas, que parecen adherirse a la realidad sin hipocresías: todos quieren el dinero, quienes tienen el poder lo consiguen, quienes no lo tienen tratan de obtenerlo en una guerra silenciosa de todos contra todos. Y ya está. El resto no existe: se deja a un lado el respeto hacia la vida humana. Y sin embargo, todo se parece dolorosamente a la vida de verdad, como si las películas de criminales nos enseñaran un nivel primordial, más auténtico, de las relaciones cotidianas.
Pero lo que me resultó más claro desde un principio es que, una vez menguada la ola de asombro y curiosidad despertada por la reunión con Sean Penn y por el descubrimiento de mi libro en el escondite de El Chapo, la atención hacia los asuntos de México ha vuelto a sus niveles habituales, es decir, igual a cero, mientras que el flujo de capitales que llega a Europa desde México sigue creciendo sin parar. Después de la detención de El Chapo, se descubrió que, gracias a una red internacional de intermediarios, los narcodólares del cártel de Sinaloa eran enviados a través de Los Ángeles hasta Suiza, donde debían ser cambiados en francos o en euros para ser depositados después en un banco de Liechtenstein. La situación sociopolítica en América Central y del Sur ha cambiado drásticamente, y con ella la geopolítica del narcotráfico internacional. México es actualmente el nudo central en el que converge y se organiza todo el comercio, mientras que Nicaragua, Honduras, El Salvador y Guatemala se han convertido en colonias de los cárteles mexicanos. También en Colombia la situación ha cambiado radicalmente: los grandes cárteles han muerto y gran parte de la gestión del flujo de coca ha emigrado a manos de las organizaciones mexicanas. Las FARC, la más antigua forma de guerra de guerrillas en el mundo, históricamente activa en Colombia, está llevando a cabo negociaciones de paz con el Gobierno en Cuba por razones de las que se habla muy poco: a saber, por el hecho de que los cárteles mexicanos han hecho tierra quemada a su alrededor. Las FARC siempre se han mantenido con la producción de drogas, convertidas de hecho en los proveedores exclusivos de coca, que vendían a los cárteles mexicanos. El sistema funcionó hasta que estos últimos dejaron de comprarles a ellos, después de haberse asegurado el control de plantaciones colombianas, peruanas, bolivianas: desde ese momento, el precio de la cocaína producida por las FARC se hundió, haciendo imposible la sustentación de la guerrilla. Esta es una de las posibles interpretaciones, pero demuestra claramente que la reordenación de la jurisdicción del narcotráfico, definitivamente prerrogativa de México, tiene repercusiones exponenciales y protagonistas que no deben subestimarse.

No habrá ningún cambio efectivo mientras su dinero siga siendo una parte fundamental de la riqueza financiera de nuestro tiempo

En este contexto, la imagen que el presidente Enrique Peña Nieto ofrece de México y de sí mismo es falaz, dado que no basta con dejar de mencionar el narcotráfico para que el problema desaparezca. El sexenio de Peña Nieto se está revelando dramático: 54.421 homicidios en los últimos tres años, y2015 fue el annus horribilis con 18.650 casos registrados. Cifras propias de una guerra civil. A esto se añade el hecho de que Peña Nieto no ha llegado a proporcionar una respuesta política efectiva al caso de los 43 estudiantes de Iguala desaparecidos y de los cuales el Gobierno es responsable. Y lo mismo vale para el asesinato de Gisela Mota, la neoalcaldesa de Temixco asesinada el pasado 2 de enero.
El presidente tiene que admitir que por mucho que intente hacer pasar la detención de El Chapo como una victoria, en realidad no es más que una puesta en escena, una representación para los medios, dado que el capo estaba ya sumido en una profunda crisis. Tal como ocurrió con Pablo Escobar y Bernardo Provenzano, la política y la policía aprovechan la ocasión para centrarse en el personaje, que gracias a los medios de comunicación se vuelve más relevante que sus propias actividades ilícitas. Por ese motivo el video de la incursión en el escondite de El Chapo da la vuelta al mundo, aunque sean pocos los que estén realmente al corriente del alcance de sus actividades, de la extensión y del poder del imperio que se oculta detrás de este "humilde campesino". Los capos son hombres duchos en negocios, pero también en experiencias y en la supervivencia: se mantienen informados, estudian, profundizan, buscan información sobre ellos mismos, sobre sus rivales, sobre el mundo que los rodea y que los amenaza. El mayor error que podemos cometer cuando nos enfrentamos a ellos es reducirlos a sujetos de una sola dimensión, limitándonos a estudiarlos como criminales. Esta visión, además de ser parcial, no nos permite entender por qué son tan peligrosos: por mucho que sus aspiraciones sean criminales, han sabido y saben cómo poner al servicio de sus objetivos una capacidad organizativa y estratégica que es claramente el resultado de una lectura inteligente de su tiempo. Considerarlos como campesinos incultos, violentos e irracionales, es sólo una forma ingenua, o más a menudo astuta, de considerar que su poder sólo es manejable mediante la represión policial. Pero ningún cambio efectivo podrá tener lugar mientras su dinero siga siendo una parte fundamental de la riqueza financiera y de negocios de nuestro tiempo. Y, sobre todo, mientras quienes nos gobiernan no tengan el valor de reconocerlo.
Traducción de Carlos Gumpert.

lunes, 9 de marzo de 2015

PRENSA. "Traficadas. el negocio de la trata de mujeres en México"

   En "El País":

Traficadas. El negocio de la trata de mujeres en México

México es el país americano con más mujeres desaparecidas que son convertidas en esclavas sexuales. El tráfico de mujeres es un negocio en alza


Barrio de la Merced, uno de los tradicionales de prostitución de México D.F. donde trabajan unas 1500 mujeres. / NURIA LÓPEZ TORRES

Diana Angélica era una niña alegre y optimista. De cuerpo menudo, ojos grandes almendrados, y cara angelical. El 7 de septiembre de 2013 su madre se despidió de ella como cada mañana cuando se iba al colegio… Y nunca más la volvió a ver.
Historias como esta engrosan cada día la enorme lista de niñas y mujeres desaparecidas en todo México. Un drama silenciado que desgarra a la sociedad del país. Estas desapariciones forman parte de un entramado de tráfico de personas con fines de explotación sexual. Los feminicidios de Ciudad Juárez son solamente una parte de este gravísimo problema que golpea profundamente a millares de familias.
Según el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio, han desaparecido en sólo nueve estados del país 9.200 mujeres y niñas. Entre junio de 2011 y junio de 2012 sólo en el estado de México fueron 955, de las que el 60% eran menores de 17 años. María de la Luz Estrada Mendoza, presidenta de esta organización, puntualiza, sin embargo, que no existe una cifra oficial fiable de desaparecidas, porque los gobiernos, dice, maquillan los datos. El estado de Veracruz reconoció de forma extraoficial que en su territorio hay 6.000 desaparecidas. El resto de estados, sin embargo, se niegan a dar información al respecto y los pocos números que aportan a las estadísticas de las entidades son ridículos, muy inferiores a las que estas mismas manejan. Es este un problema invisibilizado social y políticamente.
En los últimos años, el tráfico de mujeres con fines de explotación sexual ha pasado a ser el segundo negocio más lucrativo en México, después de las drogas. Así lo indica un informe sobre las condiciones de vulnerabilidad que propician la trata de personas en México, elaborado por la Comisión Nacional de los Derechos Humanos y el Centro de Estudios e Investigación en Desarrollo y Asistencia Social. Pero lo que más preocupa a los autores es que algunos militares han entrado a formar parte de la red de secuestros y explotación sexual, así como los narcotraficantes, que ven en este rentable negocio una forma de diversificar sus ingresos. Al sur del país, en el estado de Oaxaca, la persona que controla el negocio de la trata y la explotación sexual es un “militar de alta graduación”, asegura Elvira Madrid, presidenta de la Brigada Callejera de Apoyo a la Mujer Elisa Martínez, A.C, una ONG que trabaja en favor de los derechos de las prostitutas y en contra del tráfico de mujeres.

Levantones sexuales

Existen diferentes formas de captar a las mujeres y niñas. Una de ellas es la conocida como levantón. El crimen organizado tiene a hombres que controlan determinadas zonas o barrios, se fijan en una posible víctima —casi siempre muy jóvenes y de complexión delgada—, la vigilan unos días para conocer su rutina y, cuando pueden, la suben de forma violenta a una camioneta. Y desaparece. A veces, no hay ni vigilancia previa. Simplemente ven una muchacha que les gusta, paran el vehículo y la suben en el acto.
Otro de los sistemas es a través de falsos anuncios de empleo. “Mi hija Fabiola vio un anuncio enganchado a una farola en el que se buscaba a una mujer para cuidar a una persona mayor. Llamó por teléfono y la citaron al día siguiente a las diez de la mañana, en el mismo lugar donde lo había encontrado. Ella me pidió que la acompañara y así lo hice, pero no se presentó nadie. Fabiola volvió a llamar y le dijeron que había surgido un problema con la persona que tenía que ir y la volvieron a citar al día siguiente. En esta ocasión, no la pude acompañar porque tenía que ir al médico…y ya nunca más volvió”, relata Rosa María, madre de una víctima. Fue el 10 de enero de 2012.

Impunidad e indefensión

Es sabido por todas las organizaciones y activistas que trabajan en contra del tráfico de mujeres y niñas con fines de explotación sexual, que algunos miembros de la policía municipal de Ecatepec —donde desaparecen gran cantidad de mujeres— controlan este negocio. Son las prostitutas que ejercen de forma libre las que denuncian extorsiones de los agentes que quieren deshacerse de ellas porque son testigos incómodos de sus turbios negocios. Así lo cuenta Elvira Madrid, directora de la Brigada Callejera de Apoyo a la Mujer Elisa Martínez A.C.
Según su relato, cada noche, la policía lleva en sus coches a niñas a los diferentes puntos de prostitución de este municipio. Ellas deben conducir a los clientes a un lugar acordado con los policías, para que estos puedan extorsionarles por estar con una menor de edad.
Rosa María Reyes, madre de la desaparecida Fabiola, tiene muy claro por qué no se resuelve el caso de su hija: “Es por la incompetencia de la policía que hasta ahorita no ha hecho nada. Se le han entregado infinidad de pruebas para que actúen y no han hecho nada. Incluso han llegado al sarcasmo. A veces les he dicho pues que me maten ya para que me quiten este dolor”.
Muchas de las familias de las desaparecidas argumentan las mismas carencias en las actuaciones policiales y órganos encargados de las investigaciones. Coinciden en señalar que se encuentran con unos niveles altísimos de ineptitud. Las sensaciones de impotencia y desesperación son compartidas. En la mayoría de los procesos, las familias van por delante en las investigaciones y aportan pistas que, en muchos casos, son ignoradas. En el peor de los casos, incluso reciben amenazas para que cejen en sus indagaciones, como les ha pasado a algunas madres.
María Soledad vive bajo amenaza de muerte porque salvó a su hija de 14 años de las redes de la explotación sexual. Durante seis meses trabajó como prostituta para llegar hasta ella y al hombre que la retenía, conocido como el Bombacho. Esta mujer pequeña, de expresión dura y con un valor infinito, cuenta con serenidad su historia. “Mi orgullo es que se la quité con vida, porque él nunca las deja escapar con vida. Ahora, mi cabeza tiene precio y yo sigo esperando a ver qué me va a hacer. Por lo que yo le hago penalmente responsable de lo que me pase… Ahorita él está en la cárcel por cortesía mía… pero saldrá en tres años. Leestán abriendo otros procesos y espero que no salga nunca porque sus crímenes son muy grandes”, zanja.
La impunidad, sin embargo, viene cimentada por décadas de crímenes y delitos sin resolver en México. Ésta dinámica es la generadora de sociedades endémicamente enfermas, que afecta a los cimientos y pilares de la democracia, generando una sociedad incapaz de defender los derechos básicos de sus ciudadanos. La trata de seres humanos con fines de explotación sexual es una de las mayores violaciones de los Derechos Humanos, una forma de esclavitud moderna, y una de las caras más amargas de la violencia de género.
Fabiola es del municipio de Ecatepec, uno de los lugares de donde más mujeres desaparecen de todo el Estado de México, como coinciden en afirmar la Asociación Mexicana de Niños Robados y Desparecidos A.C., la Coalición Contra El Tráfico de Mujeres y Niñas en América Latina y El Caribe, y la Brigada Callejera de Ayuda a la mujer Elisa Martínez A.C. Estas organizaciones que trabajan contra el tráfico de personas y la explotación sexual tienen claras evidencias de que algunos policías locales del municipio participan en estas redes. La familia de Fabiola sabe con certeza, por diferentes pistas y testigos, que ella está siendo explotada como esclava sexual. Sin embargo, la negligencia, desidia y en algunos casos la connivencia de la policía, hace que el caso de la joven se encuentre en una vía muerta.
“Vivos se los llevaron y vivos los queremos”, gritaba Rosa María durante la manifestación que tuvo lugar en México DF el día de la madre, organizada por las diferentes asociaciones de familiares de desaparecidos, y que convocó a personas llegadas desde todos los estados del país. A su lado estaba Tadeo, hijo de Fabiola de siete años de edad, quien, con un gran cartel de su madre colgado en el pecho, repartía incansablemente folletos en los que se ofrecía una recompensa de 300.000 pesos (unos 17.500 euros), a la persona que aportara información útil para encontrarla. Su expresión de esperanza mientras corría como un loco de un lado a otro, dando impresos a todo el mundo, no dejaba indiferente a los asistentes.
Semanas más tarde, en casa de su abuela, preguntado por qué diría a las personas que tienen retenida a su mamá, el pequeño respondió así: “Me llamo Tadeo. A las personas que se la llevaron, devuélvanmelas. Porque a mí me hace más falta que a ustedes, así que devuélvanmelas. Es lo que yo tengo dentro de mi corazón, que nada más que tengo a mi papá. Que cuando veo a todas las familias juntas, me pongo triste porque mi familia todavía no está junta. Y decirles que si me pueden dar su dirección para que vaya a por ella”.
El tercer sistema de captación de mujeres es más sofisticado y retorcido. Es el de los llamados padrotes, hombres que se dedican a enamorar a las menores de edad, hasta que consiguen alejarlas de sus familias —tienen estipulado un tiempo de tres meses de media para conseguirlo—, para posteriormente llevárselas a otro estado. Es allí cuando su novio cambia radicalmente y le muestra la cruda realidad. Inmediatamente, la pone a trabajar. Algunos incluso las dejan embarazadas y, cuando nace el niño, se lo quitan para chantajearlas con la vida de la criatura. Para los padrotes las mujeres son objetos de su propiedad que deben proporcionarles beneficios. Así lo ha corroborado Elvira Madrid, socióloga con 27 años de experiencia en el trabajo de campo con víctimas. Muchos de estos hombres no consideran que esto sea un delito, sino simplemente una forma de ganarse la vida. La cultura machista tiene aquí su máximo exponente como se desprende de los testimonios de las mujeres explotadas entrevistadas.

Víctimas de explotación sexual

Alejandra fue vendida con 10 años a la dueña de uno de los muchos tables dance (locales de baile erótico) que existen en México. Ella fue a parar a la ciudad de Toluca, Estado de México. Sus tías, que se dedicaban al tráfico de drogas y otras actividades ilegales, llegaron un buen día y le dijeron: "Tú ya estás buena para trabajar". A su madre le aseguraron que la llevaban a trabajar a una fábrica. Agobiada por las deudas, no dio crédito a las quejas de su hija pensando que eran excusas para no ir a trabajar.
“Trabajaba de lunes a domingo, de nueve de la noche a siete de la mañana, todos los días, todos los días, todos los días…”, relata, ahora ya liberada, Alejandra. Durante dos años la obligaron a bailar y prostituirse. Hasta que fue violada por un tío abuelo y se quedó embarazada. Su madre la forzó a tener a la criatura y, después de dar a luz, la niña huyó y nunca más volvería a ver al bebé. Con 12 años llegó a Michoacán, donde conoció a un padrote que la enamoró y la dejó embarazada. Tuvo un niño que el padre le arrebató para chantajearla (y al que nunca pudo criar). Tiempo después tendría una niña.
Cuando su hija tenía un año, Alejandra intentó escapar, pero su explotador la encontró y la amenazó a punta de pistola con matar a la niña. Durante 18 años trabajó para el padre de sus hijos y la familia de este como una esclava sexual. Finalmente, reunió las fuerzas necesarias para huir con su hija, aunque lamentablemente tuvo que renunciar a su otro hijo. Alejandra continua ejerciendo la prostitución, ahora de forma libre, en el barrio de la Merced de México DF, el barrio tradicional de prostitución de la ciudad. Como ella, allí trabajan unas 1.500 prostitutas en la calle, pero la cantidad podría ser mayor porque no están contabilizadas las que están en locales internos, subrayan desde la ONG Brigada Callejera de Ayuda a la Mujer Elisa Martínez, A.C.
El caso de Rebeca no es muy distinto. Ella fue explotada con 11 años por su padre y tres socios de este que tenían una red de tráfico de mujeres en Estados Unidos (Miami y Tampa, Florida). Su abuela la envió con su progenitor para que escapara de los abusos de los que era víctima por parte de su padrastro en México. Pero no sabía que la estaba enviando al infierno. Con 17 años consiguió escapar y regresar a su país. Llegó a la capital y, desesperada por encontrar un trabajo, pensó que la fortuna por fin se había acordado de ella, al encontrar un anunció en la estación de autobuses, en el que solicitaban chicas jóvenes como asistentes domésticas.
Rebeca acudió a la cita con el empleador. Se encontró montada en una camioneta con otras 17 chicas, pero nunca sospechó que su destino final sería un edificio en el barrio de prostitución de la Merced, ni que durante tres años y medio estaría encerrada sin ver la luz del día, siendo explotada sexualmente otra vez. “Me tocó ver cómo mataban a golpes a una muchacha porque no dio todo el dinero que había ganado un día. Me tocó ver que a otra la asesinaron porque no quiso salir a trabajar a la calle, a esa sí a sangre fría. La mataron”, recuerda. “Si trabajabas más, te tocaban dos comidas; si no, no comías… Si no sacabas suficiente [dinero] a veces te dejaban con la misma vestimenta y no te bañaban hasta que volvías a trabajar bien; si estabas con la regla, te ponían un tapón y así tenías que seguir trabajando. Si un cliente se quejaba de que no te habías dejado hacer algo, entraba la mujer o el hombre encargados y te daban de golpes”, continúa ahondando en su memoria.
Rebeca fue rescatada por un policía federal que durante tres meses estuvo investigando qué pasaba en aquel hotel. Cada ocho días, la visitaba haciéndose pasar por cliente fijo. Ella le facilitó toda la información que pudo. El federal acogió a Rebeca y su compañera de cuarto en su casa los primeros días, hasta que ellas hicieran sus declaraciones y reconocimiento de los detenidos. Su esposa les facilitó comida y ropa. Pero el segundo día, a las siete de la tarde, llamaron a la casa del agente para notificarle a su mujer que él había sido asesinado. Rebeca rememora aquel trágico momento que presenció.
Rebeca sigue ejerciendo la prostitución tras ser liberada Tiene a su cargo a su madre y dos sobrinos pequeños, que abandonó uno de sus hermanos tras quedarse viudo. Rebeca es una luchadora nata: tiene muchas ganas de dejar esta vida y, gracias a Brigada Callejera de Ayuda a la Mujer Elisa Martínez, y muy especialmente a Elvira Madrid, está estudiando para enfermera. Es uno de sus sueños.
Mientras contaba su truculenta historia, su rostro redondo esbozaba en todo momento, una hermosa sonrisa de serenidad. Relataba su historia como si fuera la de otra persona. Se esforzaba por mostrar fortaleza, sus ojos negros se llenan de lágrimas y se le quiebra la voz al decir: “Es difícil cuando ves que pudiste tener otro tipo de familia y no es así. Pero aprendes que cuando estás más abajo es cuando te debes de sentir más arriba. Cuanto más te pisoteen, más debes de salir adelante. Y si sigo aquí es porque tengo algo que hacer y tengo que superarme”.

viernes, 6 de marzo de 2015

PRENSA. "La memoria rescatada de los mexicanos linchados"

   En "El País":

La memoria rescatada de los mexicanos linchados

EE UU, en pleno cambio demográfico y social, redescubre la historia de las víctimas latinas de la violencia ‘anglo’

 Washington 1 MAR 2015  

  • Los cadáveres de los mexicanos Arias y Chamales cuelgan de una horca de Santa Cruz (California), en mayo de 1877.


    “Un deporte al aire libre”. Así definió la práctica de linchar mexicanos en California el periodista Carey McWilliams. McWilliams, autor de North from Mexico (Al norte de México, 1948), un libro de referencia sobre los mexicanos de Estados Unidos, fue uno de los pocos en preservar la memoria de un episodio vergonzoso en un país que nunca deja de revisar su joven historia.
    El recuerdo de la muerte, a manos de las turbas anglosajonas, de centenares, seguramente miles, de ciudadanos de origen mexicano entre mediados del siglo XIX y las primeras décadas del XX, quedó esparcida en canciones populares, en leyendas que contaban de padres a hijos, en un puñado de westerns y novelas de género. Era un recuerdo vago, una historia remota, medio olvidada.
    Pero jamás, hasta que los historiadores William Carrigan y Clive Webb se pusieron a investigar, se desvelaron las dimensiones de los linchamientos a mexicanos, superados solo por los linchamientos de negros en el Sur hasta mediados del siglo XX.
    EE UU se transforma y también se transforma la manera de contar la historia, más allá de la mitificación del patriotismo más superficial. Cambia la demografía: los latinos —la mayoría, de origen mexicano— son la minoría más pujante. Y cambia el pasado, que nunca es estático: Estados Unidos incorpora otros traumas al acervo común.

    Visiones divergentes del pasado

    “Los blancos y los mexicanos recuerdan el pasado de manera distinta”, dicen los historiadores William Carrigan y Clive Webb en un correo electrónico. “Mientras que es posible que los blancos vean la violencia en la frontera contemporánea como algo conectado solo al presente, a las tensiones tras el 11-S por la inmigración, los mexicanos sitúan la violencia en un contexto histórico más amplio y lo conectan a episodios pasados de nativismo violento y prejuicios”, explican los autores del libro Muertos olvidados.
    Las diferentes visiones del pasado, las memorias múltiples, pueden complicar el diálogo. Carrigan y Webb ven más diferencias que similitudes entre los episodios que estudian en su libro y casos actuales de xenofobia o abusos: no hay un vínculo directo. Pero para muchos, la asociación es inevitable. “La cuestión”, dicen, “es que las autoridades no entienden por qué tantos mexicanos sí ven conexiones”.
    Muertos olvidados: violencia en grupo contra mexicanos en Estados Unidos 1848-1928 es el título del libro de Carrigan y Webb, publicado hace dos años. Los hechos quedan lejos y son incomparables con cualquier discriminación del presente. La publicación reciente de un informe que amplía en 700 el número de muertes conocidas por linchamiento de afroamericanos, sumada al goteo de noticias sobre arbitrariedades policiales, y a los debates sobre la inmigración, coloca la tragedia bajo otra luz: los negros no fueron las únicas víctimas del racismo.
    Farmington (Nuevo México), 16 de noviembre de 1928. Cuatro hombres enmascarados irrumpen en el Hospital del Condado de San Juan y se llevan al paciente Rafael Benavides. Benavides es un pastor ingresado tras agredir a una niña mexicana, asaltar a una mujer anglosajona y quedar malherido por los disparos de los agentes del sheriff. Los enmascarados se lo llevan en un camión a una granja abandonada. Le atan una soga al cuello y lo cuelgan de un árbol. Los asaltantes nunca serán juzgados.
    Benavides, cuya muerte reconstruyen Carrigan y Webb, disfruta del raro privilegio de ser la última víctima mexicana de la violencia en grupo y extrajudicial documentada. Los historiadores han documentado 547 víctimas mexicanas (inmigrantes y estadounidenses de origen mexicano), pero el número total de personas “ahorcadas, quemadas y tiroteadas” es superior. Fueron miles, según la estimación de Carrigan y Webb.
    Con el ahorcamiento de Rafael Benavides terminó una era que había empezado en 1849, tras la derrota de México en la guerra contra Estados Unidos, la anexión de Texas por EE UU y la transferencia a este país, por el Tratado de Guadalupe Hidalgo, del actual suroeste del país. La frontera política se desplazó centenares de kilómetros, pero los mexicanos siguieron allí; los anglosajones eran los recién llegados, los inmigrantes, pero unos inmigrantes que intentaban imponer su ley en un medio hostil. Las tensiones eran inevitables.
    Existía una justificación racional para el llamado vigilantismo —el mantenimiento del orden público por parte de individuos o grupos civiles— y los linchamientos. En el Oeste, un territorio donde el Estado era débil y la justicia lenta, ineficiente o directamente ausente, muchos veían en los procesos y ejecuciones informales la única opción para combatir el crimen en ese territorio.
    Carrigan y Webb cuestionan que la persecución de mexicanos fuera una mera reacción de las carencias del sistema judicial en las tierras de frontera. La violencia no se explica sin los prejuicios raciales y la competición económica. “El trasfondo de tanta violencia entre anglos y mexicanos puede ligarse a la pugna por el oro, a conflictos aparentemente constantes por la tierra y el ganado o a la batalla por los términos y las condiciones laborales”, escriben.
    El 3 de mayo de 1877 de madrugada, Francisco Arias y José Chamales se hallaban en la prisión de Santa Cruz (California) cuando una muchedumbre se los llevó. Les acusaban de robar a un carpintero, recuerdan Carrigan y Webb. Les ahorcaron sin juicio y nadie respondió por el crimen: un deporte al aire libre, como dijo McWilliams.
    En 1990, el poeta de Brooklyn Martín Espada describiría en un poema los rostros, “descoloridos como peniques de 1877”, de la muchedumbre que se acercó para ver a los muertos. Arias y Chamales presentaban “la mueca dormida de los cuellos rotos”. En la fotografía de aquel linchamiento, que ilustra esta página, la mirada del público y la mueca de ajusticiados cruzan los siglos.

    Negros y latinos

    1. Los historiadores Carrigan y Webb documentan 547 casos de muertes de mexicanos por linchamiento entre mediados del siglo XIX y 1928, aunque el número total puede elevarse a miles. El número documentado de negros linchados en el sur de EE UU es de 3.959, según un recuento reciente.
    2. Una diferencia entre negros y mexicanos ante la violencia blanca fue la resistencia. Los negros, tras el fin de la esclavitud, volvieron a ser una clase subyugada. Los mexicanos, en cambio, eran dominantes en partes del Oeste y disponían de ayuda en la diplomacia de México.
    3. Los mexicanos linchados, a diferencia de los negros, raramente eran acusados de violencia sexual contra sus mujeres: los anglos no veían a los mexicanos como una amenaza en este sentido, como sí les ocurría con los negros. En el caso de los mexicanos, los motivos de los linchamientos eran sobre todo económicos.

    martes, 6 de enero de 2015

    PRENSA. "La industria criminal en México"

       En "El País":

    La industria criminal en México

    Bajo el manto de la impunidad, las bandas organizadas cometen masacres como la de los estudiantes del Estado de Guerrero. Después de monopolizar el trasiego de la droga, se han apoderado del poder local

    Todo parece indicar que el Gobierno municipal y el crimen organizado actuaron de manera coordinada en el artero asesinato de seis estudiantes normalistas y la desaparición forzada de 43 de sus compañeros en la ciudad de Iguala, en el sureño Estado mexicano de Guerrero. En medio del duelo, la indignación y la movilización nacional el país se pregunta sobre las razones que llevaron a un Gobierno local dominado por el crimen organizado a ordenar una masacre de estudiantes pertenecientes a uno de los colectivos sociales más antiguos y combativos del país.
    Si el principal negocio del crimen organizado en México es el tráfico de drogas hacia los Estados Unidos, ¿por qué asesinar estudiantes que no tienen ninguna relación con el negocio?
    Para entender los motivos represores del crimen organizado hay que empezar por reconocer uno de los cambios más importantes en la industria criminal de los últimos años: en Estados como Guerrero, Michoacán y Tamaulipas, el crimen organizado ya no solo intenta monopolizar el trasiego de la droga sino que ahora ha pasado a una nueva fase en la que uno de sus grandes objetivos es la toma del poder local, apoderarse de los municipios y sus recursos y extraer la riqueza local a través de la tributación forzada.
    En zonas del país donde diferentes grupos criminales se disputan el control del tráfico de droga, para sufragar estos conflictos el crimen organizado fue paulatinamente expandiendo su acción a industrias extractivas de recursos naturales —la toma clandestina de gasolina, petróleo y gas— y de riqueza humana —la extorsión y el secuestro—. En esta nueva estrategia los grupos criminales encontraron un nuevo y valioso botín: el municipio y sus contribuyentes. Como lo demuestra la terrible experiencia de Michoacán, el crimen organizado se apropiaba del 30% del presupuesto anual de obra pública de los municipios; exigía que los contratos de obra pública se otorgaran a constructoras bajo su control; y cobraba el 20% de la nómina salarial de la burocracia local. Pero la infiltración del municipio fue más allá: los grupos criminales se apoderaron de los catastros públicos municipales donde obtenían información fidedigna que les permitiera extorsionar con mayor eficacia a los hoteles, restaurantes y pequeños negocios de las ciudades bajo su dominio.

    Ser autoridad pública se ha convertido en muchos municipios en un empleo de alto riesgo
    Para apoderarse de los municipios y sus contribuyentes, los grupos criminales empezaron por doblegar a las autoridades locales. Mediante el soborno o la coerción, fueron subordinando a los presidentes municipales en las zonas de conflicto. Aunque en el imaginario nacional está más presente el soborno y la corrupción de los alcaldes, hay también una larga lista de autoridades municipales, candidatos y activistas políticos locales que han sufrido atentados o han sido asesinados por el crimen organizado. Con un equipo en la Universidad de Notre Dame, mi colega Sandra Ley y yo hemos identificado más de 300 atentados y ejecuciones de autoridades locales por parte del crimen organizado en los últimos seis años. Los Estados vecinos de Michoacán y Guerrero encabezan la lista con más de un tercio del total de ataques y en Guerrero las zonas Norte, Tierra Caliente, Costa Grande y Centro son los focos de la violencia. En estos municipios, donde ser autoridad pública se ha convertido en un empleo de alto riesgo, el crimen organizado ha empezado a postular a sus propios candidatos, como parece haber sido el caso del alcalde de Iguala.
    Para lograr la hegemonía local, los grupos del crimen organizado requieren de una sociedad desarticulada y aterrorizada, incapaz de cuestionar y desobedecer los dictados de las autoridades de facto. Por ello los criminales buscan establecerse en zonas con poca organización social. Pero cuando las zonas estratégicas para el trasiego y la producción de droga están en lugares donde operan fuertes movimientos sociales y comunitarios —como Iguala—, los grupos criminales intentan doblegar a los colectivos sociales mediante la compra de sus líderes o mediante la represión selectiva y ejecuciones ejemplares.
    La masacre de los estudiantes normalistas de Ayotzinapa fue una acción estratégica y premeditada para sembrar el terror y doblegar a los grupos de la sociedad civil que en Iguala y en municipios aledaños participaban en distintos procesos de articulación social —incluyendo policías comunitarias— para hacerle frente a las extorsiones, secuestros y asesinatos por parte del crimen organizado y de las autoridades públicas a su servicio.
    La masacre fue un acto de reconstitución del poder local; una acción barbárica mediante la cual el grupo criminal Guerreros Unidos quiso dejarle en claro a los movimientos sociales de la región quién era el mandamás. Fue, también, una ejecución ejemplar para incentivar a los ciudadanos y a los pequeños y medianos empresarios y comerciantes de la región a continuar pagando el “derecho de piso” y con ello consolidar la toma criminal del poder en la zona.

    La matanza quiso mandar un mensaje a los grupos sociales sobre quién es el mandamás en la región
    Estos intentos despóticos de reconstituir el poder local mediante la violencia barbárica son posibles por la protección informal que los grupos del crimen organizado han venido tejiendo y retejiendo por décadas en las procuradurías estatales, en las policías ministeriales, en los ministerios públicos, en las prisiones y en las delegaciones estatales de la Procuraduría General de la República (PGR). Aunque en México hoy se vea al municipio como el eslabón más débil de la gobernanza nacional y se le identifique como la guarida desde donde opera el crimen organizado con el cobijo de las autoridades locales, en múltiples entrevistas con exgobernadores de diferentes partidos —incluidos exmandatarios de Michoacán y Guerrero— insistentemente he escuchado que las policías ministeriales en los Estados están fuertemente infiltradas por el crimen organizado. Son ellas las que hacen posible la impunidad criminal en los municipios y facilitan la reconstitución de facto del poder local.
    Estos actos brutales de reconstitución del poder local en Guerrero son posibles, también, por la larga historia de impunidad de la que han gozado los gobernantes del Estado desde los años dorados del autoritarismo priista hasta nuestros días. La brutalidad de la guerra sucia de los Gobiernos del PRI en contra de grupos guerrilleros y estudiantiles disidentes de los años setenta alcanzó en el caso específico de Guerrero niveles equiparables a las guerras sucias de Chile y Argentina. Pero estos actos quedaron impunes y la misma clase política que asesinó a disidentes sociales se ha mantenido en el poder bajo el cobijo del PRI y ahora de la izquierda partidista. Aunque el mundo ha cambiado y México y Guerrero han cambiado, la impunidad es la constante. Y esa impunidad hace posible las matanzas de Aguas Blancas y El Charco y ahora la ignominia de Iguala.
    En Guerrero, gobernantes y criminales, ya sea separados o coludidos, saben que atacar a la ciudadanía e intentar eliminar a grupos sociales disidentes son crímenes que no se castigan. Cuando el alcalde de Iguala o su secretario de Seguridad o el subsecretario ordenaron los disparos en contra de los estudiantes y entregaron a los detenidos a los sicarios para que dispusieran de ellos, tenían, tristemente, una larga historia de impunidad de su lado. Cuando los sicarios de Guerreros Unidos torturaron, desaparecieron o ultimaron a los estudiantes, se cobijaron tras el manto protector de la impunidad. Es la impunidad lo que le permite igualmente al gobernante que al criminal asesinar sin chistar.
    En la masacre de Iguala convergen pasado, presente y futuro. Entender la masacre solamente como un repudiable acto del crimen organizado es atender al presente sin entender el pasado. Pero interpretar este abominable hecho solamente como un crimen de Estado es mirar al presente con ojos del pasado. Para evitar que la masacre derive en un estallido social, el Gobierno federal y la sociedad civil tendrán que atender tanto lo criminal —en toda su nueva complejidad ahora que los grupos criminales quieren reconstituir la política local— como lo estatal —con la dificultad que conlleva que el Estado se vea en el espejo de la violencia—. Lo cierto es que un mejor futuro para Guerrero se podrá fincar solamente cuando le pongamos fin a una larga historia de impunidad política que alimenta y le da vida a un presente de violencia criminal.
    Guillermo Trejo es profesor asociado de Ciencia Política en la Universidad de Notre Dame y fellow del Kellogg Institute for International Studies.