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sábado, 25 de abril de 2015

PRENSA CULTURAL. "Tony Judt y los maníacos de la pureza"

   En "El País":

Tony Judt y los maníacos de la pureza

La obra del historiador británico sobre los intelectuales franceses de posguerra desmonta el falso brillo de los grandes conceptos

 

  • Agosto de 1944: la liberación de París.

    Esa definición, “maníacos de la pureza”, no es del historiador británico Tony Judt sino del periodista y escritor católico François Mauriac. La utilizó para referirse a Emmanuel Mounier, el fundador del personalismo, y a su grupo de la revista Esprit, pero sirve también para calificar a los intelectuales que empezaron a tener una importancia capital en Francia a partir del final de la Segunda Guerra Mundial y que, de alguna manera, establecieron un modelo, unas pautas, un estilo de colocarse frente a la sociedad, de encarnar la opinión pública, de comprometerse con la marcha del mundo. Se pronunciaban sobre todo, tenían una idea de cada cosa, pontificaban exhibiendo una retórica seductora y brillante. Fueron una suerte de sacerdotes laicos en una Europa donde, tras la inmensa catástrofe de dos guerras mundiales, parecía evidente que las viejas religiones (¿dónde estuvo Dios?) tenían ya poco que decir ante una muchedumbre de desdichados que ya sólo sabían del dolor, la perdida, la humillación, la destrucción, el horror y la muerte.
    El libro que Tony Judt dedicó a la actividad de los intelectuales franceses durante los años que van de 1944 a 1956, Pasado imperfecto, es antiguo: se publicó en 1992 y en España se tradujo en 2007. Se trata de un trabajo viejo sobre un asunto mohoso ya, el de los intelectuales. El propio Judt lo comenta en las conclusiones: “El intelectual como héroe es una figura en franco declive”, escribe. Perdieron el aura, y se acusa al mercado de haberlos postergado por su afán de dar salida a productos más banales, más intrascendentes, más ligeros. Aquellos días en que se esperaba que se pronunciaran sobre cada cuestión, en cada momento, para servir de guía, para marcar los derroteros, son cosa ya del pasado. Judt observa que “lo que en realidad se ha perdido, y lo que aún ha de encontrar un sustituto, es la seguridad que se deriva de una política rebosante de confianza, de un conocimiento de ciertas ‘verdades’ simples en torno a la historia y la sociedad”. Vaya, ¿no será que ahora ha vuelto esa “política rebosante de confianza”?, ¿no se oyen acaso por doquier verdades claras y dictámenes rotundos sobre lo que está pasando en este tiempo de crisis? Quizá, efectivamente, los intelectuales no tengan ya donde caerse muertos: en España reinan hoy los profesores y para muchos han recuperado ese componente heroico que tan bien le suele venir a la imaginación romántica. Su retórica, como la de aquellos intelectuales franceses de antaño, es brillante y seductora. Sacan la guadaña verbal y fulminan al adversario. Así que quizá no esté de más volver a Pasado imperfecto, por viejo que sea, por antiguo.
    Lo que entonces había, en la Francia que acababa de ser liberada, era un paisaje en ruinas. Ruinas físicas, pero también morales. Ya había advertido Camus que en junio de 1940, con la llegada de los alemanes, terminó un mundo. La Tercera República había revelado su falta de temple, de nervio, su profunda decadencia: no supo responder al enemigo. Luego vino el régimen de Vichy, el colaboracionismo, la ignominia de la expulsión de los judíos. Lo único que podía salvarse era el trabajo de la Resistencia, pero la liberación sólo fue posible cuando desembarcaron las tropas estadounidenses. Así que una idea fue imponiéndose poco a poco, la de que había que hacer tabla rasa. Nada servía, urgía tirarlo todo por la borda. Empezar de nuevo como si nada hubiera pasado.


    Jean Paul Sartre.
    Salvo los que se implicaron directamente en la lucha contra el invasor, la mayoría de los franceses no tuvieron otra alternativa que plegarse para salvar el pellejo y convivir con la barbarie de los nazis.París siguió siendo una fiesta, así que cuando todo acabó quedó flotando el amargo sabor de la vergüenza y la humillación. De nuevo, Camus: “El odio de los asesinos forjó como respuesta un odio por parte de las víctimas... Desaparecidos los asesinos, los franceses se quedaron con un odio parcialmente desprovisto de objeto. Siguen mirándose unos a otros con un residuo de cólera”.
    La cólera de las víctima que han sido devastadas por un furor ajeno, esa suerte de odio vacío que no encuentra un objeto cabal sobre el que volcar su inquina, y el resentimiento y el afán de venganza. Esa atmósfera de desolación lo llenaba todo. Cuenta Judt que, frente a semejantes estragos, el programa del Consejo Nacional de Resistencia era muy vago. Si hubo algo fue, en la línea de Camus, “la instauración simultánea de una economía colectiva y una política liberal”, observa. Pero no hubo ni la organización ni los recursos ni los apoyos necesarios para poner en marcha políticamente esos objetivos. Francia estaba, además, destruida: ya no tenía la autonomía de antes, necesitaba la colaboración de los aliados.
    En esas circunstancias llegó la aportación de Sartre y cayó en terreno propicio para florecer, y con mayor lustre en el mundo de los intelectuales. Judt lo cuenta así: “La revolución no sólo iba a transformar el mundo, sino que constituía en sí el acto de la recreación permanente de nuestra situación colectiva, en tanto sujetos de nuestra propia vida. En resumen, la acción (de naturaleza revolucionaria) es lo que sostiene la autenticidad del individuo”. Ése era el mensaje de Sartre y del grupo de Temps Modernes y que, en el caso del católico Mounier se tradujo como una invitación a los franceses a acometer una “revolución espiritual y política”. Todos ellos compartían la idea de que “ponerse de parte de los buenos equivalía a buscar la revolución; oponerse a ella era interponerse en el camino de todo aquello por lo que habían luchado y habían muerto tantos hombres y mujeres”. El momento de transformarlo todo estaba ahí, y los intelectuales se pusieron al frente de la marcha. Las primeras discusiones iban a producirse cuando se iniciaron las purgas y, sobre todo, la purga de los intelectuales que, recuerda Judt, “debía ser un acto social y político de tintes claramente revolucionarios”.
    La respuesta a la humillación de la derrota y a ese singular infierno de la ocupación, al que tan bien se acomodaron muchos franceses, fue así la de recuperar la antorcha revolucionaria. Pero en esa recuperación iban a colarse de rondón esas taras que consiguen envenenar de infamia las grandes abstracciones. Bajo la superficie de aquel monumental impulso de metamorfosis podía detectarse ya lo que Tony Judt llama la tesis de la tortilla: “la creencia de que un avance histórico de suficiente importancia vale la pena al margen del precio que sea preciso pagar para conseguirlo”. Y, poco después, escribe: “Ciento cincuenta años después de Saint-Just, la hegemonía retórica ejercida por la tradición jacobina no sólo no había menguado, sino que había tomado de la experiencia de la resistencia un vigor renovado. La idea de que la revolución —la Revolución, cualquier revolución— constituye no sólo una ruptura dramática, un momento de discontinuidad entre pasado y futuro, sino que también es la única ruta viable que va del pasado al futuro, impregnó y desfiguró de tal modo el pensamiento político francés que resulta muy difícil desenmarañar la idea del lenguaje que la ha investido de su vocabulario y sus símbolos”.
    Conviene conservar esa idea que sostiene que no hay otra salida que la revolución para saltar del pasado al futuro. La revolución: hacer tabla rasa, tirar lo heredado, castigar a los responsables. Y junto a esa idea, la que la sostiene: pensar que la historia tiene un sentido claro y que, si hace falta pagar unos costes, son los inevitables peajes para conquistar el paraíso. Lo que aterra es observar cómo la fascinación por las grandes abstracciones permite pasar de largo por los horrores concretos del presente. En Pasado imperfecto, Tony Judt quiso sacar a la luz las artimañas de las que se valieron los intelectuales franceses de posguerra para ningunear los dislates del estalinismo y enfrentarse abiertamente a cuantos criticaban al comunismo. Sartre lo había dejado muy claro con una única frase: “Un anticomunista es un perro, de ahí no me apeo ni me apearé jamás”.


    Emmanuel Mounier.
    El que no está conmigo está contra mí. El intelectual que se arroga la superioridad moral por estar del lado de “los buenos”, el que silencia cualquier reparo, el que con la mayor irresponsabilidad cierra los ojos para mantener viva la buena nueva. Los brutales juicios políticos que se celebraron en Moscú en los años treinta quizá quedaban entonces un poco lejos, pero en la misma época en que los intelectuales franceses celebraban la revolución como la gran panacea que a todos iba a salvar, en los países del Este de Europa los dictámenes de Stalin abrían la puerta a la represión y a la tortura y al asesinato de cuantos no comulgaran con la ortodoxia, por no hablar de la persecución de los judíos, que quedó oscurecida y en un segundo plano. “Cuando se ha establecido un nuevo orden social, el antiguo orden, el Antiguo Régimen y sus élites son por definición ‘culpables”, apunta Judt. El terror queda de esa manera autorizado.
    ¿Cómo fue posible? ¿Qué mecanismos operaron para que los que debían haber sido particularmente críticos con la barbarie permanecieran en silencio y miraran a otra parte? “Nos guste o no”, escribió Jean Paul Sartre, “la construcción del socialismo tiene el privilegio de que para entenderla uno ha de abrazar su movimiento y asumir sus metas”. Quizá ahí quede apuntado uno de los mecanismos más perversos: sólo desde dentro puede ponerse alguna objeción; hacerlo desde fuera supone siempre darle armas al enemigo. Y otro detalle: estar del lado de los elegidos otorga un privilegio, el de compartir la tarea colectiva de acabar con un régimen podrido. La más mínima crítica es una maniobra orquestada por los otros, ese bloque compacto en el que están todos los demás, llámese Antiguo Régimen, llámense burgueses, llámese casta.
    Así que tenían la convicción de estar en posesión de una indiscutible superioridad moral, pero había otro elemento que resulta esencial. Si los intelectuales franceses tuvieron en su día tanto predicamento y marcaron el ritmo al que debían bailar todos los demás, su éxito e influencia creció por otra exigencia que se produce en tiempos de crisis: “Lo que realmente importaba era la acuciante necesidad de dar a nuestras vidas y a nuestra historia un significado”, apunta Judt. Y si se había encontrado una fórmula para satisfacer esa demanda, la fórmula de la revolución, era importante evitar que los horrores del estalinismo no empañaran o lastraran el desafío. Los intelectuales franceses no es que dieran exactamente por buenos los desmanes comunistas, como hacían los militantes del partido, sino que procuraban explicarlos, darles sentido. Merleau Ponty, por ejemplo, consideraba que si la historia tiene un significado, sólo se justifica por el cambio y la lucha, y es el proletariado quien impulsa ese motor. “Si esas premisas son correctas, queda demostrado que las purgas y los juicios de escarmiento celebrados en Moscú en los años treinta no sólo fueron táctica y estratégicamente atinados, sino que también fueron históricamente justos”, comenta Judt al respecto. Este es el plan: “El veredicto del futuro aún no se ha pronunciado. Pero no tenemos más remedio que actuar como si ese veredicto fuera favorable…”.


    Tony Judt. / LUIS MAGÁN
    Reinaron entonces los grandes conceptos, las proclamas intachables, el afán justiciero frente cualquier desliz, la sospecha de que el enemigo acecha y que, si te descuidas, te da gato por liebre. La atmósfera de la Guerra Fría facilitó la polarización: quien critica la revolución, y sus desmanes, está del lado del imperialismo estadounidense. Judt habla de una estado de alerta generalizado y recuerda la sagacidad de Simone de Beauvoir, a la que se “la tomaba muy en serio cuando describía películas norteamericanas como Shane o Solo ante el peligro y las tachaba de propaganda militar diseñada para preparar al público occidental de cara a una ‘guerra preventiva”.
    “Para el intelectual de mediados del siglo XX, desencantado con las promesas fallidas del siglo XIX, el comunismo supuso la única perspectiva aún firme de que el mundo volviera a tener ilusiones de futuro”, escribe Judt. Por tanto, el desafío era proteger esa ilusión, no rebajar el entusiasmo y cerrar los ojos ante cualquier complicación. Y si en los países europeos del Este se estaban masacrando los derechos humanos, eran los derechos humanos los que se habían convertido en un problema y ya no servían, por tanto, ni como promesa ni como solución.
    En la batalla que libraron los intelectuales franceses por salvar como fuera esa ilusión de futuro, y encontrar de paso el calor que tanto se anhela en medio del duro frío de un mundo devastado, uno de las artimañas más perversas para evitar cualquier autocrítica fue señalar a los otros. Tony Judt: “La inmensa mayoría de los escritores, artistas, profesores y periodistas no estaban a favor de Stalin: eran contrarios a Truman. No estaban a favor de los campos de concentración: estaban contra el colonialismo. No estaban a favor de los juicios de escarmiento en Praga: estaba en contra de las torturas en Túnez. No estaban a favor del marxismo (salvo en teoría): estaban en contra del liberalismo (especialmente en teoría). Y, sobre todo, no estaban a favor del comunismo (salvo sub specie aeternitatis):estaban en contra del anticomunismo”.
    En ese viejo libro que trata, además, de una especie en extinción, el escritor británico comenta ya casi al final, con un deje de melancolía, que “habrá intelectuales franceses durante muchos años por venir; todos ellos dirán sandeces de vez en cuando, y algunos dirán sandeces a todas horas”. Se refería a ese permanente afán de pronunciarse, de pontificar, de señalar el camino, de localizar a los enemigos, de proyectar paraísos, de dictar soluciones simples para problemas complejos, de pegarse a las abstracciones frente al desorden del presente. “Se trata de una forma de poder, y ésa es la razón de que resulte tan atractiva…”, escribe. Y termina acordándose de Montaigne: “Nadie está libre de decir sandeces. Lo penoso es cuando se dicen de forma memorable”.
    Tony Judt. Pasado imperfecto. Los intelectuales franceses 1944-1956. Traducción de Miguel Martínez-Lage. Taurus. Madrid, 2007 (Tony Judt, 1992). 434 páginas. 22 euros.

    domingo, 2 de noviembre de 2014

    PRENSA CULTURAL. Sobre la Generación del 14

       En la revista "Mercurio":

    Novecientos: la salida de los intelectuales

    JUSTO SERNA  |  MERCURIO 158 · TEMAS - FEBRERO 2014

    En un contexto de crisis aguda, española e internacional, surge un grupo de personalidades que escriben artículos, intervienen en la prensa y hacen suya la construcción de la opinión pública
    Pirineos
    © ASTROMUJOFF
    A comienzos del siglo XX, el Ochocientos aún no ha acabado. Parecen regir los mismos valores y parecen vivirse las mismas querencias y existencias. El largo siglo XIX se prolonga durante esos primeros años del Novecientos… Pero para los observadores más agudos el mundo va a la deriva. Las masas han irrumpido con fuerza. Se hacen presentes en el escenario social y político. Años atrás, aún en el Ochocientos, Francia ha padecido La Comuna (1871) y su fin-de-siècle, una melancolía cultural, una decadencia o, mejor, un decadentismo que se da en las artes, en el pensamiento, en la estética. Pero Francia también ha padecido la presencia creciente de unos obreros que cobran protagonismo. Gran Bretaña, en 1901, acaba de perder a la reina Victoria. Con su fallecimiento se cierra el máximo período de prosperidad material de un Imperio que ha hecho del dominio marítimo su poder, su hegemonía. También muchos sienten o perciben el fin de los viejos buenos tiempos. O no tanto: el Imperio que ha creado Gran Bretaña sigue afirmándose sobre grandes espacios coloniales. Por su parte, España se ha desgarrado con el Desastre, con su particular fin de siglo. Con la pérdida de los últimos enclaves coloniales, los naturales constatan lo que es su patria: un país de segundo orden, falto de recursos, con una demografía extrema de alta mortalidad y con una geografía abrupta que interrumpe o dificulta las comunicaciones.
    En Europa, la salud y la salubridad son preocupación corriente en ciudades atestadas, con contagios frecuentes, con carencias que conviven al lado de la riqueza más ostentosa. En España y en otros países, el higienismo médico se desarrolla entre los galenos más esmerados y el higienismo social se impone entre numerosos observadores que examinan el estado de cosas. La cuestión social, el pauperismo, las clases peligrosas: todo ello alarma. Es preciso someter a control la ciudad del anonimato y de la uniformidad; es preciso mejorar los servicios de policía, de gendarmería. Hay delitos contra la propiedad y hay atentados horrorosos que la prensa sensacionalista difunde.
    La del 14 es la primera generación intelectual que batalla con el artículo periodístico. O con el ensayo, fórmula literaria que va ser decisiva en esas décadasLa civilización europea, y española en particular, parece estar en crisis aguda. Por un lado, perviven los valores liberales, distinguidos y respetables de los viejos burgueses, de los grandes propietarios, de aquellos manufactureros e industriales que se convirtieron en magnates en un par de generaciones. Viven con el confort y el bienestar que traen los adelantos del siglo, pero viven también con prevención y con temor el progreso material de un mundo desbocado: los ferrocarriles, los buques a vapor, el maquinismo, el obrerismo, los ocios masivos y las culturas degradadas. Las primeras vanguardias artísticas aparecen atacando blasfemamente lo cursi, lo domado, las preferencias burguesas y el juicio conservador, otro estado de cosas asimismo anacrónico. Y los gustos populares, con lo chabacano, con lo sicalíptico, con lo obsceno, etcétera, siembran el pánico entre la gente distinguida, entre las élites refinadas y entre los voluntariosos reformadores de la cultura.
    Por otro lado, una masa creciente de obreros se hace visible: antiguos menestrales, numerosos inmigrantes pueblan las ciudades, hacinados como clases menesterosas, como clases levantiscas, imbuidas en muchos casos de ideas, de ideologías revolucionarias que alientan la subversión. Urbes atestadas por factorías, por manufacturas, por talleres; poblaciones a las que asfixian chimeneas humeantes. El mundo ha dado literalmente un giro y Manchester es aún ese Infierno del siglo XIX al que los trabajadores parecen abocados. La violencia urbana, el delito contra la propiedad y contra las personas y el pistolerismo son datos cotidianos, las explosiones de cada día. Pero las tensiones no son solo sociales o culturales. Hay, además, una contienda latente, una guerra europea que no ha estallado y cuyo objetivo es el dominio territorial.
    La intelectualidad española observa con prevención y con admiración la Europa que se enfrenta dialécticamente… y después bélicamente. A los del 98 les sorprende ya mayores, ya talludos, el cambio de siglo, el contexto internacional de una España de la que lamentan su retraso, la falta de avances, el arraigo del atavismo. Una nueva gente, una nueva intelectualidad aparece en 1914. Proclaman la modernidad urbana, la cultura o el progreso. Defienden ideas de renovación que en parte vienen de Joaquín Costa (y de su crítica de la oligarquía y el caciquismo), y en parte son su superación. Escriben artículos, intervienen en la prensa y hacen suya la construcción de la opinión pública. Están presentes, visibles, ocupando los medios cuando no creando diarios, prensa. Es la primera generación intelectual que batalla con el artículo periodístico. O con el ensayo, fórmula literaria que va ser decisiva en esas décadas. El artículo es la reacción, la puesta en escena, la brevedad de respuesta, la intervención inmediata. Domina la actualidad: todos los días pasan cosas que es preciso conocer y que los articulistas han de glosar. ¿Y el ensayo? Es el tanteo reflexivo, una derivación de las ciencias sociales, entonces incipientes, una cavilación sobre temas urgentes o remotos tratados con rigor, con el mayor rigor posible en asuntos para los que no se cuenta con toda la información.
    ¿Qué es un intelectual? ¿Acaso un experto, un académico, un universitario? ¿Alguien que profesa las letras y las artes? Hace falta una vocación añadida, la de intervenir en esa esfera pública como crítico, como educador de los lectores, como opositor de los desmanes, como alguien que reflexivamente examina y diagnostica los males de la patria. La generación de Ortega se afirma como una corriente de progreso, de racionalización de la vida, de intelectualismo, de elitismo, de clasicismo, de urbanismo, de europeísmo, de activismo. De intervención política.
    La generación de 1914 también queda afectada por la contradicción social que domina la Europa de ese primer Novecientos y que Ortega ha sabido diagnosticar pronto: el elitismo frente a las multitudes. No es solo la guerra. Es asimismo la guerra social, la emergencia de las muchedumbres y el encauzamiento o dique con que las élites pretendan frenarlas, contenerlas. Unos profesarán el anarquismo, otros el reformismo, la intervención, y otros adoptarán posturas aristocratizantes. Forman lo que se ha llamado una nueva clase media profesional, gentes que no se diferencian gran cosa de quienes los leen, y gentes que habrán sido becados, que habrán viajado por Europa con destinos universitarios de gran prestigio. Tienen cultura cosmopolita, refinamientos continentales y tiene planes, proyectos para sacar a España de esa crisis que arrastra. Es preciso valorar el empuje de la juventud y destapar los ímpetus sofocados. Son palabras que resumen la retórica de esa generación que ve en el Novecientos la gran oportunidad de sobresalir y hacer salir. España será por fin un país moderno y europeo, con recursos humanos, con capital humano, con inteligencia universitaria. No hay que temer el porvenir.
    Vista la historia del primer Novecientos desde hoy todo su proceso parece obvio y su curso, inevitable. Sin embargo, nada había garantizado de antemano y cualquier cosa alcanzada, cualquier bien por modesto que fuera o cualquier ventaja tenazmente conquistada podía extinguirse, malograrse, como esa esperanza de entonces con que España festejaba a sus nuevos intelectuales, una esperanza que luego acabaría en doble amargura. Qué impresión da acercarse a ese primer Novecientos, qué expectativas se perdieron, qué inconsciencia, qué azar.

    jueves, 17 de abril de 2014

    PRENSA. "El fracaso de mi generación". Norman Birnbaum

    Norman Birnbaum

       En "El País":

    El fracaso de mi generación

    Los intelectuales estadounidenses y europeos nacidos entre 1925 y 1930 no han defendido con éxito los principios de la utopía occidental ni han convencido de que se necesita más democracia económica

     22 DIC 2012

    Los intelectuales estadounidenses y europeos de mi generación, nacidos entre 1925 y 1930, tuvieron unas carreras espléndidas, resonancia internacional, cierta influencia en la política. Nuestros homólogos de los Estados socialistas también fueron unos privilegiados. Podían viajar y eludir la pesada prosa oficial de los partidos gobernantes. Nuestro lenguaje común era un marxismo de la superestructura, de ideologías, cultura y política. Prestábamos atención a la deformación del carácter por la industrialización de la sensibilidad, el dominio de la rutina. Nuestros contemporáneos del bloque soviético describían la tiranía profana de sus Estados policiales de manera indirecta, previendo que la explotación y la ineficacia serían sustituidas por el desarrollo de los talentos productivos de la ciudadanía socialista.
    En Occidente no necesitábamos circunloquios. Eran pocos los que nos consideraban peligrosos. Algunos que querían expiar sus propios pasados nos pintaban como revolucionarios afligidos. Cuando, para nuestra sorpresa y la de nuestros antagonistas, los que defendían el statu quo occidental como utopía hecha realidad, estallaron las revueltas de los años sesenta, nuestros lectores y estudiantes se reían de nosotros y decían que éramos esclavos involuntarios del orden existente. Nos sorprendió mucho la negación de nuestra triste profecía, el hecho de que la obediencia comprada y la diversión hedonística (panem et circenses) habían vuelto muy improbables la discordancia moral y la disidencia política.
    Aspirábamos a una ciudadanía capaz de gobernarse a sí misma, incluso en la economía. Una fuerza laboral cada vez más educada se reconocería en nuestros textos. Queríamos acelerar el ritmo de la historia prestando nuestro talento a los partidos socialdemócratas y cristianos. Al fin y al cabo, nos considerábamos los representantes de sus electorados en la educación, la administración, las profesiones liberales y la ciencia. Creíamos que, con su apoyo, acabaríamos desempeñando un papel en el gobierno de la sociedad. Contábamos con la atención de banqueros y empresarios, políticos y editores, incluso sindicalistas que en otros temas eran escépticos. En Estados Unidos (EE UU) nos enviaban a oficiales del Ejército a estudiar con nosotros (los conservadores llegaron a quejarse de que Harvard y Princeton habían ablandado a toda una generación de generales).

    Creíamos que al final desempeñaríamos un papel en el gobierno de la sociedad
    Estábamos equivocados. Los electores, en general, querían justicia, un mínimo de respeto y una parte respetable de la renta nacional. Pero su entusiasmo por el deporte y las vacaciones era mucho más acentuado que su interés por ayudar a tomar decisiones en la economía. En ocasiones se manifestaban o hacían huelgas, no por una nueva sociedad, sino para obtener más recompensas en esta. Nuestra crítica metahistórica de la existencia contemporánea no les conmovía. Las clases dirigentes que nos trataban con tanta benevolencia pensaban que estaban haciendo gala de la magnanimidad de los poderosos. No sentían que estuvieran compartiendo ese poder con nosotros.
    Dos grandes acontecimientos demostraron que habíamos hecho mal al interpretar una mejoría temporal de nuestra suerte como una gran transformación histórica. El primero fue el renacimiento del capitalismo descontrolado. El segundo fue el fracaso de la Tercera Vía. A la disminución de la parte de la renta nacional que iba a parar a manos de los trabajadores y la deconstrucción del Estado de bienestar sucedió la crisis que se suponía que el nuevo capitalismo había hecho imposible. Los demócratas estadounidenses y un gran sector de la socialdemocracia europea se convirtieron a la idea de los beneficios como principal instrumento de crecimiento económico y de inmediato experimentaron la depresión y la destrucción social. El hecho de que los economistas que estaban en primera fila cuando surgió el desastre (Greenspan, los economistas de Chicago como Lucas, que negaban la posibilidad de que la intervención del Gobierno pudiera servir de algo) hayan pronunciado pocas o ninguna disculpa es comprensible. Lo que proponíamos era un mosaico de marxismo y socialdemocracia, keynesianismo y teoría de la elección pública. No tenemos explicaciones generales de por qué quedamos desbancados ni tampoco una alternativa.
    En EE UU y Europa, los ciudadanos quieren empleo, ingresos y seguridad. Desde la guerra han votado siempre por los partidos que les daban esas cosas, y nunca pidieron democracia económica. La política actual es un remedo del consumismo. La participación electoral ha disminuido a medida que se ha intensificado la crisis. Los debates teóricos sobre intereses, representación e ideología se han convertido en algo remoto, como de especialistas en lenguas clásicas discutiendo sobre papiros. Nuestra hipótesis, que las ciudadanías occidentales eran irreversiblemente democráticas, estaba equivocada.
    También nos equivocamos sobre la amenaza que suponían para las economías de Occidente los bajos salarios en Asia. El fracaso soviético nos hizo pensar que las economías dirigidas no podían funcionar. La alianza china de capitalismo y partido único nos sorprendió. Sabíamos que había otras culturas longevas y extraordinarias, pero ignoramos que había varios caminos hacia el desarrollo económico. La secularización de nuestras sociedades dejó hueco para las religiones privatizadas o sustitutas y a brotes reaccionarios de nacionalismo.

    Los electores querían justicia, un mínimo de respeto y una parte de la renta nacional
    El debate occidental sobre los países islámicos combina una gran ignorancia histórica con nuestros prejuicios. Los recuerdos esquemáticos de la Reforma y el Renacimiento, la revolución científica y las revoluciones democráticas no son útiles. El presidente de Egipto, un ingeniero educado en EE UU, volvió a su país con muy mala impresión de nuestra cultura. Gandhi, al preguntarle por la civilización de Occidente, respondió que sería una idea muy buena.
    Estábamos convencidos de que era inevitable la desintegración del etnocentrismo y el absolutismo religioso, pero nuestro propio proyecto de modernización estaba incompleto. Creímos demasiado en la durabilidad de la síntesis de posguerra, que estaba en deuda con la repugnancia ante los horrores del fascismo, los costes de la guerra y las privaciones de la Gran Depresión. Después de 1989 llegaron los conflictos de los Balcanes, los sucesivos desastres en África (Ruanda, Nigeria, la dictadura militar en Argelia), las guerras de Irak. Los atentados llevados a cabo por los fanáticos musulmanes procedentes de Arabia Saudí (un Estado supuestamente amigo) obtuvieron lo que pretendían: EE UU está en guerra con el islam y ha arrastrado a ella a Europa. EE UU y Europa discuten sobre sus respectivos modelos sociales, pero ni nuestros ciudadanos ni el resto del mundo están satisfechos con ninguno de los dos.
    Nos hemos convertido en técnicos de reparaciones que corren cuando se rompen los diques para tapar las fugas. No se ve por ningún lado que se produzca una alianza del conocimiento técnico y científico con las nuevas instituciones para resolver la crisis ambiental. Nos burlábamos de los Verdes cuando eran más jóvenes, y decíamos que eran aparecidos de la época franciscana; pero, en la historia de la Iglesia, San Francisco permaneció mientras el edificio de la Iglesia de venía abajo.
    Quizás esperábamos demasiado de los seres humanos en un periodo en el que unos cambios desconcertantes estaban destruyendo certidumbres y aumentando los miedos. Dos mil quinientos años después de los griegos y el doble desde las escrituras que inspiraron el Antiguo y el Nuevo Testamento, Buda y los textos hindúes, pensamos que los hombres y las mujeres podían renunciar a mitos fatalistas y parecerse a los dioses. Acaba de pasar Yom Kippur, la fiesta judía de la expiación. No hace falta ser judío para saber que hay mucho que expiar, que la reconstrucción social quizá exija nuevos yos dentro de cada uno. Nos equivocamos al pensar que el espacio público que necesitábamos ya se había construido o se materializaría cuando lo necesitáramos. Para aunar el respeto a la dignidad humana y la sensibilidad ante la fragilidad humana es necesario tener una disciplina ascética y cierta forma de inspiración, como componentes morales del análisis histórico. Los intelectuales de mi generación no dimos suficiente importancia a ese aspecto; tal vez no fuimos peores que el resto de nuestros contemporáneos, pero tampoco mejores ni más profundos.
    Norman Birnbaum es catedrático emérito de la Universidad de Georgetown.
    Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

    jueves, 28 de junio de 2012

    PRENSA CULTURAL. "El último de los mohicanos", por Jorge Volpi. (Sobre "La civilización del espectáculo", de Vargas Llosa

    Jorge Volpi

       En "El País":
    El último de los mohicanos
       En 'La civilización del espectáculo', Vargas Llosa acierta al diagnosticar el final de una era: la de los intelectuales como él. Parece añorar los buenos tiempos en que una élite —justa e ilustrada— conducía nuestras elecciones.

    Jorge Volpi 27 ABR 2012
     
       El último sabio de la tribu recorre el campo de batalla. Ante su mirada comparecen los árboles troceados, las cabañas incendiadas, los cuerpos exangües, los restos del pillaje y el saqueo, y no contiene su furia. Levanta los brazos y, con voz de trueno, impreca contra los bárbaros que han transformado al mundo en un páramo sin sentido. Con un nudo en la garganta, sigue su camino, consciente de que sus días están contados y de que —ay— ya nadie atiende sus consejos. Su nostalgia le impide recordar que, no hace tanto, sus palabras animaron la batalla.
       En La civilización del espectáculo (2012), Mario Vargas Llosa se suma a la abultada lista de hombres de letras que, hacia el ocaso de sus días, se lamentan por la triste condición de su época. Si él no hubiese sido uno de los novelistas más portentosos y arriesgados del siglo XX —en muchos sentidos, el más joven—, recordaría al Sócrates que, en el Fedro, ruge contra la aparición de la escritura. Aunque a veces su tono moralista sea el de un héroe en el retiro, su voz mantiene la lucidez de sus mejores textos, aunque al final la ideología, más que los años, estropee algunas de sus conclusiones.
       ¿De qué se lamenta Vargas Llosa? De todo. Del estado actual de la cultura y la política, de la religión e incluso del sexo. Según él, todas estas vertientes de lo humano han sido pervertidas por la gangrena de la frivolidad. Ésta consiste “en tener una tabla de valores invertida o desequilibrada en la que la forma importa más que el contenido, la apariencia más que la esencia y el desplante —la representación— hacen las veces de sentimientos e ideas”. La frivolidad, pues, como causa de que la cultura haya desaparecido; de que los políticos se hayan vuelto inanes o corruptos; de que el arte conceptual sea un timo; y de que hayamos extraviado el erotismo. Por su culpa, vivimos en la civilización del espectáculo: una era que ha perdido los valores que separaban lo bueno de lo malo —en sentido ético y estético— y donde, al carecer de preceptores, cualquiera puede ser engañado por mercachifles.
       Bajo esta justa invectiva contra el carácter banal —y venal— de nuestros días, Vargas Llosa parece añorar los buenos tiempos en que una élite —justa e ilustrada— conducía nuestras elecciones. Según él, la existencia de una auctoritas permitió el desarrollo de la cultura gracias a que un pequeño grupo de sabios, cuya influencia no dependía de sus conexiones de clase sino de su talento, señaló el camino a los jóvenes. (¿Quiénes serían esos aristócratas sin vínculos con el poder?) La consecuencia más perniciosa de la rebelión estudiantil de 1968 fue destruir la legitimidad de esa élite, provocando que toda autoridad sea vista como sospechosa y deleznable. Y, a partir de allí, le déluge.
       El de Vargas Llosa es un vehemente elogio de la aristocracia (en el mejor sentido del término). No deja de ser curioso que alguien que se define como liberal —invocando una estirpe que va de Smith, Stuart Mill y Popper a Hayek y Friedman—, se muestre como adalid de una élite cultural que, en términos políticos, le resultaría inadmisible: un mandato de sabios, semejante al de La República, resulta más propio de un universo totalitario como el de Platón que del orbe de un demócrata. Por supuesto, Vargas Llosa no admite la paradoja: a sus ojos, su lucha contra al autoritarismo político —de Castro a Chávez, pasando por Fujimori—, no invalida su defensa de la autoridad en términos culturales porque ésta se demuestra a través de las obras.
       Reluce aquí la fuente de su malestar: si el respeto a la élite cultural se desvanece, los parámetros que permiten distinguir las obras buenas de las malas —y a los autores que merecen autoridad de los estafadores— se resquebrajan. En un mundo así, ya no es posible confiar en nadie, ni siquiera en un Premio Nobel. Las masas ya no siguen a los sabios y, en vez de escuchar una ópera de Wagner o leer una novela de Faulkner, se lanzan a un concierto de Lady Gaga o devoran las páginas de Dan Brown. Para Vargas Llosa, no lo hacen porque les gusten esos bodrios, sino porque dejaron de hacer caso a los happy few que, a diferencia de ellos, poseían buen gusto. Vista así, la cultura —esa cultura— desaparece. Y se impone el caos.
       Vargas Llosa no es, por supuesto, el primero en entristecerse al ver un estadio lleno para Shakira cuando sólo un puñado de fanáticos asiste a un recital de Schumann pero, en términos proporcionales, nunca tanta gente disfrutó de la alta cultura. Nunca se leyeron tantas novelas profundas, nunca se oyó tanta música clásica, nunca se asistió tanto a museos, nunca se vio tanto cine de autor. El novelista acepta esta expansión, pero piensa que algo se perdió en el camino, que el público de hoy no comprende el sustrato íntimo de esas piezas. ¿En verdad piensa que en el siglo XIX los lectores de Hugo o Sue, o quienes abuchearon la première de La Traviata, eran más cultos?
       ¿Qué es, entonces, lo que le perturba? En el fondo, sólo ha cambiado una cosa: antes, las masas trabajaban; ahora, trabajan y se entretienen. Pero al marxista que Vargas Llosa tiene arrinconado en su interior esto le resulta indigerible: al divertirse, sin abrevar en las aguas del espíritu, las masas están alienadas. En cambio, la pequeña burguesía ilustrada sigue allí, aunque ya no sea tan pequeña. De hecho, muchos de los lectores de Vargas Llosa provienen de sus miembros, aunque él también se haya convertido en parte de esa cultura popular que tanto fustiga —y que vuelve sinónimo de “incultura”.
       Cuando extrapola este análisis a la política, sus argumentos se tornan más inquietantes. Tras el fin del comunismo —el único lugar donde, por cierto, la alta cultura se mantuvo intacta—, las democracias liberales no han respondido a las expectativas de los ciudadanos. La causa es, de nuevo, la frivolidad. En la arcadia que dibuja, los políticos estaban comprometidos con un ideal de servicio que la civilización del espectáculo destruyó. Vargas Llosa no contempla que la actual crisis del capitalismo no se debe tanto a la falta de valores como a la ideología ultraliberal, inspirada en Hayek o Friedman, que hizo ver al Estado como responsable de todos los males y provocó la desregulación que precipitó la catástrofe.
       Aún más lacerante suena la vena aristocrática de Vargas Llosa al hablar de religión. Él, que se declara no creyente y ha combatido sin tregua la intolerancia, recomienda para la gente común, es decir, para aquellos que no tienen la grandeza moral para ser ateos, un poco de religión, incluso en las escuelas. Aunque falsa, ésta al menos les concederá un atisbo de vida espiritual. Como cuando se refiere a la necesidad de devolverle ciertos límites a un sexo que juzga anodino, el discípulo de Popper no parece tolerar esa sociedad radicalmente abierta, en términos culturales, que tanto defendió en política.
       En La civilización del espectáculo, Vargas Llosa acierta al diagnosticar el final de una era: la de los intelectuales como él. Poco a poco se difuminan nuestras ideas de autoría y propiedad intelectual; ya no existen las fronteras entre la alta cultura y la cultura popular; y, sí, se desdibuja el mundo del libro en papel. Pero, en vez de ver en esta mutación un triunfo de la barbarie, podría entenderse como la oportunidad de definir nuevas relaciones de poder cultural. La solución frente al imperio de la banalidad, que tan minuciosamente describe, no pasa por un regreso al modelo previo de autoridad, sino por el reconocimiento de una libertad que, por vertiginosa, inasible y móvil que nos parezca, se deriva de aquella por la que Vargas Llosa siempre luchó.
     
    Jorge Volpi es escritor mexicano.
    twitter: @jvolpi

    lunes, 19 de diciembre de 2011

    PRENSA. "Viejos y nuevos filósofos", por José Luis Pardo

    José Luis Pardo

       En "El País":
    Viejos y nuevos filósofos

       Los nuevos pensadores comunistas proclaman que el capitalismo financiero es real y la socialdemocracia imposible. De esto también parecen convencidos esos socialdemócratas que se rinden frente a Goldman Sachs.

    JOSÉ LUIS PARDO 18/11/2011

       Como dice acertadamente Iván de la Nuez (El comunista manifiesto, EL PAÍS, 11 de noviembre de 2011), parece que asistimos a una resurrección fantasmal del comunismo. Discreta, sin duda, pero pintoresca. ¿Se acuerdan ustedes de aquellos "nuevos filósofos franceses" que en torno a 1977 agitaban el estandarte del anticomunismo (B. H. Lévy, A. Glucksmann, A. Finkielkraut, entre otros)? A casi todo el mundo le resultaban antipáticos, y se admitía en general su mediocridad, su actitud publicitaria y su vanidad. No se les afeaba su condena del Gulag o de la complicidad de los intelectuales de izquierda con el estalinismo, pero se advertía a la legua que sus libros estaban muy lejos de la ambición teórica y de la profundidad de pensamiento que, en el mismo terreno, habían demostrado autores como Raymond Aron o Hannah Arendt: el título de "filósofos" les venía grande, ya que entonces aún no se había forjado el de "intelectuales no melancólicos", sin duda más apropiado a sus pretensiones. El negocio no les ha ido mal; filosofía no han hecho, pero hoy tienen acceso privilegiado al Eliseo y algunos de ellos se desplazan por el mundo en un cómodo jet privado, como Michael Jordan o Madonna (cosa que, obviamente, no escribo con rencor, sino solo con sana envidia).
       Pues el caso es que 30 años después estamos ante un colectivo que constituye en buena medida la imagen inversa y complementaria de aquel, el de los "viejos filósofos franceses": Alain Badiou, Jacques Rancière, quizá Jean-Luc Nancy -aunque este último juega en otra liga-, liderados por el más joven, gritón y agudo de todos ellos, Slavoj Zizek, extraño caso de "filósofo francés" nacido por error en Liubliana bajo el régimen del mariscal Tito, régimen que según Zizek no debemos calificar como "totalitario" (¡qué casualidad, igual que le pasa al de Franco según los historiadores más académicos de nuestro país!), porque esa es una etiqueta ideológica inventada por la propaganda anticomunista, y todos ellos enarbolan la bandera del comunismo. Aunque solo sea por su edad (los tres primeros mencionados están en su séptima década), su bagaje teórico es muy superior al que tenían los "nuevos filósofos" cuando emergieron: Badiou ha escrito graves tratados de ontología matemática, Rancière es historiador de la clase obrera y Nancy un erudito historiador de la filosofía. Si no habían conseguido descollar antes era por la sombra que les hacían algunos gigantes próximos -Deleuze para Badiou, Althusser para Rancière, Derrida para Nancy-, de tal modo que una vez desaparecidas esas figuras ellos han aligerado aquel pesado equipaje teórico (incluido el marxismo más "pesado") igual que un globo aerostático abandona parte de su lastre para poder elevarse, pues tampoco quieren ser intelectuales melancólicos: Badiou sustituye las ecuaciones por himnos corales, Rancière cambia la historia por el panfleto de gran estilo, Nancy ha pasado de la erudición al aforismo poético, y los últimos libros de Zizek son más bien compilaciones fragmentarias, rapidísimas y diversas sobre temas variados sin demasiada ilación argumental, agradable e inteligentemente sazonadas con lúcidos comentarios cinematográficos y chistes siempre oportunos. Y, a diferencia de sus precedentes de derechas, estos le caen bien a todo el mundo.
       Los "nuevos filósofos franceses" -que ahora están ya muy envejecidos bajo sus trajes de Armani- viajan en el avión de Sarkozy, pero necesariamente a regiones devastadas o conflictivas (Glucksman a Chechenia, Lévy a Libia, Finkielkraut a Serbia y los tres juntos a Irak), como fantasmas ellos también de un liberalismo que en aquellos pagos es, me temo, recibido con frialdad. En cambio, los "viejos filósofos" comunistas han rejuvenecido desde sus avanzadas edades: no visten ni viajan con mucho lujo, pero es por la misma razón que los dirigentes sindicales no vuelan en primera clase, es decir, no porque su estatus no se lo permita sobradamente, sino porque han de cultivar su imagen pública y cuidar coquetamente cierto desaliño indumentario que, por otra parte, incrementa su aire juvenil. Las fulminantes apariciones del fantasma comunista les llevan a reuniones informales, algo cutres a menudo, a veces al aire libre, pero siempre en los centros neurálgicos del planeta (Wall Street, la Documenta de Kassel, Wikileaks, Princeton, Brasil, China o los grandes festivales artístico-culturales del mundo), en olor de unas multitudes que les aclaman y redifunden ilimitadamente su palabra a través de YouTube y las redes sociales -que, según dicen, son el futuro y la bomba-. Su líder se codea con Julian Assange y con Lady Gaga -lo último de lo último y lo más de lo más respectivamente cada uno en lo suyo, por lo que he leído- y, aunque todavía no tiene el 'Príncipe de Asturias' (está en ello), ya se ha llevado a casa el mismo prestigioso galardón que la Junta de Castilla y León ha otorgado a Julián Marías y a la autora de Leer 'Lolita' en Teherán (cosa que también digo, como es evidente, con admiración y manifiesta pelusa).
       ¿Y cómo se puede ser comunista y sin embargo tan simpático?, se preguntarán ustedes. El truco principal consiste en que su comunismo no es de este mundo; no solo corren un tupido velo sobre su pasado, sino que se desmarcan de todo lo que el comunismo ha sido realmente: la Unión Soviética, el Gulag o la Revolución Cultural de Mao, liberándose así de cualquier contaminación con el bárbaro lodazal de la historia; reclaman, sin embargo, su derecho a conservar con orgullo las insignias de Lenin, de Che Guevara o de Pol Pot, nombres que para ellos no remiten a los comunistas así llamados en este mundo, sino a otros, del otro mundo posible, igual de famosos y heroicos pero convenientemente expurgados de sus crímenes y terrores y convertidos en emblemas de una Ética superior de valores eternos situada no solo más allá del capitalismo, sino también de la democracia formal y del Estado de bienestar, a los que consideran perversos, corrompidos e irreversiblemente fracasados. Y como este comunismo ideal carece de doctrina y de programa (no es más que una apelación a la solidaridad humana y a lo que tenemos en común), ¿quién podría temerlo o refutarlo?
       Pero no por ello es del todo inane. Dejando aparte que estos "viejos filósofos" cometen el mismo delito especulativo en el que han incurrido todos los teólogos -exonerar a Dios o a la Idea y cargar las culpas sobre las flaquezas de los miserables mortales que sacrificaron su vida, su felicidad y su virtud en nombre de ese Dios o de esa Idea, cuando son estos últimos los verdaderos culpables-, el efecto práctico de sus arengas solo puede ser una contribución a la globalización de la resignación política: nos enseñan que el capitalismo financiero es real y que el comunismo fantástico es posible, pero sobre todo -y por eso caen tan bien a casi todo el mundo- que la socialdemocracia es imposible (y con ella el Estado de derecho y la ciudadanía), algo sobre lo que parece existir gran consenso y que constituye un alivio para los proyectos de la derecha en el mundo entero, y algo de lo que parecen convencidos incluso los socialdemócratas, dispuestos a admitir su obsolescencia frente a los tecnócratas de Goldman Sachs.
       Plantear las alternativas políticas del futuro en los términos "capitalismo / comunismo" (como era la pretensión propagandística de la Internacional estalinista), aunque se trate de un capitalismo de ficciones y de un comunismo de salones, expresa bien la situación política actual -la falta de alternativas- pero resulta equívoco si se olvida que ni el capitalismo ni el comunismo (no al menos el de los "viejos filósofos") son regímenes políticos, por muy real que sea el uno y por muy eterno que sea el otro. Es, en efecto, siniestro tener que pensar el futuro como una opción entre los brokers de la Bolsa de Nueva York y los brokers de las tiendas de campaña que ocupan la acera de enfrente. Pero lo es sobre todo porque solo en algún lugar situado entremedias de ambas aceras -ese lugar que ahora parece haber sido arrollado por el tráfico- tenía sentido lo que hasta ahora habíamos llamado "política". Y para eso, honradamente, no creo que ni los de una acera ni los de la otra, ni los viejos filósofos ni los nuevos, tengan alternativas.

       José Luis Pardo es filósofo.

    miércoles, 18 de mayo de 2011

    PRENSA. 18 mayo 2011

       En "El País":

    1. Torres-García = clasicismo-vanguardia. Por J. M. Martí Font. El Museo Nacional de Arte de Cataluña exhibe la obra de un creador inclasificable - Alternó abstracción con figuración y resolvió el dilema entre antiguo y moderno.

    2. Así se rió Buñuel del franquismo. Por Rocío García. Se cumplen hoy 50 años de la Palma de Oro a la película 'Viridiana' - Es el único máximo galardón logrado hasta hoy por el cine español en Cannes.

    3. Intelectuales y 'todólogos'. Por Manuel Rodríguez Rivero.

    4. La verdad premonitoria. Artículo de César Antonio Molina, escritor y exministro de Cultura. Se cumple el centenario del nacimiento del premio 'Nobel de Literatura' polaco Czeslaw Milosz, uno de los primeros intelectuales que denunció la situación de esclavitud de los países del bloque comunista.

    5. Las dos revueltas del mundo árabe. Por M. Á. Bastenier.

    6. Del polo Sur al Sáhara, un largo camino para unos extraños fósiles. Por Malen Ruiz de Elvira. Unos animales de hace casi 500 millones de años aclaran la evolución primitiva.

    jueves, 5 de mayo de 2011

    PRENSA. 5 mayo 2011

       En "El País":

    1. Más asco. Columna de Maruja Torres.

    2. Los dibujos prohibidos de la Alhambra. Por Fernando Valverde. Un equipo de restauradores descubre 80 piezas policromadas ocultas bajo la madera y el yeso con figuras animales y humanas, proscritas en el arte musulmán de la época.

    3. Un Nobel en la tasca El Jute. Reportaje de Javier Rodríguez Marcos. Vargas Llosa recuerda en la Complutense sus años de estudiante en Madrid.

    4. Elogio número 2. Por Vicente Verdú.

    5. Un intelectual molesto. Artículo de André Glucksmann, filósofo francés. Traducción de Juan Ramón Azaola.

    6. La igualdad de sexos, una meta aún lejana. Artículo de Bonifacio de la Cuadra.

    7. ¿Paralelismos entre Mubarak y Pinochet? Artículo de Sergio Bitar, político chileno, fue ministro de Allende. Tras sufrir prisión y exilio durante la dictadura, contribuyó a crear la 'Concertación' y fue ministro de los presidentes Lagos y Bachelet. Actualmente es un senior visiting fellow del Inter American Dialogue, Washington. En Egipto existen condiciones favorables para un proceso de democratización con una impronta cívica y secular. Las transiciones en América Latina pueden aportar pistas y ejemplos interesantes a los egipcios.

    8. Una foto para la historia. LLuís Bassets sobre la muerte de Bin Laden.

    jueves, 28 de octubre de 2010

    PRENSA. 28 octubre 2010

    En "El País:

    1. Capataces. Columna de Maruja Torres.

    2. Cuando éramos intelectuales. Reportaje de J. M. Martí Font. Una ambiciosa obra recorre el siglo XX a través de los pensadores (de Zola a Gide, de Sartre a Camus) involucrados en política - Su autor da por extinta a aquella raza.

    3. Emociones y mentirijillas. Por Vicente Verdú.

    4. Los hombres sí lloran. Y qué. Reportaje de Naiara Galarraga. Lo raro ya no es que un líder derrame lágrimas de tristeza o alegría en público sino la reacción machista e hiriente - Ellos exhiben cada vez más sus emociones pero aún existen límitesEl reto es "que los chavales se liberen del miedo a sentir", dice un sociólogo.

    5. El respeto que necesitamos. Artículo del crítico literario J. Ernesto Ayala-Dip.

    jueves, 1 de octubre de 2009

    PRENSA. 1 octubre 2009


    En "El País":

    1. ¿Intelectuales domados? Reportaje de José Andrés Rojo. La sociedad globalizada y los nuevos medios desplazan al pensador y le obligan a reinventar su compromiso político y moral. Hoy usan altavoces distintos.

    2. El cambio climático agravará el hambre al disparar el precio de alimentos básicos. Información de Lali Cambra. Un estudio vaticina 25 millones más de niños desnutridos por el calentamiento.

    3. El escarmiento soviético. Artículo de LLuís Bassets, sobre el 60 aniversario de la República Popular China.

    sábado, 29 de agosto de 2009

    PRENSA. 29 agosto 2009


    En "El País":

    1. Última. Columna de Ramón Muñoz. Así comienza: Desde hace tiempo me empleo en el hedonismo. Dicho así suena ideal. En realidad, es un ejercicio agotador. La gente suele entender el placer como una meta, una recompensa. Está dispuesta a dejarse la piel en el trabajo durante días o meses poniendo la vista en el fin de semana o en el mes de vacaciones; o a sacrificarse por un hijo o por una amante durante años, en la esperanza de que le arroparán con su cariño cuando pase el tiempo. Yo no participo de ese placer a plazos. No me fío. Mi hedonismo es instantáneo. Ansío que cada momento, no importa dónde esté ni con quién, me entregue un disfrute al contado y sin intermediarios.

    2. Comienza la era del refugiado digital. Reportaje de Verónica Calderón. Los ataques cibernéticos son cada vez más sofisticados. No existe una legislación clara que proteja al cibernauta de los censores.

    3. El invisible éxodo iraquí. Artículo de Ignacio Álvarez-Ossorio, profesor titular de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante.

    4. El temor de los intelectuales a la política. Artículo de Ramin Jahanbegloo, filósofo iraní. Una "epidemia de conformismo" ha paralizado en los primeros años del siglo XXI la vida pública, donde lo único que importa es el poder del mercado. Los mezquinos intereses personales sustituyen a las voces críticas.