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miércoles, 23 de marzo de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "Vidas adultas en el cine", por Antonio Muñoz Molina

Antonio Muñoz Molina

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Vidas adultas en el cine

ANTONIO MUÑOZ MOLINA 12/03/2011

   Una pregunta insistente me venía a la cabeza mientras estaba en el cine, viendo Poetry, y cuando salí luego a la calle y seguía habitado por esa película, habitando en ella, acordándome del rumor de las aguas de un río y de una voz de mujer que dice la mitad de un poema y se convierte en una voz de niña que dice la otra mitad, o de la actitud de atención y cortesía con que esa señora mayor y un poco cursi que se ha apuntado en el centro cultural de su barrio a un taller de literatura decide escuchar el sonido de la brisa en las hojas de un castaño. Volví al cine solo unos días después a ver otra película, de otro mundo, en otra lengua, De dioses y hombres, y la pregunta ya familiar de tan persistente apareció de nuevo, esta vez desde el mismo principio, desde las imágenes del despertar del día en un convento cisterciense en los montes de Argelia y en una aldea próxima que tiene algo de tibetano y de alpujarreño en sus pobres casas escalonadas con tejados planos. En ambas películas, no empieza habiendo más música que los sonidos del mundo natural, o los de la presencia y el trabajo humanos, pasos, herramientas, una azada cavando la tierra, el trajín de una mujer mayor en una cocina, el de un monje que cuida un huerto, la concentración silenciosa con que otro monje vierte en un tarro la miel que ha cosechado él mismo. Las dos tratan de la belleza y del horror, de la compasión y el crimen, de las consecuencias tremendas que pueden tener las decisiones que se toman. En las dos está el retrato de lo que hacen los años en las caras de las personas. En Poetry hay un sentido del paisaje que tiene mucho que ver con la pintura china y con las visiones zen de la naturaleza; en De dioses y hombres el sentido de los espacios interiores habitados por macizas figuras de monjes nos recuerda inevitablemente a los cartujos de Zurbarán, las caras estáticas y a la vez castigadas por la edad, la intemperie, el trabajo, el juego de claridades y sombras de los hábitos blancos en interiores iluminados por velas.
   Mi pregunta era, es: por qué es tan difícil que pueda haber películas así en España. Ninguna de las dos, desde luego, es común: la maestría siempre tiene algo de inesperado y de excepcional. Pero aun así, me cuesta imaginar que una película como Poetry o como De dioses y hombres llegue a hacerse entre nosotros. No creo que sea una cuestión de dinero. Nuestra poquedad industrial nos veda hacer películas sobre superhéroes voladores o batallas de carros de combate o naves espaciales, pero no sobre una abuela que en una ciudad de provincias vive sola con su nieto adolescente y un día decide que le gustaría escribir poemas, y menos aún sobre siete monjes que hacen poca cosa más que rezar y ocuparse de un huerto y de auxiliar en la medida escasa de sus posibilidades a la gente de una aldea vecina. Tampoco creo que sea por falta de historias: la de Poetry es perfectamente común, incluyendo la noticia de una chica humillada y violada por los machotes de su instituto, hijos de padres que aspiran a que sus niños no se lleven ningún mal rato, ni siquiera por haber cometido un delito inmundo. Y De dioses y hombres trata de la naturaleza misteriosa de la fe, pero sobre todo del coraje de mantener la propia dignidad frente a la amenaza cierta de un terrorismo sanguinario: y de la necesidad moral de mirar de frente a ese monstruo sin contaminarse de él ni rendirse a él ni convertirse en él.
   Me consta que muchas personas han vivido y viven en España historias parecidas o equivalentes a las que se cuentan en esas dos películas. Y no me cabe duda de que hay escritores capaces de construir relatos e inventar diálogos de una veracidad semejante, y actores que podrían interpretar a esos personajes de una manera tan pudorosa y tan honda que se nos olvida del todo que son criaturas de ficción, y directores con un sentido visual y rítmico lo bastante sutil como para volver memorables y hasta en cierto modo sagrados lugares tan de todos los días como una capilla, un puente de autopista sobre un río, una parada de autobús, un bosque, el cobertizo o el huerto de una casa campesina. En Poetry el profesor de literatura se queda quieto delante de una pizarra y en lugar de escribir en ella unos versos se saca del bolsillo una manzana y les pide a los estudiantes que la miren. ¿Cuántas veces han visto esa cosa vulgar, una manzana? ¿Mil, diez mil, cien mil? ¿Cuántas veces se han fijado de verdad en ella? En De dioses y hombres el monje anciano que se ocupa de la enfermería ha atendido a una madre y a una hija y al fijarse de verdad en ellas advierte que no sólo les hace falta una medicina: rebusca entre sus cosas, y un poco después la madre y la hija salen de la consulta calzadas cada una con buenas zapatillas, usadas, desde luego, pero sólidas y mucho mejores que las chanclas rotas con las que habían llegado.
   En España hay muchas personas con esa capacidad doble de contemplación y cordialidad, de ensimismamiento apacible y trabajo serio y competente. Pero si es tan difícil que se hagan películas sobre ellas es porque son invisibles en el discurso público. Una clase política omnipotente y omnipresente ha usurpado todos los espacios de la vida cívica, imponiendo el sectarismo y el clientelismo por encima del mérito, la demagogia halagadora sobre cualquier sentido de la responsabilidad personal, el griterío y el sambenito partidista por encima de los debates verdaderos y prácticos sobre una realidad que sería menos grave si al menos aceptáramos mirarla con los ojos abiertos. Como el mérito, el esfuerzo, el trabajo apasionado, no sirven para ascender ni merecen reconocimiento público, los millones de personas que a pesar de todo hacen cada día escrupulosamente su tarea permanecen invisibles, y muchas veces han de pagar con la marginación y hasta el sarcasmo el ejercicio de su dignidad. En un país con casi cinco millones de parados a la gente la echan del trabajo por tener cincuenta años. En un país de economía en quiebra se recorta el gasto en educación y en investigación pero no en coches oficiales ni en gabinetes de imagen ni en suntuosos viajes internacionales de gerifaltes ni en soeces televisiones corrompidas por la propaganda y el clientelismo. Robar dinero público es menos grave que pedir seriedad o que no acatar el juvenilismo o el victimismo o el narcisismo oficial.
   Quién va a hacer películas que sean un ejemplo de trabajo inflexiblemente bien hecho y que traten de la nobleza de dedicarse a algo con los cinco sentidos, que recuerden que cada acto implica responsabilidades y consecuencias, o que existe belleza en la experiencia y en la vejez, que tan necesaria como la justicia es la compasión, que la fe religiosa puede no ser oscurantista ni ridícula, que se puede ser radical y heroico sin levantar la voz, haciendo cada día el oficio de uno.

   Poetry (2010), de Chang-dong Lee. De dioses y hombres (2010), de Xavier Beauvois. antoniomuñozmolina.es

martes, 18 de enero de 2011

PRENSA CULTURAL. CINE. Crítica de "De dioses y hombres", por Carlos Colón


   En "El Día de Córdoba":
Diálogo de trapenses: viaje a las entrañas del puro cine

Carlos Colón
Actualizado 17.01.2011 - 05:00

Drama, Francia, 2010, 120 min. Dirección: Xavier Beauvois. Guión: Beauvois y Etienne Comar. Intérpretes: Lambert Wilson, Michael Lonsdale, Jacques Herlin, Philippe Laudenbach, Xavier Maly, Loïc Pichon. Fotografía: Caroline Champetier. Montaje: Marie-Julie Maille. Guadalquivir.

   Dreyer, Bresson y Pasolini nos enseñaron dos verdades. Que el martirio es una dura cosa, ya se trate de Juana de Arco, monjas carmelitas o el propio Jesús Nazareno; y que el cine que se aproxima al misterio de lo sagrado sólo puede actuar por sustracción de elementos, hasta lograr lo que unos han llamado la imagen trascendental y otros la imagen ascética.
   Porque, empezando por lo segundo, si en la vida religiosa la ascesis es el conjunto de prácticas encaminadas a la liberación del espíritu y al logro de la virtud a través de la negación de los placeres y el autodominio, la ascesis cinematográfica niega la autocomplacencia en la imagen, rechaza las tentaciones del sentimentalismo, elude las trampas de la hagiografía, impone el estatismo al dinamismo cinematográfico, abre espacios de silencio y practica el más férreo dominio de la técnica para lograr la liberación de los objetos y los rostros presentes en planos de elaborada simplicidad, convocando esa intuición de lo sagrado que sólo se da en la desnudez y el silencio.
   En cuanto al martirio, sólo un loco o un fanático lo abrazaría sin sentirse desgarrado entre la fuerza que Dios y sus convicciones le infunden, el miedo al sufrimiento y la muerte, y la angustia ante el silencio de un Dios que permite el sufrimiento de la víctima inocente y la victoria del verdugo. Lo que, en el cristianismo, se representa en la agonía del Huerto de los Olivos.
   El actor, guionista y realizador Xavier Beauvois no tiene la talla de Dreyer, Bresson o Pasolini. Tal vez aún no la haya alcanzado o tal vez nunca lo haga. Pero con unas pocas películas, intensas y muy diferentes entre sí a la vez que unidas por la tragedia como lucha entre la voluntad y el destino, es uno de los más interesantes realizadores del penúltimo cine francés. La autobiográfica Norte (1991), la exasperada No olvides que vas a morir (1995), el melodrama social Según Matthieu (2000) y el naturalismo negro de El pequeño teniente (2005) han ido creando, con distanciada regularidad, el estilo y el universo temático identificables de un autor a la vieja usanza del cine francés.
   De dioses y hombres supone un enorme salto en esta carrera hasta ahora regular. Filmando a contracorriente Beauvois escoge la temática religiosa en sus manifestaciones más extremas -el monaquismo y el martirio- y en el contexto más actual y conflictivo -la masacre de cristianos a manos de fundamentalistas islámicos- basándose en un episodio real acontecido en 1996: el acoso, secuestro y asesinato de los monjes de un monasterio trapense argelino.
   Siguiendo la estela de Diálogo de carmelitas -también episodio histórico de religiosas de clausura asesinadas por el fanatismo durante la Revolución Francesa- Beauvois se interesa por la irrupción del miedo en una comunidad cerrada a los placeres del mundo a la vez que abierta a todas sus tentaciones y solidariamente conectada con su entorno inmediato. No tienen nada, por propia renuncia, pero ayudan a los vecinos que carecen de todo. No temen nada, porque su fe es recia, pero dudan ante el incierto y oscuro destino que se va abriendo ante ellos. ¿Volver a Francia o seguir allí? ¿Qué sería huida y qué suicidio? ¿Dónde termina el valor y empieza la temeridad? ¿Qué exige Dios de ellos?
   Vemos a los monjes trabajar y orar, ensimismarse en su soledad llena de Dios y darse a los más desfavorecidos de su entorno, discutir sobre su futuro y decidir a través de votaciones qué hacer. Vemos en sus rostros -y éste es uno de los méritos de la película- la fe y el miedo, la decisión y la duda, la fuerza y la debilidad. Beauvois se toma su tiempo. Los diálogos están muy bien escritos y por ello son breves, contundentes, carentes de retórica. Y las interpretaciones que los sirven, sobrecogedoras. Pero, como gran realizador, confía más en el aparecerse de los caracteres y las cosas por atenta observación. La suya es la actitud contemplativa que aguarda hasta que los objetos despliegan su esencia, los rostros desvelan los sentimientos -fe, miedo, confianza, duda, esperanza, soledad, entrega, desamparo- y los gestos revelan las actitudes que esos sentimientos inspiran.
   Al final, llegada la hora del sacrificio y ahora sí con la música como apoyo -y una música sorprendente que nadie esperaría oír allí-, esa concentración y esa morosidad estallan en una quieta tormenta de sentimientos que conmueve profunda y auténticamente mientras la cámara recorre los rostros de los monjes en los que aflora, ahora sí con intensidad dreyeriana, toda la gama de sentimientos que los desgarra entre la confianza y el miedo, la esperanza y la angustia. Entonces se comprende que la contención anterior era la de una cuerda de arco tensándose para disparar, justo cuando todo va a terminar, una flecha que inevitablemente atraviesa el corazón.
   No se ven las ejecuciones. Del secuestro y el encierro se pasa a unos planos del cementerio del convento, sólo unas simples cruces de madera emergiendo de la nieve, y de las modestas y desnudas estancias vacías; mientras la voz off de un monje dice que sus muertes brutales no son ajenas al Maestro Único de la Vida, que compartió el destino de todas las víctimas de la historia. Después víctimas y verdugos se pierden entre la niebla, camino de los asesinatos que para los monjes será martirio.