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lunes, 21 de noviembre de 2011
CINE. TRÁILER. "Anonymous", de Roland Emmerich (sobre Shakespeare)
Gracias a Virginia Molina.
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miércoles, 17 de agosto de 2011
PRENSA CULTURAL. Crítica de "El capitán América". Tráiler
En "El Día de Córdoba":
El superhéroe que nació para derrotar a Hitler
Carlos Colón
Actualizado 11.08.2011
Aventuras, EEUU, 2011, 124 min. Dirección: Joe Johnston. Guión: Christopher Markus, Hawk Ostby. Intérpretes: Chris Evans, Sebastian Stan, Hayley Atwell, Hugo Weaving, Tommy Lee Jones, Stanley Tucci.
El Capitán América dándole un puñetazo a Hitler es uno de los iconos de la cultura norteamericana. Este dibujo fue la portada del primer número del cómic protagonizado por el personaje. Era marzo de 1941.
Ocho meses más tarde Pearl Harbor era bombardeado y los Estados Unidos entraban en la Segunda Guerra Mundial. Pero cuando nació el Capitán América ya estaba claro que Norteamérica no podía seguir ignorando el conflicto que arrasaba Europa. En marzo de 1941, cuando el superhéroe llegó a los quioscos, la mayor parte de Europa Occidental y gran parte del norte de África estaban en manos de los nazis. Dos meses más tarde empezaba la invasión de la Unión Soviética. En un momento de auge de los casi recién nacidos superhéroes -Superman en 1938, Batman en 1939- parece lo natural que la poderosa editorial Marvel se sumara al esfuerzo propagandístico creando por mano de Joe Simon y Jack Kirby un personaje cien por cien americano, vestido con los símbolos y colores de la bandera, que se enfrentara a un mal más absoluto y desgraciadamente más real que los enemigos de sus súper compañeros: la Alemania Nazi.
En la ola, al parecer interminable, de adaptaciones cinematográficas de cómics, iniciada por el Superman de Donner en 1978 y proyectada hacia su auge actual por el Batman de Burton en 1989, le ha llegado el turno al patriótico Capitán América. Por suerte el encargado de dirigir la película ha sido Joe Johnston, un excelente e injustamente infravalorado artesano formado en la factoría de George Lucas que ha creado éxitos de enorme influencia en la historia del cine fantástico (Cariño, he encogido a los niños, Jumanji), fue uno de los pioneros en la adaptación de cómics (Rocketeer), ha revisado mitos del cine de terror (El hombre lobo) y ha demostrado su capacidad para variar de registro con la tierna e intimista Cielo de octubre, gran pequeña película a la que el tiempo está haciendo justicia.
En manos de Johnston el Capitán América adquiere un aire nostálgico, camp o retro se diría en los 60, que da a la película un especial encanto y hace justicia a la verdad histórica: nacido como instrumento de propaganda en una concreta coyuntura histórica, el personaje sucumbió con ella y languideció a partir de 1945, integrándose en otras cuadrillas de superhéroes, luchando contra los comunistas durante la Guerra Fría o convirtiéndose en una encarnación a la vez del New Deal de Roosevelt y del ideario de Kennedy en los años 60, fiel siempre a representar los valores americanos. Ello le valió, por cierto, convertirse en uno de los blancos preferidos del antiamericanismo primario.
Los guionistas han hecho bien al limitarse a la Segunda Guerra, que fueron los años de oro del personaje, y mejor aún al desarrollar pormenorizadamente su vida anterior en la Norteamérica de la Gran Depresión, ligándolo al ideario rooseveltiano y humanizando al superhéroe. También han acertado al incorporar episodios críticos evidentemente influidos por el Cartas desde Iwo Jima de Eastwood y al hacer guiños a clásicos populares del cine bélico como las incombustibles Los cañones de Navarone o El desafío de las águilas. Este material ha servido a Johnston para rodar su mejor película -esperemos que sea la que definitivamente le haga justicia: en los Estados Unidos ha destronado en recaudación a Harry Potter- y alcanzar las cotas de las mejores adaptaciones de cómics firmadas por Tim Burton, Ang Lee o Sam Raimi.
Johnston recrea con sorprendente -por inusual en este subgénero- sutileza y elegancia fílmica tanto el aire del cine bélico de los años 50 y 60 como el sabor retro del cómic de los 40. No se trata de una falsificación, sino de una recreación que tiene en cuenta fuentes, además de las cinematográficas y el cómic, fotográficas (Walter Evans) y pictóricas (Norman Rockwell) para revivir desde dentro el espíritu una época. Ello le permite abordar visualmente lo que tal vez sea el logro mayor de esta película: contar cómo se fabrica, se explota y hasta se manipula un superhéroe con intenciones políticas a la vez que transmitir el inocente encantamiento que sus jóvenes seguidores sentían al leer sus aventuras mientras otros héroes reales -sus padres- luchaban contra un mal -el nazismo- que ni el más retorcido urdidor de ficciones hubiera podido imaginar.
El tráiler:
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martes, 16 de agosto de 2011
PRENSA CULTURAL. CINE. Crítica de "El origen del planeta de los simios", por Carlos Colón. Tráiler
En "Diario de Sevilla":
El fabuloso espectáculo de la técnica sometida a la inteligencia
Carlos Colón
Actualizado 08.08.2011
El origen del planeta de los simios. Ciencia ficción, EEUU, 2011, 110 minutos. Dirección: Rupert Wyatt. Guión: Rick Jaffa, Amanda Silver (Novela: Pierre Boulle). Intérpretes: James Franco, Andy Serkis, Freida Pinto, Brian Cox, John Lithgow, Tom Felton. Música: Patrick Doyle. Fotografía: Andrew Lesnie.
Rupert Wyatt, un joven productor, guionista y director inglés de corta y aún indeterminada filmografía (Subterranean, El escapista) ha logrado triunfar donde fracasaron los acreditados artesanos Ted Post, Don Taylor y J. Lee Thompson; y donde fracasó el gran Tim Burton: prolongando como secuelas (Regreso al planeta de los simios, Huida del Planeta de los simios, La rebelión de los simios, La conquista del planeta de los simios, todas estrenadas entre 1970 y 1973) o rehaciendo (El planeta de los simios, 2001) la obra maestra rodada por Franklin J. Schaffner en 1968 a partir de una novela de Pierre Boulle. ¿Por qué acierta un joven donde fracasaron tres grandes artesanos y un maestro? Misterios del cine. Misterios del talento.
1968, con 2001: una odisea del espacio y El planeta de los simios fue un año de oro para la ciencia ficción cinematográfica. Kubrick era un genio y Franklin J. Schaffner un artesano que llamó la atención con la muy mal envejecida El señor de la guerra (1965), se encumbró con El planeta de los simios y Patton (1968 y 1969) y después tuvo una errática carrera en la que sobresalieron Papillon (1973) o Los niños del Brasil (1978). Entre él y Kubrick media un abismo, y entre sus dos películas también. Pero El planeta de los simios se convirtió desde su estreno en un gran paso adelante del género, aun estando marcada por algunas debilidades de cámara propias del cine que a finales de los 60 se tenía por moderno. La credibilidad que Schaffner, el fantástico equipo de maquilladores, el compositor Jerry Goldsmith y Charlton Heston -responsable de que la Fox produjera esta historia en principio condenada al ridículo: piensen en el reto de recrear un universo de simios parlantes antes de la era de los efectos digitales- dieron a la novela de Boulle una originalidad y una fuerza que la convirtieron en un clásico. Su famosa imagen final es uno de los iconos que representan al propio cine.
Esta película responde a ese desesperado grito final de Heston: ¿qué había pasado para que los humanos se convirtieran en bestias irracionales y los simios en los seres racionales que gobiernan el mundo? La respuesta está en el buen guión de Rick Jaffa y Amanda Silver, autores de La mano que mece la cuna o The Relic.
Prolongando la línea de ciencia ficción pesimista que está en el núcleo de la novela de Pierre Boulle, el guión carga la responsabilidad sobre la ambición no sólo científica y la falta de previsión o de escrúpulos de las grandes corporaciones que, en nombre de la ciencia y de la salud, trasgreden límites éticos y naturales provocando cambios de consecuencias devastadoras.
Este buen guión, que hace un inteligente un guiño al sufrimiento de las bestias humanizadas de La isla del doctor Moreau de H. G. Wells dando con ello densidad dramática a la película, no responde, sin embargo, a la pregunta cinéfila: ¿por qué Wyatt triunfa donde fracasaron Post, Taylor, Thompson y Burton? La respuesta hay que buscarla en el talento, ahora demostrado como más que notable, de Wyatt para orquestar y dirigir prodigiosamente una gigantesca y costosa partitura visual que va creciendo hasta alcanzar una culminación apabullante, electrizante, sorprendente (pueden seguir poniendo adjetivos a su gusto).
La arriesgada empresa de hacer creíble, espectacular, emocionante y por momentos terrorífica la desesperada intentona de volver al planeta de los simios, empresa en la que todos naufragaron, contando el inicio del cataclismo que acabará con la estatua de la Libertad medio enterrada en una playa, descansa totalmente en Wyatt, en su dominio de los tiempos narrativos, en su sabia dosificación de los crescendo de espectacularidad, y violencia no carentes de inteligencia, en su talento visual para crear atmósferas sombrías y desarrollar secuencias de tensión que rozan lo terrorífico; y, de forma muy especial, en su absoluta maestría para servirse creativa y dramáticamente de la también magistral aportación de los efectos especiales que funden actores reales y simios creados por ordenador (espléndido Andy Serkis -el Gollum de El Señor de los Anillos, el gran gorila de King Kong y el capitán Haddock del esperado Tintín de Spielberg- transfigurado digitalmente en el gesto poderoso y la mirada inteligentemente terrorífica del simio César). Si esta película, que ofrece el hermoso espectáculo de la técnica sometiéndose al talento, no es una obra maestra de la ciencia ficción, roza esta categoría. Esta vez, como casi siempre pasa en el cine de efectos especiales, no había un simio tras la cámara.
El tráiler de la película:
sábado, 18 de junio de 2011
PRENSA CULTURAL. Recomendación de CINE. Crítica de "Un cuento chino" (con Ricardo Darín). TRÁILER
En "El País":
UN CUENTO CHINO
Dirección: Sebastián Borensztein.
Intérpretes: Ricardo Darín, Huang Sheng Huang, Muriel Santa Ana, Enric Rodríguez, Iván Romanelli.
Género: comedia. Argentina, 2011. Duración: 100 minutos.
UNA SOLEDAD CON ALMA
CARLOS BOYERO 17/06/2011
Si exceptuamos unos ojos poderosamente expresivos, no existe nada excepcional en el físico de Ricardo Darín. Pero su credibilidad y su campo magnético son inagotables en una galería muy variada de gente. Ha demostrado un instinto notable para elegir guiones con cuerpo y alma, pero incluso cuando se ha equivocado y todo es naufragio en determinadas películas, cuando está obligado a decir y hacer cosas que rezuman falsedad pretenciosa, él se las ingenia para otorgar algún momento de verdad a sus personajes. Y, por supuesto, posee el imán que caracteriza a determinadas personalidades, la cámara le quiere y contagia ese amor al espectador. De entrada, siempre apetece ver una película protagonizada por él. Y te puede derretir con su enorme talento cuando se pone al servicio de una historia que merece la pena ser contada y un director en estado de gracia, algo transparente en su inmemorable canalla de "Nueve reinas" y en el lirismo dolorido de "El secreto de sus ojos".
Darín puede dar vida a tipos muy variados, a los sentimientos más complejos, a la turbiedad y lo cristalino, la derrota y la supervivencia, la anormalidad y la normalidad sin dejar de ser él mismo. Es de esos actores superdotados y con algo especial que aparecen muy de vez en cuando en cinematografías fuera del Imperio. Javier Bardem también pertenece a esa raza. Lo extraño en el caso de Darín es que siga trabajando en Argentina, que el cine estadounidense no haya importado a precio de oro una personalidad como la suya.
"Un cuento chino", dirigida por Sebastián Borensztein, es una película más amable que agria, digna y creíble, un cuento con origen triste que se empeña en hacer reales conceptos tan anticuados como la compasión y la solidaridad, el retrato de una soledad elegida que no se ha enquistado en la indiferencia ni en el egoísmo. Sus protagonistas son un chino desolado por esos accidentes absurdos que machacan la existencia, esas pérdidas afectivas que despojan de sentido al presente y al futuro, aislado y sin un peso en un país y un idioma que desconoce, y un ferretero solitario y disciplinadamente maniático, coleccionista de noticias extrañas que aparecen en los periódicos de cualquier parte, alguien que a pesar de sus imborrables traumas y sus permanentes fantasmas no ha perdido el sentido de la justicia ni la indignación moral, dispuesto a soltarle un cabezazo la autoridad irrespetuosa y abusona, al proveedor que intenta estafarle mínima y cotidianamente en los negocios acordados, al cliente tocapelotas y melifluo.
La casual, surrealista y protectora relación que establecen a base de gestos, equívocos e intuiciones estos seres a la intemperie, aunque la del chino sea absoluta y la del ferretero disfrute de un refugio tan acorazado como patético, está bien contada. Igualmente, tiene mucho mérito por parte del director la creación de una atmósfera peculiar describiendo la desesperanzada vida y los rituales fijos de ese perdedor introvertido, cascarrabias con causa, secretamente tierno, generoso a su pesar, incapaz de dejar abandonado a su trágica suerte a un paria que va a alterar su sagrada intimidad.
No es una película retórica ni sensiblera, aunque el tema se prestara a ello. Tal vez le sobre el previsible desenlace a este cuento tierno, pero no está mal pensar que los desamparados afectivos pueden encontrar alguna vez un lugar en el sol. No suele ocurrir en la vida real, pero las ficciones se pueden permitir esa esperanza. Además, la taquilla siempre se lo agradece. Pero, sobre todo, está la interpretación de Ricardo Darín. Te hace comprender, respetar y querer a ese misántropo que no ha perdido el corazón.
Vemos el tráiler:
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domingo, 20 de marzo de 2011
CINE. NARRATIVA. "Nunca me abandones", novela de Kazuo Ishiguro. Película dirigida por Mark Romanek
Película muy recomendable, bien contada, aunque plena de tristeza.
Aquí, la crítica en "El País".
El tráiler:
Así comienza la novela:
Mi nombre es Kathy H. Tengo treinta y un años, y llevo más de once siendo cuidadora. Puede parecer mucho tiempo, lo sé, pero lo cierto es que quieren que siga otros ocho meses, hasta finales de año. Esto hará un total de casi doce años exactos. Ahora sé que el hecho de haber sido cuidadora durante tanto tiempo no significa necesariamente que piensen que soy insuperable en mi trabajo. Hay cuidadores realmente magníficos a quienes se les ha dicho que lo dejen después de apenas dos o tres años. Y puedo mencionar al menos a uno que siguió con esta ocupación catorce años pese a ser un absoluto incompetente. Así que no trato de alardear de nada. Pero sé sin ningún género de dudas que están contentos con mi trabajo, y, en general, también yo lo estoy. Mis donantes siempre han tendido a portarse mucho mejor de lo que yo esperaba. Sus tiempos de recuperación han sido impresionantes, y a casi ninguno de ellos se le ha clasificado de "agitado", ni siquiera antes de la cuarta donación. De acuerdo, ahora tal vez esté alardeando un poco. Pero significa mucho para mí ser capaz de hacer bien mi trabajo, sobre todo en lo que se refiere a que mis donantes sepan mantenerse "en calma". He desarrollado una especie de instinto especial con los donantes. Sé cuándo quedarme cerca para consolarlos y cuándo dejarlos solos; cuándo escuchar todo lo que tengan que decir y cuándo limitarme a encogerme de hombros y decirles que se dejen de historias.
En cualquier caso, no tengo grandes reclamaciones que hacer en mi nombre. Sé de cuidadores, actualmente en activo, que son tan buenos como yo y a quienes no se les reconoce ni la mitad de mérito que a mí. Entiendo perfectamente que cualquiera de ellos pueda sentirse resentido: por mi habitación amueblada, mi coche, y sobre todo porque se me permite elegir a quién dedico mi cuidado. Soy una exalumna de Hailsham, lo que a veces basta por sí mismo para conseguir el respaldo de la gente. Kathy H., dicen, puede elegir, y siempre elige a los de su clase: gente de Hailsham, o de algún otro centro privilegiado. No es extraño que tenga un historial de tal nivel. Lo he oído muchas veces, así que estoy segura de que vosotros lo habréis oído muchas más, por lo que quizá haya algo de verdad en ello. Pero no soy la primera persona a quien se le permite elegir, y dudo que vaya a ser la última. De cualquier forma, he cumplido mi parte en lo referente al cuidado de donantes criados en cualquier tipo de entorno. Cuando termine, no lo olvidéis, habré dedicado muchos años a esto, pero sólo durante los seis últimos me han permitido elegir.
Y ¿por qué no habían de hacerlo? Los cuidadores no somos máquinas. Tratas de hacer todo lo que puedes por cada donante, pero al final acabas exhausto. No posees ni una paciencia ni una energía ilimitadas. Así que cuando tienes la oportunidad de elegir, eliges lógicamente a los de tu tipo. Es natural. No habría podido seguir tanto tiempo en esto si en algún punto del camino hubiera dejado de sentir lástima de mis donantes. Y, además, si jamás me hubieran permitido elegir, ¿cómo habría podido volver a tener cerca a Ruth y a Tommy después de todos estos años?
Pero, por supuesto, cada día quedan menos donantes que yo pueda recordar, y por lo tanto, en la práctica, tampoco he podido elegir tanto. Como digo, el trabajo se te hace más duro cuando no tienes ese vínculo profundo con el donante, y aunque echaré de menos ser cuidadora, también me vendrá de perlas acabar por fin con ello a finales de año.
Ruth, por cierto, no fue sino la tercera o cuarta donante que me fue dado elegir. Ella ya tenía un cuidador asignado en aquel tiempo, y recuerdo que la cosa requirió un poco de firmeza por mi parte. Pero al final me salí con la mía y en el instante en que volví a verla, en el centro de recuperación de Dover, todas nuestras diferencias, si bien no se esfumaron, dejaron de parecer tan importantes como todo lo demás: el que hubiéramos crecido juntas en Hailsham, por ejemplo, o el que supiéramos y recordáramos cosas que nadie más podía saber o recordar. Y fue entonces, supongo, cuando empecé a procurar que mis donantes fueran gente del pasado, y, siempre que podía, gente de Hailsham.
A lo largo de los años ha habido veces en que he tratado de dejar atrás Hailsham, diciéndome que no tenía que mirar tanto hacia el pasado. Pero luego llegué a un punto en el que dejé de resistirme. Y ello tuvo que ver con un donante concreto que tuve en cierta ocasión, en mi tercer año de cuidadora; y fue su reacción al mencionarle yo que había estado en Hailsham. Él acababa de pasar por su tercera donación y no había salido bien, y seguramente sabía que no iba a superarlo. Apenas podía respirar, pero miró hacia mí y dijo:
-Hailsham. Apuesto a que era un lugar hermoso.
A la mañana siguiente le estuve dando conversación para apartarle de la cabeza su situación, y cuando le pregunté dónde había crecido mencionó cierto centro de Dorset; y en su cara, bajo las manchas, se dibujó una mueca absolutamente distinta de las que le conocía. Y caí en la cuenta de lo desesperadamente que deseaba no recordar. Lo que quería, en cambio, era que le contara cosas de Hailsham.
Así que durante los cinco o seis días siguientes le conté la que quería saber, y él seguía allí echado, hecho un ovillo, con una sonrisa amable en el semblante. Me preguntaba sobre cosas importantes y sobre menudencias. Sobre nuestros custodios, sobre cómo cada uno de nosotros tenía su propio arcón con sus cosas, sobre el fútbol, el rounders, el pequeño sendero que rodeaba la casa principal, sus rincones y recovecos, el estanque de los patos, la comida, la vista de los campos desde el Aula de Arte en las mañanas de niebla.
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martes, 28 de diciembre de 2010
CINE: "El discurso del rey", de Tom Hooper
Muy recomendable.
El tráiler:
Declaraciones del actor Colin Firth, que encarna al rey Jorge VI:
Fuente
El tráiler:
Declaraciones del actor Colin Firth, que encarna al rey Jorge VI:
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viernes, 29 de octubre de 2010
CUENTO. CIENCIA FICCIÓN. CINE. TRÁILER. "El ruido de un trueno", de Ray Bradbury
EL RUIDO DE UN TRUENO
El anuncio en la pared parecía temblar bajo una móvil película de agua caliente. Eckels sintió que parpadeaba, y el anuncio ardió en la momentánea oscuridad:
SAFARI EN EL TIEMPO S.A. SAFARIS A CUALQUIER AÑO DEL PASADO. USTED ELIGE EL ANIMAL NOSOTROS LO LLEVAMOS ALLÍ, USTED LO MATA.
Una flema tibia se le formó en la garganta a Eckels. Tragó saliva empujando hacia abajo la flema. Los músculos alrededor de la boca formaron una sonrisa, mientras alzaba lentamente la mano, y la mano se movió con un cheque de diez mil dólares ante el hombre del escritorio.
-¿Este safari garantiza que yo regrese vivo?
-No garantizamos nada -dijo el oficial-, excepto los dinosaurios. -Se volvió-. Este es el señor Travis, su guía safari en el pasado. Él le dirá a qué debe disparar y en qué momento. Si usted desobedece sus instrucciones, hay una multa de otros diez mil dólares, además de una posible acción del gobierno, a la vuelta.
Eckels miró en el otro extremo de la vasta oficina la confusa maraña zumbante de cables y cajas de acero, y el aura ya anaranjada, ya plateada, ya azul. Era como el sonido de una gigantesca hoguera donde ardía el tiempo, todos los años y todos los calendarios de pergamino, todas las horas apiladas en llamas. El roce de una mano, y este fuego se volvería maravillosamente, y en un instante, sobre sí mismo. Eckels recordó las palabras de los anuncios en la carta. De las brasas y cenizas, del polvo y los carbones, como doradas salamandras, saltarán los viejos años, los verdes años; rosas endulzarán el aire, las canas se volverán negro ébano, las arrugas desaparecerán. Todo regresará volando a la semilla, huirá de la muerte, retornará a sus principios; los soles se elevarán en los cielos occidentales y se pondrán en orientes gloriosos, las lunas se devorarán al revés a sí mismas, todas las cosas se meterán unas en otras como cajas chinas, los conejos entrarán en los sombreros, todo volverá a la fresca muerte, la muerte en la semilla, la muerte verde, al tiempo anterior al comienzo. Bastará el roce de una mano, el más leve roce de una mano.
-¡Infierno y condenación! -murmuró Eckels con la luz de la máquina en el rostro delgado-. Una verdadera máquina del tiempo. -Sacudió la cabeza-. Lo hace pensar a uno. Si la elección hubiera ido mal ayer, yo quizá estaría aquí huyendo de los resultados. Gracias a Dios ganó Keith. Será un buen presidente.
-Sí -dijo el hombre detrás del escritorio-. Tenemos suerte. Si Deutscher hubiese ganado, tendríamos la peor de las dictaduras. Es el antitodo, militarista, anticristo, antihumano, antintelectual. La gente nos llamó, ya sabe usted, bromeando, pero no enteramente. Decían que si Deutscher era presidente, querían ir a vivir a 1492. Por supuesto, no nos ocupamos de organizar evasiones, sino safaris. De todos modos, el presidente es Keith. Ahora su única preocupación es...
Eckels terminó la frase:
-Matar mi dinosaurio.
-Un Tyrannosaurus rex. El lagarto del Trueno, el más terrible monstruo de la historia. Firme este permiso. Si le pasa algo, no somos responsables. Estos dinosaurios son voraces.
Eckels enrojeció, enojado.
-¿Trata de asustarme?
-Francamente, sí. No queremos que vaya nadie que sienta pánico al primer tiro. El año pasado murieron seis jefes de safari y una docena de cazadores. Vamos a darle a usted la más extraordinaria emoción que un cazador pueda pretender. Lo enviaremos sesenta millones de años atrás para que disfrute de la mayor y más emocionante cacería de todos los tiempos. Su cheque está todavía aquí. Rómpalo.
El señor Eckels miró el cheque largo rato. Se le retorcían los dedos.
-Buena suerte -dijo el hombre detrás del mostrador-. El señor Travis está a su disposición.
Cruzaron el salón silenciosamente, llevando los fusiles, hacia la Máquina, hacia el metal plateado y la luz rugiente.
Primero un día y luego una noche y luego un día y luego una noche, y luego día-noche-día-noche-día. Una semana, un mes, un año, ¡una década! 2055, 2019, ¡1999! ¡1957! ¡Desaparecieron! La Máquina rugió. Se pusieron los cascos de oxígeno y probaron los intercomunicadores. Eckels se balanceaba en el asiento almohadillado, con el rostro pálido y duro. Sintió un temblor en los brazos y bajó los ojos y vio que sus manos apretaban el fusil. Había otros cuatro hombres en esa máquina. Travis, el jefe del safari, su asistente, Lesperance, y dos otros cazadores, Billings y Kramer. Se miraron unos a otros y los años llamearon alrededor.
-¿Estos fusiles pueden matar a un dinosaurio de un tiro? -se oyó decir a Eckels.
-Si da usted en el sitio preciso -dijo Travis por la radio del casco-. Algunos dinosaurios tienen dos cerebros, uno en la cabeza, otro en la columna espinal. No les tiraremos a éstos, y tendremos más probabilidades. Aciérteles con los dos primeros tiros a los ojos, si puede, cegándolo, y luego dispare al cerebro.
La máquina aulló. El tiempo era una película que corría hacia atrás. Pasaron soles, y luego diez millones de lunas.
-Dios santo -dijo Eckels-. Los cazadores de todos los tiempos nos envidiarían hoy. África al lado de esto parece Illinois.
El sol se detuvo en el cielo.
La niebla que había envuelto la Máquina se desvaneció. Se encontraban en los viejos tiempos, tiempos muy viejos en verdad, tres cazadores y dos jefes de safari con sus metálicos rifles azules en las rodillas.
-Cristo no ha nacido aún -dijo Travis-. Moisés no ha subido a la montaña a hablar con Dios. Las pirámides están todavía en la tierra, esperando. Recuerde que Alejandro, Julio César, Napoleón, Hitler... no han existido.
Los hombres asintieron con movimientos de cabeza.
-Eso -señaló el señor Travis- es la jungla de sesenta millones dos mil cincuenta y cinco años antes del presidente Keith.
Mostró un sendero de metal que se perdía en la vegetación salvaje, sobre pantanos humeantes, entre palmeras y helechos gigantescos.
-Y eso -dijo- es el Sendero, instalado por Safari en el Tiempo para su provecho. Flota a diez centímetros del suelo. No toca ni siquiera una brizna, una flor o un árbol. Es de un metal antigravitatorio. El propósito del Sendero es impedir que toque usted este mundo del pasado de algún modo. No se salga del Sendero. Repito. No se salga de él. ¡Por ningún motivo! Si se cae del Sendero hay una multa. Y no tire contra ningún animal que nosotros no aprobemos.
-¿Por qué? -preguntó Eckels. Estaban en la antigua selva. Unos pájaros lejanos gritaban en el viento, y había un olor de alquitrán y viejo mar salado, hierbas húmedas y flores de color de sangre.
-No queremos cambiar el futuro. Este mundo del pasado no es el nuestro. Al gobierno no le gusta que estemos aquí. Tenemos que dar mucho dinero para conservar nuestras franquicias. Una máquina del tiempo es un asunto delicado. Podemos matar inadvertidamente un animal importante, un pajarito, un coleóptero, aun una flor, destruyendo así un eslabón importante en la evolución de las especies.
-No me parece muy claro -dijo Eckels.
-Muy bien -continuó Travis-, digamos que accidentalmente matamos aquí un ratón. Eso significa destruir las futuras familias de este individuo, ¿entiende?
-Entiendo.
-¡Y todas las familias de las familias de ese individuo! Con sólo un pisotón aniquila usted primero uno, luego una docena, luego mil, un millón, ¡un billón de posibles ratones!
-Bueno, ¿y eso qué? -inquirió Eckels.
-¿Eso qué? -gruñó suavemente Travis-. ¿Qué pasa con los zorros que necesitan esos ratones para sobrevivir? Por falta de diez ratones muere un zorro. Por falta de diez zorros, un león muere de hambre. Por falta de un león, especies enteras de insectos, buitres, infinitos billones de formas de vida son arrojadas al caos y la destrucción. Al final todo se reduce a esto: cincuenta y nueve millones de años más tarde, un hombre de las cavernas, uno de la única docena que hay en todo el mundo, sale a cazar un jabalí o un tigre para alimentarse. Pero usted, amigo, ha aplastado con el pie a todos los tigres de esa zona al haber pisado un ratón. Así que el hombre de las cavernas se muere de hambre. Y el hombre de las cavernas, no lo olvide, no es un hombre que pueda desperdiciarse, ¡no! Es toda una futura nación. De él nacerán diez hijos. De ellos nacerán cien hijos, y así hasta llegar a nuestros días. Destruya usted a este hombre, y destruye usted una raza, un pueblo, toda una historia viviente. Es como asesinar a uno de los nietos de Adán. El pie que ha puesto usted sobre el ratón desencadenará así un terremoto, y sus efectos sacudirán nuestra tierra y nuestros destinos a través del tiempo, hasta sus raíces. Con la muerte de ese hombre de las cavernas, un billón de otros hombres no saldrán nunca de la matriz. Quizás Roma no se alce nunca sobre las siete colinas. Quizá Europa sea para siempre un bosque oscuro, y sólo crezca Asia saludable y prolífica. Pise usted un ratón y aplastará las pirámides. Pise un ratón y dejará su huella, como un abismo en la eternidad. La reina Isabel no nacerá nunca, Washington no cruzará el Delaware, nunca habrá un país llamado Estados Unidos. Tenga cuidado. No se salga del Sendero. ¡Nunca pise afuera!
-Ya veo -dijo Eckels-. Ni siquiera debemos pisar la hierba.
-Correcto. Al aplastar ciertas plantas quizá sólo sumemos factores infinitesimales. Pero un pequeño error aquí se multiplicará en sesenta millones de años hasta alcanzar proporciones extraordinarias. Por supuesto, quizá nuestra teoría esté equivocada. Quizá nosotros no podamos cambiar el tiempo. O tal vez sólo pueda cambiarse de modos muy sutiles. Quizá un ratón muerto aquí provoque un desequilibrio entre los insectos de allá, una desproporción en la población más tarde, una mala cosecha luego, una depresión, hambres colectivas, y, finalmente, un cambio en la conducta social de alejados países. O aun algo mucho más sutil. Quizá sólo un suave aliento, un murmullo, un cabello, polen en el aire, un cambio tan, tan leve que uno podría notarlo sólo mirando de muy cerca. ¿Quién lo sabe? ¿Quién puede decir realmente que lo sabe? No nosotros. Nuestra teoría no es más que una hipótesis. Pero mientras no sepamos con seguridad si nuestros viajes por el tiempo pueden terminar en un gran estruendo o en un imperceptible crujido, tenemos que tener mucho cuidado. Esta máquina, este sendero, nuestros cuerpos y nuestras ropas han sido esterilizados, como usted sabe, antes del viaje. Llevamos estos cascos de oxígeno para no introducir nuestras bacterias en una antigua atmósfera.
-¿Cómo sabemos qué animales podemos matar?
-Están marcados con pintura roja -dijo Travis-. Hoy, antes de nuestro viaje, enviamos aquí a Lesperance con la Máquina. Vino a esta Era particular y siguió a ciertos animales.
-¿Para estudiarlos?
-Exactamente -dijo Travis-. Los rastreó a lo largo de toda su existencia, observando cuáles vivían mucho tiempo. Muy pocos. Cuántas veces se acoplaban. Pocas. La vida es breve. Cuando encontraba alguno que iba a morir aplastado por un árbol u otro que se ahogaba en un pozo de alquitrán, anotaba la hora exacta, el minuto y el segundo, y le arrojaba una bomba de pintura que le manchaba de rojo el costado. No podemos equivocarnos. Luego midió nuestra llegada al pasado de modo que no nos encontremos con el monstruo más de dos minutos antes de aquella muerte. De este modo, sólo matamos animales sin futuro, que nunca volverán a acoplarse. ¿Comprende qué cuidadosos somos?
-Pero si ustedes vinieron esta mañana -dijo Eckels ansiosamente-, debían haberse encontrado con nosotros, nuestro safari. ¿Qué ocurrió? ¿Tuvimos éxito? ¿Salimos todos... vivos?
Travis y Lesperance se miraron.
-Eso hubiese sido una paradoja -habló Lesperance-. El tiempo no permite esas confusiones..., un hombre que se encuentra consigo mismo. Cuando va a ocurrir algo parecido, el tiempo se hace a un lado. Como un avión que cae en un pozo de aire. ¿Sintió usted ese salto de la Máquina, poco antes de nuestra llegada? Estábamos cruzándonos con nosotros mismos que volvíamos al futuro. No vimos nada. No hay modo de saber si esta expedición fue un éxito, si cazamos nuestro monstruo, o si todos nosotros, y usted, señor Eckels, salimos con vida.
Eckels sonrió débilmente.
-Dejemos esto -dijo Travis con brusquedad-. ¡Todos de pie! Se prepararon a dejar la Máquina. La jungla era alta y la jungla era ancha y la jungla era todo el mundo para siempre y para siempre. Sonidos como música y sonidos como lonas voladoras llenaban el aire: los pterodáctilos que volaban con cavernosas alas grises, murciélagos gigantescos nacidos del delirio de una noche febril. Eckels, guardando el equilibrio en el estrecho sendero, apuntó con su rifle, bromeando.
-¡No haga eso! -dijo Travis.- ¡No apunte ni siquiera en broma, maldita sea! Si se le dispara el arma...
Eckels enrojeció.
-¿Dónde está nuestro Tyrannosaurus?
-Lesperance miró su reloj de pulsera
-Adelante. Nos cruzaremos con él dentro de sesenta segundos. Busque la pintura roja, por Cristo. No dispare hasta que se lo digamos. Quédese en el Sendero. ¡Quédese en el Sendero!
Se adelantaron en el viento de la mañana.ç
-Qué raro -murmuró Eckels-. Allá delante, a sesenta millones de años, ha pasado el día de elección. Keith es presidente. Todos celebran. Y aquí, ellos no existen aún. Las cosas que nos preocuparon durante meses, toda una vida, no nacieron ni fueron pensadas aún.
-¡Levanten el seguro, todos! -ordenó Travis-. Usted dispare primero, Eckels. Luego, Billings. Luego, Kramer.
-He cazado tigres, jabalíes, búfalos, elefantes, pero esto, Jesús, esto es caza -comentó Eckels -. Tiemblo como un niño.
-Ah -dijo Travis.
-Todos se detuvieron.
Travis alzó una mano.
-Ahí adelante -susurró-. En la niebla. Ahí está Su Alteza Real.
La jungla era ancha y llena de gorjeos, crujidos, murmullos y suspiros. De pronto todo cesó, como si alguien hubiese cerrado una puerta.
Silencio.
El ruido de un trueno.
De la niebla, a cien metros de distancia, salió el Tyrannosaurus rex.
-Jesucristo -murmuró Eckels.
-¡Chist!
Venía a grandes trancos, sobre patas aceitadas y elásticas. Se alzaba diez metros por encima de la mitad de los árboles, un gran dios del mal, apretando las delicadas garras de relojero contra el oleoso pecho de reptil. Cada pata inferior era un pistón, quinientos kilos de huesos blancos, hundidos en gruesas cuerdas de músculos, encerrados en una vaina de piel centelleante y áspera, como la cota de malla de un guerrero terrible. Cada muslo era una tonelada de carne, marfil y acero. Y de la gran caja de aire del torso colgaban los dos brazos delicados, brazos con manos que podían alzar y examinar a los hombres como juguetes, mientras el cuello de serpiente se retorcía sobre sí mismo. Y la cabeza, una tonelada de piedra esculpida que se alzaba fácilmente hacia el cielo, En la boca entreabierta asomaba una cerca de dientes como dagas. Los ojos giraban en las órbitas, ojos vacíos, que nada expresaban, excepto hambre. Cerraba la boca en una mueca de muerte. Corría, y los huesos de la pelvis hacían a un lado árboles y arbustos, y los pies se hundían en la tierra dejando huellas de quince centímetros de profundidad. Corría como si diese unos deslizantes pasos de baile, demasiado erecto y en equilibrio para sus diez toneladas. Entró fatigadamente en el área de sol, y sus hermosas manos de reptil tantearon el aire.
-¡Dios mío! -Eckels torció la boca-. Puede incorporarse y alcanzar la luna.
-¡Chist! -Travis sacudió bruscamente la cabeza-. Todavía no nos vio.
-No es posible matarlo. -Eckels emitió con serenidad este veredicto, como si fuese indiscutible. Había visto la evidencia y ésta era su razonada opinión. El arma en sus manos parecía un rifle de aire comprimido-. Hemos sido unos locos. Esto es imposible.
-¡Cállese! -siseó Travis.
-Una pesadilla.
-Dé media vuelta -ordenó Travis-. Vaya tranquilamente hasta la máquina. Le devolveremos la mitad del dinero.
-No imaginé que sería tan grande -dijo Eckels-. Calculé mal. Eso es todo. Y ahora quiero irme.
-¡Nos vio!
-¡Ahí está la pintura roja en el pecho!
El Lagarto del Trueno se incorporó. Su armadura brilló como mil monedas verdes. Las monedas, embarradas, humeaban. En el barro se movían diminutos insectos, de modo que todo el cuerpo parecía retorcerse y ondular, aun cuando el monstruo mismo no se moviera. El monstruo resopló. Un hedor de carne cruda cruzó la jungla.
-Sáquenme de aquí -pidió Eckels-. Nunca fue como esta vez. Siempre supe que saldría vivo. Tuve buenos guías, buenos safaris, y protección. Esta vez me he equivocado. Me he encontrado con la horma de mi zapato, y lo admito. Esto es demasiado para mí.
-No corra -dijo Lesperance-. Vuélvase. Ocúltese en la Máquina.
-Sí.
Eckels parecía aturdido. Se miró los pies como si tratara de moverlos. Lanzó un gruñido de desesperanza.
-¡Eckels!
Eckels dio unos pocos pasos, parpadeando, arrastrando los pies.
-¡Por ahí no!
El monstruo, al advertir un movimiento, se lanzó hacia adelante con un grito terrible. En cuatro segundos cubrió cien metros. Los rifles se alzaron y llamearon. De la boca del monstruo salió un torbellino que los envolvió con un olor de barro y sangre vieja. El monstruo rugió con los dientes brillantes al sol.
Eckels, sin mirar atrás, caminó ciegamente hasta el borde del Sendero, con el rifle que le colgaba de los brazos. Salió del Sendero, y caminó, y caminó por la jungla. Los pies se le hundieron en un musgo verde. Lo llevaban las piernas, y se sintió solo y alejado de lo que ocurría atrás.
Los rifles dispararon otra vez. El ruido se perdió en chillidos y truenos. La gran palanca de la cola del reptil se alzó sacudiéndose. Los árboles estallaron en nubes de hojas y ramas. El monstruo retorció sus manos de joyero y las bajó como para acariciar a los hombres, para partirlos en dos, aplastarlos como cerezas, meterlos entre los dientes y en la rugiente garganta. Sus ojos de canto rodado bajaron a la altura de los hombres, que vieron sus propias imágenes. Dispararon sus armas contra las pestañas metálicas y los brillantes iris negros.
Como un ídolo de piedra, como el desprendimiento de una montaña, el Tyrannosaurus cayó. Con un trueno, se abrazó a unos árboles, los arrastró en su caída. Torció y quebró el Sendero de Metal. Los hombres retrocedieron alejándose. El cuerpo golpeó el suelo, diez toneladas de carne fría y piedra. Los rifles dispararon. El monstruo azotó el aire con su cola acorazada, retorció sus mandíbulas de serpiente, y ya no se movió. Una fuente de sangre le brotó de la garganta. En alguna parte, adentro, estalló un saco de fluidos. Unas bocanadas nauseabundas empaparon a los cazadores. Los hombres se quedaron mirándolo, rojos y resplandecientes.
El trueno se apagó.
La jungla estaba en silencio. Luego de la tormenta, una gran paz. Luego de la pesadilla, la mañana.
Billings y Kramer se sentaron en el sendero y vomitaron. Travis y Lesperance, de pie, sosteniendo aún los rifles humeantes, juraban continuamente.
En la Máquina del Tiempo, cara abajo, yacía Eckels, estremeciéndose. Había encontrado el camino de vuelta al Sendero y había subido a la Máquina. Travis se acercó, lanzó una ojeada a Eckels, sacó unos trozos de algodón de una caja metálica y volvió junto a los otros, sentados en el Sendero.
-Límpiense.
Limpiaron la sangre de los cascos. El monstruo yacía como una loma de carne sólida. En su interior uno podía oír los suspiros y murmullos a medida que morían las más lejanas de las cámaras, y los órganos dejaban de funcionar, y los líquidos corrían un último instante de un receptáculo a una cavidad, a una glándula, y todo se cerraba para siempre. Era como estar junto a una locomotora estropeada o una excavadora de vapor en el momento en que se abren las válvulas o se las cierra herméticamente. Los huesos crujían. La propia carne, perdido el equilibrio, cayó como peso muerto sobre los delicados antebrazos, quebrándolos.
Otro crujido. Allá arriba, la gigantesca rama de un árbol se rompió y cayó. Golpeó a la bestia muerta como algo final.
-Ahí está -Lesperance miró su reloj-. Justo a tiempo. Ese es el árbol gigantesco que originalmente debía caer y matar al animal.
Miró a los dos cazadores: ¿Quieren la fotografía trofeo?
-¿Qué?
-No podemos llevar un trofeo al futuro. El cuerpo tiene que quedarse aquí donde hubiese muerto originalmente, de modo que los insectos, los pájaros y las bacterias puedan vivir de él, como estaba previsto. Todo debe mantener su equilibrio. Dejamos el cuerpo. Pero podemos llevar una foto con ustedes al lado.
Los dos hombres trataron de pensar, pero al fin sacudieron la cabeza. Caminaron a lo largo del Sendero de metal. Se dejaron caer de modo cansino en los almohadones de la Máquina. Miraron otra vez el monstruo caído, el monte paralizado, donde unos raros pájaros reptiles y unos insectos dorados trabajaban ya en la humeante armadura.
Un sonido en el piso de la Máquina del Tiempo los endureció. Eckels estaba allí, temblando.
-Lo siento -dijo al fin.
-¡Levántese! -gritó Travis.
Eckels se levantó.
-¡Vaya por ese sendero, solo! -agregó Travis, apuntando con el rifle-. Usted no volverá a la Máquina. ¡Lo dejaremos aquí!Lesperance tomó a Travis por el brazo.
-Espera...
-¡No te metas en esto! -Travis se sacudió apartando la mano-. Este hijo de perra casi nos mata. Pero eso no es bastante. Diablo, no. ¡Sus zapatos! ¡Míralos! Salió del Sendero. ¡Dios mío, estamos arruinados! Cristo sabe qué multa nos pondrán. ¡Decenas de miles de dólares! Garantizamos que nadie dejaría el Sendero. Y él lo dejó. ¡Oh, condenado tonto! Tendré que informar al gobierno. Pueden hasta quitarnos la licencia. ¡Dios sabe lo que le ha hecho al tiempo, a la Historia!
-Cálmate. Sólo pisó un poco de barro.
-¿Cómo podemos saberlo? -gritó Travis-. ¡No sabemos nada! ¡Es un condenado misterio! ¡Fuera de aquí, Eckels!
Eckels buscó en su chaqueta.
-Pagaré cualquier cosa. ¡Cien mil dólares!
Travis miró enojado la libreta de cheques de Eckels y escupió.
-Vaya allí. El monstruo está junto al Sendero. Métale los brazos hasta los codos en la boca, y vuelva.
-¡Eso no tiene sentido!
-El monstruo está muerto, cobarde bastardo. ¡Las balas! No podemos dejar aquí las balas. No pertenecen al pasado, pueden cambiar algo. Tome mi cuchillo. ¡Extráigalas!
La jungla estaba viva otra vez, con los viejos temblores y los gritos de los pájaros. Eckels se volvió lentamente a mirar al primitivo vaciadero de basura, la montaña de pesadillas y terror. Luego de un rato, como un sonámbulo, se fue, arrastrando los pies.
Regresó temblando cinco minutos más tarde, con los brazos empapados y rojos hasta los codos. Extendió las manos. En cada una había un montón de balas. Luego cayó. Se quedó allí, en el suelo, sin moverse.
-No había por qué obligarlo a eso -dijo Lesperance.
-¿No? Es demasiado pronto para saberlo. -Travis tocó con el pie el cuerpo inmóvil.
-Vivirá. La próxima vez no buscará cazas como ésta. Muy bien. -Le hizo una fatigada seña con el pulgar a Lesperance-. Enciende. Volvamos a casa. 1492. 1776. 1812.
Se limpiaron las caras y manos. Se cambiaron las camisas y pantalones. Eckels se había incorporado y se paseaba sin hablar. Travis lo miró furiosamente durante diez minutos.
-No me mire -gritó Eckels-. No hice nada.
-¿Quién puede decirlo?
-Salí del sendero, eso es todo; traje un poco de barro en los zapatos. ¿Qué quiere que haga? ¿Que me arrodille y rece?
-Quizá lo necesitemos. Se lo advierto, Eckels. Todavía puedo matarlo. Tengo listo el fusil.
-Soy inocente. ¡No he hecho nada!
1999, 2000, 2055.
La máquina se detuvo.
-Afuera -dijo Travis.
El cuarto estaba como lo habían dejado. Pero no de modo tan preciso. El mismo hombre estaba sentado detrás del mismo escritorio. Pero no exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio.
Travis miró alrededor con rapidez.
-¿Todo bien aquí? -estalló.
-Muy bien. ¡Bienvenidos!
Travis no se sintió tranquilo. Parecía estudiar hasta los átomos del aire, el modo como entraba la luz del sol por la única ventana alta.
-Muy bien, Eckels, puede salir. No vuelva nunca.
Eckels no se movió.
-¿No me ha oído? -dijo Travis-. ¿Qué mira?
Eckels olía el aire, y había algo en el aire, una sustancia química tan sutil, tan leve, que sólo el débil grito de sus sentidos subliminales le advertía que estaba allí. Los colores blanco, gris, azul, anaranjado, de las paredes, del mobiliario, del cielo más allá de la ventana, eran... eran... Y había una sensación. Se estremeció. Le temblaron las manos. Se quedó oliendo aquel elemento raro con todos los poros del cuerpo. En alguna parte alguien debía de estar tocando uno de esos silbatos que sólo pueden oír los perros. Su cuerpo respondió con un grito silencioso. Más allá de este cuarto, más allá de esta pared, más allá de este hombre que no era exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio..., se extendía todo un mundo de calles y gente. Qué suerte de mundo era ahora, no se podía saber. Podía sentirlos cómo se movían, más allá de los muros, casi, como piezas de ajedrez que arrastraban un viento seco...
Pero había algo más inmediato. El anuncio pintado en la pared de la oficina, el mismo anuncio que había leído aquel mismo día al entrar allí por vez primera.
De algún modo el anuncio había cambiado.
SEFARI EN EL TIEMPO. S. A. SEFARIS A KUALKUIER AÑO DEL PASADO USTE NOMBRA EL ANIMAL NOSOTROS LO LLEBAMOS AYI. USTE LO MATA.
Eckels sintió que caía en una silla. Tanteó insensatamente el grueso barro de sus botas. Sacó un trozo, temblando.
-No, no puede ser. Algo tan pequeño. No puede ser. ¡No!
Hundida en el barro, brillante, verde, y dorada, y negra, había una mariposa, muy hermosa y muy muerta.
-¡No algo tan pequeño! ¡No una mariposa! -gritó Eckels.
Cayó al suelo una cosa exquisita, una cosa pequeña que podía destruir todos los equilibrios, derribando primero la línea de un pequeño dominó, y luego de un gran dominó, y luego de un gigantesco dominó, a lo largo de los años, a través del tiempo. La mente de Eckels giró sobre si misma. La mariposa no podía cambiar las cosas. Matar una mariposa no podía ser tan importante. ¿Podía?
Tenía el rostro helado. Preguntó, temblándole la boca:
-¿Quién... quién ganó la elección presidencial ayer?
El hombre detrás del mostrador se rió.
-¿Se burla de mí? Lo sabe muy bien. ¡Deutscher, por supuesto! No ese condenado debilucho de Keith. Tenemos un hombre fuerte ahora, un hombre de agallas. ¡Sí, señor! -El oficial calló-. ¿Qué pasa?
Eckels gimió. Cayó de rodillas. Recogió la mariposa dorada con dedos temblorosos.
-¿No podríamos -se preguntó a sí mismo, le preguntó al mundo, a los oficiales, a la Máquina,- no podríamos llevarla allá, no podríamos hacerla vivir otra vez? ¿No podríamos empezar de nuevo? ¿No podríamos...?
No se movió. Con los ojos cerrados, esperó estremeciéndose. Oyó que Travis gritaba; oyó que Travis preparaba el rifle, alzaba el seguro, y apuntaba.
El ruido de un trueno.
Ahora, el tráiler de la adaptación cinematográfica:
domingo, 10 de octubre de 2010
CINE. "La dama de Shanghai", de Orson Welles
Hoy se cumplen 25 años de la muerte de Orson Welles.
El tráiler, en inglés, de La dama de Shanghai:
El tráiler, en inglés, de La dama de Shanghai:
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jueves, 26 de agosto de 2010
CINE. Tráiler de "Lope" (biografía de Lope de Vega), dirigida por Andrucha Waddington
Se estrena el próximo 3 de septiembre.
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jueves, 19 de agosto de 2010
PRENSA. CINE. CRÍTICA DE CINE. TRÁILER. "La cinta blanca" (2010), de Michael Haneke
En "El País":
Sinopsis
Nos encontramos en el año 1914, es decir, justo en el comienzo de la Primera Guerra Mundial, en un pueblo del norte de Alemania donde domina la religión protestante. La vida de los vecinos del lugar se revolucionará ante unos nuevos acontecimientos que parecen obedecer a un ritual de castigo. Los chicos del coro, el profesor de la escuela, el pastor, el barón, el doctor o los terratenientes tendrán que adaptarse a una nueva realidad, pero... ¿por qué?
Crítica
En los oscuros orígenes del mal
CARLOS BOYERO
Enfrentarse al mundo obsesivamente turbio, irremediablemente maléfico, habitado permanentemente por la violencia transparente y subterránea, de un autor tan desasosegante como reconocible llamado Michael Haneke implica que el avisado o virginal espectador acabe con el estómago y el cerebro revueltos, consciente de que ha vivido una experiencia ingrata pero también hipnótica, de las que dejan lacerante poso. También la certeza de que lo que has visto, oído, temido e intuido tiene el efecto de una pesadilla duradera. Cuando los siempre inquietantes planteamientos de Haneke encuentran el lenguaje, el ritmo y la atmósfera que necesitan sus radiografías del mal generalizado o de los demonios interiores (cuando no acierta, como en las detestables Código desconocido y El tiempo del lobo, la oscuridad de su mundo puede ser críptica e irritante), su cine tiene capacidad para dejarte tocado. En mi caso, lo había logrado con Funny games, La pianista y Caché. En la magistral La cinta blanca su estilo logra terrorífica armonía con sus obsesiones.
La voz en off de un anciano evoca viejas y nunca resueltas atrocidades que ocurrieron en el luterano y presuntamente apacible pueblo del norte de Alemania en el que ejerció de maestro cuando era joven. Ocurre en vísperas de la Guerra del 14 y está fotografiado en un nada caprichoso blanco y negro. El blanco se identifica con la rectitud y la pureza, la que le exigen a sus hijos padres inflexibles, con unos principios que no admiten desviaciones ni heterodoxia y que compaginan sin el menor sentido de culpa la Biblia con el látigo para imponérselos a los suyos. Poco a poco comprobaremos que casi todo es negro, enigmático y tortuoso en ese universo regido por el orden, el supremo valor de las apariencia, la podredumbre moral, las imposiciones ciegas de la fuerza, el imperio del miedo en la conducta de los aparentemente sometidos y sus sádicas y devastadoras consecuencias sobre los más débiles.
Haneke retrata y disecciona este ambiente tenebroso con frialdad de cirujano. Que todo huela a podrido, a los abismos de la doble moral, a intransigencia, a manipulación, a agresividad física y síquica en las relaciones que establecen los adultos (hay una secuencia brutal con un hombre vomitándole a su amante con datos implacables el asco que le provoca, en la que cualquier espectador medianamente sensible se plantea taparse los oídos) puede ser ingrato de ver, pero que la violencia se ensañe con los niños, se la contagie y marque monstruosamente su conducta alcanza efectos terroríficos en el espectador.
El ritmo de esta sombría película es estratégica y agobiantemente lento, pero no te permite desentenderte de ella. Te asusta mucho más el catálogo de horrores que te hace presagiar la cámara filmando puertas cerradas y haciendo elipsis que lo que te muestra. El infierno no está descrito con naturalismo, se esconde detrás de la apacible cotidianeidad. No abunda la alegría, la naturalidad o la inocencia (esto sólo se lo pueden permitir los niños más pequeños y otro con discapacidad mental), pero los oficios religiosos, la educación escolar, la fiesta de la recogida de la cosecha, la incuestionable autoridad paternal, la atmósfera de la calle y de los hogares está empeñada en mantener la respetabilidad, en demostrar que la rigidez es el principal baluarte del orden.
Y como siempre en el cine de Haneke hay simbolismo y parábola. Compruebas con un escalofrío al terminar La cinta blanca que la alegoría no es gratuita. Sabes que esos niños familiarizados con los traumas, el abuso, la tortura y el espanto crecerán. Son caldo de cultivo para que un tal Hitler les convenza de que todo está permitido en nombre de la sagrada patria. Y actuarán en la futura barbarie sin sentido de culpa, en perfecta química con lo que mamaron.
Ahora, el tráiler:
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miércoles, 21 de julio de 2010
LITERATURA. CINE. "Una mujer en Berlín" (Anónima). Introducción de Hans Magnus Enzensberger.
INTRODUCCIÓN
Tal vez no sea casualidad que un libro tan extraordinario como Una mujer en Berlín estuviera marcado por un destino fuera de lo corriente. Nunca sabremos si, al escribirlo, la autora tenía en mente su posterior publicación. Los "garabatos íntimos" que realizó entre abril y junio de 1945 en tres cuadernos de notas (y algunos trozos de papel añadidos con precipitación) la ayudaron, más que nada, a mantener un vestigio de cordura en un mundo de devastación y crisis de los valores morales. Se trata, literalmente, de "memorias del subsuelo", escritas en un refugio antiaéreo que también debía ofrecer protección contra el fuego de artillería, el pillaje y las agresiones sexuales del victorioso Ejército Rojo. Todo aquello de lo que disponía era un trozo de lápiz, y debía trabajar a la luz de las velas, puesto que Berlín se encontraba sin suministro eléctrico. Refugiada en un sótano, su capacidad de percepción se encontraba seriamente limitada por la total suspensión de los medios informativos. A falta de periódicos, radio y teléfono, los rumores eran la única fuente de noticias del mundo exterior. Hasta pasados unos meses, cuando ya una apariencia de normalidad había vuelto a la ciudad desvastada, no pudo copiar y corregir sus "121 páginas en el papel grisáceo de la guerra". Como responsable de la reedición de este texto tras cuarenta años de permanencia en el olvido, me siento obligado a respetar el deseo de la autora de permanecer en el anonimato. Por otro lado, desearía presentar los hechos que avalan la autenticidad de su testimonio. En el mundo actual de los medios de comunicación, donde abundan toda clase de trucos, esto acaba siendo una necesidad.
Resulta evidente que la mujer que escribió el libro no era una simple aficionada, sino que se trataba de una periodista con experiencia. Ella alude a varios viajes que realizó como reportera, entre otros países, a la Unión Soviética, donde adquirió conocimientos básicos de ruso. Podemos deducir que continuó trabajando para una editorial o en diversas publicaciones periódicas después de que Hitler alcanzara el poder. Hasta 1943-1944 se continuaron publicando varias revistas como Die Dame o Koralle, en las cuales era posible mantenerse al margen de la inexorable campaña propagandística impuesta por el doctor Joseph Goebbels.
Es probable que, en este medio profesional, nuestra anónima conociera a Kurt W. Marek, crítico y periodista nacido en 1915 en Berlín, que había empezado su carrera en 1932. Durante los años nazis, trabajó para publicaciones semanales como el Berliner Illustrierte Zeitung, haciendo lo posible para pasar desapercibido. Alistado con carácter forzoso en 1938, sirvió como reportero en Polonia, Rusia, Noruega e Italia. Resultó herido en Monte Cassino y fue hecho prisionero de guerra por el ejército americano. Después de la guerra, fue licenciado por el gobierno militar y pudo reiniciar su carrera como editor de uno de los primeros periódicos autorizados en Alemania. Más tarde, trabajó para 'Rowohlt', una gran editorial de Hamburgo, desde donde lanzó un libro que le daría fama internacional. Bajo el seudónimo de C. W. Ceram, un anagrama de su propio nombre, publicó un éxito de ventas sobre la historia de la arqueología: Dioses, tumbas y sabios.
En cualquier caso, fue a Marek a quien la autora confió el manuscrito, después de cambiar los nombres de las personas que aparecían en el libro y eliminar ciertos detalles delatores. Marek, quien tras su éxito internacional se había mudado a los Estados Unidos, le añadió un epílogo y consiguió que lo publicara un editor americano en 1954. Así fue como Una mujer en Berlín apareció primero en versión inglesa, a la cual siguieron traducciones al noruego, italiano, danés, japonés, español, francés y finlandés.
Tuvieron que pasar cinco años más para que el original en alemán viera la luz, e incluso entonces no fue a cargo de una editorial alemana, sino de Kossodo, una pequeña editorial suiza con sede en Ginebra. Obviamente, el público alemán no estaba preparado para enfrentarse a ciertos hechos desagradables. Uno de los pocos críticos que lo reseñó se lamentó de lo que dio en denominar "la desvergonzada inmoralidad de la autora". No era de esperar que las mujeres alemanas hicieran mención de la realidad de las violaciones; ni que presentaran a los varones alemanes como testigos impotentes cuando los rusos victoriosos reclamaban a sus mujeres como botín de guerra. (Según los cálculos más fiables, más de cien mil mujeres fueron violadas en Berlín en las postrimerías de la guerra.)
Las inclinaciones políticas de la autora constituyeron una circunstancia agravante: carente de autocompasión, con una mirada fría hacia el comportamiento de sus compatriotas antes y después de la caída del régimen, rechazó la complacencia y la amnesia de la posguerra. No es de extrañar que el libro fuera acogido con hostilidad y silencio. En los años setenta, el clima político había cambiado, y comenzaron a circular por Berlín fotocopias del texto, que hacía ya tiempo que se encontraba agotado. Los estudiantes del 68 las leyeron, y las adoptó el floreciente movimiento feminista. Cuando me aventuré en el mundo editorial, creía que había llegado el momento de reeditar Una mujer en Berlín. Éste resultó ser un proyecto plagado de dificultades. No era posible dar con la autora sin nombre, el editor original había desaparecido, y no estaba claro a quién pertenecían los derechos de autor. Kurt W. Marek había muerto en 1972. Siguiendo una corazonada, me puse en contacto con su viuda, que resultó conocer la identidad de la autora. Me informó de que Anónima no deseaba que su libro se reimprimiera en Alemania mientras ella estuviera viva, lo cual es comprensible si tenemos en cuenta la fría acogida con que fue recibido en 1957.
Finalmente, en 2001, la señora Marek me comunicó que la autora había fallecido, y su libro pudo al fin reaparecer tras un paréntesis de cuarenta años. Durante todo este tiempo, la situación política en Alemania y Europa sufrió cambios fundamentales. Comenzaron a aflorar toda clase de recuerdos reprimidos por la memoria colectiva, y fue posible discutir temas que habían sido considerados tabú durante mucho tiempo, circunstancias que habían pasado desapercibidas ante la magnitud del genocidio alemán tales como la extensa colaboración de Francia, Holanda, el antisemitismo de Polonia, el intenso bombardeo de la población civil y la limpieza étnica de la posguerra.
Europa encontró en sí misma materias dignas de estudio. Se trataba, naturalmente, de temas difíciles y moralmente ambiguos, fácilmente explotados por revisionistas de todas las tendencias, pero está claro que hubo ocasión de incorporar todos los hechos en la agenda histórica y abrir un debate serio.
Es éste el contexto en el que Una mujer en Berlín y otros testimonios de los cataclismos del siglo XX deben leerse hoy en día. En el caso alemán, cabe destacar que los mejores registros personales disponibles son diarios y memorias escritos por mujeres. (Ruth Andreas-Friedrich, Volkonski, Lore Walb, Ursula von Kardoff, Margret Boveri, la princesa Wassilikow, Christabel Bielenberg.) Fueron ellas quienes mantuvieron una apariencia de cordura en un entorno de caos creciente.
Mientras los hombres combatían en una guerra devastadora lejos de casa, las mujeres resultaron ser las heroínas de la supervivencia entre las ruinas de la civilización. En la medida en que existió un movimiento de resistencia, fueron ellas quienes atendieron a su logística, y cuando sus maridos y novios volvieron desmoralizados, envueltos en harapos y anonadados por la derrota, fueron ellas las primeras en despejar el terreno.
Esto no quiere decir, naturalmente, que las mujeres no cumplieran una función en el universo nazi. Nuestra Anónima sería la última en pretender el respaldo de principios morales. Ella es una implacable observadora que no se deja llevar por el sentimentalismo o los prejuicios. Aunque no era del todo consciente de la enormidad del holocausto, vio claramente que los alemanes habían revertido en sí mismos el sufrimiento que habían infligido a otros.
A través de las pruebas a las que la sometió el siglo que le tocó vivir, mantuvo no sólo la entereza de su orgullo, sino también un sentido de la decencia muy difícil de encontrar entre las ruinas del Tercer Reich.
Hans Magnus Enzensberger
Editado por Anagrama, la traducción es de Jorge Seca.
A continuación, la reseña publicada en LETRAS LIBRES:
Una mujer en Berlín, de Anónima
por Luis Fernando Moreno Claros
Hasta hace apenas una década, en Alemania era un tabú cuestionar abiertamente la cruel y probablemente inútil destrucción de ciudades monumentales como Dresde o Colonia por la aviación aliada durante la Segunda Guerra Mundial. Oficialmente había que considerar semejantes acciones como males necesarios para liberar del nazismo a la propia Alemania y a Europa, y ello a despecho de los cientos de miles de víctimas civiles que perecieron en los bombardeos y de los cientos de miles que perdieron sus hogares; del mismo modo se justificarían también poco después las bombas atómicas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki: fueron necesarias para terminar la guerra con Japón. Hoy se cuestiona si no cabría hablar más bien en ambos casos de "crímenes de guerra".
Pero junto al tabú de los bombardeos aliados y sus nefastas consecuencias para bienes y personas subsiste otro tabú un tanto más difícil de vencer: el espinoso tema de las violaciones masivas de mujeres y niñas alemanas por los soldados del Ejército Rojo durante la denominada "liberación" de Prusia Oriental y la toma de Berlín, en el invierno y la primavera de 1945. Libros como El incendio, del alemán Jörg Friedrich, o Berlín. La caída: 1945, del británico Anthony Beevor (ambos en Editorial Crítica), recientes éxitos de ventas en toda Europa después de su enorme impacto en Alemania, deben su calurosa acogida a que se han atrevido a tratar abiertamente y con mirada histórica tanto el bombardeo de las ciudades alemanas como las proezas sexuales del Ejército Rojo en territorio alemán conquistado, tema este último en el que Beevor hace un necesario hincapié.
En efecto, en la detallada narración de los avances del ejército de Stalin hacia Berlín, el autor de La caída no omite la referencia al miedo cerval de los civiles y, sobre todo, de la población femenina frente a la llegada de los rusos. Aparte de asesinar a cualquier varón que les opusiera la más mínima resistencia, la violación de toda mujer o niña que tenía la desgracia de toparse con ellos era operación obligada para esos guerreros sedientos de algo más que de sangre. Escaso fue el número de mujeres que escapó a las ansias amatorias de los miembros del Ejército Rojo, borrachos como cubas en la mayoría de los casos: los alemanes, en su retirada, les dejaban alcohol a discreción a fin de retardar el avance de un ejército de beodos. Pero las consecuencias del exceso etílico las pagaban las "perras fascistas".
Beevor no olvida aclarar que el Ejército Rojo tenía una deuda pendiente con la Wehrmacht alemana; los soldados de Hitler incendiaron, saquearon, violaron y asesinaron a conciencia cuando invadieron Rusia, en 1941. Así que el desafuero soviético fue excusado por muchas personas como un lógico acto de venganza. Los comisarios políticos estalinistas explotaron la sed de revancha de los soldados e impartieron consignas de odio que embravecieran a sus tropas: "Matad alemanes, odiad Alemania y todo lo alemán, matad cerdos fascistas", etcétera. Así que, inflamados de odio, los alemanes y las alemanas carecían de valor para ellos: los superhombres se tornaron infrahumanos.
La crueldad de los rusos con los civiles y, principalmente, aquellas violaciones en masa fueron la razón de que los alemanes prefirieran ser vencidos por los americanos o los ingleses antes que caer en manos de los soviéticos. El ejército americano o el inglés -salvo en casos aislados- jamás cayó en semejantes desmanes. Los rusos, en general más primitivos, incultos y abotargados por la ideología estalinista, excesivamente limitados en su visión del mundo, empobrecidos mayoritariamente por el comunismo, reprimidos sexualmente en un Estado que despreciaba el erotismo, se comportaban en la rica y civilizada Alemania como bestias desatadas; en cambio, los soldados de los ejércitos americano y británico, educados en Estados de arraigada tradición democrática, en los que la vida humana -al menos teóricamente- se valoraba por encima de cualquier otro bien, se comportaban con mayor fiabilidad en lo que se refiere al respeto físico del enemigo vencido. Esta es la idea que hoy prevalece entre los más prestigiosos historiadores; pero claro, no hay que olvidar que los americanos e ingleses mataban desde el aire con sus innumerables racimos de bombas incendiarias. De ahí que, como puede leerse en Una mujer en Berlín, el libro objeto de esta reseña, muchas alemanas hubieran acuñado un cáustico lema: "Mejor un ruso en la barriga que un americano en la cabeza"; esto es, mejor pasar por el trauma de la violación y vivir con semejante deshonra que perecer entre las ruinas de la propia casa con toda la familia.
Este extraordinario testimonio, rescatado en Alemania por Hans Magnus Enzesberger para su serie de obras curiosas Die andere Bibliothek (La otra biblioteca), es el diario de una sobreviviente, de una mujer alemana, soltera, de 33 años, culta e inteligente, cosmopolita y curiosa, a la que el destino pilló en la capital del Reich mientras trabajaba en una editorial. Desde el 20 de abril hasta el 22 de junio de 1945 anotó casi a diario sus peripecias y las de sus conocidos y vecinos durante los días que siguieron a la conquista de Berlín por los rusos.
El relato es muy fluido, de enorme intensidad y tensión dramática. Los primeros días, escondidos en el sótano, y luego, ya habitando en sus pisos destrozados, sin luz eléctrica ni agua corriente, un pequeño grupo de berlineses (quedaban aún vivos alrededor de cuatro millones de civiles, escondidos o dispersos entre las ruinas), compuesto por un puñado de atemorizados varones y una decena de mujeres de diversas edades, tiene que soportar la presencia de los vencedores rusos, pesados moscardones que contemplan a toda mujer como botín de guerra.
Según este relato, los soldados soviéticos, ya saciados de sangre, después de intensos meses de desmanes y batallas, no se muestran especialmente agresivos con los cavernícolas civiles a su llegada a un Berlín despanzurrado, pero sí extraordinariamente lascivos en lo que respecta a las alemanas. Además del hambre y la muerte de sus allegados, las mujeres tienen que cargar también con la violación. El "aquí te pillo aquí te violo" -la expresión es de la autora- es algo a lo que se exponen casi en cuanto salen a la luz e incluso por las noches en los pisos de puertas débiles y mal atrancadas; de ahí que la mayor parte de ellas prefiera permanecer escondida en lúgubres nichos o elevadas buhardillas. Aunque hay otras formas de violación más sutiles y la brutalidad del principio va adoptando formas más llevaderas: al cabo de unos días los rusos toman "novias" y se "enamoran" de una mujer concreta a la que convierten en su amante obligada. Ésta gana el favor del enemigo y gracias a ello puede proteger a sus conocidos así como recibir alimentos. Si las elegidas no ceden, ponen en peligro a todos cuantos se refugian junto a ellas.
Finalmente, como la violación resulta ser una especie de plaga colectiva que sólo las afecta a ellas, las mujeres terminan por sobrellevar su desgracia con resignación. Ello las une y las solidariza entre sí y su unidad excluye a los derrotados varones alemanes, impotentes ante la vehemencia de los rusos. De manera que, en semejantes circunstancias, fue el "sexo débil" el que tuvo que transformarse en fuerte: "Una y otra vez voy notando en estos días cómo se transforma mi percepción de los hombres, la percepción que tenemos todas las mujeres en relación con los hombres. Nos dan pena, nos parecen tan pobres, tan débiles, el sexo debilucho".
La autora de Una mujer en Berlín tampoco escapa al destino femenino común. En cuanto llegan los rusos, varios soldados la someten en repetidas ocasiones a "eso" (así se refieren las mujeres a un asunto que al principio tratan con pudor y del que terminarán hablando abiertamente con todo el que pueda escucharlas). Como tiene algunas nociones de ruso -la despabilada joven había viajado también a Rusia por motivos de trabajo- también las aprovecha: así que con sus chapurreos hace de intermediaria entre los vecinos y los vencedores, evita alguno que otro abuso mortal y logra ganarse algo de respeto. También ella se busca un protector, uno que sea fuerte entre la horda y la defienda de las violaciones indiscriminadas. Así que, como tantas mujeres, terminará convertida en presa voluntaria y en botín exclusivo de algunos oficiales que la tratan con menos desprecio del habitual. "Cama por comida" y "cama por protección" fueron tratos comunes entre vencedores y vencidas. Y es que, a la larga, el hambre pesaría más que la humillación. Pero las mujeres terminan por hacer de la necesidad, virtud. Los antiguos principios, la moral, el pudor, todo lo han deshecho las bombas, unas situaciones extremas propiciadas por la muerte desquiciadora modifican y acuñan la nueva ética ocasional de las sobrevivientes.
Por lo demás, las mujeres sobreviven y olvidan; y, a su modo, algunas hasta se mofan y se aprovechan de los vencedores. La autora nos deja unas descripciones impagables de la necedad y la zafiedad de los rusos, simples bestias planas y aniñadas. De "hombría" carecen totalmente. Más bien parecen torpes chiquillos sueltos en una tienda de juguetes. Berlín entero es una cueva de Alí Babá que esconde tesoros sin cuento: mujeres, ropa, relojes... Estos últimos los lucen a pares o a docenas mientras se pavonean enseñándolos a todo el mundo e incluso se los roban entre sí.
Poco a poco, después de que los oficiales o los soldados de mayor rango hayan dejado muy claros cuáles son sus respectivos "cotos de cama" -otra acertada expresión de la autora-, la protagonista comienza una vida algo más segura. Los días pasan y sus oficiales la mantienen, asegurando también la supervivencia de sus vecinos. Finalmente, después de casi un mes de incertidumbres y penalidades, la situación en el Berlín conquistado se hace menos peligrosa. Un atisbo de normalidad asoma entre las ruinas. Se llama a los cavernícolas a la limpieza de escombros, y las mujeres y chicas jóvenes pueden volver a salir a las calles con relativa seguridad. Hasta se establecen controles sanitarios para revisar y asesorar a las violadas. Y muchas de ellas hacen chistes respecto de las situaciones más traumáticas. Un acre humor negro alivia las consecuencias de la desgracia y da paso, en definitiva, a la excitación de los sobrevivientes, fruto de la vida que continúa y que, de manera consciente o inconsciente, pugnará por sepultar en lo más hondo de la memoria las negras nubes del pasado.
Precisamente este tipo de humor e ironía consiguen que unos hechos tan incómodos, una historia desagradable y tan triste como ésta atrape al lector y termine seduciéndolo: como siempre, será la fortaleza humana la que venza a la necedad, la valentía del individuo aislado la que quede por encima del colectivismo abstruso.
Una mujer en Berlín no agradó en Alemania cuando se publicó por primera vez en 1957 (poco antes, en 1954, había aparecido en versión inglesa, y, en seguida, el libro fue traducido a varios idiomas más, entre ellos el español). Los hombres alemanes se sintieron incómodos, y también muchas mujeres. El relato aireaba aquello que era mejor mantener oculto, por pudor y vergüenza. Los varones habían hecho la guerra -su guerra- y todo el mundo había salido perdiendo, las mujeres de aquella manera. La credibilidad y el culto a la jactanciosa "virilidad" de los machos alemanes quedaban seriamente dañadas. Pero no sólo eso, al entender de muchos lectores, es la "virilidad" de todos los varones en general la que después del relato no levanta cabeza. Frente a los hombres, inconscientes y guerreros, se alza más poderoso el pragmatismo y hasta el sentido común de las mujeres: éstas demostraron poseer más capacidad de resistencia, ser quizás más "aptas para la vida" en circunstancias no convencionales. "Anónima" afirma en determinado momento: "Tengo la sensación de que estoy bien pertrechada para la vida". Esa sensación podían tenerla también la mayoría de las mujeres que supieron sobrevivir a aquella tragedia. Pero la opinión pública, hipócrita casi siempre, no se lo perdonaba a la autora, e incluso se le reprochó su "desvergüenza" y frivolidad al tratar del tema tabú. Lo mismo hicieron muchos hombres al regresar de la guerra y enfrentarse con sus hembras violadas: prefirieron ignorar los hechos y el sufrimiento de sus mujeres, no saber, no sentir, no pensar. Era mejor olvidar por el bien de todos, y de repente aquel libro se empeñaba en recordar.
Hay que elogiar la estupenda traducción, que capta tan notablemente la cantidad de matices de un relato escueto e irónico, tan sencillo y natural como el abierto y sereno carácter de la valiente autora.
Ahora, unas imágenes de la película basada en el libro, dirigida por Max Färberböck:
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domingo, 18 de julio de 2010
CINE. "En el límite del amor". TRÁILER: sobre la vida del poeta Dylan Thomas
Gracias a Virginia Molina
jueves, 17 de junio de 2010
PRENSA. CINE. "Vincere", de Marco Bellocchio
En "El País":
El dictador amoroso
Javier Ocaña 11/06/2010
De las variadas amantes de Benito Mussolini, anteriores o paralelas a su matrimonio con Rachele Guidi, Ida Dalser es la menos conocida tanto histórica como cinematográficamente, pero quizá la más importante para el legado posterior. La actriz Clara Pettaci, a la que interpretó Claudia Cardinale en la película de 1985 Claretta, pasó a la posteridad por ser fusilada por los partisanos junto al Duce el 28 de abril de 1945.
La periodista y escritora Marguerita Sarfatti, a la que interpretó Susan Sarandon en la magnífica Abajo el telón, llegó a intentar vender la imagen de Mussolini entre los estadounidenses, con la mediación de W. R. Hearst. Sin embargo, poco se sabe de Dalser, salvo que incluso pudo llegar a casarse en 1915 con el político italiano, entonces recién expulsado del Partido Socialista, y engendrar un hijo del futuro dictador. Marco Bellocchio, conciencia de la política y la historia de Italia a través de sus películas, propone en la mastodóntica, fascinante, desequilibrada, hiperbólica e interesantísima Vincere un recuerdo de la figura de Dalser que, al mismo tiempo, funciona como retrato convergente del Duce, al que aborda desde la ficción, pero también desde el documental.
Desde su impresionante debut en 1965 con Las manos en los bolsillos, golpe bajo a la decadente burguesía, Bellocchio ha asaltado desde una mirada político-social de izquierdas los más variados tabúes reinantes en la sociedad italiana, entre ellos el de la fe católica en la apasionante La sonrisa de mi madre, o el siempre conflictivo asesinato de Aldo Moro por parte de las Brigadas Rojas, registrado con brutal sequedad en Buenos días, noche. En Vincere decide acercarse a la relación entre Mussolini y Dalser con esa grandilocuencia característica de películas fallidas de su filmografía como La marcha triunfal o El príncipe de Homburg. Utilizando una insistente banda sonora casi nunca cercana a la melodía y enfatizando cada una de las acciones a través de recursos de puesta en escena quizá algo añejos, Bellocchio construye una película cercana a lo operístico y a un paso de lo cargante.
Sin embargo, en una decisión tan arriesgada como narrativamente demoledora, resuelve fundir ficción y documental con un golpe de mano de autor prodigioso. Así, mientras en la mitad inicial de la película había utilizado a un actor para interpretar al joven Mussolini, aún abrazado a las ideas socialistas y tan rotundo en sus discursos como en la cama, llegada la hora del abandono de la amante y de su hijo por lo que poco a poco se iría convirtiendo en el Duce, Bellocchio se lanza a mostrar al dictador italiano únicamente con imágenes de archivo de sus discursos. De modo que frente a la ausencia física del amante y padre, frente a la degradación de la mujer que lucha por su pasado y por el futuro de su hijo, se impone la descomunal presencia de un fantoche encantado de conocerse que provoca los aullidos de la plebe con gesticulación de moderna estrella del rock. Y esas imágenes, lamentablemente históricas, provocan más pavor que cualquier película.
VINCERE
Dirección: Marco Bellocchio. Intérpretes: Giovanna Mezzogiorno, Filippo Timi, Fausto Russo Alesi, Michela Cescon.
Género: drama. Italia, 2009. Duración: 118 minutos.
Tráiler, en italiano:
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