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viernes, 13 de septiembre de 2013

PRENSA CULTURAL. Sobre "Los ingenuos", última novela de Manuel Longares

Manuel Longares. / ÁLVARO GARCÍA (EL PAÍS)

   En "El País":

Escribir, esa maravillosa banalidad

Manuel Longares recorre, en su novela ‘Los ingenuos’, el Madrid popular que transcurre desde antes de la Guerra Civil hasta la muerte de Franco

 10 SEP 2013

Defiende Manuel Longares que la literatura es algo banal, un entretenimiento sin mayor importancia, incluso condenado a desaparecer. Y lo hace con una modestia no muy habitual en su gremio. “Yo es que ese ego no lo he tenido nunca. He tenido orgullo. Defender que no me pusieran una coma porque era mi estilo, eso sí. Y en ese sentido el periodismo lo llevaba mal. Pero, al fin y al cabo, escribir novelas no es una cosa que aporte mucho a la marcha de la humanidad. No cortas un apéndice, no eres un físico cuántico. Ni siquiera un político. Escribes para que la gente se solace; para explicar cómo discurre la vida. Y ya está. No hay más”.
Resulta extraño escuchar esto al escritor madrileño de 70 años, premio Nacional de la Crítica en 2001 por Romanticismo, para muchos y muy respetados colegas de profesión una obra maestra sobre la Transición. Pero él no duda. “Escribir ficción es reflejar la vida que pasa. Y, para determinada gente, poca, cada vez menos, aunque entre ella pueda estar yo, es la Biblia. Pero en ningún caso es la vida. Es un refugio para un puñado de lectores, una forma de protegerte del exterior que no cambiarías por nada, pero una novela es solo eso: una novela. La literatura cada vez tiene menos fuerza. Yo creo que está condenada a desaparecer. Se lleva como una deficiencia interna. Si te gusta eres un raro”.
A pesar de esta visión apocalíptica hoy presenta en sociedad su séptima novela, Los ingenuos (Galaxia Gutenberg/ Círculo de Lectores) y a este hombre tranquilo y reposado le espera una maratón de entrevistas. “De joven has estado fastidiado porque no te hacían caso, pues ahora te tienes que joder”. Cambiará por un día su rutina. Escribir desde que se levanta, a las cuatro de la mañana. “No es realmente una manía de autor. Es cierto que es buena hora para trabajar, no hay ruido ni suenan los teléfonos. Pero la realidad es que me voy pronto a la cama y me despierto a esa hora. Ya se sabe que los viejos dormimos poco”.
Su nueva obra narra las vicisitudes de una familia madrileña. Transcurre en tres momentos históricos, narrados como tres escenas, casi tres actos teatrales. El primero, desde antes de la Guerra Civil hasta finales de los años cuarenta. El segundo, en la década de los sesenta, y el último, en noviembre de 1975, días antes de la muerte de Franco. El epicentro es una lúgubre portería de la calle de las Infantas en los alrededores de la Gran Vía. Ese es un detalle que considera importante aclarar: no es un libro sobre esa arteria: “Novelas sobre la Gran Vía hay muchas, estos son los aledaños. Madrid tiene esa peculiaridad: una calle principal, majestuosa, y luego callejuelas a su alrededor notablemente más pobres, más deslucidas. Está claro que no hay rico impune. Cada uno tiene cinco o seis pobres detrás”.
No es el suyo el Madrid de la “relaxing cup of café con leche” que describió la actual alcaldesa ante el COI, una mención que le altera, aunque nunca sube la voz: “Es increíble, de verdad. Increíble. Yo he oído a una señora que el PP es el partido de los trabajadores. Y con el taconazo puesto. Sin ninguna vergüenza. Les va tan bien que no se dan cuenta que todo el mundo sabe que son unos tramposos. Si les llegan a dar los Juegos Olímpicos, se enriquecen 100 personas. Cien contados. Siempre pasa igual”.
La suya es una capital obrera. Una ciudad hecha por emigrantes que llegaban en tren. En Los ingenuos vienen desde Zaragoza, con una maleta y una talla de la Virgen del Pilar. “Madrid es un referente básico de la literatura española. Desde Galdós, por no hablar de los clásicos. Está también en los autores de los años cincuenta. En García Hortelano y en el mismo Juan Benet”.
Sonríe cuando, tras mencionar a Galdós, se le comenta que le incluyen en la lista de los grandes galdosianos. “Con galdosiano a secas me conformo. Hubo una época en la que era un autor despreciado. Pero hay que reconocer que es el creador de la novela moderna en España y posiblemente en el mundo”.
Asegura que hay poco de su biografía personal en Los ingenuos. Lo que hay son atisbos de realidad. Por ejemplo el Café Mañico, donde se reúnen los emigrantes maños a cantar jotas en la posguerra, está basado en uno que existió. “Había un Café Gaviria en la calle de Victor Hugo. Pero seguro que no está mi vida. Porque no tiene importancia y me daría vergüenza. ¿Qué cojones haces dándole la paliza a la gente con tu vida? ¿Qué les importa?”.
Su vida: Antes de escritor a tiempo completo fue periodista. Un oficio que no añora “Soy muy tímido y lo pasaba fatal. Entre periodismo y literatura hay muchas diferencias. El periodismo es el instante y opera sobre certezas. La literatura es mentira y opera sobre el pasado más que sobre el presente”.
Otra diferencia es el ritmo. Solo ha publicado siete novelas desde su debut en 1979. No es precisamente prolífico. “Para nada. Soy lento, muy lento, muy concienzudo. Muy de elaborarlo todo y dejar que madure solo. A veces estás escribiendo y piensas: ‘aquí voy demasiado rápido’. Entonces paras y te vas a pasear. Porque quieres que se sedimente, que repose. Eso te hace ser lento. Sería incapaz de hacer algo con un plazo breve”. Cuidando tanto cada frase es de suponer que tendrá algún hijo predilecto. “Tiendes a sobrevalorar las obras que no han sido apreciadas. Pero es una manera de engañarte, porque si no le han hecho aprecio, por algo será, joder. La gente no es tonta”.

viernes, 10 de junio de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Crítica de "Las cuatro esquinas", relatos de Manuel Longares

Manuel Longares

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Pliegos de cordel

JAVIER GOÑI 04/06/2011

   Podríamos dudar, en principio, si pintor de paleta de colores sombríos, pinturas negras del pasado inmediato; o si director de orquestina de titubeante batuta, que inicia, a la de tres, unas musiquillas de género popular, a la que es tan afín el autor de estas cuatro historias. Hay algo en este libro que las reúne de ronda de noche, de embozado vagabundear por las calles de Madrid, por cuatro épocas, esquinas, lienzos o teloncillos que se suceden. Suena música con aire zarzuelero, cantables ligeros, en la primera, años cuarenta y tantos, atroz posguerra, donde unos y otros, mezclados en las calles, en las escaleras de comunidad, se reconocen, vencidos y vencedores, unos callan, los otros alborotan. Una buena capa de pintura, que disimula acaso desconchones de otra década, y estamos, en la segunda, en los sesenta y tantos: las épocas en este libro son de goma elástica, e igual asoma Julián Grimau por una ventana trasera de la DGS que Sandie Shaw, descalza, por los televisores B/N, cuando Eurovisión. Hijos o nietos de los cuarenta y tantos acceden, en los sesenta y tantos, a otras costumbres, a otros porvenires: la universidad, la cultura, se nota en las conversaciones, en las ilusiones, y sueños. En la historia primera todo era gris, apenas unas notas de piano que huían por una ventana entreabierta; en esta otra, los cristales de las ventanas amenazan rotura por ese impulso juvenil, y se cuela la vida, otra, y todo se airea, o casi. La tercera historia es la de los ochenta y tantos, con sus miradas hacia atrás y hacia delante, ese tardofranquismo dinamitado aunque todo esté lleno de cascotes y los jóvenes, de la anterior, pasan de ser (per)seguidos a ser escoltados (algunos) por los mismos rufianes, que cumplían órdenes. La primera esquina es coral: espléndido ese Madrid de millón de cadáveres y una mujer con alcuza: todos topos de su (mala) suerte. Varias y muy distintas las voces de la segunda esquina, aunque el lienzo esté ordenado por esa mirada de la chica universitaria. En la tercera esquina, la voz es una, indignada y perpleja, la de un esbirro del poder que se adapta a lo nuevo. La última esquina -inicio de este siglo- es melancólica, el telón no es de colores sombríos, lo sombrío lo da el ver cómo se va la vida, la de estos viejos músicos, que tienen que enterrar a uno de ellos, de cierta celebridad. Se echa el telón definitivo. Longares ha compuesto un lo que sea que arranca en posguerra y rebasa el siglo XX y lo hace con sabiduría de ciego de feria que va con sus pliegos de cordel, y a cada época, a cada momento más o menos sombrío, un estilo, un lenguaje, una mirada. Y además, cierta melancolía, humor y suave ironía. Cuatro historias, pues, cada una con sus claroscuros y su elenco dispar, pero en todas permanece en pie un mismo Madrid de tiovivo, que gira y gira, una misma atmósfera, y en el bulla-bulla el pasar de las gentes, que no protagonizan nada, a lo más -advierte el autor- son el pretexto para que cada una de esas épocas se pronuncie. Y las cuatro, leídas de tirón, acaban consiguiendo lo que buscaba el autor con estos pliegos de cordel. El aplauso del respetable, que obtiene como es de justicia.

Las cuatro esquinas
Manuel Longares
Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores
Barcelona, 2011. 147 páginas. 16,90 euros

jueves, 19 de mayo de 2011

PRENSA. 19 mayo 2011

   En "El País":

1. Somos. Columna de Maruja Torres.

2. La hoguera y las cenizas. Por Vicente Verdú.

3. "El franquismo está ahí, lo tocas". Entrevista. Por Juan Cruz. Manuel Longares recorre la memoria de España en 'Las cuatro esquinas'. 

4. Estados Unidos después de Osama. Artículo de Norman Birnbaum, catedrático emérito en la Facultad de Derecho de la Universidad de Georgetown. Traducción de Juan Ramón Azaola.

5. De mayo a mayo y se acabó el 68. Artículo de Daniel Serrano, periodista y coautor junto a su hermano Ismael Serrano de la canción Papá, cuéntame otra vez.

6. DSK: sexo, poder y violencia de género. Artículo de Ruth Rubio Marín, catedrática de Derecho Público Comparado del Instituto Universitario Europeo, Florencia, en excedencia de la Universidad de Sevilla; y de Stéphanie Hennette-Vauchez, profesora de Derecho de la Universidad de París Oeste Nanterre La Défense. Si se confirma que Dominique Strauss-Kahn, el director del FMI, cometió la agresión de la que le acusan, nuestras democracias deberían cerrar filas y articular una condena unánime de los abusos sexuales.

7. Ventanas para la paz. Por Lluís Bassets.