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viernes, 21 de diciembre de 2012

PRENSA CULTURAL. Sobre la biografía de Unamuno, de Jon Juaristi. Félix de Azúa

Félux de Azúa

   En "El País":

Unamuno, el vencido invicto

Jon Juaristi bucea en la vida y en la época de uno de los intelectuales más importantes de España en una obra recoge con brillantez las contradicciones de un tiempo terrible.

Las mismas que rigieron el destino de Unamuno

 8 DIC 2012

Entre los muchos que proporciona, uno de los mayores placeres de la literatura es el de convertir en literatura a los autores de la literatura. Todos sus lectores hemos imaginado a Garcilaso atacando una fortaleza espada en mano o a Berceo bebiendo un vaso de vino en compañía de otros errabundos con los que coincidía en la posada. Es una tentación irresistible. Seguramente si los estudios literarios severos, en especial los estructuralistas y analíticos, no han alcanzado la difusión de los viejos tratados filológicos de Auerbach ,Menéndez Pidal o Spitzer es por esa amputación de la mitad del placer. La obra de arte sin autor, gran fantasía francesa del siglo pasado, es teóricamente irreprochable y debe ser defendida en la Universidad, pero es también inaceptable para un lector educado.
Los autores reclaman ser imaginados junto a sus criaturas, es una de las razones por las que escriben. Y un modo agradable de imaginarlos es el de leer sus biografías, algunas más literarias que las obras del biografiado. Pocos leen hoy a Frederick Rolfe (con razón), pero su biografía, The quest for Corvo, de A.J.A. Symons, sigue siendo una de las más perfectas obras literarias del siglo XX. He aquí un escritor que casi puede decirse que sobrevive gracias a su biógrafo.

Hay autores que piden ser alternativamente odiados y amados
Rolfe era un ser odioso, un mal bicho a quien todos detestaban y su biógrafo no pudo evitar la repugnancia. O quizás fuera mejor decir que solo pudo evitarla mediante los recursos del arte narrativo. Otros escritores, por el contrario, no pueden ser odiados de ninguna manera. Antonio Machado es el caso supremo. Si usted encuentra a alguien que diga odiar a Machado, apártese de él a toda prisa. Lávese luego entero en cuanto pueda. Es muy probable que pertenezca a alguna de las sectas satánicas más peligrosas después de la de Charles Manson.
Finalmente hay autores que piden ser alternativamente odiados y amados. Y ese es el caso que ahora nos ocupa, el de Unamuno y la biografía, a mi entender soberbia, que ha escrito sobre él Jon Juaristi. Soberbia biografía porque Unamuno, sin dejar la escena en ningún momento, a veces es solo un trasunto que le permite a Juaristi hablar sobre las guerras carlistas, la renovación de la panadería en Bilbao, el periodismo caciquil, el puente colgante, la invención del folclore vasco, la mujer de Sabino Arana, en fin sobre todas aquellas cosas que hacen de una biografía una pieza literaria de gran enjundia.

El libro es por encima de todo una pieza literaria de gran enjundia
Y como debe ser, Juaristi a veces ama a Unamuno y a veces le odia. El lector agradece esa ducha escocesa, porque le sucede exactamente lo mismo cada vez que se pone a leer a Unamuno, que suele ser a menudo. Así, por ejemplo, el lector agradece que Juaristi no disimule la conducta canallesca de Unamuno con Valentín Hernández, el editor de La Lucha de Clases que fue a la cárcel en su lugar. O sus grotescos ofrecimientos a los militares sublevados durante el año 1936. Unamuno tenía momentos odiosos porque era un hombre dotado de un enorme Ego, un Yo colosal que muchas veces ocupaba demasiado espacio, como decía Ortega cuando esperaba visita del vasco y había alguien en el despacho: “Salga usted ahora mismo, que viene Unamuno con su Yo, y no vamos a caber”.

Don Miguel era un hombre dotado de un enorme Ego, un Yo colosal
El Yo es una entidad peligrosa, entre otras cosas porque no contiene nada y debe ser ocupado de inmediato por alguna identidad (nacional, deportiva, religiosa, sexual, da lo mismo) a la que obedecer. Quien desee un planteamiento filosófico riguroso del problema, lea a Carlos Piera y su espléndido La moral del testigo (Machado). Unamuno, por tanto, llenaba constantemente su Yo con lo primero que le cayera en gracia identitaria. A veces era el vasco preterdiluviano, a veces el labriego intrahistórico, o bien el socialismo, aunque también el fascismo, qué le vamos a hacer. Por fortuna, la mayor parte de las veces no era la política lo que llenaba su identidad, sino los paisajes, los tipos, el crucificado, la diversidad de la convivencia, el campo, los campesinos, la literatura, don Quijote, la muerte, en fin todo lo inactual. Y entonces no hay más remedio que amarlo.

Sus días finales fueron un ejercicio agónico de despellejamiento
Juaristi, con una de las mejores prosas que se escriben hoy en España, repasa todos los aspectos de Unamuno, los amables y los odiosos, aunque predominan ampliamente, como era de esperar, los amables. Don Miguel ha dejado miles y miles de páginas (aún sin editar seriamente, a pesar de los esfuerzos magníficos de la Biblioteca Castro) que no son solo el mejor retrato de nuestra vida terrestre y anímica, sino que son nuestra exacta definición. He aquí, en este hombre tan poseído por su Yo, cómo se fue haciendo sitio un Yo trascendente que acabó por abarcarnos a todos sus lectores.
Sus terribles días finales, cercado por las hienas de Millán Astray,salvado del linchamiento por gente a la que despreciaba, horrorizado de lo que había dicho sobre los generales y la República, fueron un ejercicio agónico de despellejamiento en el que acabó por perder lo que le quedaba de Yo. Vio abrirse el abismo bajo sus pies y aquel temor y aquel temblor de que había hablado tanto y tan bien en sus ensayos, de repente era ya todo lo que le quedaba, temor y temblor. Es muy posible que entonces se abandonara al sosiego de no ser nadie y acabara sus días en paz.

lunes, 30 de enero de 2012

PRENSA. "El rector de Salamanca" (sobre Unamuno)

D. Miguel de Unamuno

   En "La Vanguardia":
El rector de Salamanca

   Sigue vigente esta dura reflexión de Unamuno referida a España: "¡Qué país, qué paisaje y qué paisanaje!".

31/12/2011

Juan-José López Burniol

   Hoy hace setenta y cinco años murió, en Salamanca, Miguel de Unamuno. Dos meses y medio antes de su muerte –concretamente el 12 de octubre– había tenido lugar el grave incidente que provocó su ruptura con la España nacional, después de que hubiese roto también con la España republicana. Aquel día –se ha repetido mil veces– se celebraba, en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, un acto con motivo de la fiesta de la Hispanidad, al que asistían Carmen Polo –mujer de Franco–, Millán Astray y José María Pemán. Mientras Millán profería brutalidades cuarteleras, Unamuno garabateaba sobre un papel. Cuando el militar terminó se levantó el rector, que lo era vitalicio. Se hizo un silencio expectante y Unamuno habló, interrumpido –a partir de cierto momento– por Millán y por los gritos del auditorio. Interesa hoy recordar tres de las ideas que expuso: 1. "Callar, a veces, significa mentir, porque el silencio puede interpretarse como aquiescencia". 2. "Se ha hablado aquí de guerra internacional en defensa de la civilización cristiana (...) Pero no, la nuestra sólo es una guerra incivil". 3. "Vencer no es convencer y hay que convencer sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión; el odio a la inteligencia, que es crítica".
   El tumulto que se armó fue enorme. Unamuno tuvo que salir protegido por Carmen Polo y Pemán. Aquella tarde, Unamuno se dirigió como todos los días al casino, del que era presidente honorífico, donde fue insultado y rechazado. Diez días después, Franco firmó un decreto por el que se le destituía de todos sus cargos. Lo mismo había hecho Manuel Azaña, al otro lado del frente, algún tiempo atrás. Estaba claro: no había sitio para la tercera España. Así lo había percibido él, unos días antes: "No son unos españoles contra otros (no hay anti-España), sino toda España, una, contra sí misma. Suicidio colectivo". Confinado en su casa y vigilado, salía sólo para dar una vuelta por la plaza Mayor. Un día, acompañado por Eugenio Montes, se dirigió a la tienda del marmolista que estaba haciendo la lápida para su mujer, muerta hacía poco, y, tras sacar un papel del bolsillo, dictó con cuidado los versos de su propio epitafio: "Méteme, Señor, en tu pecho, / misterioso hogar, / que vengo deshecho / de tanto bregar". Era el 21 de diciembre. Diez días después, murió. Antonio Machado –santo laico siempre generoso– escribió en su necrológica: "Murió, sin duda alguna, tan noblemente como había vivido". Rechazado por unos y por otros.
   "Cartujo laico, ermitaño civil y agnóstico, acaso desesperado de esta vieja España". Así se definía a sí mismo Miguel de Unamuno, protagonista destacado de la vida pública española durante el primer tercio del siglo XX. No fue –ni es– muy leído por el gran público, pero su figura estuvo siempre presente en el debate diario como un personaje raro, original y paradójico. Comenzó su participación en la vida pública fundando La Lucha de Clases, primer órgano socialista bilbaíno, y terminó ubicado –según Federico Urales– "en el anarquismo místico a lo Tolstói, en el anarquismo cristiano", si bien reconoce que, paradójico hasta el tuétano, "también de ahí se escaparía". Pero él tenía clara su misión: "Suele, con mucha razón, decirse que cada loco con su tema; y mi tema es el de la espiritualidad, el del estado íntimo de las conciencias de un país, de sus inquietudes supremas"; para concluir que: "Yo he buscado siempre agitar y, a lo sumo, sugerir más que instruir. Si yo vendo pan no es pan, sino levadura o fermento". Un valenciano –Vicente Blasco Ibáñez– veía al vasco de otra manera. Un día, estando ambos en el parisino café de la Rotonde, durante su exilio, le dijo: "Usted, Unamuno, con este aspecto levítico, debía ir a Norteamérica a fundar una religión y a hacerse rico". Unamuno lanzó a Blasco una mirada indignada.
   La sociedad española actual es enormemente distinta de la que conoció Unamuno. Su nivel de vida ha alcanzado cotas entonces inimaginables, y su integración en Europa torna antigua y extraña buena parte de la obra ensayística de Unamuno. ¿Qué sentido tienen hoy, por ejemplo, las muchas páginas que dedicó a la europeización de España y a la españolización de Europa? Pero siguen estando vigentes, hoy más que nunca, dos constantes de su obra. La primera es una decidida voluntad superadora de aquel sectarismo cerril y gregario que encubre –hoy igual que entonces– una grosera avidez garbancera, más escandalosa aún y más obscena en los que son de verdad ricos, es decir, en aquellos para los que su riqueza ha llegado a ser un instrumento de poder y de influencia. Y la segunda es su crítica del individualismo hispano, expresado en la atroz máxima de "ande yo caliente...", y que –bajo las formas del egoísmo personal, del corporativismo grupal y del secesionismo tribal– impide la consolidación de cualquier organización racional de la vida colectiva. En este sentido, sigue vigente esta dura reflexión de Unamuno referida a España: "¡Qué país, qué paisaje y qué paisanaje!".

domingo, 19 de junio de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Crítica de "Cuentos completos", de Miguel de Unamuno

Miguel de Unamuno

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Cuentos completos

ANA RODRÍGUEZ FISCHER 11/06/2011

   NARRATIVA. Leer estos Cuentos completos es asomarse a la vasta y plural obra de Unamuno, porque fueron escritos y/o publicados desde la juventud a la madurez del escritor (entre 1886 y 1923), están vinculados algunos a sus novelas y dramas, y abordan temas y conflictos medulares de su pensamiento siguiendo la personal poética narrativa del autor. Son en su mayoría relatos que tratan del sentimiento trágico de la vida cotidiana a partir de hombres y mujeres concretos, agonistas de carne y hueso o "seres naturales" inmersos en una situación -caso o conflicto- a partir de la cual se revela la persona, el modo de ser; porque no importa tanto lo que sucede, sino a quién le sucede (valga decir cómo se vive). "No es la cuestión que pasen muchas cosas en un cuento -escribe en 'El héroe'-; me parece que basta con que suceda una sola bien", y que ese acontecer encarne en un yo concreto "que alienta, que sufre, que goza, que vive" y es intransmisible y el único verdadero porque el otro es sólo una sombra: "El reflejo que de nosotros mismos nos devuelve el mundo que nos rodea por sus mil espejos" ('Una visita al viejo poeta'). Por ello, frente al despojamiento de todo lo exterior y material (la ausencia de descripciones es uno de los rasgos más visibles) y huyendo del literatismo (ornamento, gratuidad, insustancia), Unamuno concreta cuanto concierne al ser viviente, trátese de niños, ancianos, mujeres, hombres taciturnos y sombríos, jóvenes hastiados y abúlicos, filántropos transcendentales, españoles cainitas, filósofos, inventores, locos que se burlan de la lógica y de la realidad, tontos como Celestino -de 'El semejante', cuya "alma lo abarcaba todo en pura sencillez; todo era estado de su conciencia"-, maestros de primera enseñanza o semidurmientes (soñadores) que abrazan la vida. Unamuno siempre explora y hurga en lo íntimo -conciencia y sentimientos, no ideas- con el propósito de intensificar y acendrar la dimensión existencial: la persona en su ir viviendo. En este sentido, es muy interesante la poética expuesta en 'El cuento adánico', donde, a propósito de la lírica de Whitman, exalta el canto solo y desnudo, "sumergiendo el alma en su contenido ideal y empapándose en él sin añadido". De aquí, la estructura escénica de tantos relatos, con el predominio del diálogo, y la libérrima morfología y genealogía de los mismos (hay apólogos, poemas en prosa, narraciones utópicas, sátira política). Como en sus novelas, o como el anarquista ante la muerte con que se cierra el volumen, también aquí Unamuno metafisiquea y despliega buena parte de las antinomias que caracterizan su pensamiento: la defensa de la vida frente a la razón, la del amor frente al erotismo o la pedagogía, la del alma frente al nombre, la de la persona frente a la personalidad, la del sueño frente a la realidad temporal, la del egotismo (mismidad) frente al altruismo, la del campo o la naturaleza frente a la ciudad o la mecanópolis.

Cuentos completos
Miguel de Unamuno
Edición de Óscar Carrascosa Tinoco
Páginas de Espuma. Madrid, 2011
453 páginas. 27 euros

lunes, 9 de mayo de 2011

PRENSA. 9 mayo 2011

   En "El País":

1. Relámpagos para merendar. Reportaje de Elsa Fernández-Santos. Los 'Cuentos completos' de Unamuno reivindican el género que sirvió de campo de pruebas al escritor - "En sus relatos están todas sus ideas", dice el autor de la edición.

2. El búnker y la coartada yihadista. Artículo de Bernabé López García, catedrático de Historia del Islam Contemporáneo en la Universidad Autónoma de Madrid y miembro del 'Comité Averroes'. Sobre el atentado en Marraquech.

3. El gran saqueo. Artículo de Joaquín Estefanía, director del Informe sobre la Democracia en España, de la 'Fundación Alternativas'. La composición del paro en España multiplica la pobreza y la desigualdad. Los pobres son cada vez más pobres porque han perdido bienestar y los sectores más afectados por la crisis son los más vulnerables al desempleo.

jueves, 28 de abril de 2011

POESÍA. SEMANA DEL LIBRO. "Leer", de Miguel de Unamuno (1864-1936)

Miguel de Unamuno
Leer

Leer, leer, leer, vivir la vida
que otros soñaron.
Leer, leer, el alma olvida
las cosas que pasaron.
Se quedan las que quedan, las ficciones,
las flores de la pluma,
las solas, las humanas creaciones,
el poso de la espuma.
Leer, leer, leer, ¿seré lectura
mañana también yo?
¿Seré mi creador, mi criatura,
seré lo que pasó?

sábado, 22 de mayo de 2010

MIGUEL DE UNAMUNO. "Cruce de caminos" (cuento)

Don Miguel de Unamuno
Cruce de caminos
Entre dos filas de árboles, la carretera piérdese en el cielo, sestea un pueblecillo junto a un charco, en que el sol cabrillea, y una alondra, señera, trepidando en el azul sereno, dice la vida mientras todo calla. El caminante va por donde dicen las sombras de los álamos; a trechos para y mira, y sigue luego.
Deja que oree el viento su cabeza blanca de penas y años, y anega sus recuerdos dolorosos en la paz que le envuelve.
De pronto, el corazón le da rebato, y se detiene temblando cual si fuese ante el misterioso final de su existencia. A sus pies, sobre el suelo, al pie de un álamo y al borde del camino, una niña dormía un sueño sosegado y dulce. Lloró un momento el caminante, luego se arrodilló, después sentóse, y sin quitar sus ojos de los ojos cerrados de la niña, le veló el sueño. Y él soñaba entretanto.
Soñaba en otra niña como aquélla, que fue su raíz de vida, y que al morir una mañana dulce de primavera le dejó solo en el hogar, lanzándole a errar por los caminos, desarraigado.
De pronto abrió los ojos hacia el cielo la que dormía, los volvió al caminante, y, cual quien habla con un viejo conocido, le preguntó: "¿Y mi abuelo?". Y el caminante respondió: "¿Y mi nieta?". Miráronse a los ojos, y la niña le contó que, al morírsele su abuelo, con quien vivía sola —en soledad de compañía solos—, partió al azar de casa, buscando... no sabía qué...: más soledad acaso.
—Iremos juntos; tú a buscar a tu abuelo; yo, a mi nieta —le dijo el caminante.
—¡Es que mi abuelo se murió! —dijo la niña.
—Volverán a la vida y al camino —contestó el viejo
—Entonces... ¿vamos?
—¡Vamos, sí, hacia adelante, hacia levante!
—No, que así llegaremos a mi pueblo y no quiero volver, que allí estoy sola. Allí sé el sitio en que mi abuelo duerme. Es mejor al poniente, todo derecho.
—¿El camino que traje? —exclamó el viejo—. ¿Volverme dices? ¿Desandar lo andado? ¿Volver a mis recuerdos? ¿Cara al ocaso? ¡No, eso nunca! ¡No, eso sí que no, antes morirnos!
—¡Pues entonces... por aquí, entre las flores, por los prados, por donde no hay camino!
Dejando así la carretera fueron campo traviesa, entre floridos campos —magarzas, clavelinas, amapolas—, adonde Dios quisiera.
Y ella, mientras chupaba un chupamieles con sus labios de rosa, le iba contando de su abuelo cómo en las largas veladas invernizas le hablaba de otros mundos, del Paraíso, de aquel diluvio de Noé, de Cristo...
—¿Y cómo era tu abuelo?
—Casi era como tú, algo más alto...; pero no mucho, no te creas..., viejo..., y sabía canciones.
Calláronse los dos, siguió un silencio y lo rompió el anciano dando a la brisa que iba entre las flores este cantar:

Los caminos de la vida,
van del ayer al mañana,
más los del cielo, mi vida,
van al ayer del mañana.

Y al oírle, la niña dio a los cielos como una alondra, esta fresca canción de primavera:

Pajarcito, pajarcito,
¿de dónde vienes?
El tu nido, pajarcito,
¿ya no le tienes?
Si estás solo, pajarcito,
¿cómo es que cantas?
¿A quién buscas, pajarcito,
cuando te levantas?

—Así era como tú, algo más chica —dijo llorando el viejo—; así era como tú... como estas flores...
—¡Cuéntame de ella, pues, cuéntame de ella!
Y empezó el viejo a repasar su vida, a rezar sus recuerdos, y la niña a su vez a ensimismárselos, a hacerlos propios.
"Otra vez..." —empezaba él, y ella, cortándole, decía: "¡Lo recuerdo!".
—¿Que lo recuerdas, niña?
—Sí, sí, todo eso me parece cual si fuera algo que me pasó, como si hubiese vivido yo otra vida.
—¡Tal vez! —dijo el anciano pensativo.
—Allí hay un pueblo: ¡mira!
Y el caminante vio en una loma humo de hogares. Luego, al llegar a su espinazo, al fondo, un pueblecillo agazapado en rolde de una pobre espadaña, cuyos dos huecos con sus dos chilejas, cual dos pupilas, parecían mirar al infinito. En el ejido, un zagalejo rubio cuidaba de unos bueyes que bebían en una charca, que, cual si fuese un desgarrón de tierra, mostraba el cielo soterraño, y en éste otros dos bueyes —dos bueyes celestiales— que venían a contemplar sus sombras pasajeras o darles nueva vida acaso.
—Zagal, ¿aquí hay donde hacer noche, dime? —preguntó el viejo.
—¡Ni a posta! —dijo el mozo—. Esa casa de ahí está vacía; sus dueños emigraron, hoy sirve nada más que de guarida para alimañas. Pan, vino y fuego aquí nunca se niega al que viene de paso en busca de su vida.
—¡Dios os lo pagará, zagal, en la otra!
Durmiéronse arrimados y soñaron, el viejo, en el abuelo de la niña, y ella, en la nietecita que perdiera el pobre caminante. Al despertar miráronse a los ojos, y como en una charca sosegada que nos descubre el cielo soterraño, vieron allí, en el fondo, sus sendos sueños.
—Puesto que hay que vivir, si nos quedáramos en esta casa... ¡La pobre está tan sola! —dijo el viejo.
—Sí, sí: la pobre casa... ¡Mira, abuelo, que el pueblo es tan bonito! Ayer, el campanario de la iglesia nos miraba muy fijo, como yendo a decir...
En este punto sonaron las chilejas. "Padre nuestro que estás en los cielos...".  Y la niña siguió: "¡Hágase tu voluntá así en la tierra como en el cielo!". Rezaron a una voz. Y salieron de casa, y les dijeron: "Vosotros, ¿qué sabéis hacer?, ¡veamos!". El viejo hacía cestas, componía mil cosas estropeadas; sus manos eran ágiles; industrioso su ingenio.
Sentábanse al arrimo de la lumbre: la niña hacía el fuego, y cuidando de la olla le ayudaba. Y hablaban de los suyos, de la otra vida y de aquel otro abuelo. Y era cual si las almas de los otros, también desarraigadas, errantes por las sendas de los cielos, bajasen al arrimo de la lumbre del nuevo hogar. Y les miraban silenciosas, y eran cuatro y no dos. O más bien eran dos, mas dos parejas. Y así vivían doble vida: la una, vida del cielo, vida de recuerdos, y la otra, de esperanzas de la tierra.
Íbanse por las tardes a la loma, y de espaldas al pueblo veían sobre el cielo destacarse, allá en las lejanías, unos álamos que dicen el camino de la vida. Volvíanse cantando.
Y así pasaba el tiempo hasta que un día —unos años más tarde— oyó otro canto junto a casa el viejo.
—Dime, ¿quién canta esa canción, María?
—Acaso el ruiseñor de la alameda...
—¡No, que es cantar de mozo!
Ella bajó los ojos.
—Ese canto, María, es un reclamo. Te llama a ti al camino y a mí a morir. ¡Dios os bendiga, niña!
—¡Abuelito! ¡Abuelito! —y le abrazaba, cubríale de besos, le miraba a los ojos cual buscándose.
—¡No, no, que aquella se murió, María! ¡También yo muero!
—No quiero, abuelo, que te mueras; vivirás con nosotros...
—¿Con vosotros, me dices? ¿Tu abuelo? Tu abuelo, niña, se murió. ¡Soy otro!
—¡No, no; tú eres mi abuelo! ¿No te acuerdas cuando yo, al despertar sola y contarte cómo escapé de casa, me dijiste: Volverán a la vida y al camino? ¡Y volvieron!
—Volvieron al camino, sí, hija mía, y a él nos llama esa canción del mozo. ¡Tú con él, mi María; yo... con ella!
—¡Con ella, no! ¡Conmigo!
—¡Sí, contigo! Pero... ¡con la otra!
—¡Ay, mi abuelo, mi abuelo!
—¡Allí te aguardo! ¡Dios os bendiga, pues por ti he vivido!
Murióse aquella tarde el pobre anciano, el caminante que alargó sus días; la niña, con los dedos que cogían flores del campo —magarzas, clavelinas, amapolas— le cerró ambos los ojos, guardadores de ensueño de otro mundo; bésole en ellos, lloró rezó, soñó, hasta que oyendo la canción del camino se fue a quien le llamaba.
Y el viejo fue a la tierra: a beber bajo de ella sus recuerdos.

viernes, 21 de mayo de 2010

MIGUEL DE UNAMUNO. "Del sentimiento trágico de la vida" (Ensayo: fragmento)

Don Miguel de Unamuno

CARNE Y HUESO


Homo sum: nihil humani a me alienum puto, dijo el cómico latino. Y yo diría más bien, nullum hominem a me alienum puto; soy hombre, a ningún otro hombre estimo extraño. Porque el adjetivo humanus me es tan sospechoso como su sustantivo abstracto humanitas, la humanidad. Ni lo humano ni la humanidad, ni el adjetivo simple, ni el sustantivado, sino el sustantivo concreto: el hombre. El hombre de carne y hueso, el que nace, sufre y muere -sobre todo muere-, el que come y bebe y juega y duerme y piensa y quiere, el hombre que se ve y a quien se oye, el hermano, el verdadero hermano.
Porque hay otra cosa, que llaman también hombre, y es el sujeto de no pocas divagaciones más o menos científicas. Y es el bípedo implume de la leyenda, el de Aristóteles, el contratante social de Rousseau, el homo oeconomicus de los manchesterianos, el homo sapiens de Linneo o, si se quiere, el mamífero vertical. Un hombre que no es de aquí o de allí ni de esta época o de la otra, que no tiene ni sexo ni patria, una idea, en fin. Es decir, un no hombre.
El nuestro es otro, el de carne y hueso; yo, tú, lector mío; aquel otro de más allá, cuantos pensamos sobre la Tierra.
Y este hombre concreto, de carne y hueso, es el sujeto y el supremo objeto a la vez de toda filosofía, quiéranlo o no ciertos sedicentes filósofos.
En las más de las historias de la filosofía que conozco se nos presenta a los sistemas como originándose los unos de los otros, y sus autores, los filósofos, apenas aparecen sino como meros pretextos. La íntima biografía de los filósofos, de los hombres que filosofaron, ocupa un lugar secundario. Y es ella, sin embargo, esa íntima biografía la que más cosas nos explica.
Cúmplenos decir, ante todo, que la filosofía se acuesta más a la poesía que no a la ciencia. Cuantos sistemas filosóficos se han fraguado como suprema concinación de los resultados finales de las ciencias particulares, en un período cualquiera, han tenido mucha menos consistencia y menos vida que aquellos otros que representaban el anhelo integral del espíritu de su autor.
Y es que las ciencias, importándonos tanto y siendo indispensables para nuestra vida y nuestro pensamiento, nos son, en cierto sentido, más extrañas que la filosofía. Cumplen un fin más objetivo, es decir, más fuera de nosotros. Son, en el fondo, cosa de economía. Un nuevo descubrimiento científico, de los que llamamos teóricos, es como un descubrimiento mecánico; el de la máquina de vapor, el teléfono, el fonógrafo, el aeroplano, una cosa que sirve para algo. Así, el teléfono puede servirnos para comunicarnos a distancia con la mujer amada. ¿Pero esta para qué nos sirve? Toma uno el tranvía eléctrico para ir a oír una ópera; y se pregunta: ¿cuál es, en este caso, más útil, el tranvía o la ópera?
La filosofía responde a la necesidad de formarnos una concepción unitaria y total del mundo y de la vida, y como consecuencia de esa concepción, un sentimiento que engendre una actitud íntima y hasta una acción. Pero resulta que ese sentimiento, en vez de ser consecuencia de aquella concepción, es causa de ella. Nuestra filosofía, esto es, nuestro modo de comprender o de no comprender el mundo y la vida, brota de nuestro sentimiento respecto a la vida misma. Y esta, como todo lo afectivo, tiene raíces subconscientes, inconscientes tal vez.
No suelen ser nuestras ideas las que nos hacen optimistas o pesimistas, sino que es nuestro optimismo o nuestro pesimismo, de origen filosófico o patológico quizá, tanto el uno como el otro, el que hace nuestras ideas.
El hombre, dicen, es un animal racional. No sé por qué no se haya dicho que es un animal afectivo o sentimental. Y acaso lo que de los demás animales le diferencia sea más el sentimiento que no la razón. Más veces he visto razonar a un gato que no reír o llorar. Acaso llore o ría por dentro, pero por dentro acaso también el cangrejo resuelva ecuaciones de segundo grado.
Y así, lo que en un filósofo nos debe más importar es el hombre.
Tomad a Kant, al hombre Manuel Kant, que nació y vivió en Koenigsberg, a ffnales del siglo XVIII y hasta pisar los umbrales del XIX. Hay en la filosofía de este hombre Kant, hombre de corazón y de cabeza, es decir, hombre, un significativo salto, como habría dicho Kierkegaard, otro hombre -¡y tan hombre!-, el salto de la Crítica de la razón pura a la Crítica de la razón práctica. Reconstruye en esta, digan lo que quieran los que no ven al hombre, lo que en aquella abatió, después de haber examinado y pulverizado con su análisis las tradicionales pruebas de la existencia de Dios, del Dios aristotélico...

MIGUEL DE UNAMUNO. "La tía Tula" (fragmento)

Así comienza La tía Tula:
Era a Rosa y no a su hermana Gertrudis, que siempre salía de casa con ella, a quien ceñían aquellas ansiosas miradas que les enderezaba Ramiro. O por lo menos, así lo creían ambos, Ramiro y Rosa, al atraerse el uno al otro.
Formaban las dos hermanas, siempre juntas, aunque no por eso unidas siempre, una pareja al parecer indisoluble, y como un solo valor. Era la hermosura espléndida y algún tanto provocativa de Rosa, flor de carne que se abría a flor del cielo a toda luz y todo viento, la que llevaba de primera vez las miradas a la pareja; pero eran luego los ojos tenaces de Gertrudis los que sujetaban a los ojos que se habían fijado en ellos y los que a la par les ponían raya. Hubo quien al verlas pasar preparó algún chicoleo un poco más subido de tono; mas tuvo que contenerse al tropezar con el reproche de aquellos ojos de Gertrudis, que hablaban mudamente de seriedad. "Con esta pareja no se juega", parecía decir con sus miradas silenciosas.
Y bien miradas y de cerca aún despertaba más Gertrudis el ansia de goce. Mientras su hermana Rosa abría espléndidamente a todo viento y toda luz la flor de su encarnadura, ella era como un cofre cerrado y sellado en que se adivina un tesoro de ternuras y delicias secretas.
Pero Ramiro, que llevaba el alma toda a flor de los ojos, no creyó ver más que a Rosa, y a Rosa se dirigió desde luego.
-¿Sabes que me ha escrito? -le dijo ésta a su hermana.
-Sí, vi la carta.
-¿Cómo? ¿Que la viste? ¿Es que me espías?
-¿Podía dejar de haberla visto? No, yo no espío nunca, ya lo sabes, y has dicho eso no más que por decirlo...
-Tienes razón, Tula, perdónamelo.
-Sí, una vez más, porque tú eres así. Yo no espío, pero tampoco oculto nunca nada. Vi la carta.
-Ya lo sé; ya lo sé...
-He visto la carta y la esperaba.
-Y bien, ¿qué te parece de Ramiro?
-No le conozco.
-Pero no hace falta conocer a un hombre para decir lo que le parece a una de él.
-A mí, sí.
-Pero lo que se ve, lo que está a la vista...
-Ni de eso puedo juzgar sin conocerle.
-¿Es que no tienes ojos en la cara?
-Acaso no los tenga así...; ya sabes que soy corta de vista.
-¡Pretextos! Pues mira, chica, es un guapo mozo.
-Así parece.
-Y simpático.
-Con que te lo sea a ti, basta.
-¿Pero es que crees que le he dicho ya que sí?
-Sé que se lo dirás al cabo, y basta.
-No importa; hay que hacerle esperar y hasta rabiar un poco...
-¿Para qué?
-Hay que hacerse valer.
-Así no te haces valer, Rosa; y ese coqueteo es cosa muy fea.
-De modo que tú...
-A mí no se me ha dirigido.
-¿Y si se hubiera dirigido a ti?
-No sirve preguntar cosas sin sustancia.
-Pero tú, si a ti se te dirige, ¿qué le habrías contestado?
-Yo no he dicho que me parece un guapo mozo y que es simpático, y por eso me habría puesto a estudiarle...
-Y entretanto se iba a otra...
-Es lo más probable.
-Pues así, hija, ya puedes prepararte...
-Sí, a ser tía.
-¿Cómo tía?
-Tía de tus hijos, Rosa.
-¡Eh, qué cosas tienes! -y se le quebró la voz.
-Vamos, Rosita, no te pongas así, y perdóname -le dijo dándole un beso.
-Pero si vuelves...
-¡No, no volveré!
-Y bien, ¿qué le digo?
-¡Dile que sí!
-Pero pensará que soy demasiado fácil...
-¡Entonces dile que no!
-Pero es que...
-Sí, que te parece un guapo mozo y simpático. Dile, pues, que sí y no andes con más coqueterías, que eso es feo. Dile que sí. Después de todo, no es fácil que se te presente mejor partido. Ramiro está muy bien, es hijo solo.
-Yo no he hablado de eso.
-Pero yo hablo de ello, Rosa, y es igual.
-¿Y no dirán, Tula, que tengo ganas de novio?
-Y dirán bien.
-¿Otra vez, Tula?
-Y ciento. Tienes ganas de novio y es natural que las tengas. ¿Para qué si no te hizo Dios tan guapa?
-¡Guasitas no!
-Ya sabes que yo no me guaseo. Parézcanos bien o mal, nuestra carrera es el matrimonio o el convento; tú no tienes vocación de monja; Dios te hizo para el mundo y el hogar, vamos, para madre de familia... No vas a quedarte a vestir santos. Dile, pues, que sí.
-¿Y tú?
-¿Cómo yo?
-Que tú, luego...
-A mí déjame.
Al día siguiente de estas palabras estaban ya en lo que se llaman relaciones amorosas Rosa y Ramiro.
Lo que empezó a cuajar la soledad de Gertrudis.
Vivían las dos hermanas, huérfanas de padre y madre desde muy niñas, con un tío materno, sacerdote, que no las mantenía, pues ellas disfrutaban de un pequeño patrimonio que les permitía sostenerse en la holgura de la modestia, pero les daba buenos consejos a la hora de comer, en la mesa, dejándolas, por lo demás, a la guía de su buen natural. Los buenos consejos eran consejos de libros, los mismos que le servían a don Primitivo para formar sus escasos sermones.
"Además -se decía a sí mismo con muy buen acierto don Primitivo-, ¿para qué me voy a meter en sus inclinaciones y sentimientos íntimos? Lo mejor es no hablarles mucho de eso, que se les abren demasiado los ojos. Aunque..., ¿abrírseles? ¡Bah! Bien abiertos los tienen, sobre todo las mujeres. Nosotros los hombres no sabemos una palabra de esas cosas. Y los curas, menos. Todo lo que nos dicen los libros son pataratas. ¡Y luego, me mete un miedo esa Tulilla...! Delante de ella no me atrevo..., no me atrevo... ¡Tiene unas preguntas la mocita! ¡Y cuando me mira tan seria, tan seria..., con esos ojazos tristes -los de mi hermana, los de mi madre, ¡Dios las tenga en su santa gloria! ¡Esos ojazos de luto que se le meten a uno en el corazón...! Muy serios, sí, pero riéndose con el rabillo. Parecen decirme: '¡No diga usted más bobadas, tío!'. ¡El demonio de la chiquilla! ¡Todavía me acuerdo el día en que se empeñó en ir, con su hermana, a oírme aquel sermoncete; el rato que pasé, Jesús Santo! ¡Todo se me volvía apartar mis ojos de ella por no cortarme; pero nada, ella tirando de los míos! Lo mismo, lo mismito me pasaba con su santa madre, mi hermana, y con mi santa madre, Dios las tenga en su gloria. Jamás pude predicar a mis anchas delante de ellas, y por eso les tenía dicho que no fuesen a oírme. Madre iba, pero iba a hurtadillas, sin decírmelo, y se ponía detrás de la columna, donde yo no la viera, y luego no me decía nada de mi sermón. Y lo mismo hacía mi hermana. Pero yo sé lo que ésta pensaba, aunque tan cristiana, lo sé. '¡Bobadas de hombres!'. Y lo mismo piensa esta mocita, estoy de ello seguro. No, no, ¿delante de ella predicar? ¿Yo? ¿Darle consejos? Una vez se le escapó lo de ¡bobadas de hombres! y no dirigiéndose a mí, no, pero yo la entiendo...".
El pobre señor sentía un profundísimo respeto, mezclado de admiración, por su sobrina Gertrudis. Tenía el sentimiento de que la sabiduría iba en su linaje por vía femenina, que su madre había sido la providencia inteligente de la casa en que se crió, que su hermana lo había sido en la suya, tan breve. Y en cuanto a su otra sobrina, a Rosa, le bastaba para protección y guía con su hermana.
"Pero qué hermosa la ha hecho Dios, Diossea alabado -se decía-; esta chica o hace un gran matrimonio, con quien ella quiera, o no tienen los mozos de hoy ojos en la cara".

miércoles, 19 de mayo de 2010

MIGUEL DE UNAMUNO. "Castilla" (poema)

Don Miguel de Unamuno
Castilla
Tú me levantas, tierra de Castilla,
en la rugosa palma de tu mano,
al cielo que te enciende y te refresca,
al cielo, tu amo.
Tierra nervuda, enjuta, despejada,
madre de corazones y de brazos,
toma el presente en ti viejos colores
del noble antaño.
Con la pradera cóncava del cielo
lindan en torno tus desnudos campos,
tiene en ti cuna el sol y en ti sepulcro
y en ti santuario.
Es toda cima tu extensión redonda
y en ti me siento al cielo levantado,
aire de cumbre es el que se respira
aquí en tus páramos.
¡Ara gigante, tierra castellana,
a ese tu aire soltaré mis cantos,
si te son dignos bajarán al mundo
desde lo alto!

sábado, 17 de abril de 2010

POESÍA. Miguel de Unamuno (1864-1936)

Miguel de Unamuno
A mi buitre
Este buitre voraz de ceño torvo
que me devora las entrañas fiero
y es mi único constante compañero
labra mis penas con su pico corvo.

El día en que le toque el postrer sorbo
apurar de mi negra sangre, quiero
que me dejéis con él solo y señero
un momento, sin nadie como estorbo.

Pues quiero, triunfo haciendo mi agonía
mientras él mi último despojo traga,
sorprender en sus ojos la sombría

mirada al ver la suerte que le amaga
sin esta presa en que satisfacía
el hambre atroz que nunca se le apaga.

martes, 5 de enero de 2010

CUENTO DEL DÍA. "El que se enterró", de Miguel de Unamuno

                                                                                                                 Miguel de Unamuno
El que se enterró

Era extraordinario el cambio de carácter que sufrió mi amigo. El joven jovial, dicharachero y descuidado, habíase convertido en un hombre tristón, taciturno y escrupuloso.
Sus momentos de abstracción eran frecuentes y durante ellos parecía como si su espíritu viajase por caminos de otro mundo. Uno de nuestros amigos, lector y descifrador asiduo de Browning, recordando la extraña composición en que éste nos habla de la vida de Lázaro después de resucitado, solía decir que el pobre Emilio había visitado la muerte. Y cuantas inquisiciones emprendimos para adivinar la causa de aquel misterioso cambio de carácter fueron inquisiciones infructuosas.
Pero tanto y tanto le apreté y con tal insistencia cada vez, que por fin un día, dejando transparentar el esfuerzo que cuesta una resolución costosa y muy combatida, me dijo de pronto: "Bueno, vas a saber lo que me ha pasado, pero le exijo, por lo que le sea más santo, que no se lo cuentes a nadie mientras yo no vuelva a morirme." Se lo prometí con toda solemnidad y me llevó a su cuarto de estudio, donde nos encerramos.
Desde antes de su cambio no había yo entrado en aquel su cuarto de estudio. No se había modificado en nada, pero ahora me pareció más en consonancia con su dueño. Pensé por un momento que era su estancia más habitual y favorita la que le había cambiado de modo tan sorprendente.
Su antiguo asiento, aquel ancho sillón frailero, de vaqueta, con sus grandes brazos, me pareció adquirir nuevo sentido. Estaba examinándolo cuando Emilio, luego de haber cerrado cuidadosamente la puerta, me dijo, señalándomelo:
—Ahí sucedió la cosa.
Le miré sin comprenderle.
Me hizo sentar frente a él, en una silla que estaba al otro lado de su mesita de trabajo, se arrellanó en su sillón y empezó a temblar. Yo no sabía qué hacer.
Dos o tres veces intentó empezar a hablar y otras tantas tuvo que dejarlo. Estuve a punto de rogarle que dejase su confesión, pero la curiosidad pudo en mí más que la piedad, y es sabido que la curiosidad es una de las cosas que más hacen al hombre cruel. Se quedó un momento con la cabeza entre las manos y la vista baja; se sacudió luego como quien adopta una súbita resolución, me miró fijamente y con unos ojos que no le conocía antes, y empezó:
—Bueno; tú no vas a creerme ni palabra de lo que te voy a contar, pero eso no importa. Contándotelo me libertaré de un grave peso, y me basta. No recuerdo qué le contesté, y prosiguió:
—Hace cosa de año y medio, meses antes del misterio, caí enfermo de terror. La enfermedad no se me conocía en nada ni tenía manifestación externa alguna, pero me hacía sufrir horriblemente. Todo me infundía miedo, y parecía envolverme una atmósfera de espanto. Presentía peligros vagos. Sentía a todas horas la presencia invisible de la muerte, pero de la verdadera muerte, es decir, del anonadamiento.
Despierto, ansiaba porque llegase la hora de acostarme a dormir, y una vez en la cama me sobrecogía la congoja de que el sumo se adueñara de mí para siempre. Era una vida insoportable, terriblemente insoportable. Y no me sentía ni siquiera con resolución para suicidarme, lo cual pensaba yo entonces que sería un remedio. Llegué a temer por mi razón ...
—¿Y cómo no consultaste con un especialista? —le dije por decirle algo.
—Tenía miedo, como lo tenía de todo. Y este miedo fue creciendo de tal modo, que llegué a pasarme los días enteros en este cuarto y en este sillón mismo en que ahora estoy sentado, con la puerta cerrada, y volviendo a cada momento la vista atrás. Estaba seguro de que aquello no podía prolongarse y de que se acercaba la catástrofe o lo que fuese. Y en efecto llegó.
Aquí se detuvo un momento y pareció vacilar.
—No lo sorprenda el que vacile —prosiguió—porque lo que vas a oír no me lo he dicho todavía ni a mí mismo. El miedo era ya una cosa que me oprimía por todas partes, que me ponía un dogal al cuello y amenazaba hacerme estallar el corazón y la cabeza. Llegó un día, el siete de setiembre, en que me desperté en el paroxismo del terror; sentía acorchados cuerpo y espíritu. Me preparé a morir de miedo. Me encerré como todos los días aquí, me senté donde ahora estoy sentado, y empecé a invocar a la muerte. Y es natural, llegó —advirtiéndome la mirada, añadió tristemente:— Sí, ya sé lo que piensas, pero no me importa.
Y prosiguió:
—A la hora de estar aquí sentado, con la cabeza entre las manos y los ojos fijos en un punto vago más allá de la superficie de esta mesa, sentí que se abría la puerta y que entraba cautelosamente un hombre. No quise levantar la mirada. Oía los golpes del corazón y apenas podía respirar. El hombre se detuvo y se quedó ahí, detrás de esa silla que ocupas, de pie, y sin duda mirándome.
Cuando pasó un breve rato me decidí a levantar los ojos y mirarlo. Lo que entonces pasó por mí fue indecible; no hay para expresarlo palabra alguna en el lenguaje de los hombres que no se mueren sino una sola vez. El que estaba ahí, de pie, delante mío, era yo, yo mismo, por lo menos en imagen. Figúrate que, estando delante de un espejo, la imagen que de ti refleja en el cristal se desprende de éste, toma cuerpo y se te viene encima...
—Sí, una alucinación... —murmuré.
—De eso ya hablaremos —dijo y siguió—: Pero la imagen del espejo ocupa la postura que ocupas y sigue tus movimientos, mientras que aquel mi yo de fuera estaba de pie, y yo, el yo de dentro de mí, estaba sentado.
Por fin el otro se sentó también, se sentó donde tú estás sentado ahora, puso los codos sobre la mesa como tú los tienes, se cogió la cabeza, como tú la tienes, y se quedó mirándome como me estás ahora mirando.
Temblé sin poder remediarlo al oírle esto, y él, tristemente, me dijo:
—No, no tengas también tú miedo; soy pacífico.
Y siguió:
—Así estuvimos un momento, mirándonos a los ojos el otro y yo, es decir, así estuve un rato mirándome a los ojos. El terror se había transformado en otra cosa muy extraña y que no soy capaz de definirte; era el colmo de la desesperación resignada. Al poco rato sentí que el suelo se me iba de debajo de los pies, que el sillón se me desvanecía, que el aire iba enrareciéndose, las cosas todas que tenía a la vista, incluso mi otro yo, se iban esfumando, y al oír al otro murmurar muy bajito y con los labios cerrados: "Emilio, Emilio", sentí la muerte. Y me morí.
Yo no sabía qué hacer al oírle esto. Me dieron tentaciones de huir, pero la curiosidad venció en mí al miedo. Y él continuó:
—Cuando al poco rato volví en mí, es decir, cuando al poco rato volví al otro, o sea, resucité, me encontré sentado ahí, donde tú te encuentras ahora sentado y donde el otro se había sentado antes, de codos en la mesa y cabeza entre las palmas contemplándome a mí mismo, que estaba donde ahora estoy.
Mi conciencia, mi espíritu, habían pasado del uno al otro, del cuerpo primitivo a su exacta reproducción. Y me vi, o vi mi anterior cuerpo, lívido y rígido, es decir, muerto. Había asistido a mi propia muerte. Y se me había limpiado el alma de aquel extraño terror. Me encontraba triste, muy triste, abismáticamente triste, pero sereno y sin temor a nada. Comprendí que tenía que hacer algo; no podía quedar así y aquí el cadáver de mi pasado.
Con toda tranquilidad reflexioné lo que me convenía hacer. Me levanté de esa silla, y, tomándome el pulso, quiero decir, tomando el pulso al otro, me convencí de que ya no vivía.
Salí del cuarto dejándolo aquí encerrado, bajé a la huerta, y con un pretexto me puse a abrir una gran zanja. Ya sabes que siempre me ha gustado hacer ejercicio en la huerta. Despaché a los criados y esperé la noche. Y cuando la noche llegó cargué a mi cadáver a cuestas y lo enterré en la zanja. El pobre perro me miraba con ojos de terror, pero de terror humano; era, pues, su mirada una mirada humana. Le acaricié diciéndole: no comprendemos nada de lo que pasa, amigo, y en el fondo no es esto más misterioso que cualquier otra cosa...
—Me parece una reflexión demasiado filosófica para ser dirigida a un perro —le dije.
—¿Y por qué? —replicó—. ¿O es que crees que la filosofía humana es más profunda que la perruna?
—Lo que creo es que no lo entendería.
—Ni tú tampoco, y eso que no eres perro.
—Hombre, sí, yo lo entiendo.
—¡Claro, y me crees loco!...
Y como yo callara, añadió:
—Te agradezco ese silencio. Nada odio más que la hipocresía. Y en cuanto a eso de las alucinaciones, he de decirte que todo cuanto percibimos no es otra cosa, y que no son sino alucinaciones nuestras impresiones todas. La diferencia es de orden práctico. Si vas por un desierto consumiéndote de sed y de pronto oyes el murmurar del agua de una fuente y ves el agua, todo esto no pasa de alucinación. Pero si arrimas a ella tu boca y bebes y la sed se te apaga, llamas a esta alucinación una impresión verdadera, de realidad. Lo cual quiere decir que el valor de nuestras percepciones se estima por su efecto práctico. Y por su efecto práctico, efecto que has podido observar por ti mismo, es por lo que estimo lo que aquí me sucedió y acabo de contarte. Porque tú ves bien que yo, siendo el mismo, soy, sin embargo, otro.
—Esto es evidente...
—Desde entonces las cosas siguen siendo para mí las mismas, pero las veo con otro sentimiento. Es como si hubiese cambiado el tono, el timbre de todo. Vosotros creéis que soy yo el que he cambiado y a mí me parece que lo que ha cambiado es todo lo demás.
—Como caso de psicología... –murmuré.
—¿De psicología? ¡Y de metafísica experimental!
—¿Experimental? –exclamé.
—Ya lo creo. Pero aún falta algo. Ven conmigo.
Salimos de su cuarto y me llevó a un rincón de la huerta. Empecé a temblar como un azogado, y él, que me observó, dijo:
—¿Lo ves? ¿Lo ves? ¡También tú! ¡Ten valor, racionalista!
Me percaté entonces de que llevaba un azadón consigo. Empezó a cavar con él mientras yo seguía clavado al suelo por un extraño sentimiento, mezcla de terror y de curiosidad. Al cabo de un rato se descubrió la cabeza y parte de los hombros de un cadáver humano, hecho ya casi esqueleto. Me lo señaló con el dedo diciéndome:
—¡Mírame!
Yo no sabía qué hacer ni qué decir. Volvió a cubrir el hueco. Yo no me movía.
—Pero ¿qué te pasa, hombre? —dijo, sacudiéndome el brazo.
Creí despertar de una pesadilla. Lo miré con una mirada que debió de ser el colmo del espanto.
—Sí —me dijo—, ahora piensas en un crimen; es natural. ¿Pero has oído tú de alguien que haya desaparecido sin que se sepa su paradero? ¿Crees posible un crimen así sin que se descubra al cabo? ¿Me crees criminal?
—Yo no creo nada —le contesté.
—Ahora has dicho la verdad; tú no crees en nada y por no creer en nada no te puedes explicar cosa alguna, empezando por las más sencillas. Vosotros, los que os tenéis por cuerdos, no disponéis de más instrumentos que la lógica, y así vivís a oscuras...
—Bueno —le interrumpí—, y todo esto ¿qué significa?
—¡Ya salió aquello! Ya estás buscando la solución o la moraleja. ¡Pobres locos! Se os figura que el mundo es una charada o un jeroglífico cuya solución hay que hallar. No, hombre, no; esto no tiene solución alguna, esto no es ningún acertijo ni se trata aquí de simbolismo alguno. Esto sucedió tal cual te lo he contado, y, si no me lo quieres creer, allá tú.
Después de que Emilio me contó esto y hasta su muerte, volví a verle muy pocas veces, porque rehuía su presencia. Me daba miedo. Continuó con su carácter mudado, pero haciendo una vida regular y sin dar el menor motivo a que se le creyese loco.
Lo único que hacía era burlarse de la lógica y de la realidad. Se murió tranquilamente, de pulmonía, y con gran valor. Entre sus papeles dejó un relato circunstanciado de cuanto me había contado y un tratado sobre la alucinación. Para nosotros fue siempre un misterio la existencia de aquel cadáver en el rincón de la huerta, existencia que se pudo comprobar.
En el tratado a que hago referencia sostenía, según me dijeron, que a muchas, a muchísimas personas les ocurren durante la vida sucesos trascendentales, misteriosos, inexplicables, pero que no se atreven a revelar por miedo a que se les tenga por locos.
"La lógica —dice— es una institución social y la que se llama locura una cosa completamente privada. Si pudiéramos leer en las almas de los que nos rodean veríamos que vivimos envueltos en un mundo de misterios tenebrosos, pero palpables".

domingo, 20 de diciembre de 2009

PRENSA. 20 diciembre 2009


En "El País":

1. Niebla. Columna de Manuel Vicent sobre el paradero de los restos de García Lorca.

2. ¿Y ahora dónde estás, Federico? Reportaje de Natalia Junquera sobre García Lorca. El fracaso de la búsqueda de Lorca en la fosa de Alfacar abre el cajón de las teorías sobre cómo y dónde murió: podría yacer a pocos metros o en el Valle de los Caídos.

3. Los hombres se casan dos veces. Reportaje de Joaquina Prades. El desamparo impulsa a reincidir en el matrimonio. Cada vez más mujeres eligen la soltería.

4. EEUU se declara vencedor. Reportaje de Rafael Méndez sobre la recién finalizada Cumbre de Copenhague sobre el cambio climático. Desde aquí, otros enlaces informan más detalladamente.

5. Televisión para niños. Artículo del escritor y ensayista Rafael Sánchez Ferlosio. Es el mejor "canguro": sale barato e hipnotiza a los pequeños. Así que los padres confían en la 'tele' y la 'tele' piensa ante todo en la publicidad. La familia y la escuela pesan poco frente a este primer poder pedagógico.

6. Cinco hipócritas de 2009. Moisés Naím revisa algunas de las hipocresías de los poderosos.

7. El Brasil de las 20.000 torturas verá la luz. Reportaje Francho Barón. Lula ordena investigar los crímenes perpetrados por los militares entre 1964 y 1985.

8. "¡Abajo el comunismo!". Reportaje de Raúl S. Costa. Los responsables de la represión en la revolución rumana siguen libres 20 años después de la caída de Ceausescu. Nicolae Ceausescu murió sin comprender. Análisis de Berna González Harbour.

9. Derechos y deberes. El escritor Justo Navarro escribe a propósito de la llamada "ley de muerte digna".

En "El Día de Córdoba":

10. "No querían matar a Lorca, al que buscaban era a Fernando de los Ríos". Emma Penella, hija de Ruiz Alonso, el hombre que denunció a Lorca, contó en noviembre de 2003 lo que su padre sabía del asesinato. Sólo después de su muerte, Gabriel Pozo publica la conversación.

11. Contra esto y aquello. Por Ignacio F. Garmendia. Dos hispanistas franceses publican la más completa biografía de Miguel de Unamuno, una figura inmensa que no debería quedar relegada a los manuales de historia.