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sábado, 21 de marzo de 2015

PRENSA CULTURAL. "Literatura y patologías sociales". J. Ernesto Ayala-Dip


   En "El País":

Literatura y patologías sociales

La corrupción es el cadáver en descomposición que más tienen cerca los ciudadanos. Y la novela se los puede servir en bandeja

No es casual que el referente literario del economista francés Thomas Piketty, autor del polémico El capital, sea Honoré de Balzac. Fue este autor quien mejor retrató la sociedad de su época, el que mejor desnudó su apetito de poder y riqueza. Aun sabiendo que era un monárquico recalcitrante, Karl Marx igualmente lo eligió como el paradigma narrativo de la Francia de la Restauración. Esa relación entre la ficción y las más diversas patologías sociales, entre ellas la corrupción, es altamente probable que la haya inaugurado Balzac. El escritor francés tuvo grandes epígonos en esa materia. Gustave Flaubert y Émile Zola (que describe en La jauría la especulación del suelo que trajo consigo el plan urbanístico del barón Haussman). En Inglaterra brilló en esta turbia materia Charles Dickens.
En nuestros días esa estrecha vinculación permanece inalterable. En el siglo veinte, la novela que mejor representó la malsana hermandad entre élite financiera, poder político y fuerzas de seguridad, es Cosecha roja, del escritor estadounidense Dashiell Hammett. Es muy difícil no tener en mente esa novela, si se quiere ser fidedigno a un modelo de representación ideal de la corrupción o la violencia institucionalizada.
En Europa hay un baremo que mide la corrupción de los países que la componen. Junto a su PIB, un país puede brillar por el número y diversidad de corruptos incrustados en su tejido social. Si uno lee una novela como Muerte en Estambul (2009), del escritor y traductor griego Petros Márkaris, se puede llevar una idea de la Grecia actual bastante desasosegante. También ocurrió con la lectura de Crematorio, de Rafael Chirbes, novela que traza con mano maestra uno de los asuntos y prototipos más redundantes de los últimos años en nuestro país: la especulación inmobiliaria y el nuevo rico. En esta estela temática no podemos dejarnos la última novela, de la serie Bevilacqua, de Lorenzo Silva, Los cuerpos extraños(2014). No quisiera dejar de mencionar cinco libros más: El testigo,de Juan Villoro (2004); El comité de la noche (2014), de Belén Gopegui; Plegarias nocturnas (2012), de Santiago Gamboa;Libertad (2011), de Jonathan Franzen; y un largo artículo titulado Democracia y comercio en el Open de Estados Unidos, de David Foster Wallace incluido en el volumen En cuerpo y en lo otro (2013). Y, claro, la trilogía de Stieg Larsson.
Dijo un día el gran periodista polaco Ryszard Kapuscinski que lo mejor que le iba a la novela era describir cadáveres. La corrupción, con sus más variadas y sofisticadas máscaras, es el cadáver global en fase de descomposición que más tienen cerca los ciudadanos de todo el mundo. Y la novela se lo puede servir en bandeja.

martes, 6 de enero de 2015

PRENSA. "La industria criminal en México"

   En "El País":

La industria criminal en México

Bajo el manto de la impunidad, las bandas organizadas cometen masacres como la de los estudiantes del Estado de Guerrero. Después de monopolizar el trasiego de la droga, se han apoderado del poder local

Todo parece indicar que el Gobierno municipal y el crimen organizado actuaron de manera coordinada en el artero asesinato de seis estudiantes normalistas y la desaparición forzada de 43 de sus compañeros en la ciudad de Iguala, en el sureño Estado mexicano de Guerrero. En medio del duelo, la indignación y la movilización nacional el país se pregunta sobre las razones que llevaron a un Gobierno local dominado por el crimen organizado a ordenar una masacre de estudiantes pertenecientes a uno de los colectivos sociales más antiguos y combativos del país.
Si el principal negocio del crimen organizado en México es el tráfico de drogas hacia los Estados Unidos, ¿por qué asesinar estudiantes que no tienen ninguna relación con el negocio?
Para entender los motivos represores del crimen organizado hay que empezar por reconocer uno de los cambios más importantes en la industria criminal de los últimos años: en Estados como Guerrero, Michoacán y Tamaulipas, el crimen organizado ya no solo intenta monopolizar el trasiego de la droga sino que ahora ha pasado a una nueva fase en la que uno de sus grandes objetivos es la toma del poder local, apoderarse de los municipios y sus recursos y extraer la riqueza local a través de la tributación forzada.
En zonas del país donde diferentes grupos criminales se disputan el control del tráfico de droga, para sufragar estos conflictos el crimen organizado fue paulatinamente expandiendo su acción a industrias extractivas de recursos naturales —la toma clandestina de gasolina, petróleo y gas— y de riqueza humana —la extorsión y el secuestro—. En esta nueva estrategia los grupos criminales encontraron un nuevo y valioso botín: el municipio y sus contribuyentes. Como lo demuestra la terrible experiencia de Michoacán, el crimen organizado se apropiaba del 30% del presupuesto anual de obra pública de los municipios; exigía que los contratos de obra pública se otorgaran a constructoras bajo su control; y cobraba el 20% de la nómina salarial de la burocracia local. Pero la infiltración del municipio fue más allá: los grupos criminales se apoderaron de los catastros públicos municipales donde obtenían información fidedigna que les permitiera extorsionar con mayor eficacia a los hoteles, restaurantes y pequeños negocios de las ciudades bajo su dominio.

Ser autoridad pública se ha convertido en muchos municipios en un empleo de alto riesgo
Para apoderarse de los municipios y sus contribuyentes, los grupos criminales empezaron por doblegar a las autoridades locales. Mediante el soborno o la coerción, fueron subordinando a los presidentes municipales en las zonas de conflicto. Aunque en el imaginario nacional está más presente el soborno y la corrupción de los alcaldes, hay también una larga lista de autoridades municipales, candidatos y activistas políticos locales que han sufrido atentados o han sido asesinados por el crimen organizado. Con un equipo en la Universidad de Notre Dame, mi colega Sandra Ley y yo hemos identificado más de 300 atentados y ejecuciones de autoridades locales por parte del crimen organizado en los últimos seis años. Los Estados vecinos de Michoacán y Guerrero encabezan la lista con más de un tercio del total de ataques y en Guerrero las zonas Norte, Tierra Caliente, Costa Grande y Centro son los focos de la violencia. En estos municipios, donde ser autoridad pública se ha convertido en un empleo de alto riesgo, el crimen organizado ha empezado a postular a sus propios candidatos, como parece haber sido el caso del alcalde de Iguala.
Para lograr la hegemonía local, los grupos del crimen organizado requieren de una sociedad desarticulada y aterrorizada, incapaz de cuestionar y desobedecer los dictados de las autoridades de facto. Por ello los criminales buscan establecerse en zonas con poca organización social. Pero cuando las zonas estratégicas para el trasiego y la producción de droga están en lugares donde operan fuertes movimientos sociales y comunitarios —como Iguala—, los grupos criminales intentan doblegar a los colectivos sociales mediante la compra de sus líderes o mediante la represión selectiva y ejecuciones ejemplares.
La masacre de los estudiantes normalistas de Ayotzinapa fue una acción estratégica y premeditada para sembrar el terror y doblegar a los grupos de la sociedad civil que en Iguala y en municipios aledaños participaban en distintos procesos de articulación social —incluyendo policías comunitarias— para hacerle frente a las extorsiones, secuestros y asesinatos por parte del crimen organizado y de las autoridades públicas a su servicio.
La masacre fue un acto de reconstitución del poder local; una acción barbárica mediante la cual el grupo criminal Guerreros Unidos quiso dejarle en claro a los movimientos sociales de la región quién era el mandamás. Fue, también, una ejecución ejemplar para incentivar a los ciudadanos y a los pequeños y medianos empresarios y comerciantes de la región a continuar pagando el “derecho de piso” y con ello consolidar la toma criminal del poder en la zona.

La matanza quiso mandar un mensaje a los grupos sociales sobre quién es el mandamás en la región
Estos intentos despóticos de reconstituir el poder local mediante la violencia barbárica son posibles por la protección informal que los grupos del crimen organizado han venido tejiendo y retejiendo por décadas en las procuradurías estatales, en las policías ministeriales, en los ministerios públicos, en las prisiones y en las delegaciones estatales de la Procuraduría General de la República (PGR). Aunque en México hoy se vea al municipio como el eslabón más débil de la gobernanza nacional y se le identifique como la guarida desde donde opera el crimen organizado con el cobijo de las autoridades locales, en múltiples entrevistas con exgobernadores de diferentes partidos —incluidos exmandatarios de Michoacán y Guerrero— insistentemente he escuchado que las policías ministeriales en los Estados están fuertemente infiltradas por el crimen organizado. Son ellas las que hacen posible la impunidad criminal en los municipios y facilitan la reconstitución de facto del poder local.
Estos actos brutales de reconstitución del poder local en Guerrero son posibles, también, por la larga historia de impunidad de la que han gozado los gobernantes del Estado desde los años dorados del autoritarismo priista hasta nuestros días. La brutalidad de la guerra sucia de los Gobiernos del PRI en contra de grupos guerrilleros y estudiantiles disidentes de los años setenta alcanzó en el caso específico de Guerrero niveles equiparables a las guerras sucias de Chile y Argentina. Pero estos actos quedaron impunes y la misma clase política que asesinó a disidentes sociales se ha mantenido en el poder bajo el cobijo del PRI y ahora de la izquierda partidista. Aunque el mundo ha cambiado y México y Guerrero han cambiado, la impunidad es la constante. Y esa impunidad hace posible las matanzas de Aguas Blancas y El Charco y ahora la ignominia de Iguala.
En Guerrero, gobernantes y criminales, ya sea separados o coludidos, saben que atacar a la ciudadanía e intentar eliminar a grupos sociales disidentes son crímenes que no se castigan. Cuando el alcalde de Iguala o su secretario de Seguridad o el subsecretario ordenaron los disparos en contra de los estudiantes y entregaron a los detenidos a los sicarios para que dispusieran de ellos, tenían, tristemente, una larga historia de impunidad de su lado. Cuando los sicarios de Guerreros Unidos torturaron, desaparecieron o ultimaron a los estudiantes, se cobijaron tras el manto protector de la impunidad. Es la impunidad lo que le permite igualmente al gobernante que al criminal asesinar sin chistar.
En la masacre de Iguala convergen pasado, presente y futuro. Entender la masacre solamente como un repudiable acto del crimen organizado es atender al presente sin entender el pasado. Pero interpretar este abominable hecho solamente como un crimen de Estado es mirar al presente con ojos del pasado. Para evitar que la masacre derive en un estallido social, el Gobierno federal y la sociedad civil tendrán que atender tanto lo criminal —en toda su nueva complejidad ahora que los grupos criminales quieren reconstituir la política local— como lo estatal —con la dificultad que conlleva que el Estado se vea en el espejo de la violencia—. Lo cierto es que un mejor futuro para Guerrero se podrá fincar solamente cuando le pongamos fin a una larga historia de impunidad política que alimenta y le da vida a un presente de violencia criminal.
Guillermo Trejo es profesor asociado de Ciencia Política en la Universidad de Notre Dame y fellow del Kellogg Institute for International Studies.

martes, 11 de noviembre de 2014

PRENSA. "La corrupción y el mérito". Antonio Muñoz Molina

   En "El País":

La corrupción y el mérito

El descrédito y el deterioro de la función pública favorecen el ejercicio de la arbitrariedad política y las decisiones corruptas. Construir una administración profesional, austera y eficiente es difícil, pero no imposible

El espectáculo ahora por fin visible de la corrupción no habría llegado tan lejos si no se correspondiera con otro proceso que ha permanecido y permanece invisible, del que casi nadie se queja y al que nadie parece interesado en poner remedio: el descrédito y el deterioro de la función pública; el desguace de una administración colonizada por los partidos políticos y privada de una de sus facultades fundamentales, que es el control de oficio de la solvencia técnica y la legalidad de las actuaciones. Cuando se habla de función pública se piensa de inmediato en la figura de un funcionario anticuado y ocioso, sentado detrás de una mesa, dedicado sobre todo a urdir lo que se llama, reveladoramente, “trabas burocráticas”. Esa caricatura la ha fomentado la clase política porque servía muy bien a sus intereses: frente al funcionario de carrera, atornillado en su plaza vitalicia, estaría el gestor dinámico, el político emprendedor e idealista, la pura y sagrada voluntad popular. Si se producen abusos los tribunales actuarán para corregirlos.
Está bien que por fin los jueces cumplan con su tarea, y que los culpables reciban el castigo previsto por la ley. Pero un juez es como un cirujano, que intenta remediar algo del daño ya hecho: la decencia pública no pueden garantizarla los jueces, en la misma medida en que la salud pública no depende de los cirujanos. Los ánimos están muy cargados, y la gente exige, con razón, una justicia rápida y visible, pero no se puede confundir el castigo del delito con la solución, aunque forme parte de ella. El puesto de un corrupto encarcelado lo puede ocupar otro. El daño que causa la corrupción puede no ser más grave que el desatado por la masiva incompetencia, por el capricho de los iluminados o los trastornados por el vértigo de mandar. Lo que nos hace falta es un vuelco al mismo tiempo administrativo y moral, un fortalecimiento de la función pública y un cambio de actitudes culturales muy arraigadas y muy dañinas, que empapan por igual casi todos los ámbitos de nuestra vida colectiva.
El vuelco administrativo implica poner fin al progresivo deterioro en la calidad de los servicios públicos, en los procesos de selección y en las condiciones del trabajo y en las garantías de integridad profesional de quienes los ejercen. Contra los manejos de un político corrupto o los desastres de uno incompetente la mejor defensa no son los jueces: son los empleados públicos que están capacitados para hacer bien su trabajo y disponen de los medios para llevarlo acabo, que tienen garantizada su independencia y por lo tanto no han de someterse por conveniencia o por obligación a los designios del que manda. Desde el principio mismo de la democracia, los partidos políticos hicieron todo lo posible por eliminar los controles administrativos que ya existían y dejar el máximo espacio al arbitrio de las decisiones políticas. Ni siquiera hace falta el robo para que suceda el desastre. Que se construya un teatro de ópera para tres mil personas en una pequeña capital o un aeropuerto sin viajeros en mitad de un desierto no implica solo la tontería o la vanidad de un gobernante alucinado: requiere también que no hayan funcionado los controles técnicos que aseguran la solvencia y la racionalidad de cualquier proyecto público, y que sobre los criterios profesionales hayan prevalecido las consignas políticas.

El cambio, el vuelco principal, es la exigencia y el reconocimiento de la capacidad personal
En cada ámbito de la administración se han instalado vagos gestores mucho mejor pagados siempre que los funcionarios de carrera. Obtienen sus puestos gracias al favor clientelar y ejercen, labores más o menos explícitas de comisariado político. Pedagogos con mucha más autoridad que los profesores; gerentes que no saben nada de música o de medicina pero que dirigen lo mismo una sala de conciertos que un gran hospital; directivos de confusas agencias o empresas de titularidad públicas, a veces con nombres fantasiosos, que usurpan y privatizan sin garantías legales las funciones propias de la administración. En un sistema así la corrupción y la incompetencia, casi siempre aliadas, no son excepciones: forman parte del orden natural de las cosas. Lo asombroso es que en semejantes condiciones haya tantos servidores públicos en España que siguen cumpliendo con dedicación y eficacia admirables las tareas vitales que les corresponden: enfermeros, médicos, profesores, policías, inspectores de Hacienda, jueces, científicos, interventores, administradores escrupulosos del dinero de todos.
Que toda esa gente, contra viento y marea, haga bien su trabajo, es una prueba de que las cosas pueden ir a mejor. Construir una administración profesional, austera y eficiente es una tarea difícil, pero no imposible. Requiere cambios en las leyes y en los hábitos de la política y también otros más sutiles, que tienen que ver con profundas inercias de nuestra vida pública, con esas corruptelas o corrupciones veniales que casi todos, en grado variable, hemos aceptado o tolerado.
El cambio, el vuelco principal, es la exigencia y el reconocimiento del mérito. Una función pública de calidad es la que atrae a las personas más capacitadas con incentivos que nunca van a ser sobre todo económicos, pero que incluyen la certeza de una remuneración digna y de un espacio profesional favorable al desarrollo de las capacidades individuales y a su rendimiento social. En España cualquier mérito, salvo el deportivo, despierta recelo y desdén, igual que cualquier idea de servicio público o de bien común provoca una mueca de cinismo. La derecha no admite más mérito que el del privilegio. La izquierda no sabe o no quiere distinguir el mérito del privilegio y cree que la ignorancia y la falta de exigencia son garantías de la igualdad, cuando lo único que hacen es agravar las desventajas de los pobres y asegurar que los privilegiados de nacimiento no sufren la competencia de quienes, por falta de medios, solo pueden desarrollar sus capacidades y ascender profesional y socialmente gracias a la palanca más igualitaria de todas, que es una buena educación pública.

Una cultura civil muy degradada ha fomentado en España el ejercicio del poder sin responsablidad
Nadie se ha beneficiado más del rechazo del mérito y de la falta de una administración basada en él que esa morralla innumerable que compone la parte más mediocre y parasitaria de la clase política, el esperpento infame de los grandes corruptos y el hormiguero de los arrimados, los colocados, los asesores, los asistentes, los chivatos, los expertos en nada, los titulares de cargos con denominaciones gaseosas, los emboscados en gabinetes superfluos o directamente imaginarios. Unos serán cómplices de la corrupción y otros no, pero todos contribuyen a la atmósfera que la hace posible y debilitan con su parasitismo el vigor de una administración cada vez más pobre en recursos materiales y legales y por lo tanto más incapaz de cumplir con sus obligaciones y de prevenir y atajar los abusos. Una cultura civil muy degradada ha fomentado durante demasiado tiempo en España el ejercicio del poder político sin responsabilidad y la reverencia ante el brillo sin mérito. Caudillos demagogos y corruptos han seguido gobernando con mayorías absolutas; gente zafia y gritona que cobra por exhibir sus miserias privadas disfruta del estrellato de la televisión; ladrones notorios se convierten en héroes o mártires con solo agitar una bandera.
Esta es una época muy propicia a la búsqueda de chivos expiatorios y soluciones inmediatas, espectaculares y tajantes —es decir, milagrosas—, pero lo muy arraigado y lo muy extendido solo puede arreglarse con una ardua determinación, con racionalidad y constancia, con las herramientas que menos se han usado hasta ahora en nuestra vida pública: un gran acuerdo político para despolitizar la administración y hacerla de verdad profesional y eficiente, garantizando el acceso a ella por criterios objetivos de mérito; y otro acuerdo más general y más difuso, pero igual de necesario, para alentar el mérito en vez de entorpecerlo, para apreciarlo y celebrarlo allá donde se produzca, en cualquiera de sus formas variadas, el mérito que sostiene la plenitud vital de quien lo posee y lo ejerce y al mismo tiempo mejora modestamente el mundo, el espacio público y común de la ciudadanía democrática.
Antonio Muñoz Molina es escritor.

jueves, 6 de noviembre de 2014

PRENSA CULTURAL. Entrevista a Miguel Sánchez-Ostiz, sobre su última obra, el ensayo "La sombra del escarmiento (1936-2014)"

   En "cuartopoder.es":
ENTREVISTA SOBRE SU ÚLTIMA OBRA, EL ENSAYO 'LA SOMBRA DEL ESCARMIENTO (1936-2014)'

Sánchez-Ostiz: “El partido que detenta el poder actúa en heredero del franquismo”

JUAN ÁNGEL JURISTO | Publicado: 
Miguel_Sanchez_Ostiz.
Imagen del perfil del blog de Miguel Sánchez-Ostiz.
Hace unos meses Miguel Sánchez-Ostiz escribió una crónica novelada, bastante terrible, sobre los años de la guerra en Pamplona y la represión subsiguiente. El libro se titulaba El Escarmiento, dimos cuenta de ella en su momento en cuartopoder.es, y con ese nombre su autor quiso sortear una metáfora de la represión franquista en España. Ahora publica un ensayo, La sombra del Escarmiento (1936-2014), lo ha impreso Pamiela, su fiel editorial, que se quiere continuación de aquel otro libro y donde Sánchez-Ostiz quiere mostrar, cree que demostrar es palabra que excusa más que otra cosa lo que es sencillamente evidente, que ese modo de concebir el mundo, el franquismo, sus peculiaridades, siguen presentes y vivas en la España de hoy y de tal manera que hasta explica la corrupción a espuertas que sufrimos como mera continuación del imaginario de botín de guerra de los vencedores de la guerra y que sigue vigente en nuestros días.
En la entrevista que mantuvimos con Miguel Sánchez-Ostiz nos habló del origen del libro: “Fueron dos conferencias que di en un curso de verano de la Universidad del País Vasco, en el mes de julio pasado, que tenía por título 'A los 75 años del fin de la Guerra Civil: historia, literatura y memoria', dirigido por el profesor Josu Chueca. Una de ellas era sobre la gestación de mi novela 'El Escarmiento' y otra sobre el botín de guerra. Las dos conferencias trataban de las consecuencias del golpe militar de 1936, de la guerra civil y de la represión franquista; de cómo las vivimos“.
En este ensayo Miguel Sánchez-Ostiz cita como libros de referencia En la orilla, de Rafael Chirbes, y Escrito en España, de Dionisio Ridruejo porque ambos, por otro lado no se parecen en nada, vinculan el presente , lo que significa, con el inmediato pasado y así, para Chirbes, la corrupción que describe tiene que ver con el pasado franquista que ha dejado unas costumbres inalterables, unas costumbres de corrupción de las instituciones que se creen dueñas de todo lo público. En Ridruejo, que vio en el franquismo una corrupción generalizada de los valores, es decir, la traición hasta de sus propias creencias como esencia, la relación es aún mayor pues apela en exclusiva a la conciencia moral.
Para Miguel la razón es sencilla: “Porque el libro de Ridruejo, de 1962, dedica unas páginas, a mi modo de ver tan intensas como certeras, a denunciar el imperio de la corrupción, la venalidad y la prevaricación institucionales que caracterizaban el régimen surgido del golpe militar. El caso de Rafael Chirbes porque decir que la novela trata ‘de la crisis’ es reducir mucho su contenido. Chirbes parte del por qué remoto de una mentalidad proclive al saqueo, al aprovechamiento inmediato, a la deslealtad en lo público y en lo privado, al sálvese quien pueda, y encuentra la explicación en lo mismo que denunciaba Ridruejo“.
Lejos de buscar polémica, la corrupción no es un problema exclusivamente nuestro y sus causas, aunque las maneras sean específicas de cada país, trascienden nuestras fronteras. Así, la importancia concedida al capital financiero favorece una concepción corrupta del mundo que se produce menos en el capital trabajo o productivo, sin ir más lejos. En cualquier caso, para Sánchez-Ostiz, Pamplona es paradigma del resto de los pueblos españoles respecto a la represión franquista: “en realidad no creo que fuera diferente a todos los lugares donde no hubo frente de guerra, lo único especial es que fue allí donde el general Mola urdió el ‘escarmiento’, desde donde dictó sus instrucciones reservadas, inspiradas en la represión extrema“. Como acabó diciendo José María Iribarren, su secretario particular: “Aquel hombre no pensaba más que en matar”, y en este libro lo que en realidad se dirime, más que cualquier otro asunto, es la falta absoluta de imaginario democrático en el pueblo español, que Miguel Sánchez-Ostiz piensa que se debe a “ese mirar para otro lado” a que la población estaba obligada con las brutales represalias de los vencedores, ya que no hubo familia española que no hubiera sufrido esa represión en alguno de sus miembros.
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Cubierta de la obra de Sánchez Ostiz.
Esa costumbre de mirar a un lado lo que hay que mirar de frente, es determinante para el autor, pero esa actitud, lejos de ser inocua, conduce a casos sangrantes como los de la Ley de Memoria Histórica y el manto de silencio, vergüenza e indiferencia con que la mayoría de la población española ha reaccionado ante este tipo de violaciones de estos derechos de exhumación: “Hay una evidente represión policial y judicial que recuerda los años del franquismo, sus leyes y tribunales de excepción. Y eso se sostienen en una mentalidad que tiene más que ver con el pasado que con un presente que se pretende de un régimen democrático que presenta, a mí modo de ver, algo más que deficiencias“.
El partido que detenta el poder (gobernar es otra cosa) –añade–, ha dado muestras más que suficientes de que actúa en heredero del franquismo y el régimen. Diga lo que diga el diccionario de Anés, fue una dictadura basada en un golpe militar y sostenida en un aparato legal inspirado en el fraude de ley y en mucho más que el mero autoritarismo… Ah, sí, mejor no olvidarlo, y en un beneplácito social no del todo generalizado, pero casi”. Ocurre lo mismo, es probable, por ese miedo a ser republicano en una población que, curiosamente, no gusta de la Monarquía, esto no lo dice Sánchez-Ostiz, es cosa mía, pero ilustra sobremanera aquello que podemos vislumbrar siguiendo esta estela señalada.
Este tipo de correlatos es lo que hace precioso este libro, de un estilo intenso, apasionado, como es costumbre en Sánchez-Ostiz, un estilo que se acoge al panfleto de eminente excelencia literaria, como los que escribió Louis Ferdinand Céline o El manifiesto comunista, sin ir más lejos; Indignaos no pasa la prueba como panfleto literario de primer orden. Es decir, cumple a la perfección con la rápida reacción del lector, que es lo que busca el panfleto, y para ello la recurrencia a una retórica de primera fila es esencial. No hay más que leer las páginas consiguientes al concepto de botín de guerra, respecto a lo cual Miguel Sánchez-Ostiz nos recalca: “Vuelvo a Ridruejo donde decía que aquella gente, por el hecho de ganar una guerra, se sentía con un derecho a recibir un premio económico, a beneficiarse de las instituciones que había contribuido a poner en pie. Ahora pasa lo mismo, está demasiado generalizado que cuando se tiene poder político o se medra a su sombra apoyando los abusos gubernamentales se tiene derecho a hacer de lo público un pingüe negocio privado. Está demasiado generalizado para sostener que se trata de casos aislados o meras excepciones. Y eso no está llevando aparejado un verdadero rigor judicial
Ese cumplir a rajatabla con el mejor panfleto lo hizo en El asco indecible y lo ha hecho en este libro… inmejorablemente.

domingo, 24 de agosto de 2014

PRENSA. "Los clásicos". Julio Llamazares


Julio Llamazares
En "El País":

Los clásicos

A los que se sorprenden de lo que está pasando en España les recomiendo que lean a Cervantes, Quevedo y Valle-Inclán

Tengo un amigo alemán que se extraña de que en España cada vez más la corrupción sea la norma y no la excepción y yo lo comprendo: mientras nosotros leíamos El Lazarillo, el Guzmán de Alfarache o La pícara Justina, ellos, los alemanes, se aburrían como ostras leyendo a Goethe y a Thomas Mann.
 Lo que me sorprende a mí es que aún haya españoles que se extrañen de lo mismo que mi desconcertado amigo alemán. Salvo que no hayan leído un libro en su vida. Porque el famoso patio de Monipodio, la escuela de ladrones de Sevilla a la que acuden los pícaros cervantinos Rinconete y Cortadillo, como la fabulosa tierra de Jauja, “donde se come y se bebe y no se trabaja”, que inmortalizó su paisano Lope de Rueda, o la pensión segoviana del Cabra quevedesco en la que las comidas no tenían principio ni fin porque el avaro dómine les hurtaba el tocino y la carne de la olla a sus pupilos, se diferencian muy poco de la España que hoy conocemos. Cambian los nombres de los ladrones y de los pícaros, pero es la misma en esencia.
Por eso yo a los que se sorprenden de lo que está sucediendo en nuestro país les recomiendo que lean a nuestros clásicos (a Cervantes y a Quevedo, pero también a Fernando de Rojas y al Padre Isla y, por supuesto, a Larra y a Valle-Inclán) y a los que no lo pueden hacer, como mi amigo alemán, porque no dominan el idioma les remito a la historia de la literatura: mientras que los alemanes daban a luz el romanticismo, los italianos el renacimiento, los franceses la ilustración y los ingleses la tragedia moderna, nosotros, los españoles, hemos aportado al mundo dos géneros literarios característicos: la picaresca y el esperpento. Digo yo que será por algo.

miércoles, 4 de junio de 2014

PRENSA. "De nuevo en el furgón de cola". Juan Goytisolo

Juan Goytisolo

   En "El País":

De nuevo en el furgón de cola

La ignorancia y la corrupción vuelven a campear a sus anchas en España

Tras evocar la fertilidad intelectual y creativa del periodo que abarca el tardofranquismo y la Transición democrática, un autoexiliado como los que jalonan nuestra reiterativa historia, el filósofo Eduardo Subirats, comentaba en una carta fechada el pasado mes de diciembre que “en los años ochenta y noventa esa energía fue lentamente apartada de la vida pública y suplantada por una mezcla de oportunismo, ignorancia y corrupción cuyos resultados saltan a la vista”. Las citadas líneas acompañaban su propuesta de una entrevista conmigo en el marco de un medio digital en torno al tema de Crisis y Crítica bajo el elocuente título cernudiano de Desolación en la Quimera.Aunque mi situación de desamparo tecnológico (el amigo que transcribe en su ordenador mi letra menuda y casi ilegible se había ausentado de Marraquech) me impidió responder entonces a su solicitud, creo que la materia merece ser debatida con calma en unos tiempos en los que “la destrucción continuada e irreversible de los medios educativos”, dice Subirats, han puesto a España en el estado de postración en el que yace.
La emergencia de nuevas generaciones que hace medio siglo aspiraban a desembarazarse de la camisa de fuerza del Régimen y acariciaban el dulce sueño del acercamiento a Europa había abierto las compuertas a un pensamiento innovador y revulsivo que barría los esquemas caducos del nacionalcatolicismo y ofrecía al público cuanto había sido vedado por el obtuso poder oficial. La rebeldía intelectual y vital era el común denominador que inspiraba a cuantos, jóvenes o menos jóvenes, pugnaban por ponerse al día y acceder al uso de la palabra.
Las revistas y publicaciones de la época dan rendida cuenta de un cambio que desbordaba las fronteras trazadas por la censura. Ésta funcionaba aún, pero el ansia de libertad era más fuerte y la agonía del Caudillo preludiaba la del Régimen. La labor aperturista de la inolvidable revista Triunfo y la del semanario Cambio 16 fueron un soplo de aire fresco en la cerrada atmósfera que prevalecía desde el final de la Guerra Civil. Las editoriales innovadoras —Seix Barral, Anagrama, Tusquets, Lumen...— seguían la misma pauta y el público descubría a una serie de autores de dentro y de fuera que devoraba con insaciable apetito. La aparición de EL PAÍS abrió la brecha definitiva en el muro vetusto que se agrietaba. Simultáneamente a la hornada de grandes escritores latinoamericanos —García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar, Fuentes, Lezama Lima, Cabrera Infante...— y al reconocimiento de la obra ingente de Octavio Paz, traído a España de la mano de Pere Gimferrer y Julián Ríos, surgieron publicaciones literarias a veces efímeras, pero llenas de vitalidad y lozanía. Nadie ponía entonces puertas al campo y todo parecía posible. Comparar los suplementos literarios de la época con los de ahora es un penoso ejercicio de melancolía.

Nadie ponía en la Transición puertas al campo y todo parecía posible
La década de los ochenta empezó con los mejores augurios: pienso en la revista Quimera cuyo empuje se prolongaría luego bajo la dirección de Ana Nuño y en la colección Espiral conducida por el gran autor de Larva. La oferta cultural era amplísima y el curioso lector no daba abasto. El retraso de décadas de aislamiento no podía colmarse en tan breve plazo, pero los aquejados de incurable libropesía (el término es de Quevedo) respondían al reto. La indispensable distinción entre el texto literario y el producto editorial que permite al buen editor publicar el primero gracias a las ventas del segundo se mantendría a primera vista intacta, pero se vería borrada conforme nos adentramos en los años noventa.
Vista a distancia, la frustrada inserción en la Península de la editorial Ruedo Ibérico fue una primera señal de alarma de la “normalización” que se avecinaba y de la marginación gradual de la disidencia en aras del progreso vendido por nuestros políticos: el de un país autosuficiente y rico, a la altura de sus grandes socios europeos. Cierto que revistas incentivas como Syntaxis, cuya aventura creadora se conmemoró recientemente, lucharon a contracorriente por una reflexión crítica de la modernidad y del neoconservadurismo propiciado por la globalización con la subsiguiente supeditación de la cultura al igualitarismo de las nuevas tecnologías y a las leyes del dios Mercado, pero la conjunción de ambos factores acabó por imponerse. Como me escribía Eduardo Subirats, “los espacios culturales administrados por las élites políticas no han sido capaces de revisar el pasado ni el presente de la historia española y mucho menos de transformarlo en un sentido esclarecedor”. De resultas de ello, el conformismo contra el que lucharon el pasado siglo figuras tan dispares como Valle-Inclán y Manuel Azaña configura de nuevo el horizonte hostil que nos aprisca en rebaño. Los Blanco White de hoy existen en los diversos campos del saber universitario, pero pocos, muy pocos, se esfuerzan por rescatarlos.

El periodismo literario ha expulsado a los márgenes al pensamiento crítico
Un periodismo literario a menudo mediocre ha expulsado a los márgenes el pensamiento crítico que vertebra la vida cultural. Ambos son a la vez necesarios y compatibles en publicaciones destinadas al gran público, pero el desalojo del segundo en aras de una actualidad efímera y redundante conduce a un irremisible empobrecimiento intelectual y al desprecio de las facultades cognitivas de los lectores. En fecha no lejana fui testigo de un episodio descorazonador: había agregado a mi reseña de la correspondencia entre dos figuras centrales de la historiografía española del siglo XVI, Américo Castro y Marcel Bataillon, unas preciosas analectas con frases espigadas de su apasionante intercambio epistolar, pero dicho florilegio de una cuartilla y media no apareció “por falta de espacio” siendo así que en la misma edición en papel del suplemento del periódico en el que colaboro desde su fundación se dedican páginas enteras a fotografías y entrevistas a supercampeones de ventas de los que probablemente nadie volverá a oír hablar después de su espectacular promoción comercial.
Podría citar algunos otros ejemplos de esa celebración del vacío en un país donde se recortan despiadadamente los presupuestos educativos y culturales, se suprimen las becas de estudio y se empuja al exilio a millares de universitarios hipotecando así el futuro de las generaciones venideras. Según estadísticas divulgadas por la prensa ocupamos de nuevo nuestro antiguo puesto de furgón de cola europeo en términos de desarrollo humano y estamos a la cabeza en el de fracaso escolar mientras el Gobierno se jacta de los éxitos de la Marca España y ensalza las virtudes de la austeridad impuesta por Merkel y Bruselas. La ignorancia y corrupción campean como en otras épocas y en razón de ello no nos auguran, mucho me temo, un porvenir brillante.
Juan Goytisolo es escritor.

sábado, 19 de abril de 2014

PRENSA. "La España de Luis de Góngora, 400 años después". José Manuel Martos Carrasco

Dibujo de Eulogia Merlé

   En "El País":

La España de Luis de Góngora, 400 años después

De aquel imperio inepto, pero soberbio en la literatura, queda ahora un país de ínfima categoría moral e intelectual, esquilmado por los trapicheos y los tráficos de influencias de los políticos y sus secuaces

 31 JUL 2013

Estábamos por la mañana en Valdezate y Haza, y por la tarde en Lerma. Por motivos diversos, los tres pueblos de Burgos nos hicieron pensar en el hundimiento de la economía, que asolaba nuestro suelo y nuestras mentes, y en Luis de Góngora. Ese domingo de finales de mayo, en Valdezate solo se veía a mediodía una familia con perro que, en medio de la calle, se disponía a asar unas costillas; lo demás, las bodegas excavadas en la montaña que, tras años de abandono, daban al lugar un aire espectral, de catacumba siniestra, más cercano a una película de muertos vivientes que a una realidad española del siglo XXI. Por la tarde, tras atravesar el portentoso refugio de las águilas (los “raudos torbellinos de Noruega” gongorinos) en los fabulosos vestigios de la loma amurallada de Haza y recorrer bellísimas extensiones de retorcidos viñedos primero y de verde cereal después, nos pusimos en el centro histórico de Lerma, donde la majestuosidad del recinto antiguo invitaba a un brindis por la herencia arquitectónica de don Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, duque de Lerma, el poderoso valido de Felipe III.
En la plaza mayor de Lerma, la consabida tienda de productos típicos estaba regentada por un matrimonio catalán de la Barcelona periférica, que había abandonado Cataluña de resultas de la crisis y no parecía sentir nostalgia. Mientras el periódico regurgitaba por todas sus columnas el expolio económico y la extenuación social, Félix de Azúa declaraba con pompa que “escribir literariamente es una tarea extenuante y hermosa” y anunciaba el papel del Quijote como génesis o Génesis literario de nuestra lengua vernácula castellana.
Estábamos a punto de perecer, engullidos por las arenas movedizas de la burbuja inmobiliaria, de la crisis económica, de la vergüenza política y de la esterilidad literaria; demasiado concentrados en nuestro desventurado destino personal para recordar que el descrédito político y la inanidad institucional no arrastran necesariamente en su grupa un vacuo serón cultural. En la plaza mayor de Lerma, con un refulgente sol primaveral, pero con un cielo azul raso y unos aires cortantes más propios de febrero, proclives a una cierta lucidez, cerré los ojos con la taza de café en la mano y recordé que en 1913, en la antesala de la I Guerra Mundial, Juan Ramón Jiménez estaba alumbrando Platero y yo; que en 1813, entre los restos de las últimas bayonetas de mariscales franceses y generales españoles, moría una de las cabezas más cultivadas que había dado España, la de un catalán que adoraba Madrid y que atendía al nombre de Antonio de Capmany y de Montpalau; que en 1713, cuando Cataluña casi doblegaba la cerviz rebelde, se fundaba la Real Academia Española; y que en 1613, cuando el duque de Lerma por acción y Felipe III por inacción convertían la política y la sociedad españolas en un sarao colosal de influencias, dádivas y prerrogativas sin disimulos ni máscaras, en un trapicheo en beneficio propio muy superior al que vivimos ahora, comenzaban a circular copias y copias manuscritas de las Soledades, de Luis de Góngora, y se estaba fraguando así una de las grandes y escasas revoluciones literarias de los últimos 20 siglos.

El duque de Lerma, un arribista de la peor estofa, algo hizo por las artes y las letras
Era evidente que nadie se iba a acordar, en serio, de los 100 años de Platero y yo, ni (qué risa) de los 200 de la muerte de Antonio de Capmany y de Montpalau, ni tampoco de los 400 años de la convulsión poética gongorina. Mucho menos de las circunstancias históricas que rodearon la atribulada existencia de esos hombres geniales, de sus miserias más que de sus grandezas, de sus sufrimientos más que de sus alegrías. Poco sabemos de sus biografías, incluso de la de Juan Ramón y, lo que es peor, no parece que nos haya de interesar: Platero y yo se cruza en nuestro camino por su reblandecimiento, especialmente indicado en dietas infantiles; Capmany es demasiado erudito y díscolo, demasiado catalán para su soberbio castellano; y Góngora, ¡pobre Góngora!, sigue siendo ese laberinto críptico que nos hicieron leer y aborrecer en nuestra disipada y aborregada adolescencia. Poco o nada sabemos de lo que estos tres peregrinos, dentro o fuera de su (y nuestra) patria, tuvieron que hacer para malvivir y sobrevivir; y con todo, a pesar de un entorno adverso u hostil en muchos momentos de sus vidas, nos dejaron un fruto excelso, que deberíamos estar conmemorando con todos los honores este año redondo de 2013, en lugar de chapotear con gusto en la chanca de la actualidad, convertida en bochornoso espectáculo diario de masas.
No sé si la España de hoy se parece a la de 1913, a la de 1813 o la de 1713. Sin duda, es un calco político de la de 1613, y que los historiadores de la época (Antonio Feros, Bernardo José García García, Patrick Williams o Alfredo Alvar) me desmientan si disienten. De la estrangulada redoma social de la España de hace cuatro siglos, de las ansias depredadoras del duque de Lerma, que miraba para él y para los suyos, pero también, a sabiendas o no, para la posteridad, estamos disfrutando de un beneficio cultural de proporciones descomunales. Ese legado se concreta en lo literario en las Soledades de Góngora, esta sí la verdadera Biblia para un país sin Biblia, que alcanza un reconocimiento inmediato y fulgurante, a través de su legión de imitadores y comentaristas, que intuyen al punto el alcance de ese monstruoso engendro poético, capaz de provocar un intenso y tenso debate cultural que traspasará con amplitud el coto de los vates.
Ese Góngora de 1613, al que el pusilánime Cervantes teme entonces agraviar en sus alabanzas aunque las suba al grado más supremo, cuenta en las Soledades un viaje imaginario como forma de evasión del mundo circundante; la gente más informada se lo agradece, porque en 1613 pocas son las vías para escapar del estanque putrefacto de la política, habida cuenta de que no existen el fútbol, las drogas, los viajes transoceánicos o la informática. Sin embargo, solo cuatro años más tarde, ese mismo Góngora, ese altivo señorito y racionero cordobés, acuciado por las deudas y por las estrecheces pecuniarias, arrastrará su pluma más mendicante en prosecución de un cargo institucional, hasta el punto de pergeñar en 1617 las 69 octavas reales del Panegírico al duque de Lerma, que, como su título indica, es una loa desaforada del primer ministro de Felipe III, a la sazón el hombre más poderoso y corrupto del reino.

¿Qué están haciendo los que nos gobiernan hoy, de qué cohorte artística se han rodeado?
Cuatrocientos años después, ¿qué queda de aquella España imperial, inepta en la política, pero soberbia en la literatura? Una España de ínfima categoría moral e intelectual, esquilmada por los trapicheos y los nudos y tráficos de influencias de los políticos y sus secuaces. Esa misma España jactanciosa que desconoce orgullosamente la trascendencia histórica y literaria de 1613, de Luis de Góngora y de las Soledades. Mucho me temo que, por motivos antagónicos, 1613 y 2013 son dos años climatéricos de nuestra historia. Hace 400 años gobernó nuestro país el duque de Lerma, un arribista de la peor estofa, un déspota que trabajó para amasarse una inmensa fortuna para vivir una vida mullida y regalada, de lujo y comodidad máximos según los estándares de la época; pero, pese a ello y todos sus defectos, el duque tenía también su punto de conciencia histórica y quiso y supo invertir algo de su tiempo y de su dinero en ser inmortalizado por algunos de los grandes genios de las artes y las letras, como Rubens y Góngora.
Por contra, ¿qué están haciendo quienes nos gobiernan hoy para que dentro de 400 años los españoles no se avergüencen de nuestra paupérrima y depauperada actividad cultural, de qué cohorte artística se han rodeado y cómo los inmortalizará?
José Manuel Martos es director editorial de Gredos.