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jueves, 26 de marzo de 2015

PRENSA. CIENCIA. "El cerebro humano es una máquina hecha con piezas recicladas

   En "El País":

El cerebro humano es una máquina hecha con piezas recicladas

La evolución ha reutilizado capacidades surgidas en la sabana africana para adaptarse a actividades modernas como la lectura


El cerebro es capaz de reutilizar para usos modernos circuitos cerebrales surgidos por motivaciones antiguas. / MUSEO DEL NEANDERTAL.

La evolución actúa como MacGyver, un tipo capaz de construir artefactos con los que derrotar a un ejército aprovechando los adminículos que se pueden encontrar en una ferretería de pueblo. Como el agente especial que protagonizaba la serie de los ochenta, la selección natural toma las herramientas que tiene a mano y les da nuevos usos. Un ejemplo son las plumas, que funcionaban como un sistema de climatización para los dinosaurios y acabaron sirviendo para volar. Otra muestra de la forma de operar de la naturaleza son las manos humanas. Con un pulgar enfrentado al resto de dedos, permiten manejar con precisión desde puntas de lanza hasta pinceles y se consideran un paso fundamental en el proceso de humanización. Sin embargo, como mostraba un estudio reciente, nuestros ancestros tenían manos modernas mucho antes de que sus cerebros fuesen capaces de utilizarlas para crear tecnología. Es posible que aquellas herramientas resultasen ya útiles para hurgar en el tronco de los árboles en busca de comida o recolectar raíces, y después, cuando la aparición de una mente más compleja lo hizo posible, se acabasen empleando para tareas más sofisticadas.
Nuestro cerebro, como otras partes del cuerpo, también es un collage de piezas heterogéneas que resultaron útiles en algún momento de la historia evolutiva o, al menos, no fueron tan nocivas como para ser descartadas. Ese gusto por el reciclaje ha tomado un nuevo significado cuando se trata del cerebro de una especie como la humana, que a través de la cultura ha reformulado las reglas de la evolución.
En un artículo publicado esta semana en la revista Trends in Cognitive Sciences, investigadores de Dartmouth College revisan lo que se conoce sobre la materia y explican que nuestra habilidad para responder a rápidos cambios culturales es posible porque el cerebro es capaz de reutilizar para usos modernos circuitos cerebrales surgidos por motivaciones antiguas. Ese sería el caso de la lectura, una actividad que los humanos solo han practicado de forma habitual en el último siglo de sus 150.000 años de existencia como especie. “No evolucionamos para leer, pero la investigación muestra que leemos reciclando un engranaje neuronal que evolucionó para procesar caras y objetos”, afirma Carolyn Parkinson, una de las autoras del artículo.

La alfabetización aprovecha circuitos surgidos para reconocer rostros y objetos
Entre estos peculiares animales que son los Homo sapiens, inventos culturales como el lenguaje pueden incluso modificar el uso de circuitos antiguos. “Se ha observado que, a la hora de percibir rostros invertidos, como en el reflejo de un espejo, las personas analfabetas son mejores que las alfabetizadas”, señala Fernando Moya, investigador del Instituto de Neurociencias de Alicante (UMH-CSIC). Aunque esa nueva forma de percepción haga perder habilidad para reconocer caras y formas desde diferentes ángulos, algo útil en la naturaleza, “cuando nos alfabetizamos, tenemos que identificar como diferente una imagen de su reflejo, como en b y d y esa evolución social modifica nuestros circuitos”, añade. Frente a los sistemas puramente biológicos de otros animales, los humanos cuentan con la cultura como sistema de transmisión de habilidades con las que enfrentarse al mundo, y la cultura se convierte en una fuerza que también puede modificar su fisiología.

Nuestro cerebro ha evolucionado para reconocer como propio lo cercano y como ajeno lo lejano"
Carolyn Parkinson y Thalia Wheatley, la autora principal del trabajo, relatan el conocimiento acumulado sobre cómo el reciclaje de instrumentos biológicos pudo dar origen a nuestra cultura. Algunas hormonas, como la oxitocina o la vasopresina, han servido durante millones de años para regular el comportamiento reproductivo de los mamíferos, afianzando a través del placer las relaciones entre las parejas y de los padres con las crías. En los humanos y en otras especies de primates, sin embargo, estas hormonas han podido servir para fortalecer relaciones sociales y facilitar una capacidad de cooperación extraordinaria en el mundo animal. Algunos estudios han mostrado que la oxitocina, además de incentivar los cuidados maternales, reduce los recelos hacia miembros desconocidos de la misma especie en primates y favorece la colaboración entre humanos sin lazos de sangre, rasgos de comportamiento que posibilitan la creación de sociedades tan complejas como las actuales.
En este continuo proceso de reutilización de piezas y reconexión del cableado neuronal, los simios se vieron, hace unos tres millones de años, en una tesitura que puede estar en la génesis de un nuevo tipo de animal, distinto de los que hasta entonces habían luchado por su vida en la Tierra. “Se sabe que el humano tiene una plasticidad cerebral anómala”, explica Marina Mosquera, investigadora del Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Social (IPHES) de Tarragona. Esta plasticidad puede tener su origen en la revolución que protagonizaron los homínidos cuando, debido a cambios en el clima, el bosque tropical africano en el que vivían se convirtió paulatinamente en una región de sabana. “Con esos cambios, en lugar de tener los recursos alimenticios en los mismos sitios, porque un bosque tropical es mucho más homogéneo y además no tiene estaciones, tuvieron que adaptarse y ser mucho más flexibles. Es posible que ahí esté el origen de la plasticidad que vemos hoy en los humanos”, plantea Mosquera.

Hormonas como la oxitocina facilitan la cooperación en grandes grupos humanos
Conociendo las circunstancias en las que, poco a poco, fue surgiendo la humanidad, también puede servir para tratar de explicar las limitaciones de la mente. El antropólogo británico Robin Dunbar, padre de la hipótesis del cerebro social, observó que, en primates, existía una correlación entre el tamaño del cerebro y el del grupo social en el que viven. En el caso de los humanos, que tienen un cráneo de unos 1.500 centímetros cúbicos, el límite superior para sus grupos es de 150 individuos. Esta cifra se corresponde con las dimensiones de los grupos de cazadores recolectores, con el de las comunidades agrícolas e incluso con la cantidad de amigos que realmente podemos gestionar en Facebook.

El peligro de los cambios

“Los cambios culturales son muy rápidos, y cuando la biología y la cultura no se encuentran a gusto entre sí, el choque puede ser bastante contundente”, advierte Emiliano Bruner, del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH) de Burgos. “Esto vale tanto para la bioquímica de la sangre como para las capacidades cognitivas, y saber cómo funciona todo esto, debilidades y posibilidades, es fundamental para saber cómo optimizar recursos y minimizar problemas”, continúa. “Internet ha conllevado un cambio increíble en nuestra estructura social y cultural, habrá que estar atentos para no tener sorpresas desagradables”, añade.
Parkinson y Wheatley hablan también de las posibilidades que ofrece el conocimiento, implícito o explícito, de nuestros viejos botones evolutivos. Que el cerebro humano haya evolucionado en pequeñas tribus de individuos que se conocían a la perfección tiene consecuencias en un mundo donde nuestra vida diaria depende de millones de desconocidos. Cuando se quiere animar a la gente a ayudar a las víctimas de hambrunas, epidemias o desastres naturales, es más eficaz presentar a una víctima que sirva para identificar el sufrimiento que mostrar datos y razonamientos objetivos, por atroces que sean. Esta parte de la naturaleza humana explica en parte la dificultad para movilizar frente a problemas globales como el cambio climático. “Nuestro cerebro ha evolucionado con unos condicionamientos sociales que tienen mucho que ver con la tribu, con lo cercano, con lo familiar, y ahora estamos en una situación en la que el destino de la humanidad es global. Nuestro cerebro ha evolucionado para reconocer como propio lo cercano y como ajeno lo lejano, y ahora nos enfrentamos a una situación en la que el destino es igual para lo cercano y lo lejano”, resume Moya.
El mecanismo evolutivo para adaptarse mejor a las circunstancias a través del reciclaje de herramientas ya disponibles no solo ha tenido efectos secundarios desde el punto de vista social. “Cuando se habla de evolución y selección, no estamos hablando de rasgos individuales, sino de un paquete, que la selección acepta o rechaza. Genes, caracteres anatómicos, procesos fisiológicos, moléculas, son componentes que van todos enlazados. Con lo cual, si cambia una cosa, otras cambiarán como consecuencias secundarias”, recuerda Bruner. “Algunos son hasta negativos, pero no tan negativos como para rechazar otras ventajas que conllevan”, continúa.
Desde el punto de vista médico, este conocimiento sobre la evolución empuja a preguntarse “cuántas enfermedades se deben a inconvenientes de la evolución, y parece que la lista puede ser bastante larga, sobre todo para simios como nosotros que hemos desarrollado a través de la evolución un cerebro tres veces más grande de lo que sería normal para el tamaño de nuestro cuerpo”, indica Bruner. “Aumenta el volumen, el calor, los vasos sanguíneos, y las peleas por el espacio dentro del cráneo. Como resultado tenemos un cerebro muy potente, pero con una serie de problemas que pueden incluir la miopía o hasta la enfermedad de Alzheimer”, remacha.
Tras millones de años de evolución, la cultura humana ha acelerado el ritmo de transformación del entorno en el que viven los propios humanos. "La plasticidad que tenemos nos ha permitido adaptarnos relativamente bien hasta ahora, pero ya no tenemos capacidad para absorber los cambios con tanta rapidez", opina Mosquera, aunque "cuando se podría estudiar como estamos asimilando ese cambio acelerado es a partir de los últimos veinte años", añade. En las próximas décadas se podrá comprobar si la maquinaria de reciclaje evolutiva sigue funcionando sin preparar demasiadas chapuzas.

miércoles, 8 de octubre de 2014

PRENSA. CIENCIA. "Los genes dan la cara"

   En "El País":

Los genes dan la cara

Desarrollados los primeros programas que deducen el rostro a partir del ADN

Pueden beneficiarse desde la antropología a los forenses


Con solo 20 genes se obtiene un boceto de la cara. / BERNARDO PÉREZ
La estrella de la 150ª temporada de la popular serie CSI, cuando se filme, bien podrá llamarse Grissom. El nombre será un homenaje al más famoso jefe de la policía científica de Las Vegas, pero este Grissom será un ordenador con una capacidad especial: la de ofrecer el rostro de un sospechoso o víctima a partir de un pelo —o de otros materiales menos nobles—, con tal de que tengan suficiente ADN bien conservado en él. A lo mejor los productores, siempre deseosos de captar audiencia, ni siquiera esperan a que sea una realidad. En las series basta la verosimilitud, y esta ya está aquí. Lo demostró a finales de marzo un equipo dirigido por Peter Claes, de la Universidad de Leuven (Bélgica), que publicó en PLOS Geneticsun trabajo en el que se relacionaban los genes con los rasgos faciales de un grupo de voluntarios.
En verdad, el trabajo se hizo al revés, de la cara a los genes: para ello se convocó a 592 voluntarios de orígenes europeos y del oeste de África de Cabo Verde, Brasil y Estados Unidos. Se limitó su edad a que tuvieran entre 18 y 40 años para no añadir un factor de estudio más, como puede ser el envejecimiento, con sus efectos en el aspecto. Se tomaron imágenes tridimensionales de sus caras y se construyeron modelos en los que se establecieron 7.000 puntos de referencia.

Un estudio con 592 voluntarios hace retratos a partir de 24 genes
Por otro lado, se tomaron sus genomas, y se buscaron las variaciones en una sola letra de la cadena (los SNP), sobre todo en genes que ya se sabía que estaban relacionados con la forma de la cara, por ejemplo porque tuvieran mutaciones que se supiera que causaban deformidades. En total, se centraron en 24 mutaciones de 20 genes. El resultado, como señalaban desde el mismo título, era un mugshot, la foto que nunca se parece de verdad al detenido que se toma en las comisarías de EE UU. O, para ser más exactos, una especie de retrato robot.
Luego le tocó el turno a la informática. Una vez establecidas las mutaciones y el aspecto que tenían los mutantes (todos lo somos de alguna manera; si no seríamos todos iguales) se escribió un algoritmo informático que lo relacionaba. Cuestiones como la altura de los pómulos, la separación de los ojos o el ancho de la nariz fueron codificados.
Otros rasgos no hizo falta trabajarlos tanto: ya se sabe cómo son los genes que determinan el color de los ojos o el pelo. Curiosamente, los científicos se niegan a hablar de razas. Ellos solo indican antecedentes, antepasados. La globalización y el mestizaje no permiten hacer una clasificación sistemática de los rasgos; ni siquiera del color de la piel. Y esto era algo que sabían bien los autores del ensayo.
Lo resalta Ángel Carracedo, profesor de Anatomía Patológica y Ciencias Forenses en Medicina Genómica de la Universidad de Santiago. “El artículo lo conozco muy bien por conocer a todos los autores. Su punto fuerte está en la utilización de la población de Cabo Verde que tiene la ventaja de tener una mezcla reciente, lo que favorece el análisis y el encontrar SNP asociados a rasgos tan complejos como los que trata el artículo. Allí es muy fácil ver mulatos rubios y de ojos verdes por ejemplo”, señala.

Para una predicción fina se necesitarían miles, según un científico
Si en lugar de una serie sobre crímenes como la propuesta al científico, se trabajara con la enésima entrega de Indiana Jones —o de su hijo o nietos—, el robot mencionado al principio de este artículo podría llamarse Svante Pääbo, en un homenaje al paleogenetista más famoso, capaz de obtener el ADN de neandertales de hace 30.000 años. Y también para este campo las posibilidades de este tipo de estudios, aún incipientes, sería clara. Carles Lalueza, del Instituto de Biología Evolutiva de Barcelona, colega de Pääbo, también señala el éxito de usar un grupo de voluntarios de distintos orígenes. El estudio “toma una ventaja clarísima al usar individuos de ancestralidad mixta africano-europea, que tienen, de origen, rasgos muy similares”, afirma. “Hacen bien, empiezan por lo más fácil. Por eso les ha bastado con mirar unas decenas de genes”, para obtener información de rasgos característicos como “la nariz o la diferencia orbital”.
Que el trabajo es prometedor lo destaca el paleoantropólogo Antonio Rosas. “Es muy interesante. Es de las primeras veces que se combinan dos metodologías tan potentes y tan diferentes: la secuenciación genética y la morfometría geometría, que es la manera de aprehender la forma de la cara y relacionarlo con la información genética. Ahí está su potencial de futuro”, apunta.
Curiosamente, los forenses parecen más reacios a opinar sobre lo que se perfila como una herramienta fundamental. Y, entre ellos, los que utilizan estas aproximaciones en la práctica, como la policía, son más elusivos aún. Porque pese al revuelo causado, de momento este tipo de aproximaciones tiene mucho de potencial, y poca utilidad práctica. “El estudio es todavía muy preliminar y no se puede aplicar en la práctica forense aún pero abre la vía para encontrar genes candidatos que deben ser aún replicados en otras poblaciones y pasar, además, otros estudios de validación forense”, indica tajante Carracedo.
“Aún tenemos una caja negra, desconocemos cómo funciona el desarrollo. Solo se ha trabajado con 20 genes, y no basta con cuatro cambios en ellos para explicarlo todo”, abunda el paleoantropólogo Rosas.

La búsqueda, hasta ahora, se centraba en ADN relacionado con enfermedades
El primer paso está dado, pero queda el ajuste fino. “Si quisiéramos extrapolar a individuos europeos, en vez de decenas de genes necesitaríamos centenares o miles”, apunta Lalueza. “Los modelos probabilísticos deben de ser mejorados y seguramente aparecerán otros estudios con más genes y, como en las enfermedades comunes habría que ver interacción gen-gen y con el ambiente (la epigenética también jugará un papel). Pero proporciona las bases para que se pueda conseguir”, opina Carracedo.
Los propios autores del trabajo que ha suscitado el debate son conscientes de sus limitaciones. “Aunque hace falta mucho trabajo antes de que podamos saber siquiera cuantos genes habrá que estudiar para calcular la forma de una cara de una forma útil, y habrá que estudiar a muchas más poblaciones antes de que sepamos cómo de generalizables son estos trabajos”, afirman en su artículo, pero no le quitan valor: “Estos resultados ofrecen tanto el ímpetu como el marco analítico para estos trabajos”.
“De momento, con SNP se puede hacer en genética forense, además de identificación de un individuo, la predicción del origen biogeográfico y ancestralidad (lo que da una probabilidad enorme para grandes grupos continentales y cada vez afinamos más). La primera vez que se aplicó este enfoque fue en el 11-M. También tuvimos éxito al utilizarla en la operación Minstead del Reino Unido donde ayudamos a ver la ancestralidad y algunas características físicas lo que ayudó a la policía británica a descubrir al agresor sexual (seguramente el que cometió más agresiones sexuales en serie de la historia durante 18 años)”, señala Carracedo.
Una prueba de lo difícil que es establecer una relación entre la apariencia y los genes es el estudio de la estatura. “Se han relacionado centenares de genes, y con ellos no se explica más que el 10%. Eso da idea de la complejidad”, indica Lalueza.
De hecho, en una especie de salto temporal, el estudio de nuestros ancestros está aportando mucha información sobre las posibilidades —y limitaciones— de la genética forense. Un artículo de hace una semana, precisamente de Svante Pääbo, hacía un ejercicio similar al comparar forma y genes, pero, en este caso, no se fijaba en las caras, sino en el cuerpo. No se trataba de descubrir la forma a partir de los genes, sino de identificar qué material genético se conserva, y, a partir de él, ver qué rasgos se mantienen, pero la idea es la misma.

La primera vez que se aplicó en España este enfoque fue en el 11-M
En cualquier caso, como saben todos los genetistas actuales, conocer el ADN implicado de una manera o de otra en un proceso biológico —sea la forma de la cara o una enfermedad, que es donde más se han estudiado— es solo la primera parte. Como dice Antonio Rosas, “dar el salto entre información genética y apariencia”.
Y aquí entra el proceloso mundo de las ómicas, las otras ciencias que, tras la descripción del genoma humano a principios de este siglo, se encargan de explicar, en primer lugar, por qué con eso no basta. Denominadas así por el sufijo que las forman, la proteómica y, sobre todo, la epigenómica tienen mucho que decir al respecto.
“Necesitamos saber el algoritmo genético”, dice Rosas. El mecanismo por el que unos genes actúan sobre otros, activándolos o inhibiéndolos. El paleantropólogo cree que, en ese sentido, el artículo sobre el cuerpo del neandertal u otro publicado en febrero y publicado también en PLOS One sobre el epigenoma de esta especie de homínidos va incluso “un paso más allá en la misma dirección: acotar el conocimiento que relaciona la anatomía macroscópica y la base genética que la genera”. Lo que estamos haciendo es “aproximar el fenotipo al genotipo”, indica Rosas.
El epigenoma es el sistema de señalización de los genes, lo que hace que en una célula se activen las instrucciones para que se comporte como una neurona o un cardiocito. Pero, además, si modificar el genoma es complicado, hacerlo con el epigenoma no lo es tanto. Factores como la alimentación o la contaminación tienen su efecto —por eso el tabaco o algunas dietas están relacionadas con el cáncer, una enfermedad de clara base genética ya que actúa al nivel de los procesos básicos de las células—. Así que probablemente esos robots de película, el Grissom y el Pääbo que hemos usado como ejemplos, tendrán que ir más allá y no solo leer las bases químicas, sino que deberán tener en cuenta su sistema regulatorio.
Después de este primer paso, hay ideas variadas sobre los futuros. Manuel Pérez-Alonso Director del Instituto de Medicina Genómica de Valencia, cree que todavía “no se ha hecho una búsqueda sistemática de los genes” relacionados con el aspecto. “Hasta ahora buscábamos los de las enfermedades”, dice. “Aunque no es una realidad que a día de hoy podamos reconstruir una cara a partir del ADN, podemos vaticinar que cuando se terminen de encontrar las causas genéticas de las enfermedades, los estudios puedan dedicarse a estos aspectos”, opina Pérez-Alonso.

La futura derivada comercial de este proceso abre un debate ético y moral
Lalueza no duda tampoco del potencial de estas técnicas, aunque les ve otro problema. A medida que se quiera obtener más información, hará falta que las muestras genéticas sean mayores y estén en mejor estado. “Cualquiera sabe lo difícil que es genotipar muestras degradadas”, afirma. Probablemente habrá que construir bases de datos casi país a país. “En Europa la variabilidad no es muy grande”, afirma, y esto es una dificultad añadida. Esta especie de uniformidad en lo más íntimo es un problema añadido. En vez de 20 genes, habrá que estudiar sutiles diferencias en cientos o miles, lo que implica tener un material biológico de primera calidad.
Rosas no es tan escéptico. “La verdad es que en 5 o 10 años las cosas van tan deprisa que no nos sorprendería que con este planteamiento estemos avanzando una barbaridad”, comenta optimista.
Lalueza pone como ejemplo el estudio que se acaba de hacer sobre la sangre supuestamente conservada de Luis XVI de Francia, cuya autenticidad se ha descartado. “A partir de su genoma hemos llegado a cuanto podíamos saber, como el color de los ojos y el pelo” del individuo cuya sangre se guardó en aquella calabaza. Ha sido la comparación con sus descendientes —es lo que tienen las monarquías, que se basan en la trazabilidad genealógica— la que ha llevado a descartar que esa sangre sea la del rey ejecutado en 1793. Es una muestra del estado de la ciencia actualmente, y, también, de su potencial futuro.
Como en otros muchos asuntos, en ciencia que algo se pueda hacer implica, casi como un axioma, que alguien lo va a hacer. Y, en este caso, el proceso de relacionar genes con aspecto tiene una derivada casi comercial: el día que se sepa qué condicionantes del ADN determinan la forma de la cara, surgirá la tentación de seleccionar embriones para que presenten ciertas variantes. Por ejemplo, nacer con el hoyuelo de Kirk Douglas o los ojos de Lauren Bacall, si es que la barbilla de papá o la mirada de mamá no son suficientes o se trata de progenitores cinéfilos.
“Esa posibilidad está ahí, por supuesto”, indica Pérez-Alonso, “aunque las leyes españolas prohíben la selección de embriones salvo por causas médicas. Desde un punto de vista ético, moral y legal está prohibido”, insiste.

La mayoría de países rechazan elegir el sexo del bebé salvo para evitar dolencias
El debate ya surgió con los diagnósticos preimplantacionales, y en la inmensa mayoría de los países se llegó a la determinación de que solo se puede elegir sexo de un bebé si es para evitar una enfermedad genética. Pero ni siquiera esta postura es monolítica. En Bélgica, recuerda Pérez-Alonso, ya se puede decidir si se quiere implantar un embrión masculino o uno femenino sin tener que justificarlo. En cambio, en otros países como India o China las autoridades intentan que los padres no sepan el sexo del bebé antes del parto —prohibiendo las ecografías que no sean estrictamente necesarias, por ejemplo— para evitar el aborto selectivo de embriones femeninos, lo que ha llevado a un desequilibrio poblacional preocupante.
Pero la posibilidad estaría ahí. Elegir un bebé rubio o con ojos azules, por no salirse del tópico ibérico, ya es posible, aunque no se hace. En este caso, los robots científicos se usarían a partir de una célula del embrión, y serviría para seleccionar los rasgos que va a tener la descendencia. Una aparente frivolidad que seguro que tendría muchos adeptos.
Sea para identificar cadáveres o delincuentes, o para determinar qué nos hace guapos o feos, la ciencia ha dado el primer paso. Con las posibilidades de la informática actual, las películas sobre Grissom o Pääbo, dentro de muy poco, no serán ciencia ficción.

viernes, 13 de junio de 2014

PRENSA. CIENCIA. "Nuestro abuelo el Metaspriggina"

   En "El País":

Nuestro abuelo el Metaspriggina

El precursor de los vertebrados campó por los primeros océanos en la noche de los tiempos


Reproducción de una Metaspriggina.
Este bicho de 6 centímetros de largo, llamado horriblemente Metaspriggina walcotti, se ha revelado como uno de nuestros ancestros –tatarabuelo de todos los vertebrados— en los océanos primitivos del Cámbrico donde surgieron los primeros animales, hace unos 500 millones de años. Solo se conocían dos especímenes incompletos, y ahora el líder del campo, Simon Conway-Morris, ha descubierto en Canadá un centenar, de los que muchos se preservan en buen estado.
Metaspriggina walcotti tiene un notocordio (el precursor de la columna vertebral), ojos como los nuestros (tipo cámara) y unas branquias de las que proceden nuestras mandíbulas, todo lo cual vuelve boca abajo el cuadro de la evolución de los vertebrados: esencialmente, ya existíamos en el cámbrico. Amigos, somos mucho más antiguos de lo que creemos.
Toda la investigación, desde su objeto de estudio hasta sus autores, remite a uno de los enigmas más importantes –tal vez el más importante— de la evolución biológica. Las primeras bacterias aparecieron en la Tierra hace 3.500 millones de años, no mucho después del impetuoso origen del planeta y del resto del Sistema Solar, lo que habla de la rapidez de la evolución. Durante el 75% del tiempo que ha transcurrido desde entonces, sin embargo, no ha habido ningún incremento de complejidad. Los primeros animales solo surgieron hace unos 550 millones de años, en un suceso tan espectacular para las escalas de los geólogos que, incluso en la literatura técnica, recibe el nombre de explosión cámbrica. A esa era de innovación furiosa se refiere el descubrimiento que se presenta ahora en Nature.
La anatomía comparada clásica, capitaneada por el naturalista francés del siglo XVIII George Cuvier, consideraba tan insalvables las diferencias entre un molusco como el mejillón, un artrópodo como la mosca y un vertebrado como la gallina, por no hablar del lector, que dictaminó que esos planes corporales eran obras independientes del Creador, surgidas del laboratorio divino como ideas esencialmente distintas, como si procedieran de diferentes subcontratas. En tiempos de Darwin, sin embargo, ya estaba claro que todos esos planes de diseño surgieron simultáneamente en la explosión cámbrica. El científico británico siempre consideró ese origen brusco de todos los animales como una grave objeción a su teoría de la evolución.
Hoy sabemos que no lo es, y en buena parte gracias a Simon Conway-Morris, de la Universidad de Cambridge, y primer autor del trabajo deNature. Sus investigaciones en estas mismas rocas canadienses, hace más de 30 años, llevaron al evolucionista neoyorkino Stephen Jay Gould a publicar su obra más leída e influyente: It’s a wonderful life, o La vida maravillosa, uno de los grandes best-sellers científicos de la segunda mitad del siglo XX. Y uno de los más equivocados, según sabemos ahora.
Gould pensó –como también el propio Conway-Morris— que la explosión cámbrica revelaba la inmensa capacidad de innovación de la vida, al crear una veintena de planes corporales radicalmente distintos de los que solo sobrevivieron media docena, como el nuestro (los vertebrados). Pero Metaspriggina walcotti es la última de una serie de evidencias que, en realidad, revelan todo lo contrario: que los aparentemente disparatados planes de diseño de la explosión cámbrica no son más que las versiones iniciales de los animales actuales, como Metaspriggina lo es de nuestro cuerpo.
Y que, de hecho, los mejillones, las moscas y nosotros tenemos un origen común poco antes del cámbrico, y que no somos más que sutiles variaciones de una arquitectura elemental de asombrosa simplicidad. De ahí que la explosión cámbrica fuera una explosión: una sola idea versátil y fructífera, una sola respuesta al gran incremento de oxígeno de la época.

miércoles, 28 de enero de 2009

BIOLOGÍA. Nuestro cuerpo en un "clic".


Dirigido a profesores y alumnos de Secundaria y Bachillerato, este recurso, elaborado por Antonio Guillén Oterino, permite hacer un recorrido interactivo básico por la anatomía humana a partir de los aparatos y sistemas encargados de llevar a cabo las funciones vitales. Se ofrecen numerosas actividades de recursos interactivos fotográficos, sonoros y de texto, para motivar la curiosidad y participación del alumno.

¿Quieres realizar el recorrido por el cuerpo humano?: AQUÍ