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sábado, 4 de abril de 2015

PRENSA. "Viaje a la última frontera del mundo".

   En "El País Semanal":

Viaje a la última frontera del mundo

El deshielo del Polo Norte está abriendo fronteras antes inaccesibles. La extracción de petróleo y la apertura de nuevas rutas marítimas amenazan la destrucción de un ecosistema clave para la supervivencia del planeta.

Es la sensación de estar en el fin del mundo. El mar arroja el primer iceberg. Aparece a unos ochenta metros a babor, inerte. Después le seguirá otro. Luego, decenas. Centenares. Miles. El Esperanza, uno de los tres buques de la organización ecologista Greenpeace, aminora la marcha al alcanzar el mar despedazado, del que alertaba el radar horas antes con unos puntitos fosforescentes. En el puente, además del capitán, viaja un piloto de hielo, asesor para este tipo de mares. En la proa, el ruido del casco contra los bloques congelados rompe el silencio: aparta algunos y cabalga sobre otros, partiéndolos con el peso del barco. Entre los trozos resultantes penetra un torrente de agua, dando vuelta al hielo como a una peonza, buscando su nuevo equilibrio dentro del agua. Cubos de hielo gigantes y afilados, blancos y azul piscina.
Cuando el reloj marca las últimas horas del día, el barco se detiene en la inmensidad helada. Decenas de aves revolotean junto al buque, mientras los marineros apuran la jornada en la sala de estar del Esperanza, charlando, recordando mil anécdotas una y otra vez contadas, escuchando música y bebiendo cerveza entre amigos: el alcohol solo está permitido a partir de las seis. Por los ventanucos entra la luz del verano polar, 24 horas ininterrumpidas de claridad que burla los biorritmos. El sol, a esta latitud, bordeando los 80 grados norte, apenas calienta. En cubierta, los fumadores apuran sus cigarrillos con unas temperaturas que rozan los cero grados centígrados, aunque a veces el viento baje la sensación térmica hasta los menos 20. Estamos a principios de agosto.
A las dos de la mañana, tres osos polares se acercan al buque. Un marinero de guardia se percata y alerta a los pocos compañeros que no duermen. Los animales no tienen miedo. Probablemente tampoco excesiva hambre, aunque en esta época de deshielo cada vez más severo es cuando menos alimento encuentran y, por tanto, más peligrosos son. No intentan encaramarse al buque, aunque podrían por su tamaño: dos metros y medio de largo, 600 kilos de peso. Por si acaso, las puertas permanecen cerradas. Han sentido curiosidad por esa mole de color verde y blanco que somos nosotros, 72 metros de eslora, el barco mayor de Greenpeace. Saciada su incógnita, pierden el interés y se alejan. Al día siguiente, los pocos afortunados en verlos cuentan, exaltados, el encuentro. Los demás miran las fotografías con envidia mientras desayunan un café caliente con galletas.

Tres osos polares se acercan de madrugada al buque ‘Esperanza’. Miran curiosos la mole verde y blanca y desaparecen
Estamos a 1.207 kilómetros del Polo Norte geográfico. Un día después de zarpar de Longyearbyen –la capital de Svalbard, un territorio de ultramar noruego– invitados por Greenpeace, en lo que llaman la Expedición Ártico 2014. Un viaje para enseñar esta maravillosa y amenazada zona del planeta, un acto más de la campaña Salva el Ártico. Por la mañana, en el comedor, un activista de la organización ecologista da las indicaciones para la actividad del día, a la postre una de las más impactantes en casi una semana de navegación: caminar sobre el hielo marino. Hay que ponerse un traje especial. Sin él, en caso de pisar en falso y deslizarse al mar, estaríamos muertos de un infarto en dos minutos. También advierten de otro peligro, los propios osos, que no entienden de buenas intenciones.
El danés Arne Sørensen es el piloto de hielo, una figura obligatoria en estas latitudes. Con cuatro décadas de experiencia en el mar, es un tipo que descifra los hielos y se adelanta a lo que está por venir, eligiendo la mejor ruta, en una suerte de danza en zigzag que maximiza la velocidad y minimiza el roce del casco contra los icebergs. Sin él no estaríamos donde estamos ni podríamos amarrarnos al hielo que, por supuesto, está en leve movimiento aunque no lo notemos. Jesper baja primero y comprueba que no hay osos. Visto bueno. Y todos a un hielo lleno de baches y montañitas que nos ponen en nuestro lugar en la naturaleza. Afloran las torpezas: una caída, un pie que penetra hasta la rodilla en el agua, una pisada de un oso. Caminamos por un paraíso que podría desvanecerse pronto.


Miles de araos de Brünnich regresan a sus nidos en Svalbard (Noruega) / NICK COBBING
“El hielo decrece en el Ártico. Hay científicos que creen que no quedará nada en 2100. Otros adelantan las predicciones a dentro de 20 a 35 años en verano”, asegura Arne. Según el Centro Nacional de Hielo y Nieve de Estados Unidos (NSIDC), el pasado agosto ha sido el séptimo peor en el Ártico desde 1979 (año en que empezaron a recolectarse estadísticas gracias a las imágenes por satélite), con un mínimo de mar congelado de seis millones de kilómetros cuadrados. En el mismo mes en 1979 se superaban los ocho millones. El año 2012 marcó el mínimo histórico, pero detrás vienen 2007, 2011, 2010, 2008 y 2013. El director del NSDIC, Mark Serreze, alertaba en National Geographic hace un año: “La tendencia es indudablemente negativa”.
No solo hay menos hielo en extensión, sino en grosor. “Tres cuartas partes del volumen que había en 1979 no existen”, asegura Tatiana Nuño, responsable de la campaña de cambio climático y energía de Greenpeace en España. Un estudio de la Universidad de ­Washington y la NASA señala que, en el caso de las aguas al oeste y norte de Alaska, la cantidad de nieve acumulada sobre el hielo marino es entre un 33% y un 50% menor hoy que en 1950. Jiping Liu, de la Universidad de Albany, en Nueva York, autora de otro estudio que prevé que el Ártico podría estar libre de hielo a partir del verano de 2054, alerta de que “un hielo más grueso previene que la luz solar alcance y caliente el agua del mar”. En el Instituto Polar de Noruega, situado en Longyear­byen, su director, Kim Holmén, profundiza en las consecuencias: “A medida que los rayos del sol penetraran más profundo, el agua se calentaría, la evaporación del mar sería más rápida y aumentarían la humedad y las precipitaciones. Habría cambios en las corrientes de agua dulce y marinas, así como modificaciones meteorológicas en todo el mundo. Y, por supuesto, los animales y las plantas que necesitan el hielo perderían su hábitat y muchas especies desaparecerían”.

Con el deshielo podrían provocarse cambios en la corriente del Golfo. España podría sufrir entonces un tiempo más frío”
“El cambio climático está causado casi en su totalidad por la acción del hombre. El Ártico es donde más se nota. Aquí hemos observado glaciares deshelándose y fiordos que ya no siempre se congelan en invierno como sucedía hace cien años”, señala Holmén, con tres décadas de experiencia en el estudio del cambio climático. Lo vemos con nuestros ojos: el glaciar Blomstrand –situado frente a Ny-Ålesund, un asentamiento científico de Svalbard– ha retrocedido dos kilómetros en 80 años y ha dejado al descubierto una isla que se pensaba era una península. Allí avistamos focas, aves y un oso polar, que, perezoso, nos mira de reojo y se estira: le hemos despertado de la siesta.
Son las pérdidas de hielo en los glaciares las que contribuyen a un aumento del nivel del mar, que avanza a un ritmo de 3,2 milímetros anuales en la última década, según Tatiana Nuño, de Greenpeace. En este sentido no afecta el deshielo del océano Ártico congelado, que digamos ocupa el mismo espacio esté en estado sólido o líquido. “El gran cambio podría venir por la pérdida de hielo de los glaciares de agua dulce y del hielo continental en Groenlandia”, explica Andrés Barbosa, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Hasta siete metros podría subir el mar si todo el hielo groenlandés se derrite. “Semejante masa de agua dulce modificaría la salinidad del mar, alterando las corrientes marinas, que se establecen por diferencias entre la temperatura del agua y la sal”, asegura Barbosa, que explica que corrientes como la del Golfo podrían verse cambiadas, y con ello el clima, por ejemplo en España: “A pesar de que estamos a la misma latitud que Nueva York, nosotros disfrutamos de un clima más cálido que ellos, con inviernos más suaves. Un cambio en la corriente del Golfo podría provocar más frío en España. Justo lo contrario que se podría pensar cuando se habla de cambio climático, normalmente asociado al calentamiento”.


El agua dulce de los glaciares, en caso de derretirse, contribuiría al aumento del nivel del mar / NICK COBBING
Que el hielo se derrita tiene efectos “positivos” para algunos. Irónico: el cambio climático beneficia a las industrias del petróleo y gas, así como a las navieras, que podrían abrir nuevas rutas para el transporte de combustibles y de contenedores con origen o destino en Asia, donde se ubican 15 de los 20 puertos más activos del mundo. No es de extrañar que China sea por ello uno de los más interesados en el Polo Norte, hasta el punto de que sus dirigentes empujan con fuerza para que el país entre en el Consejo Ártico, al que pertenecen los países con territorio dentro del Círculo Polar, así como otro ramillete de Estados, entre ellos España, que por cuestiones históricas como la pesca también son observadores. Pero si hay un país que sueña e impulsa los cambios es Rusia. Su presidente, Vladímir Putin, tiene ambiciosos planes y reivindicaciones territoriales. En realidad todos los Estados dentro del Círculo Polar y con salida al océano Ártico las tienen (Estados Unidos, Canadá, Groenlandia-Dinamarca, Noruega, Islandia y Rusia), pero quizá los rusos sean los que más lejos hayan llegado. En 2007 avisaron: un minisubmarino alcanzó el lecho marino justo en el punto donde se encuentra el Polo Norte geográfico y plantó una bandera rusa de titanio. A bordo viajaba Artur Chilingarov, miembro de la Academia de las Ciencias de Rusia y diputado de la Duma. Era la manera de reivindicar que, más allá de las 200 millas náuticas desde la costa que delimitan las aguas nacionales de las internacionales, su país aspiraba a un trozo de la tarta mayor.
Los rusos podrían haber puesto una bandera en el hielo. Pero no, lo que les interesa es el subsuelo. Según un informe de la consultora Ernst & Young, el Ártico podría albergar un 20% del petróleo y gas del mundo aún sin descubrir, cifra que aumenta hasta el 30% según otras estimaciones más optimistas. Un caramelo que los países mencionados anteriormente quieren saborear. Los primeros descubrimientos en el Círculo Polar Ártico datan de la Guerra Fría. Primero los soviéticos en 1962, con el campo de Tazovskoye, y cinco años después los estadounidenses, en Alaska en el Prudhoe Bay. Desde entonces se han descubierto 61 campos de petróleo y gas: 43 en Rusia, 11 en Canadá, 6 en Alaska (EE UU) y 1 en Noruega. Sin embargo, las dificultades logísticas y económicas para explotar estos lugares tan al norte, debido al mal tiempo, al hielo flotante o a la oscuridad total en invierno, fueron siempre barreras. Hasta ahora. En abril de este año se extrajo en el campo ruso de Prirazlomnoye, explotado por ­Gazprom, el primer barril de petróleo ártico de la historia. El crudo llegó al puerto de Róterdam el 1 de mayo.

En el hielo es imposible controlar un vertido de petróleo: por el mal tiempo, el mar helado y la oscuridad del invierno”
En la ciudad holandesa esperaba el Rainbow Warrior, el afamado velero de Greenpeace, que trató de impedir el atraque del petrolero Mijaíl Ulyanov. El capitán ecologista Peter Willcox fue detenido junto a otros 43 activistas. Para él no era novedad. En septiembre de 2013, y a bordo de otro de los barcos de la organización, el Arctic Sunrise, Willcox y 29 compañeros más también fueron arrestados en aguas internacionales tras el intento de asalto, el día anterior, precisamente de la plataforma de Prirazlomnoye. El asunto derivó en un conflicto diplomático internacional con Rusia, que acabó amnistiando a los activistas tres meses después, al albor de los Juegos Olímpicos de Invierno en Sochi y dentro de un paquete de medidas más amplio por el cual también fueron liberados afamados disidentes políticos rusos como las Pussy Riot o el exmagnate Mijaíl Jodorkovski. Uno de los llamados 30 del Ártico, el holandés Mannes Ubels, ingeniero de barcos de Greenpeace que permaneció encarcelado en Rusia, comenta en la sala de máquinas del Esperanza: “El revuelo de nuestra detención sirvió para expandir más el mensaje que queríamos. Pero a otro nivel, los rusos dejaron claro cómo manejarán estas situaciones en el futuro”.
El otro gran negocio que se avecina en el Ártico es el incremento del tráfico marítimo. Hay cuatro posibles rutas para atravesar el Polo Norte en barco, tres de las cuales ya están operativas, algunas recientemente. La que aún permanece cerrada por el hielo y no se ha utilizado jamás es la transpolar, que uniría el Atlántico y el Pacífico atravesando el Ártico prácticamente por el Polo Norte geográfico. La llamada ruta del Noroeste, que une Alaska y el Atlántico por la costa norte canadiense, la misma que navegó por primera vez Roald Amundsen en 1903-1906 a bordo del Gjøa, marcó su primer hito comercial en septiembre del año pasado, cuando el carguero Nordic Orion la cruzó con 15.000 toneladas de carbón en sus bodegas, acortando el viaje entre Vancouver y Pori (Finlandia) en cerca de 2.000 kilómetros. También en Canadá, pero en un sitio menos inhóspito, en Churchill, en la bahía de Hudson, parte o termina el camino que la une con Múrmansk (Rusia), utilizado desde finales de los años setenta principalmente para el transporte de cereales.


A bordo del Esperanza, barco de Greenpeace / NICK COBBING
Pero la joya de la corona es el paso del norte, que une Europa y Asia por el Ártico, un viejo anhelo ruso. Tras la Revolución de Octubre (1917), Vladímir Lenin impulsó el desarrollo de esta vía, que durante las décadas de mandato soviético casi siempre estuvo vetada a los extranjeros. Se usaba para el transporte de comida, suministros y material militar. A partir de los años cincuenta, en el contexto de la Guerra Fría, la ruta ganó impulso gracias al desarrollo de rompehielos nucleares, el primero de los cuales fue el Lenin, botado en 1957. Por el norte llegaron a pasar 6,6 millones de toneladas de mercancía rusa, pero el colapso de la URSS en 1991 detuvo todo aquello. Hasta que, recientemente, Putin decidió reverdecer el pasado comunista para hacer la competencia al canal de Suez y al de Panamá. Rusia cuenta hoy con 37 rompehielos, cuatro de ellos nucleares, estos últimos únicos en el mundo. Son la escolta necesaria para que otros barcos puedan navegar por el mar helado a cambio de una tarifa: unos 300.000 dólares por navío, precio similar al que se paga por atravesar Suez o Panamá, pero con la diferencia del ahorro en combustible y tiempo. En 2010, cuatro buques utilizaron la ruta. Fueron 34 en 2011, 46 en 2012 y 71 el año pasado. Entre ellos, el Yong Sheng, el primer mercante chino que se adentraba en la vía norte, acortando el camino desde Dalian hasta Róterdam de 48 a 33 días: 21.600 kilómetros por Suez frente a 14.600 por el paso del norte. Y, encima, sin preocuparse por la piratería que afecta a las costas de Somalia y a las del mar de la China Meridional. Otros trayectos que se beneficiarían son, por ejemplo, el que une Róterdam con Yokohama (8.500 kilómetros por el norte contra 20.600 por Suez) y de Vancouver a Róterdam (12.850 kilómetros por el Ártico frente a 16.400 por el canal de Panamá).
Desde un punto de vista ecologista, tanto la explotación de petróleo en el Ártico como su transporte es una bomba de relojería. “En la mayoría de estas áreas hace muchísimo frío y viento, por lo que las condiciones de trabajo serían muy difíciles. Si por lo que sea sucede un desastre, por ejemplo en septiembre, sería imposible controlarlo a tiempo antes de que llegue el invierno y caiga la noche 24 horas”, opina Arne, el especialista en hielo. Richard Steiner, exprofesor en la Universidad de Alaska durante 30 años, experto en vertidos de petróleo y hoy asesor freelance en la materia para Gobiernos y compañías por todo el mundo, alerta de que un accidente de una plataforma o un petrolero en el Ártico “podría tener consecuencias de muy larga duración e incluso permanentes”. Pone un ejemplo, el desastre del Exxon Valdez en 1989 en Alaska: “Todavía hoy recibimos petróleo”.
Para controlar un vertido hay tres métodos, de los cuales ninguno es efectivo hoy por hoy en el norte: el mecánico, que consiste en atrapar el petróleo mediante barreras; la dispersión química mediante productos lanzados desde el aire, y, por último, prendiendo fuego al crudo. “En realidad no hay un método que sea fiable en ningún mar. En el caso del Exxon Valdez se gastaron más de dos billones de dólares en la limpieza y solo se recuperó mecánicamente un 7% del petróleo derramado. En el caso del desastre de BP en el golfo de México, la compañía invirtió nueve billones de dólares y solo se rescató un 30% del crudo. En el hielo, hoy por hoy, es imposible: por el mal tiempo, el mar helado, la oscuridad del invierno… Además, el hielo podría atrapar el petróleo y hacerlo viajar muy lejos del derrame, multiplicando el desastre”, asegura Steiner. Según relata, tan solo una compañía finlandesa cuenta con unas barreras especiales: “Solo funcionan en determinadas condiciones de frío. Muy al norte no sirven. Eso lo saben las compañías, los Gobiernos, las ONG, los científicos… Lo que sucede es que las industrias y los Gobiernos pretenden estar más preparados de lo que están”.


Araos de Brünnich, en Svalbard (Noruega) / NICK COBBING
Recientemente, el Ártico ha vivido dos sustos. En enero de 2013, la plataforma Kulluk, de Shell, quedó a la deriva en el golfo de Alaska. Acabó encallada frente a la costa. No hubo derrame del más de medio millón de litros de combustible que acumulaba en su interior. El último incidente sucedió en Rusia, en el paso del norte, en septiembre del año pasado: el petrolero Nordvik, con 5.000 toneladas de diésel a bordo, chocó con un iceberg que le abrió una grieta en el casco. Por suerte, fue insuficiente para destruir el buque y causar un vertido al mar. Las autoridades rusas censuraron que el Nordvik hubiera entrado al hielo sin escolta.
Ambos incidentes causan preocupación en quienes ven en la exploración ártica un episodio más de la ambición humana. En opinión de muchos, desde ecologistas hasta científicos y Gobiernos de países que ven en el cambio climático una amenaza real a su propia supervivencia (Maldivas, por ejemplo, con una altura máxima de dos metros, podría desaparecer), lo que se necesita es crear un santuario Ártico, la firma de un tratado global parecido al que ya existe en la Antártida, que proteja el Polo Norte de los intereses comerciales: “Al menos debería ser así en el alto Ártico, que ningún país pueda ir más allá de las 200 millas náuticas de su costa. No tengo fe en que se haga, pero es lo que Naciones Unidas debería conseguir”. Kim Holmén, el director del Instituto Polar de Noruega, está acostumbrado a tratar con políticos: “Siempre les intento explicar que jamás llegaremos a ninguna parte si nos acusamos unos a otros. Hay países que históricamente tienen más culpa en las emisiones de CO2 a la atmósfera; otros la tienen ahora, pero la responsabilidad es de todos”.
¿Podría sobrevivir la humanidad a un mundo sin hielo marino? “Sobrevivir es una palabra muy fuerte. Creo que el hombre sobreviviría incluso si el oso polar desapareciera. Pero el mundo sería mucho más pobre. Lo que quiero decir es que el oso polar debe preocuparnos, pero también esos vínculos climáticos globales de los que te hablo”, señala Holmén. En Long­yearbyen, uno de sus vecinos es el cineasta australiano Jason C. Roberts, especializado en documentales de naturaleza: “El oso polar es una imagen icónica que ayuda a que la gente ponga rostro al Ártico. Es uno de esos animales simbólicos de la Tierra, como los elefantes o los tigres. Si no cuidamos de ellos, ¿cómo salvaguardaremos el futuro del planeta?”.

lunes, 16 de marzo de 2015

PRENSA. CIENCIA. "Últimas noticias del fin del mundo"

   En "El País":

Últimas noticias del fin del mundo

A las viejas amenazas capaces de desatar una hecatombe se unen nuevas, como la inteligencia artificial o la nanotecnología


La colisión de un gran asteroide de cinco kilómetros liberaría, según los científicos, la energía de 100.000 bombas atómicas.

El fin del mundo ha sido siempre patrimonio de la religión y, ocasionalmente, de Hollywood y sus películas de catástrofes. Sin embargo, la ciencia va acumulando datos y empieza a tomarse en serio los riesgos de que un fenómeno natural o provocado por los humanos pueda acabar con la civilización. Un reciente informe detalla los 12 grandes riesgos que podrían provocar el Apocalipsis anunciado en los textos sagrados o en las salas de cine.
"La mayoría de los guiones de Hollywood exigen heroicos esfuerzos para salvarnos y los grupos religiosos milenaristas le buscan un significado trascendente a estos desastres", dice el investigador delInstituto para el Futuro de la Humanidad de la Universidad de Oxford (IFH) y coautor del informe, Stuart Armstrong. Sin embargo, para la ciencia, "estos riesgos son principalmente cuestiones que pueden reducirse a conceptos nada glamurosos, como la eficiencia energética, y la mayoría no tienen ningún significado o racionalidad detrás", añade.
El IFH y la Fundación Retos Globales, basada en Suecia, han recopilado todo lo que la ciencia sabe sobre estos posibles cataclismos con tan poco encanto. Una treintena de expertos repasaron centenares de libros y artículos científicos hasta obtener un listado con los eventos que podrían acabar con la civilización humana, incluso con la propia existencia de los humanos. El informe 12 riesgos para la civilización humana hace hasta una estimación de la probabilidad de que alguno suceda en los próximos 100 años.
Unos peligros, como el cambio climático o la guerra nuclear, llevan tiempo entre nosotros. Otros son tecnologías emergentes que podrían tener un lado oscuro, como la inteligencia artificial o la biología sintética. Y algunos siempre han estado ahí y en el pasado provocaron grandes extinciones sobre la Tierra, como el impacto de un gran asteroide o la erupción de un supervolcán. Además, entre varios de ellos podrían existir conexiones que agravaran el resultado final, haciendo imposible la vida sobre el planeta, al menos tal y como se conoce.

La mayoría de los peligros para la civilización humana han nacido dentro de ella
Lo que enseguida llama la atención en la lista es que la mayoría de los enemigos de la civilización humana han nacido dentro de ella. Solo en dos eventos, el impacto de un gran asteroide o la erupción de un supervolcán, los humanos tienen poco que ver. Incluso en el caso de una pandemia global, hay un factor humano llamado globalización. En el pasado, epidemias como la peste negra o la gripe española no fueron apocalípticas porque el mundo no estaba tan conectado como hoy.
"En la actualidad, los riesgos tecnológicos, especialmente la biología sintética, la inteligencia artificial y la nanotecnología, parecen suponer una mayor amenaza que los riesgos naturales, con la posible excepción de las pandemias", dice Armstrong. "La guerra nuclear también es una gran amenaza y es un riesgo antropogénico aunque no sea estrictamente de origen tecnológico", añade este experto en inteligencia artificial y riesgos globales.
La lista de los 12 jinetes del Apocalipsis no ha sido elaborada siguiendo un orden jerárquico, según su mayor o menor probabilidad o intensidad. La encabeza el cambio climático al que los investigadores le añaden el adjetivo de extremo. Es el prototipo de riesgo antropogénico o endógeno. El progreso humano no ha sido mayor en la historia como desde la Revolución Industrial y las revoluciones científicas asociadas a ella. Creación de riqueza, elevación general del nivel de vida, mejora de las condiciones sanitarias...
Pero cuando la máquina de vapor de James Watt echó a rodar, en la atmósfera había unas 300 partes por millón de dióxido de carbono, el principal gas que está calentando el planeta. En el verano de 2013 se superó la cifra de 400, algo así no había pasado en los últimos 800.000 años. Los distintos escenarios dibujados por los expertos climáticos mantienen que una subida de las temperaturas de no más de 2º para final de siglo, permitiría a los humanos vivir casi como si nada hubiera cambiado. Pero, como recuerda este informe, hay escenarios más extremos, donde la temperatura media global podría subir hasta 6º. Una temperatura así provocaría una reacción en cadena: los países tropicales serían los más afectados, la sequía y la hambruna generarían caos social y emigraciones masivas a regiones más templadas, en las que también su industria agroalimentaria colapsaría... "Es improbable pero no imposible", dicen los autores del informe.

El estudio trabaja con situaciones que estadísticamente tienen pocas posibilidades, pero las tienen
El estudio trabaja con situaciones que estadísticamente tienen pocas posibilidades, pero las tienen. "La probabilidad de que algún asteroide impacte sobre la Tierra es una certeza, la probabilidad de uno peligroso es mucho, pero mucho más baja", recuerda Armstrong. Aquí no hay azar, hay certidumbre. ¿Qué acabó con los dinosaurios si no un meteorito? La colisión de un gran asteroide de cinco kilómetros o más de diámetro sucede cada 20 millones de años, millón arriba o abajo. Con esas dimensiones, el impacto podría liberar la energía de 100.000 bombas atómicas. Solo el choque arrasaría un área equivalente a los Países Bajos.
Pero lo peor vendría después. A diferencia de las historietas contadas en películas como Deep Impact de 1998, el problema no es el impacto sino sus consecuencias posteriores. Ingentes cantidades de polvo se elevarían hasta las capas altas de la atmósfera, impidiendo el paso de los rayos del Sol. Sería un invierno de decenios que afectaría a toda la biosfera. En 2013, la NASA estimó que las probabilidades de que el Asteroide 2013 TV135, de unos 400 metros de envergadura, choque contra la Tierra en 2032 es de una entre 63.000. Una probabilidad similar a la de morir por la caída de un rayo y a nadie se le ocurre guarecerse bajo un árbol cuando truena.
La idea del invierno es muy recurrente entre las consecuencias de varios de estos eventos que los científicos llaman impactos de consecuencias infinitas. Es el caso del invierno nuclear o el volcánico. Los traps siberianos (formaciones de basalto del norte de Siberia) son el fruto de una de las mayores erupciones volcánicas de la historia geológica del planeta sucedida hace unos 250 millones de años. Miles de kilómetros cúbicos de material fue proyectado a la atmósfera, generando un larguísimo invierno volcánico que provocó la extinción masiva que marca la transición entre el periodo Pérmico y el Triásico. Según los registros geológicos, una erupción con capacidad apocalíptica se produce en un rango temporal mínimo de cada 30.000 años y máximo de 700.000 años, según el informe.
Las enormes magnitudes temporales explican en parte lo que los autores del estudio llaman invisibilidad del problema. Los humanos no se han enfrentado nunca al Apocalipsis y psicológicamente lo ignoran, entre otras cosas porque no habría nadie para contarlo. "La gente entrena su sentido común de cada día sobre la experiencia e interacción con el mundo. Como los grandes desastres son afortunadamente raros, no desarrollamos una experiencia sobre ellos. Por eso sus impresiones sobre estas amenazas se basan a menudo en lo que encuentran en la cultura popular, como las historias de Hollywood y las profecías religiosas", recuerda el investigador británico.

El lado oscuro de las tecnologías emergentes

Sin embargo, la ciencia no se puede quedar ahí. En los últimos años, además del IFH y la Fundación Retos Globales, se han puesto en marcha otras fundaciones e institutos dedicados a vigilar qué puede acabar con la civilización humana y cómo mitigar esos peligros. Es el caso del Fondo Skoll para las Amenazas Globales, el Centro para el Estudio de los Riesgos Existenciales de la Universidad de Cambridge o el Instituto Riesgos Catastróficos Globales (GCRI), de Estados Unidos. Ninguno de ellos tiene más de cuatro años.
En diciembre pasado, Stephen Hawking declaraba a la BBC que "el desarrollo de la inteligencia artificial plena podría significar el fin de la raza humana". Para el genial físico, "los seres humanos, limitados por la lenta evolución biológica, no podrían competir, y serían reemplazados". El momento en que la inteligencia artificial supere a la humana es lo que los robóticos llaman singularidad y algunos científicos, como el filorrobótico y asesor de Google, Ray Kurzweil, incluso le han puesto fecha: en algún momento de la década de los 30, las máquinas superarán a los humanos.

"El desarrollo de la inteligencia artificial plena podría significar el fin de la raza humana", dijo Stephen Hawking en una entrevista
Hace unas semanas, una carta firmada por centenares de científicos y tecnólogos apostaba por un desarrollo responsable de la inteligencia artificial, donde, entre otras cosas, el avance en la ética de las máquinas vaya parejo con el tecnológico para que nunca sean una amenaza para sus creadores. Pero, aún no hay iniciativas similares para otros dos campos emergentes, como son la biología sintética y su promesa de crear organismos artificiales o la nanotecnología sobre los que el informe advierte. Y en los tres casos, no habrá que esperar miles de años para ver su lado oscuro.
El informe del Instituto para el Futuro de la Humanidad y la Fundación Retos Globales no lo explicita pero hay un decimotercer peligro que sobrevuela sobre los otros doce y es el de la ignorancia. Ya sea por la incapacidad para valorar económicamente un evento tan catastrófico, por su baja probabilidad a corto plazo o la psicología humana, tanto los políticos como buena parte de la comunidad científica no se toman muy en serio los riesgos. Y esa desidia es lo que, para los autores, explica buena parte de la imagen popular y acientífica del Apocalipsis.

Los 12 jinetes del Apocalipsis

El informe de la Fundación Retos Globales se centra en 12 grandes amenazas que podrían acabar con la civilización humana.
Riesgos actuales
1. Cambio climático extremo
2. Guerra nuclear
3. Catástrofes ecológicas
4. Pandemias mundiales
5. Colapso del sistema mundial
Riesgos exógenos
6. Impactos de grandes asteroides
7. Supervolcanes
Riesgos emergentes
8. Biología sintética
9.Nanotecnología
10. Inteligencia artificial
11. Riesgos inciertos
Riesgo de las políticas mundiales
12. Mala gobernanza mundial en el futuro

lunes, 5 de enero de 2015

PRENSA. "En el mar hay plástico como para llenar más de 10 000 camiones"

   En "El País":

En el mar hay plástico como para llenar más de 10.000 camiones

Casi 270.000 toneladas de plásticos flotan en los océanos del planeta, según un estudio

La cifra multiplica por 10 los cálculos de otra investigación española


Aunque el plástico es más visible en la costa, la mayoría acaba en las zonas centrales de los océanos. En la imagen, en Freedom Island, en Manila, Filipinas. / STIV WILSON / THE 5 GYRES INSTITUTE
Se necesitarían unos 11.000 de camiones de transporte internacional para recoger todo el plástico que hay en los océanos. Un estudio de una organización antipolución plástica ha estimado que unos cinco billones de plásticos de todos los tamaños flotan en los mares del planeta. Su peso acumulado casi llega a las 270.000 toneladas (Tm). Las cifras casi multiplican por diez las arrojadas por otra investigación realizada por científicos españoles.
Los investigadores, liderados por la organización 5 Gyres Institute, no se han puesto a contar todas las botellas, restos de redes, boyas o bolsas que hay en el mar. Diseñaron un modelo con una serie de variables y sobre él, volcaron los datos que han recopilado en la veintena de expediciones que han realizado en casi todos los océanos y algunos grandes mares como el Mediterráneo. Desde 2007, tomaron muestras de 1.570 localizaciones.
Entre los ingredientes del modelo están desde las corrientes marinas hasta los vientos predominantes, pasando por la densidad de población de las zonas costeras hasta la producción anual de plásticos. Otros elementos tenidos en cuenta fueron la ratio de fragmentación de los macroplásticos en microplásticos y su degradación por agentes climáticos como el Sol o las olas.
Para tomar las muestras, usaron redes de pequeño mallado para capturar los trozos más pequeños. Para los grandes, como las botellas de plástico, recurrieron al avistamiento y recogida. Para las expediciones eligieron los llamados giros subtropicales, cinco grandes sistemas de corrientes oceánicas. Anteriores estudios han comprobado que aquí acaba la mayor parte del plástico generado por los humanos. También visitaron tres grandes mares, el Mediterráneo, el que baña el golfo de Bengala y los mares del sur de Australia.

La basura plástica se concentra en los llamados giros subtropicales
"Estimamos que al menos 5,25 billones de partículas de plástico con un peso de 268.940 toneladas flotan actualmente en el mar", escriben los autores en la revista científica PLoS ONE. Apoyan sus datos en que el modelo reproduce a escala global las cifras obtenidas en las catas que realizaron.
Aparte de los datos cuantitativos, el estudio muestra algunos hechos que sorprenden. Los dos giros oceánicos del hemisferio norte (el del Atlántico Norte y el del Pacífico Norte) contienen el 55.6% de las partículas y el 56.8% de su masa total. El resto se lo reparten los tres giros del hemisferio sur y los mares cerrados, con el giro del Índico como el más contaminado. Esto contrasta con el hecho de que los mayores consumidores de plástico viven en la parte norte del planeta.
Pero el dato más llamativo (ya adelantado por otros estudios) de este trabajo es que, clasificados por tamaños, las cuentas no cuadran. Los científicos estimaron una ratio de fragmentación por la que los macroplásticos, como una botella de agua, se fragmentan en unas 16 partes de mesoplásticos y que cada una de éstas se divide en otros 625 trocitos de menos de cinco milímetros y, aún éstos, en centenares de partículas casi microscópicas.

¿Adónde va tanto plástico?

El modelo y la lógica preveían que los microplásticos más pequeños (inferiores a un milímetro) debían de ser los más abundantes. Sin embargo, en todas las zonas analizadas salvo la del Pacífico Sur había más trocitos grandes que pequeños. La relación con los mesoplásticos y los macroplásticos tampoco seguía la ratio de fragmentación esperada. ¿Qué pasa con todo ese plástico?
"Nuestros resultados muestran que los basureros en el centro de los cinco giros subtropicales no son la última parada de la basura de plástico flotante del mundo. La meta de los microplásticos es su interacción con todos los ecosistemas del océano", dice el director de investigación del Instituto 5 Gyres, Marcus Eriksen.


El gráfico muestra la abundancia de los plásticos clasificados por tamaños en las zonas estudiadas. Eriksen et al.
Un trabajo similar realizado por investigadores españoles y publicado el pasado verano ya destacaba la aparente evaporación del plástico más pequeño. Entonces señalaban a un conjunto de factores que explicarían el misterio. A escala nanométrica, los plásticos perderían buena parte de su flotabilidad y acabarían en el fondo del mar. Los que no, entrarían en la cadena alimenticia, integrados en el organismo de los peces más pequeños o fagocitado por bacterias. Así que, en realidad, nunca desaparecen.
Sin embargo, el estudio español, uno de los frutos de la Expedición Malaspina, no iba tan lejos en sus estimaciones de la basura plástica. Según sus datos, en la superficie de todos los mares del planeta podría haber hasta 35.000 toneladas de basura plástica, casi 10 veces menos.

Un estudio español estimaba que en la superficie de los océanos hay 35.000 toneladas de plásticos
El principal autor de aquel trabajo, el biólogo de la Universidad de Cádiz, Andrés Cózar, se muestra escéptico con los resultados del trabajo del 5 Gyres. "Usan un modelo para mejorar la resolución, integrar los valores y producir mapas mundiales. Si bien este es un buen paso en la dirección correcta, la comparación entre las predicciones del modelo y las observaciones deja mucho que desear. En particular, el modelo sobre representa en exceso la abundancia y la masa de los residuos flotantes en las zonas con una abundancia relativamente baja, con valores previstos de cantidad y masa que son 100 e incluso 1000 veces más altos de los medidos", dice Cózar.
Otro problema que observa en este estudio el biólogo español es que los autores no incluyen datos de gran parte del mar, como los océanos Antártico y Ártico o las zonas oceánicas tropicales y ecuatoriales. "En conjunto, estas áreas cubren la mayor parte de la superficie oceánica y las extrapolaciones de las zonas medidas a éstas no se han validado", explica.
A pesar de la divergencia en los datos cuantitativos, Cózar si tiene claro que hay demasiada basura plástica en el mar: "Con solo dos o tres generaciones usando plástico, está claro que el actual modelo para gestionar los materiales plásticos es económica y ecológicamente insostenible".

jueves, 21 de agosto de 2014

PRENSA. CIENCIA. "La Tierra entra en números rojos"


   En "El Mundo":

MEDIO AMBIENTE La humanidad ha consumido su capital natural para 2014

La Tierra entra en números rojos

  • Siguiendo esta tendencia, se necesitarían al menos tres planetas para que la humanidad se siga abasteciendo en 2050


La humanidad ha agotado ya su presupuesto anual ecológico en menos de 8 meses, según los datos de la Global Footprint Network, la organización mundial y socia de WWF que analiza la evolución de la Huella Ecológica. Este martes ha sido el Día de la Sobrecapacidad de la Tierra que marca el punto en que nuestra huella ecológica supera la capacidad del planeta para regenerar lo que se consume. Esta fecha, que actúa como indicador de la velocidad a la que nos estamos "comiendo el planeta", cada vez se produce antes. En el año 2000 el día fue el 1 de octubre, y este año ya ha sido en el 19 de agosto.
"La naturaleza es la base de nuestro bienestar y prosperidad, pero estamos abusando de los recursos limitados de la Tierra" advierte Marco Lambertini, Director General de WWF internacional. Y añade: "Si queremos construir un futuro para nuestros hijos, debemos conservar el capital natural que nos queda, y administrar de forma sostenible los recursos de éste, nuestro único hogar, el Planeta".
A partir de la información sobre la Huella Ecológica que mide la cantidad de recursos naturales del Planeta que se consume por país, el Día de la Sobrecapacidad de Tierra es una oportunidad para tomar conciencia y adoptar medidas para luchar contra el consumo desmedido de los recursos naturales.
A finales de septiembre, la organización de conservación de la naturaleza WWF lanzará el Informe Planeta Vivo 2014, la décima edición de la publicación bianual insigne de WWF. El informe analiza la salud del planeta y el impacto de la actividad humana sobre los recursos naturales.
"Si bien la tendencia actual demuestra que la humanidad está abusando de la capacidad del planeta para abastecernos, todavía estamos a tiempo de tomar medidas contundentes y construir un futuro basado en un consumo sostenible de los recursos naturales" afirma Lambertini.
En el año 1961, cuando se fundó WWF, la humanidad consumía tan solo 2 tercios de los recursos naturales disponibles en el Planeta. En ese mismo año, la mayoría de los países todavía tenían saldo ecológico positivo, es decir, que su huella ecológica era mucho más pequeña y sostenible. Los actuales niveles de consumo se han disparado y actualmente la Tierra está totalmente fuera de los límites sostenibles y en la actualidad se necesita un planeta y medio para abastecer las necesidades de consumo de la humanidad. Si mantenemos esta tendencia, se llegarán a necesitar al menos 3 planetas para satisfacer la demanda en 2050. En este país, se consume actualmente el equivalente a 2,8 Españas para abastecernos.
La superficie forestal cada vez es menor, los recursos naturales hídricos son cada vez más escasos, la calidad de la tierra se está degradando y la diversidad biológica se está esquilmando. A la vez, la dependencia de los combustibles fósiles genera emisiones de C02 que el planeta es incapaz de absorber.
Según explica WWF en un comunicado, si se actúa ahora todavía se puede revertir esta tendencia. "Todos tenemos un papel fundamental en la creación de un futuro dentro de los límites ecológicos", afirman.
Para la organización "el cambio debe comenzar por modificar nuestros hábitos de consumo. Si elegimos consumir marisco y pescado con el sello MSC y productos derivados de la madera certificados (FSC) estaremos garantizando y contribuyendo con elorigen sostenible de estos productos". A su vez, WWF afirma que es necesaria una apuesta global por un modelo energético basado en las energías renovables, para reducir el nivel de emisiones que contaminan el aire y están afectando a los bosques y océanos.