Mostrando entradas con la etiqueta Verdad sobre el caso Savolta La. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Verdad sobre el caso Savolta La. Mostrar todas las entradas

viernes, 24 de abril de 2015

PRENSA CULTURAL. Entrevista a Eduardo Mendoza sobre "La verdad sobre el caso Savolta"

   En "elcultural.com":

Seix Barral publica una edición conmemorativa de la ya legendaria primera novela de Eduardo Mendoza, La verdad sobre el caso Savolta

LAURA FERNÁNDEZ | 21/04/2015 


Eduardo Mendoza. Foto: Antonio Moreno
Eduardo Mendoza tenía 26 años cuando publicó el libro que, en sus propias palabras, le cambió la vida. Por entonces había estado haciendo "un poco de todo", era esa época en la vida de un escritor en la que tiene que alternar sus noches ante la máquina de escribir, o el cuaderno, como era el caso de Mendoza, con un trabajo. El suyo era un trabajo en un banco. "Estaba estudiando Derecho", recuerda. Luego se fue a Nueva York. Pero antes de eso publicó el libro en cuestión, que, en un primer intento, fue interceptado por la censura, a la que no le pareció en absoluto bien el título que había elegido (Los soldados de Cataluña), y que además, lo consideró "un novelón estúpido y confuso, escrito sin pies ni cabeza". He aquí La verdad sobre el caso Savolta. "Nunca he sido bueno para los títulos, ni entonces ni ahora. Pere me ayudó", recuerda Mendoza. Pere es Pere Gimferrer, que está a su lado y asiente. "Estoy convencido que con este otro título", dice, y señala el ejemplar de la edición conmemorativa de la novela que hay sobre la mesa, "la novela habría tenido una vida muy distinta", añade.

De hecho, dice, la novela es hoy "muy distinta" de como era entonces. "Yo también lo soy. No sólo cambia el mundo, también cambiamos nosotros, y cambian las novelas, la forma en que las percibimos. Por ejemplo, entonces Cataluña no significaba nada. Era una parte del mapa del colegio. Hoy es algo muy distinto", expone el escritor, que jamás olvidará cómo, a su regreso de Nueva York, un año después de que el libro se hubiera publicado, y sin ser consciente aún de su repercusión ("la vida del libro entonces era muy larga, la primera crítica salió un año y media después de que se hubiera publicado, porque era lo normal", recuerda), se fue directo al banco, pensando que, con lo que le hubiera ingresado la editorial por los derechos, podría invitar a una cena a sus amigos. "Al llegar allí le pedí al cajero que me diera lo que tuviera en la cuenta y él me miró extrañado: ‘¿Todo?', preguntó. Resulta que había un millón de pesetas", explica. La historia de Javier Miranda y Savolta, el industrial catalán que se dedicaba a vender armas a los aliados, estaba lista para dar la vuelta al mundo. Y eso fue lo que hizo.

"El éxito era algo insólito en aquel momento para un escritor. Un éxito así era impensable. Que no sólo se vendiera si no que estuviera bien considerada, que me dieran, como ocurrió, el Premio de la Crítica, que hoy no es tan importante, pero entonces lo era, y mucho, hizo que, de repente, verdaderas divinidades del mundo literario quisieran charlar conmigo, y yo estaba muerto de miedo", asegura el autor de La ciudad de los prodigios.

"Lo peor vino después. Porque de la timidez pasé a la angustia y el agobio,¿cómo iba a ser capaz de escribir algo que no defraudara a toda esa gente? Fue por eso que cambié de estilo. Estuve mucho tiempo dándole vueltas a cómo continuar, y entonces fue cuando empecé con las novelas de humor", recuerda Mendoza, que pensaba "que todo aquello era un malentendido, que no podía haberme hecho tan famoso con una novela, y que no podía ser tan buena".

De hecho, aún hoy, 40 años después, le parece "sorprendente" que se hable de ella. Seix Barral ha preparado una edición especial que conmemora las cuatro décadas y en la que, además de la novela, por primera vez llegará a librerías con el título original (aquel Los soldados de Cataluña que no le pareció en absoluto apropiado al censor), se incluyen los informes de la censura y artículos de Juan García Hortelano, Manuel Vázquez Montalbán, Félix de Azúa y el propio Mendoza.

"Ahora hay otra generación leyéndolo. Para mí, hoy ya es como si fuera algo que no es mío. Porque, ya lo he dicho, yo tampoco soy aquel chico de 26 años. Lo de recuperar el título y la portada es un pequeño homenaje pero en ningún caso quiero que se recuerde con este título. Las cosas son como son y han de pertencer a su momento. Y La verdad sobre el caso Savolta ya tuvo su momento", dice. Un momento al que, cada vez que se abre un ejemplar del mismo, se regresa, como si el libro fuera una máquina del tiempo.
 

domingo, 19 de abril de 2015

PRENSA CULTURAL. Sobre "La verdad sobre el caso Savolta", de Eduardo Mendoza. Javier Marías

   En "Babelia":
40 AÑOS DE 'LA VERDAD DEL CASO SAVOLTA'

El triunfo del prófugo

'La verdad sobre el caso Savolta' supuso una novedad sobresaliente, y por eso se dice que fue lo que en literatura marcó el inicio de la democracia y la defunción del franquismo

No se hace fácil recordar, incluso resulta difícil pensar en aquellos tiempos, como si ahora se aparecieran envueltos en brumas, las de los antiguos flash-backs cinematográficos. En 1967 Juan Benet publicó Volverás a Regiónuna novela extraordinaria, densa y difícil, que sin embargo para muchos escritores jóvenes se convirtió en una bandera. Los años duraban mucho más de lo que lo hacen ahora, y sólo cuatro después (pero parecían diez o doce) yo saqué mi primera novela con diecinueve, Los dominios del lobo, llena de personajes americanos y sumamente alejada tanto de Benet como de sus predecesores, que a él le reventaban en su mayoría. En 1973, con veintiuno, saqué la segunda, Travesía del horizonte, esta vez repleta de personajes ingleses y con ecos de James, Conrad y Conan Doyle. Algunos críticos (Gimferrer al frente) dieron la bienvenida a esas dos parodias juveniles, pero el gran resto alzó las cejas y en el mejor de los casos tuvo una actitud perdonavidas, en atención a mi tierna edad más que nada. ¿Qué hace este jovenzuelo, que no habla de su país, ni de su época, que no es realista ni experimentalista (esta última era la moda efímera que a duras penas se abría paso)? En conjunto se me despachó como a un frívolo extranjerizante.
Y fue entonces, en 1975, cuando apareció La verdad sobre el caso Savolta, de un autor nuevo y todavía joven (31 años), Eduardo Mendoza. Tampoco esa novela era realista ni experimentalista, y ni siquiera era “benetiana”, como en realidad no ha podido serlo ninguna porque Benet era tan personal que cualquier seguimiento se convertía al instante en mala copia. Savolta podía haber sido despachada por los críticos en términos semejantes a los que empleó el primero que tuvo, el censor de turno, cuyo brevísimo informe puede leerse en la entrevista de Juan Cruz adjunta: "Novelón estúpido y confuso, escrito sin pies ni cabeza …", así empezaba; y terminaba todavía peor: "… y todo lo típico de las novelas pésimas escritas por escritores que no saben escribir". No, no se crean que demasiados reseñistas de entonces eran más perspicaces que aquel mal señor. Y sin embargo no fue así. Al contrario, Savolta pasó a ser un hito, una revelación, un gran éxito, supuso una novedad sobresaliente, y por eso se dice que fue lo que en literatura marcó el inicio de la democracia y la defunción del franquismo. Un no-crítico inteligente y agudo, Juan García Hortelano, que había cultivado el realismo social transgrediéndolo, fue uno de los que dieron el aviso, en este diario, ya en 1976: "Prepárense ustedes porque pueden volver a la ficción".

Mendoza enseñó a la mayoría de los novelistas que vinieron después qué era escribir con libertad, sin verse obligado a complacer ni a los colegas ni a los críticos ni tan siquiera al público
Savolta era sólo a medias ficción. Incluso se reproducían en ella extractos de informes tomados de documentos antiguos reales, a los que el autor había tenido acceso. Pero esas son historias de bastidores. Savolta se leía como ficción y además como ficción no anticuada, sino todo lo contrario, innovadora. Pese a que Mendoza se hubiera empapado de novelas de aventuras y policiacas, de Balzac y Stendhal y de autores ingleses con los que desde el primer momento compartió el humor, aquella obra suya inaugural aprovechó todas las técnicas aprendidas pero en modo alguno se pudo leer como algo arcaizante ni rancio ni "típico", como decía el audaz censor. Aquello sonaba a nuevo, y sobre todo sonaba a libre. ¿Libre? Sí, eso fue lo principal. En la mencionada entrevista él mismo lo reconoce: "Puedo hacer lo que yo quiera porque no tengo que complacer a nadie", ese era el pensamiento que lo dominaba durante la escritura. Hoy resulta imposible imaginar lo coaccionado y amenazado que se sentía un novelista debutante: el que no escribía novela social ni (un poco más adelante, y durante un corto periodo) experimentalista, estaba condenado a ser invisible, a no existir. La literatura española —como el resto de la vida española— siempre ha sido muy dada a poner grilletes, y a hacer caso omiso de los díscolos y prófugos cuando no podía apresarlos o se le escapaban de verdad. Mendoza fraguó lo que se le antojó: sostuvo una historia apasionante, creó personajes magníficos y una estructura original, se trasladó a la Barcelona de 1917, se saltó cuantas veces quiso la linealidad narrativa, escribió una novela a la vez política, de gangsters y de gran humor. No se dice lo bastante, pero fue él quien enseñó a la mayoría de los novelistas que vinieron después qué era escribir con libertad, sin verse obligado a complacer ni a los colegas ni a los críticos ni tan siquiera al público lector. A partir de ahí fue posible que cada uno se creara sus propios lectores. Eso que hoy es tan frecuente y que hace cuarenta años —tan sólo cuarenta— parecía un sueño irrealizable.
Dice Mendoza al final de su conversación con Cruz que "tener una novela que sigue siendo todavía la más importante de cuantas he escrito, a veces me da una rabia tremenda …" Puede que La verdad sobre el caso Savolta sea la más importante en términos históricos, porque se publicó el mismo año de la muerte física de Franco, porque fue un deslumbramiento, porque fue una liberación. Pero Mendoza puede estar tranquilo: lo histórico no forma nunca parte de la cotidianidad, sólo reaparece en los aniversarios señalados y luego se vuelve a olvidar. Sus novelas posteriores, su presencia beneficiosa en nuestro "paisaje", la excelencia literaria de La ciudad de los prodigios y otras, eso sí que nos reconforta, día a día, y que sea por innumerables más.

sábado, 28 de febrero de 2015

PRENSA CULTURAL. "La verdad sobre el 'caso Mendoza'"

   En "Babelia":

La verdad sobre el ‘caso Mendoza’

Eduardo Mendoza rememora 40 años después las condiciones en que escribió ‘La verdad sobre el caso Savolta’, que la censura consideró "un novelón estúpido y confuso"


Eduardo Mendoza, en Barcelona. / GIANLUCA BATTISTA
La primera crítica que publicó EL PAÍS apareció el 5 de mayo de 1976 (al día siguiente de nacer el periódico), era de Juan García Hortelano, versaba sobre La verdad sobre el caso Savolta, y se titulaba Una opinión sobre el caso MendozaEra la primera novela de Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943), había sido publicada en abril del año anterior, 1975, por Seix Barral y antes de publicar Hortelano su opinión sobre "el caso Mendoza" había sido premiada por el jurado de la Crítica. Hoy el escritor sigue con bigote —ya no tan oscuro como aquel que luce en la foto de contraportada de la primera edición de ese libro— y sigue publicando obras con éxito, aunque a veces diga que la novela está muerta. Aquel espaldarazo de Hortelano fue muy importante para él. Cuatro décadas después se enfrenta de nuevo a aquella opinión y dialoga a partir de lo que dice Hortelano. El autor de El gran momento de Mary Tribune murió en 1992; su crítica en aquel momento era la expresión de un entusiasmo literario y la reivindicación de la ficción en la novela tal como la entendían ambos. De eso va esta entrevista.
La verdad sobre el caso Savolta es la historia de una corrupción; su lectura hoy remite a lo que sucedió en Barcelona (y en España) con la mezcla de los negocios y la política en la primera posguerra europea del siglo XX, narra el auge y la destrucción de una empresa de venta de armas, se sirve de todos los géneros narrativos posibles (desde la novela negra a Madame Bovary, pasando por la complejidad estructural de Conversación en La Catedral). Hortelano la llama "fastuosa cirugía de nuestra comunidad…".
PREGUNTA. Tenía 31 años. Esta crítica debió ayudarle mucho.
RESPUESTA. Tuve varias ayudas valiosísimas. Una fue este artículo. Se juntaba la curiosidad que despertaba EL PAÍS con el elogio más generoso de Hortelano. Fue un espaldarazo importantísimo. Otro fue el de Carmen Rico Godoy, en Cambio 16. Pero fíjate en lo que dice Hortelano, en ese momento en que está a punto de cambiar todo…
P. Dice: “(…) A los muy sensatamente monopolizados por la estadística, la normativa constitucional, la sociología, la flora, la fauna y el politicismo les sería provechoso dedicar unas horas a la novela de Eduardo Mendoza, donde mucho se puede aquilatar la historia de este país en el que, no obstante, vivimos”.

Tardó en publicarse. Primero, porque no la querían, y luego, porque no era una novela al uso
R. Eso es, ¡déjense de tonterías y lean este libro! ¡Qué curioso que eso lo diga Hortelano en ese momento!

P. Él hablaba de lo que era la novela, en medio de la discusión sobre si debía experimentar, o si debería ser como las suyas y la que usted publicaba. ¡Le acoge en su seno! ¡Para quitárselo a Benet, quizá!
R. ¡Ja, ja! Eran tan amigos. Los conocí algo después; iban haciendo aquella especie de número de payaso listo, y payaso tonto, intercambiándose papeles. Y eran dos polos opuestos. Yo, que tenía una admiración y un cariño muy grande por Benet, estaba alineado con Hortelano. Ya había empezado la renovación de la narración, con Hortelano, con Marsé, con Vázquez Montalbán. Ese cambio estaba hecho, y Hortelano era grande ya.
P. Él pone énfasis en su edad…
R. La escribí a los 26, pero tardó en publicarse. Primero, porque no la querían, y luego, porque no era una novela al uso. Ya cuando finalmente Pere Gimferrer se la queda, tarda dos años en salir. O sea que sale cuando yo tengo 31 años.
P. Dice que "circunstancias engorrosas interrumpieron su publicación"…
R. Yo no creo que las hubiera. Desde luego, cuando ya fue comprada por Seix Barral hubo que enviarla a censura, pero eso pasaba con todas. La titulé Los soldados de Cataluña. Era irónico. Quería decir que los soldados de Cataluña son los estafadores. ¡Pero la censura pensó que era un llamamiento a las armas independentistas! Ese tema ni se toca en la novela. Entonces nos reunimos Gimferrer y yo (y fue el principio de una tradición) y después de darle muchas vueltas salió ese título, La verdad sobre el caso Savolta.
P. ¿Qué dijo el informe de censura?
R. Muy escueto: folletón confuso y estúpido. [Esto dice, exactamente, lo que escribió el funcionario el 14 de septiembre de 1973: "Novelón estúpido y confuso, escrito sin pies ni cabeza. La acción pasa en Barcelona en 1917, y el tema son los enredos de una empresa comercial, todo mezclado con historias internas de los miembros de la sociedad, casamientos, cuernos, asesinatos y todo lo típico de las novelas pésimas escritas por escritores que no saben escribir"].

No hay interés por nuestra literatura; ni por la nuestra ni por ninguna. A nadie le preocupa
P. En 1973 Barral lanza la narrativa española más experimental. ¿Qué le hace estar más con Flaubert que con Joyce?
R. Es que esa del grupo de Barral era mi literatura, y sus autores eran mis amigos… Si no hubiera sido mi mundo quizá no me hubiera dado por enterado pero, claro, yo vivía sumergido en esa literatura y pensé: “Yo aquí me asfixio, quiero salir de eso”. Sabía que iba a contracorriente, pero lo que no pensaba es que eso formara parte de la evolución literaria. Y lo que hice se parece a lo que proclamó Savater luego: la infancia recuperada. Recuperar la narración, la aventura.
P. Se recuperaba también la sintaxis.
R. La sintaxis, el placer de la narración… Ante eso yo reaccionaba de una manera muy primaria. Luego, cuando he racionalizado y me preguntan por la novela de la Transición, ¡claro que yo no sabía que estaba escribiendo novela de la Transición! Entre otras cosas ¡porque no sabía que iba a haber una Transición! Eso en 1971 no estaba ni en los sueños.
P. Ahora que ha habido cambio de guardia en la Monarquía se cita su novela como la que marcó aquel parteaguas.
R. Hay la idea de que todo ha de ser como en una novela: que empezó el Rey, y hubo nudo y desenlace. Las cosas no son así. La Historia no es literaria.
P. Tenía 26 años. España es la que usted describe, un burro en torno a una noria. Pero ¿qué literatura hay en usted entonces?
R. La mía, en comparación con la que leen mis compañeros de tiempo, es reaccionaria, es arcaica. Primero, porque estoy formado por la literatura juvenil (Salgari, Verne, Haggard), que es la que me marca cuando empiezo a escribir. Y luego encuentro en las memorias de Baroja un pasaje que dice que cuando se formó como escritor era un niño y leía novelas de aventuras, y siguió escribiendo esas novelas aunque escribe de otros temas. Esto de Baroja me marcó definitivamente. Yo me formé leyendo eso.

La felicidad que me produjo lo que escribió Hortelano ya nunca más la he vuelto a tener
P. Y sigue en ello, como Baroja…
R. A mí lo que me gustaba era eso: novelas de aventuras, de misterio, negra, películas de gánsteres, películas en general. Soy de una generación más formada en el cine que en los libros. El western y el cine negro son influencias muy fuertes. Y yo pienso: "¿Por qué cuando me pongo a escribir tengo que renunciar a esto, que es lo que me da alegría de vivir, para ponerme a hacer un experimento lingüístico que no me interesa nada?".
P. Juan García Hortelano dice que en aquel momento la gente se está pasando al ensayo y usted irrumpe con una novela que no tiene nada que ver con lo experimental, que está de moda…
R. La novela experimental creo que era un callejón sin salida necesario. Creo que hizo mucho bien para los que empezábamos a escribir: haber pasado por el calvario de leer novelas experimentales, novela francesa, incluso haber pasado por el esfuerzo que nos obligó a hacer Benet, que nos hacía leer unas cosas duras, pero que aceptábamos. Y las aceptábamos primero por su personalidad y luego porque nos dábamos cuenta de que aquello era muy bueno. Y lo que hizo fue realmente poner el idioma español en el siglo XX, y liberarnos de todo el lastre decimonónico. Él odiaba a Galdós, injustamente…
P. Pero era amigo de Baroja…
R. Y en muchas cosas era muy galdosiano. Pero a él le parecía que ese lenguaje del siglo XIX, que todavía se arrastraba en el siglo XX, era gastado, retórico, epistolero. Él impuso un lenguaje mucho más roto, más moderno, que a nosotros nos permitió recuperar la narración con un motor de coche actual, no de tartana. Esa conjunción del deseo de recuperar y, al tiempo, la dura lección de los experimentales que leíamos, no Benet, que era estupendo, pero aquellos experimentales…
P. Benet quedó.
R. La verdad es que Juan Benet impuso un rigor que nos fue muy bien para los que escribíamos entonces. Yo pensaba, escribiendo: “Qué pensará, qué dirá Juan Benet…”. Recuerdo que cuando publiqué La ciudad de los prodigios Benet publicó un artículo en la revista Leer. Primero tuve una cena con él en Madrid. Me dijo: "Eso es una tontería; parece mentira, tendría que darte vergüenza haber publicado eso". Y yo me pasé toda la noche sin dormir. El resto del mundo me daba igual, pero lo que decía Benet… Y luego resultó que todo era una broma porque publicó ese artículo: "Esta novela me gusta mucho, me hubiera gustado escribirla a mí". Y era una novela de pistolas, de aventuras, de tiros, de persecuciones. Bueno, ahí influía la amistad, pero eso fue lo que escribió.
P. Respecto a usted, Hortelano fue el adelantado.
R. Sí. Hortelano, Carmen Rico Godoy. Y Rafael Conte, que también apostó desde EL PAÍS y dijo: "Esto es lo que viene, la moda es esta". Y él era una autoridad.
P. ¿Cómo era su relación de lector con Hortelano?
R. Yo era un devoto lector de Juan García Hortelano. Gente deMadrid, por ejemplo, me parece una de las cosas más importantes e interesantes que se han escrito en España. En aquel momento, a mí Mary Tribune me pareció una gran novela, muy americana, en la onda de las de Updike. De un análisis profundo de la soledad. Ahora que ha muerto también Ana María Matute: qué poco homenaje se ha hecho a esa generación, Ana María Matute, Zunzunegui, Aldecoa, Hortelano… Todos los que nos enseñaron a escribir.
P. ¿Por qué ha ocurrido eso?
R. En parte porque no hay interés por nuestra literatura; ni por la nuestra ni por ninguna. Por la nuestra no lo hay en absoluto. A nadie le preocupa. Por ejemplo, ha habido una recuperación de la literatura falangista, bueno, algo es; pero ha habido poco interés en ver en conjunto lo que fue aquello.

La novela experimental creo que era un callejón sin salida necesario
P. Decía Hortelano que La verdad sobre el caso Savoltaiba a reconciliar la novela con la ficción. ¿Tuvo razón en la predicción?
R. Por supuesto, el mérito no es mío, aunque yo formo parte de esa revolución o renovación, o como quieras llamarla, que sigue hasta el día de hoy. La narrativa española sigue siendo una de las más importantes del mundo para los editores extranjeros, que siempre están pendientes de ver lo que pasa, porque tiene esa vitalidad que arrancó entonces y que sigue hasta el día de hoy. Fenómenos como Ruiz Zafón o como Ildefonso Falcones, traducidos y best sellers en todos los idiomas del mundo. Fue una recuperación de la ficción que en otros países no se llegó a hacer. Mientras, sorprendentemente, la literatura francesa e italiana no salen de una especie de marasmo localista, la literatura española continúa ocupando todos los puestos: Javier Marías, Enrique Vila-Matas, Antonio Muñoz Molina
P. Dice Hortelano que la novela no era el fruto de la improvisación. ¿Cómo surge?
R. El azar me lleva a trabajar en el caso de la Barcelona Traction, que es famoso internacionalmente; tiene que ver con las fuerzas eléctricas que entran en Cataluña y que hacen la revolución industrial a principios del XIX. En los años sesenta se convierte en un caso que se ve en el Tribunal de La Haya. Para ello hay que revisar el historial de estas compañías multinacionales. Trabajo ahí porque soy abogado, y porque tengo el francés y el inglés bien sabidos. Y entonces tengo que entrar en los archivos de esta compañía. Así que tengo acceso a una historia del submundo de los negocios, de los trapicheos y el politiqueo de los primeros años del siglo XX en Cataluña; y eso pasa por la Primera Guerra Mundial, por el espionaje. Eso me enseña que ahí hay una historia que contar y yo tengo la exclusiva en mis manos. Y descubro también que el documento en sí es más interesante que cualquier estilo literario que se me pueda dar.
P. Y decía Hortelano que usted tiene la cortesía de contar todo eso todo lo bien que se puede. Un elogio.
R. ¡Un gran elogio! Imagina lo que es para mí, un novato que ha publicado una novela, lleno de vergüenza y de miedo, que Hortelano diga una cosa así. La felicidad que me produjo lo que escribió ya nunca más la he vuelto a tener. No hay premio ni reconocimiento que supere ese momento. Es verdad que me he esforzado por no dejar nunca una frase que no pudiera ser un poquito mejor pero no, como dice Hortelano, por cortesía, sino porque si no no podría irme a dormir tranquilo.
P. Él habla de la historia repetitiva de este país "en el que no obstante vivimos…". No se acaba el mundo y viene otro, advierte.
R. Él tenía esa visión, luego hemos visto que la tenían otros: estábamos viviendo un momento de eclosión, pero era un paréntesis; íbamos a vivir en el país de siempre, como se sigue demostrando. Yo creo que el gran mérito de El caso Savolta es haber dado ocasión al artículo de Hortelano, ¡mucho más interesante que todo el libro! Tener una novela que sigue siendo la más importante de las que he escrito, a veces me da una rabia tremenda, pero nada de eso supera el cariño y la gratitud que le tengo por haberme dado tanto como me sigue dando.