Coplas por la muerte de su padre (y 3)
XXV
Aquel de buenos abrigo,
amado, por virtuoso,
de la gente,
el maestre don Rodrigo
Manrique, tanto famoso
e tan valiente;
sus hechos grandes e claros
non cumple que los alabe,
pues los vieron;
ni los quiero hazer caros,
pues qu'el mundo todo sabe
cuáles fueron.
XXVI
Amigo de sus amigos,
¡qué señor para criados
e parientes!
¡Qué enemigo d'enemigos!
¡Qué maestro d'esforçados
e valientes!
¡Qué seso para discretos!
¡Qué gracia para donosos!
¡Qué razón!
¡Qué benino a los sujetos!
¡A los bravos e dañosos,
qué león!
XXVII
En ventura, Octavïano;
Julio César en vencer
e batallar;
en la virtud, Africano;
Aníbal en el saber
e trabajar;
en la bondad, un Trajano;
Tito en liberalidad
con alegría;
en su braço, Aureliano;
Marco Atilio en la verdad
que prometía.
XXVIII
Antonio Pío en clemencia;
Marco Aurelio en igualdad
del semblante;
Adriano en la elocuencia;
Teodosio en humanidad
e buen talante.
Aurelio Alexandre fue
en desciplina e rigor
de la guerra;
un Constantino en la fe,
Camilo en el grand amor
de su tierra.
XXIX
Non dexó grandes tesoros,
ni alcançó muchas riquezas
ni vaxillas;
mas fizo guerra a los moros
ganando sus fortalezas
e sus villas;
y en las lides que venció,
cuántos moros e cavallos
se perdieron;
y en este oficio ganó
las rentas e los vasallos
que le dieron.
XXX
Pues por su honra y estado,
en otros tiempos passados,
¿cómo s'hubo?
Quedando desamparado,
con hermanos e criados
se sostuvo.
Después que fechos famosos
fizo en esta misma guerra
que hazía,
fizo tratos tan honrosos
que le dieron aun más tierra
que tenía.
XXXI
Estas sus viejas hestorias
que con su braço pintó
en joventud,
con otras nuevas victorias
agora las renovó
en senectud.
Por su gran habilidad,
por méritos e ancianía
bien gastada,
alcançó la dignidad
de la grand Caballería
dell Espada.
XXXII
E sus villas e sus tierras,
ocupadas de tiranos
las halló;
mas por çercos e por guerras
e por fuerça de sus manos
las cobró.
Pues nuestro rey natural,
si de las obras que obró
fue servido,
dígalo el de Portugal,
y, en Castilla, quien siguió
su partido.
XXXIII
Después de puesta la vida
tantas vezes por su ley
al tablero;
después de tan bien servida
la corona de su rey
verdadero;
después de tanta hazaña
a que non puede bastar
cuenta cierta,
en la su villa d'Ocaña
vino la Muerte a llamar
a su puerta,
XXXIV
diziendo: "Buen caballero,
dexad el mundo engañoso
e su halago;
vuestro corazón d'azero
muestre su esfuerço famoso
en este trago;
e pues de vida e salud
fezistes tan poca cuenta
por la fama,
esfuércese la virtud
para sofrir esta afrenta
que vos llama."
XXXV
"Non se vos haga tan amarga
la batalla temerosa
qu'esperáis,
pues otra vida más larga
de la fama glorïosa
acá dexáis.
Aunqu'esta vida d'honor
tampoco no es eternal
ni verdadera;
mas, con todo, es muy mejor
que la otra temporal,
peresçedera."
XXXVI
"El vivir qu'es perdurable
non se gana con estados
mundanales,
ni con vida delectable
donde moran los pecados
infernales;
mas los buenos religiosos
gánanlo con oraciones
e con lloros;
los caballeros famosos,
con trabajos e aflicciones
contra moros."
XXXVII
"E pues vos, claro varón,
tanta sangre derramastes
de paganos,
esperad el galardón
que en este mundo ganastes
por las manos;
e con esta confiança
e con la fe tan entera
que tenéis,
partid con buena esperança,
qu'estotra vida tercera
ganaréis."
[Responde el Maestre:]
XXXVIII
"Non tengamos tiempo ya
en esta vida mesquina
por tal modo,
que mi voluntad está
conforme con la divina
para todo;
e consiento en mi morir
con voluntad plazentera,
clara e pura,
que querer hombre vivir
cuando Dios quiere que muera,
es locura."
[Del maestre a Jesús]
XXXIX
"Tú que, por nuestra maldad,
tomaste forma servil
e baxo nombre;
Tú, que a tu divinidad
juntaste cosa tan vil
como es el hombre;
Tú, que tan grandes tormentos
sofriste sin resistencia
en tu persona,
non por mis merescimientos,
mas por tu sola clemencia
me perdona".
XL
Assí, con tal entender,
todos sentidos humanos
conservados,
cercado de su mujer
y de sus hijos e hermanos
e criados,
dio el alma a quien gela dio
(el cual la ponga en el cielo
en su gloria),
que aunque la vida perdió,
dexónos harto consuelo
su memoria.
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lunes, 25 de abril de 2011
domingo, 24 de abril de 2011
LITERATURA ESPAÑOLA Y UNIVERSAL POESÍA. ELEGÍA. "Coplas por la muerte de su padre"(2), de Jorge Manrique (1440-1479
Coplas por la muerte de su padre (2)
XV
Dexemos a los troyanos,
que sus males non los vimos,
ni sus glorias;
dexemos a los romanos,
aunque oímos e leímos
sus hestorias;
non curemos de saber
lo d'aquel siglo passado
qué fue d'ello;
vengamos a lo d'ayer,
que también es olvidado
como aquello.
XVI
¿Qué se hizo el rey don Joan?
Los infantes d'Aragón,
¿qué se hizieron?
¿Qué fue de tanto galán,
qué de tanta invinción
como truxeron?
¿Fueron sino devaneos,
qué fueron sino verduras
de las eras,
las justas e los torneos,
paramentos, bordaduras
e çimeras?
XVII
¿Qué se hizieron las damas,
sus tocados e vestidos,
sus olores?
¿Qué se hizieron las llamas
de los fuegos encendidos
d'amadores?
¿Qué se hizo aquel trovar,
las músicas acordadas
que tañían?
¿Qué se hizo aquel dançar,
aquellas ropas chapadas
que traían?
XVIII
Pues el otro, su heredero
don Anrique, ¡qué poderes
alcançaba!
¡Cuánd blando, cuánd halaguero
el mundo con sus plazeres
se le daba!
Mas verás cuánd enemigo,
cuánd contrario, cuánd cruel
se le mostró;
habiéndole sido amigo,
¡cuánd poco duró con él
lo que le dio!
XIX
Las dávidas desmedidas,
los edeficios reales
llenos d'oro,
las vaxillas tan fabridas
los enriques e reales
del tesoro,
los jaezes, los caballos
de sus gentes e atavíos
tan sobrados,
¿dónde iremos a buscallos?;
¿qué fueron sino rocíos
de los prados?
XX
Pues su hermano el innocente,
qu'en su vida sucesor
se llamó,
¡qué corte tan excellente
tuvo, e cuánto grand señor
le siguió!
Mas, como fuesse mortal,
metióle la Muerte luego
en su fragua.
¡Oh jüicio divinal!,
cuando más ardía el fuego,
echaste agua.
XXI
Pues aquel grand Condestable,
maestre que conoscimos
tan privado,
non cumple que dél se hable,
mas sólo como lo vimos
degollado.
Sus infinitos tesoros,
sus villas e sus lugares,
su mandar,
¿qué le fueron sino lloros?,
¿qué fueron sino pesares
al dexar?
XXII
E los otros dos hermanos,
maestres tan prosperados
como reyes,
c'a los grandes e medianos
truxieron tan sojuzgados
a sus leyes;
aquella prosperidad
qu'en tan alto fue subida
y ensalzada,
¿qué fue sino claridad
que cuando más encendida
fue amatada?
XXIII
Tantos duques excelentes,
tantos marqueses e condes
e varones
como vimos tan potentes,
di, Muerte, ¿dó los escondes
e traspones?
E las sus claras hazañas
que hizieron en las guerras
y en las pazes,
cuando tú, cruda, t'ensañas,
con tu fuerça, las atierras
e desfazes.
XXIV
Las huestes inumerables,
los pendones, estandartes
e banderas,
los castillos impugnables,
los muros e balüartes
e barreras,
la cava honda, chapada,
o cualquier otro reparo,
¿qué aprovecha?
Cuando tú vienes airada,
todo lo passas de claro
con tu flecha.
XV
Dexemos a los troyanos,
que sus males non los vimos,
ni sus glorias;
dexemos a los romanos,
aunque oímos e leímos
sus hestorias;
non curemos de saber
lo d'aquel siglo passado
qué fue d'ello;
vengamos a lo d'ayer,
que también es olvidado
como aquello.
XVI
¿Qué se hizo el rey don Joan?
Los infantes d'Aragón,
¿qué se hizieron?
¿Qué fue de tanto galán,
qué de tanta invinción
como truxeron?
¿Fueron sino devaneos,
qué fueron sino verduras
de las eras,
las justas e los torneos,
paramentos, bordaduras
e çimeras?
XVII
¿Qué se hizieron las damas,
sus tocados e vestidos,
sus olores?
¿Qué se hizieron las llamas
de los fuegos encendidos
d'amadores?
¿Qué se hizo aquel trovar,
las músicas acordadas
que tañían?
¿Qué se hizo aquel dançar,
aquellas ropas chapadas
que traían?
XVIII
Pues el otro, su heredero
don Anrique, ¡qué poderes
alcançaba!
¡Cuánd blando, cuánd halaguero
el mundo con sus plazeres
se le daba!
Mas verás cuánd enemigo,
cuánd contrario, cuánd cruel
se le mostró;
habiéndole sido amigo,
¡cuánd poco duró con él
lo que le dio!
XIX
Las dávidas desmedidas,
los edeficios reales
llenos d'oro,
las vaxillas tan fabridas
los enriques e reales
del tesoro,
los jaezes, los caballos
de sus gentes e atavíos
tan sobrados,
¿dónde iremos a buscallos?;
¿qué fueron sino rocíos
de los prados?
XX
Pues su hermano el innocente,
qu'en su vida sucesor
se llamó,
¡qué corte tan excellente
tuvo, e cuánto grand señor
le siguió!
Mas, como fuesse mortal,
metióle la Muerte luego
en su fragua.
¡Oh jüicio divinal!,
cuando más ardía el fuego,
echaste agua.
XXI
Pues aquel grand Condestable,
maestre que conoscimos
tan privado,
non cumple que dél se hable,
mas sólo como lo vimos
degollado.
Sus infinitos tesoros,
sus villas e sus lugares,
su mandar,
¿qué le fueron sino lloros?,
¿qué fueron sino pesares
al dexar?
XXII
E los otros dos hermanos,
maestres tan prosperados
como reyes,
c'a los grandes e medianos
truxieron tan sojuzgados
a sus leyes;
aquella prosperidad
qu'en tan alto fue subida
y ensalzada,
¿qué fue sino claridad
que cuando más encendida
fue amatada?
XXIII
Tantos duques excelentes,
tantos marqueses e condes
e varones
como vimos tan potentes,
di, Muerte, ¿dó los escondes
e traspones?
E las sus claras hazañas
que hizieron en las guerras
y en las pazes,
cuando tú, cruda, t'ensañas,
con tu fuerça, las atierras
e desfazes.
XXIV
Las huestes inumerables,
los pendones, estandartes
e banderas,
los castillos impugnables,
los muros e balüartes
e barreras,
la cava honda, chapada,
o cualquier otro reparo,
¿qué aprovecha?
Cuando tú vienes airada,
todo lo passas de claro
con tu flecha.
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viernes, 22 de abril de 2011
LITERATURA ESPAÑOLA Y UNIVERSAL POESÍA. ELEGÍA. "Coplas por la muerte de su padre"(1), de Jorge Manrique (1440-1479)
Coplas por la muerte de su padre (1)
I
Recuerde el alma dormida,
avive el seso e despierte
contemplando
cómo se passa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el plazer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parescer,
cualquiera tiempo passado
fue mejor.
II
Pues si vemos lo presente
cómo en un punto s'es ido
e acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo non venido
por passado.
Non se engañe nadi, no,
pensando que ha de durar
lo que espera
más que duró lo que vio,
pues que todo ha de passar
por tal manera.
III
Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
qu'es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
e consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
e más chicos,
allegados, son iguales
los que viven por sus manos
e los ricos.
INVOCACIÓN
IV
Dexo las invocaciones
de los famosos poetas
y oradores;
non curo de sus ficciones,
que traen yerbas secretas
sus sabores.
Aquél sólo m'encomiendo,
Aquél sólo invoco yo
de verdad,
que en este mundo viviendo,
el mundo non conoció
su deidad.
V
Este mundo es el camino
para el otro, qu'es morada
sin pesar;
mas cumple tener buen tino
para andar esta jornada
sin errar.
Partimos cuando nascemos,
andamos mientras vivimos,
e llegamos
al tiempo que feneçemos;
assí que cuando morimos,
descansamos.
VI
Este mundo bueno fue
si bien usásemos dél
como debemos,
porque, segund nuestra fe,
es para ganar aquél
que atendemos.
Aun aquel fijo de Dios
para sobirnos al cielo
descendió
a nascer acá entre nos,
y a vivir en este suelo
do murió.
VII
Si fuesse en nuestro poder
hazer la cara hermosa
corporal,
como podemos hazer
el alma tan glorïosa
angelical,
¡qué diligencia tan viva
toviéramos toda hora
e tan presta,
en componer la cativa,
dexándonos la señora
descompuesta!
VIII
Ved de cuán poco valor
son las cosas tras que andamos
y corremos,
que, en este mundo traidor,
aun primero que muramos
las perdemos.
Dellas deshaze la edad,
dellas, casos desastrados
que acaeçen,
dellas, por su calidad,
en los más altos estados
desfallescen.
IX
Dezidme: la hermosura,
la gentil frescura y tez
de la cara,
la color e la blancura,
cuando viene la vejez,
¿cuál se para?
Las mañas e ligereza
e la fuerça corporal
de juventud,
todo se torna graveza
cuando llega el arrabal
de senectud.
X
Pues la sangre de los godos,
y el linaje e la nobleza
tan crescida,
¡por cuántas vías e modos
se pierde su grand alteza
en esta vida!
Unos, por poco valer,
por cuán baxos e abatidos
que los tienen;
otros que, por non tener,
con oficios non debidos
se mantienen.
XI
Los estados e riqueza,
que nos dexen a deshora
¿quién lo duda?,
non les pidamos firmeza.
pues que son d'una señora
que se muda,
que bienes son de Fortuna
que revuelven con su rueda
presurosa,
la cual non puede ser una
ni estar estable ni queda
en una cosa.
XII
Pero digo c'acompañen
e lleguen fasta la fuessa
con su dueño:
por esso non nos engañen,
pues se va la vida apriessa
como sueño,
e los deleites d'acá
son, en que nos deleitamos,
temporales,
e los tormentos d'allá,
que por ellos esperamos,
eternales.
XIII
Los plazeres e dulçores
desta vida trabajada
que tenemos,
non son sino corredores,
e la muerte, la çelada
en que caemos.
Non mirando a nuestro daño,
corremos a rienda suelta
sin parar;
desque vemos el engaño
y queremos dar la vuelta
no hay lugar.
XIV
Esos reyes poderosos
que vemos por escripturas
ya passadas
con casos tristes, llorosos,
fueron sus buenas venturas
trastornadas;
assí, que no hay cosa fuerte,
que a papas y emperadores
e perlados,
assí los trata la muerte
como a los pobres pastores
de ganados.
I
Recuerde el alma dormida,
avive el seso e despierte
contemplando
cómo se passa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el plazer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parescer,
cualquiera tiempo passado
fue mejor.
II
Pues si vemos lo presente
cómo en un punto s'es ido
e acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo non venido
por passado.
Non se engañe nadi, no,
pensando que ha de durar
lo que espera
más que duró lo que vio,
pues que todo ha de passar
por tal manera.
III
Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
qu'es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
e consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
e más chicos,
allegados, son iguales
los que viven por sus manos
e los ricos.
INVOCACIÓN
IV
Dexo las invocaciones
de los famosos poetas
y oradores;
non curo de sus ficciones,
que traen yerbas secretas
sus sabores.
Aquél sólo m'encomiendo,
Aquél sólo invoco yo
de verdad,
que en este mundo viviendo,
el mundo non conoció
su deidad.
V
Este mundo es el camino
para el otro, qu'es morada
sin pesar;
mas cumple tener buen tino
para andar esta jornada
sin errar.
Partimos cuando nascemos,
andamos mientras vivimos,
e llegamos
al tiempo que feneçemos;
assí que cuando morimos,
descansamos.
VI
Este mundo bueno fue
si bien usásemos dél
como debemos,
porque, segund nuestra fe,
es para ganar aquél
que atendemos.
Aun aquel fijo de Dios
para sobirnos al cielo
descendió
a nascer acá entre nos,
y a vivir en este suelo
do murió.
VII
Si fuesse en nuestro poder
hazer la cara hermosa
corporal,
como podemos hazer
el alma tan glorïosa
angelical,
¡qué diligencia tan viva
toviéramos toda hora
e tan presta,
en componer la cativa,
dexándonos la señora
descompuesta!
VIII
Ved de cuán poco valor
son las cosas tras que andamos
y corremos,
que, en este mundo traidor,
aun primero que muramos
las perdemos.
Dellas deshaze la edad,
dellas, casos desastrados
que acaeçen,
dellas, por su calidad,
en los más altos estados
desfallescen.
IX
Dezidme: la hermosura,
la gentil frescura y tez
de la cara,
la color e la blancura,
cuando viene la vejez,
¿cuál se para?
Las mañas e ligereza
e la fuerça corporal
de juventud,
todo se torna graveza
cuando llega el arrabal
de senectud.
X
Pues la sangre de los godos,
y el linaje e la nobleza
tan crescida,
¡por cuántas vías e modos
se pierde su grand alteza
en esta vida!
Unos, por poco valer,
por cuán baxos e abatidos
que los tienen;
otros que, por non tener,
con oficios non debidos
se mantienen.
XI
Los estados e riqueza,
que nos dexen a deshora
¿quién lo duda?,
non les pidamos firmeza.
pues que son d'una señora
que se muda,
que bienes son de Fortuna
que revuelven con su rueda
presurosa,
la cual non puede ser una
ni estar estable ni queda
en una cosa.
XII
Pero digo c'acompañen
e lleguen fasta la fuessa
con su dueño:
por esso non nos engañen,
pues se va la vida apriessa
como sueño,
e los deleites d'acá
son, en que nos deleitamos,
temporales,
e los tormentos d'allá,
que por ellos esperamos,
eternales.
XIII
Los plazeres e dulçores
desta vida trabajada
que tenemos,
non son sino corredores,
e la muerte, la çelada
en que caemos.
Non mirando a nuestro daño,
corremos a rienda suelta
sin parar;
desque vemos el engaño
y queremos dar la vuelta
no hay lugar.
XIV
Esos reyes poderosos
que vemos por escripturas
ya passadas
con casos tristes, llorosos,
fueron sus buenas venturas
trastornadas;
assí, que no hay cosa fuerte,
que a papas y emperadores
e perlados,
assí los trata la muerte
como a los pobres pastores
de ganados.
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lunes, 10 de enero de 2011
LITERATURA ESPAÑOLA Y UNIVERSAL (FRAGMENTOS). "Cosecha roja", de Dashiell Hammett (1894- 10 enero 1961)
Dashiell Hammett
1. Una mujer vestida de verde y un hombre vestido de gris
En el Big Ship de Butte oí por primera vez a un minero pelirrojo de nombre Hickey Dewey que llamaba Poisonville a la ciudad de Personville. Tenía la costumbre de convertir las erres en diptongos, así que me importó poco su manera de nombrar la ciudad. Luego volví a oír el mismo nombre de boca de hombres capaces de pronunciar bien la erres. Lo tomé como una muestra más del humor vulgar que anima los retruécanos propios de la jerga de los bajos fondos. Unos años después fui a Personville y comprendí el exacto significado de esta palabra.
Utilizando uno de los teléfonos de la estación llamé a Donald Willsson al Herald para decirle que acababa de llegar.
—¿Podrá venir esta noche a mi casa a las diez? —tenía una voz agradable pero seca—. La dirección es Mountain Boulevard, 2.101. Coja un tranvía en Broadway y bájese en la confluencia con Laurel Avenue y camine dos manzanas en dirección oeste.
Le prometí que iría. Fui al hotel Great Western, dejé allí las maletas, y me fui a dar un vistazo a la ciudad.
La encontré fea. Los edificios hacían gala de una arquitectura afectada. Quizá había conocido tiempos mejores. Los altos hornos, con sus chimeneas de ladrillo levantadas al sur frente a una sombría montaña, habían impregnado la antigua pomposidad de una capa de suciedad ocre y de un humo espeso. En consecuencia, sus cuarenta mil habitantes vivían en una ciudad fea, hundida en un valle limitado por dos insípidos montes; las minas contribuían en gran manera a la fealdad general. Perdido entre las nubes negras que salían de las chimeneas de los altos hornos, se veía el cielo.
El primer guardia que vi llevaba varios días sin afeitarse. El segundo había perdido dos botones de su poco limpio uniforme. El tercero ordenaba el tráfico en el cruce más importante de la ciudad, el de Broadway y Union Street, con un cigarrillo en la boca. En ese momento dejé de preocuparme por ellos.
Cogí un tranvía de Broadway a las nueve y media y seguí las
indicaciones de Donald Willsson. Así me fue posible llegar a una casa situada en una esquina rodeada de un jardincito artificial y una cerca.
Me abrió la puerta una criada y me comunicó que Mister Willsson no se encontraba en casa. Mientras le explicaba que había concertado una cita con él, se acercó a la puerta una mujer delgada, rubia, de cerca de treinta años, vestida con un traje verde de seda rizada. Ni siquiera cuando sonreía desaparecía la frialdad de sus ojos azules. Volví a empezar mi explicación.
—Mi marido no está —un suave acento amortiguaba el sonido de las eses—. No creo que tarde, puede esperarle si lo desea.
Subimos al primer piso, a una habitación marrón y roja repleta de libros, con vistas a Laurel Avenue. Sentados en sillones de cuero frente a una chimenea de carbón, la mujer demostró curiosidad por saber cuál era el objeto del encuentro con su marido.
—¿Vive usted en Personville?
—No. En San Francisco.
—Pero ésta no es su primera visita, ¿verdad?
—Sí.
—¿De verdad? ¿Le ha gustado nuestra ciudad?
—En realidad apenas si la he visto —esto era mentira. Continué—: He llegado esta tarde.
Sus brillantes ojos dejaron de examinarme cuando me dijo:
—Le parecerá aburrida —y de nuevo siguió su investigación—: Me imagino que las ciudades mineras no pueden ser de otra manera. ¿Tiene algo que ver con las minas?
—En este momento, no.
Miró el reloj colocado sobre la repisa de la chimenea y dijo:
—Donald es un desconsiderado al hacerlo venir, y dejarle esperando a estas horas de la noche, que no son horas de hacer negocios.
Le dije que no tenía importancia.
—Pero tal vez no sea un asunto de negocios. No contesté. Lanzó una risita irónica.
—Le aseguro que no soy tan entrometida como piensa usted —dijo alegremente—. Quizá sea su reserva lo que me provoca la curiosidad. No será usted traficante de alcohol, ¿verdad? Como Donald los cambia a menudo...
Dejé que leyera en mi sonrisa lo que quisiera.
Sonó el teléfono en el piso de abajo. Mistress Willsson estiró los pies calzados con zapatillas verdes en dirección al fuego e hizo caso omiso del teléfono. No comprendí por qué pensó que era eso lo que debía hacer.
—Creo que tendré... —empezó a decir, pero al ver a la criada que estaba en la puerta se detuvo.
La sirvienta dijo que llamaban por teléfono a mistress Willsson. Pidió disculpas y siguió a la criada. Habló desde un supletorio, sin necesidad de ir al piso de abajo. La oí decir:
—Habla mistress Willsson... Sí... ¿Diga...? ¿Quién...? ¿Puede hablar más alto...? ¿Qué...? Sí... ¡Oiga...! ¿Quién es usted...?
Colgó el teléfono. Oí unos pasos que se alejaban por el vestíbulo, unos pasos cortos y rápidos.
Encendí un cigarrillo y me quedé mirándolo hasta oír a la mujer bajando las escaleras. En ese momento me acerqué a la ventana y observé entre las cortinas Laurel Avenue y el garaje blanco y cuadrado construido en esa parte de la casa.
Una mujer delgada con sombrero y abrigo oscuro, apareció en seguida avanzando rápidamente desde la casa al garaje. Era mistress Willsson. Desapareció al volante de un cupé Buick. Volví al sillón y esperé.
Pasaron tres cuartos de hora. A las once y cinco se oyó el chirrido de los frenos de un automóvil. Mistress Willsson entró en la habitación dos minutos más tarde. No llevaba puesto el abrigo ni el sombrero. Tenía la cara blanca y los ojos oscurecidos.
—Siento mucho —dijo, y vi estremecerse sus labios apretados— que haya tenido que esperar tanto tiempo en balde. Mi marido no podrá venir esta noche.
Le dije que le llamaría al Herald por la mañana.
Me fui intrigado por saber qué había ocasionado que la verde punta de su zapatilla izquierda estuviera manchada y húmeda con algo que parecía sangre.
Caminé hasta Broadway y cogí allí un tranvía. Tres manzanas al norte, antes de llegar al hotel, bajé para enterarme de qué hacían unos grupos de gente parados en la acera delante de la puerta lateral del Ayuntamiento.
Había de treinta a cuarenta hombres y algunas mujeres mirando una puerta en la que podía leerse: "JEFATURA DE POLICÍA". Había trabajadores de los altos hornos y las minas, en ropa de trabajo, jóvenes venidos de los billares y las salas de baile, hombres acicalados y de mejillas pálidas y relucientes, hombres con la expresión adusta de maridos honrados, algunas mujeres no menos respetables y serias y unas cuantas prostitutas.
Me acerqué a toda esa gente y me paré junto a un hombretón de traje gris y arrugado. Su rostro, e incluso sus labios, también eran grises, pero no aparentaba más de treinta años. Tenía una cara ancha, regordeta e inteligente. La única nota de color en su vestimenta era un pañuelo rojo atado con un nudo sobre su camisa de franela gris.
—¿Qué pasa aquí? —le espeté.
Me miró de arriba abajo para asegurarse, antes de contestar, si parecía lo suficientemente discreto como para responderme. Sus ojos eran grises al igual que su ropa, pero más duros.
—Don Willsson ha ido a sentarse a la derecha de Dios, a menos que a Dios le preocupen los agujeros de bala.
—¿Quién le ha matado? —pregunté.
El hombre gris se rascó la cabeza y dijo:
—Alguien con una pistola.
Yo quería información, no muestras de ingenio. Podría haber preguntado a cualquier otro del grupo, pero el del pañuelo rojo me interesaba. Así que le dije:
—No vivo aquí. Puede echarme la culpa a mí. Para eso estamos los forasteros.
—Donald Willsson, hombre honesto, propietario del Morning Herald y del Evening Herald fue encontrado en Hurricane Street hace un rato muerto a tiros por unos desconocidos —recitó con un rápido sonsonete—. ¿He conseguido no ser morboso?
—Gracias —le toqué un borde del pañuelo—. ¿Quiere decir algo o es sólo un gusto?
—Soy Bill Quint.
—¿De veras? —exclamé tratando de recordar su nombre—. ¡Encantado de conocerle!
Saqué la cartera y rebusqué en mi colección de tarjetas, reunidas en diversas circunstancias. La que yo buscaba era roja. En ella decía que yo era Henry F. Neill, marinero, eficaz militante de la Industrial Workers of the World. Por supuesto era mentira.
Le extendí la tarjeta roja a Bill Quint. La leyó con detenimiento por delante y por detrás, me la devolvió y me escrutó desconfiado.
—Bueno, éste ya no se levanta —dijo—. ¿Adónde va usted?
—A cualquier sitio.
Nos pusimos a caminar y, creo que al azar, doblamos una esquina.
—¿Cómo es que ha venido aquí si es marinero? —me preguntó sin demasiado interés.
—¿De dónde sacó usted esa idea?
—Lo dice la tarjeta.
—Tengo otra que dice que soy carpintero —dije—. También puedo ser minero, mañana mismo conseguiré un papel que lo acredite.
—Eso lo veo difícil. Yo soy el que manda en los que trabajan aquí.
—¿Y si recibiera un telegrama de Chicago? —le dije.
—Me importa un bledo Chicago. Aquí mando yo. —Señaló la puerta de una taberna y me preguntó—: ¿Usted bebe?
—Sólo cuando tengo bebida delante.
Llegamos al restaurante, subimos unas escaleras y entramos en una estrecha sala del primer piso donde había alineadas mesas delante de un largo mostrador. Bill saludó con un gesto y dijo ¡hola!, a un grupo de chicos y chicas de varias mesas situadas delante del mostrador. Me llevó después a un reservado cerrado con cortinas verdes que, junto a algunos más, estaba frente al mostrador.
Estuvimos bebiendo whisky y charlando durante dos horas.
El hombre vestido de gris pensaba que yo no me merecía la tarjeta que le había enseñado, ni la que le prometí conseguir. Pensaba que yo no podía ser un miembro destacado del sindicato. En su calidad de jefazo del IWW en Personville, se veía en la obligación de enterarse de quién era yo, y no hablar entre tanto de asuntos comprometidos.
A mí no me parecía mal. Lo que realmente me interesaba era saber cosas sobre Personville. Y siempre se le filtraban informaciones mientras indagaba sobre mis tarjetas rojas.
Traducción: Rafael Marsán
viernes, 7 de enero de 2011
LITERATURA ESPAÑOLA Y UNIVERSAL (FRAGMENTOS). "Mala hierba", de Pío Baroja (1872-1956)
Pío Baroja
IEl taller / La vida de Roberto Hasting / Alex Monzón
Roberto se había levantado de la cama y, vestido con su traje de calle y sentado a una mesa llena de papeles, escribía.
El cuarto era una guardilla trastera, baja de techo, con una gran ventana a un patio. El centro del cuarto lo ocupaban dos estatuas de barro, de un armazón interior de alambre, dos figuras de tamaño mayor que el natural, descomunales y estrambóticas, que estaban solamente esbozadas, como si el autor no hubiera querido acabarlas; eran dos gigantes rendidos por el cansancio, los dos de cabeza pequeña y rapada, pecho hundido y vientre abultado y largos brazos simiescos. Los dos parecían agobiados por el abatimiento profundo. Frente a la ventana, ancha, había un sofá tapizado con una percalina floreada; en las sillas y en el suelo se levantaban estatuas medio envueltas en trapos húmedos; en un ángulo aparecía una caja llena de pedazos secos de escayola, y en un rincón, un lebrillo con barro.
De cuando en cuando, Roberto miraba a un reloj de bolsillo colocado sobre una mesa entre los papeles; se levantaba y daba unos paseos por el cuarto. Por la ventana, en las galerías de la casa de enfrente, se veía pasar mujeres desarrapadas y sucias; de la calle subía una barahúnda ensordecedora de gritos de las verduleras y de los vendedores ambulantes.
A Roberto, sin duda, no le molestaba aquella continua algarabía, y al cabo de poco rato se sentaba y seguía escribiendo.
Mientras tanto, Manuel subía y bajaba las casas de toda la calle en busca de Roberto Hasting.
Hallábase Manuel con decisión para intentar seriamente un cambio de vida; se sentía capaz de tomar una determinación enérgica y dispuesto a seguirla hasta el fin.
Su hermana mayor, que acababa de casarse con un bombero, le regaló unos pantalones rotos de su esposo, una chaqueta vieja y una bufanda raída. Además, añadió a la donación una gorra de forma y de color absurdos, un sombrero hongo anciano y algunos buenos y vagos consejos acerca del trabajo, el cual, como nadie ignora, es el padre de todas las virtudes, como el caballo es el más noble de todos los animales, y la ociosidad, la madre de todos los vicios.
Es muy posible, casi seguro, que Manuel hubiese preferido a estos buenos y vagos consejos, a esta gorra de forma y color absurdos, a la chaqueta vieja, al sombrero anciano, a la bufanda raída y a los pantalones rotos, una pequeña cantidad de dinero, ya fuera en cuartos, en plata o en billetes.
La juventud es así, no tiene norte ni guía; imprevisora siempre, concede más valor a los bienes materiales que a los espirituales, sin comprender en su ignorancia absoluta que una moneda se gasta, un billete se cambia, y las dos cosas pueden perderse, y, en cambio, un buen consejo ni se gasta ni se pierde, ni se reduce a calderilla, y tiene, además, la ventaja de que, sin cuidarse de él para nada, dura eternamente, sin enmohecimiento ni deterioro. Prefiriese una cosa u otra, hay que confesar que Manuel tuvo que contentarse con lo que le dieron.
Con el lastre de los buenos consejos y de las malas prendas de vestir, sin vislumbrar ni un cuarto de luz en su camino, Manuel repasó en la memoria la corta lista de sus conocimientos, y pensó que, de todos, el único capaz de favorecerle era Roberto Hasting.
Penetrado de esta verdad, para él muy importante, se dedicó a buscar a su amigo. En el cuartel ya le habían perdido de vista hacía tiempo; doña Casiana, la de la casa de huéspedes, a quien Manuel encontró en la calle, no sabía las señas de Roberto, y le indicó que quizá el Superhombre las supiera.
—¿Sigue viviendo en su casa de usted?
—No; estaba ya harta de que no me pagara. No sé dónde vive; pero le encontrará en El Mundo, un periódico de la calle de Valverde, que tiene un letrero en el balcón.
Buscó Manuel el periódico de la calle de Valverde y lo encontró en seguida; subió al piso principal de la casa y se detuvo ante una puerta cerrada con un cristal en donde había grabados dos mundos: el antiguo y el moderno. No había timbre ni llamador de campanilla, y Manuel se puso a repiquetear con los dedos en el cristal, encima precisamente del nuevo mundo, y en esta ocupación le sorprendió el mismísimo Superhombre, que llegaba de la calle.
—¿Qué haces aquí? —le dijo el periodista, mirándole de arriba abajo—. ¿Quién eres tú?
—Yo soy Manuel, el hijo de la Petra, la de la casa de huéspedes, ¿no se acuerda usted?
—¡Ah, sí!... ¿Y qué quieres?
—Quisiera que me dijese usted si sabe en dónde vive don Roberto, que creo que ahora es periodista.
—¿Y quién es don Roberto?
—El rubio..., el estudiante amigo de don Telmo.
—¿El niño litri aquél...? ¡Yo qué sé!
—¿Ni dónde trabaja tampoco?
—Creo que da lecciones en la Academia de Fischer.
—No sé en qué sitio está esa academia.
—Me parece que en la plaza de Isabel Segunda —contestó el Superhombre de un modo displicente, mientras abría la puerta de cristales con un llavín y entraba.
Manuel fue a la academia; aquí, un ordenanza le dijo que Roberto vivía en la calle del Espíritu Santo, en el número 21 o 23, no sabía a punto fijo, en un piso alto, donde había un estudio de escultor.
Manuel buscó la calle del Espíritu Santo; la geografía de esa parte de Madrid le era un tanto desconocida. Tardó en dar con la calle, que estaba en aquellas horas animadísima; las verduleras, colocadas en fila a los lados de la calle, anunciaban sus judías y sus tomates a voz en grito; las criadas pasaban con sus cestas al brazo y sus delantales blancos; los horteras, recostados en la puerta de la tienda, echaban un párrafo con la cocinera guapa; corrían los panaderos entre la gente con la cesta en equilibrio en la cabeza, y el ir y venir de la gente, el gritar de unos y de otros, formaban una barahúnda ensordecedora y un espectáculo abigarrado y pintoresco.
Manuel, abriéndose paso entre el gentío y las cestas de tomates, preguntó por Roberto en los números que le indicaron; no le conocían las porteras, y no tuvo más remedio que subir hasta los pisos altos y enterarse allí.
Después de varias ascensiones dio con el estudio del escultor. En el extremo de una escalera sucia y oscura se encontró con un pasillo en donde charlaban unas cuantas viejas.
—¿Don Roberto Hasting? ¿Uno que vive en el taller de un escultor?
—Será ahí, en esa puerta.
La entreabrió Manuel, se asomó y vio a Roberto escribiendo.
—¡Hola! ¿Eres tú? —dijo Roberto—. ¿Qué hay?
—Pues venía a verle a usted.
—¿A mí?
—Sí, señor.
—¿Qué te pasa?
—Que me he quedado parado.
—¿Cómo parado?
—Sin trabajo.
—¿Y tu tío?
—¡Oh, ya hacía tiempo que no estaba allí!
—¿Y cómo ha sido eso?
Manuel contó sus cuitas. Luego, viendo que Roberto seguía escribiendo rápidamente, se calló.
—Puedes seguir —murmuró Hasting—, te oigo mientras escribo; tengo que concluir un trabajo para mañana y necesito correr, pero te oigo.
Manuel, a pesar de la indicación, no siguió hablando. Miró a los dos gigantones derrengados que ocupaban el centro del taller y quedó sorprendido. Roberto, que notó el asombro de Manuel, le preguntó riendo:
—¿Qué te parece eso?
—Qué sé yo. Da miedo. ¿Qué quieren decir esos hombres?
—El autor los llama "Los explotados". Quiere dar a entender que son los hombres a quienes agota el trabajo. Poco oportuno el asunto para España.
Roberto siguió escribiendo. Manuel separó la vista de los dos figurones y la dirigió por el cuarto. No tenía aspecto de riqueza, ni siquiera de comodidad; Manuel pensó que el estudiante no marchaba bien en sus asuntos.
Roberto echó una rápida mirada a su reloj, dejó la pluma, se levantó y paseó por el cuarto. Contrastaba su elegancia con el aspecto miserable del cuarto.
—¿Quién te ha dicho dónde vivía? —preguntó.
—En una academia.
—¿Y quién te ha indicado la academia?
—El Superhombre.
—¡Ah! El divino Langairiños... Y dime, ¿desde cuándo estás sin trabajo?
—Desde hace unos días.
—¿Y qué piensas hacer?
—Pues estar a lo que salga.
—¿Y si no sale nada?
—Creo que algo saldrá.
Roberto sonrió burlonamente.
—¡Qué español es eso! Estar a lo que salga. Siempre esperando... Pero, en fin, tú no tienes la culpa. Oye: si estos días no encuentras sitio donde dormir, quédate aquí.
—Bueno; muchas gracias. ¿Y la herencia de usted, don Roberto? ¿Cómo va?
—Marchando poco a poco. Antes de un año me ves rico.
—Me alegraré.
martes, 28 de diciembre de 2010
LITERATURA ESPAÑOLA Y UNIVERSAL (FRAGMENTOS). "Aurora roja", de Pío Baroja (1872-1956)
Pío Baroja
Prólogo.
Cómo Juan dejó de ser seminarista
Habían salido los dos muchachos a pasear por los alrededores del pueblo, y a la vuelta, sentados en un pretil del camino cambiaban a largos intervalos alguna frase indiferente.
Era uno de los mozos alto, fuerte, de ojos grises y expresión jovial; el otro, bajo, raquítico, de cara manchada de roséolas y de mirar adusto y un tanto sombrío.
Los dos, vestidos de negro, imberbe el uno, rasurado el otro, tenían aire de seminaristas; el alto grababa con el cortaplumas en la corteza de una vara una porción de dibujos y de adornos; el otro, con las manos en las rodillas en actitud melancólica, contemplaba, entre absorto y distraído, el paisaje.
El día era de otoño, húmedo, triste. A lo lejos, asentada sobre una colina, se divisaba la aldea con sus casas negruzcas y sus torres más negras aún. En el cielo gris, como lámina mate de acero, subían despacio las tenues columnas de humo de las chimeneas del pueblo. El aire estaba silencioso; el río, escondido tras del boscaje, resonaba vagamente en la soledad.
Se oía el tintineo de las esquilas y un lejano tañer de campana. De pronto resonó el silbido del tren; luego, se vio aparecer una blanca humareda entre los árboles, que pronto se convirtió en neblina suave.
—Vámonos ya —dijo el más alto de los mozos.
—Vamos —repuso el otro.
Se levantaron del pretil del camino, en donde estaban sentados, y comenzaron a andar en dirección del pueblo.
Una niebla vaga y melancólica comenzaba a cubrir el campo. La carretera, como cinta violácea, manchada por el amarillo y el rojo de las hojas muertas, corría entre los altos árboles, desnudos por el otoño, hasta perderse a lo lejos, ondulando en una extensa curva. Las ráfagas de aire hacían desprenderse de las ramas a las hojas secas, que correteaban por el camino.
—Pasado mañana ya estaremos allí —dijo el mocetón alegremente.
—Quién sabe —replicó el otro.
—¿Cómo quién sabe? Yo lo sé, y tú, también.
—Tú sabrás que vas a ir; yo, en cambio, sé que no voy.
—¿Que no vas?
—No.
—¿Y por qué?
—Porque estoy decidido a no ser cura.
Tiró el mozo al suelo la vara que había labrado, y quedó contemplando a su amigo con extrañeza.
—¡Pero tú estás loco, Juan!
—No; no estoy loco, Martín.
—¿No piensas volver al seminario?
—No.
—¿Y qué vas a hacer?
—Cualquier cosa. Todo menos ser cura; no tengo vocación.
—¡Toma! ¡Vocación!, ¡vocación! Tampoco la tengo yo.
—Es que yo no creo en nada.
El buen mozo se encogió de hombros cándidamente.
—Y el padre Pulpon, ¿cree en algo?
—Es que el padre Pulpon es un bandido, un embaucador —dijo el más bajo de los dos con vehemencia—, y yo no quiero engañar a la gente, como él.
—Pero hay que vivir, chico. Si yo tuviera dinero, ¿me haría cura? No; me iría al campo y viviría la vida rústica, y trabajaría la tierra con mis propios bueyes, como dice Horacio: Paterna rura bobis, exercet suis; pero no tengo un cuarto, y mi madre y mis hermanas están esperando a que acabe la carrera. ¿Y qué voy a hacer? Lo que harás tú también.
—No; yo no. Tengo la decisión firme, inquebrantable, de no volver al seminario.
—¿Y cómo vas a vivir?
—No sé; el mundo es grande.
—Eso es una niñada. Tú estás bien, tienes una beca en el seminario. No tienes familia. Los profesores han sido buenos para ti..., podrás doctorarte..., podrás predicar..., ser canónigo..., quizá obispo.
—Aunque me prometieran que había de ser Papa no volvería al seminario.
—Pero ¿por qué?
—Porque no creo; porque ya no creo; porque no creeré ya más.
Calló Juan y calló su compañero, y siguieron caminando uno junto a otro.
La noche se entraba a más andar, y los dos muchachos apresuraron el paso. El mayor, después de un largo momento de silencio, dijo:
—¡Bah!... Cambiarás de parecer.
—Nunca.
—Apuesto cualquier cosa a que eso que me dijiste del padre Pulpon te ha hecho decidirte.
—No; todo eso ha ido soliviantándome; he visto las porquerías que hay en el seminario; al principio lo que vi me asombró y me dio asco; luego, me lo he explicado todo. No es que los curas son malos; es que la religión es mala.
—Tú no sabes lo que dices, Juan.
—Cree lo que quieras. Yo estoy convencido; la religión es mala, porque es mentira.
—Chico, me asombra oírte. Yo que te creía casi un santo. ¡Tú, el mejor discípulo del curso! ¡El único que tenía verdadera fe, como decía el padre Modesto!
—El padre Modesto es un hombre de buen corazón, pero es un alucinado.
—¿Tampoco crees en él? Pero ¿cómo has cambiado de ese modo?
—Pensando, chico. Yo mismo no me he dado cuenta de ello. Cuando comencé a estudiar el cuarto año con don Tirso Pulpon todavía tenía alguna fe. Aquel año fue el del escándalo que dio el padre Pulpon con uno de los chicos del primer curso, y, te digo la verdad, para mí, fue como si me hubiesen dado una bofetada. Al mismo tiempo que con don Tirso, estudiaba con el padre Belda, que, como dice el lectoral, es un ignorante profeso. El padre Belda le odia al padre Pulpon, porque Pulpon sabe más que él, y encargó a otro chico y a mí que nos enteráramos de lo que había pasado. Aquello fue como meterse en una letrina. ¡Yo, qué había de sospechar lo que pasaba! No sé si tú lo sabrás; pero si no lo sabes, te lo digo: el seminario es una porquería completa.
—Sí, ya lo sé.
—Un horror. Desde que me enteré de estas cosas, no sé lo que me pasó; al principio sentí asombro; luego, una gran indignación contra toda esa tropa de curas viciosos que desacreditan su ministerio. Luego leí libros, y pensé y sufrí mucho, y desde entonces ya no creo.
—¿Libros prohibidos?
—Sí.
—Últimamente, en la época de los exámenes dibujé una caricatura brutal, horrorosa, del padre Pulpon, y algún amiguito suyo se la entregó. Estábamos a la puerta del seminario hablando, cuando se presentó él: "Quién ha hecho esto?", dijo, enseñando el dibujo. Todos se callaron; yo me quedé parado. "¿Lo has hecho tú?", me preguntó. "Sí, señor". "Bien, ya tendremos tiempo de vernos". Te digo que con esa amenaza los primeros días que estuve aquí no podía ni dormir. Estuve pensando una porción de cosas para sustraerme a su venganza, hasta que se me ocurrió que lo más sencillo era no volver al seminario.
—Y esos libros que has leído, ¿qué dicen?
—Explican cómo es la vida, la verdadera vida, que nosotros no conocemos.
—¡Malhaya ellos! ¿Cómo se llaman esos libros?
—El primero que leí fue Los Misterios de París; después, El judío errante y Los Miserables.
—¿Son de Voltaire?
—No.
Martín sentía una gran curiosidad por saber qué decían aquellos libros.
—¿Dirán barbaridades?
—No.
—¡Cuenta! ¡Cuenta!
En Juan habían hecho las lecturas una impresión tan fuerte, que recordaba todo con los más insignificantes detalles. Comenzó a narrar lo que pasaba en Los Misterios de París, y no olvidó nada; parecía haber vivido con el Churiador y la Lechuza, con el Maestro de Escuela, el príncipe Rodolfo y Flor de María; los presentaba a todos con sus rasgos característicos.
Martín escuchaba absorto; la idea de que aquello estaba prohibido por la Iglesia, le daba mayor atractivo; luego, el humanitarismo declamador y enfático del autor, encontraba en Juan un propagandista entusiasta.
Ya había cerrado la noche. Comenzaron los dos seminaristas a cruzar el puente. El río, turbio, rápido, de color de cieno, pasaba murmurando por debajo de las fuertes arcadas, y más allá, desde una alta presa cercana, se derrumbaba con estruendo, mostrando sobre su lomo haces de cañas y montones de ramas secas.
Y mientras caminaban por las calles del pueblo, Juan seguía contando.
La luz eléctrica brillaba en las vetustas casas, sobre los pisos principales, ventrudos y salientes, debajo de los aleros torcidos, iluminando el agua negra de la alcantarilla que corría por en medio del barro. Y el uno contando y el otro oyendo, recorrieron callejas tortuosas, pasadizos siniestros, negras encrucijadas...
Tras de los héroes de Eugenio Sue, fueron desfilando los de Víctor Hugo, monseñor Bienvenido, Juan Valjean, Javert, Gavroche, Fantina, los estudiantes y los bandidos de Patron Minette.
Toda esta fauna monstruosa bailaba ante los ojos de Martín una terrible danza macabra.
—Después de esto —terminó diciendo Juan—he leído los libros de Marco Aurelio y los Comentarios, de César, y he aprendido lo que es la vida.
—Nosotros no vivimos —murmuró con cierta melancolía Martín—. Es verdad; no vivimos.
Luego, sintiéndose seminarista, añadió:
—Pero, bueno; ¿tú crees que habrá ahora en el mundo un metafísico como santo Tomás?
—Sí —afirmó categóricamente Juan.
—¿Y un poeta como Horacio?
—También.
—Y entonces, ¿por qué no los conocemos?
—Porque no quieren que los conozcamos. ¿Cuánto tiempo hace que escribió Horacio? Hace cerca de dos mil años; pues, bien, los Horacios de ahora se conocerán en los seminarios dentro de dos mil años. Aunque dentro de dos mil años ya no habrá seminarios.
Esta conjetura, un tanto audaz, dejó a Martín pensativo. Era, sin duda, muy posible lo que Juan decía; tales podían ser las mudanzas y truecos de las cosas.
Se detuvieron los dos amigos un momento en la plaza de la iglesia, cuyo empedrado de guijarros manchaba a trozos la hierba verde. La pálida luz eléctrica brillaba en los negros paredones de piedra, en los saledizos, entre los lambrequines, cintas y penachos de los escudos labrados en los chaflanes de las casas.
—¡Eres muy valiente, Juan! —murmuró Martín.
—¡Bah!
—Sí, muy valiente.
Sonaron las horas en el reloj de la iglesia.
lunes, 20 de diciembre de 2010
LITERATURA ESPAÑOLA Y UNIVERSAL. CUENTO. "Un nuevo cuento de Navidad", de Arthur Machen (1863-1947)
Arthur Machen
Sin lugar a dudas, la vida de Scrooge se había encendido.
Diez años habían pasado desde que el espíritu del viejo Jacob Marley le había visitado, y que los Fantasmas de las Navidades Pasadas, Presentes y Futuras le habían demostrado el error de su forma de vida mezquina, ruin y grosera, convirtiéndole en el anciano más feliz del pueblo y siendo apodado "el Viejo Entrometido" por los viejos amargos que nunca reverenciaron a nada ni a nadie.
Y, sin duda alguna, los viejos estaban acertados. Ebenezer Scrooge había sido un entrometido. Siempre había estado huroneando en los asuntos de los demás; así que pudo descubrir las consecuencias de sus actos sobre los demás. Muchos hombres de negocios duros se suavizaban ante la idea de Scrooge rondando en sus despachos, creyendo que la ruina se les acercaba.
-Mi estimado Sr. Hardman -decía el viejo Scrooge- ni una palabra más. Tome este giro de 300 libras y úselo como mejor sepa. Usted lo podrá duplicar por mí en el plazo de 6 meses.
Podría irse riendo de ello, y Charles el camarero, en la vieja taberna de la ciudad, donde Scrooge cenaba, siempre decía que Scrooge le traía suerte a él y a la taberna. Todos ordenaban una buena ración de brandy caliente cuando su alegre y sonrosada cara aparecía en el lugar.
Estaban en Navidad. Scrooge estaba sentado frente a su crujiente fuego, bebiendo algo tibio y confortable y discurriendo la mejor manera de llevar la felicidad al resto de la gente.
"No voy a soportar la obstinación de Bob," se decía a sí mismo -la firma de la empresa era Scrooge & Cratchit ahora-, "él hace todo el trabajo, y no es justo que un viejo inútil como yo tome más que un cuarto de los beneficios."
Un lúgubre sonido resonó a través de la vieja casa. El aire resopló heladamente y lo cálido y confortable se tornó en frío y incómodo. Scrooge bebió nerviosamente. La puerta se abrió y una forma vaga y espantosa surgió en el umbral.
-Sígueme -dijo.
Scrooge no supo con seguridad qué pasó luego. Estaba en la calle. Recordaba que quería comprar algunas golosinas para sus pequeños sobrinos y sobrinas, y fue a una tienda.
-Disculpe, pero pasadas las ocho -dijo el encargado- no podemos atenderlo, señor.
Vagó a través de otras calles que parecían extrañamente alteradas. Se dirigía hacia el lado oeste, y comenzó a sentir frío y debilidad. Creyó que sería conveniente tomar una pequeña copa de brandy con agua, y justo estaba doblando la esquina de la vieja taberna cuando salían las últimas personas y le cerraban las metálicas puertas prácticamente en la cara.
-¿Qué es lo que pasa? -preguntó débilmente al hombre que cerraba las puertas.
-Las diez pasadas -dijo secamente el tipo, y apagó las últimas luces.
Scrooge ya creía que la segunda porción de pastel de carne le había dado indigestión, y que todo aquello era una mera pesadilla. Le parecía como que había caído en un profundo abismo de oscuridad en el que todo le era negado.
Cuando volvió en sí, era el día de Navidad, y la gente estaba caminando por las calles.
Scrooge se encontró en esa calle y la gente se sonreía y saludaba entre sí con calidez, pero era evidente que no eran felices. Había señales de preocupación en sus rostros, señales que evidenciaban problemas del pasado y ansiedades futuras. Scrooge escuchó a un hombre suspirar al siguiente instante de desearle Feliz Navidad a un vecino. Había lágrimas en el rostro de una mujer que caminaba frente a una iglesia, toda de negro.
-¡Pobre John! -murmuraba ella-. Estoy segura de que lo que lo mató fueron los problemas de dinero. Ahora está en el cielo. Pero el vicario dijo en el sermón que el cielo era un mero cuento de hadas -ella gimió nuevamente.
Todo esto perturbó la paz de Scrooge. Algo parecía estar pujando en su corazón.
-Pero -dijo él- debo olvidar todo esto cuando me siente a cenar con mis sobrinos y sus jóvenes hijos.
Eran las últimas horas de la tarde; las cuatro en punto y caían las sombras. Era la hora de la cena. Scrooge encontró la casa de su sobrino. Ni una ventana tenía luces y todo estaba oscuro. El corazón de Scrooge se heló.
Golpeó una y otra vez, ytiró de la campana, que resonó tan lánguidamente que parecía tener un pie en el sepulcro.
Al final, una vieja mujer de aspecto miserable, abrió la puerta solo unas pulgadas y miró con desconfianza.
-¿El Sr. Fred? -dijo-. Él y sus señora salieron al Hotel Splendid, y no volverán hasta medianoche. Los chicos están fuera, en Eastbourne.
-¡Cenando en una taberna el día de Navidad! -murmuró Scrooge-. ¿Qué terrible sino es ese? ¿Quién es tan miserable y tan desolado como para cenar en una taberna en Navidad? ¡Y los niños en Eastbourne!
El aire se tornó pesado y le pareció escuchar desde una gran distancia la voz de Tiny Tim, diciendo: "¡Dios nos ayude, a todos y a cada uno de nosotros!".
De nuevo, el Espíritu apareció. Scrooge cayó de rodillas.
-¡Terrible Fantasma! -exclamó-. ¿Quién eres y qué quieres? Habla, te lo suplico.
-Ebenezer Scrooge -replicó el Fantasma en un timbre abominable-. Soy el fantasma de las Navidades de 1920. Conmigo traigo la nota del Impuesto sobre la Renta.
El cabello de Scrooge se erizó ante esa visión. Pero se sintió peor cuando vio que la Aparición tenía huellas como las de un gigantesco gato.
-Mi nombre es Pussyfoot. También me llaman Ruina y Desesperanza -dijo el Fantasma, y desapareció.
Después de esto, Scrooge despertó y descorrió las cortinas de su cama.
-¡Gracias a Dios! -exclamó de corazón-. ¡Solo fue un sueño!
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