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jueves, 25 de febrero de 2016

LITERATURA. UMBERTO ECO, "IN MEMORIAM". "La vieja amistad de Umberto Eco y Sherlock Holmes"

   En "El País":

La vieja amistad de Umberto Eco y Sherlock Holmes

El detective ejerció una gran influencia sobre la obra del profesor italiano: los dos buscaron la verdad, en la literatura y en la vida

Madrid 

Sean Connery y Christian Slater en 'El nombre de la rosa'.
Sean Connery y Christian Slater en 'El nombre de la rosa'.
Una de las más profundas y fructíferas amistades que ha producido la literatura fue la que mantuvieron Sherlock Holmes y el escritor italiano Umberto Eco. No importa que uno de ellos sea un personaje de ficción: es un detalle insignificante. Afortunadamente, nadie se toma muy en serio la inexistencia de Holmes: la sucursal bancaria que estuvo emplazada durante décadas en el 221B de Baker Street antes de que se convirtiese en un museo tuvo que emplear a una persona para gestionar la enorme cantidad de correo que llegaba a su nombre y al de Watson. El detective victoriano enriqueció de manera extraordinaria la obra de Eco, no solo le tributa un gran homenaje en El nombre de la rosa, el más célebre de todos los apócrifos de Arthur Conan Doyle, sino que incluso le dedicó un libro de ensayo, El signo de los tres. Dupin. Holmes. Peirce (Lumen, 1989), un conjunto de artículos que coordinó junto a Thomas A. Sebeok. Pero, lo que es más importante, la sabiduría de Eco proporcionó una nueva forma de leer las aventuras de Watson y Holmes, una visión más académica que detectivesca, pero igualmente divertida: la posibilidad de buscar nuevos ángulos en los rincones de los textos. Ahora, el fallecimiento de Eco, el pasado viernes en Milán, coloca a estos dos genios de la agudeza en el mismo plano y, esperemos, en un lugar lo más cercano posible.
Fue la semiótica la que acercó a Eco y Holmes, porque los dos dedicaron toda su vida a la interpretación de los signos, al estudio de los detalles que dejan atrás los crímenes, en el caso del detective, y de los que dejan atrás la cultura y los textos, en el caso de Eco. No es una casualidad para la adaptación cinematográfica de El nombre de la rosa, Jean-Jacques Annaud escogiese a los mayores expertos de la Edad Media, Jacques LeGoff y Michel Pastoureau. Este último es un erudito en todo lo que podía interesar al profesor de Bolonia, la historia simbólica del Medievo, desde los colores hasta los juegos, los animales o las flores.
El protagonista de esta novela es un monje franciscano llamado Guillermo de Baskerville, un homenaje por un lado al célebre relato de Conan Doyle y, por otro, al filósofo escolástico Guillermo de Ockham (1280-1349), uno de los padres del pensamiento moderno. En el célebre principio de la Navaja de Ockham se esconde una de claves de todo el discurso científico: "La explicación más sencilla suele ser la verdadera". Una fórmula sólo comparable en eficacia y universalidad al principio más célebre de Sherlock Holmes: "Cuando todo aquello que es imposible ha sido eliminado, lo que quede, por muy improbable que parezca, es la verdad". Las dos fórmulas invitan a dejar atrás cualquier prejuicio en la búsqueda de respuestas, a no dejarnos llevar por lo que creemos que sabemos, sino por lo que vamos descubriendo: eso es precisamente lo que hace Guillermo de Baskerville para resolver los crímenes en la Abadía y lo que siempre hizo Umberto Eco como profesor y como novelista: dejarse llevar por la inmensa fuerza del descubrimiento.
"No sabía qué buscaba fray Guillermo y aún ahora lo ignoro y supongo que ni siquiera él lo sabía, movido como estaba sólo por el deseo de la verdad", asegura Adso, el narrador de El nombre de la Rosa, que describe al monje como alguien "capaz de atraer la atención del observador menos curioso" con "una mirada era aguda y penetrante; la nariz afilada y un poco aguileña". Una descripción clavada a la que hace Watson de Holmes. Que se nutriese de las aventuras del detective no quiere decir que no fuese un escritor original, todo lo contrario. Umberto Eco fue sobre todo el gran narrador de la duda, de la búsqueda, del juego, que dejaba al lector lleno de preguntas. Su inmensa perspicacia le llevó a intuir el eterno enfrentamiento entre apocalípticos e integrados en el que vivimos ahora más que nunca o a escribir el primer gran best seller de la era de la globalización, un relato popular a la altura de Charles Dickens o Alejandro Dumas. Eco unió la literatura y la vida como pocos autores lo han logrado y esperemos que él también, muy pronto, comience a recibir una nutrida correspondencia en el 221B.

martes, 23 de febrero de 2016

UMBERTO ECO, "IN MEMORIAM". "El nuevo intelectual". Jordi Llovet

   En "El País":

El nuevo intelectual

Los actores Frank Murray Abraham, Michael Lonsdale y Sean Connery, junto a Umberto Eco y el director Jean-Jacques Annaud, en el rodaje de 'El nombre de la rosa', en 1986.
Los actores Frank Murray Abraham, Michael Lonsdale y Sean Connery, junto a Umberto Eco y el director Jean-Jacques Annaud, en el rodaje de 'El nombre de la rosa', en 1986
En una visita a Barcelona, no hará de eso muchos años, Umberto Eco y su esposa paseaban por el Paseo de Gracia cuando ella, con pasmo ante un escaparate de la avenida, quedó prendada de un bolso de una marca carísima, al alcance de pocos bolsillos. Miró de reojo a su marido, y este le dijo: “¡Gasta, gasta; tenemos mucho dinero!”.
Era verdad. Como todo profesor universitario, Eco empezó su prodigiosa carrera ganando lo que corresponde a esa nueva clase de proletariado urbano que son los profesores. No tardó en vincularse al mundo editorial —yo lo conocí en la sede de la casa Bompiani, en Milán, a inicios de los años setenta—, una iniciativa que no respondía solamente a una cuestión pro pane lucrando, sino, más bien, a una estrategia políticoliteraria: si se embarcaba en el redescubrimiento de la semiótica —ciencia ya perfectamente conocida por Locke en el siglo XVII— y la sociología de los medios de comunicación, la editorial podría, y ese fue el caso, potenciar tanto una disciplina académica como un negocio con visos de prosperidad. Algo así podía hacerse con una materia tan atractiva, por aquellos años, como la semiología, pero Eco jamás podría haber hecho lo mismo con los magníficos trabajos medievales o joyceanos de sus primeros años de actividad: la estética de santo Tomás, acerca de la que escribió un libro magnífico, no era en modo alguno un material que pudiese resultar fructuoso.
Pero Umberto Eco no pareció contentarse con esto. Al cabo de dos decenios, cuando ya se había convertido en padre de la semiótica universal a pesar de las feroces críticas que siempre le dispensó Julia Kristeva, descubrió que poseía una querencia no solo por el estudio de la filosofía medieval, la literatura universal y las ciencias de los signos, sino también por el género de la novela. Escribió en 1980 El nombre de la rosa —novela interesante por la sabiduría que contiene, pero mediocre, como todas las suyas, si nos atenemos al estilo—. El libro se convirtió en un éxito de ventas en todas partes, y el profesor se volcó en la redacción de una serie de romances, escritos todos con la astucia propia de alguien que sabía perfectamente qué es lo que puede gustarle al lector común: se hizo inmensamente rico. No dejó de estudiar y de publicar su peculiar ensayística de polígrafo, por suerte para él mismo y para los demás, pero inició la tercera etapa de su vida dedicándose más a viajar, a publicar libros ilustrados —apasionantes, en verdad—, sobre lo bello, lo feo, los lugares imaginarios y las listas de todo lo que se pueda listar en este mundo, y, finalmente, a coleccionar ejemplares exquisitos, raros y excepcionales: la más delicada de sus aficiones.
¿Qué es lo que había sucedido en la larga biografía de este humanista a quien nada humano le resultaba ajeno, alguien que había iniciado su cursus honorum,por decirlo así, como profesor ayudante, hasta convertirse en uno de los hombres de letras más conocidos en Italia y fuera de ella, respetado, admirado, y, sobre todo, envidiado? Sucedió lo mismo que había pasado con sus colegas parisienses hacia la misma época: empezaron como profesores, fundaron editoriales, divulgaron una especie de poética neoaristotélica o neorretórica, vieron cómo esa disciplina perdía adeptos, y acabaron escribiendo novelas de escasa calidad: ahí está el caso de Philippe Sollers para darse cuenta de que el fenómeno alcanzó a más de un país en nuestro continente.
Y es que la figura del intelectual, en los tres últimos siglos, ha conocido unas transformaciones sorprendentes. Eco ya no tenía nada que ver ni con Pascal ni con Spinoza, que aún fueron hombres de scriptorium; tampoco se pareció a los grandes ilustrados, como los sabios Bayle, D’Alembert o Diderot, capaces de dedicar toda su vida y sus escasos recursos a editar enciclopedias fastuosas; no se comprometió con las más apremiantes cuestiones políticas de su tiempo salvo para mostrarse como un pensador liberal —pero menos que Russell o Berlin, por ejemplo—; ni poseyó, por fin, el perfil de un Voltaire, un Victor Hugo, un Zola o un Jean-Paul Sartre, dispuestos a aceptar el exilio interior y exterior o de subirse a un bidón de gasolina para azuzar la conciencia de la clase obrera en una fábrica de automóviles.
Fue un bon vivant, un tipo listo y de enorme inteligencia, un gran amigo, un hombre con gusto —más cuando se ponía a pensar que cuando se puso a fabular—, un hombre espabilado —limpió el pábilo de sus actividades cada vez que la llama de la candela perdió vigor— y un intelectual perspicaz, mundano, cínico en el sentido más noble de la palabra, más escéptico que Montaigne y más tempestivo que ninguno de sus colegas. Su muerte es lamentable como lo son todas. La lección de su vida resulta paradigmática en un sentido que él mismo debió de conocer: se acabó el tiempo de los intelectuales puros, solitarios, flacos, pobres, sacrificados y temerarios, y empezó, con él y su generación, el tiempo de una nueva forma y substancia del ser intelectual.
Jordi Llovet es crítico literario, traductor y catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Barcelona.

lunes, 22 de febrero de 2016

UMBERTO ECO, "IN MEMORIAM". "Umberto Eco: lucidez, sudor, ideas y whisky". Juan Cruz

   En "El País":

Umberto Eco: lucidez, sudor, ideas y whisky

El discurso de este escritor era a la vez apocalíptico, risueño e integrado

Madrid 
Umberto Eco, en una imagen de archivo.
Umberto Eco, en una imagen de archivo. 

sábado, 20 de febrero de 2016

LITERATURA. Texto de Umberto Eco (1932- 19 febrero 2016)




“Huye, Adso, de los profetas y de los que están dispuestos a morir por la verdad, porque suelen provocar también la muerte de muchos otros, a menudo antes que la propia, y a veces en lugar de la propia.” 
                                        (De El nombre de la rosa)

domingo, 7 de junio de 2015

PRENSA CULTURAL. "Por qué Umberto Eco construyó una abadía en una montaña..."

   En "jotdown.es":

Por qué Umberto Eco construyó una abadía en una montaña, o las obsesiones maniáticas en los mundos de ficción

Publicado por 
El nombre de la rosa (1986). Imagen: Columbia Pictures
El nombre de la rosa, 1986. Imagen: Columbia Pictures
Arquitectura literaria
Existe una razón para que la abadía de El nombre de la rosa esté emplazada en lo alto de una montaña.
El nombre de la rosa vendría a ser el Sherlock Holmes goes medieval de Umberto Eco. Y aquello era algo que la propia novela no se esforzaba ni lo más mínimo en ocultar: estaba protagonizada por Guillermo de Baskerville, un nombre que ya evidenciaba un batido referencial entre ese Guillermo de Ockham que se hizo famoso por inventar una navaja y el título de una de las aventuras de Sherlock Holmes firmada por Arthur Conan Doyle,El perro de los Baskerville. Pero más allá de lo nominal, y entrando de lleno en los modales propios, la obra del italiano también se manifestaba como heredera del detective sin dejar mucho hueco para que la duda entrase a sembrar sus cosas. Guillermo también tenía un Watson caminando a su lado (Adso) y una capacidad para elaborar deducciones certeras de las que hacen que los montadores de posproducción se peleen con una tonelada de flashbacks. El remate de su naturaleza semiclónica y fotocopiada del investigador del 221B de Baker Street lo encontrábamos en la presentación de ambos personajes sobre el papel.
Watson en Estudio en escarlata describía a Sherlock de la siguiente manera: «Superaba los seis pies en altura y era tan excesivamente delgado que parecía ser considerablemente más alto. Sus ojos eran agudos y penetrantes salvo en aquellos momentos de adormecimiento de los que os he hablado y su nariz era delgada, similar a la de un halcón, dando a su expresión un aire de alerta y decisión. Su barbilla era prominente y cuadrada señalando su carácter de hombre intrépido». Mientras Adso en la obra de Eco presentaba al monje franciscano con líneas sospechosas: «Su altura superaba la de un hombre normal y su delgadez le hacía parecer aún más alto. Sus ojos eran agudos y penetrantes, la nariz fina y ligeramente aguileña le otorgaba expresión de vigilante, excepto en ciertos momentos de lentitud de los cuales voy a hablar. Su barbilla denotaba voluntad firme a pesar de una cara cubierta de pecas». Lograba así que el lector empezase a tener la sensación de que aquí alguien se estaba pasando de listo un par de poblaciones al copiar en el examen. Pero el propio manuscrito sabía cubrirse las espaldas con soltura al sentenciar que «los libros siempre hablan de otros libros, y cada historia está contando otra historia que ya ha sido contada».
El nombre de la rosa se envalentonaba con ese metadiscurso y se convertía en una novela posmoderna que para despistar estaba enmarcada en el siglo XIV.
Eco no se limitaría a la obra de Conan Doyle a la hora de tirar anzuelos a trabajos ajenos. El nombre de aquel compañero de aventuras, Adso, era una coña culta basada en los Diálogos de Galileo Galilei. Y el bibliotecario ciego de la abadía se llamaba Jorge de Burgos porque era una alusión directa al Jorge Luis Borges que en la vida real también sería bibliotecario, también perdería totalmente la visión en un momento de su vida y sobre todo resultaría ser el autor de La biblioteca de Babel, una obra de la que El nombre de la rosa tomaba prestado el concepto de bibliotecas secretas y laberínticas. Aunque todo esto eran juguetes que entraban en el campo de las referencias, de los pequeños guiños que servían como ornamentación curiosa. Lo verdaderamente interesante de la novela se encontraba en otros detalles que a Eco le obsesionaban, como el mostrar una representación fiel de la época con diálogos que discutían las ideas políticas, teológicas o sociológicas del momento dentro del contexto de la iglesia, un esfuerzo que pasa silbando alegremente sobre las cabezas de los lectores que no hubiesen tenido la suerte de estar presentes en el siglo XIV.
La adaptación a celuloide de Jean-Jacques Annaud protagonizada por el padre de Indiana Jones prefería quemar la paja que rodeaba al misterio principal y optaba por descartar gran parte de ese material. Pero el escritor no se conformaría con el repaso enciclopédico y decidiría rematar la obstinación histórica de las páginas salpicando la trama con una serie de cameos de personajes reales de la época. Sería por culpa de uno de ellos por lo que los cimientos del monasterio tendrían que trasladarse a terrenos montañosos: Bernardo Gui. Porque existe una razón para que la abadía de El nombre de la rosa esté emplazada en las alturas.
Bernardo Gui era un inquisidor cabroncete que, ojo a esto, iba tan sobrado en lo suyo como para llegar a escribir una Guía del Inquisidor, algo así como el Inquisición para dummies del momento. Eco convertiría a tan ilustre figura en parte del casting de El nombre de la rosa y aquello le supondría un problema a su concepto del orden: en un momento dado de la investigación novelesca los personajes se topaban con algo bastante importante en el interior de una tinaja rellena de sangre de cerdo, y eso en la cabeza del escritor significaba que si quería ser fiel a la realidad probablemente tendría que prescindir del personaje de Gui. Porque los gorrinos no se sacrificaban hasta la llegada de las heladas y en el año 1327, donde estaba ambientada la historia, los meses de frío se correspondían con las fechas en las que estaba históricamente confirmado que Gui se encontraba fuera del país. Como Eco no quería pisotear la realidad le tocaba optar entre la presencia de sangre de cerdo, del personaje del inquisidor, o encontrar una solución alternativa. Y entonces se le ocurrió elevar la construcción de la abadía hasta las montañas, un emplazamiento que era alcanzado antes por el frío y justificaba una degollina de cerdos bastante más adelantada en fechas a las que se daban a ras de suelo, consiguiendo que tanto el contenido de aquella tinaja como el personaje de Gui pudiesen compartir protagonismo en el tiempo.
De todo aquello el lector ni siquiera se daba cuenta y ahí está la gracia: esa obsesión maniática del autor por un detalle que resulta virtualmente invisible acababa siendo poco menos que una genialidad, una prueba de lo mucho que las madres de algunas criaturas son capaces de desvivirse por detalles que consideran esenciales, por perfeccionar su mundo hasta niveles absurdos solamente por tener la necesidad de hacerlo.

jueves, 9 de abril de 2015

PRENSA CULTURAL. Sobre Umberto Eco y su nueva novela

   En "El Día de Córdoba":

Eco alerta sobre las revoluciones realizadas por intelectuales

El escritor regresa a la novela con 'Número cero', en la que reflexiona sobre los problemas del periodismo
EFE MADRID | ACTUALIZADO 07.04.2015 
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Umberto Eco, en su casa
El escritor y filósofo italiano Umberto Eco vuelve a la carga con Número cero, una novela en la que critica el mal periodismo, la mentira y la manipulación de la Historia. Una parodia sobre estos tiempos convulsos, porque, en opinión del profesor, "esa es la función crítica del intelectual". "Esa es mi manera de contribuir a clarificar algunas cosas. El intelectual no puede hacer nada más, no puede hacer la revolución. Las revoluciones hechas por intelectuales son siempre muy peligrosas", precisa.

"Una vez escribí que el intelectual verdadero no es el que habla a favor de su partido, sino en contra de su partido", explica el autor de El nombre de la rosa en una entrevista hecha en su casa de Milán, frente al castillo Sforzesco, cerca del Duomo.

Una casa envuelta en libros, literalmente, con más de 35.000 volúmenes ordenados por temas en sus infinitos pasillos, y repleta de obras de arte. Allí Eco, a sus muy bien llevados 83 años, recibe infatigable a los periodistas para hablar de Número cero, el libro publicado por Lumen que sale a la calle este jueves en español y que ha sido editado en 35 países.

"Todos los periodistas están viniendo aquí. Siento no haber ido a España -dice-, porque es un país que me gusta mucho. Barcelona es una de las ciudades donde me gustaría vivir; pocas me gustan para eso, solo tres o cuatro como París, Barcelona o Amsterdam", sostiene este hombre amable y oceánico, uno de los semiólogos e intelectuales europeos de máxima referencia, dedicado al ensayo y a la novela.

Un autor que posee títulos tan simbólicos y exitosos como las novelas El nombre de la rosa(1982), El péndulo de Foucault (1988) o El cementerio de Praga (2010) y ensayos como El problema estético (1956), El signo (1973), Tratado de la semiótica general (1975) o el famoso Apocalípticos e integrados (1964), que se estudió durante años en las facultades de Ciencias de la Información.

Algo que puede volver a repetirse con esta nueva novela periodística, más breve que las anteriores, que solían tener 600 páginas; por eso suena de diferente manera, como dice su autor: "Esta me ha salido con ritmo de jazz, las otras eran como una sinfonía de Mahler y esta es más de jazz por el argumento, con temas más rápidos como es el periodismo".

Un oficio que el autor conoce bien, porque se siente parte de él. Eco escribe desde 1960 muchos artículos y ensayos en prensa también sobre los mass media, por eso esta crítica la hace desde "el interior" de la profesión. La historia comienza con la creación, por parte de un empresario italiano (¿será Berlusconi?), de Número cero, un ejemplar de un periódico en pruebas que se desarrolla en 1992.

Este periódico quiere salir con la intención no de informar sino como herramienta de poder para meter presión, desacreditar a políticos y rivales o crear informes, noticias falsas y complots.

"Desde hace más de diez años tenía esta novela en mi cabeza, siempre he querido hablar de los problemas del periodismo y ahora también de internet, donde se puede mentir mucho. Yo lo utilizo -añade el autor-, por ejemplo, para esta novela, para informarme sobre la autopsia de Mussolini".

"Pero internet es como el automóvil, no se puede pasar la vida en internet como no se puede estar todo el día en el coche", advierte.

Y es que Numero cero, además de ser una radiografía sobre lo peor del periodismo, del poder y la corrupción -"no son las noticias las que hacen el periódico, sino el periódico el que hace las noticias, y saber juntar cuatro noticias distintas significa proponerle al lector una quinta noticia", dice un personaje-, es también la visión de la Italia de los últimos 30 años.

Una Italia cuya historia es la de "un pueblo de puñales y venenos", como dice una de las protagonistas. "Elegí 1992 para situar el libro porque en ese momento hubo esperanza, nació Manos Limpias y parecía que todo iba a cambiar, la lucha contra la corrupción, pero llegó Berlusconi y las cosas fueron justo al contrario", indica.

El libro termina con sabor agridulce porque, si bien antes todo era más opaco, y a quien revelase información o descubriera algo importante le podía costar la vida, "hoy, cuando afloran los nombres de corruptos o defraudadores y se sabe más, a la gente no le importa nada y solo van a la cárcel los ladrones de pollos albaneses", dice Eco.

Y eso se plasma en la novela, que termina con un buen reportaje de la BBC, que tras ser visto por un personaje dice: "Las personas decentes seguirán votando a los truhanes porque no darán crédito a la BBC, porque no verán programas como los de esta noche, porque estarán enganchados a la telebasura...".

miércoles, 8 de abril de 2015

PRENSA. Entrevista a Umberto Eco

   En "El País Semanal":

Umberto Eco: “Internet puede tomar el puesto del periodismo malo”

El filólogo italiano apunta al periodismo en su nueva novela, ‘Número Cero’. En ella habla de cómo se trata hoy la política, a base de sospechas y cotilleos

Una táctica que no es nueva, pero que Internet ha convertido en más creíble. Eco traza la historia de un editor que monta un periódico con el que chantajea a sus adversarios

Umberto Eco
Umberto Eco, junto a la librería de su casa en Milán, Italia. / ROBERTO MAGLIOZZI


Umberto Eco tiene a la entrada de su casa de Milán, antes de su desfiladero de libros, el periódico de su pueblo (Alessandria, en el Piamonte), que recibe diariamente. Cuando le pedimos fotos de su juventud se fue a un ordenador, que es el centro borgiano de su aleph particular, su despacho, y encontró las fotos que lo llevan al principio mismo de su vida, cuando era un crío de pañales. Todo lo hace con eficacia y buen humor, y rápidamente; lleva en la boca, casi siempre, el tabaco apagado con el que seguramente huye del tabaco. Tiene una inteligencia directa, no rehúye nada, ni hace circunloquios. Acostumbrado a pesar las palabras, las dice como si le vinieran dadas por un ejercicio intelectual que tiene su reflejo en los pasillos superpoblados de esta casa que se parece al paraíso de los libros.
Ya tiene 83 años; ha adelgazado, pues lleva una dieta que lo alejó del whisky (con el que a veces almorzaba) y de otros excesos, así que muestra el estómago achatado como una gloria conquistada en una batalla sin sangre. Es uno de los grandes filólogos del mundo; desde muy joven ganó notoriedad como tal, pero un día quiso demostrar que el movimiento narrativo se demuestra andando y publicó, con un éxito planetario, la novela El nombre de la rosa (1980), cuyo misterio, cultura e ironía asombraron al mundo.
Paseamos junto al escritor. Física y metafóricamente. Recorremos junto a él la imponente librería de su casa en Milán, donde también reposan algunos de sus libros más exitosos, como El péndulo de Foucault y Apocalípticos e integrados. En las mismas baldas también está su nueva novela, Número Cero, que Lumen publica el 9 de abril, una ficción sobre el periodismo inspirada en la realidad. Una mirada a la información en el siglo XXI y a Internet, campo de batalla de las ideas, las noticias y las falsedades. Controlar la veracidad de lo que aparece en la Red es, para Eco, imprescindible. Una tarea a la que deberían dedicarse los periódicos tradicionales, para que estos sigan siendo, en el futuro, garantes de la democracia, la libertad y la pluralidad.
Desde ese éxito que hubiera envanecido a cualquiera no ha dejado de trabajar, como filólogo y como novelista, y desde entonces el profesor Eco es también el novelista Eco; ahora aparece (en numerosos países del mundo, y en este momento en España) con una nueva novela que le nace desde el centro mismo de sus intereses ciudadanos: él se siente un periodista cuyo compromiso civil le ha llevado durante décadas a hacer autocrítica del oficio; su novela Número Cero (traducción de Helena Lozano) pinta a un editor que monta un periódico que no saldrá, pero cuya presencia le sirve al magnate para intimidar y chantajear a sus adversarios. ¿Puede pensarse legítimamente en que en ese editor está la metáfora de Berlusconi, el gran magnate de los medios en Italia?, le pregunté a Eco. El profesor dijo: “Si quiere ver en Vimecarte un Berlusconi, adelante, pero hay muchos Vimecarte en Italia”.

Umberto Eco

Alessandria, 1932. Nació en el Piamonte, en Italia, donde fue educado por los salesianos. En 1954 se doctoró en Filosofía y Letras en la Universidad de Turín, centro en el que también fue profesor, además de en las Universidades de Florencia, Milán y Bolonia. Rozando los 50 años, Umberto Eco obtuvo uno de sus mayores éxitos literarios con su novela El nombre de la rosa, traducida a numerosos idiomas y llevada al cine. A lo largo de su trayectoria ha logrado numerosos reconocimientos, como el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en el año 2000. Es también caballero de la Gran Cruz de la Orden del Mérito de la República Italiana y caballero de la Legión de Honor francesa.
Una novela sobre el periodismo. ¿Por qué? Llevo escribiendo críticas del oficio desde los años sesenta, además de tener en el bolsillo el carné de periodista. Con Piero Ottone mantuve un buen debate polémico sobre la diferencia entre noticia y comentario. Escribir sobre cierto tipo de periodismo era una idea que me rondaba en la cabeza desde siempre. Hay lectores que han encontrado en Número Cero el eco de muchos artículos míos, cuya sustancia he utilizado porque ya se sabe que la gente se olvida mañana de lo que leyó hoy. De hecho, algunos me han alabado. Por ejemplo, hay quienes han aplaudido lo que escribo del desmentido en prensa, ¡y de eso escribí lo mismo hace quince años! Así que abordé el tema porque lo llevo conmigo. Hasta el principio del libro es muy mío, pues ese episodio en que el agua no sale del grifo era también el principio de El péndulo de Foucault. Por aquel entonces alguien me dijo que no era una buena metáfora, y la quité; pero, para Número Cero, me gustó esa idea, el agua que se retiene en el grifo y no sale, y tú esperas que al menos salga una gota. Me gustó esa idea, bajé al sótano, encontré aquel primer manuscrito y la volví a usar. Todo es así: en la discusión que hay con Bragadoccio [un periodista clave en la trama de Número Cero] sobre qué coche comprar, lo que escribo es un listado que hice en los años noventa cuando yo mismo no sabía qué automóvil quería…
La novela está llena de referencias al cinismo del editor que pone en marcha un periódico para extorsionar… Para chantajear… Tenía en mi mente a un personaje de la historia de Italia, Pecorelli, un señor que hacía una especie de boletín de agencia que jamás acababa en los quioscos. Pero sus noticias terminaban en la mesa de un ministro y se transformaban enseguida en chantaje. Hasta que un día fue asesinado. Se dijo que fue por orden de Andreotti, o de otros… Era un periodista que hacía chantajes y no precisaba llegar a los quioscos: bastaba con que amenazara con difundir una noticia que podría ser grave para los intereses de otro… Al escribir el libro pensaba en ese periodismo que existió siempre y que en Italia recibió recientemente el nombre de “máquina del fango”.
¿En qué consiste? En que para deslegitimar al adversario no hace falta que lo acuses de matar a su abuela o de que es un pedófilo: es suficiente con difundir sospecha sobre sus actitudes cotidianas. En la novela aparece un magistrado (que existió en realidad) sobre el que se lanzan sospechas, pero no se lo descalifica directamente, se dice simplemente que es estrafalario, que usa calcetines de colores… Es un hecho verdadero, consecuencia de la máquina del fango.
El editor, el director del periódico que no llega a salir, dice a través de su testaferro: “Es que la noticia no existe, es el periodista el que la crea”. Sí, naturalmente. Mi novela no es solo un acto de pesimismo sobre el periodismo de fango; acaba con un programa de la BBC, que es un ejemplo de buen hacer. Porque hay periodismo y periodismos. Lo llamativo es que cuando se habla del malo, todos los periódicos tratan de hacer creer que se está hablando de otros… Muchos diarios se han reconocido en Número Cero, pero han hecho como que estaba hablando de otro.
El periodista en concreto está retratado también como un paranoico en busca de historia cueste lo que cueste, y babea cuando cree encontrarla… Ocurre cuando Bragadoccio encuentra la autopsia de Mussolini… Siempre he dicho, también cuando escribía novelas históricas, que la realidad es más novelesca que la ficción. En La isla del día antes describo a un personaje haciendo un extraño experimento para descubrir las longitudes; es muy cómico, y la gente dijo: “Mira qué bonita la invención de Eco”. Pues era de Galileo, que también tenía ideas locas de vez en cuando y había inventado esta máquina para vendérsela a los holandeses. Si buceas en la historia puedes hallar episodios más dramáticos, más cómicos, y también más verdaderos, que los que puede inventar cualquier novelista. Por ejemplo, mientras busqué material para Número Cero hallé la autopsia entera de Mussolini. Ningún narrador de la pesadilla y del horror ha conseguido jamás imaginarse una historia como esta, y es verdadera. Y se la serví al personaje Bragadoccio, periodista de investigación, que babeaba mientras la iba utilizando para su crónica sobre la conspiración que se inventó.
Y usted no la inventó, claro. Está en Internet, es así. Luego es muy fácil imaginar que un personaje tan paranoico y tan obsesivo como ese periodista empiece a gozar tanto de la autopsia como de las calaveras que encuentra en la iglesia de Milán por donde pasa su historia. También en este caso de la iglesia todo es verdadero: he intentado dibujar una Milán secreta, con esas calles, esas iglesias, que albergan realidades que parecerían fantasías…

La prensa es todavía una garantía de democracia”
Ahora la realidad y la fantasía tienen un tercer aliado, Internet, que ha cambiado por completo el periodismo.Internet puede haber tomado el puesto del periodismo malo… Si sabes que estás leyendo un periódico como EL PAÍS, La RepubblicaIl Corriere della Sera…, puedes pensar que existe un cierto control de la noticia y te fías. En cambio, si lees un periódico como aquellos ingleses de la tarde, sensacionalistas, no te fías. Con Internet ocurre al contrario: te fías de todo porque no sabes diferenciar la fuente acreditada de la disparatada. Piense tan solo en el éxito que tiene en Internet cualquier página web que hable de complots o que se inventen historias absurdas: tienen un increíble seguimiento, de navegadores y de personas importantes que se las toman en serio.
En este momento ya es difícil pensar en el mundo del periodismo que protagonizaban, aquí, en Italia, gente como Piero Ottone o Indro Montanelli… ¡Pero la crisis del periodismo en el mundo empezó en los cincuenta y sesenta, justo cuando llegó la televisión, antes de que ellos desaparecieran! Hasta entonces el periódico te contaba lo que pasaba la tarde anterior, por eso muchos se llamaban diarios de la tarde: Corriere della SeraLe SoirLa TardeEvening Standard… Desde la invención de la televisión, el periódico te dice por la mañana lo que tú ya sabías. Y ahora pasa igual. ¿Qué debe hacer un diario?
Dígalo usted. Tiene que convertirse en un semanal. Porque un semanal tiene tiempo, son siete días para construir sus reportajes. Si lees Time o Newsweek ves que varias personas han contribuido a una historia concreta, que han trabajado en ello semanas o ­me­ses, mientras que en un diario todo se hace de la noche a la mañana. Un periódico que en 1944 tenía 4 páginas hoy tiene 64, con lo cual tiene que rellenar obsesivamente con ­noticias repetidas, cae en el cotilleo, no ­puede evitarlo… La crisis del periodismo, entonces, ha empezado hace casi cincuenta años y es un problema muy grave e importante.
¿Por qué es tan grave? Porque es cierto que, como decía Hegel, la lectura de los periódicos es la oración de la mañana del hombre moderno. Y yo no consigo tomarme mi café de la mañana si no hojeo el diario; pero es un ritual casi afectivo y religioso, porque lo hojeo mirando los titulares, y por ellos me doy cuenta de que casi todo lo había sabido la noche anterior. Como mucho, me leo un editorial o un artículo de opinión. Esta es la crisis del periodismo contemporáneo. ¡Y de aquí no se sale!
¿De veras cree que no? El periodismo podría tener otra función. Estoy pensando en uno que haga una crítica cotidiana de Internet, y es algo que ocurre poquísimo. Un periodismo que me diga: “Mira qué hay en Internet, mira qué cosas falsas se están diciendo, reacciona ante ello, yo te lo muestro”. Y eso se puede hacer tranquilamente. Sin embargo, se piensa aún que el diario está hecho para que lo lean unos señores viejos –ya que los jóvenes no leen—que además no usan Internet. Habría que hacer, pues, un periódico que se convierta no solo en la crítica de la realidad cotidiana, sino también en la crítica de la realidad virtual. Este es un posible futuro para un buen periodismo.


El autor, en su casa. / ROBERTO MAGLIOZZI
En su novela un editor concibe un periódico que no va a salir, para dar miedo. ¿Es una metáfora de lo que sucede?Y no solo. En Número Cero profundizo en la técnica del dossier. El chantaje consiste en anunciar una documentación, un informe. La carpeta puede estar vacía, pero la amenaza de que existe basta: cada uno de nosotros tiene un cadáver en el armario o a lo mejor ha tenido una multa por exceso de velocidad hace treinta años. La amenaza de la existencia de un dossier es fundamental. La técnica del expediente es como la técnica del secreto. Filósofos ilustres como Simmel y otros han dicho que el secreto más poderoso es el secreto vacío. Además, es una técnica infantil: el niño dice (burlándose): “¡Yo sé una cosa que tú no sabes!”. Decir que sabes una cosa que el otro no sabe es una amenaza. Muchos de los secretos están vacíos y por eso son mucho más poderosos. Luego vas a ver los verdaderos informes y solo son recortes de prensa. Se venden a un Gobierno y a los servicios secretos o a la policía y son dossieres vacíos, llenos de cosas que sabíamos todos menos los servicios secretos.
Número Cero es una novela de ficción, pero todo se puede verificar en la realidad… Es el periodismo real del que hablo. Los periódicos especializados en la máquina del fango existen. No todos los diarios usan esta máquina, pero existen los que la utilizan, y por una modesta suma de dinero te podría dar los nombres…
¿Y cómo se sale del fango? Dando noticias acreditadas. Además, ¿qué es la máquina del fango? Normalmente se utiliza para deslegitimar al adversario y desprestigiarlo sobre cuestiones privadas. Quiero decir que en la época áurea si no te gustaba un presidente de Estados Unidos, ya fuera Lincoln o Kennedy, lo matabas; era por así decirlo un procedimiento honesto, como se hace en la guerra… En cambio, con Nixon y con Clinton se produjo una deslegitimación basada en cuestiones privadas. Uno incitaba a robar papeles, el otro hacía cosas con una chica en su estudio… Esta es la máquina del fango. Podrías haber dicho, cosa que no ocurrió en Estados Unidos, que Kennedy se acostaba con Marilyn Monroe; la máquina del fango hubiera utilizado eso… A aquel juez de Rímini de mi libro (que existió realmente, en otra ciudad) le pusieron encima la máquina del fango: llevaba calcetines estrafalarios, fumaba demasiado. En realidad, había dictado una sentencia que por aquel entonces no le había gustado a Berlusconi. Y lo que hizo la maquinaria del ex primer ministro fue buscar su desprestigio a través de episodios menores. Puedes deslegitimar a Netanyahu por lo que hace con Palestina. Pero si lo acusas, pongo por caso, de pedófilo, entonces ya no estarás funcionando con hechos, sino que estás poniendo en marcha la máquina del fango.
Frente a la máquina del fango… Las pruebas, las noticias contrastadas. Para la máquina del fango es suficiente con difundir una sombra de sospecha o trabajar sobre un cotilleo menor. Al fin y al cabo, en Italia, Berlusconi fue puesto contra las cuerdas contando lo que hacía por la noche en su casa. Se podían decir de él, y se han dicho, cosas mucho más graves, sobre sus conflictos de intereses, por ejemplo. Pero eso dejaba al público indiferente. Y en cuanto se probó que iba con una menor de edad entonces se le puso en dificultades. ¡Como ves, hasta defiendo a Berlusconi! Él ha sido vencido a partir de revelaciones sobre su vida privada más que por noticias sobre hechos verdaderos y otras cosas de las que es responsable.

Internet puede haber tomado el puesto del periodismo malo”
Cita usted en su libro la Operación Gladio en relación con sucesos que ocurrieron tras la Guerra Mundial… Entran ahí hasta las sospechas sobre la autoría de la matanza de los abogados de Atocha… Aquella sombra de la extrema derecha ahora vuelve al mundo con los atentados islamistas. Un mundo sombrío otra vez. ¿Qué opina de este momento otra vez sangriento, protagonizado esta vez por los terroristas yihadistas? Es como el nazismo: pensaba restablecer la dignidad del pueblo alemán matando a todos los judíos. ¿De dónde nace el nazismo? De una profunda frustración. Habían perdido una guerra y es en los momentos de grandes crisis cuando el cacique del pueblo puede congregar a la opinión pública alrededor del odio hacia un enemigo. Ocurre ahora con el mundo musulmán: tres siglos de frustración, tras el imperio otomano, tras el imperialismo, surge esa frustración en forma de odio y de fanatismo…
¿Y cómo se lucha contra eso? No lo sé. Estaba muy claro cómo se podía luchar contra el fanatismo nazi porque los nacionalsocialistas se encontraban en un territorio identificable. Aquí la cosa es más compleja.
¿Tiene miedo? No por mí: por mis nietos.
Usted ha escrito un libro en el que un periódico del fango da batallas sucias sin salir a la calle… ¿Concibe que un día no haya periódicos? Es un riesgo muy grave porque, después de todo lo que he dicho de malo sobre el periodismo, la existencia de la prensa es todavía una garantía de democracia, de libertad, porque precisamente la pluralidad de los diarios ejerce una función de control. Pero para no morir el periódico tiene que saber cambiar y adaptarse. No puede limitarse solamente a hablar del mundo, puesto que de ello ya habla la televisión. Ya lo he dicho: tiene que opinar mucho más del mundo virtual. Un periódico que sepa analizar y criticar lo que aparece en Internet hoy tendría una función, y a lo mejor incluso un chico o una chica jóvenes lo leerían para entender si lo que encuentra online es verdadero o falso. En cambio, creo que el diario funciona todavía como si la Red no existiera. Si miras el periódico de hoy, como mucho encontrarás una o dos noticias que hablan de la Red. ¡Es como si los rotativos no se ocuparan nunca de su mayor adversario!
¿Es su adversario? Sí. Porque lo puede matar.