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jueves, 17 de marzo de 2016

LITERATURA. "Lovecraft: el mal no existe"

   En "jotdotwn":

Lovecraft: el mal no existe

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Howard Phillips Lovecraft. Foto: DP.
Howard Phillips Lovecraft. Foto: DP.
Todas mis historias se basan en la premisa fundamental de que las leyes, intereses y emociones comunes de los seres humanos no tienen validez ni significación en la amplitud del vasto cosmos. (…) Uno debe olvidar que cosas como la vida orgánica, el amor y el odio, y todos los demás atributos locales de una insignificante y efímera raza llamada humanidad, existen en absoluto.
H. P. Lovecraft creía que su obra sería olvidada después de su muerte, aunque su predicción era menos un producto de la modestia que de un desánimo bien fundado en la realidad de ser un escritor asociado a determinados géneros que en su tiempo apenas eran tomados en serio más allá de las revistas para un mercado juvenil. Su pesimismo apenas sorprende, pues durante sus últimos años hizo frente a crecientes dificultades económicas, unidas a una actitud ambigua y refractaria hacia el mundo editorial. Pero se equivocó. Su repercusión e influencia sobre el género del terror creció en mayor medida de lo que él mismo hubiese podido suponer. Eso sí, también le hubiese sorprendido saber que muchos de sus póstumos seguidores han publicitado una idea equivocada de su obra, o más bien de los principios en los que Lovecraft, de manera explícita, se basó para componerla. Porque aquellos principios se vuelven más actuales conforme transcurre el tiempo: escritor del siglo XX con un estilo decimonónico, que se consideraba a sí mismo heredero de tiempos incluso más antiguos, pero que, de manera paradójica, podría encajar en lo que resta del siglo XXI más que en ninguna otra época.
En la cosmología de la tradición occidental, en gran parte de origen cristiano y judaico, el concepto de «bien» no requiere un significado. El bien se explica por sí mismo; lo bueno y la bondad son atributos inherentes a Dios, puesto que Él es amor infinito, misericordia sin límites. El hombre busca el bien, lo anhela, lo convierte en la finalidad de su vida, pero no necesita darle una explicación. El bien es el statu quo, es la esencia de todo, es lo que imperaba en el momento de la creación. Es mal, por contra, sí debe ser explicado porque constituye una anomalía. Mientras que en algunas religiones orientales el universo es dual y el mal es tan contingente a la existencia como lo es el bien, en el pensamiento cristiano todo mal es una aberración. El mal parece incompatible con Dios, así que al cristianismo no le basta con dar cuenta del mal en términos de pecado —lo cual sí entronca con conceptos como el karma— sino también ofrecer cuenta de su origen más allá de los actos de cada individuo. Dicho de otro modo; si el mal fuese únicamente producto del pecado, si Adán y Eva hubiesen creado el mal por sí mismos, la relación entre un Dios bondadoso y la raza humana resultaría incomprensible. Se precisa un tercer agente, la serpiente, que es la que provoca el mal; inducir al ser humano al pecado es atraerlo hacia el mal, que permanece como una fuerza externa. Es verdad que, en esencia, la serpiente del Génesis podría representar el libre albedrío pues el ser humano tiene la capacidad de elegir porque Dios, en un acto de amor, le ha concedido la libertad. Sin embargo, esta idea era difícil de asimilar para los creyentes cristianos más analíticos porque implicaba que la libertad humana es per se la causa del mal, y siendo la libertad un regalo paterno de Dios para el hombre, sería Dios la causa del mal. Irresoluble esta paradoja desde la lógica, el cristianismo optó por distraerla, desviando la culpa hacia un agente externo. Una representación ontológica del mal, Satanás, resultaba conveniente. Dios le concedió también el libre albedrío, pero Satanás fue un proyecto fallido, porque de manera voluntaria y consciente dio la espalda a Dios. El hombre, en cambio, peca como efecto de un engaño. La serpiente del Génesis deja de ser metafórica para convertirse en una fuerza con entidad propia, que desde la proverbial manzana hasta nuestros días se ha encargado de tentar a la humanidad; incluyendo, según los Evangelios, al propio Jesucristo. Así, el mal como concepto se transforma en el Mal, con mayúscula, que es una entidad viva, consciente, poderosa e inmortal.
Lovecraft dibujado por Mike Mignola. Imagen: Dark Horse Comics.
Lovecraft dibujado por Mike Mignola. Imagen: Dark Horse Comics.
Este mito fundacional del mal como fuerza sobrenatural y autónoma está presente en casi todas las historias europeas de terror. Desde el folclore hasta la literatura del género que de él se derivaba casi siempre, el horror da cuenta de una lucha eterna entre el bien y el mal. Los monstruos, los vampiros, los fantasmas y las demás criaturas terroríficas son el vehículo o el producto del Mal, que actúa a través de ellas mediante mecanismos sobrenaturales, llámense encantamientos, tratos con el diablo o condenas. Esta tradición en las historias de terror pervivió durante toda la Edad Media, y la llegada del racionalismo y la Ilustración no acabaron con ella; en el siglo XVIII nació el llamado «horror gótico», que era una recopilación de mitos medievalizantes, elaborados con mayor refinamiento para los gustos de un nuevo público. La literatura romántica cultivó el horror gótico con entusiasmo y hoy el horror gótico continúa siendo el ingrediente más habitual en el género del terror literario o cinematográfico. Lovecraft estudió el terror gótico y le dedicó un famoso tratado, en El horror sobrenatural en la literatura, pero su figura formaba parte de una escuela que rompía con todo ello. Fue la ciencia ficción del siglo XIX la que, antes de que Lovecraft naciese, había introducido una nueva perspectiva derivada del avance en los conocimientos sobre el universo y la naturaleza misma del hombre. Primero, la astronomía había desplazado al ser humano del centro de la creación. Después, la biología lo había emparentado con el resto de animales, despojándole de la condición de «hecho a imagen y semejanza de Dios». Finalmente, la incipiente psicología empezaba a explicar los fenómenos de la mente como resultados de procesos físicos, haciendo innecesaria la noción de un alma. El naturalismo mecanicista empezó a reflejarse en la creación literaria, sobre todo en una nueva ficción fantástica donde el mecanismo que originaba los monstruos no radicaba en la lucha sobrenatural entre el bien y el mal, sino, por ejemplo, en procesos naturales como la evolución por selección natural formulada por Charles Darwin. Aquella nueva literatura es la que hoy conocemos como ciencia ficción, cuyo principal objetivo no era asustar a los lectores, pero que aun así ofrecía nuevas maneras de hacerlo. La vieja lucha entre el bien y el mal tenía alternativas, como la lucha entre las especies por la supervivencia. El mejor ejemplo es La guerra de los mundos, de H. G. Wells, donde los marcianos invaden la Tierra por motivos puramente instrumentales que no podían ser calificados como malvados, aunque sus consecuencias para la raza humana fuesen desastrosas. El celebérrimo párrafo inicial de La guerra de los mundos es el mejor resumen posible de lo que el propio Lovecraft —que sin duda recibió gran influencia de este relato— calificó como «indiferentismo cósmico». Wells empezaba así su novela:
Nadie hubiese creído, en los últimos años del siglo XIX, que este mundo estaba siendo observado de cerca y con atención por inteligencias más grandes que la del ser humano y aun así igual de mortales; que mientras los hombres se ocupaban en sus diversos afanes, eran escrutados y estudiados, casi de manera tan cuidadosa como un hombre provisto de un microscopio podría escrutar las criaturas transitorias que nadan y se multiplican en una gota de agua. Con infinita complacencia, los seres humanos iban y venían sobre este globo, centrados en sus asuntos, serenos a causa de su seguro imperio sobre la materia. Es posible que los microbios que están bajo el microscopio se comporten igual. Nadie dedicó un pensamiento a los mundos más viejos del espacio como posibles fuentes de peligro para la raza humana, o si pensaron en ellos fue solamente para descartar la idea de vida en su superficie como imposible o improbable. Es curioso recordar algunos de los hábitos mentales de aquellos días pasados. Como mucho, los terrícolas suponían que podía haber otros hombros sobre Marte, quizá inferiores a ellos mismos y preparados para dar la bienvenida a una expedición de misioneros. Y sin embargo, al otro lado del golfo del espacio, unas mentes que son a nuestras mentes lo que las nuestras son a las de las bestias, unos intelectos vastos, fríos e indiferentes, observaban la Tierra con ojos envidiosos y comenzaron a trazar planes contra nosotros.
Los marcianos que anhelan establecerse en la Tierra no contemplan a los humanos como iguales, ni siquiera como criaturas que merezcan alguna clase de comprensión o piedad, y por lo tanto la destrucción de la raza humana no requiere de esos marcianos una consideración ética particular. Al igual que los humanos tienden sus campos de cultivo sin reparar en los animales a los que haciéndolo expulsa de su hogar, y a los que también mata como plagas si dañan las cosechas, los habitantes de Marte anteponen su propia supervivencia a la de criaturas para ellos inferiores. Cuando los marcianos atacan a los humanos no lo hacen como un agente del mal, sino por la misma lógica natural por la que el pez grande devora al pequeño. Esto respondía muy bien a una nueva mentalidad que veía la naturaleza como un mecanismo frío, mecánico, desprovisto de frenos emocionales. Si una especie tiene que extinguirse, se extingue. Si esa especie es la raza humana, nadie en el universo va a lamentar la pérdida. La guerra de los mundos no era, ni pretendía ser, un relato de horror, pero sí era una de las novelas que sentaba las bases para una nueva concepción de ese género. El motor ya no era el mal como polo opuesto del bien, sino el mero hecho de que el ser humano es insignificante e impotente ante la maquinaria cósmica.
Lovecraft con Frank Belknap Long, uno de los escritores de su círculo. Foto: DP.
Lovecraft con Frank Belknap Long, uno de los escritores de su círculo. Foto: DP.
Es difícil categorizar a H. P. Lovecraft en un género porque sus relatos basculaban sin gradación entre el horror y la ciencia ficción, pero es verdad que su principal motivación literaria era la de crear atmósferas inquietantes, que el miedo del lector era casi siempre la meta de su trabajo y que en general encaja mejor dentro del primero. Eso sí, su concepto del horror, en esencia, rompía con la tradición gótica y se basaba mas que nada en el indiferentismo cósmico de la ciencia ficción. Aunque la cuestión terminológica es compleja. En su ensayo El horror sobrenatural en la literatura Lovecraft hablaba de «terror cósmico» para referirse precisamente al terror gótico basado en lo sobrenatural. Dice por ejemplo que «no cabe asombrarse de la existencia de una literatura relacionada al terror cósmico. Siempre existió y siempre existirá (…) Tenemos a Charles Dickens imaginando varios relatos sobrenaturales; a Robert Browning escribiendo su horrible poema Childe Roland; a Henry Jamesy su Otra vuelta de tuerca», etcétera. Sin embargo no se refiere al terror cósmico como referente a algo venido del espacio. Lo que pretende expresar es que el terror tradicional responde al miedo del ser humano ante lo desconocido, y el cosmos se componía sobre todo de fenómenos desconocidos. A partir del siglo XIX, cuando los fenómenos del cosmos empiezan a ser conocidos, el gran enigma es el tamaño del universo y lo que pueda haber en él, pero de origen natural. Lovecraft se separó de la tradición del terror gótico porque estaba plagado de sucesos a los que él, convencido materialista, tachaba como inverosímiles y difíciles de narrar de manera convincente. De la tradición gótica aprendió algunos principios narrativos, como la importancia en la creación de las atmósferas en las que transcurre el relato, pero descartó buena parte del contenido. Escéptico en cuanto a las religiones, supersticiones y fenómenos sobrenaturales en general, le parecía inadecuado hacer uso de ellos en sus relatos, que prefería basar en mecanismos científicos, o por lo menos de base mecanicista. Los monstruos de Lovecraft eran producto de la evolución, de la reproducción sexual, de los mecanismos biológicos habituales para la vida. A menudo procedían del espacio, aunque en la Tierra algunos seres humanos los hubiesen adorado como a dioses por causa de la incapacidad para entender su verdadera naturaleza. Para los seres espaciales de Lovecraft, como para los marcianos de Wells, la raza humana es apenas una molestia; los hombres son criaturas insignificantes que ocupan un lugar que, piensan esos seres, les pertenece por derecho a ellos. Salvo ese detalle, todo lo humano no les causa más que indiferencia. Así, la expresión «terror cósmico» pasaba a significar algo distinto de como el propio Lovecraft la había utilizado en su famoso ensayo.
A partir de ahí, Lovecraft reconstruye aquello que le interesa del terror gótico y descarta lo demás. Reconstruye, por ejemplo, las atmósferas. Convencido de que los escenarios grandilocuentes que daban su nombre al subgénero no funcionan, los cambia por lo que para él es un entorno cotidiano y conocido. Además, las manifestaciones del horror en Lovecraft se parecen mucho a fenómenos sobrenaturales, pero esto se debe a que los personajes de los relatos, o el mismo narrador en primera persona, desconocen quién los produce y cómo.
Tras la muerte de Lovecraft, August Derleth fue el principal responsable de que su obra no fuese olvidada. Era parte de un pequeño grupo de escritores que se consideraban sus discípulos y ya en vida de Lovecraft, bajo su beneplácito, componían relatos que lo imitaban, aunque cada cual añadía elementos de su propia idiosincrasia y difícilmente podía considerarse que existía un canon. Es decir, hacían referencias al los universos de Lovecraft, pero no había un único universo con sus leyes internas sobre las que todos trabajaran, como pueda suceder con las películas, novelas y cómics del universo Star Wars. El que Derleth se erigiese como el principal defensor de la literatura de Lovecraft tras su muerte se mezcló con su aportación creativa como discípulo, provocando que su propia mentalidad terminase tiñendo la percepción que el público tenía de aquellas obras. Ayudó a confundir la esencia del terror cósmico de su ídolo con la del terror gótico que este había dejado de lado. Derleth, por ejemplo, sistematizó el panteón de criaturas de Lovecraft, los «mitos de Cthulhu», a imagen y semejanza de una mitología casi religiosa. Esto fue una contaminación del estilo propio de Derleth sobre el legado de Lovecraft. Una contaminación que sin duda ayudó a popularizarlo, pero que desvirtuaba la esencia original. Lovecraft nunca pretendió construir una mitología consistente; usaba aquí y allá los nombre de determinadas criaturas ficticias, pero en función de lo que necesitaba para cada narración, sin preocuparse de que unos relatos y otros pudieran ser considerados como parte de un mismo universo cerrado. Al contrario, el panteón de Lovecraft era algo caótico y desorganizado. Las mitologías eran, a lo sumo, creaciones de los humanos dentro de sus novelas, pero no existía una mitología lovecraftiana como patrón literario fuera de ellas; eso fue cosa de Derleth. Quien, además, además introdujo otro elemento alieno: la lucha entre el bien y el mal. Es decir, llevó el universo de Lovecraft, que no existía como tal, hasta el corazón de la tradición gótica, a la que nunca había pertenecido. De repente, en aquel cosmos indiferente volvía a estar presente el Mal. Toda la interpretación que Derleth hizo de la herencia de Lovecraft tenía un trasfondo mitológico, casi religioso, que al propio Lovecraft le hubiese causado perplejidad, pero que fue la que terminó triunfando entre muchos lectores que parecían querer reinterpretarlo de ese modo. Pero Lovecraft no era un escritor gótico, ni lo son sus más conocidas obras.
August Derleth. Foto cortesía de University of Wisconsin–Madison.
August Derleth. Foto cortesía de University of Wisconsin–Madison.
Lovecraft sin duda se opondría a la mitificación de sus universos literarios. Se burlaba de quienes le preguntaban si en sus obras había componentes mitológicos o de quien tenía dudas sobre la existencia del famoso Necronomicon. Y sobre todo había expresado con claridad su desdén hacia el mecanismo literario de la introducción del Mal. Su argumento a este respecto era impecable: el terror tradicional, pensaba él, había dejado de ser eficaz no solamente por su falta de naturalismo, sino también porque era demasiado optimista. Donde hay una lucha entre el bien y el mal, el bien puede terminar ganando; así, ganen o pierdan los héroes de una historia de terror, siempre existe una moraleja. En cambio, en un relato que no se basa en el mal, sino en la cualidad indiferente de lo desconocido, no existe moraleja alguna. Como no la hay en La guerra de los mundos, donde no es una impotente raza humana la que detiene la invasión marciana, sino una fuerza desprovista de carga moral: los microbios. En pleno siglo XXI, pues, resulta cada vez más fácil identificar la obra de Lovecraft con el espíritu de la ciencia ficción, aunque buena parte de sus relatos tengan una intención más propia del género de terror. No en vano hay quienes consideran a Lovecraft casi un género aparte. Uno de sus más notorios admiradores, Stephen King, ha utilizado con frecuencia el indiferentismo cósmico. La película La niebla, basada en relato de King, es puro Lovecraft: aparecen criaturas que atacan a los humanos porque está en su naturaleza, pero que ni siquiera parecen tener consciencia. El único mal presente es el que los propios humanos llevan en su interior y despliegan unos contra otros. Casi al final del metraje vemos a una criatura que representa esa indiferencia cósmica, porque ni siquiera nos parece que sea capaz de percibir que los humanos existen. Lo mismo puede decirse de series tan populares como The Walking Dead, donde la amenaza de los muertos vivientes no encierra ninguna moraleja, pese a su similitud formal con las viejas historias folclóricas sobre muertos vivientes. Piensen también en las historias sobre abducciones alienígenas. El terror del siglo XXI, pues, podría terminar siendo determinado por la escuela de Lovecraft: el mal no existe, y si existe, carece de importancia. El universo es de una enormidad inconcebible y, lo peor de todo, no nos reserva ningún trato especial. El terror bien hecho, creo que diría Lovecraft, hace que el público termine añorando el mal. Pues el mal, a fin de cuentas, sí es algo humano.
Un boceto de Cthulhu dibujado por Lovecraft. Imagen: DP.
Un boceto de Cthulhu dibujado por Lovecraft. Imagen: DP.

jueves, 26 de marzo de 2015

PRENSA CULTURAL. "La pregunta por la realidad". Gustavo Martín Garzo

Gustavo Martín Garzo

   En "El País":

La pregunta por la realidad

Literatura fantástica es ese espacio escondido en los intersticios de lo real


Sí, yo creo que fui un animalito metafísico desde los seis o siete años”, dice Julio Cortázar en una entrevista que Juan Cruz ha rescatado hace poco en este mismo periódico. “Recuerdo muy bien que mi madre y mis tías —mi padre nos dejó muy pequeños a mi hermana y a mí—, en fin, la gente que me veía crecer, se inquietaba por mi distracción o ensoñación. Yo estaba perpetuamente en las nubes. La realidad que me rodeaba no tenía interés para mí. Yo veía los huecos, digamos, el espacio que hay entre dos sillas, si puedo usar esa imagen. Y por eso, desde muy niño, me atrajo la literatura fantástica”.
Ese espacio escondido en los intersticios de lo real es el que explora el mundo de la literatura y del juego. En Las crónicas de Narnia, ese mundo escondido vive en el interior de un armario; en Alicia en el país de las Maravillas,en el hueco de un árbol. El mundo de los cuentos está lleno de huecos así, fisuras en el tejido de lo existente que abren al niño a zonas de lo real donde viven sus verdaderos deseos.
Por eso Blancanieves escapa del palacio de la realidad. Ve ese hueco, y se hace pequeña para entrar por él. Eso es lo que simbolizan esos hombres diminutos con los que se encuentra. Ha entrado en el reino de lo pequeño, que es el reino de los cuentos y los juegos. Las casas de muñecas, los soldaditos, los trenes eléctricos, todos esos objetos que tanto gustan a los niños y de los que se sirven para jugar son el acceso a la habitación de los deseos. También los amantes buscan esa habitación y esa es la razón de que haya tantas historias de parejas que huyen al enamorarse, como pasa con Tristán e Iseo cuando se internan en el bosque para vivir su amor. El amor reclama burlar a los guardianes de lo real, como lo hacen los protagonistas de Sueño de amor eterno, la hermosa película de Henry Hathaway con sus carceleros. Todos los niños burlan a esos guardianes cuando juegan. Todos buscan un lugar indefinible que solo a ellos pertenece, un lugar muy semejante al que luego accederán a través de su sexualidad, pues el sexo como el juego sólo puede tener lugar lejos de la mirada de los padres.
Recuerdo una película sobre Simbad, el Marino. Su prometida ha sido transformada en una criatura diminuta y Simbad tiene que correr todo tipo de peligros en busca de una flor cuyo elixir posee el poder de devolverle su tamaño original. Simbad lleva a la princesita consigo y de vez en cuando la saca de su cofrecillo y la deja correr por la mesa, lo que ella aprovecha para provocarle con sus palabras y sus movimientos. Como si le dijera: para amarme tienes que hacerte tan pequeño como yo. Esas escenas son una metáfora preciosa del amor, porque el amor, como el juego de los niños, es el reino de lo pequeño. Es justo eso lo que significa el anillo que se entregan los amantes. Tienes que caber por este hueco, se dicen el uno al otro cuando se lo ponen. El reino de lo pequeño es el reino del amor y del juego, de ahí el gusto de los que se aman por los diminutivos, su tendencia a tratarse como si fueran dos niños que nunca abandonan del todo el territorio del sueño. El anillo también es una metáfora del acto sexual. Al fin y al cabo, el falo erecto es un cuerpo diminuto. Es hacerse pequeño para poder entrar en un reino escondido. Lo pequeño es el símbolo de lo que está en el umbral, a punto de escabullirse, lo abierto a otras formas de realidad, al lugar donde viven los deseos.

Lo pequeño es el símbolo de lo que está en el umbral, a punto de escabullirse
Pero entonces, ¿por qué llamamos realidad a lo que pasa en el palacio del rey y no a lo que sucede en el bosque? ¿Es el bosque el sueño de los que viven en el palacio, el territorio de sus pesadillas y sus ensoñaciones? No queremos renunciar al espacio del sueño, eso es lo que pasa. No queremos hacerlo porque es allí donde viven nuestros deseos. En el museo de Cluny, en París, hay unos hermosos tapices flamencos que narran el encuentro de una dama con el unicornio. Son seis escenas llenas de símbolos en que ese encuentro es narrado desde la perspectiva de cada uno de los cinco sentidos: el gusto, el tacto, el oído, el olfato y la vista. En el sexto tapiz se ve a la dama a la puerta de su tienda recibiendo al unicornio. En el dintel hay un lema que dice: “A mi único deseo”. Los tapices proceden de finales del siglo XV y han sido amados por multitud de poetas, entre ellos Rilke que, en Sonetos a Orfeo, dedicó uno de los sonetos a esta misteriosa criatura que empieza así: “He aquí el animal que no existe”. Para añadir enseguida: “Y no existe es verdad, pero al amarle, le hicieron un lugar en este mundo”. Es decir, es el amor el que crea un lugar donde poder encontrarle. Es muy poco lo que se sabe del unicornio. Solo que si una doncella se interna en el bosque y se queda dormida en uno de sus claros, acude silencioso a su encuentro. Recuesta entonces la cabeza sobre su falda y se queda dormido sobre su regazo. Entonces se encuentran en sus sueños y tienen una vida secreta que la doncella olvidará al despertar.
También nosotros tenemos una vida así. Una vida a la que debemos renunciar para tener la vida que tenemos cada día. Esa vida secreta, sin embargo, siempre regresa. Lo hace en ciertos instantes, los más reveladores e íntimos. Entonces todo eso que somos y tratamos de olvidar nos llama desde ese otro lado de lo real. Los niños son expertos en esas llamadas. Eso es jugar, crear un espacio para que tales voces puedan escucharse. Los cuentos guardan la memoria de todas ellas, por eso le resultan incómodos a los adultos y no suelen gustarles, porque no hablan de lo que son sino de lo que han olvidado. No se dan cuenta de que al hacerlo les ofrecen una segunda vida. Tal es el milagro de los cuentos, entregarnos la vida que la Bella Durmiente no pudo vivir.

Los cuentos guardan la memoria de todas las voces, por eso le resultan incómodos a los adultos
Una leyenda victoriana habla de los otros hijos de Eva. Eva estaba en el paraíso con sus hijos y Dios los quiso conocer. Pero ella no se los enseñó todos, sino que eligió los más guapos, limpios y educados, para no tener que avergonzarse de los demás, que escondió en el bosque. Mas cuando lo hubo hecho, comprendió que, para que Dios no descubriera su engaño, los hijos que había sustraído a su mirada tendrían que permanecer ocultos para siempre. Y fue de esa estirpe de donde surgieron hadas, elfos, duendes y las otras criaturas ocultas del bosque. El mundo de los cuentos habla de todas esas criaturas. Habla de los niños que mató Herodes, de los niños perdidos de Peter Pan, de los hijos que Eva apartó de la mirada de Dios. En ellos está todo aquello a lo que debemos renunciar al crecer, ese mundo de azoteas y ventanas iluminadas que solo vive en el interior de los sueños. Pero esos niños siempre se las arreglan para regresar. Regresan cuando leemos un libro o escuchamos una canción. Regresan cuando amamos a alguien, cuando jugamos con nuestros hijos, cuando buscamos la compañía de los animales. Regresan en nuestros sueños. Representan todo lo que vive más allá de las fronteras de nuestra razón, todo eso que somos y que no cabe en lo real. Jugar es mirar por los ojos de esos niños perdidos, reunirse en secreto con ellos, hacer lo que nos piden. “Cuánto durará un niño”, se pregunta Julio Cortázar. Y enseguida responde: “Un niño durará todo lo que duren sus juegos”.
Gustavo Martín Garzoes escritor.

domingo, 1 de septiembre de 2013

CINE. "Cómo iniciar una saga de fantasía juvenil en 5 pasos"

   En "Cinemanía".


Cómo iniciar una saga de fantasía juvenil en 5 pasos

30.08.2013

La receta seguida por todas las producciones que, como 'Cazadores de sombras: Ciudad de Hueso', aspiran a conquistar al público joven con una nueva franquicia. Por DANIEL DE PARTEARROYO

como iniciar una saga de fantasia juvenil en 5 pasos
Ya han pasado dos años desde que Harry Potter dio su último golpe de varita a la taquilla, consiguiendo más de 1.340 millones de dólares a nivel mundial con Harry Potter y las reliquias de la muerte. Parte 2: en ese momento, la tercera película con mayor recaudación de la historia (un año después la superaría Los Vengadores). Desde entonces, todos los estudios de Hollywood han buscado desesperados un bombazo similar, capaz de impulsar a los cuatro cuadrantes del público a dejarse las billeteras en la sala de cine. Pero, mientras la saga basada en los libros de J. K. Rowling crujía las taquillas de todo el mundo con producciones de presupuestos aerostáticos, había otra franquicia de fantasía juvenil de la que se podían aprender lecciones. Con mucho menos gasto por entrega, la pequeña Summit Entertainment se estaba haciendo de oro con las películas de Crepúsculo; su conclusión el año pasado también dejó un importante hueco en ese suculento nicho de mercado donde sólo parecía tomar el relevo Los juegos del hambre, con la lección del presupuesto apretado bien aprendida pero haciendo un mayor esfuerzo en la calidad dramática y narrativa.
No es que Hollywood no intentara buscar otras alternativas, pero después de que la vía de fantasía aventurera preadolescente a lo Harry Potter hiciese aguas por distintos frentes (un recuerdo para caídos en combate como Las crónicas de Narnia, La brújula dorada Percy Jackson), los esfuerzos han basculado hacia un terreno más afín al romance paranormal a lo Crepúsculo, como demuestran los estrenos de este año dirigidos a dicho público y los que todavía quedan por venir. Veamos cómo desde la actual Cazadores de sombras: Ciudad de Hueso hasta la futura Divergente, de la que esta semana vimos el primer tráiler, todas estas películas parecen cortadas por el mismo patrón. La receta para iniciar una saga juvenil de éxito que tantos se han empeñado en aplicar:
Básate en una saga literaria ya existente
Cazadores de sombras: Ciudad de Hueso
Y, a poder ser, de éxito en el mercado editorial. No tiene por qué estar terminada todavía (The Host (La huésped) iba para trilogía pero Stephenie Meyer sólo había escrito el primer libro, Cassandra Clare todavía tiene pendiente la publicación del sexto y último volumen de Cazadores de sombras). Las librerías llevan más tiempo nutriéndose de este tipo de historias juveniles de amor sobrenatural y, contra lo que tus prejuicios puedan pensar, a los chavales les encanta leer, por lo que hay una gran cantidad de títulos entre los que elegir. De ahí va a salir el fandom que promocionará viralmente tu adaptación. Elige bien y actúa con previsión; por ejemplo, compra los derechos de la trilogía Firelight. Alma de fuego, de Sophie Jordan, y espera a que el mercado madure como para recibir una película con chicas descendientes de dragones. Es lo que ha hecho Mandalay Pictures, a la espera de ver cómo funciona el año que viene Daniel Radcliffe con cuernos en Horns. 
Dos cucharadas de romance por una de fantasía
Hermosas criaturas
La directriz es sencilla: tu historia puede tener todos los elementos fantásticos o de futuro distópico de ciencia-ficción que quieras, mientras el núcleo del conflicto no se aparte de las complejidades sentimentales de un curso escolar. El triángulo amoroso humana-vampiro-licántropo de Crepúsculo parece haber esculpido esta característica en piedra. No es sólo que Katniss tenga que preocuparse de hacia dónde se inclinan sus sentimientos mientras intenta sobrevivir en Los juegos del hambre, sino que ya es fácil perder la cuenta de cuántas combinaciones de amores sobrenaturales hemos visto en los últimos meses: aliens (The Host (La huésped)), brujas (Hermosas criaturas), muertos vivientes(Memorias de un zombie adolescente), ángeles, demonios y vampiros (Cazadores de sombras: Ciudad de Hueso)... ¿quién da más?
Elige una joven promesa como protagonista
Jennifer Lawrence
Salvo por casos como Memorias de un zombie adolescente y la próxima El séptimo hijo, que veremos el año que viene como adaptación de Las crónicas de Wardstone, de Joseph Delaney, en este terreno el protagonismo femenino resulta casi obligatorio. Otro día podemos hablar de por qué Hollywood parece restringir los papeles protagonistas para chicas a estos relatos de iniciación hormonal, pero lo que está claro es la importancia que han tenido para lanzar al estrellato masivo a actrices como Kristen Stewart Jennifer Lawrence y al menos intentarlo con Alice Englert, Saoirse Ronan, Teresa Palmer o Lily Collins. El año que viene le tocará el turno a Shailene Woodley con Divergente y a Zoey Deutch Lucy Fry conVampire Academy: Blood Sisters.
Da sabor con secundarios de prestigio
Divergente
Este truco viene directamente del profesorado de Hogwarts. Si la plana mayor del cine británico hacía caja con pocos minutos en pantalla a cambio de dar un incalculable relumbrón a los repartos púberes, ¿por qué no repetir la estrategia? Jeremy Irons Emma Thompson despiporrados en Hermosas criaturas (a Viola Davis quizás no le avisaron a tiempo del pastel), Diane Kruger en The Host (La huésped), John Malkovich en Memorias de un zombie adolescente, Julianne Moore Jeff Bridges en El séptimo hijo Donald Sutherland Philip Seymour Hoffman como sólo un par de ejemplos dentro de la saga Los juegos del hambre dan buena cuenta de la tendencia. Pero de momento es Divergente quien ha dado la campanada final fichando a Kate Winslet. 
Deja con ganas de más
Cazadores de sombras: Ciudad de Hueso
Toda apuesta tiene sus riesgos, y aquí el objetivo que se marcan las productoras es bien claro: no se busca conseguir un producto de éxito, que ya tiene su dificultad, sino servir de inicio a una franquicia de muchísimo éxito. Por eso, el final abierto es obligatorio; recuerda que tenemos muchos más libros para adaptar y, si te parecen pocos, el último siempre puede dividirse en dos largometrajes, como han hecho Harry Potter, Crepúsculo Los juegos del hambre. Afortunadamente, los escritores parecen haberse aplicado y ahora las sagas se planifican por medias docenas, como Cazadores de sombras Vampire Academy, que también cuenta con otra trilogía como spin-off. ¿Cuál es el mayor inconveniente de esta forma de actuar? Que si la primera película es un fracaso dejarás tirados a los fans (¿alguien se acuerda de Soy el número cuatro?) y a toda esa gente que se molestó en entrar en la mitología de tu película sin obtener una satisfacción completa al final. Y es que, después de sus decepcionantes resultados en EE UU, ¿crees que veremos alguna entrega más de Hermosas criaturas o... Cazadores de sombras?

martes, 28 de mayo de 2013

PRENSA CULTURAL. Sobre la literatura fantástica. Fernando Savater

Fernando Savater

   En "El País":

Son de lo que no hay

La literatura fantástica vive una primavera editorial pese a la competencia del realismo hegemónico

La imaginación impulsa nuevos sellos y colecciones a la vez que rescata clásicos del género

 25 MAY 2013 

Cierto amigo, ya fallecido, cuando íbamos a un restaurante sin pretensiones —benditos sean— y alguien lo recomendaba diciendo “aquí comeremos como en casa”, siempre protestaba: “¡Ah, no, yo lo que quiero es comer bien!”. En efecto, la dieta cotidiana precisamente por serlo puede no resultar la más apetecible. De igual modo, la vida a la que nos resignamos cada jornada, lo real empeñado en parecerse minuciosa y fatalmente a lo real, tampoco tiene por qué apasionarnos siempre como argumento literario. Es más, la descripción minuciosa y esforzadamente fiel de la realidad es insuficiente para comprender la realidad misma. Ocurre que lo auténticamente significativo nunca sucede fuera de nosotros, en el escenario fotográfico y pedestre, sino dentro, que es territorio fantasmagórico. Acudimos a lo fantástico no para huir de la realidad —objetivo tan digno como imposible— sino para ponerla mejor a nuestro alcance o, como diría el lobo a la realista Caperucita, “para entenderla mejor”. No debemos olvidar que Borges catalogó la teología y digamos que por extensión también la filosofía misma como pertenecientes a la literatura fantástica. En la misma línea, Paul Valéry —un poeta racionalista donde los haya— escribió en su Pequeña carta sobre los mitos: “¿Qué sería de nosotros sin el auxilio de lo que no existe? Poca cosa, y nuestros espíritus desocupados languidecerían si las fábulas, los malentendidos, las abstracciones, las creencias y los monstruos, las hipótesis y los pretendidos problemas de la metafísica no poblasen de imágenes sin objeto nuestras profundidades y nuestras tinieblas naturales”.
Desde luego es cuestión de carácter, como casi todo lo que respecta a gustos literarios. Entre quienes admiten el placer de la ficción, que ya es fantástico de por sí, los hay que solo son realmente capaces de disfrutarlo si refleja con esforzado parecido el orden desordenado con el que suelen convivir: la vecina del tercero izquierda, esposa insatisfecha que busca consolarse con el hijo del portero, quien a su vez padece maltrato laboral en una empresa dirigida por un capitalista beneficiado por la guerra civil, que a su vez… Todo muy interesante para quien se interese por ello. Pero existen caracteres diferentes, reacios a la función del espejo o nostálgicos de atravesarlo para ver qué hay al otro lado, que nos identificamos con lo que dijo de sí mismo el gran Herbert George Wells: “Quizá soy persona de excepcional condición. No sé hasta qué punto experimentan otros hombres lo que yo. A veces padezco extraños alejamientos de mí mismo y de lo que me rodea. Me parece que observo lo exterior desde parajes muy remotos, fuera del tiempo, del espacio, de la vida y de la tragedia de las cosas”. Para esos paladares está hecha la literatura fantástica, aunque a través de ella volvamos siempre a recaer en la vida y la tragedia (o comedia) de las cosas.

Acudimos a lo
fantástico no para
huir de la realidad sino para ponerla mejor a nuestro alcance, para entenderla mejor
Basada en la maravilla o el estremecimiento sobrecogedor, los tiempos no son propicios al género a pesar de la sobreabundancia casi industrial de artefactos literarios que pretenden pertenecer a él. Cuando cualquiera de nosotros, por ramplona que sea su imaginación, lleva ahora en el bolsillo un objeto prodigioso del tamaño de un paquete de cigarrillos que permite comunicarse con cualquier parte del mundo, enviar sonidos e imágenes, tomar fotografías, ver películas o acontecimientos deportivos, consultar archivos y bibliotecas, orientarse en ciudades desconocidas, recibir noticias, solicitar ayuda si se está en peligro, buscar novia o jugar al póquer, además de mil cosas más, creer en la magia se ha vuelto difícil por saturación. Nos hemos familiarizado con lo milagroso, cuya esencia consiste precisamente en romper con lo explicable y familiar. Las profecías innovadoras de Jules Verne o el propio H. G. Wells no nos transportan ya imaginativamente hacia el futuro sino que ahora tienen el encanto nostálgico de aquellos tiempos en que lo supuestamente imposible era todavía imposible de verdad y no una rama de las ofertas otoño/invierno de los grandes almacenes. Tal como decía el viejo chiste que le habría ocurrido de haber vivido en España o México, Franz Kafka se ha vuelto ya en todas partes un escritor costumbrista… Sin embargo, el encanto literario de lo fantástico sobrevive a su cumplimiento tecnológico: aunque hoy ya el submarino sea un vehículo tan prosaico como el autobús, el Nautilus sigue siendo el libertario enigma de los mares…
Para los aficionados al género que no nos resignamos a la manufactura idiotizadora de subproductos con elfos, dragones, conspiraciones de sectas que aspiran a dominar el mundo (¡vaya cosa!), etcétera, están nuestras editoriales de referencia. Por ejemplo Valdemar, en cuyas colecciones se encuentran en ediciones excelentes los mejores clásicos de nuestra afición. La última joya que han publicado es Noctuario del sombrío y espléndido Thomas Ligotti, algunos de cuyos relatos podría haberlos firmado un Edgar A. Poe redivivo sin enrojecer. O La Biblioteca del Laberinto, animada por el indomable Paco Arellano, gracias a la cual vamos conociendo todo lo escrito por ese narrador puro que fue Robert E. Howard, pero cuyo catálogo entero es puro tocino literario de cielo borrascoso: Edmond Hamilton, Henry Kuttner, Edgar Rice Borroughs, etcétera. Y además publica Delirio, la mejor y más erudita revista de ciencia ficción y fantasía de nuestro país que ya va, lo crean o no, por su entrega número 11. También contamos con la editorial Alamut, que entre otras obras más recientes de ficción científica nos ofrece lo indispensable de Arthur C. ClarkeIsaac Asimov o de Orson Scott Card. Claro que hay que permanecer alertas, porque a veces una editorial no identificada con el género nos brinda algo que no debemos perdernos: por ejemplo, Anagrama acaba de publicar Wild Thing, de Josh Bazell, una divertida sátira con monstruo del lago, pero también con sexo, narcotráfico y mil sobresaltos humorísticos más.

Creer en la magia se
ha vuelto difícil por saturación, pero el encanto literario de la fantasía sobrevive a
su cumplimiento tecnológico
Por lo general, la literatura española suele acostarse más del lado del realismo que del rincón fantástico y eso se nota sobre todo cuando los autores de recursos más modestos se empeñan en fabricar thrillers esotéricos y seudohistóricos al modo de las sagas más vendidas del mundo anglosajón. Pero eso no quiere decir que carezcamos de buenos ejemplos también en el terreno de lo imaginario, empezando por las Leyendas, de Gustavo Adolfo Bécquer. En su ilustre traza, ciertos autores reputados en otros campos han hecho excelentes incursiones en lo fantástico, como Ana María Matute, con su Olvidado Rey Gudú que haríamos mal en olvidar, José María Merino o Javier Marías (quien no solo ha escrito buenos cuentos de fantasmas sino que es un excelente connaisseur de ese mundo, el otro mundo). También Juan Benet ha firmado narraciones espectrales de gran originalidad, y Vicente Molina Foix ha acuñado leyendas urbanas intensas e irónicas, lo mismo que Antonio Muñoz Molina, quien es autor de una de las novelas de fantasmas (o novela breve con fantasma) mejores que conozco:Carlota Fainberg.
Pero sobre todo hay escritores que se han especializado con bravura en los géneros de la fantasía, como la estupenda Pilar Pedraza, delicada, morbosa, inventiva y cruel, o José María Latorre, fiel al estilo clásico de los relatos terroríficos. En los dominios de la ciencia ficción, el gran veterano español del género es Gabriel Bermúdez Castillo, del que La Biblioteca del Laberinto ha publicado la space-opera Espíritus de Marte y los cuentos reunidos en El mundo de Hókum. También tiene ya una larga trayectoria César Mallorquí, cuya última novela —La isla de Bowen, Premio Edebé de Literatura Juvenil 2012— reúne el encanto algo antañón del relato tradicional de aventuras con un argumento de alcance extraterrestre. Aunque varía de un género a otro con versatilidad casi estresante, siempre he seguido con interés al intensamente imaginativo León Arsenal (¡qué buen seudónimo!) desde que en 2004 formé parte del jurado que le concedió el Premio Minotauro por Máscaras de matar. Una declaración de fe: estoy seguro de que hay muchos más, jóvenes y nuevos, que yo no conozco a causa de ser más dado a releer que a leer, por la culpa combinada del hedonismo que no se arriesga y la vejez que tampoco. Pero ahora lo confieso, como don Quijote en la playa fatal bajo la lanza del conjurado, “porque no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad”.
Cuando estaba escribiendo estas líneas, murió Ray Harryhausen, el mago paciente e ingenuo de los únicos efectos especiales cinematográficos que jamás olvidaré. Sobrevivió solo poco más de un año a Ray Bradbury, su compañero de instituto y amigo de toda la vida. A ambos les debo tantos momentos felices que renuncio a decirlo con palabras. En una entrevista al alimón, Harryhausen hablaba de su adolescencia con el otro Ray, rememoraba la fecha lejana en que se conocieron y empezaron a compartir gustos —dinosaurios, platillos volantes…— y concluía: “Desde entonces, hemos crecido juntos”. Bradbury le corrigió: “No, nos hemos criado juntos, pero no hemos crecido”. Soy uno de los muchos que hoy les recuerdan a ambos con gratitud, porque nos hemos criado con ellos, pero afortunadamente —¡Dios no lo permita!— sin crecer jamás.

PRENSA CULTURAL. Literatura fantástica: novedades.

Fotograma de la serie 'The walking dead'. ("El País")

   En "El País":

Cuando la realidad no se sostiene

Basta repasar las novedades para concluir que la literatura de género fantástico ha conquistado por lo menos el mismo sex appeal que la novela policiaca nórdica o el sadomasoquismo de bisutería

 25 MAY 2013

En El hombre en el castillo, una de sus obras mayores, Philip K. Dick nos convertía a todos nosotros —y a toda la segunda mitad del siglo XX— en una posibilidad imaginaria que ni siquiera coincidía al ciento por ciento con la realidad alternativa barajada por el hipotético escritor Hawthorne Abendsen. En La langosta se ha posado, la novela que escribía Abendsen de ese mundo posible donde el Eje había derrotado a las fuerzas aliadas en la Segunda Guerra Mundial, se describía un mundo donde la contienda se había resuelto a la inversa, pero con estimulantes divergencias con respecto a lo que, aquí y ahora, los libros de historia del siglo XX le siguen contando como hecho probado al lector de novelas de Philip K. Dick. El maestro de la ficción paranoica lograba la paradoja perfecta: lo real siempre será la ciencia ficción de alguien.
Aventuras en territorio Bin Laden

En Osama (RBA), el escritor de origen israelí Lavie Tidhar aplica la estrategia dickiana a la realidad extrema, apocalíptica y desesperada surgida tras las cenizas del 11-S: su protagonista, Joe, es un detective privado que recorre una sucesión de gélidos no lugares —salas de espera, andenes, zonas de embarque, pubs, fumaderos de opio, trenes, aviones—, mientras intenta averiguar la identidad de un escritor de novelas baratas, Mike Longshott, autor de la popular serie de ficción Osama Bin Laden: Vigilante. Joe acaba visitando un congreso de aficionados a las aventuras seudoliterarias del enigmático Bin Laden, donde se distribuyen fanzines dedicados “al estudio y al análisis del Osamaverso” y se organizan debates sobre el poder consolador de esos libros que encierran la brutalidad de esa guerra secreta entre Occidente y el integrismo islámico en el territorio de lo imaginario. La novela de Tidhar, una de las propuestas más singulares en la amplia oferta de ficción especulativa para la Feria del Libro, acaba recordando tanto a Dick como a las gélidas tonalidades de un clásico del cine de ciencia ficción tan anómalo e inmortal como La Jetée (1962), de Chris Marker. Construida a partir de imágenes estáticas, la película de Marker provocaba un efecto de extrañeza similar al que induce en el lector la prosa aséptica de Tidhar: en ambos trabajos, un amor trágico palpita bajo unas claves expresivas que aparentan neutralizar toda pasión. El azar quiso que el escritor estuviese cerca, al menos en cuatro ocasiones, de diversos atentados cometidos por Al Qaeda. En su caso, la ciencia ficción ha sido un instrumento para el exorcismo personal, desacreditando el extendido prejuicio que solo contempla los usos escapistas de la mejor literatura fantástica. Sí, lo fantástico en sus más diversas formas —el terror, la ciencia ficción, la fantasía (heroica o no) y los diversos cruces entre todos estos extremos— sirve para abrir puertas a realidades aumentadas, consoladoras o perturbadoras, pero también sirve para transmitirnos la idea de que el suelo que pisamos no es necesariamente un territorio estable.
Universo ‘crossover’

Basta recorrer los estantes de novedades editoriales para sacar la conclusión de que la literatura de género fantástico ha conquistado por lo menos el mismo sex appeal de mercado que la novela policiaca nórdica o el sadomasoquismo de bisutería. Conviene resistir la tentación de sacarse de la manga la socorrida explicación ready made de que, en tiempos de crisis y cotidianidades desalentadoras, los otros mundos suben su cotización en el mercado de valores simbólicos. Probablemente, detrás del fenómeno haya razones más prosaicas que tengan que ver con la eficacia de unas estrategias de marketing capaces de ampliar el mercado más allá del tradicional público especializado. La literatura fantástica abandona el gueto del fandom y los territorios exclusivos (que no excluyentes) de los círculos de iniciados, aunque, para ello, tenga que pagar el precio de su propia identidad: convertirse, en definitiva, en ficción de género cruzada con novela rosa, en terror para quienes no toleran el terror o en ciencia ficción para quienes arrugarían el morro ante el postulado teórico más elemental de la física cuántica… del mismo modo que, en el contexto de la literatura erótica superventas, el sadomasoquismo ha acabado situándose más cerca de la sección de picardías de unos grandes almacenes que del influjo del Divino Marqués. Por otro lado, no es menos cierto que otros fenómenos masivos de la cultura popular —en especial, el auge de la nueva ficción televisiva— han democratizado rituales y estrategias —de la fan fiction a la vocación transmedia, pasando por la lujuria hermenéutica— que tradicionalmente estaban asociados a la línea dura de la afición a las ficciones de género: en otras palabras, lo que antes era considerado friki (odioso término, por cierto), es cada vez más mainstream. La aparición de una nueva editorial como Oz resulta, en este sentido, de lo más sintomática: en su un tanto disuasoria retórica promocional, hablan de “libros crossover de género fantasy, épica, distopía, romántica paranormal, young adult y ciencia ficción para todos los públicos”. Los primeros títulos de la colección —Susurros, de A. G. Howard, autora que aspira a enmendarle la plana al mismísimo Lewis Carroll proponiendo un País de las Maravillas más oscuro (sic); Los indeseables, primera entrega de las Crónicas de Haven, de Maureen McGowan, y La hermandad Hojanegra, de J. A. Ramírez— confirman que Oz encontrará a su público objetivo entre quienes no sean susceptibles de desarrollar sarpullidos al leer sus notas promocionales.
Más allá de ‘Juego de tronos’

La buena noticia para el aficionado riguroso es que, entre la avalancha de simulacros, domesticadas formas híbridas y propuestas de usar y tirar, surgen estimulantes anomalías, se recuperan clásicos y se traducen, con encomiable puntualidad, algunas valiosas novedades. El lector español está acostumbrado a tocar madera ante la periódica llegada del infortunio: cuando Minotauro pasó de manos de su fundador Francisco Porrúa al grupo Planeta, la línea editorial se escoró hacia el mainstream, se incrementó el ritmo de novedades, se alentó la producción nacional y se condenaron a un limbo del que aún no han salido libros tan esperados como la última entrega de la saga El libro del Sol Largo, de Gene Wolfe —pese a que la traducción de Marcelo Cohen llevaba tiempo entregada— o la edición de los Cuentos Completos de J. G. Ballard. Por eso, cuando aparecen nuevas colecciones especializadas como Literatura Fantástica de RBA, el acto reflejo es lanzar un deseo al infinito para que la cosa dure. Sobre todo, para que se mantenga el acierto de una filosofía editorial que juega a proponer estimulantes diálogos entre clásicos y contemporáneos, como el que establecen la reciente edición, con prólogo de Jacinto Antón, de las tres novelas de ciencia ficción más emblemáticas de H. G. Wells y la nueva traducción de la vibrante La máquina espacial, de Christopher Priest, donde el autor de El prestigio juega a hibridar La guerra de los mundosLa máquina del tiempo. Otra plegaria del verdadero creyente en el género pasa por desear que se perpetúe la buena estrella de la independiente editorial Gigamesh, la casa de Juego de tronos, que, lejos de dormirse en los laureles de la bendición Martin, sigue ampliando el acceso al resto de referencias del autor: las esperadas reediciones de bolsillo de la famosa saga de los Siete Reinos llegarán a la Feria del Libro mientras se dan las últimas correcciones a Híbridos y engendros, segunda entrega de la autobiografía literaria de George R. R. Martin.
Zombis con acné

El productor cinematográfico Herman Cohen fue quien subrayó de manera más explícita el vínculo entre la estética de lo monstruoso que dominaba la serie B de los cincuenta y las perturbaciones —cutáneas, hormonales y espirituales— de la adolescencia en títulos como Yo fui un hombre lobo adolescente y I Was a Teenage Frankenstein (ambas de 1957). Laura Fernández recoge ese testigo, sin que nadie pueda confundirla con un émulo de Stéphenie Meyer, en La chica zombie (Seix Barral), su nueva novela tras esa Wendolin Kramer que aplicaba la misma mirada iconoclasta sobre el arquetipo de la superheroína. Solo cabría desear en esta novela de estilo eléctrico que uno pudiera inferir los referentes que maneja la autora —Coover, Brautigan, Vonnegut— de la lectura del libro y no extraerlos de lo que subraya el texto de contraportada. Junto a El despertar (Timun Mas), de Elio Quiroga, aparecida hace ya algunos meses, pero, sin duda, merecedora de mayor atención, novela que asociaba la zombificación a un proceso de autoafirmación posfeminista, La chica zombie bien podría ser el gran perro verde de la ficción de muertos vivientes escrita en nuestro país.