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jueves, 21 de abril de 2016

NOVELA. Sobre "Don Quijote". Francisco Rico

   En "Babelia":

‘Don Quijote’, es decir, la historia de la novela

El libro y su protagonista ilustran en grado supremo la dimensión narrativa de la vida provocando a un tiempo la risa y la adhesión con la tranquilizadora distancia de la ficción




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Ilustración de Fernando Vicente.

Se ha dicho que toda filosofía es una nota a pie de página de Platón. Puede decirse que toda la ficción en prosa es una variación sobre ‘el tema del Quijote. Es muy cierto el juicio de Lionel Trilling, y en parte se entiende porque ‘el tema delQuijote’ tiene mucho que ver con las raíces mismas de la ficción como dimensión constitutiva del ser humano y como sustancia primordial de toda literatura.
La más difundida de todas las interpretaciones del Quijote, hasta el punto de convertirse en la explicación estándar que en principio viene acompañando durante dos siglos a quien se dispone a leerlo por primera vez, la dio el romanticismo alemán: en palabras de Schelling, el tema de la obra es “das Reale im Kampf mit dem Idealem”, ‘la lucha de lo real con lo ideal’. Hay un fondo indudable de verdad en esa interpretación, pero si hubiera que proponer un núcleo último de significación, una significación a todas luces no buscada por Cervantes y sin embargo admisible sin la menor violencia, yo personalmente me atrevería a razonar que don Quijote ilustra en grado superlativo un rasgo fundamental de la condición humana.
Vivir, en efecto, es contar, ir contándonos historias. La más modesta acción cotidiana, no digamos si crucial, supone imaginar una narración en que nos corresponde el papel de protagonistas, ponerla a prueba frente a los condicionamientos de las circunstancias, para volvérnosla luego a contar dentro de una trama más compleja, mejor estructurada. Don Quijote y el Quijote ilustran en grado supremo, digo, esa dimensión constitutivamente narrativa de la vida, y la ilustran provocándonos a un tiempo la risa y la adhesión, llevándonos a contemplarlos con la cercanía de nuestros propios relatos, pero con la tranquilizadora distancia de la ficción.
Ese trasfondo universal, esa referencia más o menos implícita del Quijote a una constante de la condición humana, reviste en él la forma de polémica literaria, en la medida en que confronta las dos grandes direcciones de la especie de ficción que actualmente llamamos novela, en principio autónomas: una antigua, inmemorial, la otra sustancialmente moderna.


Con una modernidad perenne, este texto se configura así como un completo universo a la vez de realidad y de literatura

La antigua se centra en el relato de sucesos y pasiones extraordinarias, protagonizado por personajes que reúnen perfecciones de todo orden y se mueven en escenarios inaccesibles para el común de las gentes, a menudo con elementos fantásticos o sobrenaturales, en un mundo de nítidas jerarquías y fronteras entre el bien y el mal. Cervantes ha empezado justamente su carrera con una de las variedades de esa especie, La Galatea (1585), en la línea de la fábula pastoril de filiación clásica asociada con el relato sentimental de la tardía Edad Media. Y su última obra serán Los trabajos de Persiles y Sigismunda (1617), con su incesante despliegue de peripecias (raptos, naufragios, maravillas...) que complican el destino de los dos jóvenes y modélicos enamorados.
Al margen de esa tradición milenaria, desde el siglo XVI fluye independientemente otra modalidad de escritura: las ficciones que se presentan como relatos de hechos reales, efectivamente acaecidos; cuya acción se desarrolla entre las cosas y personas de la vida diaria, y que adoptan las formas corrientes en los escritos del mundo real: cartas, memorias, biografías, relaciones, crónicas..., unas veces en primera persona, como en el Lazarillo de Tormes o en la picaresca, y otras en tercera persona, como en el Diario del año de la peste de Defoe o en las biografías inglesas de criminales.
Pues bien: la historia de la novela es la historia de la confluencia del antiguo ideal romancesco y una narrativa moderna inspirada por la ficción pseudo-real, una confluencia en la que será aquél quien a la larga más honda y perdurablemente acoja las propuestas y los procedimientos de ésta. La culminación del proceso sólo se alcanza cuando la estética más prestigiosa en los siglos XIX y XX acoge en su marco y superpone a título de iguales la ficción pseudo-real, los simulacros de prosa de hechos reales, y las especies de ficción que hasta entonces había tenido como propias el establishment literario. Pero todo ese proceso está prefigurado ya en el Quijote: el Quijote adelanta, contiene y en medida importante inventa (no temamos decirlo: inventa) no ya la novela, sino la historia de la novela.


El Quijote ensancha con categorías nuevas el espacio de la ficción pero, se diría, sin desechar ninguna de las viejas

Por otra parte, la novela se nos presenta hoy como la forma por excelencia híbrida, polifónica, para decirlo con Bajtin, o, en la fórmula de Marthe Robert, “totalitaria”: el género de géneros, el cajón de sastre donde se mezclan y conviven todas las modalidades literarias y expresivas. El Quijote, a la altura de su tiempo, concuerda sustancialmente con esa concepción de la novela que llegó a formarse el siglo XX.
El Quijote ensancha con categorías nuevas el espacio de la ficción, pero, se diría, sin desechar ninguna de las viejas. De la teoría clásica le viene el problema capital de cómo concertar la admiratio con la verosimilitud. El grand roman está reelaborado no sólo en diálogo crítico con los libros de caballerías, sino en episodios pastoriles como el de Grisóstomo y Marcela o en las aventuras del Capitán Cautivo. El relato folkórico y la novella corta a la italiana se emulan al par que se critican, por ejemplo, en el cuento de Lope Ruiz (I, 20) y en El curioso impertinente.
Si en la Primera parte (1605) los materiales de diversas tradiciones tienden a yuxtaponerse, al arrimo de la noción renacentista de que la varietas es fuente a la vez de verdad y de belleza, la Segunda (1615), sin renunciar a ellos, los ensambla en un hilo conductor que enlaza desde el trasmundo onírico de la Cueva de Montesinos hasta la crónica de actualidad de Roque Guinart, pasando por la farsa cortesana de los Duques. La mise en abîme y la metaficción tienen en la Segunda parte un papel sobresaliente a través de las conspicuas referencias a la Primera y a la continuación del apócrifo Avellaneda.
Todos los géneros y los estilos literarios, del teatro a la épica, y todos los tipos de discurso, de la pieza oratoria al documento legal, se someten a revisión. Todos los niveles del lenguaje, en fin, de los artificiosos arcaísmos del caballero a la fraseología popular de Sancho, se conciertan con la prosa limpia y natural que da el tono de la narración, en una fascinante polifonía. Con una modernidad perenne, el Quijote se configura, así, como un completo universo a la vez de realidad y de literatura.

viernes, 29 de enero de 2016

LITERATURA. Sobre "Don Quijote": "Un libro divertido y sencillo". Francisco Rico

   En "El País":

Un libro divertido y sencillo

El éxito editorial del Quijote no tiene parangón en la historia de las letras europeas

Ilustración de Gustave Doré para 'El Quijote'.
Ilustración de Gustave Doré para 'El Quijote'.
El éxito editorial del Quijote no tiene parangón en la historia de las letras europeas. La colección canónica del teatro de Shakespeare, el First Folio de 1623, se reimprime nueve años después y no reaparece hasta 1663; en el ínterin, tampoco se publican sino tres obras sueltas, contempladas ya como antiguallas del “old Shakespeare”. En todo el siglo XVII, el escritor ‘nacional’, el poeta italiano por excelencia, es todavía Petrarca, y la Commedia dantesca se asoma a las prensas sólo tres veces.
El Quijote no ha conocido eclipses similares. En sus dos primeros decenios rozó la veintena de ediciones; entre 1625 y 1635 sufrió en Castilla el veto general de estampar novelas y comedias, pero siguió viendo la luz en las traducciones, y desde entonces apenas ha pasado año sin ser impreso, una o muchas veces, en español o en otras lenguas y sin que su valoración dejara de caminar in crescendo. Si Lope de Vega lo juzgaba indigno de merecer unos versos de elogio, con el tiempo se ha vuelto común, casi trivial, otorgarle la etiqueta que Cervantes asignó a otra novela española: “el mejor libro del mundo”. Así lo saludan ya en nuestro milenio encuestas de The New York Times y EL PAÍS, el Club del Libro noruego o The Guardian, avalados por escritores y críticos del máximo prestigio
Cuál es la clave de tan buena estrella no creo que nadie pueda averiguarlo con certeza. El aprecio para una obra de ficción lo consigue el autor con procedimientos literarios, pero la regla general es que el lector no lo conceda por razones literarias, sino, digamos, humanas, del mismo género de las que lo mueven a estimar otras realidades no literarias. Quizá va por ahí la pista más segura para explicar la fortuna universal del Quijote: la fascinación que produce la figura del protagonista (con la silueta de Cervantes al trasluz), siempre radicalmente inverosímil y absolutamente natural. Según la temprana descripción de Guillén de Castro, el héroe despierta inevitable e inseparablemente “lástima y amistad”. El caballero andante loco, desaforado, grotesco, y el Alonso Quijano lúcido, sensato e irreprochable, suscitan idéntica simpatía, y el deleite que provoca la novela consiste notablemente en el ir y venir del uno al otro, entre las acciones nacidas de la locura y las palabras inspiradas por la lucidez. Otro tanto cabría decir de Sancho, y también glosarlo indefinidamente.

El Quijote no ha conocido eclipses en su divulgación. La clave de su estrella no se sabe a ciencia cierta

El Quijote es muchas cosas, que cada época ha valorado en diversa medida. El lector moderno tal vez se impacienta con la novelita pastoral de Cardenio, pero no otro fue el episodio que Shakespeare se complació en escenificar en un drama ¿perdido? No obstante, por encima de contener todas las posibilidades de la futura narrativa, es en primer término una historia cómica, un libro que siempre se ha juzgado enormemente divertido. No faltan la ironía y el gracejo apacible, pero no nos engañemos: el suyo es principalmente un humor de sal gruesa, de slapstick, bromas pesadas, garrotazo y tente tieso. En tal elementalidad, como de dibujos animados, radica considerablemente la excepcional acogida que se le ha dado a lo largo de cuatro siglos. Vale la pena recordar, con el gran Leo Spitzer, que “en Europa Don Quijote es ante todo un libro para niños”.
En línea con esa comicidad primaria está la evidencia de que la novela “es tan clara, que no hay cosa que dificultar en ella”, nada que no se comprenda en seguida: “los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran” (II, 3). El testimonio de Sansón Carrasco parece convincente: si la obra de Cervantes ha sido “tan trillada y tan leída y tan sabida de todo género de gentes”, tiene que ser muy transparente y muy sencilla. En la acción, ni raras enseñanzas ni mensajes trascendentes. Las moralejas y las disquisiciones teóricas son uniformemente las de un sentido común que nadie en sus cabales puede rechazar y a nadie disgustar.
Et pourtant... Sin embargo, en ningún otro libro se ha hallado, como apuntaba Ortega, “tan grande poder de alusiones simbólicas al sentido de la vida”. Conviene aquí tener presente que el Quijote es un texto y es un mito, independiente del texto, no sujeto a él, y que hoy resulta casi imposible abordarlo sin falsillas previas. Las más pertinaces las fijó el romanticismo alemán: el tema de la obra, definía Schelling, es “la lucha de lo real con lo ideal”. ¿Por qué no? A mí me gusta lucubrar que El Quijote ilustra en grado soberano un aspecto esencial de la condición humana: vivir contándonos a todo propósito historias sobre nosotros mismos que se enfrentan con las limitaciones y condicionamientos de las circunstancias. Refútelo quien quiera. Porque, como fuere, la invitación a ir más allá de la letra, y aun a postergarla, forma parte de la grandeza y la vigencia del Quijote.

jueves, 23 de abril de 2015

PRENSA CULTURAL. Sobre Cervantes. "Muerte, sepultura y purgatorio". Francisco Rico

   En "El País":

Muerte, sepultura y purgatorio

Francisco Rico, académico de la Lengua, inicia hoy una serie de artículos sobre Cervantes

El autor irá glosando claves y pistas de la vida y la obra del escritor


EDUARDO ARROYO

Para mañana, 23 de abril, a las siete y media de la tarde, la Real Academia Española invita a un “solemne funeral por D. Miguel de Cervantes Saavedra y cuantos cultivaron las letras hispanas”. Después de la batalla por la alcaldía de Madrid que se ha reñido con los hipotéticos restos del novelista, es de esperar que la asistencia no se reduzca a la habitual de algunos académicos y dos o tres devotos (con una sola devota), sino que abarrote el templo de la vieja calle de Cantarranas. Ello debiera convencer al municipio de que lo sensato es contribuir a que la Iglesia de las Trinitarias se conserve primorosa, reconociéndola como lo que es, toda ella tumba de Cervantes (y despintándole las enaguas al Cristo), en vez de gastarse los cuartos en una urna con huesos surtidos.
La misa de la Academia coincide hogaño con el 23 de abril. Es el día que desde 1749, cuando Blas Nasarre exhumó el documento que parece decirlo, viene dándose normalmente como el de la muerte del escritor. La errónea noticia se ha aderezado de ordinario agregando que Shakespeare murió asimismo un 23 de abril, aunque de otro calendario, y desde hace poco indicando que ése es también el cabo de año del Inca Garcilaso. En realidad, lo que anotó el libro de registros de la parroquia correspondiente (San Sebastián, en la calle de Atocha) fue lo regular para el caso: no la fecha del fallecimiento, sino la del sepelio, al día siguiente. Cervantes, pues, no murió el 23, sino el 22 de abril de 1616.
Es una nimiedad, pero mejor dejarlo claro. Con todo, el dato de veras significativo del aducido libro es que Miguel “mandó dos misas del alma”. ¡Dos sencillas misas sólo, cuando quienes podían las encargaban por docenas o aun centenares! Junto a la prisa por acabar el segundo Quijote e imprimir obras que tenía en el cajón desde decenios atrás, como las Novelas ejemplares (1613) y el teatro (1615), pocas cosas sugieren mejor las estrecheces de sus últimos años.
A esas dos misas no me consta que se hayan añadido otras que las que desde 1861 viene dedicándole anualmente la Real Academia Española. No faltará quien se lo reproche a ésta, alegando que lo suyo es observar un estricto laicismo y no promover actos de ninguna religión. Ojo aquí: la Academia es una asociación de base privada, cuya relevancia pública, sin embargo, justifica que el gobierno intervenga en asuntos como la aprobación de sus estatutos. Como sea, al ofrecerle una misa no hace ninguna profesión de fe, antes bien se limita a cumplir la voluntad del autor, quién sabe si respetada por sus deudos. Con todo, ¿se ha cerciorado la Academia de que su misa es de las que pueden conseguir indulgencia plenaria para el alma del difunto? Porque bueno estaría abrumar a Cervantes de homenajes y acaso dejarlo aburrido varios siglos en el Purgatorio.
Francisco Rico, cuya edición renovada del Quijote acaba de publicar Alfaguara, irá comentando las efemérides cervantinas de 2015 y 2016.

sábado, 26 de abril de 2014

LITERATURA. Sobre "El Lazarillo". Francisco Rico


   En la revista "Mercurio" (número 136. Diciembre 2011):

COMO UN BILLETE FALSO

"La aparición del Lazarillo de Tormes supone la mayor revolución literaria desde la Grecia clásica"

FRANCISCO RICO

 Lo primero que hay que recordar cuando se habla del Lazarillo de Tormes estriba en que el libro es una maravilla de humor, de ingenio y de humanidad, y que rebosa una ironía benévola y sin embargo implacable, presidida como está por la visión de un mundo en el que todo es relativo.
A continuación vale la pena realzar su extraordinaria originalidad: en los veinte y pico siglos de la literatura occidental no se había escrito otra narración como esa que al mediar el Quinientos llegaba a las manos de los españoles (y pronto de todos los europeos), porque posiblemente ninguna había tratado nunca antes a un personaje de la pobre categoría de Lázaro con una atención tan amplia y tan extremada, tan respetuosa con el punto de vista que un individuo en sus condiciones podría haber tenido de sí mismo, y tan centrada en la materialidad y en las minucias cotidianas de la existencia.
Por desgracia, el aspecto que en los últimos años con mayor frecuencia ha traído el Lazarillo a la actualidad (y hasta a la crónica amarilla) no ha sido ninguno de ésos, sino la cuestión de quién fue el autor. La respuesta puede ser tajante: no lo sabemos, y ninguno de los indicios accesibles posee ni la suficiente ni aun la mínima capacidad de convicción.
El Lazarillo, por tanto, ¿es un libro anónimo? La respuesta se vuelve ahora resbaladiza: sí y no, según se mire. Sí es un libro anónimo, cierto, si lo contemplamos desde fuera, con la mirada externa de la historiografía literaria. No lo es, porque quien lo escribiera ni quería ni en última instancia podía firmarlo, so pena de hacerle perder gran parte de su novedad y de su atractivo.
De hecho, si lo vemos con los ojos del autor real y tal como lo recibió el público de su tiempo, la obra va firmada desde la portada. El título (inventado por el editor) rezaba ahí La vida de Lazarillo de Tormes; el texto comenzaba rotundamente con un pronombre: “Yo por bien tengo…”; y en el principio del relato propiamente dicho se leía: “Pues sepa Vuestra Merced, ante todas cosas, que a mí llaman Lázaro de Tormes”. Vale decir: el libro se presentaba como si fuera la autobiografía verdadera y veraz de un Lázaro de Tormes (Lázaro, no “Lazarillo”) de carne y hueso.
Entendemos que al autor real no se le pasara por la cabeza revelarnos su nombre, que sigue ocultándosenos, y que el Lazarillo, en rigor, no sea tanto un libro anónimo, de pluma ignorada, como, más exactamente, un libro apócrifo, atribuido a un falso autor, el propio protagonista. La gracia y la sustancia del relato están en su propósito de aparecer como historia auténtica, no ficción imaginada. Era una autobiografía fidedigna como un billete falso.
Nos consta que no se conocía ninguna otra narración en prosa con el insólito y ambiguo modo de ser del Lazarillo de Tormes. Porque el tal libro ¿era historia o era ficción? Ficción nadie lo diría, porque hacia 1553 no tenía curso corriente ningún género de prosa de imaginación que se atuviera íntegramente a los criterios de probabilidad, experiencia y sentido común que gobiernan la vida y el lenguaje de todos los días. Nada de cuanto en la obra se refería llevaba a pensar en los temas y en los modos distintivos de la ficción literaria en la edad del Renacimiento. Todo, por el contrario, estaba poblado de cosas y personas tan vulgares, tan naturales y en apariencia tan verdaderas, que en la época no podían despertar ninguna sospecha de ser pura creación de un fabulador.
Todo, digo, salvo un primer detalle: todavía en los comienzos de su carta, Lázaro contaba el amancebamiento de su madre con un esclavo negro. Lo hacía con delicadeza y afecto, pero no lo encubría. Y ¿quién en el siglo XVI se hubiera atrevido a escribirlo poco menos que con todas las letras? El dato no podía sino levantar un serio recelo: ¿no sería todo aquello una patraña? A partir de ese momento el lector forzosamente tenía que escudriñar el texto con cien ojos, decidido a comprobar si en alguna otra parte se infringía la presunción de veracidad con que lo había empezado. Pero a partir de ahí, y hasta la página final, a Lázaro no volvía a escapársele ni una línea que pudiera tacharse de inverosímil o inaceptable.
La duda se desvanecía en los dos últimos folios, donde el narrador descubría otro episodio paralelo pero aun más vergonzoso que los amores de su madre: las relaciones de su mujer y el Arcipreste. Pero hasta llegar al desenlace el lector había de sentirse obligado a seguir el relato con la sospecha de que todo él podría ser mentira, pero comprobando a cada paso que nada dejaba de parecer verdad.
El Lazarillo lograba así que por primera vez en la literatura de Occidente una narración en prosa fuera leída a la vez como ficción y de acuerdo con una sostenida exigencia de verosimilitud. Era la mayor revolución literaria desde la Grecia Clásica: la novela realista.

miércoles, 3 de julio de 2013

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "Cardenno, o las siete vidas del clásico", por Francisco Rico

Francisco Rico

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Cardenno, o las siete vidas del clásico

FRANCISCO RICO 17/12/2011

   A la pregunta "¿qué es un clásico?" se le ha dado, desde el Parnaso, un sinnúmero de respuestas de seductora profundidad. Yo tiendo a proponer un par a ras de tierra. Un clásico es una obra que sigue estando en las buenas librerías setenta años después, cuando menos, de la muerte del autor. Es, también, una obra que se conoce sin necesidad de haberla leído, porque pervive principalmente en versiones derivadas de la original: traducciones, recreaciones, presencias en otros textos, pinturas, óperas, adaptaciones al cine, al cómic... Nada podría ilustrarlo mejor que el último libro de Roger Chartier, Cardenio entre Cervantès et Shakespeare. Histoire d'une pièce perdue (Gallimard; trad. esp., Gedisa, en prensa). El núcleo de la magna pesquisa de Chartier es un texto que hoy no existe: una tragicomedia, Cardenno (o tal vez Cardenna, o acaso The History of Cardenio), representada en 1613 e inspirada en unos capítulos del Quijote, que al mediar el siglo se decía compuesta "by M Fletcher & Shakespeare". Ni existe hoy, digo, ni en rigor podría existir el texto de Cardenno. Una obra de teatro de la época isabelina (o del Siglo de Oro) con frecuencia nacía de una azarosa colaboración entre varios ingenios, que daban por descontado que sufriría las revisiones de la censura, sería retocada por el director de la compañía, ajustada al público de cada representación, a las idoneidades de cada actor..., para acabar siendo de todos y de ninguno. En vano nos ilusionamos pensando en un único texto: comenzando por el título, una pieza dramática de entonces es una multitud de textos; y cuando se publica, en especial si lo hace el autor, quizá esté ya dejando de ser dramática. Las historias de Cardenio y Luscinda, de Dorotea y Fernando, se cuentan en el Quijote (I, 24-36) entrelazadas con las aventuras del protagonista en Sierra Morena. No sorprende que atrajeran a Shakespeare y Flechter (o a quienes les encargaran la tarea), porque tienen todos los ingredientes que ambos se sabían de carrerilla: pasiones sublimes, seducciones, bodas impuestas, encuentros y desencuentros, y al final el triunfo del amor y la nobleza, con matrimonios por partida doble. Era un modelo impecable para una romantic comedy, una obra de género. El género no se cuenta entre los preferidos en nuestros días, pero los lectores de otro tiempo admiraban el arte de Cervantes para introducir perspectivas y matices singulares en los esquemas convencionales, y en el Quijote buscaban las narraciones y novelle intercaladas con tanto o mayor gusto que los lances del caballero y el escudero. Donde ahora nos atraen más los hilos que enlazan el conjunto como tal, ellos tendían a ver un repertorio de ficciones variadas. Entendemos que los dos primeros elementos del Quijote en subir a las tablas fueran esos relatos un tanto ajenos a la acción principal: el del "curioso impertinente" gracias a Thomas Middleton, y el de Cardenio y compañía de la mano de Guillén de Castro, Flechter & Shakespeare y "Sieur Pichou". La atención de Chartier se centra en el Cardenno inglés, cuyos avatares estudia del 20 de mayo de 1613 al 6 de octubre del 2011 (sí) y hasta un futuro festival de Almagro. En una indagación magistral, escrita con la inmensa erudición, la limpidez de estilo y el talento para la síntesis que bien se conocen en España, el autor sigue el rastro de la "pieza perdida" desde el estreno en Londres por los King's Men. El recorrido tiene etapas y estampas de tanto interés como los dramas compuestos al alimón por Flechter & Shakespeare o las razones de que Cardenno no llegara a la imprenta. Es ante el capítulo sobre Lewis Theobald, que en 1728 publicó la que afirmaba ser la versión original de la obra, restaurada por él mismo, y sobre su fortuna posterior, hasta el estupendo esfuerzo de Gary Taylor por reconstruir y a la vez crear sobre esa base el texto primitivo. Pero no lo son menos las noticias sobre el presunto hallazgo del manuscrito shakesperiano en la realidad, en la novela y en la escena. Esas y muchas otras páginas, con todo, no se limitan escuetamente a los temas en consideración, antes bien se amplían sistemáticamente en círculos concéntricos o se ahondan en calas de detalle para mostrar las circunstancias y peculiaridades de cada caso y ofrecer, en suma, una admirable imagen de los caminos del Quijote: el único libro europeo que ha sido un best seller sostenido a lo largo de cuatrocientos años. A tantas cosas como se deben a Roger Chartier, hemos de añadir ahora esta espléndida demostración de que un clásico no es la obra inmutable que a menudo se imagina, sino más bien, al contrario, un texto plástico, proteico, que vive "en variantes" (para decirlo con Menéndez Pidal) o, si se quiere, que tiene más vidas que un gato.

   Cardenio entre Cervantès et Shakespeare. Histoire d'une pièce perdue, Roger Chartier. Gallimard. París, 2011. 400 páginas. 15,90 francos. Trad. esp. Gedisa, en prensa. Francisco Rico (Barcelona, 1942) es director de la Biblioteca Clásica de la Real Academia Española.

miércoles, 13 de febrero de 2013

PRENSA. "Papeles de 'Bárcenas' (rudimentos de filología)". Francisco Rico

Francisco Rico

   En "El País":

Papeles de “Bárcenas” (rudimentos de filología)

La primera cuestión es si los famosos apuntes son de una mano o de varias

 9 FEB 2013

No comparto la sorpresa ni el escándalo de la mayor parte de la sociedad española ante los hechos que apuntan los papeles de “Bárcenas”. Desvíos de fondos, sobornos y sobre(sueldo)s opacos son cosas que doy por supuestas. En la cúpula del PP, en el Vaticano y en cualquier lugar donde entren y salgan dineros habrá siempre quienes si entienden que pueden pillar, algunos con poco riesgo acabarán haciéndolo. Caso por caso, se trata además de unas migajas, de hurtos menores. La puerta a la gran corrupción, la corrupción sistémica, una de las causas determinantes de la burbuja inmobiliaria, la abrió José María Aznar con la Ley del Suelo de 1998.
A nadie sorprenda, en cambio, que haya puesto “Bárcenas” entre comillas. Es un uso corriente cuando se aduce una palabra con un sentido especial, y en filología cuando se habla de una autoría discutible (pongamos que la de “Cristóbal de Villalón” para el Viaje de Turquía). Y, descartado el fondo del asunto, por trivial, a mí me ocurre que no sé ver los famosos papeles con otros ojos que los del filólogo. Daré solo tres ejemplos.
La filología comienza por la crítica del documento a partir de la forma. La primera cuestión es si los famosos apuntes contables son de una sola mano o de varias. No es tarea tan sencilla como podría parecer. “Expertus loquor”. En efecto, la parte principal de mi trabajo como estudioso la he dedicado a Francesco Petrarca. Petrarca cuenta muchas cosas de sí mismo, calla bastante más y en buena medida las tergiversa todas. Por ahí, a menudo, una de las vías esenciales al conocimiento de su biografía no son tanto sus confesiones expresas como las notas marginales que fue dejando en los libros que leía. Pero esas notas se mezclan en los códices con las de otros poseedores de los manuscritos y es preciso discernir a cuál de ellos pertenece cada una. La empresa se complica porque a lo largo de la vida la caligrafía de Petrarca, como todas, fue cambiando notablemente.
Ahora bien, para volver a los apuntes de marras: si son de una misma mano, y extendiéndose como dicen de 1990 a 2008, es inevitable que ofrezcan cambios más o menos marcados y por ende se presten a dudas sobre la identificación de la escritura. Pero aquí entra un indicio aún más revelador y que a propósito de Petrarca ha sido a veces resolutivo: el análisis de las tintas y los instrumentos escriptorios. Si nuestros apuntes no muestran diferencias en la composición y el estado de aquellas (más o menos tenue, mayor o menor oxidación, etcétera) y en el empleo de estos (estilográfica, bolígrafo, etcétera), puede darse por seguro que han sido inscritos de una sola tirada y por lo mismo no tienen por qué ser auténticos. Y entonces es lícito inferir que “Bárcenas” lo ha perpetrado con el designio de involucrar a altos cargos de su partido para protegerse las espaldas con el achaque de su complicidad.

De manera implícita, ¿Rajoy exonera a Bárcenas y por ende, se exonera a sí mismo?
Los datos internos, formales, han de conjugarse con los externos. Don Antonio Rodríguez-Moñino me enseñó hace medio siglo que cuando aparece un manuscrito inédito atribuido a un gran escritor o llamativo por otro concepto, pero cuya historia y procedencia se ignoran, son especialmente altas las posibilidades de que nos las hayamos con una falsificación. Pronto pude comprobar lo acertado de su dictamen. A la biblioteca de Yale había llegado un códice de venerable antigüedad con el anexo de un mapa de Vinlandia que en teoría mostraba que los vikingos habían pisado América mucho antes de 1492. Variadas razones y en concreto la observación de Moñino me hicieron desconfiar de la autenticidad del mapa, de manera que en una reseña publicada en Modern Language Notes (1967) me atreví a ironizar al respecto. La espectroscopia ha concluido después que la tinta no nos lleva más atrás de 1920 y pico. De los papeles de “Bárcenas” poco podremos saber mientras no nos conste el itinerario que han recorrido hasta la fecha.
Elemento fundamental para valorar el sentido y el alcance de un texto es la recepción que le dispensaron los contemporáneos. En el siglo XVII el Quijote fue un libro para reír a mandíbula batiente; los románticos lo leyeron con lágrimas en los ojos (y ambas cosas eran legítimas a su altura del tiempo). El testimonio crucial sobre la recepción de los papeles de “Bárcenas” es el del presidente del Gobierno y del Partido Popular, en el informe presentado al comité ejecutivo de este. “Cualquier deducción de irregularidad alguna en nuestro comportamiento a partir de los papeles apócrifos que motivan esta situación no responde a la verdad, es total y radicalmente falsa”, ha proclamado Rajoy. Y también: “Es falso. Todo lo que se ha dicho y todo lo que se pueda insinuar es falso”.
“Apócrifo” no es lo mismo que “falso”. Estoy cansado de repetir (en vano) que el Lazarillo no es una obra anónima, sino apócrifa, porque quien se nos ofrece como autor y protagonista es “Lázaro de Tormes”, aunque no podamos aceptar que realmente existiera un individuo de ese nombre. Cuando se predica de un hecho, “apócrifo” vale fabuloso, supuesto o fingido; pero si se refiere a un dicho, a un texto, significa más bien que se atribuye erróneamente a un autor, que es obra de dudosa autenticidad (DRAE).
¿Qué quiere decir, pues, el señor Presidente? ¿Que es falso el contenido de los papeles que corren asignados a don Luis Bárcenas Gutiérrez, pero que la atribución a este es incorrecta? Es la interpretación que invita a dar la llamativa ausencia de cualquier acusación y aun sombra de reproche a Bárcenas, a quien no en balde él mismo nombró o confirmó tesorero del partido y en quien largamente depositó su confianza. De manera implícita, ¿está el señor Presidente exonerando a Bárcenas de la autoría de los papeles y así, y jugándolo todo a una carta, exonerándose a sí mismo de cualquier responsabilidad?
De los papeles de “Bárcenas” habrá mucho que hablar. Con la perspectiva de la filología se podrá decir más de una palabra.
Francisco Rico es profesor de literatura en la Universidad Autónoma de Barcelona.

miércoles, 29 de junio de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "La cultura del texto", por Francisco Rico

Francisco Rico

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
La cultura del texto

FRANCISCO RICO 11/06/2011

   En Los enamoramientos, último ensayo-ficción de Javier Marías, el más interesante de los personajes episódicos monta en cólera cuando topa con una edición del Quijote plagada de errores como fortuna por fontana, gallegos por yangüeses o Pues no fue por Bueno fue.
   Santa cólera. Apenas existe en España una cultura del texto. Los aficionados a la música no se contentan con cualquier grabación, sino que buscan la más valiosa entre las muchas existentes. Las pinturas antiguas se someten a laboriosas restauraciones de especialistas para restituirles su apariencia original. ¿Por qué, entonces, no se trata a los clásicos con iguales exigencias? Una palabra ajena a la intención del autor, una frase que cojea, un agravio al sentido común, ¿son menos importantes que una nota desafinada o la tizne que esconde un tornasol? La Real Academia Española avala ahora con su autoridad una "Biblioteca Clásica" destinada a publicar las obras maestras de nuestra literatura en ediciones fieles a la más exigente cultura del texto.
   Una cultura a la que Marías presta homenaje poniendo en el centro de Los enamoramientos un dilema textual. En el trasfondo de toda la obra, y largamente evocado, está, en efecto, un relato breve de Balzac, Le colonel Chabert, en cuyas líneas finales el abogado Derville atestigua haber conocido horrores que ningún novelista podría imaginar: "He visto a mujeres darle al niño de un primer lecho gotas que debían traerle la muerte, a fin de enriquecer al hijo del amor".
   Así lo traduce Javier, el protagonista de Marías, orientado ("quizá") en sus lecturas y en sus designios criminales por el aludido personaje episódico. Pero cuando la narradora, María, se va al original francés, encuentra que habla de mujeres que dan al primer hijo gustos (goûts), no gotas (gouttes), que lo llevarán a la muerte.
   Todas las ediciones rezan goûts, mientras gouttes es una conjetura, del tipo que se consigna en un aparato crítico. Comprendemos sin embargo lo que hubo de pasar por la cabeza de Marías frente al pasaje citado. La frase de Balzac no cobra sentido si no se descifra como resumen de una trama, de una novela posible. Pero ¿qué gustos pueden ser los que se inculquen a un hijo para abocarlo a morir? La respuesta a tal perplejidad es una corrección textual que permite imaginar fácilmente la trama en cuestión: gotas, se entiende que de veneno (por más que ése sea un uso no documentado en La Comédie humaine).
   La narradora duda entre ambas posibilidades, como duda entre las varias versiones de su propia historia. Pero el tema que fascina a Javier Marías y que se constituye en núcleo de Los enamoramientos es el que depende de aceptar goûts en el texto: la "muerte maquinada", urdida pero no ejecutada, el "lento plan" para que "venga sola o caiga por su propio peso", en la percepción de que "es muy distinto causar la muerte... que prepararla", distinto "también que desearla, también que ordenarla", porque quien la fragua siempre podrá decirse: "¿Acaso estaba presente, acaso cogí la pistola, la cuchara, el puñal, lo que acabara con él? Ni siquiera estaba allí cuando murió".
   Una firme cultura del texto y una fina respuesta a los matices textuales inspiran, así, la soberbia novela de Marías en aspectos esenciales, más relevantes todavía que los sugeridos por el título. Ésas son también las virtudes que la Real Academia Española se propone fomentar con la nueva "Biblioteca Clásica" que desde hace casi dos siglos estaba entre sus obligaciones estatutarias y que ahora comienza con cuatro espléndidos volúmenes.
   Nunca con mayor oportunidad. Cada vez son menos quienes, sencillamente, saben hablar, leer y escribir: quienes son capaces de expresarse a sí mismos y entender a los demás con otra cosa que el idioma estándar al que los someten los medios, el poder, los leguleyos...
   El español se ahoga con la mordaza del lenguaje único. Sin ir más lejos, la metáfora y la hipérbole del estilo figurado, los juegos de palabras, la singularidad, la elegancia y la propiedad en el léxico, son ya incomprensibles para la mayoría. Frente a una lengua en ruinas, volver los ojos a la literatura, con los clásicos por delante, es toda una esperanza de riqueza y libertad.
   Francisco Rico (Barcelona, 1942), académico y catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona, es director de la 'Biblioteca Clásica de la Real Academia Española', de la que se han publicado los cuatro primeros volúmenes: Cantar del Mío Cid; Milagros de Nuestra señora, de Gonzalo de Berceo; Gramática sobre la Lengua Castellana, de Antonio de Nebrija, y La vida del Buscón, de Francisco de Quevedo (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores).

miércoles, 17 de junio de 2009

LECTURA. PRENSA. Entrevista digital a Francisco Rico, autor de la antología "Mil años de poesía europea"

(En la fotografía, el académico Francisco Rico)

En "elpais.com", los internautas han entrevistado a Francisco Rico. Mil años de poesía europea es una antología que abarca un milenio de los poemas de nuestro continente, que es como decir mil años de cultura europea. Pero, además, es el empeño de su autor, Francisco Rico, por hacer una obra única centrada en los autores y las obras cualitativamente indiscutibles con una edición bilingüe.