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lunes, 29 de febrero de 2016

PRENSA. "¿Cuál es ese islam que da miedo?". Tahar ben Jelloun

   En "El País":

¿Cuál es ese islam que da miedo?

Las atrocidades de los radicales demuestran el peligro de la interpretación literal del Corán


El líder del Estado Islámico, Abubaker al Bagdadí. / AP


¿Cuál es ese islam que da miedo? ¿De dónde viene? ¿Qué relación tiene con la realidad histórica y teológica? ¿Cómo se explica? No hay duda de que nos asusta, pues suscita preguntas, más aún al comprobar la fuerza con la que el terrorismo golpea en nombre del islam, donde y cuando quiere. Aunque la islamofobia sea real y preocupe a las sociedades europeas, solo es un aspecto más de la crisis desatada estos últimos años entre Occidente y una parte de Oriente.
El día en que un individuo que se hace llamar Al Bagdadi se autoproclamó califa, hace casi un año, y anunció la creación de un Estado Islámico (EI) con unas fronteras sin definir, ese día, se declaró la guerra a los musulmanes pacíficos, a los europeos y al resto del mundo. Nadie se tomó en serio su discurso. Nadie se puso a averiguar quién lo financia, quién le suministra tanto armamento, quién lo lleva hacia esa deriva cada vez más asesina. Se sabe que atracó los bancos de Mosul, que se apoderó de algunos pozos de petróleo y que vende el crudo en el mercado negro. Pero ello no basta para mantener un ejército y financiar a los grupos yihadistas procedentes de Europa y del mundo árabe.
Los musulmanes, como el resto del mundo, necesitan saber qué está pasando. ¿El comportamiento del EI lo justifica el islam? ¿Es una herejía? ¿Es pura invención de Al Bagdadi, quien, tras haber pasado por las cárceles iraquíes, quizá quiera justificar su sed de mal y de poder para reinar sobre los musulmanes del mundo?
Cuando consultamos el Corán y algunas de sus interpretaciones, resulta evidente que el islam experimentó diversas fases de combate y de violencia, principalmente en sus inicios. Algunas aleyas [versículos de Corán] ordenan luchar con las armas hasta que el islam triunfe. Coinciden justo después de la hégira deMahoma a Medina, en 622. El profeta tiene enemigos que no solo no creen en su mensaje, sino que intentan matarlo. La aleya 29 de la sura 9 [capítulo 9 del Corán] es clara, pero hay que leerla a la luz del contexto de entonces, y no del actual: “¡Combatid contra quienes, habiendo recibido la Escritura, no creen en Dios ni en el último Día, no prohíben lo que Dios y Su Enviado han prohibido, ni practican la religión verdadera, hasta que, humillados, paguen el tributo directamente!”. En esa misma sura, aleya 73, se dice: “¡Profeta! ¡Combate contra los infieles y los hipócritas, sé duro con ellos!”. Mahoma luchó contra sus adversarios, sobre todo contra los judíos de Medina y los adoradores de ídolos de piedra. El reconocimiento del mensaje divino siempre ha ido acompañado de dramas y tragedias. No hay más que ver la historia de las religiones. Pero aquello sucedía hace 15 siglos, en unas circunstancias y un contexto determinados, vinculados a la época en que las tribus de Arabia combatían entre ellas mucho antes de la llegada del islam.
El verdadero problema es que se invite al siglo VII a asentarse entre nosotros en la época moderna. Uno no puede desplazar los contextos y la historia a su antojo, según sus necesidades. En cambio, el EIactúa como si los 15 siglos que nos separan de la aparición del islam hubieran sido borrados de un sablazo mágico.
Aunque minoritarios, algunos musulmanes son conscientes de la urgente necesidad de introducir reformas, de revisar algunos textos que son inaplicables y se han quedado caducos en el siglo XXI. Son musulmanes que están a favor del laicismo, de la enseñanza de los principios de tolerancia y respeto del diferente desde la infancia, que están a favor de los valores humanistas, y desean un islam sosegado, tranquilo y reservado a la esfera privada.
Pero esos combatientes movidos por el odio han hecho una lectura literal del Corán, tomando al pie de la letra lo que ha sido revelado. ¡Fuera metáforas, símbolos, distancia, inteligencia! Esa lectura estrecha y simplista, falsa en definitiva, es la que por desgracia se impuso desde el siglo XVIII, desde que Mohamed Abdel Wahab, un teólogo saudí, aplicó el dogma de la sharía, que ha dado lugar a ese islam rígido e integrista denominado wahabismo. Arabia Saudí y Qatar siguen ese rito.
¿Cómo puede atraer ese mensaje brutal del EI a unos jóvenes europeos de cultura musulmana o conversos? Esa visión del islam y de sus promesas seduce a unos chicos de identidad poco consolidada que se imaginan que en ese combate hallarán su razón de ser y de vivir. El discurso y las acciones criminales de Al Bagdadi han sido posibles porque en la mayoría de los países musulmanes el sistema democrático y el Estado de derecho no están realmente establecidos; porque la sociedad occidental no ha dado una oportunidad a esos jóvenes de origen inmigrante, y ello ha facilitado que se sientan atraídos por la arriesgada aventura de la yihad; porque son percibidos como europeos de segundo orden y constatan que impugnar el sionismo y solidarizarse con los palestinos se considera antisemitismo; porque el discurso de los que los reclutan los convence, y suponen que han encontrado lo que les falta: una identidad que los reconforte y les dé seguridad. ¡Lo paradójico es que su razón de vivir los conduzca a morir como mártires con la promesa de un paraíso!

El Estado Islámico es rico y paga a sus combatientes con dinero contante y sonante
Algunos se van a Siria y a Irak por estos motivos, otros lo hacen por afán de aventura y por dinero. El EI es rico y paga a sus combatientes con dinero contante y sonante. El islam se extravía entre esas consideraciones, y así podemos ver a mujeres de negro, tapadas de la cabeza a los pies, que reprochan a otras, también cubiertas de arriba abajo, que el manto que las cubre no sea lo bastante tupido… Y en nombre de ese islam nostálgico de sus primeros tiempos, el EI ocupa la tercera parte de Irak y la cuarta parte de Siria. Es lo que la coalición internacional desearía evitar con sus bombardeos cada vez más intensos. Pero ahora ya sabemos que esas intervenciones no son eficaces y que la solución ha de llegar de los propios países musulmanes. Tardará en dar sus frutos, pero se podría empezar por pequeños y sencillos pasos, tales como revisar los manuales escolares, poner en práctica una pedagogía ambiciosa para luchar de manera profunda y objetiva contra la ignorancia, contra esas desviaciones que llevan al terrorismo y a ese miedo absurdo al islam y a los musulmanes.
Traducción de Malika Embarek López.
Tahar Ben Jelloun es escritor marroquí, ganador del premio Goncourt. Su nuevo libro se llama El islam que da miedo (Alianza).

domingo, 15 de marzo de 2015

PRENSA CULTURAL. Sobre "La ablación", novela de Tahar Ben Jelloun


   En "El País":

¿Es preciso contarlo todo?

‘La ablación`, de Ben Jelloun, describe la peripecia de una “vida sin líbido”

Un buen número de varones, alcanzada cierta edad, descubrimos en nuestro interior la existencia de una escondida glándula llamada próstata, a la que de joven se desdeña, por creerla poco menos que ornamental al lado de otros órganos esenciales del cuerpo masculino. Yo mismo tuve noticia fehaciente de ella hará casi 25 años, en una muestra de precocidad que más me habría gustado experimentar en la sabiduría o el amor. Pero no quiero hablar aquí de la mía, con la que mantengo una relación de estrecha vigilancia, recelo no exento de aprensión y análisis pormenorizado de sus alteraciones, un poco a la manera en que los financieros siguen las subidas y bajadas del índice bursátil. Un aviso lingüístico de lo que es la madurez llega cuando los hombres y las mujeres se ven obligados, por razones de precaución sanitaria, a conocer y hasta a utilizar en la vida corriente siglas y términos antes remotos o desconocidos. Por ejemplo, en el apartado que me corresponde, PSA, LMR, flujometría,hiperplasia, fotovaporización.
                  Todos ellos y alguno más alarmante aparecen nombrados en L´ablation (La ablación), un libro de gran interés de Tahar Ben Jelloun aparecido este año en Francia, sin traducción todavía, que yo sepa, al español. El autor lo llama récit, y en un prólogo explica que un amigo suyo matemático de profesión le rogó que escribiera su propia peripecia prostática sin embellecerla ni omitir detalles, por crudos que fueran. Ese ruego le produjo al escritor marroquí de expresión francesa un dilema: “¿era preciso, como mi amigo me lo pedía, contarlo todo, describirlo todo, revelarlo todo? Después de una reflexión, decidí no dejar nada de lado, entrar en su cabeza y ponerme en su piel”, aunque unos párrafos más adelante reconoce haber traicionado la misión de un escritor objetivo, pues “imaginando ciertas escenas, reinventándolas o adaptándolas al ritmo del relato en algunos momentos, yo ya no sabía si traducía sus fantasmas o los míos”.

Personal o vicariamente, conocemos la angustia, la dubitación, los pasos difíciles en el camino médico
El resultado posee una ambigüedad narrativa que nunca le quita a sus páginas (se trata de un libro poco extenso) poder de sugerencia y dimensión verídica, por reelaborada que esté. Ben Jelloun no sufre él mismo el grave tumor que se le detecta a su amigo, pero al darle a éste la voz en primera persona el lector puede pensar que el matemático no existe realmente y sólo sea un alter ego ficticio del novelista que se presenta como mero testigo y relator. Tanto da. Personal o vicariamente, conocemos la angustia, la dubitación, los pasos difíciles en el camino médico, los diagnósticos contradictorios de los urólogos, la arriesgada épica de los valientes, como la de ese profesor del matemático enfermo, quien, al encontrarse por casualidad en un autobús parisino y saber de la inminente operación de prostatectomía a la que su antiguo discípulo va a someterse, le insiste con vehemencia en que no lo haga, siguiendo su ejemplo y recomendándole la “curieterapia”, un método iniciado hace más de un siglo a partir de una intuición de Pierre Curie y consistente en introducir en la próstata granos radioactivos que “se comen” literalmente las células cancerosas. La vida sexual puede seguir así su curso, aun con el peligro de una reproducción del mal, y la función eréctil se conserva: “Sé de qué hablo”, continúa diciéndole el profesor setentón al alumno 20 años más joven.
El novelista cuenta las confesiones de su amigo, el calvario de alguien para quien el narcisismo ante las mujeres a las que ama profusa y fogosamente es una prioridad ahora imposible de cumplir. Sus reacciones son también, como los dictámenes de los doctores, antitéticas: cuando se siente humillado al saber que la extirpación de esa glándula puede quitarle la capacidad erótica, considera el suicidio, pero otras veces, animado por la versión directa que le da un colega de investigación matemática sobre el caso François Mitterrand, elucubra con imitar al presidente socialista, el cual, al saber de su cáncer en octubre de 1981 lo ocultó sin someterse a cirugías radicales y conjurándolo en lo posible a base de hacer trabajar a la libido para que se olvidase de la dolencia. “Vivió 15 años con una próstata gruesa y enferma. Y nos folló a todos”.

No tiene un final feliz, pero tampoco acaba en muerte o desespero
El matemático de Tahar Ben Jelloun es un hombre sensual y también leído, y por ello L´ablation recoge una serie de referentes literarios que le sirven de espejo o acicate. En las tentaciones depresivas, detalla las providencias que tomaría de llegar a quitarse la vida, evocando a Jake Barnes, personaje central de la novela de Ernest Hemingway Fiesta (al que le pone el rostro de Tyrone Power, que interpretó en la película de Henry King al periodista incapacitado por una herida de guerra), y las figuras reales de dos suicidas atormentados por la impotencia, el propio Hemingway y Romain Gary. El narrador suma a sus nombres el de Cesare Pavese, cuya muerte, según los indicios más fiables, no parece haberse debido a una cuestión genital, y recurre a imágenes relacionadas con su propia situación, como las del filme de Bolognini El bello Antonio y la de la escena de la novela de despedida de Philip Roth Sale el fantasma en la que un rastro amarillento sigue al protagonista mientras nada en una piscina.
L´ablation no tiene un final feliz, pero tampoco acaba en muerte o desespero. Tras la drástica operación, el narrador continúa su “vida sin libido”, tratando de buscar acompañamiento para la pérdida. En las conmovedoras páginas finales quienes le acompañan son Borges y Buñuel. Al primero, anciano e invidente, se le acercó en el jardín de un gran hotel y le habló, recibiendo una característica contestación borgiana en forma de apólogo de Las mil y una noches. “Mi libido es una ceguera, una soledad”, dice el matemático. En cuanto a Buñuel, se congratula al comprobar que, trabajando con casi total sordera y por tanto como en una regresión al cine mudo, tal carencia no quita resonancia a las extraordinarias películas de su etapa final: “¿Qué pasaba por su cabeza cuando veía esas imágenes en que faltaba el sonido? ¿Qué recuerdo guardaba de la música del mundo?”.
“Ciego y sordo” como solitario del placer carnal, este hombre que le confía su intimidad a Ben Jelloun se declara dispuesto al goce fantasmal de los sentidos que le restan: “Viviré con el recuerdo de algunos perfumes y tal vez de algunos olores inconvenientes”.
Vicente Molina Foix es escritor.

lunes, 3 de octubre de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Entrevista a Tahar ben Jelloun, sobre su última novela, "El retorno"

Tahar ben Jelloun

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Autopsia del desarraigo

JAVIER VALENZUELA 24/09/2011

   Tahar ben Jelloun narra en su novela El retorno la historia del inmigrante magrebí “tratado como un perro” en su tierra de origen y “como un asno” en la de acogida. Pero el premio 'Goncourt' marroquí también manifiesta su esperanza en ese combate por la recuperación de la dignidad de los árabes que son las revueltas en el norte de África.

   Emigrado desde una polvorienta aldea bereber del sur de Marruecos, Mohamed lleva cuarenta años trabajando en Francia, en una fábrica de automóviles. Siempre ha vivido en el mismo suburbio parisiense y allí han nacido y crecido sus cinco hijos. Ahora le ha llegado la hora de la jubilación y no sabe qué hacer con lo que pueda quedarle de vida. Así que decide regresar a su aldea natal y construir allí una gran mansión para toda su familia. Pero sus hijos no le siguen en este viaje al sur primigenio, el torbellino de Francia se los ha tragado.
   Esta es la historia de El retorno (Alianza), el último libro de Tahar ben Jelloun. Nacido en Fez en 1944 e instalado en París desde muy joven, autor en lengua francesa y premio 'Goncourt' en 1987, de pálido rostro lunar, Ben Jelloun está hoy ligeramente acatarrado, carraspea y tose con frecuencia. Faltan solo dos días para el comienzo oficial del otoño y aunque la luz del sol entra por las ventanas del salón de su apartamento en la Rue Broca, en París hace más bien fresquete y la gente camina ya por las calles con cazadoras de cuero.

   PREGUNTA. La de El retorno, Tahar, es una historia triste, muy triste, ¿no le parece?
   RESPUESTA. Es una historia triste, por supuesto. Le pasa a un marroquí, pero, tiempo atrás, podría haberle pasado a un español, un portugués o un italiano, y hoy podría pasarle a un peruano o un chino. Es la historia de alguien que ha dedicado toda su vida al trabajo, un trabajo que, de alguna manera, le protegía, le daba cierta seguridad interior. Y de un día para otro, ya no hay trabajo, ya no hay seguridad, se queda desnudo, sin saber qué hacer con su jubilación. Es patético pero es verdadero. He conocido a gente así, gente de una tristeza desesperada. Para los trabajadores nacidos en este país, para los franceses, la jubilación puede ser una oportunidad para hacer cosas que no podían hacer, como practicar deporte, viajar, desarrollar una afición, pero un inmigrante puede quedarse repentinamente vacío.

   P. Cierto, El retorno no es solo un libro sobre la jubilación, trata de la jubilación no deseada de un marroquí emigrado a Francia. Mohamed no hacía aquí otra cosa que trabajar, vivía en este país como en una burbuja. Y lo más horrible es que cuando vuelve a Marruecos descubre que ha perdido a sus hijos.
   R. Sí, Mohamed, que ha sido muy cuerdo en Francia, se vuelve loco al regresar a Marruecos. Construye en su aldea una casa surrealista, inhabitable. Se gasta todo su dinero en esa casa, intentando materializar el sueño de unidad familiar que tenían sus padres y abuelos, un sueño de hace un siglo. Y se va hundiendo en la locura.

   P. Es curioso: usted ha escrito de un modo realista las tres cuartas partes del libro que transcurren en Francia, pero cuando Mohamed vuelve a Marruecos la cosa empieza a ser mágica, cada vez más mágica. Mohamed va a terminar siendo un santo y su casa, un morabito. Y antes han aparecido en la narración los amuletos contra el mal de ojo, los curanderos y los brujos.
   R. Es que Francia no es un país que haga soñar. En cambio, sí que hay algo mágico en Marruecos, yo diría que como en la Andalucía de antes. Es la belleza del país y es también la especie de poesía que hay en las relaciones entre la gente. Allí todo es posible.

   P. Querría hablar ahora de animales. En El retorno, usted escribe que cuando Mohamed está en Francia se comporta como, literalmente, un borrico: laborioso, manso, humilde, rutinario, intentando pasar desapercibido. El propio Mohamed reflexiona así en la novela: "¿Qué podemos hacer? Que se nos vea lo menos posible, somos expertos en no hacernos notar". Y en otro libro suyo publicado hace poco en España, La primavera árabe (Alianza), un ensayo sobre las actuales revueltas democráticas en el norte de África y Oriente Próximo, usted dice que los árabes son tratados como perros en sus países por sus propios Gobiernos. El amargo destino del árabe contemporáneo sería, pues, trabajar como un burro en Europa y ser tratado como un perro al sur del Mediterráneo.
   R. Algo así. En los países árabes, que te llamen perro es el peor de los insultos. En la época de Hassan II, la primera cosa que la Policía le decía a un opositor era: "Acércate, perro". El opositor era un perro o un hijo de perra. Y aquí, en Francia, los inmigrantes magrebíes son considerados como ganado. Para todo: en el trabajo y en la vivienda, en esos suburbios donde uno solo puede sentirse desdichado. Sí, en este lado del Mediterráneo son bestias y en el otro también. Pero, en fin, esa es la condición del pobre. El pobre es el que ha sido desposeído. En el caso de los inmigrantes magrebíes, como antes de los italianos, españoles o portugueses, de lo que se les ha desposeído es del campo, del sitio y de la cultura de donde proceden.

   P. Comparto la lectura que hace usted en La primavera árabe de las revueltas que han sacudido este año Túnez, Egipto, Libia, Siria y otros países. Son combates por la libertad, los derechos y la democracia, pero sobre todo son combates por la dignidad. Al árabe se le negaba la dignidad en Europa y, lo que es más grave, en su mismísima tierra. Hasta que se puso a reivindicar su humanidad.
   R. Así es como yo lo veo y no sé si los europeos se dan cuenta de veras de lo que está pasando. En Siria, por ejemplo, la gente baja desarmada a la calle todos los días para recibir balazos. Sale de su casa sin saber si volverá por la noche. Y sigue saliendo. A manifestarse. Y no por el pan o por el empleo. Se manifiesta por la libertad y la dignidad, para que se respete su integridad física y moral, se le reconozca, como usted dice, su humanidad. Y esto es nuevo. Es la primera vez que en el mundo árabe vemos manifestaciones no contra el exterior, contra el sionismo, contra Occidente, no; las manifestaciones son contra los canallas que nos gobiernan y nos despojan de nuestra condición de seres humanos. Si en Túnez, Egipto o Libia hubiera habido manifestaciones para mejorar los salarios, Ben Ali, Mubarak o Gadafi podrían haber cedido y haberlos subido un diez por ciento. Pero la gente no pedía eso. Pedía mucho más que eso. Llega un momento en que el humillado se niega a seguir viviendo de rodillas, esta es una verdad universal.

   P. Vayamos, si le parece, a su país natal, a Marruecos. Usted se ha pronunciado favorablemente sobre el deseo de cambio político del rey Mohamed VI, afirma que ahora se puede respirar allí más libremente y que los emigrantes ya no son desvalijados por los aduaneros cuando regresan a pasar las vacaciones. También se lo hace decir en la novela a Mohamed, quien dice del actual monarca: "Es un buen tipo, lo contrario de su padre".
   R. Sí.

   P. Pero en El retorno también recuerda que allí persisten la pobreza, las desigualdades y la corrupción.
   R. Sí.

   P. Son cosas que no pueden cambiarse con una mera reforma de la Constitución.
   R. No. Y de hecho por eso estoy implicado personalmente en la lucha contra la corrupción en Marruecos. La corrupción lo pudre todo; se puede hacer una nueva Constitución, se pueden celebrar elecciones estupendas que den paso a un nuevo Parlamento, pero mientras persista la corrupción es como si no se hubiera hecho nada. Hay que hacer una Marcha Verde contra la corrupción, hay que cambiar las mentalidades y eso no lo pueden hacer de un plumazo ni el rey ni nadie. Habría que empezar por la escuela primaria. Pido para Marruecos una pedagogía que haga socialmente repugnante la corrupción, que se diga que del mismo modo que no se puede robar, mentir o matar, no se puede corromper ni ser corrompido. Y si no se empieza con los niños, no hay nada que hacer.

   P. Esto me trae a la cabeza la visión del islam del protagonista de El retorno. Mohamed es un buen musulmán, pero la religión que practica es muy sencilla. En un momento dado, él mismo dice que el islam es fácil de entender: lo importante ante los ojos de Dios es el modo en que tratas a la gente, especialmente a los débiles y los pobres. De modo que lo que hay que hacer, concluye, es rezar y no hacer daño a los demás.
   R. Eso es lo que me explicaba mi padre cuando yo era pequeño, cuando tenía cinco o seis años. Vivíamos en Fez y en invierno hacía mucho frío en nuestra casa, que no tenía calefacción ni agua caliente. Por las mañanas, el agua para hacer las abluciones antes de la oración estaba helada y yo temblaba de frío. Y un día mi padre me dijo: "Escucha, hijo, puedes saltarte las oraciones. Lo esencial del islam es ser limpio, respetar a tus padres y profesores y no mentir, no robar, etcétera". Creo que, en el fondo, todas las religiones comparten esta misma moral básica. Lo que complica las cosas son algunas interpretaciones que hacen unos y otros. Cuando las interpretaciones son literales, al pie de la letra, entramos de lleno en el fanatismo y la estupidez.

   P. Acabo de leer en Le Monde de hoy que una treintena de tumbas musulmanas en el cementerio de Carcassonne han sido profanadas. Eran tumbas de magrebíes que habían muerto luchando por Francia en las guerras mundiales y les han pintado encima cruces gamadas. El periódico añade que, hace un año, un vandalismo semejante tuvo lugar en un cementerio de Estrasburgo. Lo llamativo es que la noticia es apenas un breve en página par y bajo la rúbrica Faits divers, sucesos. Como si la islamofobia fuera algo banal, sin la menor importancia, sin la menor dimensión ideológica, política, social y cultural. Y sin embargo, la islamofobia se extiende por Europa sustituyendo al viejo antisemitismo. Ahí está la matanza del ultraderechista de Noruega.
   R. Hay dos elementos en la satanización actual del islam. Por una parte, la extrema derecha está haciendo sus campañas basándose en el miedo al islam, diciendo que los musulmanes están invadiendo Europa y van a cambiar las vidas cotidianas de los europeos. Y por otra, los islamistas fanáticos les regalan argumentos en un plato de oro. El año pasado estuve en Suecia, en Goteborg, y me reuní con los marroquíes de allí. Me dijeron: "Basta con que dos o tres imbéciles hagan algo escandaloso para que recaiga sobre todos nosotros". El lío que se montó en Francia con lo del velo islámico integral me pareció, por ejemplo, excesivo. ¿Había que hacer todo ese ruido por unas dos mil mujeres que llevaban esa prenda en Francia? ¿Era ese el gran problema de Francia que había que solucionar con urgencia y de modo expeditivo? No soy una persona religiosa y es obvio que estoy en contra del velo integral, pero cuando una determinada versión de una religión se confunde con toda una comunidad y se rechaza a toda esa comunidad por los excesos de algunos, ah, entonces hemos entrado de lleno en el racismo facilón.

   P. Afortunadamente ha llegado la primavera árabe para comenzar a levantar ciertos velos en las miradas occidentales.
   R. Sí, ha habido la primavera árabe y ha habido también muchas matanzas de musulmanes hechas por Al Qaeda. Se calcula que la organización de Bin Laden ha matado a unas 9.500 personas en todo el mundo, de las cuales más de 6.000 eran musulmanes. Ahora, la primavera árabe está expresando de modo formidable el fracaso del islamismo político. Y sobre todo de ese fantasma del islamismo en las cabezas occidentales del que se beneficiaban los Ben Ali y Mubarak.

   P. Escribió El retorno entre 2005 y 2008. ¿Sería ahora más optimista tras la primavera árabe?
   R. No creo. La primavera árabe no aporta gran cosa a los inmigrantes, su vida está aquí, en Francia, en los países europeos. Pero lo importante es que bastantes de sus hijos han participado en las revueltas árabes en Túnez, Egipto o Libia. Conozco a jóvenes nacidos en Francia o en Inglaterra que han vuelto a los países de sus padres para participar en las luchas actuales. Eso es muy estimulante.

   P. Me pregunto si no ha pensado usted en volver a vivir en Marruecos, a ese país de la leche de almendra y el agua de rosas con el que sueña Mohamed.
   R. Sí, claro. De hecho, volví a Marruecos en 2006 con la intención de quedarme allí, pero me resultó difícil. Para vivir en Marruecos hay que conocer los códigos y, aunque yo los conozco, me fatigan. Tuve, además, malas experiencias familiares, así que terminé regresando a París. Amo a Marruecos, pero hay dos cosas que no soporto, y son la falta de seriedad y la corrupción.

   P. ¿Y qué significa París para usted?
   R. Una especie de refugio.

   P. Voy a preguntarle muy directamente dónde querría ser enterrado. ¿Aquí, en Francia, o en Marruecos?
   R. No se preocupe, mis hijos me lo han preguntado también y les he respondido que en Marruecos. Me gustan los cementerios marroquíes; son caóticos, sí, pero abiertos y luminosos, menos siniestros que los franceses. Jean Genet hizo bien en hacerse enterrar en Larache. Y Claudio Bravo en Tarudant, en su casa en el desierto.

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Crítica de "El retorno", última novela de Tahar ben Jelloun

Tahar ben Jelloun

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Polvo y silencio

ALBERTO MANGUEL 24/09/2011

   Nuestra naturaleza es nómada y sin embargo el cambio nos aterra. Arraigados en cada momento de nuestras vidas, luchamos en vano contra la corriente. Queremos negar el paso del tiempo, que es nuestra única seguridad. Tratamos de aferrarnos al presente, quizás porque sabemos que no existe, que ya es pasado, que nada vuelve a ser, al menos no de manera idéntica. El lacónico héroe de la nueva novela de Tahar ben Jelloun es un solitario resistente, alguien que paradójicamente acepta el avance de los años pero no las transformaciones que los años traen. Mohamed Limmigri se resigna a la vejez, incluso la celebra, pero no las correspondientes consignas, cargos, deberes. Mientras sus colegas se alegran de ver venir el momento de la jubilación y abandonar el taller francés donde trabajan, Mohamed no quiere pensar en esa ruptura esperada por los otros como una liberación y por él como un castigo. Cuando se fue, hace cuarenta años ya, de su aldea natal para trabajar en esa Fransa casi mítica de tan lejana, el cambio fue brusco, terrible, y sólo con paciencia y concentrados esfuerzos logró hacerse a la nueva vida. Esa vida es ahora la suya, la rutina a la cual está habituado, y no quiere dejarla. La jubilación que le espera es para Mohamed un adelanto de la muerte.
   Mohamed tiene, en la obra de Ben Jelloun, algo de universal, de alegórico; su apellido confirma, quizás un tanto estrepitosamente, su calidad de eterno exiliado. "El exilio", Ben Jelloun escribió en uno de sus anteriores libros, "es revelador de la complejidad del infortunio". Mohamed Limmigri, el inmigrante constante, el náufrago de la historia, encarna plenamente esta dolorosa complejidad. Musulmán fiel a las enseñanzas de su religión, opuesto a los excesos del radicalismo, Mohamed vive en una sociedad de racismo embozado, de muchedumbres que él teme y que lo ignoran. Hombre de pocos amigos, obrero que se pliega a las huelgas pero que no marcha en las manifestaciones, padre cuyos hijos se han alejado de él y de las enseñanzas islámicas, Mohamed es un solitario perdido en los vaivenes de nuestro tiempo. Su único compañero es un Corán, traído con él desde su aldea. "Lo envolvía en un paño blanco, un trocito del sudario con el que había enterrado a su padre. Ese libro era todo para él: su cultura, su identidad, su pasaporte, su orgullo, su secreto. Lo abría con delicadeza, lo estrechaba contra su corazón, se lo llevaba a los labios y lo besaba con pudor. Decía que todo estaba allí: los que saben leerlo hallan en él la filosofía del mundo, la explicación del universo". Pero Mohamed no sabe leerlo y el universo permanecerá cerrado para él. Ansioso de cumplir con sus deberes religiosos, Mohamed sueña con un peregrinaje en el que él será el único peregrino, como sueña con un mundo mejor en el que él podrá gozar de infinita y constante paz. De una manera terrible y cruel, su deseo se realizará.
   El día tan temido de la jubilación, "el enemigo invisible", según Mohamed, "el enemigo turbio", por supuesto, llega, y Mohamed se ve obligado a partir. Ya en su aldea, consciente de que el destino le ha impuesto este regreso, Mohamed transformará este cambio en algo suyo, hará de esta imposición la realización de un viejo sueño. En un terreno cercano a la aldea, Mohamed construye la casa de sus sueños donde podrán venir a vivir sus hijos, donde todos serán felices. Acabada la casa, prepara una fiesta, invita a sus hijos y espera.
   La literatura nos ha enseñado a descreer de felicidades anunciadas y el lector de El retorno sospecha que otros sufrimientos lo esperan. Los hijos nunca llegan, nadie viene a verlo, los días pasan en absoluta soledad. En este lugar del mundo, dice Mohamed, "no sucede nada, absolutamente nada". Lentamente, Mohamed se hace uno con la tierra que alguna vez dejó, se vuelve, como la tierra misma, polvo y silencio. Después, en la memoria de la gente, Mohamed "el inmigrante" adquirirá una estatura mística, sorprendente pero no inesperada. Como Bartleby, como Penélope, como Vladimir y Estragon, como tantos otros mansos rebeldes, Mohamed forma parte ahora de la hermandad de esperanzados resistentes.

El retorno
Tahar ben Jelloun
Traducción de Malika Embarek López
Alianza. Madrid, 2011
200 páginas. 15,50 euros

martes, 23 de agosto de 2011

PRENSA. "El año 711", por Tahar Ben Jelloun

Tahar Ben Jelloun
  
   En "La Vanguardia":
El año 711
Tahar Ben Jelloun, escritor, miembro de la Academia Goncourt
20/07/11

   Hay aniversarios que se celebran con muchos fastos y pompas, otros que se evocan con la punta de la pluma y otros más que se olvidan, ya sea voluntariamente o por haberlos expulsado la memoria de sus archivos. El del año 711 pertenece a esta última categoría. ¿Qué sucedió ese año? Que los árabes entraron en la península ibérica. Se cumplen ahora 1.300 años. Un cifra redonda, pero que ya no significa nada para las generaciones españolas de esta primavera de los indignados. Para los árabes tampoco. Esa entrada del islam en la escena española ha quedado completamente olvidada.
   No llegaron para una simple visita de cortesía entre vecinos ni para un cambio de aires. Llegaron para quedarse.
   De 711 a 1492, Al-Ándalus fue árabe, musulmana, judía, cristiana. Una excepcional armonía reunió las tres religiones monoteístas hasta la llegada de Fernando de Aragón, marido de Isabel la Católica, quien puso en marcha la Inquisición, que expulsaría a los no católicos de España tras perseguirlos ferozmente. En 1470, Isabel obtuvo del papa Sixto IV la bula que creó la Inquisición en España. Muchos judíos y musulmanes se convirtieron al catolicismo, pero de forma insincera, lo que llevaba a que fueran juzgados y condenados. La tortura estaba permitida (el agua, el potro y el fuego) y era una práctica habitual en aquellos tiempos. La Inquisición duró hasta 1820. Había que obtener el arrepentimiento del acusado. Se levantaron piras. Se quemaron brujas, y luego judíos y musulmanes. Fue la época negra del catolicismo. Goya dio testimonio de ella.
   El reino de los visigodos se derrumbó justo antes de la fecha fatídica de 711. Córdoba y Toledo cayeron en manos de los ejércitos musulmanes bajo la dirección de Tariq ibn Zayad, que cruzó el estrecho de Gibraltar. Sería seguido al año siguiente por el gobernador de Túnez, Musa, que se presentó en Granada y Málaga con 18.000 hombres. Durante los ocho siglos de esa presencia en tierras de España, se erigieron monumentos que constituyen hoy una parte importante del patrimonio histórico universal. La Alhambra (la roja) está considerada la acrópolis medieval más majestuosa del mundo mediterráneo; en cuanto a la gran mezquita de Córdoba, los historiadores la consideran “el testigo más prestigioso de la presencia musulmana en España”.
   Cuando paso por Granada visito dos veces la Alhambra, una vez de día y otra de noche. Esa maravilla que da fe de la excepcional riqueza de una edad de oro de la civilización árabe. La época del árabe como lengua del saber y la inteligencia. Los tiempos de la apertura al mundo y a la cultura de los otros pueblos, una actitud recomendada por el Corán a los creyentes.
   Esa época fértil en creación arquitectónica, en simbiosis cultural de judíos y musulmanes, ya no es muy recordada. El gran historiador francomarroquí Haim Zafrani (1922-2004) dedicó su vida a ese periodo. En una de sus obras, escribió: “He estudiado una etapa casi mítica de la edad de oro medieval durante la cual las élites musulmanas y judías se encontraban en espacios culturales de altísimo nivel”. A los visitantes de las artes árabes en Sevilla, Córdoba, Toledo o Granada les importa poco el origen de esa estética.
   Los árabes de hoy saben poco de esa historia, pero no es que los manuales escolares la hayan olvidado, sino que enfrentados a las dificultades que tienen para mantener su lugar en la historia algunos han descuidado el pasado, han empujado la memoria hacia tierras lejanas.
   ¿Qué hacer? Sencillamente, recordar a los niños de España y el mundo árabe lo que fue aquella época, lo que aportó a la humanidad, y que aquellos a quienes se llama hoy, con un punto de desprecio, los moros tuvieron como antepasados a sabios, artistas, creadores generosos que celebraban el arte y la belleza sin pensar en atribuirse mérito alguno.
   Es necesario que esa expresión, “los moros”, desaparezca de la lengua castellana. Es vector de racismo banal, ordinario, cotidiano. De nada sirve borrar las páginas de la memoria. Ciertas páginas de la historia hay que pasarlas, pero antes hay que leerlas. El olvido o la indiferencia no son una solución.
   Victor Hugo canta esa época en Las orientales: “¡Alhambra! ¡Alhambra! Palacio que los genios doraron cual sueño de armonía lleno; baluarte de almenas ornadas y en ruinas, se oye en ti la noche de sílabas mágicas al sembrar la luna, por mil arcos árabes, muros de trébol blanco”.
   Las relaciones políticas y culturales entre España y el mundo árabe (y, más precisamente, el Magreb) deben preservarse, desarrollarse y mejorarse. Ser vecinos constituye a veces una deventaja (véanse las tensiones casi permanentes entre Argelia y Marruecos). Sin embargo, 14 kilómetros separan Marruecos y España. Gracias a esa distancia, la vecindad no es un problema. Queda la historia reciente de la presencia española en tierras marroquíes. Todo es posible. Basta buena voluntad política.

domingo, 26 de junio de 2011

PRENSA (2). 26 junio 2011

   En suplementos de "El País":

1. El estallido de la revolución. Ben Ali todavía era presidente de Túnez cuando visitó al joven Mohamed Buazizi, que se había inmolado contra su régimen. El escritor Tahar Ben Jelloun evoca el comienzo de la 'primavera árabe'.

2. Niños que leen. Por Elvira Lindo.

3. Del brazo y por la calle. Por Maruja Torres.

4. La pasión inglesa. Por Javier Cercas.

5. Con el rostro por delante. Reportaje de Julia Luzán. Primero daban la mano, luego el cuerpo. La moda de las tarjetas de visita con foto arrasó a mediados del siglo XIX. Perseguidas por los coleccionistas, fueron un objeto codiciado, como este álbum personal del escritor Pedro Antonio de Alarcón.

6. El dolor de las despedidas. Reportaje de psicología. Por Xavier Guix. Sufrir pérdidas es motivo de lágrimas y exige un proceso de duelo para recomponer nuestra identidad.

7. Mi vida dentro de una mochila. Reportaje. Estrenan la mayoría de edad y lo expresan con lo puesto. Este es un retrato de las inquietudes de doce nuevos adultos españoles a través de los objetos y prendas con los que quieren presentarse al mundo.

8. Venecia. Entre el esplendor y el abismo. Reportaje de Miguel Moral. Un sueño que amenaza con convertirse en pesadilla. Por inundación. Para mantenerla a flote, Ivorypress y la organización 'Venecia en Peligro' colaboran en un proyecto con 14 grandes fotógrafos que aportan su mirada de la ciudad. Aquí, una selección.

9. Elogio a la familia (con algunos gritos aterrados al fondo). Por Rosa Montero.

10. Cortar el revesino. Por Javier Marías.

lunes, 13 de junio de 2011

PRENSA. 13 junio 2011

   En "El País".

1. Políticos. Columna de Almudena Grandes.

2. Humanitarismo a cañonazos. Reportaje de María Antonia Sánchez-Vallejo. Las intervenciones armadas para proteger a la población civil en guerras o catástrofes suscitan dudas sobre su legitimidad.

3. La ignorancia de los indignados. Artículo de Félix Ovejero Lucas, profesor de Economía de la Universidad de Barcelona.

4. La respuesta internacional adecuada. Artículo de Lev Grinberg, profesor de Sociología Política y autor de Politics and Violence in Israel / Palestine (Routledge, 2010). Traducción de Jesús Cuéllar Menezo. Sobre el conflicto entre Palestina e Israel.

5. El viento de la 'primavera árabe'. Artículo de Tahar Ben Jelloun, escritor marroquí. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia. Las rebeliones en curso están dirigidas contra el padre autoritario de la tradición árabe. No reclaman subidas de sueldos, sino que reivindican el individuo y su derecho a la libertad y la dignidad. Esta es su gran novedad.

6. Un mundo sin Europa. Por Jean-Marie Colombani. Traducción de José Luis Sánchez-Silva.

miércoles, 18 de agosto de 2010

LITERATURA ESPAÑOLA Y UNIVERSAL (FRAGMENTOS). "Mi madre", de Tahar Ben Jelloun (Fez, Marruecos, 1944)

Tahar Ben Jelloun
Mi madre
Desde que cayó enferma, mi madre se ha convertido en una cosita diminuta de memoria quebradiza. Convoca a los miembros de su familia, muertos hace tiempo. Habla con ellos, se sorprende de que su madre no vaya a verla, dice maravillas de su hermano menor que, según ella, siempre le lleva regalos. Uno tras otro, se suceden junto a su lecho y le hacen compañía. Yo no quiero llevarle la contraria. Ni molestarlos. La señora que la cuida, Keltum, se lamenta: "Cree que estamos en Fez, en el año en que naciste".
Mi madre regresa a los tiempos de mi infancia. Su memoria ha tropezado, se ha caído y se desparrama por el suelo mojado. El tiempo y la realidad ya no se llevan bien. Ella se deja arrastrar por unas emociones que brotan del pasado. Cada cuarto de hora, me pregunta: "¿Cuántos hijos tienes?". Siempre le contesto en el mismo tono. Keltum se pone nerviosa, interviene y dice que no soporta más esas repeticiones.
Mi madre tiene miedo de Keltum. Los ojos de esa mujer dejan traslucir malos pensamientos. Lo sabe, y cuando me habla los mantiene bajos. Me saluda servilmente, se inclina, intenta besarme la mano. No quiero rechazarla ni recriminarle nada. Finjo no enterarme de sus artimañas. Leo miedo en los ojos de mi madre. Miedo de que Keltum la abandone cuando no estemos en casa, se olvide de sus medicinas, la deje sin comer, o, peor aún, le dé alimentos en mal estado. Miedo de que la golpee como a una niña que comete travesuras. En los momentos de lucidez, mi madre me dice: "¿Sabes? No estoy loca. Keltum se cree que me he vuelto como una niña pequeña, me regaña, me amenaza, pero yo sé que son las medicinas, me juegan malas pasadas. Ella no es mala, sólo está nerviosa y cansada. Me asea todas las mañanas. ¿Sabes, hijo? Ella es la que recoge todo lo que sale de mí, es una tarea que no podría pediros que hicierais, ni tú ni tu hermano, así que Keltum también está para eso, y lo demás más vale olvidarlo...".
¿Cómo olvidar que mi madre está en manos de una mujer que con el tiempo se ha vuelto dura, cínica y rapaz? ¿Cómo dejar que mi madre emprenda su viaje a la infancia ante la mirada malvada de esa bruta?
Mi madre me ha vuelto a hablar de la comadrona, Lal-la Radia. Quiere que la invite a comer, me ha dado su dirección: "Vive justo antes de llegar a la Batha, esa enorme plaza a la entrada de la medina, ve al café de Sel-lam, el marido de Jaduch, ya sabes, la nuera de mi tío, Muley Ali, ve, pues, al café, y pregunta por ella, todos la conocen. ¡Tiene que venir!". Por mucho que le recuerde que Lal-la Radia ya no está entre nosotros, insiste en que la invite.
Desde que cambió de dormitorio, mi madre está convencida de que se ha mudado de casa y de ciudad. Ya no estamos en el pasaje Ali Bey de Tánger, sino en el barrio Majfía de Fez. No estamos en el año 2000, sino a finales de 1944. Le cuesta olvidar sus sueños. Invaden los momentos en que está despierta y no la abandonan. El presente se estremece, tiembla, vacila y se aleja. Mi madre vive ajena a él, se ha desprendido del presente, ya no le preocupa.
Me cuenta que ha visto a un hombre y a una mujer hablando en el vestíbulo. Supuestamente han venido para comprar la antigua casa de Fez. Me advierte de que no la venda mal: "Los tiempos están difíciles, la guerra no ha terminado y, además, a tu padre le disgustaría. He oído que el hombre comentaba a la mujer que era una buena operación, que tenían que aprovechar esa oportunidad, como si vivieran con nosotros y estuvieran al corriente de nuestros apuros económicos, él no es de Fez, los fassíes no tienen ese acento de campesinos, son más elegantes. ¡De todos modos, no venderemos!".
Zineb, la enfermera, ha venido hoy a cambiarle los vendajes. Como ya no la reconoce, se niega a darle el pie para que se lo cure. Zineb le dice que no le va a hacer daño. Ella sonríe. "¡Si me haces daño, te regañará mi papá! Aquí está mi pie, límpiame la herida y no me trates como a una cría asustada". Las cosas vuelven a su sitio. Mi madre recupera la memoria. Sólo era un nubarrón, un breve olvido. Una cortina de humo que nubla sus recuerdos.
Mi madre ha tirado una preciosa cadena de oro al váter. Keltum la sacó, la lavó y la dejó en remojo en colonia barata durante dos días.
Mi hermana ha llegado de Fez para cuidar a mi madre. Está enfadada: la ha confundido con su propia madre. Mi hermana es mucho mayor que yo, sólo se llevan dieciséis años entre ellas. Es hija de un primer matrimonio. Mi madre lo recuerda como si fuera hoy: "Yo tenía apenas quince años; mi marido era fuerte y guapo. La epidemia de tifus se lo llevó antes del nacimiento de mi hija. ¡Viuda a los dieciséis años!".

Traducción de Malika Embarek López


Leamos ahora una breve información sobre la novela y el autor:
Tahar Ben Jelloun desvela en ´Mi madre´ la base islámica del respeto
El escritor marroquí afincado en París, Premio Goncourt, presenta su obra en los institutos aragoneses

Cultura - 10/04/2010 - Autor: Roberto Miranda - Fuente: El Periódico de Aragón

El escritor marroquí afincado en París, Premio Goncourt, presenta su obra en los institutos aragoneses.Ha venido a Zaragoza ("la única ciudad que me faltaba", dice), para hablar a los alumnos de instituto de su obra Sur ma mère (Sobre mi madre) publicada en 2008, el año en que el presidente de la República Francesa le concediera la Cruz de la Legión de Honor. Participa en el ciclo Invitación a la Lectura, que organiza la DGA con apoyo de la CAI, y aprovecha para que los chicos lean también su libro Papá, ¿qué es el racismo?
Nacido en Fez (Marruecos) en 1944, Tahar Ben Jelloun estudió Filosofía en la Universidad de Rabat, de la que fue expulsado tras las revueltas estudiantiles de 1966 y encarcelado. Fue profesor en su país y en 1971 llega a la capital francesa y comienza su carrera literaria. En 1986 le concedieron el Premio Goncourt a su libro La Noche Sagrada. Es el autor en lengua francesa más traducido en este momento.
En Mi madre, Tahar Ben Jelloun relata la historia de un hijo que acompaña a su madre, enferma de alzhéimer, en los tres últimos años de su vida. "Hay una cosa buena en el libro -afirma el autor-, ella olvida todo, pero me habla como nunca me había hablado. Me dice cosas que, por el pudor de la cultura musulmana, no diría una madre a un hijo".

"Cosas desconocidas"
La obra está planteada con un arranque real, la enfermedad, y elementos imaginativos que el autor incorpora: "Cuando mi madre me habla me contaba cosas desconocidas sobre mi vida, sobre su familia, y me ha hecho investigar sobre la ciudad de Fez en los años 30, cuando estábamos bajo protectorado de los franceses y los españoles; los primeros eran más arrogantes, pero los españoles eran trabajadores y vivían mezclados en los barrios con los musulmanes".
La obra está planteada desde el respeto del Islam hacia la figura del padre y de la madre, también hacia los maestros: "En Europa, la familia se destruye un poco; no hay tampoco respeto en la escuela" afirma Jelloun y señala que "en Marruecos tememos que esa desvalorización nos llegue". El autor recoge la frase que le dirigió un día su hijo: "Papá, tú piensa que no vamos a olvidarte cuando seas viejo", con el espectro de un verano del 2003 en el que 15.000 franceses murieron de calor y de soledad. "Fueron muchos, pero ni uno solo era musulmán; nunca se amoldaron".
Tahar Ben Jelloun ha recibido varios premios europeos, uno de ellos en Dublín en el 2004 por su obra Esta ciega ausencia de luz, obra que levantó gran polémica en Marruecos, pues recoge una entrevista con un antiguo presidiario de la cárcel marroquí de Tazmamart. En el 2006 recibió el Premio Especial por "la paz y la amistad entre los pueblos" en el Festival de Lazio.
Se siente "más fuerte" escribiendo en francés que en árabe, confiesa que siente el placer de descubrir en la escritura misma "lo que va a venir", como si desvelara "un misterio, un secreto", en el que "cada personaje me va indicando el camino" a partir de "una idea que vive en mi cabeza mucho tiempo, un mes, un verano, un año...".