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jueves, 13 de enero de 2011

CUENTO: "Los hombros de la marquesa", de Émile Zola (1840-1902)

Émile Zola

Los hombros de la marquesa

                                    I
   La marquesa duerme en su gran lecho, bajo el ancho dosel de satén amarillo. A las doce, al escuchar el sonido claro del reloj de pared, se decide a abrir los ojos. La habitación está tibia. Las alfombras, las colgaduras de puertas y ventanas la convierten en un nido mullido donde el frío no penetra. Fluyen calores y olores. Allí reina una eterna primavera. Y, tan pronto como está bien despierta, la marquesa parece víctima de una súbita ansiedad. Retira las mantas y llama a Julie.
   -¿La señora ha llamado?
   -Dígame, ¿ha subido la temperatura?
   ¡Oh! ¡La buena marquesa! ¡Con qué emocionada voz ha preguntado! Su primer pensamiento es para aquel terrible frío, aquel viento del norte que ella no nota, pero que tan cruelmente debe soplar en los tugurios de los pobres. Y pregunta si el cielo se ha apiadado, si puede estar caliente sin sentir remordimientos, sin pensar en todos los que tiritan.
   -¿Ha subido la temperatura?
   La doncella le ofrece el salto de cama que acaba de calentar junto a un gran fuego.
   -¡Oh! No, señora, no ha subido la temperatura. Al contrario, está helando con mayor intensidad. Acaban de encontrar a un hombre muerto de frío en un ómnibus.
   La marquesa se deja llevar por una alegría infantil; aplaude y grita:
   -¡Ah! ¡Estupendo! Entonces esta tarde iré a patinar.

                                                II
   Julie recorre las cortinas, suavemente, para que la brusca claridad no hiera la delicada vista de la deliciosa marquesa. El reflejo azulado de la nieve inunda el dormitorio de una luz alegre. El cielo está gris, pero de un gris tan bonito que a la marquesa le recuerda el vestido de seda gris perla que llevaba la víspera en el baile del ministerio. El vestido estaba adornado con blondas blancas, semejantes a los ribetes de nieve que ve al borde de los tejados, sobre la palidez del cielo.
   La víspera estaba encantadora con sus nuevos diamantes. Se acostó a las cinco. Por eso tiene aún la cabeza algo pesada. Sin embargo, se ha sentado ante el espejo y Julie ha levantado la oleada rubia de sus cabellos. La bata se desliza y los hombros quedan al aire hasta media espalda.
   Toda una generación ha envejecido ya contemplando el espectáculo de los hombros de la marquesa. Desde que, gracias a un poder fuerte, las damas de físico atractivo pueden escotarse y bailar en las Tullerías, ella ha paseado sus hombros por la barahúnda de los salones oficiales, con una asiduidad que la ha convertido en el estandarte viviente de los encantos del Segundo Imperio. Ha tenido que acomodarse a la moda, escotar sus vestidos unas veces hasta el declive de los riñones, otras hasta el extremo de sus pechos; hasta el punto de que la querida mujer, hoyuelo a hoyuelo, ha mostrado ya todos los tesoros de su corpiño.
   No hay ni tanto así de su espalda o de su pecho que no sea conocido desde la Magdalena hasta Santo Tomás de Aquino. Los hombros de la marquesa, generosamente exhibidos, son el blasón voluptuoso del reino.

                                                III
   Es verdad, es inútil describir los hombros de la marquesa. Son tan populares como el puente Nuevo. Durante dieciocho años han formado parte de los espectáculos públicos. Basta con ver un pequeño trozo en un salón, en el teatro o en cualquier otro lugar, para exclamar: "¡Hombre! ¡La marquesa! ¡Reconozco la señal negra de su hombro izquierdo!".
   Por lo demás, son unos hermosos hombros, blancos, rollizos, provocativos. Las miradas de un gobierno han pasado por ellos proporcionándoles mayor finura, como le sucede a las losas que los pies de la gente pulen con el paso del tiempo.
   Si yo fuera el marido o el amante, preferiría ir a besar el pomo de cristal de la puerta del despacho de un ministro, desgastado por la mano de los que van a solicitar algo, antes que rozar con los labios aquellos hombros sobre los que ha pasado el aliento cálido de todo el París galante. Cuando se piensa en los mil deseos que han temblado a su alrededor, uno se pregunta de qué arcilla ha debido hacerlos la naturaleza para que no se hayan corroído ni desmenuzado como esas estatuas desnudas, expuestas al aire libre en los jardines, de las que el viento roe los contornos.
   La marquesa ha depositado su pudor en otro sitio. Y ha hecho de sus hombros toda una institución. ¡Y cómo ha combatido a favor del gobierno de su agrado! Siempre en la brecha, en todas partes a la vez, en las Tullerías, en los ministerios, en las embajadas, en casa de los simples millonarios, convenciendo a los indecisos a fuerza de sonrisas, afianzando el trono de sus senos de alabastro, mostrando los días de peligro pequeños rincones ocultos y deliciosos, más persuasivos que los argumentos de los oradores, más decisivos que las espadas de los soldados y amenazando, para conseguir un voto, con recortar sus camisetas hasta que los esquivos miembros de la oposición se declaren convencidos.
   Los hombros de la marquesa han quedado siempre íntegros y victoriosos. Han soportado un mundo sin que una sola arruga haya venido a rajar su mármol blanco.

                                                 IV
   Esta tarde, al salir de las manos de Julie, la marquesa, vestida con un delicioso conjunto polaco, ha ido a patinar. Patina adorablemente bien.
   En el bosque hacía un frío intenso, un cierzo que picaba en la nariz y en los labios de aquellas damas como si el viento les arrojara arena fina al rostro. La marquesa reía, tener frío le divertía. De vez en cuando iba a calentarse los pies en los braseros encendidos en las márgenes del pequeño lago. Luego volvía al aire helado, marchándose como una golondrina que roza el suelo.
   ¡Ah! ¡Qué buen rato y qué estupendo que no haya llegado aún el deshielo! La marquesa podrá patinar toda la semana.
   Al regresar, la marquesa ha visto en un vial lateral de los Campos Elíseos a una pobre tiritando al pie de un árbol, medio muerta de frío.
   -¡Pobrecilla! -ha susurrado con voz disgustada.
   Y, como el coche iba muy rápido y la marquesa no podía encontrar su monedero, le lanzó a la pobre su ramo, un ramo de lilas blancas que costaba por lo menos cinco luises.

Traducción: Esperanza Cobos Castro

domingo, 9 de enero de 2011

CUENTO: "Una jaula de fieras", de Émile Zola (1840-1902)

Émile Zola
Una jaula de fieras

                                    I
   Una mañana, un león y una hiena del Jardin des Plantes lograron abrir la puerta de su jaula cerrada con negligencia. La mañana era blanca y un claro sol lucía alegremente al borde del cielo pálido. Bajo los grandes castaños había un frescor penetrante, el tibio frescor de la incipiente primavera. Los dos honrados animales, que acababan de desayunar copiosamente, se pasearon lentamente por el Jardin, deteniéndose de vez en cuando para lamerse y gozar como buenos chicos de la suavidad de la mañana. Se encontraron al final de un paseo y, después de los saludos de rigor, se pusieron a caminar juntos charlando amigablemente. El Jardin no tardó en resultarles aburrido y en parecerles demasiado pequeño. Entonces se preguntaron a qué otras distracciones podían consagrar su jornada.
   -¡Caray! -dijo el león-. Me apetece satisfacer un capricho que tengo desde hace mucho tiempo. Hace años que los hombres vienen como imbéciles a mirarme a mi jaula y yo me he prometido aprovechar la primera ocasión que se me presentara para ir a mirarlos a ellos a la suya, aunque tenga que parecer tan idiota como ellos… Le propongo dar un paseo hasta la jaula de los hombres.
   En ese momento, París, que se estaba despertando, se puso a rugir con tal intensidad que la hiena se detuvo escuchando con inquietud. El clamor de la ciudad se elevaba, sordo y amenazante; y ese clamor, formado por el ruido de los coches, los gritos de la calle, por nuestros sollozos y nuestras risas, parecían alaridos de furor y estertores de agonía.
   -¡Dios Santo! -susurró la hiena- no hay duda de que se están degollando en su jaula. ¿Oye usted qué airados están y cómo lloran?
   -Es cierto que hacen un jaleo horroroso; es posible que los esté atormentando algún domador -contestó el león.
   El ruido se incrementaba y la hiena empezaba a tener miedo.
   -¿Cree usted que es prudente entrar ahí? -preguntó.
   -¡Bah! No nos comerán. ¡Qué demonios! Venga pues. Deben estar mordiéndose de lo lindo y eso nos hará reír -dijo el león.

                                                II
   Por las calles, caminaron modestamente a lo largo de las casas. Cuando llegaron a un cruce, fueron arrastrados por un enorme gentío. Obedecieron a aquel empuje que les prometía un espectáculo interesante. Pronto se encontraron en una gran plaza en la que el pueblo se agrupaba. En medio había una especie de armazón de madera roja y todas las miradas estaban fijas en aquella construcción, con expresión de avidez y de gusto.
   -Mire -dijo en voz baja el león a la hiena-, eso es sin duda una mesa sobre la que van a servir un buen festín a todas estas personas que ya se están relamiendo de gusto. Aunque la mesa me parece bastante pequeña.
   Cuando pronunciaba esas palabras, la masa lanzó un alarido de satisfacción y el león declaró que debían ser los víveres que llegaban, tanto más cuanto que un vehículo pasó al galope por delante de él. Sacaron a un hombre del carruaje, lo subieron al armazón y le cortaron la cabeza con destreza; luego, pusieron el cadáver en otro vehículo y se apresuraron a sustraerlo al apetito feroz del populacho que gritaba, sin duda de hambre.
   -¡Anda! ¡No se lo comen! -exclamó el león, decepcionado.
   La hiena sintió que un pequeño escalofrío recorría su pelo.
   -¿En medio de qué fieras me ha traído usted? -dijo-. Matan sin tener hambre… Por amor de Dios, tratemos de salir pronto de aquí.

                                           III
   Cuando abandonaron la plaza, tomaron los bulevares exteriores y caminaron después tranquilamente a lo largo de los muelles. Cuando llegaron a la Cité vieron, detrás de Notre-Dame, una casa baja y larga en la que los transeúntes entraban como se entra en una barraca de feria, para ver allí algún fenómeno y salir maravillado. No se pagaba ni al entrar ni al salir. El león y la hiena siguieron al gentío y vieron, sobre grandes losas, cadáveres tendidos, con la carne agujereada de heridas. Los espectadores, mudos y curiosos, miraban tranquilamente los cadáveres.
   -¡Eh! ¿Qué decía yo? -comentó la hiena- No matan para comer. Mire cómo dejan que los víveres se estropeen.
   Cuando estuvieron de nuevo en la calle, pasaron por delante de una carnicería. La carne colgada de los ganchos de acero estaba muy roja; junto a las paredes había montones de carne, y la sangre corría por las placas de mármol formando pequeños regueros. La tienda entera ardía siniestramente.
   -Mire pues, -dijo el león- dice usted que no comen. Ahí tiene carne para alimentar a nuestra colonia del Jardin des Plantes durante ocho días… ¿Será carne de hombre?
   La hiena, que como ya dije había desayunado copiosamente, dijo, volviendo la cabeza:
   -¡Puaf! Es repugnante. Me dan náuseas de ver toda esa carne.

                                                IV
   -¿Ve usted esas puertas gruesas y esas enormes cerraduras? -comentó la hiena un poco más lejos-. Los hombres ponen hierro y madera entre ellos para evitar el disgusto de devorarse. Y en cada esquina hay personas con espadas que mantienen las buenas formas ¡Qué animales más ariscos!
   En ese momento, un simón atropelló a un niño y la sangre salpicó hasta la cara del león.
   -Pero… ¡es repugnante! -exclamó secándose con una mano-; no se puede dar dos pasos tranquilamente. En esta jaula llueve la sangre.
   -¡Pardiez! -añadió la hiena-, han inventado estas máquinas rodantes para obtener la mayor cantidad de sangre posible; son como el lagar de su innoble vendimia. Desde hace un rato, estoy observando, a cada paso, unas cavernas apestadas al fondo de las cuales los hombres beben grandes vasos llenos de un licor rojizo que no puede ser sino sangre. Y beben mucha cantidad de ese licor para darse valor para matar pues, en numerosas cavernas, he visto a los bebedores derribarse a puñetazos.
   -Ahora comprendo -prosiguió el león- la necesidad del gran arroyo que atraviesa su jaula. Lava todas sus impurezas y arrastra toda la sangre derramada. Son los hombres los que han debido traerlo hasta aquí por miedo a la peste. Arrojan en él a las personas asesinadas.
   -No pasaremos por los puentes -interrumpió la hiena temblando-. ¿No está usted cansado? Tal vez fuera prudente que regresáramos…

                                                 V
   No pude seguir paso a paso a los dos honrados animales. El león quería verlo todo y la hiena, cuyo pavor se iba incrementando a cada paso, se sentía obligada a seguirlo porque no se habría atrevido jamás a regresar sola. Cuando pasaron por delante de la Bolsa, logró, por medio de ruegos insistentes, no entrar. Salían de aquel antro tales lamentos, tales voces, que ella permanecía en la puerta temblando y con el pelo erizado.
   -Vámonos, vámonos rápido -decía tratando de llevarse al león-; éste es sin duda el escenario de la matanza general. ¿No oye los gemidos de las víctimas y los gritos de alegría furiosa de los verdugos? Esto es un matadero que debe abastecer a todas las carnicerías de barrio. Alejémonos de aquí, se lo ruego.
   El león, del que el miedo se iba apoderando e iba empezando a llevar la cola entre las patas, se alejó gustoso. No huía porque quería conservar intacta su reputación de valentía; pero, en el fondo, se acusaba de temeridad y se decía que los rugidos de París, por la mañana, habrían debido impedirle entrar en medio de aquella extraña casa de fieras. Los dientes de la hiena castañeteaban de pavor y ambos caminaban con precaución, buscando el camino para volver a su hogar, creyendo sentir a cada instante las zarpas de los transeúntes clavarse en su cuello.

                                                 VI
   Y he aquí que, bruscamente, surge un sordo clamor en las esquinas de la jaula. Se cierran las tiendas, el toque a rebato se lamenta con voz anhelante e inquieta. Grupos de hombres armados invaden las calles, arrancan los adoquines, levantan apresuradamente barricadas. Los rugidos de la ciudad han cesado; reina en ella un silencio pesado y siniestro. Las bestias humanas se callan; se deslizan a lo largo de las casas, dispuestas a saltar. Y pronto saltan. La fusilería estalla acompañada por la voz grave del cañón. La sangre corre, los muertos aplastan su cara contra el suelo, los heridos gritan. En la jaula de los hombres se han formado dos bandos y esos animales se divierten degollándose en familia. Cuando el león comprendió de qué se trataba exclamó:
   -¡Dios mío! ¡Sálvamos de esta pelea! Ya estoy bien castigado por haber cedido al tonto deseo de hacerle una visita a estos temibles carniceros. ¡Qué suaves son nuestras costumbres comparadas con las suyas! Nosotros no nos comemos jamás entre nosotros. -Y dirigiéndose a la hiena prosiguió-: No nos hagamos los valientes. Yo, lo reconozco, tengo los huesos helados de espanto. Tenemos que abandonar de inmediato este país de bárbaros.
   Entonces huyeron avergonzados y temerosos. Su carrera se hizo cada vez más furiosa y desbocada porque el miedo los espoleaba y los terroríficos recuerdos de la jornada eran otros tantos aguijones que precipitaban sus saltos. Llegaron al Jardin des Plantes sin aliento y mirando hacia atrás con pánico. Entonces pudieron respirar a gusto y corrieron a refugiarse en una jaula vacía cuya puerta cerraron con energía. Allí se felicitaron con efusión de su regreso.
   -¡Ah! -dijo el león-. No volveré a salir de mi jaula para ir a pasearme por la de los hombres. Sólo hay paz y felicidad posibles al fondo de esta celda dulce y civilizada.

                                                VII
   Y como la hiena palpaba uno tras otro los barrotes de la jaula:
   -¿Qué mira usted, pues? -preguntó el león.
   -Compruebo si estos barrotes son fuertes y nos defienden adecuadamente de la crueldad de los hombres -respondió la hiena.

Traducción: Esperanza Cobos Castro

martes, 12 de octubre de 2010

CUENTO. "Una casita en el campo", de Émile Zola (1840-1902)

Émile Zola
Una casita en el campo
La tienda del sombrerero Gobichon está pintada de color amarillo claro; es una especie de pasillo oscuro, guarnecido a derecha e izquierda por estanterías que exhalan un vago olor a moho; al fondo, en una oscuridad y un silencio solemnes, se encuentra el mostrador. La luz del día y el ruido de la vida se niegan a entrar en aquel sepulcro.
La villa del sombrerero Gobichon, situada en Arcueil, es una casa de una sola planta, plana, construida en yeso; delante de la vivienda hay un estrecho huerto cercado por una pared baja. En medio se encuentra un estanque que no ha contenido agua jamás; por aquí y por allá se yerguen algunos árboles tísicos que no han tenido nunca hojas. La casa es de un blanco crudo, el huerto es de gris sucio. El Bièvre corre a cincuenta pasos, arrastrando hedores; en el horizonte se ven buhedos, escombros, campos devastados, canteras abiertas y abandonadas, todo un paisaje de desolación y miseria.
Desde hace tres años, Gobichon tiene la inefable felicidad de cambiar cada domingo la oscuridad de su tienda por el sol ardiente de su casita rural, el aire del desagüe de su calle por el aire nauseabundo del Bièvre.
Durante treinta años había acariciado el insensato sueño de vivir en el campo, de poseer tierras en las que construir el castillo de sus sueños. Lo sacrificó todo para hacer realidad su capricho de gran señor; se impuso las más duras privaciones; lo vieron, a lo largo de treinta años, privarse de un polvo de tabaco o una taza de café, acumulando una perra gorda tras otra. Hoy ya ha colmado su pasión. Vive un día de cada siete en intimidad con el polvo y los guijarros. Podrá morir contento.
Cada sábado, la salida es solemne. Cuando el tiempo es bueno, se hace el trayecto a pie, así se goza de las bellezas de la naturaleza. La tienda queda al cuidado de un viejo dependiente encargado de decir al cliente que se presente: "El señor y la señora están en su villa de Arcueil".
El señor y la señora, equipados como para ir a la guerra, cargados de cestos, van a buscar al internado al joven Gobichon, un chaval de unos doce años, que ve con terror cómo sus padres se dirigen hacia el Bièvre. Y durante el trayecto, el padre, grave y feliz, trata de inspirarle a su hijo el amor por el campo disertando acerca de las coles y los nabos.
Llegan y se acuestan. Al día siguiente, desde el alba, Gobichon se pone su ropa de campesino; está firmemente decidido a cultivar sus tierras; cava, azadonea, planta, siembra durante todo el día. No crece nada; el suelo, formado de arena y cascotes, se niega a producir cualquier tipo de vegetación. No por ello deja el rudo trabajador de secarse con satisfacción el sudor que inunda su rostro. Mirando los hoyos que acaba de abrir, se detiene orgulloso y llama a su mujer:
-¡Señora Gobichon, venga a ver esto! -grita-. ¡Mire qué hoyos! ¡Éstos si son profundos!
La buena mujer se queda extasiada mirando la profundidad de los hoyos. El año pasado, por un extraño e inexplicable fenómeno, una lechuga, una lechuga romana alta como la mano, roída y de un amarillo sucio, tuvo el singular capricho de crecer en un rincón del huerto. Gobichon invitó a treinta personas a cenar para celebrar aquella lechuga.
Pasa la jornada entera al sol, cegado por la luz intensa, asfixiado por el polvo. A su lado se encuentra su esposa, que lleva la abnegación hasta el sofoco. El joven Gobichon busca desesperadamente los delgados hilillos de sombra que forman los muros.
Por la tarde, toda la familia se sienta junto al estanque vacío y goza en paz de los encantos de la naturaleza. Las fábricas de los alrededores lanzan una negra humareda; las locomotoras pasan silbando, llevando toda una masa endomingada y ruidosa; los horizontes se extienden, devastados, más tristes aún por el eco de esas carcajadas que regresan a París para una larga semana. Y, mezclados con la fetidez del Bièvre, los olores de fritura y de polvo pasan por el aire pesado.
Gobichon, enternecido, contempla religiosamente cómo surge la luna entre dos chimeneas.

Traducción: Esperanza Cobos Castro

lunes, 11 de octubre de 2010

CUENTO. "Una víctima de la publicidad", de Émile Zola (1840-1902)

Émile Zola
Una víctima de la publicidad
Conocí a un chico, fallecido el año pasado, cuya vida fue un prolongado martirio. Desde que tuvo uso de razón, Claude se había hecho este razonamiento: "El plan de mi existencia está trazado. No tengo más que aceptar las ventajas de mi tiempo. Para marchar con el progreso y vivir totalmente feliz, me bastará con leer los periódicos y los carteles publicitarios, mañana y tarde, y hacer exactamente lo que esos soberanos guías me aconsejen. En ello radica la verdadera sabiduría, la única felicidad posible". A partir de aquel día, Claude adoptó los anuncios de los periódicos y de los carteles como código de vida. Éstos se convirtieron en el guía infalible que le ayudaba a decidirlo todo; no compró nada, no emprendió nada que no le hubiera sido recomendado por la voz de la publicidad. Así fue como el desventurado vivió en un auténtico infierno.
Claude adquirió un terreno formado por tierras de aluvión donde sólo pudo construir sobre pilotes. La casa, construida según un sistema novedoso, temblaba cuando hacía viento y se desmoronaba con las lluvias tormentosas. En su interior, las chimeneas, provistas de ingeniosos sistemas fumívoros, humeaban hasta asfixiar a la gente; los timbres eléctricos se obstinaban en guardar silencio; los retretes, instalados según un modelo excelente, se habían convertido en horribles cloacas; los muebles, que debían obedecer a mecanismos particulares, se negaban a abrirse y cerrarse.
Tenía sobre todo un piano que no era sino un mal organillo y una caja fuerte inviolable e incombustible que los ladrones se llevaron tranquilamente a la espalda una hermosa noche invernal.
El infortunado Claude no sufría sólo en sus propiedades sino también en su persona: la ropa se le rompía en plena calle. La compraba en esos establecimientos que anuncian una rebaja considerable por liquidación total. Un día me lo encontré completamente calvo. Siempre guiado por su amor al progreso, se le había ocurrido cambiar su cabello rubio por otro moreno. El agua que acababa de usar había hecho que se le cayera todo el pelo rubio, y él estaba encantado porque -según decía- ahora podría usar cierta pomada que, con toda seguridad, le proporcionaría un cabello negro dos veces más espeso que su antiguo pelo rubio.
No hablaré de todos los potingues que se tomó. Era robusto pero se quedó escuálido y sin aliento. Fue entonces cuando la publicidad empezó a asesinarlo. Se creyó enfermo y se automedicó según las excelentes recetas de los anuncios y, para que la medicación fuera más efectiva siguió todos los tratamientos a la vez, hallándose confuso ante la idéntica cantidad de elogios que cada producto recibía.
La publicidad tampoco respetó su inteligencia. Llenó su biblioteca con libros que los periódicos le recomendaron. La clasificación que adoptó fue de lo más ingeniosa: ordenó los volúmenes por orden de mérito, quiero decir, según el mayor o menor lirismo de los artículos pagados por los editores. Allí se amontonaron todas las bobadas y todas las infamias contemporáneas. Jamás se vio un montón de ignominias semejante. Y además, Claude había tenido el detalle de pegar en el lomo de cada volumen el anuncio que se lo había hecho comprar. Así, cuando abría un libro, sabía por adelantado el entusiasmo que debía manifestar; reía o lloraba según la fórmula. Con ese régimen, llegó a ser completamente idiota.
El último acto de este drama fue lastimoso. Tras haber leído que había una sonámbula que curaba todos los males, Claude se apresuró a ir a consultarla acerca de las enfermedades que no tenía. La sonámbula le propuso obsequiosamente la posibilidad de rejuvenecerlo indicándole la forma para no tener más de dieciséis años. Se trataba simplemente de darse un baño y de beber determinada agua. Se tragó el agua, se metió en el baño y se rejuveneció en él de tal manera que, al cabo de media hora, lo encontraron asfixiado.
Claude fue víctima de la publicidad hasta después de muerto. Según su testamento, había querido ser enterrado en un ataúd de embalsamamiento instantáneo cuya patente acababa de obtener un droguero. En el cementerio, el ataúd se abrió en dos, y el miserable cadáver cayó al barro donde tuvo que ser enterrado revuelto con las planchas rotas de la caja. Su tumba, hecha de cartón piedra y en imitación de mármol, empapada por las lluvias del primer invierno, no fue pronto nada más que un montón de podredumbre sin nombre.

Traducción: Esperanza Cobos Castro

domingo, 10 de octubre de 2010

CUENTO. "El ayuno", de Émile Zola (1840-1902)

Émile Zola
El ayuno
                                                   I
Cuando el vicario subió al púlpito con su amplio sobrepelliz de blancura angelical, la pequeña baronesa estaba beatíficamente sentada en su sitio habitual, cerca de una salida de calor, delante de la capilla de los Santos Ángeles.
Tras el recogimiento habitual, el vicario pasó delicadamente por sus labios un fino pañuelo de batista; luego abrió los brazos como un serafín que va a emprender el vuelo, inclinó la cabeza y habló. En la amplia nave, su voz fue en un primer momento como un murmullo lejano de agua corriente, como un lamento amoroso del viento entre los follajes. Y, poco a poco, el soplo aumentó, la brisa se convirtió en tempestad, la voz se difundió bajo las bóvedas con majestuoso fragor de trueno. Pero siempre, por momentos, incluso en medio de sus más formidables invectivas, la voz del vicario se hacía súbitamente suave, lanzando un claro rayo de sol en medio del sombrío huracán de su elocuencia.
La pequeña baronesa, desde los primeros susurros en las hojas, había adoptado la pose receptiva y encantada de una persona de oído delicado que se dispone a gozar de todas las finuras de una sinfonía amada. Pareció encantada de la suavidad de los primeros acordes; luego siguió, con atención de experta, las elevaciones de la voz, la expansión de la tormenta final, administradas con tanta experiencia; y cuando la voz hubo adquirido toda su amplitud, cuando tronó, engrandecida por el eco de la nave, la pequeña baronesa no pudo reprimir un discreto bravo, un cabeceo de satisfacción.
A partir de ese momento, fue un gozo celestial. Todas las devotas se desmayaban.

                                                 II
Pero el vicario decía algo; su música acompañaba a determinadas palabras. Estaba predicando acerca del ayuno; decía cuán agradables le resultan a Dios las mortificaciones de sus criaturas. Asomado al borde del púlpito, en su actitud de gran pájaro blanco, suspiraba:
-Ha llegado la hora, hermanos y hermanas, en la que todos, como Jesucristo, debemos coger nuestra cruz, coronarnos de espinas, subir a nuestro calvario, con los pies descalzos sobre las rocas y entre las zarzas.
La pequeña baronesa encontró sin duda la frase blandamente redondeada porque parpadeó suavemente como halagada en el corazón. Luego, como la sinfonía del vicario la mecía, mientras continuó escuchando los compases melódicos se dejó llevar hasta una semiensoñación repleta de íntima voluptuosidad.
Frente a ella veía una de las largas ventanas del coro, gris de bruma. La lluvia no debía haber cesado. La querida joven había venido al sermón con un tiempo atroz. Pero hay que sacrificarse un poco cuando se tiene religión. Su cochero había recibido un horrible chaparrón, y ella misma, al saltar al pavimento, se había mojado ligeramente la punta de los pies. Su coche, afortunadamente, era excelente, bien cerrado y acolchado como una alcoba. ¡Pero era tan triste ver, a través de los cristales húmedos, una fila de paraguas apresurados correr sobre cada acerado! Pensaba que, si hubiera hecho buen tiempo, habría podido venir en victoria. Habría sido mucho más divertido.
En el fondo, su gran temor era que el vicario despachara demasiado rápidamente su sermón. De ser así, tendría que esperar su coche, porque desde luego no aceptaría pisar charcos con semejante tiempo. Y calculaba que, al ritmo que llevaba, el vicario no tendría voz para dos horas; su cochero llegaría demasiado tarde. Esta ansiedad le echaba a perder un poco sus devotas alegrías.

                                                III
El vicario, con cóleras bruscas que le hacían erguirse con el pelo sacudido y los puños hacia delante como un hombre atormentado por un espíritu vengador, rugía:
-Y, sobre todo, ¡ay de vosotras! si no derramáis sobre los pies de Jesús el perfume de vuestros remordimientos, el óleo perfumado de vuestros arrepentimientos. Creedme, temblad y caed de rodillas al suelo. Es viniendo a encerraros en el purgatorio de la penitencia abierto por la Iglesia durante estos días de contrición universal; es desgastando las losas bajo vuestras frentes empalidecidas por el ayuno; descendiendo a las angustias del hambre y del frío, del silencio y de la noche, como mereceréis el perdón divino en el día fulgurante del triunfo.
La pequeña baronesa, distraída de su preocupación por aquel terrible estrépito, movió lentamente la cabeza como si estuviera totalmente de acuerdo con el irritado sacerdote. Había que coger unos azotes, meterse en un rincón muy oscuro, muy húmedo, muy glacial y darse allí unas disciplinas; de eso no le cabía la menor duda.
Luego volvió a sumirse en su ensimismamiento; se perdió al fondo de un bienestar, de un éxtasis enternecido. Estaba confortablemente sentada en una silla baja de ancho respaldo y tenía bajo sus pies un cojín bordado que le impedía sentir el frío del pavimento. Medio recostada, gozaba de la iglesia, de aquel bajel donde flotaban vapores de incienso, donde las profundidades, llenas de sombras misteriosas, se poblaban de adorables visiones. La nave, con sus colgaduras de terciopelo rojo, sus ornamentos de oro y mármol, con su aspecto de inmenso gabinete femenino lleno de perfumes turbadores, iluminada por la suave luz de las lamparillas, cerrada y como lista para amores sobrehumanos, la había envuelto poco a poco con el encanto de sus pompas. Era la fiesta de los sentidos. Su linda persona rellenita se abandonaba, halagada, mecida, acariciada. Y su voluptuosidad se sentía muy pequeña en medio de tan amplia beatitud.
Pero, pese a sí misma, lo que la lisonjeaba aún más deliciosamente, era el aliento tibio de la boca de calor abierta casi bajo su falda. Era muy friolera, la pequeña baronesa. La salida de calor lanzaba discretamente sus cálidas caricias a lo largo de sus medias de seda. Un cierto adormecimiento se adueñaba de ella en aquel baño de muelle ligereza.

                                                   IV
El vicario seguía en plena ira. Y lanzaba a todas las devotas presentes al aceite hirviendo del infierno.
-Si no escucháis la voz de Dios, si no escucháis mi voz que es la del mismo Dios, en verdad os digo que un día oiréis vuestros huesos crujir de angustia, sentiréis vuestra carne derretirse sobre carbones ardientes, y entonces gritaréis en vano: "¡Piedad, Señor, piedad, me arrepiento!", porque Dios no tendrá misericordia y con el pie os arrojará al abismo.
Al escuchar estas últimas palabras un escalofrío recorrió el auditorio. La pequeña baronesa, a la que adormecía claramente el aire cálido que corría por su falda, sonrió vagamente. La pequeña baronesa conocía bastante al vicario. La víspera él había cenado en su casa. Adoraba el paté de salmón trufado y el borgoña era su vino favorito. Era, sin duda, un hombre apuesto, entre treinta y cinco y cuarenta años, moreno, con la cara tan redonda y rosada que aquel rostro de sacerdote se habría confundido fácilmente con la cara solazada de una moza de alquería. Además de eso, un hombre de mundo, buen comensal, buen conversador. Las mujeres lo adoraban, la pequeña baronesa bebía los vientos por él. Él le decía con una voz adorablemente dulce: "¡Ah!, señora, con semejante atuendo condenaría usted a un santo!".
Pero él, el querido padre, no se condenaba. Corría a repetirle a la condesa, a la marquesa, a sus otras penitentes la misma galantería, lo que le convertía en el niño mimado de todas aquellas damas.
Cuando iba a cenar a casa de la pequeña baronesa los jueves, lo cuidaba como a una querida criatura a la que la menor corriente de aire podría resfriar y a la que un mal bocado le produciría indefectiblemente una indigestión. En el salón, su sillón estaba en el rincón de la chimenea; en la mesa, el personal de servicio tenía orden de velar particularmente por su plato, de servirle a él sólo cierto borgoña de doce años, que él bebía cerrando los ojos con fervor como si estuviera comulgando.
¡El vicario era tan bueno, tan bueno! Mientras que en lo alto del púlpito hablaba de huesos que crujen y de miembros que se asan, la pequeña baronesa en el estado de duermevela en el que se encontraba, lo veía a su mesa, limpiándose beatíficamente los labios, y diciéndole: "He aquí, mi querida señora, una sopa de marisco que le haría hallar gracia ante Dios Padre, si su belleza no bastara ya para garantizarle el paraíso".

                                                V
Cuando acabó con la ira y las amenazas, el vicario se puso a sollozar. Ésa era, normalmente, su táctica. Casi de rodillas en el púlpito, no mostrando nada más que los hombros y luego, de golpe, incorporándose, doblándose como abatido por el dolor, se secaba los ojos con gran crujido de muselina almidonada, lanzaba los brazos al aire, a la derecha, a la izquierda, adoptando poses de pelícano herido. Era la conclusión, el final, el fragmento a gran orquesta, la escena movida del desenlace.
-Llorad, llorad -llorisqueaba con voz expirante- llorad por vosotros, llorad por mí, llorad por Dios…
La pequeña baronesa dormía por completo con los ojos abiertos. El calor, el incienso, la oscuridad que iba incrementándose, la habían adormecido. Se había acurrucado, se había encerrado en las voluptuosas sensaciones que experimentaba y, disimuladamente, soñaba con cosas muy agradables.
A su lado, en la capilla de los Santos Ángeles, había un gran fresco que representaba a un grupo de guapos jóvenes, medio desnudos, con alas a la espalda. Sonreían con sonrisa de amantes felices, mientras que sus actitudes inclinadas, arrodilladas, parecían adorar a alguna pequeña baronesa invisible. ¡Qué guapos muchachos, qué labios tan tiernos, qué piel de satén, qué brazos musculosos! Lo peor era que uno de ellos se parecía totalmente al joven duque de P…, uno de los buenos amigos de la pequeña baronesa. En su sopor se preguntaba si el duque estaría bien desnudo y con alas en la espalda. Y, por momentos, se imaginaba que el gran querubín rosado llevaba el traje negro del duque. Luego el sueño se afirmó: era verdaderamente el duque con ropa escasa el que le enviaba besos desde el fondo oscuro.

                                                 VI
Cuando la pequeña baronesa se despertó, oyó al vicario pronunciar la frase sacramental: "Les deseo la gracia". Permaneció un instante confusa; creyó que el vicario le deseaba los besos del joven duque.
Se produjo un gran ruido de sillas. Todo el mundo se fue; la pequeña baronesa había adivinado: su cochero no estaba aún al pie de la escalinata. Aquel diablo de vicario había despachado su sermón robándole a sus penitentes al menos veinte minutos de elocuencia.
Y, cuando la pequeña baronesa se impacientaba en una nave lateral, se encontró con el vicario que salía precipitadamente de la sacristía. Miraba la hora en su reloj, tenía el aspecto apresurado del hombre que no quiere llegar tarde a una cita.
-¡Ah!, ¡qué retrasado voy!, querida señora -dijo. Me están esperando en casa de la condesa. Hay un concierto espiritual seguido de una pequeña colación.