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jueves, 4 de junio de 2015

PRENSA CULTURAL. "Elena Medel lee a Antonio Machado". Laura Ferrero


   En "fronterad.com":

Elena Medel lee a Antonio Machado, y un libro que leía su madre antes de ser su madre

Laura Ferrero - 28-05-2015


A Elena Medel (Córdoba, 1985), Antonio Machado le recuerda a la estantería de la habitación de sus padres. A un tomo que decía: Poesías completas, y en concreto a una anotación del interior, “Araceli, diciembre 1978”. O sea: a su madre antes de ser su madre. Por tanto, podríamos decir que el poeta sevillano la ha acompañado desde siempre, incluso antes de que ella naciera. Leyó a Machado guiada por las marcas de su madre. Y ya se sabe: los libros subrayados determinan un camino y una dirección: nos abren a una multiplicidad de significados. Pero sí: la primera vez que Elena Medel leyó a Antonio Machado lo hizo guiada por una chica que era su madre antes de ser su madre.

Antonio Machado nos conecta a muchos con nuestra infancia. Con poemas que hemos leído en tantas ocasiones que parecen formar parte del refranero popular. Algunos de sus versos huelen a goma de borrar, al bocadillo de recreo, al polvo del borrador de la pizarra en la que algún pobre alumno buscaba figuras retóricas que pocos sabíamos pronunciar. Aliteración. Polisíndeton. Hipérbaton. En realidad, todos hemos vivido –aunque sea un poco– con Antonio Machado.

No hace falta introducir al poeta sevillano. Pero vayamos a por Elena Medel: tiene treinta años, es de Córdoba y de niña prefería leer que dormir (ahora le ocurre lo mismo). Es poeta, escritora y editora de La Bella Varsovia. También, aunque no lo diga casi nunca, ha ganado algunos premios que reafirman lo que ya sabíamos: que es una de esas mujeres que sabe escoger las palabras adecuadas y que tiene una sensibilidad especial para detenerse en lo importante. Consiguió el Andalucía Joven por Mi primer bikini (2001), el Loewe en la categoría de Creación Joven porChatterton (2014). Libros que, junto a los de Vacaciones, Tara Un soplo en el corazón acaba de reunir en Un día negro en una casa de mentira (Visor, 2015). Ahora se pasa al ensayo con El mundo mago. Una vida con Antonio Machado (Ariel). Pese a que este año haya escrito tres libros –aunque uno sea una recopilación–, tardó siete años en terminar Chatterton. De este último, la crítica dijo muchas cosas. Una de ellas, que era un libro generacional.

—Y pensé: ocho años para esto –dice ahora sonriendo.

Es legítimo decir que lo es, pero quizás sea más pertinente decir que Chatterton es un libro que aborda situaciones universales. La precariedad laboral es una constante de nuestra época pero también de muchas otras. Y en realidad el libro va mucho más allá de la crisis. Escrito con ironía, en sus versos retrata las expectativas incumplidas: la soledad dentro de un autobús, las mudanzas y el desarraigo en casa de los padres cuando se ha cumplido la treintena.

Elena Medel no es de esas autoras que tiene prisa por publicar: ella aboga por una escritura lenta. Afirma que empezó a escribir como consecuencia directa de sus lecturas. Primero fue prosa, relatos, incluso tiene un libro inacabado que no acaba de convencerla. Y ahora, sobre todo, se dedica a la poesía, un género que empezó a leer de jovencita cuando a los once años sus padres le regalaron una antología de la Generación del 27.


* * *

Dar con los motivos por los que alguien escoge a Antonio Machado para contarse a sí mismo es preguntarse por esa persona. En el prólogo leemos: “Resulta difícil hablar sobre Antonio Machado sin hablar sobre uno mismo”. Siendo ya mayor, Medel se compró su propio libro de Machado para seguir el rumbo de sus propios subrayados. Y en esta lectura del poeta sevillano, ese poeta que contiene dentro de sí tantos niveles como las muñecas rusas, Elena Medel traza una cartografía de sus propias inquietudes y certezas, de manera que en su lectura asoma la propia niña que era, la que leía en la cama, robando horas al sueño y escondida para que no la encontraran. La misma que pese a no entender a Federico García Lorca de Poeta en Nueva York intuía que ahí había algo importante que descubriría con los años.

Dice Medel que Machado es un poeta enraizado en la vida. Le recuerdo un verso de Benjamín Prado que pertenece a ‘Lo mismo y lo contrario’:

“Hay verdades sin límite
y hay cosas que se acaban:
los ríos son Machado;
yo te amé a tumba abierta;
los alacranes brillan a la luz de la luna
y después son, de nuevo, venenosos y oscuros…”

¿Los ríos son Machado? Nunca entendí esa frase. Me responde Medel que para el poeta, los ríos son marcas de vida. Porque Machado, ya lo he dicho, es un poeta anclado a la vida. En el ensayo El mundo mago. Una vida con Antonio Machado se obvian las lecturas infantiles a las que estamos acostumbrados: “aquí Machado dice, esto significa que…”. Porque la poesía, como el arte en general, no puede leerse como si fuera la guía de una ciudad. La exactitud no es para la poesía, es para el GPS del coche. Porque se equivocan los que buscan el significado a los versos. Aunque lo intentemos, lo que quiso decir el autor lo sabe solo el autor, que por algo lo escribió. El texto, una vez escrito, ya no le pertenece sino que pasa a pertenecernos a nosotros, los lectores, que nos leemos a través de los versos del otro. Cuenta Elena Medel que recientemente, en un examen de literatura del colegio, a la pregunta de “¿A quién está dedicado este poema?”, un alumno dio una respuesta inesperada: “A mí”. La maestra, claro, le puso un diez. No podía hacer otra cosa. Porque esa es una interpretación tan de válida como la real.

Todos hemos tenido la sensación de que hay párrafos, versos o libros que parecen escritos explícitamente para nosotros. ¿Qué poemas siente Elena Medel que están dedicados a ella?

—‘Camisetas’, de Luis Muñoz, y ‘Ya no será’, de Idea Vilariño.

Me estremezco al pensar en aquel verso final del poema de Vilariño, “No te veré morir”.

Tengo los libros de Medel subrayados y me encantaría preguntarle qué quiere decir en muchos de sus poemas. Pero entonces la entrevista no acabaría nunca. Pienso en aquel verso del poema ‘De vacaciones’: “Con las muñecas rotas te estoy diciendo adiós”. ¿Cuántas veces habré leído esa línea tratando de meterme en la cabeza de Medel? Es cierto: no puedes decir adiós con las muñecas rotas, ya no puedes hacerlo porque te has despedido tantas veces que incluso las muñecas han terminado por romperse. Crac. O tal vez se refiera a las muñecas rotas de la infancia. Interpretar es tratar de resolver un acertijo: solo sirve para darnos cuenta de la distancia que separa al autor del receptor. La verdad del arte, de la poesía es esa: la de cada uno.


* * *

No deja de ser sorprendente que una poeta de 30 años dialogue con Machado. Me hubiera esperado un diálogo con Sylvia Plath, con Sharon Olds, tal vez con Wislawa Szymborska.

—Pero… ¿por qué Machado?
—Porque dentro de él hay muchos poetas. En cada poema hay multitud de poemas. Por ejemplo, el de ‘A Jose María Palacios’ es, a la vez, un poema de amistad, amor, desamor y contemplación.


* * *

En El mundo mago Medel dice: “Jugué a dejar que Antonio Machado adivinada mi futuro. Un día cerré los ojos, lancé una pregunta y abrí el tomo grueso al azar, dejando que me respondiera y leí:

“Aunque me ves por la calle,
También yo tengo mis rejas,
Mis rejas y mis rosales”.

Porque el libro habla sobre rejas y rosales, pero no solo de los de Machado o de ella misma, sino de los de la vida. De esos cuatro o cinco temas básicos y universales que nos ocupan a todos, seamos poetas o no. Por tanto, es acertado decir que este no es un libro sobre Antonio Machado. Es un libro sobre Elena Medel leyendo a Antonio machado. Es decir: es un libro sobre Elena Medel.


* * *

El poeta andaluz no nos da sus razones para la escritura. Medel, ahora, en esta cafetería de Barcelona llena de bullicio y de reuniones de trabajo, en un mes de mayo lluvioso, dice que la escritura no tiene únicamente una razón:

—Escribes porque te falta algo y porque quieres encontrarle un remedio a la realidad.

Como decía Carles Dachs “Escric potser perquè no sóc capaç de viure tot allò que em passa” (Quizás escribo porque no soy capaz de vivir todo lo que me ocurre). Algo de eso habrá. Hay algo que se nos escapa, si no lo hubiera, no escribiríamos. Pero ese algo varía según el momento de la vida en el que nos encontremos. Los poemas van cambiando desde el preciso momento en que se empiezan a gestar. Medel empieza anotando ideas en una libreta. Después las deja procesar. Y las cosas cambian, tienen vida propia. Porque ella también lo hace.

Me viene a la cabeza ahora, y se lo comento, un verso comprendido en ‘Maceta de hortensias en nuestra terraza: pulgón’. Dice así: “Porque cuando todo va bien, algo se mancha”. Me pregunto qué tendrá que ver eso con la escritura: ¿Es esa mancha la que nos lleva a escribir? ¿Hace falta que algo vaya mal para escribir?

—No mal. Pero es necesaria cierta falta de certezas. Y sobre todo: no haber encontrado el lugar. No es preciso ser infeliz pero sí tener cierto desasosiego vital.


* * *

Supe que quería conocer a Elena Medel un día en la M-30. Había cogido el autobús número 28 con destino a casa de mi padre en las afueras de Madrid. Parada en medio de un atasco, mirando a través de la ventana, me fijé en la conductora del Range Rover de mi lado. Era una compañera de clase de la universidad. Ella también me vio y al principio tardó en reconocerme. Me saludó con la mano y justo el autobús arrancó y me quedé, ahí, mirando a través de la ventana saludando a la nada. Me sentí absurdamente pequeña en mi autobús de línea. Es un pensamiento infantil pero la comparación existe. Tú vas en un autobús lleno hasta los topes y tu compañera en un coche tapizado de piel de color beige. Yo llevaba, por aquellas casualidades de la vida –los libros y las canciones siempre aparecen en los momentos adecuados–, el poemario de Chatterton en el bolso y releí ese poema infinitamente subrayado: ‘A Virginia, madre de dos hijos, compañera de primaria de la autora’. En él, Medel se encuentra en un autobús que viaja desde la periferia de Córdoba al centro de la ciudad. Se encuentra a Virginia, una antigua compañera de colegio, y pese a que la otra no la reconoce, Medel va armando un poema a lo largo del tiempo –se encuentra a Virginia varias veces– y construye unos versos que la llevan al territorio de la infancia, al centro de Córdoba, pero al centro de la vida misma también. El poema habla de muchas cosas. Pero sobre todo se centra en una: en el fracaso. En volver a casa de los padres. En las uñas mal pintadas, en los consejos del papel cuché, en el bolso colmado de galletas que dos niños devoran en los asientos de un autobús.

La vida también iba a ser eso cuando de niño, en el colegio, te preguntaban qué querías ser. Medel traza, en el que para mí es uno de sus mejores poemas, un viaje al centro de un mundo, el de las expectativas frustradas. En veintiocho minutos que dura el trayecto del autobús Medel desmenuza los años pasados, los años en los que el futuro era algo lejano y lo confronta con un hoy vacío de promesas y lleno de manos ásperas que huelen a lejía y a productos de limpieza. No es un poema alegre. Es sarcástico, irónico. Y reconozco que si me preguntaran a quién está dedicado, diría, como el alumno, que está dedicado a mí. Al menos, aquel día del autobús y el Range Rover, lo estaba.

La grandeza de Elena Medel consiste en eso mismo: en que es capaz de unir autobuses que están a muchos kilómetros de distancia. Y que con sus versos logra hacer más humano y luminoso este mundo que a menudo se nos antoja tan descabellado.



Laura Ferrero es filósofa y periodista. Trabaja desde hace años en el mundo de la edición. En FronteraD ha publicado Un café con Leila GuerrieroLas infidelidades, o la gran crisis del deseoEl Chad: lejos del desencantoEn letras mayúsculas y Miedo de ser William Stoner, y mantiene el blog Los nombres de las cosas

martes, 10 de febrero de 2015

PRENSA CULTURAL. CINE. Sobre "Magical Girl", de Carlos Vermut. Elena Medel

   En "Babelia":

Historia de España

Elena Medel sobre 'Magical Girl'

En Cría cuervos, de Carlos Saura, las hermanas huérfanas bailan ¿Por qué te vas? en ausencia de la tía Paulina: durante ese paréntesis de música regresan al espíritu de la edad que les corresponde, y que enterraron. Años más tarde, en Arrebato, Iván Zulueta despojó a su Betty Boop de la sexualidad que marca en nuestro recuerdo al personaje, brindándole con la actitud de Cecilia Roth una perversa ternura maternal. Carlos Vermut ha cerrado con Magical Girl ese círculo —un círculo majestuoso, exacto, como aquel que remata su película— de infancias y muertes con la coreografía de Lucía Pollán, al inicio del filme, frente al espejo.
No cuento más porque a Magical Girl conviene acercarse desconociéndola; lo impone una película forjada con vacíos —los que deja, en el cuadro definitivo, una pieza de puzle extraviada—, silencios y elipsis, en la que sin embargo todo cuadra, todo significa, nada recae en el azar. ¿Qué intuimos tras la puerta del lagarto negro? ¿Qué vincula a Bárbara —Lennie, magnética—, y Damián? Uno de los superpoderes de Magical Girl reside en su inteligencia al callar; otro, en su capacidad para el asombro, en el diálogo entre símbolos y tiempos cambiados, en los bruscos virajes cuando la línea narrativa se endereza.

Uno de los superpoderes de 'Magical Girl' reside en su inteligencia al callar; otro, en su capacidad para el asombro

Conviven muchas películas diferentes en Magical Girl. Según el personaje al que acompañes, Magical Girl habla sobre el poder y la dominación, sobre la compasión y la culpa, sobre la obsesión y la belleza, sobre el amor y el deseo y la destrucción, sobre la venganza y la justicia, sobre España. Oliver Zoco nos sitúa en tierra de nadie: ni cerebrales como nuestros vecinos nórdicos, ni sentimentales como los árabes o los latinos, en esa zozobra nos mantenemos. Y en ese carácter funámbulo de nuestra cultura —el que late en las obras de Cervantes, Goya o Lorca—, se construye Magical Girl.
Carlos Vermut no ha necesitado importar ninguna fórmula de éxito, por mucho que reescriba el género noir y se apoye en referencias a la cultura japonesa o a libros y películas como Alicia en el país de las maravillas o El mago de Oz. La picaresca triste de Luis, los espacios costumbristas que otorgan a Damián el humor negro, el tremendismo y lo tremendo, el discreto encanto de los ambientes en los que se mueve Bárbara, la atmósfera de oscura ensoñación... Elementos que Magical Girl comparte con el cine de Val del Omar o de Buñuel, de Saura, de Zulueta y de Almodóvar. Y al escribir estos apellidos no me refiero —sin más— a que Carlos Vermut se inscriba en esta tradición, profunda y sabia y desacomplejadamente española, sino que Vermut —tras el alto precedente de Diamond Flash— y su honesta Magical Girl acceden por derecho propio a ese grupo.
Antonio Machado, con la voz de Juan de Mairena, acusaba al poema que no revelaba su "acento temporal" de encuadrarse más en la lógica que en la poesía. Magical Girl, ocultándonoslo todo, cae del lado de la lírica, e inclina la balanza lejos del dos-más-dos-son-cuatro con el que Vermut nos previene: Magical Girl nos rompe los esquemas. Por más que aluda a la crisis —con esa conversación entre Damián y Luis, qué sucederá, sucederá lo que tememos, sucederá lo que tememos y como lo tememos—, se desarrolla ajena al tiempo y al espacio, centrada en que el espectador —un personaje más— mire y reflexione y concluya. Densa y turbia, al mismo tiempo delicada y refinadísima —de qué manera traza Carlos Vermut cada situación, y qué plasticidad—, siempre en equilibrio, la espléndida Magical Girl forma ya parte de nuestra historia.

lunes, 21 de abril de 2014

PRENSA CULTURAL. Sobre Elena Medel y su poesía

   En "El País":

Del fracaso y sus versos de luz

La poeta Elena Medel gana el premio Loewe a la Creación Joven con 'Chatterton'

El tercer libro de la autora es un canto al desengaño definido por el jurado como "generacional"


Elena Medel en el Hotel de las Letras de Madrid. / CLAUDIO ÁLVAREZ
Elena Medel (Córdoba, 1985) se detiene, piensa, retoma la frase: “No, no es eso lo que quería decir. No es esa la palabra”. Lo hace varias veces durante la entrevista. El lenguaje no es inocente y elige cada término con precisión quirúrgica. Incluso aquí, en la cafetería del hotel donde se hospeda en Madrid, lejos de la hoja en blanco y los versos. Incluso hoy, con la resaca de haber asistido a la entrega del premio Loewe a la Creación Joven por su poemario Chatterton, editado ahora con Visor. Medel se toma su tiempo como hace con la escritura. Han pasado ocho años desde la publicación de Tara, su anterior libro, y no es ya la joven que entraba en el mundo poético con la frescura y la insolencia de Mi primer bikini en 2002. Elena Medel se acerca a los 30 y escribe sobre el desencanto.

Íbamos a ser una generación con la vida resuelta, pero nos estamos encontrando con precariedad laboral, social, emocional
“Madurar/ era esto:/ no caer al suelo, chocar contra el suelo, contemplar el pudrirse de la piel/ igual que un fruto antiguo”. Así abre Chatterton, con una revelación que suena a cristal roto, a desengaño. El propio del transcurrir del tiempo, pero también el propio de esta época marcada a fuego por la palabra “crisis”. Un libro definido por el jurado del Loewe (con miembros como Caballero Bonald, Francisco Brines o Soledad Puértolas) como “generacional”. Y algo hay de cierto: “Nos habían dicho que íbamos a ser una generación con toda la vida resuelta, exitosos, los mejor preparados de la historia… Y sin embargo nos estamos encontrando con precariedad laboral, social, emocional. No sé si es un libro generacional. Es un libro sobre el fracaso”.
El fracaso, que equivale a una ruptura sentimental irremediable como la muerte de una maceta de hortensias (“la han arrancado de su hábitat: por mucho que te empeñes, nada sobrevive/ en un clima que no le pertenece”). A la maldición del trabajo o la falta de él (“Renazco/ en la oficina. Crezco sin luz:/ yo canto a los elementos opresivos”). Al regreso a la casa de los padres (“He corregido este poema/ en autobuses baratos;/ he corregido en el lugar en el que corregía/ hace diez años”).
Y sin embargo hay luz. Más luz que en Tara, una imagen brumosa del encontronazo con la muerte definida por el poeta Manuel Vilas como "un libro literariamente impecable, humanamente sólido, maduro, verdadero". Casi tanta como en el fogonazo de Mi primer bikini. “Amigos que han leído Chatterton me dicen que es un término medio entre ambos, que es un libro tranquilo, pero quiero pensar que, pese a los temas que trata, es un libro luminoso”. Atrás queda el estilo “barroco” deTara y una crisis creativa: “Me di cuenta de que no podía contar lo que quería contar desde ese lenguaje, sino que tenía que optar por uno más claro, más narrativo. Anímicamente y a nivel de confianza en lo que hacía, que lo respaldaran autores que para mí son faros [habla de Francisco Brines y Pablo García Baena, miembros del jurado] es un impulso enorme. Sobre todo porque tuve muchas dudas con el libro. De no saber qué hacer con él, si me estaba equivocando…”.

Quiero pensar que 'Chatterton', pese a los temas que trata, es un libro luminoso
Parte de ese bloqueo se intuye en los ocho años que han transcurrido desde su anterior poemario. Pero también influye en ese lento ritmo de publicación el proceso de escritura de Medel. “Para mí hay años de tanteo [ahora, dice, se encuentra de nuevo en este período], en la lectura y en la escritura, también en la vida. Cuando veo que hay seis o siete poemas que orbitan en torno a un tema, digo ‘el libro se me está haciendo”. En este, cuenta, hay textos que se remontan a 2008, y algunos han sido escritos durante años.
Como el que cierra ChattertonA Virginia, madre de dos hijos, compañera de primaria de la autora, escrito entre 2008 y 2012, mientras Medel observaba a la protagonista en los autobuses cordobeses sin que esta llegara a reconocerla. “Empecé a escribirlo con una distancia no solo geográfica, sino también vital. Yo vivía aquí [en Madrid], trabajaba aquí… Sin embargo, terminé de escribirlo siendo de allí. Esa distancia ya no estaba y en cierto modo era yo ya la persona de la que estaba hablando”.

En el poemario hay textos que se remontan a 2008, y algunos han sido escritos durante años, como A Virginia, madre de dos hijos...
Un juego de espejos constante en un poemario atravesado por la figura femenina. "No puedo escribir lejos de mis circunstancias, y yo soy una mujer, con todo lo que conlleva", aclara Medel. Una decisión "intuitiva" ("Yo no me siento a decir 'voy a hablar de mujeres"), pero consciente. "Tenía miedo de que hubiera lectores que se fueran a alejar por eso. Pero claro, nadie se aleja cuando es la voz de hombre la que impera, cuando las referencias son eminentemente masculinas". La autora, en este tema, tiene carrete para largo. Habla de las antologías en la que ellas tienen una cuota "simbólica", de los premios sin ganadoras y de los jurados sin juezas. En el que le ha premiado, de hecho, por primera vez hay dos mujeres.
Este interés comienza en las lecturas: Sylvia Plath, Ángela Figuera, Marianne Moore, Anne Sexton... "En cierto modo Chatterton es hijo, o hija más bien, de todas esas madres". Y hermana de esa a la que despide, "abrazos y lágrimas en el control de seguridad". Y de esas "cinco mujeres rápidas" que "apuran sus bandejas" en la estación que dibuja en Los mortales se nutren de trabajo y salario. Y de esas a las que dirige Una plegaria por las mujeres solteras. Y hermana de Virginia: "Yo he pensado en nosotras./ No sé si sabes a lo que me refiero./ Te estoy hablando del fracaso".

Un cuervo en la ventana de Raymond Carver

ELENA MEDEL
para Erika
Nadie se posa en el alféizar —son veintiocho años
de espacio adolescente—,
pero qué ocurriría si el pájaro sobre el que he leído
en todos los poemas
se colara por el patio de luces y asomara
por el alféizar de mis veintiocho años,
un pájaro
mi habitación adolescente.
Y qué ocurriría si yo escribiese aún
—si me preguntan, respondo que ya no—
y un pájaro cualquiera, ninguno de los pájaros sobre
los que haya leído en todos los poemas,
un cuervo o una de las palomas negras que asoman en la oficina,
interrumpiese en la escritura
como el que se posó en la ventana de Carver.
¿Ganaría su lugar en el poema?
¿Dejaría de ser pájaro?
Alza el vuelo. Ya no hay
habitación en el alféizar.

sábado, 24 de diciembre de 2011

POESÍA. "Curso de submarinismo", de Elena Medel (Córdoba, 1985)

Elena Medel

Curso de submarinismo

Como anticipo a la pérdida,
un corazón que flota y sobrevive
a la riada de sueños encerrados en burbujas.

Como coraza contra la victoria,
agendas que no abandonan su jaula de jabón,
muertas sobre la placa de la ducha.

Hoy es epílogo
las horas construyen su ataúd junto a mi almohada.

viernes, 23 de diciembre de 2011

POESÍA. "L'enfant terrible", de Elena Medel (Córdoba, 1985)

Elena Medel

L'enfant terrible

Mi chico azul surgió de un tren celeste.
Azul su discman y el CD de Los Planetas,
era tan frágil que sólo hablaba con monos ebrios
-colgados de farolas en medio del océano-
y acariciaba su codo con acento de verano en Irlanda.
En la arena, el hueco de su talón imitaba
al cortafuegos abierto por las mandíbulas de Hansel,
negándome la dulce perversión de sus paredes.
Diez minutos construyeron mi paraíso mirándole las uñas.
Sólo porque él fue mi fetiche -azul napoleónico de Elba-,
decidí cobijarle para siempre en mi mochila
-entre los libros de poemas y mis bragas-,
pero me rechazó con la distinción que le supuse.
Pez azul chocando contra mis tobillos,
el cielo de su boca se encapotó al querer cruzarlo:
demasiado azul, demasiado azul, demasiado azul.

jueves, 22 de diciembre de 2011

POESÍA. "Punto de partida", de Elena Medel (Córdoba, 1985)

Elena Medel
Punto de partida

Un poema condenado al ocio.
Sus dieciocho versos montan en autobús
y guardo en la cartera -dibujos animados-
dos pasajes con destino a la garganta.
Tu móvil, apenas unos céntimos, sonrisa:
ganarte así, renegando de Espronceda.

Tus besos son la excusa del verano.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

POESÍA. "Irène Némirovsky", de Elena Medel (Córdoba, 1985)

Elena Medel

Irène Némirovsky
                           Para Benjamín Prado

Yo soy Elisabeth Gille llorando tu marcha:
éstas son mis cartas de cumpleaños quemadas.
Yo soy tu hija pequeña sin regalos de Navidad.
Persiguiendo a los nazis, saltando la valla.
Yo soy David Golder arruinado tras tu muerte.
Yo soy un acorde de piano cualquiera
que, de repente, en Issy-L'Evêque suena.
Yo soy Danièle Darrieux tirándose a un ministro nazi.
Yo soy la familia Kampf en un baile malogrado.
Yo soy las lágrimas que derramaste
en una cámara de gas en Auschwitz.
Yo soy el espíritu de la mala suerte.
Yo soy, como tú, una judía atea.
Yo también me exilié por la guerra.
Y soy un susurro al oído y un cuento de Chéjov
y las moscas del otoño en un suburbio de Moscú
y soy un perro y soy un lobo
y soy un trago de vino de soledad...
Y soy tu todo y soy tu nada.
Y soy el cabrón alemán que te mató.
Y el germen de la semilla de tu ser.
Yo también me marché de Kiev.
Yo soy tú y a la vez yo.
Yo soy un insecto que por noviembre
merodea en los crematorios.
Yo soy la elegancia, el clasicismo y la frescura
de la boca que Hitler mandó callar un día.
Yo soy Grasset quemando todos tus fonemas
cuando tus hijas aún duermen a tu sombra.
Soy tu mano que acaricia sus cabellos
y que, dedos traviesos, imagina un nuevo cuento.
Y digo que este poema es Irène Némirovsky
lo mismo que yo soy Finlandia en 1918
y tú eres un corazón más en un mundo vacío.