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jueves, 15 de octubre de 2015

PRENSA. "A la maestra". Elvira Lindo

   En "El País":

A la maestra

Urge abrir una escuela de padres y madres para que aprendan a comportarse. Primera lección: a la maestra no se la pega


Una clase para adultos. / SANTI BURGOS

El lenguaje se infecta. Lo infectan a menudo los políticos y lo infectamos quienes hablamos o escribimos en los medios. Nuestro vicio por una jerga que encubre a menudo un rechazo por la claridad acaba trufando el lenguaje común. Como resultado, a veces hablamos de asuntos cotidianos como si estuviéramos en una tertulia televisiva o haciendo declaraciones en el telediario. En una esquina del periódico, no tan a la vista como a mi juicio debiera estar, me encuentro con que en Granada una madre ha agredido a la maestra de su niña porque las normas del centro no permitían la impuntualidad para una jornada musical. La madre, fuera de sí, agarró del pelo a la maestra, la pateó y la insultó. Todo esto delante de la cría. Dios nos libre de madres que nos quieran tanto. La maestra acabó en el hospital: las magulladuras se curan antes que los sustos y que el trauma que provoca una agresión.
Leo que la directora del centro ha declarado que a la paz se llega con el diálogo, y que la Consejera de Educación se solidariza con su caso y rechaza cualquier tipo de violencia. Supongo que estas expresiones provienen de cuando los telediarios abrían con los políticos condenando un atentado, pero francamente esas palabras suenan poco convincentes si se trata de hablar de algo ocurrido en una escuela. Todo es más simple: el profesorado es la autoridad que los padres deben reconocer. En casa nuestra madre solía decirnos: “A la maestra se la trata con respeto”. Por lo que se ve urge abrir una escuela de padres y madres para que aprendan a comportarse. Primera lección: a la maestra no se la pega (permítanme el laísmo).

lunes, 20 de octubre de 2014

PRENSA. "Maneras de retratarse". Elvira Lindo

Elvira Lindo

   En "El País":

Maneras de retratarse

Los países tiemblan por un virus que mata menos que nuestro propio estilo de vida

Voy al médico y, cómo no, hablamos del tema, del asunto que ha plagado las conversaciones de las dos últimas semanas, de las cuales puede extraerse una esencia de lo que es el ser humano en su mejor y en su peor versión. El médico tiene ese lenguaje corporal generoso de algunos facultativos, esa expresividad que te hace confiar en sus consejos, que son, por resumir, descanso, hidratación y unas cuantas respiraciones hondas. Me voy de allí sin una sola receta farmacológica, pero con grandes dosis de humanidad. El hombre de la bata blanca trae a colación un odioso refrán español que viene muy a cuento, “Por la caridad entra la peste”, un consejo nacido en aquellos años del siglo XIV en que Europa vio diezmada su población por el temido mal y que, dicho hoy día, supone una prevención contra la generosidad. Al fin y al cabo, en aquellos tiempos los seres humanos no tenían otra manera de protegerse que apartando y excluyendo al enfermo.
Pero hoy, ricos como somos en recursos y obsesionados como estamos en los países occidentales por tener la misma muerte bajo control, suena a mezquindad. Aunque según el caso se podrían añadir adjetivos al sustantivo: racista, clasista, cruel o, simplemente, egoísta. Es en ocasiones como estas en las que el ser humano se retrata. El que tiene responsabilidad política o social, pero también el de a pie, aquel que dejando caer su opinión entre amigos contribuye al aire que se respira.

Las organizaciones avisan de que debemos mandar ya médicos. “Solo nos acordamos de África cuando truena”
Hablo con este hombretón embatado que se dedica a aliviar los males de sus pacientes y me dice: “Pues si por la caridad entra la peste, ¡que entre!”. Eso, que entre. Podemos disfrutar de medidas de higiene, médicas, de control, envolver a nuestros enfermos en una nube de médicos, pero la vida, en su delicia o en su pesadilla, se cuela siempre. Nuestra piel no es impermeable. Recuerdo mi viaje a Etiopía hace 12 años, uno de esos episodios que te cambian la vida. Recuerdo visitar, entre otros muchos centros llevados con heroicidad civil por cooperantes (religiosos o no, tanto da), una pequeña comunidad de niños estigmatizados por el sida. No porque ellos lo padecieran, sino porque sus padres habían muerto por el virus. Recuerdo verlos llegar de la mano de sus abuelos: niños serios, intocados por su comunidad, niños enfermos de estigma, niños que se mantenían a distancia de nosotros, por tener muy clara ya en su tierna conciencia la idea de que eran apestados sociales. Hay imágenes que no se borran, esta es una: los niños volviéndose en la oscuridad de la noche hacia sus casas, felices aún por haber asistido a la magia del dibujo que desplegó el dibujante Urberuaga en una pizarra y del cuento con el que yo acompañaba las imágenes y que era traducido para sus oídos por un etíope cubano. La infancia y su capacidad de resiliencia, esa asombrosa plasticidad de su cerebro que permite a las criaturas sobreponerse al menos por un día a una existencia injusta.
En torno a los olvidados de la tierra estaban Médicos Sin Fronteras, Intermón Oxfam o las escuelas de los misioneros, como aquella ejemplar que lideraba y lidera la madre Nieves. Nosotros volvimos a España con aquel precioso recuerdo, imborrable desde el momento en el que las enfermedades y la pobreza que asuelan la tierra africana se presentan de tanto en tanto en las noticias y te devuelven aquellos días, pero volvimos a los lujos domésticos, a la ausencia de mosquitos asesinos, a la limpieza, a la maravilla del agua corriente, a la extrema comodidad en la que tan poco se repara y a la que nos acostumbramos de inmediato, dándola por supuesta o pensándonos merecedores de ella.

Hay personas que piensan que la piedad o la misericordia son sentimientos exclusivos de la fe cristiana
Todo el mundo se retrata: un responsable político tan cutre como para acusar a una enfermera de poner a la población en riesgo; una ministra con cara de susto incapaz de manejar una situación para la que debería estar suficientemente preparada; otro político que por hacer oposición pone en duda una repatriación que constituye el derecho de cualquier ciudadano y de la que no dudan los profesionales médicos, o la actitud de tantos de nosotros cuando nos da por pensar que nuestra vida, por el hecho de vivirla en el primer mundo, ha de estar exenta de acontecimientos incontrolables. Ay, por la caridad entra la peste. Maldita sea, hay personas que piensan que la piedad, la compasión o la misericordia son sentimientos exclusivos de la fe cristiana y que los demás hacemos muy bien en vernos exentos de semejantes obligaciones morales.
Hay un chiste americano que ronda estos días en una página de científicos: un tío gordo comiendo hamburguesas, fumando y bebiendo. En cada uno de esos productos viene el número de muertos que se producen en EE UU al año por su abuso, pero de la mente del individuo surge un pensamiento que le aterroriza: “¡¡¡Ébola!!!”. Pues eso. De pronto, los países tiemblan por un virus que mata menos que nuestro propio estilo de vida. Mientras, el dinero que nuestro Gobierno dedica a África es irrisorio. Las organizaciones de cooperación nos avisan de que si queremos detener esta fiebre, debemos mandar ya médicos y enfermeras. Con la lógica promesa de que podrán ser repatriados si se ponen enfermos. Pero hay otro refrán, este más reciente, que reza: “Solo nos acordamos de África cuando truena”. 

lunes, 12 de mayo de 2014

PRENSA. "De mujeres y niñas". Elvira Lindo

Elvira Lindo

   En "El País":

De mujeres y niñas

Esta semana las noticias más visitadas eran crónicas del abuso y el maltrato a las niñas y a las mujeres

Resúmenes catastrofistas de la realidad. Estamos en tiempos propicios para hacerlos. Hilamos una realidad desgraciada con otra, y la verdad es que el mundo resultante de esa suma acalorada apesta. Apesta el mundo. Yo también siento con frecuencia la tentación de unir una noticia con otra de las que componen las primeras planas de los periódicos y extraer de todo ello el resumen del universo: la putrefacción. Poco me falta para pregonar que estamos atravesando un momento finisecular, con la particularidad de que el siglo no ha hecho más que empezar. Es como si de pronto nos invadiera un ataque de clarividencia y sintiéramos que estamos en condiciones de concluir que atravesamos el peor momento de la historia de la humanidad.
En el fondo, tiene algo que ver con la manera en que se construyen las teorías conspirativas, aunque en este caso lo que ofrezcamos sea una lista de verdades incontestables. En mi opinión, el único antídoto para librarse de una fiebre apocalíptica es mirar hacia atrás y comprobar que Discépolo compuso su célebre Cambalache en 1934 y que describía su país y no el nuestro, pero que tanto daba, porque servía para cualquier nación y para cualquier presente. Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé, en el 506 y en el 2000 también. Hay que mirar hacia atrás. Hacer la cuenta de cómo se las gastó el siglo XX y el número de víctimas con las que sembró el futuro de Europa. Calibrar cómo era la vida de los más débiles en el XIX, de las mujeres, de los niños. De los negros en Estados Unidos. ¿Es peor este presente?
No lo es, no. Pero está visto que el ser humano tiene tanta capacidad para la bondad como para cometer atrocidades. Esta semana, en las listas caprichosas que ofrecen los periódicos de las noticias más visitadas, y digo caprichosas porque en muchas ocasiones lo más leído coincide con lo más bobo, aparecían varias crónicas relacionadas con el abuso y el maltrato a las niñas y a las mujeres, cada una de esas noticias situadas en puntos del mapa muy distantes que no se asemejan culturalmente en nada, salvo en que son delitos perpetrados por seres humanos.

Pero está visto que el ser humano tiene tanta capacidad para la bondad como para cometer atrocidades
El alcalde de Santa Cruz de la Sierra (Bolivia), célebre por abusar de mujeres jóvenes y aun así reelegido en su cargo, fue pillado in fraganti sobando el muslo de una periodista que se sentó a su lado. La joven tuvo el valor de agarrarle la mano y retirársela. Hablo de valor porque esos tipos tienen poder y lo ejercen ilimitadamente. La lógica respuesta en una sociedad igualitaria hubiera sido que esa periodista le cruzara la cara. Pero lo tremendo de este vídeo es que ha permitido que viéramos otros protagonizados por el mismo tipejo: en uno de ellos se ve cómo en la visita a una obra municipal toma entre sus manazas la cabeza de una funcionaria, la única en un universo masculino, y la besa, como podemos observar, con la boca abierta. Con lengua, como se ha dicho siempre. Y también contemplamos cómo ninguno de sus compañeros hace nada y ella se retira avergonzada a un lado limpiándose las babas. Sucedió hace tiempo. Él sigue siendo alcalde. Los ciudadanos de ese municipio consideran que esos comportamientos pueden ser aceptables o que no son tan graves como para retirarlo de la política.
En ese mismo ranking que durante unos días pareció centrarse en el maltrato, el machismo y la misoginia, nos encontrábamos los datos sorprendentes de Dinamarca: un 52% de las danesas confiesan haber sufrido algún tipo de abuso. Las razones que se aducían para un porcentaje tan elevado eran el nivel de inmigración, la confianza de las mujeres en la denuncia del maltrato y la nula vigilancia de los padres en una edad tan descontrolada como la adolescencia. De cualquier forma, alarma que en países que se presentan como modelos de civilización ante la brutalidad circundante se destapen de pronto estas cifras.
Y en este crescendo de abominables noticias encontrábamos con toda justicia en un primer puesto a las más de doscientas criaturas nigerianas que fueron secuestradas en ese lugar sagrado que es la escuela y que a hoy día aún no sabemos dónde están, ni qué aterrorizados pensamientos recorrerán su mente, ni si estarán siendo alimentadas o habrán sido ya vendidas o casadas a la fuerza, maltratadas o forzadas a ser esclavas sexuales. Y aunque como acabo de afirmar me niego a sumar las desgracias que en el mundo ocurren con la excusa de construir un artículo tremendista, la lectura de estas tres aberraciones seguidas, cada una de diferente naturaleza y nivel, pero todas ellas demostrando que la falta de consideración hacia las mujeres como seres humanos de pleno derecho castra a los países pobres e infecta a los ricos, me dejó un enorme desconsuelo.

El alcalde de Santa Cruz de la Sierra es célebre por abusar de mujeres jóvenes y aun así reelegido
¿No debería ser un asunto de primer orden en aquellos que tan alegremente planean intervenciones en terceros países exigir al Gobierno nigeriano el rescate de estas casi doscientas cincuenta muchachas? La desaparición de uno solo de nuestros niños provoca toda una avalancha de reportajes y comentarios, exprimiendo los aspectos más sórdidos del crimen, que nos roban el sueño y el sosiego. ¿Podemos dormir tranquilos, en cambio, sabiendo que casi trescientas niñas andan como almas en pena? ¿Cómo se oculta a trescientas niñas?

domingo, 4 de mayo de 2014

PRENSA. "Lo que saben ellas". Elvira Lindo

Elvira Lindo

   En "El País":

Lo que saben ellas

También existen en España mujeres como la de Madoff

 5 ENE 2014

La primera alegría de un sábado navideño: ir al cine y encontrarte la sala llena. Hurra. La segunda alegría de la semana: ir a ver la última de Woody Allen y que te entusiasme. Hurratracatrá. Soy de buen conformar: con esto ya tengo alimento espiritual para lo que resta de fiestas. Con respecto a la alegría 1, es obvio que me gusta comprobar cómo hay espectadores que aún mueven el culo para disfrutar de un filme, porque me consta que son muchos los académicos de la legua que ven los estrenos en pantalla de ordenador dado que no tienen tiempo de practicar con el ejemplo. Con respecto a la alegría 2, qué quieren, a mí que un individuo con 75 años demuestre que su talento está que arde, aunque nos haya hecho dudar de él estos años de periplo europeo, me ensancha el corazón. Quiere decir que no solo Woody Allen puede ser Woody Allen hasta que muera, también los demás podemos ir tan pichis a pesar de la fiera venganza del tiempo y no conformarnos con esa maldición que nos echan los neurólogos cuando afirman que las neuronas, con los años, se amojaman.
Teníamos la idea de que cualquier historia de ficción sobre la crisis había de ser por fuerza una tragedia, que no había más tono posible que el dramático para narrar lo que está pasando, y en estas viene el viejo Allen, que no me había entusiasmado desde Match point, y cuenta el complejísimo camelo económico que brotó en su país y se contagió a Europa a través de un inesperado personaje, el de la mujer de un especulador financiero, y lo hace el hombre sin renunciar a su gracia y a su ligereza habitual. No nos avisa con redoble de tambores de que intenta capturar el signo de los tiempos, ni de que se dispone a certificar la putrefacción del capitalismo, no estamos ante la gran película americana, no tiene las pretensiones, por ejemplo, de un Jonathan Franzen, que les ha hecho creer a muchos que no se puede entender Estados Unidos sin haber leído Libertad; tanto es así que ha conseguido que se la lea, como si fuera una biblia del presente, el mismo presidente Obama. No es el caso.
Woody Allen se vale, como suele, de su habitual tono menor, trufa lo grave con humor e ilustra la acción con las canciones que escuchaba en la radio cuando era niño. Y a pesar de esa falta de pretensiones tan de agradecer, no he visto hasta ahora un punto de vista sobre la burbuja financiera más original: se sirve de la decadencia mental de una mujer, Jasmine, esposa de un especulador inspirado en Bernard Madoff, que ve cómo las riquezas basadas en el más puro engaño y en la ruina ajena que su marido acumuló quedan confiscadas. Jasmine tiene la cara y el cuerpo de Cate Blanchett, que se nos presenta como una versión de Blanche Dubois contemporánea, pero si el personaje de Tennessee Williams venía a representar el derrumbe del universo de las damas del sur, en este caso se trata del descalabro final de unos cuantos sinvergüenzas a los que el Estado, con su falta de regulación, permitió malgastar a su antojo los ahorros ajenos.
La historia se centra en ella, en esa mujer. Sabemos que Alec Baldwin representa a un Madoff cualquiera, pero ella encarna a un personaje más desconocido, más sofisticado. He visto a mujeres como esa entrando en las tiendas de Madison Avenue. Cierto es que muchas no poseen la elegancia natural de Cate Blanchett y lucen caras sometidas a más operaciones, pero llevan el mismo uniforme: un pedazo de Hermès colgado del brazo, una chaqueta Chanel, unos zapatos de tacón bajo. Hay una hora al día, a eso de las doce, antes del almuerzo, en la que aparecen pertrechadas con unas enormes gafas de sol: un portero les abre la puerta de la tienda y un chófer les abre la puerta del coche. Son manos que jamás abren puertas, manos que no se manchan con los sucios negocios de sus maridos; mentes que lavan su conciencia con ciertas ocupaciones benéficas; espíritus ociosos que buscan entretenimiento y razones para vivir en la decoración de interiores y en el mantenimiento de una eterna juventud. Pueblan los pequeños bistrós laterales entre Park y Madison y comen ensaladas sin aliño. Las he visto. También existen en España, aunque aquí el dinero tienda más a esconderse por aquello de la no ostentación de la riqueza. Pero las hay. Cada país tiene las suyas. Comparten, en esencia, el ignorar de manera consciente de dónde brota el dinero, llegando a autoconvencerse de que todo es producto del talento de su flamante marido. No son más decentes que Carmela Soprano, la mujer de Tony, aunque tengan más clase vistiendo. Si bien olvidan interesadamente los chanchullos económicos del cónyuge, no llevan con tanta alegría que este les ponga los cuernos. La razón por la que muchas de ellas salen de las tiendas como encogidas hacia delante, abrazándose al bolso, es porque tienden a agacharse de manera refleja para que no les tropiece la tremenda cornamenta con el techo. De alguna manera los cuernos vienen en el pack que contiene un marido arribista, marrullero, embaucador. Cuando la mala suerte quiere que la justicia le eche el guante al maromo, ellas dicen que creían que el dinero caía del cielo. Y quieren que el mundo las crea.
No sabían nada. De los cuernos, tampoco (eso ya es cosa suya). Pero ya les vale (esto ya es cosa mía).

miércoles, 5 de febrero de 2014

PRENSA. "¿Es ahí la guerra?". Elvira Lindo

Elvira Lindo

   En "El País":

¿Es ahí la guerra?

'Y entonces nací yo', las memorias de Gila, no es un libro divertido, aunque haya humor en él

 26 ENE 2014

El humor es ese género al que cualquiera cree que puede hincarle el diente. Así lo creen los chistosos televisivos, los imitadores profesionales o esos hombres de cara marrón que se pegan con velcro a las barras de los bares; también los escritores tildados de serios están convencidos de que el humor se hace con la gorra y a veces se ponen graciosos, aunque lamento decir que la mayoría de esas veces la cagan, porque el humor es un don con el que se nace, y que brota del defecto más que del virtuosismo, del oído más que de las lecturas, de lo popular más que de lo sublime. El humorista es un ser trágico porque provoca mucha felicidad inmediata, pero luego ve desvanecerse su gloria, en cuanto se apagan las risas y sale a la intemperie. El humorista es el que se lleva la peor parte de la posteridad, porque el discurso humorístico es el más difícil de traducir a otro idioma o a otro tiempo, y suele ser flor de una vida.

En la esencia de Harpo y Gila late un deseo de mejorar el mundo a través de una visión irónica de la desgracia
Para colmo, el mejor humor español ha sido cosa de pobres o inspirado en gente humilde, por lo que, salvo que sean textos bendecidos por la literatura, el tiempo sepulta aquello que en su día hizo reír al público. Hubo un hombre en España que representó más que nadie ese humor de los desgraciados, de aquellos que comenzaron a catar la dignidad en tiempos de la República, que lucharon en la guerra por defenderla, y que luego fueron humillados por una dictadura que los sometió a una moral ultracatólica que ahogaba la expresión espontánea del sentir popular. Ese hombre fue Miguel Gila. Gila. Solía comenzar Gila uno de sus clásicos monólogos diciendo que cuando él nació su madre no estaba en casa, pero la realidad no fue exactamente así: el que no estaba en casa era su padre, que murió en un accidente meses antes de que él naciera. El niño Miguel se crio con sus abuelos en una buhardilla de la calle de Zurbano de Madrid; a los 14 años ya era mozo en un taller mecánico y a los 17 salió de ese mismo domicilio para irse a la guerra con el Quinto Regimiento.
Todo esto lo estoy leyendo en su prodigioso libro de memorias, Y entonces nací yo, donde narra con claridad, bonhomía y buena prosa la vida dura de un muchacho de clase trabajadora que gracias a su inteligencia y a una desbordante vitalidad sale adelante en los años más difíciles del siglo pasado. Yo andaba buscando estas memorias desde hacía tiempo y a punto estaba de tirar la toalla dado que este libro que vio la luz en 1995 está descatalogado y ni la editorial que lo publicó tomó la precaución de archivar el documento. Por suerte, reencontramos nuestro ejemplar, que andaba prestado, y pude sumergirme en las peripecias de este hombre genial. Me recuerda su manera de contar a la de Harpo en sus memorias: muchachos de familia pobre que se enfrentan con inusitada alegría a los golpes que la vida les asesta desde la cuna. Harpo no sufrió una guerra, ni Gila disfrutó de un Hollywood, pero en la esencia de ambos late un optimismo inquebrantable, un deseo de mejorar el mundo a través de una visión irónica de la desgracia.
Y entonces nací yo no es un libro divertido aunque haya humor en él, es una crónica detallada de la vida popular de un chiquillo en los años veinte, donde uno se adentra en un piso de pobres, y conoce el mobiliario, la comida, los horarios, los olores, los váteres comunes, la ropa remendada, los baños en barreño de los sábados, el frío, las pillerías de los golfillos de barrio, la crueldad de los adultos hacia los niños, la bondad seca de los adultos hacia los niños, los cines, el olor a churro de las verbenas, las crónicas de sucesos sangrientos que el niño lee a su abuela, y luego, la tragedia de una guerra de pobres, en la que los soldados, aun siendo de distinto bando, se hablan en la oscuridad o juegan partidos de fútbol los de un bando contra los de otro. Gila vivió eso para contarlo. En el año 1951 salió espontáneamente al escenario de un teatro. Iba vestido con su viejo uniforme de soldado, llevaba consigo un fusil de mentira e improvisó el que sería su primer monólogo:

Aquel público del 51 se levantó para aplaudir al extraño humorista que bromeaba sobre una guerra
“Le dije al comandante: ‘Que vengo por lo del anuncio del periódico, para matar y atacar a la bayoneta y lo que usted mande’. Y me dijo: ‘¿Qué tal matas?’. Dije: ‘De momento, flojito, pero cuando me entrene…’. Y me preguntó: ‘¿Traes cañón?’. Y dije: ‘No. Yo creía que la herramienta la ponían ustedes’. Y dijo: ‘Es mejor que cada uno traiga lo suyo. Así el que rompe, paga’. Dije: ‘Yo lo que traigo es una bala que le sobró a mi abuelo en la guerra de Filipinas. Está muy usada, pero lavándola un poco…’. Y dijo el capitán: ‘Y cuando se te acabe la bala, ¿qué?’. Y dije: ‘Pues voy a por ella, la traigo y disparo otra vez’. Y dijo el comandante: ‘Es mucho jaleo: no vamos a parar la guerra cada cinco minutos para que tú vayas a buscar la bala”.
Aquel público de 1951 se levantó para aplaudir al extraño humorista que bromeaba sobre una guerra de la que todos tenían heridas abiertas. Ese fue el principio. El final feliz sería que un buen editor rescatara este libro maravilloso del olvido y lo volviera a poner en manos de los lectores. Esto sí que es memoria histórica, la de un hombre que se definió a sí mismo como un soldado que se quedó en su patria para morir de pie y al que luego hicieron vivir de rodillas.
Miguel Gila

jueves, 19 de diciembre de 2013

PRENSA. "Sobre cacheos". Elvira Lindo

Elvira Lindo

   En "El País":

Sobre cacheos

 18 DIC 2013


Si la máxima pena, la de muerte, jamás ha disuadido, según confirman las estadísticas, a los criminales, tampoco parece que el dejar la seguridad en manos privadas convierta un país en un lugar seguro. Muy al contrario, la presencia masiva de guardias de seguridad que responden de sus actos ante una empresa y no ante el Estado viene a constatar que hay un sector de la población que considera que ha de protegerse del otro. Eso se paga con dinero, esa suerte de cordón de seguridad que evita el contacto con supuesta gente indeseable. Coincide que en los países en los que abunda esa división radical entre protegidos y desamparados son también aquellos en los que uno se siente más inseguro.
Como saben, en estos días se debate la posibilidad de permitir a vigilantes privados el cacheo, identificación o retención de un individuo. Algo completamente contrario a la idea de la Europa que hasta ahora veníamos conociendo, en donde los servicios más sensibles, los relacionados con la seguridad, la salud o la educación, eran gestionados por el Estado, para que fuera este quien tuviera que responder de las prácticas de las fuerzas de seguridad, del sentido igualador de la educación o del derecho universal a la asistencia sanitaria. Día tras día nos encontramos con que una de esas piezas que conformaron un panorama de bienestar desaparece del puzle, dejando irreconocible el retrato de una sociedad que, con todas sus imperfecciones, era un lugar habitable. Solo en los países que gozan de una cierta justicia social es posible vivir sin miedo. Ya pueden radicalizar las leyes: aumentando las causas de detención, imponiendo multas intimidatorias o dejando que las empresas rentabilicen la protección. Solo servirá para excluir y dividir la sociedad en dos: mientras unos dormirán tranquilos, otros pasarán la noche con los ojos de par en par.

lunes, 18 de noviembre de 2013

PRENSA. "Entre todos". Elvira Lindo

Elvira Lindo

   En "El País":

Entre todos

Una televisión pública no debería convertir en lacrimógeno lo que es dramático y hacer espectáculo de la caridad

 13 NOV 2013

Los impulsos caritativos fueron engullidos hace tiempo por la acción solidaria. Se trató de un acto de justicia social. La palabra “caridad” en sí no tenía culpa, ni tan siquiera en su acepción de virtud teológica, dado que define el auxilio que una persona le presta a otra; pero las palabras se acaban definiendo por su uso, y la caridad tiene hoy la innegable connotación de ser un parche a los derechos humanos, nunca la solución a la desigualdad. Eso no quiere decir que la generosidad con el necesitado no sea admirable. Los españoles están dando en estos tiempos prueba de ello, incluso ha habido un aumento del dinero, según datos de la European Anti Poverty Network, que destina el ciudadano a fines sociales en la declaración de la renta.
La cuestión es que cualquier acto movido por la voluntad de ayudar a quien más lo necesita tendría que ser discreto, y quien airea su generosidad es el que espera adornarse con ella. Pero, sobre todo, hay que preservar la dignidad del necesitado, que aun estando en una situación lamentable jamás debería convertirse en carne de show televisivo. Eso es algo incontrolable en la televisión privada pero esperamos una actitud diferente de la pública. Muchos de ustedes saben de lo que hablo. El programa de creciente popularidad Entre todos, dedicado a convertir en lacrimógeno lo que es dramático y a hacer espectáculo de la caridad, es una muestra de cómo vulnerar las reglas de respeto hacia el necesitado (para colmo, a veces es un menor), ignorando la idea de justicia social para volver a aplaudir el impulso caritativo de la España de Ustedes son formidables. Con esto, repito, no critico los actos individuales de ayuda al otro. Si no fuera por ellos no sobreviviríamos. Pero los pobres tienen dignidad. Que se lo pregunten si no a quien más sabe de esto, los trabajadores sociales.

miércoles, 30 de octubre de 2013

PRENSA. "Ellas nos mantienen vivos". Elvira Lindo

Elvira Lindo

   En "El País":

Ellas nos mantienen vivos

Las novelas, ya lo ha dicho Ian McEwan, sobreviven gracias a la pasión femenina por la psicología humana

 27 OCT 2013

Por razones de corte estrictamente familiar, me he visto esta semana inmersa en la celebración de los Premios Príncipe de Asturias. Además de disfrutar de paseíllos plácidos por las calles que albergaron la pasión de Ana Ozores y de dar cuenta de su extensa y excelsa gastronomía, he asistido a algún que otro acto cultural, para que no se dijera. En uno de esos eventos, el público llenó un auditorio del actualmente polémico arquitecto Calatrava. Llenar un auditorio de Calatrava tiene un mérito enorme porque ya se sabe que los arquitectos estrella tienden a diseñar palacios de congresos en los que cabe más gente que habitantes tiene la propia ciudad en la que se construyen.
Este en cuestión tiene una estructura que a alguien no avisado como yo le provocó un escalofrío. Por suerte, una paisana me sacó de la estupefacción diciéndome que es que para percibir que el edificio tiene forma de cangrejo hay que subirse al Naranco y entonces ya. Ah. Para llenar un auditorio de Calatrava, digo, hace falta mucho personal, pero para llenarlo de lectores se necesita un milagro. El milagro se hizo. Mil lectores, perdón, lectoras, de los clubes de lectura de Asturias consiguieron humanizar lo que sin público es como una nave espacial que de un momento a otro emprenderá el regreso a su planeta. Mil lectoras, porque más de un 80% eran mujeres, acudieron a preguntarle curiosidades y dudas al novelista, después de haber leído sus libros y haber formado parte de intensas puestas en común sobre sus personajes.
¿Dónde estaban los hombres? ¿Dónde los compañeros, maridos o padres de todo ese batallón de aficionadas a la literatura? Las novelas, ya lo ha dicho Ian McEwan, sobreviven gracias a la pasión femenina por la psicología humana. De este puesto del mercado ellas son las principales clientas. No creo que haya que responderles con halagos, más bien con respeto intelectual, que debería comenzar por los propios novelistas que, en ocasiones, se avergüenzan, he dicho bien, se avergüenzan, de cultivar un público casi exclusivamente femenino. Me enternecieron algunas ancianas de más de noventa años, que sin pereza y con aquel espíritu del viejo de Goya del “todavía aprendo” acuden puntuales a sus citas con el club de lectura, y estaban allí esa tarde, en tan calatravesco lugar, para hacer ver que en el tercer acto de la vida la lectura puede provocar emociones que el tiempo dejó atrás.
Por razones de corte estrictamente familiar, mi suegra ha pasado un mes en casa. Me gusta más el término mother-in-law que utilizan los anglosajones, suena más neutro y parece que tiene menos connotaciones referidas al sainete familiar; aunque tal vez mother-in-law también suena a suegra para un angloparlante. El caso es que esta anciana a la que la guerra expulsó de la escuela regresó a los libros después de haberlo hecho casi todo en la vida: trabajar sin descanso (en la casa, en el campo, en las preciosas labores de ganchillo y bordado), parir hijos y no pensar en sí misma.

Para llenar un auditorio de Calatrava hace falta mucha gente. Y para llenarlo de lectores, un milagro
El cuerpo pasa factura y las mujeres que lo dieron todo padecen hoy dolores que, aun denominados por la medicina como artritis reumatoide o artrosis, habría que completar en su ficha médica con la narración de esas vidas: cuidar la casa, lavar a mano en aguas frías, cocinar, atender a los animales, recoger aceituna, parir hijos, hacer preciosas labores de ganchillo o bordado en los ratos libres. Nunca estar sin hacer nada. Cuidarse poco. Hoy, los huesos, las venas de esas madres han dicho hasta aquí hemos llegado. Pero sus mentes se resisten a la jubilación.
Todas las tardes, después de la “novela” televisiva, ella se ha sentado a la mesa del comedor, con un aire algo escolar, como queriendo regresar a la escuela que le fue arrebatada, y ha tomado un libro apoyando los codos sobre la mesa, en la posición de quien quiere cumplir con sus deberes. Por sus manos han caído: Cinco horas con Mario, de Delibes; Patrimonio, de Philip Roth; Recuerdos de una mujer de la generación del 98, de Carmen Baroja y Nessi, y Juan Belmonte: matador de toros, de Chaves Nogales. Tras las dos o tres horas de entrega a un libro en las que se podía escuchar el tenue sonido seseante que surgía de su boca leyendo en voz baja para ayudarse en la comprensión lectora, iniciábamos nuestro íntimo club literario a la hora de la cena. Cómo conseguía que la vida de los personajes o de los autores tuviera algún grado de identificación con la suya propia es un ejemplo del poder simbólico de la narración: la mujer que queda viuda y monologa sobre el muerto; el hombre que se entrega al cuidado del padre (si Philip Roth escuchara la descripción que hace mi suegra de él no se reconocería); la necesidad de ser escuchada de la hermana de don Pío o el mundo de ayer del torero Belmonte. Todas esas experiencias amoldadas a la lectura de una mujer que goza hoy en la vejez de lo que hubiera deseado disfrutar de joven: tiempo para el esparcimiento, conversación y, sobre todo, personas que dan valor a lo que dice y a lo que hace.
Una vez escuché a un escritor, al que no he de nombrar para no avergonzarlo, que quería tener lectores a su altura. Qué pena ser escritor y no saber nada de la vida; ni estar agradecido a quien de verdad te mantiene.

jueves, 21 de febrero de 2013

PRENSA. "Sufrir sin dolor". Elvira Lindo

Elvira Lindo

   En "El País":

Sufrir sin dolor

Echas un vistazo a lo que escribías hace diez años y no te reconoces. El nivel de alegría ha bajado

 10 FEB 2013

Que nos hemos vuelto más tristes.
De vez en cuando, desde algún país latinoamericano te escriben para decirte que nos hemos vuelto más tristes. ¿Todos? Todos, sí, los que escribíamos estas columnas de fin de semana que suponían un respiro para el lector entre información e información; porque la actualidad siempre ha sido cruda, pero nosotros, hay que admitirlo, lo éramos menos. Y hay que hacer caso a la apreciación del que observa la realidad lejos de donde esta sucede. Una se pregunta si, como me decía un lector huido de Venezuela, hambriento por tanto de libertad de opinión, el columnista se encuentra en ciertas circunstancias con la obligación moral de poner su pluma al servicio de la demanda popular. Puede. Sea como fuere, echas un vistazo a los artículos que escribías hace diez años y no te reconoces. No es que se haya perdido el humor, es que el nivel de alegría ha bajado. Tanto de quien escribe como de quien lee. ¿Qué es un columnista sino un sabueso que olfatea la calle y se deja contagiar por ella?
No sé si las empresas de sondeos podrían enfrentarse a una de esas encuestas que testan el nivel de felicidad, no ya colectivo, sino individual, pero sospecho que se encontrarían con que aquellos españoles del sur que respondían en mayoría abrumadora que, pese a todo, disfrutaban de la vida, ahora se describirían a sí mismos víctimas de un virus de ansiedad. Pero aun sabiéndome proclive a contagiarme de este desasosiego que de gaseoso ha pasado a sólido, hasta el punto de que hay momentos en que se puede palpar físicamente, confieso que es ahora cuando más necesito la pócima milagrosa de la ficción.
Después de acabar cada mañana derrotada por la lectura de los acontecimientos, necesito, como el aire que respiro, que decía la copla, una bocanada de ficción que atrape de tal manera mi interés hasta el punto de que la cabeza no me dé para más. Si los neurólogos han determinado ya el beneficioso efecto de la meditación, que contribuye a barrer y regenerar una mente azotada por pensamientos, yo propondría, como sufridora de un carácter obsesivo en el que difícilmente se aparcan las preocupaciones, el uso de la ficción como descanso y respiro. Y esta es mi prescripción:
A las ocho y media de la noche apago el ordenador tal y como me indicó el médico que debía proceder para la lenta preparación al sueño. Bien es cierto que desde las ocho y media se me van los ojos al iPhone cada vez que se ilumina con mensajes entrantes, pero esto me lo tomo como el periodo de metadona que atraviesa cualquier drogodependiente. Ceno pronto, porque es cerrar el contacto con la realidad y los comentarios en las redes y entrarme hambre de inmediato (todos los drogodependientes están sujetos a cambios de peso), y a eso de las diez estoy lista para entregarme a la serie de televisión con la que me he automedicado esta temporada. No puede ser cualquier serie, por supuesto, estoy hablando de historias por capítulos que están a la altura de las novelas del XIX. La apariencia de las series puede ser real por estar alimentada de acontecimientos que reconocemos, pero el efecto que provoca en nosotros es el de la feliz evasión. Siempre se han criticado la literatura o el cine de evasión, cuando siempre cumplen el balsámico efecto de sacarnos de nosotros mismos. Un espíritu dependiente como el mío no se conforma con un solo capítulo, así que espero que llegue el momento de adquirir una temporada entera y me entrego a ella consumiéndola en grandes dosis.
Como me dijo un amigo, España está que arde, pero no acaba de explotar. Esa es la sensación que yo tenía hace tan solo una semana. Mientras nuestro país estaba al borde de ese acabose que nos iba a proporcionar una suerte de segunda Transición, me dediqué, a fin de controlar mi ansiedad, a verme 24 capítulos de la serie Homeland. En una semana. Ahora mismo creo saber más de las intenciones del sargento Brody y de la agente de la CIA Carrie Mathison que de Bárcenas y de Ana Mato, por poner dos ejemplos al buen tuntún de dos personas cuyo comportamiento me resulta marciano. Por más que la realidad se ha convertido en un vicio, trato de cerrarle la puerta a una hora del día. Basta. Y no es faltar a ninguna responsabilidad moral, es que esto no hay cuerpo que lo aguante. Alertaban el otro día los médicos del número creciente de ansiolíticos e inductores al sueño que está consumiendo la población. Pero cómo no iba a ser así. Ahora bien, como no existe una droga que no se sustituya por otra (en el peor de los casos) o por alguna actividad o creencia espiritual (en el mejor), yo he optado por el sustitutivo más antiguo. Espero, con la misma impaciencia con la que el público anhelaba un nuevo capítulo de una novela de Dickens o de Mark Twain, mi cita con ese exsoldado americano que tras ser liberado de años de cautiverio en Irak es sospechoso de haberse puesto al servicio de Al Qaeda. La relación ardiente y desconfiada entre el marine y la agente de la CIA ocupa mis noches. Costumbrista como solo el cine americano sabe ser y fantasiosos como solo saben ser los guionistas americanos, noto que mi mente se limpia. Solo sufro por ellos. Sufro sin dolor, porque como nos decían cuando éramos niños: la sangre derramada es de mentira.