Mostrando entradas con la etiqueta dictadura franquista. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta dictadura franquista. Mostrar todas las entradas

martes, 10 de noviembre de 2015

PRENSA CULTURAL. Sobre "Los caprichos de la suerte", novela de Pío Baroja. José-Carlos Mainer

Pío Baroja
   En "El País":

Rescoldos de la hoguera

El escritor hizo con la Guerra Civil lo que con otros conflictos: contarla a su público


Pío Baroja hizo con la Guerra Civil lo que siempre había hecho con las grandes conmociones del país que le toco vivir: contarla a su público. Lo hizo con la guerra carlista, que fue una vivencia casi intrauterina; con la desmoralización de 1898 y el nacimiento del proletariado madrileño; con el atentado de Mateo Morral y la mala simiente del terrorismo; con la Europa que sobrevivió a 1918; con la España de la República. La novela Los caprichos de la suerte es el remate de una trilogía, Las saturnales,que escribió febrilmente entre 1949 y 1951, cuando contrastó su opinión y sus recuerdos con las muchas cosas que le contaron sus contertulios, las criadas de casa y los amigos libreros. No vio nada bueno en su balance: incompetencia de los políticos, doctrinarismo en todos los partidos, turbios deseos de venganza en las masas; cerrilismo en gentes más influyentes.
Su previa exploración de la república recibió su nombre —La selva oscura— del temeroso paraje en que se encontró Dante al inicio de la Divina Comedia. Las saturnales eran las fiestas romanas del solsticio de invierno que consagraban la vuelta al desorden primitivo y al derroche, seguramente para celebrar el final del ciclo anual de los cultivos. Se celebraban con un banquete en que esclavos y amos llegaban a intercambiar sus funciones. Baroja siempre creyó que de aquella sangría suelta de 1936 sólo vendría el final de la clase media, la suya, menos culpable que ninguna de aquel desastre. De eso trata Los caprichos de la suerte: de un periodista republicano desazonado que huye a París, de una historia amorosa tardía a la que pone fin el egoísmo, de un París vivaz sobre el que ya planea la negra sombra de otra guerra y de una desesperanzada huida final a América (que Baroja tentó sin decidirse a la postre).
Ya no hay nada más de relieve en la gaveta de Itzea… Y esta última obra tiene ecos de otras: el personaje de Procopio Pagani viene de El hotel del Cisne, que es la novela de los españoles que vivieron en París la Segunda Guerra Mundial y que abrió la trilogía inacabada Días aciagos; un capítulo entero fue removido de nuestro relato para integrarse en Aquí París, y una trama parecida se había esbozado en la novela corta Los caprichos del destino, ya publicada en 1948. Restos de un naufragio, rescoldos de un fuego: “Serán ceniza, mas tendrá sentido", dijo Quevedo del fin del amor constante.

jueves, 5 de noviembre de 2015

PRENSA CULTURAL. "'Los caprichos de la suerte', el testamento literario de Pío Baroja

   En "El País":

La publicación actual y el original de 'Los caprichos de la suerte', de Pío Baroja. / JAVIER HERNÁNDEZ

Una carpeta gris anudada con dos cintas rojas guarda el testamento literario, sentimental e ideológico de Pío Baroja, que este miércoles se ha presentado en Itzea, casa de los Baroja en Bera (Navarra). Se titula Los caprichos de la suerte (Espasa). Los valores de este obra son múltiples: fue la última novela que escribió el autor donostiarra, es la última novela inédita, es la historia en la cual el escritor recrea su experiencia del comienzo de la Guerra Civil española (su detención, huida a Francia e intención de viajar a América) y con la que cierra su trilogía sobre la Guerra Civil titulada Las saturnales, compuesta por El cantor vagabundo (1950) y Miserias de la guerra (2006), donde aparece por primera vez el personaje protagonista de esta novela inédita y acontecimiento literario.
Pío Baroja (San Sebastián, 1872-Madrid, 1956) se centra, esta vez, en la posguerra y los albores de la Segunda Guerra Mundial en París con tintes muy autobiográficos. Narra la travesía que emprende Luis Goyena y Elorrio, un periodista y escritor, una especie de alter egosuyo, para huir de los jirones de vida en que ha quedado convertida España. Primero hace el camino a pie de Madrid a Valencia, hasta que logra llegar a París, con el sueño de terminar en América. Pero luego, en París, aparecerá Pío Baroja, identificado como “un señor viejo del hotel Palais Royal”, que dará su opinión sobre temas como la Alemania de la época, el nazismo o Francia, y se verá su cambio de percepción frente a estas cuestiones.


Retrato de Pío Baroja, sin fecha y sin autor.
Es una novela con pasajes muy barojianos, como ese arranque donde presenta a los personajes de manera muy real y describe el paisaje desolador que él ve a medida que cruza el país. También es una novela de ideas donde en las diferentes conversaciones de los personajes, sobre todo del protagonista, Baroja deja traslucir sus teorías literarias y opiniones sobre el comunismo, lo español y los españoles, la sociedad, los pueblos de la época, el optimismo, la amistad, la mediocridad y el amor y el desamor.
“Los caprichos de la suerte siempre ha estado localizada en mi familia, pero no se había publicado por varios motivos: primero por temor a la censura franquista; luego en 1972 empezamos la edición de toda su obra hasta que apareció en 2006 Miserias de la guerra, censurada por la dictadura a comienzos de los años 50, hasta que hace tres años, cuando José-Carlos Mainer preparaba la biografía de Baroja, le propusimos la edición de esta obra que cerraba Las saturnales”, cuenta Pío Caro-Baroja Jaureguialzo, sobrino nieto del escritor de clásicos del siglo XX como El árbol de la ciencia. Lo hace en la biblioteca que tenía Pío Baroja en el caserón de Itzea, a orillas del arroyo de Xantelerreka. La novela llegará a las librerías el 5 de noviembre.
El original de Los caprichos de la suerte tiene 276 páginas más apéndices, que en la edición de Espasa son 190 páginas más una introducción de José-Carlos Mainer. Es la tercera versión: la primera es el manuscrito perdido, la segunda es la obra mecanografiada con tinta azul y la tercera es esta misma pero con docenas de tachaduras, correcciones, añadiduras y adendas hechas de puño y letra de Pío Baroja con pluma negra. En realidad, las tres primeras páginas están escritas a mano y el resto de folios están mecanografiados de manera apaisada, que era como Baroja solía hacerlo, con lo cual cada línea era más larga y permitía avanzar rápidamente al girar menos el rodillo de la máquina. La transcripción la ha hecho Ernesto Viamonte y la edición e introducción Mainer, editor de las obras completas de Baroja, en Galaxia Gutenberg.

Diferentes ideas de Baroja en 'Los caprichos de la suerte'

Entre las ideas del testamento literario de Pío Baroja se encuentra algunas sobre sus compatriotas: “El español actualmente está cerrado en su utopía y no acepta nada de los demás. Haga lo que haga y diga lo que diga. Así es muy difícil que puedan entenderse”.
Sobre la sociedad: “Vivimos en una época mediocre y cruel. Cuando se llegue a una época mediocre y apacible, la gente estará contenta. Ahora puede suceder que este pobre ideal mediocre no se pueda alcanzar y se repita en la sociedad la historia del anillo de Polícrates”.
Sobre el comunismo: “En Rusia parecer ser que han suprimido todos los leprosos. Cuando supriman los tuberculosos, los escrofulosos, los sifilíticos y con ellos los escritores individualistas que se burlan de Karl Marx o de cualquier otro profeta mesiánico y judaico, entonces Stalin comenzará a edificar su verdadero paraíso soviético. Y quizá en esa época habrá mucha gente que encuentre demasiado aburrido este planeta nuestro”.
Sobre la amistad: “Había muchas clases de amistad, pocas que no tuviesen algún interés egoísta encubierto, más o menos inconsciente. No era fácil creer que hubiera un sentimiento humano que no tuviese su fondo de utilidad”.
Sobre el amor y el desamor: “La canción decía así: ‘Buena suerte en el amor / Elorrio ya no tendrá; / queriendo ser seductor / Elorrio fracasará. / Que vaya al norte o al sur / es lo mismo para él; / honrado, caco o tahúr / no tiene suerte ni ley”.
Baroja escribió esta novela, y el proyecto de Las saturnales, entre 1949 y 1951, en su casa madrileña de la calle Ruiz de Alarcón, número 12. “Allí vivió su exilio interior tras la Guerra Civil que pasó fuera del país. En 1950 publicó El cantor vagabundo, luego pecó de ingenuo y presentó Miserias de la guerra que fue censurada y tal vez por ese motivo decidió no exponerse con Los caprichos de la suerte”, explica Caro-Baroja.
La novela está en Itzea porque es allí donde está todo lo concerniente a los Baroja. Una casa tapizada de unos 40.000 libros en la que los armarios no guardan ropa sino más libros. Impregnado del desencanto de la España de la guerra y posguerra, Pío Baroja solo volvió a su paraíso de Itzea de manera muy esporádica y puntual. La última vez fue en 1955, un año antes de su fallecimiento. Sus caminatas por el campo navarro las sustituyó por las del Parque del Retiro, en Madrid, cercano a su casa.
En Itzea sorprendió a Baroja el alzamiento del 18 de julio de 1936. Quedó en zona nacional. El escritor fue detenido, casi fusilado, pero al final fue puesto en libertad. El 22 de julio, con su sobrino Julio, se fue andando cinco kilómetros hasta cruzar la frontera con Francia. Luego volvería. Pero se instalaría, básicamente, en París. Esa travesía física, intelectual y espiritual es la que novela en Los caprichos de la suerte. Allí están tres de sus temas capitales: su obsesión por el conflicto español y las teorías de sus causas, la presencia de un amor frustrado y su estilo directo, claro y libre de retórica. Y un deseo: viajar a América. “Ese es el debate central de la novela, y que vive el protagonista entre viajar o quedarse”, señala Caro-Baroja.
Los caprichos de la suerte confirma y amplía, según Mainer, “la visión absolutamente negativa de la Guerra Civil. Baroja consideraba que fue una barbaridad y que la culpa la tuvo en buena medida la democratización de la política, y la politización de la sociedad española, incluso la República, donde la gran víctima fue la burguesía”.
Esta novela inédita, dice Mainer, nace y procede de Los caprichos del destino, una novela corta de comienzos de los años cuarenta; se desarrolla y finalmente se hace grande en el libro ahora hallado, Los caprichos de la suerte. De éste nacerán, además, dos nuevas obras barojianas: El hotel del cisne y Aquí, París. Según Caro-Baroja no hay más inéditos de ficción. Quedan algunas semblanzas y ensayos.
Esta obra que cierra Las saturnales, en clara referencia mitológica a Saturno devorando a sus hijos, se abre con un prólogo: “Hay quien sospecha –los emborronadores de papel somos suspicaces- que el que escribió este libro, medio en serio medio en broma, fue Luis Goyena y Elorrio. Se dice que primero le dio el título de la Danza de la muerte…”.

domingo, 29 de septiembre de 2013

PRENSA CULTURAL. Sobre el libro 'El látigo y la pluma", de Fernando Olmeda

  En "El Confidencial":

DE LA REPRESIÓN FRANQUISTA A LOS HOMOSEXUALES AL MATRIMONIO AMPARADO POR LA CONSTITUCIÓN

La pluma que sobrevivió al Franquismo y la Transición


“En el calabozo me llamaban maricón, me preguntaban qué policía me gustaba más, me pedían que diera nombres. Estando en la celda un policía me dijo: Ya tenía ganas de cogerte. […] Poco después fui violado por un detenido, delincuente común, incitado por ese agente”. Los calabozos de la Transición eran tan temidos como los de Franquismo para el colectivo homosexual. En 1976, 698 varones estaban en la cárcel por “peligrosidad”. La represión contra los gays no descansó una vez muerto Franco, que practicó una persecución de este colectivo desde su llegada al poder hasta su muerte, amparándose en la conocida Ley de Vagos y Maleantes al comienzo y en la Ley de peligrosidad posteriormente. 
Desde aquellos tiempos hasta hoy la situación del colectivo homosexual en España se ha transformado hasta el punto de pasar del castigo en la cárcel a que el Constitucional acogiera el matrimonio homosexual. Una evolución que recoge el periodista Fernando Olmeda en El látigo y la pluma (Leer-e), un libro publicado en 2004 y que ahora reedita en formato digital actualizando los cambios al respecto en nuestro país desde aquellos años.
“Todo afeminado o invertido que lance alguna infamia sobre este Movimiento, os digo que lo matéis como a un perro”. Las palabras de Gonzalo Queipo de Llano, militar que dirigió en Sevilla el golpe de Estado de 1936, da comienzo al recorrido histórico de El látigo y la Pluma. Más de cien testimonios recogidos por el periodista, que describe la persecución legal a la que fueron sometidos miles de gays, lesbianas, transexuales y bisexuales entre 1939 y 1980.
Multitud de historias de entre las que Olmeda destaca la Transición como “el periodo de desgobierno” que se prolongó hasta la promulgación de la Constitución. Su autor pone especial relevancia en los casos “supervivencia” como el mencionado deAntonio Ruiz en los calabozos, uno de tantos que sufrieron el castigo por su condición sexual. Un libro que, lejos de mostrar al colectivo desde una visión victimista, visibiliza a “mucha gente que supo resistir, ya fuera llevando una doble vida o plantando cara”. Una consecución de historias agridulce, que en esta visión ampliada de la historia deja un mejor sabor de boca acerca de la progresión de la sociedad y la política española, en este asunto.   
Delatar es de patriotas
La familia o los vecinos podían convertirse en el peor enemigo durante la época franquista. Delatar a alguien por rojo, aunque por las venas de la otra persona corriese la misma sangre, era un acto de patriotismo, avalado por el régimen y que practicado también para denunciar a los homosexuales. Todo valía en un contexto general “de rapiña”, explica Olmeda, donde lo bueno era eliminar a un pecador, desviado, o cualquiera de los perfiles contrarios a los preceptos de la España única, grande y libre. 

Fernando Olmeda
El libro recoge la historia un recluso apellidado Soler, que tenía un negocio en el que daba empleo a varios trabajadores homosexuales como él. La competencia le denunció a las autoridades, “y su condición sexual fue motivo suficiente para enviarle a prisión, dejando expedito el camino a los comerciantes de la ciudad”.
El relato de la España homofóbica por ley hace un repaso también por las dificultades añadidas que vivían las lesbianas, estigmatizadas de por sí por una sociedad machista y que además tenían que sumar ese terror al de las represalias derivadas de su condición sexual.
El látigo y la pluma cuenta también las historias de experiencias homosexuales en el ejército y en las cárceles, lugares de convivencia entre hombres y donde Franco se había ocupado de remediar de alguna forma su preocupación: “En 1942, durante una visita a la Academia Militar de Zaragoza, pidió a los mandos que colocasen una cama adicional en las habitaciones dobles con el objetivo de evitar tentaciones”. Todo con tal de evitar lo inevitable. 
De las cárceles a la Constitución
La ley que modificó el Código Civil para permitir el matrimonio homosexual en 2005 (que también reconocía otros derechos como la adopción conjunta, la herencia y la pensión) y la Ley de Identidad de Género de 2007 han sido las grandes impulsoras del reconocimiento institucionalizado de la diferencia sexual en España. Esta última, que permite a las personas transexuales modificar su nombre y sexo en sus documentos de identidad sin necesidad de someterse a una operación genital y sin procedimiento judicial, fue la norma que cubrió el hueco que faltaba para reconocer al completo al colectivo LGTB (Gays, Lesbianas, Transexuales  y Bisexuales) .
Aun así, la ley de 2004 ha necesitado su tiempo para aferrarse a la Constitución. El Partido Popular presentó recurso ante el Tribunal Constitucional, que lo admitió a trámite en octubre. El recurso afirmaba que la Ley vulneraba el artículo 32 de la Constitución y que se estaba dando a la palabra matrimonio “un significado distinto al que tuvo siempre”. El 6 de noviembre de 2012 el pleno del alto tribunal desestimó el recurso del PP. Habían pasado siete años desde su aprobación, 22.000 bodas entre personas del mismo sexo y multitud de manifestaciones a favor y en contra de dicha norma.El obispo de Alcalá de Henares asoció homosexualidad con prostitución y con ideologías que, en su opinión, corrompen a las personas
La sociedad actual ha progresado en este ámbito y España ha enterrado finalmente el látigo, pero aún arrastra multitud de gestos propios de aquellos años, que Olmeda atribuye a una cuestión generacional: “Los que ahora somos padres fuimos educados de una manera determinada que viene del Franquismo, han heredado el mismo esquema de homofobia y lo repiten con sus hijos”.
En el camino ha ido transformándose poco a poco esa educación, aun todavía hay que “seguir trabajando”, según el autor. Sobre todo, según su punto de vista, porque asuntos como la supresión de la  asignatura de Educación para la ciudadanía supone una regresión, ya que esta ponía especial empeño en la tolerancia.
Tampoco ayuda a esta normalización la influencia de la Iglesia Católica, que siempre ha mantenido una posición contraria a la homosexualidad, que compartía y que incluso en los últimos años ha protagonizado declaraciones polémicas. Olmeda recoge las declaraciones del obispo de Alcalá de Henares, Juan Antonio Reig Pla: “En su homilía de Viernes Santo, uno de los actos centrales de la Semana Santa de 2012, y retransmitido además por TVE, asoció homosexualidad con prostitución y con determinadas ideologías que, en su opinión, corrompen a las personas”. Ese caldo de cultivo, expresa el periodista “es realmente pernicioso para el futuro”.
 
Pero además de la política, otros colectivos han ayudado también a la transformación social con respecto a la homosexualidad. Olmeda destaca las librerías Berkana (Madrid) y Antinous (Barcelona), quienes “han desempeñado un papel fundamental en la visibilización de la realidad LGTB”, así como la editorial Egales. También engloba en este campo a la revista Zero, que publicó algunos de los hitos clave de la lucha LGTB, como las “salidas del armario” del militar José María Sánchez Silva o del cura José ManteroZero ha colocado en sus portadas también figuras de la vida pública como a Miguel BoséNacho DuatoJorge Javier Vázquez, Alejandro Amenábar, el guardia civil Joan Miquel Perpinyá o el político José María Mendiluce, entre otros.
El autor menciona también la muestra de apoyo que dieron cien profesores de Derecho Constitucional, “que se adhirieron a la iniciativa del Colectivo de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales de Madrid en defensa de la plena constitucionalidad de la Ley”.
Con la versión electrónica, Olmeda pretende hacer llegar su obra a los lectores hispanoparlantes de América y Estados Unidos, según explica a El Confidencial: “Creo que el lector se sentirá reflejado sea de donde sea, por muchas de las cosas que pasan y por la evolución reciente. Ahora se están produciendo en América procesos similares”, comenta, poniendo como ejemplo la reciente aprobación del matrimonio gay en Uruguay y en el Estado de California.
   VERÓNICA RAMÍREZ

miércoles, 4 de septiembre de 2013

PRENSA CULTURAL. "Resistencias frente a la dictadura". Julián Casanova

   En "blogs.elpais":

Resistencias frente a la dictadura

Por:  04 de julio de 2013
1283883902288
Guerrilleros de la UNE en Bossòst en 1944.
La cultura política de la violencia y de la división entre vencedores y vencidos, “patriotas y traidores”, “nacionales y rojos”, se impuso en la sociedad española al menos durante dos décadas después del final de la guerra civil. Los vencidos que pudieron seguir vivos tuvieron que adaptarse a las formas de convivencia impuestas por los vencedores. Muchos perdieron el trabajo; otros, especialmente en el mundo rural, fueron obligados a trasladarse a ciudades o pueblos diferentes. Acosados y denunciados, los militantes de las organizaciones políticas y sindicales del bando republicano llevaron la peor parte. A los menos comprometidos, muchos de ellos analfabetos, el franquismo les impuso el silencio para sobrevivir, obligándoles a tragarse su propia identidad.
Hubo quienes resistieron con armas a la dictadura, los llamados maquis o guerrilleros. Su origen estaba en los “huidos”, en aquellos que para escapar a la represión de los militares rebeldes se refugiaron en diferentes momentos de la guerra civil en las montañas de Andalucía, Asturias, León o Galicia, sabiendo que no podían volver si querían salvar la vida. La primera resistencia de esos huidos, y de todos aquellos que no aceptaron doblar la rodilla ante los vencedores, dio paso gradualmente a una lucha armada más organizada que copiaba los esquemas de resistencia antifascista ensayados en Francia contra los nazis. Aunque muchos socialistas y anarquistas lucharon en las guerrillas, sólo el PCE apoyó claramente esa vía armada. En esa década de los cuarenta, unos siete mil maquis participaron en actividades armadas por los diferentes montes del suelo español y unos sesenta mil enlaces o colaboradores fueron a parar a las cárceles por prestar su apoyo. Si creemos a las fuentes de la Guardia Civil, 2.173 guerrilleros y trescientos miembros de las fuerzas armadas murieron en los enfrentamientos.
Hasta el final de la Segunda Guerra Mundial hubo esperanzas. Además, bastantes de los antiguos luchadores del bando republicano, vencidos y exiliados, se enrolaron en la resistencia francesa contra el nazismo, pensando que aquella era todavía su guerra, la que acabaría con todos los tiranos, y Franco era el mayor de ellos, permitiéndoles volver a sus casas, a sus trabajos y a sus tierras. La operación más importante en aquellos años de guerra mundial fue la invasión del Valle de Arán, en la que entre 3.500 y 4.000 hombres ocuparon varias poblaciones del Pirineo desde el 14 al 28 de octubre de 1944, hasta que Vicente López Tovar, el jefe militar de las operaciones, tuvo que ordenar la retirada, dejando un balance de unos sesenta muertos y ochocientos prisioneros.
La lucha armada rara vez conectó con los intentos clandestinos de reorganización sindical de la CNT y de la UGT y con algunas protestas obreras que, de forma espontánea y dispersa, empezaron a hacer acto de presencia desde finales de los años cuarenta en Cataluña y el País Vasco. Las quejas por los bajos salarios y por el racionamiento eran la expresión de demandas urgentes para salir de la miseria, pero tenían una dimensión política porque desafiaban a las autoridades franquistas. Hubo ya una huelga importante, que incluyó a más de veinte mil trabajadores, en la ría bilbaína el 1 de mayo de 1947, aunque la más significativa de aquellos años fue la que comenzó en Barcelona en marzo de 1951 con el boicot a los tranvías, para protestar por la subida de tarifas. La huelga se extendió a otros sectores industriales y encontró también un amplio eco de solidaridad en Vizcaya y Guipúzcoa. En esos conflictos, y en los de los años siguientes, coincidiendo con las primeras movilizaciones estudiantiles de 1956, se vio ya que los dos sindicalismos históricos, el socialista y el anarquista, tenían desde la clandestinidad muchas dificultades para conectar con esas protestas y que los comunistas comenzaban a convertirse en la fuerza más activa de oposición a la dictadura.
Exposición en Valencia
Exposición sobre las protestas contra la dictadura en Valencia. / TANIA CASTRO
Los comunistas se hicieron notar especialmente a partir de la Ley de Convenios Colectivos de 1958, una norma que en realidad intentaba canalizar esas protestas y al mismo tiempo situar la negociación por los salarios y las condiciones de trabajo bajo el control del sindicalismo vertical. Y aunque si fallaba el control, la dictadura siempre tenía a la policía y al código penal, de la introducción de la negociación colectiva emergió un sindicalismo clandestino, Comisiones Obreras, activado y orientado por grupos católicos y comunistas, que intentaba penetrar en los sindicatos franquistas, llevar a ellos a sus representantes, negociar con los patronos hasta donde las circunstancias permitieran, con paciencia, a la espera de que ese restrictivo marco oficial saltara algún día por los aires.
El movimiento de Comisiones Obreras nació con los conflictos laborales de comienzos de los años sesenta y a él se sumaron, al principio de forma espontánea, los grupos de trabajadores más activos en la lucha antifranquista. Los representantes de Comisiones Obreras querían actuar pública y legalmente, y lo consiguieron en algunas huelgas, aunque, dado que estaban prohibidas y eran duramente reprimidas, ese nuevo sindicalismo tuvo que moverse siempre en la clandestinidad. La forma de llegar a los obreros era proponer reivindicaciones básicas en torno a los salarios y a las condiciones de trabajo, pero entre sus grupos más combativos siempre estaban presentes reivindicaciones más políticas como la libertad sindical y el derecho a la huelga.
Desde el movimiento huelguístico de 1962 en las minas de Asturias, la presencia de Comisiones Obreras fue ya indisolublemente unida a todos los conflictos laborales que se propagaron por España hasta la muerte de Franco. Rojos eran también para Franco los profesores y estudiantes que cuestionaron los fundamentos de una universidad mediocre y represiva, los clérigos que se distanciaron de la Iglesia sumisa a la dictadura y los nacionalistas vascos y catalanes. El número de estudiantes universitarios, que apenas pasaba de cincuenta mil en 1955, se había triplicado en 1971 y para atender a ese notable crecimiento se creó un cuerpo de profesores no numerarios (PNN), sujetos a contrato laboral, que mostraron su abierta hostilidad a los principios ideológicos y políticos del franquismo. Frente a esa disidencia, en la que confluyeron estudiantes y algunos catedráticos, la dictadura siempre recurrió a la represión, sobre todo cuando esas protestas y rebeldías encontraron sus propias formas de organización para enterrar definitivamente al inútil SEU, obligatorio en teoría para todos los estudiantes.
Julian-grimau-1Franco y sus fuerzas armadas, sin embargo, no estaban dispuestos a ceder ni un gramo de su victoria en 1939. Por un lado, propagaban sus “XXV Años de Paz”, con el ministro Fraga Iribarne como principal maestro de ceremonias, y por otro, torturaban y ejecutaban todavía por supuestos crímenes cometidos en la guerra, como hicieron con el dirigente comunista Julián Grimau el 20 de abril de 1963. Unos meses después, el 17 de agosto, cuando todavía arreciaban las protestas por ese fusilamiento, los anarquistas Francisco Granados y Joaquín Delgado fueron ejecutados a garrote vil en la cárcel de Carabanchel.
Pero el control absoluto que el poder intentaba ejercer sobre los ciudadanos ya no era suficiente para evitar la movilización social contra la falta de libertades. En esos años finales de la dictadura aparecieron además conflictos y movilizaciones que se parecían mucho a los nuevos movimientos sociales presentes entonces en las fuerzas industriales de Europa y Norteamérica. Era el momento del apogeo del movimiento estudiantil, enfrentado en España no tanto al sistema educativo como a un régimen político represor y reaccionario; de los nacionalismos periféricos, que arrastraron a una buena parte de las elites políticas y culturales; y no habría que pasar por alto otras formas de acción colectiva vinculadas al pacifismo-antimilitarismo, al feminismo, a la ecología o a los movimientos vecinales.
Justo cuando el dictador envejecía, apareció ETA (Euzkadi Ta Askatasuna, Patria Vasca y Libertad), que aunque se creó en julio de 1959, con retazos de las organizaciones juveniles del PNV, comenzó a tener resonancia desde agosto de 1968, cuando la propaganda y las bombas sin muertos dieron paso al asesinato en Irún del comisario de policía Melitón Manzanas. Desde ese momento, el terrorismo de ETA se convirtió en un grave problema de orden público y consiguió notables logros al provocar una represión indiscriminada y la reacción frente a la dictadura de una parte importante de la población vasca. El proceso de Burgos contra dieciséis detenidos por su vinculación a ETA, en diciembre de 1970, y el asesinato de Carrero Blanco justo tres años después, acompañaron a la agonía y muerte del franquismo. Pero Franco murió matando. Pocas semanas antes de su muerte, ordenó la ejecución de cinco supuestos terroristas. Para dejar bien claro qué tipo de dictadura había sido la suya, desde la victoria en la guerra civil hasta el último suspiro en noviembre de 1975.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

PRENSA. Once historiadores diseccionan la figura del dictador Franco

   En "El País":

Crueldad bajo palio

Once historiadores diseccionan la figura del dictador Franco

29 JUL 2012
Franco organizó la Guerra Civil para derribar la República. Una vez logrado su objetivo usó el poder para ensañarse con sus adversarios. Un grupo de historiadores analizan los gestos y la personalidad de un dictador cuya crueldad alcanzó, entre otros, la protección del palio.

Franco. La crueldad

Por ÁNGEL VIÑAS

Hay aspectos en Franco que no dejan de sorprenderme. Su capacidad de actuar jugando con todas sus cartas contra su pecho. Su cautela llevada al límite. Su sabio aprovechamiento de la coyuntura, en su provecho. La falta de pudor con que pocos días más tarde se autopresentó ante Hitler como el cabecilla de la sublevación. O la forma en que engañó como chinos a los agentes del SIM italianos. Su total desprecio por la vida humana. Una anécdota, que me contó hace años un testigo, uno de los emisarios que envió a Hitler, se me ha quedado grabada. Un oficial se presentó a Franco para ver si podía conseguir que se perdonara a dos chavalas que habían usado mosquetones contra los sublevados. La respuesta de Franco fue glacial: ya conoce usted las órdenes. Ejecútelas. El oficial salió temblando. No todos eran killers. Pero las chicas no se salvaron.
Carecía de fibra moral. No había sido un genio en la política, en la milicia, en la economía o en la formación técnica. Su capacidad para la traición. La sublevación la reacondicionó de tal manera que los deseos de los monárquicos que confiaban en él se quedaron en agua de borrajas. La inversión en terror que promovió, incluso por medios que chocan en comparación con la Italia mussoliniana y el Tercer Reich, fue el legado sangriento que ha dejado en la historia de España.
Ángel Viñas es historiador, autor de La conspiración del general Franco.

EL llorón

Por PAUL PRESTON

Aunque implacablemente cruel con sus enemigos y fríamente distante con sus subordinados, era de lágrima fácil. Las limitaciones emocionales de su infancia se reflejaban en la madurez en un profundo sentido de privación y la consiguiente autocompasión: lloró el día de su primera comunión; lloraba al hablar de Alfonso XIII; lloraba cuando hablaba de la ayuda recibida de Portugal, Italia y Alemania durante la guerra. En las pruebas de su encuentro con Hitler se veía que sus ojos empapados le brillaban de emoción. Se le llenaron los ojos de lágrimas al recordar la vergüenza de Pétain cuando tuvo que pedir el armisticio, olvidando cómo él mismo había intentado explotar la debilidad francesa para ocupar parte del imperio francés en el norte de África. Franco estaba embargado de emoción durante la visita de Eisenhower y lloró en el banquete que se dio en el palacio de Oriente visiblemente conmovido por estar en términos de familiaridad con el presidente de EE UU. Se emocionó el día que recibió un doctorado honorífico de la Pontificia de Salamanca. Tal emoción contrastaba con la frialdad con que contemplaba masivas sentencias de muerte. Y la llorosa gratitud por la ayuda portuguesa durante la guerra no le impidió acariciar la idea de una anexión de Portugal para una España más grande.
El tono de resentimiento y de lástima de sí mismo fue una de las fuerzas motivadoras que le condujeron a la grandeza. Numerosas anécdotas de su vida evocan al chiquillo oprimido que debió de ser: un día en Alcañiz durante la guerra, al ver a sus oficiales tomando un aperitivo, salió de su cuartel y dijo en voz quejica a uno de sus generales: “¿Es que yo no puedo tomar una copa?”. Sólido comilón, se quejó un día ante su guiso de carne favorito, “como soy el jefe del Estado, me ponen el ragú con mucha carne, y resulta que a mí también me gustan mucho las patatas”. Se sentía a gusto sintiéndose privado. La autocompasión se veía en muchos de sus discursos, pero quizás el ejemplo más llamativo fue el 7 de marzo de 1946 en el Museo del Ejército. Hablando de la hostilidad internacional, aseguró: “Nosotros somos a los que menos puede sorprender, pues jamás se nos habló de otra cosa que de sacrificios e incomodidades, de austeridad y largas vigilias, de servicios y de centinelas. Pero en este servicio, a vosotros os corresponde alguna vez el descanso, y a mí no; yo soy el centinela que nunca es relevado, el que recibe los telegramas ingratos y dicta las soluciones; el que vigila mientras los demás duermen”.
Paul Preston, catedrático en la London School of Economics, es autor de El gran manipulador. La mentira cotidiana de Franco.

El saludo blando

Por JOAN MARIA THOMAS

Las imágenes saludando vistiendo uniforme del Ejército con los añadidos de cuello azul y boina roja fueron muy corrientes a lo largo de su régimen. Tal multicoloridad representaba los tres sectores que nutrieron el bando rebelde en la Guerra Civil: militares, falangistas y carlistas. Al primero pertenecía el llamado Caudillo y de los demás se incautó el 19 de abril de 1937, vía promulgación de un Decreto de Unificación que creó el partido único Falange Española Tradicionalista y de las JONS. Un partido fascista en el que los camisas viejas aceptaron participar creyendo que Franco y su consejero Serrano Súñerconstruirían un auténtico Estado fascista. Pero no lo hicieron, sino un régimen representativo de los rebeldes y sus apoyos civiles, bajo la jefatura indiscutible y (casi) eterna del dictador. La progresiva castración del sueño falangista no fue demasiado cruenta, y cuando se vio lo que en realidad se pretendía, tan solo unos pocos falangistas dimitieron (como Ridruejo en 1942). La triunfante Falange de Franco quedaría para siempre. Ni más ni menos que hasta abril de 1977, cuando se disolvió por decreto, tras cambiar de nombre y llamarse Movimiento. Sus militantes disfrutarían durante años de empleos, sinecuras, pisos e influencias, aún soñando unos pocos de ellos en una “revolución pendiente” que nunca llegó. En realidad se convirtieron en el apoyo civil más incondicional de Franco, ya que a él y solo a él todo se lo debían. El poco enérgico saludo del Caudillo ejemplifica su versión del fascismo. Blando. Nada terso, como gustaban de decir nuestros fascistas.
Joan Maria Thomas es profesor titular de Historia Contemporánea de la Universitat Rovira i Virgili. Autor de Los fascismos españoles.

Franco, la voz y el carisma

Por JULIÁN CASANOVA

Los déspotas modernos dedicaron mucha atención a la construcción de su imagen pública, al cuidado del estilo y de la pose en los discursos y apariciones públicas. Si hubiese que concretar en un caso histórico el “tipo ideal” de “autoridad carismática” que teorizó Max Weber, ese sería Hitler. El liderazgo de Franco tuvo, por el contrario, poco de carismático y para ejercerlo no necesitó de la dramatización. Ni de la voz. Era atiplada y sonaba casi infantil, poco agradable. Nunca empleaba una entonación variada y sus discursos eran monótonos y aburridos. ¿Para qué quería una dicción clara, armónica o limpia, una voz que transmitiera credibilidad y seguridad? Franco no conquistó el poder dirigiendo un partido de masas, ni nunca tuvo que convencer a los votantes. Llegó al mando supremo a través de las armas y después ya se encargó la Iglesia de moldear su imagen de “gran católico cruzado”. Era el elegido por la divina providencia para guiar a los españoles por el buen camino. Pese a su voz atiplada y poco enérgica.
Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza, es autor de República y Guerra Civil.

La sonrisa de Franco

Por ISMAEL SAZ

En 1937, Franco era casi todo. Pero le faltaba algo para ser como los grandes caudillos fascistas Hitler y Mussolini, genuinos caudillos populares, dotados de todos los elementos que, se supone, configuran el carisma. Ni por sus orígenes sociales, ni por su trayectoria política, ni por su capacidad de comunicación, ni por su figura corporal, ni por su voz atiplada Franco parecía dar la talla del auténtico caudillo fascista. Lo constató pronto el primer embajador de la Italia fascista en España, Roberto Cantalupo. Ante unas masas entregadas al grito de “¡Franco, Franco, Franco!”, el caudillo “fue incapaz de decir algo a la gente que le aplaudía y esperaba una arenga... se había vuelto frío, vidrioso y femenino”. Todo un problema en la Europa fascista y carismática.
Muchos franquistas pusieron manos a la obra y encontraron la solución, la sonrisa. Como dijo Giménez Caballero, Franco no tenía “la mirada y la forma de emproar la mandíbula” de Mussolini, o el “aire entre marcial y popular, entre doctoral y solemne” de Hitler, pero tenía la sonrisa, y esta le confería una “ternura paternal y maternal a la vez”. “Capitán de la sonrisa blanca”; de la sonrisa gentil y natural, aroma de optimismo y rúbrica de victoria; sonrisa resplandeciente que transmitía “fe y amor”, escribió Manuel Machado; sonrisa “como una rosa en flor” ofrecida por un hada maravillosa a un recién nacido Franco, compuso Pemán.
Convertido por mor de su sonrisa en pacificador y reconciliador de los españoles, amado por ellos, de los que podía ser padre y madre a la vez, la imagen del Franco sonriente parecía haber dado con la clave de aquel quantum de carisma que le faltaba. La estrategia tuvo éxito. Sin embargo, era una sonrisa extraña. Tras ella había un cerebro “calculador, frío y metódico” que sabía esperar y decidir en el momento oportuno, se dijo en la prensa de la época. Buena percepción sin duda, como lo sería aquella otra de Samuel Ros cuando hablaba del “acento más firme de la sonrisa que una veces dibujan sus labios y otras veces ocultan sus labios”. Grandes virtudes para los franquistas que esto escribían, pero fundados motivos de inquietud para los que no lo eran.
Ismael Saz es catedrático de Historia Contemporánea de la Universitat de València. Autor de Fascismo y franquismo.

El cuerpo de Franco

Por ENRIQUE MORADIELLOS

El cuerpo de Franco sufrió unos cambios considerables a lo largo de su vida adulta. En el caso de Franco, esa transformación de su fisonomía externa dejó patente tres grandes momentos: 1. El joven oficial de pequeña estatura (1,64 metros), acusada delgadez, rostro aniñado y barbilampiño y voz fina y atiplada. 2. El maduro general victorioso y omnipotente de los años cuarenta, con porte más soberbio y altanero, apreciable tendencia a la gordura y marcado sobrepeso. 3. El anciano dictador de los primeros años setenta, enfermo y tembloroso, con notoria rigidez corporal y facial y un hilo de voz apenas audible y bisbiseante. La primera imagen corporal descrita corresponde a su etapa de joven oficial “africanista” de Infantería de ligeros aires románticos que se curte con valor en las artes marciales en una cruenta guerra colonial en el Protectorado de Marruecos. La segunda imagen, antológica del primer franquismo, es la propia de un temible “Caudillo de la Victoria” que ha vencido en una guerra civil fratricida y levanta sobre su triunfo un régimen de dictadura caudillista con plenos poderes y sin fecha de caducidad. La tercera imagen evidencia la decrepitud física de un anciano débil y vulnerable que oficiaba como severo y anacrónico patriarca de una España irreconocible para su generación y cada vez más compleja y conflictiva.
Enrique Moradiellos, historiador, es autor de La España de Franco. Política y sociedad.

La niña de sus ojos

Por VICENTE SÁNCHEZ-BIOSCA

La mirada de Franco carecía de la electricidad de Hitler, del exceso de Mussolini, de la opacidad de Stalin. Su adustez quizá encarnara la severidad castrense, su desprecio por la seducción. Cuentan que los soldados a los que mandaba la temían por implacable, pero esta no quedó, que yo sepa, impresa jamás. La que circuló se fue haciendo más y más impenetrable. Hay una foto de Franco que perfora mis noches. Un grupo de jerarcas del régimen sale de una gala: los ministros Iturmendi y Barroso flanquean al matrimonio. La esposa luce su collar de perlas y recoge púdicamente su vestido largo. El Caudillo, ya orondo, luce sus laureles en su traje de gala. Carmen Polo sonríe con compostura; el resto vacila entre una alegría moderada y la tediosa etiqueta. En cambio, los ojos de Franco se tuercen respeto al eje de la fotografía y su mirada de reojo taladra a alguien situado apenas un paso fuera del encuadre. El gesto no estaba previsto y escapó probablemente a quien la difundió. Pero creo percibir en ella, agazapada, la mirada fulminante evocada por aquellos legionarios de antaño y presiento que si fuera capaz de entender esta mirada, habría penetrado el sentido de toda una época.
Vicente Sánchez-Biosca es catedrático de Comunicación Audiovisual de la Universidad de Valencia. Autor de Imágenes en migración: iconos de la Guerra Civil.

La representación

Por ZIRA BOX

El dictador emergió simbólicamente de la guerra alzado a la tribuna de los vencedores. Franco presidía triunfal el desfile de la Victoria. Era el 19 de mayo de 1939 y la imagen, aquella que le mostraba como el invicto Caudillo ganador de la guerra, se iba a convertir en una omnipresente reproducción a lo largo de los años posteriores. Casi nada fue dejado a la improvisación. En el caso de los cuadros, el cuerpo de Franco se idealizó y adelgazó, y en el de las fotografías, se iluminó y retocó. Su rostro casi siempre lució serio y severo, sereno y grave, a tono con los tiempos que acontecían. Se le esculpió a caballo, emulando a los guerreros clásicos; se le mostró de pie, con pose aristocrática. Y se le sentó, como si de un monarca se tratara. Su represtación fue cambiando al ritmo de la propia dictadura. Así, su exhibición comenzó con el Caudillo militar para que después, y de forma progresiva, fuera apareciendo el hombre político, el estadista que también reconstruía la paz. El paso de los años hizo que primase su parte humana: el gobernante aficionado al campo, la caza o la pesca, junto al hombre familiar, el padre que se convertiría en un abuelo gustoso de rodearse de sus nietos. Al final, el otrora triunfal Caudillo y general se trocó en anciano: una descontextualizada reproducción de un hombrecillo delgado y avejentado dentro de un país que, por aquel entonces, ansiaba ya por abrir las ventanas a la libertad y la modernidad.
Zira Box es profesora de Historia del Pensamiento Político de la UNED, autora deEspaña, año cero.

Bajo palio

Por GIULIANA DI FEBO

Durante su dictadura Franco fue el centro de ceremonias y ritos destinados a subrayar su condición de enviado de la Providencia. El modelo ritual fue inaugurado en diciembre de 1937 con motivo de la jura en Burgos del I Consejo Nacional de Falange. La ceremonia se desarrolló en el monasterio de Santa María de las Huelgas. Fue un rito de fundación del Nuevo Estado nacionalcatólico y de celebración de Franco como “Caudillo supremo”. Las fuerzas del Ejército desplegadas en vistosa parada, la Falange llegada de los frentes de combate, el paso de las tropas marroquíes y la escolta mora. Franco entraba en la iglesia para oír misa mientras el órgano tocaba el Te Deum laudamus. Ya en la sala Capitular, sentado en un trono con dosel de damasco rojo, después de haber jurado sobre los Evangelios ante el cardenal Gomá su fidelidad a España y a Falange, asistió al desfile y a la jura de los consejeros. La ceremonia ilustraba la sacralidad del pacto entre Franco y una jerarquía eclesiástica garante de la reciprocidad del vínculo entre las instituciones del régimen. Era la primera etapa de un proceso que culminó en la ceremonia de la ofrenda de la espada de la Victoria en la iglesia de Santa Bárbara de Madrid en 1939. El “generalísimo” se dirigía hacia la iglesia saludado por blancas palmas que añadían a la escena un toque bíblico. Se acercaba al altar caminando bajo palio, una modalidad litúrgica reservada a los reyes, a los obispos y al Santísimo Sacramento. Después de una solemne ceremonia evocadora de ritos medievales, depositaba su espada gloriosa. La Ofrenda concluyó con la bendición de Gomá y un abrazo entre los dos. Salvas de artillería y repiques de campana festejaron la aparición en la plaza de un “generalísimo” que “no pudo contener el llanto”, pero ya consagrado “Caudillo por la gracia de Dios”.
Giuliana Di Febo, catedrática de Historia Contemporánea de la Universidad de Roma. Autora de Ritos de guerra y de victoria en la España franquista.

Atado y bien atado

Por SANTOS JULIÁ

Fue en el cerro de Garabitas en mayo de 1962. Para responder a las embestidas contra la patria la Hermandad de Alféreces Provisionales convocó una gran concentración en este sagrado lugar de su memoria histórica. La guerra no terminó en la victoria, dijo Franco, y quienes torpemente especulaban con sus años debían saber que se sentía joven y que detrás de él “todo quedará bien atado y garantizado por la voluntad de los españoles y por la guardia fiel e insuperable de nuestros ejércitos”. Nuestra obra, terminó diciendo, es el mandato de nuestros muertos.
Pero no sería hasta el 22 de julio de 1969, ante las Cortes, convocadas para aprobar la ley que declaraba al príncipe Juan Carlos de Borbón heredero a título de rey, cuando encontró la fórmula definitiva. De nuevo, la memoria de la guerra y el recuerdo de los muertos. Lo que hacemos hoy, añadió, no es una restauración, es una instauración. Y cuando “mi Capitanía llegue a faltaros la decisión que hoy vamos a tomar contribuirá a que todo quede atado y bien atado para el futuro”. Habían pasado 30 años del fin de la guerra y así quedaba instaurada la Monarquía del Movimiento Nacional. Dueño del tiempo y de la memoria, Franco se sintió aquel día como Dios, alfa y omega de la historia.
Santos Juliá, catedrático de Historia Social y del Pensamiento Político de la UNED, es autor de La violencia política en la España del siglo XX.

Franco como obsesión

Por JOSÉ ÁLVAREZ JUNCO

Vivimos, en los últimos lustros de la dictadura, cosas extraordinarias, nunca vistas. Carreteras atascadas (término nuevo), hasta donde alcanzaba la vista. Un atardecer, en una de aquellas situaciones inéditas, me asaltó la sospecha de que Franco se hubiera muerto. Podía ser un síntoma de que el edificio se colapsaba. Y el colapso tenía que comenzar por la desaparición de la piedra angular, que era él, el padre incoloro y silencioso, pequeñito, de voz atiplada, casi inaudible, pero a la vez omnipresente, conocedor de todo y causa de todo. Cuando muera, repetíamos, porque algún día tendrá que morir. Pero era hablar por hablar porque, en el fondo, nadie se lo creía. Nuestras vidas eran inimaginables sin aquella referencia a la que odiar y temer, a la que culpar de todo. En nuestras primeras discusiones políticas, le habíamos disculpado: había enchufes y chabolas, sí, pero solo porque él no se enteraba, porque estaba rodeado de gentes que le ocultaban la realidad para aprovecharse. Pasamos más tarde a maldecirle, a culparle de todo. De lo que no podíamos hacernos a la idea es de que un día, de verdad, viviríamos sin aquella losa encima.
José Álvarez Junco, catedrático de Historia de la Universidad Complutense, es autor de Mater dolorosa.

sábado, 18 de junio de 2011

PRENSA. "La naturaleza del franquismo", por Álvaro Soto y Pedro A. Martínez Lillo

   En "El País":
La naturaleza del franquismo

   La dictadura duró mucho y fue camaleónica, por lo que, sin variar su esencia -poder personal, represión, rechazo de la democracia-, adoptó distintas formas, desde el proyecto totalitario al autoritarismo


ÁLVARO SOTO Y PEDRO A. MARTÍNEZ LILLO 08/06/2011

   La publicación de los primeros volúmenes del Diccionario Biográfico Español por la Real Academia de la Historia ha dado lugar a una polémica en los medios de comunicación sobre algunas de las afirmaciones que se realizan en el mismo. Es importante que los ciudadanos conozcan las opiniones de otros historiadores y la existencia de un debate "académico" que, lejos de escandalizarnos, debe contribuir a un mejor entendimiento y comprensión de nuestro pasado más reciente.
   Para comenzar, se debe aclarar que es frecuente confundir naturaleza de un régimen político y forma de ejercicio del poder. Son dos cuestiones distintas; mientras que los conceptos "totalitario" y "autoritario" se refieren al primero de ellos, el término "dictadura" se aplica al segundo.
   Totalitario es un régimen político no democrático que busca imponer una integración política total entre el Estado y la sociedad. En dicho régimen, la participación y adhesión al mismo son una obligación para todos los miembros de la comunidad política. Mientras que autoritario define a un régimen político no democrático, pero en este caso a través del control del Estado, monopolizando el poder político sin permitir a los ciudadanos participar en la toma de decisiones. No tiene como objetivo controlar la vida social por medio de una ideología, ya que en ocasiones se carece de ella, sino lograr la pasividad de los ciudadanos.
   La victoria militar en la Guerra Civil de los sublevados contra el orden legítimo que representaba el régimen republicano supuso la quiebra del Estado democrático. El "nuevo Estado" se atribuyó un carácter fundacional y se dispuso a construir un "orden político" distinto al democrático. Buena muestra de ello fue la extraordinaria concentración de poder que se dio en la persona de Francisco Franco. Desde el 1 de octubre de 1936 y hasta su muerte ocupó la Jefatura del Estado, del Ejército y del partido único; hasta 1973, la del Gobierno y se añadía "la suprema potestad de dictar normas jurídicas de carácter general".
   Se estableció así una dictadura soberana que se atribuyó un carácter constituyente. Ello supuso trasladar la soberanía del pueblo al Estado, suprimir los derechos fundamentales de los ciudadanos, acabar con la división de poderes y establecer límites mal definidos para el ejercicio del poder, lo que le permitía hacer uso de la arbitrariedad en aquellas ocasiones que estimara oportunas. Por ello, no se puede hablar de un Estado de derecho, sino de Estado con derecho, que es algo muy distinto.
   Junto al hecho de ser una dictadura, es obligado referirse a la existencia de una identidad represiva. La represión y la violencia política fueron una constante. Desde los primeros momentos del fracasado golpe de Estado de 1936 se hizo uso de ella (basta con leer las directrices elaboradas por el general Emilio Mola) para aplastar la resistencia, continuando con estos métodos a lo largo de toda la dictadura para someter a la oposición.
   El debate sobre la naturaleza del franquismo ha originado una amplia controversia, dando lugar a numerosas definiciones (Juan José Linz, Juan Martínez Alier, Ignacio Fernández de Castro, Salvador Giner, Carlos M. Rama, Javier Tusell, Gino Germani...) que en ocasiones producen la sensación de que nos encontramos en un laberinto sin salida. En nuestra opinión, dada la duración del régimen, es más conveniente hablar de distintas naturalezas y no de una sola, y más teniendo en cuenta que a lo largo del tiempo el régimen franquista hizo uso de actitudes camaleónicas, que variaron no su esencia (poder personalizado, identidad represiva y rechazo a la democracia), sino su forma de actuación política.
   La manera más idónea de buscar una definición es analizar la cronología de la dictadura y ver sus comportamientos frente a la situación internacional, a los grupos políticos predominantes en el interior, al tipo de estructura social y a la política económica. Se puede hablar en un primer momento de la existencia de un proyecto totalitario similar al fascismo, aunque se debe tener en cuenta la debilidad del partido único, la posición de la Iglesia y la fortaleza del Ejército. Este proyecto totalitario se encontraba avalado por los éxitos en los campos de batalla de Europa de los ejércitos del Eje, por la preponderancia del sector falangista (presencia en el Gobierno de Ramón Serrano Suñer), por las prácticas intervencionistas y autárquicas en la política social y económica, que se conciben no tanto como una política coyuntural, sino como un modelo cerrado y definitivo. A ello deberíamos añadir el uso de la estética fascista y la pasividad de una Iglesia deudora del bando nacional.
   A partir de la crisis de Gobierno de 1942, que supuso el cese definitivo de Serrano Suñer, y de los cambios que se estaban produciendo en la II Guerra Mundial a favor de los aliados, se entró en un periodo de indefinición, a los que Franco era muy proclive, dado que le permitía ganar tiempo y consolidar su poder.
   A partir de 1945, el fin de la II Guerra Mundial y el nuevo orden internacional (llegada al poder, en algunos Estados europeos, de fuertes partidos demócrata-cristianos, la extensión del Estado social y el éxito del capitalismo) condujeron a la dictadura a variar su naturaleza política. En esta ocasión se trataba de buscar apoyos en el bloque occidental, lo que se vio favorecido por el inicio de la guerra fría. En el interior tuvieron un especial protagonismo los "católicos políticos", que además contribuyeron a lavar la cara del régimen en el exterior y a partir de la década de los cincuenta favorecieron la transformación social y el crecimiento económico dentro de la lógica capitalista. Pero en ningún caso propiciaron reformas democráticas, ya que los denominados "aperturistas" (José Solís, Manuel Fraga, Laureano López Rodó...) no querían un cambio de régimen sino cambios en el régimen.
   La nueva naturaleza era autoritaria, al menos en los términos que en 1964 estableció Juan José Linz. Para este autor, las características del autoritarismo se refieren a un sistema político no democrático, no responsable, con una mentalidad característica, carente de movilización política y límites formalmente mal definidos en el ejercicio del poder.
   Durante la dictadura de Franco no existieron medios de control político sobre sus miembros. Comenzando por el jefe del Estado, como afirmaban los Estatutos de FET y de las JONS: "El Jefe responde ante Dios y ante la Historia"; y continuando con toda la clase política que respondía solo ante Franco, siendo la adhesión a su persona el mayor mérito que se podía presentar.
   La movilización política es uno de los objetivos centrales de los regímenes totalitarios (fascismos y comunismos) y para ello es imprescindible una ideología cerrada. En cambio, durante el franquismo se primó la desmovilización y la pasividad de los ciudadanos. Así, las escasas movilizaciones habidas en la plaza de Oriente de Madrid respondían a motivaciones nacionalistas (retirada de embajadores, "proceso de Burgos" o condena internacional tras los fusilamientos del 27 de septiembre de 1975), habiendo otras de carácter religioso (Congreso Eucarístico Internacional de 1952 en Barcelona), o sentimental (visita de Eva Perón de 1947). Esta carencia de movilización se basaba en la existencia de una mentalidad cambiante, en la que el régimen anteponía sus intereses de supervivencia a los intereses de España.
   Junto a las características mencionadas, Linz hablaba de pluralismo político limitado. Es cierto que entre los miembros de la "coalición reaccionaria" existían grupos políticos diferentes (fascistas, conservadores, tradicionalistas, alfonsinos...), pero eso no era lo decisivo, lo que anula la existencia de dicho pluralismo. Lo decisivo era lo que les unía a todos ellos: 1º) la fidelidad a la persona de Franco; 2º) la hostilidad a la democracia parlamentaria; 3º) un rígido concepto del orden público; 4º) la creencia en la necesidad de la Guerra Civil; 5º) el convencimiento de que España debía ser bastión del catolicismo; 6º) una imagen tradicional y autoritaria de la vida y la sociedad, y 7º) un nacionalismo español excluyente.

   Álvaro Soto Carmona es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) y autor de ¿Atado y bien atado? Institucionalización y crisis de franquismo (Biblioteca Nueva, 2005). Pedro A. Martínez Lillo es profesor titular de Historia Contemporánea de la UAM y codirector del Máster en Gobernanza y Derechos Humanos (Cátedra de Estudios Iberoamericanos Jesús de Polanco).