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domingo, 17 de enero de 2016

PRENSA CULTURAL. "La dignidad de la lectura". J. Ernesto Ayala-Dip


   En "El País":

La dignidad de la lectura

No tiene sentido estigmatizar a quienes defienden las novelas “que te atrapan”


La lectura de un artículo de Luis Goytisolo este verano titulado El canon y la caspa me hizo pensar en dos cuestiones. La primera, que en dicho artículo había expresada una generalización en torno a la literatura de masas que no encajaba (o encajaba mal) con el sustrato del artículo que era, si mucho no me equivoco, hacer una legítima defensa de los progresos estéticos que supuso para la novela española los experimentos formales que se operaron durante los años sesenta y setenta. Nunca, según el autor de Las afueras, suficientemente reconocidas. Evidentemente, con toda justicia poética, de esos progresos formales fue sustancial el mismo Luis Goytisolo, al que creo que nunca nadie en este país osó ignorar. La segunda, su elitista consideración de la literatura de masas, y con ello, sin que a lo mejor el autor se percatara, la estigmatización de los lectores y la lectura en general.
Empecemos por la primera cuestión. Me veo obligado a transcribir el apartado en el que considero que se produce un malentendido. Escribe Goytisolo: “Por otra parte, en los años ochenta, se fue implantando con éxito un nuevo tipo de novela que, debido a su amplia acogida, despertó más respeto que rechazo: la novela de gran público , el best seller, un producto más relacionado con el éxito de ventas que con la calidad literaria”. En los años ochenta se produjeron dos fenómenos simultáneos: se vendían como rosquillas las novelas de Alberto Vázquez Figueroa y se hicieron varias ediciones con unánime celebración crítica de El desorden de tu nombre, de Juan José Millás. Y, además, le acompañaban nada más ni nada menos que Antonio Muñoz Molina, Jesús Ferrero, Manuel de Lope, Alejandro Gándara, Luis Landero, Soledad Puértolas, Almudena Grandes, Cristina Fernández Cubas, Adelaida Morales y un largo etcétera. Estos autores gozaron de un gran predicamento crítico y fueron paradigmas de lo que en esa década el editor Enrique Murillo denominó, muy acertadamente, la década de la narratividad, en contraposición a las décadas anteriores, que lo fueron de la experimentación. Con estos datos, mal puede casar la mala prensa de los best seller con los acreditados nombres que he enumerado. Dice también Luis Goytisolo que la principal característica de esa novela española de los ochenta, de la que curiosamente no da ningún nombre, es “que te atrapa”. Recuerdo que leí El invierno en Lisboa y me atrapó. Cuando uno es un lector exigente, para que un autor te “atrape” (es decir, para que no dejes la novela a los dos segundos de empezarla) debe utilizar todo el arsenal retórico a su disposición, toda la tramoya ilusionista con que cuenta la novela como género al servicio de la historia que se cuenta, del horizonte moral al que aspira y, sobre todo, al servicio del lector. Esa tendría que ser siempre su estética y su ética. A lo mejor habría que inaugurar una nueva catalogación novelística: por ejemplo, “Los libros que atrapan”. De la misma manera que me atraparon en su momento las novelas de Graham Greene y me atrapan ahora las de Emmanuel Carrère, también me atraparon las de Javier Cercas. O las de Vargas Llosa, autores innegablemente tan exitosos en el capítulo de las ventas como en los del reconocimiento crítico. (Conocí gente que me dijo que leyó de un tirón A la búsqueda del tiempo perdido, de Marcel Proust y me aseguraron quedar enredados en esa madeja de hilos argumentales, de puntos de vistas, como atrapados en el mismísimo proteico misterio de la vida).
La segunda cuestión a la que aludía El canon y la caspa era la estigmatización del best seller como pernicioso para las sensibilidades sublimes de la literatura. Cuando se plantea esta cuestión, evoco al último pasajero de metro con un libro en la mano que se quedó grabado en mi retina. Lo veo leer apasionadamente un voluminoso best seller, un libro de esos que “atrapan”. Lo veo y me emociona.
Cuando uno lee, sea el que sea nuestro nivel de competencia y exigencia estéticas, lo que está haciendo es aceptar unas reglas que te invitan a entrar en un mundo que no es tu mundo, un mundo paralelo al que vivimos, con aristas emocionales, históricas, sociales y espirituales que no son como los que nosotros vivimos cotidianamente, pero que nos las recuerdan. Ese lector siempre debe merecer nuestro respeto. Porque cuando lee, sea lo que sea, lo que está haciendo esencialmente es ejercitar una dignidad ajena a toda esa rutina desespiritualizada a que el sistema lo aboca.
J. Ernesto Ayala-Dip es crítico literario.

sábado, 21 de marzo de 2015

PRENSA CULTURAL. "Literatura y patologías sociales". J. Ernesto Ayala-Dip


   En "El País":

Literatura y patologías sociales

La corrupción es el cadáver en descomposición que más tienen cerca los ciudadanos. Y la novela se los puede servir en bandeja

No es casual que el referente literario del economista francés Thomas Piketty, autor del polémico El capital, sea Honoré de Balzac. Fue este autor quien mejor retrató la sociedad de su época, el que mejor desnudó su apetito de poder y riqueza. Aun sabiendo que era un monárquico recalcitrante, Karl Marx igualmente lo eligió como el paradigma narrativo de la Francia de la Restauración. Esa relación entre la ficción y las más diversas patologías sociales, entre ellas la corrupción, es altamente probable que la haya inaugurado Balzac. El escritor francés tuvo grandes epígonos en esa materia. Gustave Flaubert y Émile Zola (que describe en La jauría la especulación del suelo que trajo consigo el plan urbanístico del barón Haussman). En Inglaterra brilló en esta turbia materia Charles Dickens.
En nuestros días esa estrecha vinculación permanece inalterable. En el siglo veinte, la novela que mejor representó la malsana hermandad entre élite financiera, poder político y fuerzas de seguridad, es Cosecha roja, del escritor estadounidense Dashiell Hammett. Es muy difícil no tener en mente esa novela, si se quiere ser fidedigno a un modelo de representación ideal de la corrupción o la violencia institucionalizada.
En Europa hay un baremo que mide la corrupción de los países que la componen. Junto a su PIB, un país puede brillar por el número y diversidad de corruptos incrustados en su tejido social. Si uno lee una novela como Muerte en Estambul (2009), del escritor y traductor griego Petros Márkaris, se puede llevar una idea de la Grecia actual bastante desasosegante. También ocurrió con la lectura de Crematorio, de Rafael Chirbes, novela que traza con mano maestra uno de los asuntos y prototipos más redundantes de los últimos años en nuestro país: la especulación inmobiliaria y el nuevo rico. En esta estela temática no podemos dejarnos la última novela, de la serie Bevilacqua, de Lorenzo Silva, Los cuerpos extraños(2014). No quisiera dejar de mencionar cinco libros más: El testigo,de Juan Villoro (2004); El comité de la noche (2014), de Belén Gopegui; Plegarias nocturnas (2012), de Santiago Gamboa;Libertad (2011), de Jonathan Franzen; y un largo artículo titulado Democracia y comercio en el Open de Estados Unidos, de David Foster Wallace incluido en el volumen En cuerpo y en lo otro (2013). Y, claro, la trilogía de Stieg Larsson.
Dijo un día el gran periodista polaco Ryszard Kapuscinski que lo mejor que le iba a la novela era describir cadáveres. La corrupción, con sus más variadas y sofisticadas máscaras, es el cadáver global en fase de descomposición que más tienen cerca los ciudadanos de todo el mundo. Y la novela se lo puede servir en bandeja.

lunes, 24 de noviembre de 2014

PRENSA CULTURAL. Reseña de la última novela de Muñoz Molina, "Como la sombra que se va". J. Ernesto Ayala-Dip

   En "Babelia":

Crónica y expiación

Muñoz Molina combina en ‘Como la sombra que se va’ un ejercicio de introspección, una narración de tintes casi policiacos, una teoría de la novela y una historia de amor y familia


El motel Lorraine de Memphis, en el que fue asesinado Martin Luther King, fotografiado por Elvira Lindo.
El 4 de abril de 1968, cinco años más tarde del magnicidio de Dallas, el líder negro Martin Luther King cae abatido de un único disparo en la parte inferior de la cara. Su asesino se llamaba James Earl Ray. Un hombre del sur americano, blanco y ferozmente racista. Su huida le exige cambiar de identidad y de país. Aparece, como de la nada, a los pocos días de su cronometrado crimen en Lisboa. Solo estará unos días, hasta que sea atrapado en el aeropuerto de Londres. En 1987, un joven funcionario del Ayuntamiento de Granada hace un viaje relámpago a la capital portuguesa para terminar la novela que tiene entre manos, la novela que escribe en los ratos libres que le dejan su obligación laboral y familiar (mujer y dos hijos pequeños). La novela se titulará El invierno en Lisboa. Su autor se llama Antonio Muñoz Molina. Este son los dos soportes argumentales sobre los que se erige Como la sombra que se va, la nueva novela de Antonio Muñoz Molina.
La novela es un ejercicio múltiple de ficción: implacable autointrospección, exposición de la teoría sobre la novela que defiende Muñoz Molina, una especie de making of de El invierno en Lisboa, una historia de amor y otra de desamor sin explicitar, un acto de expiación respecto a las víctimas colaterales que la empecinada vocación deja por el camino, una crónica casi policiaca sobre uno de los tres asesinatos más determinantes que se cometieron en Estados Unidos durante la década de los sesenta. Para que todos estos niveles queden soldados de manera que el lector no tenga nunca la sensación de desequilibrio, ni de falta de unidad, el autor de Úbeda otorga las propiedades ventrílocuas con que suele dotar a sus voces narradoras. La voz que se narra a sí mismo, esa primera persona que designa al autor de El invierno en Lisboa como si fueran dos seres distintos, el del presente y el del pasado, pero arrastrando un mismo posible espejismo y un mismo sufrimiento vital, por momentos parece transformarse también en la conciencia oscura del asesino de Luther King. Como si nuestro autor volviera a las atmósferas asfixiantes y a aquella clínica descripción del mal que experimentó con deslumbrante eficacia en Plenilunio.

Sobre esta materia escribieron Don DeLillo y Norman Mailer con no más mérito que nuestro autor
La novela que leemos se pudo gestar entre el 2 de diciembre de 2012 y los primeros días de febrero de 2014 en un Nueva York nevado. El autor de El invierno en Lisboa vuelve a Lisboa a visitar a su hijo, el mismo que en 1987 tenía un mes de vida. Ahora es cuando recuerda la historia que leyó sobre James Earl Ray. Es el comienzo de la novela que leemos, y el comienzo del recuerdo doloroso del pasado privado y la recuperación casi arqueológica de la novela que lo salva, para su propia sorpresa, de la grisura provinciana en que transcurría su vida.
Voy a comentar algunas cuestiones que tienen que ver con la novela (que leemos) y con el género según lo entiende Muñoz Molina. La historia del asesino de Luther King, un tipo que disfruta leyendo novelas de James Bond y enciclopedias obsoletas, adquiere su sentido cabal si no se olvida la historia de las últimas horas de vida, que también se cuenta, de la víctima. Juntas, conforman la cara desoladora de la historia americana. Sobre esta materia escribieron Don DeLillo y Norman Mailer con no más mérito que nuestro autor, pero con igual afán indagatorio sobre algunos grandes misterios humanos (y políticos).
Para esta historia Muñoz Molina se vale de una ingente documentación, de la misma manera que Mailer usó el Informe Warren para construir su visión de Oswald. La ruina moral, la sordidez y la desdichada personalidad que dibujó nuestro autor en el psicópata de Plenilunio, la reencontramos casi intacta en el dibujo del asesino del líder negro.
Me interesan ahora, sobremanera, dos ideas en la novela: la del punto de vista en las novelas y la del porvenir de las historias que se cuentan, lo que ocurre con las vidas después del final de esos relatos que leemos. Primera idea: Muñoz Molina tardó siete años para encontrar la voz narradora de Beatus Ille (1986), su primera novela. Por ello no extraña que ahora haga mención de El gran Gatsby, uno de los grandes paradigmas del punto de vista. Dice Muñoz Molina: Gatsby era un héroe porque alguien como Nick Carraway lo miraba. Segunda idea: los relatos tienen un final, una exigencia cartesiana de orden. Una mujer o un hombre son un relato mientras los tenemos enfrente; en cuanto se alejan de nuestra existencia, esos relatos han finalizado, como si hubieran muerto para nosotros, pero sus vidas continúan y las nuestras también. Por ello tampoco extraña que cite al personaje más olvidado de la historia de la narrativa universal, Berta Bovary, la hija de los protagonistas que termina en la novela como obrera.
En Como la sombra que se va vuelve la rigurosa transparencia narrativa de su autor. Y el fraseo medido de la escritura para indagar entre las brumas. A la memoria, atrapada siempre luminosamente entre la verdad y la ficción, se le suma ahora la urgencia de una reparación crucial que no llega tarde. Algunos misterios de la vida se suman a ese misterio que es toda narración.
 Como la sombra que se va. Antonio Muñoz Molina. Seix Barral. Barcelona, 2014. 536 páginas. 21,90 euros (digital: 10,99)

jueves, 18 de octubre de 2012

PRENSA CULTURAL. "Clásicos del desván de la literatura latinoamericana", por J. Ernesto Ayala-Dip


   En "blogs.elpais":

Clásicos del desván de la literatura latinoamericana

Por:EL PAÍS12/10/2012
Pizarnik
Ilustración de Santiago Caruso para La condesa sangrienta, de Alejandra Pizarnik (Libros del zorro rojo).
Por J. ERNESTO AYALA-DIP
Ya es casi un lugar común afirmar que el Boom latinoamericano fue un hito en la historia de la literatura de ficción (poesía, cuento, ensayo) pero que a la vez sepultó obras y nombres relevantes. En el boom confluyeron circunstancias históricas, sociales, políticas y estéticas que no fueron poco determinantes en la configuración de una generación de novelistas de distintos países. De pronto, en menos de un decenio, entre el segundo lustro de los sesenta y el primero de los setenta, cuajaron distintas poéticas, muy potentes en fuerza creadora. Pero el Boom fue también esa generación que faltaba. Cuando se oye mencionar  una novela que se titula Cien años de soledad (1967), con sólo conocerse a grandes rasgos su hilo argumental y someras referencias sobre su diseño formal y estilístico, su inminente publicación ya produce en sus futuros lectores una suerte de mágica expectación. Solo faltó que la lectura de la novela confirmara rotundamente la sospecha de que se estaba ante una obra maestra de difícil catalogación. A partir de aquí, se inicia uno de los fenómenos literarios más importantes y prestigiosos, no solo en lengua castellana, sino en la influencia que ejerció en todo el territorio de la ficción mundial. Así nació un primer Boom compuesto por Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. Luego le siguió lo que estudiosos del fenómeno (literario y sociológico, vale decir) bautizaron con el nombre de segundo Boom, formado por Juan Rulfo, Augusto Roa Bastos, José Donoso, Lezama Lima y Guillermo Cabrera Infante. No creo que haya que insistir mucho en los daños colaterales del boom, si lo comparamos con los grandes beneficios que generó en la ficción latinoamericana toda, fuera del país que fuera, los géneros o la cronología a la que perteneciera. El éxito estético, de mercado y de crítica del boom es uno de los fenómenos sociológicos más complejos de explicar. Pero a la vez descorrió, como por arte de magia, el tupido velo que disimuló durante años y decenios el sinnúmero de pioneros del boom. Y también abrió el camino para reconocer la impronta del Boom en los grandes epígonos o rupturistas que le siguieron.
Tal vez sea la hora de comenzar a darnos una oportunidad dándoselas a todos aquellos autores que quedaron en la cuneta de la historia literaria del continente latinoamericano. Darles una segunda oportunidad a los argentinos Leopoldo Marechal, Eduardo Mallea y Ernesto Sábato. Tres territorios, tres maneras de entender la tarea novelística. Todavía no está dicha la última palabra sobre una novela como Adán Buenosayres (Marechal, 1948); todavía se sigue discutiendo la importancia capital de Sobre héroes y tumbas (Sábato, 1955); y qué decir de la prosa demorada de un Mallea a la búsqueda siempre de un sentido espiritual en medio del sinsentido de la condición humana.
Soy un apasionado de la literatura del  uruguayo Felisberto Hernández (como lo soy de novelas como La bahía del silencio, 1940, del mismo Mallea): Hernández resume en sus cuentos la investigación de lo eternamente inexplicable. También propongo volver al argentino Macedonio Fernández: propongo sus novelas metafísicas, novelas absolutamente alejadas de las leyes de verosimilitud convencionales: novela de momentos, de fogonazos espirituales. Toda una manera de nadar contracorriente, contra las estructuras decimonónicas, contra la trama y a favor del balbuceo del ser en soledad. Macedonio funda la gran literatura del lenguaje puro, guante formal que recoge un maldito muy posterior llamado Néstor Sánchez.
Creo que nos debemos un retorno a Lezama Lima: un retorno al verbo entendido como fuente de un conocimiento de la escritura desde dentro: un conocimiento cuasi carnal de las palabras, de las frases. Propongo volver aParadiso (1966), una novela de formación que es casi un lujo tenerla escrita en castellano.
La lectura reciente de una novela de Carmen Martín Gaite me recordó al argentino Manuel Puig. Me recordó su facilidad para los registros formales y lingüísticos fronterizos. La lengua de las tías, madres y vecinas, ese cosmos deslumbrantes de palabras vivas, casi documentales que van descubriendo una trama existencial de provincias. Boquitas pintadas (1969). Puig opera una vuelta de tuerca al realismo y a lo que quedaba del costumbrismo. Las convenciones sociales y sexuales explotan en esa parodia de vida que Puig le inflige a la clase media argentina.
También releyendo a Cortázar y haciendo mención de Lezama Lima, me viene a la memoria una novela soberbia y sabía: me refiero a Palinuro de México(1975), de Fernando del Paso. Nadie puede negar la marca rabelesiana de sus páginas, su plasmación de la parodia más exacta y su humor implacable.
Perdone el lector cierto desorden en las oportunidades que decido conceder: quiero darle otra y las que haga falta a Cuentos de amor, locura y muerte(1917) de ese extraño ser perdido en la selva del norte argentino que fueHoracio Quiroga (siempre llevo conmigo la viscosa impresión de ese tenebroso almohadón de plumas, que ya hubiera describir el mismísimo Poe). No dejaría nunca de releer El jorobadito y otros cuentos (1933) del granRoberto Arlt. Ni tampoco dejaría nunca de aconsejar leer los cuentos del cubano Virgilio Piñera y sobre todo su hermosa novela La carne de René(1952).
Dos mujeres: la argentina Alejandra Pizarnik (toda su desesperada poesía) y la misteriosa escritora uruguaya Armonía Sommers (1914-1994): en 1950 se publica su nouvelle La mujer desnuda, relato cuajado de hallazgos en el panorama latinoamericano, una manera distinta que ratifica años después definitivamente con El derrumbamiento, conjunto de cinco relatos de gran envergadura literaria.
Sé que me dejo autores: no cité casi a ningún poeta, aunque ahora que lo escribo aprovecharé para  recomendar a Roberto Juarroz y esa profunda y llena de religiosidad que es su enigmática poesía (Poesía vertical, 1970)  y ese libro mayúsculo del surrealismo latinoamericano que se titula Los amantes antípodas (1961) de Enrique Molina.
Y para terminar: sé que no tiene sentido decir que le vamos a dar una segunda oportunidad a un escritor de la talla de Adolfo Bioy Casares. Puede, pero permítame el lector que insista en volver las veces que haga falta a dos novelas suyas: El sueño de los  héroes (1954) y La aventura de un fotógrafo en La  plata (1985). Cada tanto las releo. Todavía les sigo sacando punta y no alcanzo a vislumbrar todos significados que esconden y se me multiplican. La segunda es una joyita de las atmósferas inciertas, de la creación de los peligros, físicos y morales, en ciernes.
Y ahora sí me despido hasta la semana que viene, pero déjeme el amable lector que le dicte mi última oportunidad por hoy: El niño que enloqueció de amor (1915), del chileno Eduardo Barrios, una novelita, que como dijo alguna vez César Aira, convierte en auténtica literatura un tema cursi y patológico.

viernes, 27 de julio de 2012

PRENSA CULTURAL. "¿Quién teme a los lectores?", por J. Ernesto Ayala-Dip

   En "El País":
¿Quién teme a los lectores?

J. ERNESTO AYALA-DIP 24/12/2011

   Hace tiempo que tengo la sensación de que estamos siendo muy injustos con algunos lectores. Convivimos con ellos como si les perdonáramos la vida. Hacemos como que los aceptamos en nuestro círculo de lectores distinguidos. Otros, menos sutiles en las formas, no pierden tiempo en desprestigiarlos a la mínima ocasión que se presenta. Cada vez que emitimos un juicio indecoroso hacia ese género o tipo de ficción que no coincide con nuestras afinidades electivas, es cuando dejamos traslucir que no entendemos nada de lo que está ocurriendo alrededor nuestro. Como si nos perdiéramos algo. Como si nos faltara una pieza para armar el rompecabezas en que se ha convertido el mundo actual, y dentro de él, el libro y la lectura.
   A veces es como si desconociéramos, nosotros que tanto pontificamos sobre la mejor manera de iniciar a los neófitos en la lectura, la reunión de tantas circunstancias y azares que tienen que darse en la vida de una persona para que se instale en el difícil reino de los libros. ¿Tenemos alguna noticia aproximada de cuánto cuesta descubrir el hábito de la lectura? ¿Aceptaríamos que los caminos que conducen hasta una novela o un libro de divulgación, independientemente de su calidad literaria, no dependen solo de la capacidad de elección del lector, sino de multitud de factores que no siempre controla, factores sociales, ambientales, educativos, económicos, etcétera? Eso sin contar que infinidad de veces un lector se hace espontáneamente; un buen día, como por arte de magia, introduce en su vida el verbo leer, como un milagro diría, cuestión que no hace sino remarcar la complejidad de la cuestión. ¿Sabemos todos para qué tenemos que leer? ¿Tenemos que hacerlo para formar parte de un reducido club? No creo que sea para eso. Para cualquier propósito, menos para ese. Pero sí creo que es necesario hacerlo para ganarnos el derecho a una mayor calidad estética, ética y lúdica en nuestras vidas. Un derecho de ese calado no se consigue así como así. Descubrir un día que podemos apartarnos (o evadirnos, digámoslo sin miedo) unas horas de nuestras vidas y entrar en un territorio desconocido en el cual intuimos o sentimos que la vida está allí representada (de mejor o peor manera) es un trabajo tan arduo que cuesta creer que con nuestro orgullo elitista de expertos podamos desacreditarlo de un plumazo solo porque no se lee la novela o el género de libro que nuestro selecto canon exige leer. También no es menos verdad que existe una operación contraria. Son los que radicalmente no comulgan con lo que ellos fantasean como lecturas aristocráticas. Proclaman la inutilidad de una literatura escrita solo para entendidos, autocomplacientes en sus formas opacas para el grueso de la mayoría de los potenciales lectores. Uno y otros se arrogan jurisdicción propia. Se retroalimentan. Si los reuniéramos en una habitación, las paredes se caerían antes de que se pusieran de acuerdo. ¿Qué tipo de lectores son, entonces, estos ideólogos de la lectura única y excluyente? ¿Lectores totalitarios? Sería lo más parecido a la impresión que inspiran, aunque duela emplear un adjetivo con tantas desagradables resonancias.
   Todos los días vemos en el transporte público a personas leyendo. Es una experiencia cotidiana. Posiblemente confundido entre ellas esté acechando el lector totalitario, el delegado de una u otra oficina lectora. Antes de controlar lo que leen, dicho delegado tendría que atender a otra cuestión mucho más gratificante y extraer alguna conclusión. Por ejemplo, ¿qué más da que aquellas personas lean a Marcel Proust o a Ken Follet, a Javier Marías o Carlos Ruiz Zafón? ¿Cambian esos autores, por ser quienes son, la devoradora atención con la que los leen, distorsionan negativamente o aumentan beneficiosamente la dignidad del paisaje humano que configuran al tener un libro entre sus manos? ¿Y dónde queda entonces el placer de la lectura con el cual tantas veces nos hemos llenamos la boca?
   Desde hace un tiempo estamos asistiendo a una tendencia en el conjunto de los lectores españoles. Por un lado están los que solo leen best-sellers. Y por otro los que solo leen autores llamados de calidad. Son los exponentes del mercado polarizado de la lectura. Probablemente no tan irreconciliables como los gurús de sus respectivos partidos. Pero hay un tercer universo. Un lector transversal. Y sobre todo, a tono con los tiempos de saludable desconcierto espiritual que corren, un lector hedonista. En resumen, un lector que pasa del best-seller a la novela de calidad que inesperadamente se pone de moda, o viceversa. Ese lector existe y comienza a afianzarse, de la misma manera que se afianza el consumo transversal de diseño, de moda, de museos o de gastronomía. Respetemos a los consumidores de libros. Sean de un signo o del otro. O de los dos a la vez. Cada uno es responsable de lo que lee. Y alegrémonos de su felicidad de lectores.

   J. Ernesto Ayala-Dip es crítico literario.