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lunes, 22 de junio de 2015

PRENSA CULTURAL. "Tatuajes literarios". Iván Thays

   En "Babelia":

Tatuajes literarios

Una galería de rostros de escritores en piernas, brazos y espaldas. En EE UU se cocina la verdadera gran novela americana: 'The Familiar', 27 libros de Mark Z. Danielewski


Un tatuaje de Ernest Hemingway en el blog 'Las Lecturas de Mr. Davidmore'

La literatura presta innumerables posibilidades para hacerse tatuajes. Y no me refiero solo a El Principito, el preferido de todos. Pueden tatuarse frases o incluso ciudades (una vez vi a un escritor portugués con un tatuaje impresionante en el brazo que decía Yoknapatawpha). En esta página de Pinterest encontramos varios motivos literarios para buenos tatuajes. Patricio Pron, desde su Twitter, nos advierte del blog Las lecturas de Mr. Davidmore y su galería de rostros de escritores que aparecen en piernas, brazos y espaldas. El de Jack Kerouac es maravilloso, el de Agatha Christie es perturbador.
El pasado 16 de junio las redes sociales se llenaron de felicidades. Ahora el Bloomsday no se celebra solo en Irlanda sino en todo el mundo. Como recuerdan, James Joyce ubicó a su personaje Leopoldo Bloom paseando por las calles de Dublín un 16 de junio. El éxito de la novela impulsó a una peregrinación de cientos o miles de personas para repetir el itinerario de Bloom, ataviados como uno de los personajes de la novela o como el autor. Quizá este evento, como gesto simbólico, sea uno de los más importantes agradecimientos de los lectores a un autor. Aquí hay un video en YouTube que es necesario ver: el primer Bloomsday.


Tatuaje de García Márquez
La soledad es el refugio donde nace la literatura. Una persona que no sepa estar sola nunca podrá escribir. Por eso, no es extraño que tantos escritores hagan retratos de personajes que están solos (incluso en compañía) o buscan la soledad alejándose de todos, convirtiéndose en ermitaños. En el diario británico The Guardian Rebecca Dinerstein hizo una lista estupenda, el Top 10 de libros sobre el estar solo. La lista comienza con Jane Eyre de Charlotte Brontë y termina con el libro de Ben Lerner que ocurre en la estación de Atocha. Algunos de mis libros favoritos están mencionados ahí: Pan de Knut Hamsun, Seymour: una introducción de JD Salinger, París era una fiesta, de Ernest Hemingway.
Edmundo Paz Soldán nos advierte de que en Estados Unidos se está cocinando la verdadera GRAN novela norteamericana. Si no es por el tema, al menos sí por la extensión. Serán 27 novelas reunidos bajo el título The Familiar y escritas por el norteamericano Mark Z. Danielewski, autor de la espléndida La casa de hojas. La primera, que acaba de aparecer, tiene más de 800 páginas y la segunda va por ese calado. Dice que tiene ya diez acabadas. ¿Se animará alguien a traducir todo el proyecto al castellano?

viernes, 22 de marzo de 2013

PRENSA CULTURAL. "¿Para qué leer?". Iván Thays

   En "blogs.elpais":

¿Para qué leer?

Por:  20 de febrero de 2013
Luzlibro
En el libro El encantador: Nabokov y la felicidad, Lila Azam Zanganeh titula su prólogo con contundente franqueza: "¿Por qué leer este libro o cualquier otro?" Así contesta a su propia pregunta: "La respuesta, a mi juicio, siempre ha sido meridianamente clara: leemos para renovar el encanto del mundo. Desde luego, hay un precio, incluso para el más diestro de los lectores. Descifrar sentidos, internarse trabajosamente en regiones desconocidas, abrirse paso entre un intrincado laberinto de frases, tinieblas inquietantes, plantas y animales desconocidos. No obstante, si persistimos con obstinada curiosidad y espíritu de conquista, de vez en cuando surge un panorama magnífico, un paisaje bañado por el sol, rutilantes criaturas marinas¨.
Reconozco que me gustaría sentir que cada vez que leo se renueva mi encanto por el mundo. No voy a negar que he sido feliz leyendo, ni tampoco que esa curiosidad y espíritu de conquista se ha apropiado de mí otras veces, pero lamentablemente mi experiencia como lector está muy lejos de esos hallazgos fabulosos de Zanganeh. La respuesta para qué o por qué leer siempre ha sido, para mí, tan complicada de responder como a aquella "por qué escribes". Tengo la impresión de que, en principio, ambas respuestas son parecidas. Aquella profunda decepción ante el orden del mundo, el descubrimiento del caos y de aquello que no funciona, el motor de la escritura según Vargas Llosa, moviliza también al lector. Lectores y escritores comparten las mismas fracturas. Leemos para encontrarnos con un mundo, si no mejor, al menos capaz de responder a un orden y cuyo dios o demiurgo, por más genial que sea, es un ser más cercano a nosotros que cualquier divinidad mística: el autor.  
El francés Charles Dantzig, editor, traductor de Francis Scott Fitzgerald y Oscar Wilde, además de narrador, poeta y ensayista, organiza un extraordinario libro calidoscópico en torno a la pregunta “¿Por qué leer?”, que responde con inteligencia y buen gusto pero también con bromas, ironía o provocación. Algunos de los títulos de los capítulos bastan para mostrar a qué nos enfrentamos: “Leer para encontrarse (sin haberse buscado)”, “Leer para estar articulado”, “Leer para no dejar que los cadáveres descansen en paz”. “Leer por amor”. “Leer por odio”, “Leer para pasar la mitad del libro”, “Leer por títulos”, “Leer para dejar de ser la reina de Inglaterra”, “Leer para masturbarse”, “Leer para contradecirse”, “Leer para guardar las formas”, “Leer para aprender”, “Leer por consolarse”, “Leer para descubrir lo que el autor no ha dicho” o mi favorito: “Leer para saber que con leer no se mejora”.
Existen grandes lectores que son, además, personas muy cultas, inteligentes, sensibles y tienen excelente ortografía y redacción. Pero es un error pensar que, por consiguiente, la lectura te hace más culto, inteligente, sensible o mejora tus tildes. Leer con un fin utilitario, ya sea gramatical o espiritual, es una pérdida de tiempo. Puedo imaginarme a Hitler leyendo una novela de Knut Hamsum con placer, pero me resulta difícil pensar en la madre Teresa leyendo algo que no sea la Biblia o un libro didáctico. Si leer no nos hace mejores personas, insisto, ¿para qué leer?
En uno de los capítulos Dantzig anuncia que el lector es un egoísta.“Se lee para comprender el mundo, se lee para comprenderse uno mismo. Y si se es un poco generoso, ocurre que también se lee para comprender al autor. Creo que eso solo les ocurre a los más grandes lectores, una vez que se han saciado las dos primeras necesidades, la comprensión del mundo y la comprensión de sí mismos. Leer hace cantar a las momias, pero no se lee para eso. No se lee para el libro, se lee para uno mismo. No hay nada más egoísta que un lector”.
Estoy de acuerdo. Para eso leo, para apropiarme de las palabras de los demás. Leo porque esas palabras me pertenecen. Los libros que han dejado más huella en mí no son necesariamente las obras cumbres, sino aquellos cuya piel he logrado traspasar hasta hacerla mía. Leo para mi placer, mi gozo, para apartarme del mundo y sumergirme en mí mismo. Leo para mí. En un mundo donde todo es esperanza de futuro, o donde el pasado asoma y me atormenta constantemente, el único momento donde estoy en el presente es cuando leo. Leer es meditar con palabras de otras personas, dije en un post anterior. Por eso leo. Leo para saber qué pienso, qué opino, qué sé o debería saber, qué he olvidado. No leo para identificarme con un autor sino para permitir que sus palabras se identifiquen conmigo, adquieran sentido gracias a mí. Cada lector reconstruye, o mejor dicho inventa, la literatura universal.
Recuerdo que, hace años, leí un texto de mitología celta escrito por W.B. Yeats donde encontré la frase "tan sosegado que parece triste". De inmediato la inserté en un cuento de veinte páginas que había escrito y que le di a leer a un amigo. Este amigo dijo que el cuento era infumable, pero subrayó la frase robada diciéndome, con cierta condescendencia, "sin embargo, en esta frase es se nota que tienes talento". Nunca le dije que esa frase la había escrito Yeats, no era necesario. Es natural que en el estado de meditación en que nos introduce la lectura aparezcan frases o escenas que nos remitan a nosotros mismos y resulta natural apropiarnos de ellas. En realidad, nos pertenecen tan igual como si las hubiésemos escrito, porque nuestra existencia es la que les da sentido: sin nosotros solo serían líneas negras sobre blanco. Por ello, jamás leo por curiosidad hacia mundos o épocas distintas a las mías, sino por curiosidad por mí mismo.Leo para saber quién soy. 

miércoles, 20 de marzo de 2013

PRENSA CULTURAL. "¿Qué haces con ese libro aquí?". Iván Thays

   En "blogs.elpais":

¿Qué haces con ese libro aquí?

Por:  30 de enero de 2013
Read
Foto: Rupert Ganzer
- ¿Qué haces con ese libro aquí?
No era la primera vez que oía esa pregunta, pero sí la primera que me percaté de una conducta compulsiva: simplemente no podía dejar de leer. Tampoco podía dejar de llevar un libro a donde quiera que fuese. Era la boda de una prima mía, yo aún era un adolescente universitario y como el libro que estaba leyendo en ese momento no entraba en el bolsillo de mi saco, lo llevaba en la mano. Lo traía conmigo para leerlo en el taxi o microbús que me llevó hasta la iglesia. Pero no descartaba abrirlo en algún momento de la ceremonia o de la fiesta y avanzar una o dos páginas. El francés Charles Danzig dice en su libro ¿Por qué leer?: "Más de un parquímetro de París se ha conmovido al oír que le pedía educadamente perdón después de haberme chocado con él, leyendo algún libro". En Lima no hay parquímetros, pero sí me he disculpado con algunos postes.
El origen fue la biblioteca de mi padre. Mi padre no fue un gran lector, era ingeniero y economista y prefería ver televisión o películas en vhs, pero sí fue un coleccionista. No podía evitar coleccionar todo aquello que estuviese numerado y lo vendiesen en supermercados o kioskos. Antes de que yo naciera, logró hacerse de una colección de libros de Ariel, una editorial ecuatoriana, que se dividía en dos: libros serios para adultos y libros clásicos condensados para jóvenes, con ilustraciones. Esas colecciones de Ariel me convirtieron en un lector compulsivo: leía, en estricto orden, las resumidas aventuras del Capitán Nemo, Robinson Crusoe o el Quijote y disfrutaba de los dibujos. Tenía 8 años.
Una noche, descubrí que mi abuela, que vivía con nosotros, todas las noches sacaba uno de los libros y al dia siguiente lo dejaba en su sitio. Sentí envidia de que pudiese leer en una noche lo que yo demoraba semanas. Me dediqué entonces a competir con ella silenciosamente, como libraba todas mis batallas en esos años. Al principio, por más que insistía en quedarme largas horas por la noche despierto, no podía alcanzar la velocidad lectora de mi abuela. Nunca le mencioné a ella, ni a nadie, esa competencia, pero sí celebré cuando conseguí leer un libro al día: una biografía de Napoleón que tenía exactamente cien páginas. Hace unos años comenté esta anécdota por primera vez en público. Mi madre se rió y me dijo que mi abuela, fallecida hace años, solo leía las ilustraciones y pasaba las páginas. Es probable, pero de todos modos le debo a ella mi oficio y los momentos más extraordinarios de mi vida.
Por cierto, la página 100 de cualquier libro se ha convertido en un mito. Cuando llego a ella, por más páginas que tenga el libro, me detengo un rato a descansar y siento que he conquistado un Everest; lo demás es coser y cantar.
Cuando entré a la secundaria empecé a leer las colecciones de la editorial colombiana Oveja Negra, que incluía Obras Maestras del siglo XX (con la seriedad de sus tapas marrones que imitaban el cuero) y Grandes Bestsellers en las que podía aparecer cualquier libro que hubiese sido llevado al cine, por lo tanto una semana tocaba Graham Green, Herman Melville o Lampedusa y la otra Margaret Mitchel o León Uris. No discriminaba. De esas colecciones, el único libro que confieso que no pude pasar de la página 100 (y siento aún hoy algo de culpa) es la investigación Todos los hombres del presidente, enfangado en detalles de la política norteamericana tan específicos y una lista de funcionarios del gobierno de Nixon que me hizo sufrir más que la genealogía de los Buendía.  
Después de leer un extraordinario post en el blog The Million de Michael Bourne, titulado "My New Year’s Resolution: Read Fewer Books", me pregunté cuánto habían cambiado mis hábitos de lector en estas décadas. La respuesta fue dura. A diferencia de mis años universitarios, ahora puedo comprar más libros pero tengo menos tiempo para leerlos. Calculo que entre los 20 y 30 años leía un promedio de tres libros a la semana. Esa medida bajó muchísimo, como le sucedió a Bourne, cuando tuve un hijo y un empleo a tiempo completo (además de mi afición a ver series de TV). Actualmente, algo más de un libro por semana es mi promedio y también creo, como dice el artículo, que una meta de sesenta libros al año es realista.
Con esa convicción, empecé 2013 en una casa de playa y pude leer tres libros en cuatro días. Me sentí feliz, radiante, rejuvenecido. Fue una ilusión, pues en la ciudad mi ritmo ha vuelto a ser el de los últimos años pero confío que llegaré a los sesenta libros, incluso proponiéndome algunas lecturas largas (la biografía de John Cheever me espera en el próximo feriado largo, y quisiera releer este año los dos tomos de la biografía de Nabokov). Desde luego, sé que la velocidad no implica una mejor lectura, y probablemente alguien pueda argumentar sólidamente que leer un solo libro durante todo el año puede ser una experiencia más enriquecedora que mi meta de sesenta libros en un año. Da igual. Existen muchas maneras de leer y muchos tipos de lectores. Yo soy de los que leen en el ascensor y se golpean con los postes. Repasando mi vida, veo que han sido realmente pocas las ocasiones en las que he salido de mi casa sin un libro en la mano. Y la sola posibilidad de encontrarme atrapado en un sitio sin nada que leer me crea una angustia anticipada. 
¿Por qué llevé un libro a un matrimonio? Pues porque soy un lector compulsivo, porque siento que cuando no leo estoy perdiendo el tiempo, porque desde niño los libros son parte importantísima de mi vida, porque aprovecho cualquier ocasión que estoy a solas para leer y sobre todo porque, como dice Dantzig, "Leer es mucho más interesante que entretenerse".

viernes, 7 de diciembre de 2012

PRENSA CULTURAL. "Los 21 libros del 2012". Iván Thays

Iván Thays

   En "blogs.elpais":

Los 21 libros del 2012

Por:  05 de diciembre de 2012

Debo admitir que me encantan las listas. Sé que son arbitrarias, que al fin no son significativas, que apenas sirven para levantar el ego de algunos y desinflar el de otros. Pero me gustan. Me siento como el personaje aquel de Alta fidelidad que, en plena crisis, se pone a hacer una lista. Los medios anglosajones suelen hacer sus listas en noviembre, apenas termina el Día de Acción de Gracias. Por esas fechas, España y América Latina recién se animan a lanzar sus novedades más atractivas. Hay que prestar atención a las listas de los diarios anglosajones, traen la promesa de futuras traducciones. Este año, McEwan, Banville, Rushdie, Junot Díaz no consiguieron mayor repercusión y apenas fueron mencionados. Las mujeres, Hilary Mantel, Zadie Smith y Alice Munro, en cambio, tuvieron mayor fortuna.
Si hablamos de listas de libros, confieso que prefiero las de un autor o reseñista  particular antes que la de un staff de colaboradores, y muy por encima de esas listas interactivas tan de moda actualmente, que favorecen a los que tienen más votos; listas de popularidad donde no existe ninguna capacidad crítica, en consonancia con la generación I Like. Al menos cuando la lista pertenece a un autor o un reseñista se puede juzgar sus gustos, que son explícitos y tienen el contexto de todas sus opiniones anteriores, y uno sabe a qué atenerse. Con las listas I Like la sospecha es lo primero que se impone. Ser demasiado popular en literatura, aunque Paulo Coelho opine lo contrario, siempre es sospechoso.
En años anteriores he hecho mi lista de libros favoritos. ¿Caeré este también en la tentación de hacer una lista? Sí, voy a dejarme llevar por esa tentación. Pero con un cambio: no será una lista de los mejores libros del 2012 que he leído, sino de los que no he leído y pienso hacerlo. Algunos ya están estacionados en mi velador, esperando el despegue. Otros espero conseguirlo pronto y pasarlos a primer lugar (siempre el libro que falta en el librero es el que en realidad necesitamos leer).
Voy a escoger 21 libros, que me parece un número apropiado para el 2012. Aquí está mi lista de libros publicados este año que no pude leer, pero lo haré:
1.-  Coronada de moscas. Margo Glantz (Sexto Piso)
2.-  El último joven. Juan Ignacio Boido (Seix Barral)
3.- Billie Ruth. Edmundo Paz Soldán (Páginas de Espuma)
4.- Un asunto sentimental. Jorge Eduardo Benavides (Alfaguara)
5.- Ciudad abierta. Teju Cole (Acantilado)
6.- Nada se opone a la noche. Delphine de Vigan (Anagrama)
7.- Noches azules. Joan Didion (Mondadori)
8.- Nostalgia. Mircea Cártárescu (Impedimenta)
9.- El atlas de las nubes. David Mitchell (Duomo)
10.- Islas flotantes. Joyce Mansour (Periférica)
11.- Vida y opiniones del perro Maf y de su amiga Marilyn Monroe. Andre O´Hagan (Alba)
12.- In memorian y amores. Paul Leutaud (Universidad Diego Portales)
13.- De repente un toquido en la puerta. Etgar Keret (Sexto Piso)
14.- Mr Gwyn. Alessandro Baricco. (Anagrama)
15.- La cerca. Jean Rolin (Sexto Piso) 
16.- ¡Adiós, libros míos! Kenzaburo Oe (Seix Barral)
17.- Las cataratas. Eliot Weinberger (Duomo)
18.- El camino total. Salvador Benesdra (Eterna Cadencia)
19.- Di su nombre. Francisco Goldman (Sexto piso)
20.- Karnaval. Juan Francisco Ferré (Anagrama)
21.- Mortalidad. Christopher Hitchens (Debate)
PD.- Me imagino que la lista se puede ampliar. Acepto sugerencias. Y también acepto opiniones, si han leído estos libros ya, para impulsarme a leerlo o impedir que lo haga. Una palabra basta, y cada libro que uno deja de leer le abre el sitio a uno nuevo así que bienvenidos todos los comentarios.  

lunes, 20 de junio de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Entrevista al escritor peruano Iván Thays, sobre su nuevo libro, "Un sueño fugaz"

Iván Thays

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
'El fracaso es un aprendizaje'

FIETTA JARQUE 11/06/2011

   El autor peruano hace un juego de cajas chinas entre una novela y un libro de cuentos. Historias de escritores en busca del éxito, que viven de lo que nunca llegaron a ser.

   Hay personajes que migran de unas novelas a otras. Y también libros que se multiplican. Un sueño fugaz es un libro liberado, contenido dentro de La disciplina de la vanidad, novela que Iván Thays (Lima, 1968) publicó en Perú en 2000. Una novela dentro de otra. Que se desdobla. Un juego de cajas chinas. "Cuando me planteé La disciplina de la vanidad se me ocurrió que el narrador llevara al encuentro de escritores un libro de cuentos. Un libro que es comentado a su vez por otro personaje. Siempre me imaginé que los cuentos que el protagonista escribía tenían una unidad, que avanzaban en el tiempo y que sería interesante saber cómo se podrían leer fuera de la novela que los contenía. Así es que hice un proyecto de aumentar algunos cuentos, alterar algunos detalles para que encajaran mejor. A Anagrama le gustó así y lo ha publicado", explica.
   Considerado uno de los valores más sólidos de la literatura latinoamericana actual, Thays no se dio a conocer en España hasta la publicación de la novela Un lugar llamado Oreja de Perro, finalista del 'Premio Herralde' 2008. Sueño fugaz es una novela de cuentos. "A pesar de que he cambiado algunas cosas y que se puede pensar que este libro ha sido arrancado de otro, yo diría que es como el relato de Borges Pierre Menard escribe el Quijote. Se ha convertido en otro libro para mí, distinto al que escribí, porque yo mismo he cambiado de manera de pensar".
   En La disciplina... se planteaba ya la preocupación por la estructura de la novela: libros que contienen otros, historias paralelas. Thays cita a Tolstói con Anna Karenina y siembra la duda sobre si funciona o no ese modelo argumental. "Lo que siempre me ha interesado son las historias que abducen a otras, por las relaciones que se forman entre ellas", dice Thays. De todas formas, el despliegue actual se veía venir. "Una vez me llegaron a proponer en México publicar La disciplina de la vanidad, sin los cuentos y sin la historia. Es decir, solo los fragmentos teóricos. Era como un tercer libro. Eso habría dado como resultado un libro de cuentos, una novela y un libro de teoría literaria. Dije que no porque los breves ensayos estaban muy ligados a la novela".
   Un sueño fugaz trata de escritores que no escriben o que intentan vivir sin la escritura. Los personajes se conocen de jóvenes en un taller literario. Lo que sucede con ellos se desarrolla en relatos individuales. Hay un capítulo nuevo en este libro, 'El profesor Delgado'. Un reflejo a su vez -nuevo juego de desdoblamientos literarios- de La obra maestra desconocida, de Balzac. "Es un guiño muy inspirado en ese relato, pero es que todos los textos que escribí tienen un punto de partida real. El profesor Delgado corregía constantemente el mismo cuento para perfeccionarlo sin llegar a terminarlo jamás. Hay distintos tipos de fracaso pero este, el de nunca da por terminada la obra, es quizás el mejor. Se fracasa en busca de la excelencia".
   "La disciplina... es un libro sobre el éxito literario y el deseo del narrador de conseguirlo. En el libro de cuentos el tema es el fracaso literario", subraya el autor. Cita la frase de Rudyard Kipling: "Debes encontrarte con el éxito y el fracaso, y tratar a esos dos impostores de la misma manera". "Los dos son igualmente farsantes", continúa Thays. "En La disciplina... contaba la historia de un joven que quería ganar en literatura y para hacerlo escribía un libro sobre el fracaso literario. Ese juego me gustaba. Escribí esa novela con 29 o 30 años. Ahora que tengo 42 y que ya he pasado por muchas cosas, me doy cuenta de que, como escritor, me interesa mucho más el fracaso que el éxito literario. Fracasar es un aprendizaje. Por eso en Un sueño fugaz me interesó desarrollar un poco más ese tema en el último cuento, 'Visita al maestro'. Es un personaje que se convierte con los años en escritor de culto, pero ya desinteresado por completo de su carrera literaria. Un maestro no porque haya escrito una gran obra, sino porque ha aprendido de los fracasos suyos y de sus amigos".
   La historia de la literatura está formada por esas obras, esos sueños de gloria, que han sobrevivido largamente a sus autores. "Cuando reescribí este libro tenía muy presente a Matsuo Basho. Un poeta que se ha convertido en una biblia para mí", dice Thays. "Por eso en el epílogo uso como epígrafe un haiku suyo (dentro de la olla / un pulpo reposa en un sueño fugaz / bajo la luz de la luna de verano). Creo que esa es la realidad: nos venden un sueño que parece eterno pero que es solo una trampa, como la de los pulpos. García Márquez escribió Cien años de soledad, Cervantes el Quijote, y eso quizá no va a olvidarse nunca. Pero nadie se lleva nada al otro lado del mundo. La obra queda en el lado humano y no pasa al mundo astral, espectral. Han caído en lo que caemos todos, vanitas vanitatis".
   Sí, la vanidad del escritor es algo que está muy presente en la vida de este autor. La doble faceta de novelista y crítico literario de Thays (dirigió un programa de televisión, 'Vano oficio', durante siete años) tiene algo que ver con esto. "Cuando tenía el programa de televisión recibía muchos comentarios sobre el título. Me decían que si me refería a que los escritores son pretenciosos o vanidosos. Yo les decía que la literatura es un vano oficio porque, aunque ganes el Nobel o solo vendas cien ejemplares de un libro, al final de la vida no te queda nada. Todo es en vano. La idea del sueño fugaz al que me refiero en el título del libro es esa. El hombre que lo lleva hasta el final tuvo sus quince minutos de fama, pero si no los hubiera tenido también habría sido un sueño fugaz".

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Crítica de "Un sueño fugaz", de Iván Thays. Primeras páginas

Iván Thays

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Qué quebranto de vida

LLUÍS SATORRAS 11/06/2011

   Iván Thays, conocido en España desde 2008 cuando su novela Un lugar llamado Oreja de Perro fue finalista del 'Premio Herralde', expone en Un sueño fugaz, en un hermoso tono intimista y sin ninguna afectación, cómo la ilusión literaria y la atracción erótica que tanto subyugan a su protagonista cuando joven se diluyen en la nada. Hay ahí en el escepticismo que gobierna todo el texto un gusto por la filosofía estoica. El prólogo, un primer capítulo singular, articulado mediante párrafos cortos, simples exclamaciones y frases truncadas retrata la época exultante de la juventud en la que el sosiego y la reflexión brillan por su ausencia. El narrador asiste a un taller literario donde se escenifica la camaradería y la promiscuidad sexual. Ahí se anudan todas sus amistades y el fulgor de ese momento, aunque cada vez más débil como en las leyes físicas de la termodinámica, se propaga por los siguientes capítulos, fragmentos escogidos de una vida gris. El protagonista huyendo del país natal efectúa un largo periplo, años y más años indecisos, por ciudades italianas, Venecia (retratada con una pericia pocas veces vista, con el asombro del turista y la íntima emoción del conocedor), Trieste, Roma... hasta el hecho de un regreso al Perú, ni ilusionado, ni decepcionado. En lenguaje ahora analítico, elegante y evocador, acompañado del gesto distanciado del escéptico y las justificaciones y excusas del ser sentimental, asistimos a la especificación del deterioro físico, la propagación de deficiencias psicológicas, la anulación del impulso sexual y los fracasos artísticos y económicos. Se hace presente la habilidad del autor para capturar la humanidad de los personajes en frases precisas que se hacen cargo de una frase, una mirada o un gesto que lo justifican y lo engrandecen. Destacan la figura de Tomás, ese escritor triunfador a costa, se insinúa, de vender su integridad, el motivo recurrente de un mito sexual juvenil, la "falsa flaca" (pechos grandes y caderas amplias en un cuerpo delgado), y la entrevista en un despacho grosero con el irónico y elusivo Jaime, el escritor que, ese sí, al contrario de Tomás, parece insobornable, ejemplo de escritor verdadero. Al fin, tras el camino invariable y sin retorno llega la hora de las despedidas. Quedan pocas elecciones y escasos placeres. Así lo certifica el narrador en palabras en que apreciamos bien la calidad de la prosa del autor: "Salir a caminar bajo la luna, con mi cargamento de melancolías, nostalgias, emociones, supersticiones".

Un sueño fugaz
Iván Thays
Anagrama. Barcelona, 2011
180 páginas. 15 euros


PRIMERAS PÁGINAS