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sábado, 2 de abril de 2016

PRENSA. "El último Azaña". Santos Juliá

   En "El País":

El último Azaña

Lejos de la vida pública, el presidente de la República dedicó su tiempo en el exilio a escribir sobre las causas de la guerra y de su catastrófico final. Murió hace 75 años, falto de todo poder pero lúcido en su razón y en su palabra


NICOLÁS AZNÁREZ


No hay nada que hacer: con esas palabras terminó Vicente Rojo, general jefe del Estado Mayor Central, su análisis de la situación ante los presidentes de la República y del Gobierno, Manuel Azaña y Juan Negrín, en la reunión que mantuvieron la noche del 28 de enero de 1939 cerca de la frontera francesa. Rojo presentó pocos días después un informe al Consejo de Ministros en el que, “para terminar la guerra de una manera digna”, proponía un plan de rendición muy simple: anunciar la suspensión de hostilidades y enarbolar en todas las unidades bandera blanca a la misma hora. El Gobierno no se atrevió a tomar tal decisión, la guerra continuaba y los reunidos atravesaron el 5 y el 9 de febrero la frontera, Negrín para volver de inmediato a la zona Centro-Sur; Azaña y Rojo, con la firme decisión de no regresar.
Manuel Azaña había insistido, desde que la batalla de Teruel culminó con la llegada de las tropas franquistas al Mediterráneo, en la necesidad de poner fin a la guerra por medio de una mediación internacional. Juan Negrín, sin embargo, mantuvo su política de resistir es vencer planeando en el Ebro una nueva batalla decisiva, de las que valen en teoría para cambiar el curso de una guerra. Pero la singular estrategia de resistir pasando al ataque acabó en un segundo y, ahora sí, decisivo derrumbe del frente republicano, que abrió a Franco las puertas de Cataluña sin encontrar apenas resistencia. Y en este punto, ya no había nada que hacer: la guerra había terminado en derrota para la República.
Azaña no regresó, pues, a la zona Centro-Sur, y Francia y Gran Bretaña le pusieron en bandeja la ocasión de dimitir cuando reconocieron al general Franco como jefe del nuevo Estado español y procedieron al intercambio de embajadores. Al día siguiente, Azaña dimitió, provocando las iras de quienes aún mantenían la política de resistencia. En la reunión que la Diputación Permanente del Congreso celebró en París el 31 de marzo, Negrín afirmó que la decisión del presidente influyó “de manera decisiva en el proceso de descomposición y rebeldía militar” contra su Gobierno y en el reconocimiento de Franco por parte de Francia y de Inglaterra. Dolores Ibarruri, por su parte, acusó a Azaña de haber traicionado a “este pueblo que durante tres años había estado vertiendo su sangre en defensa de la República”.
No hacían falta estas condenas de los suyos para que, en el bando de sus enemigos, se repitiera lo que de él se venía diciendo de tiempo atrás: que era un engendro espurio, aborto de logias, pervertido, cruel, infame, una bolsa de odios y de fracasos, que alimentaba un orgullo satánico en anónimas jornadas de burócrata oscuro, incapaz de ternura, ajeno a la emoción, dominado por el resentimiento. Un sapo, una hiena, un monstruo de vientre gelatinoso. Y para colmo, un delincuente común, un forajido, un ladrón que huyó de España llevándose un cargamento de joyas y piedras preciosas, de collares y alhajas, varios lingotes de oro y un cofre conteniendo millones de monedas extranjeras.

En la derrota fue determinante la política de no intervención de Francia e Inglaterra
Azaña, mientras tanto, convencido de que la guerra había aniquilado su utilidad política, echó, como él mismo dijo, por el solo camino que le habían dejado: “Un apartamiento radical, del que ha venido a ser símbolo fortuito mi reclusión en esta aldea”, Collonges-sous-Salève, a un paso de la frontera suiza. Hasta allí le llegó noticia de lo que de él decían unos y otros, y hasta allí llegó también la propuesta de firmar, junto al presidente de Cataluña y al presidente de Euskadi, un mensaje que una asociación republicana de amigos de Francia, dividida en tres secciones, española, vasca y catalana, pensaba dirigir al Gobierno francés. Azaña se negó a firmar diciendo que si catalanes y vascos querían continuar en la emigración los costosísimos dislates que habían cometido durante la guerra, allá ellos, y que si pensaban “recobrar la República y hacer la burra nuevamente, sobre la base de las nacionalidades y dels pobles iberiques están lucidos”. Por hacer la burra se refería quizá a los sucesivos memorandos que habían presentado vascos y catalanes al Foreign Office y al Quai d’Orsay en abril, junio y octubre de 1938 con planes de mediación sobre la base de una división territorial de España en cuatro zonas, presentándose ellos como una tercera fuerza, un grupo moderado, “equidistante de los dos elementos extremistas ahora en guerra”. España dividida en cuatro: Cataluña, Euskadi, y los dos Spanish parties now fighting.¿Un dislate? Sí, y también una continuada deslealtad a la República.
Lejos de la política, dedicó su tiempo a escribir sobre las causas de la guerra y de su catastrófico final: ninguna duda sobre el crimen de lesa patria cometido por los rebeldes, ni lo determinante que fue para su triunfo la ayuda de la Alemania nazi y la Italia fascista, tanto como la ciega política de no intervención de Francia e Inglaterra. Pero ninguna duda tampoco sobre el papel que en la derrota tuvieron “los desmanes, la indisciplina y los fines subalternos” del campo republicano, con la revolución sindical, las divisiones en los partidos y el “eje Bilbao-Barcelona”. El resultado no podía ser más desolador: la República había muerto y nada podría restaurar las condiciones mínimas de convivencia entre españoles “mientras vivan las generaciones actuales”.

Al final de sus días aspiró a que unos cientos de personas dieran fe de que no fue un bandido
Estas fueron solo algunas de las “verdades penosas de decir, ásperas de oír”, que Azaña no ahorraba a sus lectores, convencido de que la historia de la guerra civil, de sus antecedentes y de sus resultados, “será una gigantesca mixtificación, y que las generaciones hoy vivientes nunca conocerán la verdad”, como había escrito a Lafora en plena guerra. Ahora, en el exilio, esa convicción se convirtió en amarga evidencia cuando sintió caer sobre España la mezcla de crueldad y estupidez fundidas en el nuevo régimen, cuyos “amos y rectores incluyen en el generalato a la Virgen de Covadonga y fusilan en nombre de Nuestro Señor Jesucristo”, según escribió a Blanco Amor.
A él también pretendieron fusilarlo. Varios esbirros de Falange, con Pedro Urraca al frente, acecharon la ocasión de secuestrarlo con el propósito de someterlo a un consejo de guerra y llevarlo al paredón, como ya había ocurrido con Lluís Companys, y como ocurrirá con Julián Zugazagoitia, Francisco Cruz Salido y Joan Peiró. Azaña logró escapar de su residencia en Pyla-sur-Mer, con los alemanes pisándole los talones, hasta llegar a Montauban. Allí, en el Hotel de Midi, convertido en un despojo, solo aspira “a que queden unos cientos de personas en el mundo que den fe de que yo no fui un bandido”. Entre ellos quedó el eminente historiador Ramón Carande, que muchos años después decía a sus amigos: hay que leer a Azaña; ustedes, los jóvenes, tienen que leer a Azaña. También a este último Azaña, desaparecido hoy hace 75 años, falto de todo poder, pero tan lúcido como siempre en su razón y en su palabra.
Santos Juliá es historiador.

miércoles, 10 de junio de 2015

PRENSA CULTURAL. "La Segunda República, vista sin pasión"

   En "El País":

La Segunda República, vista sin pasión

Cuatro historiadores diseccionan en un extenso ensayo los claroscuros del régimen que intentó reformar las costuras políticas y sociales de España


Celebración ciudadana de la proclamación de la Segunda República en Madrid el 14 de abril de 1931. / EFE

Sobre la Guerra Civil se ha escrito infinito, pero sobre la Segunda República escasean los estudios que la abordan con independencia de su final. Cuatro historiadores han aunado esfuerzos para tratar de ofrecer una visión sobre el primer régimen democrático instaurado en España en el siglo XX, cuyo afán reformista fue guillotinado por el más dramático de los finales. La Segunda República (Pasado y Presente), un volumen de casi 1.400 páginas, acaso sea el intento más ambicioso de la historiografía española para explicar aquellos años de luces y sombras, abiertos entre dos periodos siniestros de dictaduras y guerra. “Durante años hemos vivido del libro de Gabriel Jackson, publicado en 1965. Luego ha habido otros, pero se trató de obras de síntesis y fragmentarias”, expone Josep Fontana, catedrático emérito de Historia e Instituciones Económicas por la Universidad Pompeu Fabra.
Tanto Fontana, como los autores de la obra (Eduardo González Calleja, Francisco Cobo Romero, Ana Martínez Rus y Francisco Sánchez Pérez), destacan el hecho de que por vez primera se aborda en sí misma, emancipada de su dramático desenlace (sin que esto quiera decir que se omita). “Muchos autores explican la República traumatizados por la experiencia de la guerra”, subraya González Calleja, profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad Carlos III, que explica que han huido tanto de la visión “propagandística” como de la “fatalista”. “A estas alturas, la República no debe ser denigrada ni reivindicada, sino analizada”, añade.

Parlamentarios más libres


Cartel sobre la II República. / BNE
Nada tiene que ver el actual sistema con el que rigió los procesos electorales en la Segunda República, más pluralista y más inestable. Francisco Sánchez cree, de hecho, que “la República se usó como contramodelo”. De entrada, “no se votaba a partidos sino a personas”. Esto propiciaba que los diputados tuviesen más autonomía a la hora de defender sus propuestas.
No había Senado, lo que agilizaba la aprobación de leyes, y las listas eran abiertas en cada circunscripción, con un sistema establecido para elegir mayorías y minorías. Había dos vueltas. “Intentaba fomentar el pluralismo. Se le ha criticado porque permite que partidos muy pequeños lleven sus representantes al Parlamento”.
En opinión de Fontana, los meses que van de abril de 1931 a julio de 1936 son uno de esos raros periodos de progreso en la historia española. A Fontana le gusta recordar una anécdota del historiador Ramón Carande, que respondió así a la petición de un periodista para definir en dos palabras la historia de España: “Demasiados retrocesos”.
Con un final que no estuvo a la altura de su civilizado principio —el rey Alfonso XIII salió hacia el exilio sin corona pero con cabeza—, la República estuvo marcada por un espíritu reformista que, en algunos mundos rígidos como el campo, pareció revolucionario. Se podría decir también que fue el primer régimen amigo de las mujeres: se aprobó el sufragio femenino en igualdad de condiciones que el masculino (a los 23 años), se le concedió igualdad jurídica y desapareció el delito de adulterio que las penalizaba.
En materia de derechos civiles, se regularon con leyes el divorcio, el matrimonio civil y los derechos de los hijos ilegítimos. La escuela pública dejó de segregar alumnos según sexos y se implantó la coeducación. “Se aprueban una serie de cambios legales fundamentales, aunque no dio tiempo a que se convirtieran en cambios sociales”, aduce Ana Martínez Rus, profesora titular de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense. La cultura se transformó de arriba abajo. Invitar a leer fue una herramienta revolucionaria no muy apreciada en ámbitos conservadores y eclesiásticos, reacios a la instrucción de campesinos o mujeres.

Los libros como símbolo

En el Congreso, Pedro Sainz Rodríguez, diputado de Renovación Española y futuro ministro de Educación con Franco, interrogaba: “¿Para qué quieren leer a Oscar Wilde?”. Interesante cuestión en boca de un catedrático de Bibliología. “El concepto de biblioteca pública y el fomento de la lectura son de la República, que gastó mucho dinero en fondos, aunque no en personal, lo que hacía que la atención fuese voluntarista y que en algunas poblaciones se entorpeciese. Las biliotecas se convirtieron en un símbolo político”, señala Martínez Rus. Eso explica el castigo que los libros sufrirían durante la guerra y la dictadura, inmolados en hogueras y expurgados de bibliotecas como portadores del mal.
En el mundo laboral también se impulsaron novedosas normas, aunque Francisco Sánchez, profesor titular de Historia Contemporánea en la Carlos III, puntualiza su impacto en el sector industrial. “No son tan rupturistas como se las ha presentado. Beben de un debate que se venía dando desde la I Guerra Mundial. Donde se produce la gran novedad es en el campo, donde no existían los contratos por escrito y los patronos eran amos y señores del trabajo”.
Un impacto notable teniendo en cuenta que casi el 50% de la población activa española en los treinta trabajaba en el sector primario. “La cuestión agraria ha sido injustamente olvidada al estudiar la República y, sin embargo, no se entiende la Guerra Civil sin las cuestiones agrarias”, advierte Francisco Cobo, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Granada. Asegura que ni la reforma agraria fue revolucionaria (“era una ley comedida para modernizar las estructuras agrarias, pero beneficiaba a los jornaleros”) ni la conflictividad excepcional (“las huelgas no fueron mayores que en otros países europeos”).

Obras sobre armas y letras

Voces de la trinchera (Alianza). James Matthews. Los soldados como corresponsales del frente. Las misivas, escritas entre 1938 y 1939 por combatientes del Ejército de Andalucía, rebelan hastío, sufrimiento (“Nos están saliendo telarañas en el cielo de la boca porque no tenemos ni agua para beber”) y desapego hacia consignas políticas.
El final de la guerra civil (Marcial Pons). Fernando Rodríguez Miaja. Un joven de 22 años, Fernando Rodríguez Miaja, fue un testigo privilegiado de los últimos días de la guerra como secretario particular de su tío, el general José Miaja. Los coletazos del régimen republicano, ante su previsible derrota, siguen rodeados de claroscuros por la implicación de algunas autoridades en el golpe de estado de Casado y su colaboración con el quintacolumnismo.
Cuba y la guerra civil española. La voz de los intelectuales(Calambur). Niall Binns, Jesús Cano Reyes y Ana Casado Fernández. El nuevo volumen del grupo de investigación, que indaga en el impacto de la guerra en los intelectuales de América Latina, se centra en Cuba, el país Cuba fue el país latinoamericano con el mayor número de voluntarios en la guerra civil y también con el mayor número de corresponsales, algunos tan conocidos como Alejo Carpentier.

martes, 14 de abril de 2015

POESÍA. "Lamento y esperanza". Luis Cernuda (1902-1963)

POR HOY, 14 DE ABRIL

Luis Cernuda
Lamento y Esperanza

Soñábamos algunos cuando niños, caídos
En una vasta hora de ocio solitario
Bajo la lámpara, ante las estampas de un libro,
Con la revolución. Y vimos su ala fúlgida
Plegar como una mies los cuerpos poderosos.

Jóvenes luego, el sueño quedó lejos
De un mundo donde desorden e injusticia,
Hinchendo oscuramente las ávidas ciudades,
Se alzaban hasta el aire absorto de los campos.
Y en la revolución pensábamos: un mar
Cuya ira azul tragase tanta fría miseria.

El hombre es una nube de la que el sueño es viento.
¿Quién podrá al pensamiento separarlo del sueño?
Sabedlo bien vosotros, los que envidiéis mañana
En la calma este soplo de muerte que nos lleva
Pisando entre ruinas un fango con rocío de sangre.

Un continente de mercaderes y de histriones,
Al acecho de este loco país, está esperando
Que vencido se hunda, solo ante su destino,
Para arrancar jirones de su esplendor antiguo,
Le alienta únicamente su propia gran historia dolorida.

Si con dolor el alma se ha templado, es invencible:
Pero, como el amor, debe el dolor ser mudo:
No lo digáis, sufridlo en esperanza. Así este pueblo iluso
Agonizará antes, presa ya de la muerte.
Y vedle luego abierto, rosa eterna en los mares.


                                 De Las nubes (1937-1940)

martes, 21 de octubre de 2014

PRENSA. "La victoria del exilio"

   En "El País":

La victoria del exilio

Hace 75 años, México dio refugio a la España perdedora de la Guerra Civil

La cultura actual del país norteamericano recoge los frutos de aquel encuentro


Rostros de protagonistas forman la instalación fotográfica 'Los exiliados en la Ciudad de México', de Óscar Guzmán, inspirada en 'Glorieta del caballito' de Héctor García, de la Fundación María y Héctor García. / ÓSCAR GUZMÁN
Cuenta una historia que muy pocos conocen que hace ya muchos años un profesor de filosofía calvo, discípulo de Ortega y Gasset y buen conocedor del laberinto existencial heideggeriano cerró la puerta de un mundo. Ese pensador, de nombre José Gaos, tomó la decisión hacia 1938, cuando España ardía por los cuatro costados y nadie dudaba de que las tropas franquistas tomarían la capital. A la vista de la barbarie, Gaos, en su calidad de rector, ordenó al jefe de bedeles que echase el cierre a la Universidad Central (hoy Complutense), la mayor de España y símbolo de una cultura que vivía sus últimos días. Clausuradas las puertas de aquel universo, Gaos partió de España. Inició entonces un viaje que representa como pocos el del exilio republicano. Un éxodo que le condujo, al igual que a otros miles de refugiados españoles, hasta México, el país que, como dejó escrito Carlos Fuentes, "abrazó el cuerpo caído de una España libre y democrática". Al otro lado del océano se había abierto una puerta.
Han pasado tres cuartos de siglo de aquel encuentro. México debate acabar con el monopolio del petróleo decretado en 1938 y el ascensor se eleva con suavidad por el más brillante rascacielos de la avenida de la Reforma. En su interior, Frank Sinatra canta con voz de platino That’s why the lady is a tramp. En el ático, a la altura de Life without care, el elevador se detiene y sus puertas de acero pulido se abren en silencio. A unos pasos aguardan Carlos Camacho, padre, y Carlos Camacho, hijo. Nieto y bisnieto de José Gaos. Visto desde su oficina con panorámicas a la inacabable Ciudad de México, el exilio parece haber culminado en una historia de éxito. Carlos (padre) es un reconocido consultor, que ha ocupado altos cargos gubernamentales e impartido clases de economía en el Instituto Tecnológico Autónomo de México, el criadero de la actual élite dirigente. Su hijo es un conocido y agudo asesor político. Representan esa simbiosis, tan común entre los descendientes, que se siente mexicana a rabiar y, al mismo tiempo, enarbola con orgullo su origen. "Eso no se olvida. Defendemos los valores del exilio y su contribución, que fue posible porque hubo una compenetración de la cultura mexicana y la española", explican los Camacho Gaos.
En su despacho, casi aéreo, destaca una gran fotografía en blanco y negro del presidente Lázaro Cárdenas, el mismo que nacionalizó el petróleo en 1938. Un personaje venerado por los exiliados y sus sucesores. Fue este carismático general revolucionario quien, en un mundo que se precipitaba al abismo, dio la llave de México a los refugiados españoles. Símbolo de aquella histórica decisión fue el Sinaia, un barco de vapor de dos chimeneas, que el 13 de junio de 1939 arribó al puerto de Veracruz. Por sus escalerillas bajaron 1.599 republicanos, entre ellos un poeta llamado Pedro Garfias ("España que perdimos, no nos pierdas", escribió en la travesía) y ese profesor de filosofía calvo, miope y de nariz puntiaguda que, en una definición que hizo historia, calificó a aquellos fugitivos de transterrados.
Eran el primer contingente de la heroica operación de asilo auspiciada por Cárdenas y que, mantenida a lo largo de una década, llevó a tierras mexicanas a más de 20.000 españoles. Casi todos habían tenido que cerrar puertas antes de partir. "Un 25% correspondía a intelectuales; el resto eran trabajadores, pero con niveles bajísimos de analfabetismo y cargados de los valores de la República", señala la profesora María Luisa Capella, experta en el exilio español.
Esta diáspora se abrió camino por los mundos más diversos. Aunque en España ha germinado la idea de que ejerció una influencia eminentemente literaria, con figuras estelares como Emilio PradosMax AubLuis CernudaLeón Felipe o Pedro Garfias, el perímetro del impacto fue mucho mayor y abarcó la ciencia, la medicina, el derecho, la filosofía, la arquitectura, el cine… "Este fenómeno fue posible por la capacidad de absorción institucional que demostró México, un país que ya tenía una densidad intelectual propia. Y no olvidemos que el exilio que quedó en la memoria es el exilio letrado. No fue el más numeroso, pero sí el que dejó testimonio de su existencia", indica la historiadora Clara E. Lida.

Defendemos los valores del exilio y su contribución, que fue posible porque hubo una compenetración de la cultura mexicana y la española
Carlos Camacho Gaos
Personajes como el ensayista e historiador Daniel Cosío Villegas resultaron fundamentales en esta maniobra de atracción del mejor capital intelectual de la República. Cosío Villegas persuadió a Cárdenas para que diese asilo a los republicanos, instrumentó buena parte del rescate y, con Alfonso Reyes, fundó la Casa de España, que luego se transformaría en el Colegio de México. Este centro de altos estudios universitarios se erigió, bajo el empuje del contingente de intelectuales republicanos, al que luego se añadieron otras oleadas de refugiados, como los argentinos huidos del peronismo, en una institución de excelencia sin apenas competencia en Latinoamérica y que aún hoy acoge a lo más granado del pensamiento mexicano.
Profundamente entrelazado con el Colegio de México floreció, también de la mano de Villegas, el Fondo de Cultura Económica (FCE), donde los exiliados, entre ellos la familia Díez-Canedo, desempeñaron un papel clave. "Los republicanos trajeron la profesionalización, mejores correctores, tipógrafos, traductores; más autores y títulos", explica Joaquín Díez-Canedo, actual director general de la Comisión Nacional del Libro de Texto y que dirigió el FCE, al igual que lo hiciera su padre, antes de fundar en 1962 con Carlos Barral y Víctor Seix la mítica editorial Mortiz. Dos sellos por los que pasó la práctica totalidad de la gran literatura latinoamericana.
"Las humanidades en México son, en buena medida, deudoras del exilio español. Todos somos hijos o nietos de aquellos transterrados que llegaron a nuestro país e imprimieron profundidad y seriedad a la filosofía, la historia, la sociología, el derecho. Y gracias a su labor en el FCE estos mexicanos adoptivos cambiaron también el perfil de las humanidades en América Latina", afirma el historiador mexicano Enrique Krauze.

La fidelidad a los valores republicanos es una constante en los vástagos del exilio. Durante 75 años sus familias han mantenido en alto esa bandera
Otra de las puertas que se abrió al exilio fue la de la Universidad Nacional Autónoma de México, la mayor de Latinoamérica. En sus aulas dieron clases biólogos como Enrique Rioja, químicos como Francisco Giral —fundador de la revista Ciencia— o filósofos como Gaos, Eduardo Nicol, Adolfo Sánchez Vázquez o Ramón Xirau. La lista es interminable y su influencia casi imposible de cuantificar. "Son como las ondas en una cubeta, ¿cómo se determina el efecto en los alumnos de los profesores republicanos? Se formó una red difusa que dio lugar al México moderno. No se puede separar su aportación de la cultura actual", explica el ensayista Ricardo Cayuela, director general de Publicaciones del Consejo Nacional de Cultura (Conaculta), y nieto del fusilado presidente de la Generalitat Lluís Companys. "Tenían prohibido manifestarse políticamente y ocupar determinados puestos, pero aprovechaban sus clases para transmitir sus valores", detalla Cayuela.
Un buen ejemplo de esta condensación intelectual lo proporciona la Facultad de Derecho. Allí irradiaron sus conocimientos juristas republicanos de enorme fuste como el exministro de Justicia Mariano Ruiz Funes o Manuel Pedroso, antiguo rector de la Universidad de Sevilla. Entre sus discípulos figuraban los escritores Sergio Pitol o Carlos Fuentes, quien años después escribiría: "Los españoles que llegaban a México eran lo mejor de una cultura que nos obligó a decirnos a los mexicanos: esto es parte de nosotros y, si no lo entendemos, no seremos nunca nosotros mismos".

Antes que nada soy mexicana, aunque tengo un pie firme en la herencia republicana. Es una forma de vida, no te puedes olvidar
Marisol Schultz, directora de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara
En un juego de "influencias mutuas", en la definición de la historiadora Clara Lida, este inmenso torrente se fundió en el magma mexicano. "Fue una alquimia más que una revolución, trajeron una forma de entender la vida, nos enseñaron a ver de manera oblicua nuestro país", explica Jordi Soler, escritor mexicano radicado en España. Esta nueva mirada tuvo singularidades del tamaño de Luis Buñuel, cuya feroz inteligencia pasó a México por el alambique en Los olvidados, con música, por cierto, del también exiliado Rodolfo Halffter. "Digirió de tal forma la cultura del Distrito Federal, que con Los olvidados aprendimos lo que era México", añade Soler, también él descendiente de republicanos.
Pero la huella más profunda que dejaron los asilados fueron sus hijos, y los hijos de sus hijos. Muchos recibieron educación en instituciones propias como el Colegio Madrid o el Instituto Luis Vives, donde cada catorce de abril aún se canta el himno de Riego. Esta constante rememoración no frenó su fusión con México. "Antes que nada soy mexicana, aunque tengo un pie firme en la herencia republicana. Es una forma de vida, no te puedes olvidar", recalca Marisol Schultz, hija y nieta de exiliados, alumna del Colegio Madrid y actual directora de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.
Esta fidelidad a los valores republicanos es una constante en los vástagos del exilio. Durante 75 años sus familias han mantenido en alto esa bandera. Pero son conscientes de que a 9.000 kilómetros de distancia, al otro lado del océano, la mirada es otra. "Para España, el exilio no es español; para aquellos que se quedaron, los que se fueron dejaron de serlo", reflexiona Cayuela. La historia de la República se bifurcó.
En España se convirtió en pasado; en México alcanzó una segunda y fructífera vida. Esta distancia hizo casi imposible el retorno. La puerta que Gaos ordenó cerrar nunca volvió a abrirse para los exiliados.
El filósofo murió el 10 de junio de 1969. Lo hizo ejerciendo su magisterio y en uno de los lugares que más amaba. Un infarto le fulminó tras examinar a un doctorando en el Colegio de México, la institución que le había acogido poco después de desembarcar del Sinaia y que aún hoy es signo visible de la fortaleza intelectual mexicana. Una puerta abierta de su cultura.

jueves, 12 de junio de 2014

PRENSA CULTURAL. HISTORIA. ENSEÑANZA. "La Guerra Civil que nunca se aprendió en las escuelas". Julián Casanova

   En "blogs.elpais":

La Guerra Civil que nunca se aprendió en las escuelas

Por:  01 de abril de 2014
Cartel de Arnau sobre un parte oficial del cuartel general del Generalísimo. / Biblioteca Nacional (BNE)
"En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado", decía el último parte oficial emitido desde el cuartel general de Franco el 1 de abril de 1939, con la voz del locutor y actor Fernando Fernández de Córdoba.
Atrás había quedado una guerra de casi mil días, que dejó cicatrices duraderas en la sociedad española. El total de víctimas mortales, según los historiadores, se aproximó a las 600.000, de las cuales 100.000 corresponden a la represión desencadenada por los militares sublevados y 55.000 a la violencia en la zona republicana. El desmoronamiento del ejército republicano en la primavera de 1939 llevó a varios centenares de miles de soldados vencidos a cárceles e improvisados campos de concentración. A finales de 1939 y durante 1940 las fuentes oficiales daban más de 270.000 reclusos, una cifra que descendió de forma continua en los dos años siguientes debido a las numerosas ejecuciones y a los miles de muertos por enfermedad y desnutrición. Al menos 50.000 personas fueron ejecutadas entre 1939 y 1946.

Los hechos más significativos de la Guerra Civil han sido ya investigados y las preguntas más relevantes están resueltas, pero esa historia no es un territorio exclusivo de los historiadores y, en cualquier caso, lo que enseñamos los historiadores en las universidades y en nuestros libros no es lo mismo que lo que la mayoría de los ciudadanos que nacieron durante la dictadura o en los primeros años de la actual democracia pudieron leer en los libros de texto del Bachillerato. Además, millones de personas nunca estudiaron la Guerra Civil porque no hicieron Bachillerato o porque nadie les contó la guerra en las asignaturas de Historia.
Setenta y cinco años después de su final, puede ser el momento de recordar cinco cosas básicas que todo ciudadano informado debería saber sobre la Guerra Civil, pero nunca le enseñaron.
 1. ¿Por qué hubo una Guerra Civil en España?
En 1936 había en España una República, cuyas leyes y actuaciones habían abierto la posibilidad histórica de solucionar problemas irresueltos, pero habían encontrado también, y provocado, importantes factores de inestabilidad, frente a los que sus gobiernos no supieron, o no pudieron, poner en marcha los recursos apropiados para contrarrestarlos.
La amenaza al orden social y la subversión de las relaciones de clase se percibían con mayor intensidad en 1936 que en los primeros años de la República. La estabilidad política del régimen también corría mayor peligro. El lenguaje de clase, con su retórica sobre las divisiones sociales y sus incitaciones a atacar al contrario, había impregnado gradualmente la atmósfera española. La República intentó transformar demasiadas cosas a la vez: la tierra, la Iglesia, el Ejército, la educación, las relaciones laborales. Suscitó grandes expectativas, que no pudo satisfacer, y se creó pronto muchos y poderosos enemigos.
La sociedad española se fragmentó, con la convivencia bastante deteriorada, y como pasaba en todos los países europeos, posiblemente con la excepción de Gran Bretaña, el rechazo de la democracia liberal a favor del autoritarismo avanzaba a pasos agigantados. Nada de eso conducía necesariamente a una guerra civil. Ésta empezó porque un golpe de Estado militar no consiguió de entrada su objetivo fundamental, apoderarse del poder y derribar al régimen republicano, y porque, al contrario de lo que ocurrió con otras repúblicas del período, hubo una resistencia importante y amplia, militar y civil, frente al intento de imponer un sistema autoritario. Sin esa combinación de golpe de Estado, división de las fuerzas armadas y resistencia, nunca se habría producido una guerra civil.  
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Vista la historia de Europa de esos años, y la de las otras República que no pudieron mantenerse como regímenes democráticos, lo normal es que la República española tampoco hubiera podido sobrevivir. Pero eso no lo sabremos nunca porque la sublevación militar tuvo la peculiaridad de provocar una fractura dentro del Ejército y de las fuerzas de seguridad. Y al hacerlo, abrió la posibilidad de que diferentes grupos armados compitieran por mantener el poder o por conquistarlo. El Estado republicano se tambaleó, el orden quebró y una revolución radical y destructora se extendió como la lava de un volcán por las ciudades donde la sublevación había fracasado. Allí donde triunfó, los militares pusieron en marcha un sistema de terror que aniquiló físicamente a sus enemigos políticos e ideológicos. Era julio de 1936 y así comenzó la Guerra Civil española.
2. ¿Por qué la propaganda domina a la historia cuando se trata de la violencia?
Para los españoles, la guerra civil ha pasado a la historia, y al recuerdo que de ella queda, por la deshumanización del contrario y por la espantosa violencia que generó.
Los bandos que se enfrentaron en ella eran tan diferentes desde el punto de vista de las ideas, de cómo querían organizar el Estado y la sociedad, y estaban tan comprometidos con los objetivos por los que tomaron las armas, que era difícil alcanzar un acuerdo. Y el panorama internacional tampoco dejó espacio para las negociaciones. De esa forma, la guerra acabó con la aplastante victoria de un bando sobre otro, una victoria asociada desde ese momento a los asesinatos y atrocidades que se extendían entonces por casi todos los países de Europa.
La apelación a la violencia y al exterminio del contrario fueron además valores duraderos en la dictadura que se levantó sobre la Guerra Civil y que iba a prolongarse durante casi cuatro décadas. Por eso, la sociedad que salió del franquismo y la que creció con la democracia mostró índices tan elevados de indiferencia hacia la causa de las víctimas de la Guerra Civil y de la dictadura. Y sigue sin haber acuerdo fácil en esa cuestión, porque todas las complejas y bien trabadas explicaciones de los historiadores quedan reducidas a quién mató más y con mayor alevosía. En ese tema, todavía hoy, la propaganda, con sus habituales tópicos y mitos, suele sustituir al análisis histórico.
3. ¿Cómo se vio y se ve la Guerra Civil española en el exterior?
Pese a lo sangrienta y destructiva que pudo ser, la Guerra Civil española debe medirse también por su impacto internacional, por el interés y la movilización que provocó en otros países. En el escenario internacional desequilibrado por la crisis de las democracias y la irrupción del comunismo y de fascismo, España era, hasta julio de 1936, una país marginal, secundario. Todo cambió, sin embargo, a partir de la sublevación militar de ese mes. En unas pocas semanas, el conflicto español recién iniciado se situó en el centro de las preocupaciones de las principales potencias, dividió profundamente a la opinión pública, generó pasiones y España pasó a ser el símbolo de los combates entre fascismo, democracia y comunismo.
Lo que era en su origen un conflicto entre ciudadanos de un mismo país derivó muy pronto en una guerra con actores internacionales. La situación internacional era en ese momento my poco propicia para la República, y para una paz negociada, y eso marcó de forma decisiva la duración, curso y desenlace de la guerra civil española. La Depresión había alimentado el extremismo y minado la fe en el liberalismo y la democracia. Además, la subida al poder de Hitler y los nazis en Alemania y la política de rearme emprendida por los principales países europeos desde comienzos de esa década crearon un clima de incertidumbre y crisis que redujo la seguridad internacional.
Los mejores expertos sobre la financiación de la guerra y su dimensión internacional han destacado el desequilibrio a favor de la causa franquista de suministros de material bélico, pero también de asistencia logística, diplomática y financiera. Al margen de las interpretaciones canónicas de un lado o de otro, esos historiadores subrayan la trascendencia de la intervención extranjera en el curso y desenlace de la guerra. La intervención de la Alemania nazi y de la Italia fascista y la retracción, en el mejor de los casos, de las democracias occidentales condicionaron de forma muy importante, si no decisiva, la evolución y duración del conflicto y su resultado final.
Compañía del ejército fascista, de marcha por España durante la Guerra Civil. La foto fue tomada en 1937 por el teniente italiano Guglielmo Sandri.Pero  a España no sólo llegaron armas y material de guerra. Llegaron también muchos voluntarios extranjeros, reclutados y organizados en las Brigadas Internacionales por la Internacional Comunista, que percibió muy claramente el impacto de la Guerra Civil española en el mundo y el deseo de muchos antifascistas de participar en esa lucha. Frente a la intervención soviética y a las Brigadas Internacionales, los nazis y fascistas [en la foto, una compañía del ejército fascista de marcha por España en 1937, retratados por el teniente italiano Guglielmo Sandri] incrementaron el apoyo material al ejército de Franco y enviaron asimismo miles de militares profesionales y combatientes voluntarios. La guerra no era sólo un asunto interno español. Se internacionalizó y con ello ganó en brutalidad y destrucción. Porque el territorio español se convirtió en campo de pruebas del nuevo armamento que estaba desarrollándose en esos años de rearme, previos a una gran guerra que se anunciaba.
4. ¿Por qué se movilizaron tantos extranjeros en la guerra española?
Dentro de esa guerra internacional en suelo español hubo varias y diferentes contiendas. En primer lugar, un conflicto militar, iniciado cuando el golpe de Estado enterró las soluciones políticas y puso en su lugar las armas. Fue también una guerra de clases, entre diferentes concepciones del orden social, una guerra de religión, entre el catolicismo y el anticlericalismo, una guerra en torno a la idea de la patria y de la nación, y una guerra de ideas que estaban entonces en pugna en el escenario internacional. En la guerra civil española cristalizaron, en suma, batallas universales entre propietarios y trabajadores, Iglesia y Estado, entre oscurantismo y modernización, dirimidas en un marco internacional desequilibrado por la crisis de las democracias y la irrupción del comunismo y del fascismo. Por eso tanta gente de diferentes países, obreros, intelectuales y escritores, se sintió emocionalmente comprometida con el conflicto.
5. ¿Por qué ganó Franco la guerra?
Los militares sublevados en julio de 1936 ganaron la guerra porque tenían las tropas mejor entrenadas del ejército español, al poder económico, estaban más unidos que el bando republicano y los vientos internacionales soplaban a su favor. Después de la Primera Guerra Mundial y del triunfo de la revolución en Rusia, ninguna guerra civil podía ser ya sólo “interna”. Cuando empezó la Guerra Civil española, los poderes democráticos estaban intentando a toda costa “apaciguar” a los fascismos, sobre todo a la Alemania nazi, en vez de oponerse a quien realmente amenazaba el equilibrio de poder. La República se encontró, por lo tanto, con la tremenda adversidad de tener que hacer la guerra a unos militares sublevados que se beneficiaron desde el principio de esa situación internacional tan favorable a sus intereses.
La victoria incondicional de las tropas del general Francisco Franco, el 1 de abril de 1939, inauguró la última de las dictaduras que se establecieron en Europa antes de la Segunda Guerra Mundial. La dictadura de Franco, como la de Hitler, Mussolini u otros dictadores derechistas de esos años, se apoyó en el rechazo de amplios sectores de la sociedad a la democracia liberal y a la revolución, quienes pedían a cambio una solución autoritaria que mantuviera el orden y fortaleciera al Estado.  
  Franco preside un desfile militar en los años cuarenta
Setenta y cinco años después, pocos creen ya que el objetivo del historiador es presentar a sus lectores “la verdad sin mancha ni pintura”, o que el pasado existe independiente de la mente de los individuos y lo que tiene que hacer el historiador, en consecuencia, es representarlo de forma objetiva. Que los hechos de la historia nunca nos llegan a nosotros en estado “puro” es algo que popularizó Edward H. Carr hace ya muchos años y había sido ya dicho por los historiadores norteamericanos de la “New History” a comienzos del siglo XX. Pero asumiendo que la verdad absoluta es inalcanzable, la función del historiador debería ser todavía, en palabras de François Bedarida, “la de descubrir modestamente las verdades, aunque sean parciales y precarias, descifrando parcialmente en toda su riqueza los mitos y las memorias”. Y algunas verdades relativas y bastantes certezas tenemos ya sobre la Guerra Civil, después de tantos intentos por reconstruir aquellos hechos y las vidas de los que los presenciaron, y por ampliar el foco, las fuentes y las técnicas de interpretación.
Además de difundir el horror que la guerra y la dictadura generaron y de reparar a las víctimas durante tanto tiempo olvidadas, hay que convertir a los archivos, museos y a la educación en las escuelas y universidades en los tres ejes básicos de la política pública de la memoria. Más allá del recuerdo testimonial y del drama de los que sufrieron la violencia, las generaciones futuras conocerán la historia por los libros, documentos y el material fotográfico y audiovisual que seamos capaces de preservar y legarles. Archivos, erudición, análisis, debates y buenas divulgaciones de los conocimientos. Eso es lo que necesitamos para seguir construyendo las partes del pasado que todavía quedan por rescatar. La propaganda y la opinión son otra cosa.
Julián Casanova es autor de España partida en dos. Breve historia de la guerra civil española (Crítica).