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domingo, 17 de enero de 2016

ISLAM. "Suníes y chiies, un conflicto por el poder vestido de cisma religioso"

   En "El País":

Suníes y chiíes, un conflicto por el poder vestido de cisma religioso

La división del islam entre las dos comunidades se utiliza en una lucha por la supremacía en Oriente Próximo


Un clérigo se dirige a los manifestantes que protestan por la ejecución del clérigo Al Nimr ante la embajada saudí en Teherán. / VAHID SALEMI (AP)

La escisión del islam en dos grandes ramas hunde sus raíces en el siglo VII, el periodo que siguió a la muerte de Mahoma. La razón fue la discrepancia dentro de la comunidad de fieles sobre quién debía ser el sucesor del profeta como líder espiritual y político, es decir, como califa, pues Mahoma no había fijado una fórmula concreta.
Los partidarios de Ali, sobrino y yerno del profeta, creían que solo un descendiente directo de Mahoma podía asumir ese cargo. Fueron bautizados como chiíes, que significa la “facción”, pues se encontraban en minoría. La mayoría, en cambio, sostenía que la comunidad debía poder elegir a su nuevo gobernante en función de sus virtudes.
Los chiíes sufrieron una derrota decisiva en Kerbala (Irak) en el año 680, donde Hussein, el hijo de Ali, fue decapitado. Los chiíes nunca aceptaron la legitimidad del califato suní, y mantuvieron durante décadas una dinastía paralela. Hoy siguen siendo minoría en el islam y se consideran discriminados en algunos países.
¿Qué diferencias teológicas separan a suníes y chiíes?
A partir de una religión común, las diferencias en la interpretación de los textos sagrados crecieron con el tiempo. Más allá de algunos ritos y de las jerarquías religiosas, las divergencias doctrinales que más envenenan la convivencia entre ambas comunidades hacen referencia a la interpretación de la historia sagrada del islam, y muy especialmente, la de los años siguientes a la muerte de Mahoma. Los suníes, por ejemplo, consideran la devoción chií hacia Ali una herejía.
¿Qué países tienen una población importante o mayoritaria de chiíes?
Prácticamente ausentes del norte de África, la presencia de los chiíes se concentra sobre todo en Oriente Próximo y algunos países asiáticos como Afganistán y Pakistán. Solo son mayoría en Irán, la gran potencia y faro de los chiíes, en Irak y Bahréin. Existen importantes comunidades en Líbano, Yemen, Turquía, Siria y Arabia Saudí, donde representan un 10% de la población. Se calcula que unos 150 millones de los más de 1.200 millones de musulmanes son chiíes (algo menos del 15%).
¿Cómo ha evolucionado la relación entre ambos grupos?
A lo largo de la historia se han alternado periodos de mayor y menor conflictividad. En la época contemporánea, la relación comienza a tensarse con la llegada al poder en Irán del ayatolá Jomeini en 1979 con la instauración de un régimen teocrático chií que pretende exportar su revolución a toda la región. El triunfo de Jomeini marca la eclosión de los movimientos políticos islamistas de ambas ramas. La utilización política de la religión se multiplica.
¿Qué peso tiene la religión en el conflicto actual?
La religión se ha convertido en una herramienta de movilización popular en una lucha que es sobre todo política. En una región donde las fronteras nacionales son resultado del juego de equilibrios entre las potencias coloniales, la adscripción religiosa es a menudo el elemento identitario más fuerte.
Detrás de algunos de los conflictos actuales se esconde la vieja rivalidad por la supremacía en la región del golfo Pérsico librada por Arabia Saudí e Irán. Esta dinámica es también evidente en Irak, de mayoría chií pero gobernado tradicionalmente por una élite suní, y que Irán pretende convertir en un satélite. El hecho de que el reino saudí sea la cuna de la intransigente escuela wahabí, que considera herejes a los chiíes, solo echa más leña al fuego. Como lo ha hecho la aparición en el tablero geopolítico del yihadismo suní, primero con Al Qaeda y ahora con el Estado Islámico, que se han ensañado con los chiíes, a sus ojos infieles a erradicar.

jueves, 19 de noviembre de 2015

"Fatalismo", David Trueba

David Trueba

   En "El País":

Fatalismo

La democracia se asienta sobre la educación de las personas para la libertad


Decíamos la semana pasada que Europa necesita mirarse en plano general. Secuestrado como está lo colectivo por cuatro marcas de telecomunicación, va siendo hora de recuperar la calle. Las matanzas perpetradas en París por una franquicia del rencor que encuentra clientela con demasiada facilidad pretenden que Europa se rinda de manera definitiva al fatalismo. Solo la estupidez y la falta de perspectiva pudo convencer a tantos de que los humoristas del Charlie Hebdo pagaban algún tipo de pecado y convenía autoimponerse límites a la libertad. Ahora, quizá, queda más claro que el pecado está en salir de copas, acudir a escuchar música, ir al fútbol, considerar a la mujer un igual y a tu hija una futura persona cultivada y libre. Permanecer impasibles ante el éxito económico de variadas dictaduras, a las que premiamos invitándolas a formar parte de nuestro accionariado, nos obliga a temer una Europa que aceptará de buen grado los nacionalismos autoritarios y la pérdida de libertades.
Hemos cometido un error de apreciación al identificar la democracia con solo la libertad de mercado y la circulación global de capitales. La democracia se asienta sobre algo mucho más sólido y esencial que es la educación de las personas para la libertad. El castigo en nuestro sistema educativo a las asignaturas de Humanidades, al Dibujo y a la Filosofía delata la mediocridad de las élites que nos dirigen. Sobre esos pilares se asienta la historia de Europa. Frente a las matanzas religiosas y nacionalistas, el esfuerzo intelectual, las artes, la crítica, la búsqueda de un ideal colectivo de vida, las leyes justas, los derechos, han ido fabricando oasis de justicia inéditos en la historia de la humanidad. Eliminar de los planes de estudios todo lo que no resulta práctico al mercado financiero nos deja indefensos frente a la tragedia de vivir. En París, como en Egipto, Beirut o Túnez en semanas pasadas, lo único que se pretendía con el terror es infundir miedo y propagar la idea de fracaso entre quienes defienden la libertad personal.
Es demasiado fácil caer en el desánimo. Es demasiado fácil concederles a las armas la autoridad para ser la medicina que cure nuestros males. El dolor es imposible de eliminar, el miedo es sencillo de inocular. Pero en las aulas de Europa se está jugando la batalla más fundamental. Hay que dar tiempo, espacio, cercanía, calor y conocimiento a los jóvenes, sacarlos del secuestro de los negocios alienadores y embrutecedores, y devolver a Europa el esfuerzo por el conocimiento y el reto intelectual para responder a nuestras dudas existenciales con el rigor de la razón.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Entrevista al poeta árabe Adonis sobre el islam y la violencia

   En "El País":

Adonis: “El problema árabe es no haber separado la religión y la política”

El poeta sirio, exiliado en París, dice que habrá que "combatir al ISIS también con la cultura”

Atentados Paris
Adonis, el domingo por la noche en París. / BERNARDO PÉREZ

El presidente sirio Chukri al Kuwatli visitó la aldea de Al Qasabin en 1943, y un niño llamado Alí Áhmed Said Ésber, con un especial talento para la literatura, leyó un poema. El presidente, encantado, le preguntó si podía hacer algo por él y el menor respondió: “Mandarme a la escuela”. Aquel niño, bajo el seudónimo de Adonis, se ha convertido en uno de los grandes poetas árabes de la historia. Se exilió en 1956 en Líbano, país que abandonó por París en 1986 huyendo de la guerra civil. A sus 85 años, no sólo es un inmenso poeta, sino también una de las voces más críticas y lúcidas sobre el mundo árabe, como refleja su último libro, un ensayo titulado Violencia e Islam, que será editado en España en marzo por Ariel.
El viernes, la guerra siria llegó hasta el corazón de su ciudad de adopción, con los peores atentados terroristas que ha sufrido Francia. La entrevista tuvo lugar el domingo por la tarde, en el café Flore, uno de los lugares míticos de la intelectualidad europea. Estaba lleno de turistas y de parisinos, como siempre. En uno de sus poemas en prosa escribió: “Si soy natural de Oriente, es porque he creado mi propio Oriente. Le pertenezco en la medida en que él también me pertenece. Este Oriente es a la vez memoria y olvido, presencia y ausencia”. Con esa voz independiente, este eterno candidato al premio Nobel de Literatura —aunque ha recibido galardones tan importantes como el Goethe— no duda en ofrecer su propia visión de Oriente Próximo: “No puede haber una revolución árabe sin una separación total y radical entre la religión y la cultura, la sociedad y la política”.
Pregunta. ¿Cómo se sintió cuando la guerra de Siria llegó hasta el corazón de París?
Respuesta. No me sorprendió. La vocación de Daesh [Estado Islámico, en sus siglas en árabe] y del terrorismo es ser internacional para demostrar que están ahí, que son fuertes.
P. ¿Por qué cree que el discurso del Estado Islámico cala tan profundamente entre algunos jóvenes?
R. Están influyendo en las mentalidades, sin duda. Hay una memoria histórica hacia Occidente y al mismo tiempo existe un estado psicológico, la frustración de los árabes en todos los planos. Por eso Daesh puede influir en tanta gente. Daesh ha logrado encontrar un espacio en la mentalidad de algunos árabes, que viven en una atmósfera de nihilismo. Es necesario buscar las raíces de esta influencia, combatir a Daesh también con la cultura. No se puede hacer solo con el Ejército.
P. ¿Cree que la cultura es entonces más importante que las acciones militares?
R. Siempre es más importante. El Ejército no puede combatir, puede eliminar, pero no consigue mucho. No se puede vencer la violencia con más violencia, hay que buscar otro camino.
P. Su último libro publicado en España, Zócalo, habla de las culturas precolombinas en México, describe la violencia y la exterminación de un pueblo. ¿Sintió la influencia de lo que ocurre en Siria al escribirlo?
R. No, es un libro sobre la conquista de México, durante la que se exterminó una civilización. Pero es cierto que todos los monoteísmos están fundados sobre la violencia, sobre un hermano que mata a otro, Caín mató a Abel. La violencia está allí. Es uno de sus fundamentos.

"La República francesa siente que no tiene nada que ver con los jóvenes árabes y ellos con la República"
P. ¿Existe una salida para el conflicto sirio?
R. Siempre hay que esperar que exista una salida, un pueblo siempre podrá encontrar una salida. No podemos desesperarnos. La esperanza forma parte de la personalidad de todos los pueblos.
P. Pero las heridas de la guerra civil en Siria parecen muy profundas porque está siendo un conflicto muy salvaje.
R. Las heridas de una guerra civil son siempre profundas y en España lo saben muy bien. Una guerra civil es una herida en sí misma, pero sigo siendo optimista, por los pueblos, pero pesimista en cuanto a los regímenes. Ellos no pueden hacer nada. No hay ninguna diferencia entre los regímenes árabes, son todos tiránicos. Sólo hay pequeñas variaciones, se trata de diferencias de grado, no de naturaleza. Ningún régimen árabe es democrático, en nuestra historia no conocemos la democracia. No hay derechos humanos, las mujeres se encuentran encarceladas dentro de la ley coránica, la Sharia. Aunque es verdad que en Túnez se han producido algunos progresos, las mujeres no existen ni tienen su destino en sus manos. Todos los regímenes árabes son la misma cosa: tiranías. Y lo que es más sorprendente todavía: es que sus opositores están hechos de la misma madera. Representan la otra cara de la misma moneda. Porque la mayoría de los opositores no tienen ningún proyecto para romper con la religión, con las tradiciones, el confesionalismo. Se han centrado sólo en el poder, en hacer caer un régimen encarnado por una persona. Cambiar a una persona y reemplazarla por otra no cambia nada. Desde 1950, han cambiado muchos regímenes pero en el fondo todo sigue igual. La política para mí forma parte de la cultura. No puede haber una revolución árabe sin una separación total y radical entre la religión y la cultura, la sociedad y la política.
P. ¿Cree que la clave está ahí?
R. Sin duda, sin eso no podemos hablar de revolución. Lo que ocurre en el mundo árabe es un conflicto en torno al poder, porque en el pensamiento de los musulmanes no hay un problema en la sociedad, el problema está en el poder. ¿Ha leído usted alguna petición para separar la iglesia del Estado, para liberar a las mujeres? Nunca. Es un conflicto por el poder. Pero lo esencial no es cambiar el poder, sino la sociedad.
P. ¿Considera entonces que la primavera árabe ha sido una ocasión perdida?
R. Desgraciadamente, sí. He escrito mucho sobre eso. Se ha acabado y se ha convertido en un conflicto internacional. La violencia ha superado ampliamente Siria.
P. ¿Como sirio y a la vez como parisino qué sintió el viernes por la noche?
R. Fue horrible. No eran sirios, eran mercenarios. Combate con Daesh gente de 80 países, han degollado a personas, han metido a mujeres en jaulas y las han vendido como si fuesen mercancía. Es espantoso. Han destruido inmensas obras de arquitectura y de arte, han destruido y saqueado los museos. No es una revolución, una revolución debe conservar la historia, el arte… ¿Qué revolución destruye el zoco de Alepo, una obra maravillosa? ¿Podría una revolución siria auténtica destruir Alepo o Palmira?
P. Usted huyó de su país en 1956 y luego tuvo que huir de nuevo de Beirut en los ochenta por la guerra civil. ¿Qué siente cuando ve a miles de personas por los caminos de Europa en busca de refugio?
R. Es una tragedia para mí ver a esa gente, maltratada por los europeos, que se resisten a acogerlos. Hay que saludar a Alemania porque ha sido el territorio más generoso, pese a que no fue uno de los países que colonizó a los árabes. Los países que colonizaron a los árabes, Reino Unido, Francia, Bélgica e Italia, han sido mucho menos generosos que Alemania. Eso plantea una pregunta: ¿deberían sentir que tienen una deuda ética hacia los árabes?
P. ¿Cree, como la famosa anécdota que protagonizó, que los niños árabes necesitan sobre todo ir a la escuela, que la cultura puede solucionar muchos de estos problemas?
R. Eso fue en los años cuarenta, era otra cosa. Sin duda la cultura es algo que nos falta a los árabes, pero también el trabajo. El paro es un problema inmenso. Los problemas esenciales, el tribalismo, la confesión, los lazos familiares, la etnia, siguen ahí. No hemos resuelto nada porque no hemos separado la religión del Estado, estamos todavía en la Edad Media. Sólo la fachada ha cambiado, tenemos coches, aviones, pero la cultura es tribal y antigua y religiosa.
P. ¿Y eso también ha legado a los jóvenes árabes de los barrios periféricos franceses?
R. Es lo mismo. La República francesa siente que no tiene nada que ver con ellos y ellos con la República, existe un muro inmenso que los separa. ¿Cómo destruir ese muro? No tengo una respuesta, no soy un político.

miércoles, 24 de junio de 2015

PRENSA. "La fuerza del Islam". Antonio Elorza

   En "El País":

La fuerza del Islam

En esta era de yihad, sorprende el desfase entre el potencial de conocimiento y de armamento de Washington y la nula aplicación de esos recursos a la acción política. El Estado Islámico aplica el patrón coránico de sumisión del esclavo ante el amo


EVA VÁZQUEZ

Como en los remakes de la ficción cinematográfica, la escena se repite, solo que con otros protagonistas. Ante el avance del Estado Islámico (EI) sobre Bagdad y Damasco, aquí en competencia con los alqaedistas de Al Nusra, las potencias occidentales se limitan a seguir como espectadores, con preocupación y pasividad, un desenlace militar desastroso. Es obvio que los bombardeos americanos no bastan. La gran coalición puesta en marcha por Obama, inclusiva de las principales potencias árabes, es totalmente inútil hasta ahora, cuando no contraproducente. Así, al no bombardear a las fuerzas del EI que avanzaban sobre Palmira, para no incomodar a esos curiosos aliados, algunos de los cuales dan apoyo económico al Estado yihadista. Incluso persiste la entrega de armamento a una oposición islamista siria cuya entidad se desvanece ante al duopolio ejercido por el EI y Al Nusra. De manera que, con un Ejército desmoralizado como el sirio, el desplome es previsible. La caída de Bagdad, dada la paralela desmoralización del Ejército iraquí, visible en la derrota de Ramadi, cerca de la capital, augura asimismo lo peor. Vemos siempre al EI imponiéndose a adversarios desunidos (chíies de Irak, Irán, EE UU). A ritmo lento, va reproduciéndose la secuencia que bajo Nixon precedió a la conquista por el Vietcong y los jemeres rojos de Vietnam y Camboya.
Sorprende ante todo, en esta era de yihad inaugurada el 11-S, el desfase entre el potencial de conocimiento en manos de Washington, tanto para la información como para el análisis, por no hablar de armamento, y el tremendo vacío en la aplicación de esos recursos a la acción política. Resultaba obvio que la eliminación desde Occidente de un régimen consolidado en un país musulmán, por tiránica que fuese su naturaleza, sin tener listo un recambio que la población aceptara como propio equivalía a entrar en un avispero, donde además era segura la intervención de Al Qaeda. Desde ángulos diferentes, fuimos casandras en este diario tanto Gema Martín Muñoz (Irak, una sociedad torturada) como quien esto escribe (La conquista de Bagdad). La desinformación norteamericana amparó así una secuencia de decisiones catastróficas, más allá del crimen contra la humanidad y la estupidez política que presidieron la invasión de Irak. Ahora con Obama ha prevalecido la clásica actitud de defensa de la estabilidad, respaldando a “dictadores amigos” (Egipto), y de desenganche a toda costa de la intervención directa, para evitar las víctimas norteamericanas. No es fácil entender qué datos llevaron a Obama a pensar que lo segundo era viable para Irak. Ante la eclosión y avance del Estado Islámico, de sorpresa en sorpresa, la primera potencia militar del mundo practica la ceguera voluntaria. Al error Bush ha sucedido el error Obama.

El EI practica el terrorismo, pero busca la expansión territorial como en las campañas del profeta
Un elemento clave para la infravaloración del EI ha sido su consideración como organización terrorista. Cierto que practica el terrorismo, llevando al extremo la consigna de aterrorizar al enemigo, contenida en el versículo 10:60 del Corán, pero siempre con un carácter instrumental, jugando a fondo con el efecto de intimidación. Según advirtiera Fernando Reinares, y como explica Loretta Napoleoni en su libro sobre el EI, la diferencia con Al Qaeda es sustancial, tanto en la relación de medios a fines como en la definición de éstos. No se trata de derrotar a los cruzados judeonorteamericanos y a sus aliados mediante el megaterrorismo, sino de utilizar este como medio de guerra y de propaganda para el progreso de una estrategia fundada sobre la expansión del territorio, siguiendo el modelo trazado por las campañas del Profeta (aspecto que rechaza Napoleoni). Va más allá de recuperar las tierras perdidas de Dar al Islam, como Palestina, ya que el objetivo último es cumplir el requerimiento coránico de expansión ilimitada del islam, hasta que cese la fitná, el enfrentamiento a la verdadera religión (2:193). De ahí la importancia simbólica de eliminar fronteras, como la que separaba Irak y Siria. No se intenta controlar un país, al modo de los talibanes, sino poner en pie un Estado islámico, germen de un poder supranacional, que batalla a batalla va imponiéndose al enemigo occidental y a sus aliados. Esto explica su potencial de atracción hacia musulmanes de otros países, y singularmente de Europa. El larvado enfrentamiento personal como creyentes a la yahiliyya, la ignorancia de Alá imperante en sus países de residencia, encuentra solución lógica en la incorporación a la yihad desde el EI.
Por eso el Estado Islámico insiste en presentarse como tal, fomentando incluso que televisiones occidentales —véase Islamic State en YouTube— muestren cómo funciona el equilibrio tradicional de la hisba con un cumplimiento estricto de la sharía en una sociedad urbana moderna. “No queremos volver al tiempo de las palomas mensajeras”, advierte un responsable del EI en Raqqa. Exhibición de control de costumbres permanente y terror selectivo, incluidas decapitaciones y crucifixiones públicas, destrucción de iglesias y de mezquitas chíies, sí, pero también orden y abastecimiento regular en la vida cotidiana, tal y como es organizada la exportación de petróleo. Todo en medio de una movilización permanente para fomentar la lucha a muerte contra el mundo infiel, que, con Estados Unidos a la cabeza, debe ser arrasado. Lo que calificamos de deshumanización en sus actos es, en realidad, la aplicación del patrón coránico de total dependencia del esclavo ante el amo, la subordinación radical del infiel al poder de los creyentes. Así como estos son esclavos de Alá (abd-Allah). Si se rebelan, no hay hombres, sino enemigos de Dios, y como tales serán tratados.
Les toca la suerte de los templos hindúes destruidos hacia 1200 en Delhi por el conquistador afgano, con sus columnas convertidas en soportes de la mezquita consagrada al quwatt ul-islam, la fuerza del islam.

Exhibe un control de costumbres permanente y el terror selectivo hacia los rebeldes contra Alá
Para la puesta en práctica de su proyecto, el propósito del Estado Islámico consiste en trazar un puente que en el imaginario vincula puntualmente su actuación con el antecedente religioso-militar del primer islam. De ahí la importancia de la figura del califa, mito difícil de entender en Occidente, pero que sobrevivió en la mentalidad islámica como garantía de la necesaria unidad de la umma, la comunidad de los creyentes, en su misión sagrada. La modernización económica tampoco es causa de distanciamiento: salvo en la usura, la economía es omnipresente en el Corán, desde la limosna legal al botín. También esta ahí la exigencia de una base territorial, Medina en el caso del Profeta, para organizar poder y expansión, así como la forma de llevar a cabo la guerra, mediante razias por sorpresa contra los bastiones del enemigo. Por algo en el Estado Islámico se ha visto la conquista de Ramadi como nueva batalla de Badr, en la cual el Profeta logró una victoria decisiva contra sus adversarios de la Meca.
Antonio Elorza es catedrático de Ciencia Política.

viernes, 20 de febrero de 2015

PRENSA. "Estado Islámico y yihad global". Antonio Elorza

Antonio Elorza

   En "El País":

Estado Islámico y yihad global

Frente al nuevo desafío mundial lo primero es reconocer su contenido bélico




  • El cuadro sobrecogedor de Peter Brueghel el Viejo La parábola de los ciegos es una metáfora de la sucesión de errores en las políticas occidentales desde el 11-M. El ciego que sirve de guía, para nuestro caso George Bush Jr., se hundió en un pantano, más que en un agujero, y tras él fueron cayendo sucesivamente las estrategias de uno u otro signo. Unos, por seguir la estela de la cruzada antiislámica; otros, inhibiéndose o apostando por una imagen idílica del islamismo, envuelta en ceremonias y retórica: la Alianza de Civilizaciones. Sin que faltasen aquellos intelectuales que en nombre de un bienintencionado rechazo de la islamofobia adoptaban la política del avestruz, negándose a ver la realidad, por aquello de que el terrorismo no podía tener que ver con ideas del siglo VII o que era una simple respuesta al imperialismo occidental.
    Un paso más, y en nombre de que to er mundo e güeno, se proclamaba hace 10 años que todas las doctrinas llevaban a la concordia. En un solemne acto de este tipo (Barcelona 2004), la ilusión hubiera debido disiparse cuando como broche de las conferencias fue interpretado el espiritual negro sobre Josué: tras derribar las murallas, Josué no sembró paz, sino la muerte de todos los habitantes de Jericó. Ahora, tal como van las cosas, se pasa a diluir la realidad en sentido inverso, intentando probar que toda religión comporta la violencia: budismo y judaísmo, islam y cristianismo. Otra ceguera voluntaria. La argumentación es especiosa, pues en el islam las llamadas a la fraternidad se refieren siempre a los creyentes, mientras a los no-creyentes les está reservada la lucha a muerte. Las cosas quedan claras en contra de la propuesta interpretativa: no existe ambigüedad alguna entre violencia y no violencia; a cada cual, lo suyo. Nada de eso hay en el budismo o en los Evangelios.

    El “gobierno de la ‘sharía” no se conforma con regular la vida social
    Ahora bien, ¿por qué las viejas y las nuevas cortinas de humo? Tal vez porque entra en juego el ansia de consolación, que evocara Umberto Eco: no es grato afrontar una situación como la actual, con un agresor bien definido, omnipresente e ilocalizable, sustentado en una sólida base doctrinal, que nos amenaza por causa de nuestra identidad cultural y/o religiosa. La indeterminación tranquiliza. Pensemos en especialistas que hace dos años, ante el atentado de Manhattan, no querían ver que era una incipiente aplicación del patrón trazado para los lobos solitarios por el alqaedista Setmarian. Ahora lógicamente le recuperan para explicar lo sucedido.
    Se ha perdido más de una década, desaprovechando la lección que diera Bush como gran organizador de desastres, cuando aunó el crimen contra la humanidad, causante de tantos miles de muertos desde su engaño a la ONU, con la supina estupidez de destruir un Estado sin tener recambio alguno. Amen de desconocer que estaba abocado al fracaso el establecimiento de instituciones representativas en un avispero religioso como el de Irak, con un islam habituado al autoritarismo. Tampoco anduvo muy fino Obama al irse sin más del país, ignorando qué podía suceder luego y siendo desbordado finalmente por la repentina expansión del ISIS. Los islamólogos ni se enteraron. La historia se repitió más tarde en Libia, con el resultado conocido. A fin de cuentas, Afganistán es el mal menor, y no por azar, sino por haber pactado previamente con los poderes tribales. Parece repetirse una y otra vez la historia del Gobierno de Jimmy Carter, cuyo embajador en Teherán le contaba que Jomeini era como Gandhi. Parábola de los ciegos una vez más.
    Frente a ello, la instalación del Estado Islámico ha sido un paso decisivo para hacer de la yihad protagonista de esa singular guerra mundial declarada a Occidente. La sustentan los llamamientos del Corán para lograr mediante la lucha que en todo el mundo impere la verdadera fe (versículos 8.39 y 2.193). Por eso en la mente de todo musulmán radical, la imagen del Estado Islámico de Al-Bagdadí desempeña un papel similar al del Estado soviético después de la Revolución de Octubre: lo que era un sueño inalcanzable es ahora realidad. De ahí que el califato de Raqqa, su capital en Siria, no dudase en difundir una imagen precisa de su funcionamiento, aplicando con todo rigor las reglas de la sharía, según describen reportajes por ellos auspiciados sobre el Estado Islámico.

    Se ha perdido más de una década con la supina estupidez de destruir un Estado sin tener recambio alguno
    Es un orden social perfecto, tal y como fuera sistematizado hacia 1300 por Ibn Taymiyya, reconocido por los ortodoxos sunníes —entre ellos Bin Laden— como El Jeque del Islam, sobre el Corán y los hadiths. La sharía determina la acción de gobierno y establece una absoluta regulación de las costumbres, garantizada por una policía a quien compete asegurar que en Raqqa “se promueve lo mandado y se impide lo prohibido” por Alá. Nada escapa a su vigilancia, ni un niqab algo corto, ni quien infringe el Ramadán. Es un modelo acabado de totalitarismo, homólogo del que describe para los meses de gestión yihadista en Malí el cineasta Abderrahman Sissako en Tombuctú. Los derechos individuales no existen, y eso puede repugnar a nuestra sensibilidad; ejemplos, la crucifixión de un delincuente (más bien cristiano) en Raqqa, mostrada en los documentales, o la voladura de mezquitas shiíes. Solo que a los ojos de musulmanes radicales, tales escenas, en vez de antídotos, constituyen otros tantos alicientes para apuntarse a la yihad. En el reportaje, los adolescentes claman como posesos por la muerte de los infieles y la destrucción de Occidente. El yihadismo implica una deshumanización radical.
    El “Gobierno de la sharía” en el Estado Islámico de Al-Bagdadí no se conforma con la regulación obsesiva de la vida social, sino que debe proyectarse hacia el exterior mediante la yihad. Así en torno suyo surge una auténtica metástasis yihadista, cuya última manifestación vemos en Libia. Cuenta también la sanguinaria Boko Haram de Nigeria. Y como puntas de lanza, en línea con la “yihad global” de Setmarian, los comandos y lobos solitarios que practican un terrorismo selectivo, dirigido a generalizar la inseguridad en Europa. El 8.60 coránico manda aterrorizar al enemigo de Alá, y qué mejor terror que el inspirado por las degollaciones de coptos y de rehenes, o las ejecuciones de Charlie Hebdo. En Occidente, horror e impotencia.
    ¿Qué hacer frente a este nuevo desafío a escala mundial? Sin duda, reconocer su contenido bélico, y actuar en consecuencia, según cada brote, sin excluir la acción militar (ejemplo: Malí), pero sobre todo prevenir su crecimiento, con políticas positivas, evitando a cualquier precio los vacíos de poder. Siempre sin olvidar la distinción entre islam y yihadismo; de otro modo, caeremos bajo la férula de reaccionarios xenófobos como Marine Le Pen o el leghista Salvini.
    Antonio Elorza es catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid.

    viernes, 30 de enero de 2015

    PRENSA. "Boko Haram y el gris terror. El color de las niñas perdidas"

       En "El País":

    Boko Haram y el gris terror. El color de las niñas perdidas

    Dos centenares de niñas fueron raptadas hace meses en Nigeria. De ellas nada se sabe. Sólo nos quedó una imagen, una sola, vestidas de color ceniza, el tono de su situación, de las aldeas quemadas, del horror que aún continúa...

    La revista Granta en español, publicada por Galaxia Gutenberg, se ocupa de su dramática situación en esta crónica literaria aparecida en la última edición

       

    Las niñas raptadas por Boko Haram en Nigeria. / MARÍA JOSÉ DURÁN

    Ellos. Ellos firman sus obras criminales con una bandera blanquinegra que cuelgan en aquellos lugares que atacan; en los edificios, vehículos o cerca de las personas que convierten en ceniza y humo, ese gris bokoharam sello de la casa. El mismo tono de los vestidos -- musulmanes, dicen -- que han impuesto a sus víctimas más famosas, las 276 niñas secuestradas en Chibok (Borno State, Nigeria), el pasado abril, tal como se ve en una fotografía de impacto mundial. He ahí una masa de mujeres sin matiz, sólo rostros, alguna mano, ninguna forma de cuerpo perceptible. Sentadas. Calladas. Dominadas.
    Tú. Tú te llamas Mary Ussman o Rebecca Luka... y andas como una niña africana pobre y precavida cualquiera, por los mismos senderos y aldeas. Te mueves entre el sofoco del aire saheliano, ese polvo rojo sangre de la tierra, el pespunteado boscoso de los árboles, la maraña de puestos de ultramarinos y los coches destartalados que se cruzan a tu paso. Sales cada mañana de tu casa, pensando en tus asuntos (pesares de adolescente, exámenes de hoy mismo...), vestida de uniforme escolar; ese verde o azul habitual de los colegios africanos, según el centro sea musulmán o cristiano. No hay distingos aquí y sí convivencia. La religión en muchos lugares de Nigeria no es tema, ni problema.


    Las niñas secuestradas en un fotograma de un vídeo difundido por los captores.
    Tú vives tu vida de niña.
    Pero todo alrededor, en el Nordeste, el territorio en que habitas, sufre de estado de emergencia.
    Las rehenes de Chibok no lo sabréis, seguramente. Pero vuestro destino se escribió un día de 2002 cuando se constituyó Boko Haram, otra secta más de hombres fanáticos, insurgentes como los de Al Shabab, Ansar Dine, ISIS..., con la idea de implantar la Ley y el Estado islámicos. Lo occidental, el objetivo.
    Que no es la primera vez que ellos raptan y matan y explosionan ni será la última, lo saben bien ya desde hace mucho los casi 170 millones de habitantes de este país, el mayor productor de petróleo, la mayor economía del continente, uno de los más corruptos, y de los que más pobres acumula en su territorio: setenta por ciento de la población; seis millones de niñas que no pisan la escuela. Lo saben bien también los políticos locales, nacionales e internacionales que hacen caso omiso (o no) al terror según momento y conveniencia. Lo saben en la capital, Abuja, donde ellos han volado edificios un día de Año Nuevo; han prendido coches al paso de festejos, arrojado bombas en sedes de Policía y de Naciones Unidas… El mismo día de tu secuestro, queman un depósito de autobuses. Decenas de vehículos virados del rojo al negro hollín infierno.
    Ellos son sanguinarios. Tanto que pocas semanas antes de ir a por ti, chica de Chibok, se cebaron en un colegio masculino de Yobe State, allí donde su líder, Abubakar Shekau, antaño estudiante de teología y ahora asesino en el nombre de Dios, vino al mundo un día de los años setenta. Él mismo, cabe pensar, podría haber sido víctima en manos de otro violento cualquiera. Pero este radical de radicales, ya se ve, eso no se lo plantea. Y tampoco tiene pudor en colocar bombas en mezquitas repletas de fieles (julio 2012, Maiduguri) con la idea de cargarse a los más moderados del Islam (y matar a uno de sus máximos líderes en Borno, El-Kanemi), a los que le contradicen y le piden que cese la violencia.


    Musulmanas de Nigeria refugiadas en Baga Sola, Lago Chad, tras las incursiones de los terroristas en los alrededores. / SIA KAMBOU/ AFP
    Cuatro semanas después del rapto aparece Shekau en un vídeo, impecablemente vestido en blanco y negro, agarrado a un arma, con gorro y barba bien cuidada. Buena vida lleva. Y habla enloquecido, en hausa, con una cólera que una religión como tal nunca debería permitirse. Lanza proclamas contra los males de Occidente. La mujer como diana siempre. Tú y otras, la mitad de las raptadas, aparecéis en imagen. “Irreconocibles”, dirán luego algunos padres, rotos en lágrimas, al New York Times. “Deberían estar casadas y no en la escuela”, vocifera el líder antes de amenazar con venderos como esclavas, cual botín de guerra.
    A los chavales de Yobe los sacaron también a gritos del colegio; los pusieron en fila y acabaron a tiros con cincuenta y nueve de ellos. Luego dejaron que el fuego hiciera a gusto su trabajo en el edificio. Pirómanos, se diría, dejan todo siempre en llamas, hasta reducirlo a la nada; allí ardieron, incluso, cuerpos “aun sintiendo”, tal como dijeron los que estuvieron cerca y vieron y olieron y hablaron con los diarios locales, el Premium Times,el que más informa.
    Todo reducido a la nada, menos el miedo, que adquirió ese día altura estratosférica.

    La violencia como credo

    JOSE NARANJO
    El pasado 10 de enero una niña de diez años con explosivos atados a su cuerpo entraba en el mercado de la ciudad de Maiduguri, en el noreste de Nigeria, y desencadenaba una explosión que segó su vida y la de una veintena de personas. Días antes, varios brutales ataques protagonizados por hombres fuertemente armados arrasaron un pueblo llamado Baga, a orillas del Lago Chad, dejando un rastro de cientos de muertos. Y el día 12, una amplia ofensiva terrorista era rechazada en Kolofata, al norte de Camerún, con el resultado de 143 atacantes fallecidos. Detrás de todas estas acciones se esconde la misma sombra tenebrosa, la de Boko Haram, el grupo terrorista más letal de África que ha provocado al menos 11.000 muertos desde 2003, casi la mitad de ellos el pasado año, y que no sólo ha logrado sembrar el terror y el desconcierto en el noreste de la pujante Nigeria, donde ya controla una quincena de localidades en un autoproclamado califato, sino que amenaza con desestabilizar a toda la región. “Están cada vez más organizados y son más letales y ambiciosos, es muy posible que lo peor esté por venir”, asegura Carlos Echeverría, profesor de Relaciones Internacionales en la UNED y conocedor de la problemática nigeriana.
    Tú. Tu nombre es Saratu Dauda o Hasana Adamu o Mairama Abubakar... y entras ese 14 de abril en la clase de tu escuela pública, la Chibok Goverment Girls Secondary School, una construcción de una sola planta, ocre y mal acabada como tantas en el África paupérrima. Te sientas en un banco de madera espartano, una pizarra apenas, el suelo de cemento gastado, cortinas de tela claveteadas en las jambas de las ventanas... “Pam, pam, pam, oigo disparos y me digo: 'estos han venido, han venido", contará luego en un vídeo de The Associated Press el padre de una de las víctimas.
    Y sí sucede que sí, que ellos llegan, hombres armados en camiones, que te empujan y te arrastran y te llevan. Por ser mujer y ser alumna, cristiana o musulmana. Por querer ser educada. Porque su nombre mismo ya indica: Boko Haram, “la educación occidental es pecaminosa”. O mejor, en árabe, Jama'atu Ahlis Sunna Lidda'awati wal-Jihad, lo que significa Comité Popular para la Propagación de las Enseñanzas del Profeta y la Yihab. Ambiciosa tarea.
    "Le pido a Dios que permita que mi hija regrese, ella es mi futuro”, sigue el progenitor de la hija robada. Un acto este, robar, que Mahoma prohíbe en todas sus letras.
    Y qué conclusión tan sencilla para los tuyos, para quién lo ha perdido todo: pretender ser mujeres educadas os conduce, una a una, a ser secuestradas ayer, desaparecidas hoy (ese "no existir existiendo" que tanto y tan bien conocen los familiares de los seres perdidos). Seguramente violadas y vendidas estéis ya, a estas alturas, mucho más allá de la frontera con Camerún, Níger o Chad.
    Desde éste, el más sonado, secuestro de Nigeria, los milicianos de Boko Haram han seguido raptando sin prisa pero sin pausa: ayer veinte jóvenes fulani a las que quieren cambiar por ganado; hoy, cien pescadores de Doron Baga, cerca del Lago Chad, a los que luego liberarán las tropas chadianas; mañana, cualquiera. Y regando de cadáveres las cunetas en nombre del yihadismo, ese radicalismo que se nutre aquí de Al Qaeda y el plus vitaminado de armas sobrantes en la guerra libia. Entre cuatro mil y doce mil víctimas mortales suman, según a quién se pregunte. Más de mil muertos llegaron a acumular en sólo dos meses; una marca que les da podio: ser el grupo terrorista más brutal desde los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos.


    Refugiados de la violencia de Boko Haram en Chad. / EMMANUEL BRAUN/REUTERS
    Este gran apetito de destrucción se les abrió tras la desaparición en custodia policial del líder Mohamed Yusuf, en 2009. Los antepenúltimos acribillados fueron 300 civiles, en los mercados de Gamboru y Ngala. Las dos poblaciones convertidas, de nuevo, en escombrera gris bokoharam. Fusiles, granadas de mano, bazucas, machetes, armas de todo formato usan.
    Al Qaeda del Magreb (AQIM) suministra material y cada vez organizan atentados más elaborados: rodean una localidad y la masacran. De la última, Bama, tuvieron que huir en un suspiro más de cinco mil personas. Maiduguri, la capital de Borno State, es su base logística. Dicen que ahora son muchos miles los que se unen. La pobreza es el caldo; el dinero fácil, la golosina y la vía. La motocicleta, una señal de que se acercan: su medio de transporte preferido. Las redes sociales, en su campo de mira.
    Actúan cual guerrilla, tanto y tan rápido que los soldados y policías nada quieren o pueden hacer. Y a veces casi mejor para la población civil, acogotada entre dos aguas: las fuerzas de seguridad cargaron un día contra medio millar de hombres acusándoles de terrorismo sin mediar investigación alguna. Otro, fueron medio millar los detenidos, simples viajeros del Sur hacia el Norte, sospechosos de ser miembros.
    Palos de ciego del ejército y el gobierno.
    Las dos narrativas que, asegura el investigador Adeolu Ademoyo, destila el caso Boko Haram: un instrumento de la oposición o un instrumento del presidente Jonathan de cara a la reelección... Y el temor de una crisis nacional producto de tanta violencia.
    Tú, Ruth Amos, no sabes nada de esto porque estás incomunicada y retenida. Ignoras que abundan las críticas contra la ineficacia del ejército, que ni cuenta ni interviene y se queja a su vez de falta de medios.
    Tú no sabes que el presidente Obama le ha declarado la guerra total al yihadismo.
    Que la Unión Africana ha propuesto crear un fondo especial mundial para luchar juntos contra este cáncer que a todos amenaza.


    Rebecca Samuel (derecha), madre de Sarah, una de las 200 niñas secuestradas en Chibok, habla desesperada en un acto de la campaña #Bringbackourgirls celebrado el pasado 1 de enero en Abuja (Nigeria). / AFOLABI SOTUNDE/REUTERS
    Que abundan las manifestaciones de protesta en las calles de tu país, antes y después de cumplirse los cien días de tu rapto, y frente a los consulados de todo el mundo y mucho más allá, online.
    Que arden las redes sociales, desde Michelle Obama hasta el infinito, portando tu foto, y han volado los mensajes por tu liberación. Pidiendo acción y solución.
    Que el desasosiego se aprecia en la cartelería: “Nigeria, el Estado fallido”, “Todas las niñas somos nosotros”, “No rescue, no vote”, “Boko Haram no es Islam”, “La próxima puede ser tu hija”, “Bring back our girls”... y corre al ritmo de los hashtags en Twitter.
    La diferencia es que mientras la atención mundial se cansa pronto y languidece con el tiempo, ellos siempre perseveran.
    Porque a Boko Haram nada de esto le importa. Tampoco que los líderes internacionales envíen expertos y soldados y armas, que haya ya drones sobrevolando el bosque de Sambisa cercano, que pongan precio jugoso a sus cabezas, que el rostro de Abubakar Shekau, el binladen negro lo llaman, cuelgue cual rapero popular en los carteles de las plazas...
    Ellos. Ellos están en otra liga. Dominan el terreno de juego. Se permiten jugar al desconcierto; ahora han cambiado de estrategia. Ya no buscan sólo víctimas en esa esquina del África subsahariana, ahora quieren territorio. Para cerrar, así, un primer círculo de dominación y proclamar el califato; uno sin califa, pues Shekau no tiene linaje que le alcance para tanto.


    Lago Chad. Unos 20.000 nigerianos han huido hacia Chad, Niger o Camerún en las últimas semanas ante los ataques continuados de Boko Haram a sus aldeas. / EMMANUEL BRAUN/REUTERS
    Infiltrados en los pueblos y en los campos, llegan donde no llega el ejército. Se han hecho ya con trece ciudades en el Norte de Nigeria, en los estados de Adamawa, Borno y Yobe. Se permiten incursiones incluso más allá de la frontera, en Camerún, para hacerse con rehenes. Cuanto más occidentales, mejor.
    Disfrutan en sus atentados. Los terroristas son actores, simulan ser predicadores y soldados. Sucedió en Gwoza. Convocaron a los hombres para hablar al centro de una plaza y abrieron fuego luego. Una sangría de al menos doscientas vidas. Sucedió en Damaturu (Yobe State); atacaron un establecimiento donde veían el campeonato mundial de fútbol. Muy occidental. Se transmitía el partido Brasil-México. Acabó entre hurras con una veintena de muertos. Ganador: otra vez ellos. Y el miedo.
    Carreteras enteras, como la de Gwoza a Maiduguri, la capital de Borno, convertidas ya en "no-go road".
    Limpieza del territorio lo llaman ellos.
    El gris muerte que arrasa.
    Tú. Tú te llamas Rose Daniel, diecisiete años. Y regresas al poco del secuestro ante los ojos de los tuyos, en esa foto de grupo en todo el mundo conocida. Regresas convertida en masa y mancha gris opresión. Tu madre, tu padre, tu hermano, tu vecino... buscan tu cara entre las chicas. Te encuentran. Y apenas te reconocen.
    Quizá un día llegues a saberlo: un fotógrafo de Reuters llamado Joe Penney le ha dado la vuelta a esta doble humillación a la que os han sometido. Ha intentado rehacer vuestra dignidad doblemente arrebatada: el secuestro de vuestra persona y el de vuestra imagen, al borrar de ella todo rastro de tu personalidad, el calor de la edad, el color de las ropas africanas habituales y de tu pelo, la amplitud de tu sonrisa...
    Penney, inmenso, te ha devuelto tu rostro verdadero retratando a tu madre, Rachel Daniel, de treinta y cinco años, junto a tu hermano Bukar, de siete, sujetando una de tus fotografías de ese pasado ya para siempre perdido.
    Porque ya aunque regresaras hoy, nunca serás la misma.
    Y esa es la pregunta más repetida. “¿Volverán las chicas?”. La plantean las familias y los ciudadanos a los policías, a los expertos, a los profesores, a los periodistas... El ex presidente del país, Olusegun Obasanjo, se atrevió a responderla. “Sí, volverán, pero sólo algunas... otras se han ido ya”, dijo, omitiendo el "para siempre".
    Medio centenar de ellas (53) logró huir durante los primeros días. Otras cuatro lo han hecho en junio mismo. Una de estas, Sarah Lawan, de diecinueve años, contó a The Associated Press, ante las familias, cómo las transportaron en camiones y las amenazaron; cómo muchas podrían haber escapado saltando del vehículo como hizo ella. Pero no lo hicieron. La mayoría sufría parálisis. Por horror.
    Y así, casi seis meses después de tu secuestro, las aldeas de Borno y Yobe y Adamawa permanecen destrozadas por fuera, desgarrados sus habitantes por dentro. Tan desesperados los vecinos, que para no atraer a los terroristas, cuando estos matan y dejan en las calles los cuerpos, han decidido mandar a las mujeres más mayores a recoger y enterrar sus restos.
    Saben que sólo ellas se librarán de ser atacadas, violadas, raptadas, desaparecidas...
    Madres, abuelas, tías... ancianas trabajando con sigilo.
    Día tras día.
    Un muerto tras otro muerto.

    Este es uno de los textos incluidos en la revista Granta en Español, Rebaño + 1, editada por Galaxia Gutenberg, en la que escriben Herta Müller, Antonio Muñoz Molina, Taiye Selasi o Haruki Murakami, entre otros, reunidos bajo un concepto: cómo el individuo se diluye en la masa de datos y  la vida privada ha invadido la pública. Este número de revista se presenta en Madrid el viernes, 13 de febrero,  en la librería La Central.