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sábado, 18 de abril de 2015

PRENSA. "Por ser niñas"

   En "El País":

Por ser niñas

Sabido es que sus derechos son menores para ellas en todo el mundo.

Pero elegimos un país pobre, Etiopía, para observar su situación. ¿Conclusión? Urge erradicar los matrimonios forzosos o la ablación y garantizar su educación

 Getema (Etiopía) 2 ENE 2015 

Una joven etíope carga un pesado fardo de leña sobre su espalda. / LOLA HIERRO
Por ser niña no irás a la escuela. Te quedarás en casa para ayudar con las tareas del hogar y cuidar a los hijos que nazcan después de ti. Por ser niña cargarás 25 litros de agua sobre tu espalda a diario durante horas desde que tengas siete años o menos. O tanta leña que quien te mire por detrás solo podrá distinguir tus delgadas piernas aguantando, milagrosamente, todo ese peso. Por ser niña harás todo esto descalza porque los chicos tendrán prioridad a la hora de obtener unos zapatos. Por ser niña, tu padre elegirá un marido para ti antes de que sepas el significado del matrimonio y, mucho menos, de la maternidad. Por ser niña te mutilarán los genitales y durante toda tu vida sufrirás dolores e infecciones. Por ser niña, parirás todos los hijos que tu marido decida y serás responsable de alimentarlos y salvar sus vidas si enferman. Por ser niña trabajarás en el campo de sol a sol, también cuando estés embarazada. Así será tu vida hasta el día de tu muerte, que posiblemente llegará antes de que cumplas los 58 o los 65 años, según el informe que se mire, porque esa es la esperanza media de vida en tu país.
Esta descripción pesimista corresponde al peor marco posible en Etiopía, un país de contrastes: es el décimo cuarto más pobre según el Índice de Desarrollo Humano, pero también el Estado africano no petrolero que más ha crecido en la última década, con ritmos superiores al 10% de su PIB. Etiopía ha avanzado un buen trecho en materia de igualdad de género, pero aún tiene otro tanto por andar. "Antes, ser mujer era ser una sirvienta. No piensas en que tu hija vaya a la escuela, solo sirve para ser vendida a su futuro marido y todo, siempre, es su responsabilidad: hogar, hijos, trabajo en el campo...", enumera Endale Geleta, trabajador social cuya familia proviene del ámbito rural.
El Gobierno etíope se empezó a preocupar por la situación de sus mujeres tras la revolución de 1974 que derrocó al emperador Haile Selassie e instauró en el poder un Gobierno comunista. Desde entonces, ha dado pasos significativos, como prohibir la ablación o los matrimonios con menores de 18 años. La Constitución reconoce sus derechos y la Política Nacional para las Mujeres de Etiopía de 1993 establece como prioridades alcanzar la equidad, facilitar el acceso a servicios básicos en el entorno rural y eliminar los prejuicios contra ellas. "Hasta hace unos años no podían ni hablar delante de la gente ni entrar en casa si había huéspedes; comían las últimas, siempre después de los hombres", relata María Solís, misionera comboniana que lleva 25 años en el país trabajando en pro de los derechos de las mujeres.

Un 93% de las niñas etíopes
realizan la educación primaria
pero más de la mitad por encima
de los 15 años son analfabetas
Las cifras demuestran que nacer niña en Etiopía hoy no es un plato de buen gusto: un 16% fueron casadas antes de los 15 años, y un 41% antes de los 18. La mutilación genital, castigada con 10 años de prisión, es otra lacra que disminuye, pero persiste: el 74% de mujeres entre 15 y 49 años la han sufrido y otro 39% tiene al menos una hija a quien se le ha practicado, según el informe El Estado mundial de la infancia 2013 de Unicef. "Las niñas van al colegio y las mujeres van entrando en el mercado laboral pero, cuando sales al campo, sigues viendo que todas estas prácticas no están erradicadas", asegura Geleta. "Lo bueno es que ya hay muchas jóvenes que salen de sus aldeas a estudiar a otros sitios y ven que es posible vivir de otra manera. Cuando regresan a casa hacen algo de sensibilización", completa la hermana Solís.

La mujer en la ciudad

En ciudades como Aksum, en el norte del país, o en Addis Abeba, la vida de las niñas es mucho más parecida a la que se acostumbra a ver en países europeos. Durante un paseo por las calles de la capital el peatón se cruza con mujeres policía, militares, empresarias, modelos, ingenieras, farmacéuticas, médicos, profesoras… El 78% de las mayores de 15 años se ha incorporado al mercado laboral y cada vez se cuentan más mujeres en el poder como la política Sinkinesh Ejigu, empresarias de éxito como Mulu Solomon, atletas olímpicas como Tirunesh Dibaba y defensoras de los derechos humanos como Meaza Ashenafi. Pero aunque la mitad de los 94 millones de habitantes de Etiopía son mujeres, solo 153 de los 547 asientos del parlamento (un 28%) están ocupados por ellas. En las ciudades las niñas por lo general no trabajan, visten con ropa en buen estado y van al colegio con regularidad. El mayor riesgo al que se enfrentan las jóvenes de menos recursos en estos núcleos urbanos es caer en las garras de la prostitución. "Huyen de sus aldeas porque suelen pertenecer a familias de hasta 12 miembros y son muy pobres", relata la misionera María Solís. "Allí encuentran gente que les ofrece trabajos como limpiar una casa o servir en un bar, y ellas no imaginan lo que hay detrás hasta que ya están dentro. Luego, muchas quedan embarazadas y ya no tienen demasiadas opciones porque con un niño no pueden regresar a la aldea, es una vergüenza tener un hijo sin estar casada", asevera.
Para saber qué les espera a muchas niñas en este rincón del Cuerno de África no hace falta acudir a informes; basta con patear los polvorientos caminos que surcan el país para encontrar mujeres de todas las edades recorriendo enormes distancias, descalzas o con zapatos de plástico de pésima calidad, y cargadas con pesados bidones de agua, fardos de leña o productos para vender en los mercados. En el de Getema, una localidad de 15.000 habitantes al oeste del país, es fácil conocer niñas con vidas de adulto. Una es Diditu Bulki, cuyo cuerpo y mirada de 15 años chocan con unas manos encallecidas propias de un labriego de 40. Dejó la escuela a los 10 y se gana la vida fabricando unas toscas jarritas de barro para servir el café que luego vende por cinco birr –unos 20 céntimos de euro–. Le gustaría retomar los estudios, pero con bastante resignación reconoce que no confía en poder cambiar de nuevo la arcilla por los cuadernos.
El 93% de las niñas terminan la educación primaria pero, como Diditu, un 65% no completa la secundaria, según datos de 2012 del Ministerio de Educación etíope. Informes como el realizado por la organización Plan Internacional denuncian que todavía un 53% de las jóvenes entre 15 y 24 años son analfabetas. La formación de las niñas no es un asunto baladí: un año extra de educación secundaria de una chica aumenta entre un 10 y un 15% los ingresos de esta cuando sea mujer, sostiene la organización. Otro estudio auspiciado por la organización británica Girl Hub Ethiopia concluyó que si todas las niñas que dejaron la escuela hubieran podido finalizarla, habrían aportado a la economía de su país unos 4.000 millones de dólares.
En el ámbito rural, las dos realidades se hacen patentes. El colegio salesiano de Zway, una localidad de 45.000 vecinos a dos horas al sur de Addis Abeba, está repleto de pequeñas que entran y salen, inconfundibles gracias a sus faldas azules del uniforme. Tan solo dos manzanas más lejos, Burtuget, Laila y Burtu, de nueve, 10 y ocho años, realizan labores muy diferentes. Acuden a diario con sus madres y hermanos menores a uno de los centros de la ciudad que desarrolla programas contra la malnutrición infantil, la causa de fallecimiento de un tercio de los niños menores de cinco años que mueren en este país.

Un 68% de las mujeres etíopes justifica los malos tratos físicos del esposo frente a un 44% de hombres
"Vienen para ayudar a sus madres", afirma Bettie Asnake, trabajadora social del programa. "Aquí les damos la opción de quedarnos a los niños para que ellas vayan a la escuela, pero no quieren y sus madres no las obligan". Las niñas en edad escolar reciben algo de formación pero es, a todas luces, insuficiente. Laila, que a sus 10 años no habla una palabra de inglés, apenas puede prestar atención a su cuadernillo de caligrafía. La pequeña fija sus profundos ojos en la tarea, aprieta el lápiz contra el papel y garabatea una letra que parece una efe. Pero cada vez que su hermanita de tres años llora, se hace pis en el suelo, corretea hacia la calle o quiere comer, debe dejar lo que está haciendo y atenderla. No puede contar con la ayuda de su madre porque está en la habitación contigua alimentando a otras dos criaturas de pocos meses de edad.
Los secuestros para lograr una boda por la fuerza cuando no hay dinero para pagar la dote es otro de los grandes riesgos que corre, aún hoy, una niña en Etiopía. La ONU estima que el 69% de los matrimonios empezaron así. Braane Negara fue raptada por un desconocido cuando salía del mercado de su pueblo. Tenía 16 años. Se casó contra su voluntad y dio seis hijos a su secuestrador. Ahora, con 28, dice con una leve sonrisa que ya se lleva bien con su marido, que ha aprendido a quererle. Braane no es la única que acaba por comprender e, incluso, apoyar prácticas contraproducentes para su persona; de hecho, existe un dato muy llamativo que da una idea sobre el arraigo de la creencia de que ellas no valen nada: un 68% de mujeres frente a un 44% de hombres justifica el maltrato físico hacia la esposa.

La semilla del cambio

Aunque la Etiopía rural es el escenario más complicado para una niña, en las aldeas más aisladas del país también es posible hallar la semilla del cambio. Badessa es un olvidado pueblecito a dos horas de distancia en todoterreno del núcleo urbano más próximo. Allí habitan los gumuz, una de las etnias más desconocidas del país. Considerados esclavos durante décadas, no han vivido tranquilos hasta que el presente Gobierno reconoció sus derechos. En Badessa acaba de arrancar el programa de igualdad de género que la hermana Solís desarrolla con la ayuda de Manos Unidas. Durante los últimos cuatro años se han beneficiado 3.500 vecinas del vicariado de Nekemte, un extenso territorio de 98.000 kilómetros cuadrados entre la capital, Addis Abeba, y la frontera con Sudán. En un par de meses, las mujeres que se han apuntado han aprendido a firmar, algo de lo que se sienten orgullosas porque hasta hace muy poco solo eran capaces de imprimir su huella dactilar en los documentos. Durante el siguiente año aprenderán también a leer, a escribir, a manejar la economía de su hogar, a cultivar la tierra, a llevar un negocio y, lo más importante: les explicarán que ellas y sus maridos tienen los mismos derechos.

El camino de Tigist


El rostro arrugado de Tigist le hace parecer una anciana, pero acaba de sobrepasar los 50. Las mujeres en Etiopía, sobre todo en el campo, suelen trabajar entre 15 y 18 horas. / L.H.
Las hay que han pasado así toda una vida, como Tigist, que aparenta 90 años a juzgar por su pelo cano, su piel arrugadísima y curtida por el sol, sus manos ásperas como la lija y unos pies que la elefantiasis ha dejado como la corteza de un árbol. Se ríe Tigist, que en realidad acaba de pasar el medio siglo, ante el estupor que causa cuando cuenta que ella sola ha caminado cinco horas desde su aldea con tres gruesos platos de arcilla del tamaño de una rueda cargados a la espalda con la única ayuda de unas cuerdecitas. En esas condiciones ha llegado al mercado de Getema, una localidad rural de unos 15.000 habitantes en el oeste del país, donde los venderá por unos cuatro euros como máximo.
Shumate y su esposo Adisuturu fueron de los primeros en apuntarse al programa, una decisión que tomaron de mutuo acuerdo. "Lo más complicado para ellas es conseguir el permiso del hombre", explica la misionera Solís. Shumate, de 24 años, acaba de dar a luz a su cuarto retoño, una niña llamada Maryam que duerme pacíficamente en los brazos de su abuela, dentro de la choza familiar. De una única estancia, no contiene nada más que una amplia cama, una mosquitera y dos taburetes. La única luz es la que se filtra entre las ramas y el adobe de las paredes. Al abrigo de esta humilde casita, Shumate explica que dejó el colegio a los ocho años para ayudar a su familia, pero que ahora Adisuturu y ella trabajan codo con codo para obtener más ingresos que servirán para construir un hogar más cómodo y dar una educación a su prole, pues está convencida de que sus hijas llevarán una vida distinta a la que ella tuvo. De hecho, su primogénita, de siete años, ha empezado a ir a la escuela de un pueblo vecino, y seguirá haciéndolo hasta que acabe la secundaria. "Luego decidirá ella si quiere casarse, ir a la universidad o ambas cosas", explica su madre.

La gran diferencia entre una chica occidental y yo es la educación que hemos recibido
Braane Negara, vecina de Jimate, Etiopía
Tanto Shumate como Braane van al curso de igualdad con sus maridos, algo que enorgullece a la hermana Solís. "En el programa, los hombres tienen que ayudar a sus esposas con el negocio, tienen que cuidar de la casa si ellas salen al mercado…", describe la misionera. "No es solo aprender inglés o matemáticas, sino que entiendan y se crean que las mujeres tienen unos derechos que deben respetar; esto es un proceso lento", enfatiza. "Al principio, los otros hombres les atacan con el tema de la masculinidad, pero cuando la moral está alta, cuando el esposo ve que es por el bien de sus hijos y cuando económicamente están mejor, les da igual lo que digan los otros".
Braane lo sabe bien porque fue su marido, el mismo que la secuestró, quien decidió acompañarla a los talleres de igualdad para aprender juntos, adquirir una mejor calidad de vida basada en el respeto mutuo y una formación. "La gran diferencia entre una chica occidental y yo es la educación que hemos recibido", afirma la joven. "Sin ella, no tienes nada. Somos granjeras, personas pobres, tenemos que cuidar de nosotras mismas. Si hubiera acabado los estudios podría tener un trabajo mejor y vestir como tú", dice a la periodista.

Si nosotros no nos ponemos de su lado, las mujeres nunca conseguirán avanzar
Endale Geleta, trabajador social
Como trabajador social y como hombre concienciado con la causa, Endale ya hace muchos años que sirve el café y cocina pese a las críticas de sus padres porque estas son, tradicionalmente, tareas reservadas a las mujeres. Pero lejos de avergonzarse, él tiene fe en que cada vez más hombres arrimen el hombro. "Hay esperanza en el futuro, pero es muy importante que nosotros entendamos y contribuyamos al cambio porque, por mucho que las mujeres luchen, si los hombres no nos ponemos de su lado, no las dejaremos avanzar".

domingo, 8 de febrero de 2015

PRENSA. "Una escuela para aprender a coser sueños"

   En "El País":

Una escuela para aprender a coser sueños

En el Mary Help College, la primera escuela de Etiopía de diseño de moda, 66 mujeres aprenden a ser diseñadoras para llevar su negocio e independencia económica en uno de los países más pobres del mundo




Mihret Admasu es una de los estudiantes del Mary Help College. / ANA PALACIOS
Entre cuarenta millones de mujeres etíopes, ellas son sesenta y seis. Nacidas en familias extremadamente pobres, en un entorno hostil en el que predomina la desigualdad de género, ellas lo han conseguido. Sesenta y seis jóvenes que han soñado, han luchado y han triunfado. Tienen entre dieciocho y veinticinco años, y gracias a sus calificaciones han podido acceder al Mary Help College, la primera escuela de Etiopía de diseño de moda. Tres años de formación profesional que potencian su creatividad, las cualifican para puestos de trabajo mejor remunerados y, en general, mejorarán sus condiciones de vida.
Cuando entrevistamos a diez de ellas, esperábamos respuestas ambiciosas y grandilocuentes del tipo: “Quiero trabajar en Milán para una firma de lujo”. Pronto nos dimos cuenta del error. Todas anhelaban libertad, sin más pretensiones. Querían ser autosuficientes, tener un negocio propio que les permita disfrutar de independencia económica desarrollando su creatividad como diseñadoras.
Etiopía, con unos 80 millones de habitantes, es un país en el que más del 80% de la población sobrevive con solo dos dólares al día. Según la clasificación registrada en el último informe sobre el Índice de Desarrollo Humano (IDH), publicado en marzo de 2013 por Naciones Unidas, Etiopía tiene el mayor porcentaje en el Índice de Pobreza Multidimensional (IPM), después de Níger, que encabeza la lista. Esta frase tan densa se resume, con matices, en que Etiopía es el segundo país más pobre del mundo.
Sin embargo, el crecimiento económico del país desde el año 2000 es uno de los más vertiginosos del mundo. Etiopía aspira a ser un país de renta media para el 2025 y su Gobierno tiene un Plan de Crecimiento y Transformación (GTP) que parece decidido a cumplir. Sus estrategias están orientadas a impulsar la industria agroalimentaria, promover el empleo, mejorar la calidad de las infraestructuras y los servicios básicos y, sobre todo, a alcanzar y superar los Objetivos de Desarrollo del Milenio, que incluyen promover la igualdad entre sexos en todos los niveles de la enseñanza.
Los cambios avanzan lentamente, pero el esfuerzo por eliminar la desigualdad empieza a dar algunos frutos. En Mery Help College, este año hay más alumnas (sesenta y seis) que alumnos (cuarenta). Esta proporción es poco habitual. No siempre fue así. En 2001, cuando se inauguró el centro, el número de chicos doblaba al de chicas y la relación ha ido igualándose con el paso de los años, llegando incluso a invertirse.
Según datos del Instituto de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), Etiopía es uno de los países que más está aumentando la inversión del gasto público en educación del 17% en 2006 al 25% en 2010. Esta escuela en Zway, una pequeña localidad de 60.000 habitantes a 160 kilómetros al sur de la capital, no recibe apoyo económico del Gobierno, aunque sí homologa sus títulos académicos.
Las hermanas salesianas, que gestionan el centro, sobreviven gracias a las aportaciones de diversas ONG, entre ellas las españolas Fundación Olmos y África Directo, que mantienen en pie la escuela. Han conseguido que los alumnos tengan que pagar 600 Birr (25 Euros, aproximadamente), una cifra simbólica, por cada curso académico. Este importe sufraga solo una décima parte de los gastos del centro por cada estudiante, pero si la cuota anual fuera más alta la escuela estaría vacía. Muchos de los alumnos ni siquiera pueden pagar esa cantidad mínima y realizan trabajos a cambio, como confeccionar uniformes que venden a colegios cercanos o limpiar los jardines del colegio.
Sesenta y seis mujeres que viven en una región muy deprimida han logrado así acceder a una educación técnica que las ayudará a conseguir reconocimiento social y empleos con un mayor nivel de ingresos. Diseñadoras que acarician el sueño del éxito: la libertad.

Un final de cuento

Cuando nacieron Haimanot y Tigist Damtew, gemelas, una de ellas estaba destinada a morir. Demekech, su madre, carecía de recursos para alimentarlas a ambas. Carmela Green-Abate, fundadora de la ya desaparecida ONG Gemini Trust, supo del nacimiento de las pequeñas y decidió hacerse cargo de su manutención y educación.
Las hermanas Damtew crecieron sanas, fueron al colegio y gracias a Carmela pudieron aprender bien el inglés que tan útil les sería en el futuro. Querían estudiar informática, pero otra persona que sería clave en sus vidas estaba a punto de cruzarse en su camino: Deborah, una australiana que vivía en Adís Abeba y colaboraba con Gemini Trust, observó que tenían habilidades manuales y buen gusto, así que decidió enseñarles a manejar las herramientas necesarias para diseñar joyas.
Se hicieron rápidamente con la técnica y pronto descubrieron que sus diseños eran muy creativos. A los pocos meses empezaron a vender sus collares en casas particulares y en reuniones de amigos en cafeterías. El siguiente paso fue hacerse un hueco en el “mercadillo de las ONG” de Adís Abeba, un área comercial frecuentada por europeos y americanos que se volvían locos con sus collares. Vendían todo lo que diseñaban así que se dedicaron día y noche a producir más obras.
Confiadas en el gran potencial de trabajo, se asociaron al Ethiopian Women Exporters’ Association. En poco tiempo, fueron seleccionadas como modelos de pequeñas empresarias para representar a Etiopía en ferias internacionales de mujeres emprendedoras. Ya en 2009, fueron elegidas para ir a la feria de artesanía SIAO Handcraft Trade Fair Artists en Burkina Faso. Ese mismo año también las patrocinaron para viajar al Bead Merchant of Africa en Sudáfrica. Allí aprendieron a diseñar con otro tipo de materiales que no tenían en Etiopía y asistieron a talleres de técnicas de ventas y marketing.
En 2010 viajaron a Ghana, y después sus joyas y su entusiasmo las llevarón a India, Méjico… Su último destino ha sido la Exhibition Ethiopian Jewellery en el Goethe Institut de Dar Es Salaam, en Tanzania, en 2013. Una exposición que les propuso alguien que las había descubierto a través de su página de Facebook, H&T Designs.
En sus viajes aprovecharon para comprar cuentas y piezas originales de cada país que combinaron después con las que adquirían localmente y creando así diseños únicos en Etiopía. Muchas de sus compradoras son extranjeras que después venden sus complementos en establecimientos de medio mundo. Hoy pueden encontrarse diseños de Tigist y Haimanot en Australia, Francia, Estados Unidos o Reino Unido.
En agosto, Tigist tiene pensado mudarse a Alemania para abrir una tienda allí y gestionar el negocio de la firma on line. Al despedirnos, Haimanot me contaba que habían luchado mucho pero que sabían que el esfuerzo no siempre es suficiente para cumplir sueños… “Our dream is now our world. We are lucky and thankful”.

miércoles, 22 de octubre de 2014

PRENSA. "Rescatadas por la educación"

   En "El País":

Rescatadas por la educación

Miles de niñas en Etiopía escapan de una vida de pobreza y sumisión gracias a una red de 26 escuelas creada por una ONG estadounidense


Una de las 26 escuelas que la ONG Trampled Rose ha abierto en Etiopía. / ANA PALACIOS
“Cinco mil niñas no se van a prostituir. Cinco mil niñas no van a servir en casas de países árabes. Cinco mil niñas no van trabajar como peones de carga”. Así es como la estadounidense Becky Kiser, fundadora de la ONG Trampled Rose, resumía emocionada sus 10 años de lucha por los derechos de la mujer en Etiopía. La organización, que comenzó su andadura atendiendo a mujeres con fístula obstétrica y ahora, que ya está casi erradicada, invierte toda su energía en la prevención, fundamentalmente con la escolarización de las niñas. “Cuantas más niñas consigamos que vayan a la escuela más mejorarán sus vidas y la situación del país”, dice Becky.
Durante estos años de trabajo exhaustivo, ha conseguido escolarizar a 5.294 niñas de las zonas rurales del centro de Etiopía (North Showa) en 26 colegios de la zona. Cada una de las niñas ha sido seleccionada por su dramática situación personal. Rescatadas de una muerte en vida y elegidas para dejar de “sobrevivir” y empezar a “vivir”.
Birtuken Ajeba tiene 18 años y está en 9º grado (3º de la ESO). Va con retraso. Perdió dos años de colegio porque no podía pagar los 250 Birr (unos 10 euros) que cuesta el uniforme obligatorio. Birtuken tuvo que trabajar siete días a la semana durante dos años de peón en la construcción de carreteras para poder ahorrar ese dinero y comprarse uno. Ahora recibe ayuda de Trampled Rose, tiene un flamante uniforme, libros y atención médica si la necesita. También le han alquilado una habitación en el pueblo de Abdisa Aga, cerca del colegio, y así no tiene que caminar durante horas para llegar a clase.
“Cuando sea mayor quiero ser médica y ayudar a muchas niñas a que no tengan que trabajar para estudiar, como usted”, le decía Birtuken a Becky con la voz rota por la emoción. Ahora puede dedicar todo su tiempo a estudiar, incluso a ser adolescente si le apetece, y a tratar de olvidar que tuvo que ser adulta durante su niñez.
Las distancias entre los 17 colegios que visité, salpicados por las montañas de North Showa, conociendo a las niñas de Trampled Rose, son cortas (unos 100 km en cada traslado). Sin embargo, los caminos laberínticos sin asfaltar ni señalizar, en espiral, a casi 3.000 metros de altitud, los miles de baches, el polvo y las dos cajas de Biodramina que consumí en tres semanas, me hicieron sentir que estaba embarcada en la expedición de la circunnavegación fenicia de África relatada por Herodoto, por lo menos.
La educación en general y, en particular, la educación de las niñas, es una clave fundamental para la reducción de la pobreza. Educarlas multiplica sus posibilidades para obtener un empleo e ingresos en lugar de trabajar solo en la casa, tener mejor salud evitando enfermedades contagiosas, etc. Está demostrado que también tiene una gran incidencia en la salud de sus hijos y fomenta el crecimiento demográfico sostenible. De hecho, el número de hijos de las mujeres con educación secundaria en África Subsahariana es la mitad (tres niños) que el de las mujeres sin ninguna educación (seis niños).
“Casi 800 mujeres mueren todos los días por causas que hubieran podido evitarse con la prevención, relacionadas con el embarazo y el parto. Si todas las mujeres terminaran el ciclo de la enseñanza primaria, la mortalidad materna disminuiría en un 66%, salvándose así 189.000 vidas por año”, según el último informe publicado por Naciones Unidas sobre la “Educación para todos”.
En 2006, el Gobierno de Etiopía revisó la ley de la familia y se estableció como edad mínima para contraer matrimonio los 18 años. Esto facilitó la labor de esta ONG en la escolarización de las niñas ayudando a garantizar el cumplimiento de esta ley evitando el matrimonio precoz y los partos prematuros que derivan frecuentemente en tragedias como la fístula obstétrica o la muerte del niño e incluso de la madre.
“Estas niñas de familias tan pobres, si no fueran al colegio, estarían prostituyéndose o sirviendo en Sudáfrica o Arabia Saudí o trabajando en sus granjas”, apunta Getu Mengistu, jefe de recursos externos y monitorización de fondos del Departamento de Educación en el estado de Oromía.
Penzeb Habtamy, que vive en la remota localidad de Dera, es la alumna más brillante de Bitotsa School, nos cuenta: “Duermo tres horas al día, el resto del día estoy estudiando o en clase. No podía ir a la escuela porque tenía que trabajar con mi padre en el campo. Cuando Trampled Rose me encontró, no tenía esperanza. Ahora no tengo que preocuparme de encontrar comida, puedo estudiar. Siento que he vuelto a nacer”.
Penzeb será la primera estudiante de estas cinco mil niñas en ir a la universidad. Ya tiene garantizado el acceso y estudiará medicina. Gracias a Trampled Rose, algunas niñas de Etiopía pueden cambiar su mirada de profunda tristeza a una de ilusión.

lunes, 2 de septiembre de 2013

PRENSA. "Etiopía. El infierno de los afar". Reportaje

La zona desértica de Afar (Etiopía). / JUAN CARLOS TOMASI ("El país")

   En "El País":

Etiopía. El infierno de los afar

Al noreste del país africano residen un millón y medio de personas, muchos nómadas. En este lugar desértico y azotado en los últimos meses por una fuerte sequía, buscan agua y luchan contra la desnutrición. Quienes lo han pisado se preguntan: ¿por qué vivir aquí?

 1 SEP 2013

De repente, una mujer ha surgido de la nada. A 51 gra­­dos centígrados, un poco menos a la sombra, es difícil distinguir entre la realidad y la imaginación, pero la mujer ha ido cobrando forma en la nebulosa de este inmenso desierto, el lugar más profundo y caluroso del planeta, en la región de Afar, al noreste de Etiopía.
Un poco más cerca, la distinguiremos mejor, delgada, cubierta hasta la cabeza por un vestido azul marino y un velo oscuro con estampados de cachemir verdes, cargando un niño a sus espaldas. Cuando esté más cerca, tendrá edad: 18 años, asegura. Y luego el nombre: Samala. ¿De dónde viene? Es difícil la pregunta para la mujer afar (el pueblo seminómada que da nombre a la región). Su tribu se desplaza constantemente por este vasto territorio de la woreda (distrito) de Teru, en una de las cinco zonas más remotas de la región. Por eso no hay otro modo de decirlo: surge de la nada. Pero a Samala Hamed le debe de parecer que el fotógrafo y los médicos del centro de desnutrición también surgen de la nada. No importa. Viene a salvar al hijo.
Los afar, algo menos de un millón y medio de personas, caminan por aquí desde hace siglos, sin descanso, después de que el mar se retirase miles de millones de años atrás. Y si los geólogos no se equivocan, este antiguo fondo marino, también una bomba de relojería sísmica y volcánica, volverá a ser cubierto por el océano. Los restos de Lucy, nombre de una canción de los Beatles con la que se bautizó al esqueleto de uno de los primeros homínidos hallado en estas tierras, nos remontan a un tiempo en que esta zona fue un vergel. Se permite, pues, la exageración: aquí empezó todo, y aquí puede que todo termine.
La mayor parte de los que han visitado Afar concluyen que este sería el último lugar donde se hubieran imaginado una vida humana posible. Suelen compararlo al paisaje de la Luna o al de Marte, pero hay un símil aún más recurrente: el infierno.


Bidones con agua. En Afar, las mujeres cargan muchas veces en sus espaldas con bidones de hasta 25 litros de agua. De pronto se vislumbra un pozo y una fuente. En algunos, el agua se cobra.
Y sin embargo, aquí, en este infierno de sal, potasio y azufre, hombres y mujeres se debaten entre el nomadismo tradicional y la sedentarización, entre la escasez de agua y la amenaza de la desnutrición. No hay ningún visitante, incluyendo algunos viajeros célebres que pasaron por sus alrededores, como Rimbaud, cuando dejó la poesía para traficar con armas, o el gran Kapuscinski, que no se hayan hecho la misma pregunta: ¿cómo es posible la vida en estas condiciones? Y además, ¿para qué vivir aquí?
Esa es otra pregunta que probablemente no se hace Samala, ni tampoco los sanitarios que vienen de otras partes de Etiopía con Médicos Sin Fronteras (MSF) y que tratarán al pequeño que sufre desnutrición. Es su primer hijo. Tiene nueve meses, cuenta Salama, mientras lo sostiene en brazos frente a la cámara. El pequeño, enclenque, con la cabeza doblada sobre el codo, duerme profundamente. Es la segunda vez que ingresa en el centro de nutrición terapéutica de Alelu, la localidad más importante del distrito. Salama cree que tras recibir el alta la primera vez, en el camino de vuelta a casa, “el viento le hizo daño y el pequeño enfermó de nuevo”.
Los afar, en camino
Los niños en Afar, nada más nacer, son puestos al camino (una metáfora viva) por esta inmensa región tachonada de rocas incandescentes, donde la tierra se cuece o suda sal. Esta es su “oro blanco”. Solía llevarse a Yibuti a lomos de dromedarios y mulas, y se pagaba a buenos precios. Pero ahora la comercialización en masa, por medio de camiones que viajan por la única carretera posible que une Addis Abeba con Yibuti, entre otros factores, ha hecho que baje el precio.
El afar apenas deja rastro en los lugares donde se asienta. Sus chozas precarias resisten tormentas de arena y temperaturas extremadamente calurosas. Es una pugna constante contra el olvido que impone la naturaleza. Salama también atravesó con su hijo esa nada cubierta por tormentas de arena, enfundados los dos en el vestido oscuro. “Caminé durante ocho horas”, dice. Ha venido sola. Hay otras mujeres que la conocen y la saludan, acercando la palma de su mano a los labios y luego besándole en la cara. Las que no llevan velo, que suelen ser solteras, se hacen en el cabello una filigrana de trenzas. Algunas tienen las paletas afiladas. Se trata de un concepto estético peculiar, pero a pesar de la dureza del clima, de la amenaza de la desnutrición y de las largas caminatas, no hay duda: aquí se le da valor a la belleza como una forma de dignidad.


Las mujeres, claves. Son el motor de la familia. Ellas traen el agua, la leña, cuidan de los animales y de los niños. Si quedan viudas, no pueden trabajar la tierra, complicándose mucho sus vidas.
Muchos hombres afar caminan en fila, como sus dromedarios, por rutas alejadas de las carreteras a Yibuti. Por cada seis camélidos, un hombre. Lo poco que queda de los afar son sus tumbas, hechas de piedras amontonadas en forma circular o cilíndrica. Las que tienen piedras en disposición vertical indican que hubo una muerte violenta. Los cadáveres suelen enterrarse en el mismo lugar donde caen. Eso y los Kaláshnikov que algunos cuelgan de sus hombros, junto a los jilé que llevan en la cintura (una suerte de machete con forma de daga), son las huellas de una violencia antigua, y que está en el aire, no siempre de manera evidente. Todo lo demás se mueve con la cadencia de los dromedarios.
Y todos ellos, hombres y camélidos, con una sola cosa en la cabeza: “el agua”, me dice Juan Carlos Tomasi, el fotógrafo que ha estado acompañando en el mes de julio la intervención nutricional de MSF en la región: “el agua”.
Tomasi y yo hemos viajado juntos muchas veces, y casi siempre a contextos bastante remotos, olvidados salvo por los cuatro locos de las organizaciones humanitarias y algunos periodistas. Cuando estamos en España, quedamos siempre en el London, el viejo bar del Raval de Barcelona donde nos contamos los viajes mutuamente en un par de cervezas. Pero esta vez ha sido distinto. El fotógrafo ha sobrepasado los cincuenta años, es padre de un niño reciente, y aunque ha estado durante las dos últimas décadas en casi todos los conflictos y desastres de la Tierra, esta vez tiene algo inquietante en la mirada. Extraño al menos. Hay viajes que se enquistan en la retina. Su relato se ha prolongado durante más tardes de lo normal en el London. Tomasi le da vueltas a lo que ha retratado con su cámara para tratar de explicárselo, como si fuera una ecuación complicada. Es como si quisiera extirparse algo alojado allí donde no podrían detectarlo los rayos X ni las tomografías.

los visitantes comparan afar con la luna o marte, pero hay un símil más recurrente: el infierno
Es difícil contar su viaje. Él lo hace a través de sus fotos. Es su mirada. Yo intento traducir sus palabras entrecortadas. Verán, es un tartamudo genial que habla con todo (gesticulando con la mirada, los labios, los brazos). Cuando dice que hacía mucho calor, no dice “hacía calor”, sino que abre los brazos como alguien que se ahoga y busca el aire y repite hasta que duele “¡pero mucho calor!”. En esta ocasión acompañó como siempre a los equipos de MSF como parte de un trabajo audiovisual más amplio sobre la desnutrición en diferentes contextos. En Afar, como en otras partes del Cuerno de África y del Sahel, estos meses, entre mayo y octubre, suelen ser críticos, y la desnutrición llega a sus picos más altos. Pero hay algo en Afar que nadie sabe explicar de dónde viene: la fascinación que produce.
La falta de lluvias de los últimos años, y en particular de los últimos meses, se lo han puesto más difícil aún a los afar. De ahí que en el mes de marzo, después de una evaluación realizada por MSF en coordinación con las autoridades locales, se detectó que la desnutrición aguda severa afectaba ya a más del 26% de los menores de cinco años, y también a embarazadas y lactantes.
Modernización y bidones de agua
El Gobierno etíope está en constante alerta ante la amenaza de la desnutrición en sus regiones más complicadas. Conoce la imagen que surge en el subconsciente colectivo de medio mundo cuando se escucha el nombre de Etiopía: las terribles hambrunas de los años setenta y ochenta. Las autoridades no quieren que ello empañe los esfuerzos por desarrollar y modernizar el país. Y esto en Afar no es una tarea sencilla.
Precisamente, para Firehiwot Sintayehu, investigadora del departamento de ciencias políticas y relaciones internacionales de la Universidad de Addis Abeba y buena conocedora de Afar, el primer problema de la región es el impacto que tiene el desarrollo impuesto por las inversiones del sector público y privado (la mayoría, siempre foráneas) en el modo de vivir y la economía tradicional de la población. “Afar es sinónimo de lejanía para el resto de los etíopes, no solo por los cientos de kilómetros que lo separan de la capital, sino culturalmente. La mayoría de los etíopes sabemos muy poco de los afar”, me dice Firehiwot por teléfono desde Addis Abeba. “Se trata de una minoría en un país de 80 millones de personas y más de 70 lenguas y dialectos”.
En el camino, el Gobierno etíope ha instalado tubos de canalización que forman una extraña pieza de este paisaje incomparable. También hay algunos pueblos construidos no hace mucho en zonas remotas, que se agrupan en torno a un centro de salud y una escuela y un surtidor de agua. Aquí todo surge en medio de la nada. Pero esas instalaciones se vacían en tiempos de escasez, porque la vida de los afar se defiende en movimiento y sin mucho equipaje.
Lejos de la única carretera transitable, las señas de la modernidad y el comercio son los bidones de plástico amarillo con los que mujeres y niños (casi nunca hombres) acarrean el agua desde los escasos pozos. Una pequeña de apenas nueve años, muy delgada, vestida con una túnica de algodón de color rojo chillón y estampados verde fluorescentes, sonríe ante la cámara antes de atarse a la espalda con un lienzo roto un recipiente de 25 litros. Luego se va caminando con la espalda doblada. El bidón no tiene tapa y riega por el camino una buena parte del líquido.

Afar es sinónimo de lejanía para el resto de los etíopes. La mayoría sabemos poco de ellos
Los milagros del tratamiento contra la desnutrición
El agua es la ley más fuerte, y quienes escuchan a los ancianos aseguran que su escasez se ha agudizado más en las dos últimas décadas. Las comunidades de la woreda de Teru viven del ganado (cabras y dromedarios) principalmente. Pero en la actualidad, la actividad económica ha decrecido debido a la escasez de animales, básicamente porque no hay suficiente pasto. La falta de agua era tan grave que, durante las primeras visitas de los equipos médicos en el mes de marzo, se observaron con cierta frecuencia cadáveres de dromedarios por todas partes, aunque estos animales pueden aguantar hasta 15 días sin beber, dependiendo de las condiciones físicas y del terreno. Esos cuerpos inertes podían ser indicio de otra cosa: la desnutrición para los niños menores de cinco años y para las mujeres embarazadas y lactantes, que luego se confirmó en la evaluación médica.
En coordinación con las autoridades centrales y regionales, MSF puso en marcha una intervención de emergencia para paliar los estragos de la desnutrición aguda severa y moderada. Según el doctor Jean François Saint-Sauveur, coordinador médico de la misión de MSF-España en Etiopía, se estableció un programa de alimentación terapéutica ambulatoria, incluyendo un centro para ingresar a los pacientes en peor estado o con complicaciones adicionales (como la neumonía severa, entre otras). “Durante los más de tres meses de emergencia, entre abril y julio, hemos tratado a más de 1.600 pacientes por desnutrición aguda y moderada, sumando a niños menores de cinco años y mujeres embarazadas y lactantes”.
La mayoría de los pequeños se han recuperado, y sus familias han seguido recibiendo ayuda alimentaria, según explica Jean François. “Nosotros tenemos otros proyectos en Etiopía, pero en casos de emergencia como estos nos desplazamos ante la alerta dada por las autoridades y tratamos de montar los equipos en tiempo récord”. Estos incluyeron a 50 trabajadores de salud locales, que tras una formación, en tiempo récord también, apoyaron la puesta en marcha del programa nutricional. Su formación servirá para detectar y responder a la desnutrición.


El toro de Etiopía. Su carne es muy apreciada en todo el cuerno de África. Necesitan agua y pasto, dos bienes muy reducidos en Afar.
Los que han visto cómo llegan a los centros de desnutrición niños como el que trae Samala a la espalda y son testigos posteriormente de cómo salen totalmente recuperados de los zarpazos de la muerte más violenta del mundo, la del hambre, suelen utilizar otra expresión que se repite: “esto es lo más parecido a los milagros”.
En los últimos años, el tratamiento de la desnutrición se ha desarrollado considerablemente y la incorporación de los preparados alimenticios, como el Plumpynut, son los que están tras este milagro. Pero hacerlos llegar a quienes los necesitan no es nada parecido a un milagro, sino a un viaje tortuoso. “La falta de agua hace que la población se mueva con más asiduidad, y eso nos obliga a ser más flexibles con equipos sanitarios más dinámicos para llegar a todas las zonas de un distrito de más de 80.000 personas, donde el problema era más agudo”, concluye el coordinador.
“Nadie aguanta más de un mes”
El personal internacional y nacional trabajó por turnos de un mes cada uno. David Noguera y Candela Lanusse son un médico catalán y una enfermera argentina bregados en muchas emergencias en contextos extremos. Ambos afirman que nadie que no sea de Afar “aguanta más de un mes allí”. Y con todo, Jean François no olvidará el rostro de David al volver de Afar hacia Addis Abeba lleno de tierra y quemado por el sol. “El tipo nos dio las gracias por haberle permitido ir a echar una mano en un lugar así. Creyó que su trabajo tenía más sentido allí que en ningún otro lugar ni en ningún otro momento”.
A Candela también se le iluminan los ojos cuando habla de Afar: “La primera vez que llegué, me recibió una de sus famosas tormentas de arena, a las que es imposible resistirse. Solo puedes liarte una pañuelo que cubra enteramente la cara y la cabeza, y esperar. Luego, recoger todo lo que se pueda recoger. Por la noche, si refresca algo, se podría dormir al raso, pero no es aconsejable, pues en cuanto enciendes la luz, aparecen arañas enormes y escorpiones. A veces decíamos en broma que nos íbamos a dejar picar por uno de esos animales para enfermar y así tener la posibilidad de ser evacuados. Eso lo decíamos cuando el calor era imposible”.
Por su parte, David recuerda que en una de las pocas ocasiones que dispusieron de agua suficiente para poder lavarse, aunque al instante la arena volviera a cubrirles, olió algo que le devolvió a otro lugar, como en un sueño. Se trataba de perfume, quizá solo desodorante; en ese instante apareció Candela, reluciente, peinándose y oliendo a fresco. David la miró sorprendido. Aquella visión, aquel olor, no iban a durar mucho. “¿Qué haces?”, le preguntó, “dentro de poco vendrá otra tormenta de arena”. Ella contestó teatral y medio en broma: “Sí, pero deja que me sienta mujer por un minuto”.

Dice un canto de los afar: llevamos el árbol de la dignidad sobre nuestros hombros"
Ni siquiera los más aguerridos de la unidad de emergencias de MSF, a la que pertenece Candela, han podido resistir la prueba de Afar mucho más tiempo. Y a pesar de ello quieren volver. Por supuesto, no porque se detecte un alto índice de desnutrición, sino para reencontrarse con algo que solo allí parece comprenderse. “La experiencia afar es una experiencia extrema”, dice ella. Pero entonces vuelve la pregunta: ¿Qué hace esa población viviendo aquí a pesar de todos los inconvenientes: la falta de agua, el inmenso calor, el ganado escaso, la poca agricultura, el incierto futuro? Una respuesta me la ofrece Firehiwot desde la Universidad de Addis Abeba, y es obvia y demasiado simple: “Esa es su vida, la vida”.
Según la investigadora Firehiwot, el futuro para los afar plantea dos escenarios: uno negativo, en el que las inversiones foráneas impongan su ritmo y sus condiciones y ellos, los afar, se queden sin su medio de vida; y otro algo más optimista, que se basa en un modelo de desarrollo en el que sean partícipes y no solo víctimas o meros espectadores sin saber qué hacer. Pero corresponde a los afar y a sus Gobiernos la tarea de encauzar con sabiduría el cambio de un modelo económico y un modo de vida que puede llevar décadas.
Se estima que la sequía prolongada de esta zona es una de las pruebas más palpables del cambio climático. Dentro de miles de años, aquí vendrá el mar de nuevo. Un poco antes, la vida en la tierra, dicen los expertos, se parecerá mucho a Afar. Si vamos a ser así, gente que se mueve con lo poco que puede llevar encima en busca de agua, merece la pena compartir su experiencia: una enseñanza que en medio de su crudeza señala que a riesgo de todo, hasta en estos extremos, es posible la vida y hasta cierto punto el ritmo de una belleza que surge de la nada para salvar la vida. Hablando de la vida, el hijo de Salama sobrevivirá esta vez.
Un canto afar dice: “A aquellos que codician esta tierra les decimos: nosotros somos sus primeros habitantes. Llevamos el árbol de la dignidad sobre nuestros hombros”. Es posible que aquí estuvieran los primeros hombres, y también que aquí estén los últimos, cuando no quede nada en el resto del planeta. Los niños tratados en los centros de desnutrición de MSF llevan demasiado temprano la marca de los extremos de la vida, sus riesgos e incluso sus increíbles recursos para la supervivencia. Vivir con lo indispensable. El resto tendrá que encontrarse en un camino donde no hay nada, y donde a veces, contra todo imprevisto, surge todo: agua, salud y una sombra.
Se suele comparar a Afar con el infierno. Y a pesar de sus condiciones extremas y sus temperaturas imposibles, a Candela se le iluminan los ojos, David da las gracias, y todos dicen que allí hay algo que emparenta al ser humano con la dignidad. Nadie vuelve del infierno así, con esa mirada entre la fascinación y el desconcierto sin saber explicar lo que ha sentido, como tampoco el fotógrafo que, con el asombro y el cansancio todavía en la cara, se levanta de la mesa: “Tenemos que volver”, me dice. “Ya”.