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domingo, 3 de mayo de 2015

PRENSA. "Ciencia y tecnología para descifrar la historia". José Manuel Sánchez Ron

   En "El País":

Ciencia y tecnología para descifrar la historia

La I Guerra Mundial y sus consecuencias nos enseñan que para comprender el mundo pasado y presente no basta con ser meros usuarios de productos porque eso representa una extraordinaria limitación



NICOLÁS AZNÁREZ

Uno de los hitos culturales del año que acaba de dejarnos fue la celebración del centenario del comienzo de la Primera Guerra Mundial (1914-1918). No fueron pocos los libros y artículos dedicados a analizar los orígenes, desarrollo y consecuencias de aquella terrible contienda. Al repasar mentalmente esos escritos, aquellos, al menos, de los que supe, observo que por encima de sus muy diferentes enfoques y contenidos, algo los unía: poco o nada se decía en la inmensa mayoría de ellos acerca de la ciencia, y eso que sin ella es difícil comprender aquella guerra. Por supuesto, no nos debemos extrañar: por mucho que se diga, independientemente de que ya sea casi un lugar común reconocer el notable papel que la ciencia y su hermana, la tecnología, han desempeñado y desempeñan en la historia de la humanidad, cuando se trata de “la cultura” y de celebraciones culturales, la ciencia o no aparece o es algo así como un comparsa secundario u ocasional. Parece como si aún viviéramos en los tiempos en los que se aceptaba la idea de historia que se resumía en una frase que unos atribuyen a Herbert Baxter Adams (1850-1901) y otros a sir John Seeley (1834-1895), Regius professor de Historia en Cambridge: “la historia es la política del pasado y la política es la historia del presente”. Frente a semejante aseveración, hay que insistir que el gran motor de los cambios que se han producido a lo largo de la historia de la humanidad se halla en los desarrollos científico-tecnológicos.
Esto no implica, evidentemente, que los individuos —los grandes, los Julios César, Mahomas, Cristóbal Colones, Napoleones, Hitleres y demás, pero también los más menesterosos y aparentemente, sólo aparentemente, pasivos sujetos del devenir histórico, como el molinero que revivió Carlo Ginzburg en su memorable El queso y los gusanos (1976)— no deban ocupar un lugar central: al fin y al cabo, todo lo que hacemos, lo hacemos nosotros, las personas; no somos víctimas de fuerzas impersonales que atenazan nuestros destinos. Ahora bien, limitarse a semejante base contextual constituye una miopía, fruto de la ignorancia.

Ningún arma conmocionó tanto a la opinión pública mundial como los gases venenosos
Y sin embargo, esto es lo que, en general, sucede, especial aunque no únicamente en España, cuna y albergue de excelentes historiadores, así como de ensayistas dotados de la capacidad de conmover nuestros espíritus, pero tanto unos como otros habitualmente sólo en lo que se refiere a un escenario parcial, limitado (de los políticos, prefiero no hablar ahora: su ignorancia es desoladora). Se dirá que “una de las tareas del intelectual es entender y ayudar a entender el mundo en el que vivimos”, y que en lo que se refiere a España, objetivo preferente de los análisis de buena parte de nuestros intelectuales-comentaristas-ensayistas, lo que nos ocupa y afecta poco tiene que ver con el conocimiento de las leyes que rigen los fenómenos naturales, el uso que hacemos de ellas y cómo ese uso repercute en nuestras sociedades, y mucho con cuestiones como “corrupción”, “transparencia”, “nacionalismos”, “paro”, “redes sociales” o “corrientes culturales” (entendidas éstas relativas a actividades como la literatura, la pintura, el cine o la música). Y aunque, desgraciadamente, tal argumentación tenga una indudable base, lo que pone en evidencia son las limitaciones de lo que entendemos por “cultura” y, subsidiariamente, por “historia”. Prestar atención a la ciencia y a la tecnología posee, además, otras virtudes: nos obliga a adoptar perspectivas más globales y cosmopolitas, ya que ciencia y tecnología no se pueden entender de otra forma. Y el mundo actual es, más que nunca, eso, global. (A propósito de esto, conviene recordar que el Premio Nacional de Historia, que otorga anualmente el Estado español, únicamente es para obras que versen sobre la Historia de España; libros que estudien episodios correspondientes a la historia de otros países no pueden competir, teniendo, si acaso, que buscar el refugio del Premio Nacional de Ensayo.)
Volviendo al ejemplo de la guerra de 1914-1918, en los estudios que se dedicaron a ella las menciones a la ciencia y a la tecnología se limitaron, en el mejor de los casos, a recordar la “guerra química”; ningún arma conmocionó tanto a la opinión pública mundial entonces como la utilización con fines bélicos de gases venenosos. Todavía, un siglo después, aun habiendo sigo testigos de horrores mucho peores, nos impresiona ese recuerdo, plasmado maravillosamente en el cuadro de John Sargent, Gassed (Imperial War Museum de Londres). Aun así, la guerra química no fue determinante en el resultado de la contienda. Ni siquiera los militares alemanes estuvieron preparados para aprovechar estratégicamente las ventajas de haber sido los primeros en utilizar, el 22 de abril de 1915, en Ypres, aquella arma. Desde el punto de vista de los usos militares de la ciencia y tecnología (y aquí no hay que pensar únicamente en la química, sino también en, por ejemplo, la detección de submarinos, que implicaba a disciplinas como la acústica, hidrodinámica y electrónica), la Primera Guerra Mundial fue, sobre todo, una de “entrenamiento” para los militares, para que éstos y sus gobiernos adquiriesen conciencia del papel central que para su profesión tendrían en el futuro: la Segunda Guerra Mundial ya fue, plenamente, una tecnocientífica (electrónica —radar—, aviación, matemática —descifrado de códigos secretos y análisis de sistemas— y energía nuclear).
Pero una guerra no es sólo armamento y combates. Es preciso, por ejemplo, preguntarse cómo fue posible que en 1913, Alemania —cuya población había crecido de 25 millones en 1800 a 55 millones en 1900— consumiera 200.000 toneladas de nitrógeno al año, de las que 110.000 eran importadas en forma de nitratos naturales procedentes sobre todo de Chile, a los que dejó de tener acceso durante la guerra, mientras que entre mayo de 1921 y abril de 1922, con una extensión geográfica menor que en 1913, utilizase 290.000 toneladas, toda producida dentro de su territorio y empleada la mayor parte para cosechas intensivas. Los vegetales, recordemos, necesitan de grandes cantidades de nitrógeno y que para que un terreno pueda producir cosechas sucesivas, y para que Alemania fuese capaz de continuar alimentando a sus ciudadanos durante la Gran Guerra, tenía que disponer de abonos ricos en nitrógeno, e incapaz de importarlos, no sólo dispuso de ellos sino que aumentó su producción. ¿Cómo? Por la habilidad de sus químicos, y en particular de dos: Fritz Haber y Carl Bosch, que desarrollaron un proceso para producir amoniaco (NH3) utilizando nitrógeno atmosférico (N). En este sentido, para Alemania al menos, la Primera Guerra Mundial sí fue la “guerra de la química”.

No somos víctimas de fuerzas impersonales que atenazan nuestros destinos
En el otro bando, el hecho de estar enfrentados a Alemania, la nación líder en la producción de numerosos productos científico-tecnológicos, obligó a tomar medidas. Al poco del inicio de la guerra, en el Reino Unido, por ejemplo, comenzaron a escasear tintes artificiales, que la industria textil necesitaba, entre otras cosas, para teñir los uniformes de sus soldados; también escaseaban productos farmacéuticos, y otros, como acetona y fenol, necesarios para la fabricación de explosivos. Para evitar esto, finalmente se creó una nueva organización, la Board of Invention and Research, con la que la ciencia y la tecnología pasaban a formar parte del aparato institucional del Estado. Y ejemplos parecidos, públicos o privados, se dieron en Estados Unidos (su industria química —Du Pont en especial— comenzó a convertirse en líder mundial durante la guerra).
La historia, en suma, no se puede reducir, a la política, o a la economía (por citar otro elemento privilegiado en las reconstrucciones históricas) del pasado. Vivir de espaldas a la ciencia y a la tecnología a la hora de intentar comprender el mundo, su historia, limitarse a, como mucho, ser meros usuarios de sus resultados y productos, representa, hoy aún más que ayer, una injustificable limitación. Y si hablamos de Historia, convendría que en las Facultades dedicadas a esta maravillosa y fundamental materia no se olvidase que pobre será la educación que se dé en ellas si la historia de la ciencia y la tecnología no reciben la atención que su papel en el pasado, el presente y el futuro merece.
José Manuel Sánchez Ron es miembro de la Real Academia Española y catedrático de Historia de la Ciencia en la Facultad de Ciencias de la Universidad Autónoma de Madrid.

miércoles, 4 de julio de 2012

PRENSA CULTURAL. "La ciencia toma la ficción y... viceversa", por José Manuel Sánchez Ron

Un fotograma de la película 'La novia de Frankenstein', basada en el personaje de Mary Shelley


   En "El País":
La ciencia toma la ficción y... viceversa
   Para el historiador de la ciencia, puede resultar sorprendente que hasta no hace mucho su objeto de estudio fue protagonista pocas veces en la literatura.
José Manuel Sánchez Ron 3 MAR 2012
 
   La ciencia es conocimiento de la naturaleza, de los fenómenos que se producen en ella y de las leyes que los regulan. Pero para que exista ese conocimiento deben existir seres de carne y hueso que lo produzcan. Y las vidas, relaciones y circunstancias de todo tipo de esas personas constituyen un microcosmos en el que no falta ninguna de las pulsiones sobre las que se construyen y alimentan las obras literarias. Como temática posible, para el universo de la ciencia vale perfectamente aquella caracterización que realizó Aldous Huxley en uno de sus escritos (Literatura y ciencia; 1963): “El mundo al que se refiere la literatura es el mundo en el que los hombres son engendrados, en el que viven y en el que, al fin, mueren; el mundo en el que aman y odian, en el que triunfan o se les humilla, en el que se desesperan o dan vuelos a sus esperanzas; el mundo de las penas y las alegrías, de la locura y el sentido común, de la estupidez, la hipocresía y la sabiduría; el mundo de toda suerte de presión social y de pulsión individual, de la discordia entre la pasión y la razón, del instinto y de las convenciones, del lenguaje común y de los sentimientos y sensaciones para los que no tenemos palabras”. Y ello, aunque también sea cierto lo que añadía a continuación. “Por el contrario, el químico, el físico, el fisiólogo son habitantes de un mundo radicalmente diferente: el de las regularidades cuantificadas”.
   Para el historiador de la ciencia, conocedor de las miles de historias que inundan el objeto de sus estudios; historias salpicadas o impregnadas hasta la médula de todo eso de lo que hablaba Huxley (drama, generosidad, ambición, estupidez, sabiduría, racionalidad, prejuicios…), puede resultar sorprendente observar que hasta no hace mucho la ciencia fue protagonista pocas veces en la creación literaria, y que cuando lo fue se trató mayoritariamente de obras de ciencia ficción (como las de Verne o Wells) o de otras en las que el científico aparece como el prototipo de individuo muy alejado del común de los mortales, como el Frankestein o el moderno Prometeo (1818) de Mary Shelley.
   Pero los tiempos están cambiando. Ya hay hasta científicos que se atreven con la literatura, un hecho prácticamente insólito en otras épocas. Ejemplos notables en este sentido son el astrofísico Alan Lightman, la primera persona en conseguir un puesto conjunto en ciencias y humanidades en el 'Massachusetts Institute of Technology', autor del éxito de ventas Sueños de Einstein (1993), los químicos Carl Djerassi, más conocido por haber desarrollado la píldora anticonceptiva, y Roald Hoffmann, premio Nobel de Química en 1981 (y también poeta), autores de una obra de teatro, Oxígeno, o, entre nosotros, el biólogo molecular Francisco García Olmedo con Notas a Fritz (2004). Y no olvidemos a dos distinguidos astrofísicos ya desaparecidos: Carl Sagan, con su novela Contacto (1985), y, antes Fred Hoyle, que produjo novelas de ciencia ficción tan magníficas como La nube negra (1957).
   Atractivas y meritorias como son obras del tipo de las anteriores, su calidad literaria es, en mi opinión, menor que las de escritores profesionales que se han adentrado en los terrenos de la ciencia. Aunque cada vez son más, me limitaré a citar a dos novelistas: Jorge Volpi, con su En busca de Klingsor y, sobre todo, No será la Tierra, y el prematuramente desaparecido Harry Thompson (1960-2005), autor de Hacia los confines del mundo, en la que uno siente vibrar el alma de Darwin y los que le rodearon en su viaje alrededor del mundo en el Beagle.
   El campo de la ciencia en la literatura está abierto, y crecerá más porque cada vez es más patente e intensa la influencia de la ciencia y la tecnología en nuestras vidas. Y, no lo olvidemos, escribimos sobre lo que nos rodea y afecta más. ¿Qué puede aportar la historia de la ciencia, y los historiadores que se dedican a ella, a esa literatura? Hace menos de un mes, al tomar posesión de la presidencia de la Sociedad de Historia de la Ciencia estadounidense, Lynn Nyhart, especialista en historia de la biología, publicaba un artículo en el que abordaba cuestiones relacionadas con este asunto. “Somos los expertos, los que comprendemos mejor y nos preocupa más todo aquello que rodea a la producción de conocimiento científico”, decía. “Hemos estudiado cómo la ciencia se entrelaza con el nacionalismo, el culto al héroe, hemos teorizado acerca de las ambigüedades morales de la ciencia en una cultura saturada de mensajes sociales y económicos contradictorios. Conocemos la materia. Pero no nos pertenece”. Efectivamente, no nos pertenece. Ni deberíamos desear que nos perteneciese; debería ser un patrimonio social compartido. Lo que sí podemos es intentar aprender a escribir como lo hacen esos novelistas o dramaturgos que parecen haberse apropiado de nuestros trabajos.
   Ya existen algunos historiadores de la ciencia que han mostrado las posibilidades de la profesión. Ken Alder, con La medida de todas las cosas (2002), es uno de ellos. Se trata de un libro ejemplar que al mismo tiempo que desarrolla una trama novelesca, nos enseña historia de la ciencia: la ejecución de uno de los más ambiciosos y nobles proyectos asumidos por la Revolución Francesa: medir, mediante triangulaciones, el arco de meridiano terrestre comprendido entre Dunquerque y Barcelona, para así poder establecer una nueva medida de longitud universal, el metro. Y otros, que han estudiado bien esa historia, han hecho buen uso de ella: el caso de Dava Sobel y su Longitud (1995), que fue un éxito mundial de ventas.
   También, como señaló Nyhart, podríamos animar a nuestros estudiantes de historia de la ciencia a convertirse en, por ejemplo, novelistas, dramaturgos o guionistas de cine. Constituiría un buen servicio a la sociedad. Hay una lección que parece no hemos aprendido demasiado bien, especialmente en nuestro país: no todos aquellos que realizan una tesis doctoral en disciplinas del tipo de, digamos, la física teórica, la biología molecular, la filosofía moral, la historia medieval, la filología o la historia de la ciencia tienen por qué dedicarse a investigar en ella. De hecho, es imposible que todos lo consigan. Pero sí que pueden intentar aplicar sus habilidades en otros campos, aunque parezca que la relación es remota. Puede que no lo sea, o que lo que es remoto lo conviertan en cercano. El mundo, recordemos, no conoce fronteras, es interdisciplinar. Las fronteras las ponemos nosotros.
 
   José Manuel Sánchez Ron es catedrático de Historia de la Ciencia en la Universidad Autónoma de Madrid.

sábado, 24 de septiembre de 2011

PRENSA. "Laicismo y búsqueda de la verdad", por José Manuel Sánchez Ron

José Manuel Sánchez Ron

   En "El País":
Laicismo y búsqueda de la verdad

   La visita de Benedicto XVI a Madrid volvió a poner de manifiesto los conflictos de la Iglesia católica con la ciencia y con el Estado. Su insistencia en combatir el laicismo suena a lucha por el poder.

JOSÉ MANUEL SÁNCHEZ RON 23/09/2011

   Aunque el tiempo, que tantas cosas borra, vaya pasando, no es conveniente dejar de reflexionar sobre la Jornada Mundial de la Juventud que tuvo lugar en Madrid el pasado mes de agosto. El que cientos de miles de jóvenes se reuniesen respondiendo a una llamada institucional constituye un acontecimiento que se debe analizar.
   No es mi intención en este artículo tratar de cuestiones tan antiguas como la propia historia de la humanidad. Cuestiones como el significado de reuniones multitudinarias. Acontecimientos similares han sido frecuentes en el pasado, bajo banderas o ideologías muy diferentes, y no hace falta ser un experto en la naturaleza de la condición humana para saber lo atractivo que es para muchos formar parte de un grupo, cuanto más numeroso mejor; afirmarse en una serie de ideas no a través del análisis y la reflexión individual, sino de la experiencia y emociones que proporcionan el sentir que otros creen lo mismo.
   Tampoco merece la pena resaltar las razones vaticanas para elegir, de nuevo, España, país al que se considera clave en la lucha contra el laicismo. Como tantas otras veces, las actuaciones del Vaticano no son ajenas a motivaciones de índole geopolítica. Igualmente trivial es comprender que si alguien desea ganar el futuro, hará bien en tratar de influir en la juventud.
   De lo que sí quiero tratar es de algunas de las proclamas de que fueron testigos esos jóvenes en Madrid y que los medios de comunicación publicitaron urbi et orbi, cabría muy propiamente decir (de manera particularmente generosa en España).
   Una de tales proclamas, manifestada de manera implícita o explícita, que ha acompañado siempre a la religión católica (también, por supuesto, a otras confesiones), es la de que el mejor camino hacia la Verdad, el único, de hecho, cuando se trata de la Gran Verdad -la explicación de Todo, incluida la razón y sentido de la vida- es a través de la Revelación, transmitida a través de, en este caso, la Biblia, cuya custodia e interpretación tiene como máximo responsable al Papa de Roma, al que se le supone -al menos a partir de un cierto momento de la historia del catolicismo- infalibilidad.
   "Hay muchos que, creyéndose dioses", manifestó Benedicto XVI en Madrid, "piensan no tener necesidad de más raíces ni cimientos que ellos mismos. Desearían decidir por sí solos qué es verdad o no, lo que es bueno o es malo, lo justo o lo injusto".
   Son muchas, y muy diferentes, en un auténtico totum revolutum, las cuestiones que se tratan en la cita anterior. No hay que confundir la búsqueda de la verdad con decidir qué es bueno o malo, justo o injusto. La verdad es independiente de nuestros deseos o intereses; la bondad, la maldad y la justicia, no. Si se trata de decidir lo que es verdad o no, el único procedimiento contrastado es el de la ciencia. De ahí que sea legítimo entender que cuando Joseph Ratzinger hablaba de "aquellos que creyéndose dioses", se refería a los científicos. Una interpretación que se ve favorecida por otra de sus manifestaciones, en la que criticaba una "educación utilitarista que solo busca profesionales eficaces", poniendo como ejemplos desde "los abusos de una ciencia sin límites" hasta el "totalitarismo político" (resulta curioso que hablen de totalitarismo aquellos que pretenden imponer sus creencias al conjunto de la sociedad, participe esta o no de tales creencias).
   La ciencia, habría que recordar, no puede tener límites, porque su objeto es la naturaleza y esta es lo que es, y no podemos mutilar una parte pensando que el resto es independiente. El mundo es una unidad y las ciencias que lo estudian constituyen un sistema interdependiente, interdisciplinar. Otra cosa es, por supuesto, lo que se pueda hacer con los conocimientos extraídos de la investigación científica, o el que para obtener tales conocimientos hubiese que emplear procedimientos que una sociedad democrática quiera rechazar. La ciencia, que de tantos mitos nos ha librado, no se debe convertir ella misma en un nuevo Dios que nos dicte sus normas. Ni los científicos en nuevos sacerdotes, transmisores de un saber impersonal.
   En el anterior punto entramos en el que acaso sea nudo gordiano de todo el asunto. Si hay límites, deben ser los que imponga una sociedad democrática, no los supuestos intérpretes de unas "verdades divinas" que jamás han pasado la prueba de la comprobación y la predicción. Sin capacidad de predecir no podemos distinguir entre lo falso y lo cierto.
   No es difícil comprender el origen de las religiones, la necesidad psicológica de creer en un destino más allá de la muerte, en no perder para siempre a nuestros seres amados. Sin embargo, y aunque sea duro de aceptar, es evidente que no existe ningún motivo para que exista aquello que postulamos para satisfacer una inquietud emocional. Ni que para explicar el origen de algo sea aceptable postular un ente, un Dios, cuyo origen tampoco se puede explicar.
   "Creo", escribió Bertrand Russell en 1925, "que cuando muera me pudriré, y nada de mi yo sobrevivirá. No soy joven y amo la vida. Pero despreciaría temblar de terror por el pensamiento de la aniquilación. Sin embargo, la felicidad no es menos verdadera porque pueda venir y marcharse, ni el pensamiento y el amor pierden su valor porque no sean eternos. Incluso aunque al principio las ventanas abiertas de la ciencia nos hagan estremecer de frío en el calor de los mitos humanos tradicionales, al final el aire fresco nos da vigor, y los grandes espacios son esplendorosos por derecho propio".
   La ciencia, efectivamente, nos da si no vigor sí certidumbres y desde luego dignidad. Y ello independientemente de que sus resultados de hoy no sean seguros, pudiendo ser modificados mañana; independientemente de que podamos pensar que nunca será capaz de responder a la pregunta de "¿Por qué existe el mundo y las leyes que lo rigen?". Siguiendo los procedimientos científicos, seremos capaces de encontrar esas leyes, de desvelar, sin recurrir a ningún Dios, los caminos que siguió la energía primordial para convertirse en los seres que pueblan la Tierra, pero no de responder a esa vital pregunta, de la que se nutren, comprensible pero falazmente, las religiones. Parientes como somos, aunque lejanos, de seres como la humilde lombriz de tierra (nos lo enseñó Darwin) reconozcamos nuestras limitaciones.
   En Madrid, Joseph Ratzinger también dijo que "sin Dios" sería arduo afrontar los muchos desafíos que plantea el mundo actual y "ser verdaderamente felices". Consistente con esta idea es la campaña en la que está empeñada desde hace tiempo la Iglesia católica para combatir el laicismo, al que ven como un gran mal. Pero el laicismo no es sino "la doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad, y más particularmente del Estado, respecto de cualquier organización o confesión religiosa". ¿Por qué esto es repudiable? ¿Piensa Ratzinger, y el cardenal Rouco, que ellos tienen el monopolio de virtudes como la solidaridad, la compasión o el ansia de justicia? Espero que no, porque ofendería a quien escribe estas líneas, que aun llamándome a mí mismo, con orgullo, laico, comparte algunos de los valores morales históricos que honran la confesión católica. Su insistencia en combatir el laicismo suena a mera lucha por el poder.
   Aplicar la ciencia al bienestar humano implica sin duda incertidumbres. Puede, por ejemplo, llevarnos a introducir procedimientos eugenésicos, que yo, como Ratzinger, repudio, pero también a suministrar la información para que una persona decida si desea una muerte digna, posibilidad que yo defiendo. En los convulsos océanos de la biomedicina moran intervenciones rechazables en nuestros códigos genéticos al lado de mecanismos de ingeniería genética que acaso pronto -ya están comenzando a hacerlo- ofrezcan no ya un futuro mejor, sino simplemente un futuro a, por ejemplo, los llamados niños burbuja.
   Por eso mi consejo a esos jóvenes que con tanto entusiasmo y atención escucharon al Papa en Madrid es que no olviden evaluar todo tipo de respuestas y tradiciones recibidas, incluso aquellas que les ofrezcan seguridades aparentes, el calor de un hogar en el que "siempre se encuentra refugio". Que recuerden aquello que Sócrates dijo a los atenienses que le condenaron a muerte, y que Platón legó a la posteridad en su Apología de Sócrates: "Una vida sin examen no es una vida digna para el hombre".

   José Manuel Sánchez Ron es miembro de la Real Academia Española de la Lengua y catedrático de Historia de la Ciencia en la Universidad Autónoma de Madrid.

sábado, 13 de noviembre de 2010

PRENSA. "El valor del fracaso digno", de José Manuel Sánchez Ron

José Manuel Sánchez Ron
En "El País":

Poner los fines por encima de los medios es una perversión que puede destruir una sociedad. El éxito en una empresa no es siempre lo único que se recuerda. Lo que importa son los que se esfuerzan, aunque fracasasen.

JOSÉ MANUEL SÁNCHEZ RON, miembro de la Real Academia Española y catedrático de Historia de la Ciencia en la Universidad Autónoma de Madrid.

Fragmentos del artículo:

(...) cuando el discurso ciego a cualquier tipo de contrastación es la pauta general, pienso en el legado que vamos a dejar a los que vienen, por edad, detrás de nosotros. ¿Qué ejemplo les estamos dando para convencerles de que deben ser fieles a la argumentación lógica y a la transparencia, a la capacidad de escuchar a "los otros"? ¿Cómo voy a decirle yo a mis alumnos, cosas del estilo de "defender vuestras ideas y actos racional y argumentativamente? No olvidar someter vuestras opiniones al juicio de los hechos. Podéis estar equivocados, y lo estaréis más de una vez", si me pueden decir, "¿qué me dice usted, es que no ve lo que sucede ahí fuera, en la vida real?".
(...)
La modernidad que los ilustrados del siglo XVII defendieron rechazaba la idea de que el fin justifica los medios, manteniendo firmemente que los medios tienen primacía sobre los fines. Para ellos la obediencia a las leyes (leyes justas), proceder metódicamente de acuerdo a un método adecuado y transparente, era prioritario. Como insistió, por ejemplo, John Rawls en Teoría de la justicia (1971), la justicia es en última instancia seguir fielmente un procedimiento correcto, en, naturalmente, un sistema político y judicial democrático y no viciado. Por esto, la ciencia -en la que los fines se subordinan rigurosamente a los medios, a los procedimientos- fue el modelo más admirado en la modernidad, el ejemplo que debían imitar otras empresas sociales y culturales.
La posmodernidad ha cambiado esto. En ella, los medios se subordinan a los fines. Parece como si la fe en los medios, en el método, en los procedimientos, hubiese desaparecido.
(...)
No importa dar la espalda a la racionalidad discursiva, no enfrentarse a las preguntas inconvenientes, dar la vuelta a los argumentos que ayer se utilizaban. Resistir es la norma. Resistir sea como sea, sin necesidad de mantener alguna coherencia interna. Los fines son el bien supremo, los medios un instrumento maleable y dúctil. Hay que vencer. Solo el ganador es valorado y recordado. El fin justifica los medios. Si hay que hacer trampas se hacen, y, naturalmente, se niega que se hacen (me viene aquí a la mente, todos esos futbolistas -y son, por desgracia, un modelo importante para la sociedad- a los que se ve levantar las manos y poner un gesto de inocencia, como si no hubiesen hecho nada malo, que sí lo han hecho, como se ve las más de las veces cuando se repite la jugada a cámara lenta).
No hay que esforzarse mucho en argumentar que poner los fines por encima de los medios constituye una perversión que puede destruir una sociedad. Tal vez sí que haya que detenerse más en señalar que el éxito en una empresa no es siempre lo único que se recuerda.

Leer el artículo completo.