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miércoles, 22 de junio de 2016

TEATRO. MÚSICA. SHAKESPEARE. "Tempestades de música". Javier Montes

   En "revistamercurio":


Tempestades de música

JAVIER MONTES  |  MERCURIO 179 · TEMAS - MARZO 2016

El ambiguo final de la última de las obras de Shakespeare remata la larga relación del autor con la música, con un emblema: la mascarada que concibe Próspero, su melancólico ‘alter ego’
© Óscar Astromujoff
© ÓSCAR ASTROMUJOFF
ELa tempestad, la obra final de Shakespeare y la más melódica (en todos los sentidos), Ariel, espíritu del aire, encarna la música pura. Que sin embargo puede usarse para fines impuros. Cuando canta la célebre “Full Fathom Five”, lo hacer para engañar a Fernando y convencerlo de la muerte de su padre en el naufragio que desencadena la trama.
A cinco brazas yace tu padre, / coral se tornaron sus huesos. / Mira las perlas que fueron sus ojos: / nada suyo se desvanece, / cambia bajo el mar y se convierte / en tesoro de riqueza extraña…
En su brillante ensayo sobre la obra, El mar y el espejo, Auden dijo que el efecto de la canción era “directo, positivo y mágico”. La música de Ariel no sólo ilustraba un estado de ánimo previo; lo transformaba: “Gracias a la música Fernando es capaz de aceptar el pasado, simbolizado por su padre, como pasado”. Todos estos efectos dependerán del talento de Ariel como cantante,porque mediante su voz expresa que es más que un humano, más que un personaje y que un músico: Ariel es la música.
Pero la canción miente: Alonso no ha muerto, y todo es parte —como bien sabe el público— de los tejemanejes de Próspero para casar a Fernando con su hija Miranda. Esto hará reflexionar al espectador, dividido entre la belleza de la música (y la tentación de dejarse arrastrar por ella, como el propio Fernando) y la incómoda conciencia de ser víctima de una manipulación. La condición ambigua y peligrosa de la música para Shakespeare queda establecida ya en la propia letra.
A su vez, el final de la obra remata la larga relación de Shakespeare con la música, con un emblema: la mascarada que concibe Próspero, su melancólico alter ego, para consagrar los esponsales de Fernando y Miranda. Es su acto supremo de magia. Y está construida para progresar hacia un clímax musical que es también el de la pieza. Pero el apogeo de danzas y cantos fantasmales se disuelve, frustrante, antes de ser consumado (“en extraño estruendo confuso”). Próspero nos recuerda que los intérpretes de la mascarada “eran espíritus / y se disolvieron en el aire”. Y compara su “mascarada insustancial” (y consecuentemente la mascarada mayor que es la pieza misma y que contiene a su vez el breve momento de teatro dentro del teatro) con “el gran globo mismo, que se disolverá un día”. Es un recuerdo de las limitaciones de su magia —su música— y conciencia de su inutilidad final.
En el discurso de despedida de Próspero, que se enfrenta a su futuro lejos de la isla, muchos críticos han visto al propio dramaturgo ‘poseyendo’ a su personaje y usándolo para decir adiós: adiós a Ariel, y con él a la música, y a la magiaY resulta justo que Where the Bee Sucks, la última canción de Ariel —la última de la última obra de Shakespeare— abunde en ese sentido y señale su despedida.
Donde liba la abeja, allí libaré. / En el cáliz de la prímula dormiré, / allá tendido cuando ululen los búhos. / Volaré sobre el murciélago / alegre en pos del verano. / Alegre, alegre he de vivir / bajo las ramas floridas.
En justicia, Ariel se despide antes de tiempo: aún no ha cumplido su última misión para su amo, todavía no ha terminado la pieza, ni acabado Próspero con sus enemigos. Durante el positivista siglo XIX, los montajes de La tempestad desplazaron esta canción para situarla al final, como postizo remate optimista. Pero justo lo interesante es que sólo entonces, liberado por Próspero, Ariel deja de cantar para algo: ya no usa la música para modificar conductas o emociones. Por primera vez, en su última canción Ariel canta sobre sí mismo.
El final de La tempestad es ambiguo: no todos los malvados se arrepienten, Próspero se enfrenta melancólico a su futuro lejos de la isla mágica. Y separado de Ariel, que recupera su libertad y hace mutis con una indiferencia y casi un exceso de alegría muy elocuentes como respuesta a la bendición de despedida de Próspero —un discurso en el que muchos críticos han visto al propio dramaturgo poseyendo a su personaje y usándolo para decir adiós: adiós a Ariel, y con él a la música, y a la magia.
Y ahora, valiente espíritu / para ti siglos de audacia y música…
Javier Montes ha publicado el ensayo Shakespeare y la música (Glossa/Círculo de Lectores) y las traducciones de Coriolano (Alba), El rey Lear y Cimbelino (Gredos). Las versiones incluidas en el texto son suyas.

lunes, 30 de mayo de 2016

LITERATURA. "Shakespeare se la juega". Marcos Ordóñez

   En "El País":

Shakespeare se la juega

Greenblatt ha publicado un interesante libro sobre la opacidad en sus personajes

Shakespeare se la juega
Hay una idea muy interesante en El espejo de un hombre. Vida, obra y época de Shakespeare, que acabo de leer: lo que Stephen Greenblatt llama “opacidad estratégica”. Según el libro, algo en la escritura del mago cambia a partir de Hamlet. Como si en las tres grandes tragedias que siguen (Otelo, El rey Lear y Macbeth) hubiera decidido dejar de lado la causalidad, las explicaciones, los finales consoladores. ¿Por qué cree Greenblatt que era una estrategia? Por un lado, señala que su visión del mundo se ensombreció al correr del tiempo; por otro, debía de ser muy consciente de los riesgos de perder a su público. Hay una gran distancia compositiva entre dos villanos como Aaron en Tito Andrónico y Yago en Otelo. Yago siembra la desgracia a su alrededor, pero Shakespeare se niega a dar una explicación de su comportamiento. Su frase final es mucho más perturbadora que una confesión. “Lo que sabéis, sabéis: a partir de este momento no diré nada”. ¡Opacidad químicamente pura! En Cuento de invierno, cuando aborda de nuevo los celos, prescinde de un tentador como Yago: Leontes enloquece de un día para otro, sin motivo. Shakespeare ya había mostrado (en Sueño de una noche de verano o Romeo y Julieta) que el amor fulmina de un modo inexplicable. ¿Por qué otras pasiones iban a ser distintas? ¿Y quién dijo que la vida tenía sentido?
Riesgos de su nueva visión: obvios y muchos. Para contentar a su audiencia, El rey Lear podía haber acabado con la victoria de Cordelia, como se hizo en muchas adaptaciones posteriores, pero el mago opta por matar a la paloma: una muerte salvajemente azarosa, una apoteosis de la nada que ha cercado al rey desde el principio. Lear aúlla de dolor con su hija en brazos y pronuncia las palabras más dolorosas que Shakespeare escribió nunca: sabía lo que era perder a un hijo.


Aunque para riesgos, Macbeth. A Jacobo I, el nuevo rey, le va el teatro, le va la compañía de Shakespeare y le van las brujas (ha escrito incluso el tratado Demonología) pero, problema, tiene más miedo que nutria en peletería: Greenblatt cuenta que “la simple visión de una espada desenvainada podía hacer que de repente fuera presa del pánico”. Y Shakespeare le casca Macbeth. Donde su dinastía escocesa queda reivindicada y reestablecida, pero el mal y el terror campan. Como si le estuviera diciendo al rey: “Soy un artista, amigo. Si quieres brujas, tendrás brujas en serio”. Y un cuchillo flotante incluido. Vale, ahí se pasó un poco. ¿Y opacidad estratégica? También: “Hay un gran hueco en la mente de Macbeth”, señala Greenblatt. No es solo la ambición lo que le mueve. Ese hueco, esa “alma llena de alacranes”, es tan oscuro como irracional. Lo que verdaderamente empuja a Macbeth no tiene respuesta, y el mago se libra muy mucho de darla. Su teatro, concluye el biógrafo, acabará siendo “el espacio equívoco en el que se desmoronan las explicaciones convencionales”. Y quizás podamos acabar pensando algo parecido acerca de los misterios que rodearon la vida de Shakespeare, cubierta a la postre por una opacidad semejante, y quizás estratégica.

martes, 10 de mayo de 2016

TEATRO. "¿Otra vez Shakespeare?"

   En "jotdown":

¿Otra vez Shakespeare?

Publicado por 
El retrato de Chandos, el más verosímil de William Shakespeare según los expertos. Atribuido a John Taylor. (DP)
El retrato de Chandos, el más verosímil de William Shakespeare según los expertos. Atribuido a John Taylor. (DP)
Otra vez, sí. Porque estamos en el año del cuarto centenario de William Shakespeare y, aunque pocos lo lean de verdad, y menos de entre estos confiesen que no les parece para tanto porque estaría feo reconocerlo; y aunque muchos se apunten a las pesquisas recurrentes sobre quién fue el verdadero autor de las obras, y otros tantos, con extraña familiaridad, busquen afinidades entre el viejo Will y «loqueseacontaldedeciralgonuevo» (léase: Shakespeare y las series de televisión, Shakespeare y la publicidad, Shakespeare y la guerra o el pacifismo, etc.), si algo hace que merezca la pena seguir teniéndolo en cuenta es, para bien o para mal, lo mismo de siempre: su lenguaje. La fuerza expresiva de unos fragmentos que abarcan todos los estados de ánimo posibles, todos los registros de la lengua, todas las situaciones posibles de una época concreta, sí, pero no tan lejana a la nuestra si tenemos en cuenta que estamos en este mundo desde hace nada más que un rato, y que tales fragmentos en muchos casos han pasado a ser moneda corriente de nuestra propia manera de enfrentarnos, en el siglo XXI como en el XVI, a los mismos dilemas de siempre: ser o no ser…
Por eso, la intención de esta aportación (otra más, sí) a la efeméride, no es decir nada que no se haya dicho ya mil veces, sino simplemente compartir con el lector algunos de los pasajes de comedias que más resonancias han dejado en quien escribe estas líneas después de traducirlos, con la esperanza, quizá desmesurada, de que también prendan en este y lo dejen irremediablemente infectado de un virus que dure más allá de centenarios.
El primero de los extractos es el famoso discurso de Porcia sobre la compasión en el Acto IV, escena I, de El mercader de Venecia. Disfrazada de abogado y actuando como tal, la protagonista femenina de la obra preside el juicio en el que Shylock reclama la libra de carne próxima al corazón que, bajo contrato, el mercader Antonio se había comprometido a pagar si no podía responder a los intereses del préstamo que el primero le había concedido. Se trata de un ejemplo, tipificado desde la lingüística, de actos de habla declarativos o institucionales, esto es, los que tienen repercusiones efectivas en la vida de quienes los reciben (del tipo: «yo os declaro marido y mujer», o «el acusado es condenado a dos años de cárcel»). Ello a pesar de que los espectadores de la obra saben que todo es una farsa, puesto que Porcia no es abogado, y en el clima de una Venecia racista que, inmersa en un naciente mercantilismo, «tolera» a los judíos porque necesita de sus préstamos, pero no los considera parte de su comunidad.
El argumento con el que Porcia pide clemencia a Shylock para Antonio es el siguiente:
De clemencia la cualidad no se impone,
cae del cielo como la suave lluvia
sobre la tierra. Es dos veces bendita:
bendice a quien la otorga y la recibe.
Más poder tiene en el poder, le sienta
al monarca en el trono mejor que la corona.
Del poder temporal muestra la fuerza el cetro,
de respeto y majestad atributo,
donde anida, de reyes, reverencia y temor;
mas se eleva clemencia sobre cetro.
En el real corazón halla su trono,
del mismísimo Dios es atributo,
de ahí que el poder terreno se asemeje al divino
si añade compasión a la justicia. Así, judío,
aunque pidas justicia, considera
que ninguno de nosotros, si esta sigue su curso,
será salvado. Por clemencia rezamos,
y la propia oración a imitar nos enseña
actos de clemencia.
La ironía dramática consistente en que los espectadores conozcan la verdadera identidad de Porcia, o la que se deriva de que sus argumentos estén plagados de reminiscencias del Antiguo Testamento (concretamente, el Eclesiástico y los Salmos) esgrimidas por un cristiano ante un judío, no resta vigencia al argumento: la justicia acompañada de clemencia es siempre mejor, y engrandece a quien tiene el poder de administrarla. A partir de ahí, podemos discutir sobre si en las obras de Shakespeare el perdón y la compasión son otorgados con demasiada ligereza o no, o si sus efectos convienen antes al desenlace de la acción que a la coherencia de la historia. Pero las palabras de este extracto, en sí mismas, transmiten esa elocuencia que persuade y embelesa con el ritmo y el sonido además de con las palabras, al tiempo que obliga a todos los que la reciben a examinar los privilegios desde los que, a menudo con excesiva rapidez, los seres humanos nos juzgamos los unos a los otros.
Ilustración para el mercader de Venecia, por Sir John Gilbert. (DP)
Ilustración para El mercader de Venecia, por Sir John Gilbert. (DP)
Y es que ese es el poder mágico del lenguaje, que por una serie de circunstancias (talento individual, desarrollo óptimo de la lengua vernácula en la Inglaterra isabelina, florecimiento del teatro como espectáculo de masas) parece haberse encarnado en la obra de aquel súbdito de la reina Isabel I de quien tan poco sabemos en realidad. Si echamos un vistazo a los anales de la historia del lenguaje, advertimos que en la Inglaterra isabelina conviven distintas concepciones del lenguaje respecto a la relación que este establece entre las palabras (significados) y las cosas (significantes), esto es, entre sí mismo y la realidad nombrada. Por un lado, pervive la creencia medieval, en esencia platónica, aunque tamizada por el cristianismo, de que el lenguaje es reflejo de lo divino, y que por tanto la relación entre las palabras y las cosas es motivada e inalterable (nomina sint numina). Por otro lado, el humanismo, con su credo secular, niega el origen divino del lenguaje y lo considera una creación del hombre. La relación entre palabras y cosas, en este caso, se concibe como completamente arbitraria, susceptible de experimentar cambios, y sometida al consenso de los hablantes. El siglo XVII, que comparte con el Renacimiento la creencia en la arbitrariedad de dicha relación, introduce tintes de escepticismo: si no existe una palabra única e insustituible para nombrar cada cosa, entonces el lenguaje no sirve para comunicar, sino más bien para confundir. Es un instrumento de engaño y manipulación.
Shakespeare no se decanta con rotundidad en sus obras por ninguna de estas tres actitudes hacia el lenguaje, sino que las usa a conveniencia. Explora las posibilidades cómicas que le ofrecen aquellos personajes con una fe ciega en los significantes, así como las confusiones provocadas por la polisemia combinada con efectos fonéticos, para regocijo del público, y siguiendo la tendencia de la época. Pero también explora el lado oscuro de los personajes que manipulan el lenguaje con fines perversos, escenificando así los peligros que entraña la arbitrariedad del signo lingüístico cuando no se reconoce como tal (el caso más famoso, sin duda, es el de Otelo, aferrado a la apariencia engañosa del lenguaje, incapaz de ver el fondo de las insinuaciones de Yago). Más allá de estas consideraciones, la actitud predominante en las comedias es la exploración continua del lenguaje al servicio de la trama: su extraordinaria moldeabilidad, la profusión de estilos, registros o dialectos utilizados, el reflejo fiel de múltiples estados de ánimo, los experimentos que llevan la expresión al límite de sus posibilidades, y la explotación de los poderes cuasimágicos de la palabra al servicio de la imaginación del hombre, que es capaz de crear todos los mundos reales y fantásticos casi con su única y exclusiva ayuda.
Uno de los pasajes más evocadores de mundos convocados por la mera magia de la palabra nos lo ofrecen, sin duda, los reyes de las hadas, Oberón y Titania, en el Acto II, escena I, de El sueño de una noche de verano. Lo que en principio suena a una pelea más en una pareja mal avenida («¡Bajo luna mal hallada, altiva Titania!» / «¿Qué, el celoso Oberón? Salgamos hadas. / Su lecho y compañía he repudiado»), termina siendo una reflexión por parte de Titania en la que, casi a modo protoecologista, la naturaleza se convierte en reflejo de la desavenencia real:
Esos son los embustes de los celos:
y nunca desde que empezó el solsticio
a cerro, valle, bosque o prado acudimos,
manantial empedrado o arroyo entre el juncar,
o la orilla arenosa de la playa
donde al silbo del viento en círculo bailamos,
sin que tu estridente danza nuestro placer perturbara.
Así los vientos, soplándonos en vano,
en venganza del mar han absorbido
pestilentes nieblas que, al caer a tierra,
tan ufanos han vuelto a los míseros ríos
que estos han inundado sus orillas.
Así el buey se ha ceñido el yugo en vano,
malgastado el sudor el labrador, y el trigo verde
se ha podrido antes de madurar.
Desierto está el aprisco en el campo anegado,
y se ceban los cuervos con el ganado enfermo;
la plaza de los juegos está llena de lodo
y ya no se distinguen entre las malas hierbas
intrincados laberintos sin pisar.
Del invierno el alborozo el mortal humano añora;
no bendicen ya sus noches villancicos ni cánticos.
Así la luna, reina de mareas,
de ira pálida, lava el aire todo,
y consigue que abunden los catarros;
y en esta destemplanza vemos como
las estaciones mudan; la carnosa escarcha
cubre el tierno regazo de la rosa carmesí,
y en la corona helada y frágil del viejo Invierno
fragante guirnalda de tiernos brotes estivales
con sorna se asienta. Primavera, verano,
fértil otoño e invierno airado trocan
sus ropajes de costumbre, y el perplejo mundo
ya no sabe, en su exceso, quién es quién.
Y esta misma progenie de males
de nuestra disputa y nuestra disensión procede.
Sus padres y su modelo somos.
No es de extrañar que la larga réplica de Titania a Oberón, inmersa en una atmósfera que parte de la ficción en sí (recordemos que el elemento fundamental de la obra es el sueño), sea probablemente uno de los más vívidos de todo el teatro shakesperiano, puesto que en lugar de reflejar lo ya existente, crea un mundo por el mero acto de nombrar las cosas de acuerdo con distintas reglas. En realidad, representa una tradición antigua, revivida en el Renacimiento a partir de las Metamorfosis de Ovidio: la de la cualidad órfica del lenguaje (Orfeo crea a su paso la naturaleza a medida que la invoca con su música), que explica la simbiosis entre este y el mundo natural. Por un lado, pareciera que el lenguaje pudiera volver al origen de su concepción, al nomina sint numina. Por otro, es precisamente la separación entre las palabras y las cosas, o la realidad y el lenguaje, lo que permite que este último se vuelva autorreferencial, es decir, que cree su propia realidad, lo mismo que ocurre con la pintura a partir de la abstracción.
Grabado de una pintura de Henry Fuseli para El sueño de una noche de verano. (DP)
Grabado de una pintura de Henry Fuseli para El sueño de una noche de verano. (DP)
Al lenguaje de Titania en El sueño de una noche de verano se le ha llamado también lingua adamica. Su uso en la escena, «que implica en primer lugar la creación de la escena natural en sí y en segundo lugar la autodefinición de un lenguaje inocente y no mediatizado que lo expresa», constituye, en palabras del crítico Keir Elam, «uno de los hallazgos estilísticos más notables del canon cómico».
A veces, sin embargo, un exceso de ese lenguaje vinculado al mundo natural (1), por ejemplo cuando aparece asociado a la literatura pastoril en Como gustéis, es corregido por la elocuencia y el desparpajo en prosa de algún personaje para quien los pastores enamorados y los caballeros clavando sonetos en la corteza de los árboles por el bosque de Arden se han vuelto demasiado empalagosos. Así ocurre con Rosalind, la joven vestida de Ganimedes que, otra vez tomando a Ovidio como referente, le da al joven Orlando una auténtica clase del Ars Amandi en el Acto IV, escena I de la obra, para que se deje de convencionalismos literarios y viva su amor de verdad:
ROSALIND: ¿No soy vuestra Rosalind?
ORLANDO: Me complace afirmar que lo sois, porque así estaré hablando con ella.
ROSALIND: Pues en su nombre os digo que no os quiero.
ORLANDO: Entonces, en mi nombre digo que moriré.
ROSALIND: No, Dios mío, morid por poderes. El pobre mundo tiene ya casi seis mil años, y en todo este tiempo no ha existido ningún hombre que muriese en su nombre, esto es, por asuntos de amor. A Troilo le aplastaron los sesos con un garrote griego, y mira que hizo cuanto pudo por morir antes, siendo uno de los paradigmas del amor. En cuanto a Leandro, habría vivido muchos años felices aunque Hero se hubiese metido a monja, de no ser por una calurosa noche de verano; al pobre muchacho, que sólo fue a bañarse al Helesponto, le dio un calambre y se ahogó, y los necios cronistas de su tiempo le echaron la culpa a Hero de Sestos. Pero todo eso son embustes: en todas las épocas han muerto los hombres y han sido pasto de los gusanos, pero no por amor.
Al igual que en El mercader de Venecia, el público sabe lo que Orlando desconoce, esto es, que quien va vestida de hombre para intentar curar al ingenuo joven de su amor por Rosalind es, de hecho, la propia Rosalind. Pero además, si tenemos en cuenta que en la época isabelina los papeles femeninos eran desempeñados por muchachos, el equívoco visual y sexual está servido. Las heroínas de comedias vestidas de hombres (a su vez, como hemos dicho, representadas por jovencitos), vendrían a tener el aspecto evocado por un personaje de Noche de reyes en el Acto I, escena V, refiriéndose a la protagonista, Viola, que se hace llamar a sí misma Cesario:
Ni de edad como para llamarse hombre, ni tan joven como para ser mancebo: como vaina tierna al principio del verano, o como una manzanita todavía verde: nadando entre dos aguas, no siendo ni una cosa ni otra. Muy apuesto y de afilada lengua. Pareciera recién destetado.
Ilustración de William Henry Simmons para Como gustéis. (DP)
Ilustración de William Henry Simmons para Como gustéis. (DP)
Desde el punto de vista lingüístico, y con gran sentido del humor (Rosalind se siente, como ella misma dice, in a holiday humour, es decir, «con ganas de fiesta»), en Como gustéis, la protagonista desmonta la creencia de que se pueda morir de amor, valiéndose para ello de amantes mitológicos con cuya historia todos los contemporáneos de Shakespeare, instruidos o no, estarían familiarizados. Las razones de Rosalind recuerdan a la de aquella otra heroína cervantina que aparece en el capítulo XIII de El Quijote, la pastora Marcela, quien, más seria y con menos alharacas porque aquí sí hay muerto de por medio (el pastor Gristóstomo), defiende con toda lógica un argumento que elimina la creencia popular de que, por el hecho de ser amado, uno esté obligado a corresponder:
Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama.
Otros tantos ejemplos podrían traerse a colación y en todos, y desde distintas concepciones del lenguaje, llegaríamos a idéntico disfrute verbal (por descontado visual si la representación es buena). Por esta simple razón, entre muchas posibles pero quizá en primer lugar, es defendible la vigencia de Shakespeare hoy, en una época en la que el lenguaje, mediatizado y especializado hasta extremos ininteligibles, ya no está «en el centro de la vida intelectual y sensible», como apuntaba George Steiner sobre la época isabelina. Mediatización y especialización que, además, han despojado al lenguaje poético de su posición central en la sociedad y lo han convertido en una especie de lengua secreta, de ahí que nos cueste tanto acercarnos a ella. Ramón Xirau señaló la desconexión contemporánea del lenguaje con las cosas reales, que hace que el mundo haya dejado de ser aprehendido en toda su profundidad. Así que la palabra rica, múltiple y, pareciera a veces que sin mediatizar, en su relación con la cosa nombrada, de los textos shakesperianos, sirve hoy más que nunca para llevarnos de vuelta a la casa saqueada del lenguaje. O, en palabras de Chantal Maillard, en su reivindicación de la utilidad de la poesía, dicha palabra serviría:
Para volver a entrañarnos (…) Porque nuestra identidad de pueblo se ha desintegrado en pequeñas cápsulas (unifamiliares, individuales) y seguimos anhelando una unidad mayor. Y sobre todo porque, ahora, para la conciencia posmoderna es la existencia misma la que se ha hecho extraña, y probablemente echemos en falta un nuevo «entrañamiento».
Desde este punto de vista, Shakespeare constituye toda una síntesis, la de la imaginación convertida en palabra sobre el escenario, que todavía tiene mucho que contarnos por sí misma, sin necesidad de buscar recursos externos a ella misma para hacerla digerible o de justificar ante nosotros mismos la atención que le dedicamos, antes por los fastos que impone el calendario, que por convicción propia. Así pues, amigos, romanos, compatriotas: prestad atención a quien no vino a enterrar la lengua, sino a resucitarla. Feliz aniversario.
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(1) Hemos de tener cuidado si usamos el término «naturaleza», pues para los isabelinos englobaba todo lo existente, incluido el ser humano y su hábitat, y no como la entendemos ahora. No reconocer esta diferencia crea una clara confusión semiótica a la hora de acercarnos a las obras del pasado.

jueves, 5 de mayo de 2016

TEATRO. SHAKESPEARE. "El estilo a salvo". Javier Marías

   En "revistamercurio":


El estilo a salvo

JAVIER MARÍAS  |  FIRMA INVITADA · MERCURIO 179 - MARZO 2016

© Óscar Astromujoff
© ÓSCAR ASTROMUJOFF
Desde hace unos años, todos parecemos habernos puesto de acuerdo en la llamativa pervivencia de Shakespeare… fuera de Shakespeare en gran medida. Se detectan ecos de sus obras en multitud de novelas, películas y series de televisión (y se lo continúa adaptando, normalmente abaratado o adulterado). Ecos de sus argumentos, historias, personajes más memorables; de su ocasional violencia, de sus aún más ocasionales aspectos bufo y grosero, de sus escenas más crudas, de su universo de conspiración, maquinación y lucha por el poder. Pero todos estos elementos son circunstanciales, por no decir secundarios. Lo raro es que la mayoría de quienes hoy se inspiran en él lo hagan en factores —por así expresarlo— preexistentes a Shakespeare y por tanto no enteramente shakespeareanos. Las traiciones y las venganzas, las ambiciones y los asesinatos, las artimañas y las persuasiones, todo ello es anterior a Shakespeare y en modo alguno privativo de él. Es sabido que el autor, lo que se dice inventar, inventó poco. Que sus relatos a menudo distaban de ser originales, que para sus historias se basó muchas veces en otras escritas por otros o en lo que ya habían contado los historiadores (romanos o británicos o incluso de alguna nación menos conspicua). En suma, lo que se conoce como “su mundo” era suyo en bastante escasa medida.
Da la impresión de que sin embargo es eso lo que tienta a los creadores actuales y les señala un camino. Lo que quizá es menos de Shakespeare es lo que más perdura e inspira. Y lo curioso es que todo eso, que ya está en Homero, en las tragedias y comedias griegas, en Tácito, Tito Livio y Amiano Marcelino, y por supuesto en numerosas obras posteriores, se transmite hasta nuestros días principalmente a través de Shakespeare, como si él le hubiera dado la forma definitiva, o la más sugestiva y la que no envejece, la que permite reconocer esas pasiones —algo arcaicas en realidad— como vigentes y contemporáneas.
La paradoja estriba en que pocos de sus actuales “discípulos” parecen preguntarse por qué ocurre tal cosa, por qué en Shakespeare permanecen incólumes al paso del tiempo esas turbulencias que en otros nos resultarían anticuadas. Por qué a él se lo ve “trasladable” no sólo a fantasías medievales como Juego de tronos o El Señor de los Anillos, sino también a las más modernas esferas mafiosa y política, desde El Padrino o House of Cards, por mencionar una obra maestra y una vulgaridad inverosímil, respectivamente. Lo extraño es que casi nadie intente imitar ni seguir lo que justamente hace que Shakespeare lo resista todo, desde el transcurso de los siglos hasta las adaptaciones ofensivas, las traducciones pedestres o las interpretaciones ramplonas. Lo que le permite sobrevivir a todo no es lo que antes he llamado “su mundo”, ni sus argumentos ni su ocasional truculencia (hay quien lo reivindica diciendo que es un “pre-Tarantino”, santo cielo). Todo eso es superficial y se encuentra en infinidad de textos, y hasta en culebrones. Lo que convierte en perdurables sus pasiones más chillonas es precisamente lo que casi nadie tiene en cuenta y lo que, desde luego, casi nadie trata de resucitar, porque no sabe o no se atreve: el estilo, palabra que, de hecho, lleva décadas desterrada de nuestro vocabulario por considerarse “etérea” y “acientífica” y poco menos que inmanejable. Es el enorme brío de los textos, la increíble fuerza de las imágenes y las metáforas, la cadencia inconfundible, lo enigmático que nos parece claro, la elevación y nobleza de la expresión, lo que dota a todo el conjunto de un carácter vital y —hasta la fecha— imperecedero. Lo que hace que sus obras continúen vivas y emanando influencia. Lo que nos conduce a regresar a ellas, a recrearlas y prolongarlas, es casualmente lo que casi ningún creador actual tiene el menor interés en recuperar y emular. (O es problema de capacidad acaso).
Suele ocurrir que lo que inmortaliza un texto es lo que escapa al análisis, y por lo tanto a la imitación y a la copia. Tal vez se deba a eso que, pese al manoseo constante y abusivo, Shakespeare se mantenga todavía a salvo.

viernes, 29 de abril de 2016

POESÍA. SHAKESPEARE. "Ni el mármol ni dorados monumentos". Antonio Rivero Taravillo

   En "revistamercurio":


Ni el mármol ni dorados monumentos

ANTONIO RIVERO TARAVILLO  |  MERCURIO 179 · TEMAS - MARZO 2016

Además de su teatro, Shakespeare escribió varios poemas, pero fue en la enigmática colección de los ‘Sonetos’ donde alcanzó una de las cumbres de su arte
© Óscar Astromujoff
© ÓSCAR ASTROMUJOFF
Ser muy grande acarrea ese problema: no caber en vestidos convencionales. Al oír el nombre de Shakespeare pensamos de inmediato que fue un excepcional dramaturgo, y sin duda lo fue, pero acaso no sea ocioso recordar que la altísima calidad de su teatro proviene en parte de su verso, el empleado en los momentos álgidos. La emoción que provoca el monólogo de Hamlet sobre el ser o no ser, la arenga insuperable de Enrique V, no tendrían tanta belleza ni serían tan memorables si no fueran pronunciados en los pentámetros yámbicos que los constituyen en piezas poéticas en las que no falta nada: tensión, conflicto anímico, expresión honda y un ritmo que, como el de un motor a punto o el engranaje perfecto de un reloj, fija las palabras en el discurso haciéndolas únicas, insustituibles.
Además de su teatro, Shakespeare escribió varios poemas: Venus y Adonis, La violación de Lucrecia, El peregrino apasionado, El fénix y la tórtola y Lamento de una amante. Más los Sonetos. Estos vieron la luz por primera vez en 1609, impresos por Thomas Thorpe. Desde entonces, se ha escrito mucho sobre ellos, hasta el punto de que Auden vino a decir que no había sandez que no se hubiera proferido acerca de esta colección. Antes ya se habían expresado en el mismo sentido Coleridge y numerosos otros, no tantos —es cierto— como los que han dejado alguna teoría estrafalaria que sumar a las elucubraciones acerca de quién estaría detrás del que firmó estas obras.
Hay en estos sonetos isabelinos, que vieron la luz por primera vez en 1609, desplantes al Tiempo, invitaciones a la reproducción de la belleza, alusiones a sucesos históricos, juegos de palabras de una rijosidad joyceana ‘avant la lettre’Los enigmas que rodean a estas 154 composiciones tienen también que ver con identidades: quién se esconde tras las iniciales W. H. de la dedicatoria (la cual no necesariamente hay que atribuir a Shakespeare, sino quizá a su editor), y quién —sea el mismo o no— es el fair lord o hermoso galán, y quién la dark lady o dama de tez oscura. Sobrevolándolos, sombra chinesca en la que cabe la conjetura, está el carácter de la relación de estos entre sí y de ambos y el poeta, en un ménage à trois con oscilaciones, dudas, celos, arrebatos. Hay en estos sonetos isabelinos (modelo que luego emplearía Borges, de tres serventesios y un pareado) desplantes al Tiempo, invitaciones a la reproducción de la belleza, alusiones a sucesos históricos, juegos de palabras de una rijosidad joyceana avant la lettre. Por cierto, que el capítulo noveno de Ulises presenta un debate sobre algunos de los misterios de este bellísimo ciclo.
Por más que haya muy granados ejemplos antes de Shakespeare, los sonetos de Wyatt, el conde de Surrey, Sidney, Spenser, Daniel, muestran una forma aún en agraz, lejos de la madurez que aquí se alcanza. Luego, con Donne y los metafísicos la alquimia se alambica aún más y se hace más barroca para dar en muestras un tanto envaradas, imitativas, maquinales. De ello huyen, ya en el Romanticismo, con su sencillez y gracia, los de Keats; con su retorcimiento religioso y sonoro, los de Hopkins.
García Lorca tenía en mente escribir una secuencia de sonetos modelada en esta, y alcanzó a dar una docena. Al Cernuda enamoradizo y como alma en pena, le llegaron casi a doler físicamente algunos de estos poemas. Somos muchos los que hemos vertido los Sonetos al español. Es de prever que siga creciendo la hueste: antes o después, la mayoría de los poetas que traducen del inglés querrán medirse con un soneto, y luego este llamará a otro, y a otro. Es difícil detenerse, porque su belleza cautiva, y prende en uno un agudo deseo de poseerla. Su autor auguró: “Ni el mármol ni dorados monumentos / podrán sobrevivir a mis poemas”.