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martes, 24 de mayo de 2016

HISTORIA. "Las ruinas de Palmira". José Álvarez Junco

   En "El País":

Las ruinas de Palmira

La destrucción de las ruinas de Siria o los Budas de Afganistán forman parte de un proyecto enloquecido. Pero el fanatismo asesino no es exclusivo de las religiones. Los mayores monstruos del siglo XX eran ateos que creían en una promesa redentora

Las ruinas de Palmira
ENRIQUE FLORES
Durante bastante más de un siglo la izquierda europea leyó mucho un libro del conde de Volney cuyo título era, exactamente, el de este artículo. Este ilustrado francés de finales del siglo XVIII, comprometido luego con la Revolución y ennoblecido por Napoleón, narraba en él, en un tono elegíaco, prerromántico, su visita a los restos de aquella ciudad romana, al borde del desierto sirio. Se describía a sí mismo cavilando, de noche, entre aquellas columnas semiderruidas: “Aquí, donde ahora reina este silencio tétrico, se oyó en tiempos el bullicio de la multitud. Estas piedras esparcidas por el suelo, guarida hoy de reptiles inmundos, fueron un día suntuosos palacios y templos a los dioses. Aquí se alzó en otro tiempo una ciudad opulenta; aquí existió un imperio poderoso. El silencio de las tumbas reemplaza ahora el bullicio de las plazas públicas. ¡Así perecen las obras de los hombres! ¡Así sucumben imperios y naciones!”.


Repentinamente, aparecía ante él, desde la penumbra, un genio o fantasma que le reprochaba sus lamentos. Los humanos no tenían derecho a quejarse de sus desgracias —le decía— porque ellos eran sus únicos causantes. La humanidad primitiva superó el estadio de bandas cazadoras y recolectoras; aprendió a cultivar plantas, construyó ciudades, prosperó. Pero a la larga olvidó “las leyes de la naturaleza”, “el idioma de la razón”. Surgieron peleas que desembocaron en guerras y matanzas masivas, con ejércitos enfrentados que invocaban siempre a supuestos dioses. “¿Qué esperáis de esos gemidos inútiles?” —continuaba el genio— “¿Es que ese Dios ideal se dejaría dominar por las mudables pasiones de los mortales: venganza, compasión, furor, arrepentimiento…?”. No fue Dios quien creó al hombre a su imagen, sino el hombre quien lo imagina como semejante a sí mismo. “El mortal temerario le ha prestado sus inclinaciones y sus miserables juicios. Y cuando esta mezcla de atributos choca con los principios de la razón natural, declara a esta impotente, aparentando una humildad hipócrita, y llama misterios de Dios a los desvaríos de su entendimiento”.
El libro desembocaba así en un alegato antirreligioso. El genio parlanchín pasaba lista a las principales religiones y les reprochaba sus absurdos lógicos. A los musulmanes, temerosos del castigo divino si violan cinco preceptos arbitrarios, les hacía observar que ese mismo Dios permitía triunfar a sus enemigos, los cruzados, que incumplían esos preceptos. “Si Dios gobierna la tierra siguiendo el Corán, ¿cómo consintió construir poderosos imperios a los innumerables pueblos anteriores al profeta que bebían vino, comían tocino y no visitaban la Meca?”. A los cristianos les recordaba sus interminables debates sobre la naturaleza de Dios o el modo de su encarnación y las divisiones que ello había generado —meras luchas de poder, en realidad— entre nestorianos, iconoclastas, ortodoxos, romanos, anabaptistas o presbiterianos, cada uno con su peculiar modo de vestir, sus ropajes rojos, violetas, blancos o negros, sus distintos sombreros, bonetes o mitras y sus extraños cortes de pelo y barba.
Frente a esta confusión —seguía el genio su discurso—, hace ya tres siglos que la razón se ha extendido en Europa, gracias a la imprenta, el gran invento liberador; aunque las religiones, guarida de la ignorancia, sigan dominando aún entre el pueblo analfabeto. Y el libro terminaba imaginando una gran asamblea de la humanidad, a la que el genio explicaba que cuando los pueblos se ilustraran, renunciaran a las religiones y supieran legislar por sí mismos y elegir a sus gobernantes, se abriría ante ellos un futuro racional y feliz, regido por principios justos e igualitarios.

La fe en una verdad liberadora ha provocado muchas tragedias en el mundo moderno

Aquel libro circuló mucho durante la Revolución Francesa y hace un siglo todavía lo reeditaban los anarquistas españoles. Ahora me ha vuelto a la mente ante la furia vandálica que ha intentado acabar con los restos de aquella ciudad y ha llevado al degüello público de su arqueólogo jefe, un venerable sabio de ochenta años. Los hechos parecen dar, de nuevo, la razón a Volney: el fanatismo religioso ha sumado otra barbaridad más a su sangriento historial. La destrucción de Palmira, como la de los Budas gigantes en Afganistán, es parte de un proyecto enloquecido por restaurar un califato… del siglo VII.
Se me ocurre añadir, no obstante, un par de reflexiones a las del ilustrado francés. La primera, que el fanatismo asesino no es exclusivo de las religiones. Los mayores monstruos del siglo XX, como Stalin, Hitler o Pol Pot, eran ateos. Pero se creían portadores de una promesa redentora. Ese es el peligro. El fanático ha sido clásicamente representado por un joven con una antorcha en una mano y en la otra un libro —sólo uno, nunca varios—. Fanático es quien cree poseer la verdad, una verdad sencilla y absoluta que proporciona respuestas para todos los problemas. Es quien no acepta la duda, la discrepancia ni la propia falibilidad. Es quien espera un cielo prometido y está dispuesto a sacrificar la libertad para alcanzarlo. La fe en una verdad liberadora, aun basada en una supuesta ciencia laica, ha abierto muchas puertas a la tragedia en el mundo moderno.
Mi segunda objeción es que no todo se reduce a rasgos culturales. Algo tiene que ver con lo que ocurre hoy en Oriente Próximo el pasado colonial. No pretenderé explicar aquella compleja situación por una sola causa, ni incurriré en la fácil atribución de todas las responsabilidades al colonialismo, coartada con la que se autoexculpan las élites locales. Pero quienes crearon hace un siglo esos Estados artificiales y fallidos llamados Siria e Irak fueron Francia y Gran Bretaña. En aquel momento, Occidente poseía, sí, las sociedades más libres y civilizadas del mundo, pero eso sólo regía para su interior. Hacia fuera, al relacionarse con indios o negros, mostraba su otra cara, arrogante, egoísta y violenta; y usaba la superioridad tecnológica, el otro aspecto del progreso, para aplastarles.

Leopoldo II esclavizó y desvalijó África con una crueldad que hubiera sido impensable en su país

Nuestros bisabuelos vivieron la modernidad como superación de la escasez, conquistas democráticas o extensión de la educación. Pero los no europeos sufrieron el lado sucio del proceso: la explotación y el maltrato por parte de blancos groseros e incultos. Leopoldo II esclavizó y desvalijó el corazón de África con una crueldad que hubiera sido impensable en su propio país. Eso lo recuerdan los habitantes de aquellos territorios, que consideran a los europeos, como mínimo, hipócritas. Lo cual explica algo del odio visceral contra todo lo que representa Occidente (encarnado en el arqueólogo: la racionalidad de la ciencia).
Los actuales problemas con inmigrantes y refugiados políticos obligan a Europa a elegir, de nuevo, entre las fórmulas y valores de vigencia universal que nuestros antepasados, con tanta dificultad, construyeron, y el retorno al egoísmo. Entre Gutenberg y Leopoldo II.
José Álvarez Junco es historiador. Acaba de publicar Dioses útiles. Naciones y nacionalismos (Galaxia Gutenberg).

viernes, 1 de abril de 2016

TERRORISMO. "La nueva normalidad". John Carlin

   En "El País":

La nueva normalidad

Cualquier día de estos habrá otro atentado en Europa y, por más que se ofrezcan explicaciones del 'fenómeno ISIS', aún quedan más claves que nadie llega a entender

Policías franceses registran a varias personas a la entrada de la catedral de Notre Dame en París.
FRANCE-RELIGION-EASTER-TERRORISM-SECURITY Policías franceses registran a varias personas a la entrada de la catedral de Notre Dame en París.  AFP

"Y ESTAMOS AQUÍ COMO EN UNA LLANURA SOMBRÍA... DONDE EJÉRCITOS IGNORANTES CHOCAN EN LA NOCHE". MATTHEW ARNOLD, POETA INGLÉS
Algo que llama la atención a aquellos que llegan a España de otros países hispanoparlantes es la frecuencia con la que los sorprendentemente malhumorados nativos recurren a la exclamación: “¡No es normal!”.
Una frase hecha en inglés, también habitual pero de relativamente nueva patente, utiliza el mismo sustantivo. La frase es “the new normal”, la nueva normalidad. La he leído tres veces en la última semana. Una fue en una carta de un amigo cuya esposa acababa de sufrir un salvaje derrame cerebral. Los médicos no sabían ni por qué había ocurrido ni hasta qué punto podría llegar a recobrar el uso del habla o de la razón; mi amigo temía que de ahora en adelante el silencio sería “the new normal”.
La segunda vez fue en el New York Times después del atentado en el que murieron más de 30 personas la semana pasada en Bruselas. El continente europeo, proponía el artículo, empezaba a vivir estos espantosos episodios de violencia como “the new normal”. La tercera vez que vi la frase, también refiriéndose a lo de Bruselas, fue en The Economist. El titular de su última portada: Europe’s new normal.
No es normal lo que está pasando —en noviembre en París, ahora en Bruselas, ¿mañana en Londres?, ¿en Madrid?, ¿quién sabe?— pero nos vamos a tener que ir acostumbrando a que lo sea. Y acostumbrarnos también a cómo nos lo cuentan los medios, que reaccionan ya a estas catástrofes casi como en piloto automático. La confusa noticia inicial; los números de víctimas que suministra la policía; el ISIS celebrando otra victoria; las declaraciones desafiantes de los políticos occidentales; las entrevistas con los supervivientes; el descubrimiento de que los terroristas suicidas habían sido unos criminales o borrachos, o drogadictos antes de convertirse a la fe; el reconocimiento por parte de las autoridades de que habían fracasado los servicios de seguridad; y, finalmente, los ríos de análisis sobre el porqué de tanta crueldad y cómo evitar que vuelva a ocurrir.
Los análisis suelen partir de diferentes interpretaciones de quién tiene la culpa, seleccionada según las ideas fijas de cada cual. Aquí va una lista de cinco de las causas más frecuentemente citadas:
—Occidente en general, y Estados Unidos en particular, por las invasiones a Afganistán e Irak después de los atentados en Nueva York en 2001.
“Estamos no solo horrorizados, sino perplejos”, dice un exoficial de la OTAN
—El presidente Obama por no haber entrado con más fuerza en la guerra siria.
—Arabia Saudí por haber diseminado sistemáticamente por el mundo su versión wahabí (radical, agresiva, intolerante) del islam.
—Los gobiernos europeos por no haber llevado a cabo una política de integración con los musulmanes asentados en sus grandes ciudades.
—Los inmigrantes musulmanes por no haber hecho un mayor esfuerzo para asimilar la cultura y los valores europeos.
Hay más, claro. Por ejemplo, una comediante musulmana inglesa escribió hace poco en el Financial Times, perfectamente en serio, que los jóvenes y las jóvenes se incorporaban a las filas del ISIS porque ahí podían disfrutar del sexo con la bendición de Alá.
Pero la verdad es que no hay una única verdad. Todos los diagnósticos que acabo de mencionar tienen un elemento de validez; cada uno de ellos ofrece material para dar con una hipotética solución. Las dificultades son dos: que la enfermedad está demasiado avanzada como para que se pueda curar hasta que pasen muchos años; y que por más que se ofrezcan cinco, seis o siete explicaciones delfenómeno ISIS aún quedan más que nadie llega a entender.
Una extensa crítica de dos libros sobre el ISIS publicada en el New York Review of Books en agosto del año pasado, cuyo autor era un exoficial de la OTAN experto en Oriente Próximo, se tituló El misterio del ISIS. Concluyó diciendo: “No está claro que nuestra cultura sea capaz de acumular el suficiente conocimiento, rigor, imaginación o humildad para comprender el fenómeno del ISIS. Por ahora deberíamos reconocer que estamos no solo horrorizados, sino perplejos”.
Las motivaciones de los jóvenes que se suicidan con el fin de asesinar a desconocidos eluden la ciencia política o social del mismo modo que la causa y la prognosis del derrame cerebral que sufrió la esposa de mi amigo superan los conocimientos de la ciencia médica. ¿Cómo fue que dos hermanos belgas, criados en una familia conservadora musulmana, acabaron convirtiéndose primero en delincuentes que atracaban bancos y coches y, segundo, en fanáticos religiosos (si esa es la correcta definición) dispuestos a morir y matar indiscriminadamente en el aeropuerto o el metro de Bruselas? ¿Qué procesos mentales condujeron el viernes pasado a un musulmán de 32 años a apuñalar a muerte en Glasgow a otro musulmán de 40 que había escrito un mensaje en Facebook deseando una feliz Semana Santa a sus amigos cristianos?
Por ahora solo nos podemos encomendar a la limitada eficacia de los servicios de seguridad
Si la mayoría de los devotos del Profeta que crecen en Europa actuaran con la misma frialdad asesina, con la misma aparente certeza de que matar por la fe es un billete al paraíso, sería más plausible el intento de dar con una explicación definitiva, pero como se trata de una grotesca e inescrutable minoría no hay manera de saber.
Como el cáncer o los derrames cerebrales, los terroristas del ISIS son —igual que sus primos de Boko Haram en Nigeria o la somalí Al Shabab— una plaga enigmática de la naturaleza que impacta en unos sí y otros no. La variante es la suerte. Puede que me toque a mí mañana en un aeropuerto o, un temor latente que intento calmar, a mi hijo que viaja todos los días en el metro al colegio. Cuando te toca, te toca.
No es normal lo que está pasando, pero nos vamos a tener que acostumbrar a que lo sea
Por ahora solo nos podemos encomendar a la limitada eficacia de los servicios de seguridad, los abrumados médicos de los que disponemos para defendernos de esta plaga. Hoy, mañana, cualquier día de estos habrá otro atentado, como los hay todo el tiempo en Siria, en Afganistán o en Irak, donde el viernes un joven suicida mató a 29 personas que salían de ver un partido de fútbol. No era normal en Europa pero ahora sí que lo es.

viernes, 4 de marzo de 2016

PRENSA. ISLAM. "Un rompecabezas religioso". Javier Martín

   En "El País":

Un rompecabezas religioso

Con 1.200 millones de creyentes y dos ramas, suníes y chiíes, enfrentadas, el islam carece de una autoridad que lidere el cambio



En 1979, un ladino ayatolá Rujolá Jomeini aprovechó el descontento popular hacia la dictadura del último sah de Persia, Mohamad Reza Pahlevi, para alterar los equilibrios estratégicos de la Guerra Fría y trocar la historia de Oriente Próximo. En aquellos tiempos de telones de acero y películas de espías, el socialismo árabe y las monarquías coloniales habían dejado paso a una sucesión de tiranías militares —Argelia, Túnez, Libia, Egipto, Siria, Irak— y viejas autocracias musulmanas —Arabia Saudí, Marruecos, incluso Jordania— que habían asfixiado cualquier tipo de oposición, especialmente si su naturaleza era islamista o salafista. Asido al populismo, Jomeini resucitó un conflicto político surgido tras la muerte de Mahoma —convertido siglos después en una disputa doctrinal— y lo transformó en una nueva batalla por la supremacía en el islam.
Cuatro décadas después, Irán —único país chií del planeta— y Arabia Saudí —principal reino suní— dirimen una contienda política que en los últimos años ha devenido en una cruenta guerra confesional de amplios y variados frentes. El islam se escindió en dos corrientes tras el deceso del Profeta, que no designó sucesor. Aquellos que consideraban que el liderazgo del protoestado debía corresponder a sus compañeros más cercanos son identificados hoy como los suníes; quienes respaldaban las pretensiones de Alí ibn Talib, yerno y primo del Enviado de Alá, se conocen como chiíes. En el año 661, un jariyí [disidente chií] decapitó a Alí en la mezquita de la ciudad de Kufa (Irak). Diecinueve años después, los suníes borraron gran parte de la estirpe de Alí en la batalla de Kerbala (Irak). Desde entonces, los chiíes se han quebrado en tres brazos y los suníes han disfrutado —hasta 1924— del califato, divididos en cuatro escuelas de pensamiento, huérfanos desde entonces todos ellos de una referencia única —ni política, ni religiosa— para los más de 1.200 millones de fieles (en torno al 85% suníes) que avanzado el siglo profesan la última de las tres religiones monoteístas.

Derrocado el sah —gendarme de EE UU en Oriente Próximo desde el fin de la II Guerra Mundial—, Occidente descargó el peso de su geoestrategia política sobre Arabia Saudí, pese a que en el reino del desierto impera el wahabismo, una interpretación literalista y casi herética del islam suní de la que se nutren la mayoría de los movimientos radicales islámicos del mundo (como Al Qaeda) y que comparte características con el actual Estado Islámico. Y aisló a Irán, transformado en el enemigo y en el paria de la región. Una relación interesada sostenida en las vastas reservas saudíes de crudo, que durante años han servido de venda en los ojos de Occidente frente al papel de Riad en el surgimiento del yihadismo y sus sistemáticas violaciones de derechos humanos.
En 2011, preocupado por el repunte de la violencia en Irak y el brote de las después fallidas primaveras árabes, Barack Obama tomó una decisión tan polémica como histórica. Arrinconó tres décadas de animadversión recíproca y autorizó negociaciones secretas con Irán. El presidente norteamericano asumía así un análisis que había sido desechado durante años por su predecesor: que cualquier solución a los conflictos de Oriente Próximo —incluido el palestino-israelí— demanda la presencia de los ayatolás en la mesa de los comensales. Irán sostiene el Gobierno chií en Irak; influye en el régimen dictatorial de Bachar el Asad; mantiene estrechos vínculos con el movimiento chií libanés Hezbolá y financia desde su origen al movimiento palestino Hamás (aunque este sea suní). Además, es el principal sostén de los grupos Huthi en Yemen en su lucha contra el Gobierno suní de Saná, vasallo de Arabia Saudí. Un Irán que mantiene, además, rentables relaciones políticas y comerciales con la Rusia de Putin, la Turquía del suní Erdogan y la China poscomunista.
El diálogo secreto ha fructificado en un preacuerdo nuclear que ha irritado por igual a Israel y Arabia Saudí, durante años extraña pareja de aliados frente a las aspiraciones persas. La inminencia del acuerdo ha exacerbado las diferentes guerras que Riad y Teherán libran desde hace decadas a través de sus aliados en la región por la preeminencia en el islam. Al tiempo que Irán y la comunidad internacional avanzaban en Lausana (Suiza), comenzó a arreciar de nuevo el largo y enconado conflicto en Yemen; y la oposición suní en Siria se preparaba para retomar la lucha contra el dictador proiraní. Solo un grupo ha concitado el rechazo de los dos rivales: el autoproclamado Estado Islámico, arraigado en el este sirio y las regiones suníes de Irak. Pero incluso en esto existe una marcada diferencia: mientras que Riad lo observa como una amenaza a su liderazgo en el islam suní, el régimen de los ayatolás entiende que es una oportunidad —su derrota solo es posible con la intervención de Irán— para reclamar la bandera que le fue arrebatada a los chiíes 14 siglos atrás.
Javier Martín es autor de Suníes y chíies y Estado Islámico. Geopolítica del caos (Los Libros de la Catarata).

jueves, 3 de marzo de 2016

PRENSA. "Los dilemas del islam: la reforma pendiente". Bernard Haykel

   En "El País":

Los dilemas del islam: la reforma pendiente

Una batalla de ideas se libra en el mundo musulmán. El empuje de los salafistas acalla las voces de quienes abogan por una interpretación moderna de la religión


Peregrinos a la Meca dan vueltas a la Kaaba. / HASAN SARBAKHSHIAN  (AP)


Las noticias acerca de la aterradora violencia en el mundo musulmán, de Nigeria a Afganistán, y las que hablan de islamistas extremistas, de Europa a Yemen, llevan a los occidentales a preguntarse cada vez con mayor fuerza si el islam necesita una reforma. En otras palabras, si podría beneficiarse de algo similar a la Reforma protestante en Europa, que en último término condujo a la Ilustración y al Siglo de las Luces, de los que todos somos herederos y beneficiarios. Lo que este planteamiento olvida a menudo es que aquella reforma fue un periodo largo y extremadamente violento que provocó la muerte de millones de europeos, en especial durante la Guerra de los Treinta Años (1618-1648). Si bien es cierto que el deseo de una reforma para los musulmanes no debería sugerirse a la ligera, lo cierto es que, en realidad, el islam ya está experimentando una reforma en la actualidad, y todos nosotros somos sus testigos.
Muchos de los mismos rasgos que condujeron a los cambios en Europa hace cinco siglos son evidentes hoy en el mundo islámico, en especial entre la secta suní mayoritaria, que representa alrededor del 85% de los musulmanes. Como entonces, la autoridad religiosa tradicional ha experimentado una enorme pérdida de prestigio; centros de aprendizaje y guías espirituales en otro tiempo venerables, como la Universidad Al Azhar en Egipto, están dominados por los Gobiernos. Se han convertido en meros portavoces que proporcionan cobertura religiosa a cualquier medida ilegítima o impopular que la autoridad política desee. El clero de formación tradicional ha perdido el prestigio social y la autoridad moral que ejercía en el periodo premoderno. Mientras esto ocurría, han tenido lugar otros dos cambios, de nuevo muy similares a los acaecidos en la historia europea. El primero es la difusión de la alfabetización masiva, de tal modo que en el mundo árabe actual muchos saben leer y, lo que es más importante, se sienten capacitados como individuos para interpretar las escrituras religiosas. El segundo cambio es la difusión barata de materiales impresos e información, mucho más fácil ahora, en la era de Internet y de las redes sociales.
El efecto acumulativo de estos cambios ha conducido a una fragmentación de la autoridad y a un auge de voces múltiples —y opuestas— acerca de qué constituye una interpretación y una práctica correctas del islam. Como consecuencia de todo ello, hay una batalla de ideas en marcha.
De momento, los vencedores son los salafistas o wahabíes, musulmanes suníes que defienden una interpretación literal del Corán y de las tradiciones de Mahoma [plasmadas en los hadices, breves relatos en los que se recogen palabras del profeta] porque constituyen las enseñanzasoriginales del islam. Los salafistas, que no son siempre violentos o militantes, son reformistas que desean en último extremo recuperar la autenticidad, y se presentan como los verdaderos musulmanes, diferentes de otros cuyas enseñanzas se han ido corrompiendo a lo largo del tiempo por la adopción de influencias no musulmanas. Ese punto de vista es, por supuesto, una proyección moderna sobre el pasado de un imaginario islam verdadero, que sirve a los actuales objetivos sociales y políticos de los salafistas. Uno de sus objetivos, sin embargo, es el de desacreditar otras interpretaciones del islam, en especial las sostenidas por chiíes y sufíes. Si se disculpa la analogía imprecisa, podríamos considerar a los salafistas como unos calvinistas musulmanes de nuestros días, que pretenden reformar el islam imponiendo una versión intransigente y antihistórica de la fe.
Hay otros reformistas musulmanes, del tipo que muchos europeos apreciarían, que abogan por una interpretación tolerante y democrática del islam, pero sus voces quedan enmudecidas por la crudeza de los salafistas. Para empezar, esos musulmanes liberales tienen un temor justificado a estos últimos, que son inmisericordes con sus adversarios. En segundo lugar, a los musulmanes liberales se les suele ver como protegidos de los Gobiernos, como el de Egipto, cuyo líder, el presidente general Abdelfatá al Sisi, ha afirmado también que el islam está terriblemente necesitado de reforma y de interpretaciones novedosas que contrarresten las de salafistas-yihadistas. Los liberales son despachados por algunos como defensores de los regímenes autoritarios o, aún peor, como agentes de los valores y las maquinaciones occidentales. Como tales, su influencia es limitada, por ahora al menos.

La reacción del resto del mundo musulmán ante el ascenso violento de los radicales podría tardar años
Este proceso reformista en marcha puede durar años, incluso siglos, y su desenlace final es totalmente impredecible. Lo que sabemos es que los salafistas han tomado la delantera. Es previsible que el resto del mundo musulmán les dé la espalda y reaccione ante su ascenso violento. Pero esa reacción también podría tardar años.
Esta reforma del islam sería de interés solamente académico si no tuviese una dimensión política y combativa que ha adquirido ya categoría mundial. ¿Cómo se explica la violencia política? Muchos musulmanes se sienten política y militarmente débiles y humillados, y algunos desean firmemente revertir esa situación recuperando la gloria y el poder que los musulmanes disfrutaron en un pasado lejano. Granada y Al Andalus desempeñan una función emblemática a este respecto, porque representan la cumbre del poder pasado. Grupos salafistas como Al Qaeda y el Estado Islámico consideran que el origen de la debilidad musulmana radica, por una parte, en el abandono de las verdaderas enseñanzas de la fe y, por otra, en los incansables ataques de los infieles contra los musulmanes. Al fin y al cabo, Dios ha prometido en el Corán que a los verdaderos creyentes se les dará el poder sobre la tierra (capítulo 24, versículo 55), y en consecuencia el actual orden en el que dominan los no musulmanes es una aberración que debe corregirse. Para ello, los musulmanes deben purificar su fe, pero también luchar activamente contra los no creyentes.
Para los yihadistas salafistas, los enemigos infieles no son solo los países y la civilización occidentales, sino también los despóticos Gobiernos apóstatas que mandan en buena parte del mundo árabe e islámico, regímenes como el de Riad, El Cairo y otros lugares. Para anular la decadencia islámica y recuperar el poder, los yihadistas salafistas llaman a los musulmanes a la lucha armada, un deber religioso abandonado por los musulmanes que ahora debe retomarse. La yihad es la única forma de recuperar el poder y, dado que el enemigo es tan abrumadoramente superior, todos los métodos de resistencia y acción violentas están permitidos. De hecho, los yihadistas salafistas ordenan a los musulmanes ejercer por su cuenta actos de violencia siempre que se les presente la oportunidad. Dios dará la victoria a sus creyentes, porque lo ha prometido en las escrituras.

La autoridad religiosa tradicional ha experimentado una enorme pérdida de prestigio
El Estado Islámico representa la interpretación más extrema y violenta de esta visión literalista del islam. Se centra en combatir a los enemigos, en especial a los chiíes, porque los considera herejes capaces de destruir la fe desde dentro. Pero el Estado Islámico también da la bienvenida a una guerra con Occidente, porque considera que está librando una batalla apocalíptica por el destino del mundo y busca la redención y la gloria que Dios les ha prometido a los creyentes. Al mismo tiempo, sin embargo, esta organización ha establecido un Estado de hecho, con ministerios, tribunales y servicios sociales, todo a semejanza del régimen islámico de los siglos VII y VIII, con un califa como líder. Esta forma de gobierno es utópica y se presenta como un orden político virtuoso que sigue las leyes y la guía de Dios.
El Estado Islámico ha seducido a numerosos musulmanes que han emigrado a su territorio. Lo que empuja a estos emigrantes es el deseo de hallar una alternativa a la realidad política y social en la que se encuentran y que dista mucho del ideal imaginado y ansiado. El Estado Islámico es la manifestación más clara de la reforma que se está produciendo en la actualidad, pero su realidad es brutal, como pronto han comprendido algunos emigrantes, y su excesiva violencia es insostenible a largo plazo, porque hace la vida imposible. En consecuencia, es improbable que el Estado Islámico perdure mucho, pero la razón para su existencia —a saber, el deseo de los musulmanes de reformar su religión, adquirir poder y obtener el lugar que les corresponde en el mundo— seguirá insatisfecha. Para que esto se resuelva, la reforma debe seguir su curso, como lo hizo en Europa.
Bernard Haykel es catedrático de Estudios sobre Oriente Próximo en la Universidad de Princeton.
Traducción de News Clips

lunes, 29 de febrero de 2016

PRENSA. ISLAM. Entrevista a Tawfik Hamid, reformista egipcio

   En "El País":

“Hay que priorizar las partes pacíficas del Corán”

Este reformista egipcio formó parte hace 35 del islam más radical. Ahora impulsa la necesidad de una reforma basada en una interpretación moderna del texto islámico


Tawfik Hamid.

Tawfik Hamid (Egipto, 1961) aboga por la modernización del islam. Forma parte del grupo de pensadores que piden reformas profundas para adaptar la religión musulmana a los nuevos tiempos y frenar el radicalismo. Hace 35 años, en su país de origen, perteneció a una organización radical junto a Aiman Al Zawahiri, actual número uno de Al Qaeda. Esa experiencia, cuenta en una entrevista telefónica desde Estados Unidos, donde vive ahora (entre otras cosas, es senior fellow en The Potomac Institute for Policy Studies), le hizo comprender la amenaza que supone el extremismo para el mundo musulmán.
Pregunta. Propone una revisión del Corán. ¿Qué habría que cambiar?
Repuesta. Lo primero que hay que tener en cuenta es que no se puede borrar ni una sola letra del Corán. Eso colapsaría la religión por completo. Lo más importante es contextualizarlo. Por ejemplo, sostengo que cuando Mahoma dice que hay que matar a los infieles, no se refiere a todos los infieles, sino a determinados infieles de su tiempo que cometieron determinadas barbaridades. En segundo lugar, en caso de contradicción entre las partes pacíficas y violentas del Corán, hay que priorizar siempre las pacíficas. Por último, habría que tomar el Corán como fuente principal por encima de otras fuentes, como los hadices [narraciones del profeta transmitidas por intermediarios]. En el Corán no se habla de la lapidación de mujeres, ni de matar a los apóstatas, sino en los hadices. De nuevo, en caso de contradicción, hay que dar prioridad al Corán.
P. En otras ocasiones, ha dicho que el Corán permite pegar (no lapidar) a la mujer.
R. Tradicionalmente, se ha interpretado en esta dirección. Sin embargo, creo que hay otros versículos que darían lugar a otras interpretaciones. Mentiría si afirmara que no hay aspectos conflictivos en el Corán. Porque si no fuera así, no tendríamos todo este problema. La cuestión es qué queremos hacer con eso.
P. Ante tantas interpretaciones, ¿qué debe hacer un musulmán corriente?
R. Propongo que cada musulmán exija a su mezquita o a su escuela coránica que rechace públicamente estos cinco puntos que definen a los radicales: el asesinato de apóstatas, golpear o lapidar a las mujeres que han cometido adulterio, llamar a los judíos cerdos o monos, matar a judíos, declarar la guerra a los no musulmanes, esclavizar a seres humanos y matar a homosexuales. Si son verdaderamente moderados, lo rechazarán sin problemas.

“Mentiría si afirmara que no hay aspectos conflictivos en el Corán. Si no, no tendríamos todo este problema”
P. ¿Ese cambio que propone es realista?
R. La reforma que propongo es realista en teoría, pero solo será posible en la práctica si la gente que está dispuesta a cambiar las cosas siente que está respaldada. Somos muchos los que estamos intentando lanzar el mensaje, pero no tenemos apoyos. Mi página de Facebook (Una interpretación moderna del Corán, en árabe), con comentarios que promueven una lectura pacifista del Corán, hay más de dos millones de "me gusta" desde que abrió en mayo de 2013. Con apoyo, serán 20 millones en un año. Creo que cada vez más musulmanes se están dando cuenta de que existen problemas. No digo que sea la tendencia dominante. Pero algo se mueve en esa dirección. Ahora nos encontramos en un punto en el que algunos quieren avanzar y otros retroceder. ¿Qué hacemos? No podemos tenerlo todo. Una cosa o la otra. Tenemos que decidir. 
P. ¿Quién puede liderar esa reforma?
R. No creo que se trate de un tema de líderes. Los chiíes son más jerárquicos, pero en el mundo de los suníes no hay un líder. Cada grupo piensa de forma independiente. Lo que necesitamos es un liderazgo múltiple.

Cinco tipos de musulmanes

C. G.
Tawfik Hamid divide a los musulmanes en cinco grupos:
  1. Musulmanes culturales: "Se llaman Mohamed o Fátima, no saben nada de religión; simplemente se reconocen como musulmanes".
  2. Musulmanes rituales: "Se preocupan por rezar cinco veces al día y ayunar en el ramadán, entre otras celebraciones".
  3. Musulmanes fanáticos: "Quieren incrementar el uso de la sharía, pero no son partidarios de utilizar la violencia para conseguirlo".
  4. Musulmanes radicales: "Recurren a la violencia contra los otros para imponer sus valores".
  5. Terroristas: "Los más radicales de todos, lo que ponen bombas y cometen atentados".