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lunes, 16 de noviembre de 2015

PRENSA CULTURAL. Entrevista al escritor colombiano Fernando Vallejo

   En "Babelia":

Fernando Vallejo: “El cristianismo y el Islam son una empresa criminal”

El escritor colombiano ajusta cuentas con el presente en '¡Llegaron!', un texto sobre su historia. Con humor, con saña y con voz propia, lanza dardos a Dios y a su país


El escritor colombiano Fernando Vallejo con su perra Brusca. / JAIME NAVARRO


Hay libros que se escriben para morir en el punto final. Otros forman un interrogante. Y sólo unos pocos se elevan entre exclamaciones. Este es el caso de ¡Llegaron!, la última y exuberante obra de Fernando Vallejo (Medellín, 1942), que ahora publica la editorial Alfaguara. Su historia es la de su autor, su familia y, sobre todo, los recuerdos de infancia en la colombiana finca de Santa Anita, junto a sus abuelos. Pero lejos de quedarse en un paseo por un tiempo perdido, el texto sirve para un ajuste de cuentas con el presente. Ese universo amorfo e inagotable al que el narrador pasa a cuchillo página tras página. Desde Colombia hasta Dios. A veces lo hace con humor, otras con saña, pero siempre con voz propia. Una primera persona (el autor detesta el uso del narrador omnisciente) que, sentada en un avión con destino desconocido, rememora la vida y muerte de los suyos, se muestra a sí mismo sin pudor y hace estallar con su torrencial estilo todo lo que toca.
—Hablo como pienso y escribo como hablo.
Vallejo vive en la Ciudad de México. Allí, en la frondosa avenida de Ámsterdam, pasea cada día a su perra, Brusca. Es un hombre elegante, de talante bondadoso, pero que, en su conversación, guarda siempre una navaja bien afilada. Preguntarle es verla brillar. Salvaje y tropical.

También es una empresa criminal eso que llaman pomposamente el islam: mahometanos asesinos y rezanderos
PREGUNTA. El libro se abre y cierra con exclamaciones. ¿Hay algo así como un ritmo exclamativo?
RESPUESTA. Exacto. Con exclamaciones. Solo que antitéticas. La de entrada es “¡Llegaron!”. Y la de salida “¡Se fueron!”. Claro que llegamos, claro que nos fuimos, como llegamos todos y nos habremos de ir todos. La literatura se escribe en prosa y la prosa antes que nada es ritmo. Pero del bueno. No los octosílabos asonantes y sonsonetudos de García Lorca. Esto que le digo es uno de los grandes descubrimientos míos, hecho después del agua tibia, que se lo debo a México, ya cumplidos mis 27 años, pues en Medellín nos bañábamos siempre con agua fría.
P. Su estilo es enormemente fluido. ¿Cómo trabaja un texto?
R. Lavando platos y paseando a mi perra, Brusca, por el camellón de la avenida de Ámsterdam de la Ciudad de México para que haga en público sus necesidades porque en privado, en la casa, no le gusta a la maldita. O mejor dicho bendita, porque la amo.
P. ¿Se identifica con la voz central del libro?
R. Mil por mil. Cien por cien. Ciento por ciento.
P. ¿Es un viaje por sus recuerdos?
R. Sí. Un viaje en avión tratando de ganarle la carrera a mi médico, el doctor Alzhéimer.
P. ¿Le gusta viajar en avión?
R. Mucho. Ahí o cuando lavo platos se me ocurren los libros. Viajo en clase turista y lavo platos más que por falta de dinero por humildad. A mí que no me venga el papa Francisco a dárselas de humilde, que él no lava platos y viaja en jet privado. Ah, no, perdón, calumnio, miento. Lava patas.
P. El libro tiene mucho humor. ¿Cómo se consigue?
R. Esa es una interpretación errada. Yo nunca escribo en burla: siempre en serio.
P. A la Iglesia le dedica constantes dardos. Por ejemplo: “Dios, como Pablo Escobar, no mata por mano propia, Él no se ensucia: para eso tiene sus sicarios”. ¿Le falta humor a la religión?

Los políticos son corruptos; los dictadores, corruptos; los tiranos, corruptos; los reyes, zánganos y corruptos...
R. Según Marx, la religión es el opio del pueblo. ¡Qué va! Ojalá. Me la fumaría enterita. La religión es una plaga. Todas, empezando por el cristianismo y el mahometismo, a las que hoy pertenece la mitad del género humano. El cristianismo no es una civilización, es una empresa criminal, y lo mismo eso que llaman pomposamente el islam: mahometanos asesinos y rezanderos. No hay Dios, Bergoglio, y nunca ha habido un Cristo de carne y hueso, sacado de una costilla de Adán o de un chorro de luz de las entrañas de la Virgen fecundada luminosamente por el Espíritu Santo. A la religión no le falta humor, lo que le falta es castigo.
P. Cuando ataca, lo hace con nombre y apellidos. Putin, Sarkozy y hasta Santos (“más estúpido que una película de avión”)… ¿Le gusta la polémica?
R. Yo con nadie polemizo. No soporto que me contradigan.
P. Dice usted de los colombianos que son “chusma carnívora y paridora, cristiana y futbolera”. ¿Existe posibilidad de que usted se reconcilie con Colombia?
R. Nunca me he peleado con esa mala patria. Simplemente, le ajusto cuentas cada vez que puedo.
P. ¿Es Santa Anita su infancia, la otra Colombia?
R. Así es. La más hermosa.
P. Dice su protagonista sobre Colombia: “Ya sé que por maldición eterna habré de volver a morir a ese moridero”. ¿Lo cree usted?
R. Estoy seguro, porque como yo soy el que voy a decidir mi muerte… A mí no me va a matar Diosito con un cáncer de páncreas o mandándome un sicario. No le pienso dar gusto a ese Viejo.
P. “El Homo sapiens es una fábrica de mierda”. ¿No le gusta el género humano?


El escritor colombiano, en su casa en la Ciudad de México. / JAIME NAVARRO
R. Me gusta que haya dicho “género humano” y no “raza humana” como muchos ignorantes traduciendo del inglés the human race; o “especie humana” como dicen los escrupulosos aduciendo que la del Homo sapiens es una especie y no un género. Sí, reparones, pero en términos biológicos, no de lenguaje. Las lenguas son caprichosas. Y la española ni se diga. Este es un idioma loco.
P. ¿De dónde le viene el interés por la gramática?
R. De Colombia, que está loca. Durante 50 años la gobernaron presidentes gramáticos del partido conservador, que creían en Dios y vivían en guerra permanente contra el que y los gerundios galicados. Y que no se le podía quitar la preposición a a las ciudades ni a los países cuando eran complemento directo. “Mas independizó Cataluña”. ¡Qué horror! Eso es incorrectísimo. Debe ser: “Mas independizó a Cataluña”. Cuando se consume esta separación vuelvo a España. Antes ni muerto.
P. No se fía de los políticos, o eso parece. ¿Pero se puede vivir sin ellos?
R. Los políticos son corruptos; los dictadores, corruptos; los tiranos, corruptos; los reyes, zánganos y corruptos; los curas, maricas y corruptos; el Papa, farsante y corrupto; los ayatolás, asesinos y corruptos; Castro, traidor y corrupto; Berlusconi, pederasta y corrupto; Putin, asesino y corrupto… Y así. Y todos ellos carnívoros.¡Hideputas!, les habría dicho don Quijote.
P. Colombia, la Iglesia, la podredumbre política, la muerte… ¿Se puede decir que forman parte de sus obsesiones?
R. La Iglesia y los políticos son roñas incurables. Y Colombia, una mala patria. Esta es la hora en que no acabo de ajustarle las cuentas.
P. ¿Cómo ve Colombia ahora? ¿Y México?
R. Igual de jodidos. Casi como España. En ese par de paisuchitos la gente se reproduce como animales, y se come a los animales. “¡No se reproduzcan como conejos!”, dijo Bergoglio. ¡Ah, sí! ¿Y la encíclica Humanae vitae de su predecesor Pablo VI en que este Papa prohibía el sexo no solo por fuera del matrimonio sino también dentro de él cuando no estaba destinado a la reproducción? Así que si usted quiere tener 20 coitos en su vida tiene que tener 20 hijos. Mi papá y mi mamá fabricaron 24. En la portada de ¡Llegaron! puede ver usted unos cuantos de ellos. Ahí estoy yo con gafitas. Mi papá, manejando. Mi mamá, con su benjamincito en brazos.

Toda mi familia tiene cuentas pendientes conmigo que no acaban de saldar. De libro en libro se las voy cobrando
P. Dentro del libro hay otro libro: ‘La libreta de los muertos’. ¿Los cuenta y recuerda usted?
R. Voy en el 858, que se dicen rápido pero que me costaron una vida y años de esfuerzos de la memoria. Son los que vi por lo menos una vez, pero en persona (no en el periódico o por televisión), y que sé con certeza que se murieron. Me dicen que Buñuel llevaba una libreta así. La llevaría, pero no como la mía, ni de lejos: en la mía hay putas, gigolós, travestis, políticos, atracadores, ladrones, sicarios. Y dos papas: Giovanni Battista Montini, alias Pablo VI, y Karol Wojtyla, alias Juan Pablo II. A uno lo vi con la capa al viento, a 20 metros, en la plaza de Bolívar de Bogotá; y al otro pasando en papamóvil por la avenida de los Insurgentes de la Ciudad de México, también a tiro de piedra. No sabe la alegría con que los anoté.
P. La muerte es una constante en su texto. ¿Le produce miedo? ¿Angustia? ¿Sensación de absurdo? ¿Soledad?
R. Terror, porque dejaría a mi perra, Brusca, huérfana.
P. ¿Es usted un hombre familiar? En el libro le da mucha importancia a la familia.
R. Toda mi familia tiene cuentas pendientes conmigo que no acaban de saldar. De libro en libro se las voy cobrando.
P. “Vivo para contener el caos”, dice su protagonista. ¿Es la literatura una forma de poner orden en las cosas?
R. No. Por el contrario. Nada de orden. Que se acabe la humanidad y volvamos al caos, que el orden cuesta mucho, inmenso esfuerzo, no paga el sacrificio.
P. ¿Cuándo sabe que ha terminado un libro? ¿Cuándo lo supo de este?
R. Cuando llego a la página 180. Más es mucho y menos poco.

jueves, 20 de mayo de 2010

PRENSA CULTURAL. Sobre el Quijote, por Fernando Vallejo (Colombia, 1942)

Fernando Vallejo

En "El País" (2005):
El gran diálogo del Quijote

Fernando Vallejo
BABELIA - 10-09-2005

A cuatrocientos años de su publicación ,el Quijote sigue asombrándonos con sus riquezas y complejidades sin que alcancemos a desentrañar todavía su significado profundo. Tres veces lo he leído, en tres épocas muy distintas de mi vida, y las tres con la misma mezcla de asombro y devoción y riéndome a las carcajadas como si alguien me hubiera soltado la cuerda de la risa. Como la primera vez que lo leí era un niño y la última fue hace poco, o sea de viejo, esas carcajadas me dicen que sigo siendo el mismo, tan igual a mí mismo como es igual a sí misma una piedra, y que por lo menos en este mundo cambiante y de traidores que me tocó vivir jamás me he traicionado, y así me voy a morir en la impenitencia final, y no como don Quijote renegando de su esencia y abominando de los libros de caballería. Yo no: me moriré maldiciendo al Papa, a Cristo, a Moisés, a Mahoma, a la Iglesia católica, a la protestante, a la religión musulmana, y bendiciendo a Nuestro Señor Satanás el Diablo, con quien mantengo un diálogo cordial permanente. Los alemanes nunca me entenderán porque no son españoles como yo, que aunque ando con pasaporte colombiano por los aeropuertos de este mundo en esencia soy español pues pienso en español, sueño en español, hablo en español, blasfemo en español y me voy a morir en español, en la impenitencia final concebida en palabras españolas, tras de lo cual caeré en picada rumbo a los profundos infiernos como la piedra que les digo a continuar allá en español el diálogo que les digo con el que les digo. Mientras tanto, y entrando en materia, ¿qué era lo que le pasaba a don Quijote? Hombre, que se le botó la canica, como a Hitler, como a Castro, como a Wojtyla, y le empezaron a soplar vientos alucinados de grandeza en los aposentos de la cabeza. Y sin embargo don Quijote no fue un ser de carne y hueso: es una ficción literaria de un gentilhombre español que lo llevaba adentro y que ya al final de su desventurada vida de desastres lo logró pasar al papel apresándolo en palabras castellanas, un escritor del Siglo de Oro muy descuidado que no ponía comas, ni puntos y comas, ni dos puntos, ni tildes, ni nada, y que los ocho puntos que puso en su vida los puso mal, donde sobraban o en lugar de comas, pero que tenía el alma grande: Miguel de Cervantes Saavedra, quien en una página ponía mismo y en otra mesmo, en una dozientas y en otra duzientas, y no le importaba. Andrés le dijo a don Quijote que el labrador le debía "nueve meses, a siete reales cada mes. Hizo la cuenta don Quijote y halló que montaban setenta y tres reales, y díjole al labrador que al momento los desembolsase, si no quería morir por ello". Nueve multiplicado por siete da sesenta y tres y no setenta y tres. ¿Quién hizo mal la cuenta? ¿Don Quijote? ¿O Cervantes? ¿O fue una errata? Sabrá el Diablo, mi compadre.
Esos embrollos de Cervantes y esas cuentas de don Quijote me recuerdan la máquina de escribir de mi abuelo, en la que escribía sus memoriales, los interminables memoriales de un pleito que arrastró treinta años del juzgado al tribunal y del tribunal a la corte, hasta que se lo falló, por fin, la muerte, pero no en la Corte Suprema de Justicia de Colombia, que está tan en bancarrota como el resto del país, sino en la celestial. Le fallaron en contra. Y pese a lo bueno que fue lo mandaron a los infiernos porque vivió esclavo del terrible pecado de la terquedad. De niño, en un ataque de ira, atravesó una pared de bahareque a cabezazos. Era una terquedad ciega y sorda, que no oía razones, y su máquina una Rémington vieja y destartalada, de teclas desajustadas y con las letras sucias, que jamás limpió. "Abuelito", le decía yo, "¿por qué no limpiás esas letras, que la a parece e y la o parece ene?". "No", decía, "así enredan más". ¡Cómo quieren que ande yo de la cabeza! Y pensar que el nieto de ese señor es el que esta noche, en el Instituto Cervantes de Berlín nada menos, les va a explicar el Quijote. Hombre, eso, como diría don Quijote, es "pensar en lo excusado". En fin, a la mano de Dios.
"En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme...". Así empieza nuestro libro sagrado, con el "no quiero" más famoso que haya dicho un español en los mil años bien contados que lleva de existencia España. Y vaya, que es decir, pues para empecinados los españoles, que le hubieran podido dar lecciones a mi abuelo. ¿Y por qué no quiere acordarse Cervantes del nombre del lugar de La Mancha? Porque no se le da la gana. No quiere y punto. España no necesita razones. ¡Ah, cómo me gusta ese "no quiero", cómo lo quiero! En él me reconozco y reconforto, yo que sólo he hecho lo que he querido y nunca lo que no he querido. Entro a un bar de Madrid y entre tanto señor que grita y fuma pido a gritos con voz firme, sacando fuerzas de flaqueza: "¡Un whisky, camarero!". "Tómese mejor una caña fría que está haciendo mucho calor", me recomienda el necio. "No quiero ninguna caña, ni fría ni caliente, quiero un whisky, y si no me lo sirve ya, me lo voy a tomar a otro bar, a Andalucía". "Váyase mejor a Ávila de la santa que es más fresca", me contesta el maldito. Entonces, para darle una lección al maldito, tomo un tren de la Renfe y me voy a Andalucía a tomarme un whisky en el primer bar que encuentro. Así somos: queremos cuando queremos, y cuando no queremos no queremos. España es una terquedad empecinada. Por eso descubrió a América y la colonizó y la evangelizó y la soliviantó y la independizó y nos la volvió una colcha católica de retazos de paisitos leguleyos. La hazaña le costó su caída de la que apenas ahora, cuatrocientos años después, se está levantando, aunque a costa de sí misma. Hoy España no es más que una mansa oveja en el rebaño de la Unión Europea. ¡Pobre! La compadezco. Lo peor que le puede pasar al que es es dejar de ser.Pero volvamos al "no quiero" a ver si por la punta del hilo desenredamos el ovillo y le descubrimos al Quijote la clave del milagro, su secreto. Parodia de lo que se le atraviese, el Quijote se burla de todo y cuanto toca lo vuelve motivo de irrisión: las novelas de caballerías y las pastoriles, el lenguaje jurídico y el eclesiástico, la Santa Hermandad y el Santo Oficio, los escritores italianos y los grecolatinos, la mitología y la historia, los bachilleres y los médicos, los versos y la prosa... Y para terminar pero en primer lugar y ante todo, se burla de sí mismo y del género de la novela de tercera persona a la que aparentemente pertenece y del narrador omnisciente, ese pobre hijo de vecino inflado a más, como Dostoievski, que pretende que lo sabe todo y lo ve todo y nos repite diálogos enteros como si los hubiera grabado con grabadora y nos cuenta, con palabras claras, cuanto pasa por la confusa cabeza de Raskolnikof como si estuviera metido en ella o dispusiera de un lector de pensamientos, o como si fuera ubicuo y omnisciente como Dios. Y no. No existe el lector de pensamientos, ni Dios tampoco. El Diablo sí, mi compadre, a quien he olido, tocado y visto: olido con estas narices, tocado con estos dedos y visto con estos ojos. ¡Al diablo con Dostoievski, Balzac, Flaubert, Eça de Queirós, Julio Verne, Cronin, Zola, Blasco Ibáñez y todos, todos, todos los narradores omniscientes de todas las dañinas novelas de tercera persona que tanto mal les han hecho a los zafios llenándoles de humo los aposentos vacíos de sus cabezas! ¡Novelitas de tercera persona a mí, narradorcitos omniscientes! ¡Majaderos, mentecatos, necios!
¿Y el Quijote qué? ¿No es pues también una novela de tercera persona de narrador omnisciente? ¡Pero por Dios! ¡Cómo va a ser una novela de tercera persona una que empieza con "no quiero"! Lo que es es una maravilla. En el Quijote nada es lo que parece: una venta es un castillo, un rebaño es un ejército, unas odres de vino son unas cabezas de gigante, unas mozas del partido o rameras (que con perdón así se llaman) son unas princesas, y una novela de tercera persona es de primera. ¡Que si qué! Treinta veces cuando menos en el curso de su libro, en una forma u otra, Cervantes nos va refrendando el "no quiero" del comienzo para que no nos llamemos a engaño y no lo vayamos a confundir con los novelistas del común que vinieran luego, a él que es único, y nos vayamos con la finta (como dicen en México) de que lo que él cuenta fue verdad y ocurrió en la realidad y existió de veras el hidalgo de La Mancha. Y así, en el segundo capítulo, vuelve al asunto del yo: "Autores hay que dicen que la primera aventura que le avino fue la de Puerto Lápice; otros dicen que la de los molinos de viento; pero lo que yo he podido averiguar en este caso, y lo que he hallado escrito en los anales de La Mancha es que él anduvo todo aquel día, y al anochecer su rocín y él se hallaron cansados y muertos de hambre", etcétera. ¿No es esto una obvia tomadura de pelo? ¿Si don Quijote va solo, cómo pudieron saber los que escribieron los anales de La Mancha qué le pasó aquel día? Ya en la página anterior nos había dicho: "Yendo, pues, caminando nuestro flamante aventurero, iba hablando consigo mismo y diciendo: -¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, de esta manera?", etcétera. Pues el sabio es él, Cervantes, que es quien está inventando esos hechos y esos pensamientos, y puesto que el personaje es nuestro, ya que acaba de decir "nuestro flamante caballero", nosotros también los estamos inventando con él. Jamás Dostoievski, Balzac, Flaubert y demás embaucadores de tercera persona tendrían la generosidad y la amplitud de alma para hacernos coautores de sus libros porque ellos se creen Dios Padre y que están metidos hasta en el corazón del átomo. Cervantes no, Cervantes no se cree nadie y está jugando.
El yo que está implícito en el "no quiero" del primer capítulo y explícito en el "lo que yo he podido averiguar" del segundo, reaparece en el noveno: "Estando yo un día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos cartapacios y papeles viejos a un sedero; y como yo soy aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles", etcétera. Y al muchacho que dice le compra los cartapacios, que resultan ser la Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo. En adelante Cervantes seguirá alternando entre el yo implícito o explícito que ya conocemos y el Cide Hamete Benengeli que ha inventado para recordarnos que él y el historiador arábigo y don Quijote y todo lo que llena su libro son mera ilusión. ¿Y qué es la realidad, pregunto yo, sino mera ilusión? ¿O me van a decir que éste es el Instituto Cervantes de Berlín y que está de noche? A ese paso también existiría yo, cosa que no me haría ninguna gracia. Las ventas no son ventas y las rameras no son rameras. Las ventas son castillos y las rameras son princesas, y todo es humo que llena los aposentos vacíos de la cabeza.
¿Y si el Quijote no es una novela de tercera persona, qué es entonces, cómo lo podemos describir aunque sea por fuera? Es un diálogo. Un gran diálogo entre don Quijote y Sancho con la intervención ocasional de muchos otros interlocutores, y con Cervantes detrás de ellos de amanuense o escribano, anotando y explicando. Hojeen el libro y verán. Ahí todo el tiempo están hablando, conversando, en pláticas. Y de repente, "estando en estas pláticas", aparece gente por el camino y don Quijote les cierra el paso: "Deteneos, caballeros, o quienquiera que seáis, y dadme cuenta de quién sois, de dónde venís, adónde vais, qué es lo que en aquellas andas lleváis". Eso, o cosa parecida, dice siempre, y siempre le contestan que llevan prisa y que no se pueden detener a contestarle tanta pregunta. "Sed más bien criado", replica entonces don Quijote, "y dadme cuenta de lo que os he preguntado; si no, conmigo sois todos en batalla". ¡Y se le suelta el resorte de la ira! Las escenas de acción del Quijote (don Quijote acometiendo los molinos de viento o las odres de vino o el rebaño de ovejas o liberando a los galeotes), que son las que ilustró Doré, ocupan una veintena de páginas, y el libro tiene mil. De esas mil, otras doscientas las ocupan las novelas incorporadas, ¿y qué es el resto? Son conversaciones, pláticas. Y he aquí la razón de ser de Sancho Panza y la explicación de la primera de las tres salidas de don Quijote, que fue una salida en falso. Don Quijote sale solo y una veintena de páginas después Cervantes lo hace regresar. ¿A qué? ¿Por dinero, unas camisas limpias y un escudero que se le olvidaron, según dice? No, lo que se le olvidó fue algo más que el dinero, las camisas y el escudero, se le olvidó el interlocutor, y sin interlocutor no hay Quijote. Eso lo sintió muy bien Cervantes cuando escribía las primeras páginas, que el libro que tenía en el alma era un diálogo y no una simple serie de episodios como los del Lazarillo o del Guzmán de Alfarache, quienes van solos de aventura en aventura, sin interlocutor. Ésta es la diferencia fundamental entre el Quijote y las novelas picarescas. Un escritor de hoy (de los que creen que escriben para la eternidad) borra esas primeras veinte páginas y empieza el libro de nuevo haciendo salir a don Quijote acompañado por Sancho desde el comienzo. Pero un escritor del Siglo de Oro no, y menos Cervantes a quien le daba lo mismo mismo y mesmo.
¡Qué iba a borrar nada! ¡Si ni siquiera releía lo que había escrito! Y cuando acabada de salir la primera edición del Quijote sus malquerientes le hicieron ver las inconsecuencias del robo del rucio de Sancho, que aparece y desaparece sin que se sepa por qué, y se vio obligado a escribir, para la primera reimpresión, un pasaje que aclarara el asunto y enmendara el defecto, lo puso mal, en el sitio en que no era, y el remedio resultó peor que la enfermedad. ¡Pero cuál defecto! Estoy hablando con muy desconcertadas razones. El Quijote no tiene defectos: los defectos en él se vuelven cualidades. ¿Cómo va a ser un defecto, por ejemplo, la prosa desmañada de Cervantes, la del escribano que va detrás de don Quijote y Sancho anotando lo que dicen y explicando lo que les pasa? Todo lo que dice don Quijote es maravilloso, todos sus parlamentos y réplicas, largas o cortas, y sus insultos, sus consejos, sus arengas, todo, todo. Si la prosa de Cervantes también lo fuera, las palabras de don Quijote serían opacadas por ella o cuando menos contrarrestadas. No es concebible el Quijote narrado en la prosa de Azorín o de Mújica Láinez. Azorín y Mújica Láinez son grandes prosistas, pero no grandes escritores. El gran escritor es Cervantes. Inmenso. Y su instinto literario, certero como pocos, le indicaba que la única forma posible de intervenir él era en una prosa deslucida y torpe, la cual, dicho sea de paso, no le costaba gran trabajo pues no sólo era mal poeta sino mal prosista. Y descuidado y desidioso e ingenuo. ¿No se les hace una ingenuidad que a cada momento nos esté repitiendo que don Quijote está loco y cacareándonos, en una forma u otra, su locura? Un ejemplo: "Esos pensamientos le hicieron titubear en su propósito; mas, pudiendo más su locura que otra razón alguna, propuso de hacerse armar caballero del primero que topase". Otro ejemplo: "Con éstos iba ensartando otros disparates". Otro más: "El ventero, que, como está dicho, era un poco socarrón y ya tenía algunos barruntos de la falta de juicio de su huésped". Otro: "y trújole su locura a la memoria aquel de Valdovinos y del marqués de Mantua". Me niego a aceptar que Cervantes trate a don Quijote de loco. El loco es él, que se hizo dar un arcabuzazo en la mano izquierda en la batalla de Lepanto y le quedó anquilosada. A mí a don Quijote no me lo toca nadie. Ni Cervantes.
Don Quijote es el personaje más contundente de la literatura universal, ¿y saben por qué? Porque es el que habla más. Y el que habla más es el que tiene más peso. Para eso le puso Cervantes a su lado a Sancho, para que pudiera hablar y Sancho a su vez le devolviera sus palabras cambiadas, como las cambia el eco. A mí que no me vengan con Hamlet, ni con Raskolnikof, ni con Madame Bovary, ni con el père Goriot. Esos son alebrijes de papel maché de los que hacen en México. O espantajos de paja o alfeñiques de azúcar. Al lado de don Quijote, Hamlet y compañía no llegan ni a la sombra de una sombra. Cierro los ojos y veo a don Quijote con su lanza, su adarga y su baciyelmo. Los vuelvo a cerrar para ver a Hamlet y no lo veo. ¿Cómo será el príncipe de Dinamarca? No sé. Presto entonces atención y oigo a don Quijote: "Pues voto a tal, don hijo de la puta, don Ginesillo de Paropillo, o como os llaméis, que habéis de ir vos solo, rabo entre piernas, con toda la cadena a cuestas". Y oigan esta otra maravilla: "Eso me semeja", respondió el cabrero, "a lo que se lee en los libros de caballeros andantes, que hacían todo eso que de este hombre vuestra merced dice, puesto que para mí tengo o que vuestra merced se burla o que este gentilhombre debe de tener vacíos los aposentos de la cabeza". Entonces el gentilhombre, que es nadie más y nadie menos que don Quijote, le contesta: "Sois un grandísimo bellaco, y vos sois el vacío y el menguado, que yo estoy más lleno que jamás lo estuvo la muy hideputa puta que os parió". ¡Eso es hablar, eso es existir, eso es ser! ¡Ay, "to be or not to be, that is the question"! ¡Qué frasecita más mariconcita! ¿Hamlecitos a mí? ¿A mí Hamlecitos, y a tales horas? "¡Voto a tal, don bellaco, que si no abrís luego luego las jaulas, que con esta lanza os he de coser con el carro!". Ese "luego luego" que dijo don Quijote apremiando al carretero para que le abriera las jaulas de los leones me llega muy al corazón porque aunque ya murió en Colombia todavía lo sigo oyendo en México. Lo que sí no he logrado ver, en cambio, en México, es leones. Vivos, quiero decir, para que me los suelten.
Tenía mi abuelo, el de la máquina de las aes y las ees, un amigo de su edad, don Alfonso Mejía, hombre caritativo y bondadoso que se la pasaba citando historias edificantes y vidas de santos y rezando novenas. Mayor pulcritud de lenguaje y alma, imposible. Solterón, se había hecho cargo de tres sobrinas quedadas, y vivían enfrente de la finca Santa Anita de mi abuelo, en otra finca, cruzando la carretera. Pues he aquí que un día, como a don Quijote, se le botó la canica. Y el pulcro, el ejemplar, el bien hablado de don Alfonso Mejía el bueno, el de alma limpia, mandó a Dios al diablo y estalló en maldiciones. Una vez lo oí gritándole desde el corredor de su casa a una mujercita humilde embarazada que venía con otra por la carretera: "¿A dónde vas, puta, con esa barriga, quién te preñó? Decí a ver, decí a ver, ¿qué llevás ahí adentro? ¿El hijo patizambo de Satanás? ¡Ramera!". Lo que siempre he dicho, éste es el mejor idioma para esta raza que nunca ha estado muy bien de la cabeza.
Me dicen que el alemán tiene pocos insultos. ¡Pobres! ¿Y cómo le hacen? ¿Se matan, o qué? ¿Y las traducciones del Quijote al alemán? ¿No pierde mucho vertido a esta lengua atildada y filosófica nuestro hideputa? O planteado de otra manera: ¿se puede desquiciar en alemán el alma humana? La tercera traducción del Quijote fue al alemán, hecha pocos años después de que apareciera el original español. La primera traducción había sido al inglés, la de Thomas Shelton, de 1612; y la segunda al francés, de 1614 y de Oudin. Oudin el grande, el gramático, a quien admiro y cuya muerte envidio. "Je m'en vais ou je m'en va pour le bien ou pour le mal" se preguntó en su lecho de muerte, y sin alcanzar a resolver este tremendo problema de gramática murió. ¡Qué muerte más hermosa! Así me quiero morir yo, tratando de apresar este idioma rebelde hecho de palabras de viento, y llorando en mi interior por él, por lo que no tiene remedio, por el adefesio en que me lo ha convertido el presidente Fox de México. ¡Pobre lengua española! ¡Haber subido tan alto y haber caído tan bajo y servir hoy para rebuznar! En homenaje a César Oudin, primer traductor del Quijote al francés y gramático insigne, y en recuerdo de la Hispanica lingua que un día fue y ya no es, in memoriam, guardemos un minuto de silencio.
Antes de Cervantes la novela pretendió siempre que sus ficciones eran verdad y le exigió al lector que las creyera por un acto de fe. Ése fue su gran precepto, la afirmación de su veracidad, así como la tragedia tuvo el suyo, el de la triple unidad de tiempo, espacio y tema. Vino Cervantes e introdujo en el Quijote un nuevo gran principio literario, el principio terrorista del libro que no se toma en serio y cuyo autor honestamente nos dice que lo que nos está contando es invento y no verdad. Lo cual es como negar a Dios en el Vaticano. Por algo pasó Cervantes cinco años cautivo en Argel. De allí volvió graduado de terrorista summa cum laude. Y así el cristiano bañado en musulmán, en el Quijote se da a torpedear los cimientos mismos del edificio de la novela, su pretensión de veracidad. Cuatrocientos años después, el polvaredón que levantó todavía no se asienta. ¡Cuáles torres gemelas! Ésas son nubes de antaño disipadas hogaño.
Total, la novela no es historia. La novela es invento, falsedad. La historia también, pero con bibliografía. En cuanto a don Quijote, creyente fervoroso en la letra impresa y para quien Amadís de Gaula ha sido tan real como Ruy Díaz de Vivar, las confunde ambas. A él no le cabe en la cabeza que un libro pueda mentir. A mí sí. Para mí todos los libros son mentira: las biografías, las autobiografías, las novelas, las memorias, Suetonio, Tácito, Michelet, Dostoievski, Flaubert
... ¡Ay, dizque "Madame Bovary c'est moi"! ¿Cómo va a ser Flaubert Madame Bovary si él es un hombre y ella una mujer? Michelet miente y Flaubert doblemente miente. Una de nuestras grandes ficciones es llamar a nuestra especie Homo sapiens. No. Se debe llamar Homo alalus mendax, hombre que habla mentiroso. La palabra se inventó para mentir, en ella no cabe la verdad. El hombre es un mentiroso nato y la realidad no se puede apresar con palabras, así como un río no se puede agarrar con las manos. El río fluye y se va, y nosotros con él.
Libro sobre otros libros, el Quijote no es posible sin la existencia previa de las novelas de caballería. Es literatura sobre la literatura, invento sobre otros inventos, mentira sobre otras mentiras, ficción sobre otras ficciones. Don Quijote sale al camino a imitar a los héroes de los libros de caballería que tan bien conoce, soñando con que un sabio como los que aparecen en ellos algún día escriba uno sobre él narrando sus hazañas. Pues bien, Cervantes el amanuense es el sabio que lo va escribiendo. Sólo que a medida que lo va escribiendo y que va inventando a don Quijote lo va negando, como Pedro a Cristo. Entre líneas Cervantes nos repite todo el tiempo: miren lo que dice y hace este loco que me inventé, ¿no se les hace muy gracioso? Pero no vayan a creer que es verdad. Nada de eso. Yo de desocupado estoy inventando, y ustedes de desocupados me están leyendo. Y así no sólo no me quiero acordar del lugar de La Mancha de donde era mi hidalgo, sino que ni siquiera le pongo un nombre cierto: "Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que de este caso escriben, aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llamaba Quijana. Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración de él no se salga un punto de la verdad". Esto dice en la primera página de la Primera Parte. Diez años más tarde y mil páginas después, al final de la Segunda Parte, que es de 1615, y a un paso de acabarse definitivamente el libro y de morir don Quijote y un poco después su autor, Cervantes le hace decir a su héroe moribundo: "Dadme albricias, buenos señores, de que ya yo no soy don Quijote de La Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de bueno". Ah, sí, pero al labrador que lo recogió todo maltrecho al final de la primera salida, en las primeras páginas de la Primera Parte, le hizo decir: "Mire vuestra merced, señor, pecador de mí, que yo no soy don Rodrigo de Narváez, ni el Marqués de Mantua, sino Pedro Alonso, su vecino; ni vuestra merced es Valdovinos, ni Abindarráez, sino el honrado hidalgo del señor Quijana". En qué quedamos: ¿Quijano o Quijada o Quijana o Quesada? "Yo sé quién soy", le responde don Quijote a su vecino Pedro Alonso, "y sé que puedo ser, no sólo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia y aun todos los nueve de la Fama". Con uno así no se puede razonar. Que se llame como le dé la gana.
La Segunda Parte del Quijote, cuyo cuarto centenario celebraremos dentro de 10 años si China y Estados Unidos no vuelan esto, lleva a su plena culminación la idea terrorista del libro en burla. Sabemos que quien se esconde tras el nombre de Alonso Fernández de Avellaneda, vecino de Tordesillas, se le adelantó a Cervantes en unos meses escribiendo la Segunda Parte que conocemos como el Quijote apócrifo, o sea, el que no ha sido inspirado divinamente, como sí lo fue el auténtico. Porque que Dios le dictó las dos partes del Quijote auténtico a Cervantes, eso sí no tiene vuelta de hoja: es agua clara, aire límpido, cristal puro y transparente. Lo que no sabemos en cambio es para qué le dictó Dios a Cervantes semejante libro. ¿Para dar al traste con la vanidosa ficción novelesca? Pues si así fue, en la Segunda Parte Cervantes superó la inspiración que le dio Dios en la Primera. ¿Y saben con la ayuda de quién esta vez? De Avellaneda, nadie menos. Del impostor a quien Cervantes vuelve su instrumento y de cuyo libro apócrifo se apodera para volverlo papilla en el suyo. En Barcelona, poco antes de su encuentro con el Caballero de la Blanca Luna, quien lo derrotará precipitando el final, don Quijote entra a una imprenta (que no las conoce) con gran curiosidad de saber cómo se imprimen los libros, y pregunta una cosa y la otra y la otra hasta que de repente: "Pasó adelante y vio que asimismo estaban corrigiendo otro libro, y preguntando su título le respondieron que se llamaba la Segunda parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, compuesta por un tal, vecino de Tordesillas". ¡Pero cómo! ¿No que ya estábamos en la Segunda Parte? ¿Es posible que estemos viviendo y nos estén imprimiendo a la vez? ¡Claro, Gutenberg es milagroso! O mejor dicho, Gutenberg en manos de Cervantes, pues un alemán por sí solo no produce milagros. Por lo demás, como el vecino de Tordesillas no es Cervantes sino Avellaneda, entonces el Quijote que están imprimiendo no es el Quijote, ni el hidalgo don Quijote que está en prensa es el hidalgo don Quijote que está viendo imprimir. ¿Y hay forma de distinguirlos? ¡Claro! Avellaneda es un pobre hijo de vecino y Cervantes un genio. ¿Habráse visto mayor disparate que el de Avellaneda cuando hace meter a don Quijote al manicomio de Toledo? Si don Quijote estuviera loco, en casa de ahorcado no se mienta soga. ¡Y decir que don Quijote es de Argamasilla! ¡Qué ocurrencias las de este majadero! Don Quijote es de un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme.
Poco después del episodio de la imprenta viene el encuentro fulgurante de don Quijote con el Caballero de la Blanca Luna quien lo derriba y se va sobre él y poniéndole la lanza contra la visera lo conmina a que acepte las condiciones pactadas antes del duelo, a lo que don Quijote, como hablando desde dentro de una tumba y con voz debilitada y enferma, responde: "Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza y quítame la vida, pues me has quitado la honra". Yo no sé si Dulcinea del Toboso fuera, como decía don Quijote, la más hermosa mujer del mundo, pero lo que sí sé es que ésta es la frase más hermosa del Quijote. En ella cabe toda nuestra fe: vencedora o vencida, España es grande.
En un mesón del camino, ya de regreso a casa y rumbo a la muerte, ocurre un encuentro asombroso, de esos que sólo se pueden dar en la realidad milagrosa que crea la letra impresa: don Quijote se cruza con don Álvaro Tarfe, que es un personaje muy importante del Quijote apócrifo, y lo convence de que el don Quijote que conoció don Álvaro en ese libro es falso, y que el auténtico es el que tiene enfrente. "A vuestra merced suplico, por lo que debe a ser caballero, sea servido de hacer una declaración ante el alcalde de este lugar de que vuestra merced no me ha visto en todos los días de su vida hasta ahora, y de que yo no soy el don Quijote impreso en la segunda parte, ni este Sancho Panza mi escudero es aquel que vuestra merced conoció". ¡Como si él no estuviera, en el momento en que lo dice, en otra Segunda Parte! Todos andamos siempre en una segunda parte, hasta tanto no se nos acabe el libro y nos entierren o nos cremen. Y don Álvaro le responde: "Eso haré yo de muy buena gana, aunque cause admiración ver dos don Quijotes y dos Sanchos a un mismo tiempo tan conformes en los nombres como diferentes en las acciones; y vuelvo a decir y me afirmo que no he visto lo que he visto, ni ha pasado por mí lo que ha pasado". ¡Fantástico! Sólo que en su respuesta don Álvaro implícitamente también se está negando a sí mismo. ¿O qué le asegura que en el momento que habla él es el Álvaro Tarfe auténtico? "Muchas de cortesías y ofrecimientos pasaron entre don Álvaro y don Quijote, en las cuales mostró el gran manchego su discreción, de modo que desengañó a don Álvaro Tarfe del error en que estaba; el cual se dio a entender que debía de estar encantado, pues tocaba con la mano dos tan contrarios don Quijotes". El que no se niegue a sí mismo en el Quijote no existe. Negarse allí es el precio de existir.
¡Qué más da que fuera venta o castillo! Total, ya no hay ventas ni hay castillos. Todo lo borra Cronos. Hoy construye y mañana tumba; hoy une y mañana desune. Pero lo que con más saña le gusta destruir al dueño loco de la Historia son los idiomas. Lanza un ventarrón burletero y barre con sus deleznables palabras. Y luego, para rematar, les ventea encima polvo. Leyendo el Quijote por tercera vez, ahora en la edición de las Academias que acaba de aparecer con notas de Francisco Rico, al llegar a la frase: "Estaban acaso a la puerta dos mujeres mozas, de estas que llaman del partido, las cuales iban a Sevilla con unos arrieros", como hay una llamada numerada en arrieros, bajo los ojos a las notas de pie de página y encuentro la siguiente explicación: "conductores de animales de carga y viaje". Y algo después, en la frase: "Antojósele en esto a uno de los arrieros que estaban en la venta ir a dar agua a su recua... ", nueva llamada y abajo la explicación de recua: "grupo de mulas". ¡Pero por Dios! ¡Venirme a explicar a mí qué es una recua o un arriero! ¿A a mí que nací en Antioquía que vivió por siglos encerrada entre montañas y que si algo supo del mundo exterior fue por los arrieros, que nos traían las novedades y noticias de afuera, y entre los bultos de sus mercancías, sobre los lomos de las mulas de sus recuas, ejemplares del Quijote? Arrieros eran los que nos arriaban el tiempo, remolón y perezoso entonces, y le decían "¡arre, arre!" para que se moviera. ¡Ay, carambas, mejor lo hubieran dejado quieto!
"En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor". Ya nadie sabe que el astillero era la percha en donde se colgaban las armas, ni la adarga un escudo ligero, ni el rocín un caballo de trabajo, y Francisco Rico nos lo tiene que explicar en sus notas. Señores, les pronostico que en 2105, en el quinto centenario del gran libro de Cervantes, no habrá celebraciones como éstas. Dentro de cien años, cuando al paso a que vamos el Quijote sean puras notas de pie de página, ya no habrá nada que celebrar, pues no habrá Quijote. La suprema burla de Cronos será entonces que tengamos que traducir el Quijote al español. ¿Pero es que entonces todavía habrá español? ¡Jua! Permítanme que me ría si a este engendro anglizado de hoy día lo llaman ustedes español. Eso no llega ni a espanglish. Por lo pronto, en tanto se acaba de terminar esto, recordemos a ese hombre de alma grande que nació en Alcalá de Henares, que anduvo por Italia en sus años mozos al servicio del cardenal Acquaviva, que peleó en la batalla de Lepanto donde perdió una mano, que sufrió cautiverio en Argel, que quiso venir a América sin lograrlo, que pagó injustamente cárcel, que vivió entre los dos más grandes fanatismos que haya conocido la Historia -el musulmán y el cristiano, sin permitir jamás, sin embargo, que ninguno de ellos le manchara el alma-, que padeció las incertidumbres de la realidad y las miserias de la vida, que nunca odió ni traicionó ni conoció la envidia, que escribió mal teatro, malos versos y mala prosa pero que logró hacer que existiera y hablara, con palabras castellanas, el personaje más deslumbrante y hermoso de la literatura haciéndolo pasar por loco, san Miguel de Cervantes que desde el cielo nos está viendo.

martes, 13 de abril de 2010

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Fernando Vallejo, escritor colombiano.

Fernando Vallejo, fotografiado en la catedral de Medellín, uno de los escenarios de su nuevo libro, El don de la vida.- PAUL SMITH ("El País)


En Babelia, suplemento cultural de "El País":

"La vejez es el gran tema de la literatura"


PABLO ORDAZ 10/04/2010
"Uno no escribe lo que quiere, sino lo que puede", afirma el escritor colombiano, que volvió a su ciudad, Medellín, para escribir El don de la vida. Y allí, en el parque de Bolívar y en otros lugares, habla del "sentido del idioma", del dolor de los animales, de la vida y de la muerte."Desde la vejez se ve toda la vida humana".

Quiso escribir una novela sobre la muerte, sobre su muerte, "un tratadito sobre la vejez y sus miserias", y se sentó en un banco del parque de Bolívar, en el centro de la ciudad de Medellín, su ciudad, donde nació hace 67 años y por donde transitan sus 10 novelas, escritas todas en primera persona, todas alrededor de su vida y de la vida y la muerte de los suyos, de su hermano Silvio, que se pegó un tiro en la cabeza a los 25 años, o de su hermano Darío, con el que compartió sus primeros muchachos y al que vio morir en esta misma casa del barrio de Laureles. Tenía el propósito Fernando Vallejo de que El don de la vida se convirtiera en su última novela y que su epitafio literario fuese un libro lleno de dolor, de tristeza, de desastre, un libro sin insultos y sin malas palabras.
-Pero no lo logré. Uno no escribe lo que quiere, sino lo que puede.
Y no lo logró, según confiesa, porque al sentar a su protagonista en una banca de ese "parque desdichado de mendigos, prostitutos, prostitutas, chantajistas, estafadores, lustradores de zapatos, vendedores de lotería, expendedores de droga y travestis", su literatura fue invadida por el idioma de la vida, por el habla de Medellín. "Que es un habla llena de grosería", dice Vallejo, "y yo no puedo falsear el lenguaje". Hay otro motivo, pero ese lo explicará el escritor al final de este paseo compartido por los escenarios de su última novela.
Fernando Vallejo aguarda al reportero en la casa familiar del barrio de Laureles de Medellín. Ya no vive aquí. Se fue a México hace más de treinta años y allí, en su apartamento de la calle de Ámsterdam, fue escribiendo sus 10 novelas, los ensayos, una gramática y las biografías de los poetas colombianos José Asunción Silva y Porfirio Barba Jacob. Incluso hubo una época en la que Vallejo apenas vino por Colombia. Un desencuentro sonado que duró una década. Cuando al fin regresó -de visita, nunca para quedarse-, lo que más le llamó la atención fue el estado de ruina en que se encontraba el español. "Yo he visto a mi idioma derrumbarse, volverse un adefesio incorrecto, feo, perverso, sin expresividad, sin gracia. Y no sólo aquí. Lo he visto derrumbarse en España, en Argentina, en México, en todas partes. He visto cómo se volvían incomprensibles las palabras más usuales de la vida. Tumbar una joya arquitectónica es una pérdida, pero la pérdida más grave es la del espíritu. Y Colombia acabó con el espíritu. Antes uno nacía en este país de gramáticos y le inculcaban el idioma y era parte de uno mismo y uno lo sentía como el aire que respira". Vallejo habla con una pena no fingida. Nunca ha ocultado que no tiene más que dos causas en su vida: "La defensa de los animales y el amor por la lengua española".
Después de un café en la casa de Laureles -escenario de El desbarrancadero-, Fernando Vallejo propone ir directamente al parque de Bolívar. Un viaje en taxi amarillo desde el barrio de la clase acomodada hasta el mismísimo corazón de Medellín, "donde palpitan todos los desastres de la ciudad". El parque, ya desde por la mañana, tiene el aspecto que recrea Vallejo en El don de la vida: muchachas y muchachos, casi niños, que se prostituyen, esnifan sacol o fuman basuco sin esconderse, ladrones que antes robaban gafas y relojes, y ahora merodean en busca de teléfonos celulares, bancos llenos de desocupados... "Y un puesto de policías bachilleres, que sirve para lo que sirven las tusas de las mazorcas y las tetas de los hombres". Hay otro Medellín. Una ciudad que quiere ser moderna y lucha por hacerse perdonar un pasado ligado al narcotráfico. Una ciudad empeñada en dotar de sanidad y educación a los más desfavorecidos, orgullosa de sus medios de transporte -el metro y el metrocable-, de sus bibliotecas y de sus espacios deportivos. Pero esa no es la ciudad que se convierte en literatura cuando la toca Vallejo.
-Yo estudié aquí, con los salesianos, que son peores que los jesuitas.
El escritor pasea ahora por el parque de Boston, frente al colegio salesiano El Sufragio. Llama a la puerta y pide permiso para volver a pasear por los largos corredores, esta tarde casi vacíos, del colegio. A nadie se le escapa -y menos en Medellín- que el último ensayo de Vallejo se titula La puta de Babilonia, y es un documentado ajuste de cuentas de Vallejo con la Iglesia católica por el que la gente lo para por la calle y lo felicita. Pese a todo, el director del colegio sale, lo saluda y le permite la entrada con una sonrisa. Unos muchachos entrenan a balonvolea. Junto a una estatua de María Auxiliadora, Vallejo el escritor y su amigo Argemiro Burgos recuerdan aquellos años: "El cuento de la pureza, de la castidad... Los ejercicios espirituales, las confesiones sacrílegas... Tenebroso, todo muy tenebroso".
No será la última vez que Vallejo se meta en la boca del lobo. A la mañana siguiente se deja fotografiar en el interior de algunas de las iglesias del centro de Medellín. Incluso arrodillado, a la luz de las velas, muy serio, como si estuviera rezando. Dice el escritor que la buena afluencia de fieles que registran a cualquier hora las iglesias no se debe necesariamente al fervor místico de sus conciudadanos. "Hay quien entra para descansar, para guarecerse del sol o incluso para conocer muchachos". Él mismo relata en El don de la vida que entra de vez en cuando en la catedral con propósitos muy distintos de los de la oración:
"¡Qué bella la catedral y qué reconfortantes sus canónigos! Entro a veces en las tardes a hurtadillas a oírlos cantando vísperas. Un canónigo desentonado tratando de entonar es de lo más hermoso. Hagan de cuenta un niño aprendiendo a hablar. Pero la voz no les da. Bajan cuando hay que subir, suben cuando hay que bajar, se empinan pero no pueden. Lo que está en Do mayor lo cantan en Do menor y nacieron negados para el modo dórico. Carecen de la más mínima vergüenza melódica. Me conmueven. Y esas barrigas satisfechas, en paz con todo y con todos... Son los pobres de espíritu del evangelio. Viven bien, comen bien, duermen bien. Cantan de pie un ratico y después se sientan y así, arrellanados en las poltronas del presbiterio, mientras siguen desentonando sus latines se rascan las pelotas. Alguno se desconecta de la realidad y dormita, ronca: 'Rrrrrr...'. Como una tuba. En cuanto a mí, huyendo del sol de afuera, entro a mendigarles un mendrugo de su dicha en la penumbra de las altas bóvedas. A las obras de misericordia del catecismo les falta una: darle sombra al que quema el sol. Esta Basílica Metropolitana de Medellín (y lo digo no sólo para los forasteros, que no tienen por qué saberlo, sino ante todo para mis ignorantes paisanos) es la iglesia más grande de ladrillo cocido que hayan levantado manos ociosas, y en tamaño bruto la séptima del mundo. Dios no está ahí, pero sí su vacío".
Por la noche, Argemiro prepara un banquete en su casa de la avenida de La Playa. Vallejo cuenta que el protagonista de la novela tiene una libreta de los muertos en la que va sumando nombres. Nada más empezar su diálogo en el parque de Bolívar ya tiene "seiscientos cincuenta y siete contando abuelos, abuelas, tíos, tías, primos, primas, hermanos, hermanas, padres, madres... Más amigos, enemigos y conocidos vistos al menos una vez, pero eso sí, en persona (no en televisión), a una distancia máxima de cuadra y media que es hasta donde me dan los ojos".
-También están en su libreta dos papas...
-Sí, esos asquerosos pasando tan cerca de mí.
Argemiro Burgos es uno de los viejos amigos de Fernando Vallejo que aceptó aparecer en El don de la vida con su nombre completo y su afición a los hombres jóvenes. "Ay, Argemiro", lo reta Vallejo, "¿usted cuánto me va a tener que pagar por haberle dedicado las páginas que le dediqué? Ya sabe usted que al que quiere salir en la novela le cobro una cantidad, y al que no quiere salir, el doble. A usted, como quiso salir, sólo le cobraré la mitad". No todos quieren verse retratados. Cuenta Fernando Vallejo: "Ese señor que nos encontramos antes en la calle fue oficial de policía, pero él estaba aterrorizado de que yo lo fuese a poner con su nombre. Se muere del pánico". Argemiro menea la cabeza: "No podemos seguir ocultos como las ratas en las alcantarillas".
Pero sobre la mesa empiezan a llover casos sin nombre de hombres que aún contemplan con horror la posibilidad de que algún día se sepa que, a pesar de estar casados y tener hijos, sueñan con otros hombres. "Hay muchos", señala Argemiro, "que me confiesan en la intimidad que en su círculo profesional o familiar no se entendería su homosexualidad". Vallejo, que la hizo pública a los 17 años y que encontró el respeto de su familia, dice que no es cuestión de entender: "Es cuestión de respeto. Uno se pasa la vida sin entender casi nada. ¿Qué entiende uno de la vida? ¿Entiende la luz? ¿La gravedad? ¿Entiende uno cómo funciona el cerebro? ¿Entiende uno cómo funciona un iPod? ¿Cómo funciona un computador o un teléfono celular? Quién sabe. La gente aquí usa los celulares del mismo modo que mi perra se sube conmigo en el ascensor. Sube y baja, y sabe que sube y baja, eso es todo. Así el común de la humanidad. No entendemos nada. Así que no es cuestión de entender. Es cuestión de respeto".
Vallejo pasea por el centro de Medellín huyendo de las motos, renegando de los jóvenes que, cabalgando sobre ellas, surcan de forma temeraria una ciudad que desconocen. "Ya nadie sabe nada de Medellín", dice con desánimo, "nadie sabe los nombres de las estatuas, ni los nombres de las iglesias, ni los de las plazas. No hay referencias. La mayoría de los muchachos, todos esos que ves en las motos, no tienen pasado, no tienen memoria, pero tampoco tienen cultura ni futuro aquí. Colombia es ya uno de esos países que ha entrado en la categoría de mantenidos, como México, como El Salvador, como tantos de América. Colombia vive ya de las divisas de los tres o cuatro millones de colombianos que viven en el extranjero. De tal forma que lo que ahora Colombia está exportando es colombiano, nada más". El taxi regresa a la casa de Laureles. Su hermano Aníbal y su cuñada Nora -"los seres más bondadosos que haya producido Antioquia"- han preparado la comida. Hace unos años, a Aníbal le ocurrió algo mientras conducía que cambió en buena media el rumbo de la familia, también el de Fernando Vallejo, que se convirtió en un defensor a ultranza de los animales. Lo cuenta en su última novela.
"Iba Aníbal, mi hermano, en su jeep camino de la universidad donde enseñaba, en medio del carrerío mañanero, cuando llegando al Punto Cero (el puente desde donde cae la plomada que marca el centro de la ciudad) ve que los carros que van delante le sacan el cuerpo a algo, a una mancha roja: a un perro atropellado, moribundo, ensangrentado. Aníbal frenó en seco y se bajó del jeep mientras los otros carros maniobraban para obviarlo mentándole la madre. ¿Qué hacer? ¿Subir al perro al jeep? Desesperado, empezó a hacer señas para que los de los otros carros pararan y lo ayudaran. Nadie paraba. Nadie ayudaba. Eran las siete de la mañana y todos iban apurados al trabajo. Aníbal se arrodilló en el pavimento y sus ojos se cruzaron con los del perro, que lo miraba suplicante. Como pudo lo levantó y lo subió al jeep, aullando el perro de dolor. En ese instante, siete de la mañana, hora de Colombia la Gran Puta, en medio de un carrerío, ensangrentado, la vida de mi hermano cambió: se había echado sobre sus hombros todo el dolor de la tierra. Hasta ese instante su vida había sido una: en adelante fue otra. Había descubierto el dolor de los animales. Buscando dónde le atendieran al perro (o más exactamente, dónde se lo ayudaban a morir, pues ya no tenía salvación), fue a dar a la Sociedad Protectora de Animales de Medellín, un desastre, un infierno: el infierno que se echó a cuestas por el resto de sus días. Llevo años tratando de contar esa historia que empieza en el Punto Cero y que sigue en la Sociedad Protectora de Animales de Medellín y no he podido. Y no podré...".
Cuando, en 2003, Fernando Vallejo recibió el Premio Rómulo Gallegos, uno de los más prestigiosos de la literatura en español, por su novela El desbarrancadero decidió donar los 100.000 dólares a una protectora de animales de Venezuela. Y su crítica feroz a la Iglesia tomó un nuevo ángulo: "Las cuentas personales con la Iglesia las puedo perdonar. Que me hayan ensombrecido la infancia con el terror del infierno, con la represión sexual y con la amenaza del pecado mortal. Pero los atropellos a los animales, su complicidad con la crueldad hacia ellos, eso no lo perdonaré nunca".
Fernando Vallejo empezó a escribir a los 40 años. Su primer libro fue Logoi, una gramática del lenguaje literario. Desde entonces, no ha vuelto a leer literatura. "He mirado por encima los libros, los he abierto e inmediatamente he captado lo que son. Pero lo que yo iba a saber ya lo supe, no tengo interés en aprender más cosas, no tengo interés en ver más ciudades ni en ver más museos. Y lo que me tengan que contar los demás no me interesa. No me tienen que contar nada porque más tengo que contar yo de lo que se me ha quedado en el tintero. Yo no he podido ser capaz de contar la infinidad de cosas que tengo adentro, qué me va a importar lo que me vengan a contar los otros, que además están escribiendo muy mal. La mayoría de los escritores prescinden del ritmo y se nota. Yo puedo atropellar el idioma de forma consciente, con burla, a sabiendas, y puedo sacar chispas de donde no las había. El idioma es atropellable. Pero hay formas de atropellar. La diferencia entre unos escritores y otros es que unos atropellan el idioma porque no saben y otros porque quieren. Hay muchos escritores que no tienen el sentido del idioma. Hay sordos de nacimiento que quieren ser músicos y ciegos de nacimiento que quieren ser pintores. Y escritores que no tienen el sentido del idioma...".
Hacía años que el escritor colombiano quería escribir esta novela sobre la vejez y la muerte. Pero se le resistía. "Una novela en tercera persona es lo más fácil de hacer, el camino más trillado de la literatura, pero ese es el camino mentiroso y el que está agotado". Así que esperó. Sin leer libros, sin hacer nada que no fuese tocar el piano en su casa de México -es un pianista excelente- y viajar de vez en cuando a Medellín. "Uno escribe con la vida. Las novelas se van escribiendo con la cabeza. Luego se pasan rápido al papel. Pero eso quiere decir que antes han estado mucho tiempo en la cabeza".
Al final del paseo con Fernando Vallejo por Medellín, queda una explicación pendiente.
-¿Por qué El don de la vida no es la novela que quiso escribir?
-Yo creo que el gran género de la literatura es la novela. Y el gran tema de la literatura es la vejez, porque desde la vejez se ve toda la vida humana. Si una persona se muere joven, se truncó su historia, no vivió la verdad de lo que sigue. Y lo que sigue es terrible. Yo hubiera querido poder escribir esta novela no a los 67 años que tengo, sino haber empezado a escribirla a los 78 o a los 80. Pero el problema de esa edad, de la vejez, es que ya no quieres hacer nada, porque es parte de la vejez que ya no le importe a uno nada. La verdadera vejez es la que dice: para qué cuento yo esto, para qué tengo que estar contando esto si ya me voy a morir, si no me interesa llegarle a nadie...