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lunes, 9 de marzo de 2015

PRENSA. "El miedo que nunca muere"

   En "El Día de Córdoba":
UNA VÍCTIMA DEL HOLOCAUSTO JUDÍO VIVE EN ALGECIRAS

El miedo que nunca muere

La única judía superviviente de Auschwitz que reside en Andalucía cuenta por primera vez su dramática experiencia en los campos de concentración nazis.
M. MUÑOZ FOSSATI, CÁDIZ | ACTUALIZADO 01.03.2015 
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Lilianne muestra la foto que le hicieron un mes después de ser liberada. / Fito Carreto

Lilianne Cohen no se llama Lilianne. Pero el gran miedo que le nació al ser recluida junto a su madre en el campo de concentración nazi de Auschwitz aún le vive hoy en su casa de Algeciras junto a la Plaza Alta, en donde esta mujer de ascendencia turca sefardí, venida al mundo en Italia y casada en Ceuta, vive desde hace más de 50 años. Tan inmortal es este miedo como para que la única superviviente judía de ese infierno que reside en Andalucía prefiera todavía no dar su verdadero nombre y elegir el que siempre le gustó tener. Y eso que están a punto de cumplirse, el próximo abril, 70 años de su liberación, ya en el campo de Mathausen, por los soldados americanos. "No por mí, no, ya no; es por mis hijos y por mis nietos, aún temo por ellos", se excusa cuando ruega que no se vea su rostro en las fotografías.

Ese mismo temor, que muchos no podemos comprender, es el que ha hecho que no haya querido nunca contar públicamente su terrible y verdadera historia. "No me gusta -dice- no me fío, Algeciras es muy chico y en España y en el mundo aún hay sentimiento antijudío". Hasta ahora, día en que su marido Samuel dice que se ha producido "un milagro".

Enseña para la fotografía el número que le tatuaron sus captores al ingresar a su prisión: el 5528, con la A de Auschwitz delante. "Mi madre tenía el 5527, uno anterior. Me lo hicieron aquí porque fuimos los últimos en llegar. Los primeros lo tenían en la parte de atrás del brazo", cuenta mientras se señala el tatuaje, ya algo borroso. "A mis hijos, cuando eran pequeños y me preguntaban qué era esto les decía que era el teléfono de un novio italiano que tuve, que me lo hice para no olvidarme ¿Qué les iba a contar tan chicos? Luego ya su padre se encargó de decirles todo".

Lilianne nació en Milán y vivía en la ciudad de Nimes cuando fue apresada. Por eso ahora su acento sorprende con una mezcla de dejes italianos, andaluces y franceses que le dan una atractiva elegancia a su porte de ojos azules, sujetado en un bastón sobre el que apoya sus 88 años cuando nos abre la puerta. Una imagen de fuerza que explica, tal vez, su asombrosa supervivencia.

En aquella Francia ocupada de los años 40, no recuerda haber tenido miedo a pesar de que la persecución, ni haber llevado cosida a su ropa la estrella de David amarilla: "No teníamos miedo porque nosotros éramos turcos, y no estábamos en guerra con Alemania. Pero un francés, al que después mi madre denunció cuando volvimos del campo, nos vendió por dinero. Tenía 14 o 15 años, y recuerdo que venía del colegio y ví muchisíma gente en un caminito delante de casa, y yo preguntaba qué pasa, qué pasa. Y me decían, no entres, no entres en casa, y yo decía por qué no voy a entrar: porque está la Gestapo. Yo dije donde está mi madre estoy yo. Entré y me cogieron a mí también. Es que si yo no entraba, mi madre estaría sola, y yo no podía consentir eso. Mi padre entonces estaba en Tánger".

Era primavera de 1944 y a Lilianne y su madre, Sara, las tuvieron una semana encerradas en la sede de la Gestapo en Nimes. "Después nos llevaron a Marsella, a la prisión de Les Baumettes, en la que había muchos judíos, y toda clase de presos, pero buena gente, la verdad". Comenzaba en Marsella más de un año de horrible cautiverio salpicado no obstante de golpes de suerte que le ayudaron a sobrevivir, y que atribuye a que "sin duda hay un Dios o tengo un ángel, porque a mí me salvaron mucha gente, de muchas cosas. Por ejemplo, venían los comandantes alemanes, de vez en cuando, a ver si cogían a una mujer para... pasar el tiempo, usted me entiende ¿no? y como yo era la más joven, dijeron ¡esta, esta!, pero la directora dijo 'no, esta está con pulmonía, está mala, está para morir'. Así que me rechazaron. Cuando se fueron, ella me dijo 'te he salvado la vida', y es verdad, si no yo no sé dónde estaría..."

A los pocos días los trasladaron a un pueblo al lado de París: "Llegamos a un tren y había muchísima gente, niños, viejos, jóvenes, de todo... me acuerdo de una pareja de recién casados que estaban allí, los pobres, el viaje que hicieron de novios...". La descripción del trayecto hasta Auschwitz recuerda a las películas más duras sobre el Holocausto judío, con vagones de carga llenos: "Fue un día entero o día y medio de viaje, sin nada de comer, en un vagón de los que sirven para trasladar caballos, no se crea usted que íbamos sentados, no había sitio, como mucho en el suelo". Era el último tren de judíos que salió de Francia, y en él viajaron miles como Lilianne, y como ella engañados e ignorantes de su destino: "Nos dijeron vais a ir a un campo, a trabajar la tierra... mentira".

La escena que vivió después de que el tren traspasara la siniestra puerta de Auschwitz-Birkenau, bajo el letrero cruelmente irónico que decía 'El trabajo os hará libres', y una vez que el gentío cautivo culminara su nuevo éxodo, quiebra por primera vez la voz de Lilianne, incapaz de reprimir el llanto: "Después de bajar del tren empezaron a separarnos, los hombres por un lado, las mujeres por otro... y a los niños los cogían para llevárselos, y las madres llorando... eso fue lo peor... Porque en los campos no había niños -asegura cuando recupera el habla-. Cuando veo la película esa del pijama de rayas ¡mentira! allí no había niños, todo eso es mentira, ni niños ni viejos. Los separaban en cuanto llegaban y se los llevaban a las cámaras de gas, por eso cuando veo esas películas digo que es mentira".

"Para empezar, al entrar te desvestían, te cortaban el pelo al ras, y te ponían el pijama de rayas con un pantalón, una camiseta y ya; y unos 'sabots' ¿cómo se dice en español?, alpargatas, no, ojalá; estos que son de madera ¿zuecos? ¡Eso! nada más, sin nada, con un frío que teníamos ... A mí ya me dieron un bofetón de entrada porque no me quería desnudar. Yo tenía 15 años, cómo me iba a desnudar allí". Los malos recuerdos de Lilianne brotan a saltos: "Dormíamos en literas, cuatro o cinco o seis en cada cama, que no podías ni darte la vuelta; por las noches nos duchaban con agua fría, nos daban de comer una cazuela de sopa una vez al día, y un trocito muy pequeño de pan. Éramos esqueletos andantes, todo el mundo igual, y encima nos daban mucho bromuro para que no pensáramos en nada, para dormirnos. La mala alimentación y el bromuro hacía que ninguna de las que estábamos allí tuviéramos la regla".

El hambre permanente empujaba a todas a robar: "Por la noche, a la hora de dormir, mucha gente, yo la primera, íbamos a robar pan a los otros, así muy despacito, claro, porque había que comer; y eso que si te cogían ibas derecha al crematorio, ¡cuánta gente fue!". En medio de ese peligro apareció de nuevo el ángel de Lilianne: "Una vez que yo había robado pan y lo llevaba escondido, vino una alemana a hacer un cacheo, y ahí yo ya me dije ya está, ya me cogieron, no voy a ver más a mi madre ni a mi padre, me van a matar... pero empezó a registrarme y ¡no encontró nada! Sin embargo, cuando salí, allí estaba el pan, bajo la ropa. Algo extraordinario. No era mi hora".

La vida que tuvieron allí consistía en trabajar, "llevando tierra de un sitio a otro", desde las cinco de la mañana, ("nos levantaban con el látigo") hasta las cinco de la tarde, hora en que sonaba la campana, "y si no trabajabas a su gusto te pegaban golpes. A mí me dieron una vez uno que me hizo una herida en la pierna y me llevó al hospital ¡porque tenían hospital, mira tú cómo eran! Si estabas malo te hospitalizaban, pero si estabas demasiado mal te mandaban al crematorio. A causa de esa herida no podía andar, pero el propio Himmler (dirigente nazi coordinador y cerebro de la red de campos de concentración y exterminio) hizo una vez una inspección al hospital. Y la doctora, creo que era una rusa prisionera, me dijo que aunque me doliera mucho caminara normal, y me dio una pastilla para que aguantara. Así pude pasar la inspección, salvándome de nuevo".

Pero el peligro de ir al crematorio era constante. Las selecciones eran periódicas. "Si veían que estabas muy mala te condenaban. Y la mitad no pudieron resistir. Si tenías alguna enfermedad normal, como un resfriado, estaban los médicos y el hospital". El periodista ha leído que al menos en la clínica se estaba mejor, porque no había obligación de trabajar, pero la interna número 5528 desmiente su impresión con una realidad más rotunda: "¿Mejor? ¡no! porque entonces no sabías si vendría alguien a decirte que te ibas al crematorio. Siempre dependía todo de tu suerte".

Lilianne y su madre estuvieron dos veces a punto de pasar a la cámara de gas y las dos veces actuó su ángel. "Allí no te decían a dónde ibas, te sacaban a gritos ¡fuera, fuera! ¡raus, raus! y te hacían esperar, pero los alemanes son cuadriculados, y tenían un cupo para cada vez. Si tenían pensado matar a noventa, la noventa y uno se quedaba fuera, si pensaban en 100, la 101 se salvaba. En las dos ocasiones en que nos sacaron, nos quedamos fuera por muy poco".

En el campo todos los días eran iguales. Resulta difícil imaginarse qué pensamientos recorrían las mentes de tanto condenado a morir más tarde o más temprano. "Una vez estábamos allí, éramos como sonámbulos -aclara Lilianne-, no pensabas en nada malo ni bueno, andábamos como drogados, como tontas con el bromuro. Cuando se hablaba, sólo se hablaba de tonterías, sí, de comida, de cuándo íbamos a salir, pero sin ningún sentimiento, no se hablaba de cosas normales, yo creo que no sabíamos lo que estábamos diciendo, yo podía ver un muerto, lo pisaba y seguía andando".

Nadie preguntaba para qué las tenían allí. No se hablaba de esperanza. "Dicen que es lo último que se pierde, pero en realidad es que no sabíamos qué pasaría el día de mañana. Porque a las cinco de la mañana nos ponían a todos en fila, nos contaban cincuenta mil veces, con un frío que hacía... Todo eso bajo la atenta mirada de los kapos, prisioneros que ejercían de vigilantes. "Eran los más antiguos, los primeros que cogieron que eran polacos. Estos sí que eran malos, eran también judíos y sin embargo nos pegaban; por esto es que a los polacos no los puedo ver".

¿Sería posible que en aquel infierno hubiera momentos buenos? "Momentos buenos ninguno. A veces nos imaginábamos cuándo nos iríamos a casa y luego pensábamos, sí,claro a casa..." ¿Sería posible hacer amigos? "Puff ¿amigos? Compañeros, si quieres. Una vez que estás allí, no hay amigos ni se quiere a nadie. Las únicas éramos mi madre y yo" ¿Sufrieron intentos de abusos las mujeres? "Sí, con lo guapa que éramos, como esqueletos vivientes..." ¿Nunca intentaron escapar? "¿Cómo? ¡no! ¡te mataban!"

Pero el infierno que Primo Levi describió en Si esto es un hombre y sobre el que dijo que eliminaba cualquier rasgo de humanidad resultó ser un terrible purgatorio del que algunos afortunados pudieron salir. El avance de las tropas rusas por el frente del Este al final de la Segunda Guerra Mundial era también el avance de esa esperanza tan esquiva. Los alemanes iban desalojando campos de trabajo y trasladando a sus debilitados internos hacia el Oeste, en lo que se conocería después como 'marchas de la muerte' porque la mayoría de los presos fallecieron en el camino. Los enfermos fueron abandonados en las clínicas de los campos, como ocurrió con Sara, mientras su hija Lilianne era llevada en trenes sucesivamente a los de Dachau, Bergen Belsen y finalmente Mathausen. Era la primera vez que madre e hija se separaban en todo su cautiverio.

"Cogí muchos trenes -rememora-, y cuando llegué a Mathausen, de los cien que viajaban en el vagón sólo me salvé yo. Alguien abrió el portón y dijo 'todos han muerto', pero yo grité desde el suelo 'no no, yo estoy viva', je suis ici, estoy aquí', y pasó una cosa más rara... alguien, no sé si alemán o español o francés me cogió y me puso en una carretilla, y cuando quise volverme para darle las gracias, ya había desaparecido. A lo mejor el que me cogió fue ese ángel". A los pocos días llegaron las tropas estadounidenses. Era abril de 1945. "Yo vi llegar un coche de noche y me dije 'dios mío, otra vez los alemanes que me van a llevar', pero no, eran los americanos, que me envolvieron en una manta y me llevaron al hospital". De Mathausen, un campo con muchísimos presos españoles, conserva Lilianne un recuerdo muy especial, una medalla de Santa Rita que le dio un prisionero republicano para que la protegiese. La guarda tan bien que fue incapaz de encontrarla durante la entrevista. "Ahora voy a estar toda la noche sin dormir buscando la medalla, ya verás", lamentaba.

El esqueleto andante que era Lilianne posó para una foto que es la que aparece en este reportaje. Pesaba todavía 19 kilos un mes después de su liberación. "Y eso que ya me hartaba de comer", cuenta. Siguieron muchos días de confusión y recuperación. "Yo estaba segura de que mi madre había muerto en Auschwitz, y no sabía si mi padre seguía vivo en Tánger. Me preguntaron a dónde quería ir, y yo respondí en seguida que a París, donde recordaba que vivía la madre de una amiga mía, Madame Combay. En París, la primera cosa que vi, nada más bajar del avión, fue a un chico con un montón de pan, y cogí a este niño (llora de nuevo)... el pan, era la obsesión, tener pan. Poco después, ya en un cuarto estupendo que me preparó madame Combay, yo dormía con el pan agarrado, y la chica interna me decía 'no te preocupes, que no te lo van a robar', pero yo no podía soltarlo. Esa obsesión todavía me dura en cierta forma".

Entonces Lilianne fue noticia, se trataba de la superviviente francesa más joven del exterminio nazi, y mucha gente iba a visitarla, algunos querían adoptarla. La noticia de su liberación y la de su madre apareció en el periódico La Depéche de Tánger el 18 de julio de 1945. El padre pudo por fin celebrar el reencuentro de su familia, repartiendo comida a los pobres en Tánger, viajando a Francia en un avión de la Cruz Roja y llevando 40 kilos de comida para las dos, ya de vuelta en Nimes. Pero antes, la hija tuvo que pasar por el calvario emocional de volver a ser persona. "Yo era una persona nula cuando salí, me decían que estaba sola en el mundo, veía a la gente llorando a mi alrededor y no me importaba. Hasta que un médico estuvo una noche entera hablándome y por fin estallé, lloré y esa fue mi salvación".

Salvada, pero con memoria. Lilianne no puede olvidar todo aquello: "No se puede olvidar" afirma rotunda, mientras su marido recuerda que sólo una vez se ha despertado de noche gritando ¡los alemanes, la Gestapo! Tampoco ha querido volver, como sí han hecho otros supervivientes, a Auschwitz: "¿Volver, para qué? ¿para ver todo aquello, las fotos, los zapatitos de los niños...? -vuelve a llorar-. Sí he estado en el memorial Yad Vashem de Tel Aviv, y fue terrible, me pusieron en un cuartito donde se sentaban los niños -vuelve a llorar- ... he visto tantas cosas... por eso cuando nacieron mis niños los abrazaba tan fuerte, y después igual, y mi familia me decía 'siempre estás igual con los niños'... Cuando ya me casé con Samuel, la primera preocupación era cómo iban a salir los niños, porque con tanto bromuro... Pero ahora tengo tres hijos maravillosos".

La Lilianne que no se llama Lilianne sigue teniendo miedo, después de 70 años, y se mueve entre la esperanza de que Dios no permita que se repita un Holocausto y el temor a que suceda de nuevo: "No creo que vuelva a pasar, pero digo que si ocurre cojo a mis hijos y los tiro por la ventana, como vi yo que hacían en Francia, antes de que los cogieran. Tú pasas, tú ríes pero cuando estás sola ves que aún tienes miedo y piensas dios mío ¿y si pasa otra vez?".

Por eso responde rotunda cuando se le pregunta si ve bien que se mantenga el testimonio de los campos y los memoriales: "¡Sí! para que la gente vea lo que pasó". ¿Y usted cree que los alemanes lo sabían? "Yo creo que sí, a lo mejor los más chicos no, y puede que muchos se opusieran, pero yo a los alemanes no les he podido perdonar. Después he conocido a muchos, y he visto cómo han llorado cuando les enseñaba el número, pero no puedo, no puedo... no sé, algo tienen contra nosotros".

El periódico de Tánger que recogía la noticia de la vuelta a la vida de Lilianne y su madre se preguntaba en 1945: "¿Qué castigo se puede infligir a los criminales de guerra, a los grandes y los pequeños, para hacerles expiar tamañas infamias?" Pero ella se hace otras preguntas: "Todavía yo, muchas veces, cuando cojo un libro o veo imágenes de aquella época me acuerdo del campo y pienso ¿era yo realmente aquella, no sería otra?".

miércoles, 19 de febrero de 2014

PRENSA. Entrevista a la actriz Mélanie Laurent

   En el suplemento "SModa", de "El País":

Mélanie Laurent: "Mi abuelo está muy orgulloso de que 'matara' a Hitler"

Depardieu la descubrió en un rodaje y Tarantino la catapultó a la fama con Malditos bastardos. Tras grabar un disco, debutar como directora y tener su primer hijo, la actriz francesa de 30 años regresa ahora con nuevos estrenos.

Mélanie Laurent
Mélanie Laurent lleva chaqueta y falda bordadas a mano con cristales y plumas de Louis Vuitton.
Foto: Eric Guillemain
Su historia empieza en medio de un rodaje, donde fue descubierta por accidente. «Fui a acompañar a una amiga», suele relatar, consciente de lo poco original que suena el comienzo. Dicen que fue Gérard Depardieu quien la vio bajo los focos y entendió que tenía potencial de estrella. Desde entonces, a Mélanie Laurent le han ocurrido cosas igual de imprevisibles, si no más. Siendo una desconocida, en 2007 ganó un César por interpretar a una anoréxica en Je vais bien, ne t’en fais pas (inédita en España). Dos años más tarde, batió a candidatas de bastante más nivel para encarnar a Shosanna Dreyfus en Malditos bastardos. Y, cuando parecía tener el mundo en sus manos, ignoró los cantos de sirena para grabar un disco –junto a su ex, el cantante Damien Rice–, rodar su debut como directora y tener su primer hijo, Léo, de cuatro meses. A los 30 años, Mélanie Laurent vuelve a la cartelera con Enemy, oscuro relato metafísico inspirado en un cuento de José Saramago, que llega a la cartelera el 28 de febrero. El mes que viene lo encadenará con el estreno de No llores, vuela, el retorno de la peruana Claudia Llosa, que se presenta este miércoles en la Berlinale.
¿Qué la atrajo hacia Enemy y No llores, vuela?
Fueron sus directores. Llevaba varios meses rodando en el extranjero y estaba exhausta, pero no me lo pensé. Dije que sí a Enemy sin leer el guión, solo porque me encantó Incendies, la anterior película de Denis Villeneuve. Y lo mismo pasó con Claudia Llosa. Fue una experiencia alucinante rodar durante mi embarazo. Nunca había expresado mis emociones con tanta fuerza. Creo que tenía las hormonas disparadas.
Pese a tener un hijo hace solo cuatro meses, en 2013 rodó tres películas, además de terminar Respire, su segundo largo como realizadora. ¿Cuántas horas tienen sus días?
No quería detenerlo todo por el hecho de tener un bebé. No era cuestión de dejar de trabajar ni de vivir. Entre otras cosas, porque no quiero ser una madre asfixiante. Léo pasó sus primeras semanas de vida en rodajes, de brazo en brazo. Gracias a eso, no tiene miedo de nada y muestra interés por lo que le rodea. En Francia, los psicólogos describen el fenómeno de los «niños-rey», que mandan en la casa hasta el punto de tiranizar a sus padres. 
Mélanie Laurent
Vestido de Miu Miu y zapatos de pitón de Christian Louboutin.
Foto: Eric Guillemain
¿Su caso es el opuesto?
Lo último que desearía es tener a un «niño-rey». Quiero que mi bebé se adapte a mi vida y no al contrario. Así es como me criaron a mí. Mi madre es bailarina. Cuando nací, me llevaba a sus cursos de danza, me ponía en un rincón y me dejaba que observara. Y mire lo bien que he salido [risas]. 
¿Qué le gustaría enseñar a su hijo? 
Para mí, lo más importante es que empiece el día riendo. Es mi prioridad absoluta. Un niño que sabe reírse es un niño que ama la vida. Después da igual cómo sea su existencia y qué trabajo escoja, porque ya tendrá la mejor actitud vital posible. 
¿También es así como la educaron a usted?
Sí. Procedo de una familia muy numerosa, comunista, de los barrios populares de París, cerca del extrarradio. Siempre hemos estado muy unidos. Diría que la risa es una de las cosas que más nos unen. 
¿Comparte la tendencia política familiar?
La herencia del comunismo es complicada, pero sí me marcó venir de una familia de izquierdas. De pequeña fui a todas las manifestaciones posibles. Me movilicé contra el Frente Nacional y por el movimiento homosexual. Recuerdo que mis abuelos alojaban en su casa a 40 parejas gais que por la noche montaban fiestas transformistas. Vivir en un mundo tan abierto te marca. Me inculcaron una gran libertad y una educación atea. 
Mélanie Laurent
Vestido de Miu Miu y zapatos de pitón de Christian Louboutin.
Foto: Eric Guillemain
Atea, pero de cultura judía. ¿Eso también deja huella? 
Por supuesto. La historia de mi abuelo, que fue deportado a Auschwitz, es un ejemplo de lo peor que les pasó a los judíos. Es una herencia que no puedo ignorar. Te dices que si estás aquí es solo porque él sobrevivió al infierno. Inevitablemente, abordas la vida de una forma distinta. El otro día pensaba en cuándo se lo diré a mi hijo. Es delicado, porque en cuanto te lo cuentan se termina tu infancia. De repente, eres consciente de que el ser humano es capaz de lo peor. 
¿Cuándo se lo contaron a usted?
A los 10 años, aunque ya sabía inconscientemente que era judía. Soñaba que los nazis me venían a buscar y cosas así. Mi reacción instintiva fue acercarme a mi abuelo. A los 18 años, me lo llevé a Auschwitz. Lloramos y reímos durante días. Que haya rodado películas sobre la guerra no es una casualidad. Cuando mato a Hitler en Malditos bastardos, hay algo simbólicamente importante. Mi abuelo estaba loco de orgullo, y lo sigue estando. 
El antisemitismo no ha desaparecido. El Gobierno francés acaba de censurar un espectáculo del humorista Dieudonné por sus sátiras de los judíos. 
Reacciono con horror ante esta polémica. Y, a la vez, soy capaz de poner las cosas en perspectiva. De manera global, la sociedad es menos antisemita, racista y homófoba que hace 30 años. Los neonazis siguen existiendo, pero no son mayoría. No me da miedo Marine Le Pen, porque nunca será presidenta. No hay que sobredimensionar a una gente nefasta que no nos representa como sociedad. 
¿De qué hablará Respire, su segundo filme como directora? 
Será la historia de dos chicas adolescentes que viven una relación amorosa, casi pasional, en su último año en el instituto. 
Mélanie Laurent
Top, falda y brazalete en el brazo izquierdo, todo de Céline. En el brazo derecho, pulsera de Elsa Peretti para Tiffany & Co.
Foto: Eric Guillemain
¿Está preparada para las comparaciones con La vida de Adèle?
No tendrá nada que ver. En mi película no habrá escenas de sexo de 25 minutos [risas]. No sabría filmar eso. Es una historia sobre ese trastorno psicológico al que llaman perversión narcisista. Quienes lo padecen son psicópatas disfrazados de personas normales. Te destruyen a fuego lento y te roban toda la luz que hay en ti. Conozco el problema de cerca. 
¿En qué sentido?
Salí con un tipo así durante casi cuatro años. Tengo un carácter fuerte, pero terminé a sus pies. Salí destruida de la relación, pero aprendí muchas cosas. Fue doloroso, pero en términos psicológicos resulta interesante que llegues a caer tan bajo. Salí del agujero con tiempo y esfuerzo. Y luego conocí a un hombre maravilloso que me ayudó mucho. 
Esta mañana he buscado su nombre en Twitter y he encontrado bastantes declaraciones de amor. Principalmente, de estadounidenses. Por si no lo sabe, le piden que trabaje más en Hollywood. 
Yo, encantada. Ya he hecho unas cuantas, como Ahora me ves, con la que disfruté mucho y que ha sido un éxito inesperado, porque es una película de entretenimiento bien hecha y original. En principio, habrá segunda parte. 
¿No le molesta la imagen estereotipada que el cine estadounidense busca en las actrices francesas?
Es verdad que buscan en nosotras un ideal de elegancia, de sensualidad y de glamour que no sé hasta qué punto es realista. Pero tampoco diría que me molesta. Me lo tomo como un papel como otro cualquiera. 
Mélanie Laurent
Blusa y short, ambos de Dolce & Gabbana; sandalias de Max Mara.
Foto: Eric Guillemain
Es imagen de un perfume de Dior y es asidua en los desfiles. ¿Qué significa la moda para usted? 
Es un juego y una diversión. La moda es como ponerte un disfraz. No puedes ir disfrazado cada día, porque te puedes volver un poco loco, pero de vez en cuando puede ser muy divertido. Disfruto mucho arreglándome, aunque no siempre vaya vestida de alta costura. Lo casual corresponde más a mi personalidad. 
¿A qué marcas y diseñadores admira? 
Me gusta Burberry, por haber modernizado la gabardina, y me encanta la elegancia juvenil de Miu Miu. También Maxime Simoëns, a quien conozco desde que era un bebé. Me alegro de que le vayan bien las cosas. Tiene un talento enorme y las cosas que hace son realmente bellas. 
¿Cuál es su definición de la belleza? 
Para mí, belleza siempre es sinónimo de inteligencia. Sin una mirada inteligente, me resulta imposible sentir atracción por algo o por alguien. 
¿Es una cualidad que no abunda? 
Y que lo diga. Aunque yo creo que las personas buenas e inteligentes sí existen. Y eso que de pequeña lo pasé mal. Crecí sin amigas. Las chicas de mi escuela me hicieron la vida imposible. Es curioso, porque siempre he molestado a las mujeres que tenía a mi alrededor. Siempre les he caído mal, como si les irritara mi presencia.
Mélanie Laurent
Vestido de Max Mara, pulsera de oro amarillo de Tiffany & Co. y brazalete de la colección de Elsa Peretti para Tiffany & Co.

lunes, 11 de noviembre de 2013

PRENSA. "Los cristales que rompieron la historia"

   En "blogs.elpais":

Los cristales que rompieron la historia

Por:  09 de noviembre de 2013
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Homenaje a los artistas e intelectuales represaliados por el nazismo en la Puerta de Brandenburgo, en Berlín
LARA SÁNCHEZ
Hace ochenta años que el nazismo demostró ser un movimiento eficaz y preciso, como el mejor mecanismo de reloj, a la hora de eliminar a quien representara una amenaza o crítica al nuevo régimen todopoderoso. A partir de enero de 1933, cuando el poder económico piensa en Hitler como en Canciller manejable, un fuego cegador creció veloz para aislar a librepensadores, creadores, vecinos, ciudadanos y a creyentes –sobre todo judíos–, con la vista puesta en la reducción a cenizas de la tradicional Europa. Se ve en El pianista, la película de Roman Polanski, cuando las manos entumecidas del músico tocan por su vida y, a la vez, demuestran que aún la cultura del continente –Chopin– sobrevive entre una lata de pepinos y la gran brasa que fue Varsovia.
Antes de aquello, ardió el Reichstag, después las antorchas por la avenida Unter den Linden y la Isla de los Museos, también los libros y, finalmente, las sinagogas. Las llamas y sus balas formaron parte de una escenografía del terror que hoy la capital alemana recuerda con un contundente mensaje: ‘recordar para que no vuelva a ocurrir’. Prueba de ello es el año temático, con el nombre de ‘La diversidad destruida 1933-1938-2013’, que culmina este fin de semana del 75 aniversario de la Noche de los Cristales Rotos, en la Puerta de Brandenburgo - habrá visuales y un concierto –, como homenaje a más de doscientas celebridades, entre artistas, filósofos, escritores, músicos, científicos o políticos, que integraban el tejido (multi)cultural de la ciudad por excelencia del conocimiento y la creación hace ochenta años. Berlín era la tercera metrópolis del mundo y la de los dorados años 20, pero también la de las convulsiones ideológicas y económicas que acabaron por destrozar vidas y carreras de los doscientos, y mucho más.
CRISTALES.Themenjahr_2013_Schaufenster-Aktion_Simulation__c__KPB_1_203ad4808aPermanentemente, hay en la capital rincones clave -cualquier visitante con cierta sensibilidad que la pisa, al final, tiembla– de la marea cruel y torturadora Nazi, hoy revisados apaciblemente por el arte: las estanterías vacías de una blanca y subterránea ‘Biblioteca’, del artista Micha Ullman; el célebre ‘laberinto’ de hormigón, de Peter Eisenman, en honor a las víctimas del Holocausto; ola controvertida instalación en el barrio de la Bayerischer Platz, a cargo de Renata Stih y Frieder Schnock.
El proyecto conmemorativo añade más de 500 eventos y una exposición que, desde enero, alude a aquella destrucción intelectual, con las  fotografías y biografías de sus aterrados y valientes protagonistas, en grandes columnas situadas por toda la ciudad y online. Son, desde Albert Einstein, a Walter Gropius,Marlene DietrichFritz LangWilderErich MendelshonKurt WeillHannah Arendt o Bertolt Brecht, aquellos que no se quedaron en el mundo amarronado de “una raza, un pueblo, un líder”, en el que otros sí aprendieron rápido a brillar, como Leni Riefensthal Albert Speer, o a sacar provecho, tal y como esta semana ha trascendido, en el caso del marchante de arte Hildebrand Gurlitt.
CRISTALES.Walter_Benjamin 1928Aquella veloz máquina de propagación de la exclusión, el asesinato y el dolor, logró – tal y como refleja el proyecto – llevar a algunos directamente al suicidio, como fue el caso del pensadorWalter Benjamin, poniendo fin a todo en Portbou (España); el del abogado defensor de socialistas y comunistas, que interrogó a Hitler en una causa en 1931, Hans Litten, que terminó colgándose en Dachau; o el de la primera directora de una biblioteca de Berlín, la dulce Helene Nathan.También supuso un sinfín de carreras arruinadas, como en el caso del cineasta Fritz Lang, del dramaturgo Max Reinhardt, del célebre sexólogo berlinés, Magnus Hirschfield (quien acuñó el término ‘travestismo’), así como de la primera mujer catedrática en Física, Lise Meitner (a la que se prohibió, por judía, acceder al Premio Nobel) y de la célebre cantante lesbiana de Cabaret, Claire Waldoff. 
Brutalmente asesinados fueron la fundadora de la escuela Montessori, Clara Grunwald; el actor Hans Otto; los medallistas olímpicos Flatow o el boxeador gitano “Rukeli”. De los que enfermaron de inmediato y murieron hay una extensa lista donde figuran el arquitecto Bruno Taut, el trompetista de jazz “Eddie” Rosner, el tenor Richard Tauber o el editor (y Premio Nobel de la Paz) Carl von Ossietzky.
 CRISTALES.cantante Lotte_Lehmann_in_Beethoven's_Fidelio
La cantante Lotte Lehmann, en su interpretación de Fidelio, de Beethoven
CRISTALES.GeorgeGrosz
El artista Georg Grosz
CRISTALES.Claire Waldoff 441px-Bundesarchiv_Bild_183-R07878,_Claire_Waldoff
La cantante de cabaret Claire Waldoff
CRISTALES.Johann Rukeli Trollmann 391px-Trollmanngross
El boxeador gitano Johann 'Rukeli' Trollmann
CRISTALES.Max Liebermann FOTO Bundesarchive 102 04548 y Creative Commons CC BY SA 2 5 (1)
El artista Max Liebermann
La rueda de prensa del proyecto, a principios de año, fue precisamente en la Casa Museo del pintor impresionista y judío Max Liebermann, forzado en mayo de 1933 a dimitir como presidente de la Academia de Bellas Artes de Prusia. El suyo es solo uno de los cientos de ejemplos del brochazo negro nazi a la comunidad artística alemana, que culminó con el propagandístico asunto del “arte degenerado”. Bajo semejante principio también se saqueó y destruyó el estudio de George Grosz, recién huido a los Estados Unidos, y se atosigó hasta su fin a la pintora y escultora Käte Kollwitz, por citar solo tres de los nombres más conocidos.
CRISTALES.02_Bunk Mann vor Mauer
Mann vor der Mauer (Hombre ante muro),  (1935-1936), de Rudolph G. Bunk. Colección Gerhard Schneider, Olpe
El homenaje de Berlín, en las citadas columnas y online, describe por igual la persecución a demás figuras clave del panorama artístico berlinés, como el pintor expresionista Fritz Ascher; las geniales fotógrafas Marianne Breslauer e Yva; el influyente galerista Alfred Fleichtheim; el pintor, finalmente asesinado en Auschwitz, Feliz Nussbaum; la bailarina y escultora Oda Schotmüller; el dadaísta John Heartfield; la pintora judía, y activista lesbiana, Gertrude Sandmann; la ilustradora Charlotte Berend-Corinth; el caricaturista y miembro de la Bauhaus, Lyonel Feininger; o el célebre crítico Paul Westheim, cuya importante colección de arte moderno hoy seguimos sin saber dónde acabó.
Más interesante, si cabe, es cómo el proyecto conmemorativo, en palabras del Jefe de Estado alemán, Joachim Gauck, “ha abierto una increíble ventana a más artistas, víctimas del ‘arte degenerado’, aún por explorar”.  Como parte de las conmemoraciones, y extendiéndose más allá de los citados 200, se organizó hasta el mes de abril la exposición Verfemt, Verfolgt, Vergessen?  -¿Expulsados, perseguidos, olvidados?-, de 133 obras de pintores que sufrieron bajo el III Reich todo tipo de penurias y cuya recuperación se ha logrado gracias al empeño del coleccionista Gerhard Schneider. La muestra sorprendía no solo a través de cuadros de Paul Klee o Max Beckmann, sino también descubriendo a otros como Fritz Schulze, Carl Rabus, Julius Graumann o Rudolph G. Bunk, defenestrados por igual y cuyo reflejo del panorama de la época, incluida la guerra,  es inevitable en sus obras.
Hoy, cuando Le Pen o Amanecer Dorado abogan por la nostalgia fascista en una Europa incierta, viene bien atender a las declaraciones a EL PAÍS del consejero de Cultura de Berlín, André Schmitz, sobre la relevancia del proyecto: "es un gran regalo que Berlín sea hoy  de nuevo una metrópoli cosmopolita y tolerante, un lugar ideal para artistas y personas creativas de todo el mundo. No hay que olvidar que diversidad significa libertad, y, entre otras cosas, una cultura viva del recuerdo. Así, queremos defender la lección aprendida de la era nazi contra cualquier ataque de la derecha".

jueves, 26 de agosto de 2010

PRENSA. 26 agosto 2010

En "El País":

1. Cuidado con la solidaridad. Reportaje de Jesús García. Las caravanas de ayuda tienen poco impacto en los países pobres y plantean problemas de seguridad - Los expertos en cooperación aconsejan profesionalidad. Coste, riesgo y beneficio. Por Joan Tallada, consultor independiente en Cooperación y Salud.

2. París, verano del 42. Artículo de J. Ernesto Aya-Dip, crítico literario. En la madrugada del 16 de julio de 1942, la policía de la capital francesa hizo redadas contra los judíos. Más de 12.000 fueron internados en el Velódromo de Invierno en condiciones humillantes. Acabaron en Auschwitz.

miércoles, 14 de julio de 2010

PRENSA. "Tras los pasos del cabalista de Praga", artículo de Marek Halter

El Golem
En "El País":
Tras los pasos del cabalista de Praga


En Praga nació, producto de las palabras y del barro, el primer humanoide de la historia: el Golem. Mucho después de su muerte, su creador, el gran rabino Judá Loew Ben Bezalel (1512-1609), sigue inspirando temor

MAREK HALTER 14/07/2010

En Praga, delante del viejo ayuntamiento judío, se erige la imponente estatua del gran rabino Judá Loew Ben Bezalel (1512-1609), conocido como MaHaRaL, el Cabalista.
La estatua tiene más de un siglo. Nadie se atrevió a destruirla, ni los nazis, ni los soviéticos, ni siquiera los grafiteros de nuestros días. Ahí está, inmutable, protegida por su propia leyenda. Durante el proceso Slánský, interpuesto en 1952 por el poder estalinista contra los espías y los cosmopolitas -es decir, los antiguos dirigentes comunistas de origen judío-, el Gobierno dispuso una guardia ante el monumento para protegerlo de posibles agresiones antisemitas. ¿Por qué esta excepción? Por miedo a una maldición. Aquí nació, producto de las palabras y del barro, el primer humanoide de la historia: el Golem. Mucho después de su muerte, su creador sigue inspirando temor.
Los praguenses cuentan que, en 1941, Heydrich, recién nombrado gobernador adjunto del Reich en Bohemia-Moravia, le propuso a su amigo Himmler utilizar la fuerza del Golem para ganar la guerra. Apasionado por el esoterismo, Hitler lo aprobó. Solo quedaba descodificar las fórmulas cabalísticas que habían hecho posible la aparición del prodigio, una noche del año 1600, ante una muchedumbre congregada al pie de la sinagoga Vieja-Nueva de Praga.
Por aquel entonces, Europa estaba en llamas: católicos y protestantes se hacían la guerra. Todo los separaba, excepto su odio hacia los judíos. Las persecuciones antisemitas se multiplicaban. Los judíos se dirigieron a su rabino en busca de protección. Este dudó y luego hizo que le trajeran miles de cubos con arcilla procedente de la orilla del río Moldava, que atraviesa la ciudad. El rabino modeló con ella una enorme forma de contornos casi humanos y le insufló la vida. Y así nació el Golem, pura fuerza sin boca, pues el Verbo solamente les corresponde a los hombres. Esta especie de bomba atómica intimidó a los antisemitas, pero podía volverse contra sus creadores de la noche a la mañana.
El monstruo de arcilla garantizó la seguridad de la ciudad judía y restableció la paz y el bienestar. Después, el Golem dejó de tener utilidad y se vio relegado a trabajos de construcción y tareas vulgares. Los niños se burlaban de él. La gente lo insultaba. Un día el Golem se rebeló y destruyó todo lo que encontró a su paso. Alertado, su creador, el gran rabino Loew, tuvo que quitarle la vida a su obra: el Golem volvió a ser barro. Los habitantes de la ciudad, presa de remordimientos, transportaron ese barro hasta el sótano de la sinagoga Vieja-Nueva, la más antigua de Europa.
Para devolverle la vida a ese montón de arcilla, el nazi Heydrich organizó una unidad denominada "comando Golem". Su objetivo: encontrar a los últimos oficiantes de la sinagoga y, si era necesario, torturarlos para obtener las fórmulas necesarias para su resurrección.
Según los praguenses, el comando obtuvo la información que buscaba. Pero, como explica rabí Haim, guardián de la sinagoga, "al no poder descubrir la melodía que acompañaba las palabras pronunciadas por el MaHaRaL", no consiguió realizar el sueño de Hitler. Arno Parik, conservador del Museo Judío de Praga, cita a David Gans, testigo del prodigio: "Nadie, salvo el MaHaRaL, fue lo bastante puro como para conocer este secreto de la Cábala".
MaHaRaL, el gran rabino Loew, nació en 1512 en Worms, a orillas del Rin. Llegó a Praga a una edad avanzada y a petición de la comunidad judía y del emperador romano germánico Rodolfo II. Allí permaneció como gran rabino hasta su muerte a los 97 años, en 1609. Cabalista reputado, Loew era también un apasionado de la Filosofía y la Astronomía. En Praga entabló amistad con Tycho Brahe y Johannes Kepler, los dos famosos astrónomos que, al mismo tiempo que Galileo y siguiendo a Copérnico, probaron que no solo la Tierra giraba alrededor del Sol, sino que una multitud de sistemas solares y planetas poblaban el cielo infinito. Para los cabalistas no fue una revelación. El Zohar, o Libro del esplendor, obra emblemática de la Cábala, redactado, según se cree, en la España del siglo XIII por Moisés de León, ya hablaba de ello. Para los gentiles, en cambio, este descubrimiento fue fulminante. Desde la noche de los tiempos, los hombres estaban convencidos de que la Tierra era el centro del Universo. Entre Dios y los hombres, había una simple relación vertical: el hombre estaba abajo; el Señor, en los cielos. Pero si el espacio que había por encima de nuestras cabezas, ese espacio reservado a Dios, contaba realmente con una infinidad de astros y planetas, ¿dónde se encontraba Su morada? MaHaRaL responde: en el lenguaje. ¿No nos ha sido dicho que en el principio era el Verbo?
Todo el mundo se acercó entonces a la Cábala. Su extraña anticipación de este descubrimiento esencial le valió un interés repentino y desenfrenado que desbordó los ambientes judíos.
Para mí, nativo de Varsovia, hollar las calles en las que el Golem cobró vida era una aventura extraordinaria. Uniendo mis pasos a los pasos del MaHaRaL cumplía un sueño de infancia, raro privilegio. Pronto descubrí asombrado que el antiguo barrio de Praga permanecía intacto, que sus sinagogas, su ayuntamiento y sus cementerios seguían ahí. Eso me dejó perplejo: mi ciudad, la ciudad judía de Varsovia, desapareció completamente.
¿Por qué los nazis respetaron Praga? ¿Por miedo a MaHaRaL y al Golem? El mismo Goethe visitó la sinagoga Vieja-Nueva de Praga antes de escribir El aprendiz de brujo. El Golem de Gustav Meyrink (1915) fue uno de los primeros best seller de la literatura mundial. Por otra parte, la fascinación que los judíos ejercían sobre Heydrich era tal que hizo que la Comisión de Evaluación Racial le extendiera un certificado que probaba su pureza de sangre: "Ni sangre de color ni sangre judía". Siempre llevaba ese documento junto al corazón; también aquel 4 de junio de 1942 en que la resistencia checa consiguió abatirlo. Sin embargo, antes había tenido tiempo para presentarle su proyecto a Hitler: convertir el barrio praguense de Josefov en el "museo exótico de una raza extinta".
Ya que era peligroso tocar la Praga judía a causa del MaHaRaL, demiurgo del Golem, ¿por qué no convertirla en una especie de Jurassic Park en el que las generaciones futuras pudieran contemplar las huellas de un pueblo maléfico borrado para siempre de la faz de la Tierra? En el número 1 de la calle Staré Školy, en un hermoso edificio modernista de la antigua judería de Praga, se encuentra el Museo Judío. Su historiador, Arno Parik, me explica que "bajo control de los nazis, 40 empleados trabajaban 12 horas al día para refundar un museo en lugar del nuestro -cerrado en 1939- que abriría sus puertas el 3 de agosto de 1942. Para ello, catalogaron más de 200.000 objetos".
En aquella época, cerca de 120.000 judíos vivían en Praga. Hoy, apenas son 1.700. Su barrio sigue como entonces, con sus "rincones oscuros, pasajes secretos, ventanas condenadas, patios sucios, cervecerías ruidosas y albergues siniestros", como lo describe Kafka. ¿Salvado por el miedo que ejercía y sigue ejerciendo el cabalista de Praga? Al amparo de la Sinagoga Klausen, la escuela del MaHaRaL, descubro el viejo cementerio judío. Miles de tumbas. Más de 12.000. El tiempo ha producido múltiples fisuras en la imponente piedra bajo la que reposan el gran rabino Loew y su esposa Perl.
No me hubiera gustado abandonar Praga sin volver a ver al MaHaRaL. Pero, siguiendo la vieja máxima yiddish, "no preguntes nunca tu camino a alguien que lo conozca, pues podrías extraviarte", me pierdo. Le he dado la espalda por error a la estatua del gran rabino Loew y vuelvo a encontrarme ante la casa de Kafka, en el 2 B de la calle Cihelná. Aquí, nada parece haber cambiado. A excepción de un café en la planta baja -el 'Café Franz Fafka', claro está- y de una tienda en la que venden bolígrafos con la efigie del escritor y figurillas de terracota representando al Golem.
Una pareja de ancianos duda entre el bolígrafo y la estatuilla. Finalmente, compran 20 Golem de una vez; "son para regalar", explica el señor del pelo blanco en un inglés con fuertes resonancias germánicas. Luego, volviéndose hacia mí con el pequeño Golem en la mano, añade: "Será mi amuleto". Yo me digo que tal vez no sea mala idea y también compro algunos.

Marek Halter es pintor y novelista francés de origen polaco. Traducción de José Luis Sánchez-Silva.