Mostrando entradas con la etiqueta Jordá Eduardo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Jordá Eduardo. Mostrar todas las entradas

sábado, 22 de febrero de 2014

PRENSA CULTURAL. POESÍA. "Palacio, buen amigo". Eduardo Jordá

Don Antonio Machado

   En "El Día de Córdoba":

Palacio, buen amigo

EDUARDO / JORDÁ | ACTUALIZADO 22.02.2014 RECUERDO el libro de literatura que tenía en el colegio, un grueso volumen con mucha letra pequeña y muy pocas fotos. A los 14 años me gustaba leer, pero aquel tocho era un mamotreto imposible de digerir. Estaba lleno de palabras incomprensibles -sinalefa, estrambote, serventesio, sinécdoque-, y de aburridas disertaciones sobre la métrica. Cuando el profesor -el buen señor Monterrubio- nos explicaba con paciencia cómo había que medir una estrofa sáfica, se me ocurría pensar que había que ser un lunático para echar a perder la vida con aquellas cosas. ¿Estrofa sáfica? No, no, para nada: aquella estrofa no era sáfica, sino sádica, con d, porque aquello era una tortura intolerable. ¿Cómo era posible que alguien se dedicase a dividir los versos en endecasílabos sáficos o en pentasílabos adónicos? Empecé a pensar que mi temprana afición a la lectura debía de ser una patología vergonzosa, y poco a poco dejé de leer libros a la vista de todos. 

Por suerte, un buen día encontré un poema al final del libro de literatura. Se llamaba "A José María Palacio". Pensé que me iba a encontrar con la ración habitual de serventesios y de sinécdoques, pero aun así me puse a leerlo (mi patológica afición a la lectura aún no se había curado del todo). Y de pronto me encontré con algo que estaba vivo, que respiraba y que estaba lleno de palabras normales pero que emitían una música muy suave, como el rumor del viento entre los chopos que aparecían en el poema. Lo leí y lo volví a leer, sin poderme creer lo que estaba ocurriendo. Sentí un estremecimiento, o más aún, una inmensa alegría. Yo había estado allí, entre aquellos campos y aquellos chopos que no había visto nunca. Y aquello era muy raro, porque no había nada más alejado de mi experiencia de niño urbano que aquel paisaje de zarzas y sementeras. Si me enseñasen un olmo, no lo sabría distinguir de un roble. Pero eso daba igual. Aquel día descubrí que se podía crear un sentimiento universal a partir de unas pocas imágenes, y que aquello te llegaba al corazón y te transformaba y te sacudía de una forma que antes nunca habías experimentado. 

Miré el nombre que venía al final del poema: Antonio Machado. Al lado venía la foto de un señor muy serio, con sombrero, sentado en un café. Antonio Machado, repetí, casi sin podérmelo creer. "Gracias, señor Machado", dije aquel día. Y ahora, muchos años después, cuando se cumplen los 75 años de su muerte, vuelvo a repetir lo mismo: "Gracias, señor Machado, muchas gracias".
A JOSÉ MARÍA PALACIOPalacio, buen amigo, 
¿está la primavera 
vistiendo ya las ramas de los chopos 
del río y los caminos? En la estepa 
del alto Duero, Primavera tarda, 
¡pero es tan bella y dulce cuando llega!... 
¿Tienen los viejos olmos 
algunas hojas nuevas? 
Aún las acacias estarán desnudas 
y nevados los montes de las sierras. 
¡Oh mole del Moncayo blanca y rosa, 
allá, en el cielo de Aragón, tan bella! 
¿Hay zarzas florecidas 
entré las grises peñas, 
y blancas margaritas 
entre la fina hierba? 
Por esos campanarios 
ya habrán ido llegando las cigüeñas. 
Habrá trigales verdes, 
y mulas pardas en las sementeras, 
y labriegos que siembran los tardíos 
con las lluvias de abril. Ya las abejas 
libarán del tomillo y el romero. 
¿Hay ciruelos en flor? ¿Quedan violetas? 
Furtivos cazadores, los reclamos 
de la perdiz bajo las capas luengas, 
no faltarán. Palacio, buen amigo, 
¿tienen ya ruiseñores las riberas? 

Con los primeros lirios 
y las primeras rosas de las huertas, 
en una tarde azul, sube al Espino, 
al alto Espino donde está su tierra...


sábado, 30 de abril de 2011

PRENSA. "Mala educación", por Eduardo Jordá

Eduardo Jordá

En "El Día de Córdoba":
Mala educación

Eduardo Jordá
27.04.2011

   Veo a la rapera Mala Rodríguez en una entrevista con Joaquín Petit en Canal Sur 2. Una vez usé una canción de La Mala en un instituto de un barrio problemático, y todos los alumnos sintonizaron de inmediato con la letra, así que me interesa oír lo que dice. La Mala me parece una chica inteligente que sabe lo que quiere, aunque la veo mucho más tímida de lo que imaginaba, cosa que contradice su imagen de chica mala y atrevida. "¿Fuiste una buena estudiante?", le pregunta Joaquín Petit. "No, no lo fui", contesta La Mala sin apenas pensárselo. Y en ese momento me pregunto una vez más qué pasa con nuestro sistema educativo, para que una chica inteligente y aficionada al uso creativo de las palabras haya sido un caso más de nuestro calamitoso fracaso escolar.
   Las causas son múltiples, pero habría que recapacitar sobre una serie de problemas que se repiten. Hace poco estuve repasando comentarios escritos por alumnos de una Facultad de Derecho y me sorprendió la alarmante pobreza expresiva de casi todos ellos. Los alumnos sabían lo que querían decir, pero eran incapaces de expresarlo. Les faltaba vocabulario, les faltaba sintaxis y les faltaba capacidad de síntesis. O sea que los jueces y los abogados y los legisladores del día de mañana tienen problemas serios para construir una frase con un mínimo de lógica y de precisión conceptual. Y si muchas leyes actuales ya parecen redactadas por un imitador involuntario de Chiquito de la Calzada, uno se pregunta qué pasará cuando las redacten esos alumnos que no saben puntuar una frase, ni razonar un punto de vista, ni usar con propiedad los conceptos.
   Pero la culpa no es de los alumnos. Nuestro sistema educativo ha olvidado que la herramienta esencial del aprendizaje es la lengua, y que si un alumno no entiende lo que lee, ni sabe expresarse con claridad de forma oral y escrita, ni ha adquirido un vocabulario amplio que sea capaz de usar con facilidad, ese alumno está condenado a no entender el enunciado de un problema matemático ni el contenido de un tema cualquiera, así que tarde o temprano será un caso más de fracaso escolar. Por supuesto que hay muchas más causas del fracaso educativo, desde la irresponsabilidad de los padres a la permisividad suicida del "buenismo pedagógico" que permite entrar en clase a los alumnos con el móvil conectado, y eso sin hablar de unas cadenas de televisión a las que habría que aplicar con urgencia una 'Legislación Antiterrorista Educativa' para que dejaran de fomentar la estupidez y la desvergüenza. Pero vuelvo a lo más importante, que es la lectura y el buen uso del lenguaje, algo que no debe estar reservado a la Primaria sino que debe llegar hasta la Universidad. De lo contrario, seguiremos condenados al fracaso.

viernes, 18 de marzo de 2011

PRENSA. "Irresponsables", por Eduardo Jordá

Eduardo Jordá

   En "El Día de Córdoba":
Irresponsables

Eduardo Jordá
Actualizado 16.03.2011

   Si uno lee sobre los dos últimos años de la II República, los que precedieron a la guerra civil, lo más llamativo es la irresponsabilidad absoluta con que se comportaron la mayoría de líderes políticos (de uno y de otro signo, de derechas y de izquierdas). Porque llegó un momento, a partir de 1934, en que todos hicieron lo posible para impedir los acuerdos con los que ellos consideraban sus adversarios irreconciliables. Y ya nadie cedió en nada ni rebajó sus exigencias. Y al mismo tiempo que ocurría esto, todo el mundo exigía que se atendieran sus reclamaciones y se olvidaran las de los demás.
   "Yo quiero ser presidente de la República", decía uno, y otro reclamaba una estatua para el Sagrado Corazón de Jesús, y otro exigía ser nombrado ministro de Marina, y otro convocaba una huelga general, y otro clamaba para que las mujeres perdieran el derecho al voto que se les acababa de conceder, y otro incitaba a quemar los Juzgados porque la justicia era una farsa burguesa, y otro rezaba para preservar la cristiandad de España, y otro reclamaba la reforma agraria para los jornaleros sin tierra, y otro gritaba a favor de la revolución proletaria, y otro a favor de la beatificación del padre Claret. Y todo esto ocurría en un país que vivía una gravísima crisis económica y en el que un gran porcentaje de la población era analfabeta y subsistía por debajo de los límites de la pobreza.
   Por suerte no vivimos un momento tan dramático como aquél, ni existe ningún paralelismo entre el periodo que vivimos ahora y el que precedió a la guerra civil. Eso es innegable. Pero lo que sí estamos viviendo es un desmoronamiento paulatino del modelo de sociedad que hemos conocido en estos últimos cuarenta años. Todos los beneficios sociales que creíamos intocables -la educación gratuita, la sanidad pública, las pensiones de jubilación o la prestación de desempleo- están en peligro y no sabemos si seguirán siendo posibles dentro de diez o quince años. Y cualquier trabajador del sector privado sabe lo difícil que le resulta conservar su empleo. No he hablado con nadie que no esté convencido del empeoramiento de sus condiciones laborales. Y no he hablado con nadie que no se muestre pesimista sobre su futuro.
   Por eso resulta tan grave que algunos sindicalistas aparezcan implicados en los fraudes de las jubilaciones de los ERE y de los cursos de formación de empleo. Si hay indicios claros de que los sindicatos, que deberían ser los primeros interesados en el mantenimiento del Estado del Bienestar, han actuado con un alto grado de irresponsabilidad y desvergüenza en estos dos casos, es muy posible que nuestro Estado del Bienestar tenga los cimientos carcomidos y los días contados. Por desgracia para todos.

jueves, 17 de febrero de 2011

PRENSA. "Superdotados", por Eduardo Jordá

Eduardo Jordá

   En "El Día de Córdoba":
Superdotados

Eduardo Jordá
Actualizado 16.02.2011 -

   Hace bien la Junta de Andalucía en lanzar un programa para detectar alumnos superdotados de entre 6 y 12 años, pero me temo que la iniciativa llega tarde y, peor aún, se enfrenta a un sistema educativo que está concebido para desalentar a los buenos estudiantes. Basta pensar en la monstruosa endogamia universitaria, que, en vez de abrir las universidades a los mejores cerebros llegados desde cualquier sitio, premia a los alumnos "que les llevan el café a sus profesores", como decía hace años el gran Fernando Ortiz.
   El gran problema de nuestro sistema educativo, desde la implantación de la Logse, es que confunde el igualitarismo económico -que es necesario y encomiable- con el igualitarismo intelectual, que atenta contra la esencia misma de la educación. Y eso hace que nuestro modelo esté mal planteado de arriba abajo. Primero, porque distribuye mal las edades (la ESO empieza demasiado pronto), y luego porque desdeña el ciclo de la Formación Profesional, que debería estar integrado en la ESO para aquellos alumnos que lo prefirieran o que no pudieran adaptarse al aprendizaje teórico. Y por si fuera poco, nuestro sistema tiene un programa de "contenidos curriculares" (fea palabreja) que son demasiado confusos y aburridos. Conozco muchos chicos y chicas inteligentes que no han sido capaces de aprobar el Bachillerato. ¿Por qué es así? ¿Qué estamos haciendo mal?
   Yo creo que no se selecciona bien al profesorado, porque no se le exigen las aptitudes adecuadas, que no son sólo conocimientos, sino también habilidad, humor, imaginación y un buen manejo de los grupos. Y también hay que exigir una responsabilidad a los alumnos y sobre todo a los padres, y eso es algo que de momento aterra a nuestra Administración, que no parece darse cuenta de que la batalla por la supervivencia económica de España sólo pasa por alcanzar los mejores resultados educativos. Un padre debe saber que la enseñanza de su hijo le cuesta mucho dinero al Estado, y que si no está dispuesto a responsabilizarse de la conducta de su hijo en la escuela, no debería disfrutar de las prestaciones de la educación pública. Y otro problema grave es que se le exige al sistema educativo una labor de integración social para la cual no está capacitado. No puede ser, por ejemplo, que alumnos que no hablan ni dos palabras de español compartan la misma aula con los alumnos que sí lo hablan, al menos hasta que no alcancen un dominio mínimo de la lengua. Y los alumnos con problemas serios -familiares, educativos- deberían tener también una enseñanza personalizada y un currículum distinto.
   Si queremos salvar lo mejor de nuestra enseñanza pública, que aún es mucho, habría que cambiar muchas normas intocables. ¿Se atreverá alguien?

miércoles, 19 de mayo de 2010

PRENSA. "El capital" (fragmento), de Eduardo Jordá

Eduardo Jordá
En "El Día de Córdoba":

El capital (fragmento)
La verdadera riqueza de un país no está en los índices macroeconómicos. La riqueza de verdad está en otra parte. Está en los educadores de los barrios marginales que se empeñan en enseñar a distinguir el bien del mal a unos chicos que no han tenido ninguna oportunidad en la vida. Está en los médicos que después de una guardia de veinticuatro horas siguen tratando con interés y con afecto a sus pacientes. Está en los inmigrantes que ahorran uno o dos euros al día para hacer un envío semanal de 30 euros a sus familiares que se han quedado en sus países de origen. Y está en los profesores que se desviven para conseguir que unos alumnos apáticos descubran un día que aprender algo nuevo -leer un libro o resolver una ecuación- puede ser una experiencia mucho más divertida que tumbarse a jugar con la PlayStation. Y lo mismo podría decirse de toda la gente que se enfrenta a la vida con honradez y sencillez y buen ánimo, esas virtudes modestas que no reciben ningún elogio por parte de nadie, pero que son las únicas que permiten que una sociedad conviva en armonía y consiga dar lo mejor de sí misma.

miércoles, 7 de abril de 2010

PRENSA. "Males adolescentes", de Eduardo Jordá

Eduardo Jordá                                Hoy, en "El Día de Córdoba":

Males adolescentes

Eduardo Jordá
Actualizado 07.04.2010

Los adolescentes de hace cincuenta años no eran muy distintos de los de ahora. No es cierto que se haya producido una especie de mutación moral. Cualquier adolescente es caprichoso y narcisista. Cualquiera se cree el centro del mundo. Y cualquiera se cree con derecho a hacer lo que quiera, sin límites ni imposiciones. Si no fuera así, no sería un adolescente, sino un borreguito.
Lo que pasa es que un adolescente actual ha recibido una educación muy distinta. Ya no hay presión social por parte de padres, maestros, vecinos, tíos y abuelos. Ya no hay una vigilancia más o menos constante ni el temor a hacer algo que pueda ser castigado. Ya no hay una responsabilidad prematura que cumplir: trabajar para ayudar a la familia, o estudiar para alcanzar una vida mejor. Y sobre todo el adolescente actual cuenta con la influencia constante que recibe a través de la televisión e internet. Esa influencia es casi siempre de carácter sexual -¡ah, la webcam!-, pero va mucho más allá, porque también determina la actitud que se debe tomar ante la vida. Y ahí aparecen la obsesión por la moda, la fama y el éxito. Y ahí está la clave de todo. Basta fijarse en las poses de chulería patológica con que los adolescentes se fotografían en Tuenti o en Facebook. Muchas chicas de trece años parecen putones de un local de carretera. Y muchos chicos parecen actores porno en una despedida de solteras. Y repito que ahí está la gran diferencia.
Esa hipersexualización de todos los aspectos de la vida, sin que los adolescentes tengan preparación ni experiencia real, es un hecho muy difícil de asimilar. ¿Están capacitados para creerse que la vida es así? ¿Está su mente madura para todos esos alardes de precocidad sexual? ¿Y tienen las referencias morales suficientes para desenvolverse en ese mundo? Me atrevo a decir que no, o sólo en unos pocos casos. La mayoría de los padres de esos adolescentes trabajan largas horas fuera de casa y no están dispuestos a dejarse la piel conversando con sus hijos y comentando lo que hacen y controlando lo que ven.
Por eso es muy ingenuo que los psicólogos se sorprendan de la frialdad y de la ausencia de culpa en muchos de los adolescentes y jóvenes que protagonizan algunos hechos muy graves (y lo mismo da que sean atropellos con víctimas mortales o asesinatos a sangre fría). Es normal que sea así. Esos adolescentes se han criado pegados a la tele y al ordenador, en pisos estrechos, sin apenas amigos y a menudo solos, hablando por el móvil durante horas o enganchados a los chats donde se enamoran y se pelean y lloran y ríen y viven las múltiples vidas ilusorias que no pueden llevar a cabo en la vida real. Así que no hay nada raro ni nada patológico en todo lo que ocurre. Es normal que sea así.

miércoles, 17 de febrero de 2010

PRENSA. "La profesora", de Eduardo Jordá

Eduardo Jordá
Hoy, en "El Día de Córdoba", este artículo de Eduardo Jordá:

La profesora

La semana pasada, en una entrevista con Joaquín Petit en el programa Las mil y una noches de Canal Sur 2, el actor Luis Tosar dijo una cosa a la que me temo que no se le ha prestado la atención que merece. Y es que Tosar contaba que fue un mal estudiante -"un auténtico burro", decía-, hasta que una profesora de su instituto intuyó el enorme potencial que tenía, así que le animó a leer libros y a integrarse en el grupo de teatro escolar. Así empezó la carrera que le ha llevado a ganar un Goya por su espléndido papel en Celda 211 (una película, por cierto, que se basa en una novela del periodista deportivo Francisco Pérez Gandul, alguien que no hace ruido ni milita en el sindicato de la ceja, dicho sea de paso).
Tosar no lo dijo en la entrevista, pero nosotros podíamos adivinarlo detrás de sus palabras: si no llega a ser por aquella profesora de instituto, ahora quizá sería un tipo muy parecido a Malamadre, el personaje que le ha proporcionado más fama y más elogios de toda su carrera. Pero tuvo la suerte de encontrarse con una profesora que intuyó su talento y le animó a adentrarse por un camino que a él nunca se le había pasado por la cabeza. De lo contrario, ahora estaría trabajando en un supermercado o levantando pesas en un gimnasio. O quizá haciendo cosas peores, como el propio Malamadre. Cuando un actor interpreta tan bien a un personaje, es porque una parte de su persona no tiene ningún problema en identificarse con él.
Me gustaría saber si alguien ha reconocido los méritos de esta profesora, aunque sólo sea poniendo una modesta biblioteca escolar a su nombre. Lo dudo, porque no corren buenos tiempos para los grandes profesores en esta época dominada por los pedagogos y los sindicalistas doctrinarios y los padres irresponsables. Me temo que esa profesora sólo habrá tenido la secreta recompensa de saber que había hecho con sus alumnos lo que tenía que hacer, y nada más. Y aunque haya demostrado tener intuición y vocación, que son las dos cualidades que hacen a los verdaderos profesores, su talento no suele ser apreciado por los pedagogos y los sindicalistas -y los políticos que sólo escuchan a los pedagogos y a los sindicalistas-, ya que la intuición y la vocación son aptitudes que se consideran "materias no computables", y por tanto no se exigen ni se valoran en los programas educativos.
¿Cómo se hace un buen profesor? Intuición, entusiasmo, humor, mano izquierda, comprensión, curiosidad, amor por el esfuerzo, dedicación al que más lo necesita: he aquí las cualidades que hacen a un buen maestro. Los conocimientos también cuentan, por supuesto, pero de nada sirven si no van acompañados de todas estas cosas. Luis Tosar lo sabe bien. Sería bueno que todos nosotros también lo supiéramos.