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jueves, 14 de mayo de 2015

PRENSA. "Disyuntivas morales". Bahiyyih Nakhjavani

   En "El País":

Disyuntivas morales

Cuando las mujeres cuestionan la autoridad de los líderes religiosos para inmiscuirse en su vida personal o en su derecho a trabajar, se produce una redefinición de la fe que va más allá de una liberación externa


EDUARDO ESTRADA

El pasado 19 de marzo, cuando los titulares de prensa se hicieron eco de la muerte de una joven afgana, el mundo se dividió entre los escandalizados por las connotaciones heréticas de su supuesto delito y los horrorizados por la brutalidad del castigo que había recibido. Pero varias semanas después cambió la situación: la fisura se situaba entre los que se escandalizaban al enterarse de que las acusaciones de blasfemia eran falsas y los horrorizados al saber que, para empezar, se pudiera linchar a alguien por ese motivo.
¿Qué es peor, blasfemar contra el Corán o patear, golpear, quemar y asesinar a alguien dando por hecha esa blasfemia? ¿Dónde está verdaderamente el delito, en vender supersticiones en nombre de la religión o en vulnerar las convenciones culturales discutiendo con un clérigo por embaucar a los crédulos? ¿Acaso la fe musulmana descansa principalmente en los textos fundamentales del profeta o en los comentarios de los hombres que los interpretan? ¿Tiene una mujer derecho a señalar la diferencia entre unos y otros? Desde el trágico final de Farkhunda la opinión pública ha oscilado de un lado a otro, poniendo de manifiesto que, en el mundo islámico, se ahonda cada vez más la brecha entre las mujeres y la jerarquía religiosa.
No es la primera vez que una mujer ha sido acusada de blasfemia por la ortodoxia, ni será la última. Y, a lo largo de la historia, tampoco ha sido la religión islámica la única en la que las mujeres se han llevado la peor parte de las violentas represalias del clero masculino. Consciente o inconscientemente, lo que líderes religiosos de toda laya han hecho realmente durante los últimos seis mil años al sancionar el sometimiento de la mujer es, más que difundir las enseñanzas espirituales del hinduismo, el judaísmo, el budismo, el cristianismo y el islam, fomentar arraigadas costumbres patriarcales. Pero la discusión registrada en Kabul el pasado marzo supone un auténtico movimiento sísmico en la ancestral historia de la desigualdad de género. Está directamente relacionada con la crisis de la modernidad que, iniciada a mediados del siglo XIX en Oriente Medio, ahora se está extendiendo por todos los países del mundo.

¿Qué es peor, blasfemar contra el Corán o quemar y asesinar a alguien dando por hecha esa blasfemia?
Lo que casi nadie sabe es que el crimen que tuvo lugar en Kabul, a plena luz del día y bajo la mirada de las cámaras de vídeo, estuvo precedido, hace más de ciento sesenta años, por otro registrado en medio de un sofocante secreto en Teherán. Una tórrida noche de agosto de 1852, una joven de talento, erudita y conocida por sus polémicas ideas, fue estrangulada en los alrededores de la capital persa y enterrada bajo un cúmulo de piedras. Creía que había que distinguir entre las verdades espirituales y las tradiciones supersticiosas. Su delito fue utilizar esas ideas para criticar al orden religioso de su tiempo. Se llamaba Tahirih Qurratu'l-Ayn.
En las escuelas teológicas de Kerbala y Nayaf, Tahirih era muy admirada por su elocuencia y conocimientos jurídicos, pero también había levantado ampollas dentro de la comunidad eclesiástica. En contra de las normas, había adoptado el papel de profesora, no de acólita, vulnerando además las costumbres al indicar a los alumnos que recalcaran su independencia espiritual luciendo indumentaria colorista durante el mes de Muharram. Lo peor de todo es que dio la vuelta al rol femenino al divorciarse de su marido y presentarse en público sin velo. Ante el horror y la indignación de la ortodoxia chií y suní, insistió en que había llegado el momento de anular la sharía.
Está claro que los más amenazados por esas ideas eran los clérigos. Al igual que el ulema de Kabul cuya reacción ante Farkhunda incitó a una frenética turba juvenil a cometer un horrendo crimen, el orden religioso de Irán se vio zarandeado por los argumentos de Tahirih, sintiendo que esa mujer cuestionaba peligrosamente su posición. Mientras ella fuera fuerte, ellos se sentirían débiles; mientras su popularidad aumentara entre las mujeres, ellos verían minada su influencia. Así que la vilipendiaron y difamaron, haciendo todo lo posible por cercenar su influencia y silenciarla. A la vista de ello, poco puede sorprender que acabara siendo estrangulada por difundir las heréticas enseñanzas del Bab.
Las fisuras que surgen entre las creencias personales y la tradición cultural siempre han sido un semillero de disyuntivas morales. Tahirih y Farkhunda podrían haber acatado las costumbres seculares y cerrar la boca; podrían haber aceptado el antiguo modelo femenino, evitando la confrontación con las autoridades religiosas. Pero insistieron en distinguir entre superstición e investigación racional, entre la letra y el espíritu del Corán. Y su coraje planteó cuestiones esenciales sobre la autoridad sacerdotal. Al principio, cuando se acusó a Farkhunda de quemar un Corán, se dijo que el hombre con el que había estado discutiendo era un “ulema”. Después, cuando quedó claro que de lo que había discutido con él era de la venta de talismanes y tawiz a los incautos, se le describió simplemente como un “ayudante” de la mezquita. Al final, cuando se determinó que la muchacha asesinada no había cometido ni apostasía ni blasfemia, los reporteros le convirtieron en un “buhonero”.
Y la mengua de categoría externa que fue experimentando este hombre anónimo no fue nada en comparación con su humillación interior. Fuera quien fuera, una muchacha le había superado con su argumentación; esa interlocutora conocía mejor que él el Corán y cuando la multitud se fue congregando a su alrededor atraída por la discusión, ese hombre debió de enfrentarse a un terrible dilema. Podía perder su reputación, su forma de ganarse el sustento y probablemente la vida, o darle la vuelta a la situación y acusar a esa mocosa que le superaba en conocimientos sagrados de cometer la blasfemia en la que él estaba incurriendo. Optó por lo segundo.

Cada vez es más amplia la brecha entre el mundo femenino y la jerarquía islámica
Independientemente de que vivamos en Kabul o en Nueva York, la relevancia de la disyuntiva moral salta a la vista, porque atraviesa el cuerpo de la mujer actual, dejando patente la violación de sus derechos. Cuando las mujeres comienzan a distinguir entre las costumbres sociales y las realidades espirituales, algo revolucionario está ocurriendo. Cuando cuestionan la autoridad de los líderes religiosos para inmiscuirse en su vida personal, en sus relaciones íntimas, en su derecho a trabajar, a viajar, en los derechos legales sobre sus hijos, está teniendo lugar una redefinición de la fe que va más allá de cualquier manifestación externa de liberación.
Es la misma revolución que tuvo lugar en Turquía este mismo año, cuando, contraviniendo de manera flagrante las costumbres, las mujeres de la provincia meridional de Mersin, con el rostro embadurnado de pintura roja, se negaron a que los hombres tocaran el ataúd de Özgecan Aslan, la estudiante de psicología de veinte años que, después de ser violada por un grupo de hombres en un autobús, fue asesinada a puñaladas y quemada. Esta revolución la plasmaron de nuevo las afganas que, cubriéndose con la máscara ensangrentada que representaba el rostro de Farkhunda, rompieron con la tradición al rechazar la presidencia del ulema en Kabul e insistir en ser las únicas portadoras del féretro durante el entierro de la asesinada. Esas mujeres seguían el ejemplo de Tahirih. Su capacidad para distinguir entre las creencias y las convenciones culturales, entre la fe y la costumbre, es un símbolo de nuestro tiempo. Ellas se encuentran en la encrucijada de un cambio con inmensas repercusiones para todos.
Bahiyyih Nakhjavani es escritora. Autora de los libros La fábula de la alforja robada y La mujer que leía demasiado.
Traducción de Jesús Cuéllar Menezo

jueves, 30 de octubre de 2014

PRENSA. "La tradición que ahorca"

   En "El País":

La tradición que ahorca

Han pasado 13 años desde la caída del régimen talibán, pero la violencia contra las afganas se repite en todos los ámbitos de sus vidas


Afgani, viuda tras dos matrimonios forzosos, trabaja hoy con otras víctimas para que no se queden calladas. / GERVASIO SÁNCHEZ
Cuando la periodista Mònica Bernabé viajó por primera vez a Afganistán, en el verano del año 2000, se escandalizó tras comprobar el trato degradante al que eran sometidas las mujeres del país. Por entonces gobernaban los talibanes, y ella achacó a este régimen fundamentalista tales desgracias. Casi 13 años después, con los radicales fuera del podermiles de millones de euros invertidos en ayuda humanitaria y cooperación al desarrollo, con un Gobierno, el de Hamid Karzai, instaurado con el beneplácito de occidente, y tras una larguísima intervención militar liderada por Estados Unidos, la reportera constata que aquellas restricciones que conoció en su día fueron puras anécdotas comparadas con el drama que viven hoy las afganas. "La violencia empieza en el seno de la familia y es endémica, independientemente de que los talibanes estén o no", describe Bernabé durante la presentación en Barcelona de Mujeres. Afganistán (Blume), un libro que denuncia la terrible situación de violencia estructural que sigue sufriendo este colectivo, que califica como "problema social generalizado".
La obra, realizada a cuatro manos entre Bernabé y el fotógrafo Gervasio Sánchez gracias al apoyo del Ayuntamiento de Barcelona y de la Asociación por los Derechos Humanos de Afganistán (ASDHA), de la que la periodista es fundadora y presidenta, es más que un libro de fotografía: se trata de toda una enciclopedia de la mujer en este país de Asia central. Durante seis años —entre 2008 y 2013—, los dos reporteros han diseccionado la sociedad femenina afgana para demostrar desde la intimidad de la casa, el hospital, el correccional o el gimnasio cómo es el día a día de estas mujeres.
Niñas que son dadas en matrimonio a señores que les cuadriplican la edad, chicas que se inmolan a lo bonzo porque ya no aguantan más los abusos en casa, otras que se intentan quitar la vida ingiriendo matarratas, muchachas con formación universitaria condenadas a renunciar a su carrera porque fueron obligadas a casarse con un marido al que no quieren, o fieles esposas que no se divorcian porque perderían la custodia de sus hijos. Estos son solo algunos de los ejemplos de la triste realidad imperante. "Los hombres, en general, y la mayoría de las mujeres son cómplices de situaciones que solo pueden describirse como violaciones flagrantes de todos los derechos humanos", asegura Gervasio Sánchez. "La impunidad generalizada y el peso de la tradición ahorcan sus vidas".
Ambos periodistas reconocen que, desde finales de 2001, cuando los talibanes salieron del poder, se han producido mejoras. Ahora las mujeres pueden estudiar, trabajar o acceder a la sanidad. Un 28% de los escaños están ocupados por ellas, y algunas son policías, militares o boxeadoras. La Constitución de 2004 garantizó la igualdad de derechos entre ambos sexos, y la ley de 2009 sobre la Eliminación de la Violencia contra la Mujer convirtió este comportamiento en delito. Ya no son tratadas como botín de guerra ni azotadas en las calles, pero queda mucho trabajo por hacer. "El Gobierno de Karzai ha sido permisivo con las presiones de los sectores conservadores tanto suníes como chiíes", denuncia Sánchez. Y menciona la Ley Shia de 2009, que permite al marido retirar la manutención a su esposa si esta no obedece sus demandas sexuales, les otorga la custodia de los hijos a ellos o exige que ellas obtengan el permiso de sus esposos para trabajar. Igualmente, se refiere a un informe de 2012 de la ONG Human Rights Watch que asegura que los tribunales las envían a prisión por delitos dudosos. "Hay alrededor de 400 mujeres y niñas encarceladas por crímenes contra la moral", lamenta el fotógrafo. Crímenes que en demasiados casos consisten, simplemente, en oponerse a un matrimonio forzoso.
La elaboración del trabajo no fue sencilla. "Bajo el pretexto de que las mujeres no se dejan fotografiar según la cultura afgana, se esconde una realidad que pone los pelos de punta", relata Bernabé. Pese a esta dificultad añadida, los autores escogieron la fotografía como medio de denuncia porque ya existen muchos informes en papel. "Y en este contexto, una imagen vale más que mil palabras", sentencia la reportera, que también asegura que las principales trabas que han encontrado han sido la escasa colaboración de las asociaciones femeninas y los problemas de seguridad. Pese a ello, ambos se repartieron el trabajo. Bernabé, que ha sido corresponsal del periódico El Mundo desde 2007 hasta 2014 en este país, se encargó de identificar los problemas más sangrantes, buscar candidatas que se dejaran retratar o conseguir los permisos necesarios. Y lo más difícil: ganarse su confianza y convencerlas de lo necesario que resultaba dar eco de su situación.

Mujeres. Afganistán

BARCELONA
Inauguración de la exposición: 28 de octubre a las 19.30 horas en Palau Robert, Barcelona.
Presentación del libro: 30 de octubre a las 19.30 horas en Palau Robert, Barcelona.
Espacio de diálogo sobre la violencia contra las mujeres de Afganistán:
  • 29 de octubre: mesa redonda (18.00) y conferencia de Azita Rafaat,  ex parlamentaria y política afgana (19.30).
  • 30 de octubre: conferencia de Sajia Behgam, activista afgana (18.00).
ZARAGOZA
Presentación del libro: lunes 3 de noviembre a las 19 horas en el Centro de Historias (plaza San Agustín, 2),
MADRID
Presentación del libro: martes 4 de noviembre a las 19 horas en el Círculo de Bella Artes (calle Alcalá, 42).
Rueda de prensa: martes 4 de noviembre a las 12 en la FAPE (Federación de Asociaciones de Prensa) en Maria de Molina, 50
VITORIA
Presentación del libro:  jueves 6 de noviembre en Vitoria a las 19,30 en Artium (Centro-Museo Vasco de Arte Contemporáneo (cale Francia, 24)
Gervasio Sánchez, por su parte,  viajó al país esporádicamente para tomar las imágenes de las voluntarias. "Hemos tenido que esperar años (en el caso de las menores de los correccionales) para conseguir un puñado de horas suficientes que permitiesen realizar las fotografías". El resultado de esos seis años es un compendio de 200 estampas con sus correspondientes testimonios de adolescentes, jóvenes y mujeres maduras, la mayoría a cara descubierta, víctimas de situaciones extremas en un mundo de abusos permanentes: una mujer asesinada por adulterio, una secuencia de un crimen de honor, una niña que quiere casarse con su violador para no ser (aún más) estigmatizada, una adolescente de 14 años apaleada por su marido, una joven mutilada por abandonar el hogar conyugal... Y así, un rosario de horrores que, aunque parecen sacados de un cuento del medievo, "han ocurrido en los últimos cinco años en un país protegido por decenas de miles de soldados extranjeros y con centenares de proyectos controlados por organizaciones internacionales", denuncia Sánchez.
Y hay datos aún más aterradores: aunque el 85% tienen acceso al sistema sanitario, Médicos sin Fronteras asegura que la mayoría de los centros de salud son deficientes o no funcionan, y por ello cada año mueren 26.000 mujeres durante el embarazo y el parto, una de las cifras mas altas de mortalidad materna del mundo y que duplica el numero de civiles muertos durante el conflicto armado.
Precisamente, uno de los grandes problemas que persiste es que la cooperación se ha convertido "en un simple negocio", denuncia María Cilleros, coordinadora de ASDHA. El país, receptor de ayudas internacionales millonarias para su reconstrucción y promoción de los derechos humanos, es un caldo de cultivo de proyectos "incoherentes y sin sentido que tienen poco impacto en la población", asevera Cilleros. "Se quiere vender la imagen de que Afganistán está inmerso en un proceso de democratización y se financian proyectos en ese sentido. La realidad es que continúa siendo un país en conflicto que muchas veces requiere ayuda humanitaria y de emergencia".
Cambiar la vida de estas mujeres no se conseguirá este año, ni el que viene, ni en 10. "Hace falta que transcurran generaciones, de la misma manera que en Occidente los cambios sociales llevaron siglos", vaticina Bernabé, que desconfía del papel de la comunidad internacional como instauradora de la paz y del respeto a los derechos humanos. Sánchez, que se confiesa "exhausto" ante el dolor que ha vivido en el país, deposita su fe en las mismas mujeres que ha retratado y en todas aquellas que luchan por mejorar la sociedad. Y pide un deseo: "Ojalá algún día los ciudadanos de Afganistán consigan comprender que las mujeres son más que objetos de intercambio social, marital y sexual".

domingo, 11 de mayo de 2014

PRENSA CULTURAL. "Cómo ganar un reino". Reportaje

Fotografía de Josiah Harlan ("El País")

   En "El País":

Cómo ganar un reino

El aventurero estadounidense Josiah Harlan conquistó la corona de Ghor, en Afganistán, en el siglo XIX, e inspiró a Kipling 'El hombre que quiso ser rey'

 23 JUL 2013

¿Quién no ha querido ser rey? No un rey de ahora, claro, de nuestras monarquías delicuescentes y desvitalizadas, sino el bravo monarca de un reino remoto y fabuloso ganado a pulso por la fuerza del coraje y el ansia de horizontes y aventuras. Un rey de los que se hicieron a sí mismos empuñando el revólver en lugares salvajes a los que apenas llega la imaginación, dejando atrás el lastre de la vida cotidiana, los afectos y la seguridad.
Entre ese puñado de hombres valientes que buscaron el reino de sus sueños y se coronaron con sus propias manos en tronos de jungla, montaña o desierto destacan, por supuesto, James Brooke, que devino el rajá blanco de Sarawak, y Charles de Mayrena, que se proclamó rey de los sedang en las selvas de Indochina. Menos conocido, no fueron menores las aventuras y logros del cuáquero y francmasón Josiah Harlan, que partió con las manos desnudas de Pensilvania en 1823 para ganarse en las peligrosas tierras de Afganistán un lugar entre los conquistadores de reinos, convertido en soberano del principado de Gohr, en el Hindu Kush. Harlan, lo que hay que ver, quiso llegar a su real destino a lomos de un elefante: eran otros tiempos.

En el origen de sus increíbles aventuras hay un desengaño amoroso
Las asombrosas andanzas de Harlan, obsesionado con Alejandro Magno, fueron uno de los elementos que inspiraron a Ruyard Kipling su célebre relato El hombre que quiso ser reybase de la película de John Huston con Sean Connery y Michael Caine. "Nos vamos de aquí para ser reyes", dicen Dravot y Peachey al narrador del cuento. Pertrechados de ambición y 20 rifles Martini-Henry, encontraron su destino en Kafiristán para perder luego trono y, respectivamente, vida y cordura. Harlan, que decía que una espada afilada y un corazón audaz suplantan las leyes del derecho hereditario, tampoco pudo conservar su reino pero sobrevivió para regresar a EE UU y vivir nuevas peripecias.
Durante la guerra civil, organizó su propio regimiento de caballería, Harlan’s Light Cavalry, para luchar contra los confederados; ¡el mismo hombre que había conducido ejércitos en Afganistán, servido como asesor militar del Ranjit Singh, el León de Lahore, y adoptado el código de honor de los pastunes!
La vida de Harlan, que ha contado en detalle Ben Macintyre en su espléndida biografía Josiah the Great (HarperCollins, 2004), parece sacada de la más desaforada novela de aventuras. Y para acabar de teñirla de romanticismo tiene en su origen un desengaño amoroso. ¿Se puede pedir más? Retoño de una familia de píos y acomodados cuáqueros de Filadelfia, Harlan (1799) se embarcó como marinero rumbo a los puertos de Oriente llevando en el corazón a su amada Elizabeth Swaim, con la que planeaba casarse.
En Calcuta le llegó una carta informándole de que la inconstante chica se había casado con otro. En un arrebato, nuestro hombre decidió no volver nunca a EE UU y se entregó a la búsqueda de aventura, fama y fortuna. Hay que ver lo lejos que te puede enviar una mujer de una patada.


Escena de lucha en la frontera afgana
Harlan se trasladó al norte de India y se puso al servicio del exiliado rey afgano Shah Shujah, que conspiraba para recuperar su trono. De este modo, el estadounidense se involucraba en el peligroso gran juego de las potencias europeas por el control de Asia Central. Al mismo tiempo, se colocaba en situación de aprovechar las querellas intestinas para ganar poder personal y, quién sabe, pillar algún título. "Aquí hay reinos disponibles, que requieren sólo iniciativa, energía y suerte", escribió Harlan, que añadió una frase a retener: "Cada uno en su propia estimación es un rey".
Partió hacia Kabul para desestabilizar al reinante Dost Mohammed y preparar la invasión al frente de un pequeño ejército de buscavidas y desesperados. Si conseguía el retorno del rey este le haría visir y luego ya veríamos. De esta gente como Harlan te asombra su inconsciencia casi tanto como su arrojo. En la marcha hacia Kabul, disfrazado de derviche, tuvo que vérselas con bandidos, tribus crueles, arenas movedizas y hasta un motín. Se presentó ante Dost Mohammed como un improbable turista y de su don de gentes da fe que este le propusiera entrar a su servicio. Tras muchas vicisitudes, el estadounidense concluyó que una revuelta era imposible y regresó a la India.
Se desplazó entonces al Punjab para ponerse al servicio del maharajá Ranjit Singh. El americano hizo de médico del hipocondriaco, tuerto y libertino maharajá y de general de su ejército, y fue nombrado gobernador de Gujrat. Fue entonces cuando se vio envuelto en la guerra entre afganos y sikhs y decidió aliarse con Dost Mohammed, al que había tratado antes de deponer. No sé si me siguen. El emir de Kabul, que era cruel pero no rencoroso, le hizo comandante de sus tropas. Tras la victoria sobre los sikhs en Jamrud, le regaló una espada bañada en oro y le encargó una expedición punitiva contra el infame Murad Beg, khan de Kumduz, un esclavista uzbeko de la peor clase.

También mandó un regimiento de caballería en la guerra civil de Estados Unidos
Al frente de un ejército de 4.000 afganos, el estadounidense marchó a la gran oportunidad de su vida montado en elefante. Hubo de aparcar a la bestia antes del Hindu-Kush y durante su travesía por el Hazarajat, en 1839, impresionó hasta tal punto al príncipe de Ghor (o Goree o Gawr) que este le propuso transferirle la soberanía si asumía la seguridad del reino. Se redactó un documento en el que Harlan se comprometía a crear, preparar y comandar un ejército y a cambio él y sus herederos se aseguraban la corona.
El aventurero había cumplido su sueño. Solo quedaba darle forma. Volvió a Kabul pensando en regresar a Ghor para instalarse y entonces todo se vino abajo: los británicos habían invadido Afganistán. Y no estaban para bromas: Harlan era un tipo dudoso que se había vuelto medio afgano, así que lo expulsaron del país con el papel que lo declaraba rey aún en el bolsillo. El estadounidense regresó a su patria, no sin antes pasar por Rusia donde seguramente intrigó para ver si el zar le ayudaba a instalarse en su trono. En 1841 estaba en Filadelfia donde modestamente pidió que le llamaran general Harlan y no Rey Josiah.
En octubre de 1871, mientras planeaba embarcar rumbo a China para ofrecer al emperador sus servicios militares, Harlan Sahib se desplomó muerto en una calle de San Francisco. Dicen que en Ghor no encontró solo una corona sino también, en una joven hazara, el amor que le negó una vez Eliza Swaim. Quizá por eso ansiaba tanto volver. Es sabido lo que cuesta ganar un reino, pero a veces es más difícil conquistar un corazón.

martes, 28 de agosto de 2012

PRENSA. Sobre la situación de las mujeres en Afganistán

Un grupo de afganas hace cola para votar en las elecciones legislativas de 2005, en la ciudad de Herat. / CAREN FIROUZ (REUTERS) ("El país")

   En "El País":

“Tomaré pastillas para matarme”

El abandono del hogar o el sexo fuera del matrimonio son algunos de los ‘delitos morales’ que mantienen recluidas a unas 400 mujeres en las cárceles afganas

 Kabul 25 AGO 2012 

Yasmín ya sabe lo que hará cuando salga de la cárcel de mujeres Badam Bagh, en Kabul (Afganistán): “Iré a casa de mis padres, cogeré un bote de pastillas y me mataré”. Es una de las cerca de 70 reclusas condenadas en esta cárcel por los denominados “delitos morales”, que incluyen la huida del domicilio —en muchos casos, huyendo del maltrato— y el delito de zina, o sexo fuera del matrimonio.
Su historia suena casi con las mismas palabras que la de la mayoría de condenadas por estos delitos: matrimonio forzado, maltrato, abusos, huida y condena. En algunas ocasiones, también hay un novio de por medio. Es la historia de unas 400 jóvenes y niñas en todo el país, según Human Rights Watch. Solo cambian la cara y el nombre.
Mamem Bahara, de 18 años, atraviesa con parsimonia el patio de la cárcel, en el que gotean unas camisolas de manga larga y unos cuantos niños descalzos que lloran al unísono se esconden tras sus madres.
Es la mayor cárcel de mujeres de Afganistán, pero por las edades de las reclusas parece un instituto. “Y es la mejor equipada”, explica Tariq Sonnan, de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito(UNODC, en sus siglas inglesas), que trabaja con mujeres reclusas desde 2008. “La mayoría de las presas están en la cárcel por ‘delitos morales’, y algunas de ellas son víctimas de abusos”, añade. Badam Bagh significa “jardín de almendras”. Amargas.
A Mamem la sacaron del colegio para casarla con un hombre de 40 años. Dice que quería estudiar Periodismo y que era buena en la escuela. Cuando se comprometieron, no sabía que su marido tenía hijos. Fue un matrimonio forzado, en el que aguantó dos meses.
—¿Por qué estás en prisión, Mamem?
—Por huir.
—¿De tu casa?
—De mi marido.
—¿Cómo era?
Pone cara de asco.
—Viejo, feo... horrible —se ríe.
—¿Te pegaba?
Duda un momento y responde.
—Me pegaba siempre.
Mamem está en contacto con su madre, no con sus hermanos, que creen que sigue casada. “Si se enteran de que estoy en la cárcel me matarán”, asegura. El rechazo social es la segunda parte de la condena.
“Ni sus propias familias aceptan a una mujer que ha pasado por prisión”, afirma Huma Safi, de Women for Afghan Women, una ONG que en colaboración con el Gobierno afgano y UNODC gestiona viviendas para las mujeres que tras salir de la cárcel no tienen adónde ir. Se las conoce como “casas de la esperanza”. En Afganistán tienen dos, en Kabul y en Mazar-i-Sharif.
Lalsat es una de las 14 chicas que viven en la casa de Kabul. Todas, excepto dos, fueron condenadas por “delitos morales”. Se arremanga la camiseta con mal gesto y enseña una cicatriz larga y fea que atraviesa la mano hasta casi el antebrazo. “Ves, por esto me escapé”, masculla. Tenía 15 años cuando sus padres la casaron con un hombre de 50, con dos esposas y 12 hijos. “Me pegaba por todo. Decía que le quitaba dinero. Un día me hizo esto con el cuchillo”, admite. Ese día se escapó.
Los casos se repiten en todo el país hasta el absurdo. En febrero de 2012, Human Rights Watch publicó el informe I had to run away (Tuve que huir), con 58 entrevistas a condenadas por “delitos morales” en 24 cárceles y centros de rehabilitación de menores de Afganistán. Su autora, Heather Barr, explica en un café de Kabul que más de la mitad de las mujeres (52%) que entrevistó reconoció sufrir violencia física en casa, el 39% en el último año. Y que, pese a algunos cambios aparentes —en el Parlamento afgano hay un 29% de mujeres, gracias a una cuota aprobada en 2005—, casi 11 años después de la caída del régimen talibán, Afganistán es uno de los peores países del mundo para las mujeres.
Ha pasado más de una década de la invasión estadounidense del país y desde que 30 representantes de los cuatro grupos mayoritarios del país —pastunes, tayikos, uzbekos y hazaras— firmaran el llamado Acuerdo de Bonn, con el que nacía un nuevo Afganistán, en teoría también para las mujeres.
En teoría han mejorado algunas cosas: la creación de un Ministerio de Asuntos de la Mujer, en 2004; una nueva Constitución, que garantiza la igualdad de derechos, y la adopción, en 2009, de la Ley para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres. Pero ni un millar de mujeres policías ni el 20% de funcionarias con las que cuenta hoy el país disimulan la general amputación de los derechos de las afganas.
Desde 2008, entre el 70% y el 80% de los matrimonios en Afganistán fueron forzados, según la ONU, en muchos casos con contrayentes menores; pese a la apertura de escuelas de niñas, menos del 15% de las afganas sabe leer y escribir; la esperanza de vida femenina no alcanza los 45 años (la de las españolas es de más de 84); el maltrato sigue estando generalizado, según el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), y las cárceles están llenas de víctimas de maltrato que huyen de sus verdugos.
El abandono del hogar es una figura recurrente en la historia de estas mujeres. “En el código penal de Afganistán, huir no es un delito como tal”, asegura Heather Barr. Sin embargo, en respuesta a las numerosas condenas por este motivo, en 2010 el Tribunal Supremo afgano alegó la vulnerabilidad de las mujeres que al abandonar el hogar “podrían cometer delitos como el adulterio y la prostitución, en contra de los principios de la sharía (ley islámica)”.
El mulá Abdul Hadi Hemat, de 30 años, se esmera en explicar que la sharía no permite a una mujer el abandono del hogar sin el permiso del marido, “en ninguno de los casos”. “En los casos de huida, el sagrado Corán sugiere tres opciones: los consejos del marido a su mujer para que no se escape; que interceda la familia para solucionarlo o, en último caso, el divorcio”. ¿Y si le pega? “El islam dice que seamos pacientes”, responde.
Mientras, en la cárcel, la reclusa Yasmín sigue determinada a rematar su condena.
—Yasmín, ¿has dicho que te matarás?
—Sí, me mataré. He defraudado a mi familia y para ellos he perdido el honor. No merezco vivir.


martes, 12 de junio de 2012

PRENSA. "La misma vergüenza, el mismo engaño", por Soledad Gallego-Díaz. Sobre la situación de las mujeres en Afganistán

Soledad Gallego-Díaz

   En "El País":

La misma vergüenza, el mismo engaño

No permitamos que nadie nos hable de Afganistán y de nuestra contribución a la paz. ¿Qué paz para las mujeres afganas?

 10 JUN 2012

Cerca de 120 niñas y profesoras fueron envenenadas, y algunas de ellas murieron, a finales del pasado mes de mayo en la provincia de Takhar, en Afganistán, posiblemente por grupos talibanes que quieren impedir que las niñas acudan a las escuelas y que reciban algún tipo de educación. No es la primera vez que algo así ocurre: unas semanas antes, otras 150 niñas habían corrido la misma suerte y hay casos registrados desde 2010.
Un portavoz de Seguridad Nacional explicó hace días que “la ofensiva de primavera-verano de los talibanes este año consiste en obligar a cerrar escuelas. Están creando miedo para que las familias no intenten que sus hijas reciban instrucción”.
El ministro de Educación, por su parte, reconoció que 550 escuelas en 11 provincias han sido cerradas por presión de los talibanes. Entre ellas, algunas en la provincia de Badghis, donde se encuentran desplegados unos 1.500 soldados españoles.
Las organizaciones afganas de defensa de las mujeres están desesperadas. Se quejan sobre todo de la actuación de las unidades de Policía Local (ALP, en sus siglas inglesas), a las que el Gobierno de Karzai, con el acuerdo con sus aliados, está entregando la seguridad rural.
Poco antes de la cumbre de la OTAN en Chicago, el pasado 21 de mayo, la Afghan Women Network (AWN) hizo público un comunicado en el que expresaba el pánico de las afganas ante la ALP. “Las mujeres creen que la existencia de la Policía Local ha aumentado la restricción de movimientos de las mujeres y niñas impuesta por sus familias porque saben que no están a salvo con esos hombres armados a los que se confía la seguridad de sus comunidades”.
Tienen miedo con toda razón: los casos de rapto y violación cometidos por esos agentes locales son numerosos y quedan impunes. El último suceso es el de una muchacha de 18 años secuestrada por el líder de la policía local en Kunduz, que la violó durante días, en venganza, según The Guardian, por una ofensa cometida por un primo lejano de la joven.
La cumbre de la OTAN reiteró en su comunicado final su “compromiso” con las mujeres afganas... y no hizo absolutamente nada, que se sepa, en relación con la Policía Local, a la que le siguen llegando fondos internacionales, como si no pasara nada o como si a nadie le importara lo más mínimo lo que está ocurriendo.
La AWN ha pedido, por activa y por pasiva, que el dinero internacional se destine a la Policía Nacional, que recibe mejor formación, que se purguen las filas de la ALP para expulsar de ellas a conocidos violadores y maltratadores y que se obligue a todos sus miembros a pasar por cursos sobre respeto de los derechos humanos. Y, por encima de todo, que sus delitos no sean dejados en manos de consejos tribales o vecinales, donde los más viejos de cada comunidad toman las decisiones.
Las organizaciones de mujeres saben exactamente lo que necesitan: que el 30% de los fondos internacionales destinados a financiar las Fuerzas de Seguridad Afganas se emplee en la contratación, y retención, de mujeres policía, armadas y formadas. Que se haga responsable al Gobierno afgano de la defensa de los derechos de las mujeres y del cumplimiento del Plan Nacional para las Mujeres, la Paz y la Seguridad, que se viola continuamente bajo las narices de los más de 130.000 soldados aliados.
Las tropas internacionales tienen planeado retirarse totalmente en 2014. De los 1.500 soldados españoles, más de la mitad habrá salido en 2013. Queda poco tiempo para actuar, pero no deberíamos consentir que todo esto se tape, se ignore y se nos cuenten cuentos sobre nuestra contribución a la paz.
¿Qué paz? Lo que las mujeres afganas reclaman es nuestra atención: no permitamos que nadie nos hable de Afganistán sin preguntar una y otra vez por qué no se purga a los asesinos que forman parte de la Policía Local y que cobran de nuestros impuestos. No crean que es algo tan lejano; no crean que tenemos derecho a desentendernos, absorbidos por problemas próximos y agobiantes. En el fondo, todo trata de la misma vergüenza, el mismo descrédito, del mismo engaño.
solg@elpais.es

jueves, 26 de mayo de 2011

PRENSA. 26 mayo 2011

   En "El País":

1. Vivos. Columna de Maruja Torres.

2. Paradoja. Por David Trueba.

3. El París del fotógrafo errante. Reportaje de Ángeles García. Llega a España el legado de Atget, uno de los grandes pioneros en el arte de la imagen - La Fundación Mapfre reúne 200 obras.

4. Son refugiados, no inmigrantes. Reportaje de Mariangela Paone. Europa se repliega ante el número reducido de libios que huyen de la guerra civil - La UE trata de 'externalizar' sus fronteras blindando los países de tránsito. Palabras y poder. Análisis de José María Ridao.

5. Asesinado por enseñar a niñas afganas. Reportaje de G. Higueras. El director de la escuela ignoró las amenazas talibanes contra la admisión de alumnas.

domingo, 5 de septiembre de 2010

PRENSA (2). 5 septiembre 2010

En suplementos de "El País":

1. Los escobazos de Sarkozy. Reportaje de Ana Teruel. Francia alarma a las instituciones europeas con sus expulsiones en grupo de rumanos de etnia gitana. Algunos de ellos ocupan hoy una zona al norte de París donde, un siglo atrás, los que llegaban eran inmigrantes españoles.

2. ¿Una petición puede salvar una vida? Por Bernard-Henri Lévy. La pregunta no tiene respuesta, pero la clave para que se le conmute la pena a Sakineh, la mujer iraní condenada a morir lapidada, puede estar en que más países y personalidades exijan su liberación.

3. El "tonillo" maldito. Por Elvira Lindo.

4. Libros del silencio. Por Maruja Torres.

5. 'Si te alejas completamente de tu hogar, pierdes tu alma'. Entrevista a Joyce Carol Oates. Por Jesús Ruiz Mantilla. No olvida sus raíces, ni a su adorado padre, ni a la niña que fue. Ni a mitos triunfadores/perdedores como Marilyn Monroe. La escritora, candidata año tras año al Nobel, nos recibe en su casa.

6. Afganistán. No hay salida. Reportaje de Jesús Rodríguez. Un verano sangriento, filtración de documentos, relevo de generales, ruptura de la unidad de los aliados, anuncio de retirada de tropas… El Vietnam de Obama. Un lodazal. Cunde el desánimo en los ocupantes y el enojo en los ocupados. Nueve años después del 11-S, la violencia marca la vida de Afganistán y el conflicto parece no tener fin.

7. No prometéis nada bueno. Por Javier Marías.

8. ¿Cómo puedo vivir en paz con mis padres? Reportaje de Borja Vilaseca. ¡Ay, los padres! Les queremos mucho, pero a veces acaban con nuestra paciencia y no podemos pasar con ellos un día entero. ¿Y los hijos? Es que nos 'matan' a disgustos. Relaciones problemáticas. Las analizamos para intentar mejorarlas de la mano de seis historias reales. Seguro que nos vemos retratados.

domingo, 29 de agosto de 2010

PRENSA (2). 29 agosto 2010

En suplementos de "El País":

1. Salvad a Shakineh. Artículo de Bernard Henri-Lévy. El autor pide a la sociedad española que se sume con urgencia a la batalla de la comunidad internacional para impedir la lapidación de esta mujer iraní, condenada por adúltera. Traducción: José Luis Sánchez-Silva.

2. Pobre Afganistán. Por Maruja Torres.

3. Turismo literario. Por Ray Loriga.

4. Mucho más Vieja. Relato de Mercedes Castro (Ferrol, 1972), quien tiene dos novelas publicadas, Y punto (2008), que tardó nueve años en escribir, y Mantis (2010), “una absorbente obra de intriga psicológica”, según sus palabras. Además ha publicado la Antología poética de Rosalía de Castro (2004), Trafalgar (2001) y el poemario La niña en rebajas (2001).

5. Wole Soyinka. Entrevista, por Vicente Verdú. Parece el rey de una tribu. Su imagen desprende autoridad y dignidad. También su biografía y su obra. El primer Nobel africano de Literatura defiende el poder de la tierra y ataca la banalización de los valores.

6. Monstruos de verdad. Reportaje de Luis M. Ariza. No solo tiranosaurus… Ballenas asesinas de 18 metros, ratas tan grandes como un toro y serpientes de una tonelada han habitado la Tierra. Estas ocho páginas podrían ser el guión para una película de terror. Repasamos a los depredadores más implacables de la mano de expertos como el ‘atrapadinosaurios’ Paul Sereno.

7. Me estallará la cara. Por Javier Marías.