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viernes, 3 de abril de 2015

PRENSA CULTURAL. "El verdadero conde de Montecristo". Jesús Ferrero

   En "elboomeran.com":
Nunca pensé que Alejandro Dumas se hubiese inspirado en su padre, del mismo nombre, para escribir historias como El conde de Montecristo y Los tres mosqueteros. Se supone que desde Freud el hijo ha de matar al padre y no ensalzarlo en historias de acción y diálogos desbordantes, que han hecho las delicias de generaciones y generaciones de adolescentes, y no solo de adolescentes.
Recordando la fascinación que había sentido por las novelas de Dumas en la infancia, un personaje de El jardín de los Finzi-Contini habla con nostalgia de aquel perderse entre personajes, situaciones, y acciones cruzadas que te envolvían completamente. Se refería por supuesto a El conde de Montecristo y Los tres mosqueteros.     
Tom Reiss, que ya deslumbró con El orientalista, biografía del escritor camaleónico Kurban Said, que se se presentaba a los demás como musulmán, monárquico y oriental, y cuyos pasos perdidos anduvo siguiendo por el mundo más de cinco años, regresa a la palestra con otro libro monumental, en el que el tono detectivesco vinculado a la búsqueda del personaje recuerda el método de Bolaño en Estrella Distante y en 2666. Bolaño publicó su novela más poderosa en el 2004, y Reiss en el 2005, por lo que puede tratarse de meras coincidencias.
Decíamos que Reiss tardó cinco años en consumar su enrevesada búsqueda de Kurban Said, y suponemos que no menos  le ha debido de costar reproducir las idas y venidas del general Alejandro Dumas, que llegó a ser bastante célebre en los períodos más bravos de su vida, y que tenía la peculiaridad de ser mulato (como lo fue su hijo), por ser vástago de un noble desclasado y una esclava antillana. El general Dumas se hizo célebre entre la tropa por su coraje, sus improvisaciones, sus maldiciones y su humanidad, y como nos cuenta Reiss, padeció la cárcel, donde no encontró a ningún benefactor que le indicase la existencia de un tesoro como a Edmond Dantés. Es normal, como decía de joven Vargas Llosa: las novelas sirven para vengarse de la realidad, y cabría preguntarse si las biografías también. Sí, quizá sirvan para vengarse del olvido, aunque no siempre. El libro de Reiss representa la consagración de una nueva forma de construir las biografías, implicando al lector en la búsqueda del personaje, a través de un narrador en primera persona que va contando las vicisitudes de su investigación.
Así como una tendencia de la narrativa actual es la conquista de la novela-realidad, de la novela que excluye la ficción sin por eso dejar de hacer literatura, y hasta muy buena literatura, una tendencia de la biografía-ensayo actual es la que practica Reiss, y en la que resulta fundamental el rigor histórico, cierto, pero también las astucias y habilidades del narrador en primera persona, que se hace muy cercano al lector. Tendencia bien visible en este momento, y en la que cabrían igualmente la Anatomía de un instante, de Cercas, La cerca de Jean Rolin, Limonov de Carrère, y hasta me atrevería a nombrar también Galíndez de Vázquez Montalbán, biografía novelada en la que vemos anunciados los elementos básicos de esta modalidad narrativa, a medio camino entre el ensayo histórico-sociológico y la novela. ¿Habrá que recordar que lo que entendemos precisamente por novela moderna surgió imitando el discurso de la historia? Una vez más en literatura, el dragón se muerde la cola.

martes, 22 de enero de 2013

PRENSA. "¿Liberalismo o barbarie?". Jesús Ferrero

Jesús Ferrero

   En "El País":

¿Liberalismo o barbarie?

No solo las gentes de izquierdas están indignadas con la situación presente

 18 ENE 2013

Una de las mentiras más hirientes del presente es suponer que la nueva casta financiera es liberal, a pesar de que niega muchos presupuestos del nuevo y viejo liberalismo. Cojamos como primer ejemplo de lo dicho al padre supremo del liberalismo, Adam Smith, que aconsejaba prudencia en el gasto y en los préstamos, y que en el capítulo III de La riqueza de las naciones, declara: “No pueden florecer largo tiempo el comercio y las manufacturas en un Estado que no disponga de una ordenada administración de la justicia, donde el pueblo no se sienta seguro en la posesión de su propiedad, en que no se sostenga y proteja, por imperativo legal, la honradez en los contratos, y que no se dé por sentado que la autoridad del gobierno se esfuerza en promover el pago de los débitos por quienes se encuentran en condiciones de satisfacer sus deudas. En una palabra, el comercio y las manufacturas solo pueden florecer en un Estado en que exista cierto grado de confianza en la justicia y el gobierno.”
Es sabido que la casta financiera ha perpetrado toda clase de abusos y engaños con sus clientes, jugando miserablemente con su dinero, usurpándoselo para llevar a cabo operaciones de alto riesgo, y ante las cuales los gobiernos han hecho la vista gorda, en parte por los muchos favores que les debían a los bancos. Adam Smith dice que el gobierno ha de velar para que se paguen las deudas (y también dice que siempre que los deudores puedan hacerlo). Todo lo contrario a lo que están haciendo los bancos y los gobiernos. Se exige que a los que no pueden pagar las deudas que lo hagan aunque sólo les quede como destino el suicidio, pero ignorando que los bancos no están pagando los gastos comunitarios de las casas que usurpan a la clase obrera y a la clase media. Queda claro que la desconfianza hacia la banca y el gobierno es en estos momentos total y es normal que entre nosotros no florezcan ni las manufacturas ni el comercio, como preveía en ese caso el viejo Adam Smith. ¿Y qué decir del siempre malinterpretado David Ricardo? Según él, el sueldo más correcto tendría que permitirle al trabajador mantener a su familia y posibilitarle la existencia de una previsión en una entidad bancaria para momentos de vacas flacas. Muy razonable, pero ¿qué ha hecho la casta financiera con el dinero que los trabajadores depositaban en sus entidades y que les hubiese servido para vivir una vejez digna?
Tampoco parecen haber hecho caso a Stuart Mill, que al final de su ensayo Sobre la libertad decía que “el valor de un Estado, a la larga, es el valor de los individuos que lo componen. Y un Estado que pospone el desarrollo y la elevación intelectual de sus miembros, un Estado que empequeñece a los hombres, a fin de que sean, en sus manos, dóciles instrumentos, llegará a darse cuenta de que, con hombres pequeños, nada grande podrá ser realizado”, asegura.
A la luz de estos principios, es preferible no analizar el comportamiento del poder político y financiero, empeñado en someter a la clase media y hacerla desaparecer, que pospone hasta lo indecible el desarrollo intelectual, y que empequeñece a los hombres hasta convertirlos en títeres trágicos de un estado de cosas donde prevalece, por encima de todo, la injusticia, la estafa y la mentira, y donde las denuncias no sirven para nada.
Si dejamos atrás el liberalismo clásico y nos acercamos más a nuestra época y a las escuelas marginalistas, nos encontraríamos con Léon Walras, que creía en la relación directa entre la utilidad, el consumo y el bienestar. Cuanto más bienestar poseyera un ciudadano, más útil sería para la economía en general y para la sociedad, y con más capacidad de lubricar el sistema. Si siguiésemos su teoría, la clase media, cada vez más abocada a la ausencia de bienestar, estaría dejando de ser una clase útil: algo bastante peligroso y demencial.

La clase obrera está desempleada y es imposible de absorber
Antes de seguir confieso que me he ido acercado desde mi condición de novelista a los textos fundamentales del liberalismo y el neoliberalismo buscando trasfondos teóricos para la construcción de algunos personajes, y nunca ha dejado de asombrarse como los viejos y los nuevos pensadores del liberalismo confunden con frecuencia los artefactos ideológicos de la cultura (o de su cultura) con las leyes de la naturaleza, a menudo con la intención de justificar doctrinas bastante dudosas. Ya decía Unamuno que “la ciencia es la ideología de cada época” y la ciencia de este momento es la economía, saturada de ideología por todas partes. Nada escapa al imperio de la ideología, y la presunta ausencia de ideología que proclama cierto liberalismo es otra ideología con la que hay que contar, más sofística que sofisticada. Resulta sorprendente que cuanto más clara se percibe una ideología más suele ser negada como tal por sus defensores. A este respecto me viene a la mente lo que le dijo una vez Trotski a André Breton: “El marxismo no es una ideología, es un destino”. Lo mismo vienen a decir ciertos liberales respecto a su ideario, pero no pretendo aquí enjuiciar las doctrinas liberales sino apoyarme parcialmente en ellas para hablar de la devastación presente. Por otra parte, mis andanzas por la senda izquierda nunca me han impedido aceptar que las iluminaciones de los autores ya indicados, además del férreo Malthus (que como más tarde Lévi-Strauss, pensaba que la superproducción y la superpoblación era lo peor que le podía ocurrir a nuestra especie) me han ayudado a comprender mejor lo que pasó y lo que está pasando en nuestro cuerpo social, últimamente muy enfermo y deteriorado. Si bien pocos textos me han servido tanto como La acción humana de Ludwig von Mises, especialmente cuando habla de la imposibilidad de gobernar en desacuerdo con la opinión pública. “No cabe un gobierno impopular y duradero”, dice, y asegura que la supremacía política de la opinión pública “determina el curso de la historia” y que de poco les sirven, a los individuos intelectualmente mejor dotados, “los logros sociales y las grandes ideas si no hacen atractiva a la mayoría su ideología.”
Muchos gobernantes europeos de ahora debieran prestar mucha atención a las reflexiones de Mises y esmerarse en explicarse mejor, infinitamente mejor, si no quieren que los devore “el curso de la historia”.
En el mismo capítulo Mises habla de uno de los grandes errores del liberalismo clásico: el haber ignorado a los de abajo, el no haber previsto “la aparición de masas humanas sin acomodo posible”, y el haber cerrado los ojos ante el surgimiento de “un proletariado que aquel orden social que pretendían perpetuar no podía compensar y absorber.” Y acaba diciendo que “jamás pensaron los viejos liberales que las masas podrían llegar a interpretar la experiencia histórica con arreglo a filosofías muy distintas a las suyas.”
Y bien, es evidente que los actuales dirigentes están cayendo en el mismo error que Mises atribuía a los liberales del pasado: no haber previsto el despliegue, cada vez más abismal, de una clase obrera desempleada e imposible de absorber, así como el desmoronamiento, no menos abismal, de una clase media empobrecida y que se va a ver obligada a “interpretar su experiencia histórica con arreglo a filosofías muy distintas” a las que cabría imaginar en tiempos de bonanza y burbuja desalmada.
No hablemos pues ni de liberalismo ni de socialismo, hablemos mejor de caos y de barbarie, justamente lo que más repudiaba el neoliberal Mises. Por eso no solo las gentes de izquierdas están profundamente indignadas con la situación presente. ¿Acabará yendo algún banquero a la cárcel?
Jesús Ferrero es escritor.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

PRENSA. "La edad de las usurpaciones", por Jesús Ferrero

Jesús Ferrero

   En "El País":

La edad de las usurpaciones

En plena falsificación de identidades, tratar de desbaratar las mentiras que circulan por Internet es una batalla perdida

 23 JUN 2012 

Vivimos en una época en la que se están llevando a cabo usurpaciones de los espacios sociales y las personalidades que invita a pensar.
Pondré para empezar el ejemplo de los cafés. La clase de establecimiento que aún llamamos café fue un invento de los fumadores del siglo XVIII, que se reunían en ellos para tomar café, por supuesto, pero sobre todo para fumar un buen puro o una buena pipa, lejos de las narices a las que ofendía el olor a trópico. Y así continuó siendo durante todo el siglo XIX (Baudelaire y Rimbaud sabían mucho de eso).
Pero ahora los no fumadores han conseguido arrojar a los fumadores de un espacio estrechamente vinculado al tabaquismo desde su origen, instaurando en ellos la prohibición de fumar. Como si prohibiesen bañarse en unas termas o narcotizarse en un fumadero de opio o conducir en una carretera o follar en un prostíbulo o rezar en una iglesia, desvirtuando el fundamento específico del lugar. Amén y sigo.
Las ferias de libros de nuestro tiempo también muestran otra forma de usurpación de lo más pintoresca. Si uno escucha la lista de nombres que expanden los altavoces de la Feria del Libro de Madrid, observa que casi todos son nombres de estrellas mediáticas o de otra naturaleza más o menos espuria, si bien de vez en cuando, y como por casualidad, aparece el nombre de algún escritor. De modo que podemos decir que actualmente la Feria del Libro es sobre todo la feria de los que escriben libros recurriendo a negros, que han colonizado la fiesta de la cultura como entrañables parásitos, usurpando un espacio que no les pertenecía, y en el que capean con más autoridad que Julio César en la Galias cuando dijo aquello de Vini, vidi, vinci.
Otro ejemplo de usurpación de espacio social es el que se está llevando a cabo en las mismas calles. La calle ha sido siempre en Occidente el espacio público por excelencia, y toda revolución y toda involución se han hecho fuertes o débiles sobre todo en las calles: lugares de todos y para todos por los que poder pasear, curiosear, sentarse… Sin embargo es observable como van desapareciendo los bancos de las calles y las plazas. Dicen que lo piden los comerciantes, entre otras corporaciones filantrópicas. Hay que consumir, y colocar bancos confortables en las aceras no incita al consumo. También son enemigos de esos bancos, antes tan numerosos, los dueños de establecimientos con terraza. Si quieres sentarte, paga y consume algo, que las calles ya no son lo que eran. Como detalle arcaico, en algunas calles de Madrid han colocado sillas aisladas, como patos perdidos en un inmenso garaje. Por ejemplo, en la calle Fuencarral han colocado dos o tres sillas, allí, en medio de la riada de transeúntes y la explosión de comercios. Nadie para mucho tiempo en ellas. Los que allí asientan sus posaderas se notan observados como monos de parque zoológico por los peatones que circulan en las dos direcciones y que los ahogan con sus cuerpos y sus alientos y sus pedos. También en Nueva York, en el centro de Times Square, han puesto algunas sillas. La gente aguanta en ellas como mucho cinco minutos. Te rodean por todas partes anuncios luminosos y transeúntes. Es como estar en el centro de un mandala sofocante. Ni puedes leer el periódico ni mantener con nadie una conversación razonable. Así que te largas de allí rápidamente, como quien se libra de un potro de tortura, y hasta entiendes por qué en Nueva York están prácticamente prohibidos los bancos callejeros.

García Márquez tendrá que cargar con la falsa carta que le convertía en un devoto cristiano
En líneas generales, casi todos los espacios sociales están siendo usurpados por las particularidades. Lo particular se impone a lo social ahogando toda posibilidad de reacción colectiva. Los cines eran espacios claramente sociales y asistir a ellos fue, en la edad de oro del cinematógrafo, una ceremonia social de bastante envergadura y que funcionaba como sistema de cohesión al ser generadora de muchos mitos, y los mitos sirven para cohesionar y crear tejido social, entre otras cosas. Ahora el cine se ve en casa, desde la cama o el sofá. Sigue habiendo cine, pero su antiguo espacio social se ha desvanecido. Asombrosamente, ver una película se ha convertido en un asunto individual. La cama y el sofá le han usurpado el cine su espacio social y ceremonial.
A la usurpación de espacios sociales se ha añadido, en los últimos tiempos, la usurpación de personalidades y la falsificación de identidades al por mayor. Una caso muy ilustrativo fue el de de la carta que García Márquez le dirigía a Dios cuando ya veía cercana su hora, y que circuló por Internet como Pedro por su casa. El texto es de una cursilería prácticamente infinita, y en ella vemos a Márquez convertido en un devoto cristiano que le habla con íntima pastosidad a Dios. Era como usurparle a Márquez su personalidad atea y laica. Algunos amigos del colegio que me han salido al encuentro de Facebook han alabado largamente esa carta tan emotiva y entrañable, tan llena de humildad cristiana. Hace tiempo hice algún esfuerzo por desbaratar, al menos ante ellos, esa mentira, pero ya vi que era una batalla perdida. Lo siento por García Márquez, que va a tener que cargar con una cruz que nadie se merece.
Otro buen ejemplo a ese respeto es el de la falsificación de la figura de Roberto Bolaño. En la historia de Bolaño que circula por ahí como un mithos, Bolaño figura como un alcohólico en México y como un heroinómano en Blanes. Fui amigo de Bolaño y puedo asegurar que ni probaba el alcohol ni ninguna otra droga blanda o dura, y los que lo conocieron en México aseguran que apenas si tomaba una cerveza de vez en cuando. Esa es la verdad, por más que se disgusten los amantes de las vidas malditas y peregrinas. Y diré algo más, a pesar de la enfermedad hepática que le seguía los pasos como cien espadas de Damocles con patas, era un hombre tremendamente feliz a ratos y no solo a ratos. En blogs dedicados a su figura, glosan su vida y su obra, y algunos acaban diciendo que, de todas formas, no envidian la vida de Bolaño, tan alcohólico, tan yonqui y tan tirado.
También con Bolaño me planteé desbaratar tantas mentiras, pero en mi última estancia en Nueva York me di cuenta de que se trataba una vez más de una batalla perdida. Allí el mito de Bolaño maltratado por las drogas es más duro que el granito, y está perfectamente asentado. Ya no creo que haya forma de matarlo, porque se puede matar a una persona pero no se puede matar un mito. Y la fábula de Bolaño que más triunfa es la de monje drogadicto y perdido en una oscura calle de Blanes a la que nunca llegaba la luz, como aquella de la canción de Lone Star de mi adolescencia.

El mito de un Roberto Bolaño maltratado por las drogas está más asentado que el granito
Para completar la función, otro espacio que está siendo usurpado, y que atañe paradójicamente a la personalidad y la individualidad, es el de la soledad en sí, donde la individualidad se hace fuerte y la imaginación se torna más musculosa, en parte porque la gente se ha acostumbrado a estar siempre conectada: necesita estarlo. De modo que te encuentras en una cita galante, hablando con un posible candidato a tu cama en un bar, y de pronto empieza a sonar el móvil: intromisión del otro, o de los otros en general, en un espacio antes más cerrado que una campana de cristal: el espacio de la seducción. También puede sonar el móvil en medio de un coito. Probablemente no contestes, pero eso no ha impedido que el otro o los otros interrumpan una ceremonia vinculada a la intimidad más soberana y animal, y más relacionada con los espacios cerrados y las sombras.
Es imposible escribir la historia del presente, si lo hiciéramos, empezaríamos a dudar de nuestra misma existencia. ¿No seremos como fantasmas luchando por distinguirse en medio de una maraña cada vez más densa de espacios usurpados y personalidades modificadas por la ley de la ficción fácil y truculenta? Yo juraría que sí y que ya todos danzamos alegremente en este carnaval que dura todo el año y que es algo así como la imagen de una nueva eternidad: la eternidad de los simulacros.
Jesús Ferrero es escritor.

sábado, 5 de marzo de 2011

PRENSA.

   En "El País":

1. Si el Estado no enseña sexualidad, la Iglesia lo hará. Reportaje de J. A. Aunión. Las visiones irreconciliables sobre el sexo inmovilizan las iniciativas educativas coordinadas desde las Administraciones.

2. El ex de la pareja. Por Vicente Verdú.

3. Hasta que el dolor se desvanezca. Artículo de Hisham Matar, escritor libio residente en Reino Unido. Traducción de Jesús Cuéllar Menezo.

4. ¡Guillotina para Gutenberg! Artículo del escritor Jesús Ferrero. La cultura escrita e impresa ha entrado en una crisis impensable hace solo unas décadas. Hay todo un contingente global y muy numeroso de intelectuales que, cada vez más, solo se despliega en Internet.

5. Cien años sin Estado. Reportaje de Andrea Rizzi. La brutal colonización italiana de Libia a principios del siglo XX impidió que surgieran instituciones y clase dirigente.

6. Es un cisne negro. Francisco G. Basterra, sobre las revueltas en el mundo árabe.

lunes, 8 de noviembre de 2010

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "Las cuatro grandes novelas chinas", por Jesús Ferrero

Jesús Ferrero

En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Las cuatro grandes novelas chinas

JESÚS FERRERO 06/11/2010

A orillas del agua, Historia de los tres reinos, Viaje al Oeste o Las aventuras del rey Mono, y Jin Ping Mei o El erudito de las carcajadas conforman el cuarteto de obras maestras de la novela clásica china. Las cuatro proceden en líneas generales del periodo presidido por la dinastía Ming y sus postrimerías, coinciden con el Siglo de Oro español y dos de ellas con la vida de Cervantes, que nació en 1547 y murió en 1616. Jin Ping Mei, por poner un ejemplo, empezó a circular en ediciones manuscritas a finales del siglo XVI y en ediciones impresas a partir de 1610. Para lectores que no se pierden en los infinitos detalles que albergan estas cuatro narraciones monstruosas (como es monstruosa la Gran Muralla), podría decirse que entre las cuatro conforman una cierta unidad cosmológica, dentro de su demencial diversidad, y que las cuatro nos describen el vasto mundo en sus luces y sus sombras, su bondad y su perversidad, recorriendo todas las clases sociales y todas las naturalezas, también las de procedencia fantasmal. Las continuas contradicciones morales y filosóficas que transitan sus páginas no hacen más que abundar en la idea de que es muy difícil superar el caos primordial. Y es aquí donde encontramos la idea más vinculante entre las cuatro, pues todas comienzan con el estallido del caos. A orillas del agua se inicia con la liberación temeraria de ciento ocho demonios que propagarán el desorden y la injusticia por todo el imperio, Historia de los tres reinos insiste en lo mismo al comenzar la narración describiendo el caos generado por los Reinos Combatientes, Jin Ping Mei comienza también con la descripción de un periodo de caos y de estrellas maléficas, y ¿cómo empieza Viaje al Oeste? Basta con leer las primeras frases del relato para saberlo: "La escritura dice: en el principio sólo existía el Caos". Como ahora mismo el concepto de caos es una idea fundamental que ha adquirido gran prestigio filosófico y narrativo, puede que ese concepto vinculante modernice inesperadamente las cuatro novelas y las aproxime al lector de ahora tanto como al de antes. De las cuatro, la que más impresión da de modernidad y de unidad narrativa es Jin Ping Mei, a la que se le atribuye un autor único. No ocurre lo mismo con A orillas del agua, atribuida a varios recopiladores de cuentos populares que no obstante supieron darle sentido y destino a "las palabras de la tribu". Y es que A orillas del agua (de la que urge una buena traducción al español) es una novela tan abierta como cerrada, donde asistimos a la vida y los hechos de ciento ocho bandidos justicieros. La narración concluye con la muerte del último de ellos. Curiosamente, Jin Ping Mei surge del desarrollo de un episodio de A orillas del agua, como muchas tragedias griegas surgían de episodios de Homero, y durante mucho tiempo fue considerado un libro maldito, y es que la novela no oculta la vida sexual de los personajes, aunque leída con ojos de ahora es mucho más una novela erótica que pornográfica, pues si bien se encuentran escenas bastante explícitas, en muchos casos se recurre a un lenguaje figurado próximo a la lírica más o menos descarnada. Su malditismo se pudo deber más bien a lo mucho que insiste el narrador en vincular el universo a las fuerzas negativas, así como a la idea tan poco consoladora que transmite del hombre. Pero no otra cosa es en muchos aspectos la modernidad: el caos aplastando la idea misma de sentido y desplegando un vasto universo de turbios intereses.

Jesús Ferrero (Zamora, 1952) ha publicado recientemente la novela Balada de las noches bravas (Siruela. Madrid, 2010. 442 páginas. 19,95 euros).