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viernes, 30 de noviembre de 2012

PRENSA. "El anuncio de un nuevo régimen". Soledad Gallego-Díaz

Soledad Gallego-Díaz

   En "El País":

El anuncio de un nuevo régimen

Gallardón pretende acabar con el 'ancien régime': terminar con la superestructura política anterior

 25 NOV 2012

Se ha reprochado al Gobierno de Mariano Rajoy que no tenga un proyecto que ofrecer a los ciudadanos, más allá del cumplimiento de las obligaciones que impone la pertenencia a la Unión Europea. La simplista presentación de todas las iniciativas que va adoptando el presidente del Gobierno (“se hace lo que se piensa que es bueno”) colabora a extender ese tono medio perplejo, medio vacilante, que van asimilando los ciudadanos, y que resulta, quizá, exasperante, pero que deja poco resquicio para acuciar al presidente. Más bien le mantiene alejado de cualquier debate sobre hechos reales o alternativas posibles, lo que es, seguramente, su principal objetivo.
Por eso es tan interesante la observación hecha esta semana por el ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón. Pretendemos, dijo, acabar con el ancien régime. Eso sí que es un proyecto colosal: acabar con la superestructura política anterior a la llegada al poder del Partido Popular. Algunos analistas pueden pensar que se trata de una ocurrencia. Otros recordarán el magnífico dicho popular: “Antes era vanidoso. Ahora me curé y soy perfecto”.
Pero si uno observa con detenimiento los hechos, lo que viene ocurriendo desde que el PP llegó al Gobierno, quizá las palabras del ministro no sean tanto una gracia como un resumen perspicaz de la situación. Quizá lo que el PP pretenda sea cambiar y, en su caso, arrasar con todo lo que esté en su mano cambiar o arrasar.
Por supuesto que la situación económica y la pertenencia a la UE le han quitado algunos instrumentos de acción, pero también es posible que esos instrumentos sean los más gustosamente cedidos, puesto que caen en poder de unos dirigentes europeos que piensan como ellos y que les ofrecen, encantados, justificación para su política. Es seguro que discrepan en los tiempos, pero, como explica el propio Rajoy, nada de lo que le pide esta Unión, dominada por liberales y conservadores, está en contra de sus principios.
¿Qué hace el Gobierno con todo lo que sigue en su mano? Acabar con lo que considera el ancien régime, el sistema levantado en los 20 años de Gobierno socialdemócrata que ha tenido España desde que se aprobó la Constitución. En la justicia, desde luego, pero sobre todo en la sanidad, sometida a un galopante proceso de privatización, en la educación, en las relaciones laborales y en la gestión social. Incluso, en el debilitamiento del Parlamento, una institución sistemáticamente desairada. Es curioso que lo único que esté quedando excluido de ese vendaval sean precisamente las pensiones y que esta “nueva dirección política” busque tanto el apoyo de las “clases pasivas”.
Está claro que el “antiguo régimen” ha originado muchas, muy profundas y muy legítimas críticas. Pero también que logró poner en pie un sistema político y social menos injusto y que promovió el desarrollo de un Estado de bienestar, que facilitó una prodigiosa modernización del país.
De lo que se trata ahora, anuncia Gallardón, no es de reformar todo eso, sino de la llegada de un nuevo régimen, una nueva dirección política que no está de acuerdo con las líneas fundamentales del anterior, que no pretende transformarlo, sino revolucionarlo. Con años de retraso, pero, finalmente, la derecha española, anuncia Gallardón, tiene un proyecto revolucionario, como lo tuvo en su día Margaret Thatcher. Basta con aprovechar estos cuatro años para remover el terreno, explotando la incuestionable debilidad socialista, y utilizar los cuatro siguientes para arraigar la simiente conservadora para que el PP vuelva a conseguir que “a este país no le reconozca ni su madre”, parafraseando a Alfonso Guerra.
Es posible también que la realidad no consienta la estabilización de ese “nuevo régimen” porque los ciudadanos terminen organizándose para combatirlo en pequeñas parcelas, ya que no parece posible en grandes espacios. El éxito de la “resistencia” en temas como los desahucios, el cierre del madrileño hospital de la Princesa o la formidable repulsa con la que ha reaccionado el mundo de la justicia quizá terminen por hacer ver a los sectores menos “revolucionarios” del nuevo régimen que en el antiguo existía una cierta “dulzura de vivir”. 
solg@elpais.es

martes, 12 de junio de 2012

PRENSA. "La misma vergüenza, el mismo engaño", por Soledad Gallego-Díaz. Sobre la situación de las mujeres en Afganistán

Soledad Gallego-Díaz

   En "El País":

La misma vergüenza, el mismo engaño

No permitamos que nadie nos hable de Afganistán y de nuestra contribución a la paz. ¿Qué paz para las mujeres afganas?

 10 JUN 2012

Cerca de 120 niñas y profesoras fueron envenenadas, y algunas de ellas murieron, a finales del pasado mes de mayo en la provincia de Takhar, en Afganistán, posiblemente por grupos talibanes que quieren impedir que las niñas acudan a las escuelas y que reciban algún tipo de educación. No es la primera vez que algo así ocurre: unas semanas antes, otras 150 niñas habían corrido la misma suerte y hay casos registrados desde 2010.
Un portavoz de Seguridad Nacional explicó hace días que “la ofensiva de primavera-verano de los talibanes este año consiste en obligar a cerrar escuelas. Están creando miedo para que las familias no intenten que sus hijas reciban instrucción”.
El ministro de Educación, por su parte, reconoció que 550 escuelas en 11 provincias han sido cerradas por presión de los talibanes. Entre ellas, algunas en la provincia de Badghis, donde se encuentran desplegados unos 1.500 soldados españoles.
Las organizaciones afganas de defensa de las mujeres están desesperadas. Se quejan sobre todo de la actuación de las unidades de Policía Local (ALP, en sus siglas inglesas), a las que el Gobierno de Karzai, con el acuerdo con sus aliados, está entregando la seguridad rural.
Poco antes de la cumbre de la OTAN en Chicago, el pasado 21 de mayo, la Afghan Women Network (AWN) hizo público un comunicado en el que expresaba el pánico de las afganas ante la ALP. “Las mujeres creen que la existencia de la Policía Local ha aumentado la restricción de movimientos de las mujeres y niñas impuesta por sus familias porque saben que no están a salvo con esos hombres armados a los que se confía la seguridad de sus comunidades”.
Tienen miedo con toda razón: los casos de rapto y violación cometidos por esos agentes locales son numerosos y quedan impunes. El último suceso es el de una muchacha de 18 años secuestrada por el líder de la policía local en Kunduz, que la violó durante días, en venganza, según The Guardian, por una ofensa cometida por un primo lejano de la joven.
La cumbre de la OTAN reiteró en su comunicado final su “compromiso” con las mujeres afganas... y no hizo absolutamente nada, que se sepa, en relación con la Policía Local, a la que le siguen llegando fondos internacionales, como si no pasara nada o como si a nadie le importara lo más mínimo lo que está ocurriendo.
La AWN ha pedido, por activa y por pasiva, que el dinero internacional se destine a la Policía Nacional, que recibe mejor formación, que se purguen las filas de la ALP para expulsar de ellas a conocidos violadores y maltratadores y que se obligue a todos sus miembros a pasar por cursos sobre respeto de los derechos humanos. Y, por encima de todo, que sus delitos no sean dejados en manos de consejos tribales o vecinales, donde los más viejos de cada comunidad toman las decisiones.
Las organizaciones de mujeres saben exactamente lo que necesitan: que el 30% de los fondos internacionales destinados a financiar las Fuerzas de Seguridad Afganas se emplee en la contratación, y retención, de mujeres policía, armadas y formadas. Que se haga responsable al Gobierno afgano de la defensa de los derechos de las mujeres y del cumplimiento del Plan Nacional para las Mujeres, la Paz y la Seguridad, que se viola continuamente bajo las narices de los más de 130.000 soldados aliados.
Las tropas internacionales tienen planeado retirarse totalmente en 2014. De los 1.500 soldados españoles, más de la mitad habrá salido en 2013. Queda poco tiempo para actuar, pero no deberíamos consentir que todo esto se tape, se ignore y se nos cuenten cuentos sobre nuestra contribución a la paz.
¿Qué paz? Lo que las mujeres afganas reclaman es nuestra atención: no permitamos que nadie nos hable de Afganistán sin preguntar una y otra vez por qué no se purga a los asesinos que forman parte de la Policía Local y que cobran de nuestros impuestos. No crean que es algo tan lejano; no crean que tenemos derecho a desentendernos, absorbidos por problemas próximos y agobiantes. En el fondo, todo trata de la misma vergüenza, el mismo descrédito, del mismo engaño.
solg@elpais.es