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miércoles, 16 de marzo de 2016

REPORTAJE. "Chernóbil, la sombra de una catástrofe". John Carlin

   En "El País Semanal":
REPORTAJE

Chernóbil, la sombra de una catástrofe

Un paseo por Prípiat, centro del peor accidente nuclear de la historia, 30 años después


Eran los últimos días de abril de 1986, había llegado la primavera y Víktor Kibenok no podía ser más feliz. Su esposa, Tatiana, y él tenían 23 años, estaban enamorados y esperaban su primer hijo, conscientes de la suerte que tenían de vivir en un moderno piso de dos dormitorios en la ciudad más nueva y glamurosa de Ucrania, tal vez de toda la Unión Soviética.
Prípiat, con 43.000 habitantes, era un monumento al sueño socialista. La avenida Lenin, la principal vía de la ciudad, era amplia y arbolada, flanqueada por relucientes bloques de viviendas de color blanco. Las señales de neón con la hoz y el martillo colocadas en las farolas iluminaban las calles de noche. De día, los rosales en flor alegraban los parques.
Había un teatro en la misma calle en la que vivían los Kibenok, en el que se representaban obras que conmemoraban la revolución de 1917, la victoria sobre el fascismo en la Segunda Guerra Mundial y los logros obtenidos por el Partido Comunista desde entonces; tenía la comodidad de contar con un colegio excelente cerca, así como un polideportivo con una piscina olímpica, un restaurante que los fines de semana se llenaba de jóvenes familias, un estadio de fútbol, un hotel de lujo en el que se alojaban las figuras del partido y los científicos destacados que llegaban desde Moscú a inspeccionar la fuente de orgullo, satisfacción y empleo para la ciudad, la central nuclear de Chernóbil, a solo tres kilómetros. Lo que más ilusión hacía a la joven pareja era que se acababa de terminar la construcción de un parque de atracciones cuya esperada inauguración oficial estaba prevista para el 1º de Mayo, la gran fiesta nacional. Tatiana y Víktor aguardaban con impaciencia el día en el que pudieran llevar a su pequeño a montar en la noria y los coches de choque.
Las cosas les iban bien y prometían ir mejor, pero Tatiana tenía un motivo especial para estar contenta de haberse ido con Víktor de su ciudad natal, Ivankiv, a 50 kilómetros al sur. La novia anterior de Víktor había sido la mejor amiga de Tatiana. En su círculo social, todos habían tachado a Tatiana de traidora y ladrona. Nadie parecía echar la culpa a Víktor, a quien sus viejos amigos recordaban como el chico más popular de la clase. Ahora era bombero, y a todo el mundo le gustan los bomberos, pero además era divertido, lleno de energía, afable y listo, dado a soltar ilusionantes consignas filosóficas del estilo: “Disfruta de la vida. No tienes más que una”.



Adentrarse aquí es viajar a un estado radiactivo dentro de otro estado

La noche del 26 de abril, justo antes de la 1.30, sonó el teléfono. Se había producido un accidente en la central nuclear. Necesitaban que Víktor fuera inmediatamente. Y aquello fue el fin de Prípiat y del sueño de los jóvenes enamorados.
Al frente de un equipo de siete bomberos que recibieron la orden de entrar en el reactor nuclear número cuatro, cuyo tejado de mil toneladas había saltado en pedazos por una explosión, Víktor cumplió con su deber, plenamente consciente de que podía costarle la vida. A trompicones entre los escombros, casi sin ver por las nubes de polvo nuclear de un color gris lechoso, él y sus hombres lucharon para apagar las llamas y se expusieron a una radiación un 50% superior al extremo letal que puede soportar un ser humano. El rostro juvenil de Víktor enrojeció en 15 minutos como si hubiera estado todo un día expuesto a un sol feroz, y empezó a caérsele la piel. Pero mucho peores fueron las lesiones invisibles. La radiación empezó a matar en silencio sus células sanguíneas y a atacar sus órganos vitales. Aquejados por náuseas y temblores, deseando creer que se debía al espeso humo, Víktor y sus hombres fueron trasladados en plena noche a un hospital en Kiev, a dos horas de distancia; un par de días después lo llevaron de allá en avión a Moscú.
Tatiana llegó a la cabecera de su cama y le dijo que en su pueblo estaban calificándole de héroe, que habían llegado otros equipos de bomberos de todas partes y las llamas que rodeaban el núcleo ardiente del reactor se habían apagado finalmente al amanecer, con lo que se había conseguido el objetivo crítico de evitar que se extendieran al reactor número tres, que estaba justo al lado. Pero las consecuencias del desastre habían sido mucho mayores de lo que pensaron en un principio: el mundo entero estaba conmocionado. El viento había arrastrado partículas radiactivas hacia el norte, a la vecina Bielorrusia; se había detectado un aumento de la radiactividad hasta en Dinamarca. Tatiana le dijo a Víktor que temía que no podrían volver a casa. Habían evacuado Prípiat al día siguiente de la explosión, se habían llevado a todos los habitantes en una flota de 1.200 autobuses, y todas sus posesiones habían quedado atrás.
Víktor y su equipo de bomberos permanecieron en una sala aislada, cada vez más débiles y con más dolores a medida que pasaban los días, mientras los médicos debatían, perplejos, cómo salvarlos. Siempre optimista, Víktor instaba a sus camaradas a mantener el ánimo. “¡Aferraos a la vida!”, les decía. El 11 de mayo, no pudo seguir aferrándose más. Murió y los médicos le dijeron a Tatiana que el hijo que esperaba, que pensaban que debía de estar contaminado por el contacto de ella con el padre, debía morir también. Ella siguió su consejo y abortó.






Este búnker de acero y hormigón, realizado a toda prisa tras el accidente, alberga el reactor nuclear que explotó en 1986 y que ahora se pretende blindar con más garantías con una nueva construcción.Fernando Moleres


Treinta años después, en un mundo al que aún le sobrecoge la palabra Chernóbil, visito la que fue la ciudad modelo soviética en la que vivían Víktor y Tatiana. Prípiat, versión siglo XXI de las antiguas ruinas mayas, es el lugar más tenebroso en el que he estado en mi vida. Cuando los habitantes, un tercio de los cuales eran niños, recibieron la orden de la policía y el Ejército de subir a los autobuses, el 27 de abril de 1986, lo hicieron creyendo que pronto iban a regresar. Les dijeron que solo se llevaran los documentos de identidad, algo de dinero y la ropa que llevaban puesta. Desde entonces ha sido una ciudad fantasma.
En la carretera casi desierta que va a Prípiat desde la ciudad natal de Víktor y Tatiana, Ivankiv, donde yo había pasado mi primera noche en la zona, atravesé dos controles militares, el primero en el límite de la zona de exclusión de Chernóbil, con un radio de 30 kilómetros, y el segundo, con una vigilancia más estricta, en el límite de los 10 kilómetros. En este Estado radiactivo dentro de un Estado, los bosques son altos y densos, las granjas están en ruinas, y la tierra es llana y está manchada de una contaminación invisible, como permanecerá durante los próximos 100.000 años o más.
El camino para llegar al centro de la ciudad es la otrora espléndida avenida Lenin, que hoy tiene cráteres más que baches, y en la que el paseo que sirve de mediana está repleto de maleza. Los edificios de ocho plantas a cada lado han pasado del blanco al gris, tienen las ventanas rotas y resultan pequeños al lado de unos árboles inmensos que en otro tiempo quizá se podaban pero que nunca más se podarán. La noria del parque jamás inaugurado al que va a parar la avenida se alza oxidado e inmóvil. También están oxidadas las estatuas de la Segunda Guerra Mundial, cuyo recuerdo los ucranios tienen siempre fresco en sus mentes. Puertas destrozadas, paredes desconchadas, sillas y pupitres rotos son lo que queda de las aulas y los pasillos del mayor colegio de Prípiat, donde, en medio de los escombros y los cristales rajados, se ven montones de máscaras de gas sin usar, muñecas de plástico rotas, mapas polvorientos del viejo imperio soviético y libros de texto en cuyas cubiertas medio desgarradas figuran fotografías de Vladímir Lenin con abrigo, corbata y gorra.
Subo a la azotea del edificio más alto de Prípiat, de 16 plantas, encarándome con recelo por escaleras de piedra agrietadas, sorteando con dificultad masas de hierro retorcido, deteniéndome aquí y allí para mirar en los apartamentos destruidos, todos idénticos –dos dormitorios, un pequeño salón, un cuarto de baño y una cocina más pequeños aún– y todos vacíos salvo por algún somier roto o alguna estufa roñosa. No se ve ninguna nevera, ni colchón, ni zapato. Ni un cuchillo o tenedor. Los residentes no volvieron nunca a recuperar sus pertenencias. Todo fue saqueado, dicen, por miembros del Ejército en complicidad con el crimen organizado.



“No sabemos bien cómo reacciona el material radioactivo encerrado”

Al mirar desde la azotea sobre esta metrópolis posapocalíptica y, más allá, al paisaje plano como el mar hasta el horizonte, la idea obvia me viene a la mente: si alguien buscara una metáfora de la decadencia, la corrupción y la caída de la Unión Soviética, aquí está. Aquel experimento de ingeniería humana fracasó, igual que el experimento nuclear de Chernóbil. Hoy, bajo un sistema capitalista que aún no ha producido dividendos para la mayoría de los habitantes de Ucrania, la humanidad está intentando recomponerlo.
El lugar exacto en el que sucedió la catástrofe, a solo cinco minutos en coche de Prípiat, es un gigantesco solar en construcción, tan dinámico y pululando de vida como muerta está la ciudad. Más de 2.500 trabajadores, empleados por un consorcio internacional que encabeza una empresa francesa llamada Novarka, se empeñan en una hazaña faraónica cuyo propósito es asegurar el reactor nuclear destruido contra las filtraciones radiactivas, al menos durante los cien próximos años. Un antiguo oficial del Ejército soviético, Nikolái Yakovishin, es uno de los ingenieros responsables de la operación. Si antes tenía órdenes de hacer que el mundo fuera más peligroso, hoy dirige una misión para hacerlo más seguro.






El gran arco (arriba) que acogerá el nuevo sarcófago. Fernando Moleres


Nikolái, de 59 años, es ingeniero de formación y graduado de élite de la academia militar soviética en Moscú. Su último trabajo como soldado fue ser jefe de gabinete en una base de armamento nuclear secreta en el sur de Ucrania, donde esperaba instrucciones para lanzar misiles balísticos intercontinentales en dirección a Londres, Washington o Nueva York. Por fortuna para el mundo, las instrucciones no llegaron nunca; por desgracia para él, un acuerdo firmado entre Bill Clinton y Borís Yeltsin en 1996 cerró su base y le dejó sin empleo. Nikolái, un hombre delgado y enjuto de rostro curtido, me dice que lloró el día que colgó el uniforme por última vez.
Pero entonces el antiguo enemigo acudió al rescate. Una empresa estadounidense le dio trabajo, la tarea de reparar y mantener la maquinaria pesada de las bases militares de ese país en varias partes del mundo. Aprendió inglés y después del 11-S se encontró ayudando a los norteamericanos a prepararse para la guerra en Afganistán; en 2005 pasó a Irak, donde confraternizó y bebió con los soldados estadounidenses en el Campamento Victoria de Bagdad. “Un día, un oficial americano me dijo: ‘Si te hubiera visto hace 15 años, te habría matado’. Yo me reí”, recuerda Nikolái, “y le dije: ‘¡No, yo te habría matado a ti!”.
Desde 2012, año en el que dejó la empresa estadounidense y fue reclutado por Novarka, su misión trata de evitar la pérdida de vidas; y hoy lo hace al frente de un equipo que hace un ataúd gigante. Por lo menos, así es como he visualizado una construcción que lleva cuatro años en marcha y a la que los trabajadores de la zona denominan “el Arco”; su nombre oficial es “el nuevo contenedor seguro” o “el nuevo refugio”. Otra imagen que me sugiere es la de un enorme hangar, un edificio abovedado de acero que tiene 110 metros de alto, 160 metros de largo y 260 metros de ancho, que es más alto que la Estatua de la Libertad y más pesado que la Torre Eiffel. En su interior podría caber un estadio de fútbol de 50.000 espectadores.
¿Cuál es su propósito? Cerrar herméticamente el reactor que explotó en 1986, para impedir que las 200 toneladas de combustible nuclear fundido, radiactivo y volátil en su núcleo sigan constituyendo un peligro para el planeta Tierra. O, como explica Nikolái: “Conocemos la teoría, la base científica, pero no estamos seguros al cien por cien de la práctica. No sabemos con exactitud qué sucede dentro, cómo está reaccionando el material nuclear o cómo puede hacerlo en el futuro. Lo que sí sabemos es que debemos encerrarlo”.



Los niños hacen cola en el hospital para pasar el control de radiación

Eso no significa que el infame cóctel haya estado alegremente expuesto a los elementos estos 30 años. Los soviéticos completaron la construcción de su propio edificio de contención –lo llamaron “el sarcófago”– seis meses después de la explosión. Pero fue un trabajo apresurado y en 2011 el edificio perdió eficacia y fiabilidad, de modo que desde entonces la gente de Novarka ha estado parcheando cuanto ha podido. Algunos de los 2.500 trabajadores involucrados en el proyecto se dedican a asegurar el viejo reactor, una tarea que puede ser peligrosa y que les exige llevar máscara, gafas y trajes blancos como de astronautas; otros se centran en la construcción del Arco, una labor menos insegura, pero más compleja.
Menos insegura porque se construye a 200 metros del reactor y porque antes de empezar a edificarla pasaron dos años y medio limpiando los restos de radiactividad. La pregunta que me hice cuando estaba en el interior de la inmensa bóveda fue cómo van a colocarla sobre el reactor dañado cuando se termine, supuestamente a finales de este año. Nikolái me lo explicó con un lenguaje que no comprendí del todo, pero que incluía un sistema hidráulico de deslizamiento “con una tracción de 130.000 caballos”. Tendrán que ser unos caballos que se muevan con gran suavidad, porque no se permite la menor trepidación, ni ningún falso movimiento que pueda variar incluso un milímetro el ángulo del Arco mientras recorre su camino a una velocidad prevista de 10 metros por hora.
“Estamos trabajando”, dice Nikolái, “en la frontera de la física y la ingeniería técnica”. Me lo creo. El proyecto, que cuesta a la Unión Europea, Estados Unidos, Japón y Ucrania 2.200 millones de dólares, es una maravilla del genio humano. Y una belleza, una fusión de arte e ingeniería que combina ecos arquitectónicos del Museo Guggenheim de Bilbao con las dimensiones de un superpetrolero. Por un lado está el tamaño brutal del Arco y las grúas necesarias para construirlo; por otro, es una obra con 2,4 millones de tornillos que deben encajar en sus respectivos agujeros con exactitud milimétrica, una precisión de relojero suizo.






Dos obreros pasan el tercero de los cuatro controles de seguridad después de haberse adentrado en el área contaminada de radiación.Fernando Moleres


En cuanto a la seguridad, ni Nikolái ni la docena de trabajadores con los que hablé parecían especialmente preocupados. Nikolái, gran fumador, dice que el tabaco le matará antes que la radiación. Eso es algo que él y los demás tienen que agradecer a un equipo dirigido por un inglés llamado David Driscoll, que ha establecido un riguroso sistema de normas según las cuales todos los trabajadores deben llevar el traje de protección todo el tiempo, someterse a exámenes de radiación constantes cuando pasan de zonas limpias a zonas sucias o llevar siempre encima dos pequeños dosímetros que miden los niveles de radiación de manera instantánea y registran la exposición diaria de cada persona en una base de datos informática. Ningún trabajador ha resultado dañado por la contaminación desde que comenzaron las obras, en 2008. Yo pasé dos días en el sitio y el número dos de Driscoll, un francés llamado Patrick Chabrier, me dijo que estaría expuesto a la misma dosis de radiación, o más, en un vuelo de Londres a Nueva York. Dicho esto, me alegré de marcharme de ese lugar. La extrema seriedad con la que se aplican las normas de seguridad y el consenso global sobre la necesidad de construir un arca tan vasta a un precio tan alto dan la medida de las incógnitas científicas a las que aludía Nikolái a propósito de la estabilidad de la enigmática basura nuclear que aún se agita en el núcleo del reactor destruido.
Un estudio de Naciones Unidas calcula que las muertes directamente relacionadas con la catástrofe de Chernóbil fueron 49, una cifra que incluye al bombero Víktor Kibenok. En cuanto a las muertes prematuras vinculadas con la radiación liberada, el estudio ofrece una estimación de 4.000, por el aumento de los casos de cáncer en las proximidades de la vieja central. Sin embargo, en la ciudad de Ivankiv, donde regreso después de visitar las obras, no están conformes con esos datos. 
La responsable del hospital local, Oksana Kadun, dice que existen motivos para seguir alarmados sobre la posible repercusión en los hijos de los habitantes locales y los hijos de esos hijos. Hablamos en una sala de consultas en la que hay niños y niñas en cola para sentarse delante de un aparato que comprueba sus niveles de radiación. Las pruebas se hacen periódicamente y son obligatorias para todos los menores de 18 años. Delante de un gran mapa de la zona de Chernóbil en el que los distintos niveles de radiación están señalados con diferentes colores, la doctora Kadun dice que casi todos los alimentos consumidos en la región –leche, fruta, hortalizas, carne– tienen niveles más altos de los normales. En teoría, la gente podría comprar productos de zonas más seguras, pero la mayoría es demasiado pobre para poder permitírselo, explica. “Antes de la catástrofe no había más que dos casos documentados de cáncer de tiroides en Ivankiv, y eran unas mujeres mayores de 70 años. Desde entonces hemos tenido 84 casos, cuatro de ellos, niños”.
La mayor preocupación de la doctora Kadun, una mujer de aspecto severo e imponente, es qué va a suceder a partir de ahora: “Las perspectivas genéticas no están nada claras. Es cierto que los niveles de radiación que encontramos en los niños no son letales, pero cualquier nivel puede ser peligroso. No existen datos científicos para saber qué mutaciones genéticas pueden estar produciéndose en sus cuerpos. No sabemos qué consecuencias sufrirá la próxima generación nacida aquí. Convivimos con una sensación de riesgo”.



“Los soldados intentaron echarme, pero me quedé. esta es mi casa”

Y cierta sensación de aprensión también, a la que contribuyen los planes del Gobierno central de Kiev para crear un cementerio de residuos nucleares dentro de la zona vecina de exclusión. La mayor parte de la población local rechaza la idea. Por eso dimitió Anatoly Sviridenko, un hombre grande y fuerte que hasta hace poco era alcalde de Ivankiv. “Están planeando enterrar aquí unos contenedores llenos de residuos nucleares sin tener en cuenta ni en lo más mínimo la salud de los habitantes”, me dice, justo después de una tormentosa reunión sobre este tema en el Ayuntamiento con contratistas privados y representantes del Gobierno central. “Tienen previsto comenzar los trabajos a finales de 2017”, continúa Sviridenko, y esa fecha es, casualmente, cuando está programado que el Arco quede definitivamente instalado en la vieja central, lo que permitirá emprender la siguiente fase de la limpieza, la tarea inmensamente delicada –que se prevé que harán robots– de sacar las 200 toneladas de basura nuclear del reactor. “Lo que tienen pensado aquí es no solo enterrar nuestros residuos nucleares, sino convertirlo en vertedero para residuos nucleares de todo el mundo”, explica Sviridenko. “Pero vamos a luchar hasta el final. Si vienen, levantaremos barricadas”.
Son gente dura en esta zona, reflexiono al acercarse el final de mi estancia de cinco días en la región de Chernóbil. Todos son más pobres que los más pobres de nuestras mimadas democracias occidentales. Pocos ganan más de 50 euros mensuales. Sviridenko puede ser un personaje importante en Ivankiv, pero el único aseo de su casa está fuera, en un cobertizo, lo cual no es ninguna broma en los inclementes inviernos ucranios. En cuanto a los ancianos y los desempleados, he conocido a unos cuantos y he acabado pensando que una cosa es ser pobre en Mozambique o Ruanda, donde brilla el sol, y otra serlo en un lugar como este, en el que nieva la mitad del año. Tampoco hay que olvidar, hablando de ataúdes y cementerios, la historia de Ucrania en el siglo XX.
En mi última tarde conozco a una persona que sufrió los horrores de toda esta historia en carne propia. Vive en otra ciudad fantasma de la zona de exclusión de Chernóbil, menos conocida que Prípiat, llamada Poliske. Antes de la catástrofe vivían aquí 20.000 personas. Hubo que esperar a que Ucrania obtuviera su independencia de la Unión Soviética, en 1991, después de un referéndum en el que votó a favor el 92,3% de la población, para que al Gobierno se le ocurriera que también había que evacuar Poliske. Se fueron todos menos 20, de los cuales han muerto 17, en su mayoría de viejos. Una de los tres que quedan es Alla Ivanivna, que tiene 87 años.
Me recibe en la puerta de su casita, en realidad poco más que una cabaña desvencijada, donde vive en la más profunda, húmeda y helada soledad. Tiene demasiado amor propio para dejarnos entrar al fotógrafo y a mí; dentro está todo hecho un lío, dice. Lleva un abrigo de lana sintética cerrado en la cintura con un trozo de cuerda, un gorro de piel y botas, pero no calcetines. La tierra está cubierta de nieve, pero bajo el abrigo puedo verle las espinillas, moradas y venosas.
¿Por qué no se fue con los demás? “Porque esta es mi casa”, responde, pero no enfadada, ni desafiante, ni amargada. “Aquí nací yo y aquí nacieron mis padres, mis abuelos y mis bisabuelos. Intentaron echarme los soldados a punta de pistola, pero les dije que antes tendrían que matarme”. Sonríe al decirlo y empieza a parlotear, sin dejar de sonreír e incluso soltar risitas. Es la anciana más dulce que se pueda imaginar, y se alegra de tener a alguien con quien hablar; se alegra también de que, como esperábamos encontrarla, le hemos traído comida para varios días. Casi no puede andar sin apoyarse en la pared, pero se las arregla para encender un fuego en el que cocinar; la luz se la da un generador, y una persona le lleva una vez al mes comida con el dinero de su pensión, de 40 euros.
Alla lo ha vivido todo. Con cuatro años sobrevivió a la hambruna de 1932 y 1933 que provocaron los soviéticos y que mató a 3,5 millones de ucranios; aguantó la ocupación de Poliske por los nazis (“hicieron cosas terribles”, dice) entre 1941 y 1943; su marido falleció en un accidente de coche en 1949, cuando ella tenía 20 años; trabajó de contable y soportó los años de estalinismo; después llegó Chernóbil, y aquí está ahora, una presencia que me recuerda un verso de T. S. Eliot, “una cosa infinitamente tierna, sufriendo infinitamente”. Esa es Alla Ivanivna, en carne y hueso.
Tierna pero, como el viejo soldado Nikolái Yakovishin, resistente; desafiante, como Anatoly Sviridenko y Oksana Kadun; superviviente, como toda la gente nacida en esta parte del mundo. Y es valiente también, como lo era uno que no sobrevivió, Víktor Kibenok, que tiene un monumento en su honor en un parque de Ivankiv, junto a otros que recuerdan a los que murieron durante la gran hambruna y a los héroes caídos de la Segunda Guerra Mundial. Aquí no les preocupan ni el colesterol, ni los peligros del tabaco, ni la necesidad de comer huevos de gallina campera o judías de cultivo orgánico. Les preocupa sobrevivir, tanto a los viejos como a los jóvenes, acosados por los recuerdos de los horrores históricos, rodeados de ciudades fantasma, siempre bajo la sombra de la catástrofe. La que sacudió al mundo en Chernóbil no es más que la última de tantas, una cuya amenaza seguirá estando presente aquí, y solo aquí, durante los próximos 100.000 años.

miércoles, 6 de mayo de 2015

PRENSA. UCRANIA. "Mujeres a pie de guerra"

   En "El País":

Mujeres a pie de guerra

Historias de enfermeras, voluntarias, combatientes... femeninas todas ellas, que desean ayudar a otros desde la retaguardia o en el frente de batalla en el conflicto ucraniano

Crisis en Ucrania
Natacha, de 27 años, avanza por una trinchera en las afueras de la localidad de Pervomaisk. Es una mujer cosaca y lucha junto con los hombres para defender su pueblo. / J.M. LÓPEZ
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Nadia come con ansia. Colma la cuchara con sopa. Muerde con avidez el mendrugo de pan. El hambre se ha convertido en su único compañero de juegos. Larisa, su madre, observa a su hija de cuatro años. No puede reprimir las lágrimas. Vive en medio del frente de combate. Por un lado, tiene a la artillería ucraniana; y por el otro, las tropas prorrusas, quienes le roban los pocos alimentos que tienen en la despensa. “He estado semanas sin comer nada de nada, salvo algunas hierbas que crecen en mi jardín. Mis vecinos se apiadan de nosotros y nos dan algo de comer”, se lamenta esta mujer madre de cuatro hijos y que lleva meses sin poder cobrar su salario. “Nosotros no vivimos, sólo sobrevivimos”, denuncia.
Esta madre, como muchas de las que viven en la ciudad de Pervomaisk, tiene que explicar a sus hijos que no puede comprarles chocolate o dulces porque no tiene dinero. “Muchas veces no lo entienden y se enfadan conmigo. Yo siempre les digo ‘mañana, mañana compraremos algún dulce’. Pero es mentira”, Larisa rompe a llorar. La ansiedad y la angustia acaban por desbordarla. “No quería venir a este comedor. Nunca he pedido nada en mi vida. Me avergüenzo de mi situación y de no poder mantener a mis hijos con dignidad”.
El llanto de la mujer es ahogado por el sonido de las cucharas golpeando los platos de sopa vacíos. Un ejército de caras tristes y cansadas abarrota el comedor social de Pervomaisk. La comida escasea en la ciudad y cientos de personas llenan, cada día, los diferentes comedores de la ciudad donde reparten un plato de sopa caliente y un pedazo de pan. “Damos de comer a más de 2.000 civiles. Son tiempos muy difíciles. La comida escasea. El frío aprieta y la gente no tiene dinero. Hemos contabilizado más de 10 muertos por culpa del hambre”, afirma Viktoria. Esta joven, de 17 años, se ofreció como voluntaria en este comedor social tras no poder volver al colegio por culpa de los bombardeos de la artillería ucraniana. “Mi responsabilidad era ayudar a mis vecinos. Ayudar a las familias que…”. Viktoria hace una pausa. Las ventanas de la vivienda vibran. La onda expansiva de un mortero las hace temblar. “… más lo necesitan puedan sobrevivir”.

12 momentos clave del conflicto

A.P.
  1. 21 de noviembre de 2013. Comienzan las protestas en la plaza Maidan contra las políticas de Viktor Yanukovich (presidente electo de Ucrania)
  2. 20 de febrero de 2014. Denominado Jueves Negro. 60 manifestantes mueren en enfrentamientos con la policía.
  3. 22 de febrero de 2014. Cae el gobierno de Yanukovich.
  4. 11 de marzo de 2014. Las regiones de Crimea y Sebastopol declaran su independencia de Ucrania para unirse a Rusia.
  5. 30 de marzo de 2014. Se producen manifestaciones en las provincias de Donetsk y Lugansk a favor de una mayor autonomía.
  6. 12 de abril de 2014. Se inician enfrentamientos entre milicias prorrusas y el ejército ucraniano en las provincias del Este de Ucrania.
  7. 24 de mayo de 2014. Las autoproclamadas Repúblicas Populares de Lugansk y Donetsk anunciaron la creación del Estado Federal de Nueva Rusia.
  8. 26 de mayo de 2014. Se inician intensos combates en el Aeropuerto Internacional de Donetsk y sus alrededores.
  9. 13-26 de junio de 2014. Se intensifican los enfrentamientos en el Este de Ucrania.
  10. 17 de julio de 2014. El Boeing 777 de Malaysia Airlines es derribado cerca de la localidad de Grabovo. Sus 295 pasajeros murieron en el accidente.
  11. 18 de julio-14 de agosto de 2014. Ofensiva del ejército ucraniano sobre Donetsk y Lugansk.
  12. 14 de febrero de 2015. Se inicia una tregua entre prorrusos y el gobierno de Kiev.
Viktoria trabaja junto a su madre, que es la cocinera, y junto a media docena de voluntarias del pueblo. “Cada día vemos a nuestros vecinos agradecidos. Nos agradecen tener algo caliente que llevarse a la boca. Pueden repetir todas las veces que quieran…”.

Sobrevivir en un refugio

Pervomaisk es una ciudad fantasma. De sus más de 50.000 vecinos sólo unos pocos han decidido quedarse y resistir el envite de la artillería que castiga, con dureza, las posiciones prorrusas situadas en la ciudad. Los que han decidido quedarse lo hacen escondidos en sótanos o en refugios antinucleares.
Sus ojos miran al infinito. La tristeza de su alma se dibuja en su rostro. El tictac de un pequeño reloj rompe el silencio de la habitación. Katia respira profundamente. Permanece sentada en una modesta butaca desvencijada por el paso del tiempo. Esta anciana de 82 años es consciente de que su vida se va apagando poco a poco. Tictac. Katia vive en un refugio construido durante la Guerra Fría y cuya función era la de albergar a cientos de civiles en caso de ataque nuclear y que, desde agosto, se ha convertido en su hogar. “No puedo volver a mi casa porque todas las ventanas están rotas y hace mucho frío por la noche. No tengo a donde ir”, se lamenta la anciana que vive hacinada en una destartalada habitación, de paredes mohosas y desconchadas.
“En la Segunda Guerra Mundial la situación no era tan mala como ahora. He visto a varios vecinos morir de hambre y no quiero que eso me pase a mí. Yo no quiero morirme así”, comenta entre sollozos. Katia tenía sólo seis años cuando los nazis asolaron su ciudad, pero aún conserva destellos de aquellos funestos días. “Había combates, bombardeos, había hambre… pero no nos matábamos entre hermanos. Nos ayudábamos entre nosotros”, afirma volviendo a mirar al infinito y a quedarse silente mientras ojea una biblia de color azul.
Nina Timofeevna cuida de Katia. Tiene 67 años y vive desde hace meses en el mismo refugio que ella. Los bombardeos destrozaron su casa y se refugió en el subsuelo junto con su hija, que tiene una discapacidad psíquica. Nina ha colocado varias rebanadas de pan duro en una sartén que se calienta al fuego. “Esa será nuestra cena hoy. Eso y un vaso de café”, se queja. “Nosotros no podemos ir a los comedores sociales porque están muy lejos. Si empiezan los bombardeos nos pillarían en medio de la calle, sin poder huir y moriríamos. Katia, con 82 años, no está para correr”, explica Nina.

Las mujeres de Donetsk

La figura del imponente Donbass Arena surge entre la espesa niebla que cubre la ciudad de Donetsk. Cientos de personas aguardan paciente su turno bajo la lluvia. Esperan para sacar un ticket con el que llevarse a casa una bolsa de alimentos. El hambre campa a sus anchas por la capital del carbón. “Hace meses que no recibo mi salario. Sólo me queda la caridad para poder sobrevivir”, se queja Anastasia mientras sostiene a su recién nacido.

Cada día, nuestros nos agradecen tener algo caliente que llevarse a la boca
Viktoria, voluntaria en un comedor social
“La situación se está volviendo insostenible para la población civil de Donetsk. Sin la ayuda que les brindamos la mayoría de las personas morirían de frío y de hambre en cuestión de semanas”, se sincera Anna. Esta joven ucraniana siempre ha tenido vocación para ayudar a los demás. Antes de la guerra trabajaba en un centro de ayuda a mujeres maltratadas. “Ahora dedico mi tiempo a mis vecinos para ayudarles a sobrevivir”, comenta.
Anna se encarga de registrar a todas las personas, anotar sus necesidades y gestionar el reparto de comida. “Hay familias que viven atrapadas en el frente de batalla y no pueden arriesgarse a venir hasta aquí, así que nosotros les llevamos la comida hasta sus refugios o sus casas”, afirma esta joven voluntaria que forma parte de un equipo de más de 50 personas que trabajan los siete días de la semana.
Mientras Anna sigue registrando más y más civiles; a unos kilómetros de allí, en la mina de Chelyuskintsev, las hermanas Voronok están cruzadas de brazos. Hace meses que la mina está parada por culpa de una inundación; la artillería dejó sin luz los generados que extraen agua del interior anegando los pozos. “El carbón es nuestro pan. Hace meses que no cobramos un céntimo pero tenemos que seguir viniendo a trabajar para que, en pocos meses, la mina vuelva a funcionar”, afirma Galina, la mayor de las dos hermanas. Su trabajo consistía en separar las impurezas y los desperdicios del carbón. Pero ahora mira con nostalgia como las cintas transportadoras permanecen paradas.
“Esta mina se fundó en 1913. En estos 100 años sólo había dejado de funcionar durante la II Guerra Mundial y en 1976 para poder mejorar algunos túneles”, cuenta Mikhailovna, la otra hermana. No saben cuánto tiempo llevarán las reparaciones para que la mina vuelva a funcionar. “Seis meses. Un año. Depende de si la guerra vuelve a dejarnos sin luz en los generadores”, se sincera la mujer que lleva seis meses sin cobrar. “Aún así, tenemos que venir a trabajar todos los días”.
Desde que comenzó la guerra en el Este de Ucrania (12 de abril de 2014), la artillería afín al gobierno de Kiev ha alcanzado esta mina hasta en seis ocasiones provocando diferentes destrozos. “Han conseguido que la producción se reduzca. De los 2,5 millones de toneladas de carbón que producíamos anualmente en 2014 no vamos a alcanzar ni el millón”, denuncia Galina cuyo marido también trabaja allí y han visto cómo su situación financiera comienza a ser precaria. “Si no tengo pronto un salario no sé cómo voy a poder alimentar a mis hijos”.
Este mismo problema lo tiene Yana Ivanova, jefa de enfermeras del psiquiátrico de Donetsk. Hace meses que no cobra y muchas veces no puede ir a trabajar porque no tiene ni dinero para pagar el autobús. Lleva 11 años trabajando en el hospital y para ella, sus pacientes forman parte de su familia. “No pienso abandonarlos a su suerte y esperar a que mueran de inanición. Esta situación no puede prolongarse más en el tiempo. En unos meses nos quedaremos sin medicamentos”, denuncia.
“La mayor parte de los pacientes son bastante tranquilos y, a pesar de que algunos no reciben la medicación adecuada —muchos tienen, además, tuberculosis o sida— no hemos registrado ningún altercado violento. Pero necesitamos ayuda urgentemente. No podemos trasladar a 400 enfermos y cruzar los puestos de control que separan la zona rebelde de la ucraniana”, se resigna la enfermera jefe.

En la Segunda Guerra Mundial la situación no era tan mala como ahora. He visto a varios vecinos morir de hambre y no quiero que eso me pase a mí
Katia, 82 años
En el exterior del edificio, una docena de pacientes se calientan alrededor de la lumbre mientras, a través de un viejo transistor, suena música pop. “Los pacientes nos ayudan cocinando o limpiando. La mayor parte del personal huyó durante los combates y estamos muy justos”, comenta Yana.

Mujeres en la trinchera

Pero en esta guerra, no todas las mujeres están en retaguardia, las hay que también luchan en primera línea. Las hay que combaten al lado de los hombres. Natacha tiene 27 años y es madre de una niña de cinco años, pero eso no le ha impedido pertrecharse con su uniforme de camuflaje, coger su AK-47 e ir al frente. “Mi abuelo era cosaco. Mi padre es cosaco. Mi marido también lo es… y yo estoy orgullosa de serlo. Por eso estoy aquí. Para defender a mi pueblo y dar mi vida por mi gente”, comenta orgullosa.
Además de combatir, Natacha es la encargada de alimentar a sus compañeros de batallón. “Al final, los hombres no son nada sin las mujeres”, ríe. “Ellos cuidan de mí y yo de ellos. Somos una gran familia bien avenida”, confirma.
Natacha rehúsa responder a la pregunta sobre el combate. Sobre si ha matado o no. “En una guerra se hacen cosas para sobrevivir. Cosas de las que no se puede estar orgulloso. Y yo he hecho cosas de las que no me siento orgullosa. Pero es una guerra…”, sentencia.
La guerra saca lo mejor y lo peor del ser humano. Y estas mujeres valientes están dispuestas a dar su vida por ayudar al prójimo.

viernes, 25 de abril de 2014

PRENSA. "Habrá más Ucranias". Timothy Garton Ash

   En "El País":

Habrá más Ucranias

Vladimir Putin tiene más admiradores de lo que cabría imaginar entre varias potencias emergentes que no olvidan el colonialismo. Occidente topa además con el resentimiento de Moscú por la pérdida de su imperio

Dime qué piensas sobre Ucrania y te diré quién eres. La crisis ucrania es una prueba política muy reveladora, tanto en las conversaciones individuales como para los Estados. Y los resultados que nos muestra no son alentadores para Occidente. Vladímir Putin tiene más admiradores en el mundo de lo que cabría imaginar para una persona que emplea una mezcla neosoviética de violencia y grandes mentiras para descuartizar un Estado soberano vecino. Cuando hablo de admiradores, no me refiero solo a los Gobiernos de Venezuela y Siria, dos de sus partidarios más conocidos. El hombre fuerte de Rusia cuenta con el apoyo tácito e incluso ciertos aplausos discretos de varias de las principales potencias emergentes del mundo, empezando por China e India.
Durante mi reciente visita a China me hicieron preguntas constantes sobre lo que estaba sucediendo en Ucrania, mientras que yo no dejé de preguntarles cuál era la actitud china al respecto. Un país que ha defendido siempre el principio del respeto a la soberanía y la integridad territorial de los Estados existentes (ya sea la antigua Yugoslavia o Irak), y que se enfrenta a un par de posibles Crimeas dentro de sus fronteras (Tíbet y Xinjiang), ¿no se siente incómodo ante el hecho de que Rusia se apodere sin más de un pedazo de un país vecino?
Bueno, me respondían, les preocupa un poco, pero Ucrania está muy lejos y, la verdad, la crisis tiene muchas más ventajas que inconvenientes para China. Es una nueva distracción estratégica para Estados Unidos (después de Al Qaeda, Afganistán e Irak) que le impide centrarse en su “giro” hacia la región de Asia-Pacífico y desvía su atención de China. Ante el rechazo de Occidente, Rusia tendrá más necesidad de cultivar una buena relación con Pekín. Y en cuanto a la propia Ucrania, que ya vende a China material militar de mejor calidad que el que Rusia ha estado dispuesta a vender hasta ahora a su aliado asiático, las nuevas autoridades han garantizado al Gobierno chino que el hecho de que Pekín no haya condenado la anexión de Crimea no tendrá repercusión alguna en sus futuras relaciones. Mejor, imposible.

China está más precavida desde que Moscú pasó de Crimea a agitar las aguas en las provincias del este
Además de esta realpolitik, me dijeron, existe también un componente emocional. A los dirigentes chinos que, como Xi Jinping, crecieron cuando todavía gobernaba el presidente Mao, sigue gustándoles de forma instintiva la idea de que otro líder no occidental plante cara al Occidente imperialista y capitalista. “A Xi le encanta la Rusia de Putin”, me aseguró un observador bien informado. Los comentarios en los medios de comunicación chinos se han vuelto más precavidos desde que Putin pasó de la anexión de Crimea a agitar las aguas en el este de Ucrania. El periódico nacionalista Global Times, que el mes pasado hablaba del “regreso de Crimea a Rusia”, advierte ahora de que “la región oriental de Ucrania es un caso distinto al de Crimea. Si la zona se separa de Ucrania, asestará un golpe directo a la integridad territorial garantizada por el derecho internacional”. (Claro que lo que pretende Putin no es una secesión total, sino solo una gran Bosnia a la finlandesa, un país neutral con una versión tan amplia de “federalismo” que las regiones orientales se convertirían en entidades de tipo bosnio, dentro de la esfera de influencia rusa).
Sin embargo, no parece que esa preocupación creciente enfriara la acogida que se le dio el martes pasado en Pekín al ministro ruso de Exteriores, Serguéi Lavrov. El presidente Xi dijo que las relaciones entre China y Rusia “son mejores que nunca” y han desempeñado “un papel insustituible en el mantenimiento de la paz y la estabilidad en el mundo”. El Ministerio de Exteriores chino declaró que la relación entre China y Rusia es “la relación entre dos grandes países más llena de contenido, con más categoría y más importancia estratégica”. Ya puede Estados Unidos llorar de envidia. Y Pekín está deseando recibir el mes que viene al presidente Putin, que llegará para asistir a una cumbre crucial.
Pero no es solo China. Un amigo mío acaba de volver de India. Me dice que, con el probable triunfo electoral de Narendra Modi y la expansión del capitalismo clientelista en el país, los indios más liberales temen que la mayor democracia del mundo pueda estar adquiriendo una versión autóctona del putinismo. En cualquier caso, hasta el momento, India se ha puesto de parte de Rusia, y no de Occidente ni Ucrania. El mes pasado, el presidente Putin dio las gracias a India por su postura “contenida y objetiva” a propósito de Crimea. La obsesión soberanista de la India poscolonial y la desconfianza ante cualquier indicio de imperialismo liberal occidental se traducen —cosa bastante ilógica— en el apoyo a un país que acaba de violar de manera dramática la soberanía de su vecino. Una revista satírica india ha llegado a insinuar que se ha contratado a Putin como “asesor estratégico principal al servicio de India, para acabar de una vez con el problema de Cachemira”. Por cierto, India compra gran parte de sus armas a Rusia.

Con el probable triunfo de Modi, India podría adquirir una versión autóctona del putinismo
Y tampoco es solo India. Los otros dos socios de Rusia en el llamado grupo de los BRICS, Brasil y Sudáfrica, se abstuvieron de votar la resolución de la Asamblea General de la ONU en la que se criticaba el referéndum de Crimea, y coincidieron con Rusia en expresar su “preocupación” por la sugerencia del ministro de Exteriores australiano de prohibir la asistencia de Putin a la cumbre del G-20 en noviembre. El embajador ruso en Sudáfrica manifestó su agradecimiento por esa actitud “equilibrada”.
Occidente se encuentra ante dos resortes gigantes a punto de saltar. Uno, que ya ha sido objeto de numerosos comentarios, es el resorte del resentimiento de la Madre Rusia por lo que ha disminuido su imperio en los últimos 25 años, desde el corazón de Alemania hasta el corazón de la Rus de Kiev.
El otro es el resorte del resentimiento provocado por siglos de dominación colonial de Occidente, un resentimiento que asume formas muy diferentes en distintos países BRICS y miembros del G-20. Desde luego, no todos comparten el relato monolítico e implacable que hace China de una humillación nacional desde las Guerras del Opio contra Gran Bretaña. Pero todos tienen en común, con diversas variantes, una preocupación seria y llena de suspicacia por su soberanía, una resistencia a que los norteamericanos y los europeos les digan lo que les conviene y cierta Schadenfreude instintiva, cierta alegría por el mal ajeno, cuando ven que la pendenciera Rusia mete el dedo en el ojo al Tío Sam y al británico John Bull. ¡Viva el putinismo!
Está claro que este no es el problema inmediato de lo que ocurre en Ucrania, pero sí es otra gran perspectiva que abre la crisis en Europa del Este. En este sentido más amplio, geopolítico, tomemos nota: a medida que nos adentremos en el siglo XXI, habrá más Ucranias.
Timothy Garton Ash es catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford, donde en la actualidad dirige el proyecto www.freespeechdebate.com, e investigador titular de la Hoover Institution, Universidad de Stanford. Su último libro es Los hechos son subversivos: escritos políticos para una década sin nombre.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.