Mostrando entradas con la etiqueta fascismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta fascismo. Mostrar todas las entradas

martes, 17 de febrero de 2015

PRENSA CULTURAL. "El fascismo que sobrevivió a Hitler"

   En "El País":

El fascismo que sobrevivió a Hitler

El historiador Julián Casanova coordina a un grupo de expertos en un libro sobre las cuatro décadas de dictadura en España


El general Franco y Adolfo Hitler durante su entrevista en Hendaya, en 1940

Cuando acabó la Guerra Civil española, más de la mitad de los 28 estados europeos estaban dominados por dictaduras con poderes absolutos, que no dependían de mandatos constitucionales ni de elecciones democráticas. Excepto en el caso de la Unión Soviética de Stalin, todas esas dictaduras procedían del firmamento político de la ultraderecha y tenían como uno de sus principales objetivos la destrucción del comunismo.
El general Francisco Franco y su dictadura no eran, por lo tanto, una excepción en aquella Europa de sistemas políticos autoritarios, totalitarios o fascistas. Pero al margen de las categorías que se utilicen para definirlos, la mayoría de esos despotismos modernos eran hijos de la Primera Guerra Mundial, la auténtica línea divisoria de la historia europea del siglo XX, la ruptura traumática con las políticas del orden autocrático imperial hasta entonces dominantes.
Como España no participó en esa contienda, el ascenso al poder de Franco se pareció poco, de entrada, al de esos nobles, políticos y militares que, tras convertirse en héroes nacionales por su lucha contra el enemigo exterior, encabezaron el movimiento contrarrevolucionario, antiliberal y antisocialista en sus países desde los años veinte. Jósef Pilsudski en Polonia y Miklós Horthy en Hungría son los mejores ejemplos (…)


Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza. 'Cuarenta años con Franco' se publica el 17 de febrero en Crítica. 416 páginas. 20,90 euros.
Esas dictaduras que surgieron en Europa en los años veinte recuperaron algunas de las estructuras tradicionales de la autoridad presentes en su historia antes de 1914, pero tuvieron que hacer frente también a la búsqueda de nuevas formas de organizar la sociedad, la industria y la política. En eso consistió el fascismo en Italia, el primero en germinar como producto de la Primera Guerra Mundial, y a esa solución se engancharon en los años treinta algunos partidos y fuerzas de la derecha española. Una solución al problema de cómo controlar el cambio social y frenar la revolución en el momento de la aparición de la política de masas.
El fascismo apareció más tarde en España que en la mayoría de los países europeos, sobre todo si la referencia es Italia y Alemania, y se mantuvo muy débil como movimiento político hasta la primavera de 1936. Durante los primeros años de la Segunda República, apenas pudo abrirse camino en un escenario ocupado por la extrema derecha monárquica y por la derechización del catolicismo político. El triunfo de Adolf Hitler en Alemania, sin embargo, atrajo el interés de muchos ultraderechistas que, sin saber todavía mucho de fascismo, vieron en el ejemplo de los nazis un buen modelo para acabar con la República. El que iba a ser el principal partido fascista, Falange Española, fue fundado en octubre de 1933, cuando el fascismo era ya un movimiento de masas consolidado en varios países europeos.
Poco tuvo que ver Franco, por lo tanto, si lo que seguimos considerando es la conquista del poder, con la forma en que lo consiguieron los dos líderes fascistas más importantes, Benito Mussolini y Hitler, a través de la movilización de las masas con partidos que ellos mismos habían creado. Mussolini subió al poder con una combinación de violencia paramilitar y maniobras políticas, sin necesidad de tomarlo militarmente —pese al mito forjado después de la marcha sobre Roma por el fascismo victorioso— o ganar unas elecciones. Y el nombramiento de Hitler como canciller del Reich el 30 de enero de 1933, porque Paul von Hindenburg, presidente de la República, así lo decidió, fue el resultado del pacto entre el movimiento de masas nazi y los grupos políticos conservadores, con los militares y los intereses de los terratenientes a la cabeza, que querían la destrucción del sistema republicano de Weimar y de la democracia.
Unos años después, Franco comenzó el asalto al poder con una sublevación militar y lo consolidó tras la victoria en una guerra civil (…) Mientras Franco consolidaba su dictadura tras el triunfo en esa guerra, los que los españoles llamamos posguerra, la Segunda Guerra Mundial ponía patas arriba el mapa de Europa que había salido de la de 1914-1918. Entre 1939 y 1941, siete dictaduras derechistas de Europa del este cayeron bajo el dominio directo de Alemania o Italia: Polonia, Albania, Yugoslavia, Grecia, Lituania, Letonia y Estonia. En el mismo período, siete democracias fueron desmanteladas: Checoslovaquia, Noruega, Dinamarca, Holanda, Bélgica, Luxemburgo y Francia.
Casi todo el continente europeo quedó bajo el orden nazi, gobernado por dirigentes nombrados por Hitler o dictadores “títeres”, que solían ser líderes de los movimientos fascistas que no habían podido tomar el poder antes de 1939, pero que aprovechaban el nuevo escenario creado por la invasión militar alemana (…).
El destino de todos esos regímenes quedó vinculado al de la Alemania nazi. Y entre los últimos meses de 1944 y los primeros de 1945, todos esos países fueron invadidos por los ejércitos de la Unión Soviética o de los aliados occidentales. Las dictaduras derechistas, que habían sido dominantes desde los años veinte, desaparecieron de Europa, salvo en Portugal y España. Francisco Franco y Antonio Oliveira de Salazar fueron, por lo tanto, los únicos dictadores que, como no intervinieron oficialmente en la Segunda Guerra Mundial, pudieron seguir en el poder tras ella. Esa es una gran diferencia entre las dictaduras de Europa del este, destruidas por la guerra, y las de la Península Ibérica; y entre Franco y Salazar y todos esos dictadores, fascistas o no, que fueron ejecutados o acabaron en el exilio tras 1945.
Franco se libró, obviamente, de ese final, aunque la intervención italiana y alemana había sido decisiva para su triunfo en la guerra y conquista del poder y aunque el fervor del sector más fascista de su dictadura por la causa nazi se había manifestado, pese a la no beligerancia oficial española, en la creación en 1941 de la División Azul, por la que pasaron cerca de 47.000 hombres que lucharon contra el comunismo en el frente ruso.
Muertos Hitler y Mussolini, Franco siguió treinta años más. Vista desde esta perspectiva comparada, el rasgo distintivo de la historia de España en el siglo XX fue la larga duración de la dictadura de Franco después de la Segunda Guerra Mundial. No fue un paréntesis, sino el elemento central que dominó el escenario de forma absoluta durante esas tres décadas (…).
Más de una generación de españoles creció y vivió bajo el dominio de Franco, sin ninguna experiencia directa de derechos o procesos democráticos. Ese gobierno autoritario tan prolongado tuvo efectos profundos en las estructuras políticas, en la sociedad civil, en los valores individuales y en los comportamientos de los diferentes grupos sociales. En 1945, Europa occidental dejó atrás treinta años de guerras, revoluciones, fascismos y violencia. Pero España se perdió durante otras tres décadas ese tren de la ciudadanía, de los derechos civiles y sociales y del Estado de bienestar (…).
Han pasado cuatro décadas desde la muerte de Franco y esa dictadura forma parte de la historia, un tema de estudio consolidado en los proyectos de investigación universitarios, en congresos y publicaciones científicas y en los programas que se imparten en la mayoría de los centros escolares. Pero es también objeto de controversia política y de debate público. Con memorias divididas, esos trágicos sucesos del pasado han proyectado su larga sombra sobre el presente y, frente a ella, necesitamos miradas libres y rigurosas. 

lunes, 5 de mayo de 2014

PRENSA CULTURAL. Sobre "Falange y literatura", de José-Carlos Mainer

Dionisio Ridruejo (a la izquierda) realiza el saludo fascista junto a Franco ante la tumba de José Antonio Primo de Rivera, / EFE. ("el país")

   En "El País":

La narrativa de las pistolas

El catedrático José-Carlos Mainer amplía su clásico ensayo ‘Falange y literatura’ con una mirada menos benévola hacia los escritores que abrazaron el fascismo

 Madrid 16 NOV 2013

En 1971 las palabras tenían otra carga. Una como fascismo, por ejemplo, podía hundir un proyecto. Así que José-Carlos Mainer (Zaragoza, 1944) espolvoreó con prudencia el término por su antología de escritores falangistas para sortear la censura. Gracias a cautelas como esa, su ensayo Falange y literatura salió airoso del escrutinio previo de los vigías del régimen y se convirtió en un clásico cuyas huellas pueden rastrearse en estudios y novelas posteriores. “A lo mejor ahora hubiera titulado Fascismo y literatura en España,pero no me planteé el problema para esta reedición. El libro tenía que ser fiel al título original”, precisa.
El fascismo, “una patología internacional de la conciencia política”, en palabras del catedrático de Literatura, alimentó como fenómeno cultural una “importante zona (aunque errónea) de la modernidad”. Una parte de la literatura se tiñó de misiones ineludibles, pistolas briosas y virilidades desenfundadas.
Cuatro décadas después de aquella primera edición de la editorial Labor, Mainer ha aceptado revisar —y ampliar casi hasta construir un libro nuevo, ahora en RBA— su estudio sobre los intelectuales que se embutieron en una camisa negra —a veces literal como José María Pemán o Dionisio Ridruejo— en la primera mitad del siglo XX. Ha dinamitado las cautelas de entonces y también, como él mismo confiesa en su introducción, su “benevolencia” hacia los protagonistas. “En parte había un deseo de decir que dentro del mundo de los que ganaron la guerra, ellos eran mejores. Ahora eso está más matizado. Es evidente que fue el parapeto al que se acogieron muchos que no se sentían cómodos en el catolicismo y también que Falange fue un buen escape en algún momento para personas que tenían puntos oscuros en su pasado”.
La antología comienza con piezas de precursores como Luys Santa Marina, que en 1924 publicó Tras el águila del César. Elegía del Tercio (una invención de su experiencia militar en el Rif), o Rafael Sánchez Mazas, acaso el falangista más revivido en democracia gracias a la novela Soldados de Salamina, de Javier Cercas, que evidenció sus simpatías en el artículo que recogía la toma del poder de Mussolini en 1922: “Esta noche de sábado, del 28 de octubre, Caballo y Rey han cantado ‘las cuarenta’ a todo un naipe obscuro de demócratas, de socialistoides, de politicantes, de memos seudocontemporáneos, de crédulos, de antipatriotas y de toda la banda averiada que Italia ha padecido cincuenta años y ha hecho padecer, como engañabobos, a Españas de Ferrer o a Francias de Dreyfus”. Cierran la selección textos de Jacinto Miquelarena, Agustín de Foxá, Álvaro Cunqueiro y Ángel María Pascual, que Mainer aglutina bajo “los caminos del humor y la fantasía”.
Todos son, pero no todos están. El volumen se ha enriquecido con nuevos textos de autores como Julián Ayesta o Ángel María Pascual que no figuraban en la versión original, aunque perduran algunas ausencias. Mainer no logró la autorización de los descendientes de José María Castroviejo, escritor y director de El pueblo gallego, y de Ramiro Ledesma Ramos, el fundador de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalistas (JONS), asesinado en Madrid al comienzo de la guerra, para incluir sus obras. “Castroviejo fue de las JONS, y sentimentalmente era carlista, pero elaboró una imagen de sí mismo valleinclanesca”. Mainer compara textos en los que ensalzaba el heroísmo de los civiles alemanes que soportaban los bombardeos aliados frente a otros en los que se burlaba de los civiles de París durante la ocupación nazi.
El falangismo no es un pasado cómodo. Ya no lo era en 1971, cuando la historia corría en dirección opuesta. Varios autores no le perdonaron a Mainer su inclusión en la obra. Excepcionales fueron los aplausos, aunque los hubo: Luis Felipe Vivanco y, en especial, Dionisio Ridruejo, el caso más singular por su evolución política: del desencanto fascista a la lucha por la democracia. Hubo casi tantas maduraciones como individuos. “Algunos perseveraron patéticamente en sus ideales hasta su muerte. Ernesto Giménez Caballero escribió en los noventa una carta en Abc en la que pedía ser enterrado junto a José Antonio en el Valle de los Caídos”.
Buena parte comenzó a alejarse del falangismo, y del culto a la violencia, en plena dictadura, en sintonía con la declinación del fascismo en Europa. Con desigual cargo de conciencia. “Gonzalo Torrente Ballester, que acepta mal no ser un escritor de referencia en los cuarenta y vive de lo que los periódicos del partido le proporcionan hasta que rompe discretamente a partir de los cincuenta, es el que ha borrado más deliberadamente las huellas”, señala Mainer, que considera la novela Javier Mariño —cuyo final fue modificado por el escritor— la más fascista de todas.
José María Pemán se enfundó la camisa azul en la guerra y desató el delirio de los suyos con Poema de la bestia y el ángel (1938). “Fue un caso aparte porque rápidamente vuelve al monarquismo y se va dulcificando”. También singular fue la trayectoria de Pedro Laín Entralgo, “una cabeza privilegiada que a partir de 1956, cuando cesó como rector, no perdió las prerrogativas pero fue mudando hacia un espíritu liberal”. Sus memorias, Descargo de conciencia (1976), son un ejercicio de “cautelas y ocultaciones parciales”, en opinión de Mainer.
Sostiene Andrés Trapiello en Las armas y las letras que los escritores falangistas pertenecen al grupo de los que ganaron la guerra y perdieron la literatura, aunque en opinión del poeta Luis García Montero, la literatura estaba en otra parte. José-Carlos Mainer zanja salomónico: “Las dos cosas son ciertas. El fascismo es un mal consejero. Lo peor que les pudo ocurrir fue haber ganado la guerra. Pero por supuesto la literatura estaba en los escritores del exilio”.

miércoles, 30 de abril de 2014

PRENSA CULTURAL. LIBROS. "Por el imperio hacia Dios". José-Carlos Mainer

   En "El País":

Por el imperio hacia Dios

Más allá de las polémicas sobre si fue totalitario o autoritario, el historiador Ferrán Gallego realiza una exhaustiva revisión de la naturaleza católica y fascista del régimen del general Franco


El general Franco con el uniforme de la Falange.
Desde la aparición de una documentada historia del nazismo (De Munich a Auschwitz, 2001, y De Auschwitz a Berlín, 2005), el profesor barcelonés Ferran Gallego se ha dedicado con intensidad al estudio del fascismo español y foráneo. Ni es tarea fácil, ni deja de suscitar riesgos y alguna vez hasta sospechas. Para realizarla reúne aptitudes fundamentales: el certero instinto de hallar las citas (y saber leerlas) y la atención a la dimensión psicológica de las actitudes políticas. Sabe, por tanto, que el fascismo —sombra negra de la modernidad— puede ser a la vez salvaje y persuasivo, monolítico en sus aspiraciones y elástico en las formas, patológico siempre, pero también muy común como enfermedad transitoria. Entre sus libros posteriores los hay dictados por el desengaño lúcido (El mito de la Transición, 2008), y otros, por la aguda exploración de caracteres abominables (Todos los hombres del Führer, 2006); de un modo u otro, todos exploran las formas de engañarse y engañar.
Estos propósitos inspiran también las casi mil páginas de El evangelio fascista. La formación de la cultura política del franquismo (1930-1950), escritas en una prosa muy nítida y precisa, aunque el párrafo sea caudaloso, y en plena madurez reflexiva. Gallego tiene el don de la síntesis —esa revelación que llega al autor cuando su trabajo la merece—, a la vez que mantiene intacta la pasión de descubrir y analizar. Creo que nunca se había revisado con tanta intensidad, a pie de textos y de cotejos, la naturaleza católica y fascista del régimen de Franco, yendo más allá de las viejas polémicas sobre si fue totalitario o autoritario, o sobre la presunta hegemonía disputada entre católicos y falangistas, o sobre el diferente grado de protagonismo de los actores del acoso a la República y la fundación del Régimen. El resultado de sus maniobras fue el que sabemos: fracasados en el golpe militar de julio, ganaron la guerra que habían elegido y consiguieron la tortuosa, pero eficaz, construcción de un Estado que, de algún modo, persiste, además de haber dejado alguna herencia indeseable en las actitudes de algunas élites políticas y en el cínico pragmatismo de algunas capas sociales.

Fracasados en el golpe militar de julio, ganaron la guerra y construyeron un Estado que, de algún modo, persiste
Gallego ha reconstruido muy bien la experiencia del endeble fascismo español entre 1933 y 1936, donde aclara la marginación de Ledesma Ramos, el papel de Onésimo Redondo y, una vez más, las ambigüedades y las maniobras de José Antonio Primo de Rivera. Hubo ciertamente un fascismo débil, pero lo compensó aquella fuerte fascistización general, donde quien más se reclamaba de fascista era el monárquico José Calvo Sotelo. “Lo que resulta propio del fascismo”, escribe Gallego, “es la manera en que es capaz de realizar la síntesis y modernización del discurso de la contrarrevolución”, que se apoya en las imágenes de “la patria en peligro y la proyección utópica de una nación en marcha”. La “dinámica de su constitución” se aceleró a favor de la guerra civil, que fue —como demuestra el autor— factor aglutinante y sello legitimador, donde convergen unos y otros.
Las páginas sobre la contienda inician la segunda parte de la obra que ya había hecho un demorado censo de las actitudes apocalípticas que la presagiaron, en apartados tan jugosos como ‘La vía fascista hacia la guerra civil’ y ‘La guerra civil, proceso constituyente del fascismo’. Pero no son menos importantes (y quizá más innovadoras) las precisiones sobre el uso de la consigna del “Imperio”, desde el plano filosófico (que utilizó el Ledesma de 1930 cuando hablaba: “La filosofía, disciplina imperial”) hasta la existencia de una Nación en estado de celo constitutivo y a la reinterpretación del pasado patrio. Ninguna hipótesis carece de textos que la evidencien. Es particularmente interesante la lectura de Jerarquía, la revista negra de Falange, o la de F.E., de parecido talante; son siempre necesarias las citas del delirante Giménez Caballero, a quien nadie hacía demasiado caso, pero siempre era la voz de su amo, o las de Pemán, el más sagaz de los muchos oportunistas. Demoledores resultan los textos de Antonio Tovar, que mereció un indulto ideológico quizá prematuro, muy similar al que lucró el grupo de teóricos de la política, embebidos de lecturas alemanas (que juntaban a Carl Schmitt con los antifascistas Hermann Heller y Hans Kelsen), a los que se cita a menudo: Luis Legaz Lacambra, Maximiliano Gómez Arboleya, Juan Beneyto, Francisco Javier Conde. El capítulo ‘Sub specie aeternitatis. Historia y legitimación del 18 de julio’ rescata del olvido la reconstrucción de la historia de España en la etapa de primera “desfasticización” y concluye con la confrontación de dos conocidos libros de 1949: España como problema, de Laín Entralgo, que recuperaba el discurso radical de 1898 para el nuevo Estado, y España, sin problema, un título que Rafael Calvo Serer modificó a última hora para entrar en la polémica, donde se postulaba una Restauración de la tradición que el otro parecía olvidar: “Lo que importaba para todos”, recuerda Gallego, “era el establecimiento o la amplitud de los límites de la Victoria, nunca su impugnación”.
El evangelio fascista. La formación de la cultura política del franquismo (1930-1950). Ferran Gallego. Crítica. Barcelona, 2014. 979 páginas. 39,90 euros (electrónico: 14,99 euros).

sábado, 5 de abril de 2014

PRENSA.HISTORIA. "España, vendida al fascismo"

   En "Público.es":

España, vendida al fascismo

La ayuda militar y económica prestada por Alemania e Italia desde los primeros compases de la guerra fue clave para la victoria del ejército de Franco. El Estado español de abril de 1939 debía a Hitler 372 millones de marcos y a Mussolini 6.926 millones de liras

ALEJANDRO TORRÚS Madrid 30/03/2014 08:00 Actualizado: 30/03/2014 13:37
Hitler y Franco durante su encuentro en Hendaya.

Hitler y Franco durante su encuentro en Hendaya.

Mito número uno de la Guerra Civil española: el conflicto bélico debe ser interpretado en clave interna y la fecha del golpe de Estado del 18 de julio de 1936 se explica por el asesinato de Calvo Sotelo el 13 de julio del mismo año y la "anarquía" a la que conducía la República. Mentira. La realidad es que la elección del 18 de julio como fecha del golpe se explica por los contratos de compra de armas que los conspiradores monárquicos firmaron con la Italia fascista de Mussolini el 1 de julio mediante los cuales los italianos se comprometieron a entregar a los golpistas 47 aviones de guerra y miles de bombas, ametralladoras y municiones.
"De todos los países que intervinieron en la Guerra Civil el que más recursos invirtió fue, sin duda, Italia, que sin embargo era más débil que Alemania y la Unión Soviética, porque Mussolini consideró que podría influir en la orientación futura de la política española", explica el historiador Ángel Viñas en la obra 75 años después. Las claves de la Guerra Civil española (Ediciones B) de Mario Amorós, que asegura que la firma de los contratos con la Italia fascista demuestran que"los conspiradores pensaban que el golpe de Estado podía fácilmente derivar en una guerra civil" y que el asesinato de Calvo Sotelo no afectó a la sublevación militar. "La sublevación hubiera estallado igualmente. Todo estaba preparado. Incluso el 'detalle' de los aviones", prosigue Viñas.
"De los países que intervinieron en la guerra el que más recursos invirtió fue, sin duda, Italia", apunta Viñas
El historiador Ángel Viñas desveló en la obra colectiva Los mitos del 18 de julio (Crítica) los contratos que materializaron la ayuda italiana. Fueron, exactamente, cuatro documentos con sus correspondientes anexos. El primer contrato ascendía a un valor 16.246.750, 55 liras e incluía doce aviones Savoia 81; 10.000 bombas de dos kilogramos; 500 bombas de 50 kilos; 1.500 de 100; y 100 de 250; más carburantes y lubricantes. "Es muy importante destacar que los suministros objeto de este primer contrato debían entregarse durante el mes de julio. Es decir, eran la punta de lanza que había de asegurar el éxito de la sublevación en el curso de las siguientes semanas", asegura Viñas.
Los tres siguientes contratos recogieron la compra de decenas aviones caza CR 32, hidroaviones Macchi 41, un hidro Savoia 55X, proyectiles perforantes, más motores, ametralladoras, etc. En total, estos cuatro contratos. "El importe final de los contratos romanos ascendió, pues, a la suma de 39.286.876,37 liras (...) En resumen, se trató de un montante de 339 millones de euros. Una cifra nada desdeñable, aunque menos desdeñable era que había que pagar a tocateja, a la entrega del material", escribe Viñas.

El Duce financia a Falange

La ayuda militar contemplada en estos cuatro contratos descritos no fue la única que Mussolini prestó a los sublevados. Desde junio de 1935 el Duce estuvo transfiriendo 50.000 liras mensuales. La operación -describe José Ángel Asiaín en La financiación de la Guerra Civil española (Crítica)- se rodeó del más estricto secreto, hasta tal punto que incluso José Antonio Primo de Rivera iba cada dos meses a París a recoger personalmente los fondos, no utilizando en ningún momento los servicios de los medios italianos en Madrid, ni la valija diplomática.
"En todo caso, parece claro que esa subvención permitió a Primo de Rivera y a los falangistas emanciparse financieramente y que el partido pudiera satisfacer sus necesidades más perentorias sin recurrir a la ayuda de los monárquicos", escribe José Ángel Asiaín.

Bonos del Tesoro para Mussolini

Una vez acabada la Guerra, el Gobierno de Franco procedió a la negociación de la liquidación de la deuda con el Gobierno italiano. El total del crédito ascendía a 6.926 millones de liras más otros 300 millones que había prestado la banca italiana. El proceso de liquidación no planteó, en cambio, ningún problema, debido a "la generosidad que en todos los momentos las altas jerarquías del Estado italiano", dice Sánchez Asiaín. "El Gobierno italiano propuso fijar en 5.000 millones de liras la deuda total. El resto quedaba condonado", escribe el economista, que añade que la devolución del crédito de 300 millones de euros fue objeto de "un acuerdo especial".
Así, para la devolución de tal cantidad de dinero el Gobierno español debía emitir, y consignar a favor del Gobierno italiano, bonos del Tesoro español no transferibles ni pignorables. El acuerdo fue materializado en el BOE el 5 de febrero de 1942 cuando se estableció que, superadas "las dificultades de orden material para confeccionar los títulos en que se ha de quedar representada la deuda al Gobierno de Italia por suministros especiales durante 'la guerra española de liberación' , el ministro de Hacienda emitiría y entregaría a la administración central del Banco de Italia cinco mil bonos del Tesoro español de un millón de liras cada uno.
El resultado de la II Guerra Mundial fue favorable a los intereses de España, al menos, en lo referido a la devolución de la deuda. La notable depreciación de la lira, que se produjo en el período 1942-1967, provocó que el peso de la deuda disminuyera considerablemente, en términos reales, para la España de Franco.

La ayuda de la Alemania de Hitler

Pero sí la ayuda de Italia fue la más importante en términos cuantitativos, la alemana tuvo especial importancia en términos cualitativos. Si bien Mussolini había prestado su ayuda con la intención de influir al máximo en la política española, Ángel Viñas relata que fue Hitler y su III Reich el que fascinó al general Francisco Franco. "En el transcurso de la Guerra Civil la nación que deslumbraría a Franco fue Alemania, no Italia. Por eso, cuando acabó la contienda, Franco gravitó hacia el III Reich a pesar de los roces que había tenido con ellos", asegura Viñas, que afirma que si bien Franco tomó muchas cosas importantes de la Italia fascista como "los sindicatos verticales" él estaba "fascinado" por los nazis.
"Los golpistas trataron de acercarse desde el primer momento a Alemania en busca de ayuda"
Al contrario que la Italia fascista, la Alemania nazi no tuvo nada que ver con el golpe de Estado de 1936. Los alemanes no intervinieron en España hasta que comenzó la Guerra Civil. Los golpistas trataron de acercarse desde el primer momento a Alemania en busca de ayuda. El proceso oficial de petición de ayuda de los sublevados a Alemania comenzó el 21 de julio, cuando Franco, tratando de llegar a Hitler de la forma más directa y rápida, recibió a Johannes Berbhardt, del que sabía que estaba en condiciones de contactar con facilidad, y sin trámites administrativos, directamente con el propio Hitler.
Entre los motivos por los cuales Hitler aceptó la petición de ayuda de Franco se encuentra, según Sánchez Asiaín, la "simpatía hacia los planteamientos anticomunistas" y la posibilidad de "utilizar el conflicto español como un laboratorio para mejorar las técnicas de los ejércitos alemanes". Así, Hitler decidió mandar unos JU-52 de transporte cuanto antes a Marruecos para trasladar a las tropas de Franco a la península.
Sin embargo, los motivos políticos no fueron los que más pesaron en la decisión de Hitler. Relata el autor de La financiación de la Guerra Civil española que "pronto quedó claro que la península Ibérica formaba parte de sus objetivos comerciales, y que la riqueza minera era un importante objetivo". "La intervención alemana en la Guerra Civil española, y el volumen de su ayuda, no puede entenderse sin tener en cuenta la política de aprovisionamiento de materias primas, especialmente de minerales aplicados a las necesidades de guerra", escribe.
A través de varias empresas, Hitler trazó un "perfecto mecanismo" para explotar la dependencia de Franco de la ayuda militar y económica alemana. La más importante de ellas fue Hisma, que se convirtió en un instrumento decisivo de la influencia alemana cuyo último objetivo "era reducir España a una especie de protectorado alemán".

372 millones de marcos

Así, una parte considerable de la deuda que España contrajo con Alemania fue pagada por compensación, es decir, con exportaciones españolas a Alemania, sobre todo de minerales. Cabe recordar que en enero de 1939, casi la mitad del comercio exterior de la España de Franco se dirigía a Alemania y que, por otra parte, ha quedado más que demostrado que los alemanes intentaron cobrarse con creces su ayuda, y que para conseguirlo hicieron todo lo que estuvo en sus manos, al menos, hasta su derrota en la II Guerra Mundial.
Una vez terminada la Guerra Mundial, Alemania fijó la deuda de la España de Franco en 372 millones de marcos, incluyendo el coste de la Legión Cóndor, que los alemanes cifraron en 99 millones de marcos. No obstante, la dictadura de Franco y la de Hitler jamás llegaron a un acuerdo para devolver el importe de la deuda aunque sí que encontraron una solución política de entendimiento mutuo para demorar el acuerdo firmado en 1941 que permitía a los alemanes hacer compras en España sin pagar su importe. "Y minerales, aceite y naranjas, entre otras cosas, fueron enviados a Alemania sin generar divisas para la economía española", concluye Sánchez Asiaín.

lunes, 3 de marzo de 2014

PRENSA. "Córdoba piropea a 'un golpista' en una guía turística"

   En "público.es":

Córdoba piropea a "un golpista" en una guía turística

El Ayuntamiento (PP) edita una guía de arquitectura en la que califica a Antonio Cañero Baena como "benefactor" de la ciudad pese a su participación en la "limpieza de marxistas" de la sierra de la provincia andaluza.

ALEJANDRO TORRÚS Madrid 28/02/2014 07:00 Actualizado: 28/02/2014 14:04


Imagen de la Guerra Civil tomada en Azuaga (Badajoz).

Imagen de la Guerra Civil tomada en Azuaga (Badajoz).


Desmemoria, término que según la Real Academia de la Lengua implica "la falta de memoria". Eso es, precisamente, lo que parece afectar al Ayuntamiento de Córdoba que acaba de publicar una guía turística, de apenas 90 páginas, sobre la arquitectura de la ciudad en los últimos dos siglos. En este pequeño libro, el Consistorio hace un repaso de la cultura arquitectónica de la Córdoba contemporánea y encuentra hueco, también, para mencionar una serie de personajes importantes en el pasado reciente de la historia de la ciudad. Es en este espacio donde aparece una mención especial para el rejoneador y concejal franquista Antonio Cañero (1885-1952).
Para el Ayuntamiento de Córdoba, Antonio Cañero es una figura importante de la ciudad que supo combinar "su maestría en el rejoneo con su actividad pública como concejal y benefactor de la ciudad, dejando su nombre a un barrio edificado sobre terrenos de su propiedad que donó al obispo Fray Albino". Para la RAE, benefactor es lo mismo que bienhechor, concepto que describe como persona "que hace bien a otra persona".
Es precisamente el "bien" realizado por Cañero a sus conciudadanos de Córdoba lo que ponen en duda asociaciones de memoria histórica y diversos historiadores como Francisco Espinosa o Francisco Moreno Gómez, autor de, entre otros libros, 1936: El genocidio franquista en Córdoba; Morir, matar, sobrevivir: la violencia en la dictadura de Franco (con Francisco Espinosa, Julián Casanova y Conxita Mir); y La Guerra Civil en Córdoba, 1936-1939. De hecho, Moreno califica de "desvergüenza histórica" el intento de limpiar la imagen de Cañero por parte del Consistorio.
"Antonio Cañero fue todo un protagonista del fascismo cordobés, organizando el 'Escuadrón Cañero', con todos los caballistas, capataces y señoritos de la capital, cuya misión era colaborar con las columnas militares, en las primeras semanas, en sus excursiones a los pueblos, que terminaban en un baño de sangre", explica el historiador Francisco Moreno a Público.

La participación de Cañero en la Guerra Civil

Francisco Moreno, de hecho, detalla las actuaciones del "Escuadrón Cañero". La primera actuación de este "Escuadrón" se produjo en la localidad de Almodóvar del Río, el 23 de julio de 1936, después pasaría por los municipios de Castro del Río, Baena, Carlota y Fernán Nuñez, entre otros. "Una de las expediciones más sangrientas fue en Baena. Es conocido que en esta localidad las fuerzas fascistas hicieron una masacre pública en la plaza del pueblo. En Fernán Nuñez, también se hizo otra masacre. Alrededor de 60 personas, incluidas el alcalde legítimo de la localidad, fueron fusilados en una cuneta", explica Moreno.
A finales del mes de julio de 1936, el "Escuadrón" de Cañero recibió otra misión: "Limpiar la sierra de marxistas". Por lo que su función pasó entonces a realizar "razzias por las Ermitas, El Brillante, etc.". "Otra misión que recibió el 'Escuadrón Cañero' fue recorrer a caballo las cercanías de Córdoba en busca de los fugitivos y llevarlos a la capital para ser, posteriormente, fusilados", señala Moreno, que añade que sólo en Córdoba capital fueron fusilados 4.000 republicanos cuyos restos descansan en los dos cementerios de la ciudad.
En el 36, se encargó al "Escuadrón" de Cañero "Limpiar la sierra de marxistas"Los servicios prestados por Cañero a la causa nacional y su fama como rejonero le valieron para ocupar un puesto de concejal en el Ayuntamiento de Córdoba de la dictadura franquista. Cargo, que la guía de arquitectura editada por el Consistorio cordobés reconoce, pero que olvida mencionar que ese cargo le fue concedido durante los primeros años de la dictadura franquista. Porque no es lo mismo ser concejal en una dictadura que concejal tras unos comicios libres en democracia "La guía es un dislate. Se nos oculta gran parte de la información biográfica de Cañero para presentarlo como benefactor de una ciudad. Es como si nos presentaran a Franco como benefactor de España por los pantanos que construyó", sentencia Francisco Moreno.
Este medio ha contactado con el Ayuntamiento de Córdoba para tratar de recabar su versión sobre la polémica guía y la definición de Antonio Cañero. No obstante, a la hora del cierre de esta edición, Público aún no ha recibido ninguna respuesta por parte del Consistorio cordobés.

"La derecha, lanzada a la recuperación de su memoria"

Llama la atención la desmemoria del actual Consistorio de Córdoba respecto a la biografía de Cañero, sobre todo, cuando la información sobre el rejonero se puede encontrar también en la información oficial que facilita la Junta de Andalucía.
Así, la Dirección General de Memoria Democrática de la Junta señala en su página web: "Los caballistas de la capital, capataces y aperadores de las grandes fincas, se agruparon bajo el mando del rejoneador Antonio Cañero y crearon el Escuadrón de Cañero, que actuaron en Almodóvar del Río. Desde el segundo día de la sublevación se enviaron tropas a localidades vecinas para dominar la zona, como fue el envío a Alcolea, La Carlota, Santa Cruz, Espejo, Castro del Río, Baena, Nueva Carteya, La Victoria, Cerro Muriano, Villarrubia, Pedro Abad..."
"La derecha española no ha roto con el franquismo"Para el historiador Francisco Espinosa el repentino olvido del pasado de Cañero en la guía de Córdoba no es un hecho aislado. Se enmarca dentro de un movimiento de la derecha para tratar de recuperar su propia memoria histórica. "La derecha está tratando de rescatar figuras del fascismo español y no sucede solamente en Córdoba, también en el resto del país. Este movimiento se ha puesto de relieve, por ejemplo, en Sevilla cuando han intentado quitar el nombre de calles a destacados fascistas y el Ayuntamiento lo que ha hecho ha sido dejar el nombre añadiendo su profesión. Un ejemplo fue con Ruiz de Alda, a quien añadieron 'aviador' o con José María Pemán, al que le añadieron 'poeta'", explica Espinosa.
"La derecha española no ha roto con el franquismo. En Europa, la derecha rompió con el fascismo a raíz de su derrota en la II Guerra Mundial. Aquí no. Ningún partido de derecha en Europa puede sostener las barbaridades que aquí dice la derecha sobre el franquismo", opina Espinosa, que sentencia con una ironía: "Cualquier día nos encontraremos una plaza dedicada a Franco resaltando su condición de poeta, de artista, o de lo que sea".

Poema dedicado a Cañero

La fama de Antonio Cañero y su escuadra, así como sus andanzas a lomos de sus caballos, llegaron a la zona republicana. Un poeta anónimo, que firma como Pepe Tito, le dedicó este poema que, a continuación, Público reproduce:
Cañero,
ya que has caído tan bajo,
ponle una moña a Cascajo
en lo alto del lucero.
Entre los cuernos fascistas
Cañero rejonea.
Entre cornudos de pista
la jaca caracolea.
Capitán de chulería,
señorito picador,
si afino la puntería,
no habrá rejoneador.
Llena las calles de Córdoba
con regodeos de los finos;
fascistas de a caballo
entre escuadrón de asesinos.
Majadero de cuatro patas,
caballista de tronío,
comandante de las ratas,
traidor de mucho sonío.
Todo lo debes al pueblo;
hasta tu nombre, Cañero.
Prepárate a devolverle
nombre y vida, majadero.
Pepe Tito, uno de Caballería, Venceremos, Jaén, 30-8-36).

viernes, 22 de noviembre de 2013

PRENSA. "Ahogar la protesta política con el rigor de las multas"

Manifestantes se enfrentan a un nutrido despliegue policial al lado de Congreso de los Diputados. / BERNARDO PÉREZ. ("el país")

   En "El País":

Ahogar la protesta política con el rigor de las multas

Expertos constitucionalistas advierten de que la reforma de la Ley de Seguridad Ciudadana puede invadir derechos fundamentales

 Madrid 21 NOV 2013 

El año que está a punto de acabar ha popularizado en España la palabra escrache (protestas de los ciudadanos ante las viviendas de representantes políticos) y ha estado marcado por un flujo incesante de mareas: la marea blanca en defensa de la sanidad pública, la verde (educación), la naranja (servicios sociales)... Una avalancha de protestas, concentraciones y manifestaciones que el Gobierno piensa atajar con la reforma de la Ley de Seguridad Ciudadana que tiene previsto sacar del horno en el Consejo de Ministros de este viernes. La reforma impondrá elevadas multas y castigos a quienes protesten fuera del camino marcado por las autoridades. Y los expertos advierten de que bordea peligrosamente los límites que delimitan algunos derechos fundamentales.
La propuesta convertirá los escraches, la grabación y difusión de imágenes de policías en acto de servicio, las protestas sin permiso ante el Congreso, el Senado, los parlamentos autonómicos y los tribunales en faltas administrativas “muy graves”, multadas con hasta 600.000 euros, de acuerdo con el borrador que manejaba esta semana el Ministerio del Interior. Alterar el orden público con capucha o insultar a un policía en el transcurso de una manifestación será considerado falta “grave” y conllevará una sanción de 1.000 a 30.000 euros.
La oposición no ha tardado en apodar la norma como la ley de la patada en la boca en referencia, 20 años después, a la ley de la patada en la puerta, que contenía el precepto del código de seguridad ciudadana del ministro José Luis Corcuera, tumbado por el Tribunal Constitucional en 1993. “Es un absoluto disparate y parece un código disciplinario para militarizar la sociedad”, resume el magistrado emérito del Tribunal Supremo José Antonio Martín Pallín, que alerta de que recurrir una multa de estas dimensiones por la vía del contencioso administrativo puede suponer 2.000 euros solo en tasas, mientras que por lo penal es gratis.
Con este giro hacia la vía administrativa, más rápida y ejecutiva, el ciudadano tiene que demostrar su inocencia ante el tribunal, en lugar de ser el Estado el que pruebe la culpabilidad. “Es más fácil sancionar administrativamente que llevar el caso ante el juez”, explica el catedrático de Derecho Administrativo Juan Cruz Alli, que piensa que esta fórmula de penalizar a los manifestantes “es algo menos gravosa para los afectados —les evita el proceso judicial—, pero es más conveniente para la Administración porque es muy difícil ganar un recurso contra el Estado”. Cruz Alli considera que las faltas que prevé la nueva ley pueden ser difíciles de probar. En su opinión, se trata de una reforma reclamada por la propia policía y que “obedece a la realidad de los últimos años, en los que se ve impotente para multar a los manifestantes que provocan disturbios”.

Otras in

Uno de los aspectos de la reforma es la prohibición de manifestarse en determinados espacios públicos. Algo que convertirá en innecesarias las vallas que llevan más de un año amontonadas en las aceras de las calles colindantes al Congreso de los Diputados. Desde la convocatoria de la protesta Rodea el Congresoel 25 de septiembre de 2012, están permanentemente preparadas para fortificar la Cámara Baja ante eventuales protestas. La reforma prohibirá las manifestaciones y escraches en determinados perímetros urbanos en los que la policía podrá establecer “zonas de seguridad”, y el epicentro será el Congreso de los Diputados, incluso cuando no esté en actividad.
Este es el punto que más alerta a los constitucionalistas. “Habrá que ver cómo se desarrolla la ley pero, efectivamente, tiene puntos conflictivos que pueden entrar en colisión con derechos fundamentales como el de asociación o reunión. La redacción tendrá que ser bastante fina para no invadir libertades básicas”, apunta Yolanda González, constitucionalista de la UNED y catedrática Jean Monnet de la Comisión Europea. “Prohibir que una manifestación tenga un recorrido puede hacerse ad hoc, en condiciones reales de fecha, hora y circunstancias de la protesta, pero me parece más discutible excluir absolutamente un radio de la ciudad a las protestas. Especialmente las residencias privadas”, apunta. Y añade que no ve “nada excéntrico” en que el pueblo quiera protestar ante los representantes de su soberanía.
Javier García Roca, catedrático de la Universidad Complutense y vocal de la Asociación de Constitucionalistas de España, matiza sin embargo que “la restricción de las protestas en torno a los Parlamentos tiene lógica histórica. Durante la Revolución Francesa se prohibió porque los revolucionarios increpaban a la Asamblea desde los balcones”. En su opinión, “el derecho a manifestación conlleva unas molestias inevitables, pero deben ser ponderadas y no anular otros derechos como el funcionamiento normal de la Cámara o el derecho a la privacidad del domicilio, en el caso de los escraches”. El Código Penal ya castiga la concentración ante el Parlamento “si se altera el normal funcionamiento de la Cámara” y otros comportamientos previstos en la nueva del ministro de Interior, Jorge Fernández Díaz, cuando son constitutivos de delito, pero no en todos los casos.
El Tribunal Superior de Justicia del País Vasco, por ejemplo, consideró en abril que las concentraciones ante las viviendas de los políticos son una “perturbación desproporcionada”, pero asume que “el derecho a reunión no puede ser limitado a priori por disposiciones administrativas” y que, por tanto, no se puede blindar un perímetro antes de recibir una propuesta de recorrido de una manifestación. El fiscal general del Estado, Eduardo Torres Dulce, declaró en esta línea que no debe “criminalizarse” cualquier reunión o manifestación, y que la fiscalía solo analizará los escraches que tengan “trascendencia penal”.
El blindaje de las instituciones políticas y policiales responde, según los expertos, a su distanciamiento de la ciudadanía. Justo en el ecuador de la legislatura, el PP ha perdido 14 puntos de intención de voto desde que llegó al poder, el 20 de noviembre de 2011. El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, está valorado con un 2,45 en una escala de 0 a 10, según el CIS. “El Gobierno está utilizando la policía para protegerse de las acusaciones de corrupción. Una ley así les blinda más que un coche oficial”, exclama Manuel Ballbé, catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad Autónoma de Barcelona.
La ley de seguridad ciudadana sustituirá a la ley Corcuera de 1992, pero para algunos analistas es más retrógrada. “La ley nos llevaría al corcuerismo, al autoritarismo dentro de la democracia”, espeta Ballbé, también experto en seguridad ciudadana y en el proceso de desmilitarización de la Policía Nacional durante la Transición. El Tribunal Constitucional anuló el punto de la ley Corcuera conocido como “la patada en la puerta”, que permitía a la policía entrar en los domicilios de los sospechosos de tráfico de drogas sin orden del juez, al considerar que vulneraba la inviolabilidad del domicilio. Durante el año en que estuvo en vigor la normativa, la policía detuvo a unas 800 personas que tuvieron que ser absueltas tras la sentencia.
Interior “intenta remilitarizar la seguridad y radicalizar a los manifestantes con métodos provocadores de la policía”, apunta Ballbé. En su opinión, el objetivo no es otro que “poder criminalizar los movimientos ciudadanos”. “La prohibición de manifestaciones pacíficas en las cercanías del Congreso no tiene parangón en los países democráticos”, insiste.
En Europa, el país más restrictivo con el derecho a manifestación es Alemania, aunque en los últimos años han proliferado normas represivas con las protestas para controlar el orden público en varios países. Berlín estableció en 2008 unos permisos especiales para las manifestaciones que se organicen en las franjas de seguridad que rodean las sedes de tres de los llamados “órganos constitucionales”: amplias zonas anejas a las dos Cámaras legislativas federales y el Tribunal Constitucional. En Italia, pese a no estar prohibido por ley, la policía blinda las Cámaras durante las protestas. Solo Reino Unido está preparando una normativa similar a la ley Fernández. La policía británica ya tiene amplios poderes para modelar o prohibir manifestaciones y las restringe particularmente en las cercanías del Parlamento. El Gobierno está tramitando, además, una ley que reforzará los poderes de las autoridades locales para prevenir el gamberrismo y denegar los permisos de protestas si consideran que pueden molestar al vecindario. Prevé también multar a los asistentes a manifestaciones ilegales, aunque cada permiso seguirá siendo analizado caso a caso.
En Francia, las manifestaciones ante el Congreso de los Diputados requieren una autorización idéntica a cualquier otra protesta, aunque durante el último año han proliferado las manifestaciones a las puertas del Congreso, legales o espontáneas, en contra de la ley del matrimonio homosexual. Fueron toleradas en un principio y disueltas después.
A juicio de Ballbé, la ley Fernández recuerda a las primeras medidas sobre seguridad ciudadana del expresidente francés Nicolas Sarkozy, en su primera etapa de ministro de Interior entre 2002 y 2004, muy criticadas por criminalizar la pobreza. Bajo el paraguas de la lucha contra el terrorismo, el tráfico de armas y drogas, acabó focalizado en los disturbios callejeros. Dos años después, Sarkozy amplió los poderes de la policía y la gendarmería y llegó a penalizar las reuniones de jóvenes en las escaleras de los edificios.
España se caracteriza por su elevado índice de seguridad humana, un concepto de Naciones Unidas que, según Ballbé, “no se protege con policía, sino con intangibles como la seguridad social, la educación o la integración de la inmigración”. Con más de un 50% de paro, los jóvenes “se están comportando de una manera increíble. En otros países del mundo, en estas condiciones, el índice de criminalidad es muchísimo más elevado”, concluye el catedrático.
Con información de Miguel MoraWalter OppenheimerJuan Gómez y Pablo Ordaz.

Otras infracciones en la ley

Muy graves. Multas de 30.001 a 600.000 euros
  • Deslumbrar con dispositivos tipo láser a conductores de tren, metro o pilotos.
  • Las protestas no comunicadas o prohibidas ante infraestructuras críticas como centrales nucleares o pistas de aeropuerto.
Graves. Multas de 1.001 a 30.000 euros
  • Ofrecer, solicitar, negociar o aceptar servicios de prostitución cerca de colegios, parques o lugares donde se ponga en peligro el tráfico.
  • Poseer de manera ilícita, transportar, abandonar droga o los útiles para prepararla. También plantar cultivar estupefacientes como la marihuana aunque no sea para traficar.
  • Conducir cundas o taxi de las drogas que trasladan a drogadictos.
  • El botellón cuando perturbe la tranquilidad ciudadana.
  • Los daños a mobiliario urbano como marquesinas, papeleras o contenedores.
  • Obstaculizar la vía pública con neumáticos u otros enseres que impidan la normal circulación.
  • Escalar como acción de protesta edificios públicos o precipitarse desde los mismos.