Mostrando entradas con la etiqueta Auster. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Auster. Mostrar todas las entradas

miércoles, 18 de abril de 2012

PRENSA CULTURAL. "Babelia", Sobre el "Diario de invierno", de Paul Auster


   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Que el invierno le bendiga, señor Auster
   El escritor se lanza a tumba abierta y utiliza un lenguaje muy hermoso en su 'Diario de invierno'.
   En el libro libro se muestra complejo, hipersensible y torturado aunque también reconoce que ha sido bendecido por la suerte.

Carlos Boyero 14 ABR 2012

   La perversa anécdota la cuenta Christopher Hitchens en la impagable antología de sus ensayos, reportajes, perfiles y artículos titulada Amor, pobreza y guerra. Asegura que en París se acercó a James Joyce una dama de gesto embelesado y le suplicó que le permitiera besar la mano que había escrito Ulises. Él le contestó: “Permítame recordarle, señora, que esta mano ha hecho otras muchas cosas”. Vuelvo a encontrarme con esa aclaración sugerente, realista y cruel de Joyce en Diario de invierno, de Paul Auster, aunque este lo describe de forma más púdica. Según él, la señora no pretendía besar la mano del creador de Leopold Bloom sino algo más convencional como estrecharla.
   Auster cita la frase de Joyce para hablar de la relación que él ha tenido a lo largo de la existencia con sus manos, sus pies, su boca, sus piernas, sus sueños, su tos, sus resacas, sus ronquidos, ante la inminencia de que va a entrar en el invierno de su vida, de que como en la novela de Martin Amis ya sabe en qué consiste La información, en despertar a cierta edad en medio de la noche y que te asalte la inapelable revelación de que vas a morir, que eso puede ocurrir en cualquier momento, que lo que quieres se está yendo.
   Que nadie se alarme pensando que la búsqueda del tiempo perdido (y ganado) que ha emprendido ese escritor con pinta de estrella de cine, tan leído y admirado, tan cool, que comprensiblemente siempre ha estado de moda y llamado Paul Auster, es el ejercicio narcisista de alguien encantado consigo mismo cada vez que se mira en el espejo. Además de hablar de los órganos de su anatomía y las trascendentes cosas que le han ocurrido a estos, de trombos en sus piernas, cicatrices de los accidentes de infancia y adolescencia, lacerante sequedad de ojos y persistentes roturas de córnea, Auster describe con un lenguaje muy hermoso y la sensación de lanzarse a tumba abierta y no permitirse en ningún momento el lujo del autoengaño su recuerdo de todas las casas permanentes y lugares que ha recorrido en su vida, de su penosa convivencia con los ataques de pánico (“el pánico es la expresión de una huida mental, la fuerza que surge espontáneamente en tu interior cuando te sientes atrapado, cuando no puede soportarse la verdad, cuando resulta imposible afrontar la injusticia de esa verdad ineludible, y por lo tanto la única respuesta es la fuga, desconectar la mente transformándote en un cuerpo jadeante, crispado, delirante”, asegura Auster), de la mosqueante insistencia de toda su familia en morir de un repentino ataque al corazón (aunque en algún bendito caso, como el de su padre, este le enviara al otro barrio mientras estaba fornicando), de la desconexión con tu verdadera identidad (está convencido de que “todos somos extraños para nosotros mismos y si tenemos alguna sensación de quiénes somos, es solo porque vivimos dentro de la mirada de los demás”), de lacerantes enigmas familiares, de la paternidad, de amantes de las que deseaba enamorarse y no pudo y al revés, del infame descubrimiento de la gonorrea y del milagro de encontrarse con una puta que además de follar maravillosamente le recitaba a Baudelaire, de amores por los que luchó sin poder evitar su amarga extinción, de su genética capacidad para equivocarse de dirección al tomar cualquier camino, de la angustiosa imposibilidad de llorar ante las verdaderas tragedias y las pérdidas que sufres en la vida en un hombre cuyos ojos se humedecen frecuentemente con el cine, los libros, su tristeza o su soledad, de esa eterna máquina de escribir de segunda mano en la que ha intentado plasmar todo lo que le dictaba su imaginación, su cabeza y sus sentimientos.
   Pero este hombre tan complejo, hipersensible y torturado, también confiesa haber sido bendecido por la suerte (¿o habría que denominarlo como la música del azar?, recordando paradójicamente el título de una de las novelas más inquietantes y desoladoras que ha escrito) de llevar treinta años amando y siendo amado por una mujer, sin tormentas ni bajones, bendiciendo cada momento en su compañía. Y comparte la reflexión de Joubert de que el fin de la vida es amargo pero hay que morir inspirando amor (si se puede).
   El cansancio que sentía ante la escritura de Auster en los últimos tiempos ha desaparecido con este veraz y emocionante Diario de invierno. Me apena que llegue el final de un libro que he devorado de un tirón. Y me despido de él con un nudo en la garganta cuando Auster escribe: “Abrazando a tus hijos pequeños. Abrazando a tu mujer. Tus pies descalzos cuando te levantas de la cama y vas a la ventana. Tienes sesenta y cuatro años. Afuera, la atmósfera es gris, casi blanca, no se ve el sol. Te preguntas: ¿cuántas mañanas quedan? Se ha cerrado una puerta. Otra se ha abierto. Has entrado en el invierno de tu vida”.

   Diario de invierno. Paul Auster. Traducción de Benito Gómez Ibáñez. Anagrama. Barcelona, 2012. 248 páginas. 18,90 euros (electrónico: 14,99).

domingo, 2 de enero de 2011

NOVELA: "Sunset Park" (fragmento), de Paul Auster

Paul Auster

   Durante casi un año ya, viene tomando fotografías de cosas abandonadas. Hay como mínimo dos servicios al día, a veces hasta seis o siete, y siempre que entra con sus huestes en otro domicilio, se enfrenta con las cosas, los innumerables objetos desechados por las familias que se han marchado. Los ausentes han huido a toda prisa, avergonzados, confusos, y seguro que dondequiera que habiten ahora (si es que han encontrado un lugar para vivir y no han acampado en la calle), sus nuevas viviendas son más pequeñas que los hogares que han perdido. Cada casa es una historia de fracaso –de insolvencia e impago, deudas y ejecución de hipoteca– y él se ha propuesto documentar los últimos y persistentes rastros de esas vidas desperdigadas con objeto de demostrar que las familias desaparecidas estuvieron allí una vez, que los fantasmas de gente que nunca verá ni conocerá siguen presentes en los desechos esparcidos por sus casas vacías.
   Sacar la basura, llaman a ese trabajo, y él forma parte de un equipo de cuatro personas empleado por la Compañía Inmobiliaria Dunbar, que subcontrata sus servicios de "mantenimiento de viviendas" a los bancos de la zona que ahora son los dueños de las propiedades en cuestión. En las extensas llanuras del sur de Florida abundan esas estructuras huérfanas, y como a los bancos les interesa volverlas a vender cuanto antes, hay que limpiar, arreglar y preparar las casas desalojadas para enseñárselas a los posibles compradores. En un mundo que se viene abajo, abrumado por la ruina económica e implacables privaciones en incesante aumento, sacar la basura es uno de los pocos negocios florecientes en la zona. Sin duda tiene suerte de haber encontrado ese trabajo. No sabe cuánto tiempo podrá seguir aguantándolo, pero el salario es bueno, y en un país donde cada vez escasea más el empleo, seguro que es una buena ocupación.
   Al principio, se quedaba estupefacto por el desorden y la suciedad, el abandono. Rara vez entra en una vivienda que sus antiguos dueños hayan dejado en prístinas condiciones. Lo más frecuente es que se haya producido un estallido de ira y violencia, una orgía de caprichoso vandalismo a la hora de marcharse: desde dejar los grifos de los lavabos abiertos y las bañeras desbordándose hasta muros demolidos a mazazos, paredes cubiertas de pintadas obscenas o agujereadas a balazos, sin mencionar las tuberías de cobre arrancadas, las alfombras manchadas de lejía, los montones de mierda depositados en la sala de estar. Son ejemplos extremos, quizás, actos impulsivos provocados por la rabia de los desposeídos, expresiones de desesperación, vergonzosos pero comprensibles, y aunque no siempre le da repugnancia entrar en una casa, nunca abre la puerta sin un sentimiento de aprensión. Inevitablemente, lo primero con lo que hay que lidiar es el olor, la embestida de aire enrarecido que le penetra súbitamente por las ventanas de la nariz, los omnipresentes y mezclados olores a moho, leche agria, excrementos de gato, retretes con una costra de porquería y alimentos podridos en la encimera de la cocina. Ni con el aire fresco entrando a raudales por las ventanas abiertas se elimina esa peste; ni siquiera la limpieza más atenta y escrupulosa puede borrar el hedor de la derrota.
   Después, siempre, están los objetos, las pertenencias olvidadas, las cosas abandonadas. A estas alturas, ya tiene miles de fotografías, y entre su creciente archivo pueden encontrarse imágenes de libros, zapatos y cuadros al óleo, pianos y tostadoras, muñecas, juegos de té y calcetines sucios, televisores y juegos de mesa, vestidos de fiesta y raquetas de tenis, sofás, lencería de seda, pistolas de silicona, chinchetas, soldaditos de plástico, barras de labios, rifles, colchones descoloridos, cuchillos y tenedores, fichas de póquer, una colección de sellos y un canario muerto que yace en el fondo de su jaula. No sabe por qué se siente impelido a tomar esas fotografías. Comprende que es una empresa vana, que a nadie puede ser de utilidad, y sin embargo cada vez que pone los pies en una casa, siente que las cosas lo llaman, que le hablan con las voces de la gente que ya no está, pidiéndole que las mire una vez más antes de que se las lleven. Los demás miembros de la cuadrilla se burlan de él por esa manía de sacar fotos, pero no les hace caso. No cuentan mucho en su opinión, y los desprecia a todos. Victor, el tarado, jefe del grupo; Paco, el parlanchín tartamudo, y Freddy, el gordo jadeante: los tres mosqueteros de la fatalidad. La ley dispone que todos los objetos recuperables que superen un determinado valor deben entregarse al banco, que a su vez está obligado a devolverlos a sus dueños, pero sus compañeros se quedan con lo que se les antoja sin darle mayor importancia. Lo consideran estúpido por desdeñar el botín –botellas de whisky, radios, reproductores de cedés, un equipo de tiro al arco, revistas porno–, pero lo único que él quiere son fotografías: no las cosas, sino sus imágenes. Lleva ya algún tiempo procurando hablar lo menos posible en el trabajo. A Paco y Freddy les ha dado por llamarle El Mudo.
   Tiene veintiocho años, y a su leal saber y entender, carece de ambiciones. De ambiciones desmedidas, en cualquier caso, y de ideas claras en cuanto a labrarse un posible porvenir. Sabe que no se quedará mucho tiempo más en Florida, que está llegando el momento en que sentirá el impulso de ponerse otra vez en marcha, pero hasta que esa necesidad emocional madure y se transforme realmente en acto, se contenta con permanecer en el presente sin mirar hacia delante. Si algo ha conseguido en los siete años y medio pasados desde que dejó la universidad y se puso a trabajar por su cuenta, es esa capacidad de vivir en el presente, de limitarse al aquí y ahora, y aunque no sea el logro más laudable que quepa imaginar, alcanzarlo le ha costado considerable disciplina y dominio de sí mismo. No tener planes, que es lo mismo que carecer de deseos y esperanzas, contentarse con su suerte, aceptar lo que el mundo ofrece cada día; para vivir así hay que querer muy poca cosa, tan poco como resulte humanamente posible.
   De manera gradual, ha ido reduciendo sus deseos hasta lo que ahora se acerca a lo justo. Ha dejado de fumar y de beber, ya no come en restaurantes, ni siquiera tiene televisor, radio ni ordenador. Le gustaría cambiar el coche por una bicicleta, pero no puede quedarse sin él, porque la distancia que debe recorrer para ir al trabajo siempre es muy grande. Lo mismo puede decirse del teléfono móvil que lleva en el bolsillo y que le encantaría tirar a la basura, pero también lo necesita para el trabajo y por tanto no puede pasarse sin él. La cámara digital ha sido un lujo, quizá, pero dada la monótona y agotadora rutina del trabajo de limpieza, tiene la impresión de que le está salvando la vida. Paga poco de alquiler, porque vive en un apartamento pequeño, en un barrio humilde, y aparte de gastar dinero en necesidades básicas, el único lujo que se permite es comprar libros, volúmenes de bolsillo, narrativa en su mayor parte, novelas norteamericanas, británicas, traducidas de lenguas extranjeras; pero en el fondo los libros no son lujos sino necesidades, y la lectura es una adicción de la que no desea curarse.
   De no haber sido por la chica, probablemente se habría marchado antes de fin de mes. Tiene ahorrado lo suficiente para irse a donde le dé la gana, y no hay duda de que está harto del sol de Florida, del cual, tras mucho estudio, cree ahora que es más perjudicial que beneficioso para el espíritu. En su opinión es un sol maquiavélico, un sol hipócrita, y la luz que genera no ilumina las cosas sino que las oscurece: cegando con su continua y excesiva refulgencia, machacándole a uno con sus ráfagas de vaporosa humedad, desequilibrándolo con sus reflejos de espejismo y trémulas oleadas de vacío. Todo es brillo y resplandor, pero no ofrece sustancia, ni tranquilidad ni tregua. Sin embargo, fue en esa luz donde vio a la chica por primera vez, y como es incapaz de renunciar a ella, continúa viviendo bajo ese sol al tiempo que trata de reconciliarse con él.

domingo, 12 de diciembre de 2010

PRENSA. 12 diciembre 2010

En "El País" y suplementos:

1. Prometeo. Columna de Manuel Vicent.

2. "El Tea Party, un invento de una clase media acomodada, no durará". Entrevista al escritor Paul Auster. Por Eduardo Lago.

3. ¿Dónde está todo el mundo? Reportaje de Javier Sampedro. Hay vida microbiana en unos entornos considerados hasta ahora inhabitables - La ciencia se pregunta si es un fenómeno generalizado en el Universo.

4. "Si no la cuelgan, la mataremos nosotros". Reportaje de Ana Gabriela Rojas. La presión de los extremistas complica el perdón presidencial a la condenada por blasfemia en Pakistán.

5. En defensa de Wikileaks. Artículo de Ernesto Hernández Busto, ensayista (premio 'Casa de América' 2004). Desde 2006 edita el blog de asuntos cubanos PenúltimosDías.com. La Red supone el único reto serio a ciertos poderes constituidos, capaz de garantizar de facto un estado de transparencia. Su clima de seudonarquismo y desobediencia civil ya forma parte del espíritu de esta época.

6. Vida de Juan. Por Elvira Lindo.

7. La prehistoria hecha Best-Seller. Entrevista. Por Jacinto Antón. Ha vendido 45 millones de novelas de la serie paleolítica que inició ‘El clan del oso cavernario’. Treinta años después publica el sexto y último episodio. Jean Auel nos recibe en su hogar de Portland, donde guarda la estatua de un mamut y hasta una hoja de sílex.

8. Machismos involuntarios. Por Javier Marías.

martes, 8 de diciembre de 2009

PRENSA. 8 diciembre 2009



En "El País":

1. Entre todos. Columna de Rosa Montero sobre internet y las descargas libres.

2. El ministro Solé Tura y el Cervantes de Ayala. La viuda de Francisco Ayala, Carolyn Richmond, escribe estas palabras de agradecimiento al recientemente fallecido Jordi Solé Tura.

3. "Mi última carta: me fusilan hoy". Reportaje de Jacinto Antón. 'Vivir a muerte' reúne misivas de resistentes franceses condenados a la pena capital.

4. "El arte es un juego que hay que tomarse en serio". Entrevista a Paul Auster, por Andrea Aguilar. El autor de 'Trilogía de Nueva York' vuelve en su nueva novela, 'Invisible', a algunos escenarios de juventud como París o Columbia. Es un libro poblado por jóvenes escritores víctimas del azar, el amor y la violencia.

5. Diferencias indiferentes. Fernando Savater escribe sobre Menú degustación: la ocupación del filósofo, de Manuel Cruz, y se centra en el problema de las diferencias.

6. Lo peligroso es no ensayar en niños. Reportaje de Jaime Prats. La mayoría de fármacos administrados a menores sólo se prueban en adultos. No son rentables para las farmacéuticas. Europa obliga a un cambio.

7. Europa reclama más ambición. Reportaje de Rafael Méndez sobre la Cumbre de Copenhague sobre el cambio climático.

8. Viñedos en las tierras del frío. Reportaje sobre el cambio climático en la Europa del Norte. Por Clemete Álvarez.

9. La apología que nunca existió. El escritor Enrique Lynch escribe sobre la violencia de género, a propósito de la polémica levantada por un anterior artículo suyo.

10. El Sahel, nuevo escenario de Al Qaeda. Artículo de María Amparo Tortosa Garrigós, consultora de organismos internacionales en zonas en conflicto. Experta en terrorismo yihadista. El 'yihadismo' ha encontrado al sur del Sáhara un terreno propicio para la predicación, el reclutamiento y la acción. España debe impulsar un plan europeo para combatir este peligroso fenómeno desde la raíz.

11. Revolución violeta en Italia. Artículo de Jean-Marie Colombani sobre la manifestación contra Berlusconi.

12. El cambio masculino. Artículo de Flor de Torre, coordinadora de la Red de Fiscales Andaluces de Violencia a la Mujer.

lunes, 23 de noviembre de 2009

PRENSA. AVANCE EDITORIAL. "Invisible", novela de Paul Auster



En "elpais.com", Winston Manrique Sabogal nos ofrece la siguiente información:

El nuevo salto de Paul Auster


'Invisible' es la nueva novela del neoyorquino protagonizada por un poeta en ciernes, y que hoy avanza 'Babelia'.
 
Paul Auster da un salto literario en su nueva novela: Invisible (Anagrama). Esta vez el autor neoyorquino se sirve de tres narradores para contar una historia que oscila entre 1967 y 2007. Es la vida de un veinteañero que sueña con ser poeta y que conoce a una pareja de franceses, a partir de lo cual su vida se precipita hacia un juego perverso de ilusión, exploración, y peligro. Una historia marca Auster que Babelia avanza hoy en ELPAÍS.com, ya que la novela llegará a las librerías el 1 de diciembre.
Recién publicada en Estados Unidos, Invisible es la sinuosa carrera de una ilusión y de los meandros del deseo. Una muestra de la búsqueda de una identidad y de una verdad en una narración con trazos filosóficos. Guerra de Vietnam, Francia, el Caribe, poesía, seducción, peligro, azar y memoria mezclados con la rabia juvenil y el desenfreno sexual son algunos de los temas y escenarios tratados aquí por quien obtuviera el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2006.
Los seguidores de Paul Auster (1947) pueden leer en ELPAÍS.com el arranque de Invisible: "Le estreché la mano por primera vez en la primavera de 1967. Por entonces yo era un estudiante de segundo curso en Columbia, un muchacho sin formar con ansia de libros o la creencia (o ilusión) de que algún día tendría las suficientes cualidades para considerarme poeta, y como leía poemas, ya conocía a su tocayo del infierno de Dante, un muerto que iba arrastrando los pies por los últimos versos...".

Podemos leer aquí el primer capítulo de la novela.