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miércoles, 29 de junio de 2016

HOLOCAUSTO. "Los engranajes del infierno nazi"

   En "El País Semanal":

Los engranajes del infierno nazi

Un libro revisita los campos de concentración, factorías del odio donde se exprimió y exterminó a millones de seres humanos




Escuchad, basura, ¿sabéis dónde estáis? Estáis en un campo de concentración. ¡Tenemos métodos propios! Tendréis ocasión de probarlos. Aquí no se vaguea, y nadie escapa. Los centinelas tienen instrucciones de disparar sin previo aviso a quien trate de fugarse. ¡Y contamos con la élite de las SS! Nuestros hombres son grandes tiradores”. Las palabras de bienvenida que brindaba a los presos el Standartenführer Hermann Baranowski, comandante de Dachau, son, sin duda, una introducción muy directa a lo que era un campo de concentración nazi.
En general, la expresión “campo de concentración nazi” concita un mundo de niebla y dolor compuesto de retales de violencia y espanto. Un universo desordenado de imágenes y lecturas impactantes, de testimonios reales y reconstrucciones desde la ficción. Una generación los descubrimos en las novelas de Leon Uris (Mila 18, Armagedón, QB VII), la serie de televisión Holocausto y La decisión de Sophie, otras en La lista de SchindlerLa vida es bella El niño del pijama de rayas.
El diario de Ana Frank; los libros de Primo Levi; La pasajera, de Andrzej Munk; Shoah, de Lanzmann; incluso la polémica El portero de noche, de Liliana Cavani…, son algunos de los muchísimos elementos que componen nuestra prismática visión de los campos, a la que no cesan de llegar nuevas aportaciones tan extravagantes como las recientes novelas La zona de interés, de Martin Amis, y En el paraíso, de Peter Matthiessen.

“No hay respuestas fáciles. no hay prisioneros típicos ni típicos guardianes. la historia de los campos es un cambio constante”

Algunos hemos tenido además el oscuro privilegio de visitar Auschwitz, contemplar los crematorios de Ravensbrück de la mano de la deportada Neus Català, enfrentarnos a las pilas de viejos zapatos de los gaseados en Majdanek y a las pesadas sombras de Sobibor, escuchar a Semprún una tarde hablar de Buchenwald, y a Imre Kertész, y a Gitta Sereny…, o ver el número tatuado en el antebrazo de David Galante mientras el superviviente de Birkenau describía quedamente la selección, las chimeneas y los fuegos. En ese caleidoscopio, en ese puzle de aflicción y crueldad cuesta tener una visión de conjunto, global, objetiva y científica.
Eso es lo que nos aporta ahora, más allá del familiar espectáculo de las zanjas rebosantes de cadáveres, los cuerpos enflaquecidos, el perfil de las torres y las cercas de alambre, los hornos y los guardias de la calavera, el historiador Nikolaus Wachsmann, autor de la monumental KL, Historia de los campos de concentración nazis (Crítica). En sus más de un millar de páginas –más de 300 de notas y bibliografía–, el autor recorre todos los campos de las SS desde sus orígenes hasta su final trazando una historia íntegra, completa, del sistema concentracionario. Desde la creación de Dachau, el primer campo, abierto en marzo de 1933, hasta la del de Dora-Mittelbau, el último, en otoño de 1944 (con sus dantescos túneles dedicados a la fabricación de la cohetería nazi), y las marchas de la muerte y la liberación. Una historia en la que escuchamos continuamente, entre los datos concisos, las voces de los presos y los guardianes, las víctimas y los verdugos, los perpetradores y los martirizados. Una de las cosas más notables del libro es precisamente que sin dejar nunca de ser un ensayo científico, cuantificador y esclarecedor, jamás es frío, sino que está lleno de nombres y caras y recorrido por un enorme sentido de la humanidad. Hay que alabar asimismo el magnífico pulso narrativo del autor, que contribuye a que la obra pueda conectar no solo con el especialista, sino con el gran público. Wachsmann destaca que los campos, “en los que se vivía un terror desenfrenado”, encarnan como ninguna otra institución del III Reich el espíritu del nazismo.
La cita con Nikolaus Wachsmann (Múnich, 1971) es en Londres, en cuya universidad enseña historia alemana moderna. En principio habíamos quedado en las salas de la exposición sobre el Holocausto en el Imperial War Museum, pero finalmente prefiere la mucho más sobria Wiener Library. Como tengo tiempo me acerco al primer destino. Nunca deja de conmoverme esa exhibición, probablemente la mejor plasmación en formato expositivo que se ha hecho nunca del genocidio judío (no en balde la asesoró el gran historiador especialista en el Holocausto David Cesarani, fallecido, por cierto, el pasado octubre). Es una visita dolorosa. Hay algunos elementos cuya visión es casi insoportable: la fotografía a gran tamaño de un soldado de los Einsatzgruppen a punto de disparar su pistola sobre un judío arrodillado ante una fosa común en Vinnitsa (Ucrania) que mira a la cámara; las imágenes de las excavadoras arrastrando cadáveres en Bergen-Belsen, la mesa de disección… Me siento a repasar el libro de Wachsmann frente a la gran maqueta blanca de Auschwitz que representa a escala la entrada de Birkenau, la plataforma de selección y, al extremo, las cámaras de gas y crematorios II y III en mayo de 1944 durante la llegada de un convoy de judíos húngaros, cuyo exterminio convirtió al campo en el epicentro de la Solución Final y lugar del mayor asesinato en masa de la historia moderna. Uno podría pasarse la vida ante ese horror en miniatura, tratando de entender.
La Wiener Library para el estudio del Holocausto y el genocidio, una de las colecciones más importantes del mundo de documentos sobre el tema, se encuentra en Russell Square, junto a los jardines, a tiro de piedra del British Museum. La colección fue fundada por el judío alemán Alfred Wiener y su material ayudó a llevar a los criminales nazis ante la justicia. En la recepción me encuentro con Wachsmann, sorprendentemente joven y vestido de manera tan informal que me hace sentir improcedentemente arreglado con mi americana. Nos instalamos en la biblioteca del primer piso, que aún no ha abierto al público, rodeados por paredes cubiertas de estanterías hasta el techo con libros sobre temas como la eutanasia y la doctrina racial, los crímenes de guerra, los guetos o las SS. Un gran ventanal da al parque en el que corretean ardillas grises. Gris Feldgrau, anoto mentalmente.
Le digo a Wachsmann que sorprende descubrir en su libro que en Auschwitz se exterminó a otras personas (prisioneros de guerra soviéticos) antes que a los judíos o que Dachau no era en su inicio un mal sitio, ¡hasta se permitían las visitas! “Al principio, pero en cuanto las SS se hicieron con el control las cosas empezaron a cambiar y la vejación y el maltrato se convirtieron en el sello del sistema; la muerte dejó de ser una excepción”. Al final morirían casi 40.000 presos en Dachau. En total, contabiliza el historiador, las SS instauraron 27 campos de concentración principales y otros 1.100 secundarios, una verdadera telaraña de sufrimiento y terror. No todos existieron al mismo tiempo, unos se abrían y otros se cerraban. Dachau fue el primero, y el único que estuvo siempre en funcionamiento. De los 2,3 millones de personas, hombres, mujeres y niños, que fueron a parar a los campos entre 1933 y 1945, 1,7 millones murieron allí, casi un millón de judíos, aunque también otras víctimas muchas veces olvidadas, recalca el historiador, como los marginados sociales, los homosexuales (que sufrieron especialmente por la brutal homofobia de las SS) o los gitanos (a los que también tenían gran ojeriza las SS: Höss, el comandante de Auschwitz, creía que habían intentado raptarlo de niño).
Liberación de un tren de la muerte de Bergen-Belsen a su paso por las proximidades de Magdeburgo el 13 de abril de 1945.


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Liberación de un tren de la muerte de Bergen-Belsen a su paso por las proximidades de Magdeburgo el 13 de abril de 1945.


¿Cuál era el propósito de los campos? “Obedecían a diferentes fines. Esencialmente eran parte de la red de terror de Estado que incluía los tribunales, la policía, las cárceles o los guetos. El KL [Konzentrationslager, campo de concentración en alemán] debía erradicar a aquellos señalados como enemigos sociales, raciales y políticos para crear una comunidad nacional uniforme y sana. Esa función adoptó, progresivamente, diferentes formas, en constante evolución y solapamiento, como el trabajo forzado, el asesinato selectivo, los experimentos humanos y el exterminio masivo. Los campos eran muy polifacéticos, algo que la gente no suele ver”.
De su libro KL explica que “es fruto de un largo proceso”: “Una de las cosas que me parecía fundamental era integrar las dos visiones, la de las víctimas y la de los perpetradores”. “Cuanto más leía e investigaba sobre los campos, más cuenta me daba de lo complicada que es su historia. No hay respuestas fáciles, no hay prisioneros típicos ni típicos guardianes, ni campos típicos. La historia de los campos es la de un cambio constante, muy dinámica, no es rectilínea, ni siempre coherente. La impunidad en el asesinato de presos, por ejemplo, se alcanzó solo gradualmente, y varios de las SS se sentaron en el banquillo de los acusados por malos tratos en 1934. En 1937 morían de media en los grandes campos (Dachau, Sachsenhausen y Buchenwald) solo cuatro o cinco prisioneros al mes. En 1941, 463 reclusos perdieron la vida solo en Dachau. En septiembre y octubre de 1941, las SS ejecutaron a 9.000 prisioneros soviéticos en Sachsenhausen, 300 al día, y los quemaron. El mayor asesinato en una sola jornada tuvo lugar en Majdanek, el 3 de noviembre de 1943, cuando 18.000 judíos fueron eliminados a tiros; denominaron aquello Operación Fiesta de la Cosecha. Sin embargo, hubo un momento, antes de la guerra, en que los campos casi desaparecieron. Y otro en el que, aunque parezca increíble, Himmler, su gran artífice, mandó que se matara menos para aprovechar la mano de obra”.
Apunta el autor que la propia relación de los campos con el Holocausto –la parte de la historia de los KL que más ha impactado en la imaginación popular–, cómo se implicaron en él y cómo los nazis acabaron perpetrándolo en sus instalaciones, es muy distinta de lo que se suele creer. De hecho, cuando el Holocausto entró en los KL, “muchos de sus elementos estructurales ya habían aparecido antes de que las SS cruzaran el umbral del genocidio judío”. Los “mecanismos esenciales del Holocausto” –el engaño, la muerte de prisioneros inútiles para trabajar, el exterminio masivo, incluso el uso del gas y la profanación de los cadáveres– ya estaban implantados en 1941 en algunos campos como Auschwitz, aunque aún no se tenía en mente la matanza sistemática de judíos en sus instalaciones.
Una de las aseveraciones más impactantes de Wachsmann es que “hay que desmitificar Auschwitz” en la concepción popular de los campos. Auschwitz, afirma, era una singularidad en el sistema KL, y “no era inevitable”. La transición de Auschwitz (abierto el 14 de junio de 1940 para doblegar a los polacos conquistados) de campo de concentración a campo de exterminio “fue casi casual”, y Auschwitz, recalca, pese a representar para todo el mundo el símbolo del Holocausto (allí se asesinó a casi un millón de judíos, más que en cualquier otro lugar), no fue creado especialmente para exterminar a los hebreos ni fue esa su única razón de existir. Como sí lo fue, en cambio, la de otros campos que funcionaban de manera independiente en el sistema KL, los campos de la muerte, como Belzec, Sobibor y Treblinka.

“El mayor asesinato en una sola jornada tuvo lugar en majdanek, cuando 18.000 judíos fueron eliminados a tiros”

Auschwitz, recuerda Wachsmann, no fue porcentualmente el campo más letal: “Sobrevivieron decenas de miles de prisioneros mientras que de Belzec, por ejemplo –uno de los campos concebidos específicamente para matar judíos y en el que el exterminio se realizaba inmediatamente, como en Treblinka–, solo se conocen tres supervivientes”. Pero eso no es óbice, matiza, para que Auschwitz sea la capital de Holocausto. “Aunque funcionara como un híbrido, su papel fue central en la Solución Final”. En todo caso, recuerda, solo se mató allí a uno de los seis millones de judíos asesinados en Europa: el resto lo fue en zanjas y campos por todo el este o en los campos de la muerte como Treblinka.
El Holocausto no iba a parar, revela Wachs­mann. Cuando en noviembre de 1944, ante el avance de los rusos, los nazis desmantelan las cámaras de gas de Birkenau, lo hacen, explica, para enviarlas a un lugar ultrasecreto cerca de Mauthäusen, un último campo de exterminio donde planeaban seguir el asesinato en masa sistemático de los judíos.
¿Hasta qué punto sabía Hitler lo que ocurría en los campos? A diferencia de Himmler, que lo hacía con frecuencia, él nunca visitó ninguno, ¿no? “Probablemente no, se mantenía deliberadamente lejos del trabajo sucio, de todo lo que le pudiera restar popularidad; no le interesaban los detalles y delegaba. Los campos tenían siempre algo de sucio y pecaminoso; cuando hablaba en público de ellos, Hitler siempre recordaba que los habían inventado los británicos. Durante la investigación me pareció encontrar una foto en la que aparecía visitando uno, lo que me entusiasmó, pero finalmente no era él”. ¿Hitler sabía cómo se desarrollaba todo dentro? “Sí y no. Por supuesto todo emanaba de sus decisiones. Pero no era un micromanager como Himmler”.
Los campos de concentración no los inventaron los nazis, pero Wachsmann recalca que los hicieron muy diferentes. “Se ha tratado de relativizar los campos nazis comparándolos con el Gulag. A los nazis no les hacía falta copiar nada, tenían su propio modelo. No hay nada comparable con el lado tecnológico de los campos nazis y su culminación en el complejo de exterminio de Auschwitz. Como decía Hannah Arendt, si los campos soviéticos eran el purgatorio, los nazis eran el infierno. En el Gulag, el 90% de los presos sobrevivieron; en el KL, menos de la mitad. La violencia es un aspecto común, pero lo que hacía tan destructivos los campos nazis es su modernidad: el terror burocrático, la tecnología, el gas. Todo ese lado oscuro de la modernidad que poseían los campos. La modernidad no lleva inevitablemente al progreso y la civilización”.
¿Tienen los campos nazis una lección para nosotros en momentos en que se debaten en Europa recortes a las libertades para frenar el terrorismo y llegan oleadas de refugiados? “Es difícil de contestar. De manera rápida le diría que sí. Que son una advertencia. Pero ¡cuidado con los paralelismos fáciles! Muchas veces buscamos lecciones que el pasado no puede dar. No se puede predecir el futuro y una de las verdaderas lecciones de la historia es su complejidad. Mi libro en todo caso no va por esos derroteros, no quiero imponer mis visiones, yo señalo que no hay inevitabilidad en los procesos y el lector debe sacar sus propias conclusiones”.
Probablemente una de las cosas que sorprenderán a mucha gente es que los campos nazis se hicieron originalmente para llenarlos de alemanes. “Así es, para destruir a la izquierda alemana. Los nazis tenían una paranoia con los comunistas. Y recuerde que los alemanes no votaron masivamente a los nazis por ser antisemitas, sino para que alejaran el espectro de la izquierda y de una revolución. Los KL emergieron en ese contexto, luego, con la guerra, se llenaron de otros europeos, como los españoles republicanos enviados a Mauthausen en 1940, y de judíos”. Pero si eras judío, ya desde el principio, subraya Wachs­mann, eras peor tratado. “Desde luego el antisemitismo y la violencia contra los judíos están presentes en los campos desde el primer momento. No es una coincidencia que los primeros asesinados en Dachau sean judíos. Pero la idea de los nazis al crear los campos no es matar judíos. El plan es mucho más extenso. El KL es el gran arma de terror del régimen contra todos los que considera enemigos”. Apenas ha acabado de pronunciar la frase el historiador cuando una urraca se estrella contra el ventanal con un golpe sordo. Se marcha volando, pero la escena resulta extrañamente perturbadora.
Wachsmann continúa explicando que lo que ocurrió es que al empezar los asesinatos de manera bárbara de cientos de miles de judíos de los territorios ocupados en el este, con ejecuciones masivas y entierro en fosas, los líderes nazis pensaron que esa manera de proceder era insana para… las SS. “Les pareció que resultaba muy duro psicológicamente para los ejecutores matar así”. Entonces Himmler, tan preocupado por el decoro, buscó la manera de hacerlo más humano para los asesinos y se experimentó con diferentes métodos. Como las inyecciones letales y el gas, que ya se habían empleado en los campos en otro contexto, para eliminar a los prisioneros desechables o a los millares de soldados soviéticos capturados.
“Las SS”, dice Wachsmann, “habían recurrido a una serie de expertos en eutanasia, los de la famosa Aktion T4, que habían asesinado en Alemania a minusválidos y deficientes mentales, unas 80.000 personas, muchos por gas, en aras de la política hitleriana de eugenesia, para que aplicaran su experiencia criminal en los campos a partir de 1941”. Cuando se empezó a exterminar en masa a los judíos en Auschwitz, dice el historiador, la maquinaria asesina ya estaba engrasada y había matado a decenas de miles de personas.
Sorprende encontrar en un libro como KL, junto a todo el espanto, la congoja y el hedor, sentido del humor. Como el del comunista Hans Beimler, que, tras escapar de Dachau en 1933, envió desde Checoslovaquia una postal para las SS del campo en la que solo ponía: “Bésame el culo”. Un poco de luz entre tanta oscuridad. “Es algo intuitivo, no premeditado. Tenía que mantener de alguna manera una cierta distancia, pero al tiempo necesitaba mostrar empatía, es un libro que no ha sido fácil de escribir”.
Una cuestión resulta especialmente atormentadora. ¿Cómo pudieron encontrar los nazis a tanta genta malvada, más de 60.000, calcula el historiador, para llevar los campos? Wachsmann ríe con amargura. “Esa es una buena lección. La mayoría de los guardianes, que Himmler y Eicke veían como soldados políticos, una élite, no eran psicológicamente anormales. Podían mostrarse brutales y violentos, sí, pero luego tenían vidas perfectamente normales. Lo que lleva a la pregunta ¿por qué? Que fueran fanáticos creyentes no es toda la historia. Querían imponerse a otros, probarse a sí mismos, ser duros, demostrar masculinidad” –el historiador apunta que las mujeres guardianas nunca fueron miembros de pleno derecho de las SS, no había paridad en las SS–. “Pero los guardias no eran unos sádicos en general, solo unos pocos sufrían alguna disfunción psicológica. No había tantos monstruos como cree generalmente la gente. Ya lo dijo Primo Levi: lo más peligroso son los hombres ordinarios”. Eso no quita que hubiera verdaderos matarifes, como el Oberscharführer Martin Sommer, que en Buchenwald abusaba sexualmente de prisioneros, los mataba y los metía debajo de su cama, o el también suboficial Erich Muhsfeldt, que bromeaba en Majdanek saludando con las extremidades desgajadas de los cadáveres. El historiador destaca “la continuidad de los guardianes”: mandos y subordinados pasaban de un campo a otro, llevando consigo su experiencia acumulada y su camaradería en la violencia.
Un apartado del libro está dedicado a la suerte que corrieron los campos después de la guerra y hasta nuestros días. Wachsmann detalla las polémicas en torno a Dachau o Ausch­witz como lugares de memoria. ¿Qué futuro contempla para los KL que se conservan? “No soy museólogo. Captar la historia en un lugar es increíblemente difícil, y tratar de explicarla en un campo resulta interesante pero complejo. Hoy en día encuentras gente que se hace selfies en Auschwitz y hay un turismo de los campos. Se opta por explicar historias individuales para captar audiencia, quizá las viejas exhibiciones con paneles eran más claras. La historia de los campos cambia, como cambiaron ellos mismos. Hay nuevas formas de pensarlos. No tengo claro que esté dicha la última palabra sobre los campos de concentración nazis".

martes, 2 de febrero de 2016

CINE. "Auschwitz y la película que quizás nunca lleguemos a ver"

   En "cuartopoder":
71 AÑOS DE LA LIBERACIÓN DE AUSCHWITZ / EL HOLOCAUSTO EN EL CINE

Auschwitz y la película que quizás nunca lleguemos a ver

IVÁN REGUERA | Publicado: 
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Fotograma de ‘El hijo de Saúl’, última película  sobre el holocausto. / Sony Pictures
El acontecimiento crítico de lo que va de año es El hijo de Saúl, calificada ya como obra maestra y casi seguro Oscar a la mejor película extranjera tras su paso triunfal por Cannes (Gran Premio del Jurado y Premio FIPRESCI) y los Globos de Oro. El film se desarrolla en Auschwitz, un punto y a parte en la historia del hombre. Para muchos, como Adorno, un punto y final. Fue él quien dijo que “Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”. Se acaba de cumplir el 71 aniversario de su liberación.
Y aunque se ha tratado de forma muy taimada, Auschwitz no es nada sin el cine, sin las horripilantes imágenes que empezaron a llegar tras la derrota de los nazis. Uno de los films más importantes en este terreno es Memoria de los Campos (1945), basada en el espantoso material rodado por soldados cuando llegaron a los campos de Auschwitz, Bergen-Belsen y Dachau. El film fue un encargo del Cuartel General Supremo de la Fuerza Expedicionaria Aliada y en el que llegó a participar Alfred Hitchcok. Cuentan que el genio estuvo días con una depresión profundísima tras ver las imágenes en la sala de montaje.
Grandes directores de Hollywood como John FordJohn Huston o William Wilder participaron en la guerra, pero Billy Wilder, judío que había perdido a toda su familia en los hornos, fue de los pocos que lo hicieron en la liberación de los campos. Cuando llegó al terreno, quedó devastado y se propuso rodar un documental durísimo contra los alemanes. Siempre recordó un plano: el de un hombre esquelético y desahuciado que miró a su cámara con una fijeza espeluznante para, segundos después, caer muerto ante ella.   
Billy Wilder, por cierto, fue uno de los directores barajados para rodar La lista de Schindler, film que jamás veremos y que, a buen seguro, hubiese sido mucho más brutal y despiadado que el de Steven Spielberg. Wilder llegó a escribir un primer borrador del guión y quería que La lista de Schindler fuese su última película. Lástima, era un experto en trepas de moral muy cuestionable, como Schindler.
Hollywood comienza a atreverse con el horror de los campos con suma cautela. Una de las primeras películas que lo hace es El baile de los malditos (1958), de Edward Dmytryk. En ella podemos ver a un estupendo Marlon Brando como el teniente alemán Christian Diestl, que descubre, conmovido, lo que sus superiores han perpetrado en uno de los campos. Un año más tarde, se estrenaría la bien narrada pero demasiado hollywoodiense El diario de Ana Frank.
En 1961 llega una de las películas medulares sobre el Holocausto: Vencedores o vendidos, deStanley Kramer. Aunque se toma sus licencias históricas, como dar más importancia de la que tenía al juez norteamericano, es un film fabulosamente escrito, rodado e interpretado. Y con un reparto histórico: Spencer TracyBurt LancasterRichard WidmarkMaximilian Schell,Marlene DietrichJudy Garland y Montgomery Clift. En el film, y gracias a una proyección dentro del juzgado, el público de todo el mundo pudo ver las cámaras, los hornos y hasta lámparas hechas con piel humana. ¡Y qué diálogos! Lancaster (acusado y juez nazi): “Juez Haywood, la razón por la que le pedí que viniese… Aquella pobre gente… Aquellos millones de personas. Jamás supuse que se iba a llegar a eso. ¡Debe creerme! ¡Debe usted creerme!”. Tracy: “Señor Janning, se llegó a eso la primera vez que usted condenó a un hombre sabiendo que era inocente”.
Dos años después, Sidney Lumet estrenó El prestamista, basada en la novela de Edward Lewis Wallante y que nos habla de un prestamista judío en Nueva York que hace lo que puede para superar su paso por los campos, que vemos mediante flashbacks. Wallante logró excelentes críticas con su novela, pero murió joven. La versión de Lumet es brillante y su protagonista, Rod Steiger, fue nominado al Oscar.
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Cartel de la película ‘La decisión de Sophie’. / Wikipedia
El uso de los flashbacks también es característico en La decisión de Sophie(1982), de Alan J Pakula y con fotografía del maestro Néstor Almendros. La película tampoco se desarrolla íntegramente en los campos y son los flasbacks los que nos hablan de esa espantosa decisión de Sophie (que no revelaremos por si algún lector no la ha visto todavía), interpretada por Meryl Streep, que ganó el Oscar. Misma suerte debió correr su compañeroKevin Kline, pero ni siquiera llegó a ser nominado.

No fue la primera vez que Meryl Streep hacía de judía que sufre el extermino. En 1978 la miniserie Holocausto, de la NBC, causó un gran revuelo. En ella se representaron fielmente imágenes de los gaseados en las cámaras. Cuando la serie se emitió en Alemania (la RFA), grupos neonazis dinamitaron dos repetidores de televisión. En la serie, un personaje secundario parece hablar en nombre de un pueblo tan culpable como el alemán: “He visto y no he hecho nada en contra de lo que vi”.
Y llegamos a 1985 con una película que es el mejor trabajo cinematográfica sobre el Holocausto: la monumental Shoah, de Claude Lanzmann. De nueve horas de duración, se estrenó sin pena ni gloria tras once largos años de trabajo de su director. En España estuvo sólo dos días en un cine comercial. En Madrid y sin traducción en castellano. Ha sido emitido sólo en dos ocasiones por La 2 y de madrugada, con bajas audiencias.
Shoah se basa en una serie de entrevistas con víctimas y verdugos del Holocausto en los campos de exterminio. Lo más llamativo de Shoah es que hay una frase repetida en boca de muchos de los supervivientes y testigos: “Se acostumbra uno”. Uno se adaptaba a estar ordeñando sus vacas mientras, al otro lado de la alambrada, se escuchaban gritos de horror y muerte, mientras olía a carne quemada, mientras veía las pilas con ceniza. Se habituaba uno a conducir un tren cargado de judíos, muchos de los cuales no salían vivos de los vagones, bebés incluidos.
Shoah, además, es lo suficientemente valiente como para exponer que los alemanes no fueron los únicos cómplices del exterminio, impensable sin los bestiales ucranianos o los miserables civiles polacos, que se reían de los judíos cuando los veían pasar en los trenes de la muerte. Los campesinos les hacían el gesto del degollado (imagen usada en La lista de Schindler) cuando los judíos les preguntaban dónde estaban, desde las ventanillas de los vagones para ganado.
Lo más grandioso del trabajo de Lanzmann es que evita las imágenes de archivo, de cadáveres amontonados, del horror, y apuesta por una desnudez estética. Todo lo que vemos es a supervivientes recordando lo que pasó y bucólicos campos de la Europa del Este, esos hermosos y verdes parajes donde se erigió un complejo industrial de exterminio jamás visto en la historia humana.
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Cartel de la película ‘La lista de Schindler’. / Wikipedia
Fue precisamente Lanzmann uno de los cineastas más críticos con la que es hoy la película más popular sobre el Holocausto (aunque en ella Auschwitz esté tratado de refilón y de forma bastante tramposa): La lista de Schindler (1993). Lo explica muy bien Lanzmann: “A Spielberg le tengo mucho respeto como director, es un magnífico cineasta. Pero creo que, aunque pueda parecer extraño decirlo, no reflexionó suficientemente sobre el cine ni sobre la Shoah. Se limitó a reflejar un caso particular. Tampoco apruebo algunas escenas como la de la ducha de las mujeres en la que acaba saliendo agua, no gas. Para la mayoría de los judíos fue al contrario, salió gas por donde esperaban que saliera agua. Spielberg no tenía derecho a hacerlo, es un truco cinematográfico que induce a error. Además, en la película da a entender que hay una relación necesaria entre la Shoah y la creación del Estado de Israel. A mi juicio, fue un factor más, pero no se puede ofrecer una explicación tan lineal”.
Otros que le dieron buena leña a la película son los directores Stanley Kubrick y Terry Gilliam, que en 2014 citó al primero: “Tal y como dijo Kubrick, el problema de La lista de Schindler es que Steven hizo una película sobre el éxito, pero el Holocausto solo se puede tratar desde el fracaso”.
La gran duda hoy, y reconociendo lo valores formales de la cinta de Spielberg (la banda sonora de John Williams y la fotografía de Janusz Kaminski son sencillamente fabulosas) es qué hubiese rodado Roman Polanski, al que también se le ofreció hacer La lista de Schindler. Razonó su rechazo explicando que de niño había sufrido el Holocausto en Polonia y su madre acabó quemada en Autschwich. Afortunadamente para el cine, en 2002 estrenó la excelente y superiorEl pianista, con el que logró un muy merecido Oscar al mejor director.
Otra gran duda: ¿Cómo hubiese sido la visión de Stanley Kubrick sobre el Holocausto? Desgraciadamente, su proyecto Aryan Papers nunca vio la luz.
En 1997 se estrenó Bent, que trata de la represión a los homosexuales, y tres años después La zona gris, con Harvey Keitel. Pero son films olvidables. Como lo son, y mucho peor que eso, La vida es bella (también del 97) y El niño del pijama de rayas (2006), dos aproximaciones al horror de una deshonestidad y falta de criterio insultantes. La primera es una payasada infame y la segunda un cuentecillo simplón y tan inverosímil como el pésimo best seller en el que está basada. Del mismo año es El último tren a Auschwitz, bien intencionada pero nada novedosa.
En 2002 se estrenó Amén, en el que Costa-Gavras acusó nada menos que al Vaticano de su vergonzoso silencio ante el exterminio judío y a pesar de las evidencias. 
2008 fue el año la estupenda El lector, por la que Kate Winslet ganó el Oscar.
En 2014 pudimos ver La conspiración del silencio, ambientada en 1958, cuando un joven fiscal descubre pruebas para apresar a miles de antiguos soldados de las SS. La pregunta que uno se hace al ver esta correcta película es cómo fue posible que el pueblo alemán tapase lo perpetrado por sus autoridades. Hasta 1966 los alemanes no celebraron el llamado Juicio de Auschwitz. Un cuarto de siglo después del horror.
Lamentablemente, la recién estrenada El hijo de Saúl, primer largometraje del húngaro László Nemes, ha resultado ser una de las decepciones del año. Muchos teníamos esperanzas puestas en esta película, pero no se entiende su tan alabada realización. La historia se desarrolla en Auschwitz, pero nunca vemos su horror salvo mediante planos nada impactantes o fuera de campo, desenfocados. Una opción poco valiente y muy conservadora. El uso de la cámara, toda la película pegada al actor, resulta tan excesivo como exhibicionista.

Inspirada en algunos momentos clave de la historia del campo (como uno de sus motines o las fotos que se realizaron clandestinamente a una incineración de cadáveres), El hijo de Saúl tiene un guion flojo y una argucia argumental poco creíble tratándose de Auschwitz.  
El caso es que estamos ante otro intento fallido. Quizás tengamos que seguir esperando a la película que todavía no se ha hecho dentro de Auschwitz. Puede, eso sí, que el espantoso horror que se vivió allí sea imposible de rodar con veracidad porque resultaría imposible de soportar para cualquier espectador. Nos queda seguir esperando.  
 Avalon (YouTube)

lunes, 1 de febrero de 2016

CINE. HISTORIA. HOLOCAUSTO. Crítica de "El hijo de Saúl". Carlos colón

   En "El Día de Córdoba":
CRÍTICA DE CINE

Una obra maestra que representa el horror como nunca se ha hecho

CARLOS COLÓN | ACTUALIZADO 31.01.2016
zoom
László Nemes rodando con la cámara al hombro y a escasa distancia de su actor principal, Géza Röhrig.
EL HIJO DE SAÚL 

Drama/Holocausto, Hungría, 2015, 107 min. Dirección: László Nemes. Guión: László Nemes, Clara Royer. Fotografía: Mátyás Erdély. Música: László Melis.Intérpretes: Géza Röhrig, Levente Molnár, Urs Rechn, Sándor Zsótér, Todd Charmont, Björn Freiberg, Uwe Lauer. El Tablero.

Claude Lanzmann, autor de Shoah, la obra documental definitiva sobre el Holocausto, fue invitado a Cannes para asistir a la presentación de El hijo de Saúl, ópera prima del realizador húngaro László Nemes. Que Lanzmann, a sus 89 años y tras haber dedicado once de ellos a la realización de Shoah, le dijera a Nemes durante la proyección "usted es mi hijo" supone, en mayor medida que los muchos premios obtenidos -entre ellos el Gran Premio del Jurado de Cannes, el Globo de Oro y la nominación al Oscar-, el reconocimiento del rigor, seriedad, hondura, respeto y calidad deEl hijo de Saúl.

Dejo la palabra al propio Lanzmann, el juez más autorizado para valorar una obra de ficción sobre el Exterminio: "László Nemes ha creado algo nuevo en cine. Ha tenido la inteligencia de no intentar escenificar el Holocausto. Sabía que ni podía ni debía. El hijo de Saúl no es una película sobre el Holocausto, sino sobre lo que era la vida de los Sonderkommandos. Una vida muy corta. En la película son Sonderkommandos húngaros, llegados con los convoyes de judíos húngaros. Vivían experiencias espantosas. Los nazis los liquidaban cada poco tiempo y ellos lo sabían. Siempre he sostenido que es imposible representar la Soah porque no es concebible recrear la muerte en las cámaras de gas. Aquí no se trata de eso. El realizador se centra en estos comandos especiales encargados de la tarea atroz de forzar a otros judíos a desvestirse y entrar en las cámaras de gas. En Auschwitz, en las cámaras de gas de los crematorios 2 y 3, se hacía entrar a 3000 personas a la vez, hombres, mujeres y niños. Los comprimían a golpes hasta que no quedaba espacio entre ellos. Se cerraban las puertas y cuando caía el Zyklon B por las aberturas todos empezaban a asfixiarse. Como el gas subía de abajo hacia arriba el instinto hacía que los deportados se pisotearan entre ellos intentando respirar. Morían en la oscuridad, sin saber ni tan siquiera dónde estaban porque los gaseaban a las dos horas de llegar. Ese era el verdadero infierno de las cámaras de gas. ¿Cómo podría reconstruirse?".

Pues, como Lanzmann ha reconocido consagrando a esta película como la más cierta aproximación de la ficción al horror del Exterminio [en mi opinión junto a La zona gris de Tim Blake Nelson, pero superándola en rigor y dureza], László Nemes, pese a ser un debutante, lo ha logrado a través de una invención visual genial: durante toda la película el protagonista se mantiene en primer plano y se aprovecha la profundidad de campo con un ligero desenfoque para filmar el horror infilmable: cuerpos que llegan vestidos en los trenes, se desnudan, son empujados a las cámaras de gas, sacados de ella como sacos, transportados en elevadores y quemados. Una cadena que nunca cesa: trenes que no dejan de llegar, corredores por los que no dejan de ser empujados a palos miles de personas desnudas, cámaras de gas que solo están vacías cuando entre una matanza y otra se baldea la sangre para que los siguientes crean que son unas duchas, elevadores siempre subiendo cadáveres, hornos que nunca se apagan. Esto es lo que muestra sin profanarlo Nemes como un fondo dantesco, incesante, gracias al uso magistral de la profundidad de campo.

El detalle de este horror lo confía a una banda sonora genial de muy difícil construcción en la que no hay una sola nota de música y apenas diálogos -¿qué puede decirse allí?-, sino sólo órdenes ladradas, golpes, gritos desesperados, llantos de niños, estruendo de las puertas metálicas de las cámaras de gas cerrándose, golpes de las víctimas sobre ellas, alaridos de terror, blando golpear de desnudos cuerpos muertos cayendo sobre miles de otros cuerpos muertos; y, de principio a fin, el respirar incesante, industrial, de los crematorios. Como los judíos húngaros fueron exterminados casi al final de la guerra -se gaseó a 400.000 en tres meses- la fábrica de la muerte trabaja día y noche a un ritmo enloquecido que Nemes capta y transmite con una maestría que sobrecoge y deja exhausto, además de emocionalmente arrasado, a un espectador que, por primera vez en la historia del cine, puede sentir (no ver: sentir) algo remotamente parecido a lo que era aquel infierno sobre la tierra. Alemania sabía que había perdido la guerra y aceleraba las matanzas para culminar su misión histórica: asesinar a todos los judíos para erradicar, como dijo Hitler, la podredumbre de la compasión judía que alteraba la evolución de la especie humana, restableciendo la selección natural de los más fuertes. Anarquismo y nihilismo racial-zoológico se ha llamado a este proyecto que, desgraciadamente, no fue resultado de la locura sino de la racionalidad y la eficacia.


La película está basada en el libro Voces bajo la ceniza, formado por los testimonios escritos que algunos Sonderkommandos húngaros introdujeron en botellas que enterraron junto a los crematorios para dejar testimonio del horror. Ninguno sobrevivió. Las botellas fueron encontradas tras la liberación, algunas muchos años más tarde, y sus testimonios reunidos en este libro. A partir de ellos Nemes hace una audaz fusión entre la Tragedia -así, con mayúscula: desde su mismísimo origen griego en Príamo y Antígona- y el Holocausto, imprimiéndole el sello de la compasión judía. Porque en este lugar donde lo humano se ha eclipsado un sonderkommando recupera algo de la humanidad que han matado en él antes de asesinarlo (el suicidio entre los Sonderkommandos era frecuente y ninguno vivía más de seis meses) al sacar de la cámara de gas el cuerpo de un niño al que se empeña en librar del crematorio dándole un entierro digno, en el que un rabino rece el kadish (plegaria en memoria de los muertos). De esto trata El hijo de Saúl, una obra maestra que ha encontrado un modo de filmar lo no filmable.

domingo, 31 de enero de 2016

ARTE. HISTORIA. "El Holocausto a través de sus víctimas"

   En "El País":

El Holocausto a través de sus víctimas

Berlín exhibe por primera vez 100 obras realizadas por prisioneros de campos de concentración

'Golpeado (Mi hermano Gedalyahu)', 1941-44, de Jacob Lipschitz (1903-45).
'Golpeado (Mi hermano Gedalyahu)', 1941-44, de Jacob Lipschitz (1903-45).
El médico checo Pavel Fantl tenía 39 años cuando fue deportado en junio de 1942, junto con su madre, su esposa y su hijo, al campo de concentración nazi de Theresienstadt. En los siguientes dos años, Fantl arriesgó su vida pintando escenas del infierno que estaba viviendo y, gracias a la complicidad de algunos guardias, pudo enviar unos 80 de sus dibujos al exterior. En octubre de 1944, Fantl y su familia fueron enviados a Auschwitz. Su esposa y el pequeño fueron asesinados de inmediato, mientras que el médico y artista, que había logrado ilustrar la pesadilla, fue fusilado poco antes de que finalizara la II Guerra Mundial en 1945. En una de aquellos trabajos que se salvaron, Fantl muestra a Adolf Hitler disfrazado como un arlequín borracho y con los dedos manchados de sangre; su título es La canción se acabó.
El cuadro se puede contemplar a partir de hoy en el Museo de Historia de Berlín. Es una de las cien obras que conforman la exposición Kunst aus dem Holocaust (“Arte del Holocausto”), una muestra inédita y conmovedora que tiene la difícil y complicada tarea de confrontar de nuevo al público alemán, desde la óptica del arte, con el capítulo más oscuro de la historia reciente del país y de toda la humanidad: el Holocausto. La exposición fue inaugurada ayer por la canciller alemana Angela Merkel y entre hoy y el 3 de abril estará abierta al público.

Angustia y desesperación



Nelly Toll tenía ocho años cuando el ejército de Hitler invadió la localidad polaca de Lwów (Lviv, perteneciente a Ucrania, desde el final de la Segunda Guerra Mundial). La niña y su madre lograron escapar de la persecución contra los judíos y se escondieron en una pequeña habitación que solo abandonaron cuando el peligro de ser enviadas a un campo de concentración había desaparecido. La menor, dotada de una rara habilidad para la pintura, plasmó sus ansias de libertad dibujando paisajes, una visión que quedó reflejada en el cuadro Niñas paseando por el campo. Nelly tuvo suerte y logró sobrevivir al exterminio. Su trabajo también se puede apreciar en Kunst aus dem Holocaust.
Por primera vez, el público de Berlín puede asistir al sufrimiento, la angustia, la desesperación y el terror que vivieron las víctimas de la tiranía nazi que fueron enviadas a los campos de concentración a través de las pinturas y los dibujos que los prisioneros, y algunos perseguidos, pudieron realizar durante su calvario.
Las cien piezas de la exposición han sido prestadas por Yad Vashem, el memorial israelí de la Shoah. La mayoría presenta retratos de prisioneros, las humillaciones que sufrieron y la angustiosa sensación de impotencia y desesperación que imperó en los barracones de Auschwitz y de los otros campos de la muerte creados por los nazis para exterminar a la población judía de Europa y a quienes consideraban enemigos del régimen.
La fecha para inaugurar la antológica no ha sido elegida al azar. Anatoli Schapiro, un oficial judío del Primer Frente Ucraniano del Ejército Rojo, formaba parte de las tropas que liberaron Auschwitz el 27 de enero de 1945. Cuando entró al campo de la muerte, se enfrentó a una visión dantesca que le acompañó a lo largo del resto de su vida. “Lo primero que vi fue a un grupo de personas que estaban paradas sobre la nieve y que parecían esqueletos, vestidos con harapos y sin zapatos. Estaban tan débiles que no podían ni siquiera girar la cabeza. Les dijimos: ‘El Ejército Rojo ha llegado para liberarlos’. No nos podían creer y venían para tocarnos, para ver si era verdad”, recordó el veterano poco antes de morir.


'Una primavera' (1941), de Karl Bodek (1905-1942) y Kurt Löw (1914-1980).




La fecha de la liberación quedó grabada en la memoria colectiva germana. A partir de 1995, Alemania abre las puertas del Bundestag (la Cámara baja de su Parlamento), cada 27 de enero para rendir un emotivo homenaje a las víctimas del Holocausto. Mañana no será una excepción, pero esta vez, la solemne ceremonia oficial cobrará una nueva dimensión gracias a la exposición del Museo de Historia de la ciudad.

Alemania frente al espejo

Los organizadores justificaron la muestra como el último acto oficial para recordar el 50 aniversario del inicio de las relaciones entre Israel y Alemania. “Es muy importante para nosotros que esta exposición se presente en Berlín, porque aquí nació el Holocausto”, dijo Kai Diekmann, el editor del periódico Bild que tuvo la idea de traer la muestra a la capital alemana en 2012. “Hay que insistir una y otra vez en lo que se hizo hace ya más de 70 años en nuestro país. Esa es la importancia que tiene esta muestra”, añadió el periodista, que recibió el apoyo de Daimler Benz y del Deutsche Bank para poder mostrarle a sus compatriotas una visión hasta ahora desconocida de la tragedia.
Kunst aus dem Holocaust tiene también otro valor añadido, en el cual han insistido los organizadores, y que fue resumido por Walter Smerling, presidente de la Fundación del arte y la Cultura de Bonn, otro co-patrocinador: “Nos muestra que el arte es más poderoso que la violencia. Aunque la gran mayoría de los artistas murieron en los campos, ellos siguen vivos gracias a sus obras”.


UN CUADRO Y TRES HISTORIAS PARALELAS

'La canción es de...' (1942), de Fantl (1903-45). 

Cada uno de los cien cuadros, dibujos y gráficos que componen la exposición Arte del Holocausto, ocultan tres historias paralelas. Según Eliad Moreh-Roseberg, directora artística del memorial Yad Vashem, que contiene unas 10.000 piezas, y comisaria de la muestra que será exhibida hasta el próximo 3 de abril en Berlín, los motivos de cada obra conforman la primera historia. La segunda historia es la tragedia personal de cada artista y la última tiene que ver con la obra en sí.
“Todos los cuadros y dibujos fueron realizados entre 1939 y 1945 y 24 artistas fueron asesinados por los nazis”, dijo la curadora en Berlín. “Pero lo más importante es que todas obras están unidas por el espíritu humano. Sólo el acto de pintar era un signo de resistencia. "Cómo consiguieron los materiales para pintarlas, qué les llevó a hacerlo en esa situación, y cómo finalmente cada uno de esos cuadros sobrevivió hasta llegar a nosotros, son algunas de las preguntas que nos sugiere la exposición”, añadió la comisaria.