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miércoles, 15 de octubre de 2014

PRENSA CULTURAL. "La casa (digital) de los pobres". José Luis Pardo

   En "El País":

La casa (digital) de los pobres

Nuestras páginas privadas en la red crecen en la misma medida en que progresa el ‘estado del malestar’. Hay que disimular con una inflación de privacidad la miseria de nuestro perfil en el mercado de los ‘yoes’

En un certero análisis del fenómeno de la autofoto telefónica (La era de los selfies, 8 de marzo de 2014), Ernesto Hernández Busto registraba hace poco en estas páginas las transformaciones de la vida personal que las nuevas tecnologías ponen de manifiesto en la actualidad. Como suele suceder, subsiste en este punto un equívoco muy propio de nuestro tiempo y cuyo nudo resulta casi imposible de deshacer: la confusión entre privacidad e intimidad. Pues de lo que se trata en el tipo de conductas propiciadas por la nueva cultura de los gadgets visuales no es de la intimidad, sino exclusivamente de la vida privada, que en efecto está sometida a cambios extremadamente sintomáticos en nuestros días.
Recordemos para empezar que la vida privada moderna, precisamente por ser el territorio en el cual el “yo” se sustrae a las obligaciones públicas, ha sido siempre el lugar privilegiado de exhibición de la propiedad y de la riqueza —en concreto de esa parte de la riqueza que, a diferencia de los beneficios que se reinvierten en la industria, se convierte en signo de lujo y disfrute personal. La “casa del burgués” decimonónico, que tanto horrorizaba a Walter Benjamin, rebosaba de fetiches de la personalidad de su dueño en todos los rincones, en los cojines de los tresillos, en las repisas de las chimeneas y en las cortinas de los dormitorios, convirtiendo el espacio en una exuberante colección de pequeños o grandes “tesoros” que cantaban la gloria de su poseedor. Algunos de los propagadores del impresionismo, por ejemplo, organizaron sus galerías parisienses de esta época como las estancias de ese domicilio burgués, para que los compradores potenciales pudieran hacerse una idea de cómo lucirían en su hogar aquellas impressions una vez que se las hubieran apropiado y pudieran mostrarlas en privado a sus visitas.
Es cierto que desde entonces han cambiado muchas cosas: la clase obrera posindustrial accedió también a la “vida privada” y al derecho a “una habitación propia” cuya decoración, condenada a ser un sucedáneo barato del lujo burgués, fue sin cesar denostada por los estetas del siglo pasado como símbolo del “mal gusto” de las clases medias, con su inevitable escena de caza en la pared del comedor y sus souvenirs de plástico sobre el televisor: los sucesivos iconos de la sociedad de consumo de masas —con especial mención de los electrodomésticos, cuya multiplicación ritmaba la incorporación de las mujeres al mundo laboral— eran el equivalente proletario de la riqueza burguesa, a saber, la ostentación algo vulgar del bienestar proporcionado a los trabajadores por el Estado social de derecho.

Las impresiones en la red caducan rápidamente; de ahí la histérica urgencia de su renovación
Pero cualquiera que sea la amplitud e importancia que otorguemos al ámbito de lo privado, es obvio que se trata de una noción que solo puede comprenderse desde su articulación con la de lo público, con la que forma una pareja indisociable y característica del mundo contemporáneo. Quiero decir que solo hay cosas verdaderamente privadas allí donde existe lo público, y viceversa (en los regímenes totalitarios, en donde aparentemente “todo es público”, en realidad nada lo es, pues todos comparten la terrorífica intimidad del egócrata). Y, por tanto, cualquier transformación de la privacidad tiene que tener su correspondencia en el territorio de lo público, tanto en el sentido descriptivo (el “espacio público”) como en el normativo (el derecho público como marco jurídico de la política). Así que, sea cual sea la aristocrática ironía con la que se quiera encarar el que las clases trabajadoras también tengan derecho a la privacidad, este hecho no deja de ser el reverso de otro cuya relevancia histórica sería difícil exagerar: el acceso de los menos favorecidos a la vida pública, de la cual habían estado largo tiempo excluidos.
Así que los actuales avatares del yo en la era de las tecnologías comunicativas deben ser enmarcados en el contexto de lo que podríamos llamar “la privacidad de los pobres” (o sea, de los que no guardan en sus aposentos verdaderas “riquezas” de las que presumir ni informaciones privilegiadas con las que deslumbrar a sus conocidos), aunque tengan que esforzarse en disimular esa penuria manteniendo una aparente opulenta que solo se acredita mediante su exhibición constante. Puesto que en el mundo moderno la privacidad connota a la vez el territorio del yo individual y la esfera de las actividades mercantiles, será fácil de entender que la necesidad perentoria de producción de imágenes del “yo” (no solamente selfies, sino también actualizaciones del perfil en las redes sociales y, en general, puesta al día constante de los lances de la vida privada, comidas en restaurantes, vacaciones en el mar, cumpleaños, eventos sentimentales de pareja y averías del coche) es el resultado de un régimen de caducidad vertiginosa —se diría que casi instantáneo— que puede muy bien comprenderse a través del fenómeno económico de la inflación.
Pues si caben pocas dudas de que a lo que asistimos en todas estas modas es a una evidente inflación de privacidad (o sea, a una privacidad cada vez más hinchada y proliferante), es quizá menos obvio aunque igualmente cierto que la histérica urgencia con la que cada cual es requerido a renovar la imagen de sí mismo en esas plataformas se debe a la velocidad enloquecida a la que se devalúan estas impressions (a diferencia de los cuadros impresionistas de los hogares burgueses), debido a la inmensa maraña de competidores, con quienes tenemos que medirnos, que hacen lo mismo que nosotros cada segundo.

Estas modas deben tomarse en serio, porque suelen ser métodos para configurar la subjetividad
En una sociedad como la nuestra, que promueve las relaciones superficiales, efímeras y con poco grado de compromiso, el círculo de los amigos que podemos invitar a nuestras minúsculas viviendas se reduce tan rápidamente como lo hacen los signos de riqueza que en ellas podemos ofrecer a su mirada en un tiempo en el que la transición al “estado de malestar”, el desempleo, la sequía crediticia y la factura de la luz —que ahora ya no cambia de precio cada mes, sino cada minuto— amenazan con la extinción progresiva de las clases medias y su consabida cursilería. Y en esa misma medida —al aumentar la necesidad de disimular la miseria para que la cotización de nuestro perfil en el mercado de los “yoes” no se hunda definitivamente— crecen hasta lo ilimitado las dimensiones de nuestra casa electrónica, es decir, nuestras páginas “privadas” en la red, que no podemos permitirnos que dejen de visitar nuestros “amigos” virtuales, es decir, aquellos a quienes, aunque no les conozcamos, no queremos decepcionar, y nos tenemos que garantizar su aprobación mediante el “me gusta” con el que sancionan las “riquezas” (vacuas, sí, pero mucho menos horteras a nuestros ojos que las viejas figuras de Lladró) que infatigablemente colgamos en sus paredes telemáticas para dar la sensación de que hemos cambiado el mobiliario y renovado la decoración, es decir, de que somos ricos. Incluso aunque no nos alcance para pagar la deuda hipotecaria con el banco, no podemos dejar de pagar esta otra deuda —tan infinita como aquella— que nos exige nuestra empobrecida vida privada, ya que este tipo de merchandising digital, a diferencia del petróleo, es (engañosamente) gratuito e inagotable.
Así que no podemos tomarnos a broma estas modas, porque las modas suelen ser procedimientos muy serios de configuración de la subjetividad. Y esta, en concreto, al expresar un galopante empobrecimiento de la vida privada —el ya citado Benjamin hablaba certeramente de pobreza de experiencia—, sugiere de paso que este hecho no es sino la otra cara de la pauperización igualmente progresiva de la vida pública. El espacio público se puebla de todas esas identidades inmediatamente caducadas, que lo toman por el escenario en el que desarrollar su drama, llenándolo de lo que, en esa esfera, no debería tener cabida (no es que los políticos también se hagan selfies,es que a veces dudamos de que hagan otra cosa en sus apariciones públicas); y la privacidad vaciada de sentido de quienes se han visto paulatinamente convertidos en empresarios de sí mismos se refleja en la pérdida de contenidos del poder público, tantas veces reducido a la categoría de un servicio —incómodo pero necesario— para la defensa de los intereses privados. La sensación de desamparo y desnudez que así se propaga —emparentada con la que más crudamente padecen cuando llega la noche quienes no tienen casa— ya no tiene que ver con lo privado ni con lo público, sino con la intimidad. Pero de eso hablaremos otro día.
José Luis Pardo es filósofo.

jueves, 21 de marzo de 2013

PRENSA. "Internet lo sabe (casi) todo de usted". Reportaje

El 42,5% de los internautas que usan redes sociales en España ha encontrado difícil gestionar la privacidad de su perfil. / Cordon Press ("El País")

   En "El País":

Internet lo sabe (casi) todo de usted

Las redes sociales arrastran a los internautas a dibujar sus perfiles a golpe de clic

Los expertos coinciden: la privacidad no existe en el ciberespacio y es clave gestionar la imagen y elegir qué enseñar

 17 MAR 2013 

Cuánto se gasta en ropa, qué juegos prefiere, sus creencias religiosas, tendencia política, dónde pasó sus últimas vacaciones, su color favorito, o si es de tomar cerveza, vino o agua en las comidas. Muchos de estos detalles sobre usted están en Internet. Algunos los habrá publicado usted mismo, otros se pueden inferir de su actividad en la Red, qué páginas visita, qué aplicaciones se descarga en el móvil o simplemente de lo que otros dicen de su persona. La información está ahí y no hace falta ser malintencionado para encontrarla, aunque puede ser usada con malas intenciones.
Lo habitual, sin embargo, es que las empresas recaben y crucen datos personales para ofrecer publicidad muy individualizada en función de los gustos de cada uno, incrementando con ello sus posibilidades de venta. Así, la privacidad se ha convertido en la moneda con la que pagamos muchos de los servicios online aparentemente gratuitos. Otras veces, compartimos intimidades simplemente para satisfacer la necesidad humana de comunicarnos, según los sociólogos. Sea de manera intencionada o inconsciente, cada clic de ratón o palabra que escribimos en la blogosfera revela quiénes y cómo somos. Los expertos coinciden: la privacidad en Internet no existe, pero se puede gestionar cuánto enseñamos y qué imagen damos.
Las autoridades de protección de datos del Estado de Schleswig-Holstein (Alemania) prohibieron en agosto de 2011 el uso del botón Me gusta de Facebook porque entendían que violaba la privacidad de los usuarios. Sus sospechas de que esa información podía servir para crear perfiles con hábitos y preferencias de los internautas se han confirmado. Un grupo de investigadores del Centro de Psicometría de la Universidad de Cambridge ha desarrollado un modelo matemático que permite deducir con alto grado de acierto la etnia, la orientación sexual, las tendencias políticas y las creencias religiosas de cualquier persona a partir de los Me gusta que ha pinchado en la red social.

Las políticas de privacidad de los espacios cambian y no se entienden
Aquella no era la primera vez que Alemania decidía poner coto a la difusión y tratamiento de información personal en la Red. En 2010, el Gobierno de Angela Merkel aprobó una ley que impedía a los jefes husmear en los perfiles en redes de sus trabajadores en busca de datos personales. Tampoco las empresas de reclutamiento podían buscar las vergüenzas online de los candidatos. Los expertos en protección de datos señalan que, en la práctica, este tipo de medidas son muy difíciles de aplicar.
“El único modo de mantener nuestra privacidad online sería no usar Internet en absoluto. Aunque, como es obvio, eso ni es conveniente, ni posible en muchos casos”, opina Ángel Gutiérrez, coautor del libro Comercio electrónico y privacidad en Internet. “Ya no hace falta que revelemos directamente quiénes somos y lo que nos interesa. Los sitios web lo averiguan por lo que hacemos en Internet”, continúa el experto. ¿Para qué? Para ganar dinero. “El negocio es la publicidad”, indica Ricard Martínez, presidente de la Asociación Profesional Española de Privacidad (Apep). Estamos en la era de la publicidad a la carta. Ya lo habrá notado, ayer entró en algunas páginas de automóviles y hoy le persigue por la World Wide Web el anuncio del coche del año. Esta práctica puede ser molesta e invasiva para algunos y una ventaja para otros, porque evita recibir información comercial que no le interesa.
¿No recuerda haber dado permiso para que su actividad online sea rastreada? ¿Tampoco le suena haber autorizado a una aplicación móvil acceder a su libreta de contactos? Seguramente lo hiciera cuando aceptó los términos de uso de los servicios online que utiliza, ya sea un buscador como Google, redes sociales como Facebook o Twitter, o la mensajería instantánea de WhatsApp. Un 42% de internautas no lee la política de protección de datos, según el Eurobarómetro sobre conductas de los internautas en materia de privacidad, de junio de 2011.

El principal negocio de esa información es la publicidad
“La gente no lee ni configura la privacidad de los espacios online en los que se desenvuelve”, denuncia Martínez. “Lo ponen muy complicado. No solo es que pongan condiciones que no se entienden, sino que además las cambian continuamente. Nos hacen creer que podemos controlar la privacidad, pero no es verdad”, añade Jorge Flores, responsable de PantallasAmigas, web que promueve el uso responsable de las nuevas tecnologías.
Así, el 42,5% de los internautas que utilizan redes sociales en España ha encontrado difícil gestionar la privacidad de su perfil. Un 7,2% reconoce que ha sido imposible hacerlo, según el estudio publicado en diciembre de 2012 sobre la percepción de los usuarios acerca de su privacidad en Internet elaborado por el Instituto Nacional de Tecnologías de la Comunicación (Inteco).
Más o menos conscientes de los pormenores del contrato, el resultado es que “pagamos los servicios” con datos personales, dice el presidente de la Apep y profesor de Derecho Constitucional en la Universidad de Valencia. Normalmente, esta transacción se produce en términos “acordes a la legalidad”, añade. Aunque no siempre es así. “La ley dice que un sitio web solo puede pedirle a un usuario las informaciones necesarias para poder ofrecerle sus productos. Pero en la mayoría de los casos solicitan informaciones adicionales”, explica Gutiérrez. Javier de Rivera, sociólogo especializado en redes sociales, cree además que los usuarios se sienten abocados a aceptar las condiciones. “Para tener contacto con nuestros amigos y estar socialmente integrado tenemos que renunciar a esa privacidad”, concluye.

Cómo p

Cualquier detalle es, en última instancia, importante y valioso porque permite a las empresas elaborar ofertas a medida. Y no solo en el ámbito comercial. Lo mismo se puede personalizar un anuncio directo al consumidor potencial, que un programa electoral al gusto del elector dudoso. De Rivera recuerda en uno de sus ensayos que en la última campaña electoral en EE UU, el equipo de Obama utilizó las redes sociales, sobre todo Facebook, para identificar a los votantes indecisos, conocer sus inquietudes y así encontrar “el mejor modo de convencerles”. La victoria del reelegido presidente fue, en realidad, el triunfo del data mining (minería de datos), según reflejó la prensa mundial.
Internet es, en efecto, una mina de datos. Una ventana desde la que accedemos al mundo, y por la que el mundo puede entrar en nuestra casa —con o sin invitación— y arramplar con el joyero. “Si ya hubiera existido en la época de George Orwell, no me extrañaría que hubiera incluido Internet en su 1984, como parte del aparato de vigilancia y manipulación del totalitario partido”, apostilla Gutiérrez, experto en privacidad en la Red. Esa ficción no estaría lejos de la realidad. “La información privada es utilizada en Estados totalitarios para identificar disidentes”, alerta Ricard Martínez. Por eso opina que los legisladores “deben proteger la privacidad de los ciudadanos en Internet. Es fundamental para la libertad. Para que no nos manipulen, si tengamos la sensación de que nos están fiscalizando”.
El protagonista del cortometraje Remove lo tiene claro. Para evitar el control y la vigilancia, de empresas o de Gobiernos, rompe con la tecnología. Tira su móvil en un buzón de correos y desenchufa su ordenador. El resultado: desaparece del mapa. “La actitud del personaje es radical pero plantea una cuestión que siempre me ha preocupado como usuario: ¿hasta dónde habría que llegar en el supuesto de querer desconectar, de preservar la privacidad?”, pregunta el guionista y codirector Joan Llabata.
Los riesgos son múltiples, pero se pueden minimizar. “No creo que tengamos que borrarnos de Internet, aunque hay gente que lo hace cuando cambian las condiciones de privacidad”, afirma Eva Sanagustín, autora de Visibilidad. Cómo gestionar la reputación online. “La gente está tomando conciencia de la relevancia de su identidad en la Red, pero todavía no sabe cómo gestionar su privacidad”, opina la escritora. “Hay personas que suben fotos de sus hijos, de menores, o indican constantemente dónde están. Si supieran lo que se hace con esa información no la darían”, señala.
Un estudio de Microsoft, publicado en 2012 con datos de usuarios de EE UU, Canadá, Irlanda, Alemania y España, confirma que los internautas “podrían estar subestimando” el poder (positivo o negativo) de sus acciones online sobre su propia imagen. Por ejemplo, solo un 4% de los adultos encuestados considera que sus opiniones en Twitter son importantes en la formación de su identidad digital. La información que más influye es, de hecho, la que nosotros mismos compartimos deliberadamente, como fotos y comentarios publicados en una red social, subraya el informe. En este sentido, menos de la mitad de los entrevistados (44%) reconoció que pensaba detenidamente las consecuencias de sus actividades en Internet. Aun así, un 67% creía tener el control de sus perfiles en la Red.
Un experimento de la institución belga Safeinternetbanking.be —que promueve la banca online segura—reveló que muchos internautas desconocen, pese a su sensación de control, qué información han compartido en Internet. “El mes pasado te gastaste 300 euros en ropa”. “¿Sabes el número de tu cuenta bancaria? Yo sí. Es el…”. El mentalista Dave adivina estos y otros datos de sus interlocutores, que se muestran atónitos. “Poca gente sabe eso”, responde una joven. A cada acierto, mayor es la sorpresa. El ritual adivinatorio, grabado con cámara oculta y que ahora se puede ver en YouTube, termina con la revelación del truco de Dave. Toda esa información estaba en los perfiles de las redes sociales de las víctimas. La moraleja: un desalmado podría haber limpiado la cuenta bancaria de cualquiera de ellos.
Las alertas sobre las prácticas de riesgo en Internet saltan cuando los afectados por las posibles consecuencias son menores.
“Los adolescentes y jóvenes no tienen consciencia de hasta qué punto revelan cosas sobre sí mismos ni de las consecuencias que eso puede tener”, subraya Ángel Gutiérrez, experto en privacidad. Y, según Martínez, nada impide que se registren en redes sociales aunque tengan menos de 14 años, edad mínima que exige la ley. “No existe un identificador válido para saber que un menor es menor. Es un problema que la industria se tiene que comprometer a resolver”, incide. Esta carencia de control de la edad de los usuarios supone problemas también en términos de publicidad, dice el presidente de la Apep. “Le pueden llegar anuncios a un niño que en el horario infantil estarían prohibidos en la televisión”, explica.
A falta de ese identificador virtual de menores, la educación se alza como la herramienta más potente para que los jóvenes (y los mayores) sepan qué información pueden compartir y dónde es más seguro hacerlo. En este sentido, proliferan las guías, cursos y programas para que los niños 3.0 y sus padres analógicos, tengas las pautas para un uso seguro de Internet. Así, los riesgos asociados a la Red y a las nuevas tecnologías están entre los temas —junto con la violencia de género o las bandas juveniles— que la Policía Nacional imparte en los colegios en el marco del Plan Director para la Convivencia y Mejora de la Seguridad Escolar.
La falta de prudencia no es, sin embargo, exclusiva de los más jóvenes. En España, un 22% de los internautas adultos confiesa haber difundido por error datos privados —información personal, fotos familiares y el número de teléfono móvil (en ese orden)— , según el estudio de Microsoft. Un porcentaje muy similar al de filtraciones no intencionadas que reconocen los chavales entre 8 y 17 años (24%).
Los expertos apuntan que los internautas controlarán cada vez más su actividad online. Pero la identidad y la reputación online no solo depende de lo que difundimos, sino también de lo que otros dicen de nosotros. Del mismo modo que contribuimos a crear la reputación de los demás con nuestras opiniones. En este sentido, el responsable de PantallasAmigas, Jorge Flores, reclama que los proveedores sean más transparentes y protejan la privacidad de sus usuarios. “No es admisible que Facebook siga admitiendo las etiquetas en las fotos”, se queja. “Puedes hacer daño a otros, incluso sin pretenderlo, mostrando imágenes en una situación comprometida para ellos y que deseaban mantener en privado. Muchas veces lo que se sepa de uno depende de las configuraciones de otros”, lamenta.
Flores y el sociólogo de Rivera coinciden en señalar que las redes sociales están diseñadas para que compartas cuanta más información, mejor. Las describen como una suerte de laberintos de me gusta, invita a tal o cuál amigo, comenta una publicación o di lo que estás pensando, retuitea, marca una opinión como favorita o comparte este u otro artículo de la prensa. ¿Has viajado? Pues no te olvides de geolocalizarte y subir una foto. “Cuanto más tiempo pases y más te relaciones, más dices de ti y más publicidad pueden mostrarte”, apunta el responsable de PantallasAmigas.
Las redes tienen también sus ventajas. Así lo cree Eva Sanagustín. La escritora ve en ellas “oportunidades para conocer gente, para encontrar trabajo, para relacionarse”. La experta en reputación online cree, sin embargo, que es necesario cuidar la imagen que se da en ellas. El perfil digital se ha convertido en la nueva tarjeta de presentación. Una primera impresión 2.0. ¿Quién no se ha buscado a sí mismo, a su jefe o hermano en Internet?

Cómo proteger su privacidad ‘online’

- Lea las políticas de uso y privacidad de los diferentes servicios antes de utilizarlos.
- Regístrese solo en aquellos sitios web en los que tenga confianza. Asegúrese de que el sitio web dispone de una política de privacidad donde conste la identidad y dirección del responsable y la finalidad con la que se recaban todos los datos.
- Reflexione antes de publicar datos personales en Internet; una vez lo haga es muy probable que queden fuera de su control.
- Configure las opciones de privacidad de su perfil de manera adecuada. Valore qué información desea revelar y controle quién puede acceder a ella.
-Respete a los demás. No publique datos de terceras personas sin su consentimiento.
- Controle su lista de contactos y, antes de agregar a alguien, asegúrese de su confianza.
- Utilice contraseñas robustas y seguras para que no le suplanten.
- Instale una herramienta antivirus.
- Evite publicar su ubicación física en todo momento.
- Borre periódicamente los archivos temporales y las cookies de su ordenador con objeto de evitar que se pueda realizar un rastreo de su navegación.
- Sea consciente de su reputación online. Valore la relevancia que puede tener ahora y en un futuro la información que publica, ya que le acompañará toda su vida.