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domingo, 12 de junio de 2016

PRENSA. SÁHARA OCCIDENTAL. "Escuelas en el desierto"

   En "El País":

Escuelas en el desierto

Para los niños con discapacidad de los campamentos saharauis no es fácil ir al colegio

Un grupo de profesoras ha impulsado la creación de centros especializados en su cuidado

 Sahara Occidental 7 ABR 2015  

  • Un niño juega con un avión de juguete en uno de los centros para discapacitados de los campamentos saharauis. / JAVI JULIO (NERVIOFOTO)


    "Al principio había gente que tiraba piedras al tejado de la escuela y nos llamaba locas", recuerda Fátima, directora del centro de discapacitados de Dajla, uno de los campamentos de refugiados saharauis de la provincia de Tinduf, en el desierto argelino. Este 2015 se cumplen 40 años desde la ocupación del Sahara Occidental por parte de Marruecos. Desde entonces, alrededor de 180.000 saharauis viven como refugiados en este territorio.
    Fátima no es una docente cualquiera; posee el honor de ser una de las primeras y mayores impulsoras de la educación para niños con patologías mentales y físicas en los asentamientos. Pero ella, por entonces, aún no lo sabía.  "Estudié Educación Infantil en Cuba y, al regresar a los campamentos, comencé a trabajar en una guardería". Corría 1993 y la guerra que mantenían el Frente Polisario y Marruecos había entrado en tablas hacía unos meses. Comenzaban entonces las negociaciones y pronto, el esperado referéndum y la solución al conflicto. "Pensé que estaría trabajando aquí sólo por un tiempo", confiesa mientras baja la mirada y esboza una mueca amarga.
    Mientras ajusta con sus manos una colorida melfa sobre su cabeza, mira hacia el suelo e intenta ordenar sus recuerdos. Y la sonrisa se dibuja otra vez. "Conmigo habían regresado varias amigas más que habían terminado cursos de Educación Especial y, entre las cuatro, intentamos buscar una solución para las personas con deficiencia mental que fueran más allá de lo asistencial".

    Teníamos energía, queríamos construir centros pero no sabíamos por dónde empezar
    Fátima, profesora
    Hasta entonces, los discapacitados vivían apartados o vagaban por la calle, pasando el tiempo sin hacer nada. Otros no salían de sus jaimas. Y a pesar de que algunos se matriculaban en las escuelas ordinarias, no acudían al colegio por miedo o vergüenza de sus familiares. Por aquel entonces, sólo existía un centro para discapacitados en los campamentos. Estaba en el de Smara y fue bautizado como el centro de Castro porque su creador fue un cubaraui, es decir, uno de los saharauis que fueron acogidos y educados en Cuba. "Teníamos energía, queríamos construir centros para todas las wilayas (campamentos saharauis), pero no sabíamos muy bien por dónde empezar", afirma Fátima.
    Tras hablar con varias asistentas que tenían un registro de personas con deficiencias, decidieron dar un paso más. Fátima dejó su trabajo en la guardería y se centró en la creación de estas escuelas. "Al principio nos dedicábamos a ir de jaima en jaima buscando a los chicos, hablando con sus familias... No tuvimos una gran acogida", recuerda, "aunque unas pocas accedieron".
    En estos duros inicios, cuando hay que construir desde cero la creación de las escuelas, comienza la lucha contra las supersticiones o viejos mitos. "¿Para qué quieres llevarte a mi hijo? No sabe hacer nada, no anda, se cae... Sólo mira al cielo y ríe sin sentido", espetaban algunas madres. Respuestas de este tipo ponen a prueba la determinación de estas cuatro mujeres, que no cejan en su empeño. Entonces comienza el trabajo explicando la necesidad de estar escolarizados, de juntarse con otros chicos, de hacer valer su potencial. Al principio, muchas familias se negaban a reconocer la discapacidad de sus hijos, incluso cuando éste era evidente, pues lo consideraban una vergüenza para la familia.
    "El trabajo con los parientes durará años", afirma Mamia Brahim. Mamia, como Fátima, es también directora de un centro de educación especial, en este caso en la wilaya de Auserd. Formada gracias a la ayuda de varias becas, estudia entre Argelia e Italia, de donde conserva el acento cuando intenta chapurrear algunas palabras en castellano. Yamila, como se la conoce en el centro, es una mujer de pequeña estatura pero llena de energía. Llegó siendo una niña con su familia a Tindouf en 1975, huyendo de las bombas y del napalm. El paso del tiempo le ha hecho olvidar Smara, la ciudad del Sahara Occidental donde nació, de la que afirma ya no recordar nada. "La gente no confiaba mucho en nuestro trabajo. Durante años estuvimos trabajando con las familias para que trajeran a sus hijos al centro y vieran nuestro trabajo y se concienciaran. Fueron años duros".
    Sin embargo, ese trabajo de hormiga ha dado con el tiempo sus resultados. "Hemos conseguido que las madres acudan con sus hijos o que vengan a resolver dudas o a buscar orientación cuando éstos son pequeños", afirma la profesora.
    Una vez que logran que varias familias se comprometan a llevar a sus hijos a la nueva escuela, queda por resolver el problema del espacio. "Fuimos a hablar con el gobernador explicando nuestras intenciones y se mostró receptivo: nos cedió un local para trabajar. Ya teníamos un local,  pero ni siquiera había sillas donde sentarnos", exclama entre risas Fátima. "Entonces comenzó la búsqueda de material entre las escuelas ordinarias, consiguiendo que nos cedieran mobiliario, libretas, pinturas...".
    Los refugiados saharauis dependen casi por completo de la ayuda internacional por lo que, al comienzo, la búsqueda de material se emprende dentro de los campamentos, algo que limita el éxito porque no hay muchos lugares a donde ir. "La falta de recursos se suplía con la ilusión del comienzo" sentencia Fátima.

    La integración de los talleres

    Un turbante negro protege a Mohamed Salem Hamudi del implacable sol del desierto. Viene de Rabuni, el campamento donde se encuentran todos los ministerios de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), de donde acaba de terminar una reunión. Su papel como director de los centros es coordinar sus actividades, preparar los viajes de los niños saharauis que pasan los veranos en España, cursos con cooperantes... "No hay tiempo para aburrirse" afirma divertido.
    Al entrar en la jaima, se descalza y comienza a saludar a sus primos. Se tumba en el suelo y busca acomodo con ayuda de un cojín. Ha sido un día interminable. Lembrabit, uno de sus primos, atiza unas brasas y pone a calentar agua en una tetera. En un rato comenzará el ritual del té.
    Mohamed, o Paisano, como le conocen sus vecinos tras su paso por Cuba, lleva coordinando las escuelas desde hace más de 10 años. Este saharaui con acento cubano comienza a haciendo una fotografía de la situación actual:

    Más de 200 alumnos acuden ya a las escuelas donde, además, reciben la comida del día
    "Las cosas han cambiado mucho desde aquellos primeros años. En total hay cinco centros para discapacitados y cuatro más para ciegos. Más de 200 alumnos acuden diariamente a las escuelas donde, además, reciben la comida del día", señala con orgullo. Hay más niños matriculados, pero la falta de transporte las enfermedades o la necesidad de cuidados más específicos les impide acudir, como sus compañeros, con regularidad.
    Los talleres de las escuelas cumplen una función integradora. Hay cursos de carpintería, donde los alumnos hacen puertas y ventanas, o de costura, donde las chicas cosen vestidos o banderas. Los ingresos que logran con su venta son para auto financiarse. "Por ahora no es mucho lo que conseguimos", confiesa Mohamed, "porque dependemos por completo de la ayuda internacional, pero la idea es esa". Mientras tanto, cumplen con su cometido creando sentimientos de confianza y autonomía en sus usuarios para cuando les llegue la hora de comenzar a trabajar.
    El tiempo libre escasea. Además de las actividades educativas, dentro de varias semanas se celebrará, como todos los años, el Sahara Marathon, un acontecimiento en el que también colaboran las escuelas de educación especial. En ediciones anteriores, varios de los alumnos corrieron acompañando a los atletas.
    El té comienza a hervir, y Lembrabit lo reparte lentamente entre varios vasos, volcando el líquido una y otra vez. Por un momento, se hace el silencio en la habitación. Paisano saborea su té dando pequeños sorbos. El sonido de su teléfono móvil interrumpe el descanso. Se levanta y lentamente, comienza colocarse el turbante de nuevo. Varios cooperantes acuden al campamento para realizar un curso de formación para el profesorado, y tiene que ir a buscarlos. "Cómo ves, esto es un no parar", se disculpa antes de salir. "Siempre queda trabajo por hacer".

    viernes, 18 de marzo de 2016

    PRENSA. "Agresiones sexuales y magia negra"

       En "El País":

    Agresiones sexuales y magia negra

    En algunas zonas de la República Democrática del Congo proliferan las violaciones a vírgenes para usar su sangre como fuente de gloria y poder




  • Las mujeres y niñas de Kavumu, en la provincia de Kivu del Sur (al sureste del país) viven en permanente tensión y riesgo. / ITSASO VÉLEZ DEL BURGO GUINEA

    Desde hace algunos meses, la hematomancia o la magia usando sangre, se está ensañando con las niñas de Kabare en la República Democrática del Congo. Los criminales raptan a las pequeñas por las noches, las agreden sexualmente y aprovechan su sangre como fuente de riqueza, gloria y poder. La comunidad aterrada se pregunta cómo parar esta ola tan violenta de agresiones sexuales y magia negra.
    “Qué bestialidad lo que está pasando en Kavumu y Katana. No paran de violar a niñas de dos y tres años. Anoche violaron a otra”, así sonaba el mensaje que Lorena Aguirre, coordinadora de país de la ONG Coopera en la República Democrática del Congo, lanzaba a algunos periodistas con deseos de implicar a los medios de comunicación en la zona en esta triste realidad.
    En esos días la periodista congoleña Caddy Adzuba, recibía el premio Príncipe Asturias a la Concordia 2014 por su trayectoria laboral dedicada a denunciar las agresiones sexuales, la pobreza y la amenaza constante de guerra con que las mujeres congoleñas conviven desde hace décadas. Las mujeres y niñas de Kavumu, en la provincia de Kivu del Sur —al sureste del país viven en permanente tensión y riesgo. La frecuencia con que son agredidas y ultrajadas ha convertido el peligro en algo normal en su día a día, ahogándose en el silencio y desinterés nacional e internacional. “¡Ya está bien!”, exclaman las madres de Kavumu, “queremos gritar para que sepan las atrocidades que están haciendo a nuestras hijas”.
    Una nueva moda de escalofriantes atentados contra la integridad física y la dignidad humana está causando el terror en estas comunidades congoleñas de unos 200.000 habitantes. El modus operandi de los agresores es cada vez más sanguinario. Zahimire Rugambwa, presidente de la organización local UERPV (Intervención por la Unión y Recuperación de Personas Vulnerables) relata: “A partir de las siete de la tarde, cuando el día se pone, el peligro acecha. Los violadores buscan las casas más pobres y en peor estado constructivo, rascan un agujero en las paredes de barro o aprovechan la ausencia de madres solas, trabajadoras nocturnas, para entrar en las casas y robar a las niñas”. Se dice que adormecen a las víctimas e hipnotizan al resto de familiares pero nadie lo sabe con seguridad; dónde se las llevan es también una incógnita. Después de violarlas y agredirlas físicamente, son devueltas al hogar con graves y dolorosas heridas. Las edades de las víctimas oscilan entre los cuatro meses y los 17 años. En lo que va de año, solo en el hospital de Kavumu se han registrado 25 agresiones sexuales con las mismas características, aunque existen otros muchos casos que no acuden al centro sanitario y caen en el olvido, asegura Passy Huhogera, enfermero jefe del hospital.

    Una nueva moda de escalofriantes atentados contra la integridad física y la dignidad humana está causando el terror en estas comunidades congoleñas de unos 200.000 habitantes
    El doctor Mugisho Kavul, con lágrimas en el alma, narra: “Desgraciadamente las agresiones sexuales en el Congo han existido siempre, pero lo verdaderamente preocupante ahora es la corta edad de las víctimas. Tenemos un caso de un bebé de cuatro meses. Las consecuencias sobre estas niñas son inmensurables. Las más pequeñas llegan al hospital desangrándose, con intensos dolores y perforaciones que unen el conducto vaginal con el ano. Niñas que no podrán tener hijos y que serán rechazadas por posibles maridos y por la comunidad”. En el hospital local realizan la primera atención que ayuda a cortar las hemorragias, pero debido a la escasez de recursos los casos más graves deben ser trasladados al hospital de Bukavu. Esto supone el principio de una nueva espiral sangrante. Los familiares de las víctimas no pueden asistir por lo costoso que supone la estancia fuera de sus casas, la incapacidad económica de ausentarse del trabajo durante días y la falta de apoyo social para atender a sus otros hijos, según narra el personal sanitario del hospital. La problemática de la violencia sexual, la pobreza y la marginación se entrecruzan en una escabrosa y triste realidad en la región.
    Las madres se sienten culpables. La comunidad está indignada. Y las autoridades impotentes, se convierten en testigos silenciosos y sospechosos. La vuelta al día a día no es sencilla, ni supone el fin de la pesadilla. Junto a las marcas físicas o la esterilidad, las huellas psicológicas, el peso del estigma social, la vergüenza y la culpabilidad son algunas otras secuelas que acompañarán a las niñas y familiares a su regreso al hogar.

    Las viejas creencias y la magia negra

    “Había un hombre en el pueblo que no podía tener hijos. Acudió al brujo, doctor de la comunidad, y le dijo que para curar su mal tenía que violar a una niña menor de seis años. Obedientemente, el hombre buscó una niña de cuatro y la violó”. La anécdota que relata Rugambwa de la organización congoleña UERPV ilustra el poder que todavía tienen los brujos y magos negros en algunos grupos poblacionales de África.
    Escarbar en las razones que conducen a estos crímenes supone muy calladamente adentrarse en las prácticas de la magia negra, sobre las que se asientan las religiones tradicionales africanas y que todavía sobreviven en cada una de las tribus del continente. “La magia negra para los creyentes de la religiones tradicionales africanas es una práctica tan común, como lo es ir a misa para los católicos”, aclara el arquitecto ugandés y experto en cultura africana Adam Tumuwine, quien prosigue: “El conocimiento de la salud en África ha sido transmitido generación tras generación a través de ancestrales creencias místicas. El acceso, entendimiento y aceptación de las investigaciones de los blancos, cuesta dinero que la gente aquí no tiene. Es una cuestión de ignorancia y falta de educación. Mucha gente solo cree y entiende a los magos negros que, de hecho, son llamados doctores. Ellos prescriben muchas de las prácticas negras que ayudarán a aliviar sus males. En el Congo, las violaciones son prácticas comunes de la magia negra; en Uganda son frecuentes las mutilaciones de órganos y el canibalismo; y en Tanzania, los sacrificios de albinos”.

    Las víctimas de entre cuatro meses y 17 años, son devueltas a su hogar tras ser violadas
    Dicen que con la sangre de las víctimas hacen magia. La sangre es lo que vale, lo que da poder, estatus, dinero y salud. Pascal Bugagala, psicólogo de la ONG Coopera en Congo, explica: “Para ellos, la sangre de las vírgenes les limpia de enfermedades como el VIH y les libera de la esterilidad; la sangre provee de riqueza y trabajo o sube el rango y estatus en el caso de militares y policías; e incluso losmaimais [rebeldes de la zona] la guardan en pequeños botes y se la untan en tiempos de guerra, evitando que las balas los atraviese”. Para el psicólogo, la reducción de violaciones de niñas vinculadas a la magia negra es un tema muy complejo ya que involucra profundas y arraigadas creencias religiosas. Intervenir sobre ellas es el reto que el territorio de Kabare debe asumir ahora.

    La comunidad bashi

    La rabia, la desconfianza y el dolor se perciben con todos los sentidos en estos pueblecitos de la tribu bashi. No obstante, ni el miedo, ni la indignación les ha paralizado. Maravilla ver cómo entre tanta necesidad, hay todavía espacio para la solidaridad y las relaciones de buena vecindad. Las pequeñas organizaciones locales (UERPV y Fundi Action, entre otras organizaciones vecinales), sin apenas recursos económicos se han organizado para apoyar a las víctimas. Voluntarias vecinas de Kavumu y Katana acompañan a las madres a los hospitales y cuando regresan a sus casas, trabajan directamente con las niñas para ayudarles a recuperar la confianza, autoestima y sociabilización. Una de las voluntarias comenta: “A través del ocio y actividades artísticas tratamos de trabajar con las niñas para hacerles reír y que sepan que pertenecen a un grupo que les quiere y les acepta. También hablamos con familiares para evitar el estigma social. Algunos discriminan a las víctimas porque dicen que ya no son puras”. La alegría y la convicción en lo que hacen son las principales herramientas con que cuentan estas voluntarias para las tareas de apoyo y reinserción de las víctimas. “Los niños deben vivir en entornos de amor, seguridad y confianza y esto es lo que tratamos que ellas recuperen”, concluye la mujer.

    Dicen que con la sangre de las víctimas hacen magia. La sangre es lo que vale, lo que da poder, estatus, dinero y salud
    El presidente de la organización local Fundi Action afirma que, si bien no es fácil trabajar contra las viejas creencias de las personas, tras la organización de varias reuniones vecinales se ha llegado a la conclusión de que las tres posibles soluciones pasan principalmente por la instauración de una corte popular que juzgue a los agresores, la intervención profesional de apoyo a víctimas y familiares y, por último, la creación de talleres de sensibilización ciudadana e información pública con carácter educativo y preventivo. Por su parte, el hospital de Kavumu, sin electricidad en la mayoría de sus estancias, demanda placas solares para generar luz y poder atender a las víctimas las 24 horas. La ONG Coopera, una de las pocas organizaciones internacionales que se encuentran permanentemente en la zona, solicita fondos internacionales para una atención urgente en la zona.
    Y las madres de Kavumu, como no podía ser menos, reclaman justicia, seguridad y voz.
    En el emotivo discurso de recogida del Premio Príncipe de Asturias a la Concordia 2014, Caddy Adzuba resaltaba la importancia que el premio tenía por ser altavoz de las voces de todas esas víctimas sigilosas del horror.

    viernes, 22 de mayo de 2015

    PRENSA CULTURAL. "Las herramientas de piedra más antiguas no son humanas"

       En "El País":

    Las herramientas de piedra más antiguas no son humanas

    Unos 150 artefactos de piedra han sido datados en 3,3 millones de años atrás, unos 700.000 años antes de la aparición de nuestro género


    Sonia Harmand examina una de las herramientas de piedra. / MPK-WTAP


    Una de las teorías clave sobre el pasado de nuestra especie, la que atribuye la primera cultura de la piedra a la evolución del género Homo, necesita una revisión a fondo. Unos 150 artefactos de piedra recién descubiertos en Kenia han sido datados en 3,3 millones de años atrás, unos 700.000 años antes de la aparición de nuestro género. Como las herramientas no han aparecido junto a restos fósiles, la identidad de su autor se desconoce, pero el único homínido que andaba por allí en la época era el horrísono Kenyanthropus platyops, una enigmática mezcla con rasgos de australopiteco y humano moderno.
    El cuadro de la evolución humana es bastante simple a grandes rasgos: nuestro linaje y el de los chimpancés se separaron hace seis millones de años; luego se suceden, coexisten y se extinguen varias especies de australopitecos; y finalmente, hace unos 2,5 millones de años, aparecen los nuestros, el género Homo, con un cráneo más grande y unos fósiles asociados a las primeras herramientas de piedra tallada. O eso se creía.
    Las arqueólogas Sonia Harmand, Hélène Roche y sus colegas de Francia, Kenia y Estados Unidos presentan en el artículo principal de Nature los hallazgos del Proyecto Arqueológico del Oeste de Turkana(WTAP en sus siglas inglesas), que comenzó en 2011 a explorar y excavar el Lomekwi de la formación de Nachukui, al oeste del lago Turkana, norte de Kenia, en busca de evidencias de las primeras industrias líticas de nuestros ancestros. Allí han encontrado lo que denominan Lomekwi 3, un sitio arqueológico datado en 3,3 millones de años con 150 artefactos de piedra. El fósil de Homo más antiguo está datado en 2,3 millones de años.
    Los desconocidos fabricantes de las herramientas de Lomekwi 3 no tenían un estilo tan depurado como el de los posteriores Homo. Según Harmand y sus colegas, tenían un “entendimiento en desarrollo de las propiedades de fractura de la piedra”. Estas herramientas aportan así un cierto alivio gradualista a lo que parecía hasta ahora un suceso algo brusco en las escalas de los paleontólogos. De modo similar a la forma en que Kenyanthropus platyops, con rasgos intermedios entre austrolopiteco y Homo, aporta un respiro parsimonioso a la de otro modo súbita aparición del género Homo.

    Los autores de las herramientas tenían un “entendimiento en desarrollo de las propiedades de fractura de la piedra”
    “La premisa”, dicen Harmand y sus colegas, “era que solo nuestro linaje, el género Homo, había dado el salto cognitivo de golpear una piedra contra otra para desprender lascas, y que ese había sido el fundamento de nuestro éxito evolutivo”. Ese modelo se acababa de redondear con el cambio climático que, hace unos 2,5 millones de años, extendió por el este de África las praderas de la sabana. Los nuevos hallazgos restan simplicidad y rotundidad a esa teoría, porque el “salto cognitivo” llegó 700.000 años antes que las sabanas y el género Homo.
    El repertorio lítico prehumano (o pre-Homo) hallado en Lomekwi 3 incluye 83 núcleos líticos (la piedra de la que se extraen las lascas), 35 lascas, siete posibles yunques (la piedra de superficie plana que sirve de apoyo para el trabajo), siete percutores (o martillos para golpear el núcleo lítico) y otras piezas de interpretación más ambigua. No hay signos de la técnica más refinada de los posteriores Homo, que sujetaban el núcleo lítico con una mano mientras la golpeaban con la otra. El control de la muñeca de los prehumanos de Lomekwi 3 era solo relativo.
    Pero incluso esa técnica lítica limitada debió exigir, según Harmand, “un control sustancial del control motor de la mano, y por tanto la expansión o reorganización de varias regiones del córtex cerebral”. Entre ellas, por todo lo que saben los neurólogos, el córtex somatosensorial (que procesa las señales táctiles que le llegan de los dedos), el visual, el promotor (que planea las acciones de la mano) y el motor (que las ejecuta), además del cerebelo, ocupado de aprender los procedimientos que requieren ejecutar unas acciones en un orden determinado.
    El Homo ha perdido la exclusiva del diseño de herramientas. Quizá esto sea malo para nuestro orgullo de género, pero seguramente fue bueno para la industria lítica, que pudo así perfeccionar lo anterior en lugar de inventarse todo de golpe.

    viernes, 8 de mayo de 2015

    PRENSA. BURKINA FASO. "El club de las divorciadas"

       En "El País":

    El club de las divorciadas

    Las mujeres separadas de Burkina Faso son marginadas por familiares y amigos. Una asociación las ayuda a fortalecerse

    Un grupo de mujeres atiende en una reunión de la Asociación Afedi.
    Un grupo de mujeres atiende en una reunión de la Asociación Afedi. / M. RODRÍGUEZ

    Después de divorciarse, Madame Suzanne Ilboudo se dio cuenta de que sus amigas querían verla cada vez menos. Comenzó a sentirse apartada y se lo contó a otras camaradas que también se habían separado. A todas les ocurría lo mismo. “Los propios familiares no quieren frecuentar a la mujer divorciada, no aceptan fácilmente tu vuelta al hogar y tus amigas ya no se quieren acercar a ti porque piensan que vas a darles malos consejos, aunque no sea cierto”, explica Madame Ilboudo. Esta situación la motivó, junto a otras seis mujeres, a crear en el año 2007 la Asociación de Mujeres Divorciadas y mujeres y niños en dificultad (Afedi en sus siglas en francés) en Uagadugú, la capital de Burkina Faso.
    Afedi es una asociación atípica y osada por un simple motivo: que aparezca la palabra divorciadas en su nombre. En Burkina Faso éste es un asunto tabú que supone la marginación de la mujer, a quien se considera responsable de ese divorcio. Al tratarse de una cuestión incómoda en la sociedad burkinesa, las personas a quienes Madame Ilboudo contaba el proyecto que pretendía poner en marcha le decían que iba a fracasar. “¡Pero somos divorciadas! No tenemos vergüenza de decirlo”, explica esta señora sin ningún reparo. La asociación, sin embargo, cumple ya ocho años y a día de hoy está formada por 200 mujeres, tanto divorciadas como no.
    El número de divorcios no está del todo claro en Burkina Faso. El Anuario estadístico de 2013 del Ministerio de la Justicia comienza a tener en cuenta las cifras de separaciones admitidas a partir de 2012, con 312 en todo el país. En 2013 el número se mantiene en 315. Otro estudio sobre los efectos de la ruptura matrimonial en la mujer en Burkina Faso realizado en 2012 por la Universidad de Uagadugú y la Universidad Catholique de Louvain de Bélgica indica que, de 3.871 mujeres que se habían casado al menos una vez, 356 se habían divorciado.

    Afedi es una asociación osada por incluir la palabra divorciadas en su nombre
    Las estimaciones recogidas por el Ministerio de Justicia no representan la realidad puesto que el Derecho burkinés sólo considera los matrimonios civiles. Así, los divorcios que pudieran darse por los casamientos por la iglesia, la mezquita o a la manera tradicional —sin pasar por el Ayuntamiento— no figuran en las estadísticas. No obstante, las demandas de divorcio no hacen más que aumentar, según constata Fatimata Sanou Touré, presidenta del Tribunal de Gran Instancia de Uagadugú. “Yo creo que es porque la gente está cada vez más informada de sus derechos y cada vez hay más casamientos civiles, pero también porque cada vez hay más tolerancia y más individualismo” como en Europa, cuenta Sanou Touré.
    Así como el divorcio es aún un tema tabú en Burkina, el matrimonio es muy importante en los planos cultural, religioso y social. “La sociedad prefiere que la gente no viva sola y que se case. Que alguien viva solo, sobre todo la mujer, no está bien visto”, cuenta Ilboudo. Pero para ella, que además es madre y profesora en la universidad, está habiendo un cambio “de una manera lenta, porque en la sociedad hay aún muchos analfabetos. Poco a poco la gente está más instruida y se va constatando”, explica sobre un país donde la tasa de alfabetización de mujeres entre 15 y 24 años es del 33,1% frente al 46,7% de hombres, según los últimos datos de Naciones Unidas.

    A la mujer burkinesa se la considera responsable del fracaso del matrimonio
    La idea de crear Afedi partió del deseo de luchar contra la marginación de las divorciadas más pobres. Debido a que, a menudo, es el hombre la principal fuente de ingresos de la familia, la economía se convierte en un elemento principal a la hora de tomar esta decisión. “Si la mujer no tiene ingresos suficientes y depende del marido para mantener a sus hijos, va a preferir no divorciarse, a pesar de que ahora no hay tanto miedo como antes a pedir el divorcio”, asegura la fundadora de Afedi. Pero, aunque esta fue la idea de partida, también forman parte de Afedi otros grupos de mujeres que pasan dificultades: solteras, ya que también está mal visto serlo después de haber llegado a la edad de casarse; casadas con problemas conyugales que buscan consejo para evitar la separación, y viudas porque su nivel de vida disminuye por la muerte del cónyuge.
    “Las reuniones nos dan ideas que luego compartimos con nuestras amigas, ya estén separadas o pasando dificultades” cuenta Edith Momo, de 61 años, y miembro de Afedi desde hace seis meses. Fati Kafando también forma parte de la asociación porque le sirve de apoyo. Vive con su marido pero éste tiene otras dos mujeres y ella es la que se hace cargo de la manutención de sus hijos. “Es como si estuviera sola”, confiesa.
    Albertine Kouraogo está casada y tiene 24 años. Asegura que no tiene miedo de la palabra divorciada ni de que se le asocie con Afedi. “Aprender a escribir y leer mi lengua materna [el morée] es lo que me animó a unirme”, cuenta esta señora. Por su parte, Nana Zenabo, divorciada hace ocho años, se unió porque sentía que no podía confiar en nadie. “Aquí podemos hablar de nuestros problemas entre nosotras o con un consejero conyugal”. Asimismo, Marguerite Konbolbo, divorciada hace 10 años, asegura que sólo allí puede intercambiar impresiones y experiencias con otras mujeres en su situación.

    Causas de divorcio en Burkina Faso

    M. R.
    Tras su experiencia en Afedi, Madame Ilboudo considera que los principales motivos por los que las mujeres se divorcian son la falta de comunicación, la infidelidad, la irresponsabilidad del marido con su mujer e hijos la influencia de la familia “que se entromete en los asuntos de pareja dando malos consejos y creando la discordia”.
    Por su parte, Sanou Touré asegura que las mujeres que piden el divorcio aluden a la violencia física o psicológica en primer lugar, pero no hay estadísticas oficiales para corroborarlo. “Si mencionan este motivo para obtener el divorcio es porque lo han soportado hasta un grado elevado”, asegura. Es un tema que incomoda y ni tan siquiera las mujeres lo hablan en Afedi.
    Touré señala el abandono del hogar y la despreocupación por los hijos como otra de las causas, así como el adulterio del marido “que decide mantener una relación con una mujer más joven o impone una poligamia que ella no acepta”.
    En relación a las demandas de divorcio interpuestas por los hombres, el adulterio es la razón más mencionada. Le sigue lo que llaman “incompatibilidad de humor”, es decir, que ya no se corresponden como al principio ni tienen las mismas aspiraciones, pero esta causa no está reflejada en la ley burkinesa para obtener el divorcio.
    Debido a las circunstancias de estas mujeres, Afedi realiza también actividades de alfabetización, talleres de tejido de la tela de algodón tradicional de Burkina Faso, de fabricación de jabones o de preparación de salsas para acompañar al arroz. Todas ellas se llevan a cabo con la intención de que las alumnas sean independientes y encuentren una actividad que les permita sobrevivir.
    La Asociación de Mujeres Divorciadas no busca ser un club que anime a otras a dejar a sus maridos. Esa es la visión equivocada que, a veces, se tiene en Burkina Faso. “El divorcio no es bueno pero es una realidad”, explica Madame Ilboudo. “Estamos hartas de que nos marginen, queremos que la gente sepa que las mujeres sufrimos en silencio”, comenta. Por eso, muchas se acercan a Afedi para pedir ayuda y consejo, incluso las no divorciadas. “Quizás las que se separaron no lo habrían hecho si hubieran tenido un mediador familiar que las aconsejara y apoyara”, reflexiona Ilboudo.
    De hecho, uno de sus objetivos es animar a las mujeres a que vuelvan a casarse, aunque esta es una decisión que depende de cada una. “Algunas prefieren quedarse solas”, cuenta Ilboudom al tiempo que explica que siempre preocupan los hijos y tienden a centrarse en ellos. Cuando se le pregunta si ella volvería a pasar por el altar, responde: “Tengo la costumbre de decir que me voy a volver a casar y la gente se ríe porque tengo 52 años. Dicen que no vale la pena pero la vida no hace más que continuar, la vida continua…”.

    lunes, 4 de mayo de 2015

    PRENSA. "Boko Haram degolló a mi padre delante de mí"

       En "El País":

    “Boko Haram degolló a mi padre delante de mí”

    El joven Usman relata su evasión del grupo terrorista que arrasa aldeas y mata y tortura

     Yola (Nigeria) 2 MAY 2015  

  • Un soldado con mujeres y niños liberados de Boko Haram. / REUTERS

    “Lo primero que oímos fueron los disparos, y supimos que eran ellos. Salimos corriendo hacia un monte cercano llamado Wanu, pero nos rodearon”. Usman, nigeriano de 22 años, es alto y delgado. Viste pantalón vaquero y una camiseta que un día fue verde. Trenza despacio su relato, en un inglés que domina poco. En septiembre, Boko Haram entró en su pueblo, Gulak, y fue capturado junto a su padre y tres hermanos. Sólo él sobrevivió. Tras una rocambolesca huida por las montañas, llegó a la ciudad de Yola, donde pasa los días con una familia de acogida. Aún está aterrorizado.
    Los hombres del pueblo fueron llevados, maniatados, a la casa del jefe local. “Reconocí a algunos de ellos, eran del pueblo. A nosotros nos golpeaban con los fusiles mientras caminábamos, pero a Ishadu lo mataron sólo porque era profesor del colegio. Le dispararon en la cabeza”, relata Usman. Entonces les conminaron a unirse a Boko Haram. “Cuatro aceptaron, pero la mayoría nos negamos. Trajeron sacos llenos de dinero y nos dijeron que eran para nosotros si nos alistábamos, pero nos seguimos negando. En ese momento empezaron a matar”. Aquella tarde degollaron a unos 20 delante del resto. “Tras cortarles la cabeza se la ponían sobre la espalda. Así vi morir a mi padre. Les rogamos que nos pegaran un tiro, pero se negaron”.

    1,5 millones de nigerianos han huido de sus casas ante el avance yihadista
    Con la llegada de la noche, Usman y el resto de supervivientes de la matanza, unos 50 jóvenes, fueron encerrados en distintas habitaciones con las manos y pies atados y con los ojos vendados. “Nos dijeron que teníamos toda la noche para pensarlo”. Al día siguiente comenzaron de nuevo las ejecuciones. “Nos quitaron toda la ropa, pero entonces oímos venir el avión”. Era la aviación nigeriana bombardeando. Todos salieron corriendo hacia los campos de arroz y, aprovechando el desconcierto, Usman y otros siete lograron escapar a las montañas. “Recuerdo que Waziri, que se había unido a Boko Haram, disparó en una pierna a su propia hermana pequeña mientras ésta corría”.

    Durante dos semanas estuvo escondido en el monte. Le mordió una serpiente y un curandero local le dio una infusión de hierbas que le hizo vomitar. “Éramos muchos, decenas. Dormíamos al raso o en cabañas de animales, pero nos iban siguiendo. En Zhu nos alcanzaron y nos volvieron a disparar”, recuerda. Finalmente, logró llegar a Mubi, donde fue ingresado en el hospital. Ni aquí pudo descansar. Dos días más tarde también esta ciudad fue ocupada por Boko Haram. “Me escapé de nuevo a una montaña llamada Maiha y de allí me trajeron en moto hasta Yola, dos días de camino”. Sabe que su madre está viva en Jos, en el Estado de Plateau, pero que su granja está destrozada. “Me han dicho que esa gente ya no está en Gulak, pero no tengo dinero para volver ni sé muy bien qué hacer allí”, afirma.
    Yola, capital del Estado de Adamawa, es una de esas ciudades que le han germinado al Sahel. Al lado de un río, cruce de caminos para el comercio, una larga carretera asfaltada y muchas calles de arena. El calor es tremendo. “Mucha gente se ha ido. A Abuya [capital de Nigeria], a Camerún, a donde sea, más al sur”, asegura Zari, vendedor de teléfonos móviles. “No es fácil vivir con esos locos casi tocando a tu puerta”. En la carretera que conduce a Maiduguri los controles militares se suceden. La alerta es permanente. A unos 10 kilómetros se encuentra el campo de desplazados de Girei, un colegio reconvertido en asentamiento para quienes han huido del horror. En total, 776 personas, la mayoría mujeres y niños. Baba Haruna, de 57 años, escapó de Gwoza hacia Camerún con su esposa y sus cinco hijos, pero no les permitieron quedarse. Así que vino hasta Yola. “Este es el momento de preparar la tierra para cultivar, pero no podemos volver. Este año no habrá cosecha”, asegura.
    Es como la vida en suspenso. Los hombres se sientan todo el día a la sombra de los muros de las aulas, hoy convertidas en improvisados dormitorios se duerme sobre colchones en el suelo. Las mujeres lavan la ropa, cocinan en grandes calderos, se encargan de los más pequeños. Hay decenas de niños. Por todas partes. En tiendas de campaña reciben dos horas de clase al día en un intento de recuperar cierta normalidad, de que al menos sigan estudiando, aprendiendo inglés y matemáticas, justo lo que “esa gente” ha querido robarles, el derecho a soñar un futuro mejor.

    La secta islamista ofrece mucho dinero a cambio de unirse a sus filas
    Según Unicef, 1,5 millones de personas han abandonado sus casas, de los que 1,2 millones son desplazados internos. Algunos no pueden aguantar más la espera e intentan regresar, aunque lo están haciendo de manera improvisada y desorganizada. “Cada uno traía lo suyo. Malaria, diarrea, infecciones, malnutrición. Ahora están mejor”, dice la enfermera Aishatu Jinayi. Ha habido hasta partos, 32 en el campo de Girei II. “Tanto bebé nos hace pensar que Dios está haciendo su trabajo para reemplazar a los que han muerto en esta locura absurda”, añade.

    700 mujeres liberadas en una semana

    Las Fuerzas Armadas de Nigeria anuncian a bombo y platillo cada victoria contra Boko Haram, como la reciente liberación esta semana de alrededor de 700 mujeres y menores secuestrados por el grupo terrorista en el bosque de Sambisa.
    Sin embargo, muchos nigerianos mantienen su desconfianza hacia un Ejército que hasta hace solo tres meses no hacía más que huir ante el avance de los yihadistas. “¿Victorias?”, se pregunta John Ngamsa, profesor de Comunicación Social y Lingüística en la Universidad Moddibo Adama de Yola, “será una victoria cuando el supuesto territorio recuperado esté bajo control y haya ley y orden en ese lugar”, asegura.
    El Ejército de Nigeria, en colaboración con Chad, Níger y Camerún, ha logrado expulsar a Boko Haram de unas 60 localidades que habían sido ocupadas por los terroristas. Sin embargo, la población aún no ha podido regresar porque los insurgentes siguen en las zonas deshabitadas de los alrededores. Hace unos días, por ejemplo, penetraron en los pueblos de Mafa y Marte, en el Estado de Borno, provocando decenas de muertos. Otra zona donde Boko Haram ha logrado hacerse fuerte es en las proximidades del Lago Chad.
    Hace una semana, cientos de terroristas atacaron la isla nigerina de Karamga, asesinando al menos a 74 soldados y civiles, según el Gobierno del país vecino, que ha revelado que 156 de los atacantes también murieron en los combates. “Estamos hablando de un vasto territorio que sigue fuera de control. Aún están ahí, agazapados, golpeando hoy en un lugar y mañana en otro”, añade Ngamsa.