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lunes, 11 de abril de 2016

ARTE. PINTURA. CÓMIC. "El Bosco se convierte en carne de cómic"

   En "El País"

El Bosco se convierte en carne de cómic

Max traslada al género de la historieta el universo pictórico del genio holandés en ‘El Tríptico de los encantados (una pantomima bosquiana)’

Una ilustración de Max del libro 'El Tríptico de los encantados (una pantomima bosquiana)'.
Una ilustración de Max del libro 'El Tríptico de los encantados (una pantomima bosquiana)'.
En un delicado ejercicio de apuesta y descarte, Max se ha llevado a El Bosco a casa, se ha metido su vida y su obra entre pecho y espalda y lo ha hecho suyo. Como no era cuestión de copiarlo –habría sido como copiar el mundo-, lo ha transformado y puede decirse que Maximizado, aunque el espíritu y el aroma del genio están en cada página, en cada una de las 72 páginas de El Tríptico de los encantados (una pantomima bosquiana), el libro que este clásico de la historieta española acaba de dar a imprenta por encargo del Museo del Prado con motivo del 500 aniversario de la muerte del genio holandés. El volumen será presentado en mayo, antes de la gran exposición que prepara la pinacoteca en torno al creador de El carro de heno.
Habrá hecho falta medio milenio para que los ángeles voladores y las criaturas infernales de Hyeronimus van Aecken Bosch, El Bosco, vuelvan a su formato original: el cómic. Esto tiende a la boutade, pensarán algunos, y no les faltará razón, teniendo en cuenta que hace 500 años no existían los tebeos. ¿Seguro? ¿Se han parado a pensar si hay o no hay arte secuencial –ese que sustenta géneros como la historieta o el propio cine- en obras como las pinturas de Altamira, los jeroglíficos egipcios o códices medievales como el Beato de Liébana?
Claro que no existían los tebeos en 1500. Pero tampoco sabemos a día de hoy de dónde demonios sale toda esa taxonomía de animales fantásticos, barcos voladores, casas incendiadas y castillos explotando, monstruos del Averno, cerdos vestidos de monja y legiones de pecadores y virtuosos parida por El Bosco. Porque casi todo es hipótesis en la vida y en la obra de este genio alucinado. “Hay interpretaciones para todos los gustos, lo cual supone una ventaja, o sea, yo puedo contar la tontería más loca sobre El Bosco y no va a ser más loca que otras muchas que ya existen”, explica Francesc Capdevila, Max(Barcelona, 1956) en una cafetería del centro de Madrid.






Ante la imposibilidad de lo exhaustivo, él escogió tres obras capitales de El Bosco para vertebrar su historia: El jardín de las delicias, La extracción de la piedra de la locura y Las tentaciones de San Antonio. “Descarté lo biográfico y pensé en una trama que te llevara de una pintura a otra como si fuera una historia circular; el libro está planteado como un tríptico, tiene tres capítulos, cada uno de ellos relativo a un cuadro”.
Todo ello, teniendo en cuenta en todo momento uno de los rasgos que a su juicio perfilan la obra de El Bosco: el humor. “A diferencia de otros artistas de su época, él tiene un sentido del humor muy loco que seguramente era muy poco ortodoxo para su tiempo y para aquel contexto religioso, pero que él logra colar en sus pinturas”.
Por las viñetas de este Tríptico de los Encantados desfilan muchos de los símbolos visuales que El Bosco repite en sus cuadros, como el mochuelo, la esfera, los pájaros negros y picudos y toda la cohorte de la imaginería pagana y religiosa. Apenas hay paisajes, apenas hay textos. Max ha situado el todo en “un contexto que yo llamo metafísico, por los cuadros de Giorgio De Chirico, otro pintor que me fascina” y ha dispuesto su universo bosquiano con absoluta libertad. “No hay prácticamente viñetas cerradas, he jugado mucho con los blancos, con el vacío, y todo el relato fluye en una visión frontal, es como si estuvieras en un teatro viendo actores moviéndose por el escenario”, explica el creador de inolvidables personajes de tebeo como Peter Pank o Bardín, el superrealista.






Prima en las imágenes y en los textos de este libro la tradicional mezcla de frescura coloquial y referencias clásicas marca de la casa. Imitar a El Bosco habría sido meterse en un jardín de difícil salida: "Nunca mejor dicho, en un Jardín y no precisamente de las delicias… así que evité ponerme en tono imitativo, habría sido absurdo, así que decidí ser radical en eso, es decir, ni color ni abigarramiento de figuras”.
Pero volvamos a El Bosco y a su involuntaria condición de autor de cómic avant la lettre: “Podemos decir que el de sus trípticos era un arte secuencial, pero hay más cosas: El Bosco y casi todos los pintores de la época trabajaban por encargo de clientes ricos, que entonces solían ser la nobleza y la iglesia. En ese sentido eran como los ilustradores de hoy en día: te hacen un encargo y tú luchas para poder meter, dentro del tema que te han pedido, cosas que quieres contar”.
Todo eso le ha llevado a Max a añadir, a la admiración militante por el artista holandés, un profundo sentimiento de empatía: “Sí, he llegado a sentir una especie de identificación con él, y sin pretender arrogarme nada, creo que puedo entender o imaginar bastante bien cómo funcionó su cabecita y cómo evolucionó su estilo”.




LA ‘MILI’ COMO ACADEMIA DE ARTE


Lo que es la vida. Max descubrió a El Bosco cuando tenía 20 años. Fue en Madrid (“un auténtico impacto”), en las primeras visitas que hizo a El Prado cuando descansaba del servicio militar. Le tocó la mili en lo que entonces –y hasta hace bien poco- era el Museo del Ejército, y que en un futuro cercano será una nueva ampliación… del Museo del Prado. “No sé si llamarlo predestinación”, bromea el dibujante, que matiza: “Bueno, no descubrí solo la pintura de El Bosco, sino en general la pintura flamenca -los primitivos y los renacentistas flamencos- que es mi favorita. Yo creo que de algún modo la pintura flamenca impregnó mi forma de trabajar desde el día que la descubrí en las salas de El Prado… y que ha estado ahí siempre en mis obras, y quizá por eso pensaron en mí para hacer este libro”.

domingo, 9 de noviembre de 2014

PRENSA CULTURAL. PINTURA. "Las tentaciones". Antonio Muñoz Molina

'Las tentaciones de san Antonio' de El Bosco en el Museo Nacional de Arte Antiguo de Lisboa.

   En "El País":

Las tentaciones

La maravilla y el misterio de 'Las tentaciones de San Antonio', de El Bosco, siguen inalterables

 5 NOV 2013

He recorrido las salas casi desiertas del Museo Nacional de Arte Antiguo de Lisboa buscando un solo cuadro, Las tentaciones de san Antonio,de El Bosco. He venido a verlo con treinta y tantos años de retraso. Cuando estaba en la universidad y me gustaba imaginarme una carrera profesional como estudioso de alguna rama a ser posible recóndita de la historia del arte le dediqué mucho tiempo a un proyecto de monografía o de tesina sobre los cuadros de El Bosco, y este tríptico de Lisboa era uno de mis preferidos. Cualquier tema en el que se ahonde un poco se revela inagotable. A mí me gustaba indagar en los significados posibles de esos hormigueros de criaturas, plantas, frutos, objetos, en los que se va perdiendo la mirada, pero también fijarme en la destreza meticulosa con la que estaba ejecutada la pintura, la solvencia con que un artista flamenco extiende diminutas pinceladas de óleo sobre una tabla, con una técnica tan distinta de la de los italianos.
Examinaba lo más de cerca que podía las láminas en color en la biblioteca de la Facultad, en Granada, mirando con envidia los nombres de los museos y de las ciudades en las que se encontraban los cuadros. Para quien no puede viajar por falta de dinero el nombre de una ciudad tiene la belleza de lo casi imaginado. La ciudad más tentadora, también imposible a pesar de su cercanía, era Madrid, donde una sala entera del Prado estaba dedicada a El Bosco.

El Bosco no era un genio solitario y marginal, sobre todo porque los genios solitarios son un invento posterior a él
Cuando al fin pude hacer ese viaje y ver los boscos del Prado todavía me acordaba de muchas de las cosas que había aprendido mientras hacía aquel trabajo, pero de mis expectativas sobre una carrera en la historia del arte no quedaba nada. Entonces sí que pude apreciar de cerca lo que antes sólo había intuido, esa calidad vibrante de la pintura, la fuerza de los colores no ensombrecidos por el paso de siglos, el contraste entre la modernidad del medio —el óleo— y la macabra imaginería medieval que representaba. Cuesta hacerse a la idea de que El Bosco es una generación más joven que Piero della Francesca y coetáneo casi exacto de Leonardo da Vinci. Comparado con ellos, parece muy anterior, menos cercano al Renacimiento que a los bestiarios fantásticos y a los capitales abigarrados de siglos anteriores. Y también pareció, en una época tan dada a la vanidad estética como el siglo XX, que era un predecesor de las alucinaciones y las irracionalidades del surrealismo, ese movimiento en el que abundaron tanto los expertos en autopromoción. El mérito de El Bosco, como el de los profetas del Antiguo Testamento, habría sido anunciar con quinientos años de anticipación a André Breton y sus amigos, y de paso el psicoanálisis y hasta la psicodelia.
En el prólogo a su excelente biografía de Marx, Jonathan Sperber dice que un historiador es alguien "dedicado a entender el pasado en sus propios términos, y cuidadoso de no jugarlo según las concepciones del presente". En el Museo Nacional de Arte Antiguo de Lisboa, sentado delante del tríptico de Las Tentaciones de san Antonio, yo sentía la apelación turbadora y burlesca de esas imágenes que estaba mirando de cerca por primera vez, en ese estado creciente de excitación que tiene algo de embriaguez visual. Y también me acordaba de mi antiguo proyecto, de la necesidad de saber lo que el pintor y sus contemporáneos veían en ellas. El Bosco no era un genio solitario y marginal, sobre todo porque los genios, solitarios y marginales o no, son un invento varios siglos posterior a su vida. Vivía y trabajaba en su propio tiempo, no en un anticipo defectuoso del nuestro. Hijo y nieto de pintores, y miembro como ellos de un gremio, ejercía su oficio en un sistema de producción muy reglado, en el que ser pintor no tenía nada de particular. Probablemente esa posición estaba reforzada porque vivió siempre en una ciudad provincial, Hertogenbosch, no en uno de los centros que en Flandes o en Italia marcaban los caminos más renovadores en el arte. Y no hay tampoco indicios de que fuera un heterodoxo o un radical religioso o político. Lujos así no podía permitírselos un artesano de la pintura. Era un miembro respetado de la comunidad, y tenía una clientela variada e influyente. De modo que nada de visiones delirantes que no pudieran ser comprendidas por sus contemporáneos, y que debieran esperar varios siglos hasta merecernos a nosotros: la gran mayoría de esos seres que pueblan sus pinturas pertenecen a repertorios simbólicos que eran de conocimiento común en su tiempo. El Bosco no se dedicaba a escandalizar a los biempensantes, como aseguran que hacen algunos de los artistas más celebrados y mejor pagados de la actualidad, sino a representar el mundo de acuerdo con un idioma visual que nos parece indescifrable no porque lo sea, ni porque hubiera nacido de la fiebre visionaria o trastornada de su imaginación, sino porque se ha perdido una gran parte del conocimiento necesario para comprenderlo. De vez en cuando, sus imágenes son traslaciones literales de proverbios en holandés, o incluso de giros o juegos de palabras. Su mundo es el del milenarismo a la vez religioso y político de la tardía Edad Media, el de las danzas de la muerte, las celebraciones carnavalescas, la sátira de la desvergüenza de los frailes, la exigencia de una piedad interiorizada y contemplativa que poco después daría lugar a la Reforma.

El Bosco no se dedicaba a escandalizar a los biempensantes, como algunos de los artistas más celebrados
Durante meses leí en vano todo lo que pude sobre el mundo y los mundos de los tiempos de El Bosco, sobre símbolos alquímicos y figuras del tarot, sobre la cultura popular que asoma en Erasmo y en Rabelais, con su celebración de lo corporal y lo grotesco, según explicaba con erudición impetuosa el gran Mijaíl Bajtín. Creo que llegué a saberme casi palmo a palmo el tríptico de El carro del Heno, el de El jardín de las delicias, este de Las Tentaciones de san Antonio que no tenía ninguna esperanza de ver porque estaba en la lejanísima Lisboa.
No me sirvió de nada. En aquellos la historia del arte era unas veces un catálogo polvoriento de fechas y títulos y descripciones detalladas y superfluas, y otras veces un rumiar monono de palabrería marxista perfectamente intercambiable, fuera cual fuera la obra, la época o el artista del que se tratara. Había un marxismo rústico que veía la lucha de clases hasta en un apio de Sánchez Cotán y un marxismo de más altos vuelos intelectuales con muchas citas de Althusser y de retorcidos teóricos italianos. Daba igual. En los estudios de historia del arte no había casi nadie que se molestara en mirar una obra de arte o que nos alentara a hacerlo, a descubrir su materialidad irreductible, a intentar comprender el proceso por el cual había llegado a existir. Tan ocupados estaban en asignarles significados ideológicos que no tenían ninguna curiosidad por saber qué habían significado para quienes las hacían, las encargaban, las admiraban.
Ha pasado el tiempo y no sé si queda algún rastro de aquella palabrería estéril: en Lisboa, en la última sala del Museo de Arte Antiguo, permanecen inalterables la maravilla y el misterio de Las tentaciones de san Antonio. Ha valido la pena tardar tantos años.
www.antoniomuñozmolina.es