Mostrando entradas con la etiqueta Soler Jordi. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Soler Jordi. Mostrar todas las entradas

jueves, 30 de junio de 2016

SOCIEDAD. "El futuro decimonónico". Jordi Soler

   En "El País":

El futuro decimonónico

La información tiene una rapidez de vértigo, pero seguimos tardando doce horas en ir de Madrid a México, no tenemos coches que vuelan, ni conversamos con androides, ni tenemos naves que nos lleven a otros planetas




EVA VÁZQUEZ

El futuro no es como nos lo habían contado. La literatura y el cine nos pintaron hace décadas un panorama del siglo XXI que no se parece al tiempo en que vivimos. En 1982 Ridley Scott propuso en su película Blade Runner, basada en una novela de Philip K. Dick, una ciudad de Los Ángeles que en el 2019, es decir dentro de tres años, tendría automóviles voladores y una población de androides que convivirían con los humanos.
Antes, en 1968, Arthur C. Clarke y Stanley Kubrick habían calculado, en 2001 Space Odyssey, que al principio de este siglo los viajes por el espacio serían una cosa habitual. Pero la verdad es que lejos de haber vuelos interplanetarios en naves colectivas de grandes dimensiones, lo que tenemos en el siglo XXI es el mismo cansino avión del siglo XX, casi el mismo aparato en el que volaban los Beatles, y unos automóviles, tóxicos e imprácticos, que siguen polucionando la atmósfera, igual que lo han venido haciendo durante el último siglo. Aunque los aviones de hoy son menos elegantes y mucho más incómodos que los del siglo pasado, se trata esencialmente del mismo artefacto, y su impedimento evolutivo somos claramente nosotros, que vivimos pegados a un cuerpo tan primitivo, o tan sofisticado, como el de nuestros antepasados.



George Langelaan propuso, en 1957, que nuestro cuerpo que se resiste a volar podría ser teletransportado, podría encerrarse en una cabina en Berlín y aterrizar, diez segundos más tarde, en una cabina en Nueva York. Esto nos lo explicó al detalle en La mosca, su famoso cuento que Kurt Neumann (1958) y David Cronenberg (1986) llevaron al cine.
El futuro no se parece a lo que estos creadores, fundamentados en la velocidad con la que avanzaba entonces la tecnología, creían que sería. Ya estamos en pleno siglo XXI y ni siquiera tenemos esa cocina automatizada, que producía café, tostadas y un huevo frito con solo darle a un botón, que proponía Jacques Tati en su película Mon oncle (1958). Es más, si quitamos los teléfonos móviles, los cascos del mp3, los coches y alguna prenda de vestir estentórea, y hacemos una foto en una calle antigua de París o de Barcelona, no encontraremos diferencias sustanciales con una que se haya hecho en ese mismo sitio en el siglo XIX, por ejemplo.


El mundo en general no ha cambiado tanto, ha evolucionado por zonas específicas

El mundo en general no ha cambiado tanto, ha evolucionado por zonas específicas y con énfasis en la micro tecnología, avanzamos a gran velocidad hacia lo pequeño, recibimos y emitimos información con una rapidez que produce vértigo, pero seguimos tardando doce horas en transportarnos de Madrid a la Ciudad de México, no tenemos coches que vuelan, ni conversamos con androides, ni tenemos naves que nos lleven a otros planetas; en muchos aspectos nuestro siglo se parece más al pasado, que a ese deslumbrante siglo XXI que nos enseñaron Kubrick y Ridley Scott.
Resulta que a muchas parcelas de nuestra cotidianidad no ha llegado todavía el futuro, basta asomarse a los artículos de prensa y a los ensayos que se escribían a mediados del siglo XIX en Estados Unidos, para darnos cuenta de que las inquietudes, las pulsiones y las neurosis que bullían en los albores del mundo industrializado, del capitalismo rampante, de la modernidad compulsiva, siguen estando, ciento cincuenta años más tarde, perfectamente vigentes. Para darnos cuenta de que aquellos que vislumbraban este siglo desde el siglo anterior, tendrían que haber mirado hacia atrás y no hacia adelante para no errar tanto en su pronóstico.
Esa preocupación que nos produce hoy el deterioro del planeta, o la desconexión con la naturaleza y la pérdida de nuestra dimensión espiritual ya existía a mediados del siglo XIX en Estados Unidos; los creyentes gremiales se apuntaban a la iglesia calvinista o al grupo cuáquero de su comunidad, y los que no querían someterse a la espiritualidad oficial, husmeaban en las tradiciones orientales, en el taoísmo o el budismo, o en la cosmogonía milenaria de los indios que todavía habitaban aquellas tierras y que pronto serían acorralados por la expansión industrial y la modernidad. Aquella atmósfera espiritual, que era precisamente la reacción a ese mundo industrializado y lleno de humo que ya era muy patente, puede visitarse en la obra de Emerson, de Thoreau o en los poemas incombustibles de Walt Whitman, escritores que buceaban en las tradiciones orientales que proponen el regreso a la naturaleza, el abandono del yo a favor del todo cósmico, la concentración en el único tiempo que tenemos que es el presente, y una muy completa batería de preceptos que en nuestro siglo predican, exactamente por las mismas razones, los gurús del mindfulness y demás invenciones de la new age, que es tan vieja como Lao-Tse.


Esa preocupación que nos produce hoy el deterioro del planeta, ya existía a mediados del XIX

Estados Unidos, después de la Guerra Civil, trataba de reorganizarse como país, de armonizar las diversas nacionalidades que lo conformaban, incluidos los habitantes originales del territorio; era un proyecto económico y multicultural lanzado hacia el futuro que, paradójicamente, no toleraba a los inmigrantes pobres, esa intolerancia tan propia de nuestra especie que siglo y medio después sigue vigente. Walt Whitman nos cuenta, en uno de sus artículos que escribía en la prensa, de los dos mil europeos pobres que llegaron de golpe al puerto de Nueva York, y de cómo fueron confinados en el barrio más sucio e insalubre, mientras la prensa y la sociedad en general los culpaba de todos los robos y fechorías que perpetraban los nativos. Era la época, nos dice el poeta, en la que reinaba el “espíritu de destruir-y-volver a construirlo todo”; los especuladores inmobiliarios en Manhattan creaban burbuja tras burbuja, los edificios se incendiaban y una vez controlado el fuego ya había un especulador dispuesto a construir sobre las cenizas. El poeta nos cuenta de una mujer de avanzada edad que defendía, con una pistola en cada mano, la tumba de su marido sobre la que un especulador quería construir un edificio. Era la época del capitalismo salvaje, todo valía para hacerse rico y nadie parecía tener escrúpulos de ninguna clase, y esa furia afectaba incluso a los escritores, como Charles Dickens que, harto de los piratas que imprimían sus libros, escribía artículos exigiendo al gobierno la protección de sus derechos de autor, mientras la prensa y la opinión pública lo acusaban de ser un escritor majadero y antidemocrático por tratar de impedir que su obra se reimprimiera libremente, más o menos lo que opinaría hoy, del músico que se queja de que le roben sus canciones, el cibernauta que mira desde su cuerpo decimonónico, el futuro que corre en la pantalla de su teléfono.
Jordi Soler es escritor.

jueves, 16 de mayo de 2013

PRENSA. "El reverso de la crisis". Jordi Soler

Jordi Soler

   En "El País":

El reverso de la crisis

Los efectos de épocas oscuras como la que vivimos no suelen ser todos negativos, y la evidente desgracia económica incluye una buena contraparte de situaciones positivas que van brotando poco a poco con el tiempo

 12 MAY 2013

“De cuando en cuando y a lo lejos hay que darse un baño de tumba”, decía Pablo Neruda en uno de sus poemas. El consejo del poeta viene a cuento en esta temporada oscurecida por la crisis y por su espesa cauda de efectos secundarios. No se trata de un consuelo filosófico de corte empirista (si tu problema no afecta el ritmo del cosmos no es un problema verdaderamente importante), sino de una coordenada poética que nos invita a mirar las cosas con la debida distancia, por ejemplo, a mirar esta crisis a la luz de otra crisis más aguda, para comprobar que los efectos de estas épocas oscuras no suelen ser todos negativos, y que la evidente desgracia económica incluye una buena contraparte de situaciones positivas que van brotando con el tiempo.
Además de su vertiginosa obra de ficción, el escritor inglés George Orwell era un deslumbrante ensayista que, seguramente por el escaso interés que despierta el género, no tiene en nuestra lengua el lugar que merece. Su honestidad intelectual le costó un montón de enemigos, pues lo mismo criticaba duramente la laxitud de las milicias republicanas españolas (con las que hizo la guerra), que desmenuzaba con saña a la sociedad inglesa (dentro de la cual vivía), o evidenciaba la banalidad, la tontería y la podredumbre de los escritores (su propio gremio) de su país.
Ese baño de tumba que proponía Neruda podríamos dárnoslo en uno de los ensayos de Orwell, publicado en 1942, titulado Money & guns [Dinero y armas]. En esa época el escritor colaboraba con varias publicaciones inglesas, y con un par de revistas que se editaban solo en Estados Unidos. El viaje de sus artículos americanos parece un apéndice de su novela 1984: todos los envíos por correo que entraban o salían de Inglaterra pasaban por la censura, que era una oficina donde sobres y paquetes hacían una escala obligatoria. Un funcionario sacaba el artículo del sobre donde Orwell lo había metido y, sin más directriz que la inspiración del momento, y sin ningún empacho, recortaba las palabras, líneas o párrafos completos que consideraba peligrosos para la integridad de Reino Unido. Los Estados en guerra, ya se sabe, desarrollan paranoias disparatadas. Luego volvía a ponerlos en el sobre y los dejaba seguir su camino hacia Estados Unidos, sin hacer ver a los destinatarios, que eran los directores de las revistas en las que Orwell colaboraba, que los artículos iban mutilados. Así que el escritor nunca sabía, en realidad, qué era lo que publicaba hasta que, al cabo de unos meses, recibía los ejemplares con sus artículos.

La escasez de todo permitió, según Orwell, un despliegue cultural que no hubiera existido
Pero volvamos al baño de tumba. Durante ese año, 1942, la crisis económica provocada por la II Guerra Mundial condicionaba la vida cotidiana de la sociedad inglesa; se habían suprimido toda clase de lujos como los alimentos demasiado elaborados, las bebidas caras, los perfumes y los cosméticos, la ropa de marca, la servidumbre y también los viajes recreativos, porque consumían una cantidad de combustible, y de piezas de recambio, imprescindibles para los vehículos que se utilizaban en la guerra. Las naranjas aparecían de vez en cuando, y hacía dos años que nadie en Inglaterra veía un plátano. Cada gramo de metal, desde el pin de un equipo de fútbol hasta las piezas de hierro de barandales, balcones y ventanas, se utilizaba en la fabricación de armamento, y cada centímetro de seda servía para confeccionar paracaídas y dirigibles.
Esta jerarquización de la materia en tiempos de guerra afectaba hasta los pasatiempos más apacibles y aparentemente inocuos, como el sentarse a comer chocolatinas frente a la estufa de carbón, porque el azúcar y la leche eran ingredientes tan escasos que debían administrarse con buen juicio, y no en una frívola golosina, y el carbón había que extraerlo de una mina, cuyos obreros estaban peleando en el frente, y transportarlo en un tren de carga que se desplazaba gracias a un combustible que era imprescindible para el Ejército. Con este panorama los ingleses tenían que optar por las diversiones básicas como el deporte, la conversación, la música o el canto. Como las verduras, igual que todo lo demás, escaseaban, el Gobierno inglés promovía espacios urbanos para que los ciudadanos cultivaran sus propios huertos. Esta iniciativa consiguió la restructuración de las familias, porque todos los miembros tenían que trabajar codo con codo en el huerto, y también porque los hombres adultos, que por alguna razón no habían ido a la guerra, cultivaban coles y zanahorias en lugar de, como lo hubieran hecho en tiempos de paz, beber cerveza y jugar a los dardos en el pub.
La escasez de todo, y las largas horas de ociosidad durante los bombardeos produjeron, según Orwell, un despliegue cultural en la sociedad que, sin aquella crisis, quizá no hubiera existido. Resulta que en las estaciones de metro, donde los ciudadanos se refugiaban de las bombas, comenzó a gestarse un movimiento espontáneo de músicos, poetas, actores de teatro que montaban espectáculos de gran calidad para el público que tenían ahí cautivo.

Gracias a los bancos de tiempo, las personas intercambian servicios según su especialidad
Pero quizá lo más significativo de aquel periodo de guerra y crisis, haya sido el incremento en el número de lectores que hubo en Inglaterra durante esos años. Por una parte estaba la demanda de los miles de soldados que, para paliar las largas temporadas de aburrimiento que pasaban en el frente, echaban mano de los libros que les enviaban de su país y, por otra, la población civil inglesa que ante la escasez de todo lo demás, y los largos ratos que permanecían en los refugios antiaéreos, se puso a leer. En aquel contexto los libros resultaban ser una diversión muy barata, un solo ejemplar podía pasar por cientos de lectores y una vez que agotaba su vida útil iba a la trituradora de la que salía la pulpa para otro libro. Según asegura Orwell, en este artículo escrito en el centro de la II Guerra Mundial, durante esos años no solo aumentó el número de lectores en Inglaterra, también subió el nivel de las obras que leía normalmente el ciudadano promedio, y esto a su vez elevó el nivel de discusión nacional e hizo que los periódicos se esforzaran por alcanzar ese nivel, y lo mismo comenzó a pasar con la radio y con el cine. Todo un espectro de efectos positivos que era el reverso de la parte negativa de la crisis, que suele ser la más visible.
Aquella crisis de Inglaterra es distinta, mucho más grave y con una guerra de por medio, de la que atenaza hoy a España, sin embargo el panorama desolador que debe enfrentar cada día el ciudadano tiene varios puntos en común e, igual que aquella, la de aquí tiene un reverso, una contraparte positiva que empieza a aflorar. La crisis española ha conseguido, más allá de la relevancia mundial que han tenido “los indignados”, que la gente voltee a ver a su vecino, que se interese por él y que incluso intervenga, proteste y hasta evite que el banco lo eche de su casa. La crisis también ha logrado despertar la conciencia de que la organización colectiva, pacífica y apartidista, es una fuerza capaz de transformar las cosas en beneficio de la gran mayoría y, por otra parte, ha agudizado la atención de ciudadanos, medios de comunicación y funcionarios frente a los casos de corrupción que antes de la crisis eran soportados por la boyante economía.
Gracias a la crisis se han desarrollado, en varias ciudades de España, los bancos de tiempo, una organización ciudadana, inspirada en el trueque, en donde las personas intercambian servicios de acuerdo a su especialidad, por ejemplo, un electricista intercambia una hora de trabajo por una hora de clase que le da una maestra de piano, y esto es tanto, y tan crucial, como decir que las personas, en esta época incierta, han logrado ponerse por delante del dinero.
La crisis, en suma, resucita cada día valores que había sepultado la bonanza económica, valores como la solidaridad, la compasión y el espíritu de sacrificio, que convendría conservar el día en que la crisis se aleje y volvamos todos a ignorar al vecino, y a mirarnos abismados el ombligo.
Jordi Soler es escritor.

miércoles, 1 de mayo de 2013

PRENSA CULTURAL. "Esperando a La Chalotais". Jordi Soler

Jordi Soler

   En "El País":

Esperando a La Chalotais

La educación debe promover la libertad y ser plural y neutral ante las religiones

 13 ABR 2013

   En su hermoso libro terminal El refugio de la memoria, Tony Judt dedica un capítulo a su paso por la École Normale Supérieure, en París.
   Judt, que era alumno de Cambridge, llegó en 1970 a esta academia humanista de élite como pensionnaire étranger y entró en contacto no solo con la intelectualidad francesa más sobresaliente de la época, sino también con los estudiantes que se preparaban para ser los políticos que, unos años más tarde, conducirían los destinos del país.
   Por las aulas de esta escuela ha pasado, desde el año 1794, una constelación de mentes brillantes que han hecho de Francia lo que es hoy, un país que, con todo y que no se encuentra en su mejor momento nos lleva, en el campo de la educación, mucha ventaja. No en años, puesto que los esfuerzos por consolidar un sistema de educación competente empezaron, en los dos países, a principios del siglo XIX, sino en la perspectiva que han tenido desde entonces los franceses, sobre esa inversión estratégica que es la educación de la ciudadanía.
   Voy a escribir, sin más intención que la orientativa, los apellidos de algunos ex alumnos de la École Normale Supérieure : Pasteur, Pompidou, Derrida, Sartre, Bergson, Rolland, Althuser, Debray, Foucault y Henry Lévy, que por cierto escribe en estas mismas páginas.

Mientras el Estado francés asume la educación de sus ciudadanos, el español se lo deja a la Iglesia
   Tony Judt, haciendo gala de su robusto escepticismo, escribió: “Los intelectuales franceses todavía generan algún calor de vez en cuando, pero la luz que emiten nos llega desde un sol distante, quizá ya extinguido”.
   Dicho esto, y aceptando que hoy, efectivamente, esa luz nos llegue desde lejos, no puede soslayarse la tremenda influencia que ha ejercido la intelectualidad francesa en Occidente, durante los últimos siglos, ni, sobre todo, que aquel esplendor que venía de la Ilustración y que consolidó la Revolución, todo ese mundo rico y variopinto de filósofos, escritores, políticos, que han hecho de Francia lo que es hoy, no se debe a la casualidad, ni a la genética, ni a la magia ni al milagro, sino que parte de un proyecto del Estado francés, que hace doscientos años se dio cuenta, y actuó en consecuencia, de que la riqueza de un país, y el peso que este tiene en el mundo, empieza en la educación de sus niños.
                La École Normale Supérieure, su apabullante nómina de ex alumnos y la influencia que estos han tenido y tienen en el destino de su país, es la punta de un proyecto educativo que concibió, en 1763, Louis-René de Caradeuc de La Chalotais. Este hombre era el Procurador General de Bretaña, un exitoso político que truncó su carrera al enfrentarse con Luis XV y con el duque D´Aiguillon, el gobernador de la provincia. La Chalotais cayó en desgracia, estuvo en dos cárceles bajo un estricto régimen de privación y vigilancia, tanto que, de acuerdo con lo que escribió Voltaire, no tenía derecho ni a instrumentos de escritura y tuvo que escribir su defensa con un palillo remojado en vinagre. Después de la cárcel fue enviado al exilio. Ante ese castigo desmedido, y a pesar de que se trataba de una persona más bien antipática, la gente decía que La Chalotais había sido víctima de su enemistad con el duque D´Aiguillon, pero sobre todo de la venganza de los jesuitas, la orden religiosa a la que había combatido, durante toda su carrera política, con notable ferocidad, porque estaba convencido de que la educación del pueblo no podía ser dejada en manos de una orden religiosa.
      A partir de ese convencimiento, La Chalotais escribió en 1763, el mismo año en que los jesuitas fueron expulsados de Francia, un ensayo crucial, Essai d´Education Nationale, que fue la primera piedra del diseño educacional francés —que posteriormente articularía Condorcet y finalmente instauraría el régimen napoleónico— como un sistema educativo nacional, gratuito y laico que, a partir de entonces, presidente tras presidente, han ido protegiendo, cultivando y expandiendo, independientemente de la formación política a la que pertenezcan.

La tolerancia abúlica hacia la corrupción está relacionada con el sistema educativo
   Francia lleva más de dos siglos invirtiendo en la educación de sus ciudadanos, más o menos el mismo tiempo que lleva España invirtiendo en la de los suyos, pero con otra perspectiva : mientras que el Estado francés asumió la responsabilidad de la educación de sus ciudadanos, fundando una escuela gratuita y laica, aquí la educación se ha dejado, con la excepción de un breve periodo durante la República, en manos de la Iglesia. Y esto quiere decir que la educación para el Estado español, puesto que se deja en manos de otro, no es una prioridad. O dicho de otro modo, más que la educación importa estar en buenos términos con la jerarquía eclesiástica.
   Que la Iglesia, en pleno siglo XXI, intervenga en el sistema educativo, y que lo haga avalada por ese anacrónico concordato entre España y el Vaticano refrendado en 1979, es una rareza que no existe ni en el país con más católicos del mundo hispano, que es México, donde la educación es, desde el siglo XIX, laica y gratuita como en Francia.
   La educación tiene que ser plural, debe promover la libertad de pensamiento, ser neutral frente a las religiones y dotar al alumno del equipaje intelectual que necesita para reflexionar en libertad y llegar a sus propias conclusiones. Así es la educación francesa, la que reciben mis hijos y sus colegas, y que yo miro con sana envidia y a destiempo, porque no se parece en nada a la educación católica que recibí yo, que probablemente se parece a la que recibió usted, y que sigue siendo hasta hoy básicamente la misma, una educación secuestrada por el temor a Dios, donde razonar es menos importante que memorizar, donde la creencia tiene mucha mayor jerarquía que el escepticismo, y el rebaño vale más que el individuo.
   A juzgar por lo que ha producido en uno y otro país el sistema educativo, convendría empezar a cuantificar, de manera constructiva, todo lo que se ha perdido aquí durante estos siglos de educación mangoneada por la Iglesia, y la manera en que esta pérdida ha terminado conformando al país; porque, por echar mano de un ejemplo de rabiosa actualidad, la corrupción esperpéntica que últimamente llena páginas de periódicos y noticiarios, y la tolerancia abúlica con que el ciudadano común la enfrenta, están directamente relacionadas con nuestro sistema educativo.
   ¿Debería la Iglesia, esa institución que está cada vez más fuera de este mundo, tener semejante injerencia en la educación de un país moderno, industrializado y europeo?
   “Procuremos más ser padres de nuestro porvenir que hijos de nuestro pasado”, decía Unamuno, y conviene recordarlo porque tiene que ver con la idea que anima estas líneas: Francia es lo que es no por razones genéticas, ni geográficas, ni mágicas, sino porque ha sabido diseñar un sistema educativo a la altura de sus ciudadanos. Quizá ya sea el momento de que aparezca nuestro La Chalotais.
Jordi Soler es escritor.

viernes, 9 de noviembre de 2012

PRENSA. "Los creyentes". Jordi Soler

Jordi Soler

   En "El País":

Los creyentes

La credulidad de esa gran masa que se informa cada minuto es una pieza clave de la crisis económica

 4 NOV 2012

El polifacético empresario P.T Barnum ha pasado a la historia como el inventor del show business. La biografía de este controvertido personaje, que empezó a hacer fortuna en la primera mitad del siglo XIX, ofrece a los habitantes de nuestro destartalado milenio una visión básica, larvaria y sumamente pedagógica, del feroz capitalismo que hoy gobierna el planeta, y de esa útil franja gris en la que se diluye la información que no conviene explicar.
Barnum, cuyas iniciales significaban Phineas Taylor, poseía, en 1829, a los veinte años de edad, un enorme almacén donde vendía de todo, desde un termómetro hasta un caballo.
Es probable que aquel muchacho espabilado haya sido también el inventor del supermercado.
Desde aquel negocio, digamos, convencional, P.T. vislumbró que el dinero de verdad estaba en el mundo del espectáculo y, para llegar hasta él, dedicó siete años a cabildear, a establecer alianzas y complicidades, con el objetivo de conseguir el permiso para establecer un misterioso negocio que, originalmente, prohibía la ley del Estado de Nueva York. Como no había dificultad que lo detuviera, y en todo caso estas le servían de acicate, en 1836 consiguió inaugurar un teatro poliédrico, escorado hacia el circo y el bar, que tenía el desasosegante nombre de 'Gran teatro musical y científico Barnum'.
Dentro de aquel teatro, que ocupaba todo un edificio, actuaba y se exhibía una delirante troupe compuesta por gigantes y enanos, mujeres barbadas y negros albinos, un grupo actoral que a un empresario de este siglo nuestro le hubiera costado la clausura del lugar, pero no a P.T. Barnum, que en esos años estaba inventando el show business; era pionero de un negocio que nadie había tenido tiempo de tipificar, y podía darse el lujo de exhibir dos piezas, increíblemente fraudulentas, que acabaron haciéndolo muy rico: la momia, falsa, de una mujer-pez, de nombre artístico 'La sirena Fiji', y una mujer paralítica y ciega, de ochenta años, a la que la publicidad del espectáculo achacaba ciento sesenta y el dudoso pedigrí de haber sido la enfermera de George Washington.

Unos cuantos listos siguen viviendo a costa de una multitud de idiotas
Esto que cuento aquí es de verdad, y aunque hoy puede parecernos una chapuza colosal y, en el caso específico de la viejecita, una canallada que raya en el delito, la gente de Nueva York acudía en masa a ver eso, y todo lo que presentaba P.T. Barnum.
Pero lo verdaderamente escalofriante de la biografía de este empresario era su divisa, la idea sobre la que fundamentó su imperio: “cada segundo nace un nuevo idiota”.
P.T. Barnum no tenía ni escrúpulos ni vergüenza, era un empresario muy convincente y su propuesta resultaba atractiva; la gente se acercaba a su negocio sin oponer resistencia, se dejaba llevar y muy pocos dudaban de la veracidad de la enfermera o de la autenticidad de la sirena Fiji. ¿Cómo podía ser toda esa gente tan ingenua, y P.T. Barnum tan descarado? Seguramente porque así está estructurada la sociedad, hay listos que viven de una gran masa de personas que creen en ellos, en lo que dicen y en lo que hacen y proponen.
Creer es más fácil que no creer, implica menos tiempo y menos esfuerzo, sobre todo en esta época donde la información copa todos los espacios públicos y domésticos, y todo lo que hace el ciudadano es dejarla entrar, y permitir que influya en su punto de vista y en sus decisiones. En ese mar de datos, desprovistos de su contexto, que bulle cada minuto en las pantallas del ordenador o del teléfono móvil o la televisión, se nos dicen un montón de cosas en las que hay que creer, o no, como si se tratara un dogma de fe, porque van avaladas y amplificadas por un medio de comunicación serio, o por una institución solemne como la banca o el Estado.
La credulidad de esa gran masa que consume información cada minuto, es una de las piezas clave de la crisis económica. Desde luego que la banca abusó de su clientela, pero también la clientela tiene la responsabilidad de haber creído, de haber tenido fe en el banco en lugar de reflexionar sobre la conveniencia de obtener dinero tan fácilmente. La banca nos vendió a la sirena Fiji, y a la enfermera del presidente Washington, a esta gran masa de idiotas, que nacemos cada segundo, y que tan bien tenía identificada el listo de P.T. Barnum.

Deberíamos pedir que alguien nos explique los detalles de la independencia de Cataluña
Es verdad que el eje del poder mundial se ha corrido hacia el Este y que la geopolítica tiene nuevos e inquietantes elementos; sin embargo el orden mundial que estableció P.T. Braun sigue intacto: unos cuantos listos siguen viviendo a costa de una multitud de idiotas.
Cada día recibimos información para creyentes, datos que apelan más a la fe que a la ciencia, en todos los campos y disciplinas de la existencia. Se nos informa de las bondades indiscutibles de la comida orgánica, sin presentarnos nunca un análisis riguroso, con pruebas, resultados y estadísticas, para que podamos reflexionar y decidir, y con base en esa misma credulidad, en esa ausencia flagrante de contexto y de relato, se nos habla, con menos sensatez que autoridad, de lo nefastos, o no, que resultan para la infancia los juegos electrónicos; de la importancia, o no, de amamantar a los niños, hasta los tres, seis u ocho meses; también se nos informa, por escrito o en una tertulia radiofónica, de lo perjudicial que resulta la cercanía del teléfono móvil para ciertos órganos vitales, y se nos venden como rigurosamente ciertos, aunque no lo sean, los ingredientes que aparecen en el empaque del cereal, o de la bollería industrial o de los refrescos, y de paso se nos habla de las propiedades cancerígenas que adquiere el agua recalentada por el sol dentro de un botellín de plástico convencional. Sobre este último caso hay un debate serio en Estados Unidos cuyo resultado son unas botellas de plástico anti cancerígenas, que inventó el P.T. Barnum de turno, y que cuestan diez veces más que un botellín de agua normal.
Todo esto es información para creyentes, datos que no resisten el análisis y que circulan por esa franja gris, donde nada es mentira ni verdad, en la que los listos se mueven como peces en el agua.
Los creyentes servimos a todos los niveles y nuestra credulidad resulta especialmente gravosa en un momento crítico como este, en el que los idiotas que nacemos cada segundo, tendríamos que ser absolutamente escépticos ante esa información abstracta, y convenientemente opaca, que se nos administra todos los días como, por ejemplo, los indicadores económicos, las cifras del rescate financiero, el ahorro que suponen los recortes, las medidas que se están tomando para paliar la crisis y los años que nos va a tomar recuperarnos, y ya montados en ese saludable escepticismo, deberíamos pedir que alguien nos explique los detalles de la independencia de Cataluña, un proyecto para el que la fe no parece instrumento suficiente.
Los ciudadanos requerimos más datos que nos permitan entender lo que está pasando, porque estos temas tan graves no podemos enfrentarlos con la tranquilidad y la ingenuidad de los creyentes.

miércoles, 9 de mayo de 2012

PRENSA. "El mensaje de Orwell", por Jordi Soler

Jordi Soler

   En "El País":
El mensaje de Orwell
   El optimismo de aquella gente martirizada por la guerra civil que describe el escritor inglés se basaba en la confianza en el futuro y en esa sensación de que el mundo iba a convertirse en un lugar mejor. A partir de ahí, hay que empezar a fundar el porvenir.

Jordi Soler 29 ABR 2012
 
   Hace 75 años, el escritor inglés George Orwell, llegó a España, con el proyecto de pelear en la Guerra Civil. En su viaje desde Inglaterra, hizo una escala en París, que aprovechó para completar un trámite en el consulado español y, sobre todo, para conversar con Henry Miller. Los escritores se tenían mutua admiración a pesar de que, o quizá justamente por esto, la obra de Miller estaba situada en las antípodas de la de Orwell.
   El secretario del escritor neoyorquino escribió un registro de aquel encuentro, que fue amistoso, entrañable e ideológicamente muy tirante. Cuando Orwell le explicó su proyecto de viajar a España para combatir el fascismo, y habló del deber moral que, desde su punto de vista, tenían los escritores frente a aquel formidable enemigo, Miller trató de hacerle ver que aquellas ideas eran propias de un boy-scout, y después le dijo textualmente: “Ir a España en este momento es el acto de un idiota”.
   Al final de aquella reunión, Miller hizo su contribución personal a la causa de la República Española: le regaló a Orwell su abrigo de pana.
   Con ese abrigo de pana llegó el escritor inglés a Barcelona, a principios de 1937. Se apuntó en el cuartel Lenin y se vistió con el uniforme que le adjudicaron y que él identificó inmediatamente como multiforme, porque las prendas no coincidían, ni entre ellas mismas, ni con las de ningún otro miliciano.
   “Como estábamos en España, todo se hacía sin ton ni son”, nos cuenta Orwell en el primer capítulo de ese libro raro, estruendoso, conmovedor y hermosísimo que es Homenaje a Cataluña. Un libro que es, en realidad, un homenaje a ese mundo lleno de ideales, de solidaridad y de respeto por el otro que, en esta época nuestra tan dineraria y feroz, cuesta trabajo concebir.
   Además del multiforme a Orwell le dieron un rifle antes de partir con su tropa rumbo al frente de Aragón. La verdad es que Orwell no pegó ni un solo tiro, al contrario, se llevó una bala fascista en la garganta que, años después, terminó matándolo. Pero, sobre todo, prestó un servicio impagable a la humanidad con la obra literaria que produjo su aventura en España, y que se suma a esas otras dos novelas suyas inolvidables que son Rebelión en la granja y la escalofriante 1984, por cuyas páginas siguen circulando esas ratas horribles, que venían de comerle el cinturón a los milicianos de Homenaje a Cataluña.
   De su llegada a Barcelona hay una fotografía, de Agustí Centelles, que lo dice todo: al final de un pelotón de republicanos bajitos, y rigurosamente multiformados, se yergue al fondo de la fila un tío alto, de abrigo de pana y bigotito, que saca a todos la cabeza y que es, por supuesto, George Orwell.
   ¿Qué hacía ese marciano inglés en la Guerra Civil?, ¿qué hacía ese escritor, educado en Eton, jugándose la vida en otro país para combatir el fascismo? ¿quién de nosotros, habitantes de este milenio metalizado y frívolo, se jugaría el pellejo por defender una manera de ver y de orientar la vida, una cosa tan etérea como una idea o un concepto?
   Lo cierto es que entonces, hace nada más 75 años, miles de extranjeros se apuntaron voluntariamente para venir a España a hacer la guerra, sin más, ni menos, estímulo que sus convicciones.
   Hoy George Orwell puede parecernos un marciano porque, ¿quién en su sano juicio va ir a pegar tiros a otro país, dejando en el suyo su pisito, su automóvil, su mutua médica, su plan de jubilación y su nicho pre-pagado en el cementerio? La respuesta es que, en el mejor de los casos, muy pocos. El mundo ha cambiado radicalmente, las ideologías se desvanecen, los ideales flaquean, ya no se sabe a qué parte de la derecha pertenece la izquierda y hoy la gente, para creer en algo, tiene que verlo en Google. A menos que se trate de dinero o propiedades, dos elementos del paisaje mental contemporáneo en los que todos seguimos teniendo una inquebrantable fe.
   Pero resulta que la crisis económica, que se ceba en España con insultante entusiasmo, nos va dejando sin pisito, sin automóvil, sin mutua y sin nicho en el cementerio, y todo sin haber ido a hacer la guerra, sin pegar un tiro, sin haber hecho absolutamente nada. Es más, nos ha dejado así después de habernos comportado como buenos ciudadanos, que pagan sus impuestos y se conducen con decencia.
   En lugar de enfocar esto como una tragedia, que sería lo natural, tendríamos que verlo como una invitación a reconvertirnos en otra cosa, en un marciano como Orwell, por ejemplo. Y para esto basta con cambiar el punto de vista, mirar más allá de los escombros, de los cascotes y las columnas de humo que va dejando esta crisis, y reconducir el desconcierto, la desazón y la cólera que esta produce, hacia un sitio diferente, más allá del desánimo general que lo paraliza todo. En lugar de estarnos mirando la punta de los zapatos, podríamos mirar hacia el horizonte y, una vez ahí, trazar una cartografía íntima para ver en qué punto, precisamente, nos encontramos.
   Quien logra trazar esta cartografía íntima ya ha observado, reflexionado, sacado conclusiones de su entorno y su circunstancia, como lo haría un solitario del calibre de George Orwell, no en la Guerra Civil que ya pasó, sino frente a esa turbulencia que han generado los chacales financieros, y la incapacidad de los Estados para contenerlos, ese poder oscuro contra el que el individuo común no puede defenderse, pero sí que puede mantener “una guerra sin batalla, una guerra de guerrillas”, para utilizar el concepto que proponía Gilles Deleuze.
   Esta guerra de guerrillas consiste en no bajar la guardia, no distraerse ni desanimarse, vigilar de cerca a nuestros gobernantes, mantener los ojos bien abiertos para ver pasar la siguiente oportunidad y, sobre todo, confiar en algo, creer en algo, como lo hizo hace 75 años George Orwell.
   Ese individuo solitario, ese marciano que hace su guerra de guerrillas, terminará armonizando con las miles de individualidades que están empeñadas en lo mismo. Se trata de metamorfosear la catatonía en un nuevo resplandor.
   En el primer capítulo de Homenaje a Cataluña, Orwell nos cuenta la impresión que le produce Barcelona. Eran los primeros meses de 1937 y sus habitantes estaban en pie de guerra, o escondiéndose de la guerra; en todo caso la ciudad había sido bombardeada, había tiros en la calle, columnas de humo negro salían de algunos edificios, la comida escaseaba y casi no había azúcar, ni carbón, ni gasolina. Barcelona era una ciudad oscura, empobrecida, destruida, y sin embargo Orwell veía más allá de lo que era evidente, caminaba por las calles entre escombros, humaredas y cascotes con la ilusión de estar viendo una ciudad obrera, donde la gente trabajadora se organizaba para construirse un futuro decente. Orwell, en lugar de perderse en las ruinas de aquella ciudad veía, más allá de la humareda y los escombros, el giro portentoso que estaba dando la historia de la humanidad. Y los barceloneses soportaban aquel desastre, escribe Orwell, porque “confiaban en la revolución y en el futuro, y se tenía la sensación de haber entrado en una era de libertad e igualdad”.
   Todo el optimismo de aquella gente martirizada por la guerra que describe el escritor inglés se basaba en la confianza en el futuro y en esa sensación de que el mundo iba a convertirse en un lugar mejor.
   Ahí está la fórmula, el mensaje cifrado que nos envía Orwell desde sus páginas: esa confianza y esa sensación. A partir de ahí, no tenemos más remedio, hay que empezar a fundar, día tras día, el porvenir.
 
   Jordi Soler es escritor. Sus últimos libros son Diles que son cadáveres y Dalí y la más inquietante de las chicas yeyé (ambos en Mondadori).

jueves, 9 de febrero de 2012

PRENSA. "El canon económico de la vida", por Jordi Soler

Jordi Soler

   En "El País":
El canon económico de la vida

   Es necesario frenar, poner a raya la multitarea, hacer actividades que no representen ninguna ganancia, no expandirse ni crecer y quitarle a la vida esa connotación dineraria. Hay que generar ese espacio de silencio.

JORDI SOLER 05/02/2012

   "Todo el mundo está obsesionado con el crecimiento, pero bien mirado, en un organismo maduro todo crecimiento se corresponde en esencia con un tumor". Esto lo dice Walter, uno de los personajes de Libertad, la fabulosa novela de Jonathan Franzen que ha sido saludada por la crítica estadounidense, y por buena parte de la española, como la novela más importante del año pasado. Walter explica a la familia de su novia, en una bochornosa escena que se desarrolla en un restaurante de Manhattan, en los años setenta, los pormenores del informe Los límites del crecimiento, que promovía entonces el Club de Roma.
   La escena resulta bochornosa porque a nadie le interesa lo que ese joven intelectual, preocupado por el destino del planeta, se empeña en contar; la familia de su novia está más bien por beber vino y repetirse los chistes verdes de costumbre y la cuñada, después de la esforzada intervención de Walter, pregunta: el Club de Roma. ¿Eso es como un Club Playboy italiano?
   La obsesión por el crecimiento, sobre la que sin ningún éxito ensaya Walter en esa cena de novela, y sobre todo el cuestionamiento de si todo lo que crece va necesariamente a mejor, viene muy a cuento en estos tiempos en los que el ciudadano común vive expandiéndose, cada vez con más frenesí, en ese territorio fragmentado, vasto y resbaladizo, que son las pantallas electrónicas. Como si todos estuviéramos capacitados para ello, nos entregamos a la multiplicación de las tareas que nos ofrece toda la gama existente de instrumentos electrónicos, y a ir consumiendo la información multiplicada, multifragmentada, que estos nos brindan, como si eso fuera, en efecto, una manera de crecer y de expandirse.
   Un reciente estudio publicado por la Universidad de Stanford, nos cuenta que los estudiantes multitarea, esos que hacen los deberes mientras envían e-mails, o SMS o revisan su timeline en Twitter, "reducen su capacidad y efectividad, pierden concentración y tiempo, y terminan haciendo distintas cosas a medias". Además de que tienen dificultades para distinguir la información relevante de la que no lo es.
   Vamos a obviar la parte en que esa obsesión colectiva por el crecimiento y la expansión desemboca en la virulenta crisis económica que ahora nos carcome, sin olvidar la exagerada atención que últimamente, y llevado de la mano por los medios de comunicación, está obligado a poner el ciudadano común en el crecimiento de la economía de su país. Los indicadores de este fenómeno se han convertido en el nuevo barómetro: cuando hay crecimiento económico del país, la gente sale contenta como si le hubieran pronosticado un día de sol, y cuando no lo hay parece que el hombre del tiempo hubiera pronosticado una borrasca. Desde la suspicacia podríamos pensar en lo mucho que conviene a los Estados tener en vilo al ciudadano con las noticias sobre el crecimiento o decrecimiento de la economía; el estrés que generan termina facilitando la implantación de medidas correctivas, de recortes, despidos e impuestos que la población, debidamente amedrentada, aceptará sin rechistar.
   Las noticias sobre el pulso diario de la economía no solo han venido a amargarnos la existencia, también han consolidado esa idea de que lo que crece está bien, muy vivo y con mucho futuro, y en cambio lo que no crece adolece de algo, está enfermo y con un pie fuera de este mundo. Este planteamiento puede ser cierto pero no siempre ni en cualquier circunstancia, porque en un organismo ya crecido el crecimiento significa, como bien apunta Walter en la novela de Franzen, un elemento que perturba la vida en lugar de hacerla más rica.
   Veamos lo que sucede en el ámbito cotidiano y doméstico, con ese crecimiento a partir de la multiplicación de una serie de actividades que hasta hace muy poco no existían: hoy una persona normal puede ir conduciendo su coche, con la radio de fondo, mientras habla por teléfono con el manos libres y, con la mano izquierda, vigilando con el ojo derecho que no lo mire un policía, escribiendo un tuit. La multiplicación de estos actos aparentemente mínimos afecta todos los estratos de la vida. Los niños, que ya han nacido con el chip de la multitarea, hablan entre ellos mientras juegan al FIFA en la PSP y simultáneamente ríen los gracejos de Bob Esponja en la televisión.
   Por ejemplo, una actividad tan simple como oír música, que antes consistía en poner un disco, servirse un trago y sentarse en un sillón a escuchar, hoy ha sido arrollada por la multitarea, todos la oímos enchufados a unos audífonos mientras nos desplazamos de un lado a otro ejecutando otras actividades. La música ha dejado de ocupar la parte central, ahora es un fondo, un ambiente, un elemento más del paisaje frenético que nos rodea.
   Practicando la multitarea se tiene la impresión de estar haciendo muchas cosas cuando, en realidad, se hacen muchos fragmentos de cosas, y en este frenesí de la expansión, nos encontramos con casos como el del blog: hasta hace muy poco, para publicar una idea por escrito, primero había que escribirla y después buscar un espacio donde publicarla. Hoy este orden ha sido subvertido, lo primero que se consigue es un espacio para publicar, y después se escribe lo que se puede, si es que se puede, para rellenar ese espacio. Cualquiera posee el instrumental para hacer público un texto, una idea, un ensayo, un cuento o una novela, el paradigmático know how está al alcance de todos, aunque este con frecuencia se vea anulado por el nothing to say.
   El crecimiento, la expansión, el ejecutar tareas múltiples por la simple razón de que puedo hacerlas, mirados con un poco de distancia, son pulsiones que tienen que ver con la ambición, con la desmesura y la soberbia, con la vieja hýbris griega. El frenesí por el crecimiento y la expansión conecta, por lo que tiene de inmodestia y de supuesta rentabilidad, con la obsesión por la vida saludable, con la educación de los hijos en jornadas histéricas llenas de cursillos para que sean mejores, más crecidos y expandidos que los demás, o con la fatigosa corrección política, esa inmodesta pretensión de gustarle a todos, que en algún caso termina promoviendo, igual que estas otras ambiciones, el crecimiento, el beneficio, el rendimiento, el dividendo, la utilidad, el rédito, los intereses y las ganancias, es decir, el canon económico de la vida, que es el punto al que quería llegar.
   Se impone pensar al margen de este sistema que lo envuelve todo las 24 horas del día y que nos invita ininterrumpidamente a tener más; hay que bajarse un momento de este viaje frenético y preguntarse, ¿necesito tantos aparatos?, ¿me hace falta tanta información?, ¿para qué sirve acumular tanta salud?, ¿no será que tanto cursillo no deja ser niños a los niños?, ¿será que tanta expansión, que esta apasionada multitarea, es más que crecer un proceso tumoral que me está conduciendo a la superficialidad, a la frivolidad, a la realidad alternativa y a la distopía?
   Esto no es un alegato contra la tecnología, ni un suspiro nostálgico por ese mundo sin pantallas ni enchufes que se nos ha ido para siempre. Todo tiempo pasado, sin duda, ha sido peor. Sin embargo, habría que vigilar ese canon que nos ha impuesto la violenta irrupción de la economía en la cotidianidad. Hace una década ¿a quién le importaban las páginas de economía de los periódicos?, ¿o la sección de economía de los noticiarios? Le importaban a los economistas, a los banqueros y a los empresarios; no a los carniceros, ni a las porteras, ni a los novelistas, como nos importan ahora. Hay que hacer un alto, poner a raya la multitarea, privilegiar el pensamiento, hacer un esfuerzo por concentrarse en una sola cosa, hacer actividades que no representen ninguna ganancia, ya no expandirse ni crecer y quitarle a la vida esa nueva connotación dineraria que nos impele todo el tiempo a crecer y a multiplicarnos. Hay que parar de vez en cuando las máquinas, sentarse a no hacer nada y desde ahí pensar, sin pantallas alrededor, qué hacemos con la vida y con la crisis. Hay que generar ese espacio de silencio, de disponibilidad frente a la existencia, que más pronto que tarde será llenado por una idea genial.

   Jordi Soler es escritor. Sus últimos libros son Diles que son cadáveres y Dalí y la más inquietante de las chicas yeyé (ambos en Mondadori).

miércoles, 30 de noviembre de 2011

PRENSA. "Los nuevos pobres", por Jordi Soler

Jordi Soler

   En "El País":
Los nuevos pobres

   La España que viene será muy distinta a la que han liquidado el tsunami de la economía mundial, la torpe gestión política, la desvergonzada rapiña de los nuevos ricos y la abulia y el pasmo del ciudadano común.

JORDI SOLER 28/11/2011

   Hace 10 años Irlanda era un país rico. Dublín era una ciudad con una cantidad insólita de Mercedes Benz circulando por las calles y una gran oferta de restaurantes sofisticados, de las más diversas cocinas del mundo, que eran muy caros, estaban siempre llenos, y eran un claro síntoma de la pujanza económica de esa ciudad donde, hasta hacía muy poco tiempo, se comía esa típica cocina irlandesa, que corría en una línea monótona que iba del irish stew al fish and chips. En aquella ciudad había una desmesurada bolsa de trabajo, con un sueldo mínimo que en otros países se hubiera calificado como sueldo decoroso y una cantidad de empleo que permitía a los dublineses cambiar de trabajo cada mes, por motivos baladíes como el hartazgo o el aburrimiento. El destino de una serie de televisión, llamada Bachelors walk, ilustra perfectamente aquella estentórea bonanza: tres jóvenes que vivían en un céntrico pisito, a orillas del río Liffey, buscaban trabajo, sin éxito, capítulo tras capítulo. El programa tenía muchos elementos para funcionar, los actores eran atractivos y la historia tenía bastante miga, pero le faltaba el elemento fundamental: la veracidad. Nadie en aquella Irlanda rica de hace 10 años entendía por qué esos jóvenes no encontraban trabajo, en un país donde sobraban las oportunidades. La serie duró unos cuantos capítulos y luego fue retirada del aire.
   Yo vivía en Dublín hace 10 años, por razones que no viene al caso contar aquí, y veía con asombro esa riqueza; los artistas, por ejemplo, que son un bien de rango nacional que enorgullece a los irlandeses, tenían unas subvenciones que parecían el sueldo de un ministro; y el chófer de la institución donde yo trabajaba, tenía un salario que superaba por mucho el de los mileuristas. La explicación de las ayudas de la Unión Europea, y de que Irlanda, gracias a sus fábricas de cacharros electrónicos se había convertido en el Silicon Valley europeo, parecían insuficientes para explicar esa riqueza que, como se vería muy pronto, era un castillo de naipes.
   La dureza con que la crisis económica ha golpeado a Irlanda acabó con ese fulgor que le daba la riqueza súbita, y dejó al descubierto el Dublín de toda la vida, esa ciudad que inmortalizó Joyce en su novela Ulises, y en Dublineses, su fabuloso libro de relatos: una ciudad que respira con normalidad, sin la neurosis que aportaban los nuevos ricos, con su gente que trabaja para ganarse la vida, con sus vagabundos y sus ricos de siempre, con sus poetas, sus músicos y sus borrachines de pub. A Dublín la ha abandonado aquella riqueza súbita, pero también la neurosis que provocaba esta riqueza, aquella tentación de vivir como ricos, que estaba al alcance de cualquiera, y que aupaban los Mercedes Benz que abarrotaban las calles. Se ha ido la bonanza y con ella la neurosis, y ha quedado a la vista el Dublín de siempre, como he ido comprobando cada año, cada vez que regreso a aquella ciudad, cumpliendo con el mandamiento que me impone la orden de caballería a la que pertenezco, la irlandesa orden de los caballeros del Finnegans.
   Después de vivir en Dublín, hace casi una década, vine a vivir a España, cuando este era un país rico, con una bonanza distinta a la irlandesa, sin tanto Mercedes Benz por la calle, pero con una neurosis similar: todos vivían como ricos, es decir, cualquiera, aunque no tuviera el dinero suficiente, podía salir a cenar a restaurantes varios días a la semana, irse tres semanas de vacaciones en agosto, tener un coche y una casa propia. A aquella riqueza aparente, igual que le pasó a la irlandesa, se la ha llevado la crisis, y en esa vuelta de golpe a la normalidad empieza a construirse la España del futuro, donde se irán de vacaciones y comprarán casas y coches los que tengan el dinero suficiente, y los demás iremos tirando y sobreviviendo como ha pasado toda la vida en los países que no son ricos.
   La crisis económica es una desgracia en toda regla, pero no conviene perder de vista los elementos positivos que también tiene. Por ejemplo, nos ha puesto ya frente a los ojos los fundamentos de la España que viene, que será un país muy distinto de este, al que han liquidado el tsunami de la economía mundial, la torpe gestión política, la desvergonzada rapiña de los nuevos ricos y el pasmo, la abulia y la involuntaria complicidad, con los que el ciudadano común ha asistido a esta debacle. La clave de la España que viene está ahí, en el ciudadano común que ya no será el mismo, que ha pasado en unos cuantos meses de nuevo rico a nuevo pobre y que ya desde ahora, porque no le queda otro remedio, vigilará con lupa la gestión de sus diputados, de su alcalde y de su presidente, y estos funcionarios, con semejante vigilancia, no podrán conducirse como lo hacían antes, tendrán que irse con cuidado y esto se lo debemos, precisamente, a la crisis.
   Como también le debemos que nos ha obligado a situarnos en un nuevo espacio social, a vernos dentro de una colectividad de personas que son capaces de organizarse y de pelear codo con codo por un objetivo común. Nuestra nueva pobreza ha puesto de relevancia la solidaridad, que es un valor que se enrarece, cuando no desaparece, en las épocas de bonanza económica. Sí, la crisis es una calamidad, pero nos ha puesto en guardia, nos ha obligado a revisar la sociedad que tenemos y a pensar en una sociedad más acorde con el futuro al que nos arrojan cada día la tecnología y las redes sociales. La crisis, al poner a la clase política contra las cuerdas, nos ha enseñado con mucha claridad que necesitamos políticos distintos, otro tipo de gobernantes porque los que tenemos ahora pertenecen al milenio anterior; son impermeables a la realidad diversa, polimorfa, multirreferencial e hiperconectada que promueven los nuevos medios de comunicación. La ineficiencia de nuestros políticos no tiene tanto que ver con los colores de su partido, sino con que se han quedado a la zaga, son hombres y mujeres forjados en el milenio anterior, sin instrumental para lidiar con la modernidad que les está pasando por encima. Y a esto hay que sumar la velocidad con que informan hoy en la Red los medios de comunicación, y la indiscreción inmediata, casi obscena, de las redes sociales, que transparentan la cotidianidad de políticos y gobernantes y los dejan sin esa zona opaca donde tanto, y con tanto éxito, se trabajaba en el pasado. Hoy sabemos muchas más cosas de ellos, están permanentemente expuestos en las pantallas de los ordenadores y de los teléfonos móviles, y ahora que la crisis los ha dejado sin margen de maniobra, tendrán que construir su discurso desde esa transparencia.
   Hace unos meses, cuando la ciudadanía española despertaba de su letargo, llamada por los indignados que tomaban las plazas públicas, empezó a configurarse el porvenir, y dentro de aquel relato lleno de aire fresco, de ideas estupendas y de alguna que otra obviedad, surgió una solidaridad muy sintomática entre los indignados de Madrid y Barcelona. Ya se sabe que entre los compañeros de desgracia surge con frecuencia la empatía; sin embargo aquella sintonía, aquella solidaridad explícita, escrita en pancartas y gritada en consignas, entre una y otra ciudad, es un indicador de lo lejos que están los gobernantes, y los políticos en general, de la gente; esta sintonía, que es también obra de la crisis, nos vino a decir que hay otro país distinto del que nos han pintado durante años los políticos madrileños y catalanes, que avivan o desinflan la rivalidad entre Madrid y Barcelona según convenga a sus intereses, según qué haya que destacar o qué sea imperativo ocultar.
   La crisis está acabando con la inmigración, otra desgracia para un país con bajos índices de natalidad. Los trabajadores extranjeros que venían a España en busca de una oportunidad buscarán otro país con menos problemas económicos. Lo mismo pasará con muchos españoles, que tendrán que emigrar a otros países a buscar una oportunidad; pero algunos de ellos regresarán cuando pase la tormenta financiera, y aportarán su visión nueva, global y cosmopolita que les habrá dado esa vuelta obligatoria por el mundo y que será imprescindible en los años que vienen. La crisis ha acabado con el espejismo, se ha llevado a la España de ficción, al país donde todos éramos ricos, y nos ha dejado instalados en la España de verdad. ¿Hay un mejor punto de partida? ¿No será momento de buscarle la gracia a la desgracia?

   Jordi Soler es escritor. Sus últimos libros son Diles que son cadáveres y Salvador Dalí y la más inquietante de las chicas yeyé (Mondadori).