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sábado, 12 de marzo de 2016

PRENSA. "La peste llegó a Europa en oleadas desde Asia empujada por el clima"

   En "El País":
HISTORIA

La peste llegó a Europa en oleadas desde Asia empujada por el clima

Cambios climáticos en las estepas llevaron las sucesivas plagas por las rutas comerciales hasta el continente europeo, según un estudio


La peste asoló la Europa medieval como ilustra esta imagen de una edición del Decamerón de Boccaccio de la plaga en Florencia. / WELLCOME LIBRARY

Ni la peor de las guerras ha matado a tanta gente como la peste. Solo entre 1346 y 1453, acabó con la mitad de la población de Europa y en los reinos hispánicos la mortandad superó el 70%. Aunque los científicos siempre han mantenido que aquel primer brote vino de Asia, no tenían claro el origen de las sucesivas epidemias que, hasta el siglo XIX, castigaron a los europeos. Un estudio relaciona ahora las variaciones climáticas en las estepas asiáticas con la llegada en oleadas de la muerte negra al continente europeo.
El enfoque del investigador de la Universidad de Oslo (Noruega), Nils Stenseth, principal autor del estudio es original. No rastrea la peste ni en la historia ni el análisis genético de los restos de apestados, lo lee en los árboles. Los autores del trabajo recopilaron información sobre 7.700 brotes de la enfermedad desde la original peste negra y hasta el siglo XIX.
Tal y como explican en la revista PNAS, tras descartar las infecciones secundarias de una ciudad a otra, localizaron 24 brotes originales. En ocho de ellos, todo empezó en una ciudad portuaria, como Marsella o Dubrovnik, lo que daría fuerza a la tesis del origen asiático y al papel de las ratas en la transmisión de la enfermedad.
Para los 16 restantes, los investigadores analizaron los anillos de los árboles de la zona. Usando lo que se conoce como dendroclimatología, los autores del estudio midieron las variaciones climáticas en las zonas donde se produjeron los brotes originales estudiando el clima en coníferas en un radio de 500 kilómetros de distancia del foco. Por los anillos de los árboles se puede inferir el tiempo que hizo cada año.

Los anillos de los árboles revelan alteraciones climáticas que afectaron a los reservorios naturales de la peste
El punto de partida de estos ecólogos es el efecto Moran: dos especies donde una parasita a la otra o mantienen una relación simbiótica comparten casi el mismo destino. Si varía la densidad de una, lo hace en paralelo la de la otra. Afectados por las condiciones ambientales, esto es lo que habría pasado con los roedores silvestres portadores de la peste y sus parásitos, las pulgas, vector de la enfermedad.
"Un clima más cálido provoca que la población de roedores aumente y su densidad supere un determinado umbral necesario para que surja un brote de peste", dice Stenseth. "También es la situación óptima para que las pulgas se conviertan en el vector que contagie la bacteria de un individuo a otro", añade.
Los resultados de su trabajo no encontraron relación entre los brotes de peste en las ciudades europeas y ninguno de los 15 registros dendroclimatológicos cercanos salvo en uno. Se trata de las oscilaciones térmicas grabadas en los troncos de juníperos de la cordillera del Karakorum, en Asia Central. "Este indicador climático abarca una gran parte de Asia central y el norte de China. No podemos ser más específicos sobre el origen", aclara el investigador noruego. De hecho, añade, "las diferentes reintroducciones podrían haberse originado en diferentes partes de esta gran área".


El mapa muestra el viaje de la peste desde su origen natural (en rojo) hasta Europa. En gris, las ciudades con brotes originales. / STENSETH ET AL/PNAS
Sus conclusiones contradicen la idea generalmente aceptada por los científicos de que la peste de 1346 vino para quedarse. Los historiadores han señalado tradicionalmente que aquel brote lo llevaron los mongoles al asedio de Caffa (actual Feodosia), a orillas del mar Negro. La ciudad era entonces punto final de la Ruta de la Seda y embarque para las mercancías asiáticas con destino a las ciudades europeas. Para vencer la plaza, usaron cadáveres infectados. En su huida, los comerciantes y marinos llevaron la peste a los puertos italianos y de ahí al resto de Europa.
Eso explicaría el origen de la pandemia, pero no los sucesivos brotes de hasta bien entrado el siglo XIX, fecha en la que la peste desapareció de Europa. Hasta ahora se ha creído que las ratas urbanas y otros roedores silvestres europeos habrían servido como reservorio de la enfermedad y causado los posteriores brotes. Sin embargo, este trabajo revela una estrecha relación entre el clima en Asia central y cada gran brote de la enfermedad.

El historiador Ole Benedictow rechaza el origen asiático de los sucesivos brotes
El reservorio natural de la bacteria que causa la peste (Yersinia pestis) son varias especies de roedores silvestres de Asia Central. Por mecanismos poco claros, la infección llegaría hasta los humanos por medio de pulgas como vectores. El nexo de unión entre ambos extremos habría sido la rata negra (Rattus rattus), que comparte ecosistema con los humanos. Pero tanto el salto del medio natural al urbano como el papel de las ratas aún son discutidos.
Si las conclusiones del equipo de Stenseth son confirmadas por nuevos estudios filogenéticos de la bacteria en restos humanos de los distintos brotes, el relato de la historia de la peste debería ser como el que estos investigadores cuentan en sus conclusiones: Un repentino e intenso cambio en las condiciones climáticas en las estepas obligaría a las pulgas portadoras a buscar nuevos huéspedes. Sin descartar a las ratas o a los humanos, los investigadores sugieren otra víctima, los camellos. Claves en las rutas comerciales que atravesaban el foco original, las caravanas con los animales infectados se reunían en los caravasares, convirtiendo estas paradas en multiplicadores de la enfermedad. Desde allí, la peste llegaba a los puertos del mar Negro o el Mediterráneo.
El trabajo del grupo de Stenseth incluso estima la velocidad de propagación de la peste. Comprobaron que hay una relación temporal entre una alteración climática y la llegada de un brote. Desde su registro en los anillos de los juníperos del Karakorum hasta la llegada a Europa, la infección tarda unos 15 años. El brote salta de su entorno natural en uno o dos años. Otros 10 o 12 es lo que tarda en viajar por las estepas por las rutas comerciales, unos 4.000 kilómetros desde las montañas de Asia central hasta las costas del mar Negro. Y en solo tres, castiga el extremo occidental de Europa. 

Solo una teoría más sobre la peste

Sin embargo, la tesis de Stenseth sobre la peste es, para un destacado historiador de la enfermedad una idea sugerente pero sin base histórica. El profesor emérito de Historia Ole J. Benedictow, de la misma universidad que Stenseth, niega que los sucesivos brotes de peste fueran reintroducciones desde Asia.
"Desde hace tiempo, hay acuerdo entre los historiadores de la peste sobre la continua presencia de brotes de la plaga en Europa durante la segunda pandemia, 1346-1722", recuerda Benedictow, autor de La Peste Negra, 1346-1353, una de las obras claves en la historia de esta enfermedad. También comenta que lo mismo sucedió con la primera pandemia, la plaga de Justiniano, en 541. Y no solo en Europa. Otros historiadores ya mostraron que en grandes zonas del norte de África la peste ha circulado entre los roedores durante siglos, "como sabemos por la famosa novela de Camus", dice el historiador noruego
Pero Benedictow golpea la línea de flotación de la teoría del origen asiático reincidente de la peste recordando un hecho clave en la historia: Dado que la Ruta de la Seda fue cerrada por los mongoles décadas antes del brote de la muerte negra iniciado en Caffa, bloqueo que se mantuvo durante siglos, "las recurrentes epidemias no pudieron ser reintroducciones".

domingo, 6 de marzo de 2016

PRENSA. "Esto tienen en común el placer y el dolor"

   En "El País":

Esto tienen en común el placer y el dolor

No son sensaciones contrarias, sino que a menudo suceden a la vez. Como al quitarse unos tacones que molestan… o desatarse a tiempo


La palabra "dolor" provoca en la mayoría de las personas una cascada de emociones negativas. Si se asocia a placer, muchos pensarán en conductas sadomasoquistas, pero si alguien asegura que todos los humanos hemos sentido alguna vez placer después de un intenso dolor, muchos lo negarán enérgicamente. ¿Que a usted no le ha pasado nunca? Piense en ese calzado que le machacó los pies, en el dolor que sufrió y en el profundo alivio que experimentó al quitarse los zapatos. O en lo bien que se queda después de saciar un ataque de hambre canina.
Todo tiene una explicación científica. "El punto de partida es que para sentirse bien, primero hay que sentirse mal”, destaca Guillermo Fouce, profesor de Psicología de la Universidad Carlos III, de Madrid, y esta reacción se debe a que “el malestar activa mecanismos cerebrales similares a los de la felicidad y la alegría”.
Julio César Perales, profesor de Psicología de la Universidad de Granada, e investigador del Centro de Investigación Cerebro, Mente y Comportamiento (CIMCYC) explica que los sistemas que procesan el placer y el displacer en el cerebro humano son distintos y pueden estar activados al mismo tiempo. “Tendemos a pensar que las cosas son buenas o malas linealmente, y que en un extremo tenemos lo bueno o placentero y en el otro lo malo o displacentero. Pero en realidad son dos dimensiones y se puede estar al mismo tiempo sintiendo placer y dolor”, asegura.
Esta dualidad se demostró en un estudio del equipo de Joseph C. Franklin, de la Universidad de Carolina del Norte. Los resultados revelaron que compensar el dolor con algo positivo, hace esto último aún mejor y disminuye lo negativo, al menos durante varios segundos. Y la recompensa será mayor cuanto superior era el dolor. “El efecto contraste que produce el sufrimiento y el dolor también produce un rebote del efecto de alivio, que es también placer”, subraya Perales. O como dice Woody Allen: “¿Qué es lo más bonito que un médico le puede decir a su paciente? No se preocupe, es benigno”.

Para nadie es agradable un esfuerzo extenuante, pero la recompensa a ese sufrimiento es placentera" (Julio César Perales, profesor de Psicología)
Al complejo binomio dolor­/placer, se añade la variable de la personalidad de quienes buscan sensaciones fuertes, como personas que practican deportes de riesgo, o quienes disfrutan con una película de miedo. ¿Por qué esas situaciones límite provocan un subidón anímico? “El miedo es la emoción universal por naturaleza y responde a nuestro cerebro más reptiliano, más básico, lo que nos prepara para defendernos y sobrevivir y, por tanto, tiene más potencia que la alegría y la felicidad”, responde Fouce. “Es más fácil encontrar sensaciones en lo negativo que en lo positivo, porque estamos más preparados para responder a lo malo que a lo bueno”, prosigue. Es decir, el terror también nos pone.
Otro ejemplo es el de los corredores de maratón, que a pesar de la dureza de la prueba cada vez cuenta con más seguidores. Sobre este asunto, Perales, que además es maratoniano, aclara: “Para nadie es agradable un esfuerzo extenuante, pero se aprende a reconocer el sufrimiento y a desarrollar estrategias para gestionar la situación. La recompensa a ese sufrimiento es, a corto plazo, las sensaciones placenteras relacionadas con las endorfinas y, a más largo plazo, la recompensa de estar alcanzando determinadas metas, que varían de unas personas a otras”.
Según Francisco Mora Teruel, catedrático de Fisiología Humana de la Universidad Complutense de Madrid, y autor del libro ¿Es posible una cultura sin miedo?, “se piensa que las vías cerebrales de la recompensa, las mediadas fundamentalmente por la dopamina, se activan en estas circunstancias. Cuando cesa el origen del dolor, el individuo sabe que en compensación se liberarán endorfinas que le harán sentir placer; esa es la recompensa”.
Eso sí, la respuesta no es la misma en todas las personas y, como dice Mora, “cada ser humano es un universo y en cada uno la disposición de las vías cerebrales es diferente, aunque las básicas sean relativamente comunes. Los cerebros son diferentes, y cambian y se modifican por el ambiente a través del aprendizaje y la memoria”.
Si estos argumentos no le han convencido de que puede sentir placer a través del dolor, tal vez le sorprenda más conocer que las catástrofes también tienen la cualidad de despertar sentimientos placenteros. Una investigación publicada en Psychological Science demostró que esas situaciones tienen un efecto pegamento entre los que han vivido la experiencia dolorosa, que les lleva a ser más generosos y, de alguna manera, más felices.

domingo, 3 de mayo de 2015

PRENSA. CIENCIA. "Biografía de un gusano". Juan José Millás

   En "El País Semanal":

Biografía de un gusano

Se llama 'Elegans', mide un milímetro, vive menos de un mes y es un gran aliado para estudiar enfermedades como la diabetes o el alzhéimer.


Ejemplar transgénico del minúsculo gusano Elegans. Muestra una proteína fluorescente en esta imagen tomada en microscopio. / BIÓPOLIS
Daniel Ramón es un señor alto y flaco, de 55 años, que tiene en la frente, sobre la ceja izquierda, una cicatriz casi imperceptible que parece un ojo cerrado. Si pasas muchas horas con él, ese ojo te acaba obsesionando. Crees que se abre cuando le das la espalda, que se abre y te estudia y te evalúa como si fueras una bacteria, un virus, una levadura. Este señor te cuenta lo suyo sonriendo, con un entusiasmo aminorado por el pudor, mientras sus brazos van de delante hacia detrás, o de abajo arriba, un poco con los movimientos mecánicos de una biela, como los manejaría un adolescente en un examen oral, pongamos que de química. Él se examina a sí mismo todo el día con un ojo interior que no se cierra nunca. Quizá la vigilancia permanente de ese ojo es la responsable de un currículo de vértigo que empieza con una licenciatura en Ciencias Biológicas por la Universidad de Valencia, donde se doctoró y ejerció de catedrático de Tecnología de los Alimentos; continúa en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), y sigue fluyendo hasta la actualidad, donde se desempeña como consejero delgado de una empresa cuyo nombre –Biópolis– parece sacado de Blade Runner.
Lo cierto es que Biópolis lleva a cabo actividades que la mayoría de la gente juzgaría como de ciencia-ficción cuando son ya de puro costumbrismo científico. Lo hacen todo ahí mismo, a la vuelta de la esquina, como el que dice. No en EE UU, no en Suiza, Dinamarca o Japón, nada de eso, a dos patadas de cualquier sitio de nuestra geografía, en Valencia, en el Parque Científico de su Universidad, para ser más precisos, donde Biópolis ha arrendado un edificio de dos plantas más sótano, en el que Daniel Ramón y su equipo conviven a diario con miles de millones de bacterias, de levaduras, y con un gusano maravilloso, el Elegans, que es simple y complejo a la vez y por las mismas razones, como un buen poema. El Elegans fue descubierto para la ciencia por Sydney Brenner, premio Nobel de Medicina en 2002. En su cuerpo se puede estudiar, como en la imagen del espejo, nuestro alzhéimer, nuestra obesidad, nuestro envejecimiento, nuestra diabetes… Mide un milímetro, es transparente y hermafrodita y no sufre con el estrés al que lo someten en el laboratorio porque carece de cerebro o lo tiene desperdigado a lo largo del cuerpo (unas neuronas por aquí, otras por allá…).
Además de compartir el 40% de nuestros genes con el Elegans, nuestras rutas metabólicas son las mismas. Una ruta metabólica es el itinerario químico por el que un producto equis inicial se convierte en un producto equis final (la que transforma el azúcar en alcohol, por ejemplo). Llamamos “ruta metabólica conservada” a la que procede de épocas remotas. El Elegans y nosotros compartimos, desde la noche de los tiempos, las que intervienen en la asimilación de nutrientes esenciales como la glucosa.
Todo esto era para decir que Daniel Ramón se dedica a la biotecnología.
–¿Y qué es la biotecnología? –digo yo.
–El uso de organismos vivos con fines industriales –dice él.
Como las palabras vida e industria, colocadas así, tan cerca la una de la otra, producen cierta desazón en el oyente, añade:

Este pequeño gusano fue descubierto por Sydney Brenner, nobel de medicina
–Fleming, eso es un perfecto ejemplo de biotecnología. Coges un bicho, un hongo en ese caso, que es un organismo vivo, lo haces crecer en un fermentador y produce una sustancia que purificas, que vendes en la farmacia y que se llama penicilina. Eso es un ejemplo de biotecnología. La insulina, que ahora se produce en una bacteria transgénica, otro. Es biotecnología también la enzima con la que se lavan los pantalones que conocemos como “lavados a la piedra”, y que no se lavan con una piedra, sino que se tratan con una enzima que se llama lacasa y que los decolora.
Daniel Ramón tiene un temperamento práctico. Necesita dar una utilidad a los descubrimientos científicos. En el primer informe que hizo para el CSIC, cuando en 1997 le tocó coordinar el área de ciencia y tecnología de los alimentos, dijo que había algo que no le cuadraba, ya que no había relación alguna entre la excelencia científica que habían alcanzado y la capacidad para transferirla al sector industrial. No eran capaces de comercializar sus hallazgos. Y eso, como había comprobado en su estancia de posdoctorado en Holanda, no sucedía en el entorno europeo.
–No llegábamos a la industria –dice– porque no teníamos una entrada directa al cliente y porque cuando podíamos llegar no éramos capaces de producir lo que les vendíamos. Yo trabajé mucho tiempo en levaduras para vino durante mi época del CSIC. Cuando íbamos a las bodegas, les contaba que teníamos una levadura que daba aroma afrutado, y me decían: “Dame un kilo para hacer una fermentación de prueba”. Y no lo tenía, no lo tenía, no lo teníamos porque carecíamos de una instalación de fermentación. Ahí empezó lo que desembocaría en la creación de Biópolis, cuya originalidad consiste en que el centro de investigación y el de producción se hallan en el mismo lugar.
Tras diversas vicisitudes, cuya pormenorización daría material para crear un género novelístico nuevo (el científico-empresarial), Daniel Ramón se vio al frente de una compañía cuyo accionariado estaba compuesto por el CSIC, Natraceutical, Central Lechera y un fondo de inversión llamado TALDE.


Instalaciones de Biópolis, empresa de biotecnología pionera en el uso del gusano 'Elegans' para la investigación de males como la diabetes, el alzhéimer o el envejecimiento. / VANESSA MONTERO
–Nos disponíamos a vender bacterias y levaduras, pero no teníamos nada. Ahora, viéndolo desde lejos, nos damos cuenta de nuestra ingenuidad. Después de dos meses de patear empresas, el gerente me dijo: “Mira, este no puede ser nuestro negocio. Y si tiene que ser este, bajamos la persiana y ya está. ¿Tú qué sabes hacer?”. Cuando le confesé que lo único que sabía era investigar, me dijo: “¿Y por qué no vendemos eso?, ¿por qué no vendemos que sabemos investigar? ¿Qué asuntos te parecen interesantes?”.
–A mí me parecían interesantes la alimentación y la salud, además de la utilización de microorganismos para revalorizar residuos, aunque eran cosas en las que no tenía mucha experiencia. El gerente me dijo: “Vamos a vender eso”. Me pareció una locura, pero la verdad es que a los tres meses teníamos tres clientes.
–¿Quién fue el primero?
–Ordesa, una compañía catalana muy fuerte en alimentación infantil. La directora científica de Ordesa, Montse Rivero, es una mujer increíble, a la que conocía de antes porque nos habíamos visto en algún congreso. Cuando llegamos, el primer día, ella había convocado a su departamento de I+D, unas seis o siete personas. Se produjo una especie de diálogo para besugos. Nosotros les dijimos que sabíamos investigar y les debimos inspirar tal ternura que Montse nos dijo: “Mira, tenemos tres asuntos que nos pueden interesar. Volved a Valencia, pensadlos y dentro de 15 días decidme si se os ocurre algo sobre alguno de ellos”. Respecto a uno de ellos se nos ocurrió algo que podría ser muy interesante: un probiótico frente a rotavirus.
–¿Qué es un probiótico, qué es un rotavirus?
–Un probiótico es una bacteria extraída del tracto digestivo que tiene un efecto positivo sobre nuestra salud. Si tú pesas 70 kilos, un kilo de tus 70 son las bacterias que viven en el tracto digestivo. Las hay muy malas, patógenas, pero las hay muy buenas. Estas, las buenas, lo que hacen es regular el equilibrio intestinal. Lo que teníamos que hacer era aislar una bacteria que tuviera un efecto inhibitorio del crecimiento del rotavirus, que es el virus que produce diarreas infantiles en niños de corta edad.
–¿Y era complicado aislar esa bacteria?
–Esas bacterias se extraen de las heces de niños de hasta tres meses que están bajo lactancia materna y son sanos. En esas heces hay millones de bacterias. Lo complicado es aislar la que es capaz de inhibir el virus. Tienes que buscar aquella específica que lo hace y empezar el estudio. Había que ver por qué actuaba in vitro y luego experimentar con un animal al que se le hubiera infectado de rotavirus. Si funcionaba, se llevaría a ensayos clínicos con niños.

El ‘Elegans’ tiene 18.700 genes, frente a los 23.000 de los humanos”
–¿Y funcionó?
–Funcionó. Aislamos la bacteria, la cultivamos, la liofilizamos…
–¿Qué es liofilizar?
–Es un modo especial de deshidratación.
–¿Y luego?
–La redujimos a unos polvitos que son los que se añaden a las leches maternizadas o a los cereales.
–¿Pero la bacteria no muere al secarla?
–No, entra en una especie de hibernación y se activa al entrar en contacto de nuevo con un medio húmedo.
–Y eso es un probiótico.
–Sí.
–¿Tiene fecha de caducidad?
–Dos años.
–Por cierto, ¿qué es una bacteria?
–Un organismo vivo de una sola célula que mide muy poco, micras, y que tiene la capacidad de reproducirse y crecer.
–¿No es un animal?
–No.
–¿No es un vegetal?
–Tampoco. Hay un reino distinto, el de los procariotas.
–En definitiva, que triunfasteis con ese primer proyecto.
–Sí, volvimos, les dijimos lo que teníamos y ahora ya está comercializado. A los 15 días surgió el segundo proyecto con una empresa del mundo farmacéutico. No te lo puedo contar porque es confidencial y es un trabajo de I+D interno de ellos.
–Crecíais rápido.
–A los dos años estábamos ya en beneficios. Los socios empezaron a ver que aquello tenía sentido. Todo lo habíamos hecho en un laboratorio de 40 metros cuadrados, cerca de aquí, donde el CSIC nos había cedido un terreno. Así fue el arranque. A partir de ahí se abre otra fase que duró dos años más en la que nos metieron algo más de dinero y nos compraron un fermentador de 20 litros.
–¿Qué es un fermentador?
–Es el recipiente en el que se crean las condiciones necesarias para que las bacterias se reproduzcan. Introducimos en él un caldo de cultivo del que se alimentan. Ese caldo se va espesando a medida que crece la biomasa. Al final forma una especie de puré. Los hay desde los 20 litros hasta los de 1.500 o 3.000, que son los que tenemos abajo, en la planta de producción. Pero todos son necesarios para el proceso de escalado.
–¿Y qué es el escalado?
–El proceso por el que vamos optimizando el crecimiento de un microorganismo, desde el laboratorio hasta la planta de producción. Cuando encontramos en el laboratorio un microorganismo que hace algo interesante, solo sabemos hacerlo crecer en una escala muy pequeña, en matrices de 100 o 200 mililitros. Para producirlo industrialmente, vamos optimizando poco a poco su crecimiento. Primero aprendemos a reproducirlo en fermentadores pequeños, de un litro. Cuando crece ahí de forma óptima, pasamos a uno de 20 litros, donde de nuevo hay que retocar algunos de los parámetros de crecimiento.


Placa de cultivo en la que han crecido microorganismos de relevancia industrial. / VANESSA MONTERO
–¿Por ejemplo?
–Variar un poco los tiempos o la acidez del medio.
–En resumen, que vais dando saltos, y mejorando en calidad y cantidad la biomasa, hasta que llegáis a la producción industrial.
–Eso es.
–Decías que os compraron un fermentador de 20 litros.
–Y nos lanzaron el reto para ver hasta dónde éramos capaces de llegar. Empezamos a generar más clientes, unos doce más o menos, la mitad de la industria agroalimentaria y la mitad del sector químico-farmacéutico. También empezamos a tener clientes fuera de España y a establecer relaciones con el centro de I+D de Danone, que es el centro mundial de I+D.
A medida que Daniel Ramón entra en detalles, la novela científico-empresarial se llena de tramas secundarias. De repente hacen falta más fermentadoras, y más grandes. Se hace imprescindible también un secuenciador de ADN, lo que implica cambiar de instalaciones, contratar personal… Y todo ello sin parar de trabajar, de investigar, de producir. Ahí aparece en la conversación una bacteria que fabrica, a partir de ciertos residuos, un plástico orgánico con las mismas características que los sintéticos, pero capaz de biodegradarse.
–Sobre esta bacteria –dice– ya había desarrollos descritos, de hecho lo que hicimos fue licenciar una patente del Centro de Investigaciones Biológicas del CSIC y ponernos a trabajar sobre ella para dar el salto a la industria. Luego nos metimos en un proyecto de alimentación para la tercera edad. Buscamos el probiótico frente a la celiaquía porque, al contrario de lo que mucha gente piensa, la mayoría de los diagnosticados son gente mayor que era celiaca y no lo sabía. A partir de los sesenta, se va perdiendo parte de esa microbiota de la que hablábamos antes, ese kilo de bacterias que viven en el tracto intestinal. Se pierden selectivamente y suelen ser bacterias con mucha capacidad antiinflamatoria. Y también queríamos trabajar con el Elegans, ese gusano que ahora es uno de los activos más importantes de Biópolis porque fuimos los primeros en ofertarlo como modelo de evaluación. Y fue rompedor. De hecho, acaba de aparecer una segunda compañía en Cambridge, pero no somos más que dos ofertándolo, lo que ha provocado que muchas compañías grandes se hayan interesado por el tema y hayan venido.


Placa multipocillo para ensayos enzimáticos. / VANESSA MONTERO
–¿Qué es lo que hace tan particular a este gusano?
–Tiene 18.700 genes frente a los 23.000 nuestros, así que no estamos tan alejados. Y compartimos el 40% de esos genes. Lo utilizamos para estudiar la obesidad, el envejecimiento, el alzhéimer… Te voy a poner un ejemplo: el cacao guarda una relación con la salud que viene de la época de Moctezuma, lo llamaban el oro de los dioses porque los aztecas pensaban que tenía propiedades saludables. De hecho, tiene muchas y sabemos que están ligadas a un tipo de moléculas que llamamos polifenoles. De cada kilo de polvo de cacao, un 3% son estos polifenoles. Nos preguntamos cuánto costaría hacer con este producto un ensayo de efecto antioxidante en un ratón o una rata. Costaba seis meses y unos 40.000 euros. Era caro. Ahí nació la discusión sobre la búsqueda de modelos más sencillos. Y el gusano era perfecto. Se le puede hacer reproducirse en plaquitas de cultivo, es sencillísimo de manipular, no es patógeno, no requiere ninguna autorización especial… Vive 21 días y pone huevos. Durante los cinco primeros, el huevo eclosiona y el gusanito empieza a crecer hasta alcanzar un milímetro. Ahí es donde le damos a comer o no los polifenoles del cacao. Y lo que vemos es que los que comen este ingrediente están más activos durante su vejez que los que no. Como te decía, seis meses y 40.000 euros con un ratón; con un Elegans tienes los resultados en cinco días y sin apenas coste. En cuanto a los polifenoles del cacao, está claro que son un ingrediente excepcional para las personas de la tercera edad.
–¿Cuánta gente trabaja ahora en Biópolis?
–Cuarenta y nueve, y empezamos tres. Nuestro problema es que tenemos que trabajar con las empresas y las empresas quieren las cosas en tiempo y en dinero. No quieren una publicación, sino que se resuelva el problema. Si el hallazgo es patentable, se patenta y luego a lo mejor lo publican. Es el cambio a una mentalidad totalmente distinta a la de la investigación por la investigación. Por eso decidimos apostar por gente joven y acabar de formarla en la compañía a todos los niveles. Apostamos por recién licenciados o con la tesis acabada o que tuvieran uno o dos posdoctorales, pero que estuviera dispuesta al cambio. La edad media es de treinta y pocos, el 70% mujeres y el 30% hombres, lo que ha dado lugar al nacimiento de 21 niños desde la creación de Biópolis. Y tenemos otros tres en camino.
Marta Tortajada tiene 34 años y es ingeniera química, responsable del departamento de biotecnología microbiana, que consiste en la aplicación de microorganismos a la industria química y farmacéutica.
–Trabajamos –dice– para empresas que quieren un producto. Utilizamos los microorganismos como si fueran pequeñas fábricas. La idea es conseguir una bacteria o una levadura capaz de fabricar el compuesto que busca nuestro cliente.
Nos encontramos en uno de los laboratorios de Biópolis, adonde Tortajada me ha conducido para que vea el plástico biodegradable producido por la bacteria de la que hemos hablado con Daniel. Tomo un trozo de ese plástico en la mano y resulta que tiene un tacto seductor, te lo imaginas perfectamente para la confección de un impermeable tras el que los contornos del cuerpo se perciban como a través de la mampara de una ducha. Luego me enseña la fotografía de una de las bacterias responsables. Y no es que haya fabricado el plástico, es que se ha convertido, casi literalmente, en plástico. El 90% de ella es plástico ya que, sometida a una situación de estrés, lo ha acumulado en su organismo para hacer frente a tiempos de escasez; el 10% restante es ella, su cuerpo, que ha devenido así en un mero excipiente. No habría más que sacudirla un poco para liberar ese bioplástico que se degrada fácilmente en el aire o en el mar, por lo que la gestión de su residuo no supone ningún problema.


Precipitación de ADN en un tubo de ensayo. / VANESSA MONTERO
–¿Es competitivo este plástico?
–Todavía no, aunque estamos cerca. Los derivados del petróleo cuestan uno o dos euros por kilo; estos están rondando los tres o cuatro. Pero en escalado están casi a la par. De momento se está utilizando para productos de un solo uso como el envasado de cubertería.
–¿Y cuál es la materia prima? ¿A partir de qué fabrica la bacteria este plástico?
–La idea es que lo haga a partir de residuos industriales.
–¿Sería un modo de reciclar la basura?
–Claro.
–¿Y de dónde habéis sacado la bacteria?
–Muchas son aisladas de suelos ricos en el sustrato que nos interesa porque ya se han adaptado a él. Imagina, por ejemplo, que queremos utilizar un lactosuero, que es un subproducto de la producción de quesos. Iríamos a la fábrica y la aislaríamos de donde está ese lactosuero.
–En resumen, aisláis una bacteria, creáis una colonia y hacéis que esa colonia se reproduzca a millones en el caldo de cultivo que introducís en los fermentadores…
–Sí, el aspecto es como de un cocido, están en un líquido muy denso, como un puré.
–¿Qué basuras son susceptibles de convertirse en plástico?
–Muchas. Las bacterias, como seres vivos que son, necesitan hidratos de carbono y proteínas, que son los componentes de la fuente de la vida. En la industria de la leche y el queso hay mucha lactosa residual que se puede utilizar. La industria cervecera produce también mucho bagazo rico en azúcar. En las industrias agrarias hay restos de paja, tronco o ramas que contienen celulosa. Todo se puede degradar y con ello obtenemos comida para que crezcan las bacterias.
–Supongamos que una fábrica de quesos ha producido una cantidad equis de residuos que tienen en la basura…
–Y normalmente están pagando para que se los lleven porque no se pueden tirar a la red. Idealmente, igual que las fábricas tienen depuradoras, podrían tener una instalación anexa con un tanque como los que tenemos aquí y la bacteria se alimentaría de ese residuo, que sería el caldo de cultivo.
–¿Contiene el plástico en el interior de su cuerpo porque al metabolizar el residuo lo ha convertido en plástico?
–Eso es.
Marta abre una de las neveras del laboratorio y saca un bote de residuos. El aspecto es el de una basura cualquiera del cubo de restos orgánicos de una casa cualquiera. Pero no huele mal porque está fría.
–Esta es la materia prima tal cual –dice–, este es alimento de las bacterias. La acondicionaríamos un poco y quedaría con un aspecto similar, pero algo más denso.
–Y sobre él soltaríais una colonia de bacterias. ¿Cómo les provocáis el estrés para que produzcan más?
–Haciendo que les falte algo en el medio de cultivo. Por ejemplo, pueden tener mucha comida, pero que les falte un poco de oxígeno o nitrógeno. Ante esa escasez se disparan mecanismos para acumular comida. Esa comida es el plástico que ellas mismas han producido.
Lo que acabamos de ver es un ejemplo del trabajo del departamento de Marta para la industria química. También trabajan para la farmacéutica, en la búsqueda de principios activos que curen una u otra enfermedad.
–Pero no te puedo dar ejemplos concretos –dice–, porque tenemos premisas muy estrictas de confidencialidad. Muy rara vez nos dejan hablar del producto final, casi nunca del proceso y muchas veces ni siquiera dar el nombre de la empresa.


Comité de dirección de Biópolis, SL, en la planta de escalado de la producción. Sentado, con gafas, el consejero delegado, Daniel Ramón. Le acompañan, de arriba abajo y de izquierda a derecha, Marta Tortajada, Salvador Genovés, Violeta Beltrán, David Barreras, Francisco Codoñer, Alejandro Montesinos, José Sabater y Javier Echevarría. / VANESSA MONTERO
Me asomé al microscopio y lo vi: allí estaba el gusano del que tanto y tan bien había oído hablar. Ahí estábamos los dos, él con sus 18.700 genes, y yo con mis 23.000, no tan alejados el uno del otro, en efecto, sobre todo si teníamos en cuenta que compartíamos casi la mitad. Pensé que Dios jugaba a los dados con los genes: los metía en un cubilete, los agitaba y salía un Elegans. Volvía a meterlos y a agitarlos y salía un tipo como yo. El Elegans, mi semejante, mi hermano, se deslizaba sobre la superficie plana de una porción de gelatina, de nombre agar, en la que estaban contenidos todos los nutrientes que necesitaba para completar su ciclo, y quizá el mío. La gelatina se encontraba a su vez en una de las llamadas plaquitas de cultivo, que son unos recipientes redondos, de plástico, con las paredes muy bajas. A la luz del microscopio, el agar había adquirido un color dorado, de modo que daba la impresión de que el nematodo, que así es como se dice formalmente gusano, se deslizaba sobre un medallón de oro blando sobre el que iba dejando la huella de su cuerpo. Y no es gratuito que lo llamen Elegans, pues sus movimientos son de una distinción notable. No sé cuántos había en la plaquita de cultivo a la que yo me había asomado, no muchos, quizá veinte o treinta, cada uno alejado de los otros, porque no son gregarios, y cada uno dedicado a la escritura de un texto, pues sus ondulaciones dibujaban sobre la gelatina de oro las palabras de un alfabeto muy parecido al nuestro, aunque con un número exagerado de vocales. Tales surcos resultan muy útiles para estudiar su grado de movilidad, que disminuye a medida que envejece. Una curiosidad triste, por cierto, o alegre, no lo sé: al envejecer, se agrupan.
Cerca de mí se encuentran Salvador Genovés, tecnólogo de alimentos, de 37 años, y Patricia Martorell, doctora en biología, de 38. Ambos trabajan en el departamento de biotecnología alimentaria. Significa que cuando usted se toma, pongamos por caso, un yogur con bifidus activo, no se está tomando solo un yogur, sino unos conocimientos de carácter científico, una sabiduría industrial que se desarrolla fuera de su vista, en lugares como Biópolis de los que a lo mejor nunca había oído hablar. En el departamento de Salvador y Patricia, dirigido al estudio de alimentos funcionales, es decir, con efectos saludables para el cuerpo, se trabaja con el Elegans.
Salvador y Patricia me explican que la industria alimentaria moderna y los consumidores demandan al mercado, cada vez más, alimentos beneficiosos para la salud. Estos alimentos, al igual que los fármacos, están regulados y llevan un control legal. Pero así como pueden pasar varios años desde que un fármaco empieza a experimentarse hasta que llega al consumo humano, en la alimentación todo deber ser más ágil. Los estudios de seguridad y efectividad de los alimentos, me dicen, deben llevar un proceso más rápido porque la rotación es mucho mayor.
–Las industrias alimentarias –añade Patricia– necesitan sistemas de evaluación rápidos, por lo que tenemos que utilizar modelos animales que nos proporcionen resultados inmediatos. El hecho de que el ADN del Elegans y el nuestro sea tan parecido constituye una ventaja enorme. Podemos estudiar qué les pasa cuando les damos a comer determinado ingrediente o molécula. Podemos ver qué efecto tiene sobre el cuerpo del gusano y comprobar qué está haciendo ese alimento a nivel genético, cómo está modulando nuestro genoma. Así es como averiguamos por qué un ingrediente reduce la grasa o un alimento actúa como un antioxidante.
Ahora mismo, me explican, están centrados en patologías como la obesidad, el envejecimiento (muy relacionado con el estrés oxidativo) y las enfermedades neurodegenerativas, como el alzhéimer. Trabajan con un Elegans que mimetiza el alzhéimer.
–¿Cómo? –digo yo.
Con paciencia infinita, Salvador y Patricia tratan de explicar en términos inteligibles para un profano que el Elegans sintetiza la proteína que se acumula en las placas neuronales del cerebro humano y que es la responsable del deterioro cognitivo provocado por esa enfermedad. Esta proteína es un gen humano que se implanta en el nematodo, con perdón, de modo que cuando se le proporcionan unas determinadas condiciones en la plaquita de cultivo, el gusano expresa esa proteína paralizándose: tal es su forma de decir que padece alzhéimer. Eso nos permite observar qué ingredientes retrasan esa paralización, que es tanto como retrasar la enfermedad.
–Supongo –apunto yo– que la investigación sobre el alzhéimer estará más dirigida a la industria farmacéutica que a la alimentaria.


Un ‘Elegans’ visto desde el microscopio por la región de la cabeza, donde se aprecia la faringe.
–No necesariamente –dice Salvador–, hay multinacionales de la alimentación que están trabajando en este campo. Para algunas hemos trabajado con alimentos que tienen compuestos antioxidantes y que retrasan la enfermedad. Aunque lo que más interesa ahora mismo en alimentación es la obesidad y la salud cardiovascular.
–¿En qué clase de alimentos se ha innovado más por lo que se refiere a esto que llamáis funcionalidad, es decir, que además de nutrir aporten beneficios para la salud?
–En los lácteos –asegura Patricia–. En la parte cárnica se ha investigado poco.
–En la naturaleza, ¿dónde vive el Elegans?
–Es muy abundante en el suelo del campo. No es patógeno. Se alimenta de las bacterias del suelo, lo que para nosotros es una ventaja.
El Elegans, en el laboratorio, vive en las placas de cultivo ya mencionadas antes y en estufas, a 20 grados. Cuanta mayor es la temperatura, más se acelera su metabolismo, más rápido crece y más se reduce su esperanza de vida. A menos temperatura, resiste más. Sustituye el cerebro del que carece con células neuronales repartidas longitudinalmente a lo largo de su cuerpo y que son las que producen la parálisis cuando se le implanta la proteína productora del alzhéimer. Si tiene usted microscopio y vive cerca del campo, no deje de ir a visitarle. Es como visitar a un primo, también como volver a casa.
Resulta que todas estas investigaciones de las que estamos hablando no serían posibles sin el apoyo de la informática. El bioinformático de Biópolis se llama Francisco Codoñer y llegó a la informática desde la biología porque es mucho más fácil, asegura él, enseñar a un biólogo a programar o estadística que enseñarle a un informático o estadístico biología.
–Es mucho más sencillo –añade– interpretar los datos desde el punto de vista biológico, y saber qué herramientas informáticas utilizar para analizar esos datos, que saber las herramientas, pero no poder darle el sentido biológico que tienes que darle a los resultados.
Francisco es el más joven del equipo. Debido a su perfil, que es raro, pues no resulta fácil encontrar gente con un pie en la biología y otro en la informática, maneja una jerga que hipnotiza al oyente. Tiene uno la impresión de que este hombre conoce los secretos de la vida y de que sabría construir con ellos un ­software. Desde la perspectiva de un ignorante como yo, es una especie de brujo doble, un chamán aumentado.

A través del ‘Elegans’ podemos ver efectos de un alimento a nivel genético”
–En efecto –dice respondiendo a mi pregunta–, el mío es un perfil profesional raro. La informática y la biología son dos formaciones en apariencia muy distintas, pero por otra parte la biotecnología sin la informática no haría nada. Las tecnologías que nosotros utilizamos generan millones de datos. Las clásicas utilizaban cien datos. Ahora disponemos de 3.000 millones y tenemos que interpretarlos. Para eso necesitas herramientas bioinformáticas.
–¿Cuándo nació la bioinformática?
–En los años sesenta, con la secuenciación del ADN, cuando se empezaron a desarrollar los primeros programas para interpretar secuencias. Con las plataformas de secuenciación masiva actuales, el salto es brutal. La figura del bioinformático no se empezó a contemplar hasta finales de los noventa.
–¿Trabaja a demanda del equipo o del cliente?
–A demanda del cliente y a demanda de mi equipo. El cliente te puede pedir ayuda para diseñar sus experimentos o para interpretar sus datos y averiguar qué información puede extraer de ellos. Mi equipo de secuenciación puede pedirme toda una serie de análisis despendiendo de qué aplicación estemos desarrollando en ese momento. A veces mi equipo ha conseguido unos resultados y necesita saber si han pasado la calidad o si pueden mejorar y dónde. Con la interpretación de los resultados puedes mejorarlos técnicamente en el laboratorio, mejorar tus procesos y ser más coste-efectivo. Hay que verlo como una herramienta de interpretación, pero también como una herramienta de mejora.
Cada vez que termina una respuesta, Francisco Codoñer se me queda mirando, a la espera de la siguiente pregunta. Y yo le pregunto, pero me quedo in albis, porque no entiendo la respuesta. Continúo obnubilado con el nombre de su profesión, bioinformático, porque me imagino a una persona computarizada o a un ordenador con vida propia. A ratos, salgo de mi ensueño y le sorprendo hablando de la secuenciación de las bacterias que se come el Elegans.
–Secuenciamos el genoma de esas bacterias –dice– y los efectos que produce. Vemos qué genes son los que están provocando un efecto en el gusano.
–¿Y cómo es eso? –pregunto al azar.
–Puedes entender el efecto que produce en el gusano porque las bacterias que se está comiendo expresan unos genes que son los que están haciendo las funciones específicas que generan ese fenotipo en el gusano.
[¿Cómo no te vas a creer, con ese lenguaje, lo que te cuente?].
–No sé si tienes algo más que añadir –le digo, acojonado.
–Básicamente esto: perfil raro, sí. Cuando me presentan como bioinformático, lo hacen como si presentaran un ente esotérico… La verdad es que se desarrollan aplicaciones para poder interpretar cualquier cosa. Ahora estamos con un contaminante alimentario de un producto. Ocurre cuando aparecen una bacteria o un hongo específico en la cadena de producción. Por las características del bicho podemos saber en qué punto de la cadena se ha producido la contaminación.
–Ya.
–También hemos trabajado mucho para entender el microbioma de las heces y de la vagina. El caso de la vagina es muy interesante porque hay muchas mujeres con vaginosis recurrente y no es más que un problema de ecología microbiana.
–¿Y lo de las heces?
–En la parte del microbioma de las heces llevamos analizadas unas cuatro o cinco mil muestras, y con algunas, dependiendo de la composición de las bacterias que tengan, podemos llegar a asociar alteraciones intestinales, incluso enfermedades.
El microbioma de las heces y de la vagina nos recuerda que somos, en efecto, contenedores de bacterias. Las tenemos, y a miles de millones, en el intestino, en la boca, en el pelo, en la piel… Esta revelación nos recuerda aquel aforismo terrible de Lichtenberg según el cual la gallina no es otra cosa que un procedimiento del huevo para fabricar otro huevo. ¿Y si nosotros no fuéramos más que un procedimiento de las bacterias para fabricar más bacterias?
El director general de todo esto es Javier Echevarría, un químico orgánico de 56 años que es el que mejor se lo pasa y a menor coste: jamás parece estresado. Viene uno ahora de comer con él, y con otra gente, y ha comprobado cómo disfrutaba de los placeres de la mesa y de la plática. Sonríe todo el tiempo y da la impresión de tener una relación excelente con su cuerpo y con la vida en general. Ha trabajado en el sector lácteo 33 años: en Leche Pascual, en Lactaria Española y en Central Lechera Asturiana.


Laboratorio de Biópolis en la sede valenciana de la compañía, donde los científicos trabajan con microorganismos para desarrollar investigaciones biotecnológicas. / VANESSA MONTERO
–Ayudé a desarrollar los zumos Pascual –dice– y los postres de larga vida. En el caso de Central Lechera Asturiana, lo mismo. Y desarrollé departamentos completos como el de energías, nutrición y demás. Cuando acabé mi periodo en Central Lechera Asturiana, me fui a Oxford. Viviendo allí me llamó Daniel Ramón para que le ayudara porque Biópolis estaba creciendo mucho. Daniel es un gran científico, pero desconoce el mundo industrial y empresarial. Solo puse una condición: que a los socios les pareciera bien. Para Central Lechera Asturiana, que tenía el 25% y con los que yo había trabajado 14 años, fue perfecto. Me incorporé en febrero de 2014.
–¿Y qué ha hecho en estos 10 meses?
–Hemos construido todo el plan de calidad de la compañía, el plan industrial de cara a los próximos dos o tres años y toda la evaluación del desempeño del personal. Hemos cambiado de ciclo: la compañía es un referente a nivel español, pero no solo por su calidad científica, sino también por su capacidad de producir. De hecho, Central Lechera Asturiana nos va a confiar todos sus probióticos y ya estamos mostrando nuestra capacidad de producción de cara al exterior. Como tenemos físicos, químicos y biólogos, nuestro enfoque es multidisciplinar. Una empresa te plantea un problema, lo analizas y en un par de semanas les decimos si somos capaces de resolverlo o no. Si lo somos, presentamos un proyecto y lo ponemos en marcha. A mis 56 años, podría dedicarme a viajar con mis ahorros, estoy tranquilo, mis tres hijos ya trabajan, pero este es un mundo apasionante. Además, la gente aquí es muy joven, con unas ganas excepcionales de aprender, de conocer, y es muy divertido.
–Si se hiciera un ranking español de empresas de biotecnología, ¿qué lugar ocuparía Biópolis?
–Es muy difícil, lo que sí te puedo decir es que es un referente en los temas de los que trata. Lo es en la utilización del Elegans como modelo de experimentación; lo es en la generación de probióticos; y va a serlo en la revalorización de residuos. Tenemos ciertas patentes que nos aportan una diferenciación especial. Pero el mayor activo de esta compañía es el capital humano, el conocimiento que atesora la gente que está aquí. Cuesta muchísimo llegar a tener un equipo con esas características: muy formado y capaz de sacar adelante los proyectos.
Después de visitar los diferentes laboratorios de sus instalaciones, en cuyas estufas, neveras o fermentadoras viven y se desarrollan las bacterias, las levaduras y los gusanos con los que trabajan en Biópolis, piensa uno que en definitiva todos estos señores y señoras de bata blanca son granjeros. Los granjeros de unas formas de vida que se desarrollan en una escala infinitamente más pequeña que aquella en la que nos desenvolvemos nosotros, pero de las que se pueden obtener beneficios para la alimentación y la salud. No ordeñan vacas ni recogen los huevos de las gallinas, pero vigilan el bienestar de rebaños inmensos de seres microscópicos de los que, sin saberlo, obtenemos multitud de beneficios. Piénselo la próxima vez que, con gesto rutinario, ponga en su carrito de la compra un yogur con bifidus activo o una mantequilla con omega 3.

viernes, 1 de mayo de 2015

PRENSA. Disgustos de la vida sana

   En "El País":

El irritante sillín de la bici (y otros disgustos de la vida sana)

Correr puede dañar los pies y ponerse a dieta deprime. Estos son los efectos adversos de nueve hábitos saludables

 

    Cuidarse está de moda: prueba de ello es lo rápido que términos como running, lactosa y omega 3 se han implantado en nuestro vocabulario. Pero llevar una vida sana puede ocasionarnos algún que otro disgusto. En general, los hábitos saludables son fuente de alegría y vitalidad; los problemas empiezan cuando los llevamos más allá de los límites recomendados. Sus efectos secundarios van de las simples molestias y secuelas estéticas a otras amenazas para nuestro organismo. Enumeramos solo nueve. Y, pese a todo, un mensaje: la vida sana es una excelente decisión.

    1. El ciclismo y las hemorroides no se llevan bien

    Cada día con mayor presencia en nuestras calles, las dos ruedas son sinónimo de salud y compromiso con el medioambiente. Es un medio de transporte barato, con un punto cool… , pero tiene un problema: el sillín, cuyo diminutivo no hace justicia al daño que es capaz de infringir a nuestras partes más íntimas. Entre sus efectos más habituales entre varones están las “alteraciones prostáticas, precisamente por la presión que sufre la próstata entre el sillín y el propio peso del ciclista”, informa el doctor Pedro Manonelles Marqueta, presidente de la Federación Española de Medicina del Deporte y director de la Cátedra Internacional de Medicina del Deporte de la UCAM (Murcia). La bici tampoco le hace un favor a las hemorroides, y si bien no las provoca, sí intensifica el característico sufrimiento silencioso de quien las padece. El doctor nos lo explica con elegantes palabras científicas: “El apoyo del periné y de la zona anal sobre el sillín puede producir un roce que empeore las hemorroides”. Para prevenirlo, aconseja: “Situar adecuadamente el cuerpo en el sillín, que debe ser de buena calidad, y contar con un acolchado en la zona del culote. Y no montar en bici con hemorroides clínicamente manifiestas”, añade.

    El apoyo del periné y de la zona anal sobre el sillín puede producir un roce que empeore las hemorroides” (Pedro Manonelles, médico)

    2. El running puede destrozar los pies

    Iniciarse en la práctica del running implica elegir entre una buena salud cardiovascular y unos pies bonitos. “Las principales lesiones en el pie van desde las más banales y simples como son las ampollas y las hemorragias ungueales [de la uña] hasta las fracturas por estrés, pasando por tendinitis como la temida fascitis plantar [inflamación de los tendones de la planta del pie]”, advierte Ángel González de la Rubia, presidente de la Asociación Española de Podología Deportiva (AEPODE). Las causas del destrozo son una técnica de carrera inadecuada, la mala elección de las zapatillas o alguna deficiencia anatómica del pie. Los expertos aconsejan someterse un estudio para analizar la pisada o huella plantar y detectar posibles problemas antes de lanzarnos a correr. En caso de anomalía, “la solución”, apunta De la Rubia, “pasará por la recomendación de la zapatilla más acorde con el tipo de pie y pisada y, en su caso, por la adaptación de una plantillas personalizadas y específicas para la carrera”.

    3. Lavarse las manos con geles antibacteriales puede afectar al sistema inmunológico


    Los geles antibacteriales pueden usarse en hospitales, pero en el día a día no hacen falta productos tan potentes. A veces nos complicamos la vida”, añade el especialista, que recomienda lavarse las manos con agua y jabón
    ¿Es usted Don Limpio? Enhorabuena. Mantener una higiene personal estricta es digno de elogio, pero no es necesario que someta sus manos a los geles antibacteriales disponibles en todos los supermercados. El problema es que cumplen lo que prometen: se cargan las bacterias; incluso las buenas. “Estos productos eliminan la capa protectora de nuestra piel en el más amplio sentido de la palabra, tanto lo bueno como lo malo, y eso hace que tengamos una dermis más seca, con mayor riesgo de dermatitis atópica, y que nuestro sistema inmune se tenga que preparar ante productos que no teníamos por qué estar empleando”, alerta el doctor Ángel Gil de Miguel, catedrático de Medicina Preventiva en la Universidad Rey Juan Carlos (Madrid). “Estos jabones pueden usarse en hospitales o en situaciones de riesgo reales, pero en el día a día no hacen falta productos tan potentes. A veces nos complicamos la vida”, añade el especialista, que recomienda para lavarse las manos “agua y jabón natural”. Cuidado con aplicarlos a los infantes: podemos exponerlos a alergias, como destacó un estudio de la Universidad de Michigan (EE. UU.). “A veces nos encontramos con niños que son alérgicos al látex, a la naranja, a la mandarina… Y muchas veces tiene que ver con esa piel que hemos desprotegido y hemos hecho extremadamente sensible”, concluye el doctor Gil.

    4. Una dieta hiperproteica eleva el riesgo de aparición de piedras en el riñón

    Las dietas altas en proteínas y bajas en carbohidratos son un método común entre quienes desean perder peso. Sin embargo, científicos del departamento de Fisiología de la Universidad de Granada llegaron a la conclusión de que incrementan las probabilidades de padecer piedras en el riñón y otras enfermedades. “Los riñones deben excretar el exceso de urea que se deriva de la alta dosis de proteína de la dieta y esto hace trabajar más al riñón”, dice la doctora Virginia Aparicio, investigadora del equipo. “Hemos observado un incremento del peso del mismo y el análisis morfológico ha mostrado una mayor área glomerular y mesangial (zonas de filtrado), lo que podría derivar en un perfil de riesgo de patología renal a largo plazo”. La necesidad de mantener este tipo de dietas en el tiempo para evitar el “efecto rebote” conlleva una sobrecarga en los riñones que “puede derivar en un riesgo renal”, según afirma. La proteína, por otra parte, promueve la liberación de calcio (base que compensa el pH) en orina, lo que aumenta el riesgo de cálculos o piedras en el riñón. Se puede equilibrar con un consumo elevado de frutas y verduras.

    5. El ejercicio intenso y su relación con la orina

    Si después de entrenar en el gimnasio su orina es más oscura, es que se está machacando en exceso. “La práctica de actividad deportiva de larga duración puede modificar el color de la orina”, afirma el doctor Pedro Manonelles. “El color más oscuro, en primer lugar, se debe a una concentración de la orina porque la persona, al sudar, se deshidrata, la orina se concentra y adquiere una tonalidad más oscura”. También puede deberse a que contenga sangre, lo que en términos médicos se conoce como hematuria. “A veces, se produce por microhemorragia en la vejiga, cuando las asas intestinales que apoyan en el techo del órgano y provocan un pequeño sangrado que se puede observar en orina. Otra causa de hematuria es que el músculo sufra una rabdomiolisis por el esfuerzo y esto, entre otras manifestaciones, produce un filtrado de sangre en la micción”, señala. Ante estas evidencias, baje el ritmo: podría terminar dañando el riñón. El doctor recomienda: “Un entrenamiento adecuado, una buena hidratación y controlar las distancias que se recorren evitando realizar carreras de muy larga duración de forma muy repetida y sin la recuperación suficiente”.

    6. Hincharse a beber agua depara náuseas y calambres


    La ingesta recomendada de agua depende mucho de la intensidad del ejercicio, de la temperatura, de la sudoración y del contenido de minerales que lleve la propia bebida”, precisa la doctora Diana Ansorena
    Los médicos no paran de animarnos a que bebamos mucha agua: que si dos litros al día, que si tres… El agua limpia, nos hidrata, es sensacional para la piel, pero en cantidades enormes puede disolver el sodio de la sangre (hiponatremia) y provocar náuseas y calambres musculares, si no cosas peores. Puede ocurrir entre deportistas, ávidos por evitar la deshidratación. ¿Cuál sería la ingesta media recomendada? “Depende mucho de la intensidad del ejercicio, de la temperatura, de la sudoración y del contenido de minerales que lleve la propia bebida”, precisa la doctora Diana Ansorena Artieda, profesora de Nutrición y Bromatología de la facultad de Farmacia de la Universidad de Navarra. El IOM (Instituto de Medicina de EE. UU.) establece como cantidad media para hombres adultos 3,7 litros al día, 2,7 litros para las mujeres (esto incluye el agua de los alimentos). El riesgo de hiponatremia puede reducirse asegurándonos de que la cantidad de agua ingerida no supera la que hemos perdido por sudoración, y tomando bebidas o alimentos altos en sodio.

    7. Ponerse a dieta deprime

    En 1979, un seguimiento realizado a personas con sobrepeso en Reino Unido arrojó que aquellas que lograron perder el 5% de su peso en cuatro años se encontraban mejor físicamente, pero más deprimidas que aquellas que no habían perdido un solo gramo. Un nuevo estudio, del año pasado, a cargo de la University College de Londres (Reino Unido), lo ratificó, postulando que las dietas “no aportan ningún beneficio psicológico inmediato y pueden incrementar el riesgo de depresión”. Esto, al parecer, abarca solo el proceso: cuando llegamos al objetivo de peso marcado y conseguimos mantenerlo, nuestro estado de ánimo mejora bastante.

    8. El vino, excelente antioxidante, mancha los dientes

    El vino contiene polifenoles, poderosos antioxidantes, como avalan expertos de la Facultad de Medicina de la Universidad de Yale (New Haven, EE. UU.), y bebido con mesura —dos o tres copas al día— es bueno para el corazón. Pero al color de nuestros dientes no le sienta tan bien. “Puede oscurecerlos por los taninos (derivados de las uvas, las pepitas de las uvas e incluso de las barricas de madera) que contiene. Los taninos son sustancias cromógenas que se depositan en los dientes y cuyo consumo continuado aumenta el color oscuro de los dientes”, explica la doctora Pepa Calvo, Vocal de Odontología Estética del COEM (Colegio Oficial de Odontólogos y Estomatólogos de la 1ª Región). La Escuela de Odontología de la Universidad de Nueva York (EE. UU.) probó que esto no solo ocurría con el vino tinto sino también con el blanco. ¿Solución? “Un cepillado de dientes inmediato al consumo de vino disminuiría el depósito de dichos taninos sobre la superficie dentaria y, por tanto, evitaría en buena medida que los dientes se oscurecieran por este motivo”, aconseja Pepa Calvo.

    9. Las manos se entumecen al montar en bicicleta

    “La posición forzada y sostenida durante mucho tiempo de las manos al agarrar el manillar, provoca una compresión nerviosa del nervio cubital, a su paso por el carpo, que genera hormigueo o dolor”, apunta el doctor Manonelles: “Para evitar este problema hay que adoptar una postura corporal correcta en la bicicleta y una agarre adecuado del manillar. Aquí es muy útil el asesoramiento de un entrenador de ciclismo”. Si el hormigueo persiste, o pierde toda sensación, acuda a un especialista.